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Touch of Evil || Riverdale

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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Ginger el Jue 03 Mayo 2018, 11:42 am

Capítulo 12
Visto así, fue casi inevitable que el puño de Ayax no impactara contra la mejilla de Reggie y le rompiera la cara.




En el instituto Riverdale High solo iban los norteños con dinero y algún que otro Serpiente bala perdida con recursos. Y eso todo el mundo lo sabía. Era un instituto caro, privatizado y con prestigio; por eso se armó un gran revuelo entre los estudiantes cuando el primer lunes pasadas las fiestas de Navidad a primera hora de la mañana, todos los alumnos del Southside High se plantaron en medio del reluciente pasillo del instituto. Desentonaban tanto con su alrededor que todos se detenían para mirarlos y cuchichear. De un momento a otro se encontraron rodeados por un gran círculo de personas preguntándose qué se les habría perdido ahí.

Tara y Cecilia, que iban hacia la clase de biología una al lado de la otra, les pareció ver un espejismo cuando vislumbraron las figuras de Jughead, Ayax y Toni al fondo del pasillo, seguidos de los Serpientes restantes. Incluso Damien estaba ahí, por sorpresa de Cecilia. Las dos se intercambiaron una mirada de confusión y ahí se dieron cuenta de que su espejismo resultaba ser la realidad. Se acercaron a ellos con rapidez.

–¿Pero qué demonios estáis haciendo aquí? –preguntó Tara, agarrando sus libros con fuerza hacia su pecho. Ya no le importaba que la vieran hablando con Serpientes, pero no era eso lo que la cohibía. Era la primera vez que se encontraba con Ayax desde el día que capturaron a Black Hood. Él había pasado sus vacaciones haciendo la ruta 66 en su Harley con su padre. Era su último tiempo juntos antes de que él se fuera a Los Ángeles por trabajo, donde parecía que ya estaba instalado al ser esa misma ciudad el último destino de la ruta.

Ayax la miró y abrió la boca para contestar, cuando el director Weatherbee se interpuso entre las Serpientes y los estudiantes del Riverdale High.

–Queridos alumnos, el segundo trimestre en Riverdale High está a la vuelta de la esquina, ¿y qué mejor manera de empezarlo con nuevos estudiantes? Debido al cierre del Southside High, la alcaldesa McCoy y yo hemos decidido que Riverdale High acogería a todos sus alumnos. Espero que sean bienvenidos por todos vosotros con las mismas ganas que tengo yo de que formen parte de esta familia que es el instituto –su rostro no cambió ni un ápice de expresión–, y que los ayudéis para que puedan integrarse cada vez mejor en las clases.

Cheryl, acompañada de Reggie Mantle, bajaron los últimos peldaños de las escaleras principales en las que se habían colocado para escuchar las palabras de Weatherbee.

–Ni de coña admitiremos a esos parguelas en nuestro instituto –dijo, cruzándose de brazos.

–Tampoco recuerdo invitar a una Barbie fascista –contestó Veronica al lado de Archie, que parecía ser la única enterada del cierre del Southside High por los montones de folletos de actividades e inscripciones que llevaba bajo el brazo.

–Alto, Eva Perón –Chery entornó los ojos hacia ella y dirigió la mirada a Toni, a quien ya reconocía por algunas veces que la había visto–. No permitiremos que los sucios Southside manchen el buen nombre de esta escuela.

Toni parecía echar llamaradas por los ojos.

–¿Sucios qué...? –se adelantó un paso–. ¿Por qué no vienes aquí a decírmelo a la cara?

–Lo haré encantada –sonrió cínicamente.

El director Weatherbee, observando la escena que se había montado en tan solo unos instantes, alzó la voz para detener lo que parecía dirigirse a una pelea entre bandos.

–Dadas las circunstancias –anunció con estricta seriedad–, que todo el mundo vaya a clase. Ahora mismo.

A regañadientes, Cheryl y Reggie dieron media vuelta, no sin que este último le hubiera susurrado un "traidora" a Veronica que la dejó descompuesta. Poco a poco todos se fueron a sus respectivas clases.

Ayax, al contrario que todos sus compañeros que se sentían asqueados por el recibimiento de los norteños, parecía divertido al ver la expresión de Tara que por primera vez parecía no saber dónde meterse.

–¿Cuándo me lo pensabas decir? –exclamó Tara cuando reaccionó, al cabo de unos segundos.

Ayax puso los ojos en blanco.

–¿Resulta que ahora eres mi madre?

Y teniendo en cuenta que no tenía a ninguno de los dos padres cerca, nada habría resultado más irónico.

Tara puso los brazos en jarras y lo miró desafiante.

–Ahora sí que no me importará que mis compañeros se te coman con patatas –declaró–, pero ir conmigo te habría salvado del aislamiento social.

–No hay nada que me repugne más que ser aceptado socialmente –Ayax se encogió de hombros–. Tengo clase de literatura. No quiero llegar tarde el primer día –y le guiñó un ojo antes de dar media vuelta y dejar a Tara colgada como un chorizo.

La chica giró la cabeza hacia Cecilia, que se estaba riendo por su pequeña discusión. Puso la expresión seria de golpe al ver que Tara no parecía nada contenta con su encontronazo.

–¿Por qué siempre tiene que hacer eso? –preguntó Tara al aire, exasperada, mientras reanudaban su camino hacia biología–. ¡Me regaló un peluche por Navidad y ahora me trata como si fuera una acosadora por preguntarle por qué no me había contado nada!

No era la primera vez que Tara le expresaba su relación caótica con Ayax a Cecilia, pero a pesar de que conocía al chico desde que era pequeña, no la podía ayudar mucho más a descifrar sus acciones. Era un misterio andante.
Al igual que Damien, que a pesar de ser mayor de edad no entendía por qué estaba ahí, hablando con el director Weatherbee.

–Solo es cuestión de tiempo para que él aclare lo que siente por ti –respondió Cecilia, aún mirando inconscientemente a Damien. Le molestaba su presencia. ¿Por qué tenía que contaminarle el único sitio en el que podía sentirse una alumna normal, alejada de los Serpientes?

Tara meneó la cabeza e hizo una mueca.

–Yo ya no sé qué pensar... –y se adentraron en la clase 401, sin ningunas ganas de escuchar el rollo sobre las características de las células epiteliales que las esperaba. Las dos siguieron sumidas en la preocupación por dos chicos durante toda la clase, aunque de maneras muy distintas.






–Y desde entonces no hemos vuelto a hablar –acabó de contar Tara, removiendo su batido de fresa con una cuchara larga–. ¿Te parece normal?

El sábado era el día en el que Archie y Tara quedaban para desayunar religiosamente en Pop's, pasara lo que pasara, y como tal, Tara le estaba poniendo al día con sus progresos con Ayax. Aunque esa semana apenas habían tenido interacción.

Archie parecía también desconcertado, pero cuando su expresión se volvió imperturbable y no respondió a lo que le había dicho, Tara supo que estaba completamente abstraído en su propio mundo. Le chasqueó los dedos delante de los ojos.

–¡Archie!

El pelirrojo se sobresaltó, mirándola como si no entendiera nada. Le costó unos segundos darse cuenta de que estaba con Tara en la mesa y no él solo. Se pasó las manos por el pelo, desordenándolo.

–Perdona, Tara –se disculpó–, aún no me puedo quitar esos ojos de la cabeza.

–¿Aún estás con lo de Black Hood? –Tara frunció el ceño. Desde que sabía que estaba muerto estaba más relajada, se podría decir que totalmente recuperada a como era Tara antes, si no fuera porque le seguía costando conciliar el sueño. Por alguna razón se sentía intranquila cuando dormía–. Tú mismo lo viste caer al suelo. Ya no hay nada de qué preocuparse –y le cogió la mano para tranquilizarle.

–Pero esos ojos... No eran los que vi –observó.

–Seguramente el estrés te hizo pasar una mala pasada, Archie –dijo Tara–. No dejes que tu propio miedo te alarme innecesariamente.

Archie soltó un suspiro.

–Supongo que tienes razón –contestó–. ¿Así que qué ha pasado con Ayax?

Tara dio un sorbo a su batido.

–Nada –repuso, desanimada–, ese es el problema: no ha pasado nada.

–¿Por qué no intentas hablar con él? –preguntó su amigo.

Tara se encogió de hombros.

–Soy siempre yo la que empieza la conversación –contestó–. Tengo la sensación de que le parezco una pesada… El otro día incluso lo insinuó –dejó caer la cara entre las manos y la apoyó ahí durante unos instantes–. Es la primera vez que me es tan complicado hablar con un chico. ¡Ya no digo ligar!

Archie soltó una carcajada y alargó su mano hacia su pelo.

–Con lo guapa –estiró uno de sus tirabuzones y lo soltó, rebotando como un muelle– e increíble que eres… Si él no lo puede ver, es que no te merece –y lo decía en serio.

Y como es la ironía de retorcida, que realmente Ayax sí que lo veía. Literalmente. El chico estaba plantado justo al otro lado del cristal que lo separaba de la pareja, a fuera del local, pero con una clara visión de lo que ocurría dentro. El apretón de manos, las sonrisas, el toqueteo de pelo… era evidente: Tara estaba liada con Archie. ¡Cómo había podido pensar que solo porque él se lo pidiese como condición ella cedería! Claro que no, se trataba de Tara Yellers. Cuando había llamado esa mañana a Cecilia para preguntarle dónde estaba Tara, había creído por un momento que podían hablar, ya que había estado toda la semana ocupado haciendo turnos dobles en el taller y encargándose de todas las facturas ahora que su padre se había ido, pero la realidad lo había golpeado con brutalidad. Tara Yellers no le interesaba su amistad; para ella, él solo era un polvo. Una crucecita más para marcar en su lista de conquistas. Y solo él tenía la culpa de haber creído lo contrario. Con una rabia ciega, enloquecedora, impulsiva, enfermiza, dejó que su odio alimentara a su demonio interior de tal manera que cogió la moto y arrancó hasta perderse detrás de un rastro de polvo.




–¿Has oído eso? –Tara giró la cabeza hacia la ventana de su lado para ver una nube de arenilla cubriendo un motero que se iba a toda velocidad.

–¿El qué? –Ayax giró también la cabeza, en alerta–. No veo nada.

–No, me había parecido oír la moto de Ayax… Pero él casi nunca pasa por aquí –hizo una mueca–. Las emociones me están jugando una mala pasada.

Archie entornó los ojos.

–Es la primera vez que te veo tan prendada de alguien… No, mentira, es la primera vez que te veo prendada de alguien –corrigió–. ¿Y los otros chicos con los que quedas?

Tara bajó la mirada, avergonzada.

–Ya no quedo con ninguno –admitió–. Me dijo que si quería tener alguna probabilidad no podía salir con nadie más.

–¿Y lo estás cumpliendo?

–Mi dedo índice te lo puede verificar –contestó–. A este paso mi vida sexual estará al nivel de la de mi abuela de ochenta años.

–Ugh, demasiada información para mis oídos –le reprochó Archie, entrecerrando los ojos como si estuviera mirando directamente al sol–. Pero me sorprende viniendo de ti. ¿Qué tipo de maleficio te ha echado para que estés tan pegada a él?

Tara meneó la cabeza y esbozó una sonrisa sarcástica.

–Cuéntamelo si lo averiguas.





El fin de semana pasó volando para todo el mundo menos para Tara, que esperaba un mensaje que nunca recibió. Empezó a ser extraño cuando dejó la dignidad aparcada en un rincón y le preguntó a Ayax si necesitaba ayuda en el taller, sin obtener respuesta alguna. Una de sus condiciones era ayudarlo en su trabajo, por eso no entendía cómo hacía tantos días que no le había dicho nada. ¿Y si le había pasado algo malo? ¿Y si él había cambiado de opinión de pronto y ya no quería darle ni una oportunidad? Fuese como fuese, Tara tenía que averiguarlo. Por eso el domingo por la tarde se armó de valor y salió disparada como un rayo hacia el taller de los Rider, donde encontró fácilmente a Ayax al interior del garaje cubriendo de aceite las piezas oxidadas de las ruedas. Al encontrárselo de sopetón después de días sin hablar ni saber nada de él, se quedó bloqueada. Ayax llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris de algodón que le quedaba ceñida al torso, como las mil restantes que debía tener en su armario, pero a Tara se le seguía cortando la respiración cada vez que lo veía. El chico alzó la mirada al advertir unos pasos intrusivos, encontrándose con los ojos castaños de Tara. Estaba apoyada en el marco de la puerta frente a él y se sujetaba la mano con la otra, retorciéndose los dedos en un gesto nervioso.

–¿Qué haces aquí? –Ayax se giró hacia ella, metiendo el trapo que estaba usando en la cintura de sus pantalones. Quería mostrar indiferencia, pero recordar cómo había traicionado su palabra le enfurecía. Y no por lo que significaba ese acuerdo, sino porque odiaba a las personas mentirosas.

–Te he enviado un mensaje y no me has contestado –dijo ella, ignorando su ceño fruncido–. Pensaba que querías que te ayudara.

–¿Y por qué debería hacerlo? Tu presencia me estorba más que me ayuda –contestó iracundo.

Tara pareció empequeñecerse con cada palabra, como una hormiga.

–¿Entonces qué hacemos con el acuerdo? Si no quieres que te ayude en el trabajo puedo hacer otra cosa, barrer el suelo o algo –y sería la primera vez que Tara se ofreciera a limpiar algo por ella misma, actividad que se le daba igual de bien que reparar motores. Así de desesperada se encontraba.

Ayax rió con sorna. Por un momento le había convencido su mirada frágil, como si él pudiese ofenderla. Era maquiavélica y fría como el hielo, no podía fiarse de ella.

–¿Ahora te importa el acuerdo? –alzó las cejas oscuras con fingida sorpresa–. Ese acuerdo ya no existe. Lo rompiste tú misma.

–¿Qué? ¿Cuándo? –preguntó Tara, precipitada. Parecía muy confusa.

Ayax chasqueó la lengua. Sus dotes teatrales eran mejores de los que había pensado.

–En el momento en el que te enrollaste con Archie Andrews –contestó–. Punto número dos, ¿recuerdas? –meneó la cabeza–. Y pensar que te había creído…

–¿Perdona? –Tara alzó una mano, como si quisiera frenarlo de esa carrera en picado en la que parecía estar cayendo de manera acelerada y sin frenos–. He cumplido mi promesa al pie de la letra. ¡No he estado con nadie más desde que me lo dijiste! Y Archie es mi mejor amigo, nunca haría nada con él.

Ayax soltó una risotada cruel.

–¿Y esperas que me lo crea? Os vi a través del cristal de Pop’ –Tara comprendió que la moto que había oído sí que era la de Ayax, al fin y al cabo. Ayax por otra parte, malinterpretó la expresión de Tara como si aceptara que la hubiera pillado–. Sí, os vi. La leal y fiel Tara Yellers… No pega. En cambio, la calientabraguetas de Tara Yellers suena mejor, ¿no crees?

Si su propósito había sido ofender a Tara, lo había conseguido, pero también se llevó otro gesto de regalo.

Tara también tenía un demonio interior. Uno grande y que explotaba rápido con las palabras justas.

–¿Pero cómo te atreves…? –Tara acortó la distancia que había entre ellos en un par de zancadas y le metió tal guantazo que Ayax se tambaleó hacia atrás, más estupefacto que dolorido–. ¡Eres un cerdo asqueroso y un ser despreciable! –se ajustó su abrigo y la tira de su bolso, dispuesta a irse, no sin antes rematar su golpe final. Se giró hacia él, echando chispas–. Cumplí con mi palabra. Cumplí con ese puñetero acuerdo y no salí con nadie por ti aunque sabía que no estábamos saliendo y tampoco garantizaba nada, pero ahora me arrepiento de no haberlo hecho cuando tuve la oportunidad.

Y salió del taller dando un portazo y dejando a Ayax en compañía de su propia soledad. Su arrepentimiento también se le unió cuando al cabo de unas horas lo llamó Cecilia, obviamente enterada de todo lo sucedido como mejor amiga de Tara, para confirmarle con hechos irrefutables de que sus acusaciones eran falsas.

–¿Pero cómo se te ocurre decirle eso? –le reprochó Cecilia al otro lado de la línea–. Y encima por esa tontería. Le dijiste que te fuera fiel sin salir con ella y te comportas como si te hubiera traicionado cuando simplemente sospechas de que lo ha hecho. ¿Quieres que te diga una cosa? Tú solo sabes la fama que tiene Tara, pero soy yo la que pasa la mayor parte del tiempo con ella y te puedo asegurar que el único chico que tenía en la cabeza eras tú.

Ayax, con el teléfono pegado en la oreja y la frente pegada en la pared de su dormitorio, se sentía terriblemente frustrado al igual que culpable.

–¿Y Archie…?

–Ya te lo he dicho; son mejores amigos desde que eran pequeños y él tiene novia.

A cada respuesta de Cecilia, Ayax se daba cuenta de que la había cagado más.

–El “acuerdo” era una manera de alejar a Tara de mí poniéndole trabas imposibles para que se olvidara de mí –admitió Ayax–. Nunca pensé que podría acceder a no salir con nadie solo porque se lo había pedido. Sin embargo, cuando me enteré de que podía haber estado haciéndolo, me puse como loco. Y tienes razón; es un acuerdo de mierda y no tenía ni por qué haber cumplido, pero por alguna razón me importa que salga con otros –y de repente cayó en la cuenta de lo que había dicho. El silencio del otro lado de la línea lo reafirmó–. C, ¿tú crees que…?

–¿Puedas sentir algo por Tara? –preguntó–. No lo sé, pero lo que has tenido tú son celos irracionales. Y se acostumbran a tener cuando te gusta alguien. Pero tu verás –parecía sarcástica.

Ayax cerró los ojos con fuerza. Todo parecía estar más claro y más borroso a la vez. ¿Le gustaba Tara?, ¿pero por qué? ¿acaso no era ella lo opuesto a él? ¿acaso no había montado todo ese circo para darse cuenta de que Tara nunca podría saber qué era el trabajo duro y mantener una relación con un chico que no fuese exclusivamente sexual? Pero el tiro parecía haberle salido por la culata al ser Tara la que le había enseñado que podía hacerlo y con mucha más sensatez que él.

–No sé qué hacer, Cecilia, puede que estemos mejor así –dijo Ayax, de repente vulnerable al notar el embrollo de emociones contradictórias que se encontraba en su garganta y la oprimía–. Al fin y al cabo he conseguido que se alejara de mí –y sorprendentemente, le costó reconocerlo.

–La próxima vez podrías probar en pensar con tu cabeza, esa enorme bola que te sujeta el cuello, antes de pasarle el turno a tu amiguito de la entrepierna. Pero dadas las circunstancias, podrías empezar por disculparte con ella.

Ayax soltó un largo suspiro.

–Yo… Supongo que no tengo nada más que perder.

–Por desgracia –contestó Cecilia.



El lunes por la mañana, Ayax esperó apoyado delante de la taquilla azul de Tara a que viniera a cambiar los libros, pero cuando la morena lo vio dio media vuelta sin siquiera cambiar de expresión supo que la había cagado más de lo que pensaba. Lo volvió a intentar después de la clase de química, en la que se plantó delante del pupitre de Tara al finalizar la clase y ella lo ignoró, impertérrita, sin siquiera escuchar las palabras del chico que parecía exasperado en conseguir que le prestara atención.

–¡Tara, escúchame! –Ayax le intentó coger del brazo cuando ella pasó por su lado para salir, pero lo único que consiguió fue que ella se deshiciese de su agarre de un tirón y se apartara de él de un salto, como si se tratara de un leproso.

–Ni se te ocurra tocarme, asqueroso de mierda –amenazó con el dedo en alto, llena de cólera.

Cecilia, que apareció en el marco de la puerta para ir con Tara a la cafetería, observó la escena en silencio. Ayax le dirigió una mirada irritada a la espectadora y le susurró al aire un: “¡haz algo!”. Cecilia se encogió de hombros y pronunció de vuelta sin palabras: “¿qué quieres que haga?”.

–¿Nos vamos, C? –dijo Tara, mirando a Ayax de soslayo con aparente asco–. Aquí apesta a imbécil miserable.

Tara arrastró a Cecilia hacia fuera de la clase, a lo que esta última giró la cabeza hacia Ayax con pena.

–Lo siento –le susurró.

Ayax se quedó solo en medio de la sala, cerrando los puños cada vez con más fuerza, más rabia, más impotencia. El demonio gritaba en sus oídos y su respiración empezó a acelerarse. Salió de ahí dando un portazo que retumbó las paredes y caminó con paso apresurado hacia el patio trasero. Atravesó los bancos repletos de gente y se apoyó en un muro de ladrillos rojos alejado de la multitud, intentando tranquilizarse. Inhalar, exhalar. Esas palabras ahora le parecían extranjeras. Llevaba una semana de lo más agitada intentando llegar a todo y cubrir las lagunas que había dejado su padre con su marcha, pagando el alquiler atrasado e intentando que la gente no se enterase de que estaba solo en casa siendo aún menor. Solo le había faltado que Tara no le hablase y le insultase en su cara para que se le fuese la olla.

–Eh, culebra –una voz hizo que Ayax despegara la mirada del suelo y se encontrara con unos ojos marrones clavándose en él. Tenía un tupé negro engominado y llevaba la chaqueta del equipo de fútbol de Riverdale High, los Bulldogs. A su lado, los acompañaba un chico negro con la misma chaqueta y otro rubio extremadamente pálido–, ¿disfurtando del establecimiento del instituto? Apuesto a que estás en la gloria por haberte ido del cuchitril ese al que llamáis Southside High.

Y sonrió con sorna, acercándose más a Ayax, mientras él intentaba ignorarlo para poder calmar su agitación. Con el humor que tenía, solo le faltaba un capullo para mandarlo al otro barrio de una paliza.

–He oído que Yellers tiene puesto un ojo en ti –la mención de Tara puso a Ayax en alerta. El chico le cogió el cuello de la chaqueta de cuero, provocando que Ayax moviera el hombro con rapidez para retirar su mano–. No te equivoques, salvaste a Tara Yellers una vez, pero es demasiado para una serpiente de alcantarilla como tú. Está reservada a los bulldogs, ¿no es así, Chuck? –y miró al chico de color, que se relamía los labios con una sonrisa.

–Ni que lo dudes, Reggie.

Ayax supuso que no sabían nada sobre su disputa, pero de todas maneras le enfureció escuchar cómo hablaban de Tara; como si fuera un objeto que poseer. Frunció el ceño y apretó la mandíbula, ignorando las miradas curiosas de la gente que se fijaba en ellos.

–Eso lo decidirá ella, en todo caso –espetó, aproximando su cara a la de él, amenazante. Una vocecita interior le pedía que no les siguiera el juego, que solo querían bulla. La ignoró–. Dudo que tenga tan poca decencia como para querer pasar un minuto al lado de unos hijos de puta como vosotros.

Reggie ensanchó las aletas de su nariz y lo agarró de la chaqueta, empotrándolo contra el muro. Sonrió en una mueca retorcida.

–Suerte que no tiene decencia –repuso–, porque mis sábanas aún huelen a su perfume.

Visto así, fue casi inevitable que el puño de Ayax no impactara contra la mejilla de Reggie y le rompiera la cara.

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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Drea. el Sáb 05 Mayo 2018, 8:35 pm

Capítulo 13
El jaque al rey está cerca, sólo tienes que saber como mover tus fichas.


Si había algo que Damien consideraba lo más humillante en el mundo era probablemente lo que estaba haciendo. Y vaya que había vivido de todo, probablemente nadie habría pasado lo que él, con tan solo 21 años. Desde que se había marchado de casa de sus padres había imaginado un mundo mejor, lleno de oportunidades y donde podría ser independiente, libre, por fin. En todo momento supo que tendría que buscarse la vida y que no sería fácil, pero nunca se imaginó que terminaría así: como conserje en el Northside High. No lo hacía por gusto, claro que no, pero los precios del alquiler de las caravanas estaban subiendo desmesuradamente y el dinero tendría que salir de algún sitio, por eso cuando descubrió que había una plaza libre (el anterior murió y había resultado ser capucha negra), no dudó en presentarse para el puesto. Ay si lo vieran sus padres ahora...

Sujetaba la fregona con ambas manos y apartaba, a patadas, el cubo de agua mientras iba avanzando por el pasillo, ahora con el suelo resbaladizo y lleno de carteles amarillos que marcaban el peligro de caminar con precaución. Vestía, además, con un mono gris y zapatillas de deporte, pero había rehusado a ponerse la gorra. Entendía que el otro lo hiciese, por que estaba calvo, pero él tenía mucho cabello rubio que enseñar y del cual se sentía muy orgulloso. Fingía no darse cuenta de que era el centro de todas las miradas, pero eso siempre se le había dado bien. Damien poseía una belleza que no se pasaba por alto, estaba acostumbrado a ser objeto de conversación y en el fondo le encantaba. Sin embargo, ahora le resultaba algo molesto. El descontrol de hormonas de las niñas del instituto le impedían concentrarse en su trabajo y dependía mucho de él. 

Se pasó la mano por la frente, apartando el sudor y se oyeron un par de suspiros femeninos ante su acción. Llevaba alrededor de 3 horas trabajando y ya se había corrido la voz de que el nuevo conserje estaba buenísimo y se podría decir que estaba rodeado. Sin embargo, sonó el timbre y todos tuvieron que irse, quedándose totalmente solo para su alivio personal y el fastidio del resto. Se sintió en calma y perdió la vergüenza que lo había asolado anteriormente en cuanto tuvo un poco de tiempo para reflexionar. Vamos, pensó. No es tan malo. En todo se asciende, y el dinero viene bien. ¿Qué más da cómo me lo gane?.

Sin embargo la paz le duró poco, por que el resonar de unos tacones le hicieron sobresaltarse. Miró en todas las direcciones buscando a su autor, descubriendo para su desgracia que no eran una, sino dos chicas las que se aceraban charlando hacia su dirección. Y justo a las que menos querría ver y que lo vieran. Intentó hacerse el entretenido, volviendo a centrarse en su tarea. Pero fue entonces cuando una de ella, la que llevaba los zapatos más altos y la falda más corta (Cecilia llevaba plataformas y pantalón vaquero) advirtió su presencia con sorpresa y así se lo indicó a su amiga. Entonces ambas rieron, cómplices y mirándose, con burla, se acercaron a él.

- Vaya, así que eran ciertos los rumores- comentó Tara, relamiéndose por la vista del culo de Damien, el cual estaba agachado y de espaldas a ellas- Tenemos conserje nuevo. Y menudo conserje - recalcó- ¿Me enseñarás un día de estos el cuarto de escobas verdad?- añadió seductoramente- se pueden hacer allí cosas muy interesantes.
- Ninguna que quiera hacer contigo, Yeller.

La molestia en su respuesta era evidente. Le desagradaba la chica. Era la típica para un polvo y ya está, pero dudaba en que tuviera cerebro con el cual aportar conversación. Estaba muy buena, muchísimo. Se la tiraría y lo admitía sin pensarlo dos veces. Pero en el fondo le caía mal, sentía que daba muchos problemas y la falta de orden era lo que más nervioso le ponía.

Ella enarcó las cejas, sin sorprenderse lo más mínimo. Le conocía lo suficiente para saber que actuaría así. Era un borde de mierda. Él era hielo y ella era fuego y estaba claro que nunca se llevarían bien, pero aun así la encantaba molestarlo, como prácticamente a todo el mundo.

- No sabes lo que te pierdes.
- Prefiero no saberlo- respondió el rubio, aún de espaldas y sin mirarla- Si me disculpas, tengo que trabajar.

Al lado de Tara, Cecilia había permanecido en silencio. No le interesaba una conversación con Damien, por que todavía seguía enfadada con él. Por su culpa se había enfadado con sus amigos y se había sentido una auténtica mierda y así la había clasificado él aquella noche, junto al contenedor. Habían pasado muchas cosas desde entonces, pero una palmada en la espalda tras el susto de capucha negra no solucionaba nada. Decidió entonces intervenir, por que no quería que la viera como alguien de quien pudiera burlarse fácilmente. Y ahora que tenía la oportunidad de reírse de él, no la iba a desaprovechar.

- Bueno Damien, ¿Que tal te va en este trabajo?- preguntó, en un intento de hacerse la inocente- ¿Te pagan bien?.
- No te importa- contestó él.
- Ya lo sé, en realidad no me interesa- se miró las uñas y también a Tara, que se sorprendió ante su tono de voz.
- ¿Y por qué preguntas entonces, eres imbécil?.

Se acercó entonces, a él negando con el dedo indice y haciendo el clásico sonido con la lengua y el paladar. Se puso en frente suyo, por lo que Damien no tuvo otro remedio que mirarla.

- Esa no es manera de hablar a una estudiante- replicó, burlona- indirectamente te pago el sueldo. Me debes respeto.
- Tu no me pagas una mierda, eres becada.

Tara no pudo evitar reírse, pero tuvo que callarse ante la intensa mirada fulminante de Cecilia. Si tuviera rayos láser en la mirada, ahora mismo estaría convertida en polvo. No le gustaba que le recordaran que era becada o que no tenía tanto dinero como el resto de sus compañeros. Supongo que fue eso lo que provocó que sucediera lo que a continuación.

- De todas formas, estas aquí para limpiar mi mierda, conserje- lo hizo en un tono tan despectivo que nunca nadie la habría reconocido así- y creo que te queda mucho todavía.

Entonces ante la atenta mirada de Tara, le dio una patada al gran cubo de basura que tenía a su derecha, con todo lo que él antes había barrido con anterioridad y todos los desechos que había en el resto de papeleras del instituto, lo que él había tenido que ir recogiendo para vaciarlas. El cubo quedó tumbado y todo su interior, por el suelo, pues había sido tal el impacto que se había esparcido por el pasillo.

Damien no se atrevió a decir nada, por que sabía que le causaría problemas con dirección y no quería jugarse el trabajo. Ya lo haría luego, cuando estuviesen solos. Cecilia rió, con sorna, y avanzó con la cabeza bien alta hacia donde se encontraba su amiga, que también se había quedado muda. Por el camino, se topó con el cubo de agua sucia, el cual empujó con cuidado de no mojarse los zapatos nuevos. Hoy estaba que se salía.

- Uy, creo que ha habido un escape de agua- comentó, con falsa pena- será mejor que lo limpies rápido si no quieres que se se esparza y empiece a oler mal- lo observó, antes de girarse- bueno, un poco así como tú ahora.

Entonces bajo la atenta mirada del rubio, ambas chicas se marcharon, entre risas ahogadas. Las escuchó tener una última conversación antes de que se marcharan.

- ¿Oye, no crees que te has pasado un poco?- preguntó Tara, conteniendo la risa- Tardará un buen rato.
- Que se joda.

