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Mensaje por Invitado Lun 16 Dic 2013, 8:22 am

Mini - maratón 1/3

~~~> Capitulo 30

Le aparté de un empujón cuando se acercó. 

—Pero ¿qué crees que estás haciendo? ¿Y qué quieres decir con que por qué me importa? «Follaste» conmigo anoche, diciéndome que no podía querer salir con Joel y ahora estás aquí con otra. No sé por qué he permitido que se me olvidara que eres un mujeriego. Tu comportamiento es justo el que cabía esperar... Con quien estoy enfadada es conmigo. —Estaba tan furiosa que prácticamente me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos. 

—¿Es que crees que estoy aquí con una «cita»? —Soltó el aire lentamente y negó con la cabeza—. Esto es increíble, joder. Emily es una amiga. Dirige una organización sin ánimo de lucro que Maslow Media apoya. Eso es todo. Tenía que haber quedado con ella el lunes para firmar unos papeles pero ha tenido un cambio de última hora en un vuelo y se va del país esta tarde. No he estado con nadie desde el... —Hizo una pausa para pensar mejor sus palabras—. Desde que nosotros... ya sabes... —Terminó haciendo un movimiento impreciso señalándonos a ambos. 

«¿Qué?» 

Nos quedamos allí de pie, mirándonos el uno al otro mientras intentaba dejar que me calaran aquellas palabras. No se había acostado con nadie más. Pero ¿eso era posible? Sabía con seguridad que era un donjuán. Yo personalmente había visto la colección siempre creciente de mujeres florero que llevaba a los eventos corporativos, eso sin mencionar las historias sobre él que iban de boca en boca por todo el edificio. E incluso si lo que estaba diciendo era cierto, eso no cambiaba el hecho de que seguía siendo mi jefe y que todo aquello estaba muy mal.

—¿Todas esas mujeres que se lanzan a tus brazos y no te has tirado a ninguna? Oh, estoy conmovida. —Me volví hacia la puerta. 

—No es tan difícil de creer —gruñó y pude sentir su mirada atravesándome la espalda. 

—¿Sabes qué? No importa. Todo ha sido un error, ¿no? 

—De eso es de lo que quería hablarte. —Se acercó y su olor (a miel y a salvia) me envolvió. 

De repente me sentí atrapada, como si no hubiera suficiente oxígeno en aquella diminuta habitación. Necesitaba salir de allí inmediatamente. ¿Qué me había dicho Julia hacía menos de cinco minutos? Que no me quedara a solas con él. Buen consejo. Me gustaban mucho estas bragas en concreto y no quería verlas hechas jirones y en su bolsillo. «Vale, eso no es más que una mentira.» 

—¿Vas a volver a ver a Joel? —me preguntó desde detrás de mí. 

Tenía la mano en el picaporte. Todo lo que tenía que hacer era girarlo y estaría a salvo. Pero me quedé helada, mirando aquella maldita puerta durante lo que me parecieron varios minutos. 

—¿Y eso importa? 

—Creía que ya habíamos hablado de eso anoche —dijo y noté su aliento cálido en mi pelo. 

—Sí, dijimos muchas cosas anoche. —Sus dedos subieron por mi brazo y deslizaron el fino tirante de la camiseta por mi hombro. 

—No quería decir que fue un error —susurró contra mi piel—. Me entró el pánico. 

—Eso no significa que no sea verdad. —Mi cuerpo se apoyó instintivamente contra él y ladeé un poco la cabeza para permitirle un mejor acceso—. Y ambos lo sabemos. 

—De todas formas no debería haberlo dicho. —Me colocó la coleta por encima del hombro y sus suaves labios bajaron por mi espalda—. Vuélvete. 

Una palabra. ¿Cómo era posible que esa simple palabra me hiciera cuestionármelo todo? Una cosa era que me apretara contra una pared o me agarrara por la fuerza, pero ahora lo estaba dejando todo a mi elección. Me mordí el labio con fuerza e intenté obligarme a girar el picaporte. De hecho la mano me tembló antes de caer derrotada contra mi costado. Me volví y levanté la vista para mirarlo a los ojos. Él apoyó la mano en mi mejilla, rozándome el labio inferior con el pulgar. Nuestras miradas se unieron y justo cuando pensaba que no podría esperar un segundo más, él me acercó a su cuerpo y apretó su boca contra la mía. 

En cuanto nos besamos, mi cuerpo dejó de resistirse y de repente parecía que no podía estar lo bastante cerca. El bolso cayó sobre el suelo de baldosas a mis pies y enterré las manos en su pelo, tirando de él hacia mí. Él me apoyó contra la pared y me pasó las manos por el cuerpo, levantándome un poco. Me las metió dentro de los pantalones de yoga y las dejó sobre mi trasero. 

—Joder, pero ¿qué llevas? —Se quejó contra mi cuello, con las palmas pasando una y otra vez sobre el satén rosa. Me levantó del todo, yo le rodeé la cintura con las piernas y él me apretó más contra la pared. Gimió y me cogió el lóbulo de la oreja entre los dientes. Me bajó un lado de la camiseta y se metió uno de mis pezones en la boca. Yo dejé caer la cabeza, que golpeó contra la pared, cuando sentí el roce de su cara sin afeitar contra mi pecho. 

Un sonido estridente se oyó, sacándome de mi ensimismamiento. Oí que él soltaba un juramento. Era mi teléfono. Me bajó y se apartó. En su cara ya había aparecido su habitual ceño fruncido. Me arreglé la ropa rápidamente, cogí mi bolso e hice una mueca cuando vi la foto que aparecía en la pantalla. 

—Julia —respondí sin aliento. 

—_____, ¿estás en el baño follándote a ese hombre macizo? 

—Ahora mismo vuelvo, ¿vale? —colgué y metí el teléfono en el bolso. Lo miré y sentí que mi lado racional volvía tras la breve interrupción—. Tengo que irme. 

—Mira, yo... —Le cortó mi teléfono que volvió a sonar. Contesté sin molestarme en mirar la pantalla. 

—¡Dios, Julia! ¡No estoy aquí follándome a ningún macizo! 

—¿_____? —la voz confundida de Joel fue la que me llegó a través del teléfono. 

—Oh... hola. —«Mierda.» No podía estar pasándome esto a mí. 

—Me alegro de oír que no te... estás follando... a ¿un macizo? —dijo Joel riéndose tenso. 

—¿Quién es? —preguntó James con un gruñido. Le puse la mano sobre los labios y le dediqué la mirada más sucia que pude. 

—Oye, no puedo hablar ahora mismo. 

—Sí, siento molestarte un domingo, pero es que no podía dejar de pensar en ti. No quiero crearte ningún problema ni nada, pero justo después de que te fueras comprobé mi correo y tenía una confirmación de que habían entregado tus flores. 

—¿Ah, sí? —pregunté con fingido interés. Tenía los ojos fijos en los de James. 

—Sí, y parece que quien firmó la entrega fue James Maslow.

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Mensaje por Invitado Lun 16 Dic 2013, 8:22 am

Mini - maratón 2/3

~~~> Capitulo 31

La observé mientras varias expresiones cruzaban su cara: vergüenza, irritación y después... ¿curiosidad? Conseguí distinguir vagamente la voz de un hombre al otro lado y sentí que el troglodita de mi interior se despertaba de nuevo. ¿Quién demonios la estaba llamando? De repente ella entornó los ojos y algo en mi interior me dijo que debería ponerme nervioso. 

—Bueno, muchas gracias por decírmelo. Sí. Sí, lo haré. Vale. Sí, te llamaré cuando me decida. Gracias por llamar, Joel. 

¿Joel? «El cabrón de Cignoli.» 

Ella colgó y volvió a meter el teléfono en el bolso lentamente. Mirando al suelo negó con la cabeza y se le escapó una breve carcajada antes de que una sonrisa malévola apareciera en sus labios. 

—¿Hay algo que quiera decirme, señor Maslow? —me preguntó dulcemente y no sé por qué eso me puso aún más nervioso. Rebusqué en mi cerebro, pero no se me ocurría nada. «¿De qué estará hablando?» —He tenido una conversación de lo más extraña —me dijo—. Parece que Joel ha comprobado su correo esta mañana y tenía una confirmación de entrega de sus flores. ¿Y a que no sabes lo que decía en ella? —Ella se acercó un paso hacia mí e instintivamente yo di un paso atrás. No me gustaba la dirección que estaba tomando aquello. —Parece que alguien firmó la entrega. «Oh, mierda.» —El nombre que había en la confirmación era James Maslow. 

«Jo-der.» ¿Por qué demonios firmé con mi nombre? Intenté pensar una respuesta, pero de repente tenía la mente en blanco. Obviamente mi silencio le dijo a ella todo lo que necesitaba saber. 

—¡Hijo de puta! Firmaste la entrega y después me mentiste. —Me dio un empujón en el pecho y sentí el instinto repentino de protegerme los huevos—. ¿Por qué has hecho eso? 

Tenía la espalda contra la pared y buscaba frenéticamente una salida alternativa. —Yo... ¿qué? —balbuceé. Parecía que el corazón se me iba a salir del pecho. 

—En serio. ¿Por qué demonios lo has hecho? 

Necesitaba una respuesta y la necesitaba rápido. Me pasé las manos por el pelo por enésima vez en los últimos cinco minutos y decidí que probablemente lo mejor era confesar. 

—No lo sé, ¿vale? —le grité—. Solo es que... ¡joder! —Ella sacó su teléfono y pareció mandar un mensaje a alguien. —¿Qué haces? —pregunté. 

—No es que sea asunto tuyo, pero le estoy diciendo a Julia que siga sin mí. No pienso salir de aquí hasta que me digas la verdad. —Me miró fijamente y sentí la furia que la estaba consumiendo. Pensé durante un segundo en decirle a Emily lo que estaba pasando, pero ella me había visto salir detrás de _____; seguro que se lo había imaginado para entonces.

—¿Y bien? 

La miré a los ojos y dejé escapar un profundo suspiro. No había forma de que yo pudiera explicarlo sin que pareciera que había perdido la cabeza. 

—Vale, sí, yo las recogí. 

Se me quedó mirando con la respiración acelerada y los puños cerrados con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. —¿Y? 

—Y... las tiré. —Mientras estaba allí de pie delante de ella me di cuenta de que me merecía toda su furia. Había estado siendo injusto. No le estaba ofreciendo nada pero seguía poniéndome en el camino de alguien que podría hacerla feliz. 

—Joder, eres increíble —dijo entre dientes. Supe que estaba haciendo todo lo que podía para no lanzarse hacia mí y darme una paliza. —Explícame por qué hiciste eso —añadió. 

Y ahí llegaba la parte que no sabía explicar. —Porque... —Me rasqué la parte de atrás de la cabeza. Odiaba haberme metido en aquella situación —. Porque no quiero que salgas con Joel. 

—De todos los imbéciles, machistas... Pero ¿quién demonios te crees que eres? Que nos enrollemos no significa que puedas tomar decisiones sobre mi vida. No somos pareja, no estamos saliendo. Dios, ¡si ni siquiera nos caemos bien! —gritó. 

—¿Y crees que eso yo no lo sé? No tiene sentido, lo sé, ¿vale? Pero es que cuando vi las flores... Vamos, ¡pero si eran putas rosas! 

Puso una expresión como si estuviera a punto de hacer que me mandaran a prisión inmediatamente. —Pero ¿es que te estás metiendo algo? ¿Y qué tiene que ver el hecho de que fueran rosas con nada de esto? 

—¡Tú odias las rosas! —Cuando dije eso, su cara se quedó seria y su mirada se volvió suave y oscura. Yo seguí divagando—. Las vi y reaccioné, sin más. No me paré a pensarlo. Solo imaginar que él pudiera tocarte... —Cerré los puños junto a los costados y dejé la frase sin terminar mientras intentaba recuperar la compostura. Me estaba enfadando más y más por segundos: conmigo por ser débil y dejar que las emociones se me fueran de las manos, otra vez, y con ella por tenerme así de esa forma inexplicable. 

—Vale, mira —dijo inspirando hondo para calmarse—. No voy a decir que estoy de acuerdo con lo que has hecho, pero lo entiendo... hasta cierto punto. —La miré asombrado. —Mentiría si dijera que yo no me he sentido igualmente posesiva contigo —dijo reticente. No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Acababa de admitir que se sentía igual que yo? —Pero eso no cambia el hecho de que me mentiste. Y en mi propia cara. Puede que seas un gilipollas arrogante la mayor parte del tiempo, pero hasta ahora siempre has sido alguien que confiaba en que iba a ser sincero conmigo. 

Hice una mueca de dolor. Tenía razón. —Lo siento. —Mi disculpa se quedó en el aire y no sé cuál de los dos se mostró más sorprendido por ella. 

