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I'll be there for you.

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Mensaje por gxnesis. el Dom 13 Ene 2019, 9:10 am




Spoiler:
Ficha Obligatoria.

Título: I'll be there for you.
Autoras: Varias.
Adaptación: Basada en la serie televisiva Friends.
Género: General.
Contenido: Depende de cada escritora.
Otras páginas: No.

d




I'll be there for you.
Mañanas de café en Nueva York, tardes de sol en Australia o noches de cervezas y lo que surja en Liverpool.

Esta historia seguirá la vida de tres grupos de amigos en distintas etapas de la juventud. Pues no afrontamos lo que nos ocurre de la misma forma cuando tenemos treinta que dieciocho.

Tres grupos de amigos que se acompañarán unos a otros en sus desventuras, amoríos y experiencias. Que confundirán amor con amistad o que no sabrán distinguir entre ambos. Desengaños familiares. Situaciones laborales complicadas y la búsqueda de uno mismo cuando ni siquiera sabes que estás perdido.

Descubriendo que, al final, la familia es la que eliges y no la que toca. Y lo único importante, es saber que estará ahí pase lo que pase.



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Mensaje por Ritza. el Dom 13 Ene 2019, 10:23 am

EM-PE-ZA-MOS I'll be there for you.  1857533193 I'll be there for you.  2841648573 I'll be there for you.  1857533193 I'll be there for you.  2841648573 I'll be there for you.  1857533193 I'll be there for you.  2841648573 I'll be there for you.  1857533193 I'll be there for you.  2841648573

ESTOY MUY EMOCIONADA PORQUE AMO FRIENDS Y AMO ESCRIBIR CON USTEDES Y AMO TODO ESTO I'll be there for you.  4098373783
Ritza.


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Mensaje por Stark. el Dom 13 Ene 2019, 5:28 pm

ME ENCANTAAAAAAAAAAA I'll be there for you.  1477071114 estoy muy feliz porque ya empezamos I'll be there for you.  2841648573 I'll be there for you.  2841648573 Siempre es un placer escribir con ustedes I'll be there for you.  1477071114
Stark.


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Mensaje por gxnesis. el Dom 20 Ene 2019, 10:38 am

HOLA BELLAS MÍAS I'll be there for you.  1477071114 Estoy emocionada porque ya empezamos con esta idea I'll be there for you.  2841648573
gxnesis.


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Mensaje por gxnesis. el Dom 20 Ene 2019, 4:04 pm

Bu:
Holi I'll be there for you.  1477071114 Bueno, voy a subir las dos primeras partes del capítulo porque ya las tengo terminadas, me está quedando el asunto kilométrico y así no os saturo xd. Entre esta semana que entra o la siguiente subo la parte que me queda narrando sobre Perth y Liverpool I'll be there for you.  2841648573
Los primeros capítulos no se me dan bien, pero espero que os guste I'll be there for you.  3136398239

Pasa el cursor por la imagen.
Capítulo 01.

Escrito por: hypatia.








Brooklyn Heights.

Todo cuanto necesita Havana para abandonar sus estiramientos matutinos son las primeras notas de Super Trouper emanar desde el interior del apartamento. Pega un brinco de exaltación y se cuela por la ventana que lleva a la terraza estando a punto de caerse de bruces.

Corre por el pasillo, salta las dos escaleras del salón a doble altura y se desliza hasta la cocina. Donde encuentra a Halima, amiga y compañera de piso, bailando con la espátula de las tortitas. Tan temprano, Halima es un moño mal hecho, legañas y ropa arrugada, pero toda energía. Sin dejar de menear las caderas le tiende el salero a Havana por encima de la mesa.

—¿Preparada? —insinúa.

Havana agarra el salero, destensa los músculos y le guiña un ojo.

—¡Dámelo todo, nena! —exclama.

Y así, cuando Cher entona, ambas enloquecen. Se cantan, chillan y bailan la una a la otra como si fueran las protagonistas de un musical por todo el salón mientras Brooklyn Heights comienza se desperezar. Ninguna sabe cómo empezó, pero berrear Mamma Mia, Rent, Hamilton o lo que les echen se convirtió en una costumbre años atrás. Casi tan arraigada como lavarse los dientes.

So, i’ll be there when you
When you arrive.
The sight of you will
prove to me I’m still alive.


En esa estrofa se abrazan como dos enamoradas que se encuentran después de mucho tiempo separadas. Compartiendo una única espátula y soltando toda la fuerza de sus pulmones con las notas. Cuando la canción rompe de nuevo, se alejan con dramatismo en direcciones opuestas del sofá.

Havana se dispone a dar un giro —tal y como le enseñó la propia Halima—, cuando su cuerpo se adormece y una sensación de succión se apodera de ella. Antes de que le fallen las piernas, consigue aferrarse al borde de su mesa de dibujo, situada frente al ventanal. Cierra los ojos y respira hondo varias veces. Aguardando con calma a que el mareo salga de su cuerpo.

—¡Havana! —chilla su amiga. A sus oídos, que zumban como un enjambre, llega de forma distorsionado.

—Estoy bien.

Abre los ojos de nuevo incorporándose. Por suerte, el salero rueda sobre la mesa: no quiere siete años de mala suerte.  El sol que se cuela por las ventanas la ciega momentáneamente. El mareo se ha ido tan rápido como ha llegado, sin embargo, su cuerpo reacciona lento y débil. Halima está a su lado, espátula en ristre y ojos oscuros como ónices, volcando toda su fuerza en ella con preocupación.

—Y a esto se le llama un final apoteósico —bromea Havana. Reprime las ganas de hacer una reverencia. No quiere darle mayor importancia a lo que acaba de pasar. Sonríe a Halima y se dirige a la nevera dispuesta a hacer el desayuno.

Pero Halima, pisando fuerte sobre el parqué, tiene otros planes. Nota su presencia alterada a la espalda mientras rebusca entre los envases. El frío artificial borra el sofoco que le ha provocado el mareo. Antes de poder coger los huevos, una mano tira de ella y la hace girar, casi tirándola de culo dentro del frigorífico.

—Llevas un mes con mareos —arremete Halima arqueando sus cejas definidas—. Vas a ir al hospital a hacerte unas pruebas así tenga que arrastrar tu culo por todo Nueva York ¿Entendido?

Havana siente borbotear la sangre. Una chispa salta en ella cada vez que se siente presionada. Está en uno de esos días en los que no tolera bien las órdenes ni las invasiones a su espacio. Se escabulle bajo el brazo con el que su amiga sujeta la puerta de la nevera en dirección a las alacenas.

—Son solo mareos. —Vuelve a restar importancia, más concentrada en su disyuntiva sobre si tomar cereales de chocolate o Lucky Charms—. Tendré un chakra desequilibrado, nada más.

Así es Havana Blunt. Los malestares físicos tienen origen en algún desajuste emocional y espiritual. Confía en las energías, la influencia de la mente en el cuerpo y en las piedras, amuletos y brebajes de su madre más que en cualquier medicina convencional.

—Déjate de tonterías —intervino Halima de nuevo. Está sentada sobre la mesa redonda, con los pies apoyados en el respaldo de la silla. Por suerte, Callie ya se ha marchado al trabajo, pues de lo contrario la mataría—. Porque no son solo mareos.

Havana agarra las dos cajas de cereales, incapaz de decantarse por unos. Gira sobre los talones, dispuesta a refutar. Finalmente calla. Halima lleva razón. Últimamente su cuerpo ha estado jugándole malas pasadas. No solo son los mareos, sentirse hinchada, ni pasar de no querer ver comida nunca más a tener ganas de engullir un supermercado entero, también es la apatía, el insomnio y querer dormir durante todo el día.
«Quizás me está costando congeniar con el otoño», medita en silencio.  

—Haré una visita a mi madre esta tarde —concede tras depositar los cereales al lado de Halima.

Halima cambia de posición y le hace un gesto a su amiga para que coja otro bol para ella. Havana enciende la cafetera. Otra posibilidad la aborda: quizás su malestar se debe a que ha rebajado la dosis de café diaria. Las insistencias de Halima ha despertado su incertidumbre y tocado a la puerta de su curiosidad. No podrá dejar de darle vueltas hasta que encuentre un motivo que le convenza los suficiente para explicar su situación.

—Tu madre tiene una tienda esotérica, no una consulta médica.

Se marcha a la nevera y, desde ella, empieza a lanzar comida como una deportista profesional. Fruta, leche y zumos. Al tiempo que Havana saca bollos, pan y pepinillos del mueble.

—Bueno, entonces hablaré con mi padre.

—¡Pero si da charlas sobre educación sexual!

Havana se queda pensativa, con la cafetera en la mano, a medio camino de la mesa.  

—Lo sé, puede que mi cuerpo me pida sexo.

Halima le propina un golpe en la cabeza creyendo que solo intenta sacarla de sus casillas. Pero Havana habla totalmente en serio. Su apetito sexual anda por las nubes, lleva más de dos meses sin acostarse con nadie.

—No te soporto. —Se deja caer sobre la silla de color amarillo, dando por zanjada la conversación.

La puerta del apartamento se abre. Irrumpen en él Miles, el hermano mellizo de Havana, arrastrando los pies y las manos en los bolsillos. Lo sigue Max, con su guitarra a la espalda y quien significa tantas cosas para ella que después de diecisiete años todavía no sabe catalogarlo con una sola palabra.

—¡Buenos días! —entona Halima.

—¿Por qué no la soportas? —pregunta Miles, que sin siquiera sentarse roba una napolitana de la mesa. Su flequillo rubio le cae sobre el rostro, tapándole los ojos azules. Uno de los pocos parentescos que demuestra que son hermanos.

—Es Havana, lo raro es que ocurra lo contrario —embiste Max sentándose al lado de la susodicha, quien ese momento se sirve café lanzándole una mirada de reojo.

Max bromea. Pero, así y todo, una pequeña porción de su intuición cree que hay un escarnio velado. Después de todo, Max ha estado más frío desde la última vez que se acercaron y fue ella la que decidió frenarlo antes de hacerse daño. Crecieron juntos en Long Island, patio con patio, junto con los demás —salvo por Halima y Freddie—. Max Murray es estrella protagonista de sus recuerdos. Todas sus primeras veces. Esos brazos que gritan hogar. Esa risa y esos ojos que inspiran viñetas de su novela. Que se quieren, pero no como ellos quieren.

Havana se pierde en sus emociones, sin guía y muchas meteduras de pata. Mientras que Max tiene el rumbo bien marcado. Después de tantos intentos fallidos de relación se ha dado cuenta que amar no es suficiente. Que puedes no poder estar sin alguien y no ser capaz de estarlo. Prefiere la amistad de siempre, quererse callados a la posibilidad de perderse definitivamente.  

Carraspea dando un pequeño mordisco a la galleta. Es muy pronto para sumirse en la espiral de sus todo lo que no pudieron ser.

—Perturbáis mi paz —Se queja.

—¿Sabéis lo que es perturbador? —dice Miles, apartándose el flequillo de la frente. Se responde solo antes de que ninguno de los presentes pueda decir nada—. Que Max se pase todas las noches aporreando la dichosa guitarra como si fuera un maldito trovador.

Max pone los ojos en blanco, ocultando el verde claro de sus ojos. Havana se fija en lo guapo que está por las mañanas. Despeinado, lleno de sueño y sereno, sin las malas energías del día nublándolo. Se pregunta si ha escrito alguna canción nueva esa noche, qué la ha inspirado, si se la enseñará a ella antes que a nadie como suele hacer.

—Yo no me quejo cuando traes a alguien a casa y tengo que aguantar tus gemidos —contraataca, mordiendo una manzana. Miles enrojece. Ha perdido el asalto contra su mejor amigo. Desde los cinco años, entre ellos se libra una lucha eterna por dejarse en ridículo.

—No os vayáis por las ramas —intercede Halima masajeándose el cuello. Havana aprieta los dientes, a tenaz no le gana nadie—. Por favor, decidle alguno de vosotros que vaya al hospital.

Señala a Havana. Desmigaja la galleta, ya sin apetito. Cuando alza la vista encuentra muchos pares de ojos. El vello de los brazos se le levanta. Definitivamente, no es uno de esos días en los que busca atención.

—¿Qué te pasa? —Se interesa Miles.

—Nada, un chakra mal ajustado.

—Mamá puede arreglarlo —determina apuntándola con el dedo.  

Havana dirige una mirada triunfal a Halima. La piel morena de su amiga reluce bajo la luz amarillenta.

—Casi se desmaya —confiesa, mirando a Max como su último recurso. Consciente que él no saldrá con ninguna tontería.

—¿Otra vez? —Mira a Havana con reproche. Esta se encoge de hombros tragando el café con fuerza.

—¡Que no es para tanto! —lloriquea. Aferra el collar de la que pende una piedra Ágata. El malhumor revolea sobre su cabeza.

—Me dijiste que irías al médico —continua Max inclinado hacia ella, sin hacer el menor caso a su frustración.

Dos días atrás, cuando estaba con él en su casa viendo una reposición de El Club de la Lucha, sufrió uno de los dichosos mareos. Y, como ya le había pasado en más ocasiones estando en su presencia, Max le había hecho prometer que pediría cita para hacerse unos análisis.

—Ya… —Ahora la invade la desazón. Los cambios de humor que sufre continuamente la agotan.

Max resopla con resignación cariñosa, dándole vueltas a la manzana en la mano; dedos largos y diestros. Se pregunta, una vez más cómo es que no se cansa de tener que tirarla para que avance, de tratar de organizar su caos y aguantar sus chaparrones. Duda si es costumbre o ganas. No sabe cuál de las dos opciones podría dolerle más.

Ya sea por ese pensamiento inoportuno, sus ojos que continúan taladrándola, Halima insistente o el olor dulzón de la colonia de Miles: pero unas fuertes náuseas ascienden desde su estómago hasta la garganta. Llevándose el escaso hambre que le restaba. Sin embargo, disimula la expresión de asco como puede, viéndose incapaz de soportar otro sermón.

—Está bien, iré al médico —cede al fin.

—Hoy —incide Halima dibujando una sonrisa de campeona en sus labios finos.

—Lo que digas. —Hace aspavientos con la mano para acabar con la conversación. Se levanta de la mesa con cuidado, controlando las náuseas que no se marchan—. Voy al baño.

Camina con parsimonia fingida, procurando no precipitarse. Pero cuando finalmente alcanza el baño corre al retrete justo al tiempo que una sustancia amarga y caliente se le escapa por la boca. El mordisco de galleta y el sorbo de café que ha podido ingerir sale de su cuerpo entre convulsiones exageradas. Cuando las arcadas cesan, le duelen las costillas y un sudor frío le perla la frente arrugada. Se deja caer de cuelo sobre las baldosas azules, jadeando. «Halima tiene razón, algo te pasa».

Tras recomponerse un poco, se lava la cara y los dientes con ahínco. Su piel poco a poco va perdiendo la palidez que le acentuaba las ojeras. Se masajea al cuello y respira hondo antes de regresar a la cocina. Procura no darle demasiadas vueltas. Después de sus clases de yoga irá a Long Island a hacerle una visita a su madre.

Una vez fuera, el ruido impacta en sus oídos. La actividad se ha desatado en su apartamento y esa sensación familiar la llena el pecho. La de sus amigos trasteando por la mañana. Comprueba que Olivia, Minnie y Travis han llegado. La primera detrás de Max, con las manos sobre sus hombros y esa sonrisa siempre amable y despistada. Los otros dos sentados a la mesa: Minnie hablando animadamente con Halima y Travis, con los brazos sobre el respaldo de la silla, escuchando a su hermano sin mucho interés. Solo faltan Freddie, Damon y Callie.

Havana sonríe desde los límites invisibles que separan la cocina de la sala de estar. Desde que se fueron a vivir a Brooklyn desde Long Island, todos repartidos en el mismo edificio, su apartamento se había convertido en el centro de operaciones del grupo. Desayunos caóticos, noches eternas de juegos de mesa, llegar a casa y que estuvieran Max y Travis echándose una siesta en el sofá, el baño ocupado por alguien que ni siquiera vivía allí. Todos esos momentos que Havana desea encerrar en una caja para poder rememorarlos cuando sea mayor.

Abandona el sigilo y se zambulle en el frenesí. Sonríe a los recién llegados, todavía con el estómago un poco revuelto. Llega al lado de Olivia que ahora se sostiene contra la isla de la cocina y le da un beso en la mejilla. Súbitamente cariñosa. Su amiga huele a cítricos y arcilla, un olor que también es casa. Su mata de pelo negra le hace cosquillas en el rostro.

—Alguien me ha echado de menos —bromea.

—¿De qué hablan? —pregunta Havana colocándose a su lado.

—Quién sabe —rueda los ojos.

—Es que—Miles, al que le gusta la atención y tiene el carisma de una comediante de alto calibre, se levanta de la silla—, imaginad ser un cocodrilo y no poder sacar la lengua.

Travis y Max sueltan una carcajada. Minnie y Halima lo miran como si se hubiese tragado una ingesta elevada de las hierbas de su madre.

—Para qué va a querer sacar la lengua un cocodrilo —rebate Halima, cruzada de brazos. Havana puede notar un aura de poca paciencia bordeando su silueta.

—Está echando una carrera con su otro amigo cocodrilo para ver quién se zampa antes a su presa y le gana —propone Miles con un gesto de la mano aplicando una lógica que solo se da en su cabeza—. Esa sería una posibilidad.

—Miles, vuelve a la cama —pide Olivia.

—No puede, Ronnie está allí y no quiere verla —añade Max, mirando a las dos chicas fugazmente, con una sonrisa ladea de lascivia.

—¿La chica del metro? —Se interesa Travis, parpadeando con gracia en dirección a Miles.

—Resulta que tiene una extraña fijación por las fustas. Me da miedo que se levante con el pie izquierdo y me arree un latigazo.

La vida amorosa de Miles era digna de unos cuantos libros.

—Mira que eres tonto —señala Havana, abogando por la frase que más utiliza con él.

—Sois un público deplorable —finaliza este, pegando la silla a la mesa—. Me marcho a la clínica, tengo un hámster con sobrepeso que atender.

Miles trabaja como veterinario en el barrio. A pesar de su mente imaginativa, su hermano es un chico de ciencias y lógica. Más, tal vez, de lo que sus padres quisieran.

Minnie pega un salto sobre la silla.

—Voy contigo—Comprueba la hora en el reloj de muñeca—, tengo que irme a la universidad.

—¡Nos vemos en el Late Latte Cup! —exclama Olivia a modo de despedida.

Segundos después ambos se marchan.

—Voy a arreglarme —determina Halima—, recoged este desastre.

—Sí, capitana —bromea Olivia mandándole un guiño. Halima le enseña el dedo corazón antes de meterse en el baño.

Max es el siguiente en levantarse. Estira los brazos para desperezarse a ambos lados y bosteza. La camiseta se le sube, dejando entrever parte de su piel. Havana aparta la mirada.

—Me fascina tu capacidad para estar cansado cuando ni siquiera has empezado a funcionar —comenta Travis.

—La práctica del maestro.

—Ya empiezan… —canturrea Olivia al oído de Havana.

—Del vago, dirás —corrige el muchacho de rasgos asiáticos.

—También. Me voy al teatro —finaliza Max agachándose a por la guitarra tras ponerse la cazadora vaquera llena de parches en las solapas, que compró en una tienda de segunda mano en Queens. Al girarse se acerca a Havana peligrosamente—. Llámame si quieres que te acompañe al hospital.

—Vale —responde con tono cansino, sabiendo que es más una advertencia para que vaya que un ofrecimiento.
Max le pellizca la mejilla como despedida y a Olivia, callada a su lado, le pone una mano en el hombro: esta sonríe.

—Adiós, retrasado mental. —Le dice a Travis cuando ya está traspasando la puerta.

Travis resopla.

—No lo soporto.

—Venga, si no podéis vivir el uno sin el otro —refuta Olivia, sacándole la lengua.

Ambos llevan razón. Travis y Max no habían comenzado con buen pie cuando se conocieron en el instituto. Habían llegado al punto de pelearse a puñetazos. Pero al final, tanto roce había generado cariño.

Pasan unos cuantos minutos más antes de marcharse al centro cultural que Travis dirige y donde trabajan las chicas. Y, a pesar de la advertencia de Halima, los restos del desayuno quedan en la mesa: esperando a que Callie llegue a casa del trabajo y sufra un ataque de nervios.

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—¡Corten!

Los focos se apagan, pierden posiciones y aguardan a que St. Aldous Barnett, el director del musical, lleve su culo fofo de sedentario hasta el escenario para pregonar su discurso de histeria diario antes de mandarlos a todos a casa. Max, que en ese momento está de pie sobre la barra de bar, salta de la tarima para situarse junto a sus compañeros.

Recupera la respiración y se aparta el pelo de la cara. Guarda a Nolan —el personaje que interpreta— en un recoveco de su cuerpo y vuelve a ser él. Para Max Murray es sencillo meterse en otras pieles. Llenar su cabeza con una historia y unos sentimientos que no son los suyos. Mucho más fácil que vivir en la suya propia, que convivir con esa cabeza suya que no le da ni un respiro.

Con las manos a la espalda, aguarda a St. Aldous, quien se abanica con el guion como si pretendiera hacer girar las aspas de un molino, alcance por fin el escenario. Max cruza una mirada con Nico, su hermano pequeño, que observa entre bastidores.

El director, ya en el primer escalón del proscenio, se seca el sudor de la frente, yergue la espalda y sus pasos retumban sobre los escalones. Se sitúa frente a las actrices y actores con las manos apoyadas sobre su enorme barriga y dice:

—Kelly —señala a la chica que interpreta a una de las amigas de la protagonista—. Te llamas Kelly ¿verdad?...

—En realidad me llamo Anna. —Se atreve a contradecirlo con un hilillo de voz.

—Verás, Kelly —continua St. Aldous sin hacerle el menor caso. Camina hacia la chica que, a su vez, da un paso atrás rompiendo la fila—. Seamos sinceros, ¿de acuerdo? Eres mala actriz, pero muy guapa. Al público le gustan las cosas bonitas.

Max adelanta un paso preso de la indignación y la rabia, dispuesto a frenar a St. Aldous. Es uno de esos hombres que habla de las mujeres como objetos vacíos que vinieron al mundo para satisfacerlos a ellos. Uno de esos hombres con los que su madre ha tenido que lidiar durante años sin remedio. Miriam, la actriz que interpreta a Lola, lo agarra por el codo. La mira, esta hace un gesto negativo, lanzando chispas contra el director.

—Y aunque no espero de ti nada más que satisfacer la vista ¡Por el amor de Shakespeare! ¡Apréndete tus malditas frases!

Anna agacha la mirada y a Max le parece ver asomar una lágrima en su mejilla. El corazón le late a trompicones y está tan concentrado en reprimir las ganas de asfixiar a St. Aldous con el pañuelo de cachemira que lleva al cuello que no se da cuenta que se ha situado frente a él hasta que los excesos de colonia del hombre le abrasan los pelos de la nariz.

Tensa la mandíbula mientras lo observa. Es un hombre rollizo y grueso, con el cuello oculto por varias capas de papada. Unos ojos negros y pequeños bajo cejas que parecen pintadas a rotulador. La calva cubierta de gotitas de sudor. Por suerte, es más alto que él y su aliento podrido por el tabaco no le alcanza. St. Aldous Barnett, emigrado de Inglaterra y uno de los directores y productores de teatro musical más reconocidos a nivel mundial. El único motivo por el que Max mastica sus impulsos. Es la oportunidad para lanzar su carrera.

—Señor Murray, asumo que con la cara que tiene lleva una vida sexual activa.

—¿Disculpe?

—Ya sabe, que se acuesta con jovencitas —aclara con impaciencia, como si Max fuese corto de entendederas—. ¿Correcto?

Max se clava las uñas en la palma de la mano con fuerza procurando no mutar la expresión del rostro.

—No entiendo por qué eso puede interesarle a usted —masculla, mirándolo desde arriba. Consciente que debería haber respondido a su pregunta.

St. Aldous suelta una carcajada que se expande hasta el anfiteatro. Su rostro se contorsiona como si hubiera sido rociado con ácido. Antes de que Max pueda apartarse, la mano del director cae sobre su hombro, sudada y caliente. Se crispa como un gato, echándose para atrás todo lo que puede. El resto del elenco observa mudo, como una parte más del decorado. Max trata de decidir si ha metido la pata hasta el fondo, pues St. Aldous no tolera las contradicciones.

—Max, Max…, mi gallina de los huevos de oro. —Zarandea al chico de atrás hacia delante. «No le sueltes un guantazo, no le sueltes un guantazo…»—. Además de guapo, el único que tiene un poco de talento. Desde luego que tienes talento… ¡Pero miras a tu compañera como si te hubieran castrado! ¡Un poco de pasión, muchacho! Piensa que es una de esas chicas a las que…

«En la única chica a la que miro así», reflexiona su cabeza de forma involuntaria.  

—¡Vale! —Lo interrumpe, negándose a escuchar sus próximas palabras y alterado por su inoportuno pensamiento—. Lo haré, pero suélteme ya, me va a dislocar el hombro.

Se remueve bajo su agarre, con la camiseta mojada por el sudor de la mano, pensando en las cinco duchas que va a tener que darse para sentirse limpio de nuevo. El director sonríe sin dientes y da una fuerte palmada.

—Así me gusta —concede—. Estrenamos este musical el 5 de mayo, puede parecerles que queda mucho tiempo. Pero antes de que se den cuenta este teatro estará lleno de gente dispuesta a arrancarles las ganas de vivir si fallan—. Se gira hacia el patio de butacas, extendiendo los brazos cortos como queriendo abarcarlo todo—. Si eso les da miedo, piensen en que, si este musical recibe una mala crítica, lo que les haré yo será mucho peor.

—Me voy mucho más tranquila a casa —susurra Miriam junto a Max con complicidad. Este le dedica una media sonrisa, aunque todavía luchando contra la repulsión.

—Hemos acabado por hoy. —Con aire solemne que se queda en un intento, pues se le enredan los pies, St. Aldous planta la mirada en el elenco como si no hubiera pasado nada y desafiándolos a que se atrevan a reírse—. Mañana retomamos desde aquí y… ¡Apréndete el maldito texto, Kelsey!

No esperan ni cinco segundos para salir huyendo entre bambalinas. Max, por el contrario, permanece en su posición, con las manos ahora metidas en los bolsillos.

—Se llama Anna.

St. Aldous, que está admirándose los zapatos lo mira confuso, con las papadas bailando al mover la cabeza en su dirección.  

—¿Cómo dices?

Max cuadra los hombros.

—Que se llama Anna, no Kelly ni Kelsey. —Habla tranquilo, dibujando una sonrisa encantadora con la boca—. Quizás le gustaría aprendérselo, a usted nadie lo llama Babosa con Patas, aunque sea un nombre que le viene bien.

«Bueno, Max, hasta aquí tu carrera». No ha podido evitarlo. Max es impulsivo, incapaz de tragarse los desacuerdos durante mucho tiempo. Porque si no le germinan en la mente y se le hacen bola.

La reacción del director no es la que espera:

—Me gustas, muchacho, me gustas… —Lo señala repetidas veces con el dedo, con una sonrisa sagaz de dientes amarillos.

Max abre la boca varias veces, sin palabras. A eso hombre no había quien lo entienda. Resignado y no tentando más a su suerte, comienza a caminar hacia bambalinas. Donde sigue su hermano, sujetando la pared con el hombro.

Cuando Max lo alcanza, silva mirando al director, que está plantado sobre el centro del escenario como un rey observando su reino desde las atalayas del castillo.

—Por un momento creí que ibas a cortarle la cabeza.
Saluda, caminando a su lado por el estrecho pasillo. En las paredes de ladrillo cuelgan carteles de musicales anteriores. Todos éxitos que habían sido replicadas en distintas partes del mundo. Max no puede por más que sentirse intimidado.

Revuelve el pelo a Nico con cariño. Este le da un manotazo gruñendo que deje de hacer eso porque hace tiempo que le salieron pelos en el pene.

—Ha faltado poco —asegura, frotándose el cuello con cansancio.

—¡Eh! —exclama su hermano, todo energía—. Podríais cobrar entrada a grupos reducidos de gente para que vieran a ese fenómeno de la naturaleza en acción.

Algunos tramoyistas y ayudantes de escena pasan corriendo entre ellos sin siquiera mirarlos en dirección a la sala de los decorados. De la habitación que utilizan como centro de reuniones y descanso, vuela un leve olor a café de máquina y bollería industrial.