Si algo sabía Damien es que la Cecilia que ahora veía no tenía nada que ver con la que realmente era. Esa falsa crueldad, superioridad y auto confianza que  había aprendido de su amiga, la quedaban grande, por que no formaban parte de su verdadera personalidad. ¿Por qué intentaba parecer otra persona?. En ese momento, él sintió verdadera lástima. Sí, era un cabrón, pero nunca había tenido que fingir nada, en cambio ella estaba interpretando el papel de su vida, pero nunca se la colaría él. Había dedicado demasiado tiempo observándola, tanto para mal como para bien. Le gustaba más la Cecilia de antes y no por que podía pasar por encima de ella, sino por que esta no parecía humana. Aunque habría que reconocerlo, le había puesto demasiado cachondo. No sabía que el que lo desafiaran lo subiera de aquella manera, pero resultaba irónico, por que normalmente nunca nadie se atrevía a hacerlo. La imagen del culo de ella en esos pantalones ajustados volvió a su cabeza e intentó disiparla como pudo, es decir, limpiando todo el estropicio que había dejado a su paso el nuevo huracán. 

Unas horas después y dentro de la clase de historia, Jughead exponía su proyecto de investigación. Consistía en una historia que Cecilia ya se sabía de memoria. Era algo de lo que casi no se hablaba y no entendía cómo había podido enterarse él, entonces es cuando vio a Toni en primera fila, muy atenta y la respuesta surgió en su cabeza. Claro, pensó irónicamente. Ella tenía que ser.


A su lado, Tara no despegaba la mirada de la pizarra. Al ser su padre serpiente de nacimiento, indirectamente esos también eran sus antepasados. Y la crueldad con la que los habían tratado la ocasionaba demasiadas nauseas. De hecho, no se encontraba muy bien en ese momento. El numerito de Cecilia con Damien, la pelea con Ayax y ahora esto la estaban causando mareos y dolor de cabeza, por lo que se acomodó sobre la mesa.

Cuando el moreno terminó, bajo palabras que demostraban la injusticia y el rencor que sentía, le siguió Cheryl, que casualmente era defensora de la otra cara de la moneda. Defendía que el día de Pickens debía ser removido también, por que el verdadero fundador del pueblo había sido su propio antepasado. Cecilia rodó los ojos. Ahora la pelirroja la caía bien y la consideraba su amiga, pero había actitudes de ella, muy prepotentes que la ponían de los nervios. 

Cuando sonó el timbre fue un auténtico alivio para ambas, que se levantaron de un salto tras coger sus mochilas y se disponían a salir por la puerta cuando una mano sobre el hombro de Cecilia las frenó, girándose entonces y encontrándose con Toni, que sonreía a su ex amiga un poco nerviosa.

- Hey.
- ¿Que quieres?- la Cortó Tara, bruscamente. Estaba de mal humor y le dolía la cabeza, quería salir pronto de allí y no quería interrupciones.

La pelirrosa la miró molesta e intentó ignorarla.

- No hablo contigo- se limitó a decir, muy seria, para volverse hacia Cecilia, recobrando de pronto la sonrisa- ¿Podemos hablar?.
- No tiene nada que hablar contigo- la defendió Tara, sin dejarla responder.

Sin embargo, Cecilia puso la mano sobre su hombro, intentando tranquilizarla. Agradecía su defensa, pero perfectamente sabía librar con sus propios problemas.

- Tranquila, T- La dijo, con una voz muy suave, totalmente diferente de la que usaba con Damien y Toni, la suya.- Creo que ya no tenemos nada que decirnos.

A Toni le molestó que usara la propia letra de su nombre para dirigirse a ella, mala suerte que Tara y Toni empezaran por T.

- Por favor- suplicó- solo dame 5 minutos.

Cecilia desvió la mirada de ella para detenerse a pensar en ello. Tara la observaba, de reojo, como diciendo, ¿En serio lo vas a hacer?, me estás tomando el pelo. Toni no se perdió ni un movimiento suyo, por que enserio tenía esperanzas de que aceptara. Sabría que lo haría. Pronto se decidió y conectó sus ojos con los de la pelirrosa.

- Está bien- respondió encogiéndose de hombros- tampoco pierdo nada.

Toni sonrió, complacida, pero se dio cuenta de que Tara no se movía y la miró, dándola a entender que en esa conversación sobraba. Como parecía no darse cuenta o no querer hacerlo, decidió decírselo directamente.

- A solas, si puede ser- Dijo, de manera contundente.

Tara miró a Cecilia y esta asintió, resoplando. La morena echó a andar por el pasillo, pero antes de irse se giró una última vez para mirar a las antiguas amigas desde lejos. En cuanto se hubo ido, ambas volvieron a mirarse nuevamente.

- ¿Qué es lo que tienes que decirme?- La preguntó Cecilia mientras empezaba a andar en dirección contraria de la que había tomado su amiga.
- En realidad tampoco lo sé muy bien- murmuró, mirando al suelo. Su acompañante la miró, como diciendo, ¿y entonces por que cojones estoy aquí?- En realidad sí. Lo siento muchísimo, no sé que hacer para que me perdones.
- No tengo nada que perdonar, es lo que piensas. Lo que pensabas en ese momento- se limitó a responder, antes de detenerse- Me culpaste por algo que no he hecho.
- Pero a Betty Cooper la has perdonado. Te he visto con ella.

Cecilia rodó los ojos, ya empezaba con los celos.

- No es tu problema si la perdono o no, pero ya que tienes tanto interés- hizo una pequeña pausa para coger aire y pensar lo que iba a decir- creo y se ve claramente que son situaciones distintas. Ella estaba totalmente traumatizada y se acababa casi de quedar desnuda delante de todo un bar donde solo les faltaba sacársela y hacerse una paja delante suyo- Toni se sorprendió, ante su vocabulario- Tu estabas en todas tus facultades. Preferiste creer en Damien que en mí, pero bueno, no te culpo- añadió, despectivamente. 

Entonces Toni lo entendió todo.

- Espera- intervino, totalmente sorprendida- ¿Todo esto es por Damien?, ¿Por que en ese momento le dí la razón a él antes que a ti?. ¿Por eso llevas sin hablarme semanas?.

Cecilia intentó dar una respuesta convincente, pero titubeó antes de hacerlo.

- No todo gira en torno a él.
- Para ti sí- Afirmó la pelirrosa, totalmente convencida- ¿Hasta donde va a llegar tu enamoramiento por él?.

Ella se carcajeó, como si lo que acabara de decir Toni fuera lo más gracioso que había oído en su vida. Sonó un poco falso, pero propio de ella.

- A mí no me gusta ese chico y deberías saberlo.
- Lo que sé es que discutes con él por que es la única manera de que te hable. Está clarísimo. Entre el odio y el amor solo hay un paso y creo que tu ya has dado cincuenta.
- Mira, Toni- la interrumpió- Deja de hablar cosas de las que no sabes. No puedes estar más equivocada- miró entonces el reloj que llevaba en la muñeca- Creo que nuestra conversación ha acabado. Debo buscar a Tara- la pelirrosa gruñó al escuchar ese nombre- Y si me quieres hacer un favor, dile a Sweet Pea que deje de llamarle. Se está poniendo muy pesado.

Pronto desapareció del lado de Toni, que se estaba quedando sin ideas para recuperar a su amiga. La vio marcharse, desde lejos, y recordó la época en la que había estado enamorada de ella. Ahora no, claramente, pero aún recordaba todo lo que la había hecho sentir y en el beso que la robó, que solo duró unos segundos. La echaba muchísimo de menos y pensaba hacer todo por que la perdonase. No había hecho bien al ponerse del lado de Damien, pero en ese momento estaba muy nerviosa y enfadada, por que sentía celos de Betty y Tara. Entendía que eso no era bueno, pero no podía evitarlo. Había crecido a su lado y vivido tantos momentos que se quedaría sin páginas para escribir. Ahora la estaba perdiendo, y no había nada que la doliese más en el mundo. 

Ya en casa, Cecilia estaba sentada en frente de la mesa del comedor, haciendo algunos deberes de matemáticas. Cada vez estaba subiendo más el nivel y de verdad se estaba esforzando ignorando todo lo que la había pasado en el día de hoy. De verdad que quería perdonar a Toni, por que había sido su amiga toda la vida. Pero algo la impedía hacerlo, tal vez un ápice de orgullo herido en su interior. Aun así, nunca nada volvería a ser lo mismo.

Se centró de nuevo en las integrales. Eran difíciles, sí. La costaban mucho, también. Pero no había nada que no pudiese hacer por ello, ya que necesitaba muy buenas notas si quería seguir becada y no costarles más dinero del que lo hacía a sus padres. En cuanto comprobó el resultado de su cálculo con los aportados del profesor, sonrió cuando comprendió que era correcto. Cuando se disponía a empezar la siguiente, unos pasos a su espalda la sobresaltaron. Giró la cabeza, descubriendo a su madre.

- ¿Que tal vas con eso?- la preguntó, sentándose a su lado.

Cecilia se encogió de hombros.

- Bueno, bien- respondió, dejando el lápiz sobre el cuaderno- ¿Qué necesitas?.

A Sarah Torres le sorprendió la pregunta, más no lo demostró.

- ¿Por qué iba a necesitar algo?- intentó defenderse.
- Mamá- comentó la hija, burlona- Solo te sientas conmigo cuando quieres algo. Dímelo y así ahorramos tiempo. ¿Qué es esta vez?.
- Vale, tienes razón- admitió. Cecilia la miró, triunfante- ¿Sabes que Jughead Jones ha descubierto todo el tema de los octena, verdad?- la expresión se borró del rostro de ella al entender de que iba el tema- Pues resulta que como es una verdadera injusticia, toda la gente del sur va a ir a manifestarse. Al día de Pickens. Queremos hacernos oír.
- No vais a conseguir nada- rodó los ojos e intentó seguir con los ejercicios.
- Dirás "vamos", por que tu vas a venir- intentó protestar, pero fue interrumpida- Es cosa familiar, nuestro pasado. Tu padre también viene. Además, ¿cómo sabes que no sacaremos algo de esto?, ya de por sí les fastidiaremos el día.

Cecilia no dijo nada y siguió escribiendo en su cuaderno. Ante esto, su madre insistió.

- Venga, es algo justo- intentó convencerla- a ti te gusta luchar por lo que quieres, es una de las cosas que más me gustan de tí- su hija se giró, entendiendo que estaba haciendo una clase de chantaje emocional, que justo se la daba muy bien- sólo será un rato.

No le quedó otro remedio que asentir, por que en realidad no tenía otra escapatoria. Sarah Torres aplaudió, feliz, y y la abrazó, para después irse prácticamente corriendo a contárselo a su marido. Cecilia negó con la cabeza e intentó concentrarse de nuevo. De verdad que su madre no tenía remedio. 

Horas después, ella y todo el sur se encontraban caminando hacia la plaza en la que se celebraría el tan famoso día de Pickens. Estaba en medio de sus padres, y los tres llevaban esparadrapo en la boca y carteles que sostenían en alto. Daría todo por no estar allí en ese momento, por que se sentía totalmente incómoda. A pesar de que no se la distinguiera entre la muchedumbre, no se sentía dentro del grupo y totalmente fuera de lugar. Intentó avanzar con la mirada en el suelo, pues lo que menos quería era que encima la reconociesen.

Pronto llegaron a la plaza, donde Verónica Lodge estaba interpretando una canción junto a las Pussicats. Bueno, dos de ellas, por que Josie no estaba con ellas. Reconoció el contenido de la canción y comprendió que no podía ser más irónico todo. Casi tropezando con sus propios pies, no se despegó del lado de sus padres cuando estos comenzaron a ir más deprisa. 

The union of the snake is on the climb, Moving up it's gonna race it's gonna break, Through the borderline. The union of the snake is on the climb, Moving up it's gonna race it's gonna break, Through the borderline...

Pronto los asistentes empezaron a darse cuenta de la presencia de los serpientes empezó a hacerse notoria. La gente empezó a dejarlos pasar y Cecilia agachó aún más la cabeza cuando empezó a ver caras conocidas, Tara y sus padres, Cheryl, Josie, incluso se percató de la presencia de Jug, Fangs y Sweet Pea, de los que no había advertido con anterioridad. Al parecer ellos sí se habían percatado de ella, por que la estaban mirando. Pronto se colocaron justo en frente del escenario, pero Verónica seguía cantando, intentando adivinar por qué estaban arruinando su mini concierto.

The union of the snake is on the climb, Moving up it's gonna race it's gonna break, Through the borderline. The union of the snake is on the climb, Moving up it's gonna race it's gonna break, Through the borderline...

Toni iba delante, con la boca descubierta y con la expresión más molesta que la había visto nunca. Eso había sido un poco su culpa. La seguían Fangs y Sweet Pea, con carteles como "Honor this land". Cecilia supuso que en otra situación distinta, ella también los seguiría. Pero ahora no iba detrás de nadie.

De repente, la morena dejó de cantar para ver de cerca a los alborotadores, totalmente sorprendida.

- Toni, Jughead- miró hacia lo lejos y también la distinguió, intentando esconderse- Cecilia, ¿Qué demonios está pasando aquí?.

Pronto la primera mencionada se hizo con un micrófono y empezó a dar su discurso, de nuevo en medio de sus amigos y en frente de todo riverdale. Descubrió a Tara mirándola con sorpresa, pues también la había reconocido. Le hizo un gesto indicando que luego se lo explicaría. Damien estaba también en primera fila, con ese porte serio que le caracterizaba. Posiblemente era el que más imponía de todos.

- Estamos aquí- empezó, hablando con el micrófono en la boca- Por los muertos y los silenciados. El día de Pickens es una mentira. El general Pickens ejecutó a la familia de mi abuelo para obtener estas tierras, y este lugar, el lugar en el que nos encontramos, la tierra que luego será un nuevo sur de la ciudad, se les fue arrebatada. Y no podemos traerlos de vuelta, pero podemos y debemos honrarlos. 

Estaba resultando muy conmovedor, pero pronto Hiram Lodge la interrumpió, colocándose al lado de su hija y quitándola el micrófono. Estaba claro que no la dejaría continuar, por que prácticamente estaba tirando todo su esfuerzo a la basura. Si perdía la confianza de la gente, adiós proyecto.

Entonces fue cuando Cecilia Torres entendió, en medio de una multitud, que el sur no era más que basura y escombros para el hombre que ahora intentaba tranquilizar al único lado que le importaba, el norte. Por que siempre serían menos y ellos más. Tendrían más dinero, mas coches y más recursos, pero también más crueldad. Personas como Hiram Lodge lo sabían perfectamente, por que eran la encarnación perfecta de ello. No sabían lo que era ponerse en el otro lado de la ciudad a ver su grandeza con prismáticos, por que estaba totalmente lejos y fuera de su alcance.

Miró a sus padres, que trabajaban duro para intentar darla un futuro mejor del que habían tenido ellos. A sus antiguos amigos, que tenían que trabajar por oportunidades. A ella misma, que había sido marginada e ignorada por eso mismo. Se dio cuenta de que en esta vida no son todo casualidades. Que los alquileres no subían por nada, y la compra de los terrenos del sur no eran algo casual. Todas las ideas se acumularon en su cabeza y sacó de ellos un último culpable. Volvió a mirar al escenario, donde una chica se encontraba detrás de su padre, intentando recuperar el tipo después de la vergüenza. Siempre detrás de él, como su niña buena, su niña bonita, su niña obediente. No sabía en lo que se estaba metiendo, por que Cecilia solo tendría 16 años, pero sabía muy bien de que iba todo esto. Y solo pudo pensar, mientras miraba al frente y al espectáculo que tenía a su alrededor, pero centrándose en Verónica "el jaque al rey está cerca, pero sólo tienes que saber como mover tus fichas".
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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Ginger el Vie 11 Mayo 2018, 5:25 am

Capítulo 14
A la mañana siguiente, Tara no recordaba nada




–Esto no ha acabado –la oscuridad se cernía en unos ojos verdes, mirándola fijamente–, los pecadores de Riverdale van a pagar por sus crímenes.

Tara se levantó gritando. Sudada y con el corazón acelerado, buscó a su alrededor unos brazos en los que refugiarse que nunca llegaron. En cambio, entró su madre como un torbellino con un batín de seda en el dormitorio y con expresión alarmada. Se agachó al nivel del rostro de Tara y le cogió la cara entre sus manos, examinándola. Al ver que no le sucedía nada, dejó soltar el suspiro que había estado conteniendo.

–¿Otra vez las pesadillas? –preguntó su madre, enjuagándole las lágrimas que caían a borbotones de los ojos de Tara. Ella asintió, incapaz decir nada más–. Ay, Tara, es que yo ya no sé qué más decirte. ¿Por qué no te replanteas lo de ir a un psicólogo? Igual puede llegar a donde yo no puedo.

–No estoy loca, mamá –espetó Tara con brusquedad. Entre su pesadilla y la agitación que le producía imaginar la gente que la tomaría por inestable si se supiera que iba a un psicólogo, su actitud se había vuelto agresiva.

–Bueno, lo hablaremos por la mañana, ¿de acuerdo?

–¿Estáis en casa para desayunar? –preguntó, esperanzada de pasar un poco de tiempo con sus progenitores.

Su madre lo pensó bien e hizo una mueca segundos después.

–Mañana tu padre y yo tenemos una conferencia a primera hora –dijo, como si fuera una sorpresa para Tara, a la que rápidamente se le apagó el brillo de los ojos–, pero nos puedes escribir lo que sientes en una libreta y buscamos un hueco en nuestra agenda para hablar, ¿de acuerdo?

–¿Cómo una reunión? –resopló Tara, alisando las sábanas en su falda.

Su madre le sonrió de lado y le colocó un rizo azabache detrás de la oreja.

–Algo así –respondió, antes de darle un beso en la frente y salir de la habitación.

Tara se dejó caer en la cama sin saber exactamente si la presencia de su madre la había ayudado o la había empeorado más. Detestaba la inexistente relación afectiva con sus padres. A pesar de que en términos formales se mostraban cordiales con ella, nunca parecían tener tiempo libre que quisieran pasar con ella. Los encontraba más lejos que nunca. Esa calculada y fría integridad que mostraban en sus cargos públicos también se la llevaban de puertas para adentro y no transmitían más palabras con su hija que con las que podía intercambiar con algún desconocido en Pop's. Quizás la necesidad de Tara en busca de calor y afecto humano se debía a la ausencia de estos por parte de sus padres desde que tenía uso de razón. Quizás solo quería sentirse querida en brazos ajenos aunque solo fuera durante unas horas. Quizás, y paradójicamente, a pesar de sus esfuerzos para estar rodeada de gente, se sentía más sola que nunca.

Podrían ser muchas cosas, pero al menos esa noche Tara se durmió sin volver a pensar en Black Hood.







Desde hacía unas cuantas semanas, los lunes parecían estar más malditos que de costumbre porque siempre ocurría alguna desgracia que se difundía antes de la primera hora de clase en Riverdale High. Ese lunes la terrible noticia se trataba de la salvaje decapitación de la estatua de Pickens, y aunque el autor de esa fechoría era aun desconocido, la opinión popular parecía tomar forma y dirección con rapidez. Dados los recientes hechos por parte de los Serpientes en el día de Pickens, no era ninguna sorpresa oír sus nombres como culpables, por lo que las tensiones incrementaban y las peleas entre norteños y sureños era el pan de cada día en los suelos del instituto. El director Weatherbee, en un intento de evitar la violencia e intimidación entre sus alumnos, había implantado nuevas normas y códigos de vestuario para aliviar las diferencias entre unos y otros, pero quitarles la chaqueta de cuero a los del sur no les hacía menos Serpientes, ni menos venenosos.

Ese era el caso de Ayax Rider, cuando llegó por quinta vez consecutiva  al despacho del director; esta vez por confundir a Reggie con una pelota y empezar a liarse a palos en clase de baseball.

–Buenos días, director –saludó Ayax cuando entró por la puerta–. ¿Cómo están los niños? ¿Tommy ya se ha recuperado del resfriado?

Weatherbee meneó la cabeza sin un atisbo de asombro por verlo ahí otra vez.

–Siéntese, Rider –dijo, con la boca apretada en una fina línea–. Por lo que veo no le ha ido demasiado bien en la clase de Baseball.

Ayax obedeció y se sentó con la espalda reclinada a la silla, mirándolo sin demasiado interés.

–Gratamente mejor que la de fútbol –esbozó una sonrisa cuando recordó sus momentos estelares al tirar al suelo a Chuck cada vez que tenía la pelota entre sus manos más de medio segundo–. ¿Ya le han contado que me han dado el puesto como tackle ofensivo derecho? A Norris Bruhman no le hizo mucha gracia renunciar para que yo me quedase en su lugar.

–Me ha llegado a los oídos, sí –reconoció el director, a sabiendas de que el entrenador Vernold no había tenido elección al verlo derribar una y otra vez a su quarterback, incluso a pesar de las quejas de los Bulldogs–. ¿No le gusta estar dentro…? ¿Ser parte del grupo?

Ayax se encogió de hombros.

–No me hace especial ilusión estar dentro de uno de sus equipos elitistas, pero la mirada de odio de mis compañeros ante mi presencia me complace de alguna manera –se puso dos dedos en la barbilla–, ¿usted cree que soy masoquista, director Weatherbee? ¿Debería ir al médico?

El director puso los ojos en blanco y soltó un pesado suspiro.

–No creo que necesite ningún médico, señor Rider, su cabeza está más que íntegra –refunfuñó, y sacó su expediente de una fina carpeta azul índigo–. Más que íntegra, diría yo. Sus notas son impecables y su inteligencia es asombrosa; sí, un alumno digno de Riverdale High que merece estar aquí. Quizás mucho más que algunos que ocupan plaza –eso interesó a Ayax, que alzó las cejas–. Revisamos su expediente unas cuantas veces anteriormente con la intención de concederle una beca, y de hecho, estábamos a punto de dársela este año. Entrar en Riverdale High ha sido una de sus metas durante años. ¿Por qué no aprovecha la oportunidad ahora y saca todo su potencial, no solo como estudiante, sino como partícipe de esta comunidad?

–No estoy demasiado interesado en las sectas, director –repuso, con sorna–; escuche, si la universidad solo necesita mis puntuaciones, ¿a usted qué más le da lo que haga fuera de clases?

Weatherbee se acercó a su mesa y entrelazó sus manos, con una sonrisa autocomplaciente.

–Porque las universidades no únicamente aceptan por notas, sino por el perfil del alumno –la notícia atravesó la expresión de Ayax, de golpe confundido–. Y el comportamiento lo dictan unas populares cartas de recomendación escritas por el profesorado; así que mejor no me cause problemas si quiere tener usted un futuro más brillante que las llantas de coche que limpia cada día.

Ayax se levantó de golpe de la silla, con las aletas de la nariz ensanchadas y toda su fuerza concentrada en la mandíbula. Se encontraba tan confuso como cabreado. Le costaba admitirlo, pero Weatherbee tenía razón; estar en Riverdale High era todo lo que había soñado, aunque había esperado entrar por sus propios medios, sin tener que afrontar las miradas de rechazo de los estudiantes que pensaban que no se merecía estar ahí. Estaba enfadado –con el director por restregarle su podredumbre por la cara, con su padre por abandonarlo, con él mismo por no aclararse–, pero debía de reconocer que las oportunidades deben tomarse antes de que sea demasiado tarde. Por eso relajó los hombros e intentó contar hasta diez para serenarse antes de contestar a Weatherbee, que lo miraba expectante y aterrado.

–Ya que me voy a poner en serio –dijo al fin, ignorando la sonrisa odiosa del director–, necesito un profesor particular para la clase de Economía, antes de que se complique más la materia. Si quiero entrar en la carrera de derecho necesito tenerla impoluta.

–¿Con que derecho, eh? –habló Weatherbee–. No me parecía posible verlo a usted con traje y chaqueta en el bufete de la calle Genova –soltó una carcajada seca–. Pero tendrá su profesor antes de esta tarde. Tengo buenos y dispuestos alumnos.

Ayax estuvo a punto de responder que a él tampoco le parecía posible como un necio descomunal se encargara de dirigir el mejor instituto de la ciudad, y ahí estaba para demostrarle lo contrario. Por suerte se calló. A cambio, le tendió la mano para estrecharla con la de él en una despedida formal.

–Asegúrase de que así sea –demandó, antes de salir de la puerta.



Por eso, cuando a Tara le llegó el mensaje del director en el que le pedía ser profesora particular de Ayax, su primera reacción fue reír. Y Cecilia, Josie y Cheryl, a su lado como si no entendieran nada, le preguntaron qué es lo que le pasaba.

Tara les pasó su móvil con el email del director brillando en la pantalla, secándose las lágrimas.

–La profesora de Ayax, dice –Tara volvió a reír, incapaz de tomárselo enserio.

–¿Aún estás enfadada con él? –preguntó Cheryl, alzando una ceja oscura.

Tara meneó la cabeza y volvió a recoger el móvil de las manos de sus amigas.

–No estoy enfadada con él; he abierto los ojos. Simplemente es un capullo integral. Lo único que me da pena es que invirtiera tanto mi tiempo en un ser como él.

Cecilia esbozó una mueca y se colocó un mechón oscuro detrás de la oreja derecha.

–Vamos, Tara, no exageres –defendió a su amigo, que aunque no se había comportado de la mejor manera últimamente, al fin y al cabo era uno de sus mejores amigos de siempre–. Te centras en darle las clases como una profesional y en el momento en el que la aguja sobrepase la hora, coges tus cosas y te vas. Así de simple.

–No es tan simple aguantarle ese careto que me lleva –respondió Tara–. Y ya lo tengo decidido. Responderé al director diciéndole que muchas gracias, pero que paso doblemente.
Y justo en ese momento en el que había decidido contestarle, su teléfono vibró en sus manos indicando una llamada. Tara miró el número, sorprendiéndose al ver el nombre de Jughead encima de él.

–¿Diga?

La voz agitada de Jughead la puso en alerta.

–¿Tara? ¿Estás en clase?

–No, acabo de salir, ¿por qué? –respondió.

–¿Podemos encontrarnos en la entrada? –parecía desesperado–. Es urgente.

Tara recordó la última vez en la que Archie le había llamado cuando habían planeado la captura de Black Hood. Y cómo Ayax la había abrazado después de eso. Sacudió la cabeza.

–Si, ¿pero por qué? ¿Qué necesitas? –volvió a preguntar.

–¿Tus padres trabajan en el ayuntamiento, no es cierto? –no necesitó su respuesta para confirmarle lo que ya sabía–. Necesito que vengas conmigo ahora mismo a las carabanas e intentes negociar con la alcaldesa McCoy; eres la única que puede influenciarla para detenerla.

Tara parecía más confusa que antes.

–Pero…, ¿Jughead? –la llamada se había cortado–. Mierda.

Miró a sus amigas, que estaban apoyadas en las taquillas del pasillo donde antes estaban charlando, observándola con curiosidad.

–Era Jughead, dice que quiere que vaya con él a hacer no sé qué –se excusó. Josie y Cheryl parecían igual de confundidas que ella, sin embargo, Cecilia parecía entender qué es lo que estaba pasando.

–¿Otra vez el saco de huesos? –exclamó Cheryl con disgusto.

–Ve con él, Tara –interrumpió Cecilia, tocándole el hombro con la mano–. Yo hablaré con el director Weatherbee.

Tara asintió y se despidió de ellas antes de correr todo recto por el pasillo hacia la puerta de la entrada, donde la figura larguilucha de Jughead la esperaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Cuando vio a Tara, pareció relajar un poco sus facciones. A su lado, como un bloque de mármol impenetrable e inamovible, se encontraba Betty, acariciándole el brazo. Tara no la había visto en un principio, por lo que le fue muy difícil ocultar la mueca de disgusto al verla una vez llegó junto a ellos.

–¿Me puedes contar ahora lo que está pasando? –manifestó Tara, pero Jughead no cambió su expresión.

–¿Tienes el coche aquí, no? –preguntó él.

–Sí.

–Entonces mueve el culo y arranca. Tenemos que ir a las caravanas –soltó, antes de dar un corto beso en los labios rosados de Betty e irse hacia su moto, aparcada en la esquina.

Tara casi se carcajeó con la expresión de triunfo de Betty, como si quisiera darle celos de estar saliendo otra vez con el Serpiente. Tara, por otro lado, que había tenido hombres para tres vidas, no pudo evitar dirigirle una mirada de sorna e irse detrás de Jughead, donde su coche rojo reluciente estaba esperándola.

Llegaron a la parte sur de Riverdale después de un largo trayecto al que a Tara le había parecido tedioso, además de interminable, por estar conduciendo sin saber qué iba a hacer allí. Esperaba que no la tratasen como justiciera de la paz como Archie, porque ella antes era de salvarse su propio pellejo que hacer alguno de esos montajes suicidas del pelirrojo.

–¿Qué hacemos aquí, Jug? –preguntó Tara dando un portazo al Cadillac–. ¿Puedes responderme ahora?

Jughead la miró exasperado, señalando a la alcaldesa McCoy, que sorprendentemente se encontraba a unos pocos metros de ellos discutiendo con dos hombres con casquete amarillo y uniforme de construcciones Andrews Construction.

–Quiere vender nuestras propiedades. Desalojar nuestras casas, derribar nuestros hogares –explicó Jughead, visiblemente encolerizado–. Tus padres son muy influyentes en el ayuntamiento, Tara. Puede que solo tú nos puedas sacar de este marrón.

Jughead había pensado que Tara mantenía una buena relación con sus padres, o al menos una normal y decente para atreverse a pedirle que negociara con ellos. Y ella no sería la que le hiciera estallar la burbuja de esa ilusión.

–Intentaré convencerlos –acabó por decir–. Pero no tengas muchas esperanzas, Jug –dijo con sinceridad.

Jughead asintió, aunque con una pequeña llama de esperanza brillando en sus ojos azules. Tara sacó el teléfono y Jughead le dejó espacio para que realizara su llamada en paz. Tara se equivocó tres veces de número antes de acertar con el de su padre.

–¿Papá? –preguntó, después de oír el “¿dígame”?

–¿Tara? –dijo la voz del otro lado de la línea, extrañado por la llamada de su hija–. ¿Ocurre algo grave?

Tara echó un vistazo a los obreros yendo arriba y abajo con un montón de papeles para las nuevas construcciones y la alcaldesa McCoy inspeccionando el lugar. Divisó la pequeña casa de Ayax a  dos calles de allí, supo que la derrivación no solo afectaría a las caravanas,  sino al hogar de prácticamente todos los del sur. Definitivamente era algo grave.

–Papá, tengo que preguntarte algo muy importante.

–Pues claro; dime, hija –respondió.

