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INVICTUS

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Mensaje por cris_cjb el Dom 08 Sep 2019, 11:03 am

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“Él es oscuro como la noche. Ella es el resplandor que toda oscuridad necesita. El Teniente Comandante Alex Davis es un hombre de pocas palabras. Conoce bien la oscuridad. Nadie se atreve a contradecirle, muchos temen despertar su ira. Pero solo una persona, con el resplandor y la inocencia suficiente le hará entender que, entre tanta oscuridad, siempre queda un rayo de luz. La Doctora Alice Parker es una mujer decida a desatar el caos en la vida del Comandante y lo hará a su manera. La guerra ha comenzado y el final aún se ha escrito… ¿Reinará la noche sobre el día… o quizás será el día quien domine a la noche?


Titulo: “Invictus”
Autora: cris_cjb.
Adaptación: No.
Género: Romance, Erótico, Acción, Intriga.
Advertencias: Sí. Algunas escenas pueden ser fuertes.
Otras páginas: Sí.




¡Bienvenido/as!:
 ¡Hola a toda la comunidad! Os invito a que leáis "INVICTUS". Una historia de amor y pasión dónde podréis descubrir que el verdadero amor es capaz de iluminar cualquier corazón oscuro. ¡Espero vuestros comentarios! Me encanta saber vuestras opiniones.  INVICTUS 1796689324 


Última edición por cris_cjb el Mar 10 Sep 2019, 10:34 am, editado 6 veces
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Mensaje por Andy Belmar. el Dom 08 Sep 2019, 11:29 am

Hola! Primera lectora,me llamó la atención la trama :)
Andy Belmar.
Andy Belmar.


https://www.wattpad.com/user/AndyBelmar1995

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Mensaje por cris_cjb el Dom 08 Sep 2019, 12:22 pm



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El tiempo: la mejor medicina.

La muerte. Ese trágico momento en la que la vida se detiene y todo se desvanece hasta tornarse en oscuridad. Muchos la desean, otros en cambio, la evitan. Pero la muerte siempre estará ahí, persiguiendo y acechando a su próxima víctima hasta acabar con ella. No todos tiene la suerte de ser víctima de la muerte. El destino puede ser injusto, e impredecible. La vida es así, tan sutil y liviano, como un hilo que, en cualquier momento se puede romper.
Treinta segundos y todo estallaría en mil pedazos. El olor a pólvora y a muerte habitaba por todos lados. Los escombros y cuerpos proyectaban una imagen desoladora. Los estallidos resurgían con más fuerza, uniéndose al sonido intrépido de las ametralladoras. Gritos, sangre y gente corriendo intentando refugiarse en cualquier lugar lo bastante seguro para poder salvaguardarse del peligro. Sin embargo, la muerte acechaba en cada esquina, como una sombra incapaz de despegarse de los talones. Los llantos se confundían con el estruendo de la guerra, los gritos de la gente acompañaban el retumbo de las bombas detonadas. El ambiente ensombrecido por el polvo de los escombros no ayudó demasiado a inspeccionar el entorno en busca de un lugar más seguro. Tendría que escapar de allí lo antes posible, le quedaba poco tiempo. No lo pensó dos veces. Con una agilidad asombrosa tomó a la niña en brazos con la ligereza de una pluma, arrimándosela lo más que pudo a su pecho. A penas tendría el tiempo suficiente para salir de allí ilesos, pero lo intentaría por aquella pequeña víctima más de otra guerra sin sentido.
- Aquí el teniente comandante del Equipo Alfa. Voy a salir. Ahora.

Y sin pensarlo, corrió, con todas sus fuerzas sin mirar atrás. Protegió con sus brazos el cuerpo menudo de la niña aún inconsciente. Pensó que sería su fin, en aquella cueva infernal llena de escombros. No moriría. No era su momento. La muerte aún podía esperar…




-------------------


Eran más del mediodía cuando la Doctora Alice salió del quirófano. Había estado en una operación de ocho horas y estaba agotada. Sintió sus músculos entumecidos y los dedos de sus manos engarrotados. Llevada más de tres días haciendo guardias intensivas y aquella operación de urgencias no ayudaba en absoluto a reducir sus profundas y oscuras ojeras. Alice se miró en el espejo del baño y se echó agua en la cara, al menos, el frío conseguiría despertarla por unos segundos. Todo su cuerpo le reclamaba una cama urgentemente. Salió del baño, en dirección a su pequeño despacho, necesitaba un descanso, aunque solo fuera cinco minutos.

