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A tiempo

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Re: A tiempo

Mensaje por Eddie el Dom 05 Abr 2015, 1:34 pm



Capítulo 11



-Keynes, yo creo que por tu propio bien, lo mejor sería es que solo te limites a terminarte lo que resta de vodka y luego volver a casa –me recomendó Tom.
-¿Por mí propio bien? –levanté ambas cejas, en un tono casi burlón.
-Yo hice lo mismo que tú hace un tiempo y créeme cuando te digo que lo pagué con creces –respondió, con admirable tranquilidad.
-¿Lo mismo que yo? –volví a preguntar, con una sonrisa igual de burlona.
-Enamoré a una chica, por una estúpida apuesta. Jugué con fuego y me quemé –exhaló el humo de su cigarrillo- si eres listo, dejarás a la chica de los ojos verdes en paz.
-¿De qué carajos hablas? –reí nuevamente.
-Veo que no eres tan brillante como supuse –dijo para sí- Yo terminé perdidamente enamorado y cuando Veronika lo descubrió… me dejó, sentía que tocaba fondo. Ahora, tú, no te conviene.
-Agradezco tus consejos –no pensaba tomarme en serio la opinión de un tonto, arrepentido, romántico empedernido.
-¡Bien! –Tiró el cigarro y lo piso fuertemente- si no la vas a dejar en paz, al menos trátala bien.
-Claro, Thomas, claro –palmee su hombro.
-¡Skandar! Aquella lindura no deja de verte. Incluso ignoró a Sean y dijo abiertamente que espera por ti –sonreí triunfante ante la declaración de Ian.
-Lo termino –alcé mi vaso- y voy por ella.
Era viernes por la noche, evidentemente no pensaba no dejar de ir al más concurrido club de Londres con mis eternos compañeros de fiesta, esos a los que había dejado de frecuentar por consejo de Luke.
-Entonces yo, me retiro –anunció Sean, el rubio cobrizo de ojos cafés.
-¿A dónde irás? –le preguntó Tom.
-Esta noche, Austin Wright tocará con su banda en la ignauración nuevo club, seguramente estará su novia. De hecho ambos  me invitaron cuando coincidimos en el pasillo –explicó.
-¿Tiene novia? –Cuestiono Ian- ¿qué tan guapa es?
-Es la chica bajita de piel clara e inmensos ojos verdes con la que está siempre –cuando escuché la descripción de Astrid sentí que me ahogaba con el vodka en mi garganta- tiene lindos ojos y  piernas perfectas. Si yo la hubiera conocido antes que él, no dudes en que…
-Ella es la novia de Skandar –inquirió Tom con una carcajada, deteniéndolo antes de que digiera una estupidez. El pelirrojo que anteriormente me daba consejos, me miraba con una sonrisa llena de mordacidad.
-¿Si? –quiso saber Sean.
Sin darle una respuesta clara, lancé el vaso al suelo y apreté los puños. Si el rubio hubiera dicho algo más sobre Astrid, seguramente hubiera desquitado mi furia con él… la cual se empezó a formar desde que oí la descripción acerca de la “cercana” relación que mantiene con Austin Wright. Inmediatamente el personal de seguridad se acercó con actitud bravía, sin embargo, los detuve diciéndoles que se me había resbalado de las manos accidentalmente, lo hayan creído o no, sabían que era Skandar Keynes, un cliente frecuente, rico e influyente, así que me optaron por dejarme en paz.
-Bueno, has terminado el vodka –insinuó Ian, refiriéndose a lo que dije acerca de la rubia.
-Sí –admití sin mirar a ninguno de los que estaban en mi cercanía, fijando mi vista únicamente en la sensual rubia.
Caminé con seguridad hacia donde la chica, sintiéndome invencible y poderoso.
-Hola –sonreí seductoramente, sentándome a su costado, en una de las pequeñas mesas metálicas que había en el lugar.
-Hola –imitó mi acción.
-¿Te invito algo? –pregunté con seriedad.
-Otro martini sería perfecto –se inclinó un poco, haciendo más evidente el escote del diminuto vestido rojo que llevaba puesto.
Rápidamente ordené lo que ella pidió, además de un nuevo Blavod para mí, obteniendo la bebida con absoluta velocidad.
-¿Cómo te llamas? –se remojó los labios con el martini, en un completo gesto de seducción.
-Soy Skandar –continué con la actitud de coquetería- ¿y tú, cuál es tu nombre linda?
-Kristen –dio un sorbo- ¿tienes novia? –no entendí por qué tuvo que preguntarlo.
-¿Eso importa? –volví a sonreírle. Obteniendo una curva cómplice en sus labios y negación con su cabeza.
Terminé mi bebida unos minutos después de ella.
-¿Y si vamos a un sitio más privado? –susurró lentamente en mi oído, como si saboreara las palabras.
Me limité a asentir con expresión victoriosa. Posteriormente, me dediqué a ayudarla a ponerse de pie, tomé mi saco de la silla de metal y les hice una seña a mis compañeros de fiesta que había resultado triunfador ya que dormiría con la chica.
Cuando conducía a la dirección de su apartamento, Kristen no dejaba de besar mis mejillas y mi cuello en repetidas ocasiones.
-Estás distrayéndome –le dije. Lo cierto era que me estaba hartando su insistencia.
-Pero sí…
El sonido de mi teléfono la interrumpió. “Llamada entrante de Astrid H.” avisaba la pantalla.
-¿Quién es Astrid…?
-Cariño, no es de tu interés –atajé, algo sulfurado.