—Demuéstralo. 
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Mensaje por Invitado Lun 16 Dic 2013, 8:22 am

Mini - maratón 3/3

~~~> Capitulo 32

Me miró totalmente serena, ni una pizca de emoción se veía en sus facciones. ¿Qué quería decir? Entonces lo entendí. 

«Demuéstralo.» 

No podíamos hablar porque las palabras solo nos llevaban a tener más problemas. Pero ¿esto? Esto era lo que éramos y si ella iba a darme esa oportunidad de compensarla por lo que había hecho, yo iba a aprovecharla. La odiaba tanto en aquel momento... Odiaba que tuviera razón y yo no, y odiaba que me estuviera obligando a elegir. Y odiaba cuánto la deseaba, eso era lo que más odiaba de todo. 

Crucé la distancia que había entre los dos y le coloqué la mano en la nuca. La atraje hacia mí, mirándola a los ojos mientras acercaba su boca a la mía. Había un desafío no expresado allí. Ninguno de los dos se iba a echar atrás ni a admitir que esto (fuera lo que fuera) estaba más allá de nuestro control. O tal vez ya lo habíamos admitido los dos. En cuanto nuestros labios se tocaron, me llenó ese rumor familiar que me recorría todo el cuerpo. Metí las manos profundamente entre su pelo, obligándola a echar la cabeza hacia atrás y a aceptar todo lo que le estaba dando. Puede que todo aquello fuera por ella, pero sin duda yo iba a ser quien lo controlara. 

Apreté mi cuerpo contra el suyo y gemí al notar como cada una de sus curvas encajaban contra las mías. Quería que esa necesidad desapareciera, quedarme satisfecho y seguir adelante; pero cada vez que la tocaba era mejor de lo que recordaba. Me puse de rodillas, le agarré las caderas y la acerqué más a mí mientras mis labios seguían la línea de la cintura de sus pantalones. Le subí la camiseta y le besé cada centímetro de piel visible, disfrutando de cómo se le tensaban los músculos mientras yo exploraba. Levanté la vista para mirarla, metiendo los dedos por dentro de la cintura del pantalón. Sus ojos estaban cerca y se estaba mordiendo el labio inferior. Sentí como se me endurecía por la anticipación de lo que estaba a punto de hacer. 

Le bajé los pantalones y vi cómo se le ponía la piel de gallina al hacer descender los dedos por sus piernas. Metió los dedos entre mi pelo y tiró con fuerza y yo gemí y volví a mirarla. Seguí el borde de la delicada ropa interior de seda y me detuve en las finas cintas de sus caderas. 

—Son casi demasiado bonitas para estropearlas —dije enredándome una cinta en cada mano—. Casi. —Con un breve tirón se rompieron con facilidad, lo que me permitió tirar de la tela rosa para quitársela y poder metérmela en el bolsillo. 

Una sensación de urgencia me embargó entonces y liberé rápidamente una de sus piernas para colocarla sobre mi hombro y besarle la suave piel del interior del muslo. 

—Oh, mierda —dijo exhalando y pasándome las manos por el pelo—. Oh, mierda, por favor. 

Cuando por primera vez le acaricié y después le lamí lentamente el clítoris, ella me agarró el pelo con fuerza y movió las caderas contra mi boca. Unas palabras ininteligibles salieron de sus labios en un susurro ronco, y ver cómo se deshacía del todo delante de mis ojos hizo que me diera cuenta de que ella estaba tan indefensa ante todo aquello como yo. Estaba enfadada conmigo, tan enfadada que probablemente parte de ella quería enrollarme la pierna alrededor del cuello y estrangularme, pero al menos me estaba dejando hacerlo algo que era, de muchas formas, mucho más íntimo que solamente follar. Yo estaba de rodillas, pero ella estaba desnuda y vulnerable. Estaba caliente y húmeda y sabía tan dulce como parecía. 

—Podría devorarte entera —le susurré apartándome lo justo para poder ver su expresión. Le di un beso en la cadera y murmuré—: Esto sería mucho mejor si pudiera tumbarte en alguna parte. En la mesa de la sala de reuniones, tal vez. 

Ella me tiró del pelo para acercarme otra vez a ella. —Por ahora esto está bien así para mí. No te atrevas a parar. 

Estuve a punto de admitir en voz alta que no podía y que estaba empezando a detestar la idea de siquiera intentarlo, pero pronto me vi perdido en su piel otra vez. Quería memorizar todas las súplicas y las maldiciones que salían de su boca sabiendo que yo era la razón de las mismas. Gemí contra ella, lo que la hizo soltar una exclamación y retorcer el cuerpo para acercarlo. Deslicé dos dedos en su interior y le tiré de la cadera con la otra mano para animarla a que encontrara su ritmo junto conmigo. Ella empezó a mover las caderas, lentamente al principio, apretándose contra mí, y después más rápido. Pude sentir cómo se tensaba: las piernas, el abdomen y las manos en mi pelo. 

—Estoy muy cerca —jadeó y sus movimientos se volvieron titubeantes, irregulares y un poco salvajes y, joder, yo no me sentía nada salvaje en ese momento. 

Quería morderla y chuparla, enterrar mis dedos en su interior y volverla loca. Me preocupé por si me estaba volviendo demasiado brusco, pero su respiración pasó a unos leves jadeos y después a unas súplicas tensas. Entonces giré la muñeca y empujé más adentro y ella gritó, sus piernas temblaron y el clímax la embargó. Frotándole la cadera le bajé lentamente la pierna y me quedé observando sus pies por si acaso intentaba darme una patada de todas formas. 

Me pasé un dedo por el labio y contemplé cómo ella volvía a la realidad. Me apartó y se colocó la ropa rápidamente, mirándome arrodillado delante de ella. La realidad volvió cuando los diferentes sonidos de gente comiendo al otro lado de la puerta se mezclaron con el sonido de nuestra respiración trabajosa.

—No te he perdonado —me dijo, se agachó para coger su bolso, quitó el pestillo de la puerta y salió del baño. Yo me levanté despacio y vi cómo la puerta se cerraba tras ella mientras intentaba entender lo que acababa de pasar. Debería estar furioso. Pero sentí que la comisura de la boca se me elevaba para formar una sonrisa y estuve a punto de echarme a reír por lo absurdo de todo aquello. Maldita sea, lo había vuelto a hacer. Me estaba ganando y eso que estábamos jugando a mi propio juego. 



La noche fue un infierno. Apenas dormí ni comí y sufría una erección prácticamente constante desde que salí del restaurante el día anterior. Cuando me dirigí al trabajo, sabía que lo tenía muy crudo. Ella iba a hacer todo lo que pudiera para torturarme y castigarme por haberla mentido; lo enfermizo era que... yo lo estaba deseando. Me sorprendió encontrar su mesa vacía cuando llegué. «Qué raro», pensé, ella casi nunca llegaba tarde. 

Entré en mi despacho y empecé a poner las cosas en orden para empezar el día. Quince minutos después estaba hablando por teléfono cuando oí que la puerta exterior se cerraba de un portazo. Bueno, sin duda ella no me iba a decepcionar; oí que se cerraban de golpe cajones y archivadores y supe que iba a ser un día interesante. A las diez y cuarto me interrumpió mi intercomunicador. 

—Señor Maslow —su voz tranquila llenó la habitación y a pesar de su obvia irritación, me vi sonriendo mientras pulsaba el botón para responder. 

—¿Sí, señorita Mills? —le contesté y oí que la sonrisa se reflejaba en mi tono. 

—Tenemos que estar en la sala de reuniones dentro de quince minutos. Y usted tiene que salir a mediodía para comer con el presidente de Kelly Industries a las doce y media. Stuart lo esperará en el aparcamiento. 

—¿Usted no me acompaña? —Parte de mí se preguntó si estaba evitando quedarse a solas conmigo. No sabía muy bien cómo sentirme por eso. 

—No, señor. Solo la dirección. —Oí el ruido de papeles mientras ella seguía hablando—. Además, hoy tengo que hacer algunos preparativos para el viaje a San Diego. 

—Saldré dentro de un momento —solté el botón y me puse de pie para ajustarme la corbata y la chaqueta. 

Cuando salí de mi despacho, mis ojos se posaron en ella inmediatamente. Si tenía alguna duda sobre si me iba a hacer sufrir, se disipó justo en ese momento. 


_______________________________________
DFIJSDIGSDFHGDFHG, DIOMIO, ESTO ESTÁ CADA VEZ MÁS INTENSO. *www*
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Mensaje por Invitado Dom 29 Dic 2013, 3:38 pm

Mini - maratón 1/3

~~~> Capitulo 33

Cuando salí de mi despacho, mis ojos se posaron en ella inmediatamente. Si tenía alguna duda sobre si me iba a hacer sufrir, se disipó justo en ese momento. 

Ella estaba inclinada sobre su mesa con un vestido de seda azul que mostraba sus largas piernas delgadas de una forma perfecta. Tenía el pelo recogido sobre la cabeza y cuando se giró hacia mí, vi que llevaba las gafas puestas. ¿Cómo iba a ser capaz de hablar de forma coherente con ella sentada a mi lado?

—¿Listo, señor Maslow? —Sin esperar respuesta, cogió sus cosas y empezó a caminar por el pasillo. De repente, parecía que sus caderas se movían más. La muy descarada me estaba provocando. 

De pie en el ascensor lleno de gente, nuestros cuerpos se vieron apretados el uno contra el otro involuntariamente y yo tuve que reprimir un gemido. Pudo ser mi imaginación, pero me pareció ver el principio de una sonrisa cuando ella rozó «accidentalmente» mi miembro semierecto. Dos veces. 

Durante las dos horas siguientes pasé mi propio infierno personal. Cada vez que la miraba, estaba haciendo algo para volverme loco: lanzaba miradas traviesas, se lamía el labio inferior, cruzaba y descruzaba las piernas o se retorcía con aire ausente un mechón con el dedo. Incluso se le cayó un boli y puso la mano despreocupadamente en mi muslo cuando se agachó para recogerlo. 

En la comida que tenía después, me sentí a la vez agradecido por librarme del tormento que estaba suponiendo, y desesperado por volver a sufrirlo. Asentí y hablé en los momentos apropiados, pero no estaba realmente allí. Y por supuesto que mi padre fue consciente de que estaba de un humor especialmente silencioso y hosco. Cuando íbamos de vuelta a la oficina, empezó a sermonearme. 

—Durante tres días tú y _____ vais a estar juntos en San Diego sin la pantalla que supone el trabajo de oficina, y no va a haber nadie para meterse entre ambos. Espero que la trates con el máximo respeto. Y antes de que te pongas a la defensiva —añadió levantando ambas manos en cuanto notó que iba a rebatirle—, también he hablado de esto con _____. 

Abrí mucho los ojos y lo miré. ¿Había hablado con la señorita Mills sobre «mi» conducta profesional? 

—Sí, soy consciente de que no eres solo tú —dijo mientras entrábamos en un ascensor vacío—. Ella me ha asegurado que hace todo lo que puede. ¿Por qué crees que, desde el principio, te propuse como su tutor para las prácticas? No tenía ni la más mínima duda de que estaría a la altura de tus expectativas. 

Henry estaba en silencio a su lado, con una sonrisa de suficiencia en la cara. «Gilipollas.» Fruncí un poco el ceño al darme cuenta de lo que pasaba: ella había hablado en mi defensa. Podía haberme hecho parecer un déspota sin problema, pero en vez de eso ella había aceptado parte de la culpa. 

—Papá, admito que mi relación con ella es poco convencional —empecé, rezando para que no supiera lo cierta que era en realidad esa frase—. Pero te aseguro que eso no interfiere de ninguna forma en mi capacidad para llevar el negocio. No tienes nada de qué preocuparte. 

—Bien —dijo mi padre cuando llegamos a mi despacho. 
Entré y me encontré a la señorita Mills al teléfono, de espaldas a la puerta, hablando en un tono casi inaudible. 

—Bueno, tengo que dejarte, papá. Tengo que ocuparme de unas cosas y te cuento en cuanto pueda. Duerme un poco, ¿vale? —dijo en voz baja. Tras una breve pausa rió, pero no dijo nada más durante en momento. Ni yo ni los dos hombres que estaban a mi lado nos atrevimos a decir nada—. Yo también te quiero, papá. 

Mi estómago se tensó al oír aquellas palabras y la forma en que tembló su voz al decirlas. Cuando se volvió en su silla, se sobresaltó al encontrarnos ahí a los tres. Empezó a recoger unos papeles que había sobre su mesa rápidamente. 

—¿Qué tal ha ido la reunión? 

—Perfectamente, como siempre —dijo mi padre—. Tú y Sara habéis hecho un gran trabajo ocupándonos de todo. No sé que harían mis hijos sin vosotras dos. 

Ella levantó un poco una ceja y vi que se esforzaba por no mirarme y regodearse. Pero entonces su cara mostró una expresión de desconcierto y me di cuenta de que yo estaba sonriéndole de oreja a oreja, esperando ver un poco de su típico descaro. De repente puse la mejor cara que pude y me dirigí a mi despacho. Solo entonces me percaté de que no la había visto sonreír ni una sola vez desde que habíamos vuelto y la encontramos hablando por teléfono.
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Mensaje por Invitado Dom 29 Dic 2013, 3:38 pm