—Lo que… —Debe parar para hacer caso al repentino bostezo—… tú digas, canijo.

Nico lo mira de lado. Nadie puede negar que son hermanos, a pesar de las leves diferencias. Como que Nico tiene el pelo liso de su padre y Max los rizos de su madre. O los ojos, su hermano pequeño los tiene marrones. Ambos comparten los mismos rasgos: rostro cuadrado, mandíbula marcada y miradas intensas. Sin embargo, la expresión de Nico tiene la dureza de la de su padre. O al menos es como Max lo recuerda, ya que los abandonó cuando él tenía seis años. Por suerte, es lo único que tiene en común con ese hombre.

—Tienes mal aspecto —observa Nico.

Max se encoge de hombros.

—He dormido poco.

—¿Paranoias o canciones?

—Canciones.

Canciones que escribe pensando en la chica que le quita el sueño.

Alcanzan su camerino, con su nombre escrito en un papel de letras impresas. Entreabre la puerta.

—Te espero fuera. —Nico se mete las manos a los bolsillos de la chaqueta de cuero.

Max alza una ceja.

—No fumes.

—Ya soy mayor para que me prohíbas cosas.

—Me da igual. Si te veo con un cigarrillo en la mano hago que te lo comas…, encendido —amenaza.

Nico acaba de cumplir los dieciocho y la independencia que le da la residencia de estudiantes, sin su madre y Max para ponerle límites, está pasando por la fase experimental en la que prueba todas las cosas que no debe. El año pasado tuvo que ir a sacarlo de una casa de apuestas ilegal porque el muy idiota se pensaba que si perdía las apuestas lo único que perdía eran fichas.

—Eres un tocapelotas —farfulla el chico antes de perderse por el pasillo en dirección a la salida de los trabajadores.

Es tocapelotas porque le ha tocado serlo. Por la falta de su padre y los tres trabajos que tenía que compaginar su madre para sacarlos adelante, Max tuvo que cuidar de Nico más de lo que le correspondía. Cuando él ni siquiera sabía cuidarse a sí mismo. Después toda su vida curándole las heridas, echando a los monstruos de debajo de la cama y cubriéndole las espaldas de todo lo que pudiera hacerle daño, es difícil abandonar las costumbres.

Y Max es una persona de costumbres. Como seguir enamorado de la chica con la que sabe que no puede tener una relación.


Se da una ducha rápida y se cambia de ropa deshaciéndose por fin del escalofrío de suciedad que le ha dejado la mano de St. Aldous. Coge el móvil del tocador, donde lo dejó esta mañana, para mirar los mensajes. Ninguno de Havana. Aunque tan solo es mediodía, quizás tiene más clases. «Me llames o no, más te vale ir al médico», piensa para sus adentros. De quien sí encuentra un mensaje es de Olivia.

Tengo un rato libre ¿Vienes?

Max responde una afirmación. Comienza a recoger sus cosas con premura, deseando marcharse de allí. Pero se queda parado cuando sus dedos tocan el libreto con una copia del guion. All You Need is Love. Se deja caer en la silla con pesadumbre. Después de dos meses de ensayos y a pesar de su facilidad para cambiar de piel, Max sigue teniendo problemas para conectar con Nolan, el joven al que su grupo de amigos arrastra a un karaoke la noche en la su novia de toda la vida lo abandona. Y allí conoce a Lola, que acaba de descubrir una infidelidad. Los unen dos corazones partidos por la mitad y después de una noche de confesiones, prometen verse todos los martes en el karaoke. Nunca fuera de él.  Así, entre conversaciones y canciones de Los Beatles, se enamoran.

El musical tiene todos los ingredientes para convertirse en todo un fenómeno en Broadway. Su oportunidad de tener una carrera fuera de teatros de tercera categoría, de obras sin fondo y trabajos no remunerados. Pero un solo error, una réplica mal entonada o no sobreponerse a la dificultad de conectar con ese joven que vuelve a enamorarse cuando creía no poder hacerlo y todo se irá a tomar por culo. ¿Y entonces qué hará? ¿Una carrera? ¿Un trabajo que no quiere?

«A veces te va la cabeza tan rápido que me mareo hasta yo. Oh Ah Hum, Murray». La voz de Havana, suave y sin prisas, se reproduce en su cabeza. Junto con el mohín fastidioso en de sus labios. Le molesta que se cuele con tanta facilidad, pero solo evocarla frena la cadena de autodestrucción y se le asoma una sonrisa.

Havana es un caos, pero a Max le proporciona calma.  Sigue sin entender por qué les va tan mal  cuando se juntan. Por qué es tan complicado que se encuentren cuando recorren el mismo camino desde que se tiraban barro en el jardín de su casa. Pero la respuesta, sin embargo, no solucionará nada. La última vez Havana fue determinante. Tenemos que dejar de hacernos daño. Y sabe que tiene razón. En esa tierra de nadie funcionan mejor.

Fuera, tal y como esperaba, Nico fuma. Apoyado en la moto de su hermano. Cuando ve a Max y su expresión asesina da un brinco. Tira lo que le queda de cigarrillo tratando de expulsar el humo de forma disimulada. Max, dispuesto a cumplir su amenaza, desliza el casco de la moto hasta el codo para que no le dificulte el trabajo.

Ya con un pie en el primer escalón, escucha:

—¡Hey!

El chico tiene que apretarse contra la barandilla de latón que delimita los escalones para no ser aplastado por la puerta, tras la que aparece Miriam. Se ha recogido la larga y voluminosa melena azabache en un moño del que escapan unos cuantos rizos. Unos ojos marrones profundos con secretos lo evalúan. Miriam guarda ese tipo de belleza intimidante. Pero la contrarresta con su personalidad amigable y tranquila.

—Hola —saluda Max, mirando a Nico por encima del hombro, quien ha abandonado su escondite tras la moto y observa la escena con curiosidad.

Miriam posa la espalda en la puerta con languidez, parece moverse a cámara lenta, para dar a quien la mire, el tiempo suficiente para fijarse en ella. Sonríe sin dientes.

—St. Aldous estaba especialmente amable hoy —ironiza. Juguetea con uno de los mechones pasándoselo por la mejilla. Entrecierra los ojos.

—Por lo menos no ha rociado a nadie con café —comenta Max, todavía más centrado en su hermano pequeño que en Miriam.

—Solo porque no tenía uno a mano —ríe, incorporándose y aprovechando el impulso para quedar a dos suspiros de Max, que se clava la barandilla en los riñones. Sonríe nervioso por la repentina cercanía, acorralado—. En fin… ¿Te apetece tomar algo? Ya sabes, para conocernos mejor y ganar la complicidad que nos pide. Después de todo, estamos enamorados.

Traga saliva, abrazado al casco como medida de salvamento. La forma en la que Miriam pestañea y se le fruncen los labios resulta esclarecedora. Quiere conocerlo a fondo. Y aunque una parte de Max está muy dispuesta a ello, la que pesa más recula. Sin importar lo prometedor de la propuesta.

—Me encantaría. —Verdades a medias—. Pero ya he quedado.

La decepción acude a su compañera. Solo le dura unos segundos. Y en su sonrisa ve la resignación de una jugadora experta con intención de volver a intentarlo de nuevo.

—Otro día, entonces.

—Sí, claro, otro día… —«O en una vida en la que no sea tan gilipollas», se reprende mientras que a ella le da su expresión más encantadora.

Miriam se despide y se marcha hacia la calle principal, donde pronto se funde con el gentío de la Avenida Broadway. Max deja caer la cabeza contra el pecho. «Idiota». Llega por fin hasta Nico, que lo mira con indignación e incredulidad en el rostro.

—Calla —amenaza antes que tenga la oportunidad de decir nada. Su hermano abre y cierra la boca repetidas veces.

Max saca las llaves del bolsillo de la mochila para quitarle el seguro a la moto.  

—Solo tú rechazas pasar la tarde con una chica como esa —sentencia Nico incapaz de callarse, aunque cauteloso por si Max recuerda que tenía intención de soltarle un guantazo—. ¿Hace cuánto que no estás con nadie? A lo mejor por eso estás tan cascarrabias —reflexiona, mirando al cielo.

—No lo sé —miente Max, evadido en guardar la cadena antirrobos bajo el asiento.

—Yo sí —canturrea y mueve las cejas—. Fue con Havana.

—¿Llevas un registro de mi vida sexual?

—La noche de la celebración estuvisteis pegados con pegamento. Me he criado entre vuestras idas y venidas. Sois mi telenovela favorita —confiesa de nuevo con las manos en el bolsillo—. Por no mencionar que desde entonces vagas por el mundo como un desgraciado.

—Es solo que no he conocido a nadie. —Se excusa, apartándose el pelo de la cara. Otra mentira.

Ha conocido a varias chicas desde entonces. Pero ya está cansado de refugiarse en las sábanas de desconocidas cada vez que uno de los dos se aleja. Si esta vez es para siempre. Si tiene que arrancarla de su corazón, que la próxima que llegue alguien a él, sea para quedarse más allá de un polvo.

—Mira que te gusta darte de hostias con la misma pared —suspira Nico con exasperación. Ambos están apoyados en la moto, codo con codo.

Ante las palabras de su hermano, Max le rodea el cuello en una llave y lo acerca a su cuerpo, apretándole la yugular.

—¿No te he dicho que no fumaras? —replica forcejeando con él, que intenta escabullirse de su abrazo mortal.

—¡Auch! —grita tanteando a ciegas con las manos, en busca de un trozo de Max que pueda herir para que lo suelte— ¡Estamos hablando de tus errores, no de los míos!

Max lo libera segundos después. Su hermano, tosiendo, trata de arrearle un puñetazo, pero falla. Con irritación se recoloca la chaqueta. Max reprime la carcajada.

—Tengo que irme —concluye, recordando que ha quedado con Olivia. Se pone el caso y se sube a la moto—. Nos vemos mañana, no te metas en líos y no te saltes las clases.

—Ibas a llevarme tú. —Se queja Nico, poniéndose a su lado.

—Ve en metro, después de todo, ya eres mayor. —Lo pincha haciendo rugir el motor.
 
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Cuando Max llega al centro cultural de Travis, donde también trabajan Olivia y Havana, siente la necesidad primaria de subir a la tercera planta a hacerle una visita a Havana. Pero le da una patada a esa necesidad. Trata de no pasar tanto tiempo con ella. Es ese periodo, cuando uno de los dos hace daño al otro, en el que mantienen cierta distancia de seguridad. Aunque se manejen bien ese espacio de amistad porque más no funciona, Max necesita desintoxicarse. Que Havana no sea la primera persona que le acude a la mente cuando está libre, a la que llame para no hablar y a la que busque.

En el fondo sabe que por mucho que trate, nunca lo consigue. No sirven para estar separados. Pero, al menos, puede engañarse un poco más. Por lo que saluda a la recepcionista y esta le brinda una inclinación de cabeza. Se introduce en el pasillo de la planta baja, donde se imparten los talleres de manufacturas.

En la penúltima puerta, junto a la de Escultura, encuentra a Olivia. Abre despacio.

Su amiga está colocando los materiales en el armario que se encuentra al fondo de la habitación, tarareando la melodía de una canción desconocida para él. Aún no se ha percatado que Max ha llegado. El chico deja el casco y la mochila en la mesa desde la que Olivia imparte sus clases de cerámica. Frente a esta se extienden varias filas de mesas y sillas. En el lateral izquierdo, las máquinas de moldeado, bajo el ventanal y, al fondo, los hornos junto al armario donde Olivia trata de poner orden.

Max camina entre las sillas, dispuesto a asustarla, cuando se da la vuelta. Al verlo, pega un salto y se lleva la mano al pecho.

—Bu —suelta Max, justo después.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunta la chica poniendo los ojos en blanco, aunque sin llegar a estar molesta.

Lo cierto es que Olivia es una persona con la que no hace falta tener cuidado. Se toma bien las bromas y lejos de enfadarse, busca maneras de devolverlas. Para Max es fácil pasar tiempo con ella. Es sorprendente que, siendo amigos desde la adolescencia, habiendo compartido tantos momentos: no fuera hasta hace un par de meses que empezara a conocerla de verdad.

—Poco —asegura. De un salto, se sube a una de las mesas, con las piernas apoyadas en la de al lado. Trazando una barrera con la que impide a Olivia pasar.

—Ten cuidado, puedo llamar a la policía alegando que se ha colado un rarito en mi clase.

—¿En serio? ¿Y dónde está? —Otea la habitación, fingiendo buscar a alguien.

—En tu reflejo.

Olivia le empuja las piernas hacia abajo, obligándolo a bajarlas e imita al chico. Max se fija más en ella. Lleva un delantal machado de arcilla y pintura y el pelo atrapado en una trenza que despeja su rostro y deja a la vista sus ojos rasgados. Olivia siempre le ha parecido una chica preciosa. Pero hasta hace muy poco, nunca se fijó bien en ella. En la gracilidad de sus movimientos. Cómo los ojos se le convierten en dos rendijas cuando ríe a carcajadas. La forma en la que se lleva las manos a los labios cuando se queda dándole vueltas a algo.

Guapa, de una forma delicada e introspectiva, a la que hay que poner atención. Cuando se da cuenta de que está observándola —y del derrotero que ha tomado su inconsciente— más de lo que debe, aparta la mirada hacia sus manos.

—¿Cómo han ido los ensayos?

Max suspira, aún concentrado en las manos. Comienza a contarle todo y le añade sus inseguridades. Olivia escucha paciente, atenta y capturando todas sus palabras. Es tan sencillo desahogarse con ella.

—Si la falta de complicidad es el problema —medita Olivia cuando termina con la perorata. Ha cruzado las piernas sobre la mesa y se entretiene recolocándose la trenza—, piensa en otra chica.

Max figura una mueca de disgusto.

—Intento olvidarla.

Olivia se muestra confusa al principio y su boca forma una O cuando comprende a qué se refiere. Pide disculpas con la mirada. A la pobre le ha dado tanto la lata con Havana que no necesita más que dos palabras para entenderlo. O también puede ser la creciente complicidad entre ambos.

—Puede ser otro tipo de complicidad —continúa, se le iluminan los ojos con su idea, brillando como dos ónices a la luz del sol. Con las sombras jugueteando en su rostro, el pulso de Max se acelera—. Una complicidad amistosa… ¡Ensaya conmigo! Yo seré Lola.

Max carraspea y sonríe de lado.

—Hay besos en el guion.

Olivia pone los ojos en blanco.

—Tranquilo, hacen falta más que unos cuantos besos para que me enamore. —Resta importancia.

—Así que me besarías.

—Puede —contrapone segura, sin embargo, Max ve que se apresa el labio inferior entre los dientes—. Somos amigos, no sería para tanto.

La sangre de Max, por una razón que desconoce, siente rechazo por la afirmación. Pero después de todo solo es Olivia. Su amiga de toda la vida. No le gusta de esa forma. Y a pesar de estar seguro, siente unas ganas irrefrenables de…

—¡Olivia!

Ambos se sobresaltan cuando irrumpe en la sala uno de los trabajadores, jadeante por la falta de aliento.

—¿Qué ocurre? —inquiere la chica, extrañada, bajándose de la mesa.

—Travis me ha pedido que venga a buscarte. —Logra decir, medio ahogado—. Havana se ha desmayado y…

Max nota cómo le retumban los huesos y una sensación de angustia y pavor se le instaura en el pecho. Sin esperar a que termine de hablar, sin saber siquiera dónde está Havana: salta de la mesa y echa a correr.

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Havana se despide de Miss Polly, una de sus alumnas, moviendo la mano con frenesí mientras reprime una arcada. ¿Desde cuándo la colonia casera de rosas de la señora le repele tanto? Se toma unos segundos para decidir si tiene que salir corriendo hacia los lavabos. Por suerte, las ganas de vomitar se disuelven, dejando solo debilidad corporal con la que lleva cargando toda la mañana. Piensa en tomar la oferta de Max para que la acompañe. Pero la deshecha en el acto. Ya no puede correr a él cada vez que tenga un problema. Además, este abogará por acudir a la consulta de un médico y rechazará la idea de Havana de ir a ver a su madre.

Ordena el aula un poco antes de dirigirse a la sala de los empleados. En el pasillo escucha la música retumbante salir de varias salas y el aire cargado de humedad deportiva. A Havana le embarga la necesidad de hacerse un ovillo en cualquier rincón, dispuesta a dormir hasta la próxima estación. Lleva semanas con una apatía adherida a los músculos que se hace presente cuando menos lo espera.

No puede evitar meditar y, como siempre, sin importar dónde empiece: todo acaba en Max. ¿Y si la decisión de nunca más es lo que le ha desbaratado tanto? ¿Y si es la sola de idea de saber que ya no serán más que amigos es lo que le produce náuseas?

Regresa la vieja frustración hacia sí misma. Odia ser tan volátil y notar esa presión en el cuerpo cuando se decide a la exclusividad. Ser incapaz de comprometerse por mucho tiempo, con nada ni con nadie. Agobiarse, sentirse limitada y esa sensación de estar perdiéndose algo. Acudir a otras camas, joder su relación con Max y darse cuenta tarde que nada llena tanto como él, pero no estar capacitada para estarse quieta. Odia que Max ni siquiera le dé el beneficio de la duda y sea él quien se pierda con desconocidas.

Cuál es el punto de amar a alguien si no te permites hacerlo.

Tan sumida como va en sus pensamientos, no se percata que Travis abandona la sala de spinning como tirado por una cuerda invisible y acaban chocando.

—Medita sentada, Havana —bromea agarrándola por los hombros para que el impacto no la tire al suelo—. Esta es la tercera vez que chocamos hoy.

Travis tiene las mejillas ruborizadas por el esfuerzo físico, así como el pelo negro y fino pegado sobre la frente. De él emana una mezcla a sudor y colonia que no acaba de disgustarle. Desde luego, le disgusta menos que la colonia de rosas de Miss Polly.

—Perdona, no puedo evitarlo. —Se excusa, rodeándose el cuerpo con los brazos.

Empiezan a caminar juntos. Travis secándose el sudor con una toalla. Havana lo escruta de reojo, los músculos del cuello tensados y marcados en su piel fina como el pergamino. La manera en la que se le estrecha la camiseta en el pecho y cómo se le marcan los músculos. Travis es uno de sus amigos más antiguos y, a pesar de esa antigüedad, cuando está con él se siente intrigada. Como si no lo conociera en lo absoluto y fuera un acertijo esperando a ser desentrañado. De pronto se ve invadida por una ola de calor.

Igual le parece tan atractivo porque lleva meses sin estar con nadie. Y como dice su padre, el sexo es tan necesario como la comida. Puede que si se le pusiera delante Steve Urkel también tuviera ganas de acostarse con él. «¿Pero qué te pasa?», se escandaliza una parte de su cerebro.

Y así es como pasa de echar de menos a Max a interesarse por otro chico en cuestión de segundos. Y así se reafirma diciendo que hizo lo correcto. Si no puede cambiar, mejor no llevárselo por delante.
—¿Vas a dar más clases hoy? —pregunta Travis, ajeno a sus emociones. Havana esconde parcialmente el rostro tras el pelo.

—No.

Uno de los beneficios de tener como jefe a Travis, es que no le impone un horario fijo. Puede impartir las que quiera, siempre y cuando, al final de mes, dé un total de cuarenta. Esa flexibilidad le permite no tener que elegir entre todas las cosas que le gustan.

—¿La universidad? —tantea Travis, colgándose la toalla al hombro.

—Vamos, si sabes que llevo meses sin ir.

Travis se pasa la lengua por los labios. Havana se siente atraía por ese gesto que hasta entonces no le llamaba la atención en lo más mínimo. La sangre le borbotea, alterada.

—Entonces tu novela —prosigue adivinando.

Havana aplaude.

—Premio.

Travis le da un pequeño empujón de cariño.

—Espero que la termines antes que me muera —pincha.

—Yo también —asegura Havana, suspirando con fuerza.

Desde los dieciséis años, Havana ha estado trabajando en su novela gráfica. Acumula decenas de blog de dibujos rebosantes de capítulos, servilletas con los personajes que se le van ocurriendo y otros tantos cuadernos con los distintos escenarios de su mundo inventado. Pero su problema, como con todo, es la inconstancia. Dedica más tiempo a pensar en la idea de acabarla que en dibujar. Cuando llega a puntos sin salida, abandona, en lugar de corregir el camino. Por no hablar de la inspiración: nunca sale a buscarla, sino que aguarda a que regrese. Y también está esa ínfima parte suya que no confías en sus capacidades.

—Pensé que querrías acabar la carrera —comenta Travis acto seguido, volviendo al primer tema de conversación.

—Algún día lo haré, pero ahora no es el momento.

Travis expira una risilla cuando llegan a las escaleras para bajar a la primera planta.

—Me fascina tu capacidad para hacer lo que te apetece sin preocuparte por nada más que eso…, lo que te apetece.

«Y a mí la capacidad del resto para decantarse por una opción». Pero a Havana la habían criado así. Sin límites. Para hacer las cosas cuando quisiera y no en los tiempos que imponía la sociedad. Estudia ahora, que eres joven. Soporta un trabajo que odias, porque así funciona el mundo. Havana, sencillamente, hace oídos sordos a la costumbre social.

Por eso abandonó la carrera de Bellas Artes en el último semestre. Entiende que hay profesiones que necesitan enseñanza, conocimientos. Pero hay otras que son de piel, de la de cada uno. Como sus pinturas o la danza de Halima o las canciones de Max. Para Havana, el arte es un carácter individual. No es correcto. El arte emociona porque expresa lo que a veces nos obligan a callar o lo que no pueden decir nuestras palabras. Y no deberían existir libros que nos digan cuál es la forma correcta de perpetuarlo.

—Son decisiones, no capacidades, Travis —rebate descendiendo las escaleras a su lado.

—¿Y si yo te pidiera ir a cenar qué decidirías?

Havana está a punto de caerse por las escaleras, suerte que camina agarrada de la barandilla.

—Que cenamos juntos casi todos los días, sería una repetición, no una decisión. —Emula tranquilidad, como si no se sintiera atraída por Travis desde que meses atrás le confesó que había estado enamorado de ella en la adolescencia.

Travis convierte los ojos en dos rendijas. Salva los dos últimos escalones de un salto y se planta frente Havana, quedando sus ojos a la misma altura.

—Cierto —concede, inclinado en su dirección. Mira los labios de Havana unos segundos. Esta no puede evitar verse embrujada por los suyos; insinuando una sonrisa peligrosa—, pero todos cenamos juntos.

Hace un inciso muy prolongado en el «todos». ¿Está tonteando con ella? Quizás son solo imaginaciones suyas. «La falta de sexo, Blunt. La falta de sexo…». Un hormigueo le recorre el cuerpo, obnubilando sus sentidos. Como si empezara a caer en un sueño profundo.

—¿Estás insinuando algo? —masculla luchando con el pulso acelerado.

—Tal vez… —Travis alarga las palabras, dejando ser a su sonrisa.

En su cabeza aparece Max, que tiene la mala costumbre de presentarse sin avisar. Havana sabe que, si le apetece, lo hará de todas formas. Que no pasa nada porque su historia ya tiene punto final. Amigos, solo amigos. Pero no puede evitarlo, nunca puede. Porque lo quiere y aunque no pueda ir en contra de sus deseos ni su forma de ser, siempre hay una parte de Havana que siente que traiciona a Max cuando está con otro chico.

Los oídos de Havana comienzan a zumbar y se le adormecen las piernas. Se agarra a la barandilla.

—Oye, oye.

Cuando el cuerpo de Havana se precipita hacia delante, Travis la sostiene por los hombros. Desorientada, sin poder sostener su cuerpo, lo mira. El sueño la reclama.

—¿Te has mareado otra vez? —Escucha la voz de Travis distorsionada. Este la mira con la cara contraída por la preocupación.

—Yo…

Es lo único que le da tiempo a decir antes que se la trague la oscuridad.

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—¿Cómo ha sido?

Max mira a Havana compungido, al borde del colapso nervioso. Agachado frente al sofá donde la chica continúa inconsciente. Sabe que solo es un desmayo, pero no puede tranquilarse hasta que abra los ojos.

—Te lo he dicho cinco veces. —Se queja Travis, sentando en una silla al lado del sofá, también mirándola—. Estábamos hablando, se pudo pálida y luego se desmayó. Entonces la traje aquí y le pedí a Mason que llamara a Olivia, pero llegaste tú con pinta de haber visto un muerto y…

Max lo fulmina con la mirada.

—Ahora no, Travis.

Su amigo resopla.

—Solo es un desmayo, se pondrá bien —afirma con toda la calma que le falta a Max—. Quizás si te apartas y permites que le llegue el aire.

Aprieta la mandíbula hasta que cruje. Su amistad con Travis es así, rebosante de comentarios sarcásticos, empujones y pullas. Pero ha escogido el peor momento para ello.

—Cerrad el pico los dos. —Olivia aparece con un algodón en la mano y un vaso de agua. Cuando Max colapsó, ella tomó las riendas de la situación—. Y Travis lleva razón, apártate un poco—. Apoya una mano en su hombro con cariño. Max, a regañadientes, cede y se incorpora.

—Te lo dije. —Incide Travis desde la silla, que no puede dejar pasar la oportunidad de remarcar su victoria. Max lo ignora, mirando a Olivia trabajar.

Se ha sentado al borde del sofá, apoya una mano en el hombro de su amiga y posiciona el trozo de algodón bajo su nariz. Max aprieta los labios y le retumba el pulso en todo el cuerpo. «Solo es un desmayo, solo es un desmayo», se repite incesante.

Havana arruga la nariz, todavía con los ojos cerrados y Max retiene el aliento hasta que finalmente lo hace. Parpadea desorientada, sin moverse. Olivia suelta un hondo suspiro y aparta el algodón. Se arrastra un poco para darle espacio a Havana, que se incorpora.

—¿Dónde estoy? ¿Qué…? —susurra, apoyándose contra el reposabrazos del sofá—. Estaba…

Cruza la mirada con Travis, que le saluda con la mano. A continuación, se percata de su presencia, a menos de un metro del sofá. Abre los ojos sorprendida, pero ante el reproche de Max, se centra en Olivia, quien le tiende el vaso de agua cuando esa sonrisa que podría frenar una catástrofe natural.

—Bebe —pide, apoyándole una mano en el hombro. Havana hace caso y da un pequeño sorbo. Todavía pálida y desorientada.

—Te has desmayado —comenta Olivia, no sin reproche—. Travis te ha traído a la sala de descanso.

Le frota el brazo de su amiga con cariño.

—Vaya… —bisbisea contra el vaso de plástico.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Travis, acercando la silla hacia el sofá. Max prosigue alejado, ahora más tranquilo, pero cada vez más enfadado—. Menudo susto nos has dado.

—Estoy bien.

—Havana… —comienza a decir Olivia.

—Claramente no estás bien —intercede Max airado, salvando la poca distancia que le separa del sofá, con los puños apretados a los costados—. ¿Estabas esperando a desmayarte otra vez para ir al hospital? —reprocha. Havana se encoge sobre sí misma.

Habla la preocupación a que esos desmayos sean señal de algo grave, mezclados con el alivio de verla moverse y no desmadejada sobre el sofá. Pero sobretodo, reina la frustración. Odia que sea tan despreocupada e indiferente ante situaciones así.

—Max —avisa Travis.

—No la agobies. —Lo reprende Olivia molesta. Sabe que está tan enfadada como él, pero le sale esa vena defensora. Porque puede que ellos sean amigos, pero Havana es como su hermana. Vuelve a mirarla—. No se equivoca. Tienes que dejar de restarle importancia e ir al médico.

Havana agacha la mirada, avergonzada. Se siente culpable por hablarle así, porque lo que tiene de independiente, lo tiene de sensible. Le afecta y perturba en demasía que la griten. Pero Max sabe también que es la única manera de hacer que reaccione.

—Lo siento —suspira, cansado como si hubiera corrido una maratón—. Es que…

«Es que pensar que te puede pasar algo malo me pone enfermo».

—No te disculpes, tenía que ido al médico antes de llegar a este punto —concede—. Iré mañana a primera hora, lo prometo.

Max se agacha a frente a ella.

—Vas a ir ahora.

Havana hace esa cosa suya que le saca de quicio, pero lo vuelve loco a partes iguales: arrugar la nariz y juntar las cejas. Como cuando era niña y él le escondía la caja de colores para que parase de dibujar e hiciera caso al episodio de Pokemon que quería comentar con ella.