“Skandar, fue una lástima que tuvieras que estudiar para exámenes. Esta noche fue asombrosa. Estoy segura de que la hubiéramos pasado increíble. Derek brilló como no tienes idea. En fin, que descanses. Espero verte mañana… un beso”

Fue el mensaje de voz de mi novia, quien, efectivamente celebró su noche de viernes al lado de su estúpido e inseparable Derek. Lo que me sacó de mis pensamientos, fueron las escandalosas carcajadas de Kristen…
-Claro, claro, yo me encargaré de que estudies… pero para otro tipo de exámenes.
La miré y compuse una expresión divertida, a pesar de que no me agradaron sus burlas.
-Esos de los al parecer, tu noviecita no te ayuda –continuó.
-¿Puedes guardar silencio? –pretendí sonreír con amabilidad.
Cuatro minutos fueron suficientes para llegar al hogar de la chica, un apartamento que comparado con el mío era algo… modesto. Sin embargo, ella no perdió el tiempo y volvió a besarme apasionadamente.
-No sé qué es lo que tienes, pero cuando te vi quedé anonadada –musitó contra el lóbulo de mi oreja, mientras se daba  a la tarea de arrancarme la camisa.
-Tranquila –preferí desabotonarme la pieza de Ralph Lauren yo mismo, obteniendo como respuesta una risa de su parte.
Continuamos en la desesperada misión de despojarnos de nuestras ropas, caminando hacia la que supongo era su habitación. Una vez ahí, me aventuré a bajar con cadencia el zipper de su vestido.
-Eres magnifico –volvió a decirme en un volumen bajo, concentrándose en besar mi cuello.
Posteriormente, ambos caímos sobre la cama con lentitud.
-Espera –pidió tiempo para respirar.
Abrí los ojos y la contemplé un poco mejor. Debajo de mí, había una sensualísima rubia en lencería que esperaba a que me acostara con ella sabiendo que tenía novia, tenía una melena dorada que por alguna razón, no me resultaba tan suave como una color ámbar que he acariciado cada que abrazó a su dueña. Kristen, tenía unos seductores ojos azules que tampoco me resultaban tan hipnotizadores como unos de esmeralda que solían mirarme con atención cada que encontraba mi reflejo en ellos… los ojos celestes me veían con el mismo deseo con el que me observan varios, los ojos verdes son ingenuos y me contemplan con una delicadeza increíble.
Y entonces, una oleada de realidad a combinación con unos nuevos celos repentinos me golpeó con fuerza.
Inmediatamente me puse de pie, buscando mi camisa, la cual reposaba bruscamente en el suelo. La tomé, volviendo a ponérmela con prisa.
-¿Qué ocurre? –preguntó la Kristen, confundida.
-Esto es un  error –abroché el penúltimo botón.
-¿De qué hablas? –percibí un ligero tono de desesperación- creí que tú…
-Yo también lo creí –salí de la habitación.
-¡Pero…! –fue a perseguirme hasta la sala.
-Olvídalo, ¿sí? No te preocupes, seguramente conseguirás a otro. Hasta luego –alcancé mi saco del sofá, dejándola sola y sorprendida.

Subí a mi auto… pensando en las palabras de Tom. “Jugué con fuego y me quemé”
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Re: A tiempo

Mensaje por Eddie el Dom 05 Abr 2015, 1:46 pm


Capítulo 12



La Ópera Nacional de París. Maravilloso espacio de natural elegancia, asientos aterciopelados rojos, columnas que aparentan ser de oro, adornos acristalados que envolvían las luces que iluminaban el lugar en el que una gran multitud aplaudía estruendosamente al ballet que interpretó el lago de los cisnes.
La bailarina principal que personificó a Odette, sale por la puerta de atrás mientras una niña de cabello castaño y ojos azules se le acerca a pedirle que le firme su programa.
-¿Cómo te llamas? -accede "Odette"
-April -sonríe la niña.
-¿Has venido sola? -interroga la chica, mientras terminaba de firmar con su nombre afrancesado.
-No, me acompañó mi hermana -la pequeña señala a una joven de melena chocolate e inmensos ojos marrones claros.
-Hola -dice la hermana mayor.
-¿Qué tal? -responde la bailarina.
-¡Paulette! -Exclama una chica de cabellera rubia que le llegaba hasta los hombros- ¿vendrás? -presiona con un tono mandón.
-Dame un segundo -la muchacha que poseía un gran talento en sus pies, hace una seña con la mano- aquí tienes -le entrega el autógrafo a la niña- hasta luego -se despide de las hermanas.
-No sé si podré volver a verte -musita la niña con decepción- ¡algún día me gustaría ser como tú!
La chica cisne se detiene bruscamente al escucharla decir eso, vuelve sobre sus talones y se inclina a la altura de April.
-A mí sí me encantaría volver a verte -le dice.
-Regresaremos a Londres pasado mañana -revela la pequeña.
"Odette" mira a la muchacha de melena oscura, ésta asiente observando a su hermanita con una expresión de ligera tristeza.
-Tal vez mañana pueda faltar a algunas clases, quizá, ¿podríamos ir a tomar un café? -propone la bailarina.
-Me parece bien -accede la chica de ojos cafés.
-Este es mi número -rápidamente saca un post-it color púrpura en el que anota rápidamente- Llámame esta noche para ponernos de acuerdo. Debo irme -se pone de pie y se despide con la mano mientras corre a toda velocidad para alcanzar a sus compañeros.

...

