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The Selection

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The Selection

Mensaje por hypatia. el Miér 16 Ago 2017, 4:46 pm


THE SELECTION.
Para la mayoría de los habitantes, la Selección es el evento más importante del mundo, que no entiende de castas, ni profesiones. Sobre todo para las treinta y cinco chicas seleccionadas a participar en ella. Todas sueñan con los lujos, la ropa de diseño, la comida deliciosa y con la experiencia irrepetible de vivir tres meses en el palacio real. Y sobre todo, sueñan con ser ellas las que conquisten el corazón del príncipe.

Y este año, la Selección extiende sus fronteras más allá de Illéa y se celebrará en otros países del mundo. Convirtiéndose en un programa de cobertura mundial. Además cuenta con una eventualidad mucho más importante, la Selección dejará de ser algo exclusivo de hombres y ahora, también las princesas de los países más importantes del mundo tendrán la oportunidad de que treinta y cinco hombres se disputen su preciado corazón real.

Sin embargo, el proceso no será tan difícil como ellos esperan... será peor. Porque a veces el amor se encuentra en los lugares más recónditos y en la persona más inesperada. Pero romper las reglas del programa, acarrea consecuencias que van más allá de la eliminación.

¿A qué estás esperando para enviarnos tu solicitud? Si eres residente de Illéa, Direfall, Victorville, Rottingham, Italia y Nueva Asia, no dudes en probar suerte en La Selección. ¡Podrías ser quien conquiste el corazón de nuestra realeza! ¡Te esperamos!

Con cariño y respeto, Gavril Fadaye.


Ficha obligatoria
Título: The Selection.
Autor: Varios.
Adaptación: Sí, de la saga con el mismo nombre de Kiera Cass.
Género: General.
Contenido: Depende de cada escritora.
Otras páginas: No.
Orden escritoras
♛ Kate.
♛ Lau.
♛ Ems.
♛ Mari.
♛ Teph.
♛ Alec.
♛ Gino.

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Re: The Selection

Mensaje por hypatia. el Miér 16 Ago 2017, 4:46 pm

Bienvenidas de nuevo
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Re: The Selection

Mensaje por Supertramp. el Miér 16 Ago 2017, 5:36 pm

 los feels
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Re: The Selection

Mensaje por Ritza. el Miér 16 Ago 2017, 6:35 pm

HOLAAAAAAAAAA
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Re: The Selection

Mensaje por mieczyslaw el Miér 16 Ago 2017, 6:47 pm

QUE EMOCIÓN muack

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evil´s lurking in the dark
you try to scream but terror takes the sound before you make it
horror looks you right between the eyes,
you're paralyzed
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Re: The Selection

Mensaje por prinsloo. el Miér 16 Ago 2017, 6:57 pm

OHMYYYYYYY 
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Re: The Selection

Mensaje por Asclepio. el Jue 17 Ago 2017, 10:37 pm

Lamento la tardanza

pero ya hay tema muack
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Re: The Selection

Mensaje por Kurisu el Vie 18 Ago 2017, 4:47 pm

Que emoción

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'Cause tonight I'm feeling like an astronaut, Sending SOS from this tiny box, To the lonely people
that the world forgot, Are you out there?, 'Cause you're all I've got?
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Re: The Selection

Mensaje por hypatia. el Lun 04 Sep 2017, 4:20 am

BIENVENIDAS aparece mil años tarde
No me queda mucho del capítulo, así que espero subirlo pronto.
Besooos
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Re: The Selection

Mensaje por Ritza. el Lun 04 Sep 2017, 5:48 am

ayyyyyy, geniaaal
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Re: The Selection

Mensaje por prinsloo. el Lun 04 Sep 2017, 12:53 pm

Yaaaay 
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Re: The Selection

Mensaje por Asclepio. el Lun 04 Sep 2017, 9:19 pm

kasjnkjndkajsndjksanjdksnajdsa
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Re: The Selection

Mensaje por hypatia. el Dom 24 Sep 2017, 1:01 pm

everything the light touches is your kingdom:
Holaaaa Intento no extenderme mucho; aún me queda una parte del capítulo (que espero subir pronto), pero subí estas antes para que no resulte tan pesado de leer. Aviso que salvo por una cuantas correcciones el capítulo se ha mantenido prácticamente igual al que escribí la primera vez   Besos a todas

Capítulo 01, Parte 01.

Escrito por: HYPATIA || Personajes: Noah Shawcross, Hayden Piddle, Artyca Bow.




La pérfida sonrisa del rey perduró en sus heridas abiertas hasta que se durmió aquella noche. Hendida a ellas, junto con el dolor y el odio. Ese odio perenne e ineludible que acompañaba a Noah Shawcross desde el principio de su existencia.

No recordaba un día sin golpes ni vilipendios. Pero en todos ellos recordaba la indiferencia y la falta de cariño.

Estaba acostumbrado a los golpes, de la misma manera que uno se acostumbra al frío y al calor. Siempre están ahí, hasta que un día dejan de importar. Así era su vida, una costumbre; huesos rotos, contusiones, latigazos. Pero si había algo a lo que Noah Shawcross jamás se acostumbraría era a la resignación. Tratar de frenar los golpes era lo único que le quedaba para demostrar que no era un títere ante la merced malévola de su padre. Importaba poco que empeorase la situación. No se resignaría. Nunca.

Había perdido la consciencia durante el último castigo. Para recuperarla horas más tarde, tumbado en su cama, con la cara medio enterrada entre una montaña de almohadas. Notaba la piel ardiente y febril, gotas de sudor le resbalaban desde la frente hasta la barbilla. La espalda le palpitaba con pulso propio y parecía que alguien estuviese vertiendo chorros de ácido sobre las heridas.

Desconocía el número de golpes, pero sí sabía que su padre se había ensañado más que de costumbre. Tardaría semanas en poder levantarse sin ayuda. Trató de moverse, la mitad del rostro le hormigueaba adormecida. Pero ante la tercera punzada lacerante a su espalda, desistió del empeño. Desplomándose contra la cama, empapada con su sudor y, su sangre. Vio que le habían puesto una vía con suero en la mano derecha, que le picaba a horrores.

Escuchó el eco de un ajetreo tras la puerta. El murmullo airado de una discusión. No pudo distinguir las palabras, ni las voces que las pronunciaban. Hasta que una se alzó sobre las demás:

―¿Qué no me dejas pasar?... ―gritó alguien. Calló para escuchar la respuesta―. ¿El rey? Te voy a decir por dónde me paso las indicaciones del rey.