Mini - maratón 2/3

~~~> Capitulo 34

Mi cabeza no estaba funcionando en ese momento. Tenía que enseñarle unas cosas al señor Maslow antes de que se fuera, tenía unos documentos que tenía que firmar, pero sentía como si estuviera caminando por arenas movedizas, la conversación con mi padre dándome vueltas sin parar en la cabeza. 

Cuando entré en el despacho del señor Maslow me quedé mirando los papeles que llevaba en las manos, dándome cuenta de todas las cosas que tenía que organizar ese día: billetes de avión, alguien que se ocupara de mi correo, tal vez la contratación de un trabajador temporal para el tiempo que estuviera fuera. Pero ¿cuánto tiempo iba a estar fuera? 

Me di cuenta de que el señor Maslow estaba comentando algo (en voz alta) en mi dirección. Pero ¿qué estaba diciendo? 
Apareció en mi visión y oí el final de lo que decía: —... apenas está prestando atención. Dios, señorita Mills, ¿es que necesito escribírselo? 

—¿Podemos dejar este jueguecito por hoy? —le pregunté cansada. 

—El... ¿el qué? 

—Esta rutina de jefe gilipollas. 

Él abrió mucho los ojos y frunció el ceño. —¿Perdón? 

—Me he dado cuenta de que te encanta ser un cabrón de los que hacen historia conmigo, y reconozco que es algo sexy a veces, pero llevo un día terrible y de verdad te agradecería que simplemente te limitaras a no hablarme. A mí. —Estaba a punto de echarme a llorar y sentía una presión dolorosa en el pecho—. Por favor. 

Parecía que alguien le hubiera deslumbrado con unos faros, mirándome fijamente a la vez que parpadeaba. 
Por fin dijo: —¿Qué ha pasado? 

Tragué saliva, arrepintiéndome de mi salida de tono. Las cosas siempre iban mejor con él cuando conseguía mantener la compostura. 

—He reaccionado mal cuando me ha gritado. Discúlpeme. 

Él se levantó y empezó a caminar hacia mí, pero en el último minuto se detuvo y se sentó en la esquina de su mesa, jugueteando incómodo con un pisapapeles de cristal. 

—No, quiero decir que ¿por qué llevas un día tan horrible? ¿Qué está pasando? —Su voz era muy suave y nunca le había oído hablar así aparte de en los momentos de sexo. 

Esta vez hablaba en voz baja y no era para mantener en secreto la conversación, parecía realmente preocupado. No quería hablar con él de aquello porque en parte esperaba que se burlara de mí. Pero una parte mayor estaba empezando a sospechar que no lo haría. 

—Le han hecho unas pruebas a mi padre. Tenía problemas para comer.

El señor Maslow se puso serio. —¿Comer? ¿Es una úlcera? 

Le expliqué lo que sabía, que era algo que había empezado de repente y que las primeras pruebas mostraban una pequeña masa en el esófago. 

—¿Puedes ir a casa? 

Me lo quedé mirando. —No lo sé. ¿Puedo? 

Él hizo una mueca de dolor y parpadeó. —¿Tan cabrón soy en realidad?

—A veces. —Me arrepentí inmediatamente, porque no, nunca había hecho que me hiciera pensar que me impidiera acompañar a mi padre enfermo. 

Asintió y tragó con dificultad mientras miraba por la ventana. —Te puedes tomar todo el tiempo que necesites, por supuesto. 

—Gracias. 

Me quedé mirando al suelo, esperando que continuara con la lista de tareas del día. Pero el silencio llenó el despacho. Podía ver por el rabillo del ojo que había vuelto a girarse y ahora me miraba. 

—¿Estás bien? —dijo en voz tan baja que ni siquiera estaba segura de haberlo oído. 

Pensé en mentirle para acabar con aquella conversación tan extraña. Pero en vez de eso le dije: —La verdad es que no. 

Estiró la mano y me la metió entre el pelo. —Cierra la puerta del despacho —me pidió. 

Asentí, un poco decepcionada por que me echara de esa forma. —Le traeré los contratos del departamento legal... 

—Quería decir que cierres la puerta pero que te quedes. 

Oh. «Oh.» Me volví y caminé por la gruesa alfombra en completo silencio. La puerta del despacho se cerró con un sonoro clic. 

—Pon el pestillo. 

Giré el pestillo y sentí que se acercaba hasta que noté su respiración cálida en la nuca. 

—Déjame tocarte. Déjame hacer algo. 

Él lo había entendido. Sabía lo que podía darme: distracción, alivio, placer ante esa oleada de dolor. 

Yo no respondí porque sabía que no necesitaba hacerlo. Había ido a cerrar la puerta después de todo. Pero entonces sentí sus labios apretándose suavemente contra mi hombro y subiendo por mi cuello. 

—Hueles... tan bien —me dijo soltándome el vestido donde lo llevaba atado detrás del cuello—. Siempre se me queda tu olor impregnado durante horas.

No dijo si eso era algo bueno o malo y yo me di cuenta de que no me importaba. Me gustaba que oliera como yo cuando ya no estaba.

Cuando bajó las manos hasta las caderas, me volví para mirarlo y él se inclinó para besarme en un solo movimiento fluido. Esto era diferente. Su boca era suave, casi pidiéndome permiso. No había nada de indecisión en el beso (nunca había nada de indecisión en él), pero ese beso parecía más un gesto de cariño y menos la señal de una batalla perdida. Me bajó el vestido por los hombros y cayó al suelo. Él se apartó un poco, dándome solo el espacio para dejar que el aire fresco de la oficina me refrescara su calor de la piel. 

—Eres preciosa. 

Antes de que pudiera procesar la forma tan suave en que había dicho esas nuevas palabras, él puso una sonrisita y se inclinó para besarme a la vez que me agarraba las bragas, las retorcía y las rompía. Eso ya era habitual. Bajé las manos hasta sus pantalones, pero él se apartó negando con la cabeza. Metió la mano entre mis piernas y encontró la piel suave y húmeda. Su respiración se aceleró contra mi mejilla. 
Sus dedos, no sabía cómo, eran fuertes y a la vez cuidadosos, y le salían palabras sucias con voz profunda: me decía que era preciosa y muy guarra. Me decía que era una tentación y cómo lo hacía sentir. Me dijo cuántas ganas tenía de oír el sonido que hacía al correrme. E incluso cuando lo hice, boqueando y agarrando las hombreras de su traje, lo único que podía pensar era en que yo también quería tocarlo. Que quería, igual que él, oírlo perderse en mí. Y eso me aterraba. Él sacó los dedos, rozando con ellos mi sensible clítoris al hacerlo, y se estremeció involuntariamente. 

—Lo siento, lo siento —me susurró en respuesta, besándome la mandíbula, la barbilla, el... 

—No lo sientas —le dije apartando la boca de la suya. 

La repentina intimidad que me ofrecía, además de todo lo que había pasado ese día, era muy desconcertante, demasiado. 

Apoyó su frente contra la mía durante unos segundos antes de asentir una sola vez. Me sentí devastada de repente porque me di cuenta de que siempre había asumido que él tenía todo el poder y yo ninguno, pero en ese momento supe que podía tener tanto poder sobre él como quisiera. Solo tenía que ser lo bastante valiente para ejercerlo. 

—Me iré de la ciudad este fin de semana. Y no sé cuánto tiempo estaré fuera. 

—Bueno, entonces vuelva al trabajo mientras aún está aquí, señorita Mills.
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Mensaje por Invitado Dom 29 Dic 2013, 3:38 pm

Mini - maratón 3/3

~~~> Capitulo 35

Cuando amaneció el jueves, supe que teníamos que hablar. Yo iba a estar fuera de la oficina todo el viernes, así que el jueves era nuestro último día juntos antes de que se fuera. Había estado con su tutor del máster toda la mañana, y yo, según pasaban los minutos, me iba poniendo cada vez más nervioso acerca de... todo. Estaba bastante seguro de que la interacción en mi despacho del día anterior nos había revelado a ambos que ella estaba lentamente llegándome cada vez más. Quería estar con ella casi todo el tiempo y no solo en plan «desnudos y salvajes». Quería estar cerca de ella y mi propia necesidad de autoconservación llevaba toda la semana dándome la lata. ¿Qué había dicho ella? 

«No quiero querer esto. No es bueno para mí.» 
Y solo cuando nos descubrió Mina, al salir del baño, entendí de verdad lo que quería decir _____. Había estado odiando mi deseo por ella porque era la primera vez en mi toda vida que era incapaz de sacar algo de mi cabeza a la fuerza y centrarme en el trabajo, pero nadie (ni siquiera mi familia) me culparía por sentirme atraído por ______. Por el contrario, ella siempre se vería afectada por la mala reputación de ser una mujer que se había acostado con el jefe para ascender. Para alguien tan brillante y tan dedicada como ella, esa asociación sería una constante y dolorosa espina. Hacía bien en poner distancia entre nosotros. Esa necesidad que sentíamos cuando estábamos juntos era totalmente insana. Nada bueno podía salir de ahí y decidí una vez más utilizar el tiempo que íbamos a estar separados para volver a centrarme. 

Cuando entré en mi despacho después de comer, me sorprendió encontrarla sentada en su mesa, muy ocupada trabajando en algo en su ordenador. 

—No sabía que iba a venir esta tarde —dije intentando mantener mi voz alejada de cualquier emoción. 

—Sí, tenía que ocuparme de unos preparativos de última hora para San Diego y todavía tengo que hablar de mi ausencia con usted —dijo sin apartar la vista del monitor del ordenador. 

—¿Por qué no viene a mi despacho entonces? 

—No —me dijo rápidamente—. Creo que podemos hablar de esto aquí fuera. —Me lanzó una mirada traviesa y me hizo un gesto para señalar la silla que tenía delante—. ¿Por qué no se sienta, señor Maslow? 

«Ah, la ventaja de jugar en casa.» Me senté frente a ella. 

—Sé que mañana no va a estar, así que no hay razón para que yo venga entonces. Me he dado cuenta de que no le gusta tener asistente, pero he buscado un reemplazo temporal para las dos semanas que voy a estar ausente y ya le he dado a Sara una lista detallada de su agenda y las cosas que necesita. Dudo que vaya a haber ningún problema, pero, por si acaso, ella me ha prometido estar pendiente de usted también. —Levantó una ceja desafiante y yo puse los ojos en blanco. Ella continuó: —Tiene todos mis números, incluyendo el de la casa de mi padre en Bismarck, por si necesita algo. 

Comprobó una lista que tenía delante y me di cuenta de lo serena y eficiente que se estaba mostrando. No es que no supiera que era todas esas cosas, pero me resultó aún más evidente entonces. Nuestras miradas se encontraron y ella prosiguió: —Llegaré a California unas horas antes que usted, así que lo recogeré en el aeropuerto. 

Seguimos mirándonos unos minutos más y yo estuve casi seguro de que ambos estábamos pensando lo mismo: San Diego iba a ser una prueba tremenda. La atmósfera del despacho empezó a cambiar lentamente, el silencio diciendo mucho más de lo que cualquier palabra podía decir. Apreté con fuerza la mandíbula cuando noté que se le había acelerado la respiración. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no rodear su mesa y acercarme a besarla. 

—Que tenga buen viaje, señorita Mills —le dije satisfecho de que mi voz no traicionara mi agitación interna. Me puse de pie, y añadí—: La veré en San Diego entonces. 

—Sí. 

Asentí y entré en mi despacho, cerrando la puerta detrás de mí. No la vi durante el resto del día y por una vez, nuestra tensa despedida me pareció algo completamente inadecuado. 



Estuve todo el fin de semana pensando cómo viviría su ausencia durante dos semanas. Por un lado sería agradable estar en el trabajo sin distracciones, pero por otro me pregunté si me sentiría raro al no tenerla. Ella había sido una constante en mi vida durante casi un año y, a pesar de nuestras diferencias, saber que estaba por allí se había convertido en algo reconfortante. 

Sara entró en el despacho a las nueve en punto, sonriendo ampliamente al acercarse a mí. La seguía una morena atractiva de veintitantos que me presentó como Kelsey, mi asistente temporal. Ella me miró con una sonrisa tímida y vi cómo Sara le ponía una mano en el hombro para tranquilizarla. Decidí que iba a utilizar aquello como una oportunidad. Le iba a demostrar a todo el mundo que mi reputación solo era resultado de trabajar con alguien tan cabezota como la señorita Mills. 


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Owwwwww, este wey ya esta enamorado 
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Mensaje por Invitado Lun 13 Ene 2014, 4:31 pm

~~~> Capitulo 36

—Encantado de conocerte, Kelsey —dije sonriendo y ofreciéndole la mano para estrechar la suya. 

Ella me miró extrañada, con los ojos un poco vidriosos. —Encantada de conocerlo también, señor —dijo mirando a Sara. 

Ella miró mi mano desconcertada y después me miró a mí antes de dirigirse a Kelsey. —Está bien. Ya hemos repasado todo lo que dejó _____. Ahí está tu mesa. —Llevó a la chica a la silla de la señorita Mills. Sentí una extraña sensación al ver la imagen de otra persona sentada allí. Sentí que mi sonrisa vacilaba y me volví hacia Sara. 

—Si necesita algo, ya te lo hará saber. Estaré en mi despacho. 

Kelsey dimitió antes de comer. Aparentemente «fui un poco brusco» cuando ella provocó un pequeño incendio en el microondas de la sala de descanso. La última vez que la vi estaba llorando y salía corriendo por la puerta chillando algo sobre un entorno de trabajo hostil. 

El segundo asistente temporal, un chico que se llamaba Isaac, llegó a eso de las dos de la tarde. Isaac parecía muy inteligente y yo estaba deseando trabajar con alguien que no fuera una chica emotiva. Pronto me encontré sonriendo ante el repentino giro que habían dado los acontecimientos. Por desgracia, me alegré demasiado pronto. Todas las veces que pasaba junto a Isaac, sentado ante su ordenador, él estaba conectado a internet viendo fotos de gatitos o algún vídeo musical. Minimizaba rápidamente la ventana, pero desafortunadamente para Isaac, yo no soy un idiota integral. Le dije diplomáticamente que no se molestara en venir al día siguiente. 

La tercera no resultó mucho mejor. Se llamaba Jill; hablaba demasiado, llevaba la ropa demasiado ceñida y la forma con que masticaba la tapa de su bolígrafo me recordaba a un animal que intentara liberarse de una trampa. No tenía nada que ver con la forma en que la señorita Mills sujetaba pensativamente el extremo del boli entre los dientes cuando estaba muy enfrascada en sus pensamientos. Eso era algo sutil y sexy; esto era obsceno. Inaceptable. El martes por la tarde ya no estaba. 

La semana continuó más o menos igual. Pasé por diferentes asistentes. Oí la risa atronadora de mi hermano en el pasillo al lado de mi despacho más de una vez. «Imbécil.» Él ni siquiera trabajaba en esta planta. Empecé a sentir que la gente estaba disfrutando demasiado con mi infortunio e incluso empecé a verlo incluso como un caso de recoger lo que había sembrado. Aunque no tenía ninguna duda de que Sara había informado a la señorita Mills de mis pesadillas con los asistentes temporales, recibí varios mensajes de texto de ella durante la primera semana para ver cómo iban las cosas. Empecé a esperarlos con ansiedad, mirando incluso mi teléfono periódicamente para comprobar que no me había perdido la alerta de llegada. Odiaba admitirlo, pero en este punto habría vendido hasta mi coche para tenerla de vuelta a ella y a sus maneras de arpía. Además de echar de menos su cuerpo, algo que necesitaba desesperadamente, también echaba de menos el fuego que había entre nosotros. Ella sabía que yo era un cabrón y lo aguantaba. No tenía ni idea de por qué, pero lo hacía. 

Durante esa primera semana que estuvimos separados empezó a crecer el respeto que tenía por su profesionalidad. Cuando pasó la segunda semana sin un solo mensaje de ella, me encontré preguntándome qué estaría haciendo y con quién. También me pregunté si habría intercambiado más llamadas con Joel. Estaba bastante seguro de que no habían vuelto a verse y de que ella y yo habíamos llegado a una precaria tregua con respecto al incidente de las flores. Aun así, no sabía si él habría vuelto a llamarla para ver cómo iban las cosas y si intentaría empezar algo mientras ella estaba en su casa. Su casa. ¿Estaba en su casa ahora, con su padre? ¿O ya consideraba Chicago como su casa? Por primera vez se me pasó por la cabeza que si su padre estaba muy enfermo, ella podría decidir volver a Dakota del Norte para estar con él. Joder. 

Empecé a hacer la maleta para el vuelo del domingo por la noche cuando oí que mi teléfono sonaba en la cama, al lado de mi maletín. Al leer el nombre de la pantalla sentí un leve escalofrío. 

“Lo recogeré mañana a las 11.30. Terminal B, cerca de los monitores de llegadas. Mándeme un mensaje cuando aterrice.”

Me quedé quieto un momento mientras me hacía a la idea de que íbamos a estar juntos al día siguiente. 

“Lo haré. Gracias.” 

“De nada. ¿Ha ido todo bien?”

Me quedé un poco sorprendido de que me preguntara por el resto de la semana. Estábamos en un territorio desconocido. Mientras trabajábamos ella me escribía mensajes y correos electrónicos con frecuencia, pero normalmente nos limitábamos a simples respuestas de sí y no. Nunca nada personal. ¿Era posible que ella hubiera pasado una semana tan frustrante como la mía? 

“Muy bien. ¿Y tú? ¿Cómo está tu padre?” 

Me reí y pulsé «Enviar»; esa situación se estaba volviendo cada vez más extraña. Menos de un minuto después recibí otro mensaje. 

“Todo bien. Lo he echado de menos pero tengo ganas de volver a casa.” 

«A casa.» Me fijé en las palabras que había elegido y tragué saliva; de repente sentía mucha tensión en el pecho. 

“Mañana nos vemos.” 

Puse el despertador del teléfono, lo coloqué en la mesita de noche y me senté en la cama al lado de mi equipaje. Iba a verla en menos de doce horas. Y no estaba muy seguro de cómo me hacía sentir eso.



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Te diré como te hace sentir eso: ¡ENAMORADO! ¡JAMES MASLOW ESTÁS ENAMORADO DE LA RAYA WE! :''')
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Mensaje por Invitado Lun 13 Ene 2014, 4:31 pm

~~~> Capitulo 37

Como esperaba, el vuelo a San Diego me dio tiempo para pensar. Me sentía querida y descansada después de la visita a mi padre. Tras su cita con el gastroenterólogo, que nos tranquilizó diciéndonos que el tumor era benigno, nos pasamos el resto del tiempo hablando y recordando a mamá, incluso planeando un viaje para que viniera a verme a Chicago. Para cuando me despidió con un beso, yo me sentía lo más preparada posible, teniendo en cuenta la situación. 