-¿En qué piensas? -me interrumpe Skandar, levantándome el rostro
mientras me sujetaba del mentón con suavidad.
-En nada -sacudo mi cabeza con ligereza, al tiempo en que curveo la sonrisa más falsa del mundo.
-¿Segura? -levanta sus dos cejas gruesas y azabaches.
-Sí -asiento- es solo que tengo mucha tarea para entregar esta semana.
-¿Has dormido bien? -arruga el entrecejo.
-Sí -miento, una vez más.
-No te creo -retira su mano de mis mejillas- me estás mintiendo -me descubre.
-No es verdad -me pongo a la defensiva.
-¿Has estado viendo a alguien? -me clava los ojos, afiladamente.
-¿Con quién se supone que podría verme? -interrogo, soltando una risa confundida.
-No lo sé -su voz irradia sarcasmo- tal vez con... como se llama, ¡ah! Derek... o Austin o quien sabe cómo caraj...
-Austin Derek -le interrumpo.
-Con ese imbécil -agita la mano restándole importancia.
-Hey -dejo de sonreír para adquirir un semblante serio- no le digas así.
-¿Y desde cuando tú me ordenas cómo puedo llamar a las personas? -su tono fue pesimamente infame.
-Desde que esas personas me importan -me reacomodé en la silla, irguiendo mi postura.
-Más que yo, por lo que veo -dejo su espalda caer en el respaldo de su asiento, su mirada penetrante me examinaba, como si intentara traspasarme como rayos X.
-No hay punto de comparación entre tú y Derek -me encogí de hombros, aproximándome la taza de té a los labios.
-Ya veo -suspiró, pesadamente.
Únicamente me limité a mirar la rebanada de pastel que había ordenado con anterioridad. Me estremecí en cuanto recordé la época en la que solía contar las calorías de todos los alimentos que ingería, pasé saliva, tomé el tenedor y probé el manjar de fresas.
-Se me ha quitado el hambre -reveló Skandar, soltando los cubiertos con brusquedad.
-A mí no -seguí saboreando el pastel.
-¿Cómo es que puedes mentirme así?
-¿De qué hablas? -no lo miré, me enfocaba solamente en degustar la comida.
-Mientras yo pensaba toda la noche en ti, tú estabas con tu amiguito...
-Por favor, no empieces con insinuaciones ridículas. Se tan directo como eres -lo interrumpí.
-¿Me engañas con él? ¿Cierto? -más que un cuestionamiento, parecía una afirmación.
No le respondí.
-¡Contéstame, carajo! -gritó.
-¡Como un demonio, cierra la boca! -Exclamé al punto de la histeria- a mí no me hablas así -marqué el límite.
-A mí no me ordenas así -masculló con enojo.
Aquí íbamos, añadiríamos otra escena monumental al historial de discusiones que habíamos tenido en el último mes.
-Me tienes harta -arrojé el tenedor con fuerza sobre el plato que contenía lo restante pastel, produciendo un sonido estruendosamente chillante- ¿Sabes qué? Ya no te soporto. No sé por qué te pones así, si sabes perfectamente bien que él solo es mi mejor amigo.
-Claro, y los mejores amigos pasan la noche juntos -su expresión demostraba enojo.
-Fingiré que no entendí lo que has querido decir ¿bien? Ahora, vas a cerrar la boca de una maldita vez y terminaremos de desayunar tranquilamente. Después, volveremos a la universidad. ¿Entendiste?
-¿Cuándo vas a entender que a mí, tú no me das ordenes? -Permanecí callada, contando mentalmente los segundos que faltaban para perderle la última pizca de paciencia- ¡Me jode cuando te pones así! -me quedé perpleja en cuanto terminó su frase.
-Vete al diablo -me puse de pie, dejándolo solo en la mesa. Las personas que estaban en el restaurante, únicamente nos miraban "disimuladamente" sin poder esconder la sorpresa en sus rostros.
Durante las cuatro semanas que noviembre tuvo de duración, Skandar y yo no hemos conseguido entablar una relación perfecta. Solemos discutir la mayor parte del tiempo por cosas insignificantes, por celos estúpidos -debo admitir que es mutuo- o simplemente para desquitar el estrés que hemos tenido por que el semestre está por finalizar; lo cierto es que, a pesar de que él siempre arregla todo con un "lograremos salir adelante", ya no creo en eso. No llegaremos a nada mientras él siempre esté en contra de Derek, se lleve mal con Lauren y sus amigos idiotas no dejen de fastidiarme.
-¡Astrid! -corría detrás de mí. Siguiendo el protocolo que hemos adoptado en cada pelea.
No me detuve, caminé con paso apresurado y logré conseguir un taxi.
-¡Astrid! -gritó más desesperado que otras veces.
Lo ignoré. Estaba por abordar el vehículo cuando sentí que me sujetó del antebrazo con una fuerza sorprendente, cerró la puerta del taxi y me atrajo hacia él.
-Vas a callarte y vamos a hablar -susurró, luego me besó para evitar que hablara.
-¡Suéltame! -lo empuje, con coraje.