Alice escuchó la puerta de su despacho abrirse.
- ¡Enhorabuena, Doctora Parker! La operación ha sido todo un éxito. Tienes unas manos prodigiosas- el Doctor Anderson la abrazó enérgicamente.
La joven apenas pudo esbozar una sonrisa. Estaba agotada.
- Es mi trabajo, salvar vidas. Ya sabes…
- No me extraña que te hayas convertido en unas de las mejores cirujanas de pediatría…- el doctor Anderson la miró con inquietud y aquello la incomodó.- ¿Quieres tomar algo, un café? - sugirió Alice, mientras colocaba una cápsula en la máquina.
- No, no. Tranquila, solo he venido a felicitarte por tu gran trabajo. Y hablarte de un asunto… un tanto peculiar.
Alice suspiró. El Doctor Anderson acababa de arrojar una bomba. Miró unos segundos a aquél hombre de sesenta años vestido de blanco. Sonrió, después de todo, Pierce lo quería como a un padre. Con un gesto, le invitó a sentarse.
- Y bien… ¿De qué se trata? - preguntó mientras daba un sorbo a su café reciente hecho. - Has despertado mi curiosidad. Soy toda oídos.
- Alice, sabes que te quiero como si fueras mi hija. – confesó. - Tú padre fue un gran cirujano, unos de los mejores, claro está, y tú has heredado don, de eso no me cabe la menor duda. Lo que te voy a decir, es algo de gran importancia, algo que sin duda cambiará tú vida.
- Me estás preocupando Pierce… Suéltalo de una vez.
- Tenemos un caso de urgencia… Uno que requiere de tu ayuda y conocimientos… Me temo que no podrás negarte. Sé que has trabajado duramente durante los últimos ocho años. No solo como interina, sino como voluntaria en países donde la muerte reside todos los días. Has logrado todos tus objetivos y tu padre estaría muy orgulloso de ti. Yo lo estoy, Alice.
Se hizo un largo silencio. Alice miró a Pierce con preocupación. Frunció el ceño y se mordió los labios con nerviosismo.
- Hemos recibido un comunicado de las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas. Las noticias no son buenas y piden más voluntarios. Una segunda guerra amenaza con estallar en todo el país. Hay demasiado heridos inocentes y nuestro Hospital ha intervenido enviando más voluntarios…
- No entiendo que tiene que ver todo esto conmigo, soy cirujana pediátrica. Mi especialidad son los niños.
- Lo sé, Alice… Y unas de las mejores, y por ello te requieren cuanto antes allí. Han conseguido dar con el paradero de la hija del Primer Ministro de Uruk. Quiero que lo juzgues por ti misma.
Pierce le mostró una foto de una niña entubada.
- Si la niña muere, las Naciones Unidas no podrá detener la guerra en Irak. El objetivo es la niña. Su padre está devastado… Sabemos que tiene un ejército que amenaza con una ofensiva aún mayor. La venganza para un padre que puede perder a su única hija puede ser el detonante de una guerra que todos queremos evitar. Las Naciones Unidas están negociando, pero me temo que lo peor está por venir. No sabemos quiénes los benefician, pero tienen demasiado poder y en cualquier momento, la guerra podría estallar.
- Pero la niña sigue viva… ¿Cuál es su diagnóstico?
- Por lo que sabemos tiene una contusión cerebral debido a un golpe en la cabeza. La encontraron enterrada entre escombros debido a una explosión. Uno de los tenientes consiguió rescatarla. Su condición no es muy favorable… Sé que pido demasiado, pero tu nombre aparece en la lista. Tienes que volar a Uruk, allí está el levantamiento militar. Puedes llevarte todo lo que necesites, lo dispondré de inmediato.
Alice miró a Pierce con preocupación.
- Y si… no consigo que la niña…
- ¡Ni lo menciones! Porque sé qué harás todo lo que esté en tus manos- Pierce se arrodilló ante ella- Tú padre fue unos de los mejores cirujanos militares y murió honorablemente mientras hacía lo que más amaba. Tienes el coraje y la inteligencia suficiente para hacerlo Alice. El mundo depende de ti… Esa niña tiene que sobrevivir, porque si no…
Alice se levantó con brusquedad del sillón. Le temblaban las piernas y sus manos le sudaban demasiado. Se acomodó un mechón de su cabello castaño tras la oreja y miró a Pierce.
- No tengo opción… ¿verdad?
Pierce se negó.
- Las órdenes vienen de arriba y tú nombre está en la lista. Puedes negarte, pero tendrás duras represalias, no podré ayudarte, ni siquiera sé si podrás volver a trabajar aquí… o ejercer tu profesión…
La joven doctora cerró los ojos. Resopló pesadamente, no tenía opción a negarse. Tomó la fotografía de la niña de la mesa y la observó con esmero.
- Haré lo que esté en mis manos, Pierce… - dijo al fin.
- Sé que lo harás lo mejor que puedas. Tengo fe en ti.
- ¿De cuánto tiempo dispongo? - preguntó Alice.
- Vendrán personalmente a escoltarte. Tiene tres horas para disponer de lo necesario.
- ¿Tres horas? ¡Pierce! ¡Tengo que ir a mi casa, hacer la dichosa malera, preparar todo lo necesario, elegir al equipo médico y estudiar con detenimiento el diagnóstico! – los ojos azules de Alice brillaron con demasiada intensidad.
- El equipo médico está formado… Dime lo que necesitas y lo dispondré de inmediato. No hay tiempo que perder, tienes más de ocho horas de vuelo, podrás estudiar en detalle al paciente. Tendrás a tu disposición el Dr. Louis Carter, Dr. James Harris, Dr. Nick Gates y… al Dr. Michael Thomas.
Alice soltó una sonrisa nerviosa.
- ¿Tenía que ser él? ¿Verdad?
- Lo sé, pero él también está en la lista. Supongo ya lo habrás superado.
- Hace más de tres años que lo dejamos, no siento más que lástima por él.
- Eso espero, querida… El Dr. Harris será quien encabece el equipo. Sé bien que lo estimas mucho.

Alice asintió. La idea de trabajar con su ex no le resultí de su agrado. Hacía más de tres años que no veía a Mike… Bueno, más bien lo intentaba evitar. Mike había sido el hombre que más había querido en su vida después de su padre, claro. Habían sido novios desde la facultad, compañeros de largas urgencias y operatorios… Alice siempre tuvo la esperanza de casarse con Michael. ¡Que imbécil había sido al albergar en su cabeza el sueño de toda formar una familia, tener una pequeña casa con jardín y unos cuantos niños correteando de un lado a otro! Michael era el hombre de su vida, o eso pensaba cuando todos sus sueños se esfumaron de un plumazo al descubrir su gran debilidad: las mujeres. Sí, la Dr. Alice, adicta al trabajo, la que anteponía su profesión por encima de todo, había sido engañada… La infidelidad era algo imperdonable… y más para una joven romántica empedernida. Fue un golpe duro, pero no le dolió. Los últimos meses con Michael habían sido…distantes y fríos. Tanto que logró darse cuenta del mayor chasco de su vida. Pero logró superarlo, era una mujer fuerte, la vida le había ensañado a serlo y no tenía nada que perder, había ganado evitar estar con un hombre que no la amaba. Por lo menos ya no tenía que preocuparse del vestido de novia y la gran hipoteca de la casa de sus sueños.

Sin perder más tiempo. Se despidió de Pierce, cogió su bolso y las llaves de su Cooper negro. Necesitaba tiempo y precisamente tiempo era lo que menos tenía. Puso manos libres y marcó rápidamente a Vicky, su mejor amiga.

- ¡Por fin das señales de vida! - la voz de Vicky resonó con tanta fuerza que tuvo que disminuir el volumen. - Espero poder verte antes del día del parto… Porque a este paso, mi hijo nacerá antes de que su tía lo vea.
- Pero si aún falta tres meses…
- ¿Y si se adelanta?
- No se adelantará, estás en buenas condiciones, comes bien…demasiado bien… Tienes el azúcar bien, la tensión normal, el peso algo por encima, pero dentro de los valores medios.
- Que ataque más gratuito… ¿Me estás llamando gorda? - la voz de Vicky sonó ofendida.
- Las hormonas te están afectando, Anna ya me lo advirtió.
- Vaya, ahora mi mujer y mi mejor amiga, hablando de mi a mis espaldas. Si vienes a verme pásate por el mercado y cómprame par de cajas de Donuts y… ¡Helado de Vainilla! De esos que llevan pepitas de chocolate negro… De solo pensarlo, el niño da volteretas de alegría... Puedo sentirlo.
Alice soltó una carcajada.

