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Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
O W N :: Archivos :: Novelas Terminadas
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Re: Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
S I G U E L A ♥
S I G U E L A ♥
S I G U E L A ♥
S I G U E L A ♥
S I G U E L A ♥
Invitado
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Re: Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
•Andre' de Jonas escribió:¡¡ S I G U E L A !!
* S I G U E L A *
* S I G U E L A *
* S I G U E L A *
:) 8)
Invitado
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Re: Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
•Andre' de Jonas escribió:¡¡ S I G U E L A !!
* S I G U E L A *
* S I G U E L A *
* S I G U E L A *
:) 8)
Invitado
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Re: Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
donde andasssssssssss
siguela plisssssssssssssss
siguela plisssssssssssssss
Julieta♥
Re: Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
siguela..pliss!!!..... :happy:
Invitado
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Re: Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
—¿Te has comido mis Twinkies?
Ella tragó saliva.
—¿Exactamente de qué Twinkies estamos hablando? —preguntó con los ojos fijos en el látigo.
—De los Twinkies que estaban en el mueble que está encima del fregadero. De los únicos Twinkies que había en la caravana. —Apretó los dedos en torno al mango del látigo.
«Oh, Señor —pensó ella. —Azotada hasta morir por culpa de unos pastelitos de crema.» —¿Y bien?
—Esto, eh..., te prometo que no volverá a ocurrir. Pero no estaban marcados ni nada parecido, en ningún sitio decía que fueran tuyos —los ojos de la joven siguieron fijos en el látigo— y normalmente no me los habría comido... Pero esta noche tenía hambre y, mirándolo bien, tendrás que admitir que te hice un favor, porque atascarán mis arterias en vez de las tuyas.
—Jamás vuelvas a tocar mis Twinkies. Si los quieres, los compras, —La voz de Nick había sonado suave. Demasiado suave. En su imaginación Daisy oyó el aullido de un cosaco bajo la luna rusa.
Se mordisqueó el labio inferior.
—Los Twinkies no son un desayuno muy nutritivo.
—¡Deja de hacer eso!
Ella dio un paso atrás, levantando la mirada rápidamente hacia la de él.
—¿Que deje de hacer qué?
Él levantó el látigo, y la apuntó con él.
—De mirarme como si me dispusiera a arrancarte la piel del trasero. Por el amor de Dios, si ésa fuera mi intención te habría quitado las bragas, no te habría obligado a vestirte.
Ella soltó aire.
—No sabes cuánto me alegra oír eso.
—Si decido darte latigazos, no será por un Twinkie.
De nuevo volvía a amenazarla.
—Deja ya de amenazarme o lo lamentarás.
—¿Qué vas a hacer, cara de ángel? ¿Apuñalarme con el lápiz de ojos? —La miró con diversión. Luego se dirigió hacia la cama de dónde sacó la caja de madera que había debajo para guardar el látigo dentro.
_____ se irguió en su todo su metro sesenta y cinco y lo fulminó con la mirada.
—Para que lo sepas, Chuck Norris me dio clases de kárate. —Por desgracia, hacía diez años de eso y no se acordaba de nada, pero Nick no lo sabía.
—Si tú lo dices.
—Además, Arnold Schwarzenegger en persona me asesoró sobre un programa de ejercicios físicos. —Ojalá le hubiera hecho caso.
—Te he entendido, _____. Eres una chica muy fuerte. Ahora muévete.
Apenas hablaron un minuto durante la primera hora de viaje. Como él no le había dado tiempo suficiente para arreglarse, _____ tuvo que terminar de maquillarse en la camioneta y peinarse sin secador, por lo que tuvo que sujetarse el pelo con unas horquillas art noveau que, aunque eran bonitas, no le quedaban demasiado bien. En lugar de apreciar la dificultad de la tarea y cooperar un poco, él la ignoró cuando le pidió que disminuyera la velocidad mientras se pintaba los ojos y además protestó cuando la laca le salpicó la cara.
Nick compró el desayuno de _____ en Orangeburg, Carolina del Sur. Detuvo la camioneta en un lugar decorado con un caldero de cobre rodeado por barras de pan brillantes. Después de desayunar, _____ se metió en el baño y se fumó los tres cigarrillos que le quedaban. Cuando salió se dio cuenta de dos cosas. Una atractiva camarera coqueteaba con Nick, y él no hacía nada para desalentarla.
_____ lo observó ladear la cabeza y sonreír por algo que había dicho la chica. Experimentó una punzada de celos al ver que parecía gustarle la compañía de la camarera más que la suya. Se disponía a ignorar lo que estaba ocurriendo cuando recordó la promesa que había hecho de honrar sus votos matrimoniales. Con resignación, enderezó los hombros y se acercó a la mesa donde dirigió a la empleada su sonrisa más radiante.
