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La angustia de un soñador.

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La angustia de un soñador.

Mensaje por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 7:07 pm


la angustia de un soñador.

Todo me ocurrió –si ocurrió alguna vez-  aquella tarde al descubrir tras unas piedras móviles, entrelazadas por una espesa vegetación aérea y trepadora, la estrecha entrada por la que me deslicé, no sin esfuerzos, al interior de una derruida caverna, sumida en un desolado silencio. La  oquedad parecía inmensamente grande, abovedada, profunda y oscura; las paredes, cubiertas ahora de malsana maleza, parecían obedecer a un trazado preciso y nada caprichoso, dándome la impresión de ser obra de alguna inteligencia remota. Al verla tan enorme, tan vacía y tan destruida; tan antigua, en suma, me estremecí ante las innumerables presencias invisibles de edades olvidadas.

La primera impresión de vida que recibí en aquella lóbrega ruina, surgió al tropezar con la caja redonda, que al rodar bajo aquellas bóvedas ennegrecidas, arrancaba ecos interiores que se debilitaban, multiplicándose al rebotar contra las paredes. Entonces me di cuenta de que se trataba de un objeto metálico de tamaño más bien mediano, a juzgar por la sensación recibida en el pie al hacerlo rodar tan involuntaria como inesperadamente.
Tanteé en la oscuridad hasta dar con aquel objeto; y, al cogerlo, pude confirmar mi sospecha de que era metálico; también me di cuenta por primera vez de que era redondo y que algo suelto se movía en su interior si lo agitaba. Así que comprendí enseguida que se trataba de una caja metálica, de forma circular que guardaba algo en su interior. Después de examinarla detenidamente, la limpié de cuantos hierbajos y pellas de barro tenía adheridos en su superficie, que se mostró, por fin, lisa y brillante. Mi idea inmediata fue abrirla, al descubrir la hendidura que la recorría toda alrededor; pero, pese a mis esfuerzos, no lograba conseguirlo. Posiblemente estuviera tan corroída que sus partes se habrían fusionado lentamente con el paso de los siglos. Me acordé entonces de la navaja de hoja corta y resistente que llevaba en el bolsillo; y, empleándola como palanca, logré aflojar la tapa y levantarla, por fin.
Del interior brotó un hedor de ácido corrompido, cuya fetidez penetró incontenible hasta mi cerebro. Aunque cerré enérgicamente la caja, comprendí enseguida que el olor no era en absoluto repulsivo, antes al contrario, tenía esa agradable y vaga fetidez de tiempos pretéritos que han sabido permanecer encerrados y que pugnan, apenas puestos en libertad, por recuperar sus pasadas cualidades. Así que volví a destapar la caja cuyo característico olor o había desaparecido o me había habituado a él. Y, al hacerlo, noté que las sombras se hicieron más densas a mi alrededor.

other things.

hola(?:
a todo aquel que vea esto si es que alguien lo hace me llamo miércoles  ésta es la segunda vez que publico ésto, pero la primera vez fue con la intención de que fuera un one shot pero decidí solo hacer una galería que no es galería(? de escritos que nunca en mi vida publiqué. si no entienden lo que traté de decir no hay problema, equis, pueden comentar si quieren (que sea en hide y sin adjuntar firma, por favor) y espero que les gusten 
pd: todos los relatos son de MI PROPIEDAD, no trates de hacerlo pasar por tuyo porque yo me entero de todo y soy de enojarme fácil, es una amenaza. respetá el trabajo de los demás porque no es algo ligero.
guía de escritos:
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Última edición por kuchta el Miér 20 Ene 2016, 7:22 pm, editado 6 veces
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Re: La angustia de un soñador.

Mensaje por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 7:13 pm


deja vú.

Cuando Mauro salió de su casa esa mañana, no sospechaba los increíbles acontecimientos ocurridos la noche anterior. Como siempre, cerró la puerta con dos llaves y fue a buscar el auto para ir a la oficina. Tal vez presintió algo diferente, una atmósfera enrarecida, alguna cosa que no estaba en su sitio. Pero, al no descubrir de qué podría tratarse, no le prestó mayor atención. Subió al auto y arrancó.