-¡Pero Astrid...! -consiguió seguirme el paso, ahora caminaba a mi lado.
-¡Entiende que quiero que te vayas! -paré en seco.
-No hasta que tú entiendas que los celos que le tengo a tú amigo me dominan más que la cordura. Todo iría mucho mejor si tú rompieras todo lazo con Wright -sugirió.
-¿Quién te crees que eres para controlar lo que puedo hacer y lo que no?
-¡Oh! Nada más y nada menos que tu novio -su frase desahogada en autoritarismo, me hizo enfadar aún más- Me jode que le hables a ese idiota y es más, te lo prohíbo.
-¡Tú a mí no me prohíbes nada! -Estallé- no te soporto, eres la persona más insufrible con la que he tratado. A diferencia de ti, Derek sí sabe cómo es querer a alguien y hacerse querer -le reclamé.
Skandar bajó la vista. Al parecer, lo había herido sin intención.
-Escucha yo...
-Déjame en paz -me dio la espalda.
-¡Pues, bien! -no contaba con la mansedumbre suficiente para seguir tratando la situación.
Continué el camino opuesto al de él, mi mente era una revolución de pensamientos y demasiadas emociones que me abrumaban. Voltee a mirar el cielo, plomizo como es lo habitual en Inglaterra. De pronto, mi mirada fue a dar al otro lado de la calle, un niño rubio y de ojos azules se disponía a cruzar sin fijarse que un automóvil se aproximaba a gran velocidad. Con la sangre helada, llamé desesperadamente a Skandar como si fuese a conseguir su ayuda, no se volvió, así que como un impulso y sin importarme nada, corrí hacia el niño que se hallaba a la mitad de la calle, fui consciente de haberlo sujetado con el brío suficiente para ponernos a salvo, lo necesariamente alejados del auto para lograr sobrevivir. Lo único que invadía mi mente era un intenso dolor, respiración incontrolable, un claxon que me perforó los oídos y los gritos ahogados de las personas que presenciaron lo sucedido.
-¿Estás bien? -logré articular, tratando de ver el rostro del niño.
-Estoy bien -respondió asustado, con un acento extranjero- gracias -se puso en cuclillas, por más que lo intenté, yo no contaba con la solidez suficiente como para reicorporarme.
-¡Astrid! -La voz de Skandar llegó hasta mi costado con notable angustia- ¿estás bien? -se inclinó para tomar mi rostro entre sus dos manos.
-Sí -fue mi turno de responder la misma pregunta que había hecho hace unos segundos- solo, me duele el cuerpo.
-¿Puedes ponerte de pie?
Negué con lentitud.
-Me duele el brazo izquierdo -contesté. El pequeño y yo, habíamos abusado del soporte que podría brindarme ese brazo, ya que ambos caímos sobre él.
Con una impresionante preocupación, el chico de los ojos de ónice y suave melena oscura, buscó en el bolsillo de su abrigo su teléfono celular. Solicitó una ambulancia a gritos, había perdido la calma.
-Skandar, estoy bien. Tal vez solo me fracturé el brazo -reafirmé.
-La ambulancia no tardará en llegar, no te muevas, tampoco...
-Skandar -lo intercepté, sonreí por su desesperación y moví un poco la cabeza en dirección al niño.
-Acércate –pidió Keynes. De reojo vi como el pequeño se acercaba algo temeroso.
-¿Cómo te llamas? -le pregunté.
-Miko -contestó asustado.
-Dime Miko, ¿qué pensabas al tratar de cruzar la calle solo? -interrogó Skandar, con un tono de frialdad.
-Skan -lo miré. Simplemente se limitó a acariciarme el cabello en sinónimo de disculpa. Desde que había corrido hasta mí, no había despegado sus manos de mi cara.
-Lo siento mucho -el niño me contempló- es que... solo camine un par de pasos a la izquierda y perdí a mis padres de vista. Me he perdido -reveló, asustado.
-¿De dónde eres? -quiso saber mi novio.
-Moscow.
-Es una bella ciudad -traté de animarlo.
-He sido un mal educado, le ofrezco mil perdones señorita. Lamento que por mi culpa usted no pueda moverse con plenitud. Sin embargo, quiero que sepa que le estaré eternamente agradecido por haber salvado mi vida, nunca lo olvidaré -me sorprendió la educación con la que me habló.
-Astrid. Llámame Astrid -le brindé confianza.
-"Princesa de belleza divina" -musitó, evidenciando un brillo en sus ojos.
-¿Qué? -al parecer, Skandar no había entendido.
-Astrid es un nombre de origen nórdico que significa "princesa de belleza divina, la consentida de los dioses" -explicó Miko.
-¿De verdad?
-¡Miko! ¡Miko! -una pareja se acercaba a nosotros con una preocupación destrozadora. El niño fue a donde ellos, pero no pudo volver para despedirse porque dos paramédicos lo impidieron.
La ambulancia había llegado y yo fui inmovilizada en una camilla hasta que llegamos al hospital, Skandar viajó conmigo, se disculpó demasiadas veces y sus ojos pardos reflejaban perturbación.

