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A Match Made In a University | 1D

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Re: A Match Made In a University | 1D

Mensaje por hypatia. el Mar 10 Oct 2017, 11:11 am

Como Lucy está ausente, Kande me dejó cambiar el turno y voy a subir yo en su lugar Ya estoy escribiendo así que espero dejar el capítulo pronto
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Re: A Match Made In a University | 1D

Mensaje por Stark. el Mar 10 Oct 2017, 2:04 pm

te esperamooooooooooos
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Re: A Match Made In a University | 1D

Mensaje por Ritza. el Dom 15 Oct 2017, 9:36 pm

WIII ESPERO TU CAAAAp
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Re: A Match Made In a University | 1D

Mensaje por hypatia. el Miér 18 Oct 2017, 12:31 pm

Después de mil años bisiestos por fin hice tu comentario, Jenn :posmecallo: En otras noticias... chicas, ya terminé el capítulo. Más tarde lo corrijo y lo subo


Jenn:
Perdón por haber tardado tanto en comentar, pero me da la vaguería extrema cuando se trata de comentarios xd.

- ¡Rubia! – giro el rostro para encontrarme con mi rizos. Cierro la puerta y corro a abrazarlo.
- ¿Cómo estás? – pregunto y a continuación caminamos juntos, él me abraza por encima de mis hombros y yo lo tomo por la cintura.
- Mejor ahora que te veo – besa mi frente y seguimos caminando.

Me mata porque Ciara y Harry suelen ser muy mezquinos con la mayoría de las personas, pero luego se convierten en dos algodones de azúcar cuando están juntos

- 10 vueltas corriendo al campo – ordeno antes de que ella pueda llegar y dejar sus cosas. Su boca se abre tanto que incluso puedo observar su campana – ¿Estás sorda?

Cia es incluso peor que mi profesora de gimnasia en el instituto (y la llamábamos sargento porque le gustaba eso de torturarnos). Pero me mató de risa leer cómo subía el número de vueltas según lo tarde que llegaba cada animadora al entrenamiento  

- Bien, vayan a hidratarse y por favor piensen muy bien en lo que van a comer – se aleja no sin antes echarnos una mirada envenenada – Mañana las quiero con al menos medio kilo menos.

Esta señora quiere matarlas hambre  

- Con cara de rata – respondo obvia y el chico entrecierra los ojos como sin entender un poco de quién estoy hablando – Ella – señalo a la rara frente a mí quien se da cuenta y simplemente baja la mirada y disimula tomando de su botella de agua.
- Se llama Olivia – el chico me explica tranquilo – Es agradable.
Styles, Horan y yo volteamos a verlo como si fuese el mismísimo ET.
- ¿Qué? – pregunta confundido y sin gota alguna de sarcasmo en su tono de voz.

¿Por qué tanta sorpresa? Ni que Olivia tuviese la peste xd Además, yo creo que en el fondo fondo de su ser Ciara no la odia tanto (o eso espero).

- Eso que escuchas, rubia. No regresaré, al menos no por ahora – me mira un segundo – Ven aquí – me abraza y besa mi mejilla – Te extrañé.
- Yo también – regreso el abrazo – Estaba muy preocupada por ti, ni siquiera molesté a las bobas – Savah suelta una carcajada mientras mira a Carty y cara de rata.

Me encanta la relación que tienen Savah y Ciara desde que comencé a leer los capítulos Con el resto del mundo son unas mean girls pero entre ellas se cuidan y se dan mimos y amenazan a quien haga falta si piensan que a la otra le han hecho daño

- ¡Ciara, no es un buen momento! – su voz suena irritada y mi corazón se arruga ante ese tono.
- Perdón, no creí que fuera a molestarte – me disculpo encogiéndome de hombros.
- Llámame en otro momento – carraspea – Y por favor revisa la diferencia de horario. Hasta luego…

Odio a la madre de Ciara    ¿CÓMO PUEDE SER TAN FRÍA CON SU HIJA?

- ¿No tienes hambre? – ya estoy fastidiada con las preguntas sobre el hambre, apuesto a que sabe que sí pero aun así no deja de joder.
- No – cubro mi rostro con mis brazos – Ahora sólo quiero dormir.

Liam y Ciara se molestan todo el tiempo el uno al otro. Pero se nota que Liam está preocupado porque no coma
y eso es sdlkjfsdklfj Hasta yo me preocupaba según leía, me daba mucha angustia saber que no estaba comiendo nada  

- Hola – saluda, lo miro extrañada por su repentina tolerancia hacia mí.
- ¿Qué se te ofrece? – me pongo el bolso y tomo mi celular.
- Te traje unas galletas – puedo notar su incomodidad.

Awwww le trajo galletas Yo sé que aquí habrá amor, espero... ¡Liam se ablandó!

- ¡Hey! – me giro al instante, Liam se acerca hacia mí hecho una fiera.
- Hola, esposo amado – sonrío de manera hipócrita.
- No me vengas con pendejadas – suelto una risa ante repentina respuesta – Apagaste mi alarma.
- Es que te vi tan cansado, amor – hago un puchero, el chico entrecierra los ojos y seguramente está maldiciendo en sus adentros – Me preocupo por ti.

La habilidad que tiene Ciara para ser encantadora/arpía al mismo tiempo no tiene precio, me encanta cuando se pone así

- Te dije que no lo hicieras – revoleo los ojos.
- No te escuché – las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas e incluso yo sentí vergüenza por ella.
- Ven aquí – extiendo ambas manos. Se levanta con dificultad y cuando queda de frente conmigo limpio sus lágrimas con mis dedos.
- Aguanta esas lágrimas, que no te vean débil – la chica mira hacia abajo y levanto su mirada – Es en serio, anda, vamos.

Me dieron ganas de darle de patadas a todas las animadoras del equipo de Oxford, ¡Olivia no se merece eso!
Aunque he de decir que me ha gustado esta escena porque Ciara ha dejado ver un atisbo de su humanidad sldjfskldjfs Como dije antes, yo no creo que la odie y espero que algún momento empiecen a llevarse todas bien

- Eso fue asombroso, Oxford – aplaudo y sonrío falsamente – Ya veo que a través de los años no han cambiado sus tácticas – Cambridge estalla en gritos y aplausos – Los de la universidad de Cambridge no necesitamos poner en ridículo a nadie de su gente… sus porristas, su banda y su equipo de fútbol se encargan a la perfección de eso – las gradas estallan ahora en burlas y puedo divisar a la capitana mirarme de mala gana y decirle algo al oído a una de sus porristas – Y justo como siempre ha sido, Cambridge les pateará su azul trasero jugando limpio.

Omg amé esto tambiéeeeeen. Fue en plan "sólo yo me meto con ella"

- ¡¿Están sordos o qué carajo?! ¡Fuera! – señalo la puerta. Cara de rata tiene los ojos tan abiertos que puedo jurar que se le saldrán. Carty tiene esa tonta mirada que me hace molestar aún más y hay dos chicas que jamás había visto en mi vida mirándome desconcertadas – ¡A la mierda, fuera!
- Ciara – Liam se acerca con precaución a mí.
- ¡Fuera! – lo empujo hacia la salida y a continuación me encamino por otra del clan nerd, la primera que tomo es Carty, estaba por tomarla del brazo cuando mi vista se nubla y al parecer lo que tomo es su cabello, no me molesta mucho, así la encamino amablemente hacia la puerta y una vez ahí la empujo y la chica cae llorando.
- ¡Suéltala, loca! – ahora es Zayn quien habla, me encamino decidida a propinarle unos cuantos coñazos pero Liam me sostiene y sólo puedo divisar mis piernas y mis brazos intentando lanzar golpes en el aire. Cara de rata junto a las otras tipas salen corriendo de ahí.

Pero con esta chica siempre es una de cal y otra de arena Cuando pienso que puede empezar a llevarse bien con Olivia y Carter hace cosas como estás. Aunque aquí lo entiendo, el padre se pasó un poco, la trató como s fuese una niña (aunque, vale, Ciara es un poco niña caprichosa). Encima terminó por desmayarse, aunque me imaginaba que pasaría algo así a medida que iba leyendo. ¿Cuántos días se pasó sin comer? ¿Tres? Es una salvajada, no sé cómo aguantó tanto  

Y luego todos los chicos cuidándola en la enfermería    Hasta Olivia y Carter fueron a verla (lo del globo fue genial xd). Yo creo que en el fondo Ciara tiene algo que hace que te encariñes de ella a pesar de como se comporta, a mí me pasa al menos.

- Lamento no haber podido evitar que te golpearas – se recarga en la camilla mirándome fijamente. instintivamente dirijo mi mano hacia mi cabeza y siento un chichón del tamaño de una pelota de golf. Mis ojos se abren y lo observo con reproche, no es hasta ahora que siento el dolor – De verdad, no te dejé caer a propósito. Por estar entre tú y Zayn no alcancé a detener tu caída y es que te desvaneciste así nada más. Como un espagueti escurrido cayendo de una cuchara – cara de rata se me vino a la mente.
- Como sea – me hundo en la cama.
- Esperaré a que te den de alta – observa lo que parece ser un suero conectado a mi vena – Y te llevaré a comer algo y si quieres asistir a la fiesta que dará la universidad por el triunfo de ayer... – arrugo la nariz – Descuida, no me quedaré contigo, sólo me aseguraré de que llegues con bien.
- Creí que ya no te preocuparías por mí – levanto la ceja y el chico revolea los ojos con gran fastidio – ¿Estás comenzando a obsesionarte una vez más conmigo? – lo digo por joder y el chico sonríe cínicamente antes de responder.
- Ya quisieras.

Aquí es cuando a Kate le dan todos los feels shipeadores del universo y no puede evitar shipear (qué elocuente) a Liam y Ciara. Se comportó de forma muy tierna con ella, pidiéndole perdón por no haberla agarrado y ofreciéndose a llevarla a comer dskjfkfjfkg    muack No puedo esperar a ver cómo las cosas evolucionan entre ellos  

Bueno Jenn, perdón por haber tardado tanto en comentar y porque el comentario no sea demasiado bueno, espero poder hacerte uno mejor en tu próximo capítulo Un beso
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Re: A Match Made In a University | 1D

Mensaje por hypatia. el Miér 18 Oct 2017, 2:10 pm

Hola :
Es de las veces en las que menos he tardado en subir un capítulo xd. Pero tenía tiempo y estaba inspirada Espero que os guste, sigue Kande, si no me equivoco.


Capitulo 22. Parte 01.

Helvia Petrova.


El frío es insoportable, como si mi cuerpo no fuera a ser capaz de producir calor nunca más. Una muralla de nubes negras y espesas, que amenazan con escupir agua de un momento a otro, oscurecen el mundo. Los árboles están desnudos, con sus ramas raquíticas y fantasmagóricas luchando contra la fuerza del viento. Mi primera impresión de la ciudad: Cambridge apesta. No es una primera gran impresión. Pensar en que tendré que vivir en un país donde los días cálidos y soleados son una leyenda urbana, me incita a darme la vuelta y huir a casa.

Por algún extraño motivo, siempre olvido el desafortunado clima de este país. A pesar de que he pasado en Inglaterra incontables veranos.

—No siento los dedos. —A mi lado Marcelo mete las manos bajo las axilas en busca de calor. El muy ingenuo no ha querido hacer caso a mi advertencia y sólo lleva una camiseta de manga larga—. Creo que tengo congelación de grado uno. Mírame los labios, ¿están morados?

Marcelo se sitúa frente a mí y se agacha hasta que todo lo que perciben mis ojos son sus labios. Cuarteados y blanquecinos, pero no morados. Lo empujo.

—Lo que se te ha congelado es el cerebro.

Se ríe estruendosamente, con esa risa que caracteriza a mi hermano mayor, que allí a donde va llama la atención. No sólo por sus rizos morenos encantadores, ni sus ojos azules, ni siquiera los hoyuelos que ha heredado de papá. Sino porque es una de ésas personas que caen bien a la gente nada más aparecer en escena.

—Que no te extrañe, ni siquiera en Bélgica hace este frío —asegura.

—Eso es porque te pasaste todo el tiempo borracho —comento, girándome hacia el coche para sacar el plano del campus. Desde el aparcamiento, todo lo que se ven son tejados y partes de edificios.

Se supone que tengo que reunirme con la directora en media hora. Como he empezado el semestre dos meses más tarde, debido al viaje al que me arrastró Marcelo en septiembre, ahora tendré que soportar una presentación privada. Consulto el mapa y busco el edificio de Dirección. Desde el aparcamiento en el que estoy la distancia no parece muy extensa.

—Puedes marcharte ya si quieres, me las apañaré —confirmo al tiempo que guardo el mapa en el bolsillo del anorak.