Algo en el desacostumbrado rugir de su motor le alarmó. ¿Pero qué? No hubiera sido capaz de explicarlo. Anotó mentalmente la posibilidad de llevar el auto al mecánico, mientras cedía el paso a una joven despampanante en un deportivo rojo. Condujo distraídamente por las calles del centro, sin poder concretar esa sensación que le iba creciendo en las entrañas. Cuando por fin llegó frente a la estación y vio el tumulto, casi no necesitó que nadie le dijese lo que había pasado.

Detuvo el coche, descendió y caminó hacia la multitud sin saber muy bien por qué lo hacía. A pesar de estar en el centro, no escuchaba ningún ruido, tan sólo sus ideas, moviéndose como un torbellino en su cerebro. Estaba como sumido en un sueño del que no podía despertar. Ese marco de irrealidad le llenaba el corazón de angustia. Sufría y no entendía demasiado bien el motivo. Los cincuenta metros que lo separaban de la estación (¿o deberé decir de sus presagios?) se le hicieron interminables. Era como si el tiempo no transcurriera, como si el espacio se alargara indefinidamente...

Finalmente, llegó junto a la muchedumbre arracimada, tratando de asomarse por encima del hombro de los otros para vislumbrar el motivo de tanta expectación, mas su poca estatura se manifestó como un grave inconveniente. Por las voces que estallaban y corrían a su alrededor, se enteró de que había ocurrido un accidente (pero eso ya lo sabía desde antes, lo había intuido… ¿cuándo? Todo se le arremolinaba en la cabeza) Otros apuntaban diferentes hipótesis, palabras vacías que pasaban por los oídos de Mauro sin dejar el menor rastro. Algunos, los menos, sólo callaban, espantados.

Misteriosamente, la gente se fue abriendo a su paso. Con una creciente intranquilidad, fue avanzando entre ellos, despacio, como queriendo retardar al máximo el instante de la revelación. Un hombre corpulento, cuyo rostro reflejaba una dolorida sombra de tristeza, se movió un paso. En el hueco resultante, Mauro vio, como en funestas instantáneas, el ir y venir de gentes uniformadas, los rostros asombrados a su alrededor, la ambulancia, el hombre agachado, y la forma inmóvil que se destacaba contra el negro asfalto.

La visión de la mujer lo paralizó. No la conocía. Sin embargo, sabía exactamente lo que iba a sucederle. De pronto, el sueño de la noche anterior se le hizo trágicamente patente. Lo que no pudo recordar al levantarse, aparecía ahora en imágenes espantosamente claras. Esa mujer asomada a la terraza de la estación, mirándolo con ojos desesperados, pidiéndole ayuda con gritos silentes, estirando las manos hacia él... Y él, indiferente, frío, despreocupado, egoísta, negándole su mirada. De pronto, gritos de terror, ella volando en cámara lenta, él contemplándola en silencio sin hacer un solo gesto para alcanzarla... Y sentarse en la cama con esa sensación de angustia, sin poder recordar nada, nadando en un mar de tristeza infinita y de nuevo despertarse como dentro de otro sueño. Y otra vez más, como siempre, el despertador, recordándole que había soñado, pero nada más. Regresar a este lado olfateando la extrañeza del día, pero sin poder decir nada, sin poder hacer nada. Como aquel día en que murió su padre. Verlo allí, pálido, con los ojos abiertos y esa expresión de terror en su cara (Jamás olvidaría la expresión de su cara), tieso, frío. Y él, allí, viendo fotograma por fotograma todo lo que había pasado, todo el sueño que había sido incapaz de recordar. Culpándose por no poder cambiar los hechos a pesar de haberlos visto en su inconsciencia apenas unas horas antes de que ocurrieran.


Última edición por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 11:04 pm, editado 1 vez
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Re: La angustia de un soñador.

Mensaje por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 7:16 pm


le chat noir.

Después de muchos años de difícil convivencia con su marido, Matilde tuvo que tomar una decisión drástica:

- O te deshaces de toda esa colección de animales que andan por casa, o me voy yo.

A Félix le costó aceptarlo, pero no quedaba otro remedio. Vendió el asno y los conejos, regaló los dos perdigueros, el mastín y los galgos, liberó las palomas, los canarios y la calandria... al final, logró convencer a su esposa para quedarse con Sultán y Diablo. El viejo perro pastor y el pequeño gato negro obtuvieron in extremis el perdón de la dueña de la casa.