Noah sonrío al reconocer la voz de Rip. El sonido de pasos se hizo más fuerte y escuchó la puerta de su dormitorio abrirse y cerrarse un instante después. Tras unos segundos, las siluetas de sus hermanos mayores comenzaron a tomar consistencia ante su enturbiada mirada. Ripcard y Sylvan. Dos chicos altos y corpulentos, con el pelo rubio cobrizo despeinado sobre sus cabezas y los ojos azules horrorizados.

―Te ha dejado hecho un cromo ―dijo Sylvan, sin un ápice de broma.

―Ya… ―gruño Noah. Movió los brazos hasta la altura de los hombros e intentó incorporarse, se desplomó de nuevo―. No me vendría mal un poco de ayuda.

Rip y Sylvan se pusieron manos a la obra enseguida. Lo ladearon como pudieron hasta que quedó de cara a ellos: no sin que unos cuantos alaridos expiraran de los labios de Noah. Sin el colchón bajo su pecho, los temblores se acentuaron.

―¡Hijo de perra! ―siseó Rip, con la vista fijada en su maltratada espalda.

―Es como si me hubieran arrancado un pedazo enorme de carne. ―Noah se vio obligado a parpadear, la fiebre le resecaba los ojos.

Sus hermanos cogieron las sillas ornamentadas que descansaban junto a las puertas de la terraza y las colocaron al lado de la cama. Noah sabía que no se moverían de ahí en toda la noche. Era el protocolo a seguir. Daba miedo decirlo en voz alta, pero lo hacían por temor a que Clarkson regresase para terminar lo que había empezado.

―Veo que vosotros os habéis tomado bien la noticia ―comentó Noah, negándose a dormir.

Ripcard se frotaba la barbilla con los dedos, mientras su mirada flotaba por la habitación. Ése era quizá, el único rasgo que compartía con su padre —por fortuna—.

―Desde luego, no tan mal como tú ―intervino Sylvan, incorporándose en la silla para descansar los codos en sus rodillas―. Noah, ¿qué le has dicho para que se pusiera así? Si mamá no hubiera intervenido…

No se atrevió a finalizar la frase.

―Nada, sólo que no pienso acceder a esto. Es demasiado.

La Selección era un concurso televisado a través del cual el futuro sucesor al trono de Illéa, elegía a la que sería su esposa de entre treinta y cinco civiles. Las elegidas se mudaban al palacio real durante el tiempo que fuera preciso, y tras una convivencia y estúpidas pruebas, el heredero anunciaba quién sería su esposa. Se trataba del evento televisivo más importante del país. Lo habitual era que sólo el heredero al trono realizara la selección, que en ese caso era Sylvan. Pero su padre, junto con sus colegas mandamases de otros países habían tenido la brillante idea de celebrar una selección multitudinaria. En la que no sólo participasen los herederos, sino también el resto de príncipes y princesas consortes. Lo que incluía a Noah y a Ripcard en el saco.

Eso había ocasionado los latigazos. La negativa a acceder que unas desconocidas se lo disputaran como si se tratase de un trofeo. Noah no podía aceptarlo sin más. Porque se quedaría cautivo toda su vida en las paredes de ese palacio que tanto odiaba…

―¿Qué creéis que quieren conseguir obligándonos a todos a exhibirnos como conejillos de India? ―preguntó Rip, ya de regreso de su letargo.

Sylvan se encogió de hombros, alternando la mirada entre sus dos hermanos pequeños. Esperaba que ellos supieran la respuesta tan bien como él, pero olvidaba que Rip y Noah se encontraban ajenos a la mayoría de los asuntos del gobierno. Se dispuso a explicarse:

―Hay ataques con mayor frecuencia desde hace unas semanas. Dos en Belcourt, uno de Panama y otro en Ángeles. Hasta ahora no se habían atrevido a atacar la capital. Por su parte, Nueva Asia, Italia, Direfall, Victorville y Rottingham, también han tenido que lidiar con adversidades similares. Y no sólo se trata de los ataques. Los rebeldes sureños de Lotonia lograron traspasar las fronteras del palacio, nadie sabe qué buscan, pero sabemos que cuentan con la capacidad de introducirse en el palacio.

―Todo eso está muy bien ―terció Ripcard impasible a lo inestable de la situación―. Aun así, no entiendo cómo un programa de televisión pondrá fin a los ataques rebeldes.

Noah, en cambio, creyó comprender lo que Sylvan decía.

―No buscan entretener a los rebeldes ―aventuró.

Sylvan asintió con gravedad.

―Direfall y Rottingham han sufrido motines populares. El descontento de las personas puede notarse en el aire. Incluso aquí, que es uno de los países con más control, ha habido huelgas de seises y sietes. El noventa por ciento de la población mundial sufre de hambre porque sus trabajos no están bien remunerados. Son conscientes de que las cosas podrían cambiar…

―Podríamos enfrentarnos a una revolución, incluso a una guerra ―terminó Rip por él.

―La Selección es la única opción que tienen hasta que encuentren una solución definitiva ―adujo Sylvan.

―Llevan décadas en busca de las bases rebeldes y no pueden alargar la selección durante años―razonó Noah, medio adormilado. Parecía que los calmantes comenzaron a surtir efecto—. Además, el programa atraerá a los Norteños.

Sylvan y Ripcard suspiraron, dándole la razón.

―Por lo que he podido averiguar ―informó Sylvan―, la selección no solo se enfocará en calmar los ánimos. Creen que los Sureños buscan algo, y que podrían tratar de infiltrar a uno de los suyos en el concurso. Instalarán cámaras en todos los palacios y los guardias tienen órdenes de avisar de cualquier comportamiento extraño… Esta mañana he visto a Silver –el jefe de seguridad del palacio—, con un montón de cámaras.  

Tras sus palabras, los tres hermanos se sumieron en un súbito silencio. Cada uno atendiendo sus propias conjeturas.

Los líderes mundiales tenían la absurda esperanza de que un puñado de adolescentes monárquicos bastasen para contentar a millones de ciudadanos. Como si la ilusión de un supuesto amor fuese a acallar décadas de injusticia.
Noah no creía que un futuro aprensivo, atado de por vida a una mujer que o el público o el rey escogerían para él, fuera un sacrificio que mereciese la pena. Por muchos latigazos que se viera obligado a soportar hasta que su padre lo diera por un caso perdido.

Cerró los ojos, incapaz de sostener sus párpados unos segundos más.

Cuando volvió a abrirlos no supo si trascurrieron horas o minutos. Sylvan y Ripcard seguían en sus puestos de centinelas. Noah trató de desperezarse, sin éxito. Sus hermanos posaron la mirada en él.

―¿Te encuentras mejor? ―preguntó Rip.