—Jo, que no…

—Ya sé que el único médico convencional—entrecomilla la última palabra con los dedos, poniendo los ojos en blanco—es el doctor Harbor. Le he llamado mientras estabas inconsciente. Tiene un hueco, así que nos vamos a Long Island.

Llamar al doctor había sido su única decisión lúcida mientras Havana seguía ida. Havana lo observa entre resignada y culpable.

—Puedo ir en metro.

Max niega enérgicamente.

—Vamos en coche ¿Quién lo tiene? —pregunta Max, alternando la vista entre Olivia y Travis, el segundo levanta la mano.

Un par de años atrás Havana recibió como regalo el viejo Volkswagen escarabajo rojo de Cleo, su madre. Pero como ella prefiere caminar o el transporte público, el coche se lo turnan entre el resto por semanas.

—Traeré las llaves —informa camino a la fila de taquillas donde los empleados guardan sus pertenencias.

—¡Mierda! —exclama Olivia de súbito, sobresaltándolos—. Llego tarde a la próxima clase. —Mira Havana. Max se fija en la curvatura descendente en de sus labios y le viene a la cabeza lo hipnotizado que se había quedado mirándolos antes. Manda ese pensamientos lejos, sintiéndolo inapropiado.

—Aquí están. —Travis regresa con las llaves girando en el índice. Max se hace con ellas, casi llevándose su dedo también. Su amigo lo mira con regaño, masajeándose el dedo.

—No me estoy muriendo, Liv, marcha en paz —bromea Havana, que es la única que no parece preocupada por lo que ha ocurrido.

Olivia le da un abrazo rápido a su amiga.

—Llámame luego, cabra loca.

—Yo también tengo clase —comenta Travis, con las manos sobre las caderas—. Nos vemos después del trabajo.

Olivia sonríe a Max como despedida. Luego desaparece por la puerta que sostiene Travis. Max coge el relevo en el sofá junto a Havana, su cadera toca las rodillas de ella: procura evitar el escalofrío, sin éxito. Havana esconde el rostro en los mechones de pelo, acongojada, pero mantiene la mirada.

—¿Estás enfadado?

—Menos de lo que debería —confiesa, atrapando la punta de uno de sus mechones cobrizos—. Vamos, anda.


Última edición por gxnesis. el Lun 05 Ago 2019, 9:39 am, editado 4 veces
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I'll be there for you.  Empty Re: I'll be there for you.

Mensaje por gxnesis. el Dom 20 Ene 2019, 4:05 pm

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Capítulo 1.02.

Escrito por: hypatia.








El principio del camino hacia Long Island se comporta silencioso, salvo por las canciones de Extreme, uno de los grupos favoritos de ambos. Max conduce tratando no gritar barbaridades al resto de conductores, acostumbrado como está a ir en la moto y pasar entre los vehículos. Por su parte, Havana se acurruca contra la puerta del copiloto, con la chaqueta de Max echada por encima. Mira por la ventana con el ceño ligeramente fruncido.  

—¿Seguro que estás bien? —Apoya una mano sobre la rodilla huesuda de Havana. Aunque no recuerda un solo silencio incómodo con ella, es raro que no esté parloteando sobre los beneficios de dormir con una vela de caléndula encendida o sobre la última aventura de alguna de las Kardashian.

Havana se acomoda sobre el asiento para quedar encogida en su dirección.

—Sí, seguro. —Apoya la mano sobre la de Max. La nota helada en su piel caliente—. No tienes que hacer estas cosas si no quieres.

El chico le dedica una mirada de reojo, prestando atención a sus primeras palabras, para buscar el engaño. Pero lo cierto es que tiene buen aspecto, a pesar de las ojeras, que le acentúan el azul intenso de sus ojos. Incluso la ve más guapa de lo normal. La piel le reluce como si tuviera un rayo de sol brillando desde dentro.

—Hago esto porque quiero —rebate, tomando el desvío hacia Long Island y apartando la mano para cambiar de marcha—. Además, tengo que asegurarme de que no ves un pájaro, te distraes y te olvidas de ir al médico.

Havana carraspea, mirando al frente.

—Ya sabes a qué me refiero —musita.

«A que ya no estamos juntos y no tienes que acudir a mí cada vez que necesito tu ayuda».

—Sí, pero eres mi amiga. —Casi siente dolor físico con las palabras—. Y siempre voy a preocuparme por ti, da igual cómo estén las cosas entre nosotros.

Sin mentiras, ni compromisos. Max es consciente que sería mucho más llevadero si pudiera odiarla o, como mínimo, enfadarse. Pero se enamoró de Havana sabiendo cómo era: liberal, inconstante y cambiante. Tanto pasional como alejada. Desastrosa. Tan imperfecta que dan ganas de buscar un manual para hacerla un pelín más funcional. Encaja a la perfección con él. Que así como divertido y tranquilo, puede convertirse en un manojo de nervios, inseguridad y un bucle de autodestrucción. Encajan tanto que parece mentira que les cueste tanto.

Y, para ser justos, Havana no es la única culpable de su fracaso. Porque Havana se esforzó muchas veces por tener una relación normal. Pero Max se centraba más en lo que podía llegar a hacer que en lo que de verdad hacía. O todas las veces que no cuidó la relación pensando que se acabaría. O todas las chicas con las que quiso infligirle daño para que sintiera lo que él sentía cuando Havana mencionaba su pequeño escarceo con otro chico.

Querer a alguien tal y como es no te hace compatible. No te cambia lo suficiente, no como dicen. Havana tiene razón, se repite. Han tomado la mejor decisión ¿Entonces por qué no pasa página de una vez?

El sonido de su teléfono lo saca de sus cavilaciones. Havana lo recoge del salpicadero, donde lo dejó al subirse al coche.

—¿Cerdo Apestoso? —pregunta extrañada, con una sonrisilla de suficiencia.

Max resopla, mirando por el retrovisor para cambiar de carril.

—Es el director de la obra —suspira—. Pon el manos libres, por favor.

Hace lo que le pide al tiempo que él baja la música.

—Diga.

—¡Murray, trae tu culo bonito sobre las cinco! —La voz chillona de St. Aldous le retumba en el coche—. La coreógrafa quiere hacer unos cambios en uno de los números.

Havana mira con asco hacia el teléfono que sostiene cerca de los labios de Max. Este siente ganas de darse de hostias contra el volante.

—Has dicho que podía irme a casa.

—Así es el mundo del espectáculo, chaval, impredecible como la lotería. —Se ríe de su propia metáfora absurda. Max se muerde la cara interna de las mejillas.

—No puedo ir ahora, voy de camino a Long Island. Grabad el ensayo y me aprendo los pasos para mañana —pide buscando una solución aún a sabiendas de que no servirá para nada.

Una risotada incrédula y flemosa sale del altavoz. Max agradece no tenerlo delante, ni tener que evitar la saliva que seguro le ha saltado de los labios.

—Max, ya sé que te consiento más que a los demás. Pero sigo siendo tu jefe, sino quieres que llame al New York Times para que haga una crítica de tu actuación que prohíba tu entrada inmediata a cualquier teatro, más te vale que…

—Pero—intenta rebatir de nuevo, haciendo caso omiso a su amenaza. Havana le pone una mano en el hombro y señala al teléfono con la barbilla. «Vete»—, está bien.

—Así me gusta, chaval. —Después cuelga.

—Lo siento —resopla Max mirándola unos segundos—. Puedo venir a buscarte después.

—No digas tonterías. —Havana deja el móvil del chico de nuevo sobre el salpicadero—. Tienes casi dos horas hasta Broadway. Volveré en tren.

El tono pausado de su voz enciende las alarmas de Max. Nota que está guardando una opinión para sí. Y Max sabe exactamente cuál.

—Dilo. —La anima. Se sitúa en el carril de desaceleración para meterse en la carretera que conduce directamente a Long Island.

—Nada, es tu gran oportunidad y todo eso, pero…

—Para ti es fácil dejarlo todo cuando te agobias, pero no todos somos como tú. —No es un reproche, solo una observación.

Havana se inclina hacia delante para mirarlo.

—No quiero que dejes nada, tú no eres así y no pretendo cambiarte —reniega, segundos después nota los dedos de la chica en su pelo, apartándole un rizo de la frente—. Es solo que no me hace gracia cómo te trata. Te llena de mala vibraciones, las noto desde aquí.

—Soy su ojito derecho, según dice. Podría ser peor —bromea.

—Y piensa que tienes un culo bonito.

—Lo tengo.

—Cierto —reafirma Havana. Después de todo, es la persona que mejor conoce su culo.

—¡Por Buda! —exclama a continuación, pegando un pequeño salto—. Puede que esté enamorado de ti.

Max suelta una carcajada. Es la magia de Havana Blunt, intercede en su malhumor antes siquiera que este llegue. Convierte cualquier situación difícil en una broma interna entre ambos, en algo que le da ánimos cuando todo se le hace bola. Por eso no hace nada por seguir adelante, porque está donde quiere estar, a pesar de las complicaciones.

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Tras una hora de espera, el doctor Harbor, un hombre de casi dos metros, imponente y con un bigote denso que cultiva desde que Havana tiene memoria, la llama desde su consulta. Duda unos segundos, apretando el apósito allá donde le han pinchado para sacarle sangre. Aún con la sensación de la aguja en su cuerpo.

«Vanny, cariño, no dejes que entre en tu organismo nada que no provenga de la naturaleza. Te intoxicará el alma». Su madre es la culpable de su reticencia a las agujas. No les puso ni una sola vacuna a sus hijos, para que se fortalecieran, decía. Havanna es consciente de que es toda una irresponsabilidad. Pero, salvo por la varicela, nunca le ha aquejado ninguna enfermedad. Y su reticencia le impide pedir cita para vacunarse.

Ben —el doctor— es amigo de su familia desde siempre, ha ido a innumerables barbacoas en su jardín. Y es el único médico al que Cleo permitió meter cosas artificiales a sus hijos cuando no le quedó más remedio.

Cuando se levanta, sus pasos la increpan a caminar hacia la salida. Piensa en Max y en la arruga de preocupación entre sus cejas. Así que se recoloca la mochila sobre los hombros y se introduce en la consulta.

El doctor la espera tras su escritorio, la invita a sentarse con un gesto de la mano. Havana obedece, fijándose el mural de dibujos que le han hecho sus pacientes: reconoce uno de los suyos, el hada medicinal que hizo con todo su cariño cuando tenía cuatro años con las ceras buenas. El doctor Harbor está especializado en pediatría y, aunque se supone que Havana tendría que haber cambiado de médico a los catorce años. Ben hace excepciones con los Blunt.

—Dispare, doctor Harbor —dice la chica, nerviosa sobre el asiento.

El hombre enarca sus pobladas cejas, suspira y abandona los papeles —que Havana supone son los resultados de los análisis—, en la mesa.

—¿Hace cuánto tuviste tu último periodo, Havana? —pregunta. Entrelaza las manos por debajo de la barbilla y frunce los labios, cuarteados. Le iría bien un poco del ungüento de coco y vainilla que prepara su madre.

Havana no le da mayor importancia a la pregunta. Creía haber obtenido, por fin, el motivo de sus molestos vahídos, así como de todo los demás. En los días previos a que le visite la regla se le baja la tensión. Seguro que por eso tanto mareo.

—Si le soy sincera, no lo recuerdo. Viene cuando le apetece —explica. Su periodo es muy irregular. Havana lo deja ser, considera su cuerpo una corriente de agua que fluye a su ritmo. Procura no hacer nada que lo altere—. Aunque creo que recordar que fue hace dos meses, semana arriba semana abajo.

El doctor Harbor suspira. Rescata de la mesa los resultados de los análisis y vuelve a mirarlos con detenimiento. Observa a Havana de hito en hito. De pronto se nota nerviosa: ¿Habrá algo en los análisis que esté mal? Descruza y vuelve a cruzar las piernas debajo de la mesa, mordiéndose una uña.

—¿Has tenido relaciones sexuales recientemente? —La segunda pregunta del doctor sí resulta más desconcertante. No cree que su vida sexual tenga mucho que ver con una bajada de tensión. Que, cabe mencionar —de nuevo— no está siendo especialmente activa. Por no afirmar que inexistente. Aunque eso no le interese al doctor Harbor en lo más mínimo.

—No entiendo por qué… —De pronto comprende, tanto que se le desorbitan los ojos. «Cree que estoy embarazada», piensa. Es absurdo—. ¡No hay de qué preocuparse! Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que…

Calla de súbito, como si le hubieran arrancado la lengua. Un sudor frío le recorre la espalda. Sus manos se aferran a los reposabrazos con ansía y debe recostarse contra el respaldo de la silla. Acaba de acordarse, la imagen aparece con abrumadora nitidez en su cabeza.

Dos meses atrás salieron a celebrar que Max consiguió el papel en el musical. Havana bebió aquella noche como si su vida hubiese dependido de la cantidad de tequila que pudiese tragar, al igual que Max. Estuvieron más cariñosos de lo normal. Y cuando llegaron a casa, en lugar de separarse en el rellano, Max entró a su apartamento y acabaron acostándose.

Por supuesto, esa noche no ha abandonado su memoria. Fue esa noche la que la impulsó a cortar por lo sano. Pero sí había olvidado el detalle más importante de todos. «Estábamos tan ridículamente borrachos que a ninguno se nos ocurrió coger un maldito preservativo».

El doctor Harbor continúa observándola sin terciar palabra. Pero su imagen se aleja cada vez más, dando vueltas ante sus ojos. Como si fuera a desmayarse de nuevo.

«Que sea un error, por favor. Por favor, por favor…»

—Havana —la llama el doctor, mojándose los labios con la punta de la lengua—, estás embarazada.

«Oh, mierda». Las palabras se le clavan en la piel con una lentitud tortuosa. Como una sentencia irrevocable. No puede estar embarazada. Tiene que ser una broma. «Desmáyate y cuando te despiertes que esto sea un mal sueño».

El doctor Harbor abre las manos, tratando de decidir si le da el pésame, va a desmayarse o a salir corriendo despavorida. Havana se limita a apretar los dedos en los reposabrazos. Hay una persona cocinándose en su útero. Y claro que no es un error, todo encaja. Pero ella ha sido lo suficientemente estúpida y despistada para no atender a los síntomas. Nota su pulso, como queriendo abrirle la piel y escaparse.

—Los mareos y el desmayo no se deben solo a los síntomas propios del primer trimestre de embarazo, sino a la falta de vitaminas —comienza a hablar el doctor con cautela, sin saber que más hacer—. Según la predicción de tu último periodo, debe ser un embarazo de entre ocho y diez semanas. Aunque deberás hacerte una ecografía y…

—¡Cállese! —explota Havana, histérica. Su resuena en la pequeña consulta. El doctor Harbor se sobresalta, mirándola con cara de pocos amigos—. Lo siento—. Esconde la cara entre las manos, queriendo arrancarse la piel.
El hombre asiente comprensivo.

—Hija, sé que es una noticia difícil de asimilar y, por tu reacción, está claro que no esperabas escucharla. —Trata de consolarla con el cariño que le tiene—. Eres muy joven.

Havana se obliga a serenarse. Se recita en la cabeza unos cuantos mantras rápidos. Recupera la calma poco a poco. Baja las manos y mira al doctor.

—¿Cómo de fiable son esos análisis?

Porque a pesar de las evidencias, una parte irracional de ella alberga la esperanza de que haya una minúscula posibilidad de error.

—Infalibles —asegura el hombre, dejándose caer contra el respaldo a lo que Havana se inclina hacia la mesa con la locura bailando en el azul de sus ojos.

—No sé, nada es infalible en este mundo —niega, cabezota y desesperada.

El doctor Harbor se permite sonreír.

—Como ya te he dicho, es duro de asimilar. Pero un bebé siempre es una bendición, solo tienes que hacerte a la idea.  

«Mierda, mierda, mierda».  

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El shock perdura en Havana.  Abandona la consulta con un montón de indicaciones, prohibiciones y una cita con una ginecóloga colega del doctor Harbor para dentro de dos días. Ni siquiera sabe cómo ha llegado al tren, donde está sentada ahora, rumbo a Brooklyn Heights.
Embarazada. La palabra retumba en sus oídos. Esa mañana estaba cantando Mamma Mia con Halima, como todos los días y ahora pareciera que la han soltado en un planeta desconocido y descolocado, en el que nada funciona con normalidad.

No sabe qué karma está pagándole al universo.

Boceta su futuro de aquí unos meses, procurando hacerse a la idea. Pero le resulta imposible imaginarse ejerciendo de madre: ser el centro de una vida que va a depender de ella para todo. Pañales, gases, noches en vela. Sin posibilidad de retractarse. Sin poder marcharse cuando no pueda más. ¿Cómo va a tener un bebé? Si solo tiene veintiún años y un montón de proyectos sin terminar cogiendo polvo en el rincón. No tiene ni la menor idea de qué hacer con su vida, como para traer una al mundo.

«Este es el castigo que te manda el universo, por indecisa». No puede no fijarse en la ironía del asunto. Havana, que no se compromete ni con sus sueños ni corazón: está ante un contrato con un desconocido que, por el momento, lo único que hace es provocarle náuseas, falta de apetito y desvaídos.

¿Sería una madre horrible? ¿Qué ocurriría si no aprendiera a cuidarlo? ¿Y si se cansa? ¿Y si hace algo mal durante el embarazo y nace mal? Porque ¿Quiere tenerlo? Es la primera vez desde que se ha enterado que se lo plantea: ¿Quiere tener al bebé? Nunca se ha planteado la posibilidad de tener hijos y no haya respuesta a la pregunta de si quiere o no.

La taquicardia, las lágrimas y las ganas de gritar regresan a Havana cuando su teléfono recibe un mensaje:

Max: ¿Cómo ha ido?
Havana: Bien, era una tontería. Luego te cuento.


Guarda el teléfono en la chaqueta. Apoya los codos en las rodillas y entierra la cara en las manos: la pierna le sube y le baja de forma incontrolable. Cómo se lo va a decir a Max. Se apartó de él porque no quería perjudicarlo más, para dejarlo libre de una vez por todas. Y quizás tengan un bebé. Atado a Havana de por vida. Pasa de querer morirse a querer matarse con sus propias manos. Da igual lo que haga, al final siempre acaba haciéndole daño. Imagina su cara cuando se lo diga y las náuseas regresan.

¿Y sus padres? Por Buda, menuda decepción se llevarán. Sobretodo su padre, que desde bien pequeña había hablado con ella de todos los medios de anticoncepción que podía usar. «Si al final hay sorpresa es porque quieres». No quiere decepcionarlos más. Quizás fue su educación la que la hizo tan visceral. Pero siempre alegan porque encuentre su camino de una vez, cansados de que dé vueltas. No como Miles, que estudió Veterinaria, buscó trabajo y ahí está: centrado.

Durante el resto del trayecto en tren, se ve cazada por las mismas preguntas, miedos e inquietudes. Debe tranquilizarse, estresarse hasta la locura no cambiará nada. Está embarazada, fin del asunto. Tiene que procesarlo y después pensar en lo que hace. Sin embargo, cuando llega al barrio: sus pies se dirigen solos hasta la farmacia y compra cuatro test de embarazo. Necesita comprobarlo por ella misma, no por medio de unos análisis que ni siquiera sabe leer.

Vistiéndose con su mejor cara de serenidad, se planta en la puerta del Late Latte Cup: su sitio preferido de reunión. Una cafetería que se halla en la acera de enfrente del bloque de apartamentos en el que viven. Se detiene en la puerta, mueve el cuello y destensa los brazos. También mira a través de los cristales empañados, gracias a los Dioses, la zona de sofás siempre reservada para ellos todavía está vacía. No puede enfrentar una ronda de preguntas a coro sobre lo que le ha dicho el médico en ese momento.

El calor con olor a café y bollería impacta en su cuerpo congelado por el otoño. Camina rápida por entre las mesas de distintos tamaños, colores y estilos en dirección a la barra de caoba al fondo del pequeño local. Detrás de la cual está Halima: su pelo ensortijado meciéndose con sus movimientos diestros, al tiempo que sirve comandas y da órdenes a su compañero sin perder la sonrisa.

Havana se desmorona en uno de los taburetes como un presagio que no se quiere escuchar. Halima repara en ella en cuestión de segundos.

—Llegas pronto. —Mira el reloj colgado en la pared de ladrillo revestido a su espalda; las seis de la tarde—. ¿Y esa cara?

Havana resopla, con la barbilla apoyada sobre sus brazos, la mira hacia arriba. Los ojos marrones de su amiga son tan cálidos como un tazón de chocolate. Conocidos, refugios de tormenta. La confesión lucha contra sus dientes para salir. Necesita contarlo, compartir la carga.

—He ido al médico y…

Halima entrecierra los ojos, con el ingenio y las conclusiones tras ellos. Pone cara de aprensión, pasa una mano por encima de la barra como si fuera un salvavidas al que Havana puede agarrarse en caso de que sean malas noticias.
Pero su compañero le pide un café en ese momento, deteniendo a Havana, que rápido recula. Se incorpora.

«Cálmate, todavía no». Halima prepara el café con rapidez y se lo tiende al chico sin siquiera mirarlo.

—Dime de una condenada vez qué te han dicho —exige, apoyada en la barra.

Havana finge un gesto despreocupado.

—Nada, falta de vitaminas.

«Porque estoy fabricando un maldito bebé». Los test de embarazo comienzan a pesar como piedras dentro de su mochila. Sonríe tensa, al tiempo que Halima suspira con alivio.

—Mi turno acaba en media hora —confiesa, se la nota cansada tras la jornada de trabajo.

—¿Has ensayado hoy? —pregunta desesperada por dejar de pensar.

Halima asiente.

—Y después directa para aquí ¿Quieres tomar algo mientras viene el resto?

—Tequila. —Dice de forma automática. «No puedes tomar alcohol, tonta», el corazón se le acelera—. ¡No, tequila no! Mejor un café, espera… —«Nada de cafeína, ¿recuerdas?»—. Mentira, un té. —Halima la observa desconcertada. «Lleva teína, tampoco puedes»—. ¿Sabes qué? Un vaso de agua, que es más sana.

Halima suelta una carcajada. A Havana le entran ganas de llorar porque no va a poder tomar café, tequila o nada que le guste en los próximos meses.

—Tía, estás más rara que de costumbre. —Se acerca al lavabo para servirle el agua—. A ver si es verdad que tienes uno de esos chakras desequilibrados y no son solo vitaminas.

Havana se obliga a reír. Su amiga tiene razón: se le ha desequilibrado hasta la identidad.    
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Cuatro test. Cuatro positivos. Cuatro ganas de esconderse bajo el edredón para siempre. Havana clava la mirada en los predictivos; colocados en fila sobre la mesa de la cocina. Se muerde una uña, ansiosa. No sabe cuánto tiempo lleva ahí sentada. Tras beberse el vaso de agua que le había servido Halima, se marchó a casa. Impaciente, de los nervios, no pudo esperar.

Está ante la confirmación de la confirmación. «Bueno, pues ya está». Puede rehuirlo o negarlo cuanto quiera, pero está embarazada. A lo mejor si se lo repite lo suficiente deje de temblar cada vez que lo piensa. Así se dedica a regañarse a tiempo completo. Un minuto, un preservativo y nada estaría pasando.

Agarra uno de los predictivos y le da vueltas entre los dedos: embarazo de diez semanas. Ha estado compartiendo su cuerpo con otro ser vivo durante dos meses. Hay algo en ese hecho que le genera rechazo. Y otro algo que implanta una mezcla de emociones que no sabe definir. Resulta tan imposible asimilar que tiene un bebé dentro. No sabe cómo reaccionar.
En teoría, shock a un lado, debería estar feliz. No sentir que le están absorbiendo la energía vital. Piensa en todos los cambios que va a sufrir su cuerpo y su estado emocional, ya de por sí un desastre. En todas las decisiones que tendrá que tomar a partir de entonces. Unas que pueden ser determinantes.

«Pero ni siquiera sabes si quieres tenerlo». ¿Cómo se sentirá después si decide abortar? ¿Aliviada? ¿Despreciable? Porque tanto tenerlo como no tenerlo es una decisión irrevocable de la que no habrá marcha. Y Havana está tan desacostumbrada a las decisiones irrevocables…

Además, queda lo más terrorífico de todo: contárselo a Max.

En ese momento, la puerta del apartamento se abre. Havana recoge los predictivos y los esconde a su espalda con el corazón a punto de saltarle por la garganta. Sus amigas traen risas y frío. Ella procura imponer aburrimiento.

—Hey, pensé que estabas durmiendo —dice Callie dejando el abrigo sobre el respaldo del sofá. Lleva todo el día sin verla. Su amiga trabaja como modelo para una agencia de prestigio y tiene mucho trabajo con la campaña de invierno.  

Minnie se sienta a su lado, mirándose las uñas con detenimiento: siempre impecable. Callie se acerca a la nevera a por una botella de agua. Mientras que Halima y Olivia dirigen sendas miradas a Havana.

—¿Qué tienes ahí detrás? —pregunta la segunda, alzando una ceja.

«Alerta, alerta».

—Nada…, hago estiramientos —miente, apretando los labios.  

—Os he dicho que estaba más rara que de costumbre —habla Halima por primera vez, subiéndose a la barra de un salto con su gracilidad de bailarina. Calíope carraspea en su dirección.

—Havana, puedo leerte la mente si quiero —amenaza Olivia con sorna, bromista como es, que no se traga su mentira—. Qué tienes ahí detrás.

—Vamos a quitárselo —propone Minnie, con un aire malicioso tras su espléndido maquillaje.

Para sus amigas es solo una broma. Después de todo, se trata de Havana. Que se aflije hasta cuando se le muere una planta. Ellas no tienen ni idea de la vorágine de sentimientos contrapuestos que pelean en su interior.  

Callie, perceptiva, quien prefiere observar antes que preguntar para tomar una decisión, le levanta la ceja rubia. Havana, que se siente presionada por sus ojos, vulnerable como no se ha sentido nunca y a sabiendas que es una carga que tiene que compartir, escucha a su impulsividad:

Tira los predictivos sobre la mesa al tiempo que rompe a llorar, explotando por fin tras tanto estrés. Sus amigas se lanzan a por ellos como pirañas, cogiendo uno cada una —parece hecho a propósito—. Havana, entre lágrimas, observa las distintas fases por las que pasan sus rostros: desconocimiento, sorpresa, comprensión y finalmente mirarla a ella como si le hubiera crecido una segunda nariz.

Calíope se tapa la boca, con el predictivo entre índice y pulgar, mirando a Havana.

—¡Por Michael Jackson! —exclama Halima, soltando el predictivo en la mesa como si le diera calambre. Observa a Havana con el rostro desencajado.

—¡Oh Dios, te vas a poner como una foca! —grita Minnie, vanidosa como ella sola, alternando la mirada entre su amiga y el predictivo.

Finalmente es Olivia, tras soltar un chillido que ha debido escucharse en todo el edificio, quien se sobrepone a la sorpresa inicial y rodea la mesa para abrazar a su amiga por detrás con suma delicadeza. Huele a arcilla y vainilla y sus brazos son cariñosos y siempre lo único que necesita para bajar la guardia.

—No pasa nada. —La anima Olivia, con la barbilla sobre su cabeza—. Todo irá bien, tranquila.

Un rato después, cuando consigue contener las lágrimas y serenarse, mira a sus amigas. Que aguardan en silencio.

Tras asentir, suspirando repetidas veces, Callie se atreve a preguntar:

—¿Cómo ha pasado?

Havana, a pesar de todo, ríe levemente.

—¿Tengo que hacer un croquis? —habla con la voz congestionada.

—Quiere decir que cómo has sido tan tonta para quedarte embarazada —aclara Minnie, Halima le da una patada por encima de la mesa—. Perdón, ya sabes que estas cosas se me dan mal —rectifica compungida. Havana se encoge de hombros, conoce a Minnie: su lado más cruel y egoísta.

Halima silva, arrugando la frente.

—Por eso has rechazado antes el tequila —medita—, ya me parecía raro. No has cambiado de opinión respecto al tequila desde que te conozco.

Olivia, de pie tras Havana, le pone una mano en el hombro.

—¿Pero estás bien? Quiero decir, además de la noticia —pregunta, siendo la más tranquila y práctica, apartando su lado alocado a un lado—. ¿Sabes qué vas a hacer?

—Procesarlo, primero —responde Havana masajeándose el cuello—. Después, ya veré.