...

-De verdad estoy bien -insistí. El chico Keynes y Lauren habían insistido en entrar al consultorio del médico especialista en ortopedia y traumatología que se había encargado de realizarme las pruebas necesarias para determinar lo que había sucedido con mi brazo.
-Así es -afirmó el médico- señorita Hood, realmente fue una suerte que haya sido una fractura no desplazada. No necesitará cirugía, será tratada con inmovilización usando la férula que le ha sido colocada -mientras daba las recomendaciones, el doctor se limitó a realizar anotaciones sobre lo que parecía ser una receta médica, al tiempo en el que una enfermera me ayudaba a colocarme el cabestrillo- no realice esfuerzos físicos, nada de actividad sexual -al decir esto, levantó la mirada para contemplar a Skandar- tomará los analgésicos que a continuación anotaré, e insisto, debe estar en reposo. La veré en dos semanas para ver la evolución del húmero. Por lo pronto es todo, puede volver a casa.
Las indicaciones que dio a partir de los analgésicos, dejaron de ser importantes, pues apuesto a que estaba roja como un tomate a consecuencia de la sugerencia de "la actividad sexual" hubiera preferido romperme desde la clavícula hasta las falanges antes de haberlo escuchado decir eso en presencia de Skandar.
-En fin -interrumpió Lauren, evidentemente la incomodidad que había surgido inundó el ambiente- gracias por todo -se despidió del médico y la enfermera.
-Sí, gracias -Skandar estrechó la mano del doctor. Posteriormente me ayudo a ponerme de pie.
-Puedo sola -la vergüenza me había vuelto insoportablemente orgullosa.
-Mejórese pronto, señorita Hood -añadió el traumatologo.
-Gracias -quería salir corriendo de ahí y ocultarme bajo mi cama.
-¡Luke! -Lauren corrió hacia el chico rubio, esperaba en el pasillo mientras daba vueltas de un lado a otro.
-Recibí tu mensaje -dijo, dándole un abrazo espontaneo- ¿tú estás bien?
-Lo estoy -mi mejor amiga le regaló una sonrisa a la preocupación de Lucas.
-¿Cómo estás? -el chico Hayden se acercó un poco a mí y a Skandar, con una invisible pero sensitiva barrera de distanciamiento.
-Bien. No fue tan grave -respondí.
-Fue una fortuna de que el húmero sufriera una fractura no desplazada, según dijo el médico -completó Skandar.
-Me da gusto -Luke no miró al chico alto y de ojos negros que estaba a mi lado, fue como si no hubiera escuchado lo que dijo su mejor amigo, mientras que éste, tenía sus ojos fijos en mí- espero que te mejores pronto.
-Gracias -fruncí ligeramente el entrecejo, la actitud de ambos chicos no fue normal.

...