Me mira con duda, como si fuese un mal hermano por dejarme sola antes de asegurarse de que estoy instalada en mi habitación. Pero finalmente sonríe y saca su macuto de la parte trasera del vehículo.

—Tenemos que repetir este viaje, scricciolo. —Seguidamente me revuelve el pelo como cuando era niña y sonríe.

Otra semana más con mi hermano hubiese acabado conmigo. Aunque he disfrutado el viaje, yo no soy como él. Estar cada día en un sitio nuevo, conocer a gente en la cola de facturación con la que luego se va a cenar, interminables fiestas todas las noches… La vida de mochilero está hecha para personas dispuestas a comerse el mundo, como Marcelo. Pero no para mí, que lo único que aspiro a comerme son unos espaguetis a la boloñesa.

—¿Sabes llegar hasta la estación de tren? —pregunto.

Se cuelga el macuto al hombro con agilidad y baja el maletero.

—Eso creo.

«No tienes ni idea». Pero no me preocupo, Marcelo se las apaña bien por su cuenta. Se ajusta las correas del macuto y comprueba que el móvil y el pasaporte están a buen recaudo en su bolsillo. Cuando nuestras miradas se cruzan de nuevo, puedo ver brillar la emoción en sus ojos: ansiosos por otra nueva aventura.

—¿Adónde irás?

Puede que mi hermano me agote, pero de pronto me ha entrado una terrible añoranza. Probablemente está sea la última vez que lo vea hasta las vacaciones de Navidad. Tampoco veré a mis padres, ni a mis abuelos, ni a Babi. Aunque desde niña he pasado la temporada escolar lejos de casa; primero en el internado y, más tarde, cuando me marché a la universidad de Roma, siempre podía ir los fines de semana a Verona si me apetecía. Esta es la primera vez que estaré tanto tiempo sin ver a mi familia.

Un escalofrío me recorre desde la punta de los pies hasta la cabeza. El frío no ayuda a mitigar la nostalgia.

—Creo que pasaré por casa. Es temporada de siembra, el abuelo se enfadará si no estoy allí —comenta de pasaba, con la mirada clavada en su teléfono.

—Siempre está enfadado contigo.

Es cierto. Marcelo cayó de su gracia cuando rechazó ir a la universidad para convertirse en la tercera generación de los Petrova en hacerse cargo de la empresa y la granja. Mi hermano siempre fue su favorito, todas sus esperanzas estaban puestas en él. Al abuelo Román no le hace ninguna ilusión que en lugar de Marcelo, sea uno de mis primos quien tome el mando cuando papá y mis tíos se jubilen.

—Le llevaré las galletas que tanto le gustan y trabajaré como un condenado —asegura chasqueando los dedos.

Asiento. No doy un duro por su palabra. Marcelo se aburre rápido cuando pasa mucho tiempo en el mismo lugar. Necesita viajar, cambiar de ambiente. La temporada de siembra dura un mes, con suerte aguantará una semana entera antes de marcharse.

—Tengo que irme —digo por fin.

Antes de que pueda impedirlo Marcelo me atrapa entre sus brazos. Me estruja tan fuerte que creo que se me descoloca el bazo.

—Haz amigos. —Me increpa.

—No, gracias.

Pone los ojos en blanco de manera exagerada, después se da la vuelta y emprende rumbo hacia la salida. Me recuerdo a mí misma llamarlo más tarde para ver cómo le ha ido en su búsqueda de la estación.

Sin perder más tiempo, me enfundo el gorro de lana en la cabeza, pongo el seguro del coche y echo a andar por el campus. Pronto me veo rodeada de edificios de arquitectura gótica, con altas torres, arcos apuntados y vidrieras relucientes que gotean por la condensación. Hay escarcha en las praderas y el viento sopla con fuerza. A pesar de que no son más de las siete de la mañana, los alumnos resurgen de los edificios en bandadas.  

A medida que me adentro de la Universidad de Cambridge recuerdo por qué decidí presentar la solicitud de admisión de nuevo, sin tener en cuenta que el año pasado la denegaran. No fue sólo porque tiene uno de los mejores programas de Literatura del continente, ni porque la biblioteca me produzca un orgasmo solo de pensar en ella. Es porque puedo imaginarme viviendo aquí. Y desde hace un tiempo no he sido capaz de visualizarme en un lugar distinto que no fuese Verona, en la finca, con mi familia. La posibilidad de estudiar aquí ha despertado mis ganas de salir de la rutina que yo misma me había impuesto.

Llego al edificio de Dirección con el tiempo justo. Ha comenzado a llover y, cuando entro, mis zapatillas dejan huellas húmedas en el parqué recién encerado. En los sillones que hay en la recepción encuentro a una chica que aguarda con cara de fastidio. Detrás de un escritorio que parece sacado de un capítulo de Reign, está la secretaría, que lee con parsimonia unos papeles.

Me acerco hasta ella sacándome el gorro y alisándome un poco el pelo. Había pensado en adecentarme un poco para el encuentro con la directora: al menos cambiar la sudadera de Marcelo por un jersey que no me quede como un saco. Pero el vuelo aterrizó con retraso y tenía el tiempo justo para viajar desde Londres hasta Cambridge.

—Buenos días —carraspeo. La secretaria, que lleva un moño tan prieto que se le estira toda la piel de la cara y presenta el aspecto de un muñeco de cera, deja descansar los papeles y me sonríe—: tengo una cita con la directora Stevenson —prosigo.

—Dime tu nombre, por favor.

—Helvia Petrova.

Teclea algo en el ordenador, supongo que mi nombre.

—La directora te está esperando —sonríe con animosidad y me señala la puerta que hay detrás de ella, en el lado derecho.

Le doy las gracias y toco la puerta que me ha indicado. Una voz suave me indica que pase.

El despacho es más acogedor de lo que esperaba. Hay una chimenea al lado del escritorio, que desprende un calor reconfortante —debo reprimir mis ganas de sacar un libro y quedarme todo el día leyendo frente a ella—. En la pared izquierda hay una estantería de obra llena de carpetas y libros. En el centro está el escritorio de caoba robusta, sobre una alfombra persa. La pared del fondo son dos ventanas amplias y abovedadas que dejan entrar la luz grisácea. Sentada en una silla de respaldo alto, está Marcie Stevenson.

—Helvia. Toma asiento, por favor —con su uña de perfecta manicurao señala una de las dos sillas que hay a este lado del escritorio. Hago lo que me dice.

Cuando estoy sentada, me recuerdo que debo responderla. Con frecuencia olvido que las personas esperan una respuesta cuando te hablan. También me obligo a mostrarme amable y entusiaste. Es decir, comportarme como una persona completamente distinta a quien soy.

—Gracias por recibirme —digo, aunque no logro imprimir en mi voz la calidez necesaria. Suena como si quisiera estar en un lugar completamente diferente a este.

Mientras la directora Stevenson rebusca entre un montón de carpetas de color amarillo, me dedico a observarla. Tiene un aspecto muy dispar al que yo había evocado en mi cabeza a raíz de haber hablado con ella por teléfono. Viste de manera jovial, camisa tejana y pantalones negros. El pelo rubio lo lleva ondulado y suelto sobre la espalda. Lleva más maquillaje en los ojos del que yo me he puesto en toda mi vida. Me llevo una decepción. Esperaba una directora al estilo de la profesora McGonagall. No a esta señora que se viste como si tuviese muchos años menos de los que debe tener en realidad.

Por fin encuentra lo carpeta que estaba buscando. La abre al tiempo que me dice:

—¿Cómo vas con las clases?

—Estoy al día —aseguro—. He entregado todos los trabajos e hice los parciales hace una semana.

Aunque he pasado los dos últimos meses de viaje por Europa, también he estado estudiando. Me matriculé en el curso a distancia para no retrasarme y poder seguir el curso con normalidad.

—Ya lo veo —bisbisea mirando, el que supongo, es mi expediente—, tus notas son perfectas.

No digo nada. Hace una mueca en mi dirección, puedo ver que tiene los dientes tan blancos que podría dejarme ciega. Seguro que es una mujer que invierte mucho dinero en su aspecto. No me gusta este tipo de personas. De las que ponen tanto empeño en el exterior que se olvidan de cuidar su interior. Sin embargo, me obligo a sonreír con agradecimiento.

A continuación empieza a pasarme papeles para que los firme y comienza a parlotear sobre la vida nocturna en el campus. Incluso me indica los mejores bares para salir y las horas en las que ofrecen chupitos a una libra la unidad. Tomo nota mental: no acudir nunca a ninguno de los lugares que me ha recomendado.

Pongo mi nombre en todos los papeles que me tiende. Hasta que llego al que reza «Contrato Matrimonial». Con disimulo, alzo la vista para ver si se trata de una broma: la directora está entretenida con sus uñas, por lo que no se percata de mi reacción. Antes de decir nada, opto por leer lo que pone en el papel…

Comienzo a horrorizarme incluso antes de finalizar la primera línea. Sufro el impulso de husmear en la habitación para comprobar que no hay cámaras ocultas y estoy siendo víctima de una broma de bienvenida. La directora Stevenson se percata de mi cambio de actitud.

—¿Hay algún problema, querida? —Su voz llega almidonada a mis oídos. Demasiado dulce, como el perfume de mi abuela. Lo odio.

—Es broma, ¿no? —Soy consciente de que mi tono de voz se ha vuelto hosco. Me revuelvo en la silla y estrujo el gorro entre mis manos.

—¿No te hablaron de la actividad?

Ni siquiera me molesto en responder. Ya no quiero fingir ser amable. Así que con la espalda apoyada contra el respaldo y los brazos cruzados, aguardo a que me hable de la «actividad». La directora Stevenson entrelaza las manos sobre el escritorio y se inclina hacia a mí.

—Debido al elevado índice de divorcios en nuestro país, decidimos que había que tomar medidas —explica, como si fuese la Ministra de Servicios Sociales o algo por el estilo—. Durante este año académico, cada uno de vosotros experimentaréis lo que es estar casados. Viviréis juntos en la misma habitación y similaréis la vida cotidiana de cualquier matrimonio.

Justo lo que ponía en el dichoso papel que descansa sobre el escritorio. Lo fulmino con la mirada, como si pudiera hacerlo arder con la sola acción. Nunca antes me habían gustado tan poco unas palabras. De pronto, la calidez que proporciona la chimenea no me parece tan reconfortante: me asfixia.

—¿Todo esto es obligatorio? —mascullo, lanzando dardos con los ojos hacia la mujer.

Niega con vehemencia, provocando que unos cuantos mechones de pelo le caían por las mejillas. Se lo recoloca antes de responder:

—Por supuesto que sí. —Parece ofendida por mi pregunta—. Los jóvenes debéis entender que el matrimonio no es algo para tomarse a la ligera. Esta actividad fomenta la comunicación y el respeto. Además, si tu matrimonio no da buenas resultados, suspenderás el curso académico.

Me gustaría preguntarle en qué influye toda esta parafernalia absurda con mi carrera universitaria. A los libros les dará igual si soy inepta para el matrimonio. O que haya decidido mantenerme alejada de cualquier tío durante lo que me resta de vida. Pero permanezco en silencio, quizá durante demasiado tiempo. Supongo que el necesario para no mandarla a ella y su estúpido experimento social a tomar por culo.

No tengo opción. Si quiero estudiar aquí tendré que formar parte de todo este circo del que nadie tuvo la decencia de avisarme (cuando pille a Harry y Edward voy a matarlos). Es demasiado tarde para marcharme a otra universidad. «Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar…», dice siempre mi abuela. No me queda de otra, imagino.

Rescato el boli y lo dirijo hacia la casilla en la que debe de ir mi nombre. Por primera vez me doy cuenta de que hay otra firma en el papel. Debe ser la de mi compañero.

—¿Quién es? —pregunto, señalando con la barbilla hacia la firma.

—Louis Tomlinson. Su otra esposa ha tenido que abandonar la universidad por motivos personales —explica.

Antes de arrepentirme, garabateo mi nombre en el papel y lo arrastro, junto con el bolígrafo, hacia la directora Stevenson. Implanta una sonrisa en su rostro que pretende reconfortarme. A mí lo único que me reconforta es imaginar mi puño estallando en pedazos sus perfectos dientes.

—Seguro que os lleváis de maravilla —me alienta y hace el amago de cubrir mi mano con la suya. Pero arrastro la silla y me levanto antes de que lo consiga. Error: no me llevo con la gente. Mucho menos si me obligan a hacerlo.

—Ya. Gracias, directora Stevenson.

«… por arrancarme las ganas de estar aquí».