Tomar una decisión en ese momento sería precipitarse. Y aunque Havana se guía por las emociones del momento, no es ocasión para hacerlo.

—Bueno, hagas lo que hagas, estamos aquí. —Callie posa una mano sobre su rodilla.

Havana se siente mejor en el acto. Sí, asustada, temblando y con ganas de salir corriendo: pero más tranquila. Confesárselo a sus amigas le ha venido bien. Saber que estarán con ella, sea cual sea su decisión, funciona como un bálsamo.

—A mí se me dan bien los niños —expone Halima, práctica.

—¿Havana? —habla Minnie con cautela—. No es por ser cotilla, pero…

La chica se avecina a la pregunta, de hecho, le sorprende que haya tardado tanto en preguntarlo.

—Es de Max.

—Va a caerse de culo —bromea Halima con malicia, que disfruta como nadie perturbándolo.

Olivia se tensa a la espalda de Havana, pero esta está tan concentrada en respirar con normalidad que no le da demasiada importancia.

—Guardadme el secreto unos días —pide Havana pasando los ojos por las cuatro. Asienten en consonancia.
Después se impone el silencio, hasta que Minnie lo rompe.

—¡Joder, que vas a ser mamá!

Havana, sin ser consciente de ello, se lleva las manos a la tripa. Por primera vez desde que se enteró hace unas horas, la idea no rebota contra su cabeza.  


Las chicas se quedan con ella hasta bien entrada la noche. Respetan su decisión de no querer hablar del asunto por el momento y se dedican a ver RuPaul apretujadas en el sofá. Pero finalmente termina por quedarse sola, en la oscuridad de la habitación y un techo en blanco en el que perderse entre cavilaciones. Las sábanas se enredan en su cuerpo, molestas y acaba sentándose, acurrucada contra las rodillas mirando por la ventana.

—¿Se puede?

Havana mira por encima del hombro y encuentra la cabeza de Halima. Asiente, agradeciendo su aparición estelar. Se fija en que lleva el portátil abierto en los brazos, iluminando su rostro de forma fantasmagórica. Su amiga camina en el desastre de su habitación hasta la cama. Le hace un gesto a Havana para que se tumbe a su lado, contra el respaldo de hierro forjado, en el que tiene colgados varios atrapasueños.

Al situarse a su lado, ve que Halima tiene abierta una página sobre una agencia de adopciones. Enarca las cejas hacia ella, en medio de la casi completa oscuridad. Halima sonríe de lado.

—Te he escuchado, que conste. —Se excusa—. Pero no podía dormir y quería asegurarme que sabes que tienes opciones menos radicales que el aborto en caso que no te atraiga la idea de la maternidad.

Havana navega por la página. «Hogares felices», se llama. Hay varias fotos de familias con bebés, al lado de otras en las que salen con la madre biológica de este. Se imagina yendo a una de esas agencias, escogiendo a unos padres como quien decide entre italiano o japonés para cenar. Después dando a luz a un bebé que no se irá con ella a casa.  

Si imaginar un futuro con un bebé le resulta complicado, imaginar uno en el que no lo vive de pronto se le antoja imposible. Pone una mano involuntaria sobre su barriga ligeramente hinchada. La visualiza creciendo día a día. A su bebé moviéndose y dando patadas. Se imagina la primera vez que lo sostenga en brazos. Y la idea de ser madre ya no resulta tan descabellada.

—Quiero hablar primero con Max —musita.

—Tu cuerpo, tu decisión —incide Halima—. No hagas nada sobre lo que no estés segura.
Nunca tomaría una decisión así sin estar completamente segura de lo que quiere. Sabe que ella es quien tiene la última palabra. Y si fuera cualquier otro tío, ni se molestaría en tomarlo en cuenta. Pero Max no es cualquiera.
Havana se sienta orientada hacia Halima.

—Es el padre, quiero saber qué tiene que decir al respecto. Eso es todo.  

Se pregunta cómo se sentirá Max si le dice que no quiere tener el bebé. O, por el contrario, que sí quiere. El chico cariñoso, entregado y comprometido del que está tan enamorada que parece mentira. Conociéndolo, imagina que no sopesaría la opción de no tenerlo, aunque no diría nada si Havana quiere lo contrario. Piensa en si esa decisión los apartaría para siempre. De una forma en la que ni siquiera puedan ser amigos. Su corazón protesta entre las costillas. La idea de decírselo se le antoja una cuesta arriba empinada y sin seguridad.

Pero ahora que ha tenido horas para pensar sin los nervios atacando, siente el impulso de dejar de ignorar las llamadas que le ha hecho. Necesita abrazarlo, perder las manos en su pelo, su sonrisa y su piel. Necesita a su equilibrio.

Halima tira de ella para que vuelva a tumbarse.

—Y si decidís tener el bebé… —comienza a decir, pero se interrumpe.

Abre otra pestaña, donde aparece un artículo sobre alimentación para embarazadas, clases de preparto, una tienda online para comprar cunas y qué saber sobre la epidural.

—…estamos con vosotros —finaliza—. Somos unos niños, pero somos bastantes, creo que entre todos podremos criar a una persona.

Havana se acurruca contra su amiga, conmovida porque debe haberse pasado horas buscando información en Internet solo para tranquilizarla. Permanecen así unas cuantas horas más. Mirando toda la información que ha recopilado.

La decisión llega sola a su corazón sin siquiera buscarla. Havana y Max siempre han tenido cuidado, sin importar cuán borrachos o impacientes estuvieran: siempre había un minuto para tomar precauciones. Salvo esa vez. Y ella, que cree que el universo no hace nada sin razón, de pronto se ve segura de tener al bebé a pesar de todos los miedos.

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La tarde siguiente, tras una jornada agotadora de ensayos en los que unos cuantos terminaron rociados de café, Max llega al apartamento de las chicas. Frena dubitativo, con la mano sobre la manilla. Havana no responde a sus llamadas desde ayer. Tampoco acudió a la reunión en el Late Latte Cup. Esa mañana, cuando fue a desayunar, Halima le dijo que seguía durmiendo. Havana nunca duerme hasta tarde, le gusta despertarse con el sol.

Un quejido en el estómago predice que algo no funciona como de costumbre. Pero así es él, desconfiado y nervioso hasta lo patológico.

Da una patada a sus malos pensamientos y se introduce en el apartamento. Repartidos por los sofás, encuentra a Miles, Freddie y Damon. Parecen enfrascados en una conversación y, cuando ven a Max, callan de súbito. Se sienta en el respaldo del sofá, curioso ante su forma de actuar.

—¿Qué hacéis? —pregunta suspicaz.

Miles, adquiere un aire teatral.  Y, como si estuviera a punto de revelar un tesoro, levanta el brazo hasta la cara de Max. Entre los dedos sostiene un palo de plástico, plano y blanco que se estrecha en un lado. Max se fija que en el centro tiene una especie de pantalla, igual que un reloj digital. No entiende nada. Mira a Damon, repantingado en un sillón, en busca de respuestas. Pero este se halla absorto con el palo, al igual que Miles. Es Freddie quien se apiada de su incomprensión:

—Es un test de embarazo —explica con disección. Siempre que habla pareciera que está a punto de dictarte una sentencia—. Esto no está bien—. Se desanuda la corbata con agobio, regañando a Miles.

Max le revuelve el pelo al susodicho.

—Enhorabuena, chaval ¿Con cuál de las chicas que te acuestas serás padre?

Por el calibre de la noticia, debería mostrarse más sorprendido. Pero lo cierto es que es un desenlace en el que ya ha pensado. Miles practica mucho sexo y muy descuidado.

—¡No es mío, imbécil! —chilla dándole un cabezazo en la pierna que Max tiene sobre el respaldo.

—Lo ha encontrado en la basura, aquí —expone Damon.

Max abre los ojos y le suelta una colleja a Miles.

—Tío, no rebusques en la basura de las chicas —regaña.

—Pero si no lo he hecho. —Se lamenta frotándose allí donde ha impactado su mano—. Estaba al principio, junto a dos más.  

Al Max le cuesta llegar a una conclusión. Tras todo el día en el teatro y una nueva noche de insomnio, su procesamiento va lento. Sin embargo, cuando llega a ella, se le desencaja la mandíbula.

—¿Entiendes ahora nuestro dilema? —inquiere Miles—. Tratamos de averiguar cuál de las tres está embarazada.
Freddie menea la cabeza.

—Si quien sea que esté embarazada no ha dicho nada—empieza a alegar—, no deberíamos hacer esto. Has recogido eso de la basura.

Max comparte en parte la opinión de Freddie. Así y todo, tira más hacia el lado de Miles: la curiosidad lo vence. Halima, Calíope o Havana. «Havana no», rechaza su cabeza en el acto. Nunca hablan de sus relaciones con el otro. Pero Miles lo mantiene al tanto, como si de un espía se tratara. El último chico con el que se acostó Havana fue él y siempre toman precauciones.  Así que respira tranquilo.

—Yo apuesto por Callie —intercede Damon.

Miles se tensa a su lado, pero mantiene la compostura.

—Podría ser Havana, con todo eso de los mareos y…

—¡No! —interrumpen Miles y Max al mismo tiempo, asustando a Freddie.

—Quiero decir, que mi hermana me lo hubiese dicho. O yo sabría que algo va mal, somos mellizos. —Se da unos toquecitos en la sien con el dedo—. Conexión.

Damon pone los ojos en blanco. Max reprime la risa. Miles cree que mantiene una conexión mental con Havana. Sin embargo, esta solo finge tenerla para no robarle la ilusión. Recuerda cuando eran niños y la hacía sentarse sobre la alfombra durante horas mientras Miles adivinaba lo que había en su cabeza.

—Eso funciona con gemelos, no con mellizos —refuta.

—Nos estamos desviando del tema —corta Max, cada vez más intrigado—. Podría se Halima.

—Callie —repite Damon, seguro—. Todo le molesta últimamente. Duerme como una marmota y el otro día no quiso beber vodka.  

—Poco peso tiene tu suposición —añade Freddie, dejándose arrastrar por los chicos—. Trabaja más de la cuenta.

—¿Y qué me dices del vodka? —pregunta Damon tozudo.

—No a todos nos gusta el alcohol —contrapone Freddie con calma. Como abogado, siempre busca alternativas a cualquier idea.

—A Callie sí —intercede Max.

Miles, que ha estado sorpresivamente callado escuchando, dice:  

—Lo averiguaremos —asegura con gesto solemne—. Esto es lo que vamos a hacer…

—Sigo pensando que no deberíamos meternos. Nos lo dirá cuando esté preparada.

—¡Cállate, Freddie! —entonan los tres.


Un par de horas después, cuando Olivia, Havana y Callie regresan de la cafetería, los chicos ponen en marcha su plan ignorando las desavenencias de Freddie. Están sentados a la mesa, charlando de tonterías.

—Me apetece tomar vino —confiesa Miles con naturalidad impuesta.

—Son las cinco —contraviene Havana, que está sentada al lado de Max y lleva cerca de media hora lanzándole miradas nerviosas de reojo, sin casi dirigirle la palabra—. Espera a que cenemos, al menos.

—Solo me dejo fluir, como dice mamá. —Miles se acerca al estante donde guardan las bebidas alcohólicas y regresa descorchando una botella de vino—. ¿Quiere un poco, Callie?

Freddie carraspea, Damon se esconde tras su teléfono y Max comienza a darse cuenta que, en lugar de armar tanto teatro, podrían preguntar directamente.

—Yo sí —responde Olivia por ella.

Miles la ignora y sigue concentrado en Calíope, con el vino inclinado sobre la copa. La chica lo mira, desconcertada por tanto interés repentino.

—Por qué no. —Concluye, recogiéndose la melena rubia en una coleta.

Damon suelta el teléfono encima de la mesa.

—¿Estás segura? —incide, abriendo los ojos hasta los límites de su cabeza rapada. Max se pasa la lengua por los labios, observando con detenimiento.

—Como le hayáis echado picante como la otra vez, os parto las piernas —amenaza Olivia, levantando un dedo, amenazante.

—Nada de eso —certifica Freddie a su lado, sentando con la silla al revés y con las manos colgando por el respaldo.
Como se trata de Freddie, confiable y honesto, se fía de su palabra.

—Sírveme la maldita copa de vino, Blunt —masculla Callie, que no tolera bien las esperas.

Miles, a regañadientes, hace lo que le pide. «Vaya plan más estúpido», medita Max con los brazos cruzados sobre el pecho. Callie le arranca la copa de las manos y se la lleva a los labios.

—¡Para! —exclama Miles—. No puedes beber, no seas irresponsable.  

Callie encarna una ceja, desconcertada, bajando la copa hacia la mesa. Max nota que Havana se tensa a su lado, tan callada desde que llegó que parece que no se encuentra en la sala.

—Tú sí que no deberías beber más —intercede Olivia tan sorprendida como su amiga.

—¿De qué estás hablando…?

Entonces, Max se nota la expansión de la bomba en el cuerpo antes que Miles abra la boca.

—Porque estás embarazada. —Del bolsillo trasero se saca el predictivo y se lo planta delante de la nariz, tan cerca que por poco se pone bizca—. Lo he encontrado en la basura.

Freddie esconde la cabeza entre el cuello y a Damon le falta hacerse con un bol de palomitas para disfrutar del espectáculo. Havana se estremece, acribillando a Callie, al tiempo que Olivia la mira a ella.

—Miles… —susurra Havana con un hilillo de voz, tirándole del bajo de la camiseta.

—Ahora no, Vana. —La ignora, pero Max no para de mirarla. La forma en que le tiembla el labio inferior y el ruido que hace su pie contra el parqué al taladrarlo—. ¿Y bien? —aprieta a Calíope, que tiene la boca entreabierta.

—Yo, eh, pues… —tartamudea, rascándose la cabeza nerviosa.

—Déjalo estar —pide Olivia, encarándose a su amigo. Sus ojos centellan a la luz de la lámpara.

—Miles —repite Havana.

—¿Por qué tanto secreto? —Quiere saber este—. Si está embarazada no pasa nada. Bueno, que no debería beber.  

Entonces, Havana se levanta como un resorte tirando la silla contra el suelo. Aprieta los puños contra las caderas. «Mierda», comprende Max. «Mierda, mierda y más mierda».

—Porque no es Callie la que está embarazada. —chilla—. ¡Soy yo, maldita sea!  

Miles se tambalea, Damon y Freddie retienen la respiración ante el giro de acontecimientos. Max, por su parte, se sume en trance.  Todo el aire parece haber sido absorbido del apartamento y manchas negras nublan su visión. «Havana está embarazada». Se agarra a los bordes de la mesa, conmocionado.

—¿De quién? —balbucea Miles, mirando a su hermana como a una desconocida—. Dime quién, voy a matarlo.

Havana, al borde de las lágrimas, se gira hacia Max. Y este sabe qué va a decir antes de que las palabras lleguen. El corazón le da puñetazos contra el pecho. «Mierda otra vez».

—Es tuyo.

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—Creo que voy a desmayarme —repite Max por decimoctava vez.

—No, si te mato antes —enfurece Miles— ¡Has dejado a mi hermana embarazada!

Havana, que está situada a su lado como único impedimento para que desconecte por completo del mundo, con la mano apoyada en su cuello: empuja a Miles por el pecho con el rostro arrugado en una mueca asqueada.

—Te recuerdo que hacen falta dos personas para fabricar un bebé —habla más tranquila de lo que esperaba—. Así para de decir gilipolleces si no quieres que haga una ofrenda con tus huevos a los Dioses.
Miles aprieta la mandíbula.

—Pero…

—Nada de peros, Max no fue el único que cometió un error esa noche.

—¡Pero!

Callie se levanta y le tapa la boca, frenando así su próximo discurso. El resto mira a Max tratando de decidir si llamar a una ambulancia o darle un puñetazo para que reaccione. Salvo Olivia, que le lanza varias sonrisas de ánimo.

Havana suspira. La mano que apoya en su cuello tiembla.

—¿Podéis dejarnos solos? Por favor —Max sale de su shock un momento para mirarla. Parece agotada. Le apoya la mano en la espalda, sin saber qué otra cosa hacer.

Sus amigos asienten presurosos y se levantan de inmediato. Callie empuja a Miles entre protestas en dirección a la puerta. Momentos después, solo quedan Havana y un Max a punto de perder los nervios.
Havana está embarazada. Un torrente de imágenes y miedos lo atrapan. Van a tener un bebé. Ninguno tiene la estabilidad que se supone que se debe tener cuando decides ser padre. Sin trabajo fijo, ni casa, ni coche de varias plazas. Un pálpito apremiante se le coloca en el pecho.

Se imagina con un bebé en brazos sin tener ni la más remota idea de qué hacer. Fracasando. ¿Cómo va a ser padre si nunca ha tenido uno?

Havana se aparta para recoger la silla del suelo y sentarse a su lado. Permanece callada, dándole espacio para procesarlo. Aunque le acaricia la espalda con ternura. Se concentra en sus caricias para deshacerse de los latidos que luchan por robarle la respiración.

Max lanza una mirada de reojo a la barriga de Havana. Como si ahí dentro hubiera una bomba amenazando con explotar en cualquier momento.

Son unos críos, cómo van a tener un hijo. Con lo complicado que es siempre todo entre ellos, como para añadir a una tercera persona a la ecuación. «Una persona que es vuestra, a la que podéis destrozar la vida y marcarla con vuestras decisiones, igual que tu padre hizo contigo».

—¿Quieres una tila? —pregunta Havana, mirándolo con preocupación.

Max se obliga a negar. Se despega de la mesa y se deja caer contra el respaldo. Tiene que recuperar la calma.

—Vale —suspira pasándose la mano por el pelo—. Vale, un momento. —Intenta formular pensamientos coherentes—. ¿Cómo? Quiero decir, que cómo es posible que estés embarazada si nosotros siempre tenemos cuidado.

—La última vez nos saltamos esa parte. —Le peina los rizos cortos con cariño—. Puedes hacerte la prueba de paternidad si quieres.  

—No, no. —Posa la mano sobre la rodilla de Havana. Resopla agotado—: Voy a empezar a hacer preguntas, no te asustes.

Havana ríe y ese pequeño gesto lo relaja un poco. Si Havana no ha perdido las ganas de reír es quizás el asunto no es tan malo. Se aferra a esa conclusión.  

—Pregunta cuanto quieras.

—¿Es demasiado tarde para…?

Ni siquiera se atreve a pronunciar la última palabra. El pulso le late rápido. La idea del aborto es rechazada por todo él. Se muerde el labio. «No es tu decisión».  

—¿Para abortar? Aún hay tiempo —replica Havana perdiendo el tono de voz a medida que habla. Agacha la mirada.

Max asiente. Espera a que Havana continúe la conversación. Cualquier cosa que diga en este momento puede ser una metedura de pata.

—También está la adopción —anuncia la chica poco después. Sigue acariciando a Max.

«Adopción». Intenta que no se le refleje la aprensión en la cara. Sabe que no podrá vivir sabiendo que otras personas criarán a su hijo. Se clava las uñas en la palma de la mano. Para Max solo hay un camino a seguir, aunque resulte terrorífico.

Havana carraspea arrastrándose hasta el borde de la silla.  

—Me gustaría volver atrás y deshacer este entuerto, si pudiera. —Se sincera con él, provocando que su pulso se acelere ante su próxima confesión. «Decida lo que decida, la apoyarás»—. Pero, puesto que ninguno conoce a Marty McFly y esa opción está descartada… Quiero seguir adelante con el embarazo.

Max no tiene tiempo de sentirse aliviado cuando ya está perdiendo los nervios de nuevo. Porque después de todo, Havana es la chica que cambia de opinión de un segundo a otro. Aunque le duela pensar así, sabe que hay una alta probabilidad de que lo haga. Cuando se le pase la emoción o le flaquee la certeza. ¿Y entonces qué?

—Havana, no habrá marcha atrás.  

La mira directamente a los ojos, incisivo, duro, como pocas veces se pone con ella. Havana, lejos de sentirse atacada, le agarra la mano.

—Quiero tener al bebé —repite.  

Max busca indicios de duda. Pero los ojos de Havana son cristalino. Se mantienen fijos en los de Max sin ganas de esconderse. Nunca le han resultado tan certeros.  

—¿Segura? —Vuelve a preguntar.

—Completamente segura.  

Max asiente por fin, confiando en sus palabras. Se pasa las manos por el pelo todavía tembloroso. Se sumen en el silencio otra vez. La cabeza de Max da vueltas veloces, pensando en todo lo que se viene encima. Intenta hacer planes, resolver disyuntivas que ni siquiera se han planteado aún. Poco a poco, la idea comienza a asentarse. La procesa. Se familiariza con ella.

Ladea la cabeza para mirar Havana, que lo mira a él a su vez.

—Vamos a tener un bebé.

—Técnicamente, lo voy a tener yo. A ti solo te ha tocado la parte divertida, no vas a tener que sacar una persona por la vagina.

Max no encuentra el lado divertido por ninguna parte, pero no dice nada. Debeterminar de procesarlo.

—¿Cómo estás? —pregunta, sin embargo.

Havana encoge los hombros. Parece exhausta, pero rodeada por una tranquilidad que hasta entonces le era desconocida.

—Igual, aunque al menos ahora sé por qué no entro en la ropa y tengo sueño todo el tiempo. Ah, he probado a comer cruasán bañado en mostaza. No ha estado mal hasta lo he vomitado todo.  

Max le pasa el brazo por los hombros, atrayéndola a su cuerpo. Havana lo abraza por las costillas y se esconde en su pecho. Se quedan así otro largo rato, escuchando sus respiraciones.

—En menudo lío nos hemos metido... —suspira Max.

«Por lo menos has dejado de temblar». Aquella mañana se había levantado con la única preocupación de no llegar tarde a los ensayos y decidir adónde saldría con los chicos por la noche. Y ahora todo lo que piensa es que va a tener un bebé sin estar del todo seguro de no seguir siendo uno.

Va a ser padre.

Havana se separa de él lo suficiente para volcar toda la intensidad tormentosa de su mirada.

—¿Estarás conmigo?  

—No me voy a ninguna parte.

Las palabras le salen solas de la boca, como un autorreflejo. Quizás el mundo eclosionará porque han decidido ser padres cuando ni siquiera son capaces de estar juntos. Pero Max, que vive con el agujero en el pecho por la marcha de su padre, no hará lo mismo.  

—¿Incluso cuando me ponga como una peonza y tengas que atarme las zapatillas?

Max ríe. Y de pronto la imagina engordando, con cambios de humor aún más imposibles de seguir o peleando por decidir un nombre. Todo eso calma un poco la marea de emociones contradictoras. «Vaya lío». Pero se ha metido en él con la persona a la que más quiere en el mundo y a pesar de todo, sabe que se las arreglarán.

—Sobretodo entonces.

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Havana lo manda a casa para que descanse unas horas después. Son solo unos cuantos pasos hasta su apartamento. Pero le pesan las piernas y es como si cargara en la espalda con una mochila llena de piedras. Introduce la llave desganado, sin ánimos para soportar los gritos de Miles.

Se lleva toda una sorpresa cuando encuentra a Olivia en la cocina y no a su compañero. Tiene música puesta y baila mientras revuelve el contenido de una olla humeante. Max deja caer la chaqueta en el suelo y se mete en la cocina.

—¿Qué haces aquí?

Asoma la cabeza hacia el pasillo, buscando indicios de Miles. Al contrario que las chicas, ellos sí cierran la puerta del departamento. Por eso le sorprende que Olivia esté allí, cocinando. Resulta tan familiar que parece que viva con ellos.

—Miles no está, Callie lo tiene maniatado en mi casa —explica Olivia a modo de saludo. Max mete la cabeza de nuevo en la cocina—. Pero me ha abierto él.

Max se sienta en una silla.

—¿Estás haciéndome la cena? —pregunta extrañado.

Olivia sonríe y se encoge de hombros.

—Pensé que te vendría bien. —Se sienta en la silla enfrente de Max, al otro lado de la pequeña mesa llena de trastos—. Puedo irme si quieres estar solo.

Max no puede dejar de mirarla asombrado, mientras una canción electrónica hace retumbar las paredes. Su pelo, siempre cambiante, está apresado en un moño. A pesar de todo lo que tiene en la cabeza, se ve diciéndose a sí mismo que como más le gusta es cuando se lo suelta.

—¿Estás mejor? —Olivia extiende la mano por encima de la mesa y la deposita en la muñeca de Max.

—Todavía puedo desmayarme —bromea, no sin cierta verdad.

La chica sonríe con cariño y ejerce presión sobre su piel, a modo de consuelo silencioso.

—Tenías que haber visto a Havana ayer. —«Así que lo sabía», piensa para sí—. Es una noticia difícil, date un poco de tiempo.

—No es eso —confiesa.

—Desahógate. —Lo anima.

Hablar con Olivia es fácil, se ha convertido en una de sus cosas favoritas en el mundo. Porque escucha y nunca le hace sentir como que desearía estar haciendo cualquier otra cosa. Además, hay cosas que no puede comentar con Havana, sobre todo cuando es de ella de la que quiere hablar. Olivia es tan cálida y cercana con él, que al final explota:

—Ya sabes que mi padre se largó.

—Sí.

—Bueno pues no sé cómo voy a ser padre si nunca tuve uno.

Es una herida que nunca parará de dolerle, un vacío que no se llena y que acaba volviendo cuando menos lo espera. Suele olvidar que hubo un tiempo en el que no fueron solo su madre, Nico y él, así es más fácil. Pero hay otras en las que echa en falta a un padre que se fue por pie propio y se siente gilipollas, porque no debería ser así. Quiere odiarlo, no echarlo de menos.

Olivia, que lo comprende mejor que nadie en ese asunto por su experiencia propia, desciende la mano hasta la de Max, cuela los dedos en los huecos entre los suyos. Hay algo en la firmeza de su caricia que lo estremece.

—Pues yo creo que precisamente por eso, vas ser un gran padre.

Sus ojos se encuentran como si hubieran estado buscándose. Y saltan las chispas, se carga el ambiente. Max lo ignora pensando que está rebasado de emociones y ahora las confunde todas. Es Olivia, su amiga. Nada más. «¿Por qué debes recordártelo todo el tiempo?»
 


Última edición por gxnesis. el Jue 08 Ago 2019, 4:44 am, editado 5 veces
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I'll be there for you.  Empty Re: I'll be there for you.

Mensaje por gxnesis. el Dom 20 Ene 2019, 4:05 pm

Pasa el cursor por la imagen.
Extra.

Escrito por: hypatia.








En la consulta de la ginecóloga, Havana observa en la sala de espera al resto de pacientes: mujeres embarazadas en distintas fases del embarazo que aguardan, solas o acompañadas, por madres histéricas o padres nerviosos. Se queda hipnotizada mirando los pies de una de ellas, carentes de tobillos. Traga saliva.

—Sabes, no veo por ninguna parte la grandeza del embarazo —susurra al oído de Max, que teclea con el teléfono a su lado. Este sigue la dirección de su mirada.

—¿Y sus tobillos? —aúlla escandalizado, procurando controlar el tono de voz.

Parece que van a salírsele de las cuencas. En ese segundo —y en otros tantos— lo besaría. Desde que le decidieron seguir adelante, cuatro días atrás, solo separaban para trabajar. Y Havana se ve en la obligación de frenar sus instintos o, las hormonas. La noticia del embarazo ha enloquecido las ganas de volver que mantiene a raya en sus músculos en los períodos en los que se alejan.

Ya no son solo ellos, debe ser práctica. No vale eso de lanzarse al vacío en busca de aventuras, siguiendo sus emociones. La situación es peliaguda, después de todo, son dos personas enamoradas que no saben estar juntos y que van a tener un bebé. Lo mejor es no complicarlo más. Havana sigue siendo la misma persona que antes de la noticia. Afianzada en el rumbo que ha decidido tomar, pero aún indecisa respecto a todo lo demás.

«Quizás todo cambie, pero por el momento controla tus labios».

La mujer sin tobillos carraspea amonestándolos, apartan la mirada rápidamente.

—Prométeme que no vas a dejar que pierda los tobillos.

Lleva días haciéndose a la idea de todos los cambios que va a sufrir su cuerpo. Que, de hecho, ya está sufriendo. «Aprovecha ahora que aún puedes moverte».

—Descuida, yo los protejo. —De nuevo, encaja la espalda contra el respaldo de plástico. Havana lo nota nervioso, pero decidido a contenerse para no ponerla nerviosa a ella.