- Eres increíble. ¡No pienso comprarte nada de eso! Las volteretas son provocadas por la sobredosis de azúcar que tomas al día… Tu hijo a este paso saldrá acróbata. En la próxima revisión le diré al ginecólogo que te haga otra analítica para ver tú azúcar.
- Más agujas no… Anna me amenaza con lo mismo. Bueno, ¿vas a venir a verme?
- Me temo que no… Tengo que ir a casa a hacer las maletas. - la voz de Alice sonó preocupada.
- ¿Te vas? Es tú madre, ¿verdad? ¿Ha vuelto a dejar a Peter? ¿O era Thomas? ¿O Jackson?
- Se llama Frank y es profesor de tenis. Y no, no es mi madre… Es algo peor que eso, ven a mi casa, necesito que me ayudes con un par de cosas.
- En quince minutos estoy allí, ahora me cuentas…- Y colgó.

Una hora más tarde, Vicky yacía desolada y con lágrimas deslizándose por sus mejillas. Alice la abrazó en silencio mientras se despedía por enésima vez de su amiga. Le tocó con cariño, la abultada barriguita y sintió una pequeña patadita. Sonrió, su querido sobrinito también le echaría de menos. Revisó sus cosas nuevamente, asegurándose de que todo estaba en orden.

- Doctora Parker, debemos de irnos enseguida. - anunció un oficial que la escoltaría hacia el avión que partiría en apenas una hora de allí.
- Rezaré por ti todos los días… -dijo Vicky mientras la abrazaba con demasiada fuerza.
- Cuida de mi sobrinito y despídete de mí parte de Anna. Os echaré mucho de menos…
- ¡Escríbeme todos los días! O cuando puedas… - dijo absorbiéndose los mocos, mientras hipaba debido al llanto. - Y si ese hijo de puta de Michael se mete contigo, cogeré el primer avión a Iruk….
- Uruk… Está a 50 millas al sur de Bagdad- dijo Alice sonriendo ante la equivocación de su amiga.
- Pues eso, da igual donde se esconda esa rata. Porque yo misma lo encontraré y le daré su merecido si se atreve a poner una mano encima.
Alice la tomó de la mano y la besó. Miró por última vez a su amiga e intentó sonreír. La verdad era que estaba asustada y no quería admitirlo. No era la primera vez que viaja a países desolados por la guerra con situaciones que más de uno hubieran salido corriendo nada más poner un pie en la tierra. Pero la situación en la que viajaba era distinta. De sus manos pendía la vida de una niña, una inocente criatura cuya muerte podría originar el mayor de las catástrofes para muchos países. Pero era su deber como Doctora, acceder a salvar una vida. Lo había jurado, tras graduarse con las mejores notas en la Facultad de Medicina. La Doctora Alice Parker tenía principios y su honor no quedaría manchado. Por lo menos lo haría por su difunto padre. Meditó unos segundos si llamar para despedirse de su madre… Hacía semanas que no hablaba con ella. De hecho, no recordaba la última vez que habló con ella. Sus padres se divorciaron cuando apenas tenía seis años de edad. Desde entonces la vida de la pequeña Alice deambulaba de un lado a otro. Cuando su padre estaba fuera de servicio, Alice disfrutaba de los pequeños momentos junto a él. Su padre fue, tal vez, su mayor debilidad y no era porque no amaba a su madre. En realidad, su madre era un tanto peculiar. Una mujer obsesionada con su profesión de actriz sin éxito alguno. Idea que había trascendido hasta el punto de creerse una actriz de fama por haber hecho papeles secundarios en películas que casi nadie conocía. Su madre era mujer de espíritu libre. Deambulaba por todos lados sin rumbo fijo, por lo que parte de su infancia las pasó en casa de sus abuelos paternos. Su padre siempre le colmaba de cariño, cariño que su madre Emily en muy pocas ocasiones le había demostrado. A sus casi cincuenta y ocho años, Emily aún creía ser una adolescente. En realidad, siempre pensaba que vivía en el mismo año y ese era el mayor error de su madre. La muerte de su padre fue el mayor golpe de su vida. Recordaba a la perfección aquél día…

Apenas había conseguido un puesto de trabajo como ayudante de cirugía en un Hospital Privado de Los Ángeles, cuando recibió la peor de las noticias: el renombrado cirujano Militar Mathew Parker había muerto en una explosión intentando salvar la vida un herido en Irak. Mismo lugar donde Alice regresaría para llevar a cabo su misión. Aunque el funeral fue breve, todo el mundo pareció sentir lástima por el renombrado militar. Su cuerpo nunca apareció, pues según los testigos quedó reducido a meras cenizas. Alice tuvo que enterrar a su padre en un ataúd vacío, con sus medallas de honores y su uniforme militar cómo único recuerdo de él.

Se le hizo un nudo en la garganta al recordar aquel día. Miró su móvil y se mordió el labio. Finalmente decidió a escribirle un mensaje a su madre, explicándole en detalle lo sucedido y excusándose que no la había llamado porque estaba en el avión y debía de estudiar en detalle la operación que se llevaría a cabo. A penas había terminado de escribir cuando el coche se adentró en el aeropuerto militar. Alice consiguió vislumbrar el avión donde la conducirían a su nuevo destino. Se bajó del coche y saludó a los nuevos integrantes de su nuevo equipo médico hasta llegar el turno de Michael. Éste la observó con asombro…
- Me alegro de verte Ali…
- Doctora Parker, por favor – le corrigió bruscamente- Yo no podría decir lo mismo.
Ante la tensión de sus palabras, Michael agachó la cabeza. Alice lo miró y sonrió por dentro, no había cambiado en absoluto, bueno…Sí, puesto que ahora llevaba un anillo de oro en su dedo anular que no le pasó inadvertido. Antes de subir el último peldaño se volvió hacia Michael.
- Por cierto… Enhorabuena por tu matrimonio. Espero que seáis felices.
Michael no respondió, agachó la cabeza avergonzada. Alice se dio media vuelta y se entró al avión sin decir nada más. “El tiempo pone a cada uno en su lugar”, susurró Alice. Las heridas que una vez surgió en su corazón habían dejado de dolerle, el tiempo lo había curado todo y una vez más, se hizo más fuerte.




Última edición por cris_cjb el Mar 10 Sep 2019, 10:36 am, editado 2 veces
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Mensaje por cris_cjb el Dom 08 Sep 2019, 12:31 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:
Hola! Primera lectora,me llamó la atención la trama :)


¡Bienvenida! 
Gracias por darle una oportunidad y espero de corazón que te guste. ¡Te dedico este primer capítulo por ser mi primera lectora! 
¡Te mando un saludo! INVICTUS 2686721104
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Mensaje por cris_cjb el Jue 12 Sep 2019, 9:47 am

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Uruk. 6:30 a.m.

La reunión se prolongó más de lo debido. El teniente coronel Wilson Miller revisaba de nuevo el mapa de operaciones. Confiaba en sus soldados, sobretodo en el teniente comandante Alex Davis quien lideraba a su equipo formado por cuatro integrantes igual de cualificados. Todos sabían que el éxito del Equipo Alfa se debía al buen juicio y liderazgo del teniente Alex. A pesar de ser aún joven, poseía un espíritu fuerte. El comandante Alex Davis era muy obstinado, sus soldados no se atrevían a contradecirle. Experto en armas y en combate, se había ganado el respeto de muchos y la admiración de otros. Sin embargo, su determinación era en lo que más destacaba. La vida del comandante estaba marcada por un pasado con demasiadas cicatrices. Alex Davis había tenido que lidiar con aquella carga pesada, y había crecido con ello. La muerte parecía no aterrarle. Tal vez fue su instinto de supervivencia lo que motivó a los soldados a referirse a él como el Cuervo. Quizás la oscuridad que lo envolvía era motivo más que suficiente para llamarlo de esa manera o tal vez por su fuerte aspecto de hombre bien curtido debido a las interminables sesiones de ejercicio. El teniente Alex Davis medía más de noventa ochenta. Su cuerpo bien musculado le daba la fuerza necesaria para imponer a cualquiera. Sus destrezas y habilidades militares eran brillantes lo que le habían llevado a alcanzar el puesto de teniente comandante con apenas treinta y dos años de edad. Siendo un simple soldado raso, ya destacaba por su increíble maestría en el campo de batalla, por su gran audacia a la hora de llevar a cabo algún rescate o simplemente al defender el campamento de los rebeldes.
Todos admiraban a su teniente y nadie se oponían a sus órdenes. Era un hombre capaz de todo. La seriedad de su rostro y la oscuridad de sus ojos grises les advertían a los insurgentes de su postura. Los intimidaban, nada más posar su mirada en ellos y la tensión en el ambiente siempre crecía con su mera presencia. Alex era una persona demasiado seria y demasiado exigente. Muchos de los soldados temían despertar la fiera que habitaba en él. No, nadie se atrevía contradecirle. La furia del teniente podía ser el peor de los castigos y los soldados conocían bien a su comandante. Si la fiera estaba tranquila, la paz reinaría en el campamento.

Reunidos, junto al coronel en tienda militar de operaciones, ultimaban los detalles de su misión. En su campamento, residía la hija del Primer Ministro y los rebeldes enemigos no tardarían en dar con su paradero. La protección de la niña era su objetivo esencial y los médicos serían los encargados de operarla. Acudirían los cinco mejores cirujanos de Estados Unidos.
- Las posiciones serán las siguientes. El equipo Alfa será el encargado de proteger a la niña y al equipo médico que la atenderá 24 horas al día sin descanso. Subteniente Ryan Scott y Alférez Jake Hudson. – ambos hombres hicieron el saludo militar.
- Presentes mi Coronel. - dijeron al unísono
- En vuestras cabañas residirán el Doctor Michael Thomas y el Doctor Nick Gates. Seréis sus sombras durante el día. Teniente Primero Brent y David Blake custodiaréis a la niña, la quiero vigilada las veinticuatro horas al día, compartiréis habitación con el Doctor James Harris quien encabezará al equipo médico y el Doctor Louis Carter Thomas. Teniente Comandante Davis.
Alex miró a su coronel, en espera de su orden.

- Usted tendrá compartirá habitación con la Doctora Alice Parker.

El comandante se tensó y miró a su coronel con seriedad. ¿Había dicho Doctora?

- ¿Ocurre algo, teniente? - preguntó el coronel Wilson.
- Sí, coronel. Una mujer en el campamento traerá problemas. Y ya tenemos más que suficientes... Los proxenetas toman y venden a las mujeres. Intentamos lidiar con ese problema todos los días. ¿De todos los médicos del mundo, por qué una mujer?
- Bueno, al parecer esa doctora es una de las mejores cirujanas del país. Seráá la que operará a la niña junto con el Doctor James Harris. Por eso, te la encomiendo.

Alex miró nuevamente al coronel, sus ojos se ensombrecieron.

- Deseo delegar mi cargo a al teniente David Blake. Si es posible, mi coronel.
- Es una orden, teniente. No se le está permitido delegar el cargo. Le guste o no, es su misión es protegerla.
Los músculos de la mandíbula se tensaron. Alex apretó sus manos con tanta fuerza que sus nudillos adquirieron el color blanco de la mesa. La idea de proteger a una mujer no le entusiasmaba en absoluto.

- Mis oficiales están más que cualificados para llevar a cabo esa orden. Incluso lo harán mejor que yo, mi coronel. Solicito que reconsidere mi proposición. - volvió a insistir.
- Teniente Alex Davis, es una orden. Custodiarás y protegerás la vida de esa Doctora. No voy a cuestionar las habilidades de sus hombres, pero sé que usted hará lo posible por protegerla. El teniente Blake y Harrison ya tienen a sus esposas, no es conveniente que habite una mujer en sus tiendas, ¿no cree? En cuanto al subteniente Scott y Hudson, comparten la misma habitación. Por lo tanto, solo queda usted. Su habitación tiene espacio suficiente para albergar a una persona más durante un tiempo....

Alex frunció el ceño.

- Es una mujer – interrumpió el teniente bruscamente - La gente de Uruk es muy tradicional, no recibirán de buen agrado la presencia de una Doctora. La aldea se rige por costumbres muy ortodoxas. No quiero que surjan más problemas.
- Y no lo habrá, porque para eso está usted, teniente...- respondió tajantemente. El tic volvió a aparecer en la mandíbula del soldado. - Si la presencia de una mujer es un problema para usted y sus hombres, yo le daré la solución. Sé que la gente de Uruk es muy reacia a los forasteros y que la presencia de una mujere puede acarrear consecuencias nefastas. Pero la gente de Uruk le respeta y no se atreverán a tocar a la mujer del temible teniente comandante Alex Davis.
El silencio dominó el ambiente. Todos los presentes mantuvieron la respiración. El coronel acaba de activar una bomba. Alex no supo que decir, tal vez porque aquella respuesta le había pillado de improvisto.

- ¡Vamos teniente! ¿No me dirá ahora que el más respetado de mis oficiales, teme más a convivir con una mujer, que a la propia muerte? Vaya... no me esperaba esto.

El coronel soltó una carcajada. Alex lo fulminó con la mirada.

- Coronel si esa es su última voluntad que así sea. Pero, si esa mujer trae más problemas, no dirá que no se lo advertí.
- Bien dicho teniente. Que así sea, diremos pues, que su mujer trabaja en el equipo militar médico. La gente de Uruk no sospechará nada y no se atreverá a ponerle un dedo encima a la Doctora. Confío en que la protegerá como es debido.
Sin decir nada más, el coronel se despidió con un gesto militar no sin antes haberles hecho memorizar el plan punto por punto. Hubo un momento de tensión entre los presentes que aún estaban asimilando las órdenes de su superior. Alex no dijo nada, aún mantenía su mirada fija en la mesa. Tenía el rostro serio y los brazos cruzados sobre el pecho. Su expresión desvelaba inquietud y a la misma vez preocupación, la idea de estar atado a una mujer y ser su guardaespaldas no le había entusiasmado demasiado. El teniente David Blake lo miró desde el otro lado de la meso y suspiró pesadamente.
 
- Solo tendrás que protegerla durante algunas semanas, tal vez un mes. Es una orden Alex, no entiendo tu gran preocupación.
- No quiero más responsabilidades... No voy a cuestionar a la gente de Uruk, ni sus costumbres, pero sé que una mujer traerá problemas al campamento.
El subteniente Ryan Scott, se adelantó y le dio unas palmadas en el hombre. Eran casi de la misma edad, aunque de menor estatura. El equipo Alfa lo conformaban cinco hombres. En primero lugar y como líder del grupo se encontraba el Teniente Comandante Alex Davis. Su mano derecha, el veterano Teniente David Blake, quien llevaba más de veinte años sirviendo en el ejército. Era el más sensato de todos, tal vez era porque estaba casado y tenía tres hijos. En tercer lugar, estaba el Teniente Primero Brent Harrison, experto en desactivar bombas y en armas letales. Hacía poco que se había casado y, aunque aún era también joven, había sentado la cabeza. El matrimonio lo había transformado por completo, o eso le habían dicho muchos. En cuarto y quinto lugar lo ocupaban el subteniente Ryan Scott y el Alférez Jake Hudson. Ambos solteros e increíblemente apuestos. Pueden parecer algo inmaduros, sobretodo Jake, el más pequeño del grupo y último integrante. Éste último era experto en informática y podía hacer maravillas con un ordenador. El mejor hacker militar, lo tenía el Equipo Alfa.

Ryan en cambio, era el fiel compañero de aventuras amorosas del Alex Davis. Dos hombres militares apuestos, conviviendo en el pueblo de Uruk había traído la atención de todas mujeres. El pueblo de Uruk respetaba a los militares, sobre todo al comandante Davis y a su equipo quienes habían conseguido aplacar a los rebeldes y detener a muchos traficantes de mujeres y niños. Hoy en día, lidiar con ese problema aún resultaba una tarea difícil. Retenidos en una pequeña aldea, las costumbres de la gente de Uruk eran inflexibles. La tensión en los últimos meses había crecido y con ello la pobreza y el tráfico ilegal había trascendido visiblemente.
Y allí estaba el Equipo Alfa, defendiendo lo indefendible y salvando la vida de inocentes quienes sufrían las consecuencias de una guerra inevitable. La tensión política entre radicales y rebeldes habían provocado la destrucción de muchas aldeas. Muchos, intentaban sobrevivir de la guerra. Y así, las Naciones Unidas decidió intervenir, levantando un campamento militar que albergarse y ayudase al mayor número de personas indefensas. Protegido por gobiernos internacionales, el campamento militar se mantuvo durante años. Sin embargo, la guerra es así de caprichosa y la paz ahora pendía de un hilo. Ahora los rebeldes y radicales estaban actuando, más fuerte que nunca.

El Teniente Alex fue el primero en salir de la tienda. Necesita pensar en un plan para convencer a su comandante de la idea nefasta de traer una Doctora al campamento.

- Alex, no le des más vueltas. La Doctora tiene la experiencia suficiente para salvar la vida de la niña y por ello tiene que estar aquí – intentó tranquilizarle Ryan.
- ¡Quién sabe querido amigo lo que nos deparará el futuro! La vida de un militar en cuestiones amorosas es demasiado triste. Tal vez la Doctora con sus prodigiosas manos puede alegrarte ese humor de perros...- dijo sonriendo el joven Jake.
Alex le fulminó con la mirada. Lo último que pensaba era tener un desliz amoroso en ese momento.

- Entiendo... mejor me callo...- dijo Jake, mientras observada a su teniente marcharse subirse al Jeep.



**********

Una hora y media más tarde, Alice podía ver el helipuerto. Apenas había tenido tiempo suficiente para descansar. Había pasado toda la noche estudiando la operación de la niña con los cirujanos. Sintió pesadez en sus ojos, necesitaba una cama cómoda en la que dormir durante días enteros. Habían volado durante horas, desde Los Ángeles hasta los Estados Árabes. Desde allí habían tenido que hacer el trasbordo al helicóptero que la llevarían al campamento miliar. Unos de los soldados se acercaron hacia el grupo de médicos.

- Señores, en breves bajaremos... Debo requisar cualquier teléfono móvil u aparato electrónico que contenga localización geográfica. La ubicación del campamento es secreta y solo deberán de comunicarse a través de un teléfono satelital.

Todos apagaron sus móviles y lo depositaron en la caja. Alice suspiró, estaría incomunicada el tiempo que estuviera allí. Pensó en Vicky y en su futuro sobrino. Tal vez regresaría antes de que diera luz. Sonrió con pesadez, su amiga era una mujer fuerte. Su familia de origen asiático nunca aceptó la idea de que Vicky se enamorase y se casase con una mujer como Anna. Lo tradicional siempre había predominado en su familia y Vicky fue repudiada por su condición sexual. Alice siempre estuvo a su lado, apoyándola cuando nadie más lo hizo y la acogió como a una hermana. Hasta que Vicky conoció a Anna, su actual mujer, con quien tendría ahora su primer bebé. Vicky siempre había tenido la ilusión de ser madre y nada se lo habría impedido, una fecundación in-vitro había bastado para cumplir unos de sus sueños: ser mamá. Y lo había conseguido. Porque era una mujer fuerte.

- Tendréis tiempo de descansar antes de la operación. Mientras tanto se le asignarán habitaciones para que puedan convivir con los demás soldados en el campamento. La repartición será la siguiente: Doctor Michael Thomas y Doctor Nick Gates residiréis en la misma cabaña junto al Subteniente Ryan Scott y Alférez Jake Hudson. Doctor James Harris y Doctor Louis Carter, estaréis con el Teniente Primero Brent y el Teniente David Blake. En cuanto a la Doctora Parker...

Alice miró al soldado quien hizo una pausa al escuchar por el pinganillo de su oído. El soldado la miró con preocupación. Alice frunció el ceño ante la expresión de aquél hombre uniformado.

- ¿Y bien? ¿Dónde se supone que debo dormir esta noche?
- Con el Teniente Comandante Davis.
El silencio inundó la sala.

- Perdón, no quería decir que usted vaya...-balbuceó el soldado, avergonzado ante sus palabras. - Bueno, es solo que no hay más habitaciones en el campamento. La orden es que usted tiene que compartir habitación con el Teniente por precaución.

¿Precaución? ¿Por qué diantres tenía que compartir habitación con un hombre cuando podía simplemente dormir en una tienda? Alice sintió la mirada penetrante de sus compañeros, igual de impresionados que ella al conocer la noticia que compartiría habitación con un hombre.
- ¿Puede ser más preciso? Si hay algún problema puedo simplemente pedir una tienda, ya he dormido más veces así. La comodidad en estos momentos es lo que menos me importa.-
- Usted, bueno, no sé cómo decirle que... Que tendrá que tendrá que fingir ser la esposa del Teniente el tiempo que usted esté aquí.
- ¿Perdón?
El rostro de Alice empalideció. ¿Había dicho fingir ser su esposa? Aquello era lo más estúpido que había escuchado. Notó la tensión de Michael. Alice sabía que la noticia no le había sentado nada bien a Michael, quien se moría de ganas de hablar, pero su orgullo se lo impedía. Tal vez los celos de su ex aún no se habían esfumado del todo. Sonrió por dentro. ¿El estúpido aún albergaba sentimientos hacia ella? ¡Vaya! Eso no se lo esperaba en absoluto.

Su yo interior se relamía de gusto. Tal vez no sería mala idea seguirle la corriente a ese soldado con tal de llevarle la contraria a Mike. Lo conocía demasiado bien, había pasado demasiado tiempo juntos. En ese momento, sabía que los celos atormentaban a Michael y eso le gustaba. Por lo menos, tendría el gusto de verle sufrir. No tenía derecho en interceder, y eso era lo que más le angustiaba a Mike. La idea de compartir habitación con un hombre no le disgustaba. Tal vez le resultara hasta divertido. De solo pensar en su reacción, la incitaba a ser la esposa del Teniente y desatar la ira en Mike.
- Los proxenetas raptan a las mujeres y niños de Uruk y usted podría despertar su interés. Por eso hay que mantenerla a salvo y la mejor manera es fingiendo ser la esposa de nuestro Teniente. De esa manera, no se atreverán hacerle daño si saben que usted es su mujer. La gente de Uruk respeta a mi Teniente. Solo deberá fingir ser su esposa. Mi capitán es un nombre honorable, si eso es lo que más le preocupa.

Alice se encogió de hombros.
- No me importa en absoluto. De hecho, me parece una gran idea.

La respuesta de Alice dejó al resto atónitos. Michael la miraba sin dar crédito a sus palabras. De todas las respuestas posibles, jamás pensó que Alice accediera a ser la esposa de un desconocido.
- ¿Estás segura? Quizás podamos hablar con el coronel y explicarle que...
- No hay que hacer tal cosa- interrumpió Alice a James.
El hombre tampoco se mostró muy entusiasmado, quizás era porque era el mayor del grupo y se preocupaba por ella.
- Tengo que fingir ser la esposa del Teniente no serlo. Si es por mi seguridad y la seguridad de todos, podré sobrellevarlo. Hoy en día es normal que hombres y mujeres compartan habitación. Estoy aquí por una cuestión de trabajo, en un lugar donde podría correr peligro. Accederé a ser su esposa el tiempo que esté aquí.

La respuesta de la Doctora dejó atónito al soldado que asintió torpemente. Aquella mujer se estaba metiendo en la boca del lobo. No conocía en absoluto a su capitán. Deseaba advertirle de su mal temperamento, pero no quería disgustarla, tal vez lo mejor sería que ella misma reconociera el grave error de haber accedido a ser la esposa del Cuervo.
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Mensaje por cris_cjb el Mar 17 Sep 2019, 5:39 am

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Tan frío, como el hielo.

           Viajar en coche después de más de ocho horas de viaje fue una verdadera tortura. En pleno desierto, la atmósfera seca no ayudaba demasiado a soportar las altas temperaturas. Hacía un calor infernal. Alice accedió a viajar con Nick en unos de los coches. Habían hecho buenas migas. La personalidad alocada de Nick le recordaba demasiado a su amiga Vicky. Nick hablaba por los codos y la mayor parte del camino se las pasó comentado acaloradamente el aspecto de todos los militares. La joven doctora se limitaba a asentir y sonreír.

- Esto es como estar en un paraíso... - Nick suspiró.
Alice soltó una carcajada y Nick le dio un suave codazo.
- La verdad es que no nos podemos quejar de las vistas.- contestó Alice, con una sonrisa.
- Por cierto, ¿cómo será tu querido marido? – preguntó Nick, mientras arqueaba una ceja.
Alice se encogió de hombros.
- ¡Qué suerte! Tendrás que fingir que eres la esposa de un teniente y compartir su habitación. En cambio, a mí me ha tocado con el estúpido de Michael. Oye, sé que voy a sonar indiscreto, pero nunca he entendido cómo pudiste fijarte en ese tipejo.

Alice guardó silencio, la verdad es que no deseaba tocar ese tema tabú.

- Perdona Ali, siento haberte incomodado. No quería ser entrometido... La verdad es que me alegré mucho al saber que tú también estabas en la lista. Aún me acuerdo la primera vez que coincidimos en Médicos Sin Fronteras.
- Sí, me acuerdo bien de aquellos tiempos. Fue hace seis años- sonrió Alice- ¿Sabes qué? Tienes razón. Michael es un estúpido engreído y yo estaba completamente ciega. Pero me di cuenta a tiempo y eso es lo que importa.
- Tienes razón Ali. No sé qué ha visto su esposa en él. Es guapo, eso no hay discutirlo, pero en cuanto abre la boca, todo lo que tiene de bonito se esfuma. Su hijo nacerá dentro de dos meses, espero que no herede su arrogancia. Es buen doctor, pero es un creído. Un momento... ¿no sabías que iba a ser padre?

Nick se dio cuenta de la expresión de asombro de Alice quien negó con la cabeza. Aquella noticia le había sorprendido y nuevamente se le encogió el corazón.

- ¡Lo siento! He vuelto meter la pata, ¿verdad?
- No te preocupes. Es solo que me extraña que haya decido ser padre. Nunca mostró interés alguno en formar una familia. Bueno, tampoco es que me importe la verdad. Eso fue hace mucho tiempo. – dijo Alice mientras se acomoda el cabello.
- Pero aun así sabes que te importa. No hace falta que disimules conigo. Se ve a la legua que Michael aún siente algo por ti. ¡Si vieras visto cómo te miraba cuando accediste fingir ser la esposa del teniente! No debes culparte de ello Ali, yo te creo, sé que eres una buena mujer.

Michael fue tonto al perderte y ahora está pagando las consecuencias. A veces, la mejor bofetada es la nunca se da.

- Tienes razón- dijo Ali- Hace tiempo que dejó de importarme. Seré necia, pero realmente espero que sea feliz y haga feliz a su mujer y su hijo, cosa que conmigo no logró hacer.

Nick la abrazó en silencio. Se sintió mejor de lo que esperaba tras su gran confesión. Al decir verdad nunca tuvo resentimientos hacia Mike, tampoco buscaba algún tipo de venganza. Solo era que estaba demasiado dolida. Había creído tanto en Michael que nunca pensó en que le haría una cosa así. Al decir verdad, era lo mejor que podía haberle pasado, al menos se había despojado de la venda que cubría sus ojos y ahora podía ver con claridad que Michael Thomas nunca fue, el verdadero amor de su vida.


***



Llegaron al mediodía al campamento. Alice fue la primera en bajar y respiró tan profundamente que sintió como sus pulmones se hinchaban. El calor era insoportable y se alegró de haber elegido un short beige conjuntado con una blusa de tirantes blanca anudada a la cintura. Sus botas de cordones marrones le impedían que le entrase arena dentro del zapato. Alzó las manos y estiró todo su cuerpo engarrotado. No se percató de que varios militares la estaban observando. Aturdida, se ató el pañuelo de colores anudado en su cabeza y se sujetó el desarmado moño.

- Doctora... - Alice se dio media vuelta y se topó de frente con el pecho de uno de los oficiales.

Alice perdió el equilibrio, tambaleándose hacia atrás. Finalmente consiguió sujetarse en a tiempo gracias a la mano del militar. Su aspecto la dejó sin habla.
¡Vaya! Creo que a todos reclutas los han sacado de una revista de modelos.

- Le acompañaré a su cabaña- le indicó el joven mientras le mostraba su amplia y blanca sonrisa. Sin duda, Alice hubiera caído en la tentación de devolverle la sonrisa, pero estaba tan cansada y pegajosa que lo único que deseaba en esos momentos era una ducha y una cama.
- Un momento, tengo que...
El militar se le adelantó y tomó su maleta.
- Vaya, Doctora, nadie creería que ha venido usted a Uruk por trabajo.
Alice se avergonzó.
- ¿Pesa mucho?
- Estoy acostumbrado a coger más peso que este, pero si lo comparo con todas mis pertenencias, lo mío no es ni la cuarta parte que lo suyo.
- Tiene razón y la culpa es de mi querida amiga quien se ha encargado de hacerme la maleta. Por cierto, ¿su nombre es...?

El militar dejó las cosas al suelo.

- Alférez Jake Hudson, para servirla. - a Alice le hizo gracia el saludo militar.
- Doctora Alice Parker - dijo imitándola- Pero puede llamarme Alice.
Jake sonrió y le dio un apretón de manos.
- Vaya... tiene usted unas manos muy suaves para ser cirujana.
La joven sonrió al notar el interés del militar hacia ella. Al decir verdad parecía mucho más joven que ella, tal vez tendría unos cuatros años menos que ella.
- Cuidado, puede parecer suaves, pero estas manos han abierto más cuerpos de lo que crees...- rió Alice al ver el rostro palidecido de Jake- No te preocupes, coser también se me da muy bien.

El joven soltó una carcajada.

- Y bien... ¿Está preparada para ser la esposa de mi comandante?
- La verdad es que no he pensado demasiado en eso- mintió la Doctora- Pero si tengo que fingir ser su esposa, no veo ningún inconveniente.
La respuesta asombró tanto a Jake que tuvo que parar en seco.
- ¿Ocurre algo? - preguntó Alice con el ceño fruncido.
- No. Bueno... no sé, solo que me resulta inusual que una mujer como usted que viene a un lugar remoto como Uruk decida hacerse pasar por la esposa de mi comandante.

Alice se encogió de hombros.

- No me parece una mal idea si es mi vida la que corre peligro. Dejando claro el lugar de ambos no creo que tengamos ningún tipo de problema. Además, me quedaré aquí hasta que la niña esté estable, después me iré y todo se habrá olvidado. ¿Puedo llamarle Jake?
- Usted puede llamarme como quiera...- respondió de nuevo con una sonrisa.
- Bien, Jake, estoy un poco perdida y no se mucho sobre gente de Uruk, pero por lo que me han informado habitáis con una aldea un tanto ortodoxa en cuanto costumbres.

El rostro de Jake se ensombreció.

- La gente de Uruk es buena Doctora. Son humildes ganaderos que se ganan la vida con lo poco que tiene. Y luego está la otra parte. Digamos que son proxenetas, violadores y asesinos que creen que estas tierras son suyas. Deambulan de un lado a otro sin rumbo fijo y, cuando se les antojan, regresan a la aldea, la saquean y arrasan con lo poco que tienen. Nosotros les brindamos protección a cambio de compartir sus enseres. Por eso hay que tener cuidado ya que siempre nos están vigilando. La gente buena es la que sufren las consecuencias. Intentamos hacer lo posible para detener quienes perturban la paz. Aun así, no debe mezclase con la gente del pueblo. Sabemos que tienen espías y usted puede llamarles la atención. Recuerde, son proxenetas.

Alice asintió, por lo menos evitaría acercarse a la tribu a no ser que fuera acompañada de un oficial.

- Por eso debe fingir ser la esposa de mi Comandante. A él lo respetan mucho, ¿sabe? Puede parecer un poco huraño y estricto, pero tiene buen corazón. Dele tiempo y conózcalo, creo que se llevarán bien.

Jake continuó caminado hacia la cabaña. Alice sintió el calor infernal atravesando sus botas, a este paso le saldrían ampollas. Cuando el soldado se despidió de ella, aprovechó su momento a solas para tumbarse en la enorme cama. Olía demasiado a lejía. La cabaña era pequeña, lo suficiente para albergar en su interior una cama, un sofá, una mesa con dos sillas y un cuarto de baño con ducha. No era la mejor de las habitaciones, pero ahora mismo se conformaba con la cama y un buen baño refrescante. Observó el entorno con detalle en busca de alguna pista que le mostrara quién sería su futuro esposo. Sin embargo, no encontró absolutamente nada. La decoración era fría, sin ningún objeto personal que pudiera mostrarle alguna pincelada de su falso esposo. Abrió el armario y solo encontró uniformes militares, sábanas y unas cuantas toallas dobladas. Nada que le hubiese llamado la atención. Alice cerró las puertas del armario avergonzada. Apoyó la cabeza en el armario y se mordió el labio inferior. ¡Pero qué estaba haciendo! Estaba actuando como una verdadera fisgona buscando entre las pertenecías de un desconocido. Pero la curiosidad había despertado su gran interés. No conocía al comandante, pero tendría que lidiar con él durante el tiempo que estuviera a cargo del cuidado de la niña. Tomó una toalla del armario y sacó el champú de su neceser, al menos, una ducha bien fría le ayudaría.

Estaba de mal humor. Los puñetazos de Alex resonaban con gran estruendo sobre el saco de boxeo. Se había despojado de su camiseta, dejando al descubierto el cuervo que tenían tatuado en el hombro. Tenía todos los músculos contraídos y marcados por la dura sesión de entrenamiento. El sudor bajaba por toda su espalda. Su pelo húmedo se adhería a la frente y parte del rostro. Alex no dijo nada, se despojó de sus guantes y los arrojó al suelo. Salió en busca de la gran tinaja de agua fría y metió medio cuerpo en ella. El frio apaciguó un poco su ira, pero no lo suficiente para despojarse de su ceño fruncido. Echó su cabello mojado hacia atrás y se mesó la creciente barba que comenzaba a nacerle. No había podido convencer a su comandante y ahora tendría que lidiar con un problema mucho mayor. Mantuvo su mirada fija en la tierra mientras se apoyaba en el filo de tina. Sabía que la Doctora había llegado... Alex miró de reojo al escuchar un crujido que provenía de un coche aparcado.

- Anisa sal de ahí...

La joven morena de ojos negros salió de su escondite con la mirada fija en el suelo. Llevaba un vestido blanco conjuntado con un chador gris perla. Sus mejillas habían adquirido el color carmín. Echó de nuevo un vistazo al cuerpo sublime de Alex. Tenía los músculos fuertemente marcados a consecuencia de la dura sesión de entrenamiento. Su pecho era amplio y fuerte, el vientre liso en forma de V dotado por perfectas abdominales. Alex Davis parecía una estatua esculpida en mármol. Todo su cuerpo era espléndido y la perfección no tenía cavidad en él. Era todo y cuanto una mujer podía soñar: fuerte, audaz y de una belleza sublime Alex Davis se había convertido en el hombre más codiciado por las mujeres de la aldea. Anisa lo sabía. Desde que lo vio por primera vez cuando apenas tenía diez años se había jurado a sí misma que el comandante Alex Davis seria suyo. Ahora, su padre Kadar, líder su tribu, mostraba demasiado interés en buscarle un marido, ya que había alcanzado edad suficiente para contraer nupcias. Anisa había pospuesto en muchas ocasiones la fecha de su matrimonio. Era la más pequeña de sus doce hermanos. Todas sus hermanas estaban casadas y con hijos. Solo quedaba ella, la favorita de su padre quien estaba más que dispuesto a casarla con un hombre honorable como Hasan. Pero Anisa sabía lo infeliz que sería al lado de Hasan, pues en sus sentimientos solo tenía cavidad para el comandante Alex Davis. Su padre Kadar, a pesar de estimar y apreciar a Alex, jamás aceptaría su relación, pues una cosa era el respeto y la admiración que sentía hacia el comandante y otra muy distinta era entregar la mano de su pequeña hija más pequeña a un occidental. Anisa tenía el deber y la obligación de regirse por su religión y costumbres y las normas eran claras: debía casarse con alguien de su tribu.

El corazón de Anisa le latía con tanto frenesí que pensó que el mismo comandante podía escuchar sus palpitaciones. Era tan perfecto...

- Anda, regresa a casa, tu padre te estará buscando.
Pero Samira no se movió. Lo miró con sus ojos negros, esperando que el rumor no fuera cierto.
- La gente del pueblo ha visto a una mujer en tu campamento... -soltó, al fin, con su acento tan característico.
Alex apretó la mandíbula con fuerza. La noticia había corrido como la pólvora.
- Y tú has venido a confirmar si la noticia es cierta, ¿me equivoco?

Samira no supo qué responder. Alex se limitó a observar a la joven niña que la había visto crecer. La verdad era, que estimaba demasiado a esa jovenzuela. Le recordaba a su pequeña hermana. Alex Davis le tocó con suavidad su hombro en señal de afecto.

- Regresa a casa antes de que tu padre te vea en el campamento. Sabes que no le gusta que estés aquí.
- Pero... pero aún no me has...
- Samira, deja de hacerme tantas preguntas y ve con tu padre. No quiero tener problemas.

Sin decir nada más, Alex se alejó de ella. Samira sintió el calor de su tacto en su hombro. Aunque había sido un ligero roce, ella podía sentir su calor bajo la tela de su vestido. Cerró los ojos y acarició el lugar donde su mano la había tocado y suspiró, nuevamente, mientras lo miraba alejarse una vez más.

- Serás mío y de nadie más...- juró, en su idioma.



FINAL PARTE 1
cris_cjb
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