Pasaron los días. La convivencia matrimonial no acababa de enderezarse. Las discusiones proseguían, y la mayor parte de las ocasiones, los causantes eran el perro o el gato. Matilde no perdía oportunidad para acusar a los animales y poner a su marido en la difícil tesitura de interceder por ellos o dar la razón a la esposa. Una tarde en la que dormitaba a la sombra de la higuera en el patio, Sultán se levantó de repente, como siempre hacía cuando escuchaba acercarse alguna visita. Félix creyó oir a su esposa azuzar al perro. Luego escuchó gritos, relinchos y un disparo. Echó a correr hacia la calle y vió a Sultán tirado en medio de una mancha de sangre. Un jinete le había disparado porque, según dijo, el perro se avalanzó incomprensiblemente contra el caballo.

Félix nunca supo si en realidad había sido su mujer la que provocó el incidente. Pero la vida se le hizo insoportable a partir de entonces. Su mujer le gritaba continuamente, lo ridiliculizaba ante los convecinos, se enzarzaba en agrias discusiones sin motivo aparente. El creía que estaba loca. Una noche en la que regresaba a casa, encontró al gato fuera. La mujer le prohibió que lo entrara, alegando que estaba endemoniado. El aceptaba sin rechistar. En el fondo, deseaba pasar los últimos años de su vida con tranquilidad, envejecer junto a su mujer, y morir con la conciencia tranquila.

Cuando aquella tarde escuchó la conversación entre su mujer y las comadres, no daba crédito a sus oídos.

-Matilde, escucha lo que te digo, tu marido ha pactado con el diablo– decía una, en voz baja. Otra añadía:

-Dicen que se ha amancebado con una bruja y que su amante durante el día...

-¡Toma el aspecto del gato negro ese que tienen!- terminó una tercera santigüándose.

Félix se encolerizó. Irrumpió en medio de la reunión aullando y dando empentones contra todo lo que encontraba a su paso. Agarró del cabello a su mujer, la condujo a rastras hasta la puerta y sujetándola con una mano, la obligó a contemplar lo que hacía con el gato.

El pobre Diablo, sin imaginar lo que le venía encima se dejo coger por su dueño. Llegaron bajo la higuera. De un empujón, sentó a la mujer. Se quitó el cinturón, lo pasó alrededor del cuello del gato y lanzó el otro extremo en torno a una rama del árbol. Lo agarró con la mano libre. Luego soltó al gato que quedó colgando, retorciéndose enloquecido como una culebra, mientras se ahogaba.

Después de ahorcar al animal pasaron los días y la calma pareció llegar por fin a la casa. Un buen día, Matilde amaneció con un gato negro. Félix entendió que era una manera de hacer las paces definitivamente. Pero había algo extraño en el nuevo inquilino. A las dos semanas de estar en casa, se había hecho con toda la atención y el cariño de la mujer. Al hombre, sin embargo,  le bufaba en cuanto lo veía. Además, parecía distinto. No era del todo negro. Le había crecido alrededor del cuello un pelaje blanco. A Félix le recordaba el cinturón con el que ahorcó a su Diablo.

Una noche llegó a casa borracho. Cogió un hacha. Fué a su habitación. Descargó el hacha contra la cabeza de su mujer dormida. Bajó el cuerpo a la bodega, excavada en tierra al lado de la casa. La emparedó en un hueco con cal viva. Luego buscó por todos los lados al gato, pero no apareció. Se sentó al fin en la puerta de su vivienda, tranquilo, relajado, feliz.

A los dos días llegaron el aguacil y los guardias. Félix estuvo presente cuando inspeccionaron toda la casa. En la bodega se permitió incluso bromear y hastá dió una patada contra la pared falsa tras la que escondió el cadaver. En ese momento, se escuchó un lamento infrahumano que le congeló los huesos. Con las culatas de los mosquetones, los guardias derruyeron el muro. Apareció ante ellos el cuerpo con la cabeza destrozada de la desgraciada Matilde. Encima, un gato enloquecido maullaba sin parar.


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Re: La angustia de un soñador.

Mensaje por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 7:23 pm


dona d'aigua.

Tres elementos sagrados forman parte de las mitologías de todos los países montañosos: las propias montañas, los árboles y las aguas. Estas últimas aún son morada de espíritus de la Naturaleza que se resisten a huir en estos tiempos. Antaño, empero, la relación de los montañeses con sus fadas del agua fue constante e, incluso, en ocasiones, llegó a nacer entre algunos elegidos historias de amor y desencuentro, amables y trágicas, leyendas que durante siglos se contaron en voz baja a la luz de la lumbre en invierno y en las anochecidas de la primavera, bajo la fresca protección de una encina...