—Habla, que te estás poniendo morado. —Lo incita, inclinada hacia Max.

—¿Qué vamos a hacer? —suelta atropelladamente—. Quiero decir que nos hemos pasado dos noches seguidas hablando de lo que pasará si el futuro de Black Mirror se hace realidad, pero del bebé no hemos dicho nada.

Havana se estresa solo de escucharlo. Aún se está haciendo a la idea de que está fabricando a un bebé.

—No sé, iremos viendo.

Max suspira, removiéndose en el asiento. Agradece que esté haciendo un esfuerzo por no precipitarse con planes de futuro y decisiones que pueden esperar un poco más. Bastante tiene por el momento con las atenciones desmedidas de sus amigos. Necesita un poco más de tiempo para habituarse.

—Tenemos que decírselo a nuestros padres —acucia, sin mucho entusiasmo.

—Van a matarnos.

—Lo sé—. Havana no encuentra el momento de llamar a su madre y, por la cara de Max, él tampoco—. He pensado en buscar otro trabajo.

—¡No!

Un par de señoras la mandan callar. Havana reprime el impulso de sacarles la lengua. «Qué susceptibles».

—Pero… —trata de hablar Max.

—No vas a renunciar a tu sueño por esto —rebate decidida—. Con nuestros sueldos es suficiente por el momento y si nos vemos apretados, usaremos mis ahorros. Además, bastante trabajas ya.

«Porque no me lo perdonaría nunca, ni tú tampoco». Dicen que tener un hijo conlleva sacrificios y está segura que, en cierto modo, es así. Pero sus padres nunca renunciaron a sus sueños, ni se olvidaron de sí mismos para educarlos a Miles y a ella. Solo los introdujeron en sus rutinas, las ajustaron.

Le aprieta la mano.

—Podemos ir tomando decisiones poco a poco. —Procura calmarlo, sabiendo lo mucho que puede llegar a estresarse—. De momento, vamos a ver qué tal va esta judía, ¿de acuerdo?

Max sonríe y asiente, guardando la mano de Havana entre las suyas. La seguridad que le infunde, matando sus propias dudas y temores.

—¿Llama a su bebé judía? —Habla la mujer, de unos treinta años, que está en la fila de asientos a su derecha. La mira como si acabara de comenzar una cruzada en contra de los bebés.

Havana la fulmina.

—Oiga, usted, bien hablada…

—Discúlpela —intercede Max apremiante, dedicándole a la mujer una de sus encantadoras sonrisas, hoyuelo incluido—, son las hormonas.

—¡No son las hormonas!

Solo es que está atacada, porque no le gustan los hospitales y porque odia a las personas que se meten donde no las invitan, alterando su paz interior.

—Cállate —sisea Max sin dejar de sonreír.

Havana iba a hablar de nuevo, pero por suerte —para Max y la metomentodo—, el secretario de la ginecóloga les llamó la atención:

—Havana Blunt, es su turno.

Max tira de ella con prisa para que se levante, obligándola a caminar. Pero Havana aún tiene tiempo de regalarle a la mujer un corte de mangas mientras el chico la arrastra hacia la sala. Dentro los espera una mujer de unos cuarenta años, con el pelo cobrizo corto sobre los hombros y unos profundos ojos color avellana.

—Bienvenidos, soy la doctora Sánchez —saluda, haciéndoles un gesto para que se sienten—. Ben me habló de vosotros. ¿Cómo te sientes?—. Su tono de voz es dulce como el algodón de azúcar.

Max mira las fotos que hay colgadas en las paredes, que representan las distintas fases del embarazo desde dentro, acongojado. Havana le da la mano por debajo de la mesa.

—¿Me voy a quedar sin tobillos? —suelta de pronto.

La ginecóloga ríe y pareciera que sonaran pequeñas campanas.

—Haremos todo lo posible porque no sea así.

—¿Qué es eso?

Max señala hacia la mesa de metal en la que hay distintos instrumentos: su dedo apunta a unas pinzas tamaño gigante.

—Fórceps, son para…

—Mejor no me lo diga —desiste Max, removiéndose en la silla—. Perdón, estoy nervioso.

La doctora Sánchez sonríe comprensiva. Havana le apoya una mano en el cuello, a sabiendas que lo calma cuando le ataca el estrés.

—Podéis hacerme todas las preguntas que queráis. Pero qué os parece si vemos cómo está vuestro bebé primero.

—Genial, no quiero hacerme pis encima —secunda Havana, que ha bebido tanta agua que siente que le va a explotar la vejiga de un momento a otro.

La mujer hace un gesto para que se tumbe en la camilla, al lado del ecógrafo. Havana obedece y Max se sienta en la silla que hay al lado, tan nervioso que parece que va a ponerse a correr de un momento a otro. Le agarra la mano otra vez, sonriéndole.

El corazón de Havana comienza a taconear y disfruta dando volteretas. La doctora le sube la sudadera y le echa una crema helada: haciéndola estremecer. Enciende el ecógrafo, con el transductor pendiendo sobre la tripa de Havana.

—¿Preparados? —dice segundos después.

Havana asiente, aunque no sabe si lo está. Max le aprieta más la mano, con los codos sobre la camilla. La doctora comienza a hacer, moviendo el transductor sobre su estómago. Mira a la pantalla viendo algo que ella no ve; todo gris moteado de blanco.

—En esta cita solo tendremos una primera toma de contacto —murmura concentrada en su tarea.

Los dos chicos están mudos, observando la pantalla. Sin tener muy claro qué se supone que deberían estar viendo.

—Mirad, ahí está —señala a un punto en la pantalla y hace girar una rueda en el aparato.

La sala se llena de sonido: un golpeteo constante y alto, como de caballos corriendo. Havana se incorpora todo lo que puede y Max se inclina.

—¿Qué es eso que suena? —murmura él.

—Eso es el latido de tu bebé —explica paciente la doctora.

—Hala…

Es todo cuanto puede decir Havana, embargada por una emoción inexplicable, como milenaria. Nota las lágrimas en sus ojos. No esperaba que le hiciera tanta ilusión ver una mancha borrosa.

—Este es él—Señala a un punto más claro, ovalado y alargado—, o ella.

—Parece una judía con brazos —suelta Max, hipnotizado mirando a la pantalla. Le brillan los ojos y tiene la boca entreabierta. Acerca los labios a la mano de Havana.

—Es un poco más grande que una judía —añade la doctora—. Y no estás de diez semanas, sino de once. Ya casi has completado el primer trimestre de embarazo.

—¿Está todo bien? —pregunta Havana.

Se nota preocupada, con un miedo paralizante. Ha tenido un bebé dentro durante más de dos meses sin saberlo. Por lo que no ha tomado las precauciones que debía adecuadas. La paraliza un miedo desconocido, atroz. Y el miedo se abre camino por sus entrañas. Nota la necesidad de salir corriendo. Pero se contenie.

—Te daré cita para la semana que viene y realizaremos todas las pruebas pertinentes. Pero en apariencia todo marcha bien. —La tranquiliza con una sonrisa—. Y voy a recetarte vitaminas además de marcarte unas cuantas pautas.

Max saca el móvil del bolsillo y Havana ve que ha abierto el grupo que tienen con sus amigos. Pulsa el botón de audio y comienza a grabar: el latido del bebé llena la estancia con fuerza.

—Lo más seguro es que nazca para primavera —concluye la doctora, trajinando con el ecógrafo—. Como decía, lo veremos todo en la próxima cita.  

«Primavera». Resulta casi profético, cuando el invierno se marcha y todo renace de nuevo. Contra todo pronóstico se ilusiona. De pronto impaciente por conocer al bebé. Por saber a quién se parecerá más. Qué ganará, si el azul de ella o el verde en los ojos de Max.

Max guarda el móvil y sus miradas se cruzan, sonríen compenetrados. No podría vivir esto con otra persona que no fuera él. «Te quiero», articula en silencio. Max repite las mismas palabras, depositando un beso en su frente. Ajenos a todas las vueltas que iban a dar antes de volver a encontrarse.


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I'll be there for you.  Empty Re: I'll be there for you.

Mensaje por Ritza. el Dom 20 Ene 2019, 4:42 pm

DIOS MIO KATE SON TRES PARTES ME MUERO JESUCRISTO LLEÉVAME
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Mensaje por Stark. el Dom 20 Ene 2019, 6:01 pm

ME MUERO KATE, YA LO SUBISTE! SOS MI IDOLA I'll be there for you.  1477071114 me pongo a leer y hacerte comentarios I'll be there for you.  1477071114
Stark.


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Mensaje por Stark. el Dom 20 Ene 2019, 10:43 pm


All my loving, I will send to you:
Hola mi chiqui I'll be there for you.  1477071114 no sabes la emoción que tengo de leer tu capitulo. Después de tanto planear y hacer tramas es como AYYYY I'll be there for you.  1054092304 mucha felicidad, me encanta I'll be there for you.  1477071114 Te advierto que iré citando mientras leo, así que si ves mis chillidos convertidos en letras mayúscula, incoherencias y demás, no te asustes, solo soy yo  I'll be there for you.  77880782

Y así, cuando Cher entona, ambas enloquecen. Se cantan, chillan y bailan la una a la otra como si fueran las protagonistas de un musical por todo el salón mientras Brooklyn Heights comienza se desperezar. Ninguna sabe cómo empezó, pero berrear Mamma Mia, Rent, Hamilton o lo que les echen se convirtió en una costumbre años atrás: tan arraigada como cepillarse los dientes por las mañanas.  

En definitiva, yo quiero compañeras de piso como lo son Halima y Havana. Con ellas asear y cocinar es mas que divertido, me encantan I'll be there for you.  1477071114 Y CUANDO APARECE LA CANCIÓN! amo esa canción, es inevitable acordarte de Friends  I'll be there for you.  1477071114

Me asuste de mierda cuando Havana le dio el mareo. Me jode que este hace tiempo asi con mareos y ella, pues nada, toda budista no queriendo ir al médico. ¿Como no la llevan a rastras?

Así es Havana Blunt. Para ella, los malestares físicos, tienen su origen en algún desajuste emocional y espiritual. Confía en las energías, la influencia de la mente en el cuerpo y en las piedras, amuletos y brebajes de su madre más que en cualquier medicina convencional.

Debo admitir que un momento de mi vida Havana era yo: yoga, energias positivas y negativas, piedras amuletos. Aunque aun trato de batallar con eso de hacer yoga al despertarse y al dormir(?). Dejando de lado mis dramas, me encanta su personaje y como se esquiva con todo poniendo de excusa a las chacras desequilibradas. Es mas problematico de lo que crees, querida Havana  I'll be there for you.  82537658

Se marcha a la nevera y, desde ella: empieza a lanzar comida como una deportista profesional. Fruta, leche y zumos. Al tiempo que Havana bollos, pan y pepinillos.

Leí eso y me encanto, me imagine a las chicas preparando un batallón. Y como no si van ocho personas a desayunar con ellos. O las quiero de compañeras de piso de vecina, es definitivo  I'll be there for you.  3917340093

Max Murray es estrella protagonista de sus recuerdos. Todas sus primeras veces. Esos brazos que gritan hogar. Esa risa y esos ojos que inspiran viñetas de su novela. Que se quieren, pero no como ellos quieren.

Me enamore de la historia de amor de Max y Havana y todavia no leí todo  I'll be there for you.  837735280  I'll be there for you.  837735280 Es que es obvio que se quieren a montones y realmente es triste que al final su relación siempre termine por romperse. Entiendo el punto de Havana, pero se cierra un montón y tampoco da una verdadera oportunidad a la relacion. Me van a hacer sufrir   I'll be there for you.  85208408 y de frustración. No te enojes conmigo si me lees maldiciendo el uno y/o al otro, o incluso a ti, Kate. Mi corazón va a sufrir por culpa de ustedes tres, es lo minimo que merecen  I'll be there for you.  1054092304  I'll be there for you.  1054092304

—¿Qué te pasa? —Se interesa Miles.

—Nada, un chacra mal ajustado.

—Mamá puede arreglarlo —determina apuntándola con el dedo.  

AY CIELOS I'll be there for you.  1313521601 me morí con eso. Halima tratando de llevar a Havana al hospital para que se haga un chequeo y su hermano nada, ni ayudando porque también cree en los chacras mal ajustados. Es hasta que se enteren  I'll be there for you.  3292025920
Por suerte y esta Max para hacerle prometer (otra vez) que irá al médico. Así que ve, Havana  I'll be there for you.  88550944

Todos esos momentos que Havana desea encerrar en un relicario para mirarlo cuando sea mayor y desdentada.
Yo imagino lo hermoso que debe ser para ellos haberse criado juntos y que en una nueva etapa de su vida, también estén acompañandose I'll be there for you.  1477071114 DIOS, YO QUIERO ESTAR AHÍ! voy a volcar todas mis frustraciones en mis personajes antes que me vuelva loca  I'll be there for you.  2673534369

—Resulta que tiene una extraña fijación por las fustas. Me da miedo que se levante con el pie izquierdo y me arree un latigazo.

La vida amorosa de Miles era digna de unos cuantos libros.

Presiento amor profundo a Miles. Me encanta  I'll be there for you.  2632422674  I'll be there for you.  2632422674

—Adiós, retrasado mental. —Le dice a Travis cuando ya está traspasando la puerta.

Travis resopla.

—No lo soporto.

No se soportan entre si, pero yo no dudo que se amaran en el futuro. O no? [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

—Señor Murray, asumo que con la cara que tiene lleva una vida sexual activa.

—¿Disculpe?

ODIO PURO a ese viejo verde, asqueroso y machista. La pobre de Anna aguantandose todas esas mierdas y Max tiene que retenerse para no darle su merecido. Y encima siendo tan desubicado para preguntarle algo tan persona. Que mierda tienen estos tipos?  Así no se puede  I'll be there for you.  1472328419 también entiendo que tenga que aguantarse toda esa mierda porque es reconocido por ser un buen director y podría ayudarlo con su carrera. Pero no hay quien lo aguante, enserio  I'll be there for you.  1731003537
Sin embargo, la reacción de este, no es la que espera:

—Me gustas, muchacho, me gustas… —Lo señala repetidas veces con el dedo, con una sonrisa sagaz de dientes amarillos.

Max no fue el unico que se sorprendio porque yo estaba igual. ¿Y este?  I'll be there for you.  323330209 es de esos que les gusta joder por joder y cuando sale uno a la defensa entonces lo convierte en su preferido? Tipos locos, locos  I'll be there for you.  323330209

Pero se queda parada cuando sus dedos tocan el libreto con una copia del guion. All You Need is Love. Se deja caer en la silla con pesadumbre. Después de dos meses de ensayos y a pesar de su facilidad para cambiar de piel, Max sigue teniendo problemas para conectar con Nolan, el joven al que su grupo de amigos arrastra a un karaoke la noche en la su novia de toda la vida lo deja. Y allí conoce a Lola, que acaba de descubrir una infidelidad. Los unen dos corazones partidos por la mitad y después de una noche de confesiones, prometen verse todos los martes en el karaoke. Nunca fuera de él.  Así, entre conversaciones y canciones de Los Beatles, se enamoran.

Espera, espera un momento, Katherine. Esta es una obra enserio, una peli, o te lo inventaste tu? Porque, sea lo que sea, lo ame con todO MI CORAZON Y YO QUIERO LEER/VER ALGO ASÍ  :emotion: :emotion:
Y mas si esta Harry aka Max de protagonista. QUIERO QUIEROOOOOOO  I'll be there for you.  1431322064  I'll be there for you.  1431322064

—La noche del estreno estuvisteis pegados con pegamento. Me he criado entre vuestras idas y venidas. Sois mi telenovela favorita —confiesa de nuevo con las manos en el bolsillo—. Por no mencionar que desde entonces vagas por el mundo como un desgraciado.

—Es solo que no he conocido a nadie. —Se excusa, apartándose el pelo de la cara. Otra mentira.

La tipeja invitandolo a salir y Max rechazandolo. Cariño, eres de Havana o de Olivia, no tienes otra elección  I'll be there for you.  82537658
Me mori de risa cuando vi que Max enserio estaba dispuesto a darle a Nico su merecido por andar de fumon a escondidas. Ya es adulto, Max, entiende  I'll be there for you.  1313521601

—Puede ser otro tipo de complicidad —continúa, se le iluminan los ojos con su idea, brillando como dos ónices a la luz del sol. Con las sombras jugueteando en su rostro, el pulso de Max se acelera—. Una complicidad amistosa… ¡Ensaya conmigo! Yo seré tú Lola.

Max carraspea y sonríe de lado.

—Hay besos en el guion.

Olivia pone los ojos en blanco.

—Tranquilo, hacen falta más que unos cuantos besos para que me enamore. —Resta importancia.

—Así que me besarías.

—Puede —contrapone segura, sin embargo, Max ve que se apresa el labio inferior entre los dientes—. Somos amigos, no sería para tanto.

CITE TODO PORQUE ME ENCANTO TODO  I'll be there for you.  3275125450  I'll be there for you.  3275125450
ES QUE, AY, SON TAN LINDOS  I'll be there for you.  1129725545 ame la manera en que Max la mira y la complicidad que hay entre ellos, lo bien que se llevan y lo facil que es quitar toda la frustracion entre ellos  I'll be there for you.  4098373783 hacen que mi corazón se vuelva loco I'll be there for you.  1477071114 y es que amo la trama que nos montamos. Siempre un placer contigo, nena I'll be there for you.  1477071114
Y HAY BESOS EN EL GUION. CONVIÉRTETE EN SU LOLA, OLIVIA. CONVIERTETEEEEEEEEEE  I'll be there for you.  1244184562  I'll be there for you.  1244184562 Y quiero besos fuera de guión, claro esta. I'll be there for you.  837735280

Cuál es el punto de amar a alguien si no te permites hacerlo.

El problema con Havana es que no comprende una cosa: estar con alguien no te ata a nada, puedes irte cuando lo desees y quedarte el tiempo que quieras. Ya no te casan de por vida ni te obligan, chica (al menos, no ahi). Hasta ella misma se da cuenta que es diferente con los demás que con Max. ¿Entonces? Quedate donde te sientas mejor, nena (candela sermoneando) DEJA QUE MAX TE AME ANTES QUE YO TE MATE  I'll be there for you.  3912905262 (candela rimando violentamente)

Travis se pasa la lengua por los labios, uno de sus manías. Pero Havana se siente atraía por ese gesto suyo que hasta entonces no le llamaba la atención en lo más mínimo. La sangre le borbotea, alterada.

Entre abstinencia y hormonas, Havana en cualquier momento salta arriba de Travis I'll be there for you.  1313521601 y es que ellos también me gustan, los shippeo I'll be there for you.  1477071114 aunque ambos son dos caprichosos, eso no signifique que gusten menos  I'll be there for you.  2841648573

PD: quiero un jefe como Travis. ¿Te das cuenta que quiero todo lo que sucede aquí? INCLUSO A MAX  I'll be there for you.  1113326116

—¿Estás insinuando algo? —masculla luchando con el pulso acelerado.

—Tal vez… —Travis alarga las palabras, dejando ser a su sonrisa.
aY ESA PROPUESTA INDECENTE  :posnoveo:  :posnoveo:  di que si Havana, DI QUE SI!

Pero se me desmaya  I'll be there for you.  1129725545 por los cielos, que esta mujer vaya al medico de una buena vez! Terca como Havana no hay, eso es lo que he aprendido  I'll be there for you.  563750256

—Cerrad el pico los dos. —Olivia aparece con un algodón en la mano y un vaso de agua. Cuando Max había colapsado, ella había tomado las riendas de la situación—. Y Travis lleva razón, apártate un poco—. Apoya una mano en su hombro con cariño. Max, a regañadientes, cede y se incorpora.
Aquí Olivia poniendo un poco de autoridad porque si fuera por estos dos, se ponen a pelear alli nomas frente a Havana  I'll be there for you.  1313521601

—No te disculpes, tenía que ido al médico antes de llegar a este punto —concede—. Iré mañana a primera hora, lo prometo.

Max se agacha a frente a ella.

—Vas a ir ahora.

Por fin esa mujer va a ir al medico, ya hacia siglos que lo venimos esperando  I'll be there for you.  563750256 Obvio que se va AHORA. Ya nadie confia en ti, Havana, asi que rapido al hospital antes que entre y te zarandee  I'll be there for you.  233978492

«A que ya no estamos juntos y no tienes que acudir a mí cada vez que necesito tu ayuda».
—Sí, pero eres mi amiga. —Casi siente dolor físico con las palabras—. Y siempre voy a preocuparme por ti, da igual cómo estén las cosas entre nosotros.

Querer a alguien tal y como es no te hace compatible. Que no te cambia lo suficiente, no como dicen. Havana tiene razón, se repite: han tomado la mejor decisión ¿Entonces por qué no pasa página de una vez?

Basta, sufro con ellos TODO EL TIEMPO  I'll be there for you.  3258640905  I'll be there for you.  3258640905
No pueden pasar de pagina porque no es la mejor decision, al menos no tan definitiva :( Y es que esto del amor, ser compatibles y, ay, es frustrante, y es peor cuando se trata de ellos.

—Soy su ojito derecho, según dice. Podría ser peor —bromea.

—Y piensa que tienes un culo bonito.

—Lo tengo.

—Cierto —reafirma Havana, sin tapujos.

Después de todo, es la persona que mejor conoce su culo.

—¡Por Buda! —exclama, pegando un pequeño salto—. Puede que esté enamorado de ti.

Me frustran y cuando quieren me llenan de feels  I'll be there for you.  1129725545 me van a matar  I'll be there for you.  1129725545

«Que sea un error, por favor. Por favor, por favor…»

—Havana —la llama el doctor, mojándose los labios con la punta de la lengua—, estás embarazada.

AY CIELOS, YA SE ENTERO  I'll be there for you.  2785603980  I'll be there for you.  2785603980  I'll be there for you.  2785603980 ¿como es que se olvido ese detalle que ninguno uso proteccion? LO INEVITABLE, MIJA!  I'll be there for you.  1244184562  I'll be there for you.  1244184562  I'll be there for you.  1244184562


—¡Cállese! —explota Havana, histérica.
"Cállese, viejo lesbiano!" fue lo que pensé, lo siento I'll be there for you.  1313521601 pero es que la entiendo, es difícil de asimilar. Yo me imagino en la posición de Havana y me muero literal, no es un juego esto de tener niños cuando apenas estan aprendiendo ser adultos. Pero ya, basta de mala leche, yo quiero creer que ellos serán genial en ese papel I'll be there for you.  1477071114

—Tequila. —Dice de forma automática. «No puedes tomar alcohol, tonta», el corazón se le acelera—. ¡No, tequila no! Mejor un café, espera… —«Nada de cafeína, ¿recuerdas?»—. Mentira, un té. —Halima la observa desconcertada. «Lleva teína, tampoco puedes»—. ¿Sabes qué? Un vaso de agua, que es más sana.

JJAJAJA amé esa indecisión de Havana y Halima no entendiendole nada de nada con todo ese lio I'll be there for you.  1313521601 Y mira que hay que ser cabezota para desconfiar de los examenes de sangre, yo desconfiaria mas de los evatest, pero luego recuerdo que su mama era hippie y le enseño a no creer en la medicina I'll be there for you.  3098243176
«Pero ni siquiera sabes si quieres tenerlo». ¿Cómo se sentirá después si decide abortar? ¿Aliviada? ¿Despreciable? Porque tanto tenerlo como no tenerlo es una decisión irrevocable de la que no habrá marcha. Y Havana está acostumbrada a desandar sus pasos, siente que la empujan.

Además, queda lo más terrorífico de todo: contárselo a Max.
Con todo lo que esta sintiendo Havana, quiero abrazarla y cebarle mates para que no se sienta tan mal. Acompañarla, mas que nada. Creo que es un momento dificil y es una decision dificil. No hay forma de huir, y lo sabe. Y hay que contarle a Max. Hasta yo tengo miedo de esa situacion  muack

—¿Qué tienes ahí detrás? —pregunta la segunda, alzando una ceja.

«Alerta, alerta».


ALERTA ALERTA LAS CHICAS SE VAN A ENTERAR!

Tira los predictivos sobre la mesa al tiempo que rompe a llorar, explotando por fin tras tanto estrés. Sus amigas se lanzan a por ellos como pirañas, cogiendo uno cada una —parece hecho a propósito—. Havana, entre lágrimas, observa las distintas fases por las que pasan sus rostros: desconocimiento, sorpresa, comprensión y finalmente mirarla a ella como si le hubiera crecido una segunda nariz.
AY DIOS  I'll be there for you.  1244184562  I'll be there for you.  1244184562  I'll be there for you.  1244184562  I'll be there for you.  1244184562
LAS CHICAS SE ENTERARON  I'll be there for you.  2785603980  I'll be there for you.  2785603980 santos cielos, me vas a matar, Katherine, vas a matarme y no es broma  I'll be there for you.  1054092304

—¡Oh Dios, te vas a poner como una foca! —exclama Minnie, vanidosa como ella sola, alternando la mirada entre su amiga y el predictivo.
Esa odiosa no conoce el tacto I'll be there for you.  1313521601

Pero que bueno que las chicas la hayan acompañado y apoyaran cualquier decisión que tome en el futuro. Me encanta la amistad de 5 I'll be there for you.  1477071114 todas distintas y reaccionando a su manera, pero siempre con Havana I'll be there for you.  1477071114 las amo, me conmueven  muack

—Tu cuerpo, tu decisión —incide Halima—. No hagas nada sobre lo que no estés segura.

Halima feminista. La amo fuerte [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]  I'll be there for you.  2416783629

—…estamos con vosotros —finaliza—. Somos unos niños, pero somos bastantes, creo que entre todos podremos criar a una persona.

Havana se acurruca contra su amiga, conmovida porque debe haberse pasado horas buscando información en Internet, solo para tranquilizarla.

Quiero abrazarlos a todos porque a mi también me conmueven y es el primer capitulo. ¿Te das cuenta lo que me haces? Porque no me tienes consideración, Katherine. Tercer vez que te lo repito: mas a matarme.

pd: yo también estoy con ellos, los amo  muack

—Es un test de embarazo —explica con disección, siempre que habla pareciera que está a punto de dictarte una sentencia—. Esto no está bien—. Se desanuda la corbata con agobio, regañando a Miles.

Max le revuelve el pelo al susodicho.

—Enhorabuena, chaval ¿A cuál de las chicas con las que te acuestas has dejado embarazada?

Ellos con tacto, me encantan I'll be there for you.  236970355

Max pensando que es de Miles cuando es todo lo contrario: es de él y se va a caer de culo. Esto se va a poner bueno jujuju I'll be there for you.  4171550386

—Quiero decir, que mi hermana me lo hubiese dicho o yo sabría que algo va mal, somos mellizos. —Da unos toquecitos en la sien con el dedo—. Conexión.

Miles, corazón, Havana si esta embarazada y toda esa conexión te la inventas solo I'll be there for you.  1313521601 pobre Havana, me la imagine super aburrida mientras Miles le decia cualquier cosa a ver si ella pensaba igual I'll be there for you.  1313521601

—Lo averiguaremos —asegura con gesto solemne—. Esto es lo que vamos a hacer…

—Sigo pensando que no deberíamos meternos en esto. Nos lo dirá cuando esté preparada.

—¡Cállate, Freddie! —entonan los tres.
Si, cállate, Freddie, que todxs somos cotillas aquí I'll be there for you.  1313521601 I'll be there for you.  1313521601
Pobre, tiene razón y aun así lo callan  I'll be there for you.  236970355

—Me apetece tomar vino —confiesa Miles con naturalidad impuesta.

—Son las cinco —contraviene Havana, que está sentada al lado de Max y lleva cerca de media hora lanzándole miradas nerviosas de reojo, sin casi dirigirle la palabra—. Espera a que cenemos, al menos.

JAJAJA AY DIOS ESE MILES. TE AMO!  I'll be there for you.  2632422674  I'll be there for you.  2632422674 ese plan loco de los chicos, solo ellos salen con cosas así I'll be there for you.  2632422674  I'll be there for you.  2632422674
Max tiene razón, pregunten y ya. Pero no, se complican xd
—Yo sí —responde Olivia por ella.

Miles la ignora y sigue concentrado en Marjorie, con el vino inclinado sobre la copa. La chica lo mira desconcertada, por tanto interés repentino.

—Por qué no. —Concluye, recogiéndose la melena rubia en una coleta.