Estaba muy nerviosa por volver a ver cara a cara al señor Maslow, pero me había dado a mí misma la mejor charla de preparación posible, y había hecho varias compras por internet y tenía la maleta llena de nuevas «braguitas poderosas». Había pensado mucho en mis opciones y estaba bastante segura de que tenía un plan. El primer paso era admitir que este problema venía de algo más que de la tentación que producía la cercanía. Estar separados por miles de kilómetros de distancia no había servido para calmar mi necesidad. Había soñado con él casi cada noche, despertándome cada mañana frustrada y sola. Había pasado demasiado tiempo pensando en lo que estaría haciendo, preguntándome si estaría tan confundido como yo e intentando arrancarle a Sara toda la información que podía sobre cómo iban las cosas por allí. 

Sara y yo tuvimos una interesante conversación cuando me llamó para informarme de cómo iba lo de mi sustitución temporal. Me reí como una histérica cuando me enteré de la sucesión de asistentes. Por supuesto que a James le estaba costando mantener a alguien cerca de él. Era un gilipollas. Yo estaba acostumbrada a sus cambios de humor y a su actitud hosca; profesionalmente nuestra relación funcionaba como un reloj. Pero el lado personal era una pesadilla. Casi todo el mundo lo sabía, aunque no conocían el alcance de la situación. 

Muchas veces recordé nuestros últimos días juntos. Algo en nuestra relación estaba cambiando y yo no estaba segura de cómo me hacía sentir eso. No importaba cuántas veces nos dijéramos que no iba a volver a pasar, porque lo haría. Estaba aterrada de que ese hombre, que era mucho más que malo para mí, tuviera más control sobre mi cuerpo de lo que lo tenía yo, no importaba cuánto intentara convencerme a mí misma de lo contrario. No quería ser una mujer que sacrificaba sus ambiciones por un hombre. 

De pie en la zona de llegadas, me di una última charla de preparación. Podía hacerlo. Oh, Dios, esperaba poder hacerlo. Las mariposas de mi estómago no paraban de revolotear y me preocupé brevemente por si acababa vomitando. Su avión se había retrasado en Chicago y eran más de las seis y media cuando por fin aterrizó en San Diego. Aunque el tiempo en el avión me había venido bien para pensar, las otras siete horas de espera posteriores solo habían vuelto a poner en funcionamiento mis nervios.

Me puse de puntillas intentando ver mejor entre la multitud, pero no lo vi. Volví a mirar mi móvil y leí otra vez su mensaje. 

“Acabo de aterrizar. Nos vemos en unos minutos.” 

No había nada sentimental en ese mensaje, pero hizo que me diera un vuelco el estómago. Nuestros mensajes de la noche anterior habían sido igual; nada de lo que dijimos era especial, solo le pregunté qué tal había ido el resto de la semana. Eso no se consideraría inusual en ninguna otra relación, pero era algo totalmente nuevo para nosotros. Tal vez había una posibilidad de que pudiéramos dejar a un lado la animosidad constante y acabar siendo... ¿qué, amigos? 

Con el estómago hecho un nudo empecé a caminar arriba y abajo, deseando que mi mente cambiara de marcha y se calmaran los latidos de mi corazón. Sin pensarlo me paré a medio paso y me volví hacia la multitud que se acercaba, buscándolo entre la marea de caras desconocidas. Me quedé sin aliento cuando una mata de pelo conocido destacó entre las demás. 

«Por Dios, compórtate, ______.» Intenté una vez más mantener mi cuerpo bajo control y volví a levantar la vista. «Joder, estoy hecha una mierda.» Ahí estaba, mejor de lo que nunca le había visto. ¿Cómo demonios consigue una persona mejorar su aspecto en nueve días y bajar de un avión sin haber perdido ni un ápice de encanto? Era casi una cabeza más alto que las personas que lo rodeaban, ese tipo de altura que resalta entre la multitud, y yo le di gracias al universo por eso. Su pelo oscuro estaba tan alborotado como siempre; sin duda se había pasado las manos por el pelo cien veces durante la última hora. Llevaba pantalones de sport oscuros, un blazer color carbón y una camisa blanca con el cuello desabrochado. Parecía cansado y se veía un principio de barba en su cara, pero eso no fue lo que hizo que mi corazón se pusiera a mil por hora. Él iba mirando al suelo, pero en cuanto nuestras miradas se encontraron, su cara se dividió con la sonrisa más abiertamente feliz que le había visto nunca. 

Antes de que pudiera evitarlo, sentí explotar también mi sonrisa, amplia y nerviosa. Él se detuvo frente a mí, con una expresión un poco más tensa de lo normal; los dos esperábamos que el otro dijera cualquier cosa. 

—Hola —dije algo violenta, intentando liberar algo de la tensión que había entre nosotros. 

Todas las partes de mi cuerpo querían empujarlo hacia el baño de señoras, pero no sé por qué me pareció que no era la mejor manera de saludar al jefe. Aunque no es que eso nos hubiera importado nunca antes. 

—Eh... Hola —respondió con la frente un poco arrugada. 

«¡Joder, despierta, ______!» Ambos nos volvimos para dirigirnos a la cinta de equipajes y yo sentí que se me ponía toda la piel de gallina solo por estar cerca de él.

—¿Qué tal el vuelo? —le pregunté aunque sabía cuánto odiaba volar en compañías aéreas comerciales, aunque fuera en primera clase. 

Aquella situación era tan ridícula... Estaba deseando que dijera alguna estupidez para que pudiera contestarle con un grito. Él pensó un momento antes de responder. 

—Bueno, no ha estado mal una vez que hemos logrado despegar. No me gusta lo llenos que van los aviones. —Se detuvo y esperó, rodeado por el bullicio de la gente, pero lo único que yo noté fue la tensión que crecía entre nosotros y cada centímetro de espacio que había entre nuestros cuerpos—. ¿Y cómo se encuentra tu padre? —preguntó un momento después. 

Asentí. —Era benigno. Gracias por preguntar. 

—De nada. 

Pasaron varios minutos en un incómodo silencio y yo me sentí más que aliviada al ver salir su equipaje por la cinta. Ambos fuimos a cogerlo al mismo tiempo y nuestras manos se tocaron brevemente sobre el asa. Me aparté y al levantar la vista me encontré con su mirada. Se me cayó el alma a los pies al ver en sus ojos el ansia que tan bien conocía. Ambos murmuramos unas disculpas y yo aparté la mirada, pero no antes de ver la sonrisita que aparecía en su cara. 

Afortunadamente ya era el momento de ir a recoger el coche de alquiler y ambos nos dirigimos hacia el aparcamiento. Pareció satisfecho cuando nos acercamos al coche, un Mercedes Benz SLS AMG. Le encantaba conducir (bueno, lo que le gustaba era ir rápido) y yo, siempre que necesitaba un coche, intentaba alquilarle alguno con el que pudiera divertirse. 

—Muy bonito, señorita Mills —dijo pasando la mano sobre el capó—. Recuérdeme que me plantee subirle el sueldo. 

Sentí que el deseo familiar de darle un puñetazo recorría mi cuerpo y eso me calmó. Todo era mucho más fácil cuando él se comportaba como un gilipollas integral. 

Al pulsar el botón para abrir el maletero le dediqué una mirada de reproche y me aparté para que metiera sus cosas. Se quitó la chaqueta y me la dio. Yo la tiré en el maletero. 

—¡Ten cuidado! —me reprendió. 

—Yo no soy tu botones. Guarda tú tu propia chaqueta. 

Él se rió y se agachó para coger su maleta. —Dios, solo quería que me la sujetaras un momento. 

—Oh. —Con las mejillas ruborizadas por mi reacción exagerada, estiré el brazo, recogí la chaqueta y la doblé sobre mi brazo—. Perdón. 

—¿Por qué asumes siempre que me voy a comportar como un capullo? 

—¿Porque normalmente lo eres? 

Con otra carcajada, metió la maleta en el maletero.




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Ayyyy, se extrañaron tanto. Se puede sentir el amor en el aire(?, mis vidos . ahq.
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Mensaje por Invitado Lun 13 Ene 2014, 4:32 pm

~~~> Capitulo 38

—Debes de haberme echado mucho de menos. 

Abrí la boca para contestar pero me distraje mirándole los músculos de la espalda que le tensaron la camisa al colocar su equipaje en el maletero al lado del mío. De cerca me di cuenta de que la camisa blanca tenía un sutil estampado gris y que estaba hecha a medida para ceñir sus anchos hombros y su estrecha cintura sin que le sobrara tela por ninguna parte. Los pantalones eran gris oscuro y estaban perfectamente planchados. Estaba segura de que él nunca se hacía su propia colada y, maldita sea, ¿quién iba a echárselo en cara cuando estaba tan sexy con las prendas a medida que le limpiaban en la tintorería? 

«¡Para ya!» 

Cerró el maletero con un golpe, sacándome de mi ensoñación, y yo le di las llaves cuando me tendió la mano. Él dio la vuelta, abrió mi puerta, y esperó a que me sentara antes de cerrarla. 

«Sí, eres un verdadero caballero...», pensé. 

Condujo en silencio; los únicos sonidos eran el ronroneo del motor y la voz del GPS dándonos direcciones para llegar al hotel. Yo me entretuve repasando la agenda e intentando ignorar al hombre que tenía al lado. Quería mirarlo, estudiar su cara. Estaba deseando estirar la mano y tocar la sombra de barba de su mandíbula, decirle que parara y me tocara. Todos esos pensamientos no dejaban de pasar por mi mente, lo que me hizo imposible concentrarme en los papeles que tenía delante. El tiempo que habíamos pasado separados no había aplacado en absoluto el efecto que tenía sobre mí. Quería preguntarle cómo habían ido las dos últimas semanas. La verdad es que lo que quería saber era cómo estaba. 

Con un suspiro cerré la carpeta que tenía en el regazo y me volví para mirar por la ventanilla. Debimos pasar junto al océano, buques de la Marina y gente pasando por las calles, pero yo no vi nada. Lo único que había en mi mente era lo que había en el interior del coche. Sentía cada movimiento, cada respiración. Sus dedos daban golpecitos contra el volante. La piel chirriaba cuando se movía en el asiento. Su olor llenaba el espacio cerrado y me hacía imposible recordar por qué necesitaba resistirme. Él me envolvía completamente. Tenía que ser fuerte para probar que era yo quien controlaba mi vida, pero todas las partes de mí me pedían a gritos sentirlo. Necesitaría recomponerme en el hotel antes del congreso, pero con él tan cerca, todas esas buenas intenciones me abandonaron. 

—¿Está bien, señorita Mills? —El sonido de su voz me sobresaltó y me volví para encontrarme con sus ojos color avellana. Mi estómago se llenó otra vez de mariposas al ver la intensidad que había tras ellos. ¿Cómo había podido olvidar lo largas que eran sus pestañas? —Ya hemos llegado. —Señaló el hotel y me sorprendí de que ni siquiera me hubiera dado cuenta—. ¿Va todo bien? 

—Sí —respondí con rapidez—. Es que ha sido un día muy largo.

—Hummm —murmuró sin dejar de mirarme. 

Vi que su mirada pasaba a mi boca y Dios, cómo quería que me besara. Echaba de menos el dominio de sus labios sobre los míos, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera desear más que saborearme. Y sospechaba que a veces eso podía incluso ser cierto. Como si me viera de alguna forma atraída por él, me incliné hacia su asiento. La electricidad se puso en funcionamiento entre nosotros y volvió a mirarme a los ojos. Él también se inclinó para acercarse a mí y sentí su aliento caliente contra la boca.

De repente mi puerta se abrió y yo di un salto en el asiento, sobresaltada al ver al botones del hotel allí de pie, expectante, con la mano tendida. Salí del coche e inspiré hondo el aire que no estaba lleno de su olor intóxicante. El botones cogió las maletas y el señor Maslow se disculpó para ir a contestar una llamada mientras nos registrábamos. El hotel estaba lleno de otros asistentes al congreso y vi varias caras que me eran familiares. Había hecho planes para quedar con un grupo de alumnos de mi máster en algún momento de aquel viaje. Saludé con la mano a una mujer que reconocí. Estaría muy bien poder ver a amigos mientras estábamos allí. Lo último que necesitaba era sentarme sola en mi habitación del hotel y fantasear con el hombre que estaría abajo, en la sala. Después de que me dieran las llaves y de decirle al botones que subiera las maletas a nuestras habitaciones, me dirigí al salón en busca del señor Maslow. 

La recepción de bienvenida estaba en su apogeo y, tras examinar la gran estancia, lo encontré al lado de una morena muy alta. Estaban bastante juntos, con la cabeza de él un poco inclinada para escucharla. Su cabeza no me dejaba ver la cara de la mujer y entorné los ojos cuando me di cuenta de que ella levantaba la mano y le agarraba el antebrazo. Se rió por algo que él dijo y se apartó un poco, lo que me dejó verla mejor. Era guapísima, con un pelo liso y negro que le llegaba por los hombros. Mientras la miraba, ella le puso algo en la mano y le cerró los dedos sobre ello. Una expresión extraña cruzó la cara del señor Maslow cuando miró lo que tenía en la mano. 

«Tiene que estar de coña. ¿Le acaba... Le acaba de dar la llave de su habitación?» 

Los observé un momento más y entonces algo dentro de mí saltó al ver que seguía mirando la llave como si estuviera pensándose si metérsela o no en el bolsillo. Solo pensar en él mirando a otra mujer con la misma intensidad, deseando a otra, hizo que el estómago se me retorciera por la furia. Antes de poder detenerme, crucé con decisión la sala hasta llegar junto a ambos. Le puse la mano en el antebrazo y él parpadeó al mirarme, con una expresión de duda en la cara. 

—James, ¿ya podemos subir a la habitación? —le pregunté en voz baja. 

Él abrió mucho los ojos y también la boca por el asombro. Nunca le había visto tan mudo como en ese momento. Y entonces me di cuenta: yo nunca antes le había llamado por su nombre de pila.

—¿James? —volví a preguntar y algo pasó como un relámpago por su cara. 

Lentamente la comisura de su boca se elevó hasta formar una sonrisa y nuestras miradas se encontraron un momento. Al volverse hacia ella, él sonrió con condescendencia y habló en una voz tan suave que hizo que me estremeciera. 

—Discúlpanos —dijo, devolviéndole discretamente su llave—. Como ves, no he venido solo. 

El pulso acelerado provocado por la victoria eclipsó completamente el horror que debería estar sintiendo en ese momento. Él colocó su mano cálida en la parte baja de mi espalda mientras me guiaba hacia la salida del salón y después cruzamos el vestíbulo. Pero cuando nos acercábamos a los ascensores, mi euforia se fue viendo reemplazada por otra cosa. Me empezó a entrar el pánico cuando me di cuenta de lo irracional de mi comportamiento. Recordar nuestro constante juego del gato y el ratón me agotaba. ¿Cuántas veces al año viajaba él? ¿Cuántas veces le habrían puesto una llave en la mano? ¿Iba a estar allí todas las veces para alejarle de la tentación? Y si no estaba, ¿se metería tranquilamente en la habitación de otra? Y, además, ¿quién demonios creía que podría ser para él? ¡Y a mí no debería importarme! Tenía el corazón a mil por hora y la sangre me atronaba en los oídos. 

Otras tres parejas se metieron con nosotros en el ascensor y yo recé para poder llegar a mi habitación antes de explotar. No me podía creer lo que acababa de hacer. Levanté la vista y le vi con una sonrisita triunfante. Inspiré hondo e intenté recordarme que eso era exactamente lo que necesitaba para permanecer alejada. Lo que había pasado en el salón no era algo propio de mí y sí, algo muy poco profesional por parte de ambos, sobre todo en un lugar público de trabajo. Quería gritarle, hacerle daño, enfurecerlo como él me había hecho enfurecer a mí, pero cada vez me costaba más encontrar la voluntad para hacerlo. Subimos en un silencio tenso hasta que la última pareja salió del ascensor y nos dejó solos. Cerré los ojos, intentando centrarme solo en respirar, pero, por supuesto, todo lo que podía oler allí era a él. 

No quería que estuviera con nadie más y ese sentimiento era tan abrumador que me dejaba sin aliento. Y era aterrador, porque si tenía que ser sincera conmigo misma, él podía destrozarme el corazón. Podría destrozarme a mí. El ascensor paró con un timbrazo suave y las puertas se abrieron en nuestra planta. 

—¿_____? —me dijo con la mano en mi espalda. Me volví y salí apresuradamente del ascensor. —¿Adónde vas? —gritó desde detrás de mí. Oí sus pasos y supe que iba a haber problemas—. ¡_____, espera! 

No podía huir de él para siempre. Ni siquiera estaba segura de que quisiera seguir haciéndolo.





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¡COMO ERES PENDEJA RAYA! Tuviste una excelente idea y ahora ya vas a cagar todo huyendo como una nena asustada, PENDEJA ES LO QUE ERES.
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'Beautiful Bastard' (James y tú) {ADAPTADA} TERMINADA - Página 3 Empty Re: 'Beautiful Bastard' (James y tú) {ADAPTADA} TERMINADA

Mensaje por Invitado Mar 14 Ene 2014, 4:12 pm