–¿Mamá y tú habéis aprobado el plan de demolición y reformas que la alcaldesa ha propuesto para el terreno del sur? –contuvo el aliento.

Una risotada grave se escuchó al otro lado.

–¿Por qué quieres saber eso?

–Papá, contéstame, por favor –suplicó Tara.

–Aunque sea un asunto confidencial al que no vea por qué te tenga que incumbir, la respuesta es sí. Todas las decisiones del ayuntamiento pasan antes por nuestra apruebación –contestó, como si Tara aún tuviera seis años.

Tara cerró con fuerza la mano que sujetaba el móvil.

–¿Y por qué demonios has firmado la sentencia de los que fueron tu familia?

Su padre se quedó callado unos segundos, contradecido por la inesperada pregunta de su hija.

–Ya no son mi familia, Tara –respondió con sequedad–. Ahora mi familia sois tu madre y tú. Los Serpientes han dado demasiados problemas; quizás ya es hora de que alguien les frene los pies.

–¿Dejándolos a la puta calle es una buena forma de pararles los pies?

–¡Tara, no consentiré…! –la interrumpió su padre, alzando la voz. Tara lo interrumpió a él.

–Entonces si alguna vez trataste a los Serpientes como lo que tú consideras una familia, ahora entiendo por qué te clavan puñales por la espalda. No es por renegado, papá. Es por traidor –y antes de colgar, añadió–: Qué pena para ti que yo nunca traicione a mis amigos.

Tara apagó el móvil y se lo metió al fondo de su bolso de piel, casi con el asco del leproso, y se acercó a Jughead, quien se encontraba junto a Fangs, Toni y Sweet Pea. Se giró hacia ella cuando notó su presencia.

–¿Qué ha dicho?

Los cuatro la miraron, esperando buenas notícias. Y Tara, al ver pura sinceridad y genuina inocencia en sus miradas, no tuvo más remedio que intervenir por su mano.

–Pararán las obras –mintió.

Los Serpientes se miraron entre ellos, incrédulos.

–¿Así? ¿Tan fácil? –preguntó Toni, recelosa.

–Así, tan fácil –respondió Tara, y dejó a los amigos ofuscados en una oleada de euforia y alivio mientras ella se dirigía a grandes zancadas hacia McCoy, que le hablaba a un constructor sobre el tamaño del parámetro que necesitarían para las obras.

–Permítame interrumpir, alcaldesa –Tara dio unos toquecitos en su hombro cubierto por su larga chaqueta azul, haciendo que se girara.

–Tara Yeller… –parecía sorprendida–. ¿Qué haces aquí? ¿Tus padres te han mandado llevar un recado? –evidentemente no esperaba que ella fuera amiga de los Serpientes, por lo que su plan resultaría mucho más convincente.

–De hecho sí –afirmó Tara, improvisando–. Me han pedido que te digan que mañana salen de viaje a Chicago y luego a Nueva Orleans –eso era verdad–, y como estarán casi tres semanas sin pisar Riverdale, creen que lo mejor sería aplazar las obras –la alcaldesa McCoy había ido asintiendo a cada palabra excepto a la última parte, donde abrió sus ojos claros como platos.

–¿Que quieren qué?

Tara tenía que pensar rápido.

–Dicen que no tienen claro si también quieren aprovechar para ampliar la construcción y reforzar los puentes de Greendale –recordó que estos estaban en un estado más bien precario–, pero que no lo decidirían hasta volver de viaje para reunirse contigo. Ya sabes, los negocios de este calibre son mejor decidirlos a puerta cerrada –se encogió los hombros–. No me sorprendería que alguno de los Serpientes os pinchara el teléfono.

La alcaldesa parecía perpleja.

–Sí, claro. En principio no habría problema en aplazarlo tres semanas más –repuso–. ¿Pero por qué no han hablado directamente conmigo en vez de enviarte a ti? Son molestias innecesarias.

Ahí casi la podía haber pillado. Pero Tara Yellers era una experta en la mentira, y su cinismo no tenía ningún reparo en enfrentarse a su moral y derrumbarlo.

–Estoy haciendo prácticas laborales como su secretaria –dijo a la vez que las ideas aparecían en su cabeza–. El año que viene quizás tome la carrera de Recursos Humanos para entrar como funcionaria en el ayuntamiento y estas prácticas me van bien para conocer el ayuntamiento desde dentro –respondió, mintiendo descaradamente. Recursos Humanos se veía una carrera de más provecho en el ayuntamiento que la de Física y Matemáticas–. Me han dicho que lo tenía que explicar bien claro para que luego me pasaras el recado a mí. Sé que es más fácil hablar con el móvil o con los e-mails, pero así puedo ser una secretaria más útil y prepararme mejor.

Cruzó los dedos mentalmente para que colara. Cuando las delgadas cejas de la alcaldesa se relajaron, pudo estar segura de que lo había conseguido. McCoy sonrió.

–Los padres siempre nos complicamos la vida por nuestros hijos, ¿no es así? –preguntó casi al aire, seguramente pensando en Josie–. Diles a tus padres que nos reuniremos con los Lodge cuando lleguen.

Tara asintió, aunque no se esperaba el apellido de los Lodge en esa conversación. Se despidieron y la alcaldesa empezó a dar órdenes de retirada, con lo que los Serpientes que tenía unos metros más allá empezaron a crecerse de la excitación.

–¿Ahora quién manda aquí? –gritó Fangs.

–Ya no tenéis cojones, ¿eh? –se unió Sweet Pea.

La alcaldesa y los obreros marcharon sin mirarlos, pero Tara hubiera dado una paliza a los Serpientes en ese mismo instante. Si ella hubiera sido McCoy, habría empezado a desmontar las caravanas con sus propias manos. Por suerte, la alcaldesa se veía un poco más profesional como para no caer en las provocaciones de cuatro adolescentes.

Se marcharon finalmente y Jughead la miró con una sonrisa triunfante. Habían ganado esa partida.

–Gracias, Tara –dijo–. Sabía que podía contar contigo.

Y no se abrazaron porque a ninguno de los dos les gustaba el contacto físico –con excepciones–, pero si el ambiente hubiera sido tangible, sus energías se habrían cogido de la mano.

–Iremos al Whyte Wyrm a celebrarlo –anunció Fangs–. Me acaban de decir Damien y Cecilia que llegarán de aquí unos minutos.

No sabía por qué, pero a Tara no le sorprendía oír a esos dos nombres juntos.

–¿Quieres venir? –le ofreció Toni, con una sonrisa. Aún se sentía celosa por su creciente amistad con Cecilia, pero que Tara hubiese impedido que la echaran a la calle lo superaba con creces.

–No estaría mal –dijo con fingida indiferencia, aunque interiormente le había gustado que contaran con ella.

–Me acaba de confirmar también Ayax –dijo Fangs.

–¿Sabéis? Creo que lo voy a dejar para otro día. Me está empezando a doler la cabeza –declaró Tara con rapidez, empezando a alejarse.

Los cuatro chicos la miraron incrédulos. Jughead habló primero.

–No puedes estar escondiéndote siempre de Ayax, Tara.

–Hasta que me lo encuentre y no tenga escapatoria, pero hasta entonces no quiero tentar a la suerte –respondió.

Toni fue la que abrió la boca esta vez.

–¿Y estarás rechazando planes geniales únicamente por escapar de él?

–No… exactamente –dijo Tara, sin convencimiento. Soltó un suspiro–. ¿Decís que Cecilia vendrá?

Asintieron, Toni con una sonrisa al verla flanquear. Se había dado cuenta de que el punto débil de Tara era Ayax. Para bien o para mal.

Tara puso los ojos en blanco.

–Pero solo hasta las ocho –respondió, adelantándose a ellos para empezar a caminar hacia su coche–. Y ni un minuto más.






Eran las diez y media y Tara llevaba cuatro chupitos de tequila con limón y sal. El Whyte Wyrm estaba abarrotado de Serpientes que solo hacían que recordar a Tara que la había jodido hasta el fondo. Tenía un margen de tres semanas para intentar convencer a sus padres de que no era rentable demoler y reconstruir en un terreno fértil y valorado en una buena suma de dinero, antes de que reanudaran las obras y toda la ira de la parte sur cayera sobre ella. Apoyó su frente en la barra del bar, ebria y hundida por la tragicomedia griega de medidas épicas que llevaba protagonizado ya hacía un tiempo.

Cecilia, a su lado, se rió de su amiga.

–¿Cómo puede afectarte tanto un poco de alcohol? –dijo la que llevaba dos cubatas, tres chupitos y una absenta, y seguía en perfecto estado.

Tara no se movió de su sitio. En cambio, giró la cabeza hasta que fue su mejilla la que quedó apoyada contra la madera pegajosa de la mesa.

–Me quiero morir –dijo, arrastrando las palabras. Levantó los ojos hacia el barman, que llevaba horas mirándola sin ningún reparo–. Eh, tú –alzó la voz–, prepárame dos chupitos más. Esta vez de jagger. Y un cubata de roncola.

–¿Pero tú qué quieres que te de, hija? –le reprochó su amiga.

–Un coma etílico.

–Vaya –respondió Cecilia, sin que la sorprendiera su respuesta. Tara había llegado al refugio con uno de sus modelitos impolutos con falda blanca de tubo y un top amarillo con volantes que resaltaba sus curvas, pero ahora mismo poco de eso podía apreciarse con la figura de Tara hecha una “c” sentada entre la silla alta y recostada en la barra, con su pintalabios reducido a la inexistencia–. Uy, mira, Ayax viene hacia aquí.

La velocidad con la que Tara se recompuso y se sentó con las piernas cruzadas y más derecha que su dignidad, fue un claro indicio para Cecilia de que Ayax aún le importaba. A pesar de que quisiera mostrar lo contrario.

–Era broma; está jugando al billar con los otros en la planta de abajo –dijo cuando Tara empezó a buscarlo por toda la sala con los ojos, intentando ser disimulada.

–¡Cecilia! –exclamó Tara, volviendo a su postura de “c”–. No hace gracia.

Cecilia no pudo evitar reírse de la borrachera de Tara. Había pensado que Tara era una bebedora genial por haber ido a tantas fiestas, pero después de unas copas y unas cuantas confesiones, descubrió que Tara solo le gustaban las fiestas por una cosa; y no se trataba ni del alcohol, ni del ruido.

–Estoy jodida, muuuuy jodid-a –hipó en la última sílaba, mientras se bebía de golpe el otro cubata de encima de la mesa. Ya se lo había acabado todo, per aún así buscó a ver si había una copa olvidada en la barra que pudiera coger.

Cecilia le quitó el cóctel que había tomado.

–Creo que ya has tomado suficiente, T.

Tara hizo un puchero.

–Aún no me he desmayado.

–A este paso, ya te digo yo que sí –respondió Cecilia, y tiró de su brazo hasta ponerla derecha–. Venga, vamos a ver a Jughead. Te llevará a casa.

–¡Ya tengo mi coche!

–Y sería un milagro si llegaras de una pieza a tu casa, pero por hoy será mejor que no lo intentemos –le dijo Cecilia, guiándola a través de la gente que la sonreía como si se tratara de una heroína. La notícia de que ella había frenado las obras se había escampado como la pólvora, y Tara solo tenía ganas de ser una avestruz y meter la cabeza bajo el suelo para no ver a nadie más que la mirara como si de repente le hubiera salido una auréola detrás de la cabeza.

Bajaron las escaleras con cuidado para que Tara no diera ningún traspiés, y llegaron al piso de abajo donde todos los chicos estaban alrededor de una mesa de billar donde parecía estar cociéndose el partido más apasionante de la historia. Estaban Damien y Ayax cada uno al extremo opuesto de la mesa, concentrados en el juego.
Tara obsevó cómo Ayax estiraba su espalda en un ángulo recto y colocaba sus manos para tirar. Su camiseta de manga corta blanca se le había subido un poco más allá de la cadera y los músculos tensados de su estómago hacían que la cabeza de Tara diera más vueltas que con el efecto del alcohol. Con los ojos entornados y fijos en las bolas, Ayax dio un toque firme a la bola blanca que hizo caer dos más. Los espectadores del partido lo aclamaron y vitorearon, agitados por la inesperada victoria de Ayax cuando se percibía un empate. Ayax alzó los puños con fiereza y esbozó una deslumbrante sonrisa que pareció cegar toda la sala. Tara no era la única que lo observaba embalesada, pues había una hilera de chicas con chaqueta negra de cuero, indescutiblemente Serpientes, que lo miraban con los ojos como diamantes y reían nerviosas de todo lo que hacía. Se removían, inquietas, anhelando una mirada o una acción por parte del chico que demostrase que había notado su presencia. Tara puso los ojos en blanco. Esa desesperación daba casi pena.

Enmedio de la celebración, los ojos de Ayax se encontraron con los de Tara, quien estaba al lado de Cecilia intentando abrirse entre codazos para llegar hacia Jughead. Ella no lo vio acercarse, pero Cecilia sí.

–Mira, por ahí viene Ayax –la avisó. Tara meneó la cabeza y siguió dejándose arrastrar por su amiga. No volvería a caer.

Por eso fue una sorpresa cuando el cuerpo diminuto de Tara se chocó con el imponente de Ayax con tal fuerza que casi la hizo caer de espaldas. Ayax la agarró por la cintura para que no se tambalease y quedaron aún más cerca. Cecilia, al lado de Tara, vio que era momento de marcharse. Se fue silenciosamente, intentando no chocar tampoco con Damien.

–¿Qué haces aquí? –preguntó Tara, con la voz pastosa. Ayax se olió que había estado bebiendo. Literalmente.

–No, ¿qué haces tú aquí? –la corrigió, y arrugó la nariz–. ¿Y por qué hueles a licorería irlandesa?

Tara no contestó. Su tono le había hecho recordar que estaba enfadada con él, aunque ya ni recordaba porqué. Con los problemas que le habían surgido de golpe, Ayax había pasado a ser lo de menos. Tara contempló esos ojos azules que tanto le gustaban. Había estado evitando tanto tiempo a Ayax, que casi se había olvidado de lo guapo que era. ¿Cómo lo había hecho para mantenerse lejos de él? Llevaba el pelo castaño revuelto, tan sedoso que necesitaba pasar los dedos por él. O quizás por su mandíbula. Si la tocaba estaba convencida de que se cortaría. Se fijó en cada uno de sus detalles como si fuera la primera y la última vez que lo viera –sus diminutas pecas que enternecían su rostro masculino, la incipiente barba de dos días, sus largas pestañas, el pendiente que llevaba en la oreja derecha–, porque en el fondo, sabía que aunque ahora estaba demasiado borracha como para acordarse de nada, estaba enfadada con él. Y cuando estuviera otra vez serena tendría que volver a evitarlo.

–¿Tara? ¿Qué te pasa? –preguntó Ayax ante la minuiciosa inspección de su cara. ¿Le habría salido un grano?

–Jughead… Tiene que llevarme a ¡hip! casa –contestó, a duras penas. Las últimas copas de alcohol que se había tomado le estaban haciendo más efecto de lo que pensaba y por un momento pensó que su deseo de tener un coma etílico podría verse cumplido.

Ayax la veía tan mal que supo que no recordaría nada de lo ocurrido por la mañana, así que intentó aprovechar su paz temporal para llevarla él mismo a casa. Quería asegurarse de que estuviera bien.

–Jughead ha ido con Betty, te llevaré yo –dijo, y le cogió de la mano para guiarla hacia fuera del local. Se fueron sin despedirse y las chicas que antes habían estado comiéndose a Ayax con la mirada fulminaron a Tara. Y Tara lo gozó, aunque supiera que no se iba con él por lo que ellas pensaban.

Salieron del Whyte Wyrm enmedio de la total oscuridad. Esa noche no había siquiera luna que pudiera iluminar el menor contorno de los objetos, así que Ayax no tuvo más remedio que levantar a Tara como un saco de patatas para que no se entorpeciera aún más de camino a su coche. Por suerte, no rechistó. Casi que le gustaba más la Tara ebria.

–¿Cuál es tu coche? –preguntó, con una mano sujetando a Tara y con la otra agarrando las llaves.

–El gadilaf.

Ayax frunció el ceño.

–¿Qué?

Tara soltó un suspiro. Ayax no se enteraba de nada.

–EL GADILAF –chilló.

Ayax simplemente apretó el botón de las llaves y un Cadilac rojo se iluminó en la oscuridad. Ayax meneó la cabeza, mientras embutía a Tara en el asiento copiloto y se sentaba al frente.

Por suerte, el GPS ya tenía como predeterminada la ruta hacia casa de Tara, por lo que Ayax pudo conducir tranquilo sin tener que depender de las inconexas indicaciones de la chica y sin temer por su vida.

Llegaron al vecindario de los Yeller en un trayecto de quince minutos extrañamente silencioso. Tara era la persona más parlanchina que conocía, pero ahora restaba con la cabeza apoyada en la ventana y la mirada al frente, con sus carnosos labios sellados, sumida en un mutismo que lo torturaba.

Ayax aparcó delante de la gran valla de hierro que separaba la calle del jardín de la entrada de su casa. Puede que en cualquier otro momento el chico se hubiera fijado más en las diferencias econónomicas que lo alejaban del estilo de vida de Tara, pero justo en ese instante lo único que le importaba es que Tara llegara a su habitación sin romperse la crisma.

Bajó del coche y le abrió la puerta Tara, que subió la vista hacia sus ojos con la mirada entelada y salió de su asiento a duras penas.

–¿Estarás bien? –preguntó Ayax, sujetándola de los hombros. El tacto con su piel suave le hacía recordar tiempos en los que ella le pedía que la abrazara para dormirse. En ese momento lo había hecho por compromiso, pero ahora tenía la necesidad imperiosa de estrecharla entre sus brazos. No lo hizo.

–¿Por qué te preocupas por mí? –preguntó Tara, con una sonrisa boba pero que no le llegaba a los ojos–. Si soy un estorbo para ti.

–Mi estorbo. Mi problema –respondió él, abrochándole la chaqueta para que no cogiera frío. Intentó ir rápido en la parte que tocaba sus pechos, pero el nerviosismo traicionó sus manos, que se encasquillaron en esa parte. Cuando estuvo abrochada, se alejó un paso de ella–. Tienes que asumir tus propias responsabilidades, ¿no crees?

Y Tara, aun con más porcentaje de alcohol en el cuerpo que de sangre, se dio cuenta de que incluso Ayax afrontaba sus problemas de cara. Ahora se sentía mucho peor.

–Supongo… –contestó de manera ambigua. Estuvieron unos segundos sin decir nada.

–¿Podrás ir tú sola hacia dentro?

Tara asintió, aún pensativa.

–Ayax –su nombre sonó aterciopelado saliendo de sus labios–. ¿Puedo contarte algo?

–Claro, dime –dijo, sin apartar la mirada de su boca.

Tara quiso acortar la distancia entre ellos para poder contarle, aunque de una forma escasa y berreante, lo que llevaba toda la tarde tormentándola. En cambio, de la misma forma escasa y berreante dio traspié que provocó que se abalanzara directamente contra Ayax. Malinterpretando sus intenciones, Ayax la agarró por la cintura y la besó. Sus labios se amoldaron a la perfección. Sentía la sangre acelerándose, el pulso que le iba a explotar, un canto celestial en sus oídos… Pero le faltaba una pieza para completar su éxtasis, la pieza más importante; su plena consciencia. No podía aprovecharse de ella de esa manera, aunque fuera lo que Tara quisiese. La despegó de él y casi dio un salto hacia atrás, intentando alejarse lo máximo posible de ella. Y gracias a Dios que lo hizo, porque la trasbalsada Tara no pudo hacer más que dar dos pasos al lado y empezar a vomitar. Lo vomitó todo; el alcohol, sus penas, angustias y tormentos. Y Ayax se colocó junto a ella para sujetarle el pelo.

–Gracias –dijo Tara cuando acabó. Acto seguido, se limpió la boca con la chaqueta que costaba más que la casa de Ayax y lo miró un segundo–. Hasta mañana –y le cerró la puerta en las narices.



A la mañana siguiente, Tara no recordaba nada.
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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Drea. el Lun 14 Mayo 2018, 6:46 pm

Capítulo 15. Parte I.
¿Qué puede ser más divertido, si no sabes a donde aciertas?


A pesar de llevar tanto tiempo sin poner un pie en el lugar, parecía que fuese ayer el día que Cecilia Torres estuvo por última vez allí. El White Wrym parecía mucho más animado que otras veces y no solo por la celebración. Sí, estaba completamente lleno y se respiraba un ambiente cargado de ilusión, de alivio y de emoción, pero aún se podía respirar la tensión y era algo que todos intentaban compensar con alcohol. Al fin y al cabo, se habían salvado. La noticia que había dado Tara los aseguraba la tranquilidad en sus casas, en sus hogares, sin tener que preocuparse por el dinero y un futuro desahucio. Sin embargo, había gente que no se lo creía. Y normal, porque ¿Quién se fiaría de una chiquilla del norte que hasta hace muy poco los repugnaba y cuyo padre era un traidor?. Muchos no sabrían contestar a la pregunta, más no lo demostraban. Bebían como los demás, pero al igual que ella, parecían tener la mente despierta y una pierna fuera de la silla en el caso de necesitar correr. 

 
Cecilia se encontraba sentada frente a la barra, sola desde que Tara se había marchado completamente borracha. Ayax la había acompañado, eso estaba claro. Un auténtico caballero sin armadura dispuesto a salvar a su princesa. O más bien con ella y tres más, por la evidente coraza que lo perseguía y se obligaba a sí mismo a mantener, negando la evidencia de sus sentimientos hacia su amiga. Era un caso. Luego pensó en la morena, que no parecía tener ningún problema en decir lo que pensaba. Totalmente distintos, pero a vez complementarios. La imagen de ella arrastrándose pidiendo un aventón volvió a su cabeza y Cecilia rió, entre dientes. Esa chica no sabe beber, pensó mientras daba un sorbo a su quinto vozka con limón. 
 
Desde lejos, el grupo formado por Toni, Sweet Pea y Fangs la miraban reír y se preguntaban el por qué lo hacía. Hacía tiempo que habían visto a Tara marcharse y la duda del por qué ella se había quedado rondaba sus mentes. Se había quedado sola, pero ahí seguía, sentada en el mismo sitio y riendo sola. Los tres se debatían entre acercarse o no y se miraban entre ellos, intentando saber lo que pensaban los demás. Al contrario del resto, eran los únicos que no parecían disfrutar de la fiesta. Sí, estaban jugando al billar, pero estaban completamente sobrios, cosa que no pasaba actualmente. Estaban contentos al estar el parking de caravanas totalmente seguro, pero todavía una espina se les mantenía clavada y esa era Cecilia.
 
- ¿Crees que deberíamos...?- Preguntó Fangs a la vez que soltaba el palo de billar y miraba a su amiga, que acababa de pedir su sexto cubata.
- Nos va a mandar a la mierda- repuso Sweet Pea mientras daba otro golpe a la bola blanca, consiguiendo que una bola, la naranja, se colara dentro del agujero de una de las esquinas.
- Pero tal vez si lo intentamos...
- ¿Quieres tirar de una vez?, Te toca a ti- lo interrumpió de nuevo, Sweet Pea, intentando evadir el tema.
 
Desde que ella no les dirigía la palabra, no había quien lo soportase. Estaba más irritante de lo normal, y eso que a veces ya lo era de por sí. Sin embargo, podían entenderle. Cecilia era la primera chica de la que se había enamorado nunca y perderla había sido un mazazo emocional para él. A pesar de que el resto sabía que ella nunca se enamoraría de él, todavía guardaba esperanzas de que algún día ella se diera cuenta de lo geniales que serían los dos juntos como pareja. Tenía un plan a largo plazo para conseguirlo y esto era un bache mayor en el camino, un alargamiento del tortuoso tiempo de espera que sufría cada día.
 
- No hace falta que seas así- lo defendió Toni. 
 
El sonido de dos bolas impactándose fue lo único que se escuchó en los próximos segundos. 
 
- Yo creo que deberíamos hablar con ella- expuso la pelirrosa, mientras miraba a su amiga a lo lejos- Tal vez si se lo explicamos...
 
Sweet Pea dejó el palo con fuerza sobre la mesa y la miró enfadado. Quería olvidar el tema y olvidarla a ella. Si sus amigos seguían insistiendo, terminaría por ceder. Y no quería eso.
 
- ¿Cuántas veces lo hemos intentado? - gruñó apartando el taco, que acabó al otro lado de la mesa- Yo creo que nos hemos arrastrado suficiente. 
- Es nuestra amiga- continuó Toni- yo creía que te gustaba.
- Tú misma lo has dicho, gustaba- recalcó la última palabra- Desde que se junta con esa Yeller- este apellido lo dijo con rabia, mientras apretaba los puños- ya no es la misma persona. No es nuestra Cecilia. Ya no vale la pena recuperarla.
- ¿Pero te estás oyendo? - Fangs alzó su voz entre la de los otros dos- ¿Cómo puedes decir eso?, hemos crecido con ella.
- Te voy a dejar una cosa bien clara- se impuso esta vez, Toni- Tal vez tu orgullo de macho herido no te deje pensar correctamente, pero antes de que tus estúpidos sentimientos por ella afloraran, era tu amiga. Es- recalcó esto- nuestra amiga. Y no sé tú, pero yo quiero recuperarla.
 
Así sin mirar atrás, los dos amigos miraron como Toni se acercaba a paso rápido a la barra, donde se encontraba Cecilia. Ambos se temieron la mayor de las desgracias. Aunque bueno, había bebido bastante, como habían podido observar. Tal vez no todo estaría perdido. 
 
Al otro lado del White Wrym, Cecilia se estaba planteando marcharse a casa. Llevaba un buen rato sola y el beber tanto no la hacía ningún bien. Localizó a sus padres sentados juntos al otro lado del bar y se debatió entre ir o no ir a decirles que quería irse a casa. Los vio tan felices que le dio pena molestarlos. Su madre, equipada con su pesada chaqueta de serpiente, estaba sentada encima de su padre y ambos reían de algo que les contaba el padre de Ayax. Disfrutaba verlos así, en un lugar donde no los juzgaban por sus orígenes. Aunque ya estaban acostumbrados a las malas miradas, a ella le daba lástima su situación. El como nunca serían aceptados. Si al menos su madre se quitara el cuero de sobre sus hombros al menos para hacer la compra, tal vez sería diferente. Pero ella nunca lo haría. Nunca renegaría de su sangre. Su madre era la persona más orgullosa que había conocido jamás y eso era algo que había heredado ella también. 
 
Unos leves toques en los hombros la distrajeron de sus pensamientos, girándose con la copa en la mano y encontrándose a Toni, que por primera vez, no la sonreía. Siempre que se había acercado a ella, había sido con una sonrisa nerviosa esperando su perdón. Pero esta vez no era así y se preguntó a sí misma la razón.
 
- ¿Necesitas algo? - la preguntó mientras seguía bebiendo de su copa. 
- Sí, que dejes de beber esa mierda y me prestes atención- le arrebató el vaso, furiosa, y lo dejó sobre la mesa de un golpe- ¿Cuántas llevas?
- No te importa
- ¿Cuántas? - insistió la pelirrosa.
- Seis- se limitó a decir, mientras intentaba alcanzar de nuevo el vozka. 
 
Sin embargo, Toni la apartó de un manotazo.
 
- ¿Se puede saber cuanto tiempo más vas a seguir enfadada con nosotros? - dijo esta vez, con un tono más suave.
- No sé, ¿Cuánto tiempo llevo ya?
- Demasiado.
- Demasiado es una palabra muy grande- repuso Cecilia, mientras conseguía alcanzar el vozka. El líquido le quemó la garganta, sin embargo, ella se relamió- Puede quedar más, o menos. No se sabe.
- Háblame claro de una vez- gruñó Toni- ¿Creo que al menos merezco eso, verdad?
- Bueno. Eso estoy haciendo- Cecilia hizo una seña al camarero, pidiendo una nueva ronda.
- ¿Quieres dejar de beber de una vez?
- Hazme un favor. Cállate. No eres mi madre- se limitó a decir la morena, sin vergüenza alguna.
 
Nunca la había hablado así en años. Tal vez era el exceso de alcohol en las venas o la rabia que sentía por dentro, pero realmente se merecía una bofetada. Sin embargo, Toni cogió aire y lo espiró, intentando tranquilizarse. Necesitaba aguantar, convocó a toda la paciencia que pudiese tener en su interior.
 
- Cecilia Torres, eres un caso- negó con la cabeza y también pidió una bebida. 
 
La nombrada rió mientras ambas bebidas se les eran servidas. Cuando el camarero terminó de colocar el limón sobre los cubos de hielo, ambas levantaron sus respectivos vasos y brindaron, dando un largo trago.
 
- Sé sincera- Toni rompió el silencio mientras dejaba su vaso sobre la barra- ¿Por qué no quieres volver con nosotros?
- Estoy bien con Tara- respondió, sin ni siquiera mirarla.
 
A la pelirrosa no le pudo doler más el comentario, más no lo expresó.
 
- Una cosa no quita a la otra. Puedes ser amiga de todos- intentó convencerla, rogando dentro de su interior que aceptara.
 
Cecilia la miró, con la ceja enarcada.
 
- ¿Tú y Tara, juntas? - rió mientras se imaginaba la escena y seguía bebiendo- Que venga dios y lo vea.
- No lo veo tan raro.
- Mira Toni, no conozco a dos personas más distintas- comentó Cecilia, ya con toda su atención centrada en su amiga.
- Tal vez no tengamos que estar juntas. Solo tú, con ambas. Pero separadas- Hizo una breve pausa antes de decir lo siguiente- Te echo de menos. Todos, en general.
 
Poco a poco, fue acercando su mano hacia la suya, apretándola con fuerza. Cecilia no apartó la mano, sin embargo, se carcajeó con fuerza.
 
- Vamos, no me digas que sigues enamorada de mí.
 
Toni se sonrojó hasta las orejas, más no perdió la compostura. Y tampoco apartó la mano.
 
- No- dijo, en un susurro- sabes que eso fue hace mucho- al ver que su amiga no dejaba de reírse, ella la acompañó, sin poder evitarlo- Y no lo digas tan alto. Sabes que me da vergüenza.
 
Entonces Cecilia acarició los dedos de la pelirrosa, con cariño y le dedicó una de sus mejores sonrisas. Una de las antiguas, de las que a ella le gustaba ver.
 
- Sí, ya lo sé- intentó tranquilizarla- ¿Te acuerdas cuando me besaste?, fue el momento más incómodo que he vivido jamás.
 