Damon suelta el teléfono encima de la mesa.

—¿Estás segura? —incide, abriendo los ojos hasta los límites de su cabeza rapada. Max se pasa la lengua por los labios, observando con detenimiento.

—Como le hayáis echado picante como la otra vez, os parto las piernas —amenaza Olivia, levantando un dedo, amenazante.

—Nada de eso —certifica Freddie a su lado, sentando con la silla al revés y con las manos colgando por el respaldo.
Y, como se trata de él, confiable y honesto, se fía de su palabra.

—Sírveme la maldita copa de vino, Blunt —masculla Marjorie, que no tolera bien las esperas.

Cite todo porque la escena fue de la mejor. Me reí a montones leyendola, y es que ellos todo misión imposible, a Olivian la ignoran porque saben que no es ella, a Marjorie la cuestionan sobre por que no toma y por que toma, se pasan I'll be there for you.  1313521601

Entonces, Havana se levanta como un resorte, tirando la silla contra el suelo con la acción. Aprieta los puños contra las caderas. «Mierda», comprende Max. «Mierda, mierda y más mierda».

—Porque no es Marjorie la que está embarazada. ¡Soy yo maldita sea! —chilla.

Miles se tambalea, Damon y Freddie retienen la respiración ante el giro de acontecimientos. Max, por su parte, se sume en trance.  Todo el aire parece haber sido absorbido del apartamento y manchas negras nublan su visión. Havana está embarazada. Se agarra a los bordes de la mesa, conmocionado.

—¿De quién? —balbucea Miles, mirando a su hermana como a una desconocida—. Dime quien, voy a matarlo.

Entonces, Havana, que parece al borde de las lágrimas, se gira hacia Max. Y este sabe qué va a decir antes de que las palabras lleguen. El corazón le da puñetazos contra el pecho. «Maldita sea».

—Es tuyo.
Otra vez tuve que poner toda la escena porque QUE FUERTE FUE ESO! Yo estaba como Damon, a punto de hacerme las palomitas para leer esto, pero no me aguante y segui. DIOS MIO, MAX YA SABE QUE SERÁ PAPÁ I'll be there for you.  1431322064  I'll be there for you.  1431322064  I'll be there for you.  1431322064
Èl ya intuía que era Havana y que era suyo. Aun así, no deja de ser fuerte.  El pobre hasta casi se desmaya y Miles queriendo partirle su madre I'll be there for you.  1313521601

—¿Vas a estar conmigo?  

—No me voy a ninguna parte.

Terminas por matarme. Me llena de alegría que hayan decidido tenerlo I'll be there for you.  1477071114 Max, pese a que casi se desmaya, se tomo bien sobre el embarazo y la decisión de ser padre, aunque apenas haya podido asimilarlo. Y Havana se nota super segura de su decisión. No puedo esperar a que ese baby nazca I'll be there for you.  1477071114
AHORA SOLO TIENEN QUE ESTAR JUNTOS  I'll be there for you.  3521255926  I'll be there for you.  3521255926  I'll be there for you.  3521255926

—¿Estás haciéndome la cena? —pregunta extrañado.

Olivia sonríe y se encoge de hombros.

—Pensé que te vendría bien. —Se sienta en la silla enfrente de Max, al otro lado de la pequeña mesa, llena de trastos—. Puedo irme quieres estar solo.
Mi bebe siendo tan amorosa como siempre, esa es mi nena  I'll be there for you.  2256176263

Max no puede dejar de mirarla asombrado, mientras una canción electrónica hace retumbar las paredes. Su pelo, siempre cambiante, está apresado en un moño. A pesar de todo lo que tiene en la cabeza, se ve diciéndose a sí mismo que como más le gusta es cuando se lo suelta.

Este Max me hace ruborizarme con todos los pensamientos que tiene sobre Olivia, y a puesto que ella estaria igual si pudiera leerlos como yo I'll be there for you.  2084810956  Te pasas, Kate, te pasas  I'll be there for you.  2027361961

—Ya sabes que mi padre se largó.

—Sí.  

—Bueno pues no sé cómo voy a ser padre si nunca tuve uno.

Es triste e injusto que Max haya tenido que pasar por eso y que traigan consecuencias en su vida. Él será un gran padre, y quien diga lo contrario lo linchamos  I'll be there for you.  481143288

—Pues yo creo que precisamente por eso, vas ser un gran padre.

Sus ojos se encuentran como si hubieran estado buscándose. Y saltan las chispas, se carga el ambiente. Pero Max lo ignora pensando que está rebasado de emociones y ahora las confunde todas. Es Olivia, su amiga. Nada más. ¿Por qué tenía que recordárselo todo el tiempo?

Lo re ellos florece  I'll be there for you.  2027361961  I'll be there for you.  2027361961 los shippeo un montón I'll be there for you.  1477071114 me encanta que puedan abrirse el uno con el otro, que se estén conociendo mucho mas y, pues, ¿para que mentir? que nazcan estos sentimientos bellos I'll be there for you.  1477071114 Este cuadruple amoroso acabara conmigo  I'll be there for you.  3797107778

—Prométeme que no vas a dejar que pierda los tobillos.

Lleva días haciéndose a la idea de todos los cambios que va a sufrir su cuerpo que, de hecho, ya está sufriendo. «Aprovecha ahora que aún puedes moverte».

—Descuida, yo los protejo. —De nuevo, encaja la espalda contra el respaldo de plástico. Havana lo nota nervioso, pero decidido a contenerse para no ponerla nerviosa a ella.

JAJJA la ame. Ella preocupada por sus tobillos I'll be there for you.  1313521601 pero ya, un poco de humor. Es genial que se esten acompañando en este momento, sobre todo si Havana esta pensando en que podría haber otra oportunidad. Y yo quiero que haya una, please  I'll be there for you.  1700239099 aunque sé que no me decepcionarás  I'll be there for you.  1676952631

—Pero… —trata de hablar Max.

—No vas a renunciar a tu sueño por esto —rebate decidida—. Con nuestros sueldos es suficiente por el momento y si nos vemos apretados, usaremos mis ahorros. Además, bastante trabajas ya.
No, no! Max no puede renunciar a sus sueños, tampoco Havana. La judía será parte de sus exitos, eso es seguro  I'll be there for you.  1421880775

—¿Llama a su bebé judía? —Habla la mujer, de unos treinta años, que está en la fila de asientos a su derecha. La mira como si acabara de comenzar una cruzada en contra de los bebés.

Havana la fulmina.

—Oiga, usted, bien hablada…

—Discúlpela —intercede Max apremiante, dedicándole a la mujer una de sus encantadoras sonrisas, hoyuelo incluido—, son las hormonas.

—¡No son las hormonas!

JAJAJA señora no se meta con una mujer embarazada y, sobretodo, con Havana  I'll be there for you.  2632422674  I'll be there for you.  2632422674 Max queriendo callarla, culpando a las hormonas, y no I'll be there for you.  1313521601

Max mira las fotos que hay colgadas en las paredes, representando las distintas fases del embarazo desde dentro, acongojado. Havana le da la mano por debajo de la mesa.

—¿Me voy a quedar sin tobillos? —suelta de pronto.

Estos dos  I'll be there for you.  2632422674  I'll be there for you.  2632422674 Max asustado de ver la evolución del feto  y Havana asustada por sus tobillos. Este embarazo será toda una aventura para ellos  I'll be there for you.  3292025920  I'll be there for you.  3292025920

El corazón de Havana comienza a taconear y disfruta dando volteretas. La doctora le sube la sudadera y le echa una crema helada: haciéndola estremecer. Enciende el ecógrafo, con el transductor pendiendo sobre la tripa de Havana.

—¿Preparados? —dice segundos después.

Voy a llorar, es el primer encuentro de la judía con sus padres  I'll be there for you.  85208408  I'll be there for you.  85208408

—Este es él—Señala a un punto más claro, ovalado y alargado—, o ella.

—Parece una judía con brazos —suelta Max, hipnotizado mirando a la pantalla. Le brillan los ojos y tiene la boca entreabierta. Acerca los labios a la mano de Havana.

Awww, este momento va a ser de mis preferidos en la colectiva I'll be there for you.  1477071114 Los dos se quedaron enamorados de su judía y yo también  I'll be there for you.  1477071114 El grupo seguramente igual, mas de uno se va a conmover por los latidos de la judía I'll be there for you.  1477071114

Max guarda el móvil y sus miradas se cruzan, sonríen compenetrados. No podía vivir esto con otra persona que no fuera él. «Te quiero», articula en silencio. Eso no puede controlarlo, porque no va a cambiar, porque no perjudica a nadie. Max repite las mismas palabras, depositando un beso en su frente. Ajenos a todas las vueltas que iban a dar antes de volver a encontrarse.

Los amo fuerte y quiero que esten juntos para toda la eternidad, YAAAAA  I'll be there for you.  3258640905  I'll be there for you.  3258640905

Estoy super orgullosa de mi misma de hacerte el comentario tan rapido. Lo cierto es que estoy deseando escribir aquí I'll be there for you.  1477071114 tus capitulos siempre me llenan de inspiración y si leía el cap y no comentaba, pues me hubiese tardado semanas  I'll be there for you.  1313521601
Si tuviera que elegir los mejores 5 caps de las colectivas, este sería uno de ellos I'll be there for you.  1477071114 Quiero que sepas que, mas allá de amar tus palabras, tus expresiones, tus personajes y las bellas historias que te armas, te admiro un montón y cuando se grande quiero ser como vos I'll be there for you.  1477071114 En cualquier momento te entrego mi corazoncito solo para que sientas como me pongo cuando subes un cap  I'll be there for you.  3275125450  I'll be there for you.  3275125450  Besitos I'll be there for you.  1477071114


Stark.


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I'll be there for you.  Empty Re: I'll be there for you.

Mensaje por Ritza. el Lun 21 Ene 2019, 7:34 pm



bienvenida al infierno de mis sentimientos ha ha ha I'll be there for you.  3800005825 :
“Se me fue un poco la inspiración” pues yo quiero que se me vaya como a ti para sacar tres partes de un capítulo I'll be there for you.  1926951358 :ovaries: I'll be there for you.  2592836091

—¿Preparada? —insinúa.

Havana agarra el salero, destensa los músculos y le guiña un ojo.

—¡Dámelo todo, nena! —exclama.

Y así, cuando Cher entona, ambas enloquecen. Se cantan, chillan y bailan la una a la otra como si fueran las protagonistas de un musical por todo el salón mientras Brooklyn Heights comienza se desperezar. Ninguna sabe cómo empezó, pero berrear Mamma Mia, Rent, Hamilton o lo que les echen se convirtió en una costumbre años atrás: tan arraigada como cepillarse los dientes por las mañanas.

Discúlpame mientras muero de feels, ¿ok? I'll be there for you.  1129725545 es que las amo tanto, me encanta mucho su amistad y eso que es solo le principio de la historia I'll be there for you.  1313521601 pero no sé, imaginármelas ahí bailando como tradición a musicales tontos es lo mejor I'll be there for you.  1477071114

Pero luego Havana salta con sus mareos/vómitos raros y todo simplemente se pone medio tenso I'll be there for you.  2333868493 no pudo creer que piense que vomitar tiene que ver con los chakras desajustados, ¿qué te pasa niña? I'll be there for you.  2333868493

—Son solo mareos. —Vuelve a restar importancia, más concentrada en su disyuntiva sobre si tomar cereales de chocolate o Lucky Charms—. Tendré un chacra desequilibrado, nada que unas cuantas meditaciones no puedan arreglar.

Así es Havana Blunt. Para ella, los malestares físicos, tienen su origen en algún desajuste emocional y espiritual. Confía en las energías, la influencia de la mente en el cuerpo y en las piedras, amuletos y brebajes de su madre más que en cualquier medicina convencional.

O SEA NOOOO
La medicina existe por algo, chica I'll be there for you.  1054092304 a veces si es un poco innecesaria pero te juro que ahora mismo no, así que escucha a Halima que si no va a limpiar las aceras de Nueva York con tu trasero todo el trayecto hasta el hospital I'll be there for you.  1712497321

«Quizás tus vibraciones tienen problemas para conectar con el otoño», medita en silencio.

Yo le pego con el cereal, de verdad I'll be there for you.  563750256

Max Murray es estrella protagonista de sus recuerdos. Todas sus primeras veces. Esos brazos que gritan hogar. Esa risa y esos ojos que inspiran viñetas de su novela. Que se quieren, pero no como ellos quieren.

Gran forma de introducir la historia de Havana y Max, y por gran forma me refiero a gran manera de hacerme un hoyo en el corazón cuando ni siquiera voy por la mitad del capítulo. “Pero no como ellos quieren.” ADIÓS MUNDO CRUEL. Mi causa de muerte será porque los Jonas brothers se separaron y porque Kate hace unas historias que me dan ganas de morir como Romeo, pORQUE DIOS

Se pregunta si ha escrito alguna canción nueva, qué la ha inspirado, si se la enseñará a ella antes que a nadie, como suele hacer.

Yo estoy estresada con Havana, lo siento. ¿Qué te pasa? Pensar de esa forma no es simplemente AMISTAD, ¿ok? Bai

(Yo iba a tratar de citar poco para hacer el comentario rápido pero no me aguanto y es tu culpa)

Havana sonríe desde los límites invisibles que separan la cocina de la sala de estar. Desde que se fueron a vivir a Brooklyn desde Long Island, todos repartidos en el mismo edificio, el apartamento de Marjorie se había convertido en el centro de operaciones del grupo. Desayunos caóticos, noches eternas de juegos de mesa, llegar a casa y que estuvieran Max y Travis echándose una siesta en el sofá, el baño ocupado por alguien que ni siquiera vivía allí. Todos esos momentos que Havana desea encerrar en un relicario para mirarlo cuando sea mayor y desdentada.

Entiendo que es por su educación, así que supongo que por eso me parece tan raro. Que si estoy vomitando más de dos veces me voy al médico a que me digan qué me pasa porque si no I'll be there for you.  2333868493

Pero bueno, este párrafo de aquí me encantó, amo la amistad que tienen todos. El grupo de chicos que tienen sus cagadas de vidas pero al final todos tienen un hogar donde ir a desahogarse y relajarse y darse amor de gratis y no sé I'll be there for you.  2998878722 me estoy poniendo sentimental, pero es que es muy bonito I'll be there for you.  1477071114

¿POR QUÉ NO NOS PASA A NOSOTRAS? I'll be there for you.  3258640905

No cito toda la parte porque el comentario se me hace más largo de lo que debería, pero amé AMÉ toda la parte cuando están todos juntos y todos comienzan a partir para ir a sus rutinas diarias. Es como una familia y eso me tiene muy emocionada I'll be there for you.  2416783629

Y, aprovecho para decir, que cada MÍNIMA interacción entre Max y Havana me pone con los pelos de punta, no sé I'll be there for you.  1054092304


Para Max Murray es sencillo meterse en otras pieles, llenar su cabeza con una historia y unos sentimientos que no son los suyos. Mucho más fácil que vivir en la suya propia, que convivir con esa cabeza suya que no le da ni un respiro.

Ese vistazo de la vida profesional de Max, lo amé I'll be there for you.  1477071114 (amo todo tu capítulo, coopera conmigo), y es que no me imagino estar luchando por cumplir una meta no convencional y dedicarlo todo a su arte y I'll be there for you.  1477071114 es muy genial I'll be there for you.  1796689324

Está de mas decir que detesto al director de la obra y que espero que le salgan espinillas enormes en el culo, a ver como lleva su vida sedentaria entonces I'll be there for you.  3417461789 pero bueno, la vida no es justa I'll be there for you.  3010297061


(…)Desde luego que tienes talento… ¡Pero miras a tu compañera como si te hubieran castrado! ¡Un poco de pasión, muchacho! Piensa que es una de esas chicas a las que…

«En la única chica a la que miro así», reflexiona su cabeza de forma involuntaria.

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

I'll be there for you.  1129725545 I'll be there for you.  3258640905 I'll be there for you.  1054092304 I'll be there for you.  3797107778 I'll be there for you.  2998878722 I'll be there for you.  1129725545 I'll be there for you.  3258640905 I'll be there for you.  1054092304 I'll be there for you.  3797107778 I'll be there for you.  2998878722

ahora, fuera de mi fangirleo por max y su forma de expresarse en ese aspecto, QUE LE DEN AL IDIOTA DEL DIRECTOR. Y encima Max de bacon, buscándose que lo despidan pero no, hace lo que tiene que hacer, ese es nuestro muchacho I'll be there for you.  1054092304


Es tocapelotas porque le ha tocado serlo. Por la falta de su padre y los tres trabajos que tenía que compaginar su madre para sacarlos adelante, Max tuvo que cuidar de Nico más de lo que le correspondía. Cuando él ni siquiera sabía cuidarse a sí mismo. Después toda su vida curándole las heridas, echando a los monstruos de debajo de la cama y cubriéndole las espaldas de todo lo que pudiera hacerle daño, es difícil abandonar las costumbres.

Y Max es una persona de costumbres. Como seguir enamorado de la chica con la que sabe que no puede tener una relación.

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¿ACASO TU MISIÓN ES QUE SE ME ROMPA EL CORAZÓN, QUE ME ENAMORE DE MAX O TODAS? Porque ponle check a todas, por dios

Que la cosa con su familia y tener que haberse hecho cargo de su Hermano, y luego lo de Havana otra vez (mas enamorado no puede estar, viste), ay nononononono, Kate, eres una persona cruel I'll be there for you.  2998878722

Miriam, vete por favor, no tientes al diablo (yo), porque Max no puede estar contigo, ¿ok? I'll be there for you.  1712497321

POR CIERTO, QUE LA OBRA ES ALL YOU NEED IS LOVE, Y RECUEDO LA NC, Y ME DAN FEELS, Y TE AMOODIO, PERO TE AMO MAS MUCHO MAS, PORQUE TODO ES GENIAL

—Yo sí —canturrea y mueve las cejas—. Fue con Havana.

—¿Llevas un registro de mi vida sexual?

—La noche del estreno estuvisteis pegados con pegamento. Me he criado entre vuestras idas y venidas. Sois mi telenovela favorita —confiesa de nuevo con las manos en el bolsillo—. Por no mencionar que desde entonces vagas por el mundo como un desgraciado.

Nico me agrada cada vez más I'll be there for you.  82537658
No pero hablando en serio, me gustó mucho la relación entre ellos dos I'll be there for you.  1477071114 espero ver más de Nico en adelante I'll be there for you.  4098373783

Olivia siempre le había parecido una chica preciosa. Pero hasta hacía muy poco, nunca se había fijado bien en ella. En la gracilidad de sus movimientos. Cómo los ojos se le convierten en dos rendijas cuando ríe a carcajadas. La forma en la que se lleva las manos a los labios cuando se queda dándole vueltas a algo.

Guapa, de una forma delicada e introspectiva, a la que hay que poner atención. Cuando se da cuenta que se queda observándola —y del derrotero que ha tomado su inconsciente— más de lo que debe, aparta la mirada, hacia sus manos.

De acuerdo, primero me montas todo el amorsh y el drama y sobretodo el amor entre Max y Havana y luego me pones esta…esta…TENSIÓN SEXUAL entre Olivia y Max que no puede ser más obvia o me pego una patada. No sé a cuál soporto menos, si Cande o tú, por jugar de esta forma con mis sentimientos I'll be there for you.  1054092304 (aunque lo amo, para qué mentir). El caso es que me va encantando lo sutil no tan sutil que va empezando o surgiendo todo, no sé, hacen unas tramas hermosas.

Aprovecho para decirte eso, que tienes una capacidad para montarte unas tramas que mi madre, son demasiado. DE-MA-SIA-DO. Amo mucho tus historias, Kate I'll be there for you.  1477071114

—Hay besos en el guion.

Olivia pone los ojos en blanco.

—Tranquilo, hacen falta más que unos cuantos besos para que me enamore. —Resta importancia.

—Así que me besarías.

—Puede

911 THIS IS AN EMERGENCY OKKK!!!
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No puede evitar meditar y como siempre, sin importar dónde empiece: todo acaba en Max. ¿Y si la decisión de nunca más es lo que te ha desbaratado tanto? ¿Y si es la sola de idea de saber que ya no serán más que amigos la que le produce náuseas?

Debería provocate náuseas haber tomado esa decisión, niña, mira que decide babai al amor de tu vida así para no hacerse daño I'll be there for you.  1407456114 Lo siento Kate, que no puedo, es que es demasiado para mi. La historia que tienen desde pequeños, SIMPLEMENTE NO PUEDO OK?

pERO Ya poniéndome seria, espero que de ahora en adelante Havana se preocupe por su salud de una forma científica y no le cuelgue todo a sus preciados chakras I'll be there for you.  3800005825

—Son decisiones, no capacidades, Travis —rebate descendiendo las escaleras a su lado.

—¿Y si yo te pidiera ir a cenar qué decidirías?

Havana está a punto de caerse por las escaleras, suerte que camina agarrada de la barandilla.

—Que cenamos juntos casi todos los días, sería una repetición, no una decisión. —Emula tranquilidad, como si no se sintiera atraída por Travis desde que meses atrás le confesó que había estado enamorado de ella en la adolescencia.

Travis convierte los ojos en dos rendijas. Salva los dos últimos escalones de un salto y se planta frente Havana, quedando sus ojos a la misma altura.

—Cierto —concede, inclinado en su dirección. Mira los labios de Havana unos segundos. Esta no puede evitar verse embrujada por los suyos; insinuando una sonrisa peligrosa—, pero todos cenamos juntos.

Hace un inciso muy prolongado en el «todos». ¿Está tonteando con ella? Quizás son solo imaginaciones suyas. «La falta de sexo, Blunt. La falta de sexo…». Un hormigueo le recorre el cuerpo, obnubilando sus sentidos. Como si empezara a caer en un sueño profundo.

—¿Estás insinuando algo? —masculla luchando con el pulso acelerado.

—Tal vez… —Travis alarga las palabras, dejando ser a su sonrisa.

Y DESPUÉS ME DAS ESTA TENSIÓN SEXUAL PERO POR UN MILLÓN CON TRAVIS Y HAVANA Y NO SE, CASI ME DA UN PARO CARDIACO. ES QUE, perdóname Max, yo te adoro pero la carne es débil, viste I'll be there for you.  3797107778 no es mi culpa, culpa a tu creadora I'll be there for you.  3797107778

Quise decir que lo amé como no tienes idea bai I'll be there for you.  1129725545

—No te disculpes, tenía que ido al médico antes de llegar a este punto —concede—. Iré mañana a primera hora, lo prometo.

Max se agacha a frente a ella.

—Vas a ir ahora.

Entonces luego con el desmayo todos preocupados claro pero Max como que lo lleva todo a otro nivel y … no…o sea…es demasiado para mi. No se como voy a aguantar la NC cuando pasan este tipo de cosas. No lo sé. I'll be there for you.  3258640905

—Sí, pero eres mi amiga.

YO SENTÍ DOLOR FÍSICO AL LEER ESTO
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Y, por otra parte, para ser justos: Havana no es la única culpable de su fracaso. Porque Havana se había esforzado muchas veces por tener una relación normal. Pero Max se centraba más en lo que podía hacer que en lo que de verdad hacía, cuando Havana no le daba motivos para desconfiar. O todas las veces que no cuidó la relación pensando que se acabaría. O todas las chicas con las que quiso infligirla daño: para que sintiera lo que él sentía cuando Havana mencionaba su pequeño escarceo con otro chico.

Es que los dos son idiotas
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No me gustó para nada que el idiota director que es mas un humano lleno de mierda en vez de órganos haya llamado a Max y lo haya obligado a irse, pero supongo que el destino lo jugó para ser lo mejor y que Havana pudiera procesar la noticia sola primero. No sé, no hay una buena forma de enterarse que vas a tener un bebé a una edad en la que nunca lo pensaste…pero bueno, no fue TAN malo I'll be there for you.  3800005825 soy tan optimista que irrito, lo siento

Encima, lo siento, tengo que decirlo: NO ES COINCIDENCIA QUE LA NOCHE EN QUE USTEDES DOS TUVIERON RELACIONES DE LO MÁS FELICES HAYA DADO ESTE BELLO FRUTO DE LA VIDA OK, ES EL DESTINO, CÁSENSE

Me retiro
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No sabe qué karma está pagándole al universo. Ella, independiente, cambiante e indecisa. Acababa de firmar un contrato para toda la vida. Uno que no puede incumplir ni romper por mucho que desee hacerlo.

El karma mi querida amiga(?) por eso hay que tener cuidado con lo que se le dice al mundo, o una de esas mierdas I'll be there for you.  82537658 bueno, me dejo de payasadas, yo no se cómo ha lidiado tan bien con la situación. Considero bien haberse asegurado el triple / cuádruple (?) y no haberse ido a gritar y romper cosas como una desquiciada. I'll be there for you.  2333868493 ambas son válidas, claro. Pero I'll be there for you.  2333868493

Tira los predictivos sobre la mesa al tiempo que rompe a llorar, explotando por fin tras tanto estrés. Sus amigas se lanzan a por ellos como pirañas, cogiendo uno cada una —parece hecho a propósito—. Havana, entre lágrimas, observa las distintas fases por las que pasan sus rostros: desconocimiento, sorpresa, comprensión y finalmente mirarla a ella como si le hubiera crecido una segunda nariz.

No pensé que se los iba a decir tan rápido I'll be there for you.  1054092304 pero ¿cómo aguantar? Son sus amigas / hermanas y bueno, guardarse las cosas nunca en bueno. Morí con las reacciones de todas, encima Minnie diciéndole que va a parecer una foca, qué apoyo I'll be there for you.  236970355

Pero amé eso, que haya decidido apoyarse en ellas, sabe que no la van a dejar sola y que todo va a estar bien…aunque sea jodidamente difícil I'll be there for you.  1477071114

Al situarse a su lado, ve que Halima tiene abierta una página sobre una agencia de adopciones. Enarca las cejas hacia ella, en medio de la casi completa oscuridad. Halima sonríe de lado.

—Te he escuchado, que conste. —Se excusa—. Pero no podía dormir y quería asegurarme que sabes que tienes opciones menos radicales que el aborto en caso que no te atraiga la idea de la maternidad.

¿YA TE DIJE LO MUCHO QUE AMO ESTA AMISTAD, KATHERINE?
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Halima va a aprender a ser madre con ella solo para ayudarla y que todo este bien si decide tenerla, no le importa nada I'll be there for you.  1054092304 que lo sepa I'll be there for you.  1054092304

—…estamos con vosotros —finaliza—. Somos unos niños, pero somos bastantes, creo que entre todos podremos criar a una persona.

adiós mundo cruel, yo me voy para ese universo

—Lo ha encontrado en la basura, aquí —expone Damon.

Max abre los ojos y le suelta una colleja a Miles.

—Tía, no rebusques en la basura de las chicas —regaña.

—Pero si no lo he hecho. —Se lamenta frotándose allí donde ha impactado su mano—. Estaba al principio, junto a dos más.

Al chico le cuesta llegar una conclusión, tras todo el día en el teatro y una nueva noche de insomnio, su procesamiento va lento. Sin embargo, cuando llega a ella, se le desencaja la mandíbula.

—¿Entiendes ahora nuestro dilema? —inquiere Miles—. Tratamos de averiguar cuál de las tres está embarazada.
Freddie menea la cabeza.

—Si quien sea que esté embarazada, no ha dicho nada—empieza a alegar—, no deberíamos hacer esto. Has recogido eso de la basura.

Luego dicen que las cotillas son las mujeres pero no, tengo pruebas(? AJJAJAJAJA me muero con ellos, todos tratando de averiguar de quien eran los tests, y luego Freddie todo en contra de estar rebuscando a escondidas. Amo como lo usas I'll be there for you.  2998878722

—Porque estás embarazada. —Del bolsillo trasero se saca el predictivo y se lo planta delante de la nariz, tan cerca que por poco se pone bizca—. Lo he encontrado en la basura.

(…)

«Mierda», comprende Max. «Mierda, mierda y más mierda».

—Porque no es Marjorie la que está embarazada. ¡Soy yo maldita sea! —chilla.

(…)

—¿De quién? —balbucea Miles, mirando a su hermana como a una desconocida—. Dime quien, voy a matarlo.

Entonces, Havana, que parece al borde de las lágrimas, se gira hacia Max. Y este sabe qué va a decir antes de que las palabras lleguen. El corazón le da puñetazos contra el pecho. «Maldita sea».

—Es tuyo.