—Muchas gracias por hacerle compañía a mi marido mientras estaba en el baño.
La camarera, en cuya placa identificativa se leía Kimberly, pareció algo sorprendida por la actitud amistosa de _____.
—Ha sido muy amable por tu parte —_____ bajó la voz a un fuerte susurro. —Nadie se ha portado bien con él desde que salió de prisión.
Nick se atragantó con el café.
_____ se inclinó para darle una palmadita en la espalda mientras le dirigía una sonrisa radiante a la estupefacta Kimberly.
—No me importan todas las pruebas que presentó el fiscal. Nunca he creído que asesinara a aquella camarera.
Ante aquella declaración Nick volvió a atragantarse. Kimberly retrocedió con rapidez.
—Lo siento. Ya ha terminado mi turno.
—Pues hala, vete —dijo _____ alegremente. —¡Y que Dios te bendiga!
Nick controló finalmente la tos. Se levantó de la mesa con una expresión todavía más enojada de lo que era habitual en él. Antes de que tuviese oportunidad de abrir la boca, _____ extendió la mano y le puso un dedo en los labios.
—Por favor, no me estropees este momento, Nick. Es la primera vez desde nuestra boda que te gano por la mano y quiero disfrutar de cada precioso segundo.
Él la miró como si fuese a estrangularla, pero se limitó a arrojar varios billetes sobre la mesa y a empujarla fuera del restaurante.
—¿Vas a ponerte gruñón? —Las sandalias de _____ resbalaban en la grava mientras él la arrastraba hacia la camioneta y la fea caravana verde. —Ya lo decía yo. Eres el hombre más gruñón que he conocido nunca. Y no te sienta bien, nada bien, Nick. Tanto si lo aceptas como si no, estás casado y por lo tanto no deberías...
—Entra antes de que te zurre en público.
Allí estaba otra vez, otra de sus enloquecedoras amenazas. ¿Quería decir eso que no la zurraría si lo obedecía o simplemente que no pensaba zurrarla en público? Todavía cavilaba sobre esa cuestión tan desagradable cuando él puso en marcha la camioneta. Momentos después estaban de nuevo en la carretera.
Para alivio de _____, el tema de zurrarla no volvió a salir a colación, aunque lo cierto era que casi lo lamentaba. Si él la hubiera amenazado físicamente, podía haberse liberado de sus votos sagrados sin dejar de estar en paz con su conciencia.
La mañana era soleada. El aire cálido que entraba por la ventanilla entreabierta aún no era asfixiante. _____ no encontraba ninguna razón para que él se pasara enfurruñado una mañana tan perfecta y bonita, así que finalmente rompió el silencio.
—¿Adónde vamos?
—Tenemos una cita cerca de Greenwood.
—Supongo que es demasiado esperar que «con una cita» te refieras a ir a cenar y bailar.
—Me temo que sí.
—¿Cuánto tiempo estaremos allí?
—Sólo una noche.
—Espero que mañana no tengamos que madrugar tanto.
—Más aún. Tenemos un largo viaje por delante.
—No me digas.
—La vida en los circos es así.
—¿Y dices que tendremos que hacer esto todas las mañanas?
—En algunos lugares nos quedaremos un par de días, pero no más.
—¿Hasta cuándo?
—El circo tiene programadas funciones hasta octubre.
—¡Pero si faltan seis meses! —_____ podía ver cómo el futuro se extendía como un borrón oscuro ante ella. Seis meses. Justo lo que duraría su matrimonio.
—¿Por qué te preocupas? —preguntó él. —¿De verdad crees que vas a aguantar hasta el final?
—¿Y por qué no?
—Van a ser seis meses —dijo él sin ambages. —Recorreremos montones de kilómetros. Tenemos funciones tan al norte como Jersey y tan al oeste como Indiana.
«En una camioneta sin aire acondicionado.»
—Ésta será la última temporada del circo de los Hermanos Quest —dijo él. —Así que lo haremos lo mejor posible.
—¿A qué te refieres con que será la última temporada?
—El dueño murió en enero.
—¿Owen Quest? ¿El nombre que está escrito en los camiones?
—Sí. Su esposa, Bathsheba, ha heredado el circo y lo ha puesto a la venta.
«¿Había sido su imaginación o Nick había apretado casi imperceptiblemente los labios?»
—¿Llevas mucho tiempo en el circo? —preguntó ella, decidida a saber más de él.
—Voy y vengo.
—¿Tus padres pertenecían al circo?
—¿Cuáles? ¿Mis padres cosacos o los que me abandonaron en Siberia? —Él ladeó la cabeza y ella vio que le brillaban los ojos.
—¡No te criaron los cosacos!
—¿Pero no lo oíste anoche?