Entonces ambas rieron, recordando su antigua experiencia. Ambas tenían trece años, y se podría decir que estaban desarrollando su sexualidad. Toni aún no sabía lo que era ser lesbiana ni que le gustaran las chicas, solo entendía que cuando estaba con su amiga, se le aceleraba el corazón y tenía una necesidad muy fuerte de besarla. No tenía ni idea de que eso significaba algo. Pensaba el por qué no podía ser como las demás y soñar con un viaje en moto detrás de la espalda de cualquier chico guapo, como Damien, el recién convertido serpiente. Ella imaginaba una escena parecida, más su acompañante tenía el pelo largo y era su mejor amiga. Así que un día se armó de valor y decidió besarla. Este beso duró solo unos segundos, pero sirvió para aclarar dudas de la mente de ambas. A Toni le gustaban las chicas y a Cecilia no.
 
- No me lo recuerdes- agarró su vaso de la barra y bebió de nuevo, intentando borrar la imagen de su cabeza.
- Hey, no pasa nada- siguió riendo Cecilia- Me encantó que mi primer beso haya sido contigo. Al menos no tuve que soportar las burlas de cualquier otro chico si lo hubiera hecho mal.
 
Se miraron, cómplices y volvieron a reir. Después se quedaron en silencio.
 
- ¿Enserio no nos echas de menos? - preguntó Toni, mirándola intensamante. Su vaso estaba casi vacío.
- No lo sé, creo que sí- suspiró Cecilia, casi con lástima- Muchas veces se me pasa por la cabeza dejar mi orgullo de lado y aparecerme aquí, pero sabes que yo no olvido fácilmente. 
- ¿Pero enserio es que apoyáramos a Damien es lo que te molestó?. Ni siquiera hablamos con él antes.
- Tal vez un poco. Creo que fue la cosa de que me echarais la culpa- respondió, sinceramente.
- Ya, lo siento por eso. Pero sabes cómo funciona esto. 
- También fue culpa mía- admitió Cecilia, entonces- también había bebido y estaba muy nerviosa.
 
A Toni le sorprendió esto y entendió que se estaba ablandando. Así que continuó.
 
- Fue culpa de todos, en realidad.
- Siento haber sido una hija de puta con vosotros- se disculpó- Y con Damien también- Toni la miró, con los ojos abiertos como platos, no se lo esperaba- Le tiré el cubo de agua y la basura sobre el pasillo del instituto. Es un cabrón, pero tampoco se lo merecía.
- ¿Enserio hiciste eso?- preguntó, riendo de nuevo.
- Sí, creo que me pasé un poco- hizo una ligera mueca, aumentando las risas de su amiga- tenías que haberlo visto. 
- Al que tienes que ver es a Sweet Pea, está insoportable desde que no le hablas- la susurró, con una sonrisa traviesa en los labios y rodando los ojos.
 
Cecilia imitó su gesto. Siempre lo mismo.
 
- Yo no le gusto a Sweet Pea- refunfuñó- siempre con lo mismo, estoy hart...
 
Fue interrumpida por el gran abrazo que le dio su amiga. Ella se lo devolvió, con ganas, acariciando su espalda. Pensándolo mejor, si que la había echado de menos. Y muchísimo. Tal vez Tara se había vuelto muy amiga suya, pero nunca podría olvidar a Toni. Todo lo vivido con ella volvió a su cabeza y la apretó más fuerte, como no queriendo soltarla jamás. 
 
- Me vas a aplastar- bromeó la pelirrosa antes de que finalmente se soltaran.
- Lo siento- contestó, riendo- Creo que si os he echado de menos- Empezó a mirar a su alrededor, como buscando a alguien- ¿Dónde están esos dos?. 
 
Toni se los señaló y ambas empezaron a andar hacia ellos. Cuando las vieron llegar, Fangs y Sweet Pea no se lo creían. Sweet Pea empezó a temblar y ponerse nervioso y su amigo empezó a reírse de él. Cuando por fin se encontraron a su altura, ninguno de los cuatro sabía que decir.
 
- Bueno, ¿Quién es el que me ha echado tanto de menos?- preguntó Cecilia, burlona.
 
Entonces Fangs se abalanzó sobre ella, abrazándola con fuerza y levantándola del suelo y haciéndola girar. Los gritos de ella llamaron la atención de todo el bar y sobre todo la de sus padres, que sonrieron aliviados y felices de que lo hubiera arreglado con sus amigos.
 
- Para, Fangs- chilló feliz- me vas a Tirar.
 
Ambos dejaron de girar y la depositó en el suelo. Cecilia se tambaleó, mareada tanto por las vueltas como por el alcohol. Terminó sentada en el suelo, donde se siguió riendo hasta que fijó la mirada en Sweet Pea. Este se estremeció, más permaneció serio.
 
- ¿No me saludas, Sweet Pea?- le preguntó desde el suelo. Toni y Fangs la ayudaron a levantarse.
 
Entonces no pudo contenerse y una gran sonrisa se extendió en sus labios y la abrazó con fuerza, oliendo el aroma de su pelo repetidamente. Como si hubiera estado sin verla años, pero en realidad habían sido unas pocas semanas. Quería memorizar su olor, a toda ella. Cuánto la había echado de menos y cuanto la quería.
 
Empezaron a hablar los tres, como en los viejos tiempos. La partida de billar fue reanudada y Cecilia se reincorporó al equipo de Toni, jugando chicos contra chicas. Se lo estaban pasando bien. Las bromas de Fangs, el sarcasmo de Toni y los gruñidos de Sweet Pea al perder volvieron a incorporarse, como si nunca se hubieran ido. Por primera vez en mucho tiempo se sintió en casa y descubrió que no quería estar mucho tiempo más alejada de ellos. Se mostró real, sincera y muy alegre. Rió como no lo había hecho en mucho tiempo. Parecía ser una noche perfecta, en la que solo estaban ellos en 4. Pero todo se fue a la mierda minutos después, cuando la puerta del bar se abrió de un portazo y tres personas entraron a través de ella. Y con la cabeza de Pickens en los brazos de Jughead Jones, que parecía estar siempre metido en todos los embrollos.
 
Junto a él iban Betty Cooper y el padre de este, FP. Los tres empezaron a caminar bajo las miradas sorprendidas de todos, porque básicamente llevaban la cabeza robada, la razón por la que supuestamente los serpientes eran extorsionados. Jughead, que llevaba la voz cantante, se detuvo frente la imponente figura de Tall Boy. Cecilia reconoció a Damien al lado de este y fue capaz de distinguir la molestia en sus ojos, la que siempre hacía ante la presencia de alguien que no fuera de su agrado. Sin necesitar decirse nada, se acercó junto a Sweet Pea, Toni y Fangs, curiosos por lo que sucedería a continuación.
 
- Apagad la maldita música- ordenó FP, al llegar hasta él.
 
Después hizo que lo sentaran en una silla, ante él. Jughead aún llevaba la cabeza y Betty estaba a su lado. La mirada de la rubia se encontró con la suya e intentó sonreír para calmarla. Estar en el bar no era fácil para ella después de lo que pasó.
 
- ¿Qué coño hacías en el vertedero el otro día, Tall boy?- le preguntó mientras se sentaba a su lado. 
 
Damien, que no entendía nada de lo que estaba pasando, intentó imponerse.
 
- ¿Por qué lo sentais en una silla como si fuera un sospechoso?- levantó la voz por encima de la de FP- Aquí el culpable es tu hijo, que casi consigue que vayamos todos a la calle. Solo trae problemas- siseó, enfadado.
- No sé de que estás hablando- intentó defenderse Tall boy, con la voz ronca.
 
A su espalda, FP no se daba por vencido.
 
- Estoy hablando de que tu cortaste la cabeza de la estatua de Pickens y la dejaste en el vertedero donde te vieron imbécil. Así que desembucha.
 
Una ola de susurros se extendió por la sala, sorprendidos ante la nueva información. Todos cambiaron su perspectiva y dejaron de mirar al hijo de su líder como el culpable para mirarlo a él. Damien, al lado del acusado, abrió los ojos como platos y se alejó de él, dolido.
 
- ¿Enserio fuiste tú?- le preguntó, incrédulo.
 
Tall boy lo miró, con una mirada que él interpretó como afirmativa y no pudo hacer otra cosa que gruñir, soltar un par de malas palabras y salir por la puerta dando un portazo. Cecilia lo veía normal. Él había sido su mentor, quien le había enseñado todo lo que sabía y su nuevo padre a falta del suyo propio. Tendría que haber sido una desilusión enorme para él. Cuando todos se recuperaron de lo que acababan de ver, el acusado por fin habló.
 
- ¿Qué hace aquí la chica del norte?- preguntó, tras mirar a Betty unos leves segundos- Este es un asunto serpiente en territorio serpiente.
- Ella está aquí porque es de los nuestros- la defendió Jughead. Iba a decir algo más, pero fue interrumpido por su padre.
- No nos has contestado- gruñó para después gritar lo siguiente- ¿Por qué lo hiciste?.
 
Cecilia al lado de Betty se estremeció. FP era una de las personas más imponentes que había conocido. A ella normalmente la trataba bien, pero cuando levantaba la voz, realmente le daba miedo. Era un buen líder, y se alegraba mucho de que hubiera salido de la cárcel.
 
- Porque estoy harto de ver a los serpientes ablandarse contigo al frente- respondió Tall boy mientras miraba a todos los presentes, uno a uno, para ver su reacción- Entonces vino Hiram Lodge, quería revolver el ambiente. Me dijo que si le cortaba la cabeza conseguiría que la alcaldesa McCoy y la poli nos dejaran en paz.
 
Ella miró al suelo, en dirección a sus zapatos. Lo sabía. Sabía que el señor Lodge tenía algo que ver en todo este lío.
 
- Osea, que Hiram Lodge te pide que causes un motín- resumió Jug, mientras andaba a su alrededor. Una sonrisa se extendió en los labios del mayor- ¿Y tú le ayudas?, ¿Por qué?.
- Me pareció buena ocasión para deshacerme de ti, bonito- hizo una breve pausa- Y si me deshacía de él, podía deshacerme de ti, FP.
 
Sarah Torres, entre la multitud, se deshizo de los brazos de su marido y se acercó al acusado para darle una bofetada que resonó hasta en el punto más alejado del bar.
 
- Eres un traidor- escupió ella.
 
Tall Boy intentó levantarse para devolvérsela, pero fue retenido. Al igual que ella, a la cual FP sujetaba, intentando susurrarle que se calmase. Ella se revolvía en sus brazos, aún no había terminado.
 
- Creo que tienes dos hijas. Una, que está aquí presente es una desertora- la miró desde la silla y Cecilia lo miró a él, fijamente- ¿La menor, verdad?. ¿Y que pasó con la mayor?.
 
Su padre llegó a la escena para intentar contener a su mujer, pero ella tenía mucha fuerza. Además de que a él tampoco le faltaban ganas de atizarle un buen golpe a Tall Boy.
 
- No te atrevas a nombrar a mi hija- gruñó, ya repleta de sudor por sus múltiples intentos.
- ¿Se unió a los espectros verdad?, Y ahora está en la cárcel- continuó- Yo creo que confundes la palabra Traición. Y tiene gracia que lo uses como insulto, porque tienes dos en casa.
¡Suéltame!- chilló Sarah, que aún parecía tener energía.
 
Cecilia no pudo seguir mirando y fijo la vista en sus plataformas nuevas. Toni, a su lado, la agarró de la mano. Betty lo hizo por la otra. Esto hizo que se sintiera mejor.
 
- ¡Cálmate, Sarah!- gritó FP entre las risas de Tall boy- Será mejor que salgas un rato. Francisco, acompáñala.
 
Y así lo hizo, obedeciendo a su líder. Como realmente tenía que ser.  Ya eran tres personas que habían salido del bar y el interrogatorio no había terminado. Cecilia decidió no seguir a sus padres, creía que había mucho que ver allí. Tras un nuevo rato en silencio, FP hizo la pregunta que todos estaban esperando.
 
- ¿Y luego qué, te convertirías en líder?.
- Él y Penny- declaró Jughead- Eres un Judas, Tall boy. Y un idiota.
 
FP le sujetó los hombros con las manos, ejerciendo una leve fuerza sobre ellos. Hacía rato que había dejado de reír.
 
- Has traicionado a los tuyos Tall Boy y has incumplido la ley serpiente- declaró el líder- ¿Qué hacemos con este miserable?- se dirigió a los demás.
- Quítale la chaqueta- insistió su hijo- Destiérralo, papá.
- Votos a favor- preguntó en un tono bien alto, para que todo el mundo lo escuchase claramente.
 
Poco a poco las manos de todos los presentes se fueron levantando. Cecilia no solía tener derecho a voto en estos casos, pero cuando vio que Betty también lo hacía, no dudó en alzar la suya. Eran mayoría absoluta. FP soltó una risa irónica ante esto. Quién lo diría.
 
- Parece que esta escoria y yo tenemos un largo viaje por delante- le susurró al oído.
 
Tall Boy se mantuvo firme, ni siquiera parecía haberle afectado. Sin embargo, Cecilia conocía a alguien que no se lo tomaría tan bien. Y a ese alguien también le debía una disculpa.
 
Tiempo después, cuando la noche casi alcanzaba a su fin, el bar estaba casi vacío. Ella todavía seguía allí junto a Toni, que se moría de sueño. Lo demostraba con cada bostezo que daba, aproximadamente cada minuto. Cecilia le había insistido para que se marchase, porque la única razón por la que permanecía era por ella, por no dejarla sola. A su madre le había dado un ataque de ansiedad ante las palabras de Tall Boy y su padre aún no conseguía calmarla. Lo normal sería llevarla a casa, pero eso en esta vez sería peor. No donde las fotos de Helena seguían enmarcadas en sus cuadros.
 
- Toni, vete a casa- siguió insistiendo- mañana hay clase...
- No te voy a dejar sola- refunfuñó la pelirrosa mientras se acomodaba con la cabeza sobre la barra- solo déjame que cierre los ojos...
 
Pero para cuando se quiso dar cuenta, ya se había dormido. Cecilia rió ante esto, con verdadera ternura, y la acarició el pelo. Se debatió entre dejarla dormir o mandarla a casa, y encontró con que la única solución buena y que incluía ambas era la segunda, por lo que empezó a buscar a alguien dentro del local con quien tuviera la suficiente confianza como para pedirle algo como aquello. Entonces se le ocurrió salir fuera a ver si todavía quedaba alguien. Caminó por encima del alcohol esparcido y los vasos rotos que adornaban el suelo del bar. Pensó en cómo de desgraciado sería a quien le tocase al día siguiente limpiar todo en el turno de mañana. Esas fiestas eran lo peor.
 
Cuando alcanzó la puerta, tiró de ella con fuerza y el aire frío le acarició el rostro. Pudo comprobar que estaba amaneciendo y se deleitó unos solos segundos con el paisaje. Empezó a recorrer con la mirada los alrededores y no encontró a nadie. Sin embargo, ahí estaba él.
 
Damien Flynn estaba sentado al lado de la puerta, con la espalda apoyada contra la fachada. En sus manos sostenía una botella cualquiera que Cecilia no supo reconocer y supuso que había bebido y fumado mucho, por que tenía los ojos rojos, parecía tambalearse y estaba rodeado de restos de botellas rotas. Se acercó a él, agachándose a su altura y sujetándole el rostro con la mano derecha, empezó a girarlo en ambas direcciones, comprobando que no se hubiera cortado con los restos de cristales que tenía a su alrededor. Él se rehuso a su toque, no reconociéndola al principio. También comprobó que no olía a marihuana ni a tabaco, sino que mantenía su esencia en él. Tal vez hubiera estado llorando.
 
- ¿Damien?- preguntó, intentando que recuperara totalmente la consciencia- ¿Estás bien?
 
Él soltó algo parecido a un gruñido y esto la desesperó totalmente, por que descubrió que  acababa de encontrarse con otro paquete que tendría que llevar a casa. Cecilia se levantó, se pasó la mano por la frente y de nuevo se debatió el qué hacer con él. No podía dejarle tirado allí.
 
Se agachó de nuevo y empezó a golpear levemente sus mejillas repetidas veces, intentando que abriese los ojos de nuevo.
 
- ¿Estás vivo verdad?- lo interrogó, ya con miedo- ¡Joder, Damien despierta por dios!- le atizó un golpe más fuerte- soy Cecilia.
 
Entonces como si simplemente ese nombre lo hubiera invocado, el rubio abrió los ojos a la vez que la apartaba de un empujón. Después intentó levantarse, sin éxito, por que estaba muy borracho y a penas se sostenía en pié. Ella intentó ayudarlo, pero volvió a apartarla. Terminó cayéndose de nuevo al suelo unos metros más a la derecha de donde estaba sentado en un principio. Cecilia rezó por que no se hubiese clavado algo.
 
- Déjame- casi susurró con una voz mucho más ronca de la que tenía, de borracho. 
- No, tengo que llevarte a casa- contestó ella, con seriedad, mientras intentaba agarrarlo del brazo- ¿Dónde vives?.
 
Él empezó a reírse a carcajadas, como no le había visto hacerlo en su vida. Seguía intentando que no lo cogiese, pero ella seguía insistiendo. El tenía tanta fuerza que casi la empujaba a caerse con él.
 
- No sé donde vivo- respondió, riéndose aun más- tal vez en una piña debajo del mar- añadió, como si estuviese totalmente seguro. Entonces algo pareció iluminar su mente y comenzó a cantar- quien vive en una piña debajo del mar, ¡Bob esponja!, su cuerpo amarillo absorbe sin más, ¡Bob esponja!, El mejor amigo que puedes tener, ¡Bob esponja!
- ¡Por dios!- lo interrumpió Cecilia- ¿Qué estás diciendo?. Ayúdame a levantarte.
 
Ella continuó con la famosa canción en su cabeza, pero ahora no podía distraerse. 
 
- Ay déjame aquí- intentó soltarse de los brazos de ella, que lo habían agarrado de los hombros y ahora tiraban de él hacia arriba- ¿Por qué tengo tan mala suerte?- se lamentó- ¿Por qué tienes que ser precisamente tú?. Tu presencia alimenta mi desgracia.
- No digas tonterías, Flynn- siguió intentando levantarlo, pero cuando comprendió finalmente que no podía, lo soltó y este cayó sobre la acera- No eres tan desgraciado.
- ¿Tú que sabes?.
- Sí es por Tall Boy, no merece la pena. Es un traidor y no deberías lamentarte por él- apartó unos cuantos trozos de cristal con el pié y se sentó junto a él. 
 
Este la miró con evidente molestia y sorpresa en los ojos. Quería marcharse de allí pero como no podía levantarse, no le quedaba otra que aguantarla. 
 
- No tienes ni idea- gruñó y el alcohol de verdad pareció hacerle efecto, por que empezó a abrirse con ella- te llenas de mierda la boca sobre él, pero es mejor que tú y que todos.
- ¿Qué estás diciendo?. Tu sí que no tienes ni idea. ¿Sabes todo lo que ha dicho ahí dentro?.
- Ilumíname.
- Ha hablado sobre Helena- Damien por primera vez la miró directamente, como si el tema le hubiera afectado un mínimo- A mi madre le ha entrado un ataque de ansiedad. Luego lo han exiliado, pero es lo que se merece. FP es un buen líder, ni se le compararía.
 
Cecilia tampoco podía entender por que seguía hablando con él y sobre todo de cosas tan personales, pero supuso que a pesar de parecer totalmente sobria, también había bebido. Además era más fácil hablar con Damien en ese estado.
 
- Vaya...- intentó decir él- parece ser que esta vez tocó el punto límite. 
- Sé que es como tu padre, pero eso no lo justifica- después pensó en algo un momento y se decidió a preguntar lo que a continuación- ¿Fue él el que te metió la idea en la cabeza de que soy una traidora, renegada y por el estilo?.
- ¿Por qué lo preguntas?- intentó encenderse un cigarrillo, pero se le cayó el mechero al suelo. Y antes de buscarlo entre tanta mierda, lo dejó allí.
- Me lo ha llamado allí, cuando mencionó a mi hermana delante de todos- admitió la morena.
 
Entonces él comenzó a reír.
 
- Este viejo...
- ¿Fue el o no?- insistió Cecilia mirándolo fijamente.
- Pues sí, pero también lo pude ver yo después. Así que no es algo de lo que también puedas culparle- se limitó a decir el rubio una vez apagada su risa. 
- No lo soy- intentó defenderse ella- siempre estoy con los serpientes.
- No lo parece. ¿O se te olvida el cubo de agua que me tiraste encima?. 
- Eso es diferente. Tú estás fuera de los serpientes, la excepción a la regla.
- ¿Y eso por qué?- preguntó él, con sorna.
- Por que me caes mal.
- Vaya, gracias tú a mí también. 
 
Se mantuvieron unos minutos en silencio, contemplando el amanecer. Esta era su primera conversación civilizada en muchos años, facilitada claramente por el alcohol. Era algo triste, en verdad, pero estaba claro que esos dos nunca iban a soportarse.
 
- ¿Sabes?- Damien rompió el silencio- Os envidio a ti y a tu familia- dijo con sinceridad.
- ¿Y eso por qué?- preguntó ella, sorprendida.
- Por simplemente ser una familia. Yo no tengo una- Cecilia no pudo evitar mirarlo con lástima- No me mires así. Odio que lo hagan.
- ¿Dónde están tus padres?- se atrevió entonces a preguntar.
- En el lado norte, claro. Y agradeciéndole al cielo un día más el despertar sin mí en mi cama.
- Eso es muy triste- intentó empatizar con él. ¿Qué sería de ella sin sus padres?.
- Me fui yo, claramente. Y aquí encontré una nueva vida, con Tall Boy. Tuve que ganarme mi sitio aquí- explicó a medida que se le iban cerrando los ojos.
- ¿Por eso me odias, por que tengo gratis lo que a ti te ha costado tanto conseguir?.
 
Entonces, al ver que no había respuesta, miró hacia su acompañante para comprobar que se había quedado dormido. No inconsciente, lo comprobó por los ligeros ronquidos que salían de él, que había dejado la botella que sostenía junto a su mano, en el suelo. Entonces la puerta del bar salió y por ella apareció Toni, totalmente despeinada y los ojos entrecerrados. Cecilia se levantó, sacudiéndose las rodillas.
 
- Creo que tenemos que llevar a alguien a casa. 
 

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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Drea. el Lun 14 Mayo 2018, 6:50 pm

Capítulo 15. Parte II.
¿Qué puede ser más divertido, si no sabes dónde aciertas?


Horas después y tras haber tomado unos cinco cafés, Cecilia se arrastraba por el pasillo con la compañía de Cheryl y Tara. A penas había dormido dos horas y la verdad es que su cara daba verdadera pena, por lo que la pelirroja la había arrastrado al baño con el objetivo de maquillarla un poco y dejarla presentable. No dejaría que una de sus amigas se viera de ese modo. Allí se habían encontrado a Betty encerrada en uno de los cubículos, donde después había vomitado. Cecilia No podía evitar sentir compasión por ella por todo lo que estaba pasando, por que sabía que además de la tortuosa presencia de su maniático hermano en casa, sus padres se estaban divorciando. Y precisamente por la presencia de este nuevo individuo en sus vidas. Se lo había contado hace algunos días, después de haber arreglado las cosas y es por eso que cuando la vio allí, sentada a punto de desfallecerse, no tardó en intentar echar a sus amigas del baño. Sin embargo, Cheryl fue lo suficientemente rápida para ver que era lo que estaba causando tanto alboroto en el habitáculo. Fue la primera vez que vio alguna expresión diferente en su cara que no fuera la pura soberbia, como si de verdad la entendiera.

 
En este momento y tras haberse asegurado que la rubia estaba perfectamente bien, una pelirroja y dos morenas llegaban a la puerta de la cafetería y tras empujarla con fuerza, pudieron comprobar de primera mano la jungla que era el comedor a esas horas del día. Con el sonido de los quejidos por el dolor de cabeza de Tara como fondo, las tres agarraron sus bandejas y se dispusieron a elegir su correspondiente comida.
 
Unos metros más lejos, un pequeño grupo de personas no pasaron por alto la presencia de las tres amigas, en concreto la de la más baja de ellas, Cecilia. Por eso cuando esta se giro con la bandeja en la mano, no tardaron en intentar llamar su atención.


- ¡Hey, Cecilia!- gritó Toni mientras gesticulaba exageradamente desde una de las mesas que hacían esquina.

La nombrada se volvió en esa dirección, encontrándose que la acompañaban Fangs y Sweet Pea. Tara y Cheryl se colocaron a su altura y también miraron, haciendo la pelirroja una mueca al distinguir a las serpientes. 

- ¿Os importa que coma con ellos?- Las preguntó suplicante. Quería hablar y ponerse al día con sus amigos, pero tenía un poco de miedo ante la reacción de ellas. Sabía que Cheryl no los soportaba y Tara lo hacía a duras penas, así que se temió la peor de las respuestas.
- ¿Con esos?- preguntó Cheryl asqueada y a su vez molesta. Quería estar con Cecilia, pero eso no implicaba aguantar al resto- Haz lo que quieras

La morena la miró fulminante.

- ¿Queréis venir?- Las preguntó por pura educación. Sabía que iban a decir que no.
- Mira, C- intervino Tara apretando el agarre sobre su bandeja- Otro día no habría dicho que no, pero estoy totalmente en la mierda. Me duele la cabeza. Mejor vamos nosotras a nuestra mesa de siempre, lejos de alborotadores.

Y después de estas palabras, ambas se alejaron sentándose en la mesa central, la de los supuestos populares. Cecilia se encogió de hombros y avanzó hacia donde estaban sus amigos. Tras unos breves saludos, dejó su bandeja al lado de la de Toni y bajo la atenta mirada de toda la cafetería, empezó a hablar con ellos como si estas últimas semanas de verdad nunca hubiesen existido. Parecía como si nunca hubiese estado enfadada con ellos, a pesar de todas las novedades que la estaban contando. Se preguntó además el por qué de la ausencia de Ayax, pero pronto su pregunta tuvo respuesta al comprender que estaría trabajando o algo por el estilo. Por eso dejó pasar el tiempo, no pasando por alto el como Cheryl los observaba desde lejos cada poco tiempo, intentando ser disimulada. Sin embargo y para el poco tiempo que la conocía, Cecilia entendió que algo la había molestado y tuvo una fuerte corazonada en que estaba relacionada con las chaquetas que solían colgar de los hombros de sus amigos, pero que ahora en el colegio no llevaban.

Era ya pasada la tarde y la ausencia de Ayax seguía rondando su mente. A pesar de no haberle puesto importancia en su momento, ahora se lo replanteaba de nuevo. Él era un alumno ejemplar, había soñado durante años con tener plaza en el Northside y lo veía muy lejos de querer saltarse clases voluntariamente. Luego recordó en todos los líos que había estado metido su padre en el pasado y cómo de alguna manera u otra habían repercutido en su hijo. Entonces se preguntó a sí misma si estaría de nuevo en problemas y la necesitaría de alguna manera. Por eso y sin pensárselo mucho, Cecilia cogió uno de sus abrigos y salió rápidamente, no sin antes coger tres magdalenas de encima de la mesa del salón que habían sobrado de su propio desayuno.

De camino, pensó en que Ayax era el único con el que no había arreglado las cosas y que tal vez no tendría el mejor de los recibimientos. Realmente había sido muy injusta con él, por que ni siquiera habían discutido directamente y había dejado de hablarle así sin más, sin ninguna explicación. Él había intentado ponerse en contacto con ella un par de veces, pero le había colgado el teléfono. Después de eso, no volvió a llamar. Tampoco tenía la esperanza de que lo hiciera, por que le conocía demasiado bien y sabía que si algo tenían ambos en común era el orgullo. Ya bastante con que lo hubiera intentado. Tras pensarlo bien, Cecilia se sintió mal por dentro y aceleró el paso. Quería verlo cuanto antes para disculparse. 

También se acordó de Cheryl y su numerito de la mañana en el comedor, así que se apuntó en su cabeza la necesidad de ir a verla y también aclarar las cosas. La imagen de su cara esa mañana atravesó su mente como rayo en tormenta. Podía reconocer entre su porte habitual una pizca de miedo, Como si hubieran hecho algo que la impidiera mirarles a los ojos y tratarlos con normalidad. Esto la convenció para ir después de la visita a Ayax, pues tenía verdadera curiosidad.

Para cuando se quiso dar cuenta, ya estaba en frente del taller del padre de Ayax, por lo que tomó aire y con la mejor de sus sonrisas, se adentró en el local. 

Caminó con cuidado, por que el suelo siempre solía estar repleto de manchas de aceite y tenía miedo de resbalarse. Miró en todas las direcciones, asomándose por la ventana del despacho por si acaso estaría allí trabajando. No lo encontró por ninguna parte, así que dio un par de vueltas alrededor del taller.

- ¿Ayax?- preguntó mientras se apoyaba en el coche rojo que se encontraba en medio del local.

El sonido de unas ruedas moviéndose la hizo sobresaltarse, encontrando que su amigo estaba debajo del coche y ahora fuera de él, apoyado en su monopatín. Tenía la cara, el pelo y la ropa manchados, pero sus ojos azules seguían igual de traviesos bajo sus cejas claras, como siempre que algo le agradaba o divertía. Cuando vió a Cecilia, la sonrió ampliamente y se dispuso a levantarse. 

- ¿Qué haces aquí?- La preguntó mientras agarraba un trapo mojado de encima del capó del coche y se limpiaba las manos.
- He venido a traerte esto- señaló dos magdalenas, una se la había comido por el camino.

Él ladeó una ceja y la miró con algo de curiosidad antes de aceptar el paquete. Llevaba sin hablarle semanas y no entendía por qué había ido a verlo tan así de repente.

- ¿Sólo has venido por eso?.
- Bueno y también por que no te he visto esta mañana en clase- Comentó, intentando parecer casual. Sin embargo, él la pilló enseguida, adoptando su cara una mueca burlona. Entonces se puso nerviosa- Igual te habías puesto enfermo.
- Pues ya ves que no- respondió Ayax a punto de echarse a reír.

La conocía demasiado para saber que había venido a pedir perdón y no sabía como hacerlo, por eso en su interior se estaba muriendo de la risa. La vio allí, con las viejas zapatillas que ya no se ponía para ir a clase y rehusando a mirarle, completamente roja. Ayax tuvo en ese momento un impulso de abrazarla, sin embargo, se colocó frente a ella, también apoyándose en el coche. A veces también le gustaba molestarla un poquito.

- ¿Y por que no has venido a clase entonces?- le preguntó casi en un susurro.
- ¿Enserio solo has venido a preguntarme eso?- ya no pudo aguantar. Soltó una enorme carcajada mientras la agarraba de la cintura y la acercaba a él, abrazándola con fuerza- Ay la niña... 