―Sí ―mintió Noah.

Era una mentira a medias, aunque la espalda todavía le dolía como para gritar durante horas. Notaba la mente más despejada; la fiebre había bajado.  

Sylvan pasó las manos por su rostro como si se estuviera lavando la cara con agua, para despejarse.

―Chicos ―comenzó a decir a continuación―, sé que no es vuestra obligación participar en el programa. Tendría que ocurrir algo muy malo para que alguno de vosotros gobernara.

―¡Vaya hombre, gracias! ―exclamó Rip.

―Sabes que no me refiero a eso ―volvió a hablar Sylvan, mirando a su hermano con consternación―. Lo que intento deciros, es que antes de negaros en rotundo, penséis en las consecuencias que traería una revolución. No hablemos ya de una guerra. Si todos ponemos nuestro grano de arena para que esto no suceda, quizá el sacrificio merezca la pena.

Noah alcanzaba a ver la lucha de sentimientos que libraba su hermano bajo la piel. Por mucho que Sylvan llegara a desearlo, jamás podría negarse a participar, pues tarde o temprano la selección llegaría a su vida. Sólo por él, Noah sopesó la idea de participar.

―Me alegra comprobar que al menos uno de los tres fue bendecido con mi inteligencia al nacer.

La voz provocó la sombra de un golpe impactando en la espalda de Noah. Sus hermanos tensaron las mandíbulas y se agarraron con fuerza a los reposabrazos de las sillas, con la vista fulgurando de rabia, clavada en la nueva presencia de la habitación.

Las piernas del rey Clarkson aparecieron de súbito ante los ojos de Noah. Levantó la vista hacia su padre. Quien lo observaba con la barbilla pegada a la base del cuello. Un gesto de insatisfacción dominaba su expresión. Parecía que no estaba contento con la obra de arte que había creado con la espalda de su hijo pequeño. Como si todavía faltasen unos cuantos retoques.

―¿Qué quieres? ―masculló Rip.

Alzó la ceja en dirección a Ripcard, con una sonrisa ladina asomada a sus labios cortados. A pesar de que debía de ser muy tarde, el rey seguía vestido con su traje de raya diplomática. No había rastros de cansancio en su rostro afilado por las arrugas y sus ojos parecían brillar más que nunca bajo sus pobladas cejas.

Sylvan se levantó de su silla para situarse entre su padre y Noah. En afán protector.

―¿Qué le trae por aquí tan tarde, padre? ―preguntó de nuevo. Mucho más respetuoso que Ripcard.

Por el hombro de Sylvan, la fortaleza humana, le llegó la chispa de los ojos aviesos de su padre. Pero como ya lo había dejado bastante maltrecho, decidió dejarlo pasar. Alisó las solapas del traje y tras un carraspeo, anunció:

―Vengo a hablar con tus hermanos, déjanos a solas. Será una conversación breve ―dispuso, invitándolo a marcharse con la mano.

El cuerpo de Sylvan se crispó de arriba abajo. Ripcard le lanzó una mirada de alarma e incomprensión. El rey sólo hablaba con ellos por dos motivos; a) para informarles que pronto habría un nuevo evento o b) para obligarlos a hacer algo. Ésas dos cosas ya las había hecho aquella tarde, así que Noah no podía comprender el motivo.

―Pero, padre… ―trató de protestar Sylvan.

El rey parecía divertido. Para él debía suponer todo un elogio ser temido por sus propios hijos.

―Pierde cuidado, Sylvan ―lo tranquilizó―. Tengo una propuesta que hacerles. Una de la que tú no puedes beneficiarte, me temo.

Sylvan apretó los puños. Finalmente, suspiró resignado.

―Esperaré al otro lado de la puerta —dijo a modo de advertencia.

Echó andar. El rey aguardó hasta que se hubo marchado. Ocupó el puesto anterior de Sylvan, sólo que se repantigó en él con mucho más desparpajo, cruzando una pierna sobre la otra y reclinándose hasta que la cabeza quedara escondida a la vista si alguien miraba por detrás.

Noah y Ripcard aguardaron, dominados por una repentina mudez. Era extraño ver a su padre en una postura como esa, como si se dispusiera a compartir un rato de ocio con sus hijos.

―Antes de nada, quiero aclarar que hago esto porque soy compasivo. No porque me vea en la obligación―. «Qué bondadoso».  

―Te agradecería que fueras más claro ―pidió Ripcard.

Noah decidió guardar silencio, no le gustaba el tono amable del rey.

―Bien, pues ―comenzó―. Soy consciente de que os estoy pidiendo mucho al obligaros a participar en el concurso.
―Noah casi soltó una carcajada por la ironía―. Por este motivo, vuestra madre me ha hecho comprender que si quiero contar con vuestra colaboración debo daros un pequeño incentivo.

Claro que su madre había tenido algo que ver. Era la única persona a la que Clarkson tenía la decencia de escuchar, podía aventurarse a decir que incluso la quería. Y, Georgina a él. Algo que escapaba de la capacidad de entendimiento de Noah.

―Si os comprometéis a hacer vuestra selección, sin perjudicar al desarrollo del programa y dando el espectáculo que le gusta a los plebeyos. ―La boca se le contrajo en una mueca de asco al pronunciar la última palabra―. Yo os ofrezco lo siguiente: tendréis la posibilidad, una vez llegado el momento, de no elegir a ninguna de las participantes como esposa. Podréis marcharos del palacio.  

Noah escuchó como Ripcard tragaba saliva de la impresión. Los ojos se le abrieron tanto que parecían dos enormes esferas. Él debía de presentar el mismo aspecto.

―¿Qué…, cómo? ―tartamudeó Noah.

El rey Clarkson sonrió satisfecho al comprobar el efecto de sus palabras. Se levantó de la silla, adoptando la pose espigada de costumbre. Colocó las manos a su espalda e infló el pecho, muy pagado de sí mismo.

―Antes de que lo preguntéis, no es ningún engaño. Vosotros tenéis algo que yo quiero y sólo yo puedo daros lo que tanto ansiáis. ―Ripcard abrió la boca para decir algo. El rey lo frenó levantando el dedo―. No preciso de una respuesta en estos momentos. Tenéis una semana.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y se fue tan de súbito como había entrado. El estómago de Noah experimentó una sensación de extraña: algo entre la euforia y la desconfianza. Pues no podía fiarse de su padre, olía a engaño desde kilómetros.

Sylvan regresó al dormitorio. En cuatro pasos estaba de nuevo al lado de la cama, con una expresión de curiosidad en el rostro.

―¿Y bien? ―preguntó.

―Nuestro padre ―respondió Rip― que al final, siempre se sale con la suya.