-Señor, anochece, los perros ya están cansados y nerviosos por regresar, ¿da su permiso para volver a Can Blanch?

Un joven de tez oscura, sujetando a duras penas las traíllas de media docena de mastines, se acercó hasta una enorme encina que se enseñoreaba del paisaje montañoso del Montseny. Con la espalda apoyada en el rugoso tronco, el Señor de Can Blanch contemplaba complacido el rojo poniente.

-Sí, Marcial, volved todos, dejad mi caballo, y no estropeéis más con gritos y ladridos la quietud con que nos regala la Santa Madre.

El Señor de Can Blanch era un montañés recio y curtido. Había participado en su juventud en mil batallas contra el enemigo moro, y en el otoño de su vida se entregaba casi diariamente a la caza, quizá para acallar las quejas de un ya viejo corazón que clamaba por hallar compañía de mujer y acomodo en la próxima senectud. Sin embargo, la rigidez de su semblante ocultaba una sensibilidad inconfesable para un guerrero y cazador. Dado al silencio, don Arial, era una de aquellas pocas almas que en los duros tiempos del Medioevo habían cultivado el amor al saber y el placer por la belleza. Por eso, la visión de aquellas moles cárdenas recortadas contra fulgentes puestas de sol, le conmovían en lo más profundo de su ser, y aprovechaba sus correrías para reposar la mirada y la mente en sus queridas montañas. Cuando todos sus amigos y siervos le hubieron dejado sólo, el silencio duró poco. Ahora bien, la voz que se atrevió a romperlo lo hizo con todo el derecho propio de los ángeles. El sonido de aquella canción se deslizó a la par que la brisa, se acunó en el rumor de las hojas de la encina, enhebró en un baile de armonía todas las ramas, y volvió a perderse en un eco de cristal, hacia el arroyo cercano. Como si un golpe le hubiera sacudido el corazón, don Arial se levantó y caminó hipnotizado por la colina, en busca del agua y del sonido.

Y la vió. A pocos mortales les es concedida la dicha de contemplarlas, y el Señor de Can Blanch fue uno de ellos. Sobre una piedra, con los pies bajo el agua, cubierta la espalda con el cabello húmedo de reflejos plateados, una dona d’aigua cantaba al arrullo de la corriente risueña del río. Enseguida supo el caballero que aquella no era mujer humana, que tanta belleza no cabía sino en una hija de las aguas, y que su voluntad quedaba doblegada en ese momento. Tanto amor surgió de repente en el interior del rudo humano que algo hizo que el espíritu del río cesara su canto, le mirara y le sonriera. Toda la noche estuvieron juntos a la vera del riachuelo. Al amanecer, él la había convencido para que fuera su huésped en Can Blanch. Antes de que todos despertaran, caballero y dona d’aigua entraron en la torre, donde la dama fue agasajada por todos los criados, colmada de dádivas, caprichos, fiestas y, sobre todo, de música. Tanta alegría, tanta poesía y tanto amor supo darle el señor de Can Blanch que la dona d’aigua terminó por acceder a las pretensiones de su anfitrión.

-Mira este mundo, hermosa mía, donde has vivido. El sol juega cada mañana con los cristales de las vidrieras, mis pájaros acolchan el aire con sus cantos desde la mañana hasta la noche, cuando las luces de miles de velas son incapaces de dar más brillo que tus ojos. Es entonces cuando instrumentos traídos de todos los lugares acompañan tu voz. Somos felices, y así podemos seguir siéndolo, lejos del frío de las aguas y el rocío de las madrugadas. Podemos seguir siéndolo... si accedes a casarte conmigo. Te prometo que los hijos que me des heredarán Can Blanch, y perdurará esta dicha para siempre.

Aunque la dona d’aigua conocía todas y cada una de las palabras del viento, de las aguas, de los pájaros y del bosque, nunca antes había escuchado el poderoso verbo humano, y sucumbió ante su irresistible influjo. Sólo puso una condición, llevada por el orgullo de su ser, por su altivez de fada:

-La entonación de tu voz habla de un corazón apasionado y me arrastra como la corriente de deshielo. No quiero resistirme. Es mi deseo unirme a tí como se unen los de tu especie, y renuncio a la mía. Pero exijo de tí lo mismo que me dió el río, quiero que siempre estés en mi derredor, quiero que no se estanque nunca el brioso curso de tu amor por mí. Y si una sóla vez, atiende bien, mi amado, si una sóla vez confiesas en voz alta mi naturaleza, el recuerdo del agua me arrancará de aquí como un remolino, como la cascada, como el rápido de las gorgas, y me perderás para siempre.