Se mantuvo abrazada a él hasta que este aprovechó un descuido y comenzó a revolverla el pelo, dejándola totalmente despeinada. Cecilia intentó devolvérsela, pero Ayax fué más rápido y no tardó en agarrarle las dos muñecas tras la espalda.

-¡Ayax!- gimoteó cual niña pequeña- ¡Suelta!.

Él siguió riendo, aún no la soltaba.

- ¡Eres un pesado!.
- ¿Ah si?- preguntó él, a la vez que liberaba sus manos. Ambos se encontraban de frente- Pues tu eres una chiquilla que no sabe pedir perdón.

El rostro de Cecilia volvió a enrojecerse y fue todo un triunfo para él.

- ¡Sí se pedir perdón!- chilló ella, ya totalmente roja- Lo que pasa es que no he venido a eso.
- Ajá, ¿Y entonces a que has venido?.
- Pues a saber por qué no has venido a clase- intentó decir intentando parecer seria. Pero no le salía, por eso Ayax se rió con todavía mas fuerza. Ella frunció el ceño y lo fulminó con la mirada- Oye no te rías.
- Eres una mentirosa terrible.

Pero fue entonces cuando él le pegó la risa y empezó a reírse también, estando los dos casi a punto de llorar. Se mantuvieron así durante un tiempo, mirándose y no pudiendo mantenerse la mirada más de dos segundos, casi por los suelos. Después de unos minutos, ambos pudieron calmarse y fue Ayax quien rompió el silencio.

- No necesitas disculparte, C- la tranquilizó- Sabes que conmigo no.
- Aun así me siento culpable, no me hiciste nada y prácticamente me he olvidado de tu existencia.
- Sabes que no podrías olvidarte de mí ni aunque quisieras- se burló Ayax mientras sacaba la lengua.
- ¡Idiota!- lo insultó antes de atinarle un buen golpe en el brazo.

Él fingió por un momento que le había dolido, pero eso no se lo creía nadie. Entonces la cara de su amiga cambió por completo, y unos ojos tristes sustituyeron a los enfadados.

- Lo siento, Ayax, de verdad- terminó por decir Cecilia, cabizbaja.
- No seas tonta.

Y volvió a abrazarla, rodeándola a ella la cintura y ella a él el cuello, quedándose parados durante unos minutos. Con esto él intentaba calmarla, demostrarla que para él había sido una tontería y tenía que hacer mucho para enfadarse con ella enserio. Para Ayax, Cecilia era su pequeña princesa. Alguien a quien sentía una innata necesidad de cuidar. Para Cecilia, Ayax era como un dragón que habitaba en su torre, listo siempre para acudir en su ayuda. Eran prácticamente como hermanos, pero ambos alguna vez se habían preguntado por qué no se habían enamorado del otro si existía tanta química entre ellos. Misterios del destino, supusieron. 

Cuando se soltaron, Ayax la acarició la cara, acabando sus manos en ambas mejillas de ella.

- Tengo que contarte algo- la informó, ahora totalmente serio.

Ella se asustó por un momento, pero asintió, esperando una respuesta mientras colocaba sus manos sobre las suyas.

- Me he besado con Tara.

Ella abrió los ojos como platos y soltó un suspiro ahogado. Vaya, eso sí que no se lo esperaba. Cualquier cosa menos eso.

- ¿Enserio?- Le preguntó, aún recuperándose de la sorpresa- ¿Cuándo?, ¿Cómo?, ¡Cuéntamelo!.

Rápidamente se soltó de su agarre y empezó a caminar a su alrededor, como cada vez que algo la ponía nerviosa o inquieta. Pues Tara no la había contado nada y no sabía como tomárselo. ¿Cómo que la había gustado?, ¿Cómo si no y ahora pasaba de él?.

- Pues fue ayer, cuando nos marchamos- la explicó, mientras hacía memoria- En frente de su casa. A ver ella estaba un poco borracha, pero se me lanzó, yo también había bebido y...- Cecilia lo miró con una maligna sonrisa en los labios- ¡No me mires así!. ¡Es solo un beso, no saques como siempre tus propias conclusiones!.
- ¿Pero te ha gustado o no?.

Él se puso las manos sobre la cara, evitando mirarla antes de poder contestar.

- ¡Dime!- insistió ella, emocionada.
- Tal vez...- admitió, todavía sin despegar las manos de la cara. Cecilia intentó apartárselas, pero él ejercía más y más fuerza. Entonces pudo llegar a ver algo de su piel y fue su turno de venganza.
- ¡Estás como un tomate!- lo acusó, riendo a carcajada limpia.
- ¡Que no!- gruñó Ayax, aparentando seriedad. 

Por que sí, ese era el mejor beso que le habían dado alguna vez en su vida. Aunque fuese bañado en alcohol.

Después de la visita a Ayax, Cecilia todavía se iba riendo por la calle mientras andaba hacia la casa de Cheryl. No se arrepentía para nada de haber ido y el tiempo que había estado allí le había servido para muchas cosas, entre ellas saber que pese a su intermitente rechazo, a su amigo algo le gustaba Tara. Buenas noticias para su amiga a la que le encantaría conocer toda la conversación. Pero era algo que se quedaría entre ellos dos, pues se lo había prometido.

Cuando llegó al umbral de la finca en la que vivía la pelirroja, se aseguró antes de tocar la puerta si su amiga se podría encontrar en el jardín practicando su amado tiro con arco. No quería precipitarse y tener la desgracia de encontrarse con Penélope Blossom para nada. Pero cuando no la encontró, no le quedó más remedio que hacerlo, golpeando con el puño dos veces contra la madera. 

Minutos después, una pelirroja salió a la entrada y sonrió aliviada al encontrarse a Cheryl y no a su madre. No es que la odiara, pero la causaba escalofríos. Había algo en esa mujer que no terminaba de digerir del todo y no estaba segura de que se trataba. Además de cómo trataba a su hija, por lo que había podido ver en las visitas a su casa.

- ¡C!- la llamó, cariñosamente- ¿Pasamos lo que queda de tarde juntas?.

La nombrada sonrió y la dejó pasar, contenta de tener compañía justamente en estos momentos. Se sentía francamente mal por lo que estaba pasando en las habitaciones de arriba y la presencia de su amiga de alguna manera la reconfortaba. Por eso la había dejado rápidamente formar parte del círculo interno. La transmitía una tranquilidad que nadie nunca nadie antes lo había hecho. Eso y que sabía escuchar, claro.

Las dos se sentaron en los sillones de la sala, al lado de la chimenea que estaba apagada. Cecilia dejó el bolso en el suelo y se acomodó entre los cojines.

- Oye, he venido principalmente por que te he visto un poco rara cuando he ido con los chicos- la aclaró, mirándola a los ojos- Sé que no nos conocemos mucho y soy muy directa, pero me gustaría saber el por qué.

Cheryl la miró en silencio unos minutos mientras pensaba en que decirle, pero finalmente contestó.

- Desde que me salvaste de ese Nick Saint Degenerado, me he sentido en deuda contigo. Si no fuera por ti, a saber como habría terminado- se introdujo, casi en un susurro- Te has vuelto importante para mí.

Cecilia la sonrió, por que sabía que no le gustaba hablar sobre lo que pasó ese día. La había prohibido mencionarlo desde que se habían vuelto más unidas.

- Pero nunca podré aceptar a los serpientes- confesó- nunca. Ni siquiera a tí como una, si te inicias en el futuro.
- ¿Por qué?- la preguntó, mientras la tomaba de la mano. La misma que la había cogido cuando intentaba consolarla el día de la presentación de So´Dale.
- No sé si lo sabes o te lo contaron, pero cuando el desgraciado de mi padre le pegó un tiro a mi Jay-Jay, fue un serpiente llamado Mustang quien lo torturó en sus últimos momentos de vida- A estas alturas, una fina lágrima bajaba por las mejillas de Cheryl, más no quería interrumpirla- Luego, ya muerto- recalcó esto último, con mucha rabia- fueron FP jones y Joaquín DeSantos quienes se encargaron de su cuerpo. Limpiaron su sangre y lo tiraron al río, como cualquier residuo, basura inútil. Creo que ya sabes el resto de la historia.
- Yo creía que los habías perdonado, estuve en ese juicio- la recordó, mientras intentaba ponerse bajo su punto de vista.
- Mentí como Judas- confesó- Nunca los perdoné y no creo que lo haga jamás. No creo que pueda. Fue todo cosa de mi prima Betty, me amenazó con divulgar el vídeo de la muerte de J si no lo hacía- Entonces fue cuando no pudo soportarlo y comenzó a sollozar- Quería devolverle algo de dignidad a mi hermano, el respeto que no le dieron cuando sin mirar atrás lo hundieron en el río.

Cheryl se puso las manos sobre la cara y lloró, lloró todo lo que llevaba escondiendo desde hace meses. Cecilia no pudo hacer otra cosa que abrazarla y acariciarla la espalda, pensando enserio en lo que la dijo una vez Betty fuera del bar. ¿Enserio tenía dos personalidades diferentes?, ¿Algo como una bipolaridad?, ¿Por qué no podía imaginársela diciendo todo lo que le dijo a Cheryl?. Nunca la creyó capaz de algo tan cruel, ni siquiera por sacar a FP de la cárcel. Por otra parte, todas las dudas que tenía sobre la relación de la pelirroja con las serpientes fueron aclaradas. Sufría un trauma, uno muy gordo que le había ocasionado la muerte de su hermano. Saber que habían hecho lo que habían hecho así, sin más, es algo que difícilmente se perdona, ni aunque hubiese sido por dinero. Ni siquiera una posible venganza podría reconfortarla, por que aunque Mustang ya estaba muerto, tanto FP como Joaquín estaban en la calle, este último en paradero desconocido. 

Un poco después, cuando la pelirroja se hubo calmado, ambas se encontraron riendo y comentando tonterías. El propósito de Cecilia era que se olvidase de todo lo que habían hablado anteriormente y se sintiera cómoda, por lo que comenzó a bromear con ella, lo que Cheryl agradeció. Sin embargo, cuando estaban discutiendo sobre los personajes de una serie que ambas veían, se escuchó un portazo y después pasos rápidos bajando las escaleras. A la pelirroja se le cambió la cara y interrumpieron su charla, fijando toda su atención en el individuo que intentaba irse a toda prisa.

- ¿Tan pronto vuelve, señor Cooper?- Le preguntó Cheryl con una voz suave cuando estaba a punto de atravesar la puerta.

Él se detuvo, gruñendo y miró a las chicas que lo observaban sentadas en los sillones. Fijó la mirada durante más tiempo en Cecilia y ella entendió que sería por que no la conocía. Pero aun así, su mirada, todo él la ocasionaba escalofríos. 

- Cheryl, ¿Que hacéis sentadas ahí a oscuras?- Cuestionó él entonces.

Sí es cierto que el ambiente era algo sombrío, pues solo los iluminaba la luz de la chimenea que antes habían encendido las chicas por que tenían frío.

- Supongo que sabe que mi madre es una ramera, ¿Verdad?- La pelirroja se inclinó, levantando la espalda del sofá- Una Moll Flanders contemporánea.

Él no pareció muy sorprendido, así que Cecilia supuso que lo sabía. Aun así, no quiso decir nada. Sentía que no pintaba nada en esa conversación.

Entonces Cheryl se levantó del sofá, acercándose a él, que ponía los ojos en blanco. Su amiga permaneció sentada, analizando al que no se creía que fuera el padre de Betty, pues hasta ahora, no lo conocía.

- Lo que está haciendo podría destruir a su familia. Por eso no voy a contárselo a Betty. Pero le sugiero que vuelva a casa con su mujer e hija antes de que me arrepienta.

Ambos se miraron fijamente, casi con odio. Azul contra verde, parecía un juego a perder al más débil. Pero cuando se suponía que iba a ganar, fué el turno de Cecilia para intervenir.

- ¿Por qué lo hace, Hal?- se acordó de su nombre, mencionado por su amiga rubia- ¿Qué le falta que tenga que conseguir aquí?.
- ¿Quién eres tu para preguntarme algo como eso?- la cuestionó el mayor, mirándola de arriba a abajo- ¿Y quien eres?.
- Alguien que conoce a su hija y que es su amiga. Alguien que conoce a su mujer y sabe que no se merece lo que está haciendo- prácticamente gruñó, con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo- Es usted un cobarde. Y gracias a dios que mi padre no es como usted- Levantó la vista del suelo para mirarlo a él, con rabia- Debería darle vergüenza.

Y sin contestarla siquiera, salió cerrando la puerta de un portazo, subiéndose un coche que Cecilia no había reparado en la entrada a la vivienda. Y como luciérnaga en plena noche, así se perdieron los faros de Hal Cooper en medio de la oscuridad, una mucho más grande de la que él ya transmitía de por sí.

Cuando se vieron solas, Cecilia se giró hacia Cheryl.

- ¿Enserio están juntos?- la preguntó con una mueca en la cara. La sola idea de pensarlo la asqueaba.
- No me lo recuerdes- contestó su amiga de igual manera- ¿Practicamos Tiro?.

Eso era algo que a las dos las gustaba, pues en ambas destacaba su increíble puntería.

- ¿De noche?.
- ¿Qué puede ser más divertido, si no sabes dónde aciertas?.

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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Ginger el Vie 18 Mayo 2018, 4:16 am

Capítulo 16 - parte 1
El diablo trabaja rápido, pero no más rápido que Tara Yeller.


Ya iban cuatro días en los que Cecilia no se sentaba en su mesa.

Desde que se habían reconciliado, Cecilia y Toni pasaban la mayor parte del tiempo juntas o con Sweetpea y Fangs, pero nunca con Tara, que aprovechaba la hora del almuerzo para dirigirle malas miradas desde su mesa mientras intentaba sin éxito clavar el tenedor en el brócoli de su plato. Celos era una palabra demasiado sutil para definir lo que sentía Tara, pero eso era lo que comportaba su personalidad: una arma de doble filo que en las buenas, era la mejor, pero en las malas, más valía no cruzarte por su camino.

–Tara, estás a punto de rallar el plato –le advirtió Cheryl, mirándola de reojo mientras se retocaba el pintalabios. Josie, a su lado, asintió de acuerdo.

–Ya ha escogido con quién quiere ir, T, no vale la pena hacer más drama con eso –aconsejó la morena. Tara las fulminó con la mirada.

–Tampoco estoy enfadada –mintió–, pero pensaba que era mejor que esas víboras. Lo único que hacen es ensuciar el suelo del Riverdale High.

Cheryl alzó las cejas, sorprendida. Tara nunca había tenido mucha simpatía por ellos, pero los había respetado mínimamente al ser amigos de Cecilia. Ahora, todo ese respeto se había perdido y transformado en puro desprecio. Por todas las serpientes.

–No seas tan radical –dijo Josie, acostumbrada a hacer ese comentario múltipes veces al día por su amistad con Cheryl y Tara, las reinas de hielo–, mejor cambiemos de tema, ¿vale? Tanto hablar de Cecilia me está poniendo la cabeza como un bombo.

Cheryl asintió y Tara aceptó a regañadientes.

–Por cierto, ¿cómo va con Ayax? ¿Ya le has dicho al director que no quieres ser su tutora? –preguntó la pelirroja. Tara se llevó las manos a la boca, ahogando una maldición.

–No, cuando le quería enviar el mensaje a Weatherbee me interrumpió Jughead –contestó, sacando su móvil con rapidez y empezando a teclear–. Ojalá no sea demasiado tarde como para cambiarlo.

Evidentemente, Tara no recordaba nada de lo sucedido con Ayax la otra noche, por lo que su odio y rencor aún seguían intactos. A excepción de cuando lo espiaba cuando él no miraba en clase de Literatura y Economía. Y cuando jugaba con los Bulldogs mientras ensayaba con las River Vixens al otro lado del patio. O cuando su mirada se desviaba de Cecilia a él en la cafetería debido a que compartían mesa. Está bien, puede que lo mirase mucho más de lo que llegaría a reconocer, pero sabía disimular, y debía de hacerlo muy bien si él nunca la había pillado mirándolo.

Y eso frustraba a Ayax, que a la otra punta de la cafetería junto a sus amigos, nunca veía que Tara se girara. ¿Le daba un beso y después hacía como si no existiera? Frunció el ceño. Mejor que no lo provocara, porque él también podía jugar a ese juego. De repente, una coleta rubia apareció en la mesa, interrumpiendo sus pensamientos. Era Betty, la novia de Jughead.

–Hey, Juggy –Betty le dio un beso en la mejilla y él desvió la atención de su sonrojo con un carraspeo–. Pasaba para veros un momento y de paso hablar con Ayax.

Todos se giraron al recién nombrado con una expresión de confusión. ¿Betty hablando con Ayax? No habían intercambiado ni dos palabras en sus vidas.

–¿Por qué? –dijo Jughead, aunque todos se lo preguntaban.

–Eso es entre nosotros dos –contestó, dubitativa, y le hizo un gesto a Ayax para que viniera con ella.

Él obedeció, pero los presentes quedaron desconcertados. Sobretodo Jughead, quien sabía de la fama de Ayax con las chicas y le molestaba que su novia estuviera alrededor de él sin motivo alguno. Aparentemente.

–¿Querías decirme algo? –preguntó Ayax cuando Betty lo llevó a una esquina de la cafetería, alejados del grupo.

–No es por nada extraño, era para comentarte lo de tu tutoría de economía. En principio era Tara, pero como ella lo rechazó yo le hago de substituta. Espero que no te importe –esbozó una pequeña sonrisa–. Ah, y no he querido decirlo delante de todos por si te daba vergüenza que se enterasen de que te ayudaba en los estudios –aclaró con timidez.

Ayax se quedó bloqueado por unos segundos. ¿Tara había sido la primera opción? ¿Por qué se había negado? Meneó la cabeza, intentando serenarse.

–Pues te agradezco la ayuda, de verdad –expresó Ayax, aunque irritado por lo que le acababa de contar–. Seguro que serás una profesora genial –dijo, haciendo que Betty soltara una risita.


Pero los que no les hacía ni un pelo de gracia eran Jughead y Tara, que se miraron desde el otro extremo de la cafetería y supieron que estaban pensando justo lo mismo. Tara tenía tanta rabia dentro que podría levantar su mesa y tirarla encima de esa mosquita muerta de Cooper, pero como se había prometido ser lo más discreta posible con Ayax, se mordió la lengua y apretó las uñas contra la palma de sus manos. Pero pensó, y como el pensamiento es silencioso pensó tanto que casi salió humo de su cabeza.

El diablo trabaja rápido, pero no más rápido que Tara Yeller.




–¿Queréis un folleto? La prueba es para todos los pesos y edades, sin necesidad de inscripción previa –dijo Verónica con el brazo extendido delante de Tara y Cheryl. Estaba repartiendo lo que parecía un folleto infomativo sobre las pruebas de boxeo del instituto. Tara y Cheryl se miraron, compartiendo una mueca de desagrado.

–No hace falta, gracias –respondió Cheryl–. Mi manicura francesa no está en condiciones de empezar a golpear caras ajenas.

–Yo no llevo la manicura francesa, pero ni aunque me pagaran me metería dentro de un ring –dijo Tara.

–Como queráis.

Verónica se encogió de hombros y volvió con Betty, que la esperaba al otro lado del gimansio para seguir haciendo los ejercicios de animadoras en parejas.

Tara y Cheryl, por otro lado, se sentaron para calentar y descansar un poco de las dos horas consecutivas que llevaban bailando. Faltaban tan solo unos minutos para que el estadio empezara a llenarse de gente y los Bulldogs jugaran, pero eran suficientes para que las dos chicas compartieran unas palabras de apoyo. En concreto para Tara, a quien Cheryl la había visto más extraña de lo normal durante esos últimos días.

–¿Qué te ronda por la cabeza, T? –preguntó la pelirroja mientras estiraba la pierna derecha y se tocaba las puntas de los pies con las manos–. Tu expresión parece más amarga que la de una patata cocida.

Tara, abriéndose de piernas hasta al suelo con facilidad, la miró sin entender.

–¿Mi expresión? Si estoy bien –sus ojos se desviaron hacia la otra punta del campo, donde los integrantes del equipo de fútbol empezaban a salir en fila para coordinar posiciones–. Mejor de lo que he estado nunca antes.

Cheryl siguió la línea invisible hacia donde los ojos de Tara miraban y se encontró con el cincelado rostro de Ayax, radiante bajo los focos del estadio.

–Nunca me han soprendido tus habilidades interpretativas, Tara –dijo Cheryl–. Al contrario que yo, eres transparente como las copas de champaigne francés. Ahora dime –entornó sus ojos oscuros–, ¿qué ronda por esa cabecita llena de rizos?

Si en ese momento Tara le hubiese contado a Cheryl todo lo que le preocupaba, probablemente se habrían perdido el partido. En cambio, solo le contó aquello con lo que creía que podía ayudar. Empezó a relatar cómo se había puesto ella misma la soga en el cuello al intentar ayudar a los Serpientes en su deshaucio, mientras su amiga la miraba con expresión impenetrable.

–Y solo tengo dos semanas más para detener las obras definitivamente antes de que todo el nido de Serpientes se me eche encima –acabó en voz baja, mirando a ambos lados repetidamente para asegurarse de que nadie la había escuchado.

–Ay, Tara –repuso Cheryl, meneando la cabeza–, me gustaría decir que te mereces estar en el lío en el que te has metido y todo lo que te venga en consecuencia, pero desgraciadamente somos amigas –soltó un suspiro–. Te voy a ayudar. Mi madre aún sigue en contacto con la alcaldesa por el negocio del arce, así que intentaré averiguar todo lo posible que pueda frenar la construcción de esos hobos.

–¿Cómo qué?

Cheryl puso los ojos en blanco.

–Lagunas legales, tierras ocupadas, leyes incumplidas, representación de recursos humanos para deshauciados… –enumeró cada uno con los dedos–. Verificar cada uno nos puede dar tiempo para pensar en una alternativa.

Tara sonrió, aliviada de tener a alguien como Cheryl que la ayudase a salir de ese marrón. No creía que podía conseguir que se detuviera la demolición de la parte sur, pero aún así se sentía más ligera.

Un pitido estridente se escuchó por los altavoces. El partido había empezado.




La victoria de los Bulldogs fue reñida, pero al final consiguieron subir la puntuación en los últimos cinco minutos y superar a los Dolphins de su empate. La presencia de Ayax se notaba en el equipo; en primer lugar porque su genio se disparaba con la adrenalina y pegaba unos gritos que hacían temblar a todos los miembros. En segundo lugar, porque en su posición como tackle ofensivo derribaba a cualquiera con intención de robar la pelota y además no salían indemnes bajo el peso de ochenta y cinco quilos de puro músculo. Y en tercer lugar, porque todas las chicas del estadio, fuesen del equipo que fueran, chillaban y vitoreaban a Ayax cada vez que evitaba que les marcasen un punto. Los Dolphins perdieron por poco aquel día, pero se llevaron a casa su frágil ego masculino hecho a pedazos.

–¡Bien, joder! –Ayax tiró al suelo su casco y abrazó a sus compañeros. Le revolvió el pelo rojo de Archie y le dio una palmada a Reggie en la espalda que casi lo dislocó. No importaba lo mal que se llevaban, la euforia de la victoria era miel dulce en su paladar después de días con actitud taciturna.

–Nos has salvado el culo, hacha –dijo Archie, pasándole el brazo por su cuello.

Incluso Chad, al que al principio no le había hecho ninguna gracia que Ayax se uniera al equipo, ahora se sentía agradecido de tenerlo ahí. Lo cogió por las piernas junto a otros miembros más y empezaron a hacerlo saltar. Los aplausos eran ensordecedores y había una ovación que iba creciendo entre público y jugadores que era música para los oídos de Ayax.

–Hacha, hacha, hacha, hacha –exclamaban en un eco que se repetía cinco veces más.

Ayax se sentía en un sueño. Un sueño que nunca había imaginado y que nunca había pensado que le hubiese gustado, ya que era inconcebible que un Serpiente desease ser la estrella de un equipo deportivo en Riverdale High. Si ya le habían caído suficientes problemas solo con decir en voz alta que quería ir a la universidad, no quería ni pensar lo que diría su padre si lo viera en esos momentos.

Lo bajaron al suelo aún con el frenesí del público. Se sentía grande y capaz de hacer todo lo que se propusiera.

–Tara te está mirando –le dijo Archie al oído. Ayax se giró, pero la vio hablando con Verónica y las otras animadoras.

–No, qué va.

–Ya te digo yo que sí. No te quitaba los ojos de encima –insistió el pelirrojo. Ayax la volvió a mirar sin que nada en ella hubiese cambiado. Y no supo si fue porque en ese momento se sentía como un dios o porque las palabras de Archie le habían dado el empujón que le faltaba, pero después de sonreír al chico se fue trotando en dirección a las animadoras.

–¿Te la puedo robar un segundo? –le pidió a Verónica una vez estuvo frente a Tara.

–No hay problema –respondió ella–, de todas maneras ahora iba a ver a Archiekins –y se fue corriendo para saltar encima de su novio en un abrazo de película.

Parecía que Tara quería decirle que se quedara con ella, pero se calló cuando se encontró sola de repente. Se cruzó de brazos y miró a un punto más allá de la cabeza de Ayax, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

–¿Qué quieres?

Ayax no parecía incómodo por la brusquedad de Tara, pues sabía que todo era teatro.

–Un beso de recompensa –dijo con una media sonrisa, extasiado de endorfinas.

A Tara le pareció haber oído mal. ¿Sus sueños ahora le provocaban alucinaciones?

–¿Qué? –exclamó, incrédula.

Ayax esbozó una sonrisa risueña y se acercó más a ella. Tara se echó un paso hacia atrás, topando con la pared del campo.

–Vamos, Tara. Puedes dejar de hacerte la dura –bajó la voz y le alzó la barbilla para que le mirara directamente –. Ya sé que te gusto. Vamos a hacerlo bien esta vez.

El ceño de la chica no podía estar más fruncido en ese momento. Puso los brazos en jarras y ladeó la cabeza, sintiéndose más perdida que nunca. ¿Acaso Ayax se había dado un golpe en la cabeza?

–¿De qué cojones me estás hablando, Rider? Quererte echar un polvo no significa que me gustes.

Ayax entornó los ojos, confuso.

–¿Y por qué me besaste la otra noche? –murmuró–. Antes de echar toda la pota.

La expresión de horror de Tara fue toda respuesta que necesitaba Ayax. Claro que no lo recordaba; estaba más borracha que una cuba. Se le había pasado por la cabeza esa probabilidad, pero había pensado que un beso así no se olvidaba tan fácilmente. Obviamente no era el caso de Tara.

–¿Sabes qué? Da igual, olvida todo lo que he dicho –dijo Ayax con rapidez, sin esperar la contestación de la chica. Su confianza se había esfumado de un momento a otro y se sentía ridículo.

Pero la expresión de horror de Tara se debía más a haberlo besado medio inconsciente para después vomitar delante de él, que el beso en sí. ¿Podría algún día dejarse de humillar tanto en su presencia?

–Oye, no tenía ni idea… –intentó decir, agarrándole de la camiseta para impedir que se alejara. Ayax paró en seco–. Quiero decir, me sabe mal lo que hice.

–Debería haber deducido de que ya no quieres nada de mí después de que Betty me dijera que habías rechazado ser mi tutora –la miró por encima de los hombros, con la expresión ensombrecida–. He pillado el mensaje. Te dejaré en paz.

–¡Ayax, espera!

Se deshizo de su agarre con un rudo movimiento de hombro y se fue hacia donde le esperaban sus compañeros para entregar la copa, ignorando las llamadas de Tara.

Recogió el trofeo con desgana y se lo pasó a Reggie para que lo alzara. Su mirada era opaca y nadie sabía lo que había pasado en tan poco tiempo que le hubiera hecho pasar de cien a cero en un pispás. La gente que lo aclamaba, ahora a Ayax le parecía que se reían de él.

–¿Cómo ha ido con Tara? ¿Has hablado con ella? –le preguntó Archie cuando fueron camino al vestuario. Apretó la mandíbula y soltó un suspiro que parecía una risotada amarga.

–Prefiero no hablar de ello –dijo con un tono que no admitiría más preguntas sobre lo ocurrido. Giró la cabeza y miró a su equipo–. Bulldogs, hoy hemos ganado, pero por poco. Que no se os suba a la cabeza. Reggie –lo miró–, eres el quarterback: practica los pases largos. Has pasado tres que han sido un desastre. Tú –señaló a Luke, un chico rubio que hacía de tallback–, mi abuela sabe hacer mejores sprints que tú, vigila si no quieres que te roben el puesto.

Chad echó la cabeza hacia atrás, con actitud de mofa.

–¿Te olvidas de que el capitán soy yo, “hacha”? –recalcó su apodo, miró a Reggie, a su lado–. Pensaba que no se lo tendría tan creído ahora que Tara le ha parado los pies.

Ayax no dudó un instante en agarrarlo del cuello de la camiseta y estamparlo contra la pared del vestuario, con una ira hambrienta.

–Cómo me vuelvas a hablar de Tara te juro que te destrozo esa boca buzón que tienes, pedazo de mierda –le amenazó, a apenas unos centímetros de él. Chad asintió, pálido de golpe. Acto seguido lo echó a un lado de forma violenta y miró al resto de su equipo, que lo contemplaba con terror.

–¿Alguien más quiere buscarme las cosquillas?

Nadie respondió. Ayax se quitó el uniforme de un tirón y lo lanzó al suelo, antes de irse a las duchas. En ese momento solo confiaba en el agua fría para que le apagara las llamas que lo consumían.



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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Ginger el Vie 18 Mayo 2018, 1:17 pm

Capítulo 16 - parte 2
Los amigos no se besan




–Traigo buenas nuevas.

El rostro sonriente de Cheryl asustó a Tara cuando cerró su taquilla de golpe y la encontró al otro lado del portillo.

–Deberías ser un poco más ruidosa, un día de estos me darás un ataque al corazón –le reprochó Tara.

Cheryl hizo una mueca de aburrimiento.

–Bueno, ¿quieres saber las notícias o no?

Tara asintió, lo que hizo brillar los ojos de Cheryl.

–He oído a Lodge Junior y a Pitufina hablando sobre una pequeña investigación que hicieron al Sheriff Keller para averiguar si era Black Hood, y...

Tara mostró una expresión de confusión.

–¿Al Sheriff Keller? –la interrumpió–. Dios mío, esas dos cada vez están peor.

Cheryl sonrió con cinismo.

–Y eso no es todo. Exceptuando el hecho de que obviamente no resultó ser Black Hood y quedaron en un ridículo espantoso, sí que descubrieron algo –la pelirroja parecía no poder contenerse en sí misma de la emoción–. El Sheriff Keller y la alcaldesa McCoy tienen una aventura.