Skandar's POV:

"Derek si sabe cómo hacer que lo quieran" ¡Brillante estocada, señorita Hood! Me dejaste sin ánimos ni armas para seguir soportándote la batalla. Le di la espalda, dolido. Y fue tanto mi orgullo que no me volví cuando gritó mi nombre desesperada, «no me apetece escuchar tus disculpas arrepentidas» continué mi camino.
El sonoro claxon de un auto sumado a las expresiones de asombro, sorpresa, algunos gritos que alcanzaron a escapar de las bocas de sus dueños y otros tantos que se quedaron en el intento al borde de los labios, fueron los responsables de hacerme voltear: Astrid estaba en el suelo, abrazando a un niño. Lo había salvado de una muerte segura, sin importarle que eso implicara arriesgar su vida propia. "¡En qué demonios pensabas!" me propuse reclamarle cuando corrí a su lado, sin embargo las palabras no me salieron cuando había logrado que mis mocasines me llevaran con extraordinaria rapidez hasta ella, estaba tan nervioso que en lo primero que me preocupe fue en corroborar que sus ojos verdes continuaran abiertos, lo estaban. Y después de eso la pregunta trillada "¿estás bien" fue lo primero que pronuncié.
Tomé su rostro entre mis manos en prueba de comprobación, tenía que estar seguro que estuviera intacta. Al parecer, a ella poco le importo su salud misma. Se dedicó a hablar con el niño ruso que permanecía asustado, una vez que llegamos al hospital, confesó que el dolor del brazo izquierdo la estaba realmente matando, en presencia del niño dijo que "le dolía" más no a que intensidad.
Una vez que el especialista en ortopedia y traumatología, acompañado de una enfermera devoraron horas en revisar que todo estuviese en orden respecto a la fractura segura que sufrió Astrid, consideré que lo mejor sería llamar a Lauren, la castaña que me odiaba -sentimiento mutuo- pero que Luke amaba.
-¿En dónde está? -llegó desesperada.
-El doctor la está atendiendo, tienen que realizarle unas pruebas para determinar el tratamiento de la fractura -expliqué.
-¡Fractura! ¿Pero que le ha pasado? -exigió una respuesta detallada.
-Salvó a un niño turista de morir atropellado -resumí.
-¿Cómo? ¡¿Y dónde diablos se supone que estabas tú?! -«carga la culpa a mi cuenta, Lauren»
-Habíamos discutido ¿bien? -Me pulverizó con la mirada- después cada uno tomó caminos distintos y en unos cuantos minutos sucedió todo.
-¡Pero que imbécil eres! -Exclamó, muy molesta a decir verdad.
-¡No fue mi culpa! Antes de... -fuimos interrumpidos por una enfermera que nos ordenó silencio, la chica se alejó hacia un extremo de la sala, yo hice lo mismo, fui al rincón opuesto.
-¿Familiares de Astrid Hood? -interrogó el traumatologo luego de un rato. Rápidamente, McCaslin y yo nos aproximaos a él.
-Soy su... novio -dije con timidez al darme cuenta que los padres de Astrid no estaban presentes.
-Soy su amiga -informó Lauren- su mejor amiga -repitió, con seguridad.
-¿No hay ningún familiar? ¿Y sus padres? -el médico arrugó el entrecejo.
-Han salido del país por varias semanas -se adelantó Lauren. Inmediatamente la miré sin comprender.
Acababa de darme cuenta que yo, habiéndome presentado como su flamantísimo novio, no tenía ni la más mínima idea acerca de su familia... al menos Astrid vagamente tenía el conocimiento de que mi padre era un egocéntrico, únicamente preocupado de sí, que estaba por casarse con una zorra a la cual yo odiaba con todas mis fuerzas.
Apresurados, Lauren y yo nos dimos a la tarea de insistir para entrar al consultorio con Astrid.
-De acuerdo -aceptó el doctor.
La chica ojos de esmeraldas, reposaba sentada mientras que la enfermera la ayudaba a ponerse el cabestrillo.
El médico dio su diagnóstico, una serie de indicaciones entre las que se tomó la molestia de darme una en específico a mí, "no actividad sexual"
«Trágame tierra» pensé yo. Sin embargo, no evidencié mi incomodidad y permanecí firme. De reojo fui testigo de que Astrid sintió lo mismo, contrario a mí, ladeo el rostro con discreción mirando hacia el suelo.
La encargada de restablecer la normalidad, fue Lauren, agradeciendo al especialista y a la enfermera.
Al salir del consultorio, nada más y nada menos que Luke se encontraba afuera. Lo ignoré como últimamente ha sido la costumbre de ambos, centrando mi atención en Hood, quien orgullosamente me dedicó un "yo puedo sola" Posteriormente, Lucas se acercó a dar sus buenos deseos haciendo que Astrid notara nuestra también fracturada amistad «y todo fue por ti» no pude evitar pensar.
Finalmente tomamos dirección al departamento que compartían las mejores amigas. "Green Eyes" viajaba a mi lado, yo conducía compartiendo su silencio. No nos miramos en todo el camino, mi vista estaba al frente mientras que ella observaba por la ventanilla.
-Quiero que sepas que realmente lo siento -la encaré, antes de llegar al destino y vernos faltos de privacidad por el par de tortolos "doble L" (Luke y Lauren, como se les ha apodado en Cambridge)
-Claro -respondió, aligerando su sarcasmo.
-¿Seguimos siendo novios, cierto? -me atreví a preguntar.
-¿Tú que crees? -no fue directa.
-En ningún momento escuché la frase "hemos terminado"
-Pero no podemos seguir así -sentenció con frialdad.
-Pero... deberías entenderme...
-No, tú deberías entenderme a mí. Deberías entender mi entorno y las personas que lo conforman -interrumpió, refiriéndose indirectamente a Wright- ¿por qué eres así con él?
-Porque todos en Cambridge dicen que quien parece verdaderamente tu novio, es él y no yo. Porque, entiende que para mí no es nada grato verlos caminando por los pasillos mientras conversan, ríen y a veces hasta se abrazan, mientras que cuando tú y yo caminamos juntos, estamos serios, en ocasiones discutimos y ni siquiera me sujetas de la mano -expliqué, frustrado- y también entiende, que para mí, no es fácil estar diciéndote esto.
-Comprendo. Pero, date cuenta que nosotros no funcionamos como pareja. No coincidimos en nada e incluso las amistades de ambos, se interponen. Lo mejor sería que nos diésemos un tiempo y...
-"¿No eres tú, soy yo?" -la intercepté, citando una frase bastante común.
Negó riendo.
-Lo mejor sería que lo intentáramos en serio -continué.
Apretó los labios, indecisa. Dejó de mirarme a los ojos, desviando la vista hacia otro punto perdido.
-¿Crees en las segundas oportunidades? -si fallaba en este intento, lo nuestro terminaba, estaba consciente de ello.
-Por supuesto que creo en ellas -honestamente, me sorprendió escuchar su respuesta, creí que diría que no- pero no en las terceras -sentenció.
-Te prometo que no te defraudaré. No habrá necesidad de una tercera -le sonreí.
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Re: A tiempo