No dió tanto valor a las palabras de la dona d’aigua el Señor de Blanch, acostumbrado quizá a conversar con congéneres y suponer metáforas, y prometió lo que le pedía ella. Las bodas se celebraron en una semana, y duraron otro tanto. Durante unos años, don Arial rejuveneció al compás del amor que le ofrecía a borbotones la dona d’aigua. El poder sagrado de la fertilidad de la Naturaleza estaba con ella, y enseguida concibió y dió a luz dos hijos, un niño y una niña. Los tuvo en la alberca, ella sóla, y nunca nadie lo supo, pues la comadrona del lugar enmudeció por aquellas fechas debido a una extraña enfermedad. Los niños se convirtieron entonces en el único pozo de su amor, pues los corazones de las hadas son cambiantes, acordes con el caprichoso mundo de donde proceden. No supo, o no pudo, comprenderlo así el bueno de don Arial que se vió relegado y, siguiendo su costumbre, volvió a refugiar sus penas entre ladridos de jaurías y carreras desenfrenadas en pos de sarrios y bucardos. La caza fue la excusa para dar pábulo a viejas amistades y ocasión a juergas y cenas en la torre, al regreso de largas y habituales ausencias. Duró algunos años tal situación, el ahorro de la casa se dilapidaba, los criados se alejaban malpagados y el peso de Can Blanch era demasiado para los hombros de la dona d’aigua. Una noche la cena se prolongó de madrugada. Los hijos del señor habíanse convertido en criados de su padre y sus amigos. Las bromas a costa de los críos sobrepasaron los límites y una voz otrora suave se elevó desde el fondo de la sala. Era la voz de una madre indignada:

-Maldito seas, señor de Can Blanch, pues ni los lobos lanzan dentelladas contra sus cachorros, ni los quebrantahuesos se alejan tanto del nido como lo haces tú.

Un frío silencio cayó como una losa sobre las piedras de la torre de Can Blanch. La mirada de don Arial se dirigió lentamente hacia una mujer en la que no pudo reconocer aquella visión que tuvo en el río junto a la encina. Sólo halló unos ojos altivos, como los del ciervo cuando le miraba desde los riscos, lejos del alcance de sus flechas. Dolido por aquellas palabras, temeroso de la burla de sus compañeros de correrías, decidió optar por la ironía, pues no encontró en su garganta la voz suficiente para el arrepentimiento, ni para la humildad, ni siquiera para la ira:

-¿Qué sabrás tú, medio mujer, qué sabrás de animales ni de aves?¿Acaso las donas d’aigua como tú conocen algo más que la vida de los peces?¿Acaso podrías tú haber poseído algo más que los charcos de no haberte aceptado yo como mi esposa?

En ese momento, pareció que un flujo de puro hielo invisible se extendiera entre la mirada del hombre y la de la dona d’aigua. A su alrededor, los comensales, nerviosos y asombrados, fueron levántandose entre murmullos y marchándose susurrando torpes excusas sin sentido. Durante varios minutos, como paralizados, ninguno de los dos esposos pudo mover uno sólo de los músculos de sus rostros. Siguieron con los ojos fijos unos en los del otro, manteniendo una impresionante tensión que, de estallar, resquebrajaría los mismísimos cimientos de la torre. Sin embargo, poco a poco, la tez de señor de Can Blanch fué tornándose blanquecina, y gruesas gotas de sudor comenzaron a rodar por su frente. La dona d’aigua entonces, de repente, sin proferir una sóla palabra, con una rapidez inusitada, como un viento que arremolinara la hierba, como una revuelta en el río, salió de Can Blanch. Sus hijos la siguieron a duras penas unos tramos, y la vieron desaparecer en el bosque, camino de la sima del Gorc Negre. Nunca más regresó. Al menos, el Señor de Can Blanch, ya anciano de apariencia, nunca jamás volvió a verla ni –y eso sí que le destrozaba el alma- nunca pudo volver a escuchar su voz.