Tara se llevó las manos a la boca para ahogar un grito, sin importarle que sus manos quedaran pegajosas por el brillo de labios que acababa de aplicarse.

–¡No! ¡Pero si están los dos casados! –exclamó.

La sonrisa de Cheryl se amplió.

–Sí. Lo que se puede descubrir si estás atenta en los baños de chicas… ¡Pero ese no es el caso, T! Puedes sacar esos trapos sucios y exponerlos en el Azul y Oro. Ella dimitiría por escándalo público y se solucionaría tu épica metida de pata.

Era un buen plan. Si se pensaba con frialdad, sin tener en cuenta los sentimientos ajenos y siendo una completa perra, era un buen plan para salvarse el pellejo. Pero había un pequeño problema.

–¿Y Josie? –vaciló–. Sierra es su madre, la destrozaría encontrar en todas las portadas lo que ha hecho.

Cheryl resopló, poniendo los ojos en blanco.

–Escoge tú, Tara. Puedes esperar a que esa aventura caiga por su propio peso o revelarlo tú y salir impune de esta. De todas formas saldrá a la luz, tarde o temprano. No pierdes nada en hacerlo. En no hacerlo sí.

Cheryl se dio media vuelta y se alejó para ir a clase, con sus tacones Louboutin retumbando en la cabeza de Tara.
Esta se apoyó en su taquilla y se tomó unos segundos para cerrar los ojos y dejar la mente en blanco. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, no le habría temblado el pulso en aceptar. Pero se trataba de Josie, una de sus mejores amigas. Revelarlo sería humillarla, traicionarla. Revelarlo, la sacaría de un marrón para meterla en otro. No sabía si era el karma o no, pero sin duda estaba gafada.

–Eh, Tarada–una voz familiar despertó a Tara, que abrió los ojos de golpe. Solo hizo falta vislumbrar el pelo naranja y las pecas para que los volviera a cerrar–. Pareces cansada ¿quién te roba el sueño esta vez?

–No estoy de humor, Archie –murmuró Tara, cruzando los brazos por encima de su pecho.

Archie mantuvo su sonrisa de todas formas. Si molestar a Tara fuese deporte olímpico, él tendría la medalla de oro.

–No estoy bromeando. ¿Aún sigues con tu celibato por Ayax o has vuelto a la normalidad?

Tara arrugó la nariz. Ya eran más de ocho personas que le mencionaban a Ayax en menos de dos días. ¿Por qué simplemente no se callaban?

–De todas formas nunca he sido religiosa –contestó Tara, abriendo un ojo. Archie soltó una carcajada.

–Sabía que era cuestión de tiempo. Por eso Ayax está que se sube por las paredes.

–No te emociones, Archiekins –imitó a Verónica–, Ayax y yo hemos acabado… lo que fuera que tuviésemos. Si Ayax ha echado rienda suelta a sus instintos más primitivos y quiere hacer una remasterización de furia de titanes, consúltale a él el motivo, pero yo no soy.

Archie alzó una ceja gruesa, con la comisura de los labios en una fina sonrisa irónica. Estaba a punto de contestar “si tú supieras…” cuando su teléfono móvil empezó a sonar desde su bolsillo. Lo cogió.

–¿Diga? Señor, Lodge –su cara cambió drásticamente de expresión–, ¿qué necesita?

Tara echó la cabeza hacia atrás, esperando a que acabara de hacer su llamada. Archie se alejó unos pasos de ella y estuvo unos dos minutos hablando antes de volver.

–Trabajo; me necesitaban –explicó Archie, metiéndose el móvil de vuelta a sus vaqueros.

–Archie, no es trabajo. Ni siquiera te pagan. Pero pasas tanto tiempo con el Hiram ese que parece que estés teniendo una relación con él y no con su hija –recriminó–. Estoy convencida que te utiliza para sus sucios trapicheos.

Archie titubeó, sin saber exactamente qué responderle.

–No es verdad, Tara. Simplemente quiero llevarme bien con la familia de Ronnie.

–Y ya que estamos casarme con su padre –imitó su tono de voz.

–No empieces…

–Llevarse bien con tu suegro no significa besar por allá donde pisa.

Archie gesticuló al aire, como si quisiera hacer desvanecer el tema con la mano.

–Dejémoslo, Tara –dijo–. No quiero empezar a discutir. Cambiemos de tema –echó un rápido vistazo por el pasillo hasta que se detuvo en una pancarta gigante de dos hombres musculosos luchando con guantes de boxeo–. Mira, esta tarde ya empiezan las pruebas de boxeo. ¿No quieres probar? He oído que Cecilia se ha apuntado la primera.

–No lo dudo –susurró Tara con fastidio. Entornó los ojos–. ¿Por qué tú y Verónica estáis tan pesados con lo del boxeo? ¿Tengo pinta de querer dar una paliza a alguien?

Irónicamente, justo como estaba, de pie con los puños cerrados y la postura a la defensiva, estaba exactamente igual que los hombres del anuncio publicitario de su lado.

–La verdad es que sí –repuso Archie–. Deberías planteártelo; les faltan chicas.

Tara se imaginó con un uniforme de boxeo rosa estilo ochentero y pensó que estéticamente le quedaría genial. Como si se estuviera dando cuenta de lo que estaba pensando, echó la barbilla hacia atrás y frunció el ceño.

–Tengo que ir a clase, nos vemos después –se despidió Tara con rapidez. Archie quiso despedirse también, pero la chica ya había empezado a caminar en dirección contraria. Pensó seriamente en ir. Seguramente se encontraría con Cecilia y con Ayax, ya que todos los Bulldogs habían accedido a ir como prueba de demostración, y sin embargo, le parecía una buena idea. ¿De verdad se lo estaba replanteando? Puede que fuera masoquista. Literalmente.




–¿Tara Yellers? –gritó el entrenador–. Un paso al frente.

Tara obedeció, luciendo su body rosa neón con pantalones cortos y unas muñequeras amarillas. Estaban todos los que se habían inscrito para la prueba de boxeo separados por filas que se dividían por sexo y tamaño, y a pesar de la cantidad de gente que había, Ayax y Tara se encontraron las miradas enseguida. Las apartaron igual de rápido.

De la mirada que no pudo escapar fue la de Cecilia, que por casualidades y genética del destino, estaba justo a su lado y notaba todo el rato su mirada clavada en la de ella.

–¿Cecilia Torres? –exclamó el entrenador esta vez–. Paso al frente.

Cecilia hizo el paso, mostrando sus largas piernas en unos pantalones cortos grises y una camiseta corta roja que combinaba con sus labios. Fueran Serpientes o norteños, las miradas de los chicos fueron hacia ella, a pesar de que a Cecilia no le importaba en absoluto. Solo miraba a Tara.

Tara acabó por girarse hacia ella.

–¿Quieres parar de mirarme así? Me estás a punto de agujerear la nuca –le acusó en voz baja para que el entrenador no la pillara. Cecilia sonrió con bondad.

–Bueno, al menos ya me hablas.

Tara soltó un suspiro. Era tan inocente que estaba convencida de que ni siquiera sabía por qué estaba enfadada con ella.

–No tendría que hacerlo –contestó, girando la vista enfrente. Volvió a toparse con la de Ayax, que tenía la expresión de estupefacción más épica que se había visto en muchos años. Incluso tardó unos segundos en dirigirla a otra parte.

–No es justo, no sé qué te he hecho, T –protestó Cecilia–. Llevas una semana sin hablarme.

–A buenas horas te das cuenta –murmuró Tara, aunque no pudo evitar no pasar por alto su apodo cariñoso–. Debes estar demasiado enfrascada con Toni y los otros para acordarte de mí.

Cecilia ladeó la cabeza, incrédula.

–¡No me puedo creer que todo esto sea porque he hecho las paces con mis amigos! –exclamó.

El entrenador se giró y tocó el silbato, mirando a Cecilia.

–Torres, primer aviso. Silencio.

Cecilia asintió, aunque cuando se volvió a dar la vuelta giró otra vez la cabeza hacia Tara.

–Así que todo esto es por mis amigos ¿no? Qué infantil que eres.

Tara se cruzó de brazos y la miró. ¿Ella, infantil? Cómo se atrevía…

–¿Yo? ¿Infantil? Tú literalmente me has sustituído. O no… mejor dicho, sustituíste a tus amigos conmigo y cuando los perdonaste, te olvidaste de mí completamente –contestó, encolerizada.

–¿Ah, sí?

–¡Sí!

–¿Y por qué me tendría que preocupar ahora de hablarte, si según tú ya no me acuerdo de ti?

–¡Porque eres una bruja maquiavélica!

Era realmente divertido ver cómo seis filas de chicos y chicas estaban en completo silencio, observando a las dos únicas pequeñas pulgas que no escuchaban al entrenador, cuchicheando con ira y lanzándose miradas de odio entre ellas.

–¡Yeller! ¡Torres! –vociferó el entrenador, captando su atención. Callaron de golpe–. Ya que estáis tan metidas en el papel de luchadoras, ¿por qué no dais una muestra del buen boxeo enfrente de toda la clase? –no contestaron–. ¡Al ring! ¡Ya!

Tara y Cecilia se miraron con rabia durante un segundo y se fueron directas a la tarima.

–Cuando acabe de contar hasta tres, empezará el partido –anunció el entrenador. Toda la clase se había aproximado hacia el ring y las dos chicas sentían mil ojos encima de ellas, atentos a cada movimiento–. Uno, dos y ¡tres!

Fue en ese momento en que Tara, viendo la mirada feroz de Cecilia, recordó las veces en las que ella le había contado su sueño de estar en el equipo de boxeo del instituto y supo que la había cagado. Pero eso no es novedad; ya hemos dicho que Tara estaba gafada.

–Me cago en la leche –chilló Tara, antes de ponerse a correr por todo el ring con Cecilia pisándole los talones. O los tacones. Porque ni siquiera en clase de boxeo Tara había sido capaz de traicionar a sus pies con unas zapatillas. En cambio, llevaba unas converse blancas con plataforma que formaban parte del vacío legal del código de vestimenta.

–¡Vuelve aquí, cobarde! –exclamó Cecilia, cogiéndole por el brazo y propinándole un puñetazo en el pecho.

–¡Me has pegado en la teta! –Tara abrió la boca, sorprendida, y cambió esa expresión por una indignación crepitante–. ¡Serás zorra!

La cogió del pelo recogido en una cola de caballo y tiró hasta ponerla a la altura de sus pies. Ahí, empezó a darle tortas en la mejilla, que si bien no le provocaban ningún dolor a Cecilia, la hacían sentirse humillada.

–¡Estás rompiendo todas las reglas del boxeo, tonta del culo! –le gritó–. Va en contra de las normas.

–¿El qué? –preguntó, parando en seco. Cecilia le dio una patada con la rodilla para quitársela de encima y le dio un golpe en las costillas.

–¡Todo! –contestó, propinándole otro golpe.

Todos estaban observando la escena con gran atención. Y pitorreo. El entrenador estaba con la boca abierta, aún sin creer el gran insulto que estaba haciendo Tara contra el boxeo, mientras que Archie tenía la mano en la cara, sin saber si mirar o no. Ayax y sus múltiples personalidades parecían estar teniendo problemas para estar de acuerdo en qué expresión mostrar, pues se le veía perplejo, irritado y cachondo. Todo a la vez. Incluso Damien, al otro lado del recinto, con la fregona en mano y embutido en su traje que le iba como un guante, las miraba asombrado. Los más simples, por otro lado, como Chad o Reggie, estaban contemplando la pelea entre Cecilia y Tara como un niño viendo un unicornio: nunca habían pensado que verían algo así en toda su vida.

Tara, sin saber cómo defenderse de Cecilia, recurrió a su abanico de opciones. Golpear no era una de ellas, pues parecía que no le afectaba. Fue a por la otra opción. Cuando Cecilia fue a propinarle otro puñetazo, Tara le cogió el brazo con fuerza y la paralizó, para acto seguido lamerla.

–¿Pero qué diablos…? –dijo Cecilia, viendo como Tara le lamía el codo. Saltó de ella enseguida–. ¡Tara, por Dios! ¡Qué asco!

Tara aprovechó el momento de debilidad para embestirla contra el suelo y sentarse encima de ella.

–¡Uno, dos…! –empezó el entrenador. Cecilia se revolvía bajo el peso de Tara, pero a la vez parecía estar temblando. Tara la miró con preocupación, para observar con sorpresa que le estaba dando un ataque de risa. Seguramente por eso no se la podía quitar de encima; su risa la debilitaba–. ¡Tres! Final del combate.

Y acto seguido Tara también se estaba riendo con ella, contagiada por su risa. De pronto las dos estaban al suelo muriéndose de la risa y quitándose las lágrimas.

–Para, me duele la tripa –le dijo Tara a Cecilia a duras penas.

–¡Tú has empezado!

Después de tranquilizarse, Tara ayudó a Cecilia a ponerse de pie. Se miraron con una sonrisa. No hacían falta palabras para saber que todo volvía a ser como antes.

–Me temo tener que deciros que no ha ganado Tara porque ha incumplido al menos doscientos normas del reglamento, pero sin duda ha sido el partido más entretenido que he tenido el placer de ver –dijo el entrenador, meneando la cabeza con estupefacción–. Cecilia; buen trabajo. Tienes madera para esto. Veremos cómo te van el resto de pruebas –pasó su mirada a Tara–. Tara… No sé ni cómo te has atrevido a presentarte, pero admiro tu valentía. Aun así, alguien experimentado tendría que enseñarte las normas básicas –se giró hacia la multitud de gente, buscando a alguien en concreto–. ¡Rider, sube aquí!

Cecilia miró a Tara alzando las cejas y con una sonrisa de satisfacción mientras bajaba de la tarima y subía Ayax a su vez.

Tara frunció los labios, mirándolo de arriba a abajo. Era un completo cliché. Resulta que cuando más se odiaban, era cuando les surgían todas las oportunidades para encontrarse una y otra vez. Era casi de risa.

–Ayax, enseñarás a Tara las normas básicas del boxeo. Con cuidado, por eso –le advirtió el entrenador.

–Nunca he pegado a una chica, entrenador –contestó Ayax, inseguro. Por muy enfadado que estuviera con ella, no quería hacer daño a Tara; antes prefería hacer el ridículo y dejar que le lamiera. Entero, si podía ser. Se despejó de la imagen que empezaba a formarse en su mente.

–Y no lo harás, es solo postura defensiva –le aseguró.

Tara observó al tamaño de Ayax, quizás tres veces mayor que el de Cecilia, y de repente se sintió impotente ante la figura escultórica que tenía delante. Tenía los ojos brillantes, el pelo sedoso y ondulado y la camiseta que le abrazaba el torso trabajado. Su piel estaba tostada, besada por el sol; todo él parecía resplandeciente. Haciendo honor a su nombre, parecía reencarnado de un héroe griego recién sacado de algún mito de guerra. Y Tara, enfrente suyo, se sentía más minúscula que nunca.

–Cuando quieras –susurró él, con la voz aterciopelada. Tara no sabía si era solo ella o es que su intimidación la excitaba, pero estaba indecisa entre darle un puñetazo o lanzarse encima de él.

Probó con el puñetazo, que Ayax fácilmente esquivó. Probó otro.

Golpe, golpe, golpe. Los evitaba y detenía todos.

Patada, golpe, patada, golpe, golpe. Como si nada.

Ayax mantenía una pequeña sonrisa de autosuficiencia que sacaba a Tara de sus casillas. Parecía regodearse de que no diera ni una.

–Vamos, Tara, te veo con poca energía –dijo, con un brillo malévolo en sus ojos azules–. Pégame más fuerte, en el pecho –abrió los brazos–. Mira, me tienes a tiro.

Tara reunió toda su fuerza y la concentró en un punto entre sus pectorales, pero él ni siquiera se movió. Tara refunfuñó, sudando la gota gorda.

–Dime, ¿por qué has venido aquí si tienes la fuerza de una hormiga? –la molestó Ayax en voz baja, mientras ella intentaba darle puñetazos en los brazos y todo el torso–. Déjalo, Tara, estás haciendo el ridículo.

Tara quiso darle un tortazo en la cabeza, pero él la detuvo en un gesto rápido.

–En la cabeza no –la avisó–. Está penalizado.

Tara entrecerró los ojos. Todo lo que se le daba bien estaba penalizado, pero tenía que encontrar el modo de poderse igualar a él o al menos hacerle un poco de daño.

–¡Tú puedes, Tara! –la animó Cecilia al otro lado de la pista.

Tara respiró hondo y lo intentó otra vez, pero fracasó. La sonrisa de Ayax iba creciendo proporcionalmente a la cólera de Tara, quien quería arrancarle la cabeza de un mordisco y hacer lasaña con sus restos, aunque fuera físicamente imposible para ella.

–Te veo muy cansada –le dijo Ayax, maliciosamente–, ¿quizás este no es el deporte al que estás acostumbrada?

Esa fue la gota que colmó el vaso. El rostró de Tara se volvió sombrío, inquietante. La expresión de Ayax cambió de malicia a pánico.

A la mierda las reglas.

–¡Pedazo fantoche, hijo de puta! –se le abalanzó encima como un mapache escalando un árbol, ignorando los pitidos del entrenador–. ¡Siempre igual, siempre atacándome con el mismo tema! –siguió golpeándole en la cabeza–. ¡Orangután! ¡Paparra! ¡Cerebro de polilla retrasada! ¿Cómo te atreves?

Ayax la apartó, alejándola de él mientras ella seguía intentándole alcanzar.

–¡Tara, para ya, me das en los ojos!

–Pues claro que te voy a dar en los ojos, desgraciado –exclamó Tara, roja como un tomate–. Igual te pasa como a Edipo y empiezas a ver la realidad cuando te quedes ciego.

Ayax frunció el ceño, esquivando sus golpes.

–¡Sin manos, Yeller! –advirtió el entrenador.

–¿Qué realidad, de qué hablas? –dijo Ayax a duras penas. La empujó para que se apartara de él y Tara dio un salto hacia atrás, apretando los puños con fuerza.

–No todo gira alrededor tuyo, Ayax –chilló. Se quitó los guantes y se los lanzó a los pies con fuerza–. Deberías saberlo.

Ayax soltó una carcajada irónica.

–Tiene gracia que lo diga la persona más narcisista que conozco.

–No sabes una mierda de mí –escupió Tara, con los ojos entrecerrados como puñales afilados.

–Lo único que sé es que estás tan acostumbrada a tu elevado nivel sexual que ni siquiera recuerdas un beso inocente –contestó él. Le dolía. Joder, le dolía que Tara pensara que solo pensara en él cuando era su imagen la que ocupaba su mente la mayor parte del día.

Los ojos marrones de Tara, ignorantes de los pensamientos de Ayax, se aguaron durante un segundo, pero ella se encargó de pasar el dorso de su mano con disimulo para secar las lágrimas rápidamente, apenas imperceptibles.

–Basta, Ayax –murmuró–. No paras ni un segundo de repetirme todos mis defectos, de tirarme en cara una y otra vez que no soy suficiente para ti ¡y ya estoy cansada!

El chico echó la cabeza hacia atrás como si le hubiera dado una bofetada. Tara creía que ella no le llegaba a la altura. Había malinterpretado todas las señales que le había mandado y había estado todo ese tiempo pensado que la infravaloraba, cuando se trataba de lo contrario.

Quería decirle que era más que suficiente, que era él quien no podía alcanzar su nivel, pero sus labios fueron incapaces de pronunciar esas palabras. ¿Por qué? Aparentemente, bloqueo oral al estar delante de cien personas intentando expresar lo que sentía cuando no se aclaraba ni él mismo. Y quizás, también porque ya había hecho suficiente daño a Tara como para darle ilusiones y expectativas que no sabía ni si podría cumplir. Así que hizo lo que se le daba mejor y acabó la tarea sucia para finalizar de una vez por todas lo que nunca había empezado.
Sería lo mejor para Tara si la dejaba ir. Se lo debía.

–No me conoces, Tara, no perteneces a mi mundo –y no la dejaría. No permitiría que se arruinara la vida intentándolo–. Es mejor que seamos solo amigos.

Tara se quedó paralizada. ¿Eso era enserio? Cada palabra que pronunciaba Ayax no hacía más que echar más leña a ese fuego ardiendo que tenía en su estómago. Tenía náuseas, la bilis negra se revolvía en su interior y parecía manar de sus puños a borbotones cuando los echó hacia atrás y los dejó actuar.

Golpe en el ojo derecho. Buen gancho. Golpe profundo en la costilla. Ayax se agachó sobre sí mismo, dolorido.

–¡Los amigos no se besan! –gritó.

Y utilizó toda la fuerza pendular de su plataforma de tres pisos para focalizarla en la entrepierna de Ayax. Se desplomó al suelo con un alarido de dolor.

–Y pensar que estaba empezando a creer que debajo de esas escamas tenías algo que valiera la pena –le susurró en el oído con la voz entrecortada para que nadie más la oyera.

Le pasó por encima y se alejó corriendo, con Cecilia siguiendo sus pasos. No le golpeó más. Ayax entendió que, por muy fuerte que le hubiese dado, no habría nada que le hubiese hecho más daño que sus palabras.
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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Drea. el Jue 07 Jun 2018, 6:19 pm

Capítulo 17 - Parte 1
 Damien supo en ese momento que ya no odiaba a Cecilia, y Cecilia, que nunca había odiado a Damien.


Tras múltiples intentos, Cecilia había casi tranquilizado a Tara. Casi por que a pesar de la insistencia de su amiga, se había marchado igual que había salido de la cancha de baloncesto, que es donde se celebraban las pruebas para el equipo de boxeo. No había podido hacer mucho, por que estaba totalmente histérica y no encontraba forma de calmarla. La única cosa que se la ocurrió fue insultar a Ayax de mil maneras distintas para intentar hacerla sentir mejor, por que la otra opción era que Tara tuviera sexo con alguien y en esta ocasión estaba totalmente descartado. Así que después de una hora y media encerradas en una de las clases de las que la morena tenía llave (Cecilia no quiso preguntar por qué, ya se lo esperaba) y terminando llorando ambas llegando al límite de la situación, a Cecilia no le quedó otra que marcharse si quería saber los resultados de las pruebas. Con mucho tacto y evitando que la susceptibilidad y mal humor de su amiga dedujese la incorrecta idea de que no quería estar con ella, la explicó la situación y la dejó en el aparcamiento para que cogiese su coche y se fuese a su casa, donde podría serenarse por completo.

Con la coleta medio desecha pero ya recuperada del esfuerzo de la lucha anterior (y también del carácter de Tara, que ya era difícil de por sí), volvió casi corriendo a la cancha rezando por que no la descalificasen por haberse marchado de repente. Cuando cruzó el umbral, cogió aire y descubrió que la gente todavía se encontraba en formación. Totalmente sorprendida y agradeciendo al cielo que no hubiera terminado, se colocó donde había estado antes, por que su hueco y el de Tara todavía estaban vacíos.

- Ahora que la señorita Torres ha vuelto y no falta nadie más- El entrenador se fijó en todas las direcciones, comprobando que no existiesen huecos vacíos a parte de el de Tara, de cuya existencia estaba aliviado- ¿Nadie sigue en el baño, no?
- No, entrenador- contestó alguien desde atrás.
- He apuntado sobre la lista de los asistentes una x en el nombre de los seleccionados- Se acercó al corcho donde solían apuntar los anuncios de baloncesto y la clavó allí, con una chincheta amarilla- Si es posible, id de uno en uno y en fila, no hay ninguna prisa. Ya tendréis tiempo de amontontonaros y pegaros bien en el ring.

El hombre se apartó hacia la derecha y literalmente las 100 personas que había allí se abalanzaron sobre el papel, que ante todo movimiento, se balanceaba en todas direcciones. Cecilia no pudo ver mucho, por que había literalmente 50 dedos sobre él, que la impedían encontrarse y comprobar si tenía la x escrita o no. Tuvo que esperar unos minutos, pero cuando el ambiente se hubo dispersado un poco, tuvo una mejor visión del papel, el cual ya colgaba por unos pocos milímetros de la chincheta, a punto de caerse al suelo. Sin embargo, ante lo que había escrito en él,  Cecilia no tuvo mucho reparo en arrancarlo frente a las protestas de los que todavía no habían podido leerlo. En dos zancadas se colocó delante del entrenador, que se encontraba de espaldas. Le golpeó la espalda, con el fin de llamar su atención. Entonces se giró.

- ¿Algún problema, Señorita Torres?- La preguntó alzando la ceja al comprobar el contenido de sus manos y también la expresión de su cara, que demostraba la mayor de las furias- Enhorabuena, por cierto.

Por que sí, al contrario de lo que cualquiera podría adivinar por su gesto, si había entrado en el equipo. Pero eso no era lo que la preocupaba.

- Aquí pone que hay un equipo femenino- le explicó, mostrando la hoja donde los nombres se separaban en dos tablas diferenciadas- y los horarios de entrenamiento, que ha debido de explicar mientras yo no estaba presente.
- Sí, ¿no es lo que quería?, lleva protestando por ello años.
- Lo que yo quiero es igualdad- le aclaró, muy seria- y aquí claramente no la hay.
- No entiendo a qué se refiere- El entrenador le arrebató el horario de las manos, echándole una ojeada por encima, al no comprender- lo veo todo correcto.

Fue el turno de ella de quitarle el papel.

- Chicos entrenan lunes, miércoles y jueves de 4 a 6 de la tarde, chicas martes y viernes de 4 a 5:30- recitó, como si se lo supiera de memoria- no se usted, pero yo aquí veo una gran diferencia en cuanto a horas de entrenamientos.
- Es breve logística- se limitó a decir el mayor- algunos de los luchadores tienen entrenamientos de otros deportes y he intentado que no coincida.
- ¿Y qué pasa si a mí me coincide con otra cosa?.
- ¿Es así?
- No, pero podría- contestó, comprobando que ahora todos se encontraban pendientes de su conversación- Tampoco me ha preguntado.
- Para eso está esta hora. El horario no es definitivo- aclaró, intentando tranquilizar a las chicas, que se estaban acercando.
- ¿A Alguna os ha preguntado?- preguntó Cecilia, girando la cabeza para ver como todas las féminas negaban con la cabeza- ¿Y por qué pensar en los chicos primero?, Las chicas también hacen deportes, actividades extracurriculares- hizo una breve pausa y volvió a mirar el folio- ¿Y lo de las horas de entrenamiento?, ¿Por qué tenemos media hora menos ambos días?.
- No sé, señorita Torres, me parece lo más correcto. No es por denigrarla de ninguna forma, pero no creo que tenga usted tanta resistencia para aguantar dos horas. La he visto en clase de gimnasia- sí, esa que es una mierda y en la que nadie hace nada- Además, el equipo de baloncesto necesita el campo.

Cecilia se sobresaltó, soltando todo el aire de su interior y abriendo los ojos como platos. A su alrededor, las chicas comenzaban a enfadarse, comentándolo entre ellas.

- ¿Y usted que sabe lo que puedo soportar?- le preguntó, enfurecida- no ha visto nada de mí. Esto que está haciendo es una injusticia y también sexismo. ¿Qué es eso de dos equipos separados, por qué no solo uno?.

El entrenador rió, acompañado de los chicos de la sala que todavía quedaban.

- No sabes lo que dices, niña- negó con la cabeza, con una sonrisa entre los labios- el feminismo se te ha ido de las manos. Lo hago por vuestro bien.
- ¿Perdona, estúpido Mickey Goldmill machista?. Yo puedo con un chico perfectamente y creo que mis compañeras, aunque no las he visto luchar, también podrían. Por algo las ha seleccionado- Escupió, sin apenas pensar que acababa de insultar a un profesor.
- Las selecciono por que son capaces de ganar, pero a chicas. Y olvidaré que me acaba usted de insultar, estaría metida en un buen lío y de vuelta en el sur en un periquete.
- Yo ignoraré que acaba de usar el sur de manera tan despectiva, porque  esa manera de tratar a los alumnos tampoco está permitida- contraatacó, sonriendo por primera vez- yo creo que las chicas somos perfectamente capaces de unificarnos con el equipo masculino. ¿Algún problema, chicas?.

Se oyeron muchos ¡Ninguno!, ¡No!, ¡Así se habla!, de fondo que la dieron la razón, por lo que Cecilia se cruzó de brazos y miró al entrenador, casi saboreando su victoria.

- Esto es totalmente surrealista- murmuró él, ya cansado de discutir- ¿Y se puede saber cómo podríais ganar si no encajarías en ninguna de las características de pesos?, ¿Cómo os clasifico?
- No lo creo- su mirada se desvió a algunas de ellas, que eran bastante grandes- Y existe algo llamado técnica. No consiste simplemente en luchar, sino en dónde, cómo y cuándo- Se detuvo para hacer una breve pausa- Creo que usted debería saberlo bien, después de todo es el entrenador, ¿O no conoce su propio deporte?.

El nombrado se giró, empezando a andar hacia la puerta a paso lento, pensando en que podría hacer para contentar a todos. Hasta que se le ocurrió y antes de abandonar la estancia y apagar la luz, lo gritó a pleno pulmón.

- Entrenamiento el lunes. La que no lo supere, ¡A la calle!. No digáis que no os lo avisé.

Y aun a oscuras, las chicas celebraron su victoria en solitario, por que todos los chicos ya se habían marchado. Ya tendrían el honor de conocer la sorpresa cuando las vieron aparecer. Cecilia fue felicitada por todas sus compañeras, recordándola cómo de bien lo había hecho y dándole las gracias por su atrevimiento. Sentía la sangre caliente en sus venas y la piel de gallina, disfrutaba de haber conseguido algo justo y en beneficio de los demás. Se sintió poderosa. Se sintió completa. Así podría con quien se la pusiera por delante.

Horas después y en la hora del almuerzo, Cecilia sujetaba la bandeja con una sonrisa enorme en los labios. No podía esperar para contarle a sus amigos las buenas nuevas y después a Tara, pero ya la avisaría por teléfono. Ya lo había compartido con Cheryl, a la que se había encontrado por el camino. La pelirroja estaba deseando que pateara unos cuantos culos el lunes, al igual que lo hizo con Nick Saint Claire para salvarla la noche de la presentación del proyecto de So´Dale. Confiaba muchísimo en ella y eso Cecilia lo agradecía.

Cuando llegó a su mesa, se sorprendió al encontrarse un hueco vacío en ella, el que normalmente ocupaba Ayax. Con una expresión interrogante, depositó su bandeja y miró al resto de sus amigos, que por primera vez en años comían en silencio. Se aclaró la garganta, llamando su atención. Iba a contarles a buena noticia pero cuando vio sus caras, decidió cambiar de tema y preguntar por el desaparecido.