Asiente y me regala una sonrisa. Me marcho dando grandes zancadas, con el nombre de mi compañero rebotando contra mi cráneo: Louis Tomlinson. Si tan sólo supiera la de problemas que va a darme ése nombre…
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La lluvia se ha intensificado: las gotas son más gruesas y constantes. Tenía que haber comprado un paraguas en cuanto me bajé del avión. Aunque ese es el menor de mis problemas ahora mismo. Acabo de salir del edificio de Dirección y lo único que quiero es regresar al despacho de la directora y arrancarle el pelo de la raíz. Pero como no puedo hacerlo, me limito a dar una patada contra el suelo mojado y proferir un grito.

—¿Helvia Petrova?

Me giro con brusquedad hacia la voz. Una chica aparece en mi campo de visión, protegida por un amplio paraguas. Dos grandes ojos castaño claro me miran asustados. Mi expresión no debe de ser de lo más amistosa en este momento. Lleva el pelo rizado escondido dentro de la capucha del abrigo, pero unos cuantos mechones se escapan por su cuello. Es de constitución alta y esbelta.

—¿Qué? —escupo. Al tiempo que me pregunto por qué sabe mi nombre.

Frunce el ceño y su expresión torna molesta.

—Soy Olivia, se supone que soy tu guía —contesta recolocando el paraguas sobre su cabeza.

Lo había olvidado por completo. Después de mi tutoría una alumna vendría a buscarme para hacerme un tour por el campus y llevarme a mi residencia.

—Claro —acierto a decir.

Respiro hondo varias veces para regular mi mal genio. Esta chica no tiene por qué pagar el pato de mi enfado. Relajo los músculos de la cara y decido olvidar lo que acaba de pasar en el despacho de Marcie Stevenson. Es mi primer día en la universidad con la que llevo soñando un año entero. No voy a dejar que me lo estropeen.

—¿Vamos? —me invita Olivia con amabilidad. Ha advertido mi cambio de actitud.

Me pongo la capucha, aunque a estas alturas es inútil porque tengo el pelo empapado y pegado a la cara. Empiezo a andar a su lado.

—Puedes meterte debajo del paraguas —asegura inclinándolo un poco hacia a mí.

Rechazo su invitación con una sonrisa. No me gusta estar físicamente cerca de las personas si no las conozco. Es una manía o una fobia, dependiendo del día.

Al principio nos invade el silencio, no soy buena manteniendo conversaciones triviales. A lo largo de los años he perdido la práctica. Tras el incidente mis habilidades sociales han disminuido en demasía. No suelo hablar a menos que alguien lo haga primero. Entonces Olivia empieza a contarme la historia de la universidad y todas sus curiosidades. Ya he leído sobre todo ello, pero la dejo hacer. Me conduce por todos los lugares importantes; sólo presto atención a medias.

Memorizo el camino hacia la cafetería, la biblioteca y la facultad de Literatura. Eso es todo, el resto del tiempo en lo único que puedo pensar es en que compartiré habitación con un tío que no conozco de nada. ¿Y si es un rarito y le gusta ofrecer gatos despellejados al diablo todas las mañanas? ¿Y si le gusta eso de ir en bolas por la habitación?

Testa di cazzo —se me escapa de los labios. Olivia me observa con los ojos muy abiertos. No sé si me habrá entendido: parece que sí.

—Lo siento —me detengo en medio del camino que lleva a la residencia, donde tiene que dejarme antes de marcharse a sus clases—. Y también por haber sido tan bruta antes, acabo de enterarme de toda esta estupidez de los matrimonios…

Olivia se relaja en cuanto escucha lo último, puedo ver que me comprende. Ella tampoco parece muy contenta con todo el asunto.

—Menudo lío, ¿eh? —Hace una mueca con la boca.

—No tienen derecho a hacer esto —doy un empellón contra el suelo de nuevo, mañana lo voy a lamentar, pero necesito descargarme—. ¿Qué pasa con los que no queremos casarnos en un futuro? ¿O con las personas a las que les gusta gente del mismo sexo, lo han tenido siquiera en cuenta?

—Es sólo un trabajo, podemos salir con otras personas si queremos —trata de animarme.

—Sigo pensando que es una estupidez.

Olivia se ríe.

—Por supuesto que lo es. Todos sabemos que la directora sólo hace esto porque su marido la abandonó por una mujer mucho más joven. Piensa que así evitará las infidelidades.

Me tapo la cara con las manos.

—¡Ya podría haberse cambiado el corte de pelo o apuntarse a yoga! —me quejo, Olivia vuelve a reír.

—Con suerte te ha tocado un buen chico. La pobre Carter no ha tenido tanta suerte…

—¿Quién? —pregunto.

—Una chica de nuestro grupo de terapia.

Abro mucho los ojos.

—¿Grupo de terapia?

Lo sé, mi capacidad intelectual no parece de lo más extensa en este momento. Pero parece que a la directora se le ha olvidado mencionar un par de cosas.

—A parte de las terapias individuales de pareja, hay una terapia grupal una vez por semana. Estás en nuestro grupo —me explica con paciencia, a pesar de que la tengo detenida en medio de la lluvia calándose los zapatos—, así que supongo que te ha tocada Niall o Louis.

—El segundo —afirmo—. ¿Qué tal es?

Olivia se encoge de hombros.

—A penas lo conozco. Pero teniendo en cuenta la gente con la que se junta… supongo que no es la persona con la que pasaría el rato.

No lo tomo como una buena señal. Sin embargo me contenta saber que Olivia estará en las sesiones Kumbaya de terapia grupal. Todavía no sé si es una persona con la que pueda llevarme bien, que es a todo lo que aspiro en cuanto a relaciones de amistad en la universidad, pero al menos ya la conozco.

—Al final te acostumbras.

—¿Te gusta tu marido? —La palabra suena extraña en mis labios. En teoría no le preguntas alguien si le gusta la persona con la que se ha casado. Pero parece que me he caído de cabeza en una aglomeración de setas alucinógenas del País de las Maravillas.

—No está mal, creo.

—Se te nota segura —bromeo.

—Podría haber sido peor, ya sabes como…

—¿La tal Carter? —adivino. Me siento mucho más relajada, mis ganas de matar a alguien han disminuido. Se lo debo a Olivia, por supuesto. A veces olvido que no todas las personas son gilipollas.

—Exacto.

Llegamos a la residencia minutos después. Me resguardo bajo la marquesina de inmediato. Creo que no queda una sola parte de mi cuerpo que esté seca. Olivia rebusca algo en su bolsillo y me tiende una llave, maniobra con el paraguas para que no se le caiga.

—Tu habitación está en la segunda planta, en el llavero pone el número —me explica—. Yo estoy en el mismo piso, habitación 2D, por si necesitas algo.

—Gracias.

—Me voy a clase. Te veo en la cafetería esta noche, puedes sentarte conmigo si necesitas compañía.

Se despide con la mano y se da la vuelta. Yo también me giro hacia la puerta de cristal que hace de entrada a la residencia. Podría darme la vuelta en este momento y regresar a Verona. Rechazar esta locura antes siquiera de formar parte de ella.

Pero no lo hago, porque no soy del tipo de persona que huye despavorida. En su lugar, introduzco la llave en la cerradura.
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La habitación es demasiado pequeña. Antes me preocupaba quién podría tocarme como compañera de habitación: se me da mal compartir los espacios pequeños con personas que no conozco. Más si son del tipo de Amabella, mi antigua compañera, que tenía la costumbre de  escuchar música a todo volumen y dejar la ropa interior sucia en la tapa del inodoro.

Ahora, la certeza de que tendré que vivir aquí con un chico me produce un escozor molesto en la piel, como si se tratase de una picadura de mosquito especialmente grande. Lo que me dijo Olivia se instaura en mi pensamiento: «Pero teniendo en cuenta la gente con la que se junta…». Su afirmación abarca muchas posibilidades, quizá a Olivia no le gusta ese tipo de gente —sea cual sea— y eso no signifique nada. A lo mejor son gente totalmente normal. Pero yo soy de las personas que realiza juicios categóricos a la primera de cambio. Así que me pongo en lo peor.

Por suerte, el dormitorio está vacío. Me reconforta el orden que encuentro, aunque yo no sea demasiado ordenada. Asumo que su cama es la del lado derecho, porque encuentro un par de camisetas dobladas sobre la colcha. De la pared cuelga un póster de la película Pulp Fiction, en el que aparece Uma Thurman tumbada bocabajo fumando un cigarrillo. Al lado hay varias fotos colgadas con chinchetas, pero no me acerco a mirarlas de cerca. No me interesa saber qué aspecto tiene. Ya lo descubriré cuando aparezca por aquí.

Me doy cuenta de que estoy tiritando a causa de mi ropa empapada. Cuando miro abajo, veo que se ha formado un charco de agua a mis pies. Tengo que ir a buscar el coche para descargar todas mis cosas. Pero si no me cambio de ropa y me doy una ducha de agua caliente, voy a sufrir una pulmonía.

Camino al baño con las expectativas por el suelo. Tras encender la luz me sorprendo al ver que está perfectamente ordenado y limpio, como la habitación. ¿Seguro que aquí vive un chico? Me deshago de la ropa y enciendo el grifo de la ducha. En seguida, el diminuto espacio se llana de vapor. Me meto en la ducha sin pensármelo. Tardo un rato en entrar en calor, pero poco a poco se me desentumecen los músculos. Utilizo el champú, de chico, que encuentro en la cesta.

Cuando salgo de la ducha no solo ha desaparecido el frío, también lo ha hecho el cansancio. En los cajones encuentro un secador y me seco el pelo. Como no tengo las planchas, me queda rizado. Me doy cuenta que no tengo nada que ponerme cuando me dispongo a vestirme de nuevo. No pienso ponerme la ropa mojada otra vez, que para colmo de males se ha manchado con el barro adherido a las zapatillas. Me pongo la ropa interior, que es lo único seco. Salgo al dormitorio y me quedo mirando el armario. Antes de pensar en lo que estoy haciendo agarro una sudadera y un pantalón de chándal de Louis. ¿Se supone que es mi marido de pega, no? Compartir ropa entra dentro del contrato. Por lo menos esta vez. Vuelvo  al baño para echar la ropa en el cesto de la ropa sucia y a continuación me pongo el abrigo para ir a buscar el coche.

Paro en la cafetería para comer algo y después paso el resto del día desempaquetando cajas y deshaciendo las maletas. Salvo por la ropa y el portátil, sólo he traído libros. Mis favoritos, todos aquellos que esté donde esté me hacen sentir en casa. No hay espacio de almacenaje, así que lo único que puedo hacer es amontonarlos en el suelo.
Se me ocurre hacer un círculo con ellos alrededor de mi cama, como medida de separación entre mi lado de la habitación y el de mi compañero. Quien, gracias a los Dioses, no ha aparecido en todo el día.

Cuando comienzo a sacar libros y a apilarlos en torres, ya es tarde cerrada. Hace más de una hora que ha oscurecido. Definitivamente, el clima será un problema. Detesto la lluvia, los días grises y que oscurezca tan temprano.

Poco después: escucho girar la cerradura de la puerta, todo mi cuerpo se tensa como el de un gato. Pero me decido a no levantar la vista y que Louis me pille aguardando a que entre. Cuanto más retrase la incómoda conversación entre nosotros, mejor. ¿Qué le diría, de todas formas? «Hola, soy tu nueva mujer. ¿Recuerdas la boda? ¿No? Yo tampoco».

Continúo apilando libros, aunque escucho la puerta abrirse. Un aire frío se cuela dentro, trayendo el ajetreo del pasillo hasta mis oídos. La puerta vuelve a cerrarse en silencio.

—¿Qué es esto?

Supongo que no puedo retrasar más el momento…

Alzo la vista por encima de la montaña de libros que me rodean. Tras ellas, aparece un chico de aspecto desaliñado y con gesto anonadado. Sus cejas casi tocan el nacimiento de su cabello castaño despeinado, que le cae hacia la frente y, hacia todas partes. Dos grandes ojos azules viajan como un reloj de cuco por el dormitorio. Ahí está, Louis Tomlinson, el pobre desgraciado al que me han asignado como pareja.

—Los llaman libros, viven en las bibliotecas y en las estanterías, los más osados se atreven a leerlos —respondo e, inmediatamente, regreso a la tarea de sacar de la última caja los libros que me queda. Ya está, no tenemos por qué hablar más por el momento.

—Qué graciosa —lo escucho caminar por la estrecha habitación hacia a mí, pero rehúso de prestarle más atención. Puede que me obliguen a vivir con él un año entero, pero nadie me va a obligar a hablarle.

Por el rabillo del ojo compruebo que se ha detenido a mi lado, justo detrás de torre compuesta por la literatura rusa del siglo XVIII.

—Me refería a qué narices hacen repartidos por mi habitación. —El chico insiste y yo pongo los ojos en blanco, dejando cuidadosamente todos mis ejemplares de Los Miserables que me disponía a colocar, a mi lado—. ¿Hola? Te estoy hablando, maleducada.