~~~> Capitulo 39

Un millón de pensamientos cruzaron por mi mente en ese preciso segundo. No podíamos seguir haciendo eso. Teníamos que seguir adelante o parar. «Ahora.» Estaba interfiriendo con mis negocios, mi sueño, mi cabeza... toda mi maldita vida. Pero no importaba cuánto intentara engañarme, yo sabía lo que quería. No podía dejarla ir. Ella prácticamente salió corriendo por el pasillo, pero yo fui tras ella. 

—¡No puedes hacer algo como eso y después esperar que te deje largarte sin más! 

—¿Cómo que «no puedes»? —me gritó por encima del hombro. 

Llegó a su habitación e intentó torpemente meter la llave en la cerradura hasta que lo consiguió. Llegué a su puerta justo cuando la estaba abriendo y nuestras miradas se encontraron durante un breve momento antes de que entrara corriendo e intentara cerrarla a la fuerza. Metí la mano y abrí la puerta de un empujón tan violento que golpeó con fuerza la pared que tenía detrás. 

—Pero ¿qué coño crees que estás haciendo? —me chilló. 

Entró en el baño que estaba justo enfrente de la puerta y se volvió para mirarme. 

—¿Vas a dejar de huir de mí? —pregunté y la seguí. Mi voz resonaba en aquel pequeño espacio—. Si esto es por esa mujer de abajo... 

Ella pareció más furiosa al oír mis palabras, si es que eso era posible, y dio un paso hacia mí. 

—No te atrevas a seguir por ese camino. Yo nunca he actuado como una novia celosa. —Negó con la cabeza indignada antes de girarse hacia el lavabo y buscar algo en su bolso. 

La miré mientras me iba frustrando cada vez más. ¿Y a qué más podía deberse aquello? Estaba totalmente desconcertado. Cuando se enfadaba así, a estas alturas ya debería haberme empujado contra la pared y tenerme medio desnudo. Pero esta vez parecía realmente preocupada. 

—¿Crees que me voy a interesar por cualquier mujer que me ponga la llave de su habitación en la mano? Pero ¿qué tipo de tío crees que soy? 

Ella golpeó un cepillo contra la superficie del lavabo y levantó la vista para mirarme furiosa. —¿No estarás hablando en serio? Sé que tú has hecho esto antes. Solo sexo, nada de compromisos... Estoy segura de que te dan llaves de habitación continuamente. 

Abrí la boca para responder; para ser sincero, sí que había tenido relaciones que no se basaban más que en el sexo, sin embargo lo que tenía con _______ hacía tiempo que no era «solo sexo». Pero ella me interrumpió antes de que pudiera hablar. 

—Yo nunca he hecho nada ni parecido a esto y ya no sé cómo llevarlo —me dijo y su voz iba subiendo con cada palabra—. Pero cuando estoy contigo, es como si nada más importara. Esto... Esto —continuó haciendo un gesto que nos incluía a ambos— ¡no tiene nada que ver conmigo! Es como si me convirtiera en una persona diferente cuando estoy contigo, y lo odio. No puedo hacerlo, James. No me gusta la persona en la que me estoy convirtiendo. Trabajo mucho. Me importa mi trabajo. Soy inteligente. Y nada de eso importará si la gente se entera de lo que está pasando entre nosotros. Búscate a otra. 

—Ya te lo he dicho, no he estado con nadie desde que empezamos con esto. 

—Eso no significa que no vayas a coger una llave si te la ponen en la mano. ¿Qué habrías hecho si no hubiera aparecido? 

—Devolvérsela —dije sin dudarlo. Pero ella solo se rió; claramente no me creía. 

—Mira, todo esto me tiene agotada ahora mismo. Solo quiero darme una ducha y meterme en la cama.

Era casi imposible siquiera pensar en irme de allí y dejar aquello sin resolver, pero ella ya se había apartado de mí y estaba abriendo el grifo de la ducha. Cuando fui a abrir la puerta que daba al pasillo, la miré, ya envuelta en vapor y mirando cómo me iba. Y parecía tan confusa como yo, maldita sea. 

Sin pensarlo, crucé la habitación, le cogí la cara entre las manos y la acerqué a mí. Cuando nuestros labios se encontraron, ella dejó escapar un sonido estrangulado de rendición e inmediatamente hundió las manos en mi pelo. La besé con más fuerza, reclamando sus sonidos como míos, haciendo míos también sus labios y su sabor. 

—Firmemos una tregua por una noche —le dije dándole tres breves besos en los labios, uno a cada lado y uno un poco más largo en el centro, en el corazón de su boca—. Dámelo todo de ti por una noche, no te guardes nada. Por favor, _____, te dejaré en paz después de eso, pero no te he visto durante casi dos semanas y... necesito esta noche al menos. 

Ella se quedó mirándome durante varios dolorosos minutos, claramente luchando consigo misma. Y entonces, con un suave sonido de súplica, levantó los brazos y me atrajo hacia a ella, poniéndose de puntillas para acercarse tanto como fuera posible. Mis labios eran duros e implacables pero ella no se apartó, apretando sus curvas contra mí. Yo estaba perdido para todo excepto para ella. Nos dimos un golpe con la pared, con la encimera, con la puerta de la ducha, retorciéndonos y tirando el uno del otro en nuestra desesperación. La habitación estaba totalmente llena de vapor para entonces y nada parecía real. Podía olerla, saborearla y sentirla, pero nada de eso parecía suficiente. Nuestros besos se hicieron más profundos, nuestras caricias más salvajes. Le agarré el trasero, los muslos, subí las manos hasta sus pechos y los acaricié, necesitando notar todas y cada una de las partes de su cuerpo en mis palmas simultáneamente. 

Ella me empujó contra la pared y repentinamente una calidez cayó por mi hombro y por mi pecho, sacándome de mi ensoñación. Habíamos entrado en la ducha con la ropa todavía puesta. Nos estábamos empapando. Pero no nos importó. Sus manos me recorrían el cuerpo frenéticamente, tirando de la camisa para sacármela de los pantalones. Con las manos temblorosas me la desabrochó, arrancándome algunos botones por las prisas, antes de bajarme la tela mojada por los hombros y tirarla fuera de la ducha. La seda húmeda de su vestido se le pegaba al cuerpo, acentuando cada curva. Le rocé la tela sobre los pechos y noté los pezones tensos debajo. Ella gimió y puso su mano sobre la mía guiando mis movimientos. 

—Dime lo que quieres. —Mi voz sonaba ronca por la necesidad—. Dime qué quieres que te haga. 

—No lo sé —susurró contra mi boca—. Solo quiero ver cómo te vas deshaciendo. 

Quería decirle que ya podía ver eso ahora y, para ser totalmente sincero, llevaba viéndolo durante semanas, pero me faltaron las palabras al bajarle las manos por los costados y meterlas bajo el vestido. Nos estuvimos provocando con la boca el uno al otro y el sonido de la ducha ahogó nuestros gemidos. Metí las manos dentro de sus bragas y sentí el calor contra mis dedos. Como necesitaba ver más de ella, saqué los dedos y los llevé al dobladillo de su vestido. Con un solo movimiento se lo levanté y se lo saqué por la cabeza. Me quedé helado al ver lo que había debajo. 

«Dios Santo.» Estaba intentado matarme. 

Di un paso atrás y me apoyé contra la pared de la ducha. Ella estaba delante de mí, calada hasta los huesos, con unas bragas de encaje blanco que se ataban a ambos lados de su cadera con un lazo de seda. Tenía los pezones duros y se veían bajo el sujetador a juego y no pude evitar estirar la mano para tocarlos. 

—Joder, eres tan hermosa —dije pasándole las yemas de los dedos por los pechos tensos. 

Un estremecimiento visible la recorrió y mi mano subió por su cuerpo, por encima de su clavícula, por el cuello y hasta su mandíbula. Podíamos follar justo allí, húmedos y resbaladizos contra los azulejos y tal vez lo hiciéramos más adelante, pero ahora mismo quería tomarme mi tiempo. Mi corazón se aceleró al pensar que teníamos toda la noche por delante. Nada de apresurarse ni de esconderse. Nada de peleas amargas ni de culpas. Teníamos toda la noche para estar solos y me iba a pasar toda la noche con ella... en una cama. 

Metí la mano por detrás de ella y cerré la ducha. Ella se apretó contra mí, acercando su cuerpo todo lo que pudo. Yo le cogí la cara y la besé profundamente, con mi lengua deslizándose contra la suya. Sus caderas se movieron contra las mías y abrí la puerta de la ducha, sin dejar de abrazarla mientras salíamos. No podía dejar de tocarle la piel: por la espalda, sobre la suave curva al final y volviendo a subir por sus costados hasta sus pechos. Necesitaba sentir, saborear cada centímetro de su piel. Nuestro beso no se rompió mientras salíamos del baño, tropezando torpemente mientras nos íbamos quitando con desesperación lo que nos quedaba de la ropa. Me quité de una patada los zapatos mojados mientras la llevaba hacia el dormitorio, y ella me acariciaba el estómago en busca de mi cinturón. La ayudé y pronto me liberé también de los pantalones y los bóxers. Acelerado, los aparté a un lado de una patada y aterrizaron un poco más allá en un montoncito húmedo.

Seguí la línea de sus costillas con los nudillos antes de deslizar las manos hacia el cierre de su sujetador, lo solté y prácticamente se lo arranqué del cuerpo. Acercándola a mí, gemí dentro de su boca cuando sus pezones duros rozaron mi pecho. Las puntas de su cabello húmedo me hacían cosquillas en las manos mientras se las pasaba por la espalda desnuda, y sentí electricidad contra mi piel. La habitación estaba a oscuras, la única iluminación venía de la escasa cuña de luz que se escapaba por la puerta del baño y de la luna del cielo nocturno. 

La parte de atrás de sus rodillas chocó con la cama y yo me dirigí a la última prenda que quedaba entre nosotros. Mi boca subió hasta sus labios y después bajó por su cuello, por ambos pechos y por su torso. Le fui dando breves besos y mordiscos por el estómago y finalmente llegué al encaje blanco que escondía el resto de ella. Me puse de rodillas delante de ella, levanté la vista y encontré su mirada. Tenía las manos en mi pelo y pasaba los dedos entre los mechones mojados y alborotados. Estiré la mano y cogí el delicado lazo de seda entre los dedos, tiré y vi cómo se deshacía en su cadera. Una expresión de confusión cruzó su cara mientras yo pasaba los dedos por todo el borde de encaje hasta el otro lado y hacía lo mismo. La tela cayó de su cuerpo sin daños y ella quedó completamente desnuda delante de mí. No las había roto, pero podía estar más que segura de que tenía intención de llevarme esa preciosidad conmigo. Ella rió; parecía que me había leído la mente. 