- ¿Y Ayax?.
- No está sentado aquí- respondió Toni a punto de llevarse una patata frita a la boca, sin darle mucha importancia.
- ¿Y dónde está?- preguntó ante la respuesta de su amiga. No la había aclarado mucho.
- Allí- señaló la pelirrosa con el dedo.

Cecilia siguió la dirección de su dedo, encontrando a su amigo entre un montón de deportistas. No le salió otra cosa que hacer una mueca al verlo allí, riendo con aquellos que anteriormente se habían burlado de él por sus orígenes y vistiendo una chaqueta de Bulldog. Aun así, pronto se serenó, entendiendo que esto era lo que él siempre había querido y ellos no eran nadie para impedírselo. Tras pensarlo unos breves segundos, tomó aire y se levantó de la mesa.

- ¿A dónde vas?- Preguntó Sweet Pea de manera burlona, adivinando que es lo que iba a hacer.
- Necesito hablar con él- Les aclaró mientras colocaba su bolso cerca de la silla de Toni, por si acaso a alguien se le ocurría cogerlo. Aunque no lo pareciese, Sweet Pea y Fangs eran unos auténticos cotillas y no quería que sus cuadernos o su móvil fueran investigados por los detectives serpiente.
- ¿Ahora?.
- He entrado en el equipo de boxeo- les explicó y ante las expresiones entusiasmadas de sus caras, decidió continuar- En el femenino. Pero las chicas queremos un equipo unificado. El entrenador nos ha dado la oportunidad de demostrar de lo que somos capaces el lunes y necesito que Ayax  me ayude a entrenar este finde.
- Podrías pedírmelo a mí- intervino el moreno, esperanzado.
- O a mí- continuó Fangs.
- A mí seguro que no, eres mejor que yo- rió Toni, mientras la abrazaba por los hombros cuando se hubo sentado de nuevo- Esa es mi chica. Me gusta que luches por estas cosas, ¡Chicas al poder!.
- Pues claro- contestó Cecilia, muy orgullosa- No iba a dejar que esos chicos y su entrenador nos machacasen. Se acabó el sexismo en este instituto, aquí empieza el matriarcado.

Y dando un golpe en la mesa, se levantó de un salto, avanzando hacia la mesa de los deportistas. Sin embargo, consiguió escuchar una última frase dicha por Fangs a su espalda.

- Me siento marginado. Tengo miedo.

Cecilia no pensó mucho en lo que estaba haciendo cuando llegó a la mesa donde se encontraba sentado a su amigo. Tenía unas pintas increíbles, pero eso no la avergonzó cuando todos se la quedaron mirando. Algunos la reconocían por ser amiga de Cheryl, Tara y Josie, pero con la mayoría no había hablado nunca más de dos palabras. A pesar de su presencia, Ayax seguía riendo de algo que le habían dicho y no se había percatado de que estaba allí, por lo que tuvo que carraspear.

- Hombre, C- la saludó, sonriendo- ¿Entraste al final en el equipo?
- Sí, de eso venía a hablarte- intentó hablar sin sentirse incómoda por la gran cantidad de miradas puestas en ella- Pero las chicas y yo hemos pedido unificarnos con el equipo masculino, y para ello tendremos que pasar una prueba el lunes. Necesito que me ayudes a entrenar.
- Espera, ¿Has dicho unificar los dos equipos?- la interrumpió Reggie, que resultaba ser uno de los seleccionados- Tía, estás más loca de lo que pensaba. Ninguna chica puede con un chico, es absurdo.
- ¿Y se puede saber por qué?- cuestionó ella, amenazante- ¿Tu única neurona y tú lo habéis decidido?, ¿O es que la falta de sinapsis te ha vuelto más gilipollas de lo que ya eres?.

Un uhhhh por parte de los demás chicos interrumpió la tensión entre ambos. De mientras, Ayax permanecía callado. No sabía que decir ni a quien apoyar, pero mientras que su corazón le gritaba que respaldase a su mejor amiga por que era lo más correcto, su cerebro le repetía una y otra vez “No lo arruines”.

- ¿Qué es una sinapsis?- Preguntó Reggie temiendo sentirse tonto entre sus compañeros. Muchos rieron a su espalda.

Cecilia no tomó mucho en consideración su pregunta, más bien se centró en Ayax y la expresión que tenía su cara. Ya por eso sabía que no tenía ninguna intención de ayudarla, pero aun así lo intentó.

- ¿Qué me dices Ayax?- intentó persuadirlo con una de sus mejores sonrisas- ¿Vendrás el sábado al Wrym?, Hay un saco de boxeo en el sótano.

El rubio se sintió muy culpable, pero aun así sabía que no podía aceptar si quería mantener su estatus en el equipo. Además de que ese día lo habían invitado a una fiesta y no podía negarse si quería ganarse la amistad de aquellos chicos. Su mejor amiga era más importante y eso lo tenía clarísimo, pero ya se lo compensaría otro día. De momento tenía que centrarse en su objetivo y ese era el equipo de fútbol, su futuro pase para estudiar becado derecho en una buena universidad.

- Lo siento, C- se disculpó, casi evitando mirarla a los ojos- tengo cosas que hacer este finde. Sabes que de no ser así te ayudaría. Puedes pedirle a Fangs o Sweet Pea que te ayuden, ellos también tienen una buena técnica.

Cecilia se mordió el labio con fuerza ante su respuesta, pero intentó respirar hondo y calmarse. No todo estaba perdido por que no la entrenase.

- Sí, Cecilia- intervino entonces Chuck- Tiene una fiesta muy importante la noche del sábado- arqueó una ceja y se lamió los labios, gesto que a ella la asqueó- Una en la que este granjero tiene que fichar a su nuevo ganado.

Empezó a mover la pelvis por debajo de la mesa secundado por sus compañeros. Era completamente repugnante.

- Ahora es un Bulldog- continuó, todos a su alrededor empezaron a ladrar- Y los perros rabiosos muerden. No entrenan ratones equilibristas- dijo, refiriéndose a su baja altura y su evidente torpeza por la que era conocida. Una que a veces fingía para aparentar.

Ella rodó los ojos y dio un paso al frente, no se quedaría callada.

- A lo mejor soy yo la que os muerda este lunes. A las serpientes nos gusta la carne blanda- amenazó ella entonces, con las manos sobre las caderas- ¿Pero sabes cual aún más?, la atiborrada de esteroides. Ya sabes, esos que te tomas todas las mañanas en los batidos de proteínas que tu mamá te prepara. No me subestimes, Chuckie Chuck. No si no quieres probar mi propio veneno.
- ¿Eso es una amenaza? - se carcajeó él inclinándose sobre la silla.

Se subió la manga de la camiseta, dejando ver un pronunciado Biceps. Uno que debía impresionarla, pero no lo hizo.

- ¿Con esa birria quieres impresionarme?
- Para que sepas a lo que te enfrentas, bonita. Pero tengo otras maneras de usarlos. Ya sabes, para sujetarte mientras cabalgas.

Su comentario pareció llegar al límite de Ayax, que no pudo evitarlo y saltó en su defensa.

- Basta ya, Clayton- le soltó, mirándole amenazante.

Una cosa era vacilar y otra insinuar cosas. Y eso no iba a permitirlo.

- Vale, vale, príncipe azul- se rindió el moreno, con las manos en alto- solo era una broma.
- Las bromas te las metes por el culo, enchufado- lo insultó Cecilia, refiriéndose a que su padre era el entrenador en el equipo de fútbol y por eso tenía tan buen puesto- Ni en un millón de años estaría contigo. Y Ayax, no hace falta que me defiendas. Sé hacerlo yo solita perfectamente, y ya tendréis todos ocasión de comprobarlo el lunes.

Y así se marchó, sin dejarlos decir una palabra más contra ella. Pero al igual que antes, cuando dejaba atrás su propia mesa, escuchó unas palabras a su espalda. Unas que no habría querido escuchar. Estaba bastante lejos para volver y no quería problemas, pero Reggie se merecía un buen puñetazo. Uno que le habría dado sin dudarlo de no ser por la risa de Ayax ante su comentario.

- Ahora tiene carácter. Me gusta. Lo habrá sacado de juntarse tanto con Tara, ya sabeís: los cachorros siempre se parecen a las perras de sus madres.

Llegó a su mesa totalmente enfadada. Poco más y le salía humo por la nariz cual dragón. Dio un golpe a la mesa, uno más fuerte del que había pegado al levantarse de ella hace una media hora. Así llamó la atención de sus amigos, que la miraron sorprendidos pero sin poder hablar antes de tragar, por que todos tenían las mejillas infladas de la cantidad de comida que estaban masticando en ese momento.

- ¿Qué ha pasado?- La preguntó Fangs- Te hemos visto discutir con ellos. ¿Ayax te ayudará?.
- Para nada- Respondió ella mientras empezaba a comer- Tiene una fiesta. Pero no es por eso que me enfado.
- ¿Es por esa gente con la que ahora se junta?- se atrevió a decir Sweet Pea- Son unos imbéciles.

Toni lo fulminó con la mirada.

- ¡Sweets!, No tenemos derecho a insultarlos. No los conocemos.
- No, si tiene razón- la interrumpió la recién llegada- Son estúpidos. Van de muy machos por llevar esa maldita chaqueta. Pero veremos quién ríe el último cuando el lunes le de a uno de ellos una paliza.

Los tres rieron, temiéndose lo peor. Cecilia ya de por sí golpeaba fuerte, pero esos deportistas tenían suerte si les dejaba un solo ojo en su lugar. Se había entrenado desde pequeña con luchadores mucho más grandes y musculosos de lo que esos bulldogs se creían ser. Ninguno quería correr su misma suerte ahora que estaba enfadada y rabiosa con ellos.

- No puedo esperar- Dijo Sweet Pea con una sonrisa enorme. ¿Un poco de sangre bulldog derramada por una chica casi serpiente?, ¿Qué había mejor que eso?.

Casi a la hora de terminar la jornada escolar, Toni y Cecilia se dirigían al baño de chicas. Ambas iban enfrascadas en una conversación sobre un rumor sobre una modelo famosa que estaba dando mucho que hablar. Sin embargo, cuando llegaron al umbral de la puerta, Toni entró sola y Cecilia se quedó a esperarla en el pasillo. No pudo evitar asomar la cabeza cuando vio a Cheryl dentro, mirándose en el espejo mientras hacía una llamada que acababa de terminar.

- ¿Le acabas de contar a Jughead que Betty y Archie se besaron?- La recriminó la pelirrosa mientras se lavaba las manos y se observaba también en el espejo.

Ese era un dato que Cecilia sabía, por que Betty se lo había contado. Ahora que Jughead lo sabía a saber que pasaría de ahora en adelante.

- Sí, eso acabo de hacer- La contestó Cheryl aún sin dirigirla la mirada.
- ¿Y tenías alguna razón?
- Oh es verdad- Cerró el pintalabios rojo que estaba a punto de usar y se giró hacia ella, sonriendo de la manera más falsa que Cecilia había visto nunca- Eres nueva. ¡Hey!, Soy Cheryl Blossom mejor conocida como Cheryl pivón, lo que significa que no necesito ninguna razón. Simplemente, lo hago- declaró- siéntete libre de temblar.

Toni frunció el ceño no sabiendo si sentirse ofendida por sus palabras, por que parecía que estaba infravalorando al resto. Sobre todo a ella, a la que la acababa de tratar de tonta. Sin embargo, debajo de toda esa actitud prepotente, supo ver que algo la estaba machacando. Había algo personal que la estaba matando por dentro y era eso lo que la obligaba a ser así. Esta fue la primera vez que alguien se compadeció de Cheryl Blossom sin ni siquiera verla derramar ni una lágrima, pues había sabido verla por dentro.

- Tengo una idea mejor- Toni se acomodó la mochila y Cheryl, que acababa de volverse al espejo se giró, expectante- ¿Por qué no me cuentas lo que te está molestando?, Por que claramente estás sufriendo mucho.

Entonces fue cuando la tomó del brazo, intentando transmitirle tranquilidad y la sensación de que alguien la apoyaba. Sin embargo, Cecilia pudo ver el nerviosismo que esto infundió a Cheryl, que empezó a temblar y a mirar la unión de la mano de Toni con su propia piel. Hizo algo que se esperaría de ella, pero que las tres chicas de la habitación sabían que no era lo que realmente quería.

- ¡Quita tus sucias manos de serpiente de mi cuerpo!- exclamó mientras apartaba la unión entre ellas de un manotazo. Después, se apresuró en coger su bolso y marcharse, no sin antes mirar a Cecilia, que lo había escuchado todo.
- ¡Cheryl!- La llamó, intentando que se detuviese- ¡Espera!

La siguió unos cuantos pasos, pero cuando estuvo lo suficientemente lejos y solo alcanzaba a ver un destello de su pelo entre todos los estudiantes, volvió al baño donde todavía se encontraba Toni, lavándose las manos por segunda vez, por que ya lo había hecho antes.

- ¿Me quieres explicar que ha sido eso?- La preguntó Cecilia mientras se colocaba en frente suyo, interrogante y con mucha curiosidad.
- Nada- Respondió Toni, sonriendo ahora secándose las manos. No tardó mucho en coger sus cosas y salir también del baño.

A Cecilia se le había quedado una cara de tonta impresionante y no sabía que pensar de lo que acababa de pasar. Ni siquiera se creía que había ocurrido de verdad, porque había sido como una escena de película. Después de recuperarse del susto, también salió del baño, esperando encontrar a alguno de sus amigos con el que poder volver a casa. ¿Por qué siempre de alguna manera u otra se quedaba sola?

Horas después y ya caída la noche, Cecilia se encontraba en el sótano del White Wrym. Vestía ropa de deporte y tenía sujetado el pelo en una apretada coleta alta que se balanceaba hacia los lados por cada golpe que atizaba al saco que se encontraba colgado bajo una de las cañerías. Sus manos estaban protegidas por vendaje blanco, pero aun así se alcanzaba a ver la rojez sobre sus nudillos que demostraban el esfuerzo que estaba haciendo en ese momento. Al ser golpeado, el saco emitía un leve chirrido que ella ya no alcanzaba a oír por que estaba totalmente concentrada. Usaba un método muy común pero a la vez muy eficaz: ponerle cara. La morena destilaba rabia al sentir sus golpes contra el rostro de Reggie o Chuck, a los que imaginaba totalmente magullados y pidiendo clemencia por haberla infravalorado.

Se sentía en un trance tan profundo que a penas escuchó cuando se abrió la puerta del sótano y por ella entró un chico con el pelo rubio desordenado. Cargaba un enorme saco con hielos y rápidamente lo dejó dentro del frigorífico que se encontraba en una de las esquinas. No planeaba detenerse, pero ver a la chica desfogarse contra el saco llamó completamente su atención. No pudo evitar fijarse en su figura, en el top de ombligo pegándose contra su piel gracias al sudor y en sus piernas y brazos, que se movían rápidamente, tensos y sin pausa, haciendo uso de unos buenos reflejos, pero según su propia perspectiva, no los suficientes. El saco sobre el que se impactaban los golpes estaba deshilachado y a punto de caerse, su agarre era mínimo y por eso se balanceaba con cada vez más fuerza a veces obligándola a ella a esquivar sus propios puñetazos a la inversa. A parte del sonido que producía este movimiento, era el sonido de su propia respiración, muy forzada, el único de la sala. Damien podía quedarse horas observando el movimiento de sus labios abriéndose y cerrándose para dejar pasar el aire.

De repente, todo en lo que estaba pensando le pareció de lo más ridículo y se obligó a sí mismo a poner la mente en blanco. Esto no duró mucho por que pronto pudo verla vacilar, momento en el que el adversario podría tener una posible oportunidad y se decidió a intervenir o más bien a vacilar.

- Lo estas haciendo mal- la recriminó, acercándose al saco y sujetándolo para que dejara de moverse- ese último golpe tenía que haber estado más centrado. Nunca se puede golpear en el costado si no quieres perder a propósito. Es algo que hasta un niño de 3 años sabe.

Ella se volvió, sorprendida y con la boca entreabierta. Se apretó la coleta, sintiéndose un poco ridícula y lo miró, furiosa. ¿Por qué se tenía que meter en todo?

- Gracias por el consejo, pero ya lo sabía- le dio otro golpe al saco, que volvió a trastabillar, pero rápidamente fue atrapado por el rubio.
- ¿Cómo cojones se te ocurre querer luchar contra esos tíos?.
- No te importa- se limitó a contestar ella mientras intentaba seguir a lo suyo.

Pero nuevamente, ese intento fue frustrado. Damien no quería irse. No entendía por qué, pero quería ayudarla. Había estado presente en la discusión que había tenido con el entrenador y más tarde en el comedor con esos Bulldogs y la actitud que tenían le parecía de lo más machista. No es que él fuese lo más feminista del mundo, pero al menos intentaba no ser injusto. Dentro de las serpientes había muchas chicas más fuertes que él, luchadoras experimentadas desde niñas, y no era algo que lo avergonzara. Al revés, adoraba que le enseñaran y le hiciesen morder el polvo, porque era una manera de impulsar su automotivación y el deseo de ser mejor cada día. Sabía que no todos los hombres pensaban así y era una filosofía propia, pero a pesar de no soportar a Cecilia lo más mínimo, quería ayudarla. No soportaba a esos estúpidos deportistas y quería verlos tragarse sus palabras. Se habían metido con una serpiente (casi) y ellas no se andaban con juegos de niñas. Mujer o no, por orgullo propio tenía que machacarles.

- Tienes que ganar- la ordenó, mientras dejaba el saco libre y se vendaba sus propias manos- Esos pijos de chaqueta se han metido con las serpientes y contigo. Seas tú una o no, no debes defendernos a nosotros y a ti misma.

Se colocó a su lado y después al otro lado del saco, emitiendo un golpe muy fuerte que indirectamente golpeó a Cecilia en la cara, que en milésimas de segundo se volvió igual de roja que sus nudillos.

- ¡Ay!, ¡Joder!- se quejó mientras intentaba recuperarse del daño infringido.
- No has estado rápida- la riñó mientras lo intentaba de nuevo.

Esta vez y por suerte, Cecilia si esquivó el golpe.

- ¿Se puede saber a qué viene esto?- Le preguntó la morena mientras intentaba hacer lo mismo con él, que mucho más rápido, no dejó ni que el saco le rozara.
- Te ayudaré a que ganes.
- ¿En que te beneficia a ti?.
- En nada, simple orgullo propio- contestó el mientras volvía a golpear el saco. Ella aprovechó la fuerza emitida por él para remitir otro golpe, que esta vez si le alcanzó- Esa ha sido muy buena.
- ¿Quieres verme ganar como parte de los serpientes o simplemente quieres ver a uno de esos niñatos perder?- Cuestionó ella con una sonrisa por haber conseguido al menos darle una vez.
- Ambos- se limitó a decir- Ahora calla. Necesito que te concentres al máximo en la lucha. No puedes permitirte fallar como antes.

Como siempre, igual de inexpresivo, pensó Cecilia mientras seguía el juego que Damien había empezado con el primer golpe. Así continuaron durante horas, la pequeña ventana que comunicaba ese sótano con el exterior fue testigo del inicio de la noche y la luz empezó a disminuir. Ambos estaban cada vez más cansados y raramente hablaban, lo único eran regaños de él cada vez que ella hacía algo mal y eran frases cortas tipo, “más a la izquierda” “a la derecha”, “así no”… ect. Aun así, por una extraña razón se sentían cómodos. Ninguno de ellos lo habría pensado anteriormente, en compartir un mismo espacio durante más de quince minutos y no matarse en el intento. Sin embargo, ahí estaban, como profesor y alumna, disputando una partida de ajedrez que eran sus propias vidas, sin saber hacia dónde se dirigían.

Sin embargo, cuando fue demasiado tarde como para volver al parque de caravanas en solitario (siendo muy probable que te atracaran en el intento), Damien dio por finalizado el entrenamiento y así se lo hizo saber a ella cuando empezó a descolgar el saco. Ella rápidamente quiso ayudarle, estirando primero los músculos y luego alzándose de puntillas hasta conseguir la altura suficiente. Sin embargo, en este intento las manos de ambos terminaron una sobre la otra sobre el mosquetón que colgaba de las cañerías y ambos se miraron, sin saber que hacer. Fueron solo unos segundos de tensión hasta que Cecilia retiró su mano y Damien descolgó el saco.

- Gracias por ayudarme- La morena rompió el silencio y cuando él se giro a mirarla a los ojos, se inclinó para coger su mochila- Fui una perra contigo cuando te tiré los cubos. Tardarías horas en limpiar todo eso.
- La verdad es que sí- admitió el, llevándose uno de los brazos detrás de la nuca para acariciarse el pelo, gesto que le tranquilizaba- pero luego quedó más limpio que antes. Yo todo lo que hago lo mejoro.

Cecilia rio, incrédula de que hasta para algo que se suponía que iba a irle mal hubiera terminado mejor al darle la vuelta a la balanza. Era imposible que a él todo le saliera bien cuando ella era un desastre. Que injusta era la vida.

- La verdad es que lo siento por eso- se disculpó lo más sincera posible- No sé que me pasó. La verdad es que…
- ¿La vida popular y los aires de grandeza te consumieron?- la interrumpió empezando a quitarse el vendaje de las manos- Lo sé, me pasa todo el tiempo. Pero la diferencia entre tu y yo es que yo soy así.
- Lo tengo muy claro.

El silencio volvió a consumir la habitación mientras ambos intentaban deshacerse de las pruebas de que ambos habían estado allí, recogiéndolo todo. Pusieron el saco donde estaba, el vendaje en la basura y las cajas llenas de bebida en donde estaban en un principio, en el centro del sótano. Cuando terminaron y cada uno cogió sus respectivos objetos personales, salieron por la puerta no sin antes apagar la luz.

- Te acompaño a casa- la ofreció el mientras empezaban a andar juntos.
- No hace falta- intentó excusarse Cecilia. Sentía que había abusado demasiado de su tiempo.
- Cecilia, vivimos al lado.
- Bueno, entonces vale- asintió convencida, más bien aliviada, temiendo por su vida si volvía sola a casa.

Otra vez volvió el silencio durante los quince minutos que duró el camino y los dos lo agradecieron, por que realmente ninguno de ellos sabía que decir. Atravesaron el Southside High y varios metros de la calle de los bares hasta que llegaron al parque de caravanas. Cuando llegó el turno de ir cada uno por su lado, ambos se miraron, dudando entre despedirse o marcharse sin más.

- Mañana a la misma hora- anunció él, mientras se giraba con intención de marcharse con el fin de evitar una tensa despedida.

Sin embargo, una última duda se iluminó en la cabeza de Cecilia y enseguida supo que no podía irse sin conocer su respuesta.

- ¡Damien!- lo llamó.

El se giró, mirándola interrogante. La oscuridad de la noche apagaba su pelo rubio pero a la vez hacía ver más sus ojos, que la miraban curiosos desde unos metros más lejos.

- Nos llevamos fatal. Estamos todo el día peleando y tú me consideras inferior a ti- le explicó, con la cabeza en alto- ¿Se puede saber por qué me ayudas?

Una sonrisa burlona atravesó el rostro de él antes de contestar. Esto la tranquilizó un poco.

- Te ayudo por que eres lo suficientemente torpe como para que te maten, a pesar de ser buena- la aclaró, sin titubear a pesar de haberla hecho un cumplido- No eres serpiente, pero aun así llevamos la misma piel, no voy a dejar que hagas el ridículo.
- ¿Y se puede saber por qué no?
- Porque a pesar de estar borracho, todavía me acuerdo de cómo me levantaste del suelo la noche de la fiesta y me cargaste de tus hombros hasta mi casa. Me descalzaste y me tapaste con una manta, asegurándote de que la puerta estaba bien cerrada antes de irte, en silencio para evitar despertarme. Por eso mismo, Cecilia, por que los serpientes ayudan a los suyos.

Y sin decir nada más, volvió a girarse en dirección a su caravana dejándola a ella con la boca abierta, literalmente. Fueron unos escasos minutos, pero cuando Cecilia comprobó que estaba lo suficientemente lejos y no iba a volver, ella también empezó a caminar. Sin embargo, en el camino a sus respectivas casas, ambos mantuvieron la mente ocupada en el otro, como la primera vez de muchas que se darían días, semanas y meses después. Él admitió que ella era fuerte, alguien a quien respetar y a quien no tenía que menospreciar por el simple hecho de no vestir de cuero. Ella supo ver que él tenía sentimientos, y que cualquier piedra podía romperse sí uno realmente se detenía a analizarla. Eso, y que era muy buen profesor. Damien supo en ese momento que ya no odiaba a Cecilia, y Cecilia, que nunca había odiado realmente a Damien.

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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Drea. el Mar 28 Ago 2018, 5:55 pm

Capítulo 17, Parte 2
La venganza se sirve en plato frío


- ¡Basta!. Ya no puedo más.

Los delgados brazos de Cecilia se soltaron de la cañería y el golpe de sus pies contra el suelo resonó en las cuatro paredes que comprendían el sótano del Wrym. Respiraba con dificultad, como si el aire fuera a huir de sus propios pulmones a través de la boca, que permanecía abierta de par en par intentando recuperar el aliento perdido. Le dolían los músculos y las articulaciones, saturadas debido al exceso de esfuerzo y ya no sabía cómo colocarlas para poder soportar un segundo más encima de la barra. Llevaban entrenando horas, todo había sido muy fácil al principio, pero ya caída la noche y después de todos aquellos ejercicios, este último, el de las barras, le estaba resultando desgarrador. No es que no lo hubiese hecho antes, el street workout era una manera muy común de entrenar para los serpientes por la falta de medios, pero nunca lo había practicado en unas condiciones como aquellas, tan agotada y con las extremidades tan agarrotadas. Aun así, había que decir que había aguantado bastante.

- No estás respirando bien ni conteniendo la tensión en el lugar correcto, por eso se te hace muchísimo más duro. Vuelve a subirte.

Cecilia miró a Damien con una mueca en la cara. No creía que fuera a aguantar un solo segundo más allí arriba y se lo hizo saber con un fuerte resoplido. Además de que tenía las manos entumecidas, ni siquiera las sentía. Ya si el agarre no era firme, menos tenía que hacer.

Llevaban entrenando todo el fin de semana para la pelea del lunes, en la que se ganaría su propio lugar dentro del equipo masculino de boxeo. Apenas habían visto la luz del sol fuera del sótano y la única pequeña ventana que les servía como reloj personal para saber cuándo era el momento propicio para parar. Ella sabía que Damien solo estaba siendo amable y medio devolviéndola un favor, por eso se había estado esforzando por comportarse lo mejor posible con él y evitando en muchos casos soltarle una buena contestación. Sin embargo, en ese momento, el color enrojecido de su rostro y el abundante sudor sobre su frente disimulaban la mar de bien las ganas que tenía de darle un merecido puñetazo. Siempre sacaba pegas de donde fuese, a pesar de que intentaba ayudar -a su manera- y eso la ponía demasiado nerviosa como para saber controlarse.

Pero aun así, intentó tomar aire y contestarle lo más civilizadamente posible.

- No creo que aguante un segundo más- Le aclaró, con la voz entrecortada aún sintiéndose fuera de sí.

Damien la miró, seriamente y a la vez malhumorado, como sí él también se estuviese conteniendo en su presencia. Se dedicó a analizarla, como si comprobara si ella estaba lo suficientemente cansada o siquiera hubiese hecho lo mínimo y suficiente. Tras un fuerte gruñido, él mismo se subió a la barra y la miró, invitándola -o más bien obligándola- a que se uniese a él.

Ante esto, a ella no le quedó más remedio que ocupar el lugar a su lado, insultándole en su mente en todos los idiomas que conocía.

- Uno- Contó el rubio mientras estiraba los brazos y después los flexionaba, subiendo y bajando su cuerpo sobre la barra. Ella lo imitó, casi con la lengua fuera- Dos, Tres- repitió este gesto dos veces más, intentando que ambos fueran a la par.

Pronto el sudor de los dedos de Cecilia la pasaría factura. Eso y el cansancio acumulado provocaron que volviera a caerse al suelo, pero esta vez sin tanta suerte de caer de pie. Soltó un alarido de dolor y se levantó rápidamente e intentando minimizar el dolor, tal cual la habían enseñado desde la infancia, nunca demostrando una posible vulnerabilidad. Sin embargo, Damien que ya parecía conocerla lo suficiente por haberla observado pelear, rápido se descolgó de la barra al notar que si se había hecho daño de verdad.

- Tienes que dejar de hacer fuerza con los brazos y usar tu cuerpo- la explicó mientras la alcanzaba un par de hielos del congelador, los cubría con una toalla y se los ofrecía. Cecilia se lo agradeció en un susurro mientras se los colocaba en la muñeca. - Ese es tu único problema y debilidad. No utilizas todo tu potencial. Te centras en lo obvio y olvidas la particularidad. Este no es un ejercicio para fortalecer los brazos, sino a una entera tú, necesitas concentrarte.

Ella asintió con la cabeza, molesta. Con él, por nunca aceptar nada por bueno y por otra, con ella misma, por no hacerlo lo suficientemente bien como para que no pudiese encontrar ni un mínimo defecto.

- Hazme caso, Cecilia. Eres una buena luchadora, pero perderás si te despistas.
- Intento no hacerlo- se excusó ella, negando lo evidente- Pero cuando estás concentrado es imposible pensar en todas las posibilidades. Solo pienso en ganar.
- Entonces no te estás concentrando . No estás entrenando bien y peor lo vas a hacer el lunes si no empiezas a seguir bien mis consejos.
- Ya lo sé, pero supongo que eso me saldrá en el momento- intentó convencerse a sí misma, casi sin éxito- cuando tenga la cara de cualquiera de esos gilipollas delante, sabré que hacer.
- No, no sabrás que hacer- la interrumpió él- La rabia te vuelve animal, anula tu humanidad y precisamente la necesitas para atacar con todo lo que tienes. Un lobo tal vez sea listo y sepa dar dos buenas mordidas a la yugular, pero luego se queda sin saber que hacer. Por eso las serpientes son más listas, siempre tienen un buen movimiento final- aclaró, intentando que comprendiese la diferencia entre los dos tipos de animales.
- No lo entiendo.
- Lo que te intento explicar es que tienes que dejar de focalizarte en la rabia para la pelea. Dejar de ponerle caras al saco. Usa el ingenio, diseña una buena estrategia y así los tumbarás a todos. Pero mientras sigas sin hacerme caso, terminarás machacada en el suelo. Y jamás te respetarán.
- No necesito respeto- contraatacó Cecilia, focalizándose en las últimas palabras del rubio y olvidándose de todo lo demás- De todas maneras en el norte no lo tengo. Lo que quiero es igualdad y no solo para mí, para todas. Necesito ganar por eso.