Supo que Ripcard había tomado una decisión. Aprovecharía esa oportunidad para marcharse, porque quizá no se presentara otra igual. ¿Haría Noah lo mismo?


Siete días más tarde Noah era capaz de dormir boca arriba sin que la sensación de que un trozo de su espalda se quedaba enganchado a las sábanas. La mayoría de los cortes pequeños habían cicatrizado ya y los más profundos no le producían ganas de gritar. Podía pasar la mayor parte del día sin tener que tomar calmantes para el dolor y las fiebres no lo azotaban con tanta intensidad. Incluso podía ir al baño sin la ayuda de Jeffrey, aunque el esfuerzo lo agotara.

Lo único positivo de aquella situación era que quedaba excusado de las clases y podía hacer lo que le apeteciera. Como jugar con la consola o ver películas. Sus hermanos lo visitaban todas las noches, tras los Reports. Esa misma noche le contaron que todos los países habían dado la gran noticia: la selección estaba de vuelta y, esta vez, no sólo en Illéa.

La fecha de inicio estaba prevista para dentro de un mes. A la mañana siguiente, el plazo de Noah vencería. Tenía que tomar una decisión esa noche. Sin embargo, se hallaba igual de confuso que siete días atrás. Su padre era un jugador consagrado en lo que a engaños se refería. Dejarlos marchar del palacio no encajaba en su personalidad controladora. Noah intuía que el rey hallaría la manera de retenerlos una vez terminado el concurso. Y ahí se quedaría él, casado a los dieciocho años con una chica que seguramente él no escogería.

Sonaron unos golpes en la puerta.

―Adelante ―dijo Noah, incorporándose con torpeza.

Una hermosa mujer entró al dormitorio. Su cuerpo era esbelto y delicado, como cabría esperar de una reina, sin embargo, caminaba con la espalda erguida y actitud desafiante. Unas patas de gallo asomaban bajo sus ojos alargados de color azul, luminosos y directos. El pelo rubio le caía en tirabuzones por el hombro izquierdo, a juego con su vestido de color turquesa.

Era la reina Georgina, su madre.

―Hola, cielo ―saludó, con una voz susurrante y conciliadora.

―Hola, mamá ―respondió, al tiempo que ella tomaba asiento a su lado.

La reina gastó unos segundos en observarlo, ocultando el dolor bajo una sonrisa brillante. Noah no la había visto desde el día que recibió los latigazos. Georgiana nunca los visitaba cuando las heridas de sus hijos eran muy recientes. Noah sabía que no era capaz de soportarlo.  

Su madre era la persona a la que más quería en el mundo. Pero no podía concebir que albergase algún tipo de amor hacia Clarkson sabiendo lo que les hacía. Y, a veces, sólo a veces: se enfadaba con ella.

―¿Cómo estás? ―preguntó, acariciando la mejilla de Noah.

―Estoy bien ―atrapó la mano con la suya para tranquilizarla.

Georgina asintió. Podía ver cómo contenía el aliento y sus ojos adquirían un brillo alarmante. Noah le dio tiempo para recomponerse.

―Quería saber si has tomado una decisión ―habló rato después.

En esa ocasión fue Noah quien contuvo el aliento. Se pasó la mano por el pelo. Abrió la boca varias veces, pero no salió de ella ninguna palabra. Finalmente se encogió de hombros.

―Acepta la oferta de tu padre, Noah. ―Nunca antes le había mirado con tanta intensidad, ni con tanta desesperación―. Es tu única oportunidad para escapar del futuro que te espera si te quedas aquí.

Las cejas de Noah llegaron hasta su cabello.

―¿Qué pasará contigo y, con Sylvan?

Supo entonces por qué la decisión se le antojaba tan complicada: Noah no creía ser capaz de abandonar a su madre y a Sylvan a su suerte. Se le antojaba demasiado egoísta.

Georgina sonrió con afecto.

―No es tu trabajo sacrificarte por los demás ―comenzó a decir― al igual que Ripcard, tienes la oportunidad de vivir como siempre me hubiera gustado hacerlo a mí. ―Se le enronqueció la voz por la emoción―. No te preocupes por mí, puedo manejar a tu padre hasta que Sylvan llegue al trono, ese sí es mi trabajo.

―¿Y si es un engaño? ―quiso saber Noah.

La reina negó enérgicamente con la cabeza. Apoyó las manos en los hombros de Noah y se acercó a su rostro.

―No lo es. Me encargaré de que cumpla con su palabra.

Se lo estaba diciendo. Aprovechar la oportunidad que se le presentaba no le convertía en una mala persona. Podía hacerlo, nadie se lo reprocharía en la cara.

―Gracias, mamá.


A una semana del comienzo del programa, Noah estaba a punto de arrepentirse de su decisión. Ello se debía a la situación de estrés a la que estaba sometido. Desde hacía dos semanas se había visto sometido a entrevistas, sesiones fotográficas, grabaciones de vídeos en las que se vendía a sí mismo como príncipe para que las chicas se decidieran a participar por él. Había tenido que sentarse en el Report para soltar su palabrería sobre que la selección le parecía el mejor medio para encontrar pareja. Y así, hacer creer a la población que era una elección propia, que no estaban siendo coaccionados por sus padres. Cuando Gavril le había preguntado si estaba ilusionado, había encontrado el valor necesario para afirmar que nunca antes se había sentido tan pletórico.

—A mí no me importaría que doce chicas se peleasen por mí —confirmó Silver, mientras conectaba uno de los nuevos ordenadores a la fuente principal.

Después de soltar su dosis diaria de mentiras, Noah había ido a pasar el rato con Silver, uno de sus mejores amigos. En esa habitación no era un príncipe, sólo era un adolescente. Y eso le gustaba.

—Cámbiate por mí, entonces —murmuró, moviéndose de un lado a otro con la silla giratoria, cuidándose de no enredarse con algún cables o de tirar uno de los muchos aparatos que tenía Silver.

La sala era pequeña, comparada con una de las salas más amplias del palacio. Sobre todo porque casi todo el espacio de la pared estaba ocupado por pantallas que se conectaban de manera inalámbrica con el ordenador maestro, acoplado en la pared más alejada de la puerta. Las mesas recorrían todo el espacio, bordeando las paredes; allí había más ordenadores, tabletas, inhibidores de frecuencia y un montón de cosas más que Noah no tenía la más remota idea de para qué servían.

Silver le lanzó una mirada desde debajo de la mesa.

—No, pero podría pedirle el número a todas las que rechaces —bromeó.