Mensaje por Eddie el Dom 05 Abr 2015, 8:50 pm



Capítulo 13




Hace unos días, descubrí que Astrid es el prototipo ideal para establecer algo serio. No importa lo desgastante que sea tener que estar lidiando con ella, ni lo hirientes que puedan llegar a ser sus palabras… todos los defectos que pueda presentar, lo valen. Lo confirmé en cuanto caminé con ella sujetándola del brazo en la boda de mi padre. Lo supe en cuanto la vi envuelta por la seda azul naval que figuraba su elegante vestido.
Aguardaba sentado en el sofá de piel que se encontraba en el living de su departamento. Lauren entraba y salía de la habitación de Astrid, siempre dedicándome una mirada de aniquilación mientras yo observaba el reloj de oro blanco que abrazaba mi muñeca izquierda, cinco minutos, diez, quince, veinte…
—Estoy lista —anunció con su voz dulzosa al cabo de media hora.
—Que bien, creí que… —estaba dispuesto a lanzar un comentario sarcástico, pero en cuanto la vi, supe que todo el tiempo del mundo habría valido la espera.
Su cabello había dejado de lucir como un torbellino para caer en cuidados rizos sobre la desnudez de su hombro zurdo. Su rostro irradiaba un maquillaje con acabado natural que resaltaba el color de sus ojos  e iluminaba sus labios de fresa, su pálido cuello combinaba a la perfección con la pedrería que el vestido llevaba en la parte que adornaba su hombro derecho, siendo el único que cubría. La fina tela remarcaba su cintura, cayendo con elegancia hasta el suelo, desvelando los tacones que le brindaban unos cuantos centímetros a su estatura.
En pocas palabras, no era la misma chica que habitualmente se paseaba por Cambridge sin preocupaciones e incluso, guardaba lejana distancia con la Astrid que vi por primera vez en el pub una noche de septiembre, luciendo orgullosa su blusa de Coldplay.
—¿Podrías ayudarme? —extendió una sonrisa mientras me tendía un brazalete de oro blanco con tres auténticos diamantes incrustados al centro.
—Claro. —Pasé saliva, nervioso. Las cosas que mi novia usaba esta noche eran increíblemente costosas— Es muy bonito —comenté, mirando directamente hacia los diamantes en tanto lo abrochaba.
—Me lo obsequió mi papá la noche de antier.  —dijo.
—¿En serio? ¿Tus padres han vuelto de su viaje? Porque siendo así, me gustaría conocerlos —me fingí interesado. Aparentando no saber nada.
—Ellos no… —hizo una pausa— ellos no han vuelto aun, me lo envió desde Nueva York. Y no creo que conocerlos sea una buena idea, créeme.
Reí.
—Conocer a Nicholas tampoco fue una buena idea, y ya ves, estamos por ir a su boda con la cualquiera esa.
—Skandar, no le digas así. Ya sabemos que lo es, pero no es necesario recalcarlo todo el tiempo —volví a reír ante sus palabras.
—Después de lo que te dijo, no puedo creer que la defiendas.
Irina había intentado entrometerse en mi relación con Astrid apenas la conoció, hace tres semanas, cuando le pedí su compañía para presentarla ante Nicholas.
Decidí que tenía que aclarar un importante asunto con él, ya que mi grandioso padre decidió congelarme mis cuentas bancarias y dejarme en la miseria. Pero el flamante señor Keynes me había citado para otra cosa… nada más y nada menos que para entregarme la invitación a su despampanante boda.
Irina estaba con él, así que le pedí que habláramos en el estudio para tener privacidad, tuve que dejar a Hood en compañía de la ramera arribista, quien se atrevió a molestarle diciéndole que no comprendía la causa por la cual yo estaba con ella, añadiendo además su característica vulgaridad “no creo que sea porque le des buen sexo o algo así”
—¿Y es por eso que Nicholas está contigo? —interferí, escuché sus palabras cuando salía del despacho, luego de una estridente discusión con mi padre.
—Yo no… —Harrison trató de defenderse, pues, mi progenitor también la había escuchado.
—Escucha bien una cosa, Irina, no quiero que vuelvas a dirigirte de esa manera a mi novia, ¿de acuerdo? Ella podrá ser tan educada que no se atrevería a rebajarse a tu nivel, pero te exijo que la dejes en paz ¿entendiste? No es cualquier chica.
—¿Acaso has dicho que tienes novia? —Intervino Nicholas.
—Quería presentártela cuando llegué. —Lo fulminé con los ojos. — pero tú me dijiste que nada de lo que tuviera que ver conmigo te importaba en ese momento.
—Lo siento, hijo. Tenía prisa por hablar contigo y tratar ciertos asuntos —me palmeó el hombro— ¿podrías…?
—Ella es Astrid, mi novia. —anuncié cuando me acerqué a ella para sujetar su mano derecha.
Algo en ella pareció deslumbrar a mi padre, quien sonrió orgulloso, contemplándola a ella, a mí y finalmente a nuestros dedos entrelazados.
—Mucho gusto, Nicholas Keynes —extendió su mano.
La ojos verdes me soltó para poder saludar a mi padre.
—Astrid Hood, igualmente —completó, sonriente.
Nicholas sonrió aún más.
—Eres muy linda, igual que tu nombre. Pero tus ojos lo son aún más. Skandar ha tenido mucha suerte —comentó, observándome— ¿Qué le ocurrió a tu brazo? —quiso saber, centrando su atención en la férula que cubría el brazo izquierdo de Astrid.
—Tuve un pequeño accidente —contestó ella, con modestia.
—Hace unas semanas le salvo la vida a un niño. Un auto iba a arrollarlo, entonces Astrid intervino y logró llegar hasta el otro extremo de la calle… el niño y ella cayeron sobre el brazo izquierdo, sufrió un fractura no desplazada. El médico dijo que todo iba bien, que si seguía así podría deshacerse de la férula en una semana, le ha permitido quitarse el cabestrillo y también le sugirió rehabilitación —expliqué.
—¿Fue por eso que en tus movimientos bancarios encontré la cuenta de un hospital? —cuestionó mi papá.
—Así es —admití, sintiéndome asfixiantemente vigilado.
—Lauren dijo…
—Mi vida, no pensabas que siendo tu novio, iba a permitir que tú o alguien más costearan los gastos. —interrumpí a Astrid.
—Pero…
—Dejemos eso para luego ¿sí? —me aventuré a besar su sien.
—Como sea, eso es lo que hace un caballero así que no te preocupes, Astrid. Me parece demasiado admirable lo que hiciste —comentó Nicholas.
Irina, al verse ignorada, tosió para captar atención.
—¿Vendrás a la boda, cierto? —Sin embargo, el foco de atención de mi papá, seguía siendo Hood.
—Por supuesto que sí. No nos perderíamos ese evento por nada del mundo —respondí yo, completamente sarcástico.
—¡Perfecto! Me encantaría que acudieran a entregarnos las argollas —el hombre de ojos claros y cabello negro teñido de ligeros mechones plateados continuaba hablando con emoción, ignorando mi ironía.
Me reí exageradamente al escucharlo.
—¡Pero mi amor! Habíamos planeado que Skandar y Hannah serían…  —interfirió la futura esposa de mi padre.
—Irina, Skandar y Astrid hacen una gran pareja. Imagínalos desfilando para hacernos entrega de los anillos, son los indicados para tal suceso. —Nicholas la interrumpió bruscamente.
—Ni aunque me encontrara en la peor de las miserias, padre, haría algo como eso. —le clavé una fría mirada.
—¿Tú que dices, Astrid?
—Debo decir que tal proposición me halaga, señor Keynes, y en verdad lo agradezco. Pero si Skandar se encuentra en discrepancia, yo lo apoyo totalmente. —dijo  mi chica, sorprendiendo a mi padre y dirigiéndome una mirada cómplice a mí.
—¿Por qué no lo harían? —quiso saber el magnate Keynes.
—Es un suceso importante, tratándose de usted, señor. —comenzó “Green Eyes”
—Pero pierde toda la distinción al verse… cierta individua implicada. —Finalicé, observando a Irina.
—Exactamente. —Apoyó Hood, evidenciando una mueca de apenamiento.
—¿Pero por qué…?
—Señor, supongo que usted comprende que a chicos como Skandar y como yo, nuestras familias nos han enseñado ciertas… reglas de comportamiento, por decirlo de alguna manera. Siendo así, y tratándose de una persona como la señora Irina, no podemos vernos partícipes de algo similar a lo que usted nos pide. Además, Skandar está en completo desacuerdo con su matrimonio y, como ya dije antes, yo le apoyo. —Explicó Astrid, adoptando comportamientos de una joven dama.
—Cierto. En Ámsterdam me repetían todo el tiempo que yo, siendo un Keynes, no podía tener gran contacto con gente del tipo de tu futura esposita, padre. —le recordé.

Era verdad. En un parpadeo recordé los múltiples castigos que obtuve cuando hablaba con el hijo de la mucama del internado; una institutriz en particular, se había obsesionado con tirarme de la oreja derecha mientras me gritaba, incluso, en varias ocasiones me litigaron el dorso de ambas manos con una lacerante vara de madera,  también aplicaron el encierro y el ayuno, castigos permitidos por Nicholas, desde luego.
—Es en verdad una pena. Me hubiera fascinado verlos desfilar juntos —Mi padre se dio por vencido— Sin embargo, espero que asistan. Hijo, en verdad me gustaría verte allí. Y desde luego que a ti también Astrid, serás mi invitada de honor.
Honestamente, si no conociera bien a mi padre, empezaría a creer que todas las atenciones que ha tenido con Astrid, han sido porque sintió una repentina atracción hacia ella.
—¿Sabes? No sé porque tengo la sensación que he visto tu rostro antes. Seguramente debe ser por tu padre, ¿no? —no entendí esas palabras.
—Probablemente, señor. Las personas suelen decir que compartimos gran parecido. —Respondió Hood, le noté cierto nerviosismo al frasear.
—Un momento, papá, ¿conoces al padre de Astrid? —intenté armar el rompecabezas.
—¡Desde luego, hijo! ¿Quién no conoce a George Hood? —me sonrió, cómplice.
—¿George Hood?  —pregunté, aun con varias piezas sin sentido.
—Skandar, se nos hace tarde para la reservación que hicimos. Además, ¿recuerdas lo que te había comentado? —Astrid por fin intervino.
—¿De qué hablas?
—La hermanita de Lauren, viene a visitarnos. —Recordó— Ya te dije que quería verla.
—Ah, es verdad. Lo mejor será que nos vayamos ya, no soporto compartir el oxígeno con esta mujerzu... mujercita. —volví a ofender a Irina, menospreciándola una vez más.
....  
—Astrid, en primera instancia, te agradezco tu paciencia y el apoyo que me brindaste esta tarde. Pero hubo algunas cosas que no entendí. Es verdad que a mí me repugna la presencia de Irina pero dijiste algo como: “nuestras familias nos han enseñado ciertas reglas de comportamiento…”  
—Skandar, es mejor así. ¿De acuerdo? Tu padre comprendió todo. —interrumpió, antes de salir del auto para ingresar al Pent-House que compartía con Lauren McCaslin.
—Me di cuenta, pero… cariño, yo no entendí nada. ¿De qué me perdí?
Suspiró, como lo hace cuando se encuentra ligeramente molesta.
—Ya sabes que odio que me digas “cariño” —reiteró. Lo odiaba porque según ella, yo llamaba así a todas las chicas.
—Lo siento, lo olvidé. —Me disculpé rápidamente, dispuesto a ir al grano— solo dime…
—Es mejor así —Repitió, bajando del Audi.
—¡Astrid! —la perseguí. Esta relación tenía que sobresalir y debía poner de mi parte.— Me da gusto que todo con tu brazo haya mejorado, estaré ahí para apoyarte en lo que necesites, ¿bien? Y también quiero que sepas que estoy orgulloso de la nobleza que hay en tu corazón —le dije las frases que había repasado una y otra vez en mi mente desde que desperté, incluso las ensayé frente al espejo.
—Gracias. —Me miró a los ojos— suena como si fuera una voz automática quien lo dice. —Pero no, para mi mala suerte Astrid no era tonta y las palabras lindas no eran suficientes.
Exhalé, sintiéndome evidenciado.
—Para mí no es sencillo expresar emociones. Espero que puedas entenderme.
—Lo sé. Lo supe desde que te conocí. —Sonrió. Fruncí el entrecejo, confundido— Que pases buena noche —se acercó a besarme la mejilla luego de un largo minuto de incómodo silencio.
—¿Ni siquiera en los labios? —Reclamé el lugar del beso.
Ella rió.
—¿Para qué en los labios si no sentimos emociones? —hizo su coartada.
No pude decir nada al respecto, así que me quedé estático como imbécil observando como ella se daba la media vuelta y se alejaba.
—¡Aguarda! —Exclamé antes de que atravesara las enormes puertas de cristal que concedían acceso a la recepción del edificio. Me acerqué acelerando mis pasos— De cualquier manera, te agradezco que hayas podido acompañarme hoy y que hayas tenido tanta paciencia con mi papá y su novia. —Esta vez fui sincero, de alguna manera me sentía comprometido por lo sucedido en esta tarde— Y también me disculpo por el comentario de mal gusto que te hizo Irina y por cualquier otra cosa desagradable que haya hecho.
—Eso estuvo mejor. —Reconoció la honestidad en mis notas de voz— Pero descuida, aun así, la pase bien.
—¿Ah sí?
—A pesar de que sé que está mal, me divirtió ver como ponías a Irina en su lugar; creía que exagerabas cuando hablabas de ella pero tenías razón, no es una buena persona. —Explicó.
—Créeme cuando te digo que lo merece.
—Pero no deberías ser tan rencoroso…
—No puedo no serlo. —Sentencié. Intercambiamos algunos minutos de mutismo.
—¿Hablamos mañana? —Comenzaba a despedirse de nuevo.
—Sí, paso por ti a la misma hora. —Acepté. Avisando que iría por ella para ir a Cambridge.
—Skandar no…
—Paso por ti a la misma hora, dije. —Recalqué elevando la voz en tanto me dirigía a mi auto. Escuché sus risas a la distancia. Eché a andar el motor y por la ventanilla la vi agitando su mano, a respuesta, le lancé un beso al aire, acción que la hizo reír aún más.
Llegué a mi apartamento, siendo recibido por una fría soledad cubierta de oscuridad. Encendí la luz, caminé hacia el pequeño bar que cuidaba de mis alcoholes preferidos. Tomé una botella de brandy, decidido a verter el contenido en un vaso de cristal hasta que un nombre en recuerdo asaltó mis pensamientos.
«George Hood»
Dejé a un lado lo que estaba haciendo y fui en busca de mi iPad, teclee el nombre en el buscador y contrario a lo que pensé, obtuve cientos de resultados e incluso noticias recientes.
George Hood era un exitoso economista, reconocido por los cuantiosos movimientos monetarios que realiza en la bolsa de valores neoyorquina como inversionista, y claro, por ser dueño una inmensa fortuna. Nacido en una familia adinerada cursó sus estudios en la Universidad de Harvard; y en una semana de la moda llevada a cabo en Nueva York, conoció a su actual esposa, la reconocida diseñadora francesa Diana L’ouvre. Juntos tienen una hija, a quien, según fuentes de revistas virtuales, George decidió nombrar Astrid; Diana aportó el segundo nombre, Paulette.
No queriendo apresurar ideas, fui en busca de evidencia visual, pulsé “imágenes” deseando conocer el rostro del magnate neoyorquino. Al verlo, no tuve duda de que se trataba del padre de Astrid Hood, pues compartían similitudes físicas que definitivamente no eran coincidencias.
Sin embargo, el nombre de la diseñadora de modas trajo consigo innumerables recuerdos para mí, L’ouvre eran las letras que destacaban sobre seda negra en las etiquetas de los hermosos vestidos que solía usar mi madre, en particular, recordé uno de los tantos que la hacían lucir como lo que en verdad era: una hermosa reina. Amaba verla relucir entre la seda azul que resaltaba sus ojos de oro, sus suaves rizos color rubio fresa que envolvían su rostro de porcelana en el que estaban contenidos los suaves labios color carmesí que me besaban todas las noches antes de dormir… sin duda, daría lo que fuera por volver a escuchar su refrescante risa y escucharla decir que me ama más que a cualquier cosa.
Decidido a deshacerme de esos desoladores pensamientos, volví a apoderarme de la botella de licor, llevando la boca de ésta hasta mis labios, bebí desesperado por hundir las memorias lacerantes que guardaba en mí, y conforme el brandy descendía en su respectivo recipiente, yo comenzaba a sentirme mejor, adormeciendo un punzante dolor interno, manteniendo mis demonios ocultos en las sombras.
Hace unos años, había jurado una cosa.
No quería volver a sentir que me desangraba por dentro.
Y entonces, me prometí a mí mismo que jamás lo sentiría de nuevo.
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Re: A tiempo

Mensaje por Pao_Keynes el Vie 18 Dic 2015, 1:03 am

Hola! Disculpa lo vas a continuar ? Es que esta realmente interesante :D
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Re: A tiempo

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