Damien negó con la cabeza y volvió a subirse a la cañería que usaban como barra de ejercicios y le indicó con la cabeza que lo acompañara.

- No irás enserio, sabes que me he hecho daño en la muñeca. Ya he tenido suficiente.
- ¿Y qué? - Cuestionó él, de espaldas a ella mientras se balanceaba lentamente, aún de puntillas rozando el suelo- En el ring también te harás daño y puede que pienses que no durarás más. ¿Eres de las que se rinde o de las que lucha? Yo que tú haría mi elección rápido, no vaya a ser que pierda más el tiempo contigo.

Más por propio orgullo que otra cosa e intentando dejar de lado los intensos calambres que sentía en la muñeca, volvió a colgarse de aquella tortura infernal y cerró los ojos, intentando dejar la mente en blanco hasta que su cruel dictador (¿o era entrenador?) diera orden al comienzo de las muchas flexiones que la esperaban, a su pesar. Sin embargo, se mantuvo en silencio hasta pasados unos minutos, cuando se giró hacia ella y adoptó una sonrisa felina en los labios.

- Abre los ojos y deja de poner esa cara de gota, que parece que estuvieras cagando.

Cecilia abrió los ojos de golpe y lo miró, frunciendo el ceño muy sorprendida. Se habría imaginado cualquier comentario despectivo menos ese. Además, de que jamás había visto esa sonrisa. Lo conocía lo suficiente para saber cuando quería fastidiar o hacerla daño como normalmente, por que siempre la sonreía con desprecio y maldad. Sin embargo, esta era diferente: era como si estuviese bromeando de verdad con ella.

- ¿Cómo?.
- Ya sabes, el pez gota- continuó Damien adoptando una mueca cada vez más perversa- ese que sale en los típicos memes de twitter, que es rosa y tiene cara de estreñido.
- ¿Estás diciéndome que me parezco a un pez feo?- le preguntó ella entonces, sin saber muy bien si sentirse ofendida.
- Oh si, eres igualita. - recalcó él- Y no es solo feo, es el más feo según internet. Espera a que luego te enseñe una foto.

La morena resopló, aún sin creérselo del todo.

- Hombre muchas gracias por el cumplido, Flynn. Me hace sentir mucho mejor. Soy despistada y fea, lo tengo todo en esta vida, no sé como un príncipe no se ha casado ya conmigo.
- Ya sabes que soy un caballero- entonces hizo una breve pausa, como analizando lo que acababa de decir- Espera, ¿príncipe?.
- Déjalo- masculló Cecilia entre dientes, molesta de que eso fuera lo único en lo que se hubiese fijado. Y no en que la acababa de insultar.
- Bueno no hay príncipes en Riverdale y tampoco en estados unidos en general. Está el príncipe Carlos de Inglaterra, ese de las orejas, ¿su mujer no fue la que murió en un accidente de coche?. Está soltero ahora.
- Damien, ese hombre tiene 70 años. Y además está casado. Diana (la que murió) y él estaban separados. No puedo creer que no te sepas la historia- le explicó- Además, ¿Has visto lo feo que es?. No sé de donde habrá sacado los genes su hijo Harry, pero de él seguro que no. Es guapísimo, pero creo que se va a casar dentro de poco- se lamentó.

Y sí, sin darse cuenta habían acabado como dos abuelas cotilleando sobre la familia real inglesa.

- Ah sí, ya me acuerdo.
- En España y Holanda no hay príncipes, pero hay uno en Dinamarca que mataría por ver de cerca. Encima creo que tiene nuestra edad.
- Vaya Torres, no sabía que te interesaba tener un marido humilde- se burló él- te había tomado por apuntar más alto.
- ¡Sabes que no soy tan interesada! – le espetó ella.
- No soy yo el que tiene fichados a todos sus futuros partidos millonarios.
- Es simplemente curiosidad.
- Ya, ya…

Al pensar que podría tener una mala imagen de ella, se puso aún más roja que por lo que le provocaba el esfuerzo de seguir colgada de aquella barra.

- Seguro que a ti también te gustan esas actrices y modelos esqueléticas de Victoria Secret. No lo niegues.
- No conozco a ninguna modelo de Victoria Secret- contestó Damien, totalmente enserio.
- Mentira- se negó ella, sin podérselo creer.
- Es verdad, no uso mucho internet- admitió el rubio.
- ¿Barbara Palvin, Adriana Lima?, ¿Miranda Kerr?- él negó con la cabeza- ¿Bella y Gigi Hadid?.
- ¿Quién?, Ya te he dicho que no conozco a ninguna.
- ¿Entonces cómo sabes que tipo de chicas te gustan?- le preguntó entonces, casi pareciendo interesada- No tienes referentes.
- No los necesito. Si una chica me gusta, o la invito a salir o me acuesto con ella- respondió firme y muy convencido- No necesito estar detrás de ninguna pantalla para eso.
- Vaya…

La verdad es que su respuesta la había dejado muda.

- Sí, bueno. Que se le va a hacer, tengo más cojones que otros. Pero eso no significa que tengamos distintas intenciones.

Totalmente cierto.

- Comprendo- se limitó a decir, casi con las palabras atascadas en la garganta. No se la ocurría nada mejor que contestarle a eso.

Un breve silencio se interpuso entre ellos, dejando a ambos pensando sobre su respectiva opinión sobre la conversación hasta que a Damien se le ocurrió mirar hacia el reloj digital de su muñeca.

- Oye, no sé si te has dado cuenta, pero llevamos veinte minutos aquí arriba, creo que ya ha sido suficiente por hoy.

Se descolgó de la barra y cayó de pie sobre el suelo, acompañándole segundos después ella, que se estiraba los dedos de las manos con ímpetu, porque todavía le dolían.

- ¿Ves como no es para tanto?- La preguntó mientras empezaba a descolgar el saco con el que habían estado practicando- Has estado tan concentrada en hablar conmigo que no te has dado ni cuenta.
- Supongo que sí- admitió Cecilia, reconociendo que tenía razón.
- Lo has hecho bien, de todas maneras, quiero ver si realmente me has entendido. ¿Quedamos mañana a la misma hora?, es tu último día para practicar.
- Sí, claro- contestó ella intentando recordar si tenía planes para el domingo por la tarde. Pero no, estaba completamente libre.

Ambos terminaron de recoger todo el material que habían utilizado y se colocaron sus respectivas chaquetas antes de apagar la luz y cerrar la puerta del sótano.

- Entonces te veré mañana, pececillo.
- ¿Pececillo?- le preguntó ella, muy confundida.
- Sí, como el pez gota al que te pareces. A partir de ahora te llamaré así.

Ya caída la noche y después de una buena ducha, Cecilia se encontraba en el descapotable rojo de Tara de camino al cine. Por fin la había convencido para que aceptara salir una vez con ella y con sus amigos y estaba emocionada. De verdad que quería que Toni y los chicos se llevaran bien con Tara, por que era importante para ella no tener que elegir entre ambos otra vez. Aunque solo iban a ver una película que llevaba varios días en cartelera, se había arreglado como si fuesen a salir de fiesta a una discoteca. Quería que todo saliese perfecto y su vestuario no iba a ser menos.
A su lado, Tara también conducía nerviosa. Se le notaba en los golpecitos que daba al volante en los semáforos o lo que la costaba coger la marcha correcta al estar temblando. La verdad no era la impresión lo que la preocupaba, por que la conocían lo suficiente para saber como era, sino el no encajar bien y terminar apartada. Sabía que Cecilia no iba a dejarla sola, pero tampoco sabía muy bien de que hablar con ellos y menos sabiendo que el viernes le había pegado una paliza a su amigo delante de todo el instituto. A pesar de la preocupación en la mente de ambas, habían conseguido establecer algún tipo de conversación.

- ¿Y dices que te ha comparado con un pez feo?.
- Sí, el pez gota- respondió Cecilia mirándose el pintalabios por el espejo retrovisor- Lo he buscado en internet y mira que es horrible. No me puedo creer que me parezca a algo así.

Tara rio entre dientes, sin creerse la inocencia de su amiga.

- Ay C, seguro que lo decía en broma.
- Parece que no lo conocieras, él nunca bromea- reafirmó Cecilia, sonriendo hacia su imagen en el espejo.
- ¿Qué te miras tanto?- la preguntó- Además, ya es como si le conociera de hace una vida, por que siempre me hablas de él- se burló- Y alguna vez tendría que soltarse el chaval. No iba a ser siempre tan recto, andando como si tuviese un palo metido por el culo- hizo una breve pausa, pensando en sí decir o no lo siguiente, pero al final lo soltó- A mí me pone. Es como misterioso.
- ¡Tara!- se quejó ella.
- Vale, vale. Todo para ti.
- ¿Cómo que para mí?. A mí no me gusta, ya sabes como me trata y yo jamás estaría con alguien así- la explicó, intentando parecer convencida- Que nos llevemos mejor no significa nada.
- Lo que tu digas, guapa. Pero si tienes claro que no lo quieres, pues para mí, que está bien bueno.

Tara estaba intentando chincharla, como siempre. A ella no le gustaba Damien, pero sí las poses que ponía su amiga al reaccionar sobre la idea de ellos dos juntos. Era realmente divertido para ella ver como Cecilia no aclaraba sus pensamientos.

- Además de que él no es de esos. Creo que es muy estricto, no es como Ayax, que..- Al ver la cara de su amiga, freno en seco y casi quiso golpearse a sí misma- lo siento Tara, no pretendía…
- No pasa nada, C- la interrumpió, totalmente tensa. Por que así se había quedado después de oír su nombre- Puedes mencionarlo, si quieres. Sigue siendo tu amigo.
- Oh, bueno. Es que como has puesto esa cara…
- No pongo ninguna cara, cielo- respondió rápidamente la morena, con una sonrisa y la típica pose de seguridad que siempre ocupaba para aparentar su tremenda inseguridad- Ya sabes que a mí los flechazos me duran poco. Ayax Rider es historia.

Pero en realidad no estaba tan segura. Y es que esa serpiente motorista había hecho más de una brecha en su corazón. Aún podía sentir la gasolina mezclada con  sangre en sus venas. Una gasolina que él mismo la había transmitido con ese beso.

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Re: Touch of Evil || Riverdale

Mensaje por Drea. el Mar 28 Ago 2018, 6:10 pm

Capítulo 17, Parte 3.
La venganza se sirve en un plato frío.


Poco después el grupo acababa de reunirse en el cine. Había resultado un poco incómodo al principio, por que ni Tara ni los serpientes sabían como saludarse y tratarse al principio, pero al final todo había resultado de lo más normal. Seguía existiendo esa extraña tensión entre las dos mejores amigas de Cecilia y también ese pique con Sweet Pea, pero al menos, Fangs parecía encantado. Eso era un avance.

Inmersos en una turbia conversación sobre los lugares más raros donde se habían tatuado los serpientes, (Tara no había podido creerse que hablaran enserio en la mayoría de ellos) se colocaron al final de la fila para comprar las entradas de cine.

- No bromeo cuando digo que mi tío abuelo Albert se tatuó la serpiente dentro de la nariz- explicaba Fangs con mucho entusiasmo- En esa época se nos perseguía a los serpientes y no podía dejar que supieran que era uno. Me contó que le dolió como nada le había dolido en su vida.
- Pero, ¿No se suponía que vosotros no os escondéis?, ¿No es como traición?- intervino Tara, curiosa por todas las historias que estaba contando y a la vez comparándolas con las que ya conocía.
- Sí, bueno, ahora es distinto.
- En realidad no- repuso Sweet Pea, rodando los ojos- Es exactamente igual. Oye, si tienes tanto interés en el tema, ¿Por qué no le preguntas a tu papi donde lo tiene?, O tal vez se lo haya borrado con láser- Cecilia lo miró, muy enfadada y este levantó los brazos, en señal de rendición. - No me mires así, es verdad. He oído que es muy caro y no hay nada que ese viejo no pueda pagar. Que pena que todos sus fajos de billetes huelan a traición.
- ¡Sweet Pea!- lo acusó su amiga morena para golpearlo en el brazo- prometiste que serías amable con ella. Es mi amiga ahora.
- No necesito la caridad de nadie, C. Gracias. Y respecto a tu pregunta, sí, todavía lo tiene- contraatacó Tara, muy orgullosa- Te sorprenderá saber que aún tiene vuestra serpiente en la muñeca izquierda, donde desagua la prolongación de la arteria que conduce al corazón.

En ese momento, nadie supo que decir. Sweet Pea se había quedado callado al saber que su antiguo líder todavía conservaba su tatuaje a pesar de las muchas veces que había intentado perjudicarlos de alguna forma. Cecilia miraba a Tara, intentando disculparse con la mirada por la actitud de su amigo, Y Fangs, bueno él estaba atento a algo que estaba ocurriendo un poco mas lejos. Al notar que Toni ya no se encontraba a su lado y que su amigo parecía estar viendo ya la película fuera del cine, Cecilia decidió seguir su mirada hasta encontrarse con una escena de lo más reveladora.

- Eh- llamó la atención de Tara y Sweet Pea, que aún estaban en su mundo- ¿Esa no es Cheryl?- preguntó al distinguir la melena pelirroja de su amiga- ¿Y que hace Toni hablando con ella?.
- No tengo ni idea- contestó Fangs, casi maravillado- pero creo que ya no tenemos que pagar por ver Love, Simon cuando podemos verlo en la vida real.

Sweet Pea parecía no poder decir nada. Miraba a las dos jóvenes serio, como si no aprobara que estuvieran hablando.

- Creo que lo estás malinterpretando, Fogarty.

Rápidamente, Tara había intentado distraer la atención del grupo de la escena, por que no quería que el secreto de Cheryl quedase expuesto. Por que sí, ella sabía que era bisexual desde hace mucho tiempo, pero debido al rechazo de sus padres al considerarla una desviada, nunca se había animado a contárselo a alguien más. Ni siquiera Josie lo sabía, aunque los sentimientos de la pelirroja hacia ella lo justificaban. Sabía que tal vez no le importaría que Cecilia lo supiese por que se estaban volviendo muy amigas, pero de ninguna manera le habría gustado que los serpientes se enterasen.

- ¿Ah sí?, pues a mí me parece que van a tener una cita. Mirad, se van juntas.
- ¿Una cita?- balbuceó Tara, sin comprenderlo del todo- ¿Me estáis diciendo que Toni es…?

Cecilia asintió, algo incómoda.

- ¿Algún problema con eso?- la defendió Sweet Pea, al malinterpretar sus intenciones. Si algo no eran los serpientes, era ser homófobos.
- Claro que no- respondió la aludida muy firme- Pero sea lo que quiera Toni con ella, no pasará. Cheryl no es lesbiana.
- Si bueno, ya veremos…

Aun habiendo parecido segura con sus palabras, sabía que su amiga no se lo había creído del todo, pues la miraba interrogante y con los ojos entrecerrados. A Cecilia no se le escapaba una mentira. Y menos viniendo de Tara, a la que había conocido demasiado en este tiempo y sabía cuando estaba escondiendo la verdad. Por que eso estaba haciendo en realidad, proteger un secreto.

- Oye, no sé a vosotros, pero ya no me apetece ver la película- Cecilia rompió el silencio y miró a sus amigos, muy sonriente- ¿Por qué no vamos a la fiesta del equipo?.
- No sé si lo recordarás, pero cuando el tarado de Andrews mancilló nuestro territorio con esos grafitis y me apuntó con una pistola nos pegamos con los Bulldogs casi en la puerta de su casa.
- Ay Swets, eso es pasado- siguió insistiendo- Venga, vamos a tomar algo y divertirnos. Además, Ayax estará allí.
- A mí no me parece mala idea- dijo Fangs. Él siempre intentando socializar.
- No iremos- habló en plural, decidiendo por su amigo y a la vez dedicándole una mirada que solo él supo descifrar

Fangs se encogió de hombros.

- No decidas por él, si quiere puede venir con nosotras, ¿Verdad T?.

Cecilia la miró, esperanzada, esperando una respuesta afirmativa. Sin embargo, Tara quería que se la tragase la tierra, por que nunca había estado de acuerdo con Sweet Pea en algo y esta era una mala ocasión para hacerlo. En el pasado, nunca habría rechazado una buena fiesta, pero saber que Ayax estaría allí haciendo dios sabe qué la ponía los pelos de punta. No sabía con que escenas se encontraría y no le apetecía cargar con otro recuerdo doloroso, pero al ver a su amiga y las ganas que tenía de ir, no supo decirle que no. Al fin de al cabo, Cecilia nunca había estado en ninguna fiesta que no tuviese que ver con los serpientes y ya era hora que se estrenase. Ni siquiera tenía que ver a ese estúpido si era lo suficientemente lista. Y vaya que lo era.

- Será mejor que no vayan, se los comerán vivos. Mejor tú y yo solas- La contestó, intentando no arrepentirse al segundo de sus palabras. En su mente rezó a todos los dioses para rehuir su típica mala suerte esta noche.
- Ah bueno, ¿No os importa?.

Sweet Pea intentó no sentirse insultado con el comentario de Tara, por que si alguien se iba a comer a esos perros de pacotilla eran ellos. Pero no le apetecía nada meterse en una ruidosa fiesta con gente que no le caía bien. Menos le gustaba que lo hiciese Cecilia, pero al menos esta vez lo dejó pasar.

- No, tranquila- la sonrió con calidez.

Fangs no decía nada, así que le golpeó ligeramente el hombro, llamando su atención. Murmuró un torpe “Cómo nos iba a importar”. No parecía muy convincente, pero aun así fue suficiente para Cecilia.

- ¿Nos lleváis?

Cuando las motos de Sweet Pea y Fangs frenaron delante de la casa de Chuck Clayton, Tara pensó que había hecho muy mal al no traer su coche, por que quería irse desde el momento en que sus tacones rojos tocaron el asfalto. Sin embargo, Cecilia estaba eufórica. Tanto que se despidió de los chicos con un efusivo beso en la mejilla, provocando el evidente sonrojo en uno de ellos. El moreno había tenido suerte de que su amiga no lo viera, por que rápidamente había cogido el brazo de Tara y había echado a andar hacia la casa.

Nada más entrar, se habían quedado paradas en el umbral de la entrada. No habían venido con nadie, así que tampoco sabían a quien acercarse. A los únicos chicos del equipo de fútbol que conocían (y con los que se llevaban bien) eran Archie y Ayax (medianamente), pero a primera vista no pudieron distinguir a ninguno.

Cecilia miró en todas direcciones comprendiendo por fin donde se encontraba. Vale, no era exactamente lo que se había imaginado pero al menos no era tan malo. El intenso humo de los muchos fumadores la impedía ver con claridad, pero la música, que parecía motivarla bastante, la impulsó a coger a Tara del brazo y empezar a andar hacia donde pudo ver estaban las bebidas.

Cuando se colocaron en el centro, pudieron ver todo con claridad y el ambiente era el típico de una fiesta del estilo, había parejas besándose (o comiéndose, más bien), gente bebiendo o jugando al beerpong, pero sobre todo había chicas. Muchísimas chicas y seguramente el triple que de chicos y parecía ser algo de lo que ambas se habían dado cuenta.

Sin embargo antes de que pudieran comentárselo a la otra, alguien las abrazó a ambas por los hombros.

- Hombre, ¿Qué hace el dúo maravilla en mi casa?.

Ambas se miraron casi con terror y lo miraron a él después, intentando parecer confiadas. Le dedicaron la sonrisa más falsa que habían hecho jamás.

- Nada, solo queríamos divertirnos un rato- se limitó a decir Cecilia mientras miraba la mano oscura que la sujetaba, deseando que por fin la soltase.
- Ah bueno, entonces habéis venido al lugar correcto- Chuck Clayton parecía hasta simpático, pero no había nadie que se lo creyese- ¿Una bebida?.

Pero antes de que pudiesen contestar, ya se había marchado a por las bebidas que no le habían pedido.

Sin embargo, su ausencia fue sustituida por la de Reggie, que al ver a las dos chicas ahí paradas no había podido resistirse a saludarlas o a molestarlas, más bien.

-  La princesa del norte y la princesa del sur, que honor. Torres, ¿No deberías estar entrenando para que uno de nosotros no te machaque el lunes?, No queremos hacerte mucho daño- dijo el asiático, casi con lástima.

Cecilia le guiñó el ojo y después rio, sarcástica.

- Bueno, tal vez haya decidido hacer un descanso para daros un poco de ventaja.

Al instante apareció Chuck con dos cervezas y se las ofreció a las chicas, con una sonrisa. Estaba intentando ser amable por primera vez en su vida con ellas y todavía le resultaba extraño. Cuando Cecilia empezó a llevarse mejor con Verónica, esta le había contado la tremenda humillación que había sido sometida a causa de este y su posterior venganza con el libro de puntuaciones del equipo. Después, al preguntarle a Tara si lo sabía, esta admitió que conocía de la existencia del libro por que ella estaba apuntada allí muchas veces y estaba harta de que algunas chicas la insultaran por ello. Simplemente que alguien pudiera hacer algo así la daba repelús.

- ¿Dónde está Archie?- Le preguntó Tara, intentando localizar a su mejor amigo entre la multitud.
- Oh, no ha venido, está en la cabaña de Verónica en medio del monte- respondió Reggie en su lugar- Ya le dije que este plan molaba más y que estar en una casa de cabras con su novia y los dos raros iba a ser una mierda, pero en fin, dijo que no.
- ¿Los dos raros?.
- Sí, Eduardo manos tijeras emo y la rubia bipolar.
- Si te refieres a Jughead y Betty eso ha sido muy grosero- los defendió Cecilia mientras se cruzaba de brazos.
- Oh, no te enfades nena, era una broma- por primera vez en la noche la miró de arriba abajo- Estás guapa.
- ¿Y Ayax?.

Cecilia intentó ignorar su falso intento de coqueteo y decidió preguntar por su amigo antes de que la mirada de Mantle empezara a subir de sus piernas. Tara a su lado parecía incómoda, casi ni hablaba, mientras que Chuck se había agarrado de su hombro, casi intentando que no se marchase de allí. Irónico por que era lo que más quería hacer en ese momento.

- Allí, en el sofá- Apuntó el moreno- la verdad es que está algo ocupado en este momento- continuó- Ya sabéis, es su iniciación y por lo que veo la está disfrutando a lo grande.

Las dos amigas siguieron su mirada y sus mandíbulas se desencajaron de la sorpresa. Desde dentro no sabían que tipo de cara habían puesto, pero debió de ser muy épica, por que Reggie comenzó a reír como si fuera algún tipo de broma privada. Y es que ante ellas estaba la escena más asquerosa que ambas habían tenido la desgracia de presenciar.

Allí estaba Ayax, sí. Pero no estaba solo. Tres encantadoras chicas lo acompañaban y no parecían estar en sus cinco sentidos, más que nada por que los rodeaba una montaña de droga. Cecilia sabía que su amigo podía fumarse un porro de vez en cuando, pero él siempre había estado en contra de eso. Ahora, viéndole esnifar cocaína de los pechos de una de esas chicas, tenía unas tremendas ganas de vomitar. Las otras dos se dedicaban a dejarse hacer, más que nada. Una de ellas estaba intentando llamar su atención y desde lejos pudieron distinguir que tenía una pastilla rosa en la boca. Se la pasó a él en un beso completamente repulsivo.

- Pero qué coño…

Miró a Tara, pero estaba completamente inmóvil mirando la escena. Parecía haber sufrido una especie de shock por que a penas parecía respirar. Era como si todo su cuerpo se hubiera paralizado de repente de la impresión.

- Sí que se lo monta bien el tío- añadió Chuck.
- Hay que ver, me da una envidia…- dijo entonces Reggie, todavía riéndose- le hemos dicho que se suba ya a una de las habitaciones. Lo tiene todo hecho. Pero dice que no quiere, prefiere compartir con nosotros.

Y también pudieron ver como era eso de compartir por que de repente otro chico del equipo se acercó a ellos y no les molestó para nada invitarlo a su orgía improvisada. Entre ellos dos no se tocaban, pero respecto a las chicas tenían completa libertad.

- Es asqueroso- Se atrevió a decir Cecilia casi sin creerse que el protagonista de esa escena porno era al que llamaba mejor amigo.
- Bah, no es para tanto. Sí es cierto que está tiendo mucho éxito, pero nada que los demás no hayamos hecho ya- Contestó el asiático cogiendo el brazo de Cecilia y tirando de ella- vamos a saludarlo. Verás que contento se pone de veros.

Ambos avanzaron hacia donde se encontraba el rubio con Chuck y Tara detrás, que aún no se había recuperado de la impresión. Aun así, la presencia del motorista pareció haberla activado, por que de repente empezó a andar con confianza otra vez, apartando a todo quien se cruzase en su camino. Una sonrisa arrogante adornaba sus labios gruesos, teñidos de carmesí.

- Rider, triunfador- lo saludó el moreno, distrayéndolo- Mira quiénes han decidido unirse a la fiesta.

Ayax por fin reparó en ellas y también hay que decir que al verlas se quedó algo traspuesto. Nunca se había imaginado verlas allí hoy, a ninguna de las dos. A Cecilia por que nunca iba a fiestas y a Tara, bueno por que él iba a ir. Sin embargo, se las ingenió para conseguir no parecer estar tan ido, más que nada por la cara que le estaba poniendo su amiga, que lo miraba acusadora, como quien estaba a punto de regañar a su hijo.

- ¿Qué tal chicas?- las saludó, algo torpe.

Al verlo de cerca, era como ver a un zombie en primera plana. Estaba guapo sí, como siempre. Pero tenía los ojos tan rojos que parecían dos bolas de pin-pong que se iban a salir de sus órbitas y la vista se le iba por momentos. Era como si no supiese enfocar sus caras.

- ¿Desde cuando te drogas?- Le preguntó Cecilia acercándose a él y tomándolo del mentón- Mírate, estás hecho un desastre.

Ayax apartó su mano de él de un manotazo.

- Ay, déjame.
- Madre mía, va fino- comentó Chuck por detrás- ¿Qué te has tomado, tío?.
- Estás en la mierda, será mejor que te vayas a casa, voy a llamar a un taxi- sentenció la morena mientras buscaba el móvil en su bolso y miraba a su amiga, en busca de apoyo.

Pero Tara tenía cosas mejores que hacer, como mirarlo y ver como desde fuera se proyectaba la basura que era realmente. Verlo en un estado tan deplorable la hacía reírse por dentro. Aun así, sentía un intenso dolor en el pecho. Uno que la hacía tener ganas de ponerse a llorar ahí mismo. Pero no lo hizo, por que Tara Yeller no es de las que se enamoran.

- No pienso irme a ningún lado.
- Te vas por que lo digo yo. Tú no estás en condiciones de decidir.
- Cecilia, no eres mi madre- dijo Ayax, con la voz pastosa- Eres una aburrida y una frígida. Si has venido a molestar vete, pero yo no me marcho. He venido a pasármelo bien. Si quisiera hacer planes de abuela te habría llamado a ti la primera.
- Sí guapa, déjale que se divierta un poco. Tu deberías hacer lo mismo- declaró Reggie apartándola el pelo del cuello y dejando un beso tibio sobre él- Voy a buscarte una bebida nueva, esa cerveza es un asco.

Cecilia se había quedado con la mirada perdida, casi ni notando el gesto del asiático sobre ella. Sin darse cuenta que la acababan de marcar como a un trofeo. Solo trataba de asimilar las cosas que le acababa de decir alguien quien ella creía que era su amigo. Su mejor amigo. A pesar de que lo hubiera dicho borracho o drogado lo había dicho y por eso lo miró con la peor mirada que alguna vez le había dedicado a alguien. No soportó estar mucho a su lado, por que rápidamente se giró y empezó a andar lejos de él con Chuck a su espalda no sin antes murmurar:

- Muy bien Ayax, perfecto.

Cuando Tara se quedó sola con él, lo miró con una sonrisa enorme, casi escalofriante. Él volvió a lo suyo, como si nunca lo hubiesen interrumpido. Como si no hubiera dejado a su mejor amiga en ridículo delante de todos, por que estaba claro que aquí la gente escuchaba todo. La morena le tocó el hombro, para llamar su atención. Cuando este se volvió, casi parecía aburrido.

- ¿Sabes, Rider?. Habrás podido hacer cosas horribles en la vida, pero esta será de la que más te arrepientas. Siendo el gilipollas que eres al fin le has abierto los ojos a Cecilia y ya no tendré que soportar tu presencia al lado de la suya- le tomó del mentón, acercando su rostro al suyo y este sonrió y se relamió los labios, pensando que iba a besarlo. Estaba tan drogado que ni siquiera sabía quien era ella ni la había escuchado una palabra- Me das lástima, eres tan vulgar. Teniendo que montar esta clase de espectáculos solo refleja tu poca clase y educación, que ya sabía que era poca pero no tan deplorable. Espero que cuando vuelvas a tu nido de serpientes te devoren vivo por que pienso contar como has escondido tu tatuaje con maquillaje- Él se miró el brazo, desnudo pues ya no llevaba camiseta- Sí, guapo, lo he visto. Y hoy he podido aprender que la traición es lo más ruin para los de tu clase.

Tara se miró las uñas un momento y después agarró un vaso al azar, el de cerveza que había dejado su amiga y en un rápido movimiento, se lo volcó encima, dejándolo completamente empapado y aturdido. Las chicas a su lado, gritaron de la impresión.

- Para refrescarte, que se te veía muy caliente esta noche.

Y a paso firme se alejó de él, encontrando a su amiga no muy lejos, mirando un vaso con desconfianza mientras Reggie la tenía agarrada de los hombros y Chuck reía. Cuando los tuvo lo suficientemente cerca, se animó a intervenir.

- ¿Qué pasa aquí?
- Tu amiga no se fía de mí. Mira que la he preparado la bebida con todo mi amor…- respondió el moreno, guiñándola un ojo.

Tara resopló, divertida. Casi parecía haber olvidado la escena anterior.

- Y no me extraña- contestó sinceramente.
- No seas tan dura…- rio Chuck mientras se bebía otro de los vasos misteriosos.
- Vamos chicas, no estéis tan amargadas. ¿No queréis darle la razón a Rider, no?- preguntó, burlón.

Ante estas palabras, Cecilia se bebió el vaso entero de un trago.

- Calma, fiera- Reggie la quitó el vaso vacío- iré a buscarte otro. Y traeré otro para ti, Tara. Ya ves hasta donde llega mi generosidad.

Y sin saberlo y al aceptar su compañía y el líquido que continuamente las ofrecían, acababan de cagarla a lo grande. Porque por cada vez que bebían de ese líquido afrodisíaco, algo hacía que se olvidasen de un problema más y se centrasen solo en lo que tenían delante, buena música y buen alcohol, consumiendo esto poco a poco sus mentes y dejándolas cada vez más borrachas, más drogadas y mucho menos conscientes.
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