Una mañana, desde la cama donde se pasaba la mayor parte del tiempo, le pareció distinguir entre el cabello de su hija un brillo plateado. Su débil corazón enfermo a punto estuvo de paralizarse por la sorpresa y la emoción. Ese reflejo le trajo a la memoria el de una melena mojada por las aguas de un lejano arroyuelo. La hizo acercarse junto a él. Con manos temblorosas le acarició el pelo, tan parecido al de su madre, y se encontró entonces entre los dedos con una pequeña perla. La muchacha no supo –o no quiso- explicarle el origen de aquello, pero durante los pocos años de vida que le quedaron, día sí, día no, acariciando el cabello de su hija, aparecían esas misteriosas perlas con las que pudo rehacer el señorío de Blanch y cumplir, al menos, con parte de la promesa que había hecho a su fugaz esposa, dar una heredad a los hijos de la fada del río.

La dona d’aigua nunca abandonó a sus hijos. En la madrugada, deslizándose sobre el rocío, acudía a sus habitaciones. Cantaba para ellos con el profundo silencio de las aguas, para no despertar a nadie, y los muchachos podían oírla, pues les unía su misma naturaleza. Derramaba sobre ellos una lluvia de amor en forma de caricias, pero cuando el sol comenzaba a arrebatar los cristales del rocío, las lágrimas de la dona d’aigua caían copiosas sobre las cabezas de sus hijos, y allí se quedaban, enredadas entre el cabello, perlas nacidas de la tristeza de un hada.

abrime:
bueno, el relato en su totalidad es mío pero la leyenda no, es una tradición oral de hace mucho mucho mucho tiempo. me encantó así que decidí adaptarla a mi manera.


Última edición por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 11:05 pm, editado 1 vez
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Re: La angustia de un soñador.

Mensaje por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 7:56 pm


oasis.

Perdonen que no me levante. Les digo así, como reza en el epitafio que preside la tumba de Groucho Marx, porque yo soy un muerto. Sí.

Sí. Lo que ustedes oyen. ¿Qué pasa? ¿No me creen? Acérquense. No tengan miedo. No hay por qué temer a lo que no pertenece a este mundo. Si les hace falta toquen mi piel. ¿Lo notan? Es hueca y pálida como una nube y tan fría como la nieve. ¿Lo perciben?

Pero no se preocupen por mí, estoy tan bien que no quiero ni que Dios me resucite. ¿Volver a padecer lo que he sufrido? ¡Ni hablar! Además, ustedes no tienen ni idea de lo que es ésto. El verdadero alcance de la muerte sólo podemos sentirlo quienes estamos aquí, del otro lado del reloj, como almas en pena esperando que se termine de una vez para siempre la eternidad, en medio de esta calma, de este asombro, de esta silenciosa y absurda detención del tiempo.

Hay quien dice que la muerte es una salvajada, sobre todo cuando es inesperada, como si uno no la esperara y se pasara la vida mirando hacia otra parte, sin echar una mirada al frente, al futuro, al destino. Pero yo, ahora puedo decirles que se equivocan, que no hay tal salvajada. La muerte es simplemente una raya que se traza al final de la vida, una manera distinta de perder de vista el horizonte o simplemente una forma de dormir sin sueños. Hay también quien piensa que es un largo viaje, y está en lo cierto, pero en un autobús lleno de gusanos que en cuanto te subes te agujerean los huesos.

Quienes dicen que morir es cruzar el misterioso umbral de lo desconocido y entrar en la zona más oscura del universo, tienen toda la razón. Aquí no hay luz. Vamos, por haber no hay ni una mísera bombilla. Esto es como la quiebra de una compañía eléctrica en medio de una soledad infinita de vértigo y silencio. Llevan toda la razón los que aseguran que se llega aquí a través de un túnel, pero de luminoso, nada.

Cuando te llega la hora o te la hacen llegar, te deshaces de todos los bienes materiales, te tumbas en la cama o en el suelo y ya no te levantas más. La muerte es lo vacío, lo negro, lo desnudo, una sombra vaga en un cristal oscuro que te atrapa entre sus suaves alas y te da un abrazo que dura toda la eternidad. La muerte es un naufragio en el que se echa la vida por la borda y se fondea el barco en lo más profundo del océano.