Noah eludió la respuesta, absorto en las pantallas que colgaban a su lado. Había imágenes a tiempo real de sala en el palacio que ni el mismo conocía. Debían ser las cámaras de seguridad que Clarkson había mandado instalar hacía unas semanas.

—¿Hay cámaras en todas las salas?

—En las más transitadas, sobretodo —respondió Silver, que se había quedado sentado en el suelo—. Tengo acceso a todo el palacio, salvo en la Sala del Consejo y en el ala donde dormís. Aparte de la Sala de Mujeres.

Mientras Noah observaba las pantallas, una idea acudió a su cerebro. Quizás era estúpido y, desde luego era imprudente. Pero no pudo abstenerse de preguntar:

—Si lograra esconder cámaras en alguno de esos sitios, podrías captar la señal, ¿no?

Silver lo miró con extrañeza.

—Supongo —dijo con recelo, entrecerrando los ojos—. ¿Por qué?

—Porque creo que he encontrado la manera de asegurarme de que mi padre cumpla con su palabra.

Sabía que Silver lo ayudaría. Pocas personan odiaban a Clarkson tanto como lo hacía el hacker. Si conseguía esconder las cámaras, recopilaría el material suficiente para chantajear a su padre y prevenir cualquier trampa que les tuviese preparada. Quizá, después de todo, la selección no fuese una completa pérdida de tiempo…
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Columbia, cuatro semanas antes.

De un salto, Hayden dejó atrás el camino de hojarasca por el que salía a correr todas las mañanas. La camiseta se le pegaba al cuerpo, empapada en sudor. El cielo de Columbia había alcanzado ya su punto álgido en el cielo. La luz se filtraba por las ramas de los pinos, creando sombras danzantes en el suelo.

Había corrido más tiempo del necesario. Debía regresar a la base para ahorrarse más problemas. Apretó el paso llenando los pulmones de aire. Estaba prohibido abandonar la Base, sobre todo en los tiempos que corrían. Tras los ataques perpetuados en Angeles por los Norteños, habían detectado mucha actividad militar en la zona.

Cualquier despiste podía ser fatal para ellos.

Pero a Hayden Piddle le dejaban salir, porque cuanto más lejos, mejor.

Alcanzó el claro minutos después. Estaba lleno de raíces y tocones de árboles talados años atrás. Se dobló sobre su cuerpo para retomar el aliento, los pulmones le ardían y notaba los vasos sanguíneos de su cara borbotear de calor. Se limpió el sudor con el dorso de la mano.

Caminó hacía un árbol alto, situado al otro lado de la hondonada de raíces, que tapaba un tocón de mayor tamaño al del resto. No guardaba nada especial. Pero si lo empujabas, este se movía para dejar a la vista un hueco en el suelo lo suficientemente ancho como para que cupiese una persona adulta.

Comprobó que no había nadie antes de sentarse al borde del agujero. Aseguró los pies en la escalera de mano anclada a la pared y descendió hasta desaparecer a la vista. A tiendas, pulsó el botón que colocaba el falso tocón en su sitio.

Las escaleras conducían a un sistema de alcantarillado antiguo, en el que ya ni siquiera habitaban ratas. Allí sólo quedaba barro y montones de hojas resecas. Hayden palpó la pared de cemento de su derecha hasta que localizó un interruptor. Tras pulsarlo, unas luces circulares iluminaron la estancia con luz azulada. Hayden echó a andar por el laberinto de cruces. Incluso aunque alguien encontrase el lugar, moriría de hambre antes de conseguir salir de allí. Lo primero que aprendían los Sureños era la distribución del sistema de alcantarillado. De un mapa dibujado por sus padres, que destruían una vez lo memorizaban.

Ese día, en especial, Hayden tenía menos ganas que nunca de llegar. Al amanecer, había dado comienzo una reunión en el la Sala de Mando. Hoy se decidiría quiénes se infiltrarían en el palacio para encontrar los documentos que respaldarían su causa. Los que convencerían a la población para que se uniesen a la revolución.

Hayden deseaba más que nada ser uno de los elegidos, pero sabía que era algo imposible. No depositarían tal responsabilidad en un metepatas sin remedio como él.  

Unos diez minutos más tarde, alcanzó las escaleras que le llevaban a la base. Eran estrechas, los escalones de cemento estaban agrietados por el uso y el tiempo. En la cumbre, había una puerta mecánica que en lugar de manecilla, tenía un mando con números, parecido a un teléfono. Introdujo el código y tras un sonido metálico la puerta se abrió para cerrarse diez segundos después.

Hayden quedó cegado momentáneamente por la luz y también por el ruido. Frente a él se extendía en todo su esplendor la base de los Sureños en Illéa.

El lugar era casi tan grande como una ciudad pequeña, si las ciudades tenían tierra y maleza por calzadas, casas de paja, cemento y madera por edificios y árboles por farolas. Donde se encontraba Hayden, a su izquierda, estaba la Sala de Mando, un edificio abovedado únicamente de cemento, cerrado por una pesada puerta de metal con una rueda a modo de cerradura y metida unos cinco metros entre los árboles. A su derecha, el almacén de suministros y la enfermería. Más allá de la vista, en la zona oeste, se extendían las viviendas de los rebeldes, casas de dos o tres habitaciones. Cuanto más alejada estuviera tu vivienda, menor era tu rango. En la zona este, tenían las cercas con el ganado, el granero y los huertos. La electricidad llegaba de un poste de quince metros situado en el centro de la base, rodeado por vallas de espino y vigilado las veinticuatro horas del día.

El motivo por el que nadie había conseguido dar nunca con la base rebelde, era que tras la Tercera Guerra Mundial el camino por tierra había quedado inhabilitado, salvo por las alcantarillas. El medio convencional para llegar a esa zona del bosque era a través de un puente que había sido destruido por las bombas. Sin el puente, era inalcanzable, pues estaba separado por un profundo acantilado que partía el bosque por la mitad.  

Hayden se unió a los transeúntes para ir a su casa, situada en la calle principal, muy cerca de la entrada, y darse una ducha. Como era habitual, la mayoría lo atravesó con la mirada o murmuró maldiciones entre dientes. No le dio importancia, estaba acostumbrado. Él mismo se dirigía miradas coléricas desde el espejo y su mente le susurraba insultos apabullantes.

Procuró entretenerse tanto como le fue posible. Pero pronto se quedó sin nada que hacer, sentado sobre su catre, mirando a la pared gris. Los Sureños recibían entrenamiento hasta los quince años, después los asignaban en las diferentes secciones para aprender un oficio: ganaderos, agricultores, cocineros, artesanos… A los mejores los mandaban a por provisiones o se marchaban a las distintas misiones. Hayden no pertenecía a ninguno de los grupos. Nadie lo quería en su equipo. Así que pasaba los días dando vueltas por la Base sin nada que hacer.