La empujé un poco para atrás para que quedara sentada en el borde de la cama y, todavía de rodillas delante de ella, le abrí las piernas. Le acaricié la piel sedosa de las pantorrillas y le besé el interior de los muslos y entre las piernas. Su sabor invadió mi boca y se me subió a la cabeza, borrando todo lo demás. Joder, qué cosas me hacía esa mujer. La empujé otra vez para que se tumbara sobre las sábanas y por fin me acerqué para unirme a ella, pasándole los labios y la lengua por el cuerpo, con sus manos todavía enredadas en mi pelo, guiándome hacia donde ella me necesitaba más. Le metí el pulgar en la boca porque deseaba que me lamiera algo mientras yo ponía mi boca en sus pechos, sus costillas, su mandíbula. 

Sus suspiros y gemidos llenaron la habitación y se mezclaron con los míos. Era más difícil de lo que había sido nunca y solo quería enterrarme en ella una y otra vez. Alcancé su boca y le saqué mi pulgar húmedo para pasárselo por la mejilla. Entonces ella tiró de mí y cada centímetro de nuestros cuerpos desnudos quedó alineado. Nos besamos con pasión, las manos buscando y agarrando, intentando acercarnos todo lo posible. Nuestras caderas se encontraron y mi miembro se deslizó contra su calor húmedo. Cada vez que pasaba sobre su clítoris, ella emitía un gemido. Con un leve movimiento podría estar en lo más profundo de ella. Quería eso más que nada en el mundo, pero necesitaba oír algo de ella primero. 

Cuando había dicho mi nombre abajo, había provocado algo dentro de mí. No lo había comprendido del todo todavía, no sabía si significaba algo que no estaba totalmente preparado para explorar, pero sabía que necesitaba oírlo, oír que era a mí a quien quería. Necesitaba saber que, por esa noche, era mía. 

—Joder, me muero por estar dentro de ti ahora mismo —le susurré al oído. Ella se quedó sin aliento pero se le escapó un profundo suspiro entre los labios—. ¿Es eso lo que tú quieres? 

—Sí —lloriqueó con la voz suplicante y sus caderas se separaron de la cama buscando las mías. 

La punta de mi pene rozó su entrada y yo apreté la mandíbula porque quería prolongar aquello. Sus talones me recorrían las piernas arriba y abajo, hasta que al final pararon cuando me rodeó la cintura. Le cogí las dos manos y se las coloqué por encima de la cabeza a la vez que entrelazaba nuestros dedos. 

—Por favor, James —me suplicó—. Estoy a punto de perder la cabeza. 

Bajé la cabeza de forma que nuestras frentes se tocaran y finalmente empujé para entrar en su interior. 

—Oh, joder —gimió.




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Ayyyy sdhgjhsdjhg, ¿por qué no aceptan que se aman? ¡Nada más veanse! Cristo Bendito.
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Mensaje por Invitado Mar 21 Ene 2014, 4:50 pm

Maratón 1/5

~~~> Capítulo 40

La punta de mi pene rozó su entrada y yo apreté la mandíbula porque quería prolongar aquello. Sus talones me recorrían las piernas arriba y abajo, hasta que al final pararon cuando me rodeó la cintura. Le cogí las dos manos y se las coloqué por encima de la cabeza a la vez que entrelazaba nuestros dedos. 

—Por favor, James —me suplicó—. Estoy a punto de perder la cabeza. 

Bajé la cabeza de forma que nuestras frentes se tocaran y finalmente empujé para entrar en su interior. 

—Oh, joder —gimió.

—Dilo otra vez. —Me estaba quedando sin aliento al empezar a moverme para entrar y salir de ella. 

—James... ¡joder! 

Quería oírlo una y otra vez. Me puse de rodillas y empecé a empujar hacia su interior con un ritmo más constante. Teníamos las manos todavía entrelazadas.

—No voy a tener bastante de esto nunca. 

Estaba cerca y necesitaba aguantar. Llevaba separado de ella demasiado tiempo y nada de lo que había en las fantasías que había tenido con ella podía compararse con aquello. 

—Te quiero así todos los días —dije contra su piel húmeda—. Así y agachada sobre mi mesa. De rodillas chupándomela. 

—¿Por qué? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué te encanta hablarme así? Eres un capullo. 

Bajé sobre ella otra vez, riéndome contra su cuello. Nos movimos a la vez sin esfuerzo, una piel cubierta de sudor deslizándose contra otra. Con cada embestida ella elevaba las caderas para encontrarse conmigo y sus piernas, que me rodeaban la cintura, me empujaban más adentro. Estaba tan perdido en ella que pareció que se paraba el tiempo. 

Teníamos las manos fuertemente agarradas por encima de la cabeza y empezó a apretarme más fuerte. Ella estaba cada vez más cerca, sus gritos eran cada vez más fuertes y mi nombre no dejaba de salir de sus labios, acercándome al abismo. 

—Ríndete. —Mi voz era irregular por la desesperación que sentía. Estaba muy cerca pero quería esperarla—. Suéltate, _____, córrete. 

—Oh, Dios, James —gimió—. Dime algo más. —Joder, a mi chica le ponía que le dijera guarradas—. Por favor. 

—Estás tan caliente y tan húmeda. Cuando estás cerca —jadeé—, se te enrojece la piel de todo el cuerpo y tu voz se vuelve ronca. Y, joder, no hay nada más perfecto que tu cara cuando te corres.

Ella me apretó con más fuerza con las piernas y sentí que su respiración se aceleraba a la vez que se tensaba a mí alrededor. 

—Esos labios tan retorcidos se abren y se ponen suaves cuando jadeas por mí y cuando me suplicas que te dé placer y, no hay nada mejor que el sonido que haces cuando por fin llegas. 

Y eso fue todo lo que hizo falta. Hice las embestidas más profundas, levantándola de la cama con cada empujón. Yo ya estaba justo al borde en ese momento y cuando ella gritó mi nombre no pude contenerme más. Ella amortiguó sus gritos contra mi cuello mientras sentía que se dejaba ir, apretándose salvajemente debajo de mí (nada en el mundo era tan bueno como aquello, dejar que la espiral fuera creciendo en nuestro interior y después se hiciera pedazos a la vez, los dos juntos) y yo también hice lo mismo. Después acerqué mi cara a la suya y nuestras narices se tocaron. Nuestras respiraciones seguían siendo rápidas y trabajosas. Tenía la boca seca, me dolían los músculos y estaba agotado. Le solté las manos que estaba agarrando con fuerza y le froté los dedos suavemente, intentando que les volviera la circulación. 

—Madre mía —dijo. 

Todo parecía tan diferente, pero a la vez muy poco definido. Rodé para apartarme de ella, cerré los ojos e intenté bloquear la maraña de pensamientos que tenía en la cabeza. 

A mi lado, ella se estremeció. 

—¿Tienes frío? —le pregunté. 

—No —respondió negando con la cabeza—. Solo estoy muy abrumada. 

Tiré de ella hacia mí y estiré el brazo para cubrirnos a ambos con las mantas. No quería irme, pero no sabía si estaba invitado a quedarme. 

—Yo también. 

El silencio cayó sobre nosotros durante varios minutos y me pregunté si se habría quedado dormida. Me moví un poco y me sorprendió oír su voz. 

—No te vayas —dijo en dirección a la oscuridad. 

Agaché la cabeza, le di un beso en la coronilla e inhalé profundamente su olor familiar. —No me voy a ninguna parte. 

«Joder, qué bien se está así.» 

Algo cálido y húmedo me envolvió mi miembro otra vez y yo gemí en voz alta. 

«El mejor sueño de mi vida.» La ______ del sueño gimió y eso envió una vibración a través de mi polla y por todo mi cuerpo. 

—______. —Oí mi propia voz y eso me sobresaltó un poco. Había soñado con ella cientos de veces, pero esto parecía tan real... La calidez desapareció y fruncí el ceño. 

«No te despiertes, ______. No te despiertes de algo así, joder.» 

—Dilo otra vez. —Una voz suave y gutural entró en mi conciencia y me obligó a abrir los ojos. 

La habitación estaba a oscuras y yo estaba tumbado en una cama extraña. La calidez volvió y dirigí la mirada a mi regazo, donde una preciosa cabeza castaña se movía entre mis piernas abiertas. Volvió a meterse mi miembro en la boca. De repente todo lo que había pasado aquella noche volvió a mí y la neblina del sueño desapareció rápidamente. 

—¿______? 

No podía ser que tuviera tanta suerte como para que eso fuera real… Debía haberse levantado en algún momento de la noche para apagar la luz del baño; la habitación estaba tan oscura que apenas podía distinguirla. Bajé las manos para encontrarla y mis dedos siguieron la línea de sus labios que rodeaban mi miembro. Ella movía la cabeza arriba y abajo, con la lengua rodeándome y los dientes rozándome levemente el tronco del pene con cada movimiento. Su mano bajó hasta mis testículos y yo gemí en voz alta cuando los acarició con cuidado con su palma. La sensación era tan intensa al darme cuenta de que mis sueños y la realidad se habían unido, que no sabía cuánto podría durar. 

Ella se movió un poco y su dedo acarició levemente un lugar justo debajo y un largo siseo escapó de entre mis dientes apretados. Nunca nadie me había hecho eso. Casi quería detenerla, pero la sensación era tan increíble que era incapaz de moverme. Mientras mis ojos se iban ajustando a la oscuridad, le pasé los dedos por el pelo, la cara y la mandíbula. Ella cerró los ojos y aumentó la fuerza de la succión, acercándome más. La combinación de su boca sobre mi pene y su dedo presionando contra mí era irreal, pero la quería conmigo, su boca contra mi boca, besándome los labios mientras me hundía en ella. 

Me incorporé para sentarme, la coloqué en mi regazo y rodeé mi cadera con sus piernas. Nuestros pechos desnudos se apretaron, le cogí la cara entre las manos y la miré a los ojos. 

—Este ha sido el mejor despertar que he tenido en mi vida. 

Ella se rió un poco y se lamió los labios, lo que los hizo brillar deliciosamente. Bajé la mano y coloqué mi miembro junto a su entrada y la levanté un poco. En un solo movimiento continuo entré profundamente dentro de ella. Ella dejó caer la frente contra mi hombro y movió las caderas hacia delante, introduciéndome más adentro. Estar con ella en una cama era irreal. Me montaba de una forma pausada, moviéndose muy poco. Me besó cada centímetro del lado derecho del cuello, chupándomelo y tirando de mi piel. Breves sonidos marcaban cada círculo de sus caderas. 

—Me gusta estar encima —jadeó—. ¿Sientes lo dentro que estás? ¿Lo sientes? 

—Sí. 

—¿Quieres que vaya más rápido?

Negué con la cabeza, absolutamente perdido. —No, Dios, no. 

Durante un rato permaneció haciendo círculos pequeños lentamente mientras subía y bajaba por mi cuello mordiéndome. Pero entonces se acercó más y me susurró: —Me voy a correr, James. 

Y en vez de soltar una sarta de maldiciones para describir lo que me hacía oír eso, le mordí el hombro y le hice un cardenal. Moviéndose con más fuerza ahora, empezó a hablar. Palabras que apenas podía procesar. Palabras sobre mi cuerpo dentro de ella, su necesidad por mí. Palabras sobre mi sabor y lo húmeda que estaba. Palabras sobre querer que me corriera, necesitar que me corriera. Con cada movimiento de las caderas la presión empezó a aumentar. La agarré más fuerte, con un miedo breve a dejarle cardenales cada vez que movía las manos y aumenté la velocidad de las embestidas. 

Ella gimió y se retorció encima de mí y justo cuando pensé que no podría aguantar más, ella gritó mi nombre de nuevo y sentí que empezaba a estremecerse a mi alrededor. La gran intensidad de su orgasmo provocó por fin el mío, y acerqué la cara a su cuello ahogando un fuerte gemido contra su suave piel. Ella se dejó caer contra mí y yo nos bajé a ambos hacia la cama. Estábamos sudados, jadeando y más que agotados y ella tenía una apariencia terriblemente perfecta. 

La acerqué hacia mí, su espalda contra mi pecho y la rodeé con mis brazos, entrelazando mis piernas con las suyas. Ella murmuró algo que no pude distinguir, pero se durmió antes de que pudiera preguntarle. 

Algo había cambiado esa noche y lo último que pensé mientras se me cerraban los ojos fue que ya habría tiempo más que suficiente para hablar al día siguiente. Pero cuando el sol de la mañana empezó a colarse por la cortina oscura, me di cuenta con una incómoda sensación de que ese día ya había llegado.
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Mensaje por Invitado Mar 21 Ene 2014, 4:50 pm

Maratón 2/5

~~~> Capítulo 41

La conciencia apareció en el límite de mi mente abotargada por el sueño, y yo intenté apartarla a la fuerza. No quería despertarme. Estaba caliente, cómoda y satisfecha. Vagas imágenes de mi sueño pasaron por delante de mis ojos cerrados mientras me acurrucaba en la manta más calentita y que mejor olía en la que había dormido. Y la manta se acurrucó a mí alrededor. Algo cálido se apretó contra mí y abrí poco a poco los ojos para encontrarme con una cabeza de conocido pelo alborotado a unos centímetros de mi cara. 

Un centenar de imágenes me recorrieron la mente en ese preciso segundo cuando la realidad de la noche anterior cayó como un jarro de agua fría en mi cerebro. 

«Madre de Dios.» Había sido real. 

Se me aceleró el corazón cuando levanté la cabeza un poco y me encontré a mi atractivo hombre enroscado alrededor de mi cuerpo. Tenía la cabeza apoyada en mi pecho, la boca perfecta un poco abierta soltando bocanadas de aire caliente sobre mis pechos desnudos. Su largo cuerpo caliente contra el mío, las piernas entrelazadas y sus fuertes brazos apretados alrededor de mi torso. 

«Se había quedado.» 

La intimidad de nuestra postura me golpeó con una fuerza tal que me dejó sin aliento. No es que se hubiera quedado, es que se había aferrado a mí. Me esforcé por recuperar el aire y no entrar en pánico. Era mucho más que consciente de cada centímetro de nuestra piel en contacto. Sentí el poderoso latido de su corazón contra mi pecho. Tenía su miembro apretado contra mi muslo, semierecto durante el sueño. Me ardían los dedos por tocarle. Estaba deseando apretar mis labios contra su pelo. Era demasiado. Él era demasiado. 