—Son tus límites infranqueables —respondo finalmente. Me impulso en las rodillas para levantarme.

De pie, puedo observarlo mejor. Tiene una constitución atlética, definida, pero delgada; tenemos casi la misma altura. Sus rasgos están marcados, mejillas prominentes y mandíbula relajada de barba incipiente y unos labios delgados que se fruncen en direcciones opuestas a causa de la irritación reciente que le ha causado mi presencia.

—¿Pero en qué clase de idioma hablas tú? —espeta, cruzándose de brazos.

Señalo la fila de libros que parte la habitación en dos y se cierra a los pies de mi cama; un pequeño corral de historias.

—Este es mi lado de la habitación y no me gustan las visitas —informo y lo miro con intención, para que le quede claro que no estoy de broma.

Louis se toma unos segundos para procesar la información. Me observa con intensidad, como si buscase un manual para corregir las irregularidades de un producto defectuoso. Aguardo tranquila, aunque también ansiosa por terminar con esto y poder seguir a lo mío.

—Me parece que no te ha quedado muy claro el objetivo del matrimonio —dice pasados unos minutos—. Tenemos que comunicarnos, convivir e informar a Stella de todo ello. Si me pones una pared de libros en medio, esto no va a funcionar.

—Funcionará —comento, prosigo a exponerle el plan que he trazado a lo largo del día—: En las estúpidas terapias matrimoniales diremos que todo nos va de maravilla, que nos llevamos bien y que hemos tenido mucha suerte.
Después cada uno irá a lo suyo. Aprobaremos este experimento social y todo volverá a la normalidad.

Hace un gesto de meditación, pero puedo ver el sarcasmo emanar de su piel. Algo en su actitud no me gusta, me chirría. Sus ojos no muestran expresión alguna y su rostro está en calma. Como el mar, no sabes si seguirá así de plácido o desatará una tormenta. Mirar a Louis me produce la misma sensación.

—Me parece que sigues sin pillarlo.

Resoplo. Esto no está siendo tan fácil como en mis esquemas mentales. ¿Por qué replica? Le estoy dando una salida sencilla.

—Mira, no pienso ponerme a jugar a las casitas contigo. Tengo mejores cosas que hacer.

—¿Te crees que yo no? —impugna.

—Pues no lo sé.

Y, sin más, me tiro al suelo para seguir con mis quehaceres. Casi espero otra réplica de su parte. Sin embargo, escucho chirriar los muelles de la cama y un resoplido desinflado.

—¿Cuál es tu nombre, o te llamo simplemente la Loca de los Libros?

—Helvia —respondo sin hacer caso a su mote despectivo, que dicho sea de paso: está muy falto de originalidad. Podría haberse esforzado un poco más.

—¿Qué estudias?

No respondo a la segunda pregunta.

—¿Hola?

Sigo sin responder.

—Maldita sea, ¿por qué me tienen que tocar a mí las que se han hecho voto de silencio?

Me muerdo el labio para no reírme. Le diría que no es algo personal, que simplemente no me gusta hablar, ni entablar conversaciones que impliquen aspectos de mi vida, porque llevo años sin profundizar en las relaciones mundanas. Porque los humanos somos traicioneros y nos hacemos daño los unos a los otros. Porque hace años que me cansé de ello. Pero no lo hago, porque no es de su incumbencia y porque no voy a ceder a las ideas de una divorciada chiflada tan fácilmente.

—Yo soy Louis, estudio Fisioterapira. Lo digo para que al menos uno de los dos pueda decir algo cuando Stella nos pregunte mañana —exclama con sonsonete.

Para no seguir escuchándolo me planto los auriculares en los oídos y pongo la música lo suficientemente alta para aislarme. De esta manera, puedo terminar de instalarme en paz. Rato después, levanto la vista y veo que Louis se ha sentado al escritorio que hay a los pies de su cama. Tiene un libro abierto y mantiene la cabeza apoyada sobre las manos.

Ya he terminado de instalarme, mi lado de la habitación parece mucho más caótico que el de Louis. Con todas las cajas rotas y los libros en el suelo. Me pongo la chaqueta y cargo con las cajas por toda la residencia para llevarlas hasta los cubos de basura que hay en el lateral del edifico.

Regreso a la habitación escasos minutos después. Louis sigue con la cabeza gacha. Por mi parte, me he quedado sin nada que hacer. Rescato el móvil del bolsillo. Hay un whatsapp de Marcelo informando de que encontró la estación, pero que ha conocido a un par de tíos y ha retrasado su vuelo a Italia hasta mañana. No puedo decir que me sorprenda. También tengo mensajes de Harry y Edward: el primero me escribe para decirme que si me interesa verle le mande un mensaje, el segundo sólo quiere saber si he llegado bien. A Harry no le respondo, porque ahora mismo no me interesa verlo y a Ed le mando una respuesta afirmativa.

Me siento a los pies de la cama de mi compañero.

—¿Quién es Stella? —pregunto. Antes la ha mencionado dos veces, ha despertado mi curiosidad. En especial si está implicada en todo este asunto.

Se toma su tiempo en responder, seguramente por venganza. No me molesta, aguardo tranquila. Finalmente ladea el rostro para mirarme: tiene los ojos vidriosos por fijar la mirada durante tanto rato.

—Es la consejera matrimonial. Se encarga de poner las amonestaciones si no cumplimos con alguna de nuestras obligaciones y, ya sabes, nos aconseja.

—Vale. —Desbloqueo mi teléfono para comenzar una partida del Candy Crush.

—¡Oye! —Pega tal exclamación que reboto sobre mi trasero. Lo miro con reprobación; las mejillas se le han teñido de rojo bermellón—. ¿Esa es mi sudadera? ¿Y mis pantalones?

Ups. Parece que olvidé cambiarme de ropa cuando saqué las maletas. Me encojo de hombros. Por un momento sopeso explicarle la razón por la que una desconocida ha tenido la confianza suficiente para atacarle el vestuario. Pero es largo, no tengo tantas ganas de hablar. Por lo que en su lugar, digo:

—Compartir es vivir.

Gano una mirada cáustica de su parte. Las comisuras de los ojos se le llenan de arrugas por el gesto.

—No es que tú compartas mucho por el momento.

Me encojo de hombros, tiene razón.

—Lo sé.

Abandono su cama y salto el corral de libros para tumbarme en la mía. Louis apaga la lámpara clavada encima del escritorio. Veo que coloca el libro sobre un montón, se toma su tiempo, cuida que quede perfectamente alineado con los otros antes de dar el visto bueno. A continuación, se acerca a la cama y estira el edredón en la parte en la que yo estaba sentada.

Da la vuelta sobre los talones hasta que se sitúa en mi dirección, muy cerca de una de las montañas de libros. Lo miro con la ceja alzada, en una advertencia muda: como tire mis libros le desgarro el cuello. Cruza los brazos a la altura de las costillas.

—¿Piensas devolvérmela? —exige saber, señalándome con la barbilla.

—Mañana, es cómoda para dormir —acaricio la sudadera a la altura de mi estómago.

Se le ensanchan las aletas de la nariz, al tiempo que se le arruga la frente. No es mi intención sacarlo de quicio, ni siquiera pretendía que me pillase con su ropa puesta. Me he limitado a responderle con la verdad. Pero ya sé por experiencia que a la mayoría de las personas no les gusta que seas sincero o directo. Prefieren la hipocresía.
Apuesto a que Louis quería que me deshiciese en disculpas y me ofreciese a lavar y planchar las prendas. Puede que deba hacerlo, pero no lo voy a hacer. No soy así, no hago las cosas que no me apetece hacer, ni enuncio palabras que no siento. Ya no.

Louis se pasa las manos por el pelo, adquiere el aspecto de un animal despeluchado.

—¡Eres insoportable!

—Depende de a quién le preguntes. —Ya he regresado la vista a mi móvil, así que no puedo ver su reacción.  

Resopla tan fuerte que casi me revuelve el pelo. En lugar de un contraataque, escucho un portazo que hace retumbar la habitación entera. Levanto la mirada, me he quedado sola. El reloj de la pared marca las ocho, la hora de la cena. Pero como estoy cansada y, contra todo pronóstico, no tengo hambre, decido quedarme en la cama disfrutando de la soledad.



No aguanto mucho tumbada mirando al techo. Tampoco puedo decidirme por ningún libro. Así que finalmente me siento en el escritorio con el portátil. Entro en el panel de administración de mi blog: Tusitala en azul. El número de visitas se ha incrementado desde la última vez que lo miré: de doscientas a mil. También encuentro comentarios nuevos.

Me tomo mi tiempo para leerlos. Encuentro de todo; desde alabanzas a mi prosa, opiniones de odio sin fundamento alguno y críticas constructivas. Las últimas son las que más me interesan. Es el motivo por el que decidí publicar relatos de mi autoría, además de las reseñas de libros. Quiero mejorar mi estilo y mi técnica antes siquiera plantearme escribir algo más extenso. Los desconocidos son los mejores lectores, no tienen tapujos a la hora de marcar mis fallos.

Tras leerlo todo y responder tantos comentarios como puedo, abro el correo para ver si me ha escrito alguna editorial. Pocos meses después de abrir el blog, contacté con editoriales para que me mandases libros a cambio de promocionarlos. Como les gustaron mis reseñas, al poco tiempo me contrataron como lectora editorial. Mi trabajo consiste en leer galeradas y mandar un informe a la editorial al finalizar la lectura. Les interesa saber si las historias son buenas. No me pagan mucho, pero como colaboro con unas cuantas reúno el dinero suficiente para no tener que depender de mis fondos para la universidad salvo si no es estrictamente necesario.

Es el trabajo soñado para alguien como yo: que se pasa el día leyendo. Y también funciona como salvoconducto. Si no consigo despegar como escritora, al menos ya tengo un pie dentro en el mundo editorial.

Mientras contesto los correos, recibo una llamada de Skype de mi hermana mayor, Babi. Pulso el botón verde y la cara de Babi ocupa todo el espacio de la pantalla.

—¡Buona notte, scricciolo! —exclama Babi, con su voz siempre enronquecida.

Siento una punzada de envidia al ver que lleva una camiseta de tirantes. A pesar de la calefacción, he tenido que ponerme otra sudadera encima y unos calcetines gruesos para entrar en calor.

—Estás más morena —saludo en italiano. Después de todo el día hablando en inglés, mi idioma nativo suena extraño en mis labios.

—¿Qué ha ocurrido?

Aunque Babi es la más mayor y ya tenía su primer novio cuando yo empezaba a cambiar las muñecas por salir con mis amigas, siempre hemos estado muy unidas. Puede leerme como a un libro abierto. Soy incapaz de ocultarle nada, ni ella a mí. Incluso físicamente somos iguales, sé exactamente el aspecto que tendré dentro de siete años porque es el mismo que tiene Babi ahora.

—Si tú supieras… —farfullo masajeándome el cuello entumecido.

Le cuento todo lo que me ha pasado en el día de doy. Pongo especial énfasis en el asunto de los matrimonios concertados de mentira. Babi me escucha con atención, soltando improperios de cuando en cuando. Tiene que pasar una hora hasta que termino de hablar.

—Nunca pensé que te casarías antes que yo —bromea.

—¡No estoy casada!

Babi suelta una risa fuerte, creo que hasta los peces de la pecera que atisbo por detrás de su cuerpo se han asustado.

—Ese contrato que has firmado dice lo contrario… —rebate en tono cantarín.

Si la tuviese cerca, le daría un puñetazo. Tengo que contentarme con sacarle la lengua en la distancia.

—¿Cómo van las cosas por allí?

Me recuerdo que tengo que llamar a mis padres mañana. Con suerte, Babi les contará las buenas nuevas y no tendré que repetir el soliloquio otra vez.

—Ya sabes, el abuelo se queja de que ha criado a una panda de ineptos. Papá lucha por no mandarlo a tomar por saco y la abuela y mamá me torturan a mí con todos los preparativos de la boda. ¡Qué más dará dónde se sienten los invitados en la iglesia! —Su piel cambia de color a medida que habla. La Vena de las chicas Petrova se le hincha en el cuello.

Le advertí que organizase la boda en Jamaica y llegase a casa con todo planeado. Pero Babi quería que mamá y la abuela formasen parte del proceso. Es lo que le ha tocado por querer hacerlas partícipes. Desecharan todas sus ideas y querrán organizar su boda de ensueño. No la de mi hermana, que es la que se va a casar.

—Y cómo lo lleva Chris.

—El pobre quiere agradar a todo el mundo. —El rostro se le ilumina en cuando lo menciona—. Se ha pasado toda la tarde en los viñedos con el abuelo y es alérgico a la tierra.

—Qué romántico —me burlo, llevándome una mano al pecho.

Ahora es Babi quien me saca la lengua.