Finalmente, decidió ir a la Sala de Mando a esperar que terminara la reunión. Esperaba que al menos su madre le contara la decisión final. Amara Piddle era una de los cinco generales que dirigían la base rebelde de Illéa, un cargo que había heredado del padre de Hayden tras su muerte.

Encontró a Sunshine Greek sentada a la sombra de un árbol, mirando con intensidad hacia la Sala de Mando, como
si pudiera ver lo que sucedía dentro si se concentraba lo suficiente. Caminó a su encuentro.

―Hola ―saludó desganado, tomando asiento a su lado.

Le regaló una mirada suspicaz. Sun era una chica preciosa. Tenía un cuerpo atlético, de piernas fibrosas y brazos con bíceps acentuados. Su rostro parecía el de una princesa, con una piel cetrina que enmarcaba unos pómulos afilados, con dos grandes ojos de color verde capaces de analizarlo todo, escondidos habitualmente entre sus
mechones de pelo cobrizo.

―¿Qué haces aquí?

―Lo mismo que tú ―respondió, encogiéndose de hombros.

Sunshine era hija del general Greek, otro de los líderes. Y una de las pocas personas que no odiaba a Hayden por el incidente. Sun le odiaba porque creía que era infantil, estúpido y con la inteligencia de una nuez.

―¿Cuánto tiempo llevan ahí? ―preguntó Hayden, jugando con unos guijarros.

―Cuatro horas ―siseó Sun, levantando las manos y dejándolas caer frustrada―. No sé por qué tardan tanto, no es tan difícil decidir quiénes van a la misión.

Hayden divisó en su rostro la ansiedad que la embargaba.

―Serás uno de ellos, no te aflijas ―trató de consolarla.

Sun alzó una ceja en su dirección. Molesta, para variar, porque Hayden había sido capaz de adivinar sus pensamientos.

―No puedes saberlo ―respondió en un murmullo acompañado por el ulular de las palomas. Las hojas de los árboles danzaban en su rostro.

―Lo sé, de la misma manera que sé que yo no seré uno de ellos.

Sun asintió. Despegó los labios para dar su opinión, pero se vio interrumpida.

―¡Piddle, Greek, os necesitan en la Sala de Mando! ―gritó uno de los guardas apostados en la puerta.
Sunshine se incorporó de un salto y llegó a la puerta antes de que Hayden se levantara. Puesto que él se había quedado un poco aturdido. ¿Qué querrían de él? Sun lo instó con movimientos enérgicos para que se diese prisa. Los guardias hicieron girar la rueda y se introdujeron dentro.

La Sala de Mando era un sitio más amplio de lo que señalaba su apariencia externa. El suelo era de paneles negros, las paredes de metal y estaba iluminado por una fila de fluorescentes. En el centro de la sala había una mesa rectangular de tres metros de largo por dos de ancho. En la pared derecha se encontraban los mandos, con cuatro pantallas grandes que transmitían imágenes de noticiarios de los otros países, informes de las otras bases rebeldes e imágenes de los alrededores. En el lado derecho de la mesa estaban sentados; su madre, que era una de los dos generales que habitaban la base; el general Proust, que vivía fuera de la base; el general Greek, el padre de Sun. Y por último, Gavril Fadaye; que vivía infiltrado en el palacio de Illéa como maestro de ceremonias. En la cúspide de la mesa, presidiéndola, estaba Borgen Bow, el más veterano de todos.

Hayden y Sun permanecieron en la entrada sin saber muy bien a quién mirar o qué hacer. Por la fascinación que mostraba el rostro de su acompañante, debía ser la primera vez que visitaba la sala. Aquella no era la primera vez de Hayden. Ya había entro en la sala ocho años atrás junto con Damián.

El recuerdo de su amigo fue un cuchillo afilado para sus entrañas.

―Tomad asiento, por favor ―pidió su madre.

Se sentaron en el lado izquierdo, frente a ellos. A Hayden le sudaban las manos y su pecho retumbaba con la taquicardia. Estaba nervioso, temiendo haber hecho algo malo. Pues no encontraba otra razón por la que le hubiesen hecho llamar.

El general Bow comenzó a hablar:

―Ya conocéis la situación, la monarquía está desesperada. Tienen tres frentes abiertos, los Norteños ―Los Norteños eran la antípoda a ellos, rebeldes agresivos que no defendían ninguna causa, sólo buscaban destruir a los reyes―, la población y nosotros mismos. Por eso hemos aprovechado la oportunidad…

―Sin rodeos, Boger ―acotó Proust, peinando sus pelo negro como la obsidiana.

El general Bow le lanzó una mirada de advertencia de reojo. Una vena había asomado en su cuello grueso y moreno. Aunque Bow rondaba los sesenta, tenía unos brazos grandes y gruesos como mazos, capaces de mandarte tres metros atrás de una palmada fuerte en la espalda. Pero lo que más intimidaba de él eran sus ojos; azules, gélidos como un iceberg. El general Boger no había vuelto a ser el mismo desde que el rey ejecutó a su hijo hacía un año.

―Como iba diciendo ―retomó su perorata sin hacer caso a Proust―, hemos aprovechado la oportunidad para abrir
una brecha. La selección nos abrirá el camino a través de dicha brecha.

Hayden comenzó a impacientarse.

―Disculpe, general ―interrumpió Sun, con desmedido respeto― ¿Quiénes llevarán a cabo la misión?

Vio como el padre de Sun sonreía con orgullo. Tal vez por la impaciencia de su hija o por las ganas que guardaba de ser una de ellos.

―Vosotros ―habló su madre por primera vez. Que miraba sólo a Sun, negándose a mirar a Hayden. La confrontación de sentimientos que sentía, viajaba hasta él. En parte, el incidente por el que lo habían colgado, había sido culpa de la obsesión de su madre por mantenerlo al margen. Hayden no podía creer que fuese ella misma quien les comunicara que estaban a punto de embarcarse en una misión.

Sun y Hayden cruzaron una mirada cautelosa. «¡Han dicho mi nombre!», pensó repleto de júbilo. Una sensación cálida que llevaba años sin estar presente llenó sus pulmones del aire que sin saber retenía. Aquella era su oportunidad para redimirse.

―No estaréis solos ―añadió el general Greek.

―Mi nieta, Artyca, también se infiltrará en el concurso ―explicó Bow.

―Y mi hija, Amika Proust ―convino el general Proust.

Hayden se sentía tan bien. Se infiltraría y... un momento. ¿Cómo iba infiltrarse él como participante en una selección de hombres?