Algo había cambiado la noche anterior y no estaba segura de estar lista para ello. No sabía lo que entrañaría ese cambio, pero ahí estaba. En cada movimiento, cada contacto, cada palabra y cada beso habíamos estado juntos. Nadie me había hecho sentir así, como si mi cuerpo estuviera hecho para encajar con el suyo. Había estado con otros hombres, pero con él me sentía como si me arrastrara una marea oculta, completamente incapaz de cambiar el rumbo. 

Cerré los ojos, intentando sofocar la sensación de pánico que estaba creciendo en mi interior. No me arrepentía de lo que había pasado. Había sido intenso — como siempre— y seguramente el mejor sexo que había tenido en mi vida. Solo necesitaba unos minutos a solas antes de poder enfrentarme a él. 

Le coloqué una mano en la cabeza y la otra en la espalda y conseguí apartarle de mi cuerpo. Él empezó a revolverse y yo me quedé helada, abrazándole fuerte y deseando en silencio que volviera a dormir. Él murmuró mi nombre antes de que su respiración se volviera de nuevo regular y yo me escapé de debajo de su cuerpo. Le observé dormir durante un momento y el pánico se redujo no supe cómo. Una vez más fui consciente de lo guapo que era. En calma por el sueño, sus facciones aparecían tranquilas y en paz, con una expresión muy diferente de la que solía tener cuando estaba cerca de mí. Un grueso rizo le caía por la frente y sentí la urgente necesidad de apartárselo de la cara. Ahí estaban las pestañas largas, los pómulos perfectos, unos labios carnosos y la barba que le cubría la mandíbula. 

«Dios mío, es que es tan guapo...» 

Empecé a caminar hacia el baño, pero vi mi reflejo en el espejo del tocador del dormitorio. 

«Vaya. Recién follada.» 

Sin duda esa era la imagen que ofrecía. Me acerqué y examiné los leves arañazos rojos que tenía por el cuello, los hombros, los pechos y el estómago. Tenía una marca pequeña de un mordisco en la parte de debajo de mi pecho izquierdo y un chupetón en el hombro. Miré hacia abajo y pasé los dedos por las marcas rojas que tenía en el interior del muslo. Se me endurecieron los pezones al recordar la sensación de su cara sin afeitar frotándose con mi piel. Mi pelo era un desastre enredado y despeinado y me mordí el labio al recordar sus manos enredadas en él. La forma en que me había atraído primero hacia su beso y después sobre su miembro... 

«Esto no me está ayudando.» 

Una voz todavía pastosa por el sueño me sacó sobresaltada de mis pensamientos. —¿Recién despierta y ya tirándote de los pelos? 

Me volví y vi un destello de su cuerpo desnudo mientras se giraba bajo las sábanas y se sentaba. Dejó que le cayeran hasta las caderas, dejando su torso al descubierto. No creía que nunca pudiera cansarme de mirar —y sentir— ese pecho ancho y musculoso, los abdominales como una tabla de lavar y esa hilera de vello que llevaba hasta el miembro más glorioso que había visto en mi vida. Cuando mis ojos, al fin, llegaron a su cara fruncí el ceño al ver su sonrisa torcida. 

—Te he pillado mirándote —murmuró pasándose una mano por la mandíbula. 

No sabía si sonreír o si poner los ojos en blanco. Verlo desaliñado y vulnerable en ese estado a medio despertar me desorientaba. La noche anterior no nos molestamos en cerrar las pesadas cortinas y ahora el sol entraba a raudales, cegadoramente brillante al reflejarse sobre la maraña de sábanas blancas. 

Se le veía tan diferente... Seguía siendo el capullo de mi jefe, pero ahora también era algo más: un hombre, en mi cama, que parecía estar listo para el asalto número... ¿Cuatro? ¿Cinco? Había perdido la cuenta. Mientras sus ojos recorrían cada centímetro de mi ser, recordé que yo también estaba completamente desnuda. En ese momento su expresión era tan intensa como su contacto. Si seguía mirándome de ese modo ¿ardería mi piel en llamas? ¿Sentiría su tacto como si sus manos me estuvieran tocando? 

Intenté centrarme en algo que camuflara el hecho de que estaba catalogando mentalmente cada centímetro de su piel y me agaché para recuperar del suelo su camiseta interior blanca. Había pasado toda la noche delante del aparato de aire acondicionado y estaba un poco fría, pero por suerte estaba casi seca. Cuando introduje mi cabeza en el suave algodón, inhalé el olor a salvia de su piel y al emerger me encontré con su mirada oscura. Sacó un poco la lengua para humedecerse los labios. 

—Ven aquí —dijo en voz baja. 

Me acerqué a la cama, con la intención de sentarme a su lado, pero él tiró de mí para que quedara a horcajadas sobre sus muslos y dijo: —Dime en qué estás pensando. 

¿Quería que condensara un millón de pensamientos en una sola frase? Ese hombre estaba loco. Así que abrí la boca y solté lo primero que se me pasó por la cabeza. 

—Has dicho que no has estado con nadie desde que nosotros estuvimos... juntos por primera vez. — Estaba mirando fijamente su clavícula para no tener que mirarle a los ojos—. ¿Es cierto? 

Por fin levanté la vista. Él asintió y metió los dedos por debajo de la camiseta, acariciándome lentamente desde la cadera hasta la cintura. 

—¿Por qué? —le pregunté. 

Él cerró los ojos y negó con la cabeza una vez. —No he deseado a nadie más. 

No sabía muy bien cómo interpretar eso. ¿Quería decir que no había conocido a nadie que deseara pero que estaba abierto a ello? 

—¿Normalmente eres monógamo cuando te estás acostando con alguien? 

Él se encogió de hombros. —Si eso es lo que se espera de mí. 

James me besó el hombro, la clavícula y subió por mi cuello. Estiré el brazo hasta la mesita que había detrás de él, cogí la botella de agua de cortesía y le di un sorbo antes de pasársela a él. Él se la terminó en unos cuantos tragos. 

—¿Tenías sed? 

—Sí. Y ahora tengo hambre. 

—No me sorprende, porque no hemos comido desde hace... —Me detuve cuando le vi mover ambas cejas y sonreír. Puse los ojos en blanco, pero se me cerraron cuando él se acercó y me besó dulcemente en los labios. —¿Y la monogamia es lo que se espera de ti aquí? —le pregunté. 

—Después de lo que pasó anoche, creo que tendrías que decírmelo tú. 

No sabía cómo responder a eso. Ni siquiera estaba segura de que pudiera estar con él así, mucho menos pensar en la monogamia. La sola idea de cómo iba a funcionar todo aquello hacía que la cabeza me diera vueltas. ¿Íbamos a ser... amigos? ¿Diríamos «buenos días» y lo diríamos de verdad? ¿Se iba a sentir bien criticando mi trabajo? 
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Mensaje por Invitado Mar 21 Ene 2014, 4:50 pm

Maratón 3/5

~~~> Capítulo 42

Extendió los dedos sobre la parte baja de mi espalda apretándome contra él y eso me apartó de mis pensamientos. —No te quites esa camiseta nunca —susurró. 


—Vale. —Me eché hacia atrás para darle un mejor acceso a mi cuello—. Voy a llevar esto y nada más a la sesión de presentación de esta mañana. 

Su risa sonó grave y juguetona. —Ni hablar de eso. 

—¿Qué hora es? —pregunté intentando ver el reloj que había detrás de él. 

—Me importa una mierda. —Las puntas de sus dedos encontraron mi pecho y empezaron a deslizarse de un lado a otro por la suave piel de debajo. 

En el proceso de intentar apartarme un poco de él, dejé al aire su piel justo por encima de la cadera. «Pero ¿qué demonios era eso?» ¿Era un tatuaje? 

—¿Qué es...? —No fui capaz de encontrar las palabras. 

Apartándole un poco, levanté la vista para mirarlo a los ojos antes de volver a mirar la marca. Justo debajo del hueso de la cadera tenía una línea de tinta negra con unas palabras escritas en lo que supuse que sería francés. ¿Cómo se me había podido pasar por alto eso? Recordé brevemente todas las veces que habíamos estado juntos. Siempre había sido todo muy precipitado o a oscuras o en un estado de semidesnudez. 

—Es un tatuaje —dijo divertido apartándose un poco y acariciándome el ombligo. 

—Ya sé que es un tatuaje, pero... ¿Qué dice? 

«El señor Seriedad en los Negocios tiene un puto tatuaje.» Otro trozo del hombre que conocía que caía y se hacía pedazos. 

—Dice: «Je ne regrette rien». 

Mis ojos se encontraron con los suyos y la sangre se me calentó al oír su voz que se disolvía en su perfecto acento francés. —¿Qué es lo que has dicho? 

Él volvió a sonreír. —Je ne regrette rien. 

Repitió cada palabra lentamente, poniendo énfasis en cada sílaba. Era lo más sexy que había oído en mi vida. Entre eso, el tatuaje y el hecho de que estaba completamente desnudo debajo de mí, estaba a punto de entrar en combustión espontánea. 

—¿Eso no es una canción? 

Él asintió. —Sí, es una canción. —Y riendo por lo bajo prosiguió—. Puede que creas que me arrepiento de esa noche de borrachera en París, a miles de kilómetros de casa, sin un solo amigo en la ciudad, en la que decidí hacerme un tatuaje. Pero no, ni siquiera me arrepiento de eso. 

—Dilo otra vez —le susurré. 

Se acercó, moviendo las caderas contra las mías, el aliento cálido junto a mi oído y susurró de nuevo. —Je ne regrette rien. ¿Lo entiendes? 

Asentí. —Di algo más. —Mi pecho subía y bajaba con cada respiración trabajosa y mis pezones sensibles rozaban contra el algodón de su camiseta. 

Se inclinó un poco, me besó la oreja y dijo: —Je suis à toi. —Su voz sonaba ahogada y grave mientras me agarraba para acercarme y yo nos saqué a ambos de la incomodidad hundiéndole en mí con un gemido. Me encantaba la profundidad que alcanzaba en esa postura. 

Él susurró una sola sílaba desconocida para mí una y otra vez mientras me miraba. En vez de agarrarme las caderas, sus manos agarraban con fuerza ambos lados de la camiseta. Era tan fácil, tan natural entre nosotros, pero de alguna forma se añadió al espacio de incomodidad que parecía no poder quitarme de encima. En vez de fijarme en eso, me centré en sus suaves gemidos dentro de mi boca, en la forma en que nos sentó a ambos repentinamente y se puso a chuparme los pechos por encima de la camiseta, dejando al descubierto la piel rosa de debajo. Me perdí en sus dedos necesitados en mis caderas y mis muslos, su frente apretada contra mi clavícula cuando se acercó aún más. Me perdí en la sensación de sus muslos debajo de mí y sus caderas moviéndose más rápido y más fuerte para venir al encuentro de todos mis movimientos. 

Apartándome un poco, me puso la mano en el pecho y detuvo las caderas. —El corazón me va a mil por hora. Dime lo bien que sienta esto. 

Me relajé instintivamente cuando vi su sonrisa arrogante. ¿Es que creía que necesitaba algo para recordar quién habíamos sido menos de un día antes de aquello? 

—Ya estás otra vez con eso de hablar. Para. 

Ensanchó su sonrisa. —Te encanta que te hable. Y te gusta todavía más cuando coincide con el momento en que estoy dentro de ti. 

Puse los ojos en blanco. —¿Y qué es lo que me ha delatado? ¿Los orgasmos? ¿O la forma en que te lo pido? Eres un gran detective... 

Él me guiñó un ojo, me subió un pie hasta su hombro y me besó la parte interna del tobillo. 

—¿Siempre has sido así? —le pregunté tirando inútilmente de su cadera. Odiaba admitirlo, pero quería que se moviera. Cuando estaba quieto me provocada, me rozaba, pero lo sentía incompleto. Cuando se movía yo solo quería más tiempo para quedarme quieta—. Me dan pena las mujeres cuyos egos desechados me han pavimentado el camino.

James negó con la cabeza, inclinándose hacia mí e irguiéndose apoyado sobre las manos. Gracias a Dios empezó a moverse, con la cadera empujando hacia delante y levantándose, proyectándose muy profundamente en mi interior. Se me cerraron los ojos. Estaba tocándome el punto exacto una, otra y otra vez. 

—Mírame —me susurró. 

Abrí los ojos y vi el sudor en la frente y los labios abiertos mientras me miraba la boca. Los músculos de los hombros se destacaban cada vez que se movía y su torso brillaba con una fina capa de sudor. Lo observé mientras entraba y salía de mí. No estoy segura de lo que dije cuando casi salió del todo y después entro con más fuerza, pero lo dije en voz baja; era algo sucio y lo olvidé instantáneamente cuando me embistió de nuevo. 

—Tú me haces sentir arrogante. Es la forma en que reaccionas ante mí lo que me hace sentir como un puto dios. ¿Cómo puedes no darte cuenta de eso? 

No respondí pero él claramente no esperaba que lo hiciera porque su mirada y los dedos de una de sus manos bajaban por mi cuello y por mis pechos. Encontró un lugar particularmente sensible y yo solté una exclamación ahogada. 

—Parece que alguien te ha mordido aquí —dijo pasando el pulgar por la marca de sus dientes—. ¿Te ha gustado? 

Tragué y empujé contra él. —Sí. 

—Chica pervertida. 

Le pasé las manos por los hombros y por el pecho, después los abdominales y los músculos de las caderas y rocé una y otra vez con el pulgar su tatuaje. —También me gusta esto. 

Sus movimientos se hicieron irregulares y forzados. —Oh, joder, ______... No puedo... No puedo aguantar más. —Oír su voz tan desesperada y fuera de control solo intensificó mi necesidad de él. 

Cerré los ojos y me centré en la deliciosa sensación que empezaba a extenderse por mi cuerpo. Estaba tan cerca, justo al borde. Metí la mano entre los dos y mis dedos encontraron el clítoris y empecé a frotármelo lentamente. 

Él inclinó la cabeza, miró mi mano y exclamó: —Oh, joder. —Su voz sonaba desesperada y su respiración ya no era más que una sucesión de jadeos profundos—. Tócate así, justo así. Deja que te vea. —Sus palabras eran todo lo que necesitaba y con un último contacto de los dedos, sentí que el orgasmo me embargaba. El orgasmo fue intenso. Me apreté contra él y las uñas de mi mano libre se clavaron en su espalda.

Él gritó y su cuerpo se estremeció cuando se corrió en mi interior. Todo mi cuerpo se sacudió con las consecuencias del orgasmo y me recorrieron unos leves temblores cuando fue desapareciendo. Me aferré a él, que se quedó quieto y su cuerpo se hundió contra el mío. Me besó el hombro y el cuello antes de darme un beso en los labios. Nuestros ojos se encontraron brevemente y después se apartó de mí. 

—Dios, mujer —dijo con un profundo suspiro y forzando una risa—. Me vas a matar. 

Ambos rodamos para ponernos de costado al unísono, con las cabezas en nuestras almohadas. 

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Mensaje por Invitado Mar 21 Ene 2014, 4:50 pm

Maratón 4/5

~~~> Capitulo 43

Cuando nuestras miradas se encontraron yo no fui capaz de apartarla. Ya había perdido cualquier esperanza que hubiera tenido de que la vez siguiente fuera menos intensa o de que nuestra conexión se fuera de alguna forma fundiendo si conseguíamos sacar todo aquello de nuestros sistemas. Esa noche de «tregua» no iba a atenuar nada. Yo ya quería acercarme, besarle la mandíbula sin afeitar y volver a tirar de él hacia mí. Mientras le miraba me quedó claro que cuando esto acabara iba a doler una barbaridad. El miedo atenazó mi corazón y el pánico de la noche anterior volvió, trayendo consigo un silencio incómodo. 