Conoció a Chris es Jamaica, en la reserva de fauna marina en la que trabajan. A los tres meses de que empezaron a salir sabía que la cosa acabaría en boda, porque mi hermana nunca ha estado con el mismo chico más de dos semanas. Un año después, Chris se le declaró haciendo que un delfín le diese el anillo de compromiso.

Ambos se han tomado un año sabático para organizar la boda: llevan asentados en la finca desde septiembre y, si mamá y la abuela no acaban con ellos, se casarán en marzo.

—Ojalá estuvieses aquí para ayudarme.

Me embarga la nostalgia de nuevo. Desde que Babi se mudó a Jamaica nos vemos dos veces al año. De haberme quedado en Roma, hubiese sido la ocasión perfecta para estar más tiempo juntas.

—Fuiste tú la que me dijo que expandiese las alas y echara a volar —extiendo los brazos y finjo que planeo como un pájaro. Es exactamente lo que hizo Babi cuando me animó a presentar la solicitud en Cambridge por segunda vez.

Hace un mohín travieso con los labios.

—Oye, puedes traer a tu marido a la boda.

—¿Te has perdido la parte en la que te he explicado en la que todo esto es una mentira?

Ignora mi comentario y me guiña un ojo. Acto seguido, como si hubiese recordado algo importante, se pone seria.

—En serio, deberás plantearte salir con chicos otra vez.

«Cómo no, tenía que sacar el tema».

—Babi —advierto.

—No todos los chicos son como él. No te harán lo mismo que Ángelo. Era un niño malcriado que disfrutaba haciendo daño a los demás, ya no estás en el instituto.

Aprieto los dientes, poco a poco me lleno de rabia. Cualquier referencia a Ángelo provoca esta reacción en mí.  Él fue el detonante, soy quién soy por todo lo que me vi obligada a pasar en el instituto por su culpa.

—Lo sé, pero mi decisión sigue firme. Nada de chicos, nada de personas —repito como siempre que saca el tema a colación.

Babi suspira.

—Tienes que perdonarte a ti misma.

—No puedo.

Ángelo me inculpó de todo para seguir siendo el chico más popular y más querido de todo el internado. Avivó rumores falsos sobre lo que pasó la noche en la que todo se fue al traste, para que los que decían ser mis amigos se ensañaran más todavía. Pero yo estaba allí, le dejé hacerle todo aquello a Martina. Si le hubiese detenido… Freno el curso de mis pensamientos. No tiene sentido que piense en todo lo que debería haber hecho y no hice.

Consigo que Babi olvide el tema y comienza a parlotear durante una hora sobre todo el asunto de la boda. Después cuelgo y me tumbo en la cama. Louis todavía no aparece y me alegro.

Cuando cierro los ojos para dormir: Ángelo y Martina invaden mis pensamientos otra vez. Da igual la de años que pasen. Jamás poder olvidarme de ellos.
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Con la intención de vengarme de Louis, dejo que la alarma suene cada cinco minutos sin apagarla, pongo música a todo volumen mientras me ducho y cada vez que entro y salgo del baño cierro la puerta con todas mis ganas. Ayer llegó de madrugada y se puso a ver películas a un volumen que no me permitía dormir. Quiero que vea cuánto molesta que te despierten.

Termino de alisarme el pelo y prosigo a vestirme: camiseta de manga larga blanca con las mangas azul marino, vaqueros mom y mis zapatillas blancas, que he tenido que cepillar hasta la saciedad para quitarles todo el barro del día anterior.

Al salir del baño lo encuentro agazapado junto a mi mesilla de noche, dentro de mi lado de la habitación, peleándose con el teléfono. Sólo lleva puesto un pantalón de chándal, la mitad de su torso está bañado por la penumbra y, la otra mitad, por la luz tenue del amanecer que se filtra a través de la persiana entornada: parece un anuncio de colonia con mala hostia. Sus ojos son dos rendijas rojas rebosantes de furia. Me pongo de mejor humor al instante.

Le quito el móvil de las manos, que sigue pitando y apago la alarma. Nos quedamos mirándonos un momento. Lo cierto es que el chico es guapo, para qué negarlo. Tiene el tipo de belleza que me llama la atención: no es del tipo que salta a la vista, debes fijarte en él durante un rato para apreciarla. Como estoy haciendo en este preciso momento.

—Los martes no tengo clase hasta las diez, me gusta despertarme tarde. —Está afónico, como si hubiese fumado un paquete entero de cigarrillos.

—Y a mí dormir por las noches —refuto, dando toques en la carcasa del móvil con el dedo—. Utiliza auriculares.

Los ojos se le abren de pronto, para estrecharse de nuevo al compás de sus cejas: se le forman arrugas alrededor de los ojos.

—¿Has hecho todo este ruido por lo de anoche? —Me señala con el dedo.

—Sí.

—Podrías haberme pedido que bajase el volumen sin más.

—Pero no lo hice —respondo. Nunca he dicho que sea una persona que atiende a la lógica. Por otro lado, así es más efectivo. Seguro que esta noche usa los auriculares.

Aprieta los dientes, lo puños y advierto que se le han contraído hasta los abdominales.

—¿Tienes algún tipo de problema conmigo? —Su pregunta parece sincera—. No tengo la culpa de toda esta mierda, si por mí fuera hubiese seguido solo hasta el final del curso.

El ambiente se destensa. Quiere que nos comuniquemos, que tratemos de llegar a un acuerdo. Podríamos hacerlo, pero supondría aceptarlo. Y, como le dije ayer, tengo mejores cosas que hacer. Estoy en Cambridge por el programa de Literatura, no para aprender a ser una esposa.

—No tengo ningún problema contigo —aseguro.

Recopilo mis cosas y lo metro todo en la mochila antes de ponerme el abrigo. Siento la mirada de Louis en mi cuerpo mientras hago todas estas cosas. Me giro para mirarlo, se ha apoyado en una de las torres de libros. Algo ha cambiado en su expresión. Más dura, menos accesible.

—A las cinco tenemos una cita con Stella. En caso de que estés pensando en no ir, ponen amonestaciones que cuentan para la nota cada vez que no apareces.

Sin más dilación, se tira sobre su cama y se sepulta debajo del nórdico. Por mi parte, salgo de la habitación.
La luz del pasillo hace daño a mis ojos, tengo que parpadear un par de veces para acostumbrarme. Hay unos cuantos alumnos que abandonan sus habitaciones al mismo tiempo y se dirigen al ascensor, yo camino hacia las escaleras.

Fuera hace un frío que pela, escondo la nariz dentro del abrigo, para que no se me pele. Pongo rumba hacia la facultad de Literatura. No me he despertado antes sólo para fastidiar a Louis, tengo que pasar por la secretaría de la facultad para que me den mi horario de clases antes de ir a la cafetería.

Una vez allí debo esperar un rato hasta que alguien me atiende, por lo que aprovecho para leer el último libro de Ruth Ozeki que he conseguido. Por el momento no me está decepcionando. Trata la teoría del efecto mariposa.

Ya en la cafetería sufro una decepción mayúscula al ver lo que hay para desayunar. Bagels, sándwiches con salsas extrañas, cereales y avena cocida. Nada de ciambelles. Voy a pedirle a Babi que me mande una caja a resobar desde Italia. No seré capaz de sobrevivir hasta diciembre sin ciambelles. Me conformo con los cereales y un café. Busco una mesa desocupada para sentarme, pero todas están llenas.

—¡Helvia!

A pocos metros de mí diviso a Olivia en una mesa, que me saluda con la mano. Sopeso fingir que no la he escuchado. Me gusta desayunar sola: si de por sí soy mala socializando, ni os imagináis con el estómago vacío. Pero hasta yo lo considero demasiado maleducado y, mejor sentarme con ella que con alguien que no conozco de nada.
Camino hacia donde está. En la mesa hay tres personas más: dos chicos y una chica.

—Hola —saludo a Olivia.

—Siéntate —ofrece con una sonrisa. Uno de los chicos, el moreno, carraspea sin disimulo alguno—. Estos son Carter,
Liam y Zayn.

Le hago un gesto con la cabeza y fuerzo una sonrisa, todavía de pie frente a la silla. No sé quién es quién, salvo por Carter, la chica que mencionó ayer Olivia.

—¿Eres nueva, verdad? —pregunta el chico castaño.

—Sí, llegué ayer.

Cuelgo mis cosas en la silla y me siento.

—Está en nuestro grupo de terapias —informa Olivia, dando un buen mordisco a su sándwich.

Gruño mientras vierto dos sobres azúcar en el café.

—No se lo ha tomado bien —comenta Olivia.

—¿Quién se lo tomó bien? —bufa el moreno, creo que es el que se llamaba Zayn.

Comienzo a comer, tratando de pasar desapercibida. No me apetece mucho hablar. Por suerte, cada uno empieza a desayunar sin decir mucho. Me gusta esta gente, que no quieren llenar todos los silencios con palabras innecesarias.

—Estás en mi clase.

Levanto la vista sin saber quién ha hablado. Encuentro a Carter mirándome, pero aparta la vista de inmediato, como si estuviese avergonzada. Unos surcos rojos pueblan sus mejillas.

—¿Cómo la sabes? —El tono de voz que empleo es mucho más dulce que el que acostumbro a usar.

—Me lo dijo Olivia ayer.

—Oh —respondo.

—No eres de por aquí, tienes un acento extraño. —Liam me apunta con su cuchara, como si se tratase de un interrogatorio.

—Soy italiana.

Se queda esperando a que diga algo más: me meto una cucharada de cereales a la boca. No me importa hablar con la gente, no me considero tan antisocial como para recluirme del todo en mí misma, siempre que no deba proporcionar mucha información personal. Después de lo que ocurrió en el internado, he aprendido que cuanto menos sepan los demás de ti las posibilidades de hacerte daño disminuyen.  

—Puedes sentarte conmigo en clase, si quieres —añade Carter. Su voz es bajita, modulada. Salta a la lengua que es excesivamente tímida.

—Claro, gracias.

Después, los chicos se ponen a hablar de algo entre ellos, pero como no presto atención no sé de qué se trata.
Olivia está con lo que parecen unos apuntes y Carter atenta a sus cereales. Estoy a punto de sacar mi libro cuando escucho:

—¿Via?

Sé de quién se trata antes incluso de darme la vuelta, porque nadie más me llama por ese apelativo. Levanto la cabeza y de pie a mi lado encuentro a Edward, con una sonrisa de oreja a oreja. También sé que es él y no su hermano por el lunar de su oreja. Me levanto para saludarle y antes de que me dé cuenta me está abrazando. Esta es la parte en la que normalmente me tenso tanto que me convierto en una estatua. Pero a Ed le devuelvo el abrazo con las mismas ganas. Es como mi hermano, le conozco desde hace tanto tiempo que es una de las pocas personas en el mundo con la que me permito ser yo misma sin concesiones.

—Has crecido —digo cuando nos separamos.

—Tú no. —Me pica. Le doy un puñetazo en las costillas, no demasiado fuerte.

Tiene el mismo aspecto que la última vez que le vi, hace como cinco meses. Los rizos despeinados, los ojos verdes genuinos y es pose de me da igual todo.

—Justo te iba a escribir un mensaje, pensé que no te ibas a dejar ver hasta el mes que viene —ríe.

—Estuve instalándome —me excuso.  

—Podría haber ayudado.  

Otro carraspeo llama mi atención. Todos en la mesa nos están mirando con cara de pasmo. Aunque Olivia y Carter miran a Ed, en lugar de a mí. No entiendo a qué viene tanta sorpresa.

—Toma, te lo has dejado en la habitación. —Ed cambia de tema y le tiende un libro de texto a Olivia. Ella lo agarra y susurra un «gracias».

Comprendo de inmediato que les ha tocado juntos en lo de los matrimonios. Lo que me recuerda…

—¡Ya podrías haberme avisado de lo que me esperaba! —exclamo, dándole otro puñetazo.

—Lo olvidé —sonríe para excusarse, pero yo sé que lo ha hecho a propósito. Sabía que si me enteraba de esto no hubiese venido a Cambridge.

—¿De-e qué os conocéis? —pregunta Carter, roja como un tomate.

Me siento en mi silla y Ed también toma asiento, entre Olivia y yo.

—Mi familia y su padrastro trabajan juntos —explico, mucho más comunicativa ahora que mi humor ha mejorado—. Nos conocemos… no sé, ¿desde los nueve años?

—Sí, más o menos —confirma Ed.

Desde que se hicieron socios, pasa un mes en mi finca durante el verano o, sino, es mi familia la que viene a Inglaterra. Es así como le conocí, al igual que a Harry. Aunque como Ed vivía con su padre no venía siempre. Sin embargo, hemos sabido mantener la amistad, aunque haya habido veces en la que ha pasado un año hasta que hemos vuelto a vernos. Es esa persona que a pesar de que haya épocas en las que no hablamos mucho, sé que siempre va a estar ahí. Con la misma certeza con la que sé que mis hermanos estarán para apoyarme.