KATE COMO ME SUELTAS LA BOMBA DE ESTA FORMA
:ovaries: :ovaries: I'll be there for you.  2785603980 I'll be there for you.  2785603980
NO PUEDO NO PUEDO NONONONONONO
PENSÉ QUE TODS SE IBAN A ENTERAR DE UNA FORMA RACIONAL Y CALMADA, NO ASÍ, SE PRENDIÓ TODO
I'll be there for you.  1098156028 I'll be there for you.  1022085747 I'll be there for you.  1421880775 I'll be there for you.  1098156028 I'll be there for you.  1022085747 I'll be there for you.  1421880775 I'll be there for you.  1098156028 I'll be there for you.  1022085747 I'll be there for you.  1421880775

Luego Miles tratando de matar a Max (pobre), y todos tratando de mantener la calma y luego Max y Havana solos y Max que se quiere desmayar (cuando ni siquiera es él que tiene un feto en la barriga pero no hablaremos de eso).

HABLAREMOS DE ESTO:

Enmudecen otra vez, Max imaginando todo lo que puede salir mal. Pero, poco a poco, la idea se asienta en su cabeza. Cuando mira a Havana otra vez, con la ciudad oscurecida tras las ventanas, esta también lo hace.

—Vamos a tener un bebé.

—Técnicamente, lo voy a tener yo. A ti sólo te ha tocado la parte divertida, no vas a tener que sacar una persona por la vagina.

(…)

Max le pasa el brazo por los hombros, atrayéndola a su cuerpo. Havana lo abraza por las costillas, escondida en su pecho. Se quedan así otro largo rato, escuchando sus respiraciones.

(…)

—¿Vas a estar conmigo?

—No me voy a ninguna parte.

(…)

—¿Incluso cuando me ponga como una peonza y tengas que atarme las zapatillas?

Max ríe. Y empieza a imaginarla engordando, con cambios de humor imposibles de seguir o peleando por decidir un nombre. Vaya lío. Pero se ha metido con la persona a la que más quiere en el mundo y a pesar de todo, sabe que se las arreglarán.

—Sobretodo entonces.

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CÁSENSE POR JESUS MARIA Y JOSÉ O POR LOS CHAKRAS O POR BUDA O POR NO SÉ PERO CÁSENSE CÁSENSE CÁSENSE CÁSENSE

No sabes lo mal que me puso eso, lo mal que me pone, he leído todo el capitulo mas de dos veces y esa escena mas de tres KATE QUE ME HACES, QUE ME HAS HECHO, QUE TE PASA

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NO SE PERO CÁSENSE

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—Pensé que te vendría bien. —Se sienta en la silla enfrente de Max, al otro lado de la pequeña mesa, llena de trastos—. Puedo irme quieres estar solo.

Max no puede dejar de mirarla asombrado, mientras una canción electrónica hace retumbar las paredes. Su pelo, siempre cambiante, está apresado en un moño. A pesar de todo lo que tiene en la cabeza, se ve diciéndose a sí mismo que como más le gusta es cuando se lo suelta.

—¿Estás mejor? —Olivia extiende la mano por encima de la mesa y la deposita en la muñeca de Max.

No me hagas esto, acabo de pasar por el momento de la vida con Havana y Max
Ya no tengo fuerzas

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Olivia es demasiado tierna para la vida, hay que protegerla I'll be there for you.  1129725545

«Porque no me lo perdonaría nunca, ni tú tampoco». Dicen que tener un hijo conlleva sacrificios y está segura que en cierto modo, es así. Pero sus padres nunca renunciaron a sus sueños, ni se olvidaron de sí mismos para educarlos a Miles y a ella. Solo los introdujeron en sus rutinas, las ajustaron. Está decidida a hacer lo mismo.

Le aprieta la mano.

—Podemos ir tomando decisiones poco a poco. —Procura calmarlo, sabiendo lo mucho que puede llegar a estresarse

Ver la forma en que los dos fueron criados (bastante distintas, Max sin un padre y Havana con dos de lo mas geniales), no se, van gustarme mucho ver como van a decidir criar un bebe cuando todavía hay cosas de la crianza que les dieron que ellos mismos no notan. Como que Max esta apunto de renunciar a su sueño sin pensarlo, sabiendo que hay más opciones (como aplazar y ajustar), y Havana que su todo es”vamos a ir viendo” pero eso implica muchas limitaciones aunque después sea hermoso con el bebé y …lo siento, estoy filosofando mucho, es que me quedé sin sentimientos después de este capitulo.

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Max guarda el móvil y sus miradas se cruzan, sonríen compenetrados. No podía vivir esto con otra persona que no fuera él. «Te quiero», articula en silencio. Eso no puede controlarlo, porque no va a cambiar, porque no perjudica a nadie. Max repite las mismas palabras, depositando un beso en su frente. Ajenos a todas las vueltas que iban a dar antes de volver a encontrarse.

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QUIERO LLORAR
CASI LLORO
MIS OJOS
MI CORAZÓN
TE DIJ QUE ESTABA SIN SENTIMIENTOS PERO NO
COMO QUE ME ACABS DE EXPRIMIR LA VIDA
EN EL PRIMER CAPITULO
ESO ES OTRA CLASE DE RECORD KATHERINE
PERDONA PERO NO PUEDO CON ELLOS, VOY. A VOLVERME REVOLUCIONARIA DE LA RELACIÓN DE HAVANA Y MAX POR EL FINAL DE LOS TIEMPOS AUNQUE SEA LO ÚLTIMO QUE HAGA

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De verdad no se que mas decirte, yo no se, creo que todo quedo ahi, te dejé mi corazón hecho letras en este comentario y espero leer la otra parte de tu capitulo con ansias I'll be there for you.  1477071114 AMO COMO ESCRIBES ADIÓs
Ritza.


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Mensaje por Atenea. el Vie 01 Feb 2019, 7:53 pm

MIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEERRRRRRRRRRRRRRRRRRRDDDDDDDDDDDDDDDDDDAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA debo leer por lo visto I'll be there for you.  1054092304

pero omg, kate, ya no me sorprende que tus capítulos sean así de largos, y es hermoso muack muack muack
Atenea.


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Mensaje por gxnesis. el Lun 11 Feb 2019, 8:49 am

AY NENAS, AMÉ VUESTROS COMENTARIOS I'll be there for you.  1054092304 Leí cada uno como tres veces ya, muchas gracias I'll be there for you.  1477071114
Bienvenida Gina I'll be there for you.  1857533193
Pd: Mañana subo lo que me falta del capítulo.
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Mensaje por Stark. el Mar 12 Feb 2019, 8:41 am

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Mensaje por gxnesis. el Mar 12 Feb 2019, 12:57 pm

Holiwis:
Realmente no tengo mucho que decir salvo que odio el límite de caracteres por post. Espero que os gusten las dos últimas partes del capítulo y perdón si hay errores e incoherencias.
Sigue Cande y uno de sus famosos capítulos "asesinos" I'll be there for you.  77880782


Pasa el cursor por la imagen.
Capítulo 1.03.

Escrito por: hypatia.








Liverpool.

Confinada en el baño destinado a los empleados, mientras se recoloca las pestañas ante el espejo salpicado por gotas de agua y con el ruido que proviene del comedor, Kennedy llega a la conclusión de que el soberbio uniforme negro —compuesto por camiseta, pantalones y un corto delantal a la cintura— es de lo más apropiado. ¿Cómo es que no pueden verlo? Las manos delgadas y pálidas se aferran al borde del lavamanos con una ira que amenaza con explotarla en cientos de pedazos. Inspira, tratando de llenarse de templanza y paciencia. Pues no le queda más remedio, al menos, no por el momento.

Kennedy es consciente que el odio no es el camino adecuado para expresar una idea, aunque este esté muy presente en su pecho cuando argumenta. Sin embargo, después de un periodo de rabia, pena y radicalismo —que iba sobretodo dedicado a sí misma— ha comprendido que atacar a las personas por su modo de vida no es la solución. Así que intenta pregonar con el ejemplo.

Ejemplo que no es bien recibido la mayoría de las veces. Razón por la que lleva cerca de media hora en el pequeño lavabo. Evitando así el coro de gritos que le dedicará su madre, la abuela Paca y el tío Sirhan por haber intentado, otra vez, disuadir a un cliente para que comiera ensalada y no la especialidad del restaurante: costillas de cerdo bañadas en salsa de vino. O cadáveres aderezados, como los ve ella.

—¡Kennedy! —Unos fuertes golpes hacen retumbar la puerta— ¡Tenemos que irnos!

Se peina el escaso flequillo y, finalmente, abandona el baño. Al otro lado, apoyado con pasividad sobre la pared, aguardan Darwin y esa mirada suya de felino con mala pulgas que lo caracteriza. Viste acorde a ella, salvo por la chaqueta de cuero que le cae pesada sobre los hombros. Ruido de voces y cubiertos se funden en el aire junto a los olores especiados que emanan de la cocina. El calor se condensa en los pulmones y las ventanas.

—Tanto tiempo encerrada ahí dentro y sales casi más fea de lo que entraste.

Kennedy guarda las uñas en las palmas como prevención para no clavárselas en los ojos. Darwin Emmerson siempre escoge los peores momentos para molestar. Es algo innato en él, tanto como puede serlo la delgadez fibrosa de su cuerpo, que le imprime cierto aspecto de escultura clásica, pero con la piel tostada, barba densa y cabello espeso, tan negro como el plumaje de un cuervo. Bello como un depredador: aprecias su hermosura desde la lejanía, a sabiendas que puede despedazarte si te acercas.

—Espero que no hayas empleado muchas neuronas en esa observación, Dios sabe que no te abundan —dice Kennedy con dulzura afilada. Puede ser tan ácida como Darwin cuando se lo propone. Este deja de aguantar la pared con el cuerpo, puños apretados contra los costados.

La abuela Paca, que había vivido el hambre de la posguerra española antes de emigrar a Gran Bretaña, no aceptaba ningún tipo de gasto innecesario: como pagar una niñera para los más pequeños. Por lo que Kennedy había pasado la mayor parte de su infancia sentada en una mesa vacía esperando a que sus padres terminasen de trabajar. Como entretenimiento, desarrolló la costumbre de observar a los clientes: se fijaba en cómo se comportaban, en su forma de hablar, en lo que callaban y en lo fingían ser.

Aquel hobby de su niñez le brindó la capacidad para calar a las personas desde el primer momento. Sin embargo, con Darwin no funciona. Lo conoce desde el instituto y si trabajar juntos no fuera tortura suficiente: pertenecen al mismo grupo de amigos y son vecinos de habitación, pared con pared. Salvo por esas máximas, que siempre lleva un libro en el bolsillo y que le gusta la cerveza, es nada lo que sabe de Darwin. Acostumbra a mostrarse déspota, malhumorado y distante. A veces encantador, del modo que puede serlo una serpiente.

Hubo un tiempo, durante la adolescencia, en el que el encanto de Darwin no portaba veneno, no se divertía a costa del mal ajeno y no parecía molestarle coexistir con el resto de seres humanos. Entonces su hermana murió y ya nunca más volvió a ser el mismo. Kennedy sabe que el dolor cambia a las personas. Pero Darwin utiliza la pérdida de su hermana como excusa para tratar mal a los demás. La mayoría de sus amigos lo compadecen, pero ella no: su dolor no le da derecho a infligírselo a los demás.

Kennedy ha aceptado el desafía tácito de hacérselo entender, de entenderlo a él. Vive por el día en el que pueda acercarse a Darwin y decirle: Te pillé. Mientras tanto, se conforma con atormentarlo con la misma mezquindad que Darwin dirige hacia ella. Su relación es un pulso indefinido cuya única norma es la revancha.

Darwin le dedica un gesto de asco antes de precipitarse hacia la puerta trasera del restaurante. La muchacha enseña la lengua a su espalda, triunfante. Hace una parada en el almacén para recoger su parka amarilla. Una llovizna débil pero constante le da la bienvenida en la calle. El cielo es una pátina de intenso azul surcado por nubes oscuras. Darwin aguarda junto a la furgoneta roja del restaurante: manos a los bolsillos, cabeza gacha y el pelo aplastado en la frente por la lluvia.

Sin ningún entusiasmo, Kennedy se abre paso por entre el resto de coches del aparcamiento exclusivo para clientes y empleados. Ir al mercado a por los ingredientes —cadáveres— necesarios le quita toda la energía del cuerpo, como si se la succionaran como una pajita. Pero el tío Sirhan no se fía de nadie que no acompañe su nombre con el apellido Moon, así que se ve obligada a supervisar las compras.

—Yo conduzco. —Ordena Darwin cuando la ve llegar, extendiendo las manos para que le dé las llaves.

Ignora su demanda rodeando el vehículo para subirse al asiento del piloto, escucha un par de insultos masticados salir de los labios de Darwin. Quien, rendido, también se monta en la furgoneta. Lo primero que hace Kennedy es zarandear con empeño el ambientador que cuelga del espejo retrovisor: el olor metálico de la sangre le produce náuseas.

—¿Conoces la fábula de la libre y la tortuga? —espeta Darwin cuando la chica arranca el motor—. Bien, pues moraleja errónea. Sé la libre, solo no te entretengas en el camino.

Kennedy lo ignora deliberadamente hasta que frena en la salida antes de incorporarse a la carretera. Casi tumbada sobre el salpicadero para ganar visibilidad.

—La velocidad es proporcional a las ganas de llegar —responde a destiempo, a sabiendas de lo irritante que le resulta a su acompañante. Con una rápida ojeada, ve que Darwin se ha sumido en la lectura, con las largas piernas sobre el salpicadero. Comprueba el título En el Camino de Jack Kerouac.

—Si tanto reparo tienes en ver unos cuantos pedazos de carne, no comprendo por qué trabajas en el restaurante. —La desafía, sin frenar la lectura. Si bien Darwin es apático, cuando lee los ojos le brillan.

Kennedy por fin se incorpora y pone rumbo hacia los puertos, donde se encuentra el mercado del que se provee Casa Paca.

—Puro sacrificio. —Los dedos se le cierran sobre el volante y un sabor amargo asciende por su garganta. Los limpiaparabrisas estiran las gotas de lluvia del cristal.

Trabajar en un lugar que participa del maltrato animal es toda una prueba de valía y una lucha constante contra sus principios. No le queda más remedio que aguantar hasta que cumpla los veinte. En la familia Moon, cuando cada miembro cumple la edad legal para trabajar, firman un contrato con Casa Paca, donde trabajarán hasta dicha edad: independientemente de si van a la universidad o lo compaginan con otro empleo. Es el único legado de Paca. Lanzar al mundo una prole responsable, trabajadora y comprometida. Si alguien incumple el contrato, debe pagar una indemnización de diez mil libras. Otra de las enseñanzas de Paca, romper un compromiso trae graves consecuencias. Cuando Kennedy cumplió los dieciséis todavía no había despertado, así que firmó. Su sueño desde niña es convertirse en una gran cocinera y trabajar con su abuela parecía el camino seguro para alcanzar su meta. Pero meses después conoció a Kay y todo su mundo cambió.

El sueño de Kennedy no ha cambiado, solo ha sufrido modificaciones: que en su restaurante no servirán animales muertos. Es duro servir en Casa Paca, pues de algún modo se siente cómplice de tanta maldad. Pero Kennedy trata de buscar la luz en la oscuridad. Con el dinero que ha conseguido ahorrar todos estos años, tendrá el necesario para comprar un pequeño local al que ya tiene echado el ojo desde hace tiempo. Por lo que todos sus ratos libres, sin contar los que pasa en el santuario ayudando, los dedica a experimentar con nuevas recetas. Instruyéndose en nutrición y estudiando un curso online de Dirección de Empresas. Pues los sueños no se cumplen, se trabajan y se luchan.

Darwin hace caso omiso a su respuesta, consumido por la lectura. Así que Kennedy enciende el reproductor. Killer Queen en la emisora. Kennedy sube el volumen a todo lo que da y empiezan a cantar como una desquiciada, meneando la cabeza al ritmo.

—¡Baja eso!

El chico se incorpora con intención de parar la música, pero Kennedy le intercepta la mano, impidiéndoselo.

—Eh, no tienes derecho a tocar a Patata. —Se refiere a la radio con el nombre que Zahara, su hermana, y ella le habían puesto al reproductor cuando eran niñas.  Que solo funciona cuando le apetece y chirria como cientos de chicharras.

—¿Quién mierda es Patata?

—La radio.

—Estás peor de lo que pensaba. —Darwin hace amagos por bajar el volumen de nuevo. Kennedy lo pellizca, un gañido abandona la garganta del chico acorde con la voz de Freddie.

—Siempre superando las expectativas —responde guiñando un ojo.

—¡No puedo leer con este ruido! —chilla, forcejeando.

—Ruido es lo que generas tú, esto es arte —contraviene Kennedy, manejando con torpeza con una sola mano—. Ahora, pórtate bien si no quieres que te abandone a un lado de la carretera.

Darwin se suelta de su agarre con un movimiento brusco, nota sus ojos fulminantes en desacuerdo. Sin embargo, no dice nada: consciente que Kennedy es muy capaz de perpetuar su amenaza. «Al menos puedo llevar a Darwin a la locura», medita cantando a grito pelado, desafinada. Ya solo le faltan once meses para cumplir el contrato. Luego, será libre.




Una hora más tarde, Kennedy aguarda, lo más alejada posible, a que el carnicero saque a Darwin el pedido. Su cuerpo tiembla, no solo por el frío, sino de dolor. Tantos animales descuartizados, expuestos en la vidriera.

De nuevo, se reprocha a sí misma tantos años diciéndose que amaba a los animales al tiempo que devoraba un muslo de pollo. «No lo sabías». Y es cierto que no puede culparse —ni culpar a nadie— porque vivió engañada durante años. En ningún momento antes adoptar el veganismo como su modo de vida, pensó que lo que a ella alimentaba, mataba a tantos millones de animales inocentes. Inocentes que viven, sufren y mueren sin razón. Porque sus muertes, al contrario de la creencia popular, no son necesarias. Pero esos son pensamientos de la Kennedy del presente, la del pasado, ni se lo hubiera planteado.

Por suerte, una coincidencia puso a Kay en su camino. Quien la despertó y le contó la verdad. Y ahora, es ella quien trata de despertar al resto, a cualquiera que desee escucharla. Es duro darse cuenta que son pocas las personas dispuestas. A veces la embarga la impresión de que sus palabras se mueren en el viento, que no sirve de nada.  «Cuando dudes, recuerda que la lluvia está hecha de gotas de agua individuales».

Abandona sus reflexiones dispuesta a meter prisa a Darwin, que aguarda leyendo a un lado del expositor a que uno de los empleados termine de colocar las costillas en las cajas de plástico. Es entonces cuando su oído capta la conversación entre el carnicero y un hombre que deposita en el mostrador una bolsa de plástico ensangrentada. El corazón de Kennedy se estremece:

—Aquí la tienes, bien fresca —explica al carnicero como quien habla de una mesa recién pulida. Es parte de su trabajo, nada más. Se trata de un hombre fornido, de rostro curtido por el frío y porte de mala pulgas—. Tengo a su hermano, por si también lo quieres.  

Al escuchar sus palabras, Kennedy salva la distancia que la separa de él corriendo a una velocidad imposible. No piensa, ni sopesa lo que va a hacer, solo actúa por un impulso que parece tan antiguo como el propio universo.  

—¡Yo se lo compro! —grita tan fuerte que llama la atención de varias personas que aguardan a ser atendidas. El hombre se sobresalta, así como Pete, el carnicero. El primero la mira entre sorprendido y molesto. Kennedy toma aire—. Le compro al hermano.

De cerca, se fija más en el señor: ojos marrones y separados. Densas cejas que se fruncen y unos labios gruesos en línea recta. Cruza una mirada cómplice con el carnicero. Un cliente habitual, por lo que supone Kennedy. Si Pete dice que quiere quedárselo, Kennedy no tendrá oportunidad.

—Pagaré lo que quiera, no me importa —añade desesperada, impidiéndose a sí misma tironearlo de la chaqueta—. Pero véndame al cordero.

—¿Qué narices estás haciendo? —Darwin se sitúa a su lado, inclinado como una montaña sobre ella.

—Ahora no. —Sin siquiera mirarlo, lo empuja con la mano. El corazón le late en cada recoveco del cuerpo, la angustia le impide respirar. «Por favor, por favor…» ruega con los ojos al hombre, que prosigue mirándola como si estuviera loca.

Mira una vez más a Pete, que se encoge de hombros tras la bolsa que contiene el cadáver, como si le dijera que se rinde. El hombre cruza los brazos sobre el ancho pecho, evaluando a la niña que lo ha asaltado. Kennedy flexiona los dedos cual cronómetro. Procura no mostrarse tan desquiciada como se siente. Aunque ha participado en varios rescates de animales, Kennedy nunca ha tenido que dirigir la situación, solo ha acudido como ayudante en caso de que Kay o Gael necesiten ayuda con el animal.

—De acuerdo. —Cede por fin. Kennedy nota las piernas flaquear de puro alivio—. ¿Cómo lo quieres? Estará listo en unas horas.

El señor asume que quiere al cordero para comerlo. Reprime las ganas de ponerse a gritarle todos los insultos que conoce. Respira hondo, apretando tanto los puños que le crujen los nudillos. Darwin resopla a su lado. Siente varios pares de ojos curiosos observando.
—Vivo —puntualiza sin evitar el tono de reproche, ni el horror que siente—. Lo quiero vivo.

La sorpresa del hombre, que arruga la frente, hiere su alma. Este resopla y hace un gesto de despedida a Pete.

—Sígueme, lo tengo en el coche —exhala resignado. Echa a andar entre los puestos en dirección a la salida sin comprobar que Kennedy hace caso de sus palabras.

Kennedy, con las extremidades vibrantes por la adrenalina, lo persigue tan rápido como le dan las piernas. Choca con la gente que pasea por el mercado, con movimientos torpes.  

—¿A qué ha venido eso? —Se percata de que Darwin camina a su lado, fastidiado. Esquiva como puede a los transeúntes, al tiempo que reprocha a Kennedy con la mirada.

—Nada que te importe —rechina los dientes, ahogada por las prisas—. Coge tus cadáveres y espérame en la furgoneta.

Sí, Kennedy es consciente que ni el odio, ni la rabia, aunque con fundamento: no sirven para nada. Pero hay veces que sustituyen a la pena y toman el control. Darwin se frena en seco, igual que se hubiera chocado contra una pared.

El hombre la conduce a una furgoneta no mucho más grande que la suya. A pesar del ruido de la maquinaria, el ajetreo humano y de los graznidos de las gaviotas que sobrevuelan por el puerto: Kennedy puede escuchar los balidos aterrados del animal desde dentro del vehículo. Calma su respiración, por muy ansiosa que esté por coger al animal y marcharse, ponerse a aporrear la furgoneta mientras exige al hombre que abra no servirá de nada.

—Serán trescientas libras —dice, apoyado contra las puertas traseras.

Kennedy va a protestar, a sabiendas que ese precio es descabellado. Se muerde el labio inferior con impotencia. Saca el monedero del bolsillo con movimientos bruscos. Se supone que la vida no tiene precio, no debería pagar por salvársela a nadie. Con el alma cayéndosele a los pies, se da cuenta que solo lleva ciento cincuenta libras en efectivo.

—¿Acepta pago con tarjeta? —tantea, procurando mostrarse tranquila.

—No me tomes el pelo, quieres —gruñe el hombre, perdiendo la paciencia. Kennedy no se equivocaba al apuntar que tiene malas pulgas—. Efectivo, de lo contrario no hay venta.

Entonces Kennedy cuadra los hombros y trata de hacerse todo lo grande e imponente que puede con su metro sesenta ante un señor que parece salido de una película de la mafia rusa. Saca los billetes del monedero y se los tiende. El pelo se le mete en los ojos, molestándola. Pero se mantiene firme.

—Le doy ciento cincuenta libras.

—No me tomes el pelo, niña —replica con expresión asesina—. Has dicho que pagarías el precio que impusiera. Bien, son trescientas libras.

Kennedy no recula. Los validos del carnero desde el interior de la furgoneta afianzan su seguridad.

—Usted sabe que no sacará tanto dinero en ninguna carnicería. —Ve temblar el labio del hombre de forma imperceptible. Ha dado en el clavo. Todavía va a tener que agradecerle a su abuela su tacañería y todas las horas perdidas en la mesa de Casa Paca—. Acepte el dinero.

Este arruga el rostro con desagrado, por puro orgullo herido. Arranca el dinero de las manos de Kennedy y se da la vuelta para abrir las puertas. «Lo has conseguido». Los balidos se hacen más sonoros y desgarradores. Pero Kennedy no puede ver el interior porque el cuerpo inclinado del vendedor se lo impide. Segundos después se arrastra y al darse la vuelta, carga con una jaula demasiado pequeña para contener al animal horrorizado que chilla a una potencia que atraviesa huesos.

No debe tener más de cuatro meses. de color canela con manchas blancas como parches rodeándole los ojos. Unos ojos negros, profundos y tan aterrados que sesgan el aire de los pulmones de Kennedy. Lo deposita en el suelo sin ningún tipo de cuidado, en el lateral. Kennedy lo fulmina con la mirada, tirándose de rodillas para socorrer al animal.

—Un placer hacer negocios. —Se despide con sarcasmo, subiéndose a la furgoneta tras cerrar las puertas.

Abandona la plaza haciendo chirriar las ruedas sobre el asfalto.

El cordero tiembla como una hoja zarandeada por el viento, sigue balando y Kennedy ve que se orina encima. Es un bebé, solo es un bebé asustado al que han separado de su madre sin piedad. Han matado a su hermano. Iban a matarlo a él.

«¿Cómo no lo ven?».

—Tranquilo, pequeño —susurra con voz dulce, tratando del calmarlo—. Estás a salvo. Estás vivo.

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Darwin otea los alrededores con crispación pulsátil en la sangre. Cuando empezó a trabajar en Casa Paca meses atrás, no imaginaba que algo tan sencillo como hacer la compra se antoje más imposible que Teseo escapara del laberinto sin el hilo de Ariadna. A día de hoy, empapándose bajo la lluvia, sabe que, en compañía de Kennedy Moon hasta la más nimia acción puede convertirse en un desafío.

De haber tenido las llaves, se hubiera montado en la furgoneta abandonando a la estúpida y sus estupideces a su suerte. El reloj de muñeca marca las seis de la tarde. Kennedy no aparece por ninguna parte, por mucho que Darwin taladre el aparcamiento, como si así fuera a hacerla aparecer. Propina una patada a la rueda, exasperado. «Lo sabía». En cuanto la conversación del hombre con Pete había llegado a sus oídos como un letargo lejano, Darwin había aguardado a la intervención de Kennedy. La loca de los animales, a punto de enloquecerlo a él y haciendo peligrar, una vez más, su puesto de trabajo.

Durante los primeros años de instituto, Kennedy le había agradado. Quizás un poco estridente, alocada y competitiva en los estudios, siempre buscando ser la primera de la clase. De humor irreverente y malicioso; apasionada y con la agradable costumbre de repartir las sobras de los postres de Casa Paca con los demás en el almuerzo. Pero, desde que le dio por seguir esa moda de dejar de comer animales, se le había terminado de ir por completo la cabeza. Vive obsesionada con el asunto, torturando a todo aquel que no comparte su forma de pensar.

Para ser justos, él tampoco es el mismo después de Sophie. Y las dos versiones de ellos de la actualidad, no casan. Cada segundo en compañía de Kennedy, además de desagradable, mina su energía y la escasa paciencia que posee.
Eligió trabajar como camarero porque el sueldo es decente, para lo necesario y un poco más. Dos días libres a la semana, además de las noches del sábado: que pasa o bien leyendo hasta el agotamiento o bebiendo en Twist & Shout, también hasta el agotamiento. Claro que no contaba con Kennedy…

Por fin, después de lo que parece un siglo, el epicentro de su irritación aparece en la lejanía: observada por curiosos que se dirigen al mercado. Entre los brazos lleva una jaula, en la que se distingue una masa de color caramelo. Cuando lo alcanza, este puede ver que el animal se revuelve y tiembla. La chica lucha por sostener la jaula entre los escuálidos brazos. Es tan diminuta que solo se le ven las piernas y la cara. Mejillas alabastrinas teñidas de rubor por el esfuerzo.