―Te infiltrarás entre la guardia real, Hayden. Gavril ya se ha ocupado de eso. Te marchas dentro de dos días al campamento para recibir el entrenamiento antes de ir a palacio ―explicó su madre, leyendo sus pensamientos.

Se marchaba en dos días. De modo que nadie podría arrepentirse de haberle elegido.

En esa ocasión, fue Gavril quien tomó la palabra:

―En cuanto a ti, Sun. Te enviaremos junto con tus padres a Ángeles hasta el comienzo de la selección. Se os asignará una casta y viviréis en una granja alejada de la ciudad. Tu acometido, por el momento, será esperar hasta que tu nombre se anuncie en el Report de dentro de tres semanas.

Sun asintió, sin preguntas. Así era ella, aceptaba órdenes sin cuestionarlas. A Hayden le hubiese ido mucho mejor siendo como su compañera.

―Una vez en el palacio y comenzado el concurso ―explicó Boger Bow―, tendréis que encontrar los diarios de Gregory Illéa. Según tenemos entendido, se encuentran a buen recaudo en una de las salas ocultas del palacio.

La finalidad de la selección era conseguir fundamentos históricos que les ayudaran a arrastrar a la población hacia una revolución. Los diarios de Gregory Illéa eran, entre otros documentos, de suma importancia. Pues él había sido el fundador del país y el creador de las castas que se habían extendido al resto del mundo.

―¿Eso es todo? ―preguntó Hayden, sin pretender sonar arrogante. Porque el sentimiento que más lo abordaba era la impaciencia.

―No ―negó Gavril Fadaye―. Debo avisaros de que el rey Clarkson ha instalado cámaras de vigilancia en los pasillos, así como micrófonos. Debéis tener mucho cuidado, hablar sólo en las habitaciones o en la Sala de Mujeres. El rey no espera que vaya más de un rebelde, como tampoco espera que dicho rebelde comparta su condición con las demás participantes.

―Entonces ―dijo con aire confuso Sun―, si van a vigilarnos, ¿cómo vamos a investigar por el palacio?

―Chicles ―respondió escuetamente la madre de Hayden.

―¿Chicles? ―preguntó él.

A modo de respuesta, Amara se dirigió al intercomunicador. Pulsó el botón y tras un escueto «Tráelos» regresó a su posición en la mesa. Un minuto después, Clayton, el científico informático de la base, apareció. La rigurosidad era uno de sus rasgos más marcados, aparecía en los sitios de la nada, como si de un fantasma se tratara. Hasta su aspecto emulaba a un fantasma. Tenía la piel curtida y grisácea, que se le hundía en los huesos. Alto y delgado como un junco encorvado por el viento. Sin entretenerse en saludar, dejó unos paquetes alargados de papel aluminio sobre la mesa. A continuación, se marchó.

―Siempre tan simpático este muchacho ―comentó Gavril, acariciándose la barbilla.

―A lo que íbamos ―dijo la madre de Hayden con tono apremiante.

Rasgó uno de los paquetes alargados y de él sacó una pastilla que desprendía un aroma mentolado.

―Estos chicles han sido creados con el propósito de ayudaros en vuestra misión.

Hayden entrecerró los ojos, buscando motivos por los que un chicle fuese útil, además de para placar el mal aliento.

―Cuando mastiquéis uno, este emitirá una frecuencia propia que interferirá con la de las cámaras y los micrófonos. ―Hayden y Sun debían de presentar un aspecto de estupor. Porque el general Greek se apresuró a añadir―: No os preocupéis, no son dañinos, son chicles normales. Es importante que sepáis, que sólo debéis utilizarlos en caso de emergencia porque si no resultaría sospechoso que las cámaras fallaran cada poco tiempo. Desde el momento en que lo mastiquéis, dispondréis de una franja de una hora hasta que deje de funcionar. ¿Alguna pregunta?

Hayden aguardó a que Sun hiciese las preguntas importantes. Porque a él no se le ocurría ninguna.

―¿Cómo vamos a reconocer a las otras rebeldes? —Hayden supuso que se refería a la hija de Proust, pues ambos conocían a Artyca.

Gavril levantó la mano, como pidiendo la palabra.

―La estrella de cuatro puntas, el primer día la llevarán visible para que las reconozcas. ―La estrella era el signo de identificación de los Sureños―. Tú debes hacer lo mismo, después se lo comunicarás a Hayden. En lo que se refiere a los documentos, yo seré vuestro contacto. El día que vaya a visitaros a cada una de vosotras antes de que os marchéis a palacio, os daré las pautas para ello.

Sun asintió. Hayden se sintió un poco excluido, pero en ningún momento puso objeción.

―Hayden, tú misión primordial es protegerlas a ellas. Gavril hará todo lo posible porque se te asignen sus guardias―Los ojos gélidos de Boger hacían creer que le había leído el pensamiento―. De todas maneras, como guardia, tendrás acceso a más estancias del palacio. Intenta hacerte amigo de las personas importantes, de los militares que llevan años allí para obtener información que pueda ser de utilidad.

―Y si es necesario, lígate a alguna doncella. Dios sabe que conocen todos los secretos que habitan ese sitio ―confluyó el general Proust.

Hayden asintió, al igual que su compañera. Seguía sin atreverse a expirar más de dos palabras completas.
La reunión llegó a su fin. Los generales Bow y Proust se marcharon de la base rato después, de vuelta a sus hogares. Al igual que Sun y su padre. Ya sólo quedaban Hayden y su madre; mirándose el uno al otro sin mover un músculo.

Hayden tenía la necesidad de preguntarle por qué de pronto había decidido dejar su cruzada por protegerlo. Pero no dijo nada, la mente de Amara parecía alejada del lugar.

―¿Podrás con ello? ―dijo al rato, sobresaltándolo.

Era una buena pregunta. Por muy contento que estuviera, las dudas comenzaban a hacerse eco en su cabeza. Sin embargo, había más determinación que dudas. No podía fallar. Encontraría los diarios de Gregory Illéa a cualquier coste. Se lo debía a Damián… y las trece personas que había matado trece años atrás.

―Sí.
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Artyca nunca había comparecido ante un tribunal. Pero sentada a la cabecera de la mesa de su diminuta cocina, con los ojos de Athea  y los de su abuelo taladrándola, se hizo una idea. La tensión volaba por la habitación como un insecto molesto. Presionada por sus ojos, era incapaz de pensar.

―Puedes negarte, tenemos voluntarias que podrían ocupar tu lugar ―repitió su abuelo por octava vez consecutiva.  