Pero ¿saben lo que más coraje me da?. Pues, verlos a ustedes vivos. Sí. A ustedes que son los que me han matado, los que me han asesinado, aunque solamente hayan participado en el crimen por omisión de sus deberes humanitarios. Sí. Sí. Yo soy el muerto aquél que los generales arrojaron vivo al mar desde un avión sin ninguna compasión, un desaparecido más de los tantos que hubo en la famosa caravana de la muerte, en Chile, en Argentina, o en las cárceles franquistas... El muerto aquél afgano o de cualquier nacionalidad que no pudo llegar a adolescente porque se murió de asco, de hambre y de miseria tirado en cualquier punto remoto del planeta, mientras ustedes se ponían ciegos de caviar y de langosta. El muerto aquél al que los terroristas se llevaron por delante con sus bombas o el mismo al que un gobernador medio loco, con delirios de grandeza, sentó en la silla eléctrica, revelando así la calidad de sus buenos y tiernos sentimientos ciudadanos.

Sí. Sepan ustedes que me da coraje verlos ahí, en la cama esperando tranquilamente, como esperó Franco el manto de la Virgen del Pilar y la bendición apostólica. Y si en alguna parte sucede que existe Dios, pues yo aquí nunca lo he visto, le pido con todas las fuerzas que me quedan en el alma, que cuando a ustedes los políticos, los generales, los terroristas, los sinvergüenzas, les termine por llegar la hora, se los lleve derechito al cielo de una vez para siempre. ¡No vaya a ser que vengan ustedes aquí, a este dulce oasis de la nada en el que yo me encuentro, a tratar de joderme otra vez eternamente!


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Re: La angustia de un soñador.

Mensaje por kuchta el Mar 19 Ene 2016, 9:09 pm


the secret stone.

Cambió de postura. El suelo de arcilla tenía, precisamente allí, una joroba molesta. Veía mucho con aquella lámpara de grasa, se alegró de haberla traído. Con pulso firme plasmó otro trazo rojo sobre el techo, lento, sentido. Quedó muy satisfecho. El color que había conseguido era como el cielo cuando el día estaba cayendo, rojo sangre, como los días de la caza.

Salió a rastras de la cueva cuando ya era casi de noche. Ponerse en pie tras las largas horas tumbado y comprimido era en verdad una durísima tarea. Sintió todo su cuerpo al desperezarse, como si estuviese dibujándolo trozo a trozo en una pared rocosa, los pies, los brazos, la espalda, la cabeza, dolorido, plegado, entumecido.

A pasos lentos caminó hacia el poblado. Desde allí veía el resplandor de las hogueras y oía las voces, los gritos, los ladridos de perros domesticados. Nunca se alejaba mucho porque había fieras cerca y no le hubiese gustado tropezárselas; no era hábil con las armas. Tampoco algunos vecinos de otras tribus eran, lo que se dice, unos encuentros agradables.

Aquellos días del verano, los demás jóvenes estaban inquietos y entusiasmados ante la cercanía de las Grandes Pruebas. Neb no se entusiasmaba por eso. No las pasaría este año, ni tampoco al próximo; tal vez el siguiente. Era un muchacho débil y su disgusto por los juegos violentos le había separado desde niño de sus compañeros de aldea. En las últimas semanas los chicos también solían acercarse con disimulo a las chozas de las muchachas, a pesar de que estaba tan prohibido. Se oían siempre risas y gritos desde dentro. A Neb no le atraían tampoco las muchachas. Su madre había muerto hacía años, y desde entonces ninguna otra mujer se había aproximado a él.

Se sentó junto al fuego, ya en la aldea, y vio danzar y reír a sus compañeros, enloquecidos por la noche y las hogueras. Luego se levantó despacio, alcanzó la choza de adobe y se acostó.

Era temprano cuando a la mañana siguiente volvió a la cueva. Malos sueños esa noche, parecía como si nada estuviese tranquilo dentro de él. Se tumbó sobre la arena fría del refugio, en aquella postura aprendida, y contempló otra vez su trabajo. Eran sólo unos trazos, unos pocos trazos, pintados con cuidado, con mimo, sin duda con mano maestra. Neb los miró despacio. No sabía bien lo que eran, lo que representaban. A la luz de la llama, esa curva parecía lo mismo una garra alzada que una cabra, un oso o un bisonte. Dejó caer sus manos sobre el pecho y suspiró. Le gustaba el color rojo de las pinturas, rojo fuego y rojo sangre. La suya era de ese mismo color, la había visto un día, cuando se había herido una mano machacando tierra para sus pinturas. Y también era así la de los animales que asaban las mujeres después de la caza, la que teñía las armas de piedra.