Darwin permanece quieto, ceja alzada con descontento. El ataque que le ha lanzado antes de desparecer entre la multitud tras el dueño de la cabra, esfuma cualquier atisbo de generosidad en él. Kennedy condena a todo aquel que no comparte sus ideales, por mucho que asegure lo contrario. En sus ojos negros y pequeños, reluce inamovible un brillo juicioso, condenatorio. Como si ella estuviera por encima del resto.

Con sumo cuidado, deposita la jaula a sus pies, dedicando a Darwin un reojo avieso. La cabra comienza a balar. Pero Kennedy es rápida y resolutiva, ya nada queda de la chica nerviosa a punto de perder los papeles frente a todo el mercado. Recoge a la cabra del suelo para dejarla en los asientos.

—Ya está, pequeño. —Procura tranquilizarlo con nana en la voz, más dulce de lo que nunca la ha escuchado Darwin, que se ha encaminado a la parte trasera para cargar la comida en el maletero—. Voy a llevarte a tu nueva casa.

Darwin no puede resistirlo:

—Es una cabra, no te entiende. —Kennedy parece una señora loca que conversa con uno de sus muchos gatos. «No me extrañaría que acabara así en el futuro», medita.

Sus miradas chocan a través de los asientos, justo cuando Darwin deposita la siguiente caja. Kennedy se queda con el cinturón estirado en la mano. Y él puede ver el brillo malicioso en los iris. Se pasa la lengua por el labio inferior, los incisivos ligeramente conejiles quedan al descubierto. Darwin todavía no ha decidido si el tamaño de estos la afean o solo brindan carácter a su belleza.

—En realidad, es un cordero, no podrás distinguirlo porque estás acostumbrado a verlo despellejado en tu mesa de Navidad —ataca con suavidad. Kennedy no suele alzar la voz cuando argumenta, desenvaina palabras como la finta realizada con una espada: certera y rápida, casi sin que te des cuenta—. Y es muy feo de tu parte asumir que, porque tú carezcas de ella, el resto de seres vivos no tengan inteligencia.  

Darwin está a punto de decirle que en su casa no se celebra nada desde hace años. Pero ese es un detalle de su vida que implica dar otras explicaciones. Por lo que se limita a sonreír irónico, notando la adrenalina de la pelea. El resto de sus amigos aceptan sin más la severidad y crudeza de Darwin, justo como él espera que hagan. Sin embargo, Kennedy devuelve los golpes. Y no sabe por qué encuentra cierto placer en ello.

—Los animales no comprenden nuestro idioma, puedes hablarle cuanto quieras e insultar mi inteligencia hasta que te aburras. Pero es lo que es —rebate agachado para recoger la última de las cajas, junto a la puerta abierta.

Kennedy no responde en el acto, costumbre suya, sino que espera a haber terminado de asegurar al animal sobre el asiento.

—Me da pena que seas tan corto de miras. —Su suena sinceramente tomada, sin el sarcasmo que suele acompañarla.

La conversación se disuelve en el momento en el que finalizan sus respectivas tareas. Darwin piensa que no merece la pena seguir rebatiendo ni defendiendo su postura. Se acomoda en el asiento y rescata el libro del bolsillo para continuar sumergiéndose en la Generación Beat y la locura furiosa de Dean Moriarty.

—Gael —dice la voz de Kennedy cuando ya han tomado la carretera que los sacará de los puertos. Lleva el teléfono enganchado entre la mejilla y el hombro. «Ahora solo falta que nos pare la policía», lamenta Darwin en silencio.
La chica relata lo que ha ocurrido al receptor de su llamada como una profesional detallando un diagnóstico. El nombre le resulta familiar a Darwin, quizás es uno de los hombres de la reserva en la que Kennedy suele perderse la mayoría de los fines de semana. Por mucho que procure ignorarla, es difícil, teniendo en cuenta que aprovecha cualquier ocasión de silencio para hablar de la reserva, buscando advenedizos para la causa.

—De acuerdo, te veo en un rato —finaliza, tirando el aparato sobre la caja de marchas. Pisa el acelerador, aumentando la velocidad.

Durante la lectura, el subconsciente de Darwin no puede evitar comparar a Kennedy con Dean Moriarty, a pesar de ser dimensionalmente opuestos y con motores dispares. Pero ambos con su particular forma de ver el mundo, con un discurso atractivo, salmodiando su verdad con complejo de flautista de Hamelin. Porque, sí, hay que reconocérselo: resulta hasta cierto punto fascinante escuchar hablar a Kennedy, igual que Sal se fascina con Dean. Su determinación la dota de cierto poderío, de un carisma que crea adicción.

Sería una lástima, por mucho que le desagrade la chica, que, al igual que el protagonista de En el Camino, Kennedy acabase siendo una estrella decaída. Solo irritable, con un discurso que tras tanto usarlo, solo despertará pena. Uno que por el que incluso ella perderá la pasión. Porque desde la perspectiva de Darwin, al final: los ideales, las luchas y cualquier acto que vaya en contra de la realidad, son pérdidas de tiempo. El mundo real siempre acaba dándote una patada en la boca, para recordarte que, sin tener en cuenta tus esfuerzos: las cosas importantes, las que de verdad supondrían un cambio, seguirán igual, pues no importan al número suficiente de personas.

Así, entre reflexiones inconscientes, pesadumbres y más capítulos su atención se desdibuja en el espacio y nada más existen las palabras. Es consciente, a intervalos, que la velocidad de Kennedy es ininterrumpida, constante y casi temeraria.

«La velocidad es proporcional a las ganas de llegar».

Darwin pega un brinco sobre sí mismo, acosado por un presentimiento. Y al mirar, se da cuenta que no están en la ciudad, sino en una autopista empapada de lluvia e iluminada por los faros de los coches. Kennedy conduce inclinada sobre el salpicadero. Entonces Darwin ve un cartel a un lado de la carretera, reza: «Bienvenido a Lancashire.»  

—Has tardado en darte cuenta —repone Kennedy, mirándolo con las mejillas hundidas, aguantando una carcajada.

Aprieta la mandíbula, estrujando el libro entre sus manos inconscientemente.

—Teníamos que llevar el pedido al restaurante. ¿Es que no te importa que tu familia pierda dinero? —alega, procurando hacerla entrar en razón por medio de la conciencia.

Kennedy aprieta los labios.

—Hay cosas más importantes que el dinero. —Parece decírselo más a sí misma que a Darwin, lanzando una mirada furtiva por el espejo retrovisor hacia el animal. Darwin se inclina en su dirección como un depredador—. Se las arreglarán.

—Estoy hasta las narices de que mi puesto de trabajo peligre por tus gilipolleces animalistas —ataca, dominado por la furia.

—¡Relájate! —exclama, encogiendo los hombros—. Cargaré con las culpas, solo eres un daño colateral.

—¿No han llamado?

—He apagado el teléfono.

Darwin no se relaja, pero desiste. Después de todo, no hay nada que pueda hacer. Aprendió hace muchos años a retirarse a tiempo. Vuelve a sentarse recto sobre el asiento. En la lejanía, observa la disposición del pueblo, pequeñas casas de piedra con tejados marrones desperdigadas entre praderas verdes, con la iglesia despuntando hacia el cielo negro. El bosque y una mampara de colinas relucen oscuras tras la aldea. Kennedy toma el desvío que conduce directamente al bosque, dejando el pueblo a su derecha.

La carretera se vuelve más rudimental, con baches, a medida que se acercan al bosque: hasta que se convierte en un camino de tierra. Unos cuantos minutos después, se ven rodeados de una pared de altos pinos a cada lado. Da la sensación de estar introduciéndose en un cuento de los hermanos Grimm. Esa conclusión lo conduce a Sophie, que nunca se dormía sin que Darwin susurrara la historia de Hansel y Gretel. Unas garras mecánicas estrujan su corazón. Se revuelve incómodo en el asiento. El recuerdo de su hermana siempre aparece cuando menos lo espera.

—Quizás para ti son gilipolleces animalistas, pero para mí no —apunta Kennedy con calma, dando las largas y reduciendo la velocidad.

—¿Te das cuenta que has perdido la cabeza? —inquiere Darwin con brusquedad, luchando por deshacerse de los recuerdos.  

—Puede que haya perdido la cabeza, pero he encontrado mi alma.

Darwin bufa. «Cabezota idealista».

—Ya sé que para ti es un chiste —comenta—. Te lo veo en la cara cada vez que hablo sobre veganismo. De hecho, ni siquiera le has dado una oportunidad a lo que tengo que decir. Como la mayoría. Es más fácil.

—Está bien —cede Darwin, que piensa que concentrarse en otra cosa ayudará a serenar el pulso. Apoya la espalda contra la puerta, con la cara hacia Kennedy, a quien la oscuridad baila en las mejillas—. Háblame de veganismo.

La chica asiente, adoptando su faceta de predicadora.

—Para empezar, no es ninguna moda, como esas dietas dettox o los pantalones de tiro alto. El veganismo es un modo de vida, una filosofía. Creemos que todos los animales tienen derecho a vivir. Estamos en contra del especismo. No hacemos distinciones entre animales de compañía, como los perros, a los que se cuidan y respetan. Mientras que a los otros se les considera comida, como si no tuvieran el mismo derecho a la vida que tenemos los humanos u otros animales.

La explicación pilla a Darwin desprevenido. Porque a pesar de lo ilógica que le resulta Kennedy, sus argumentos sí tienen lógica. Aunque para él siga siendo una pérdida de tiempo. Dispuesto a responder, despega los labios. Sin embargo, Kennedy se adelanta:

—Es injusto que esclavicemos a los animales en función de su especie. Sienten y sufren de la misma manera que nosotros, aunque seamos diferentes. Deberían poder vivir en libertad. —A pesar de la oscuridad, Darwin ve encenderse sus mejillas por la pasión y rabia—. Animales, humanos…, para mí no hay diferencia, somos lo mismo. Podemos tener una alimentación más sana a base de proteínas vegetales, sin que nadie tenga que sufrir para ello.

Nuevamente, ve en ella ese aire juicioso, de superioridad moral.

—Así que, acorde a tus argumentos, soy una persona desalmada por consumir animales. Y, sin embargo, tú eres mejor —concluye un Darwin de dientes apretados. Que la chica ve el mundo en verdades absolutas y para él depende de la perspectiva.

Por la ventana, ve la sombra del río serpentear entre los prados. Desdibujándose en la oscuridad. Kennedy gira a la derecha por un camino que pasaría desapercibido para cualquiera que no conozca su existencia, sobretodo en la oscuridad. Darwin alcanza ver otro cartel, de construcción artesanal: Santuario In to the Woods.

—Eres desalmado, pero no porque comas carne. —Sus palabras le sorprenden y molestan a partes iguales—. Yo también consumía animales. Después me abrieron los ojos y comprendí la gran mentira que nos cuentan sobre la comida, sobre su procedencia. Si lo desconoces, eres inocente. No te echo la culpa por comer carne, porque forma parte de nuestra tradición, de la cultura. Ahora bien, cuando alguien descubre la verdad, no entiendo que haya personas que miren para otro lado y no hagan nada por frenar tanta agonía.

El camino asciende por entre la colina, con la maleza rozando los cristales de la furgoneta. A lo lejos, Darwin ve pequeñas nubes de humo ascender hacia el cielo, de un gris líquido contra la negrura salpicada de estrellas.

—¿Y cuál es la verdad? —pregunta.

El camino se abre, desembocando en un claro amplio. Donde se alza una cabaña de madera que también parece sacada de uno de los cuentos de los hermanos de Grimm. Las ventanas del segundo piso vierten luz sobre la explanada de césped. Hay un par de coches, una ranchera y una moto aparcados frente al porche. A lo lejos, por el este, a Darwin le parece divisar la silueta de un establo. Y al fondo, un amasijo de árboles sobre una pequeña colina.

Kennedy detiene el coche frente a la valla que delimita la entrada, sin apagar el motor. Ya con la puerta abierta y una pierna fuera, responde:
—No estás preparado para ella.

La chica abre la valla, se sube al coche para meterlo dentro y después vuelve a apearse, pero para cerrarla. Finalmente, Kennedy aparca a penas a un metro de la cabaña. Toca el claxon varias veces. Darwin observa, la construcción con curiosidad. Cuando hablaba de la cabaña, él se había imaginado una construcción minúscula, fea.

—Puedo entender por qué lo haces —afirma Darwin—. Lástima que sea una causa perdida. Hoy has salvado a uno, pero seguirán muriendo.

—Esa es una de las cosas que nos hacen diferentes. Donde tú ves una causa perdida, yo veo algo por lo que merece la pena luchar—. Tamborilea con los dedos sobre el volante, soltando aire condensado por la boca—. Las guerras se ganan a pequeñas batallas.

«Pero hay guerras que solo tienen un final». Darwin piensa en Sophie, en las batallas en las que solo perdió ganas. En las suyas propias, que no sirvieron para nada. Él conoce la verdad: ir contracorriente es una causa perdida, solo es cuestión de tiempo que Kennedy se percate de ello. Y entonces, el témpano de hielo vuelve a encajarse en su corazón. Paralizándolo desde el interior.

—Pareces un dispensador de mensajes motivacionales —masculla.

Darwin se ve sobrevenido por otra verdad, esa que procura eludir todo el tiempo, de la que se esconde, entre alcohol y libros. La verdad que lo visita por las noches a modo de pesadillas. La que partió a su familia por la mitad. Por la que está enfadado todo el tiempo. Que no tiene explicación, ni solución. Darwin se clava las uñas en el antebrazo, buscando que el dolor físico igual al de su alma, bajo la mirada extraña de Kennedy.

Se escucha el ruido de la puerta cerrarse. Una silueta alta se recorta contra la entrada, pareciendo una mancha de alquitrán con forma humana. Kennedy salta de la furgoneta, en dirección hacia dicha silueta, que en ese momento desciende las escaleras. Los ve darse un leve abrazo cuando se encuentran.

Darwin se ve mareado por tanto trajín, aún apretándose la piel. Con cientos de imágenes en su cabeza.

—¿A quién tenemos aquí? —El frío del exterior le llega junto a una voz profunda, de barítono. Un anciano de metro ochenta, barba canosa que se une al pelo por medio de unas patillas. Se agacha frente al cordero. Que, cómo no, ha empezado a balar de nuevo.

—No tiene daños aparentes —escucha la voz de Kennedy, aunque no la ve.

Darwin cruza una mirada con el anciano, que tiene unos ojos amables entre el espesor de la barba, de un intenso color verde, como el de las hojas en primavera. No puede evitar encontrar cierto parecido entre él y Santa Claus. El anciano desliza la vista hasta el brazo que intenta aplastarse Darwin. Carraspea y deja de ejercer presión.

—¿Y tú quién eres, muchacho? —pregunta, curioso.

—No es de su incumbencia —gruñe, mirando al frente.

—Ignóralo, Gael. Tiene la capacidad social de una ameba.

El hombre suelta una risotada reverberante. Cuando cierra la puerta, Darwin se desinfla. Enciende la luz y saca el libro, buscando que la ficción acalle la realidad irrisoria por un rato.

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Dicen que tocar fondo es necesario para coger impulso. Kala Delany ha tocado fondo, pero lejos del impulso prometido, se arrastra entre las cenizas de una guerra perdida hace muchas batallas. Pero ¿Contra quién? Se pregunta a menudo con amargura atragantada. Y es que cuatro meses después, no es capaz de decidir si perdió contra ella, a ella o solo tiempo por luchar una relación condenada. Así, las duchas se vuelven eternas por el deseo a que el agua borre cada huella de la chica que pactó con la suerte y esta, escurridiza, aceptó: legándole la mala.

Que odia lo que ha quedado. Más allá del dolor y la pena. Cansancio por girar durante años en la misma rueda de malas decisiones.

¿Quién es esta Kala? Que se mira en el espejo empañado con el pelo chorreando sobre las mejillas. Unos ojos de cristal, como quien echa un vistazo por la ventana de una casa vacía y polvorienta, le devuelven una mirada que no reconoce. Batalla por encontrar un diagnóstico a su situación. Como médica, busca explicaciones. Todo dolor conlleva una razón. Necesita con desesperación poner un motivo para poder hacer algo al respecto. Animarse con que el tratamiento adecuado la curará.

Olvida que el desamor no tiene medicamento, salvo quizás unas pocas noches de whisky, labios para olvidar y mañanas entre sábanas que asfixian buscando carne en el hueco vacío a su lado.  Pero Kala ya ha hecho todo eso y más.

Mientras se viste, da vueltas a los erizos de Schopenhauer. Si la proximidad excesiva hiere, pero la lejanía extrema también: cuál es la maldita medida adecuada para querer a alguien. Dónde dibuja la línea de mucho y suficiente. Por favor, que alguien se lo diga. Y que, de paso, le expliquen cómo recuperar todas las partes que se quedaron con John. Bajo su cama hay una caja con los regalos de cinco años, aniversarios, cumpleaños y los de porque sí. Resulta curioso, como al final, una relación puede contenerse en una caja de cartón para pan. Kala batalla todos los días por no ir a su antiguo apartamento y exigirle a su exnovio que le devuelva lo que de verdad importa: sus ganas, la vitalidad y la paz mental con la que se ha quedado.

Tras dos noches de guardia seguidas en el hospital, Kala es poco más que un amasijo de músculos vibrantes que pelean por descanso. Pero la cama desordenada a su espalda la asusta. Por muy cansada que esté, es consciente que una vez se tumbe, los recuerdos saltarán de la almohada y quedará atrapada buscando una explicación al desastre. Si se querían, por qué fracasaron. Abandona la habitación y escoge el sofá como morada. Al menos podrá fingir que ve la televisión hasta que la extenuación la venza.

Pero sus planes se frustran al reverberar el timbre. Por un momento se ve atraída por la idea de fingir que el apartamento está vacío. Que todavía no ha regresado del hospital. No se ve con la fuerza necesaria para poner buena cara. Pero no lo hace, porque no quiere ser una maleducada y sabe que recluirse en la soledad no solucionará nada.

Al otro lado de la puerta, Wilhelmina sostiene una bolsa de papel en cada mano que alza a la altura de su rostro. Sonríe con la boca cerrada e inflando las mejillas como una ardilla. Le aletean las pestañas de mariposa sobre unos ojos oscuros y rasgados.

—Servicio de habitaciones —saluda con ánimo, colándose por el lado de Kala sin esperar su permiso. La mano de Kala aferra el pomo con resignación—. Esto parece una cueva ¿Te crees Bella Swan?

Mina deposita las bolsas sobre la mesa redonda junto al ventanal, de las que emerge un olor que Kala imagina que es comida tailandesa. A continuación, descorre las cortinas. A pesar de ser las cinco y el gris perpetuo del cielo de Liverpool, Kala parpadea cegada.

—En Crepúsculo los vampiros brillan, no se queman —corrige sin ánimo tras sentarse a la mesa. Obliga a su mano a buscar la comida en la bolsa, aunque el apetito no se encuentre en su estómago. Kala, que es alta y constitución fina, ha perdido peso en los pasados meses y por una cuestión de principios, se niega a que los estragos se impriman también su cuerpo. Puede estar hecha una mierda, pero no tiene por qué saberlo todo el mundo.

La luz grisácea que se cuela en la casa dan a Wilhelmina en sien, pómulo y barbilla; parece que viste la mitad de una máscara. En la curvatura del cuello, adivina que está buscando unas palabras neutras para expresar su opinión. Porque Mina siempre tiene una y más si se trata de Kala.

—Quizás no es necesario que alcances la luminiscencia de Edward Cullen, pero con no parecer Casper sería más que suficiente —expone y aguarda en tensión, por si Kala explota. La chica se limita a apretar el tenedor de plástica al tiempo que abre el envase con los fideos de arroz—. ¿Has dormido?

—Unas horas, en el hospital —confirma en un murmullo.

Debido a los recortes sanitarios, Kala ha tenido que hacer más guardias de lo habitual. Las salas se colapsan y, aunque trabaja como oncóloga, ha estado cubriendo ausencias allí donde la requerían. Hace unos meses, hubiera sido algo que la habría tenido quejándose durante horas. Si la salud es lo primero, no entiende por qué no recibe un presupuesto adecuado. Pero ahora, las ha aceptado casi con agradecimiento, un salvavidas. Recluirse en el hospital y volcarse en su trabajo es lo único que consigue distraerla.

—Además, vivimos en Inglaterra, ser pálido es sello de calidad nacional —añade, removiendo los fideos.

Su amiga ríe por lo bajo, sacando de la segunda bolsa un par de cervezas negras, la favorita de Kala. Y es que la muchacha, se ha convertido en su acérrima acompañante tras la ruptura. Wilhelmina es la cuerda que la tira hacia la actividad: no permite que se encierre en casa, ni da pie a las lamentaciones. Como una entrenadora personal para reparar su corazón. Kala no es muy colaborativa, pero no le queda más remedio que ceder, pues Mina es persistente y hace oídos sordos a las contradicciones. En ocasiones se pregunta por qué lo hace, puesto que no hace ni un año que se conocen. Podría esperar una actitud así de Nina, Ethel —con la que comparte piso su actual acompañante— o de Neo, pero que sea Wilhelmina le causa curiosidad. ¿Es que no tiene nada mejor que hacer?

—Por eso debemos aprovechar los días de sol —concluye satisfecha, subiendo las piernas en la mesa.

Obvia que a Kala no le gusta el sol; que disfruta de la llovizna constante, la humedad y el frío que retumba en sus huesos. Acompaña a su pusilánime estado de ánimo. No sabe por qué encuentra consuelo en que también Liverpool parezca deprimido.

—Pues no los malgastes conmigo. —Se le escapa y se arrepiente enseguida. Kala, que suele ser amable, se ha convertido en una piedra afilada con las personas que menos lo merecen. Trata de arreglarlo—. Seguro que Philip es mejor compañero que yo.

Las comisuras de sus labios se curvan hacia abajo.

—En todo caso, Greta sería mejor compañera —corrige dando un largo y sonoro trago de la botella. Una sonrisa traviesa hace que sus ojos destellen—. Pero trabaja esta noche, así que solo me quedas tú.

Kala frunce el entrecejo, es la primera vez que escucha ese nombre. Aunque en su defensa, dirá que es complicado llevar un conteo de los amoríos de su amiga. Muchos de ellos no le duran más que unas horas. Wilhelmina se ilusiona y desilusiona con la facilidad de un pestañeo. Le gustaría poder comportarse del mismo modo. Perderse en otra piel sin extrañar la textura suave de la de John. Ni buscar en otros ojos el brillo almendrado de los suyos. Ni esperar escuchar su risa en la garganta de otro.

—¿Quién es? —pregunta, buscando desesperada corregir el rumbo de su cerebro.

—La conocí la semana pasada en Twist & Shout. —Mina es escueta en su respuesta, casi nunca da detalles explícitos en cuanto amor se refiere. Quizás porque para ella no tienen importancia. Puede parlotear durante horas sobre comedias románticas, pero cuando se trata de la suya nada parece especialmente remarcable.

—Adiós al pobre Philip…

Wilhelmina suelta una risotada que es como la de un pobre cerdo ahorcándose —que la perdone Kennedy por la metáfora—. La primera vez que la escuchó reírse, pensó que se había atragantado con un cacahuete.

—Para nada, mañana pasaré la tarde con él. Va a llevarme a Londres para hacer un picnic en Hyde Park. Me da la impresión que ha leído muchas novelas victorianas... En fin, la actitud es lo que cuenta —afirma, no sin cierta burla—. Si te organizas, puedes compartir tu tiempo con muchas personas a lo largo del día.

Kala pone los ojos en blanco.

—¿Y les parece bien? —Kala sabe que no podría estar con una persona sin exclusividad. Conocer que después de ella, se marcha con otra.

—Si les molesta, es problema suyo —asegura sin ningún tipo de culpa—, yo no me he comprometido con nadie.
Siente una corriente de envidia azotarla. La facilidad con la que Wilhelmina pasa de página sin pararse a meditar lo que ha leído en ella. Mientras Kala se pierde en las mismas palabras, indagando en sus intenciones y metáforas, obsesionada por entenderlas todas. Que ella no puede pasar sin más.

Liverpool se apaga y el salón se sume en una oscuridad amarillenta con la luz de las farolas. Con Kala mordiéndose
el labio con intención de hacerse daño. Puede sentir la mirada de Mina en su cuerpo.

—Torturarte con el fracaso no es la solución, Kala —suspira con fuerza, inclinando el torso sobre la mesa. Puede leerla con facilidad, observar cómo la invade la pena y pierde la batalla contra el desamor otra vez—. ¿Te cuento algo divertido? Darwin y Kennedy llevan una hora discutiendo en el portal. Minnie está haciendo una retransmisión en directo.  

Tira el envase con los fideos fríos que no ha tocado sin ninguna delicadeza, ignorando la anécdota que acaba de contarle. Se agarra los codos en un intento por frenar la caída hacia el vacío. Es extenuante combatir constantemente por demostrarse a sí misma que está bien, que día tras día mejora y John ya no es más que una dirección errónea. Como un tratamiento contra una enfermedad que no ha obtenido los resultados esperados. Pero lo echa de menos y en esas paredes con humedades espera ferviente a que quien llame a la puerta sea él, rogando por otra oportunidad. «¿Cuántas piscinas vacías necesitas para aprender que no puede ser?». Y no solo quiere a John, sino también a la Kala que era con él o la de antes de él, la que sea, menos la que ha quedado después.

—¿Entonces? —Es una súplica atragantada, con los ojos pegados a sus rodillas huesudas. «Seguiré adelante, pero dadme una dirección para encontrarme».

Kala, mientras Will alcanza una respuesta, piensa. Es todo lo que hace, pensar, perderse en su cabeza. Cuando su relación terminó de encallarse en el fondo, pensó que el amor terminaría. Pero hay amor después del amor. Esa es cara de la que nadie habla, de la que no te advierten cuando te enamoras. Esa en la que por mucha distancia que haya entre las dos personas involucradas, el sentimiento no cesa.

Wilhelmina encoge los hombros.

—Pedirme a mí un consejo sobre amor es como pedirle a una piedra que no sea dura —responde, trazando círculos en la boquilla de su cerveza. Las largas pestañas describen sombras en las mejillas, como telarañas—. Solo puedo decirte que pares de buscar una explicación, porque no se va a llevar la decepción.

Kala sonríe con amargura y se hace con la cerveza. No era eso lo que esperaba, tanta sinceridad. El resto de sus amigos abogan más por los consejos. Como Minnie recomendándole libros que le ocupen la cabeza.

—Ya lo sé, pero al menos tendré un motivo.

John y Kala no pararon de quererse, pero terminaron por alejarse. El declive de su relación fue como luchar contra la fase final de una enfermedad terminal. Al final, importó poco lo que hicieran, el desenlace no cambió. Quizás fue un cúmulo de razones, quizás solo la costumbre de la rutina. Como fuera, le resulta imposible continuar hacia adelante cuando sabe que no hubo factor externo: como una infidelidad.

—Estás malacostumbrada a tener una respuesta determinante —ataca Wilhelmina con cariño—. Vives bajo causa y efecto, pero no todo en el mundo funciona con esa ley. El amor es una ciencia inexacta sujeta a cómo lo vive cada individuo.  

Su cuerpo empieza a temblar bajo la amenaza de las lágrimas. Parpadea y respira tan hondo que le duelen los pulmones. Wilhelmina se levanta y acaba sentada a su lado. No sin duda, por cómo pueda reaccionar, apoya una mano en su hombro. Las manos de Mina son cálidas y fuertes.

—Te entiendo, ¿de acuerdo? —Trata de empatizar, aunque Kala sabe que ella no puede comprenderlo, porque Wilhelmina nunca se queda lo suficiente con nadie como para que acabe doliendo—. Diste lo mejor de ti en una relación y quieres saber por qué no funcionó.

El pulso de Kala se marca un solo de batería en su cabeza. Nota las mejillas ardiendo y la garganta rasposa.
—No, lo que quiero es recuperar a la persona que se quedó con John. —«Y quedarme con él», añade para sí.  

Wilhelmina sonríe con pena, como si ella fuera una niña a la que acaban de decir que Santa Claus es una invención de los padres.

—Siento decírtelo, pero ya no vas a ser la Kala que eras. Las personas te tocan y te cambian, está en ti decidir si es para bien o para mal.

Desde la perspectiva de Kala, resulta más fácil realizar una operación a corazón abierto a tomar esa decisión. Porque no quiere tomarla, solo quiere dar marcha atrás.


Última edición por hypatia. el Jue 14 Feb 2019, 5:25 am, editado 2 veces
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