—El mundo es un pañuelo —añade Zayn.

—Ni que lo digas —concuerda Olivia.

—Así que te ha tocado con Louis.  

Ed hace un estúpido movimiento de cejas que pretende ser insinuante. Reprimo el impulso de darle un tercer puñetazo.

—¿Y te lo ha dicho…?

—El cotilla de Harry.

«Cómo no». Aunque no tengo ni idea de por qué Harry lo sabe si no he hablado con él desde que llegué.

—Son amigos, Louis estuvo quejándose una hora de que su nueva esposa le había puesto una pared de libros como límites infranqueables. Ató cabos —me explica Ed, leyéndome la mente.

—Vaya.

—Louis está bien —trata de animarme.

Yo, por supuesto, no soy de la misma opinión.
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Re: A Match Made In a University | 1D

Mensaje por hypatia. el Miér 18 Oct 2017, 2:11 pm


Capitulo 22. Parte 02.

Helvia Petrova.


La mañana transcurre como un suspiro. Me amoldo bien a la vuelta la rutina, aunque me cuesta prestar atención continuada en las clases. Mi mente tiende a marcharse siempre que encuentra la ocasión. Por suerte, Carter toma apuntes de manera metódica y me despreocupo.

Al final de la última clase me acerco a hablar con el profesor Bones sobre el trabajo que le envíe la semana pasada porque aún no he recibido su corrección. Aunque en realidad lo hago para retrasar mi inminente cita con Stella. A lo largo del día he barajado la posibilidad de ausentarme, pero no quiero recibir una amonestación. Y por mucho que desee evitarlo, en algún momento tendré que presentarme a las citas si quiero aprobar el curso. Mejor hacerlo cuanto antes.

Tras mi escueta conversación con el profesor me reúno con Carter, que me espera junto a la puerta. No hemos cruzado más que unas cuantas palabras en todo el día. Pero no me quejo, lo prefiero así.

Cuando traspasamos el umbral, Carter tropieza y está a punto de comerse el asfalto. Logro sujetarla a tiempo, aunque sus libros acaban desperdigados por el suelo. Me asegura que está bien y se agacha para recogerlos. Es entonces cuando centro toda mi atención en Ciara Evans, de pie a nuestro lado. Olivia me habló de ella durante la pausa para comer. Ya que la pillé mirando hacia la mesa en la que estábamos en varias ocasiones.

Está cruzada de brazos con una expresión de petulancia superior impresa en sus facciones. Su minifalda de animadora ondea grácilmente al son del viento, igual que su perfecta cola de caballo. Todo en su apariencia exuda perfección. Sufro una reminiscencia, me veo a mí misma a los dieciséis años, con la misma actitud de superioridad y poder.

—¡Qué torpe eres, Carty! —exclama con fingida preocupación.

Carter se entretiene más de lo necesario en ordenar sus libros.

—No se considera torpeza cuando alguien te pone la zancadilla a propósito —rebato.

Ciara repara en mi presencia por primera vez, me observa como si fuese un mosquito molesto zumbando cerca de su nariz.

—¿Cómo dices? —Se posiciona en modo ataque. Con intención de intimidarme, pero se ha equivocado de persona.

—No importa, Helvia —murmura Carter, que sigue en el suelo y alterna la mirada entre las dos.

—Que le has puesto la zancadilla, eso he dicho —reafirmo sin atender la petición de Carter.

Ciara alza una ceja hasta el nacimiento del cabello y se pone en jarras. No está acostumbrada a que la contradigan. En el tiempo en el que fui como ella, cuando alguien me rebatía, me lo tomaba como un desafío personal, una ofensa directa.

—Cómo te atreves a acusarme. —Sus dientes chirrían.

—No te he acusado, te he puesto en evidencia.

—Chicas, por favor… —suplica Carter.

—¡Cállate! —chilla Ciara.

—Déjala en paz —replico.

Ciara se cierne sobre mí, pero soy más alta y, no me intimida.

—Deberías haberte metido en tus asuntos —me amenaza.

Podría seguirle el juego, pero no quiero empezar una guerra. Me limito a mirarla, sin decir nada. Finalmente, Ciara se da la vuelta y se marcha pisando con tanto ímpetu que bien podría abrir agujeros en el suelo.

Carter se muerde el labio y se abraza a sus libros. Percibo su incomodidad.

—¿Te has hecho daño? —pregunto.

—Estoy bien. —Creo que es todo lo que va a decirme, hasta que despega los labios—: Gracias, pero no tenías por qué hacerlo, nos acabamos de conocer. Y estoy acostumbrada, Ciara es así.

La resignación con la que habla me perturba. No debería hablar así.

—Que no te conozca no significa que tenga que callarme cuando veo algo así.

Es el motivo por el que he intervenido. No era mi intención enemistarme con una chica que no conozco, ni pretendía quedar por encima de ella. Sólo quería ayudar a Carter. Desde lo que ocurrió aquella noche con Martina, me prometí que no volvería a quedarme quieta ante una situación similar, que no volvería a poner a nadie en una tesitura como ésa. Mirar para otro lado cuando eres testigo de un ataque físico o verbal hacia una persona, por mínimo que resulte, te hace igual de culpable que quien los perpetua. Ya no quiero ser ese tipo de persona nunca más.  

—Pero… —trata de rebatir.

—Sin peros.

Sonrío de manera sincera. Espero que comprenda que no me debe nada por esto, que es lo que tenía que hacer, que no le hecho ningún favor.

—¡Vía Láctea!

Me vuelvo hacia la voz. Harry camina hacia nosotras con sus andares de amo del universo que tanto me molestan.

—Cara de culo —saludo cuando nos alcanza.

Nos hemos visto a la hora de la comida, estaba sentado en la mesa de Ciara, Louis y los otros miembros de la élite. Por supuesto, Harry Styles no podía estar en otro lugar. Hemos debatido a ver cuál de los dos se acercaba a saludar al otro. Nuestra relación ha sido así desde que nos conocimos: un constante tira y afloja para ver cuál de los dos cede primero.

Recuerdo que cuando éramos niños, nuestro pasatiempo preferido era pegarnos el uno al otro. Molestarnos y planear la venganza perfecta para devolvérnosla. De no ser por los adultos y por Edward, creo que ninguno habría sobrevivido a todos los veranos que pasamos juntos.

Como su gemelo, Harry también es como un hermano para mí. Pero es ese hermano que a veces crees que es adoptado, que no sabes si quieres u odias. Y deseas más veces de las que estás dispuesta a admitir que se pierda en el bosque y no regrese nunca más.

Carter se tensa con un auto reflejo. También me enteré de que están juntos con lo de los matrimonios. No me sorprende su actitud, convivir con Harry requiere paciencia infinita para no tirarlo por una ventana.

—Haciendo amigas desde el principio, ¿eh?

Ha presenciado el numerito con Ciara y ahora pretende deleitarse. Disfruta muchísimo tocándome las narices hasta que exploto. Tengo la certeza de que en su cabeza apuesta a ver cuánto aguanto hasta que eclosiono.

—Ha sido culpa de Ciara —intercede Carter.

Harry arruga el gesto con desprecio.

—Estoy hablando con Helvia, no contigo.

Extiendo el brazo y le retuerzo la piel del brazo como si fuese una tuerca. Harry chilla como una niña de doce años. Me da un manotazo para que me aparte.

—Trátala bien, primate maleducado.

Se frota el brazo allí donde le he pellizcado, mientras intenta erradicarme del planeta con la mirada.

—¿Qué dijimos sobre agredirme físicamente?

—Yo no dije nada.

—Prometiste que no lo harías más.

—No me suena —finjo que lo medito.

Me señala con el dedo, como si estuviese decidido a metérmelo en el ojo. Cosa que hizo varias veces cuando éramos niños.

—Mentirosa.

Justo en ese momento, se me ocurre mirar la hora en el móvil. Las cinco y cuarto. Llego tarde a la cita. Maldita sea…

—Me voy.

No aguardo para recibir la respuesta y echo a correr como si me persiguiera un dementor.
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Abro la puerta con tanta fuerza que creo una pequeña ventisca. Una mujer, que imagino será Stella, y Louis, me miran sobresaltados. Mientras, yo intento no escupir los pulmones.

—Pensamos que ya no vendrías. —Stella tiene una voz metódica de profesional, aunque es cálida y melosa.

—Lo… —tomo aire. Me ha dado flato por la carrera, así que tengo que agarrarme el costado—. Lo siento, se ha alargado la clase.

—Siéntate, Helvia —ofrece Stella señalando la silla vacía al lado de Louis.

Me dejo caer en ella como un peso muerto, tengo la cara perlada en sudor y cortada por el frío. Las piernas me zumban de cansancio. La facultad de Literatura está en lado opuesto de este edifico. Stella me concede unos segundos para recuperar el aliento.

—Bien —dice poco después—. ¿Cómo os ha ido en el primer día? ¿Habéis empezado a conoceros?

Abro la boca para empezar a mentir y asegurar que nos está yendo estupendamente. Por desgracia, Louis es más rápido.

—Yo lo he intentado, pero Helvia no colabora —explica. Me dan ganas de darle una patada por debajo de la mesa para que se calle—. Selecciona las preguntas que quiere responder y sólo habla cuando le conviene. Cuando decide que no quiere hablar más, me deja hablando solo, como esta mañana.

«Pues sí que tiene cosas que decir para el poco tiempo que hemos pasado juntos», pienso en mi fuero interno.  Lo miro de reojo, me guiña el ojo de manera disimulada. Me la está devolviendo por haberle despertado.

Stella toma apuntes en una libreta con parsimonia, al finalizar, me mira.

—¿Por qué no te has mostrado más colaborativa?

Me encojo de hombros.

—No creo que a las niñas a las que sus padres casaban con viejos verdes por su bien fuesen más colaborativas. —Estoy siendo un poco extremista, pero es no se ha ocurrido otra manera de expresar como me siento con todo este asunto.

—Yo no soy ningún viejo verde —masculla Louis.

—Helvia, uno de los objetivos de este proyecto es que aprendáis que la comunicación es de los factores más importantes dentro de una pareja. Si no colaboras, no podréis avanzar.

No sé cómo explicarle sin gritar que no somos pareja, que no quiero pareja y que al único sitio hacia el que quiero avanzar es la cafetería porque me muero de hambre. Así que prefiero mantenerme callada.
—¿Ves? —exclama Louis—. Cuando no le gusta lo que le dices, se cierra en banda.

—Cierra la boca —se me escapa.

—No.

Stella levanta las manos con gesto apaciguador.

—Está bien, calmaros los dos. —Su petición hace que me altere más—. La situación es difícil, no os conocéis de nada y no todo el mundo es perceptivo a la hora de abrirse a un desconocido. Necesitáis pasar tiempo juntos.

Stella realiza una pausa para asegurarse de que la escuchamos. El vello del cuerpo se me pone punta, tengo el presentimiento de que lo que dirá a continuación no va a gustarme.

—Por otro lado, vais con retraso respecto a vuestros compañeros. Haremos lo siguiente—realiza una pausa dramática—: a parte de las terapias, cada dos lunes vendréis aquí y trabajaremos en algo que se llama intimidad acelerada. Yo os daré un bloque de preguntas en cada sesión que tendréis que responder. Cuando terminéis el bloque, podréis marcharos.

Conozco el experimento: son treinta y seis preguntas que tienen el objetivo de generar intimidad entre los dos participantes. En teoría se realiza en cuarenta y cinco minutos. Muchas personas lo llaman el test para enamorarse. Porque algunos sujetos del experimento acabaron enamorándose.

Por si no me sentía ya una rata de laboratorio, ahora esto. Louis se me adelanta antes de que pueda dar mi opinión al respecto.

—De acuerdo.

Stella asiente, satisfecha.

—¿Helvia?

Voy a responder que no, pero refutar y enfadarme como una niña pequeña no servirá de nada.

—Sí, vale.

La orientadora deja caer los hombros con alivio. Yo también siento el impulso de dejar caer mi cabeza contra la mesa…

—Ahora hablaremos del trabajo.

Gracias a Olivia y Carter la noticia no me pilla desprevenida.

—No pienso renunciar a mi trabajo —interrumpimos Louis y yo al unísono.

Stella se pasa una mano por la frente, exhausta por lidiar con nosotros. Me embarga la misma sensación, es como si llevase horas aquí encerrada.

—Louis trabaja en un gimnasio. ¿En qué trabajas tú?

—Lectora editorial.

—No creo que sea necesario que ninguno de los dos renunciéis a vuestros trabajos. Pueden compaginarse a la perfección. Pero debéis ser responsables.