Las intenciones del abuelo no pasaban desapercibidas para ella. Siempre usaba la misma táctica. Aseguraba que no debía hacer esta o aquella cosa, para que Artyca hiciese precisamente esta o aquella cosa.

―Iré —determinó.

En el rostro de Athea se dibujó una mueca de terror. Si todavía era capaz de albergar dudas, cuando Artyca recorrió el rostro cansado y desnutrido de su hermana, para después posar la vista en su vientre hinchado por el embarazo; se esfumaron.

―Artyca… ―comenzó a decir su abuelo, levantándose lentamente de la silla. Como si temiera que fuese a evaporarse allí mismo.

―Tengo que ir ―lo interrumpió. Miró a ambos con intención antes de decir―: Tú lo dices siempre, debemos dar ejemplo. No podemos pedir a miles de personas que se enfrenten a una revolución si nosotros no estamos dispuestos a correr riesgos.

―¡A mí me da igual que haya que dar ejemplo! ¡Es peligroso! ―chilló Athea, dando un puñetazo en la superficie de la mesa―. El rey espera infiltrados en el concurso. ¡No irá!

Artyca sintió que se le encogía el corazón al ver en un estado tan lamentable a su hermana mayor. No sólo habían perdido a sus padres un año atrás durante una misión fallida. También acababa de perder a su marido por enfermedad. Estaba embaraza, inutilizada para el trabajo y hambrienta.

Debía hacerlo por ella. Con la compensación monetaria que les darían en cuanto Artyca entrase en el programa, serían capaces de respirar de nuevo.

―¿Cuánto crees que durará la comida que ha traído el abuelo de la Base? ―le preguntó, señalando los paquetes apilados en armonía sobre la encimera.

―Yo…, no me importa ―mintió Athea, frotándose el vientre.

―Debería, porque mis actuaciones no son suficientes para cubrir los gastos. Dentro de cuatro meses tendrás un bebé y no vamos a ser capaces de mantenerlo. ―Boger le lanzó una mirada de advertencia desde el otro lado de la mesa. «Estás siendo muy dura», decía ―. El abuelo no puede trabajar. Tú no podrás hacerlo porque tendrás que cuidar del bebé. ¿No quieres que todo esto termine? ¿No quieres vivir en un mundo justo?

Pero también accedía porque era su deber como Sureña. Por fin tendría la oportunidad de hacer algo por la causa, aparte de leer Historia y entrenar en el patio trasero. Quería formar parte de todo aquello. Desde que abandonaron la Base cuando tenía doce años, se sentía excluida de todo.

Athea frunció los labios, casi a punto de romper a llorar.

―Artyca, no puedo perderte a ti también ―sollozó.

La rodeó con los brazos. Reprimió la cólera que la embargaba con tanta frecuencia. El rostro pagano del rey
Clarkson inundó su visión. El causante de todo el dolor que estaba sufriendo su familia; el asesino de sus padres.

―No lo harás ―prometió, cruzando los dedos entre los mechones de pelo de Athea―. Sólo tengo que conquistar a un príncipe.

―Y encontrar los diarios, que no se te olvide ―apuntó su abuelo, como para recordarle que no iba allí para ligar.

Los diarios de Gregory Illéa… El hombre que había fundado el país, puesto fin a la guerra y el creador del sistema de castas que les asfixiaba los pulmones. Todo el mundo vanagloriaba a Gregory Illéa, salvo los Sureños. Ellos sabían la verdad, por eso precisaban encontrar los diarios.

Sus padres habían sido los rebeldes encargados, junto con otros encubiertos, de encontrar los diarios. Artyca no concebía mayor honor que retomar la misión por la que sus padres perdieron la vida. Y ellos eran el motivo de peso que la había llevado a aceptar sin pestañear.

La cena aquella noche fue silenciosa. Athea siseaba entre dientes cosas incomprensibles. Su abuelo repasaba una y otra vez la solicitud para la selección que una hora antes había rellenado Artyca. Todas las preguntas y sus respuestas estaban bien archivadas en su cerebro. Como cualquier palabra o imagen que veía. Su memoria fotográfica la hacía memorizar todo lo que sus ojos tocaban de forma automática. Por eso la habían seleccionado para infiltrarse.

Al día siguiente fue a presentar la solicitud a la oficina de la provincia. La fila daba vuelta a la manzana y todas las chicas allí presentes habían sacado sus mejores galas para la ocasión. Salvo Artyca, que vestía sus ropas marrones habituales, como correspondía a una Cinco.

Boger la conduzco hasta el final de la fila, detrás de tres chicas mayores que le lanzaron una mirada aviesa por encima de sus hombros.

―Es toda una suerte que me vayan a infiltrar, porque no me iban a seleccionar ni para fregar el suelo ―bromeó.

―Artyca, haz el favor… ―murmuró su abuelo, enseñando su perfecta dentadura a un conocido que pasaba por la
calle.

Su padre la había enseñado a ser un rostro bonito del que nadie nunca sospechase. La niña perfecta y displicente. Ser la persona adecuada para cada situación. Pero había ocasiones en las que su temperamento ganaba cualquier tipo de enseñanza.

Guardaron la cola durante horas, para cuando fue su turno, Artyca estaba tan cansada que fue incapaz de sonreír para la fotografía que adjuntarían a su solicitud. Aunque en realidad daba igual. Su nombre aparecería en el Report con sonrisa o sin ella.

Los días que precedieron a su marcha fueron extenuantes. Pasó los días entrenando con su abuelo, elaborando estrategias, elucubrando las posibles localizaciones de los diarios. Mientras, en silencio, ella trazaba su propio plan: la manera de acabar con la vida del rey. Quería conseguir los diarios, pero su otra misión era igual de importante.

Tres semanas más tarde, durante el noticiario del viernes, informaron a los telespectadores que inmediatamente después de la retransmisión anunciarían a los seleccionados en un programa especial, The Selection, creado exclusivamente para el evento que se aproximaba. Mientras anunciaban los resultados de los otros países, Boger se dedicó a informar a sus nietas de quiénes eran los rebeldes infiltrados en cada una de ellas.
Unos cuantos minutos más tarde, llegó el turno de Illéa. Artyca no pudo evitar sentirse nerviosa. El plató en el que estaba el presentador del programa se hizo pequeña a un lado de la pantalla y apareció Gavril Fadaye, retransmitiendo en directo desde el palacio de Illéa.

―Jopé, me muero de nervios por saber a quién tendrás que conquistar ―exclamó Athea mordiéndose la uñas.

―Menos mal que no querías que fuera ―dijo Artyca, sin apartar la vista de la pantalla.

Hacía días que había olvidado su cruzada por evitