O W N
¡Conéctate y ven a divertirte con nosotr@s! :)
Si no estás registrado, hazlo y forma parte de nuestra gran comunidad.
¡La administración ha modificado otra vez el foro, y los Invitados ya pueden ver todas las secciones! Aún así, para comentar y crear temas debes tener una cuenta.

Cualquier duda, queja o sugerencia que quieras darle al staff, éste es nuestro facebook: https://www.facebook.com/onlywebnovels

¡IMPORTANTE!, los Mensajes Privados de los Invitados no serán respondidos por la administración. Te esperamos en nuestro facebook (:

Atte: Staff OnlyWns.
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» nothing like the rain.
Hoy a las 23:34 por chakuro.

» Diamonds in the sky
Hoy a las 23:34 por Andy Belmar.

» Sugerencia "salvemos own"
Hoy a las 23:29 por Andy Belmar.

» Scream {m i}
Hoy a las 23:04 por Andy Belmar.

» Hidden Hills | ¿Te atreves a participar? | Audiciones Abiertas
Hoy a las 22:57 por dannyela

» Cambiar y Borrar Cuentas |5|.
Hoy a las 22:47 por chakuro.

» eclipse. ♡
Hoy a las 20:33 por bwiyomi.

» Los nuevos mutantes capitulos 3 y 4
Hoy a las 19:22 por JuanitaLuzStyles

» Darkness | My own hell
Hoy a las 18:03 por Lairee_04

novedades

00 . 01 Anuncios del mes febrero.
00 . 02 Actualización del PROTOCOLO, nueva medida obligatoria de avatares.
00 . 03 Remodelación del foro febrero del 2017.
00 . 00 Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit.
administradora
Rumplestiltskin. ϟ Jenn.
miembros del staff
Beta readers
ϟ hypatia.
aka Kate.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ dépayser
aka Lea.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ youngjae
aka .
MP ϟ Ver perfil.
ϟ Stark.
aka Cande.
MP ϟ Ver perfil.
Equipo de Baneo
ϟ Ariel.
aka Dani.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ ceonella.
aka Cami.
MP ϟ Ver perfil.
Equipo de Ayuda
ϟ Ritza.
aka Ems.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ Charlie.
aka idk.
MP ϟ Ver perfil.
Equipo de Limpieza
ϟ Legendary.
aka Steph.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ chihiro
aka Zoe.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ Kurisu
aka Teph.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ Calore
aka idk.
MP ϟ Ver perfil.
Equipo de Eventos
ϟ ego.
aka Kalgh/Charlie.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ Asclepio.
aka Gina.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ mieczyslaw
aka Alec.
MP ϟ Ver perfil.
Equipo de Tutoriales
ϟ Kida.
aka Ally.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ Spencer.
aka Angy.
MP ϟ Ver perfil.
Equipo de Diseño
ϟ bxmbshell.
aka Mile.
MP ϟ Ver perfil.
ϟ yoongi.
aka Valu.
MP ϟ Ver perfil.
créditos.
Skin hecho por Hardrock de Captain Knows Best. Personalización del skin por Insxne.

Gráficos por y codes hechos por Kaffei e Insxne.

I'll be there for you.

Página 2 de 2. Precedente  1, 2

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: I'll be there for you.

Mensaje por hypatia. el Mar 12 Feb - 13:59

Pasa el cursor por la imagen.
Capítulo 1.04.

Escrito por: hypatia.








Perth.

A veces, Alva Pullman cree que es algo y no alguien. Dependiendo con quién esté: ven timidez e introspección confundido con lejanía o aburrimiento. Para quienes la conocen, es alegría, despiste y cabezonería. En el colegio, un aparato dental y coleta. En el instituto, progresa adecuadamente y guapa pero no lo suficiente para pedirte una cita.
Y ahí se quedan, en sus ideas preconcebidas y en sus acciones momentáneas. Pero nunca le importó ser la chica del surf. Joven promesa, primeros puestos en los campeonatos y decenas de trofeos. Sus logros, la magia en la tabla, un fenómeno con más sal que átomos.

Se metía al mar y dada igual cómo la vieran, porque en él podía ser sin etiquetas. Había algo en esa inmensidad indomable, hermosa pero fulminante, que le hacía sentir grande. La adrenalina de vencer una ola y dominar por unos minutos el océano... Si tomas una ola, cualquier obstáculo parece más simple.

Pero el mar siempre devuelve a la orilla lo que no le pertenece y, últimamente, Alva es incapaz de abandonar tierra firme. Las angustias la siguen, escondidas entre la espuma del oleaje, preparadas para que resbale o no se levante o, como ahora: sea peso muerto sobre la tabla, dedos rozando la superficie.

Quiere convencerse de que solo es una fase, una mala racha, presión que la hunde. Después de todo, dentro de seis meses se enfrenta al campeonato más importante de toda su carrera. Y su patrocinadora, las marcas, sus madres y la propia Alva, han puesto todas las esperanzas en el primer puesto. Gana y de Perth al mundo. Tiene tanto miedo a fracasar que es todo cuanto ve en el mar. Fallos e imprecisión.

Alva, aunque metódica y disciplinada, levantándose tras cada caída y pasando jornadas completas en el mar hasta que logra completar una rutina a la perfección: cuando se frustra, surfea y ya. Pero en el último mes, resulta imposible. Tiene un bloqueo. Alva nunca tiene bloqueos. Desde que tenía tres años y le compraron una tabla de poliéster de los Looney Tunes, no ha hecho otra cosa que no sea surfear.

¿Quién es si no puede surfear? Solo etiquetas. Entonces los títulos le pesan en la piel. Dañan. No quiere ser la chica del surf si no surfea, si no la llena como antes.

El sol frena su intensidad y el agua se enfría entre sus dedos. Ha perdido la noción del tiempo y no sabe cuántas horas muertas ha estado medio muerta. Se tira de la tabla, tiritando de pasar al frío mojado de la sal, y nada hacia la orilla hasta que sus pies se hunden en la arena.

La arena inundada con paseantes tardíos y últimos bañistas, el sol derritiéndose en la línea en la que se funden cielo y mar: vertiendo rojos, naranjas y amarillos sobre el agua. El viento de otoño sopla sin ganas, nunca demasiado frío. Una línea de casas, de distintos colores, se extiende hasta donde alcanza la vista serpenteando en los límites de la playa. Hacia la izquierda, a unas cuantas casas; el club de surf de Ash lleno de actividad y frente a la chica, su casa. Una construcción en su mayoría de madera, con un amplio porche elevado a unos tres metros sobre la arena: donde suele pasar largas noches con sus compañeros de piso mirando las estrellas, amontonados en el balancín.

Abandona la tabla bajo las escaleras. En casa, Nahele ve la televisión con ojos somnolientos, entre mantas y cojines. Mira al charco que se forma a los pies de Alva.

—¿Buscas que Tony te aniquile?

Alva cambia de Alva en ese segundo, sacudiéndose la pesadumbre de encima.

—Pásame una toalla —pide a su compañera, recogiéndose el pelo para que deje de chorrear sobre la madera blanca. Es cierto, como deje un reguero de agua por la casa, Tony la matará.

Nahele no mueve un solo músculo, le cuesta hasta apartar la mirada de la televisión. Se toca la nariz respingona, meditabunda.

—¿Qué me das a cambio?

—Las gracias —plantea Alva, adoptando la expresión de ternura más completa que encuentra entre su repertorio.

Nahele no hace nada si no obtiene beneficio a cambio y menos si implica movimiento. Hay veces, como esta, en la que ese aspecto de su personalidad le fastidia hasta la médula. Pero la mayor parte del día le apasiona, tener que absorberse el seso con incentivos para Nahele. Además, es una buena amiga, a pesar de su imperturbable quid pro quo, no tiene reparos en entregar su aliento cuando Alva más lo necesita.

—Hmmm…, no me convence —declina Nahele, desperezándose.

—Jo, condenado oso perezoso —bisbisea.

Da un paso para cruzar el salón a toda prisa, agarrar una toalla y limpiar la escena del crimen antes que Tony llegue a casa. Pero no tiene oportunidad, pues el chico aparece por el pasillo que da a la puerta principal.

—¡Cazada! —exclama Nahele alzando el puño de la victoria, como cuando están viendo Castle y adivina el asesino antes que nadie.

Tony, que a pesar de su casi metro noventa de alto y doblando la complexión de Alva hasta dos veces por lo ancho: es la persona más enternecedora, cariñosa e inofensiva que te puedas echar a la cara. Pelo revuelto sobre la frente y ojos de ron con Coca Cola cálidos, es como un niño en cuerpo de mayor. Que ya sea de noche, de día o entre amaneceres Alva se siente segura a su lado…, salvo cuando se olvida de coger una toalla después de un baño en el mar.

Tony cerrando y abriendo la boca a velocidades imposibles, señala de Alva al agua de sus pies con la ceja alzada.

—Agua… madera… muerta —entona, señalándola con el dedo—. ¿Cómo te lo tengo que decir?

—Perdón. —Alva parpadea con inocencia.

—Igual si alguno hiciéramos la colada tendríamos toallas limpias —colabora Nahele, incorporándose lo suficiente para quedar sentada.

—Te tocaba a ti esta semana —regaña Tony, que tiene para las dos.

—Mentira, era a Alva.

—¿No teníamos una tabla de tareas en alguna parte? —medita Alva, contenta porque la atención se ha desviado de ella.

Otea la sala principal, la cocina de concepto americano frente a ella —rebosante de trastos—. La zona de los sofás, con el mueble de la televisión —zapatillas, libros y papeles en la mesa y el suelo—. La mesa de madera que les sirve como estudio, comedor y almacenaje de cualquier trasto que no saben dónde poner. Desde luego, la organización no es el punto fuerte de ninguno de los tres. Pero irse a vivir con Nahele y Tony casi dos años atrás había traído orden a su vida. La encontraron en un momento de inflexión e incertidumbre. Fueron la ola en un día sin ellas cuando Alva estaba desesperada por surfear.

—Cualquier día me mudo —amenaza Tony metiéndose al baño.

—Amenaza número doscientos ochenta —comenta Nahele, con la barbilla sobre el respaldo del sofá.

—¿De verdad las cuentas? —ríe Alva, ya medio congelada bajo el bañador mojado. Evita castañear los dientes.

—Si llega a la amenaza trescientos tiene que fregar los platos un año. Por supuesto que las cuento.

Tony aparece un momento después, con pasos resonantes en la madera hueca. Lleva una toalla en la mano. Envuelve a Alva con destreza, como si fuera un burrito.

—Vas a coger una pulmonía. —Le frota los brazos. Alva, entre molesta y enternecida, sonríe.

—Que no tiene tres años… —canturrea Nahele.

—Como si los tuviera.

Alva los abandona en el salón para que sigan con sus peleas de matrimonio mientras ella se da una ducha. Puede que el mar se haya convertido en un sitio inhóspito, pero con Nahele y Tony es hogar. Y eso es suficiente para erradicar cualquier mal pensamiento que intente arrastrarla a las profundidades de sí misma.



Tras un poco de agua dulce, Alva se prepara para la noche del viernes. Camiseta blanca, vaqueros cortos y las sandalias con flecos de colores que compró el mes pasado en la feria artesanal. El pelo híbrido entre el castaño y el rubio del sol, suelto y sin adornos. Y llega a ese momento en que se mira en el espejo en busca de defectos: las pecas solariegas que le dan aspecto de niña, unas orejas que parecen vencerse bajo un peso invisible por la punta, incisivos un poco más largos que el resto. Delgada y plana como su tabla, sin curvas.

Alva procura pasar por el espejo como un reflejo, fugaz, sin el tiempo suficiente para observarse. Pero es adicta a tirar dardos en la diana de su inseguridad. En ocasiones falla y los dardos se quedan flotando en su sangre pudiendo ignorarlos. Hasta que llega la noche y tocan hueso. Las noches… qué oportunas para su desaliento.

Y la chica sabe que no es cómo la ven, sino como se ve ella, que se derriba.

—¡La cena! —chilla Nahele desde la sala de estar.

Echa el pelo a la espalda y hasta la noche. Sus compañeros están sentados a los pies de la mesa de café, con sus correspondientes hamburguesas en la boca. Alva termina de sacudirse los reproches antes de tirarse al lado de Tony sobre la alfombra. A veces, le da la impresión que es la luna entre sus fases, peleando por cuál pasa antes: si por negación creciente, inseguridad llena, machaque nuevo u optimismo menguante.

Pero ahora es momento de cena y Queer Eye, no de reflexiones.

—Vivo por el día en el que Antoni Porrowski me cocine —suspira llena de anhelo.

—A poder ser solo con el delantal —completa Nahele, dando un trago a su refresco.

Chocan el puño sin mirarse, embobadas con el susodicho.

—Sabéis que es homosexual ¿verdad? —Trata de concienciarlas Tony, que casi ha terminado su cena, como cada noche.

Ambas lo fulminan con la mirada. Este se pone rojo, como autoreflejo de los nervios, aunque a sabiendas que no van a pegarle. No, al menos, por su comentario.

—Detalles, detalles… —deshecha Alva.

Tony mira la pantalla, con el rostro ladeado y expresión de incomprensión.

—No sé qué os mueve tanto, tiene la boca enorme. Ni el Joker, chicas.

Ese comentario sí que merece uno de las collejas de Nahele, que, por detrás de la espalda de Alva, se le propina con fuerza.

—¡Animal!

—Su boca tiene el tamaño perfecto para una sonrisa cálida, desmesuradamente perfecta y afable —argumenta Alva, haciendo migajas su hamburguesa, sin mucho apetito.

—Sois imposibles —concluye Tony, dejándose caer con pereza contra el borde del sofá—. ¿Qué vamos a hacer esta noche?

—Mojitos a dos por uno donde Ash —responde Nahele, pegando una fuerte palmada.

—Bueno, pues abandona el sofá antes de que se acaben —inquiere Alva.

Nahele le pinza la mejilla con fuerza, aunque sonriendo con desmesurado cariño, como si Alva fuera un cachorro que se hubiera hecho caca en sus zapatillas preferidas. Va a devolvérsela, pero en ese momento suena el timbre.
«Mierda, Lester», recuerda de pronto, perdiendo el buen humor que había ganado durante la cena. Nahele y Tony cruzan una mirada que no le pasa desapercibida. Finalmente, no sin pensárselo dos veces, acude a la entrada para abrir la puerta.

Lester aguarda apoyado sobre el marco inmerso en la suciedad inexistente de sus uñas, con su habitual aire de premeditado desinterés.

—Hola. —Saluda, rebuscando entre las costillas la ilusión por verlo después de dos semanas.

Su novio alza la vista con parsimonia fingida, el pelo negro le cae sobre la frente. Sonríe con un afecto que no alcanza sus ojos grises.

—Nena. —Agarra a Alva del brazo para atraerla hacia sí, esta siente el primer impulso de apartarse—. ¿Me has echado de menos?

«La verdad es que no».

—Sí —miente, permitiendo que Lester le dé un beso.

Conoce a Lester desde los diez años, hijo de Bernadette, su representante, han pasado incontables jornadas de sol y sal. Durante años, no fue más que el niño molesto que la tiraba de la tabla en los entrenamientos. Más tarde, adolescente insoportable que se daba el lote con una chica distinta mientras esperaba a que su madre acabara con Alva. Pero un año atrás, pasaron de nivel: a Alva comenzó a atraerle ese desinterés anodino y el aire de misterio del chico, casi como si fuera un acertijo a descifrar. Que se riera de ella porque decía encantarle la forma en la que se le juntaban las cejas. Que Lester era el único que la hablaba con franqueza y sin reparo a la hora de marcarle sus flaquezas, impulsándola a mejorar; con una sinceridad a la que no estaba acostumbrada. Cuando se pasaba tardes enteras mirándola entrenar. Sus bromas, perseverancia y humor narcisista, bajo los que escondía a una chico apasionado, atento y perseverante. Hasta que un día, pasó. Tras ganar un campeonato, Alva corrió de la playa a sus labios.

Todas quedaron encantadas con la unión —salvo sus amigos más cercanos, por lo que sospecha Alva—. Wanda y Pearl, sus madres, y Bernadette mantenían amistad y que sus hijos se enamorasen fue recibido con alegría. Alva y Lester formaban una pareja tierna, adecuada.

Pero desde hace unos meses, las cosas ya no son como eran. Que el desinterés de Lester hacia alguien que no sea sí mismo derriban las ganas de Alva. Las bromas ya no ríen en su piel, porque suelen herir. Y a Alva le gustaría que alguna vez, en lugar de tanto fallo, su novio se fijara en sus aciertos o, al menos, diera importancia a sus problemas. Todas las cosas que le gustaban de él son, a día de hoy, las más irritantes.

Cree que su relación también imita las fases de la luna y que se hallan atascados en pasión menguante. Porque ya no hay ola en su estómago cuando llega y sí alivia cuando se marcha. Sus besos, solo, intercambio de saliva.
Alva, sin embargo, es testaruda y no cesa de asegurar que solo se trata de una racha. Seguramente sea su culpa, que lleva tiempo sin sentirse ella misma y que sus problemas de motivación, la presión y el dichoso campeonato la sumergen en una espiral egoísta. Porque Lester es exactamente la misma persona que antes.

Su novio hace amagos por continuar con los besos, pero Alva se aparta con una sonrisa de pegatina.

—¿Qué tal?

Se deshace de su abrazo y le agarra la mano para ir de nuevo al salón. Sintiéndose culpable porque es fin de semana de visita y lo había olvidado completamente. Morley está a solo veinte minutos en coche hasta Trigg, pero como Lester ha empezado a trabajar con su madre y Alva se pasa toda la semana entrenando, solo se ven los fines de semana y, en ocasiones, ni eso. Solía esperar con ansía los viernes y ahora el ansía se la come. Cuando Lester va de visita, siente que es un imprevisto en sus planeas y ha dejado de pensar en él para idearlos.

—No te lo vas a creer, nena —comienza a decir a su espalda—, el otro día estuve surfeando con Sabrina Urquiza. Ya sabes que mi madre conoce a muchos surfistas famosos y la invitan a fiestas exclusivas… Bien, resulta que allí estaba ella ¿te imaginas? —Alva asiente, conoce a Sabrina, una de las mejores surfistas del país, porque participó de juez invitada en uno de sus campeonatos—. Estuvimos hablando y tuve la oportunidad de enseñarle un vídeo, dijo que mis movimientos eran innovadores, que podrían crear tendencia.

—¡Eso es fantástico!

Pero Alva no está segura cuánta verdad hay en sus palabras. Lester distorsiona la realidad a la que le resulte más favorable, una en la que él siempre salga bien parado. Reconocido, adulado y estrella.

Ya en el salón, Nahele y Tony lo saludan sin ilusión alguna. Lester, sin pedir permiso, se dirige a la nevera para hacerse con una lata de gaseosa de limón. Alva se queda detrás del sofá, incómoda. Su novio es indecoroso y suele pecar de mala educación, por lo que siente que debe estar vigilándolo.

—Sírvete lo que quieras —ofrece Nahele cuando este ya está dando un trago al refresco y se sienta en el sofá.

Tony lo observa demudado, seguro con una ceja alzada por debajo de sus rizos. Nahele, que no se ha movido en toda la tarde, se levanta del suelo: no hay nada que incentive más su actividad que la presencia de Lester y sus ganas de evitarlo. Alva es muy consciente que a sus compañeros de piso no les cae bien. El chico es difícil de pillar. Y una parte de Alva debería sentirse triste o dolida, pero lo cierto es que comprende que no les guste Lester.

—Tony, chaval —Planta unos sonoros manotazos en la pierna del moreno, que se tensa tanto que podría provocar un cortocircuito eléctrico en la casa— ¿Cómo va el trabajo?

Pero Tony odia tanto las confrontaciones que no hace amagos de mostrar su descontento. Y Alva tan estúpida para ciertos asuntos, que observa la escena como espectadora de un documental animal: sin poder evitar que el león se coma al antílope.

—No me puedo quejar —responde aviso, apartándose de Lester con disimulo.

Este, que pasa por alto la falta de interés de Tony por su vida, decide exponerla de todas formas:

—Yo tampoco —suspira melindroso—. Seguro que ya te lo ha contado Alva, pero es muy posible que consiga que me patrocine una gran marca de tablas. Es incluso mejor que todas con las que ha firmado Alva. —La aludida no tiene constancia de dicho dato, así que solo debe ser uno de los muchos intentos de su novio por hacer creer al mundo que alguien se percata de su talento.

El silencio los aplasta, a pesar del intento de Tony por mostrar ilusión. Alva es consciente que solo lo hace por ella y eso aumenta la culpabilidad porque tenga que soportar la peor cara de Lester. «No siempre es así», se dice como consuelo.

—¿Cuáles son nuestros planes? —pregunta todavía con su empeño por acaparar la conversación.

—Bueno, pues… —Se mordisquea la uña—, íbamos a ir al club de Ash a tomar algo.

Lester pone cara de disgusto y sus ojos grises se llenan de desprecio. No es muy fanático del club. A él le gustan las discotecas, las fiestas privadas y los lujos. Un club de surferos significa bajar de categoría desde sus ojos. A pesar que, irónicamente, se considera del gremio.

—Pensé que iríamos a la fiesta de Iago. —Se lamenta dando vueltas al refresco—. Debes relacionarte bien, nena. El prestigio lo es todo en cualquier carrera. Ya sabes lo que dice mi madre: relaciones adecuadas conducen a oportunidades esperadas.

Alva permanece con la uña a escasos milímetros de los labios. Trata de recordar los planes de Lester para esa noche, pero no termina de estar segura de si lo comentó en alguna de sus llamadas o simplemente lo está usando como incentivo para apelar a la culpabilidad y que Alva acepte la propuesta. Lo cierto es que ya no sabe cómo interpretarlo. Por otra parte, suele desconcertarle la visión que tiene Lester respecto al surf. Ni las fiestas, ni los desfases harán de él un buen deportista. Solo el trabajo duro, la constancia y la determinación lo harían mejorar.

—Dudo mucho que vaya a labrarme buena reputación que me vean en fiestas—contravino Alva en un arranque sincero—, soy deportista ¿recuerdas?

—Desde luego, no con esa ropa. —Lester envenena su limitada confianza. Escanea a Alva y ella los recibe como lijas en su carne—. Las impresiones lo son todo, nena. Haz algo al respecto.

Sí, debería arreglarse más o, al menos, peinarse un poco. Su novio, como de costumbre, lleva razón, por eso le duele. La sinceridad no suele sin motivos.

—Lástima que con tu cara no podamos hacer nada al respecto.

El comentario ignominioso proviene de los labios de Nahele, que desde la puerta de su habitación parece decidida a saltar al cuello de Lester de un momento a otro. Este, con la lata suspendida a medio camino entre su boca y el sofá, observa a Nahele sin expresión. Tony carraspea con fuerza. Alva sopesa la idea de interponerse entre ambos.
Por suerte, Lester aboga por una sonora carcajada, no carente de falsedad, que resuena en todo el apartamento.

—Nahele, estás especialmente graciosa hoy. —Y es que uno de los mayores defectos de Lester es creerse sin ninguno de ellos. Nunca piensa que alguien pueda hacer un comentario hiriente hacia él porque piensa que a todos gusta. Su narcisismo lo vuelve crédulo, inocente.

—Verás la gracia que te va a hacer… —Rechina los dientes, dando un paso al frente.

—¿Por qué no salimos al porche? —interrumpe Alva con el pulso en todo su cuerpo. Suplica a Nahele con la mirada que lo deje estar. Y su amiga, a regañadientes, cede. Pero cuando los dos chicos se adelantan a ellas, le susurra.

—No sé a qué esperas para cortar con ese engendro malhecho.

Alva sonríe nerviosa ante la afirmación de Nahele, porque es algo que se ha dicho a sí misma en incontables veces durante los últimos meses. Pero es que quiere a Lester, así es él, así se enamoró. Que haya dejado de gustarle todo, solo demuestra que es Alva quien tiene el problema. Últimamente nada parece llenarla lo suficiente, que se siente más máquina que humana. Que se deja bambolear por la corriente haciendo lo que se espera de ella, pero con el grito acallado en su interior que apela por «pero, quizás, ya no es lo que quieres».  

Pasan un rato en el porche, sobretodo tratando de ignorar el soliloquio de Lester sobre los nuevos movimientos que ha creado y que piensa patentar por miedo a que le roben. Alva se limita a mirar hacia la oscuridad que reina en el horizonte, escuchando el mar romper sobre la arena, disfrutando de la brisa salitrosa que remueve su pelo. Sin pensamientos.

Al final, por consideración a sus amigos; que parecen dispuestos a perderse en el mar con tal de no seguir escuchando a Lester, propone marcharse ya donde Ash. Su novio deja claro que no piensa ir y que será mejor que se vean otro día. Lo acompaña a la puerta tratando de no fijarse en el hecho de que a ninguno de los dos parece afectarles mucho no pasar la noche juntos.

—Pásalo bien—dice este rodeándola por la cintura—en ese bar de mala muerte.

—Lester… —Se lamenta con cansancio, escondiendo la frente en su clavícula.

—De acuerdo, perdón. —Nota sus labios entre su pelo, en un beso silencioso—. ¿Quieres que mañana pasemos el día juntos?

Alva levanta la cabeza y la recibe una sonrisa de su novio; tierna, sin el despotismo que muestra a los demás. Y es que a pesar de todo lo malo que tiene, no es todo cuanto tiene. Que puede ser tierno, amable y cariñoso cuando se olvida de dar la imagen de triunfador despreocupado. Que se interesa por ella cuando no se ve cegado por su desmesurado amor propio. A Alva le gustaría que encontrase un equilibrio entre sus formas de comportarse.

—Tengo que entrenar. —Se disculpa, mordiéndose el labio.

Lester mantiene la compostura, todavía sonriendo, pero sus brazos se tensan a su alrededor. Sí, Alva no ha tenido mucho tiempo, pero sobretodo ha sido evasiva, aprovechando la mínima excusa para no pasar tiempo con él. ¿Por qué? ¿Qué le está pasando?

—Pero el domingo hacemos lo que tú quieras. —Trata de redimirse, dándole también un beso.

Lester se aparta, asintiendo. Un aire de pesadumbre y dolor lo embarga, algo que Alva no esperaba ver. Que hasta entonces, no creía que su indiferencia podría herir a Lester, que siempre se muestra tan por encima de cualquier cosa. Quizás esa voz maligna en su cabeza reniega de pensar que para su novio sea importante, que la quiera lo suficiente para que le duela no pasar tiempo con ella. Pero parece ser que estaba equivocada.

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

—Los alienígenas, mucho más interesantes que Antony —habla Tony, jugando a pisar solo el camino de tablas de madera que conducen al Panama Tulip Club, más conocido como el club de Ash, de donde emerge una masa de voces, música y cristales que chocan.

—Me vas a decir que unos muñecajos de dudosa existencia pueden competir contra él…

En el escaso trayecto que separa su casa del club, Nahele y Tony han abierto un debate sobre lo tedioso que le resulta al segundo escuchar hablar de uno de los miembros de Queer Eye constantemente. Debate al que Alva se habría unido con gusto de no ser porque en su cabeza solo hay hueco para pensar en el rostro desencajado de Lester. Estaba convencida que a su novio no le importaba lo más mínimo el agujero que se ha abierto en su relación. Pero, ahora que lo piensa: todos los planes cancelados, los días que han decidido no verse y los mensajes sin respuesta llevan impresos la marca de Alva.

Mientras sigue a sus amigos hacia el club, toma la decisión de poner solución a tantos meses de distancia, esforzarse porque las cosas vuelvan a ser como antes. Quiere a Lester, igual que él a Alva. Ya no hay maremotos en su pecho al verlo, pero un día de calma en el mar no significa que vaya a mantener de ese modo. Sí, puede que en muchas ocasiones su actitud deje mucho que desear. Pero Lester también aguanta sus tonterías. Así es el amor ¿no? Ignorar lo que no te gusta de tu pareja y centrarte en lo bueno.

—¿Tú qué sabes si son muñecajos? —rebate Tony, moviendo los brazos con exasperación.

—¡Jane! —exclama Nahele, haciendo caso omiso de su amigo.

Alva encuentra a la nombrada sentada en los escalones, acompañada por Narel. La chica sostiene el móvil entre ambos, como si fueran a sacarse una fotografía. Al ver a su mejor amiga, Jane deslumbra la noche con su sonrisa. Es preciosa, alta y delicada como una bailarina, ojos azules que recuerdan a una mañana de verano y una sonrisa amable que le arruga la nariz respingona, haciendo que parezca una ardilla.

—Mira quiénes están aquí. —Jane gira el aparato hacia los recién llegados.

Por encima del hombro de Nahele, alcanza a distinguir al que cree que es el hermano menor de Jane. Adivina un rostro moreno con expresivos ojos verdes. Alva saluda tímidamente con la mano, pues no lo conoce. Para cuando llegó a ese distrito de Perth, Javen se había marchado a trabajar a otra provincia.

—¡Nahele! Me encanta tu camiseta —La elogia jovial, a modo de saludo.

Su amiga da un brinco y se alisa la prenda: una camiseta vintage de Greenpeace. Carraspea, mutando a una Nahele nerviosa que Alva no está acostumbrada a tratar. ¿Qué le ocurre?

—Gra-a-cias —tartamudea.

—¿Cómo lo llevas? —Se une Tony, más sereno.

Alva desconecta de la conversación creciente y se dedica a observar a Narel, escondida entre los cuerpos de sus amigos. La herencia de nativo en sus rasgos: piel morena y curtida, pero de aspecto suave, la nariz nubia y dos ojos negros rasgados, de expresión indescifrable. Con una mata de pelo rizado cayéndole sobre la frente y la nuca sin ningún tipo de orden. Diez años mayor y deslustrado. Narel llegó a Perth un año atrás, después de una ausencia que Jane achacó al amor cuando le preguntó. Narel, que no se relaciona con nadie que no sea la rubia o Ash. Malhumorado, con una cara de perros que le llega al suelo. Alva se ve intimidada por él en muchas ocasiones, por lo que nunca habla con él. Tiene la personalidad de un acantilado: escarpado, afilado y peligroso. Y ella, que se vuelve minúscula ante personas así, mantiene las distancias.

—Mañana hablamos, hermanito. —Se despide Jane, volviendo el móvil hacia ella. La luz le baña el rostro y su piel reluce alabastrina, sin impurezas.

Narel hace un gesto con la barbilla.

—¡Tío, que en teoría me echas de menos! —dice la voz entrecortada de Javen—. Pon un poco de tu parte.

Tanto Alva como sus amigos procuran reprimir la carcajada. Salvo Jane, que pellizca la mejilla del chico. Este se limita a poner los ojos en blanco y a falsificar una sonrisa.

—Date por satisfecho.

—Hmm, no me convence. Practica —escuchan rebatir a Javen.

Cruzan unas cuantas palabras más antes de finalizar la llamada. Jane se incorpora de las escaleras, desperezándose cual pantera. Alva se pierde en la gracilidad de sus movimientos, todos imprimidos con un sello de elegancia. Si se compara —algo que no puede evitar hacer—a su lado es una lombriz medio aplastada.

—Os habéis hecho de rogar —regaña Jane, rodeando a Nahele por los hombros.

—Perdón, se nos ha colado una rata en casa —bromea con malicia. Tony mira a Alva pidiendo perdón, aunque Alva está lejos de ofenderse; las formas de Lester con sus amigos merecen esa declaración, aunque le duela que no se lleven bien.

Narel se incorpora con pasividad, limpiándose la arena de los pantalones: como siempre, una inclinación de cabeza para saludar y nada más. Todos juntos, se encaminan hacia el interior.

El ambiente es un híbrido entre ánimos de fiesta y cervezas para desconectar. Algunos mueven los pies al ritmo de la música, otros charlan en las mesas a los costados y, en el centro: Ash sirve su maravillosa cerveza artesanal sin parangón.

Alva está a punto de levantar la mano para saludar cuando alguien se le tira encima: como si hubiera chocado una pared. Pero la pared se llama Dione y no es más que la efusiva de su mejor amiga: enroscada a su cadera y su pelo ensortijado, con aroma a mango, haciéndole cosquillas en la mejilla.

—Pesas. —Se queja entre risas, luchando por no tirarla al suelo. Por entre el pelo de la chica ve al resto de sus acompañantes acercarse a la barra.

Dione baja de un salto.

—Tú que no tienes fuerza suficiente para sostener esta belleza. —Delinea su figura moviendo las caderas a descompás de la música. Acto seguido, suelta una carcajada que acalla los ruidos de fondo. Ríe sin vergüenza, con la cabeza echada hacia el techo y la boca grande.

Alva se contagia del buen humor y su cuerpo se aliviana. Es la magia de Dione, despeja todas las tormentas. No pegan ni con super glue, una extrovertida y la otra tímida, una que hace sin miedo y otra que solo piensa en este antes de dar cualquier paso. Pero Dione es la única persona para la que no es otra cosa que no sea Alva, en todas sus versiones, sin ningún título.

—Podría vencer a Hulk con estos bíceps. —Hace una demostración de fuerza, flexionando el brazo.

Dione frunce sus labios color cereza y agarra a Alva por la muñeca para conducirla hasta la barra. El resto se han apelotado en la mesa de siempre, junto a la puerta.

—¿Dónde andabas metida? —pregunta Alva a su amiga mientras esperan a ser atendidas.

Es usual no tener noticias de Dione por unos cuantos días, efervescente e inquieta, siempre anda dando vueltas por los alrededores de Perth en busca de nuevas aventuras. Procura arrastrar a Alva a sus escapadas, pero esta es tan disciplinada que se ve incapaz de abandonar sus obligaciones. Mucho menos ahora, con el campeonato tan cerca.

—He hecho un viaje relámpago a Adelaide con una chica que conocí en las redes. Acabamos formando parte del cartel de artistas en un festival regional. Hice el ángel con el público, no es tan divertido como suena —habla veloz, contando todo como quien explica que ha entretenido en el pasillo de los cereales en un supermercado.

—Vaya.

Dione encoge los hombros, abanicándose para deshacer la humedad.

—Imagino que te habrás arrugado como una pasa en el mar todos estos días —sentencia. Sin embargo, de Dione no se toma mal los juicios categóricos. Son solo contemplaciones de alguien que la conoce bien—. Y hay algo que te enturbia los ojos…

Alva comienza a mordisquearse la uña, aunque se arrepiente enseguida porque ese gesto será interpretado por Dione como una afirmación. Suspira.

—He estado siendo un poco capulla con Lester. —Dione pone los ojos en blanco, quien encabeza el club del odio hacia su novio—. No, de verdad.

—Un poco ni siquiera alcanza a lo muy capullo que es él todo el tiempo —replica sin filtro—. ¿Qué ha ocurrido?
¿Acaso no llevaste una pancarta a su última demostración de virilidad?

—¡Dione! —regaña Alva. Su mejor amiga la ignora—. Ya sé que es imbécil muchas veces, pero me quiere y en estos meses no paro de apartarlo. Hoy íbamos a pasar la noche juntos, pero…—se detiene, evitando los detalles más aburridos a Dione— tenías que haber visto la cara que ha puesto cuando le he dicho que mañana tampoco podía pasar el día con él.

Dione se mordisquea el labio, guardando su opinión para sí misma. Una acción que se repite a menudo. No soporta a Lester y, por lo que ve de él, se ha formado la idea de que Alva está atrapada en una relación tóxica. Cuando no es así, es solo que el resto no lo ven con sus ojos, solo centrado en lo malo de su novio, no en sus cualidades.

—A veces, hay que querer menos y mejor —acaba escupiendo Dione, con pena en los ojos marrones. Su mano se cierra entorno al hombro de Alva—. En fin, Memo Avieso ya ha tenido su momento de atención ¡Vamos a beber!—. Da una sonora palmada para zanjar el asunto.

Sin embargo, el asunto se queda en Alva. ¿Cuál es la forma correcta de querer a alguien? Si la única relación que ha tenido es esta. ¿Y quién de los dos se supone que debe mejorar? Cierra los ojos para serenarse. Ha decidido trabajar la relación con Lester, da igual lo que diga Dione. Para reafirmarse, saca el móvil y le escribe un mensaje a su novio. «Mañana cancelo el entrenamiento, estoy disponible».

—Pídeme un refresco.

—¡Ash! —chilla Dione, levantando el brazo como si estuviera en clase. El nombrado sonríe desde el otro lado de la barra, esperando las comandas—. ¡Dos mojitos!

Alva le da un codazo de protesta.

—¿Mañana has cancelado el entrenamiento, no? —La chica le guiña un ojo, creando ritmos con las manos sobre la superficie de la barra.

—Está mal cotillear los mensajes de los demás —regaña, no tan molesta como quiere hacer ver.

—Nuestra amistad no tiene límites. —Rodea a Alva por los hombros con fuerza.

Tras cruzar unas cuantas palabras con Ash, ambas chicas se reúnen con el grupo. Alva, por su parte, escéptica con el vaso de mojito en la mano, que suda gotas de condensación por el calor. No es que nunca haya bebido alcohol, pero no forma parte de sus noches de ocio. Es solo que Alva no puede permitirse las resacas con tanto entrenamiento. Pero el líquido blanco chilla en el interior, llamándola a un respiro. Olvidarse por un momento que tiene una rutina que cumplir. No te duermas muy tarde, no comas grasas saturadas y no bebas alcohol. Lleva toda su vida sacrificando ganas por el surf. Y, sin embargo, ninguno de ellos ha impedido que haya alcanzado ese punto muerto, desapasionado. «Una noche por quince años de rectitud».

Lleva el vaso a sus labios y traga, como demostración a su lado más responsable. El alcohol hace que se atragante y le lloren los ojos. Tose, creyendo que va a soltar fuego por la boca en cualquier momento. Tony le da unos golpes en la espalda.

—Vas con todo, eh —comenta, limpiándole una lágrima de la mejilla.

Alva enrojece, pues siente las miradas de todos los inquilinos de la mesa puestos en ella. Dione levanta los pulgares desde encajada entre Narel y Jane. El primero, absorto en su teléfono. Y Jane, hablando a susurros con Nahele, que da vueltas a su bebida con la pajita.

—No dejes que haga tonterías —pide Alva a su amigo, aferrada a la manga de su camiseta.

—¡Tienes que hacer tonterías! Es el propósito de los mojitos —interviene Dione.

—Yo te cubro las espaldas —asegura Tony, mandando los propósitos de su amiga a la basura.

Poco después, van alternando las conversaciones. Dione narra su aventura en Adelaide con todo lujo de detalles, acaparando la atención de los presentes con sus dotes narrativas —incluso las de Narel, que no participa, pero escucha—. A continuación, Tony y Narel hablan de las novedades del centro de recuperación para especies marinas en el que ambos colaboran. Alva se limita a escuchar, hablar cuando le preguntan y nada más. Fuera de su hábitat natural, con personas que no la conocen tanto: como Jane y Narel, se repliega. Igual que una de esas flores que solo se abren una vez al año.

De cuando en cuando, entre mojito y mojito, busca una respuesta de Lester a su mensaje que no llega. ¿Se habrá enfadado o es solo que no ha mirado el móvil aún? Pero con el alcohol cada vez más presente, su atención por el mensaje perdido disminuye. Incluso comienza a participar en la conversación. El alcohol la aleja de las reservas y ya no le da vergüenza expresar su opinión. Incluso se une a Jane cuando esta comienza a cantar una canción infantil Kokomo al tiempo que Dione, Tony y Nahele marcan el ritmo.

Tras un par de horas, el grupo se despliega por el club. Alva y Nahele son las únicas que permanecen en la mesa. Alva mareada y acalorada. Se gira hacia su amiga y le viene a la cabeza su extraña cuando ha visto a Javen.  

—¿Te da miedo el hermano de Jane? —curiosea Alva, hipnotizada con el líquido que se mece en el interior del vaso.
Tercer mojito.

—¡Claro que no! —exclama, dándole una patada por debajo de la mesa. Alva entrecierra los ojos ¿Es rubor eso que ha aparecido en sus mejillas? Nahele mordisquea la pajita, rascándose la barbilla—. El alcohol te hace mal.

Alva se guarda de decirle que, durante la llamada, no estaba borracha, que el alcohol ha llegado después.

—Es que cuando has hablado con él has reaccionado igual a cuando te acuerdas que tienes que hacer un trabajo cuando solo te queda una hora para la entrega.

Nahele la fulmina con la mirada, pero Alva está demasiado bebida para percatarse. Su amiga cambia de actitud en el acto, como si se sacudiera un pensamiento que le disgusta de encima. Revuelve el pelo a Alva, sonrisa impuesta en su rostro.

—Tu última copa, ¿de acuerdo? Si sigues puede que empieces a pensar que Jane y Ash se llevan bien.  

Se siente como una niña, en esas noches en las que Wanda le explicaba que no tuviera miedo de que un tiburón se la comiera mientras dormía porque los tiburones no pueden salir del agua.

—Estoy tomando alcohol, no setas alucinógenas —rebate Alva, mordiéndose la risa.

—¡Vamos a bailar!

Nahele da un salto y tira de Alva, sin darle la oportunidad de aceptar la propuesta o siquiera de pensar. En el fondo sabe que el comportamiento de su compañera tras la pregunta, es, cuanto menos, curioso. Aun así, lo deja pasar.

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Aferrada a la barandilla como si la hubiera pillado una tormenta en medio de un viaje un barco, Alva mira el teléfono, haciendo esfuerzos por enfocar la vista en pantalla. ¿Cuánto ha pasado? ¿Dos horas desde que escribió el mensaje a Lester? No suele tardar tanto en responder, ¿o sí? Ya no recuerda la última vez que estuvo pendiente y ansiosa porque saltara la burbuja de notificación con su nombre. Concluye que es buena señal que vuelva a fijarse. Un paso adelante para solucionar sus problemas.

Se le escapa una risita aguda sin motivo alguno. Emborracharse es como nadar. Alva se nota ingrávida, libre y la mochila de piedras preocupadas que suele cargar a la espalda debe habérsele perdido en la segunda copa. Importándole un bledo si la miran, si está haciendo el ridículo e incluso, que no sea capaz de tomar una ola de menos de un metro. Ha bailado, cantando, bromeado e incluso hablado con una conocido de Jane. Acciones cotidianas que a Alva le resultan imposibles si no está acompañada solo por las personas de su círculo más íntimo.

Dione estaba en lo cierto, necesitaba relajarse. Cierra los ojos y se llena los pulmones de brisa marina. Mechones de pelo pegados a las sienes enfriándose al viento de la madrugada, con el trajín a la espalda.

—¿Quién es?

Alva ve una mano de tendones marcados junto a la suya. Sus ojos ascienden hasta el rostro de Narel, repentinamente cerca. Puede ver las pecas desordenadas en su nariz, perdidas solitarias en las mejillas. Tarda unos segundos en reaccionar: Narel está hablando sin ser coaccionado. Sigue el trayecto de sus ojos, fijos en la pantalla de su móvil. El fondo de pantalla es una fotografía de Lester, repantingado en una toalla mientras le saca la lengua, con el rostro lleno de arrugas combatientes al sol, a la Alva que se sentó en su estómago para tomar la instantánea.

—Un amigo. —Miente ¿Por qué miente? Guarda el teléfono en el bolsillo, al tiempo que se saca el pelo de detrás de las orejas.  

La intervención de Narel le ha pillado tan desprevenida que nota el pulso latirle en el cuello. De todas las cosas que podría haber esperado esa noche, que se acerque a hablar con ella ni siquiera entraba en sus posibilidades.

El chico asiente a su respuesta, una ceja más alzada que la otra. Alva espera no tener la boca abierta por la sorpresa. ¿Por qué ha decidido acercarse? Se conocen desde hace un año y es la primera vez que cruzan más que un saludo. ¡Oh, Dios mío! Igual es un asesino en serie que la ha escogido como víctima. «No seas ridícula», acalla la razón que no está empapada de alcohol. Por supuesto que no es asesino, solo es un borde que, por algún motivo, ha decidido dejar de serlo con Alva.

—No has surfeado hoy —prosigue, apoyando los codos en la barandilla. La camiseta se estrecha a su espalda, marcándole los omoplatos. Alva parpadea, desconcertada. Narel se percata y sonríe desganada, de medio lado—. El puesto de socorrista está junto a tu casa. —explica.

Por supuesto. De hecho, una de sus escasas interacciones consiste en alzarse la barbilla el uno a la otra cuando Alva baja con la tabla y él está sentado oteando a los bañistas. A veces, durante las rondas, si Alva está con Tony se para a hablar con su amigo. Lo que le ha sorprendido es que Narel se fije en ella, insignificante.

—Se supone que vigilas que nadie se ahogue —combate, manteniendo en corto a la creciente alteración. Si Narel ha estado observándola, quiere decir que ha sido testigo de su creciente colección de fracasos.

—Tú entras en la categoría de nadie —bromea.

Alva aprieta la mandíbula para asegurarse que no se le ha caído a los pies. Esta versión del chico es totalmente desconocida. Siempre serio, huraño y con la frente contraída por unos pensamientos cerrados a cal y canto al público. Jane le dijo una vez que a Narel le cuesta abrirse, es de esas personas que se toman su tiempo. Alva desconoce si es timidez, como en su caso. O si es esa necesidad de guardarte porque, también como a ella, le da miedo mostrarse a la primera.

—Me quedo más tranquila —responde con cautela. Y, a continuación, dirigida por un impulso, añade—: Estoy bloqueada.

Es la primera vez que pronuncia esas palabras en voz alta. Una sensación de montaña rusa invade su pecho. Ha renegado tanto de ellas, creyendo que si las guardaba no serían verdad, que por un momento ha creído que el universo explotaría. Sin embargo, el aire sigue revolviéndole el pelo y las olas rompiendo en la arena. La explosión tan solo suya, porque hay palabras que solo te impactan a ti. Es ella la que tendrá que llamar a Bernadette, a sus madres y decirles que la chica del surf se ha olvidado de cómo hacerlo, que quizás ha alcanzado un límite y ya no quiere seguir.

Para Alva, jamás ha supuesto un problema seguir a su corazón, lo que le nace lo lleva a cabo; lo que no, desaparece. Pero las decisiones que podrían cambiarlo todo se le resisten. La paralizan como una intensa fobia.
Lo más radical que ha hecho en su vida ha sido independizarse.

—¿Piensas que pasándote toda la tarde flotando en el agua hará que dejes de estarlo? —Narel la acusa entre los rizos negros, que se le enredan en las largas pestañas. Entonces, se da cuenta que su confesión la ha recibido él. ¿Para qué ha dicho nada?

La lengua de Alva se vuelve pastosa en el paladar, traga saliva.

—¿Y qué debería hacer según tú? —Lo reta, airada, indignada y envalentonada por el alcohol. Narel ya no la intimida y solo ve a una persona que no la conoce juzgando sus actos como los de una niña estúpida.

Narel se incorpora, colocándose de tal forma que queda frente a ella, mirándola desde arriba. Suspira, parece arrepentido, como si pensara que tendría que haberse quedado callado.

—Tú sabrás —responde, lavándose las manos, voz monótona y pausada—. Pero empujar una puerta cerrada solo hará que te agotes. Ocupa tu tiempo en otra cosa y vuelve más tarde a ver si ya la han abierto.

Alva, que tenía preparada una réplica contra su juicio, se queda flotando en su burbuja de alcohol mientras lo observa con curiosidad. El consejo de Narel no es el de una persona remilgada que te habla por encima del hombro, sino el de la persona que se ha chocado tantas veces con la puerta cerrada que sabe de lo que habla. «Tan en contra de los prejuicios y eres la primera que los aplica».

Se rodea con los brazos, mirando más allá de Narel. Hacia la masa negra de alquitrán en la que se convierte el mar alumbrado por la luz de la luna. «Gran consejo», piensa. Lástima que le dé pavor dar la espalda a la puerta. Porque Alva no tiene ni idea de quién es si no surfea…, que no es nadie. No cree que sirva para nada más.  Sus pensamientos y los mojitos las acaloran, nota una pátina de sudor pegajoso sobre su frente, la nariz absorbiendo humedad. Sería agradable darse un baño. «Y a qué esperas, ahí está el agua».  

—¡Voy a bañarme! —exclama. Se saca el móvil del bolsillo, agarra a Narel por la muñeca y le planta el aparato en la mano.

—¿Eh? —Este la observa como si le hubiera dado un ataque extraño. Alternando los ojos entre la chica y su teléfono.

Por toda respuesta, Alva desabrocha sus sandalias, que se sacude con fuerza: una acaba en la entrada del local y otro por poco le da a Dione en la cabeza, que conversa al otro lado con una chica desconocida.

—Que me voy a bañar.

Sonríe y sale corriendo por el camino de tablas, sin pensar. Está harta de pensar. Solo quiere un momento de descanso. El viento le azota el rostro, los pies se le hunde en la arena fría de la noche y Alva se zambulle en el mar.


El agua le ayuda a despejarse la cabeza y, también, trae la vergüenza. La figura de Narel esperándola en la orilla no ayuda. Debe pensar que se ha comportado como una estúpida. Por lo que camina con una lentitud exagerada, las olas haciéndole cosquillas en los tobillos. Tiembla de frío, la camiseta se le funde con la piel y la tela de los vaqueros le raspa en las ingles.

Por mucho que lo intente, al final acaba desembocando en la arena. Pero allí no aguarda el chico enfadado que imaginaba su cerebro. Todo lo contrario, Narel sonríe por primera vez: una sonrisa con pliegues en las mejillas y dentadura deslumbrante. De la mano del cuelgan las sandalias de Alva, quien se detiene chorreando a medio metro de distancia.

—Tu amiga te ha grabado en vídeo.

—¿Cuál? —pregunta, dibujando con el pie en la arena, teniendo así una excusa para no mirarlo.

—La que está loca.

Alva ríe bajito, una risa que se lleva la brisa.

—Ambas lo están. —La calidez inesperada de Narel la anima para levantar la vista. Intenta que los dientes no le castañeen. «Como coja una neumonía Tony me mata».

Narel pone los ojos en blanco. No puede evitar preguntarse de nuevo por qué de súbito ha decidido hablar con ella o por qué ha aguardado ahí hasta que Alva se ha animado a salir del agua. Es extraño incluso ver su cara en acción, con una expresión facial distinta a la rectitud perenne.

—¿Dione? —aventura. Un año y ni siquiera se sabe el nombre de su amiga. ¿Se puede estar tan absorto dentro de una mismo como para ni siquiera prestar atención a un nombre?

Alva asiente, avergonzada, aunque Narel no haya dicho nada al respecto de su baño. Con los brazos trata de cubrirse el pecho para que el chico no vea su sujetador negro con estampado de margaritas.

—Esto…, creo que iré a rogarle Loca Número Uno que no le enseñe el vídeo a nadie —carraspea, meciéndose sobre los tobillos.

Por respuesta, Narel le tiende la sudadera que lleva colgada al hombro.

—Cámbiate.

Cuando la chica la coge, se da la vuelta para darle intimidad. Anonadada por la amabilidad, Alva pierde unos segundos en observarlo. A continuación, comprueba que no haya nadie lo suficientemente cerca y se desviste. Al final, la solo es ropa interior, pero los complejos de Alva hacen que la desnudez la avergüence. La sudadera le llega casi a las rodillas y le resbala por el hombro. Huele a loción para después del afeitado, salitre y canela. Narel huele bastante bien.

—Ya puedes darte la vuelta.

Agachada para recoger su ropa, llena de arena murmura un agradecimiento. Narel encoge lo hombros para restar importancia.

—Avisa a Nahele y Tony que me he ido a casa, por favor. —No quiere volver al club con esas pintas y el maquillaje corrido sobre las mejillas. Por otra parte, el baño la ha dejado exhausta—. Le daré la sudadera a Jane para que te la devuelva.

Narel no responde enseguida y por unos segundos, piensa que se ha abusado de su amabilidad y va a transformarse de nuevo al Narel que está acostumbrada.

—Te acompaño. —Se ofrece antes de que acepte, comienza a caminar siguiendo la línea que dejan las olas en la arena.

Alva corre para alcanzarlo.

—No es necesario, no quiero molestarte más.

—Pero yo necesito una excusa para no volver al club todavía, Alva. —Se sincera, la brisa le revuelve el pelo y la escasa luz hace relucir sus pecas. Hay ruego en el fondo de su garganta: existe una razón concreta por la que no quiere regresar.

—¿No serás el hermano gemelo de Narel? —Se le escapa después de unos cuantos metros de camino contemplativo en el que no ha parado de preguntarse la razón del Narel de esta noche. Y de la Alva borracha, que hace preguntas que no haría estando sobria.

Suelta una carcajada gutural que la pilla tan desprevenida que da un bote por el susto.

—Habla la chica del asiento de atrás, observándolo todo desde la retaguardia. —cuestiona avispado, adivinando el motivo de su pregunta.

—Supongo que prefiero la retaguardia porque nadie se fija en mí —confiesa. Noche de confesiones. Quizás porque Narel es un casi desconocido y es cierto eso que dicen que resulta más sencillo ser honesto. O quizás son los mojitos.

—Yo sí me fijo, así que cambia de táctica —responde Narel, balanceando el brazo del que cuelgan las sandalias de Alva.  

Justo entonces decide que le gusta Narel, porque cree entender su forma de actuar. Al final, ambos son lo mismo; juzgados por aviesos y bordes, cuando son introspectivos, callados ante lo desconocido. Primero observan y más tarde, si acaso, se abren un poco. Por la semejanza que haya en sus formas, pronuncia las siguientes palabras:

—Voy a proponerte un juego.

—De acuerdo. —Frunce los labios, divertido y cauteloso a igual medida. Le sorprende la rápida disposición de Narel, que suele renegar de cualquier actividad— ¿En qué consiste?

Animada, Alva pega un salto cortándole paso. Se detienen frente a su casa. Tira la ropa al suelo y rápido, retiene su pelo en una coleta. Las olas le hacen cosquillas en los pies.

—Bienvenido al test de compatibilidad de Alva Pullman —explica con aire ceremonioso, recreando una pequeña reverencia. El chico sonríe, cruzándose de brazos—. Debes responder tres sencillas preguntas.

—Adelante.

Alva levanta un dedo en advertencia.

—No pienses que es tan fácil, tus respuestas deben coincidir con las mías.

—¿Y qué ocurre si no coinciden? —apostilla, curioso por el repentino cambio de actitud de la chica. Alva se encuentra a sí misma diciéndose que le gusta el rostro de Narel cuando se relaja.

—Entonces mi teoría del arrecife quedará comprobada, una vez más. —Narel contrae la frente, que se le llena de arrugas desconcertadas—. Te hablaré de ella en otra ocasión, ahora vamos a lo que nos concierne—. Se pone en jarras.

—¿Si acierto? —prosigue preguntando Narel.

Alva encoge los hombros.

—Ya veremos, nadie ha acertado nunca, no en todas.

—Dispara.

—Película, escritor y artista preferidos —anuncia.

Se inventó el juego cuando tenía doce años. Empezó como un medio para conocer a las personas que la rodean, después de todo, somos la suma de las cosas que nos gustan. Es más sencillo profundizar en alguien a través de lo que lee, escucha o ve que de lo que dice. Pero, con los años, Alva ha descubierto que la falta de compatibilidad con sus respuestas es equivalente a cuánto termina congeniando con la persona en cuestión. Tanto Nahele y Tony coincidieron en una, Dione en ninguna, pero queda exenta del test porque es Dione. Lester, en ninguna.
Alva sigue esperando a la persona que las acierte todas. Narel se lleva los dedos a la barbilla, meditabundo.

—Vale, los tengo —anuncia minutos después—. Lilo & Stich, Jane Austen y los Beach Boys.

La muchacha se queda muda, con los brazos caídos a los costados. Y, a pesar de tantos intentos a lo largo de la noche porque no se le cayera la mandíbula al suelo: esta se le abre.

—¿Alguna coincidencia? —Quiere saber Narel, extrañado por su reacción.

«Es la persona». Que sabe que su test, en el fondo, resulta absurdo. Igual que su teoría del arrecife, la de los espejismos y la de la Tierra en el centro. Pero cuando vuelve a mirar a Narel, parece la primera vez, pero de muchas antes. Como si lo reconociera de algún mundo paralelo, de una vida pasada o de otra que tal vez esté por llegar. Como dos desconocidos que han estado buscándose: ella mirando al horizonte, él escondido tras una cerveza. Dos desconocidos que por fin se han visto. Inconscientemente, imagina un hilo saliendo de su pecho para unirse al de Narel, que se ha puesto tenso y cuyas facciones regresan a su estado de contención habitual. Todo ocurre en una décima de segunda en la que todo lo demás desaparece.

—Todas. —Logra mascullar.

Con las emociones revueltas, vértigo en la tripa y catarsis en el corazón, sale corriendo hacia su casa. Sin despedidas. Olvidando las sandalias y la ropa. Asustada por esa emoción desconocida que la invade sin permiso, extendiéndose como tsunami que arrasara la ciudad.

«Es el alcohol», se dice Alva, jadeando con la espalda pegada a la puerta, en la oscuridad de su casa. «Sí, estás borracha», repite.  

Y el hilo entre ellos se tensa, pero no se rompe.
hypatia.


Ver perfil de usuario
----
----

Volver arriba Ir abajo

Página 2 de 2. Precedente  1, 2

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.