—Eso es como uno de esos cuentos de P. T. Barnum para el circo —dijo refiriéndose al popular artista circense que se inventaba fantásticas historias para hacer más emocionantes los espectáculos. —Sé que alguien tuvo que enseñarte a cabalgar y usar el látigo, pero no creo que fueran los cosacos. —Hizo una pausa. —¿O sí?
Él se rio entre dientes.
—¿Algo más, cara de ángel?
No iba a dejar que se le escapara otra vez.
—¿Cuánto llevas en el circo?
—He viajado con el circo de los Hermanos Quest desde la adolescencia hasta que cumplí los veinte. Desde entonces voy y vengo.
—¿Qué haces el resto del tiempo?
—Ya sabes la respuesta a eso. Estoy en prisión por asesinar a una camarera.
Ella entrecerró los ojos, haciéndole saber que lo tenía bien calado.
—¿No trabajas de gerente en el circo todo el tiempo?
—No.
Puede que si dejaba de presionarlo un rato, le sacase más información personal.
—¿Quiénes eran los Hermanos Quest?
—Sólo era Owen Quest. Se llama así por seguir la tradición de los Hermanos Ringling. La gente del circo considera que es mejor que todos crean que el circo es de una familia aunque no sea así. Owen fue el propietario del circo durante veinticinco años y, un poco antes de morir, me pidió que terminara la temporada por él.
—Menudo sacrificio para ti. —Ella lo miró expectante y, en vista de que él no respondía, lo aguijoneó un poco más. —Dejar de lado tu vida normal..., tu trabajo de verdad...
—Mmm. —Ignorando el interrogatorio de _____, Nick hizo que se fijara en una señal de la carretera. —Avísame si ves más indicaciones como esa, ¿vale?
Ella vio tres flechas rojas de cartón. Cada una de ellas tenía impresas unas letras azules y señalaban hacia la izquierda.
—¿Para qué son?
—Nos guían hasta el recinto donde daremos la próxima función. —Desaceleró al acercarse a un cruce y giró a la izquierda. —Dobs Murria, uno de nuestros hombres, sale una noche antes que nosotros y las va colocando. Es para indicar la ruta.
Ella bostezó.
—Tengo muchísimo sueño. En cuanto lleguemos, voy a echar una buena siesta.
—Vas a tener que conformarte con dormir de noche. El circo no mantiene a inútiles; todos trabajamos, incluso los niños. Vas a tener que hacer cosas.
—¿Esperas que trabaje?
—¿Acaso temes romperte una uña?
—No soy la niña mimada que crees.
Él le dirigió una mirada de incredulidad, pero _____ intentaba evitar otra discusión e ignoró el cebo que él le estaba tendiendo.
—Sólo quería decir que no sé nada del mundo del circo.
—Aprenderás. Bob Thorpe, el tipo que normalmente se encarga de la taquilla, tiene que ausentarse durante un par de días. Ocuparás su lugar hasta que vuelva, suponiendo, claro está, que sepas contar lo suficiente como para devolver bien el cambio.
—Con las monedas de curso legal, sí —respondió ella con un deje de desafío.
—Después tendrás que encargarte de algunas tareas domésticas. Puedes comenzar por poner algo de orden en la caravana. Y agradecería una comida caliente esta noche.
—Y yo. Tendremos que buscar un buen restaurante.
—Eso no es lo que tenía en mente. Si no sabes cocinar, puedo enseñarte lo básico.
Ella reprimió su enfado y adoptó un tono razonable.
—No creo que intentar que me encargue yo sola de todas las tareas domésticas sea la mejor manera de empezar con buen pie este matrimonio. Deberíamos repartirnos el trabajo equitativamente.
—De acuerdo. Pero si quieres un reparto equitativo, tendrás que hacer también otras cosas. Actuarás en la presentación.
—¿En la presentación?
—En el espectáculo. En el desfile con el que se inicia la función, y es obligatorio.
—¿Quieres que actúe en la función?
—Todos, menos los obreros y los candy butchers salen en el desfile.
—¿Qué son los candy butchers?
—El circo tiene su propio lenguaje, ya lo irás pillando. Los que atienden los puestos del circo recibieron el nombre de butchers porque, en el siglo XIX, un hombre que era carnicero abandonó su trabajo para trabajar en uno de los puestos ambulantes del circo de John Robinson Show. En los puestos de algodón de azúcar se venden perritos calientes además de golosinas, por eso se llaman candy butchers. La carpa principal es lo que se conoce como circo en sí, nunca la llames «carpa» a secas. Sólo se llama así a la de la cocina y a la de la casa de fieras. El recinto se divide en dos: la parte trasera, donde dormimos y aparcamos los remolques, y la parte delantera, o zona pública. Las representaciones tienen también un lenguaje distinto. Ya te irás acostumbrando —hizo una pausa significativa, —si te quedas lo suficiente.