Es lo primero que dice en todo este tiempo que no me produce ganas de romper algo. Ni siquiera es necesario que Louis participe en mi trabajo. Prefiero hacerlo sola.

—Necesito que me proporciones los datos de tus jefes, Helvia, para comunicarme con ellos y explicarles la situación. Así me aseguro que trabajáis juntos de verdad.

Y ahí están de nuevo las ganas de golpear algo…

—Te lo enviaré por correo. —Las palabras se atascan en mi garganta, negándose a salir.

Stella vuelve a tomar notas en la libreta.

—Tenéis esta semana para adaptaros, el lunes que viene pondremos en marcha todo lo que hemos hablado—. «Dirás lo que has impuesto», pienso—. Podéis marcharos.

Nuestras chillas resuenan contra la madera. Nos marchamos con tanta prisa que casi chocamos en la puerta. Como vamos en la misma dirección: la residencia, terminamos caminando juntos. Aunque yo hago todo lo que puedo por adelantarme. Louis me sigue el paso, tiene una sonrisa de oreja a oreja, así que sé que lo está haciendo aposta.

Cuando abro la puerta de la habitación, veo que alguien ha dejado un recipiente lleno de preservativos sobre el escritorio. A estas altura del día estoy tan saturada por todo que suelto una carcajada. Qué situación más surrealista.

—Mejor ser precavidos.

Louis está justo detrás de mí, todavía fuera de la habitación porque le impido el paso. Tan cerca que su aliento me hace cosquillas en la nuca. Me doy la vuelta y me separo.

—¿Conoces la teoría de los infinitos universos paralelos? Bueno, pues en ninguna de ésas secuencias infinitas hay una sola Helvia que tenga planeado acostarse con algún Louis. Ni besarlo, ni siquiera tocarlo.  

—Qué me dices de la de este universo. —Da un paso hacia a mí y yo doy uno más hacia atrás.

Esta Helvia no tiene suficientes libros como para perderte de vista, lamentablemente.

Louis se ríe. Ha cambiado de táctica, ya no pretende ser amable para que la situación se relaje. Ha pasado a una táctica ofensiva, de ataque, como la que he empleado yo. Esto me pasa por no haberle ignorado completamente ayer.

—Ya veremos.

Aprendo de mi error y no le respondo esta vez. Me doy la vuelta para dejar las cosas en la cama antes de irme a cenar. Veo que está perfectamente ordenada, incluso la ropa que dejé tirada encima se encuentra doblada.

—Qué parte no entendiste ayer de que los libros eran tus límites infranqueables.

Louis se ha sentado en su cama, con los codos apoyados sobre las rodillas.

—No he podido evitarlo, eres muy desordenada.

—Genial. Presuntuoso y maniático de la limpieza.

—Olvidas divertido, carismático y condenadamente guapo —enumera con los dedos. Sonríe de nuevo, en esta ocasión sin enseñar los dientes.

La idea de enviudar de manera repentina empieza a tomar forma en mi cabeza. No podrían suspenderme si mi pareja muere, ¿Verdad?
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Cuando quiero darme cuenta, ya ha pasado casi una semana desde que llegué a la universidad. Las clases me han mantenido ocupada la mayor parte del tiempo y los ratos libres los he empleado en mi cama, leyendo o escribiendo. Salvo el miércoles; Ed me arrastró al gimnasio del campus para una clase de kick boxing para asegurarse de que no desaparecería hasta el mes que viene y, no sé cómo, he acabado apuntándome a las clases. Estoy siendo más activa de lo que me esperaba y más social —dentro de un límite—. Todas las mañanas Olivia me espera en la puerta de su habitación y caminamos juntas a la cafetería. En clase siempre estoy con Carter, que poco a poco se muestra menos tímida conmigo. Durante las comidas me siento en su mesa sin que me cueste hacerlo. Comienzo a estar cómoda en ésas rutinas. Sigo sin hablar mucho y sólo estoy dispuesta a hablar de temas que no están relacionados conmigo. Pero es más de lo que me he relacionado en los últimos años. Y es fácil, Olivia tampoco se relaciona en demasía y Carter suele hacerlo con los chicos más que con nosotras.

Es viernes por la tarde, estoy tumbada en la cama leyendo un libro. Por desgracia, Harry también está aquí. Hace cosa de una hora vino a buscar a Louis, pero éste sigue en la biblioteca, como todas las tardes. Lo cual agradezco, de esta manera tengo la habitación para mí la mayor parte del tiempo. Sólo nos vemos por las mañanas y por la noche. Es una lástima que el lunes tengamos que empezar a pasar más tiempo juntos…

—Hay una fiesta esta noche —comenta Harry, que está tirado en la esquina opuesta de mi cama entreteniéndose con el móvil. Aunque Louis no está, ha decidido que era una buena idea esperarlo aquí—, ya sabes, porque ganamos el partido contra Oxford.  

No fui al partido porque los deportes no son lo mío. Pero Edward me contó lo que había ocurrido con Olivia, y lo que hizo Ciara para ayudarla.

—Qué bien —digo de pasada, sin prestarle mucha atención. Me interesa más lo que está pasando en el libro que lo que me dice.

—Tienes que venir —ordena.

Resignada, marco la página que estoy leyendo y cierro el libro. Si sigue hablándome mientras leo acabaré por sacarle los ojos con el pie. No hay nada que me moleste más en el mundo que me interrumpan cuando estoy leyendo. Harry lo sabe, por eso lo hace.

—¿Irá Ed? —pregunto.

Harry se crispa de arriba abajo, como un gato. Me mira con gesto dolido. La verdad es que no me importa si va Ed o no, porque no tengo intención de ir a la fiesta. Sólo lo digo porque sé que le molesta que prefieran a su hermano antes que a él.

—Qué importa —rebate, con el ego perjudicado—. Siempre que te digo que hagamos algo me preguntas lo mismo. Soy mucho más divertido que Ed.

Frunzo los labios para no reír.

—Él no me deja tirada cuando encuentra a una chica que le gusta.

—Eso sólo pasó una vez.

—De todas maneras, no voy a ir a la fiesta. —Estiro los brazos a ambos lados para desperezarme. Noto un tirón en los bíceps, todavía tengo agujetas de kick boxing.

—Una de las razones por las que estás tan amargada es porque han pasado años desde que alguien te dio un buen revolcón. Necesitas un hombre que te devuelva la alegría.

Harry pronuncia las palabras de manera directa, sin tapujos. Me mira con inquina, sonriendo de lado con su hoyuelo diabólico. De un salto, me levanto de la cama y me cierno sobre él.

—Largo —señalo la puerta.

—Vamos, Vía Láctea. ¿No soportas una pequeña broma?

Me inclino para agarrarlo de la muñeca y tirar de él; no le queda más remedio que levantarse. Lo empujo por la espalda, una de las torres de libros se desmorona cuando pasamos por encima.

—Fuera de mi habitación.

Harry se resiste a caminar y tengo que emplear toda mi fuerza.

—¡Louis todavía no ha llegado! —Se queja, mirándome por encima del hombro con indignación.

—Espérale fuera —convengo.

Cuelo el brazo por el arco entre el suyo y su costado para abrir la puerta. Doy un último empujón para meterlo por el quicio de la puerta. Se da la vuelta de inmediato y yo me sitúo en el centro de la puerta para que no vuelva a entrar.

—No te enfades. ¡Era una broma! —exclama, apartándose los rizos castaños de la frente.

—Un día dejarás de ser guapo y encantador. Entonces la gente no tendrá ningún motivo para soportarte.

Le cierro la puerta en las narices sin darle la oportunidad de responder. Me siento en el suelo para reconstruir la torre de libros. Estoy habituada a los comentarios misóginos de Harry, hace años que vengo escuchándolos. No me hieren, me han dicho cosas mucho más hirientes. Pero no los tolero. Tiene que entender que no puede tratar a la gente así.

Vuelvo a mi lectura cuando finalizo la tarea. Rato después Louis aparece en la habitación, cuelga la mochila sobre la silla y se mete en el baño. Escucho el sonido de la ducha. Poco después reaparece con una camiseta y unos vaqueros diferentes, la habitación se llena con el olor de su aftersave.

—¿No vienes a la fiesta?

Levanto los ojos del libro un momento, meneo la cabeza por toda respuesta. Justo en ese momento llaman a la puerta.

—¡Por fin! —escucho que exclama Harry. Ni siquiera le miro. Carraspea —¿Sigues enfadada?

Le hago un corte mangas como respuesta. Siempre pretende que olvide mi enfado sin quiera disculparse. Louis descuelga una chaqueta del armario y recupera el móvil de encima de la mesa. Me mira una última vez.

—Adiós, mujer.

—Adiós, marido —realizo una saludo militar desde detrás de mi libro.

Segundos más tarde la puerta se cierra. Continúo leyendo durante una hora más, pero la puerta suena y tengo que moverme. Tras la puerta aparecen Carter y Olivia.

—¿Hola? —entono sin convicción.

—Todavía no estás lista —comenta Olivia, mirando mis pantalones de chándal y mi sudadera raída.

—Para qué.

—Para la fiesta —contesta Carter.

Comentaron lo de la fiesta a la hora de la comida, pero yo no dije que iría. Supongo que lo dieron por hecho. Ladeo la cabeza antes de responder:

—No tengo muchas ganas de ir.

Me gustan las fiestas, a pesar de que Harry diga que soy una amargada. En ellas es donde mejor me muevo socialmente. Allí te lo pasas bien con amigos de borrachera, de esos con los que sólo hablas en las fiestas. El resto del tiempo no hace falta ni que os miréis a la cara. Es como si te fumases un cigarrillo una vez cada dos meses, no llega a herirte.

—Yo tampoco, pero alguien tiene que vigilar a Carter la Demoledora —bromea Olivia, mirando a Carter con diversión. La chica enrojece, aunque emula una pequeña sonrisa.

—¿Y eso?

—Tendrás que venir a la fiesta, sólo aparece cuando se emborracha —declama Olivia. Ella tampoco parece mostrar mucho aire festivo, ahora que me fijo.

Me encojo de hombros.

—En ese caso —me hago una lado para que entren en la habitación—, pasad mientras me cambio.

Las dos chicas se introducen en la habitación. Se quedan mirando los libros en el suelo con atención.

—Sentaos donde queráis, si es en la cama de Louis mejor. —Me gusta hacerlo de rabiar con el tema del desorden. Es divertido como vaga por la habitación en busca de algo que colocar.

—Mejor en el suelo, se enfadará si le desordenamos la cama. —Carter es más considerada que yo. Olivia se sienta en mi cama y se dedica a leer los títulos de los libros.

Ruedo los ojos y me acerco al armario.

—Es un martirio —digo.

—Una vez salimos y nos obligó a todos a usar posavasos. Y cuando nos servían las copas, le dijo al camarero que tenían que estar todas a la misma medida —comenta Carter.

—¿Pasas tiempo con él? —rebusco en mi lado del armario algo que ponerme.

—Es amigo de Liam y Zayn —explica.

Me sorprende que sea amigo de ellos al mismo tiempo que del grupo de Ciara y demás. En parte porque nunca lo he visto con ninguno de ellos en lo que va de semana.

—Eso no me lo esperaba.

Saco unos pantalones de estilo tailoring blancos con gruesas rayas verticales en negro. Encuentro un top negro de manga larga con el cuello vuelto. Esto servirá.

—Louis va y viene según le apetezca, se lleva bien con todo el mundo.

Comienzo a desvestirme, Olivia y Carter apartan la mirada para dejarme intimidad. A mí no me molesta, no tengo nada que ellas no tengan. Cuando acabo les digo que ya pueden mirar. Voy al baño y me aplico un poco de maquillaje, el suficiente para tapar las ojeras.

—¡Tienes la saga de Eragon! —exclama Olivia con emoción desde la habitación.

—Es la mejor saga con dragones que se ha escrito nunca —grito para hacerme oír.

—Cada vez me caes mejor —responde.

Me pongo un poco de perfume y salgo del baño.

—Podemos irnos —informo poniéndome la chaqueta. Carter y Olivia se levantan.

Abandonamos la habitación y nos encaminamos hacia la salida. De pronto tengo muchas ganas de ir a la fiesta. Sin saber lo mucho que voy desear mañana haberme quedado en la habitación en lugar de ir.
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La fiesta tiene lugar en una fraternidad, cuando llegamos encontramos aglomeraciones de gente en el camino de entrada y de la casa emanan destellos de luces de colores y la vibración de los altavoces. Nos abrimos camino como podemos hacia la entrada, donde hay un tío con un barril de cerveza que nos tiende un vaso a cada una cuando pasamos. Los gritos de conversaciones inundan mis oídos y mi cuerpo vibra con la música; es como introducirse en otro mundo.

Como soy la más alta, precedo la marcha. Carter se engancha de mi chaqueta y Olivia hace lo mismo con la de Carter. Voy esquivando cuerpos hasta que conseguimos entrar en la sala principal. Han movido todos los muebles contra la pared, solo queda un sofá debajo de la tele de plasma donde están reunido todo el equipo de fútbol y las animadoras. Superpuesta a la pared central, han instalado una mesa de mezclas en la que un dj pincha música mientras bebe y mueve la cabeza al ritmo. Se ha formado una improvisada pista de baile en el centro. Hay varias mesas desperdigadas en las que la gente juega al beer pong. Han decorado los paredes con los colores del equipo de fútbol, así como han colgado pancartas que rezan frases obscenas relacionadas con el fútbol y el sexo.

—¡Allí están los chicos! —chilla Carter junto a mi oído, señalando con el dedo.

Persigo la trayectoria de su mano y encuentro a Liam, Zayn y Ed al otro lado de la sala, junto a una de las mesas. Las conduzco hasta allí. El aire está viciado por el humo de los cigarrillos y otros tipos de humo. Cuando conseguimos llegar hasta donde están, ya estoy sudando.

—Os dije que vendría —dice Ed a Liam y Zayn—, me debéis los dos cinco pavos. —Me guiña un ojo con complicidad.

—Joder, Helvia —masculla Zayn, sacándose el dinero del bolsillo con aire derrotado.

—Nos has decepcionado —concuerda Liam, dándole las cinco libras a Ed.

Alterno la mirada entre los tres.

—¿Habéis apostado si vendría a la fiesta? —pregunto, enarcando una ceja.

—Hacen apuestas por todo —me informa Olivia, sacándose el abrigo. Carter y yo la imitamos y amontonamos nuestras cosas en una silla.

Le doy el primer trago a mi cerveza. No es mi bebida preferida, pero durante el viaje Mateo me obligó a beberla todas las noches, así que cada vez estoy más acostumbrada a su sabor.

En un principio me limito a escuchar las conversaciones que tienen lugar, apoyada al lado de Olivia sobre la mesa, quien tampoco se muestra demasiado participativa. Antes de darme cuenta me he bebido tres vasos de cerveza y ya me noto más ligera y risueña.

—No sabía que la Princesa de Hielo se dejaría ver tan pronto —comenta Carter. Me sorprende escucharla decir eso. Después de su primer vaso de cerveza su actitud ha cambiado drásticamente, no agacha la cabeza, nos mira a todos a los ojos y la lengua se le ha destrabado.

Todos miramos a Ciara, que entra en el salón como una aparición divina, mientras todos se abren a su paso. Ayer fuimos testigos de uno de sus ataques de ira, antes de darnos cuenta se había lanzado a la yugular de Carter. Después de eso se demayó y terminó en la enfermería. Aunque cualquiera lo diría, pues parece sacada de una portada de revista. Camina hasta su mejor amiga, Savahtine.

—¡Echemos una partida! —Carter se levanta del borde de la mesa y comienza a dar saltos de emoción—. El que pierda tiene que bailar desnudo en las escaleras.

Olivia arruga el gesto. Aunque ha accedido a venir a la fiesta y me ha propuesto venir, parece un poco incómoda. Como si las fiestas no fuesen su terreno. La entiendo.

—No pienso bailar desnuda.

La Demoledora ha regresado —ríe Zayn, se frota las manos con cara de situación—. ¿Quién va con quién?

—Yo con Carter —se pide Liam, colocándose al lado opuesto de la mesa. Carter alza el puño y se coloca a su lado.
En posición de ataque.

—Nosotros vamos juntos. —Edward coloca la mano sobre el hombro de Olivia, quien mira hacia la mano del chico con asombro mal disimulado.

Zayn y yo nos miramos.

—Debo advertirte de que soy malísima en los juegos que implican lanzar objetos.

—No importa, yo soy un experto —se da un golpe en el pecho con orgullo. Lo que me hace rodar los ojos.

Liam pone los ojos en blanco y los demás ríen. Ed y Olivia colocan otra pirámide de vasos llenos de cerveza junto a la pirámide que hay en el extremo en el que están Carter y Liam. Mientras tanto, Zayn me explica las reglas del juego, que básicamente consisten en colar la pelota de pingpong en los vasos de cerveza. Si lo consigues te bebes el vaso. El equipo que antes se beba su pirámide, gana.

El juego da comienzp y, en las tres primeras rondas no acierto a colar la pelota ni una sola vez. Carter y Liam van en cabeza, ya por la tercera fila de su pirámide, seguidos de cerca por Olivia y Edward.

—Vamos, Helvia, tenemos que ganar —me azuza Zayn, cuando llega mi turno de nuevo.

—Sin presiones, eh —digo con sarcasmo.

Me coloco en el centro de la mesa, dando vueltas a la pelota dentro de mi mano. Cada vez estoy más borracha y las luces se intensifican a mi alrededor. Me noto ligera como una pluma, deshinibida de todo, incluso de mí misma. No sé si es por eso o porque Apolo me toca con su gracia, pero cuando lanzo la pelota esta acaba dentro del vaso. Grito de emoción. Voy a por el vaso, saco la pelota y me lo bebo de un trago. A estas alturas, ya no me molesta ni el sabor de la cerveza.

—La suerte del principiante —anuncia Ed, con los brazos cruzados.

—¿Cuándo te pateé el trasero en kick boxing el otro día también fue la suerte del principiante? —le tiendo la pelota.

Ed me saca la lengua y me la arranca de la mano para lanzar.  

A partir de ese lanzamiento comenzamos a remontar. Pierdo la cuenta de la de vasos de cerveza que he bebido, pero cuando Liam coloca los tres últimos vasos en fila en el centro de la mesa, me tambaleo de un lado a otro y debo agarrarme a la mesa para no caerme. No tendría que haber bebido tanto. Los demás no tienen mejor aspecto que yo, salvo Olivia, que se ha negado a beber más de dos vasos de cerveza y ha sido Ed quién se los ha bebido.

Estamos las tres al borde de la mesa, ya que el lanzamiento final nos pertenece. Olivia es la primera, se toma su tiempo, hace varios amagos y calcula la trayectoria. Pero cuando lanza, utiliza demasiada fuerza y la pelota sobrepasa su vaso. Liam la agarra al vuelo y se la lanza a Carter, que a pesar de la borrachera extrema consigue atraparla. Cuando lanza, la pelota rebota con demasiada fuerza y en lugar de entrar en el vaso lo derriba.

—¡Mierda! —Es la primera vez en toda la semana que escucho una palabrota salir de su boca.

Noto que alguien me agarra por los hombros y me zarandea. Veo doble por un momento.

—Depende de ti que ganemos. No me falles —presiona Zayn mientras vuelve a zarandearme.

Me remuevo para que deje de hacerlo, porque lo único que va a conseguir así es que eche hasta la primera papilla. Ed me tiende la pelota. Y sin pensarlo mucho, la tiro hacia el último vaso que queda en pie. El tiempo transcurre a cámara lenta, como si estuviésemos metidos dentro de una película. Parece que no llegará hasta el vaso pero finalmente se cuela dentro, salpicando un poco de cerveza.

—¡Sí! —exclama Zayn a mi espalda.

Me doy la vuelta y chocamos los puños para celebrar la victoria.

—Ha sido suerte —asegura Liam, con mal perder.

Tras la partida nos dispersamos. Carter y yo vamos al baño, dejando a Olivia con los chicos porque se ha negado a acompañarnos. Cuando regresamos, con dos vasos nuevos de cerveza, sólo encontramos a Olivia y Edward sentados en el suelo contra la pared, sin cruzar palabra. Me dejo caer frente a ellos.

—Chicas, creo habéis bebido suficiente —decreta Olivia, jugando con el dobladillo de su camisa.

Carter hace un gesto despreocupado con la mano, todavía de pie.

—Dame el vaso, Via. —Ed intenta quitármelo de la mano, pero soy más rápida y lo aparto. Frunce el entrecejo.

—No te pongas en plan hermano mayor.

Levanta las manos a la altura de la cara, dolido.

—Tú misma.

Carter consigue sentarse y en la borrachera nos ponemos a hablar. Estoy hablando más esta noche que en los últimos cuatro meses. Pregunto a Olivia por su carrera y ella me cuenta un montón de cosas. Ed termina por aburrirse y se marcha con su grupo de amigos. Así que nos quedamos las tres solas.

—¿Crees que podrías ayudarme a buscar información para un relato que tengo en mente? —pregunto a Olivia.

—Cuando quieras.

Espero acordarme de esto mañana. Llevo tiempo queriendo escribir un relato alegórico sobre las constelaciones. Sólo que no he encontrado la información que necesito aún. Olivia es la persona perfecta para ayudarme.

—Helvia, te reto a que vayas donde está Louis y le beses—propone Carter de súbito, sin venir a cuento. Ha pasado la mayor parte de la conversación callada, mientras se meneaba al ritmo de la incesante música.

La barbilla se me desencaja, de ser posible, hubiese caído hasta el suelo.

—Déjate de retos, y de beber. —Olivia consigue arrebatarle el vaso y lo esconde tras su espalda. Se ha puesto seria de verdad.

Sé que no voy a volver a aparecer por una fiesta en lo que me resta de existencia debido a lo que estoy a punto de decir. Mi parte más racional me grita, exige que me marche de ese lugar y que no haga nada de lo que vaya arrepentirme. Pero el alcohol predomina en mi cuerpo, así como la irracionalidad.

—Vale —accedo—. Pero sólo si tú besas a Harry.  

A parte del alcohol, la única razón por la que acepto es porque cuando alguien me reta me es imposible decir que no. Soy de naturaleza competitiva.

—Estáis siendo estúpidas —se queja Olivia. Lleva razón, yo no soy así. Si no hubiese bebido tanto estaría a su lado, apoyada contra la pared con ganas de irme a mi habitación a leer un libro. ¿Por qué habré bebido tanto?

Carter y yo nos evaluamos. Sin romper el contacto ocular, nos levantamos tambaleantes. En efecto, el alcohol nos hace rematadamente estúpidas. Olivia se queda sentada, con los ojos entornados. Casi espero que se levante para impedírmelo. Pero yo no soy su problema, no tiene por qué evitar que cometa la mayor estupidez de mi vida.

Oteo la sala de estar en busca de Louis, Carter me imita. Me siento mareada, en el mal sentido. Como huela una sola gota de alcohol voy a terminar vomitando. Lo encuentro cerca de la mesa de mezclas, hablando con Edward. Antes de pensármelo dos veces, entre empujones, voy hacia él. Carter hace lo mismo, pero se desvía hacia la zona del sofá, donde se encuentra Harry. Veo que se mueve con resolución sin prestar atención a todos los que la miran con asombro. Agarra a Harry por la muñeca para apartarlo del círculo y le da un beso delante de todos.

«Tu turno», me susurra mi yo borracha.

Me acerco a los chicos por detrás, doy unos golpecitos con la uña en el hombro de Louis. Se da la vuelta y se asombra al verme. Ed permanece a su espalda, también sorprendido.

—¿Qué pa…?

No le doy tiempo a que responda. Agarro la pechera de su camiseta, lo atraigo hacia mí y le planto un beso. Pretendo que sea sólo un choque de labios. Pero Louis termina por abrir la boca y nuestras lenguas se juntan. De perdidos al río... Al principio me resulta extraño, porque no he besado a un chico desde que estuve con Ángelo. Luego se vuelve más normal, supongo que besar es como montar en bicicleta. Louis enreda sus manos en mi pelo y yo sigo aferrando su camiseta.

No sé cuánto tiempo transcurre, pero de pronto, como si me cayese un balde de agua fría sobre los hombros; recupero el sentido común. Lo aparto de mí con la misma intensidad con la que lo he arrastrado. Jadeo en busca de aire. Me limpio los labios con el antebrazo, me palpitan y los noto adormecidos. Ed sigue detrás, con la boca abierta de mudo asombro.  

—Con que había una sola secuencia infinita en la que quisieras besarme, ¿eh? —Louis sonríe con fruición.

Se me revuelve todo el estómago. Presiento la arcada antes de que llegue. Salgo corriendo para no vomitarle a nadie encima. Mientras corro, me repito constantemente que no tenía que haber venido a esta condenada fiesta. Siempre acabo metida en problemas cuando me olvido de todas mis reglas y convicciones. Siempre digo que las personas hieren, pero al final soy yo la que más daño me hago.
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Re: A Match Made In a University | 1D

Mensaje por Stark. el Miér 18 Oct 2017, 8:21 pm

AYYY SUBISTE KATEEEEEEEE!
Comentare tu cap junto con los demás que me faltan, pero sobra decir que lo ame
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Re: A Match Made In a University | 1D

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