Sus compañeros irían ya pronto de cacería por sí solos, a demostrar que eran valientes, buenos hombres, buenos guerreros. Algunos, tal vez, morirían; otros volverían heridos, asustados, fracasados... Pero otros triunfarían, muchos triunfarían, y entonces habría la gran fiesta, las danzas y la música fuerte de las noches, y saldrían de sus chozas las muchachas jóvenes, tan blancas, y habría niños, pronto habría muchos más niños en el poblado. Era bueno eso. Si había jóvenes guerreros ni las fieras ni las otras tribus podrían acabar con todos ellos.

Neb se preguntaba a veces por qué las muchachas nuevas eran tan blancas, cuando tendrían que ser rojas, rojas como la sangre, como la pintura. Tal vez porque estaban días sin salir al sol del verano... Se removió. Otra vez aquel bache del suelo clavándose en su espalda. Cambió de postura y volvió a mirar su obra desde la recién adquirida perspectiva. De pronto, las líneas trazadas en rojo no tenían ya lomos ni zarpas de fiera. Aquella curva delicada, estremecida, sugería un suave torso de mujer, un brazo, un rostro... Dulce, bello, perfecto, la curva de un mentón o una cintura...
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Re: La angustia de un soñador.

Mensaje por kuchta el Miér 20 Ene 2016, 7:21 pm


the dream.

Anmarin tenía una piedra que le colgaba del cuello con forma de media luna. Era una perla poco común; tenía un color verdosoanaranjado. Emanaba tristeza a todo el que la veía, pero no a Anmarin. Siempre la llevaba encima desde que su bisabuelo se la dió cuando ella sólo tenía cuatro años. Algunos decían que la piedra estaba maldita y que había caído del cielo cuando el Hombre era joven y el Mundo ya viejo.

Anmarin sólo se quitaba la piedra cuando se acostaba. La dejaba en un cuenco de cristal con agua; decían que así se mantenía su color. Una noche, Anmarin se acostó cansada de una fiesta que su padre Eltairion había celebrado en casa, con numerosos invitados y familiares a la mayoría de los cuales ella no conocía. Soportaba bromas, envidias e incluso insultos por no haberse desecho de la Maldita. Pero Eltairion se callaba, ya que a él tampoco le gustaba aquella piedra, pero era un hombre que aceptaba de buen grado lo que el destino le deparara, y ello incluía el que su hija hubiera cogido aquella piedra de manos de su bisabuelo como regalo.

Una vez recostada en la cama, con sus largos cabellos extendidos por todas direcciones, cerró los párpados ocultando sus ojos verdeazulados como el mar hasta el día siguiente, y se dejó vencer por el sueño. Los sueños eran su única vía de escape de la realidad, una puerta a un mundo diferente con colores, olores y sentimientos diferentes a los de su apesadumbrada vida en la casa de Eltairion. Empezó a moverse inquieta en un sueño incómodo, y la piedra giraba lentamente en el agua como si también estuviera incómoda.

Anmarin veía el Mar desde muy alto. Debajo de la montaña había una pequeña bahía donde morían dos ríos que surgían de dos grandes bosques a derecha e izquierda. El cielo tenía un azul inmaculado, homogéneo, sin nubes; y el Sol brillaba como un centenar de luciérnagas en un pozo oscuro y estrecho, y su reflejo dorado sobre las olas se podía ver en los ojos cristalinos de Anmarin. El aire olía a jazmín, la hierba fresca masajeaba sus pies y una suave brisa frontal acariciaba su piel como lo haría el mejor amante. Y entonces reconoció el lugar por más que nunca hubiera estado allí: la Cumbre Plana del Teilion, la Montaña del atardecer, donde según dicen vive el Sol para descansar durante la noche.

De repente, el Sol se desgajó en dos mitades que cayeron detrás de la línea que unía el Mar con el Cielo, y la Oscuridad lo envolvió todo. La brisa se transformó en molestas y bruscas rachas de aire, el olor a jazmín se tornó en fétido e irrespirable, y la hierba pinchaba sus pies como alfileres. Entonces, la Luna emergió de entre las cenizas del Sol en el horizonte, y al abrir sus ojos de plata vió a Anmarin asustada, acongojada y dolida ante aquel escenario.
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