Ella decidió no picar el cebo.
—¿Qué es un donnicker? Recuerdo que ayer usaste esa palabra.
—Es la marca de los retretes de las caravanas, cara de ángel.
—Ah. —Continuaron viajando varios kilómetros en silencio mientras ella cavilaba sobre lo que él le había dicho. Pero era lo que no había dicho lo que más le preocupaba. —¿No crees que deberías hablarme un poco más de ti? Contarme algo sobre tu vida que sea verdad, claro.
—No veo por qué.
—Porque estamos casados. A cambio te contaré cualquier cosa que quieras saber de mí.
—No hay nada que me interese saber de ti.
Eso hirió los sentimientos de _____, pero de nuevo no quiso darle más importancia de la que tenía.
—Nos guste o no, ayer hicimos unos votos sagrados. Creo que lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos qué esperamos de este matrimonio.
Él meneó la cabeza lentamente. Ella nunca había visto a un hombre que pareciera más consternado.
—Esto no es un matrimonio, _____.
—¿Perdón?
—No es un matrimonio de verdad, así que quítate esa idea de la cabeza.
—¿De qué estás hablando? Por supuesto que es un matrimonio de verdad.
—No, no lo es. Es un acuerdo legal.
—¿Un acuerdo legal?
—Exacto.
—Ya entiendo.
—Bien.
La obstinación de Nick la enfureció.
—Bueno, pues ya que soy la única involucrada en este acuerdo legal por el momento, intentaré que funcione, tanto si quieres como si no.
—No quiero.
—Nick, hicimos unos votos. Unos votos sagrados.
—Eso no tiene ningún sentido, y tú lo sabes. Te dije desde el principio cómo iban a ser las cosas. No te respeto, ni siquiera me gustas, y te aseguro que no tengo ni la más mínima intención de jugar a las casitas.
—Estupendo. ¡Tú tampoco me gustas!
—Veo que nos entendemos.
—¿Cómo podría gustarme alguien que se ha dejado comprar? Pero eso no quiere decir que vaya a ignorar mis obligaciones.
—Me alegra oírlo. —Él la recorrió lentamente con la mirada. —Me aseguraré de que tus obligaciones sean agradables.
Ella sintió que se sonrojaba y que esa inmadura reacción la enfadaba lo suficiente como para desafiarlo.
—Estás refiriéndote al sexo, ¿por qué no hablas claro?
—Por supuesto que me refiero al sexo.
—¿Con o sin tu látigo? —Ella se arrepintió en cuanto las impulsivas palabras salieron de su boca.
—Tú eliges.
_____fue incapaz de seguir soportando sus bromas. Se dio la vuelta y se puso a mirar por la ventanilla.
—¿_____?
Tal vez fuera porque deseaba creerlo, pero su voz le pareció más suave esta vez. Ella suspiró.
—No quiero hablar de eso.
—¿De sexo?
Ella asintió con la cabeza.
—Tenemos que ser realistas —dijo él, —los dos somos personas saludables, y a pesar de tus diversos desórdenes de personalidad, no eres precisamente un adefesio.
Ella se volvió hacia él para dirigirle su mirada más desdeñosa, pero lo que vio fue cómo una comisura de esa boca masculina se curvaba en lo que en otro hombre hubiera sido una sonrisa.
—Tú tampoco eres precisamente un adefesio —admitió ella a regañadientes, —pero tienes muchos más desórdenes de personalidad que yo.
—No, creo que no.
—Te aseguro que sí.
—¿Como cuáles?
—Pues bien, para empezar... ¿Estás seguro de que quieres oírlos?
—No me lo perdería por nada del mundo.
—Bueno, pues eres cabezota, terco y dominante.
—Pensaba que ibas a decir algo malo.
—No eran cumplidos. Y siempre he creído que un hombre con sentido del humor es más atractivo que uno sexy y machista.
—Bueno, pues avísame cuando llegues a la parte mala, ¿vale?
Ella lo fulminó con la mirada y optó por no mencionar los látigos que tenía debajo de la cama.
—Es imposible hablar contigo.
Él ajustó la visera solar.
—Lo que estaba tratando de decirte antes de que me interrumpieras con la lista de mis cualidades es que ninguno de nosotros va a poder mantenerse célibe durante los próximos seis meses.
_____ bajó la mirada. Si él supiera que ella llevaba así toda la vida...
—Vamos a vivir en un lugar pequeño —continuó él, —estamos legalmente casados y es natural que tarde o temprano echemos un polvo.
«¿Echemos un polvo?» Su rudeza le recordó que eso no significaría nada para él y que, contra toda lógica, ella quería algo de romanticismo.
—En otras palabras, esperas que haga las tareas domésticas, trabaje en el circo y «eche polvos» contigo —dijo bastante mosqueada.
Él lo pensó detenidamente.
—Supongo que es más o menos eso.
Ella giró la cabeza y miró con aire sombrío por la ventanilla. Hacer que ese matrimonio tuviera éxito iba a ser todavía más difícil de lo que pensaba.
Ella tragó saliva.
—¿Exactamente de qué Twinkies estamos hablando? —preguntó con los ojos fijos en el látigo.
—De los Twinkies que estaban en el mueble que está encima del fregadero. De los únicos Twinkies que había en la caravana. —Apretó los dedos en torno al mango del látigo.
«Oh, Señor —pensó ella. —Azotada hasta morir por culpa de unos pastelitos de crema.» —¿Y bien?
—Esto, eh..., te prometo que no volverá a ocurrir. Pero no estaban marcados ni nada parecido, en ningún sitio decía que fueran tuyos —los ojos de la joven siguieron fijos en el látigo— y normalmente no me los habría comido... Pero esta noche tenía hambre y, mirándolo bien, tendrás que admitir que te hice un favor, porque atascarán mis arterias en vez de las tuyas.
—Jamás vuelvas a tocar mis Twinkies. Si los quieres, los compras, —La voz de Nick había sonado suave. Demasiado suave. En su imaginación Daisy oyó el aullido de un cosaco bajo la luna rusa.
Se mordisqueó el labio inferior.
—Los Twinkies no son un desayuno muy nutritivo.
—¡Deja de hacer eso!
Ella dio un paso atrás, levantando la mirada rápidamente hacia la de él.
—¿Que deje de hacer qué?
Él levantó el látigo, y la apuntó con él.
—De mirarme como si me dispusiera a arrancarte la piel del trasero. Por el amor de Dios, si ésa fuera mi intención te habría quitado las bragas, no te habría obligado a vestirte.
Ella soltó aire.
—No sabes cuánto me alegra oír eso.
—Si decido darte latigazos, no será por un Twinkie.
De nuevo volvía a amenazarla.
—Deja ya de amenazarme o lo lamentarás.
—¿Qué vas a hacer, cara de ángel? ¿Apuñalarme con el lápiz de ojos? —La miró con diversión. Luego se dirigió hacia la cama de dónde sacó la caja de madera que había debajo para guardar el látigo dentro.
_____ se irguió en su todo su metro sesenta y cinco y lo fulminó con la mirada.
—Para que lo sepas, Chuck Norris me dio clases de kárate. —Por desgracia, hacía diez años de eso y no se acordaba de nada, pero Nick no lo sabía.
—Si tú lo dices.
—Además, Arnold Schwarzenegger en persona me asesoró sobre un programa de ejercicios físicos. —Ojalá le hubiera hecho caso.
—Te he entendido, _____. Eres una chica muy fuerte. Ahora muévete.
Apenas hablaron un minuto durante la primera hora de viaje. Como él no le había dado tiempo suficiente para arreglarse, _____ tuvo que terminar de maquillarse en la camioneta y peinarse sin secador, por lo que tuvo que sujetarse el pelo con unas horquillas art noveau que, aunque eran bonitas, no le quedaban demasiado bien. En lugar de apreciar la dificultad de la tarea y cooperar un poco, él la ignoró cuando le pidió que disminuyera la velocidad mientras se pintaba los ojos y además protestó cuando la laca le salpicó la cara.
Nick compró el desayuno de _____ en Orangeburg, Carolina del Sur. Detuvo la camioneta en un lugar decorado con un caldero de cobre rodeado por barras de pan brillantes. Después de desayunar, _____ se metió en el baño y se fumó los tres cigarrillos que le quedaban. Cuando salió se dio cuenta de dos cosas. Una atractiva camarera coqueteaba con Nick, y él no hacía nada para desalentarla.
_____ lo observó ladear la cabeza y sonreír por algo que había dicho la chica. Experimentó una punzada de celos al ver que parecía gustarle la compañía de la camarera más que la suya. Se disponía a ignorar lo que estaba ocurriendo cuando recordó la promesa que había hecho de honrar sus votos matrimoniales. Con resignación, enderezó los hombros y se acercó a la mesa donde dirigió a la empleada su sonrisa más radiante.
—Muchas gracias por hacerle compañía a mi marido mientras estaba en el baño.
La camarera, en cuya placa identificativa se leía Kimberly, pareció algo sorprendida por la actitud amistosa de _____.
—Ha sido muy amable por tu parte —_____ bajó la voz a un fuerte susurro. —Nadie se ha portado bien con él desde que salió de prisión.
Nick se atragantó con el café.
_____ se inclinó para darle una palmadita en la espalda mientras le dirigía una sonrisa radiante a la estupefacta Kimberly.
—No me importan todas las pruebas que presentó el fiscal. Nunca he creído que asesinara a aquella camarera.
Ante aquella declaración Nick volvió a atragantarse. Kimberly retrocedió con rapidez.
—Lo siento. Ya ha terminado mi turno.
—Pues hala, vete —dijo _____ alegremente. —¡Y que Dios te bendiga!
Nick controló finalmente la tos. Se levantó de la mesa con una expresión todavía más enojada de lo que era habitual en él. Antes de que tuviese oportunidad de abrir la boca, _____ extendió la mano y le puso un dedo en los labios.
—Por favor, no me estropees este momento, Nick. Es la primera vez desde nuestra boda que te gano por la mano y quiero disfrutar de cada precioso segundo.
Él la miró como si fuese a estrangularla, pero se limitó a arrojar varios billetes sobre la mesa y a empujarla fuera del restaurante.
—¿Vas a ponerte gruñón? —Las sandalias de _____ resbalaban en la grava mientras él la arrastraba hacia la camioneta y la fea caravana verde. —Ya lo decía yo. Eres el hombre más gruñón que he conocido nunca. Y no te sienta bien, nada bien, Nick. Tanto si lo aceptas como si no, estás casado y por lo tanto no deberías...
—Entra antes de que te zurre en público.
Allí estaba otra vez, otra de sus enloquecedoras amenazas. ¿Quería decir eso que no la zurraría si lo obedecía o simplemente que no pensaba zurrarla en público? Todavía cavilaba sobre esa cuestión tan desagradable cuando él puso en marcha la camioneta. Momentos después estaban de nuevo en la carretera.
Para alivio de _____, el tema de zurrarla no volvió a salir a colación, aunque lo cierto era que casi lo lamentaba. Si él la hubiera amenazado físicamente, podía haberse liberado de sus votos sagrados sin dejar de estar en paz con su conciencia.
La mañana era soleada. El aire cálido que entraba por la ventanilla entreabierta aún no era asfixiante. _____ no encontraba ninguna razón para que él se pasara enfurruñado una mañana tan perfecta y bonita, así que finalmente rompió el silencio.
—¿Adónde vamos?
—Tenemos una cita cerca de Greenwood.
—Supongo que es demasiado esperar que «con una cita» te refieras a ir a cenar y bailar.
—Me temo que sí.
—¿Cuánto tiempo estaremos allí?
—Sólo una noche.
—Espero que mañana no tengamos que madrugar tanto.
—Más aún. Tenemos un largo viaje por delante.
—No me digas.
—La vida en los circos es así.
—¿Y dices que tendremos que hacer esto todas las mañanas?
—En algunos lugares nos quedaremos un par de días, pero no más.
—¿Hasta cuándo?
—El circo tiene programadas funciones hasta octubre.
—¡Pero si faltan seis meses! —_____ podía ver cómo el futuro se extendía como un borrón oscuro ante ella. Seis meses. Justo lo que duraría su matrimonio.
—¿Por qué te preocupas? —preguntó él. —¿De verdad crees que vas a aguantar hasta el final?
—¿Y por qué no?
—Van a ser seis meses —dijo él sin ambages. —Recorreremos montones de kilómetros. Tenemos funciones tan al norte como Jersey y tan al oeste como Indiana.
«En una camioneta sin aire acondicionado.»
—Ésta será la última temporada del circo de los Hermanos Quest —dijo él. —Así que lo haremos lo mejor posible.
—¿A qué te refieres con que será la última temporada?
—El dueño murió en enero.
—¿Owen Quest? ¿El nombre que está escrito en los camiones?
—Sí. Su esposa, Bathsheba, ha heredado el circo y lo ha puesto a la venta.
«¿Había sido su imaginación o Nick había apretado casi imperceptiblemente los labios?»
—¿Llevas mucho tiempo en el circo? —preguntó ella, decidida a saber más de él.
—Voy y vengo.
—¿Tus padres pertenecían al circo?
—¿Cuáles? ¿Mis padres cosacos o los que me abandonaron en Siberia? —Él ladeó la cabeza y ella vio que le brillaban los ojos.
—¡No te criaron los cosacos!
—¿Pero no lo oíste anoche?
—Eso es como uno de esos cuentos de P. T. Barnum para el circo —dijo refiriéndose al popular artista circense que se inventaba fantásticas historias para hacer más emocionantes los espectáculos. —Sé que alguien tuvo que enseñarte a cabalgar y usar el látigo, pero no creo que fueran los cosacos. —Hizo una pausa. —¿O sí?
Él se rio entre dientes.
—¿Algo más, cara de ángel?
No iba a dejar que se le escapara otra vez.
—¿Cuánto llevas en el circo?
—He viajado con el circo de los Hermanos Quest desde la adolescencia hasta que cumplí los veinte. Desde entonces voy y vengo.
—¿Qué haces el resto del tiempo?
—Ya sabes la respuesta a eso. Estoy en prisión por asesinar a una camarera.
Ella entrecerró los ojos, haciéndole saber que lo tenía bien calado.
—¿No trabajas de gerente en el circo todo el tiempo?
—No.
Puede que si dejaba de presionarlo un rato, le sacase más información personal.
—¿Quiénes eran los Hermanos Quest?
—Sólo era Owen Quest. Se llama así por seguir la tradición de los Hermanos Ringling. La gente del circo considera que es mejor que todos crean que el circo es de una familia aunque no sea así. Owen fue el propietario del circo durante veinticinco años y, un poco antes de morir, me pidió que terminara la temporada por él.
—Menudo sacrificio para ti. —Ella lo miró expectante y, en vista de que él no respondía, lo aguijoneó un poco más. —Dejar de lado tu vida normal..., tu trabajo de verdad...
—Mmm. —Ignorando el interrogatorio de _____, Nick hizo que se fijara en una señal de la carretera. —Avísame si ves más indicaciones como esa, ¿vale?
Ella vio tres flechas rojas de cartón. Cada una de ellas tenía impresas unas letras azules y señalaban hacia la izquierda.
—¿Para qué son?
—Nos guían hasta el recinto donde daremos la próxima función. —Desaceleró al acercarse a un cruce y giró a la izquierda. —Dobs Murria, uno de nuestros hombres, sale una noche antes que nosotros y las va colocando. Es para indicar la ruta.
Ella bostezó.
—Tengo muchísimo sueño. En cuanto lleguemos, voy a echar una buena siesta.
—Vas a tener que conformarte con dormir de noche. El circo no mantiene a inútiles; todos trabajamos, incluso los niños. Vas a tener que hacer cosas.
—¿Esperas que trabaje?
—¿Acaso temes romperte una uña?
—No soy la niña mimada que crees.
Él le dirigió una mirada de incredulidad, pero _____ intentaba evitar otra discusión e ignoró el cebo que él le estaba tendiendo.
—Sólo quería decir que no sé nada del mundo del circo.
—Aprenderás. Bob Thorpe, el tipo que normalmente se encarga de la taquilla, tiene que ausentarse durante un par de días. Ocuparás su lugar hasta que vuelva, suponiendo, claro está, que sepas contar lo suficiente como para devolver bien el cambio.
—Con las monedas de curso legal, sí —respondió ella con un deje de desafío.
—Después tendrás que encargarte de algunas tareas domésticas. Puedes comenzar por poner algo de orden en la caravana. Y agradecería una comida caliente esta noche.
—Y yo. Tendremos que buscar un buen restaurante.
—Eso no es lo que tenía en mente. Si no sabes cocinar, puedo enseñarte lo básico.
Ella reprimió su enfado y adoptó un tono razonable.
—No creo que intentar que me encargue yo sola de todas las tareas domésticas sea la mejor manera de empezar con buen pie este matrimonio. Deberíamos repartirnos el trabajo equitativamente.
—De acuerdo. Pero si quieres un reparto equitativo, tendrás que hacer también otras cosas. Actuarás en la presentación.
—¿En la presentación?
—En el espectáculo. En el desfile con el que se inicia la función, y es obligatorio.
—¿Quieres que actúe en la función?
—Todos, menos los obreros y los candy butchers salen en el desfile.
—¿Qué son los candy butchers?
—El circo tiene su propio lenguaje, ya lo irás pillando. Los que atienden los puestos del circo recibieron el nombre de butchers porque, en el siglo XIX, un hombre que era carnicero abandonó su trabajo para trabajar en uno de los puestos ambulantes del circo de John Robinson Show. En los puestos de algodón de azúcar se venden perritos calientes además de golosinas, por eso se llaman candy butchers. La carpa principal es lo que se conoce como circo en sí, nunca la llames «carpa» a secas. Sólo se llama así a la de la cocina y a la de la casa de fieras. El recinto se divide en dos: la parte trasera, donde dormimos y aparcamos los remolques, y la parte delantera, o zona pública. Las representaciones tienen también un lenguaje distinto. Ya te irás acostumbrando —hizo una pausa significativa, —si te quedas lo suficiente.
Ella decidió no picar el cebo.
—¿Qué es un donnicker? Recuerdo que ayer usaste esa palabra.
—Es la marca de los retretes de las caravanas, cara de ángel.
—Ah. —Continuaron viajando varios kilómetros en silencio mientras ella cavilaba sobre lo que él le había dicho. Pero era lo que no había dicho lo que más le preocupaba. —¿No crees que deberías hablarme un poco más de ti? Contarme algo sobre tu vida que sea verdad, claro.
—No veo por qué.
—Porque estamos casados. A cambio te contaré cualquier cosa que quieras saber de mí.
—No hay nada que me interese saber de ti.
Eso hirió los sentimientos de _____, pero de nuevo no quiso darle más importancia de la que tenía.
—Nos guste o no, ayer hicimos unos votos sagrados. Creo que lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos qué esperamos de este matrimonio.
Él meneó la cabeza lentamente. Ella nunca había visto a un hombre que pareciera más consternado.
—Esto no es un matrimonio, _____.
—¿Perdón?
—No es un matrimonio de verdad, así que quítate esa idea de la cabeza.
—¿De qué estás hablando? Por supuesto que es un matrimonio de verdad.
—No, no lo es. Es un acuerdo legal.
—¿Un acuerdo legal?
—Exacto.
—Ya entiendo.
—Bien.
La obstinación de Nick la enfureció.
—Bueno, pues ya que soy la única involucrada en este acuerdo legal por el momento, intentaré que funcione, tanto si quieres como si no.
—No quiero.
—Nick, hicimos unos votos. Unos votos sagrados.
—Eso no tiene ningún sentido, y tú lo sabes. Te dije desde el principio cómo iban a ser las cosas. No te respeto, ni siquiera me gustas, y te aseguro que no tengo ni la más mínima intención de jugar a las casitas.
—Estupendo. ¡Tú tampoco me gustas!
—Veo que nos entendemos.
—¿Cómo podría gustarme alguien que se ha dejado comprar? Pero eso no quiere decir que vaya a ignorar mis obligaciones.
—Me alegra oírlo. —Él la recorrió lentamente con la mirada. —Me aseguraré de que tus obligaciones sean agradables.
Ella sintió que se sonrojaba y que esa inmadura reacción la enfadaba lo suficiente como para desafiarlo.
—Estás refiriéndote al sexo, ¿por qué no hablas claro?
—Por supuesto que me refiero al sexo.
—¿Con o sin tu látigo? —Ella se arrepintió en cuanto las impulsivas palabras salieron de su boca.
—Tú eliges.
_____fue incapaz de seguir soportando sus bromas. Se dio la vuelta y se puso a mirar por la ventanilla.
—¿_____?
Tal vez fuera porque deseaba creerlo, pero su voz le pareció más suave esta vez. Ella suspiró.
—No quiero hablar de eso.
—¿De sexo?
Ella asintió con la cabeza.
—Tenemos que ser realistas —dijo él, —los dos somos personas saludables, y a pesar de tus diversos desórdenes de personalidad, no eres precisamente un adefesio.
Ella se volvió hacia él para dirigirle su mirada más desdeñosa, pero lo que vio fue cómo una comisura de esa boca masculina se curvaba en lo que en otro hombre hubiera sido una sonrisa.
—Tú tampoco eres precisamente un adefesio —admitió ella a regañadientes, —pero tienes muchos más desórdenes de personalidad que yo.
—No, creo que no.
—Te aseguro que sí.
—¿Como cuáles?
—Pues bien, para empezar... ¿Estás seguro de que quieres oírlos?
—No me lo perdería por nada del mundo.
—Bueno, pues eres cabezota, terco y dominante.
—Pensaba que ibas a decir algo malo.
—No eran cumplidos. Y siempre he creído que un hombre con sentido del humor es más atractivo que uno sexy y machista.
—Bueno, pues avísame cuando llegues a la parte mala, ¿vale?
Ella lo fulminó con la mirada y optó por no mencionar los látigos que tenía debajo de la cama.
—Es imposible hablar contigo.
Él ajustó la visera solar.
—Lo que estaba tratando de decirte antes de que me interrumpieras con la lista de mis cualidades es que ninguno de nosotros va a poder mantenerse célibe durante los próximos seis meses.
_____ bajó la mirada. Si él supiera que ella llevaba así toda la vida...
—Vamos a vivir en un lugar pequeño —continuó él, —estamos legalmente casados y es natural que tarde o temprano echemos un polvo.
«¿Echemos un polvo?» Su rudeza le recordó que eso no significaría nada para él y que, contra toda lógica, ella quería algo de romanticismo.
—En otras palabras, esperas que haga las tareas domésticas, trabaje en el circo y «eche polvos» contigo —dijo bastante mosqueada.
Él lo pensó detenidamente.
—Supongo que es más o menos eso.
Ella giró la cabeza y miró con aire sombrío por la ventanilla. Hacer que ese matrimonio tuviera éxito iba a ser todavía más difícil de lo que pensaba.
#Verónica
Re: Besar a un Ángel (Nick y tu) ADAPTACION!!! [TERMINADA]
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