Me senté y me tapé con las sábanas hasta la barbilla. —Oh, mierda. 

Su mano salió y me agarró por el brazo. —______, no puedo... 

—Probablemente deberíamos ir preparándonos —le interrumpí antes de que acabara esa frase. Podía ser el principio de mil formas de romperme el corazón—. Tenemos que asistir a una presentación dentro de veinte minutos. 

Él pareció confuso durante un momento antes de hablar. —La ropa que tengo aquí no está seca. Y ni siquiera sé dónde está mi habitación. 

Intenté no ruborizarme al recordar lo rápido que había pasado todo la noche anterior. —Vale. Me llevaré tu llave y te traeré algo. 

Me duché rápido y me envolví en una gruesa toalla deseando haber tenido el buen juicio de traer uno de los albornoces del hotel al baño conmigo. Inspiré hondo, abrí la puerta y salí. Él estaba sentado en la cama y levantó la vista para mirarme cuando entré en la habitación. 

—Es que necesito... —Empecé a decir señalando mi maleta. 

Él asintió pero no hizo ademán de hablar. Nunca había tenido vergüenza de mi cuerpo. Pero estar allí de pie, sin nada más que una toalla, sabiendo que él me estaba mirando, me hizo sentir inusualmente tímida. Cogí unas cuantas cosas y eché a correr al pasar a su lado, sin pararme hasta que estuve de nuevo en la seguridad del baño. Me vestí más rápido de lo que creía posible y decidí que me iba a recoger el pelo y ya terminaría con el resto después. 

Cogí las tarjetas-llave de la encimera y volví al dormitorio. Él no se había movido. Sentado en el borde de la cama con los codos apoyados en los muslos, parecía perdido en sus pensamientos. ¿En qué estaría pensando? Toda la mañana yo había sido un manojo de nervios, con mis emociones pasando de un extremo a otro sin parar, pero él parecía tan tranquilo. Tan seguro. Pero ¿de qué estaba seguro? ¿Qué había decidido? 

—¿Quieres que te traiga algo en concreto? 

Cuando levantó la mirada, pareció algo sorprendido, como si no lo hubiera pensado. 

—Eh... Solo tengo unas pocas reuniones esta tarde, ¿no? —Yo asentí—. Cualquier cosa que me traigas estará bien. 

Solo necesité un segundo para localizar su habitación; era justo la siguiente puerta. Genial. Ahora podría imaginármelo en una cama justo a otro lado de la pared donde estaba la mía. Sus maletas estaban allí y yo hice una breve pausa al darme cuenta de que iba a tener que rebuscar entre sus cosas. Levanté la maleta más grande y la coloqué sobre la cama para abrirla. Su olor me provocó una fuerte oleada de deseo. Empecé a buscar entre la ropa muy bien colocada. Todo en él era tan ordenado y organizado que me hizo preguntarme cómo sería su casa. No lo había pensado mucho, pero de repente me pregunté si algún día la vería, si llegaría a ver su cama. Me di cuenta de que quería. ¿Querría él que fuera allí? 

Me di cuenta de que me estaba entreteniendo y seguí buscando entre su ropa hasta que por fin localicé un traje de color carbón de Helmut Lang, una camisa blanca, una corbata negra de seda, bóxer, calcetines y zapatos. Volví a colocar todo donde estaba, cogí la ropa y me dirigí a mi habitación. Cuando salí del pasillo, no pude reprimir una risa nerviosa ante lo absurdo de la situación. Por suerte, logré recomponerme cuando llegué a mi puerta. Di dos pasos en el interior antes de quedarme helada. 

Estaba de pie delante de la ventana abierta, rodeado de la luz del sol. Cada una de las atractivas líneas de su cuerpo cincelado se veía acentuada con todos sus perfectos detalles por las sombras que se proyectaban en su cuerpo. Tenía una toalla colgada en un lugar indecentemente bajo de la cadera y allí, asomando justo por encima de la toalla, estaba el tatuaje. 

—¿Has visto algo que te gusta? 

Volví, a regañadientes, a mirarle a la cara. —Yo... 

Mi mirada bajó a su cadera como atraída por un imán. —Te he preguntado si has visto algo que te gusta. —Cruzó la habitación y se detuvo justo delante de mí. 

—Te he oído —dije mirándolo fijamente—. Y no, solo estaba perdida en mis pensamientos. 

—¿Y en qué estabas pensando exactamente? —Él estiró la mano y me colocó un mechón de pelo húmedo tras la oreja. Ese simple contacto hizo que me diera un vuelco el estómago. 

—Que tenemos una agenda que cumplir. 

Él dio un paso para acercarse. —¿Y por qué no te creo?

—¿Porque te lo tienes demasiado creído? —le sugerí mirándolo a los ojos. 

Él enarcó una ceja y me miró durante un momento antes de cogerme la ropa de las manos y colocarla sobre la cama. Antes de que pudiera moverme, él se quitó la toalla de la cadera y la tiró a un lado. 

«Santa madre de Dios.» 

Si había un espécimen de hombre más atractivo sobre la tierra, yo pagaría un buen dinero por verlo. Cogió sus calzoncillos y empezó a ponérselos antes de detenerse para mirarme. 

—¿No acabas de decir que tenemos un agenda que cumplir? —me preguntó mirándome divertido —. A menos claro, que hayas visto algo que te gusta. 

«Hijo de...» 

Entorné los ojos y me giré rápidamente para volver al baño a acabar de arreglarme. Mientras me secaba el pelo no pude superar la incómoda sensación de que me estaba intentando decir algo más importante que: «Mírame el cuerpo desnudo un rato más». Antes incluso de poder desentrañar mis propias emociones, ya estaba intentando adivinar las suyas. ¿Me preocupaba que quisiera irse o quedarse? 

Cuando acabé, él ya estaba vestido y esperando, mirando por la enorme ventana. Se volvió, caminó hacia mí y me puso las cálidas manos en la cara, mirándome con intensidad. 

—Necesito que me escuches. 

Tragué saliva. —Vale. 

—No quiero salir por esa puerta y perder lo que hemos encontrado en esta habitación. 

Sus palabras me estremecieron. No se estaba declarando, no me estaba prometiendo nada, pero había dicho exactamente lo que necesitaba oír. Quizá ninguno de los dos supiera qué estaba pasando, pero no lo íbamos a dejar inacabado. 

Exhalé temblorosa y le puse las manos en el pecho. —Ni yo, pero tampoco quiero que tú carrera se trague la mía. 

—Yo tampoco quiero eso. 

Asentí pese a que esas palabras enmarañaban aún más mis sentimientos. Fui incapaz de encontrar algo que añadir. 

—Está bien —dijo mirándome de arriba abajo—. Vámonos entonces.
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Mensaje por Invitado Mar 21 Ene 2014, 4:51 pm

Maratón 5/5

~~~> Capitulo 44

El tema del congreso ese año era «La siguiente generación de estrategias de marketing» y, como forma de introducir a la nueva generación, los organizadores habían programado una sesión de presentación para todos los alumnos del máster de ______. La mayoría de los alumnos de su programa de estudios estaban allí, de pie, muy erguidos y nerviosos al lado de sus paneles 
explicativos. De hecho, hacer una presentación en ese congreso era un requisito imprescindible de las prácticas del máster de ______, pero ella había pedido que hicieran una excepción en su caso dado el tamaño y la naturaleza confidencial de la cuenta Papadakis, su proyecto principal. Ningún otro alumno estaba gestionando una cuenta de un millón de dólares. 

La junta de la beca se había mostrado encantada de hacer la excepción e incluso estuvieron a punto de babear ante la expectativa de poder poner la historia de éxito de ______ en el folleto del programa una vez que se completara su diseño, se firmara y se divulgara públicamente. Pero aunque ella no tenía que hacer una presentación, insistió en recorrer todos los pasillos y examinar todos los paneles. 

Teniendo en cuenta que aparentemente yo no podía apartarme más de un metro de ella y que no tenía ninguna reunión hasta las diez, la seguí todo el tiempo, contando los paneles (576) y mirándole el trasero (respingón, divertido para darle unos azotes y ahora mismo envuelto en lana negra). Ella había mencionado en el ascensor que su mejor amiga, Julia, le había proporcionado la mayoría de ese armario que yo amaba y odiaba a la vez. La selección de esa mañana, una falda lápiz ajustada y una blusa de color azul oscuro, ahora también estaba en mi lista. 

Intenté convencer a ______ un par de veces de que teníamos que volver a la habitación a buscar algo, pero ella solo enarcó una ceja y me preguntó: —¿A buscar algo o en busca de «algo»? 

La ignoré, pero ahora deseaba haber admitido que necesitaba otro asalto antes de empezar con el congreso. 

Me pregunté si habría accedido. —¿Habrías vuelto a la habitación conmigo? —le pregunté al oído mientras ella leía atentamente el panel de un alumno sobre una idea para el proceso de renovación de marca de una pequeña compañía de teléfonos móviles. Los gráficos estaban pegados con celo al panel, por Dios.

—Chis. 

—______, no vas a aprender nada de esta presentación. Vamos a tomarnos un café y tal vez también hacerme una mamada en el baño. 

—Tu padre me dijo una vez que era imposible predecir de dónde iban a venir las mejores ideas y que leyera todo lo que encontrara. Además, son mis compañeros del máster. 

Esperé, jugueteando con un gemelo, pero ella aparentemente no iba a hablar de la última parte de lo que yo había dicho. —Mi padre no tiene ni idea de lo que habla. 

Ella se rió muy apropiadamente. Papá había estado en lo más alto de todas las listas de los veinticinco mejores consejeros delegados prácticamente desde que nació. 

—No tienes que chupármela. Puedo follarte contra la pared —le susurré carraspeando y mirando alrededor para asegurarme de que nadie estaba lo bastante cerca para oírme—. O podría tumbarte en el suelo, abrirte de piernas y hacer que te corras con la lengua. 

Ella se estremeció, le sonrió al alumno que había cerca de la siguiente presentación y se acercó para leerla. 

El hombre extendió la mano hacia mí. —Discúlpeme, ¿es usted James Maslow? 

Asentí, distraído, mientras le estrechaba la mano y vi que ______ se alejaba un poco. El pasillo estaba prácticamente desierto excepto por los alumnos que había cerca de los paneles. E incluso ellos habían empezado acercarse a zonas más interesantes, donde las empresas más grandes — patrocinadoras del congreso principalmente— habían montado expositores brillantes y llenos de marcas comerciales con la intención de animar un poco la sesión inaugural del congreso dedicada a los alumnos. 

______ se inclinó y escribió algo en su cuaderno: «¿Renovación de marca para Jenkins Financial?». Le miré la mano y después la cara, concentrada con una expresión pensativa. La cuenta de Jenkins Financial no era una de las suyas. Ni siquiera era una que llevara yo. Era una cuenta pequeña, ocasionalmente gestionada por algún ejecutivo junior algo lerdo. ¿De verdad sabía cuánto costaba gestionar una enorme campaña de marketing como la que teníamos? 

Antes de que pudiera preguntarle, ella se volvió y pasó a la siguiente presentación y yo me quedé embelesado viendo a ______ trabajar. Nunca me había permitido observarla tan abiertamente; la vigilancia subrepticia que había llevado a cabo hasta el momento solo me había revelado que era brillante y decidida, pero nunca me había dado cuenta de la amplitud de su conocimiento de la empresa. Quería felicitarla de alguna forma, pero las palabras se confundieron en mi cabeza y un extraño sentimiento defensivo apareció en mi pecho, como si alabarla a ella rompiera de alguna forma la estrategia. 

—Tu caligrafía ha mejorado. 

Ella me sonrió pulsando el botón del extremo del bolígrafo. —Que te den. 

Una erección se me despertó en los pantalones. —Estás haciéndome perder el tiempo aquí. 

—Entonces ¿por qué no vas a saludar a unos cuantos ejecutivos en la sala de recepciones? Están desayunando allí. Y tienen esas pequeñas magdalenas de chocolate que finges que no te gustan.

—Porque no me apetece comer precisamente eso. 

Una sonrisita apareció en sus labios. Ella me miró a la cara cuando otra alumna se me presentó. 

—He seguido su carrera desde que puedo recordar —dijo la mujer casi sin aliento—. Lo oí hablar aquí el año pasado. 

Sonreí y le estreché la mano todo lo brevemente que pude, lo justo para no parecer maleducado. 

—Gracias por saludarme. 

Llegamos al final del pasillo y le agarré el codo a ______. 

—Todavía falta una hora para mi reunión. ¿Eres consciente de lo que me estás haciendo? 

Por fin me miró. Tenía las pupilas tan dilatadas que parecía que tenía los ojos negros y se humedeció los labios antes de hacer un mohín decadente. 

—Supongo que tendrás que llevarme arriba para demostrármelo. 





________________________________________
*se para, se quita el gorro y aplaude* ¡Hasta que una raya dice y hace lo que tiene que decir y hacer! Gracias Dios, pensé que no viviría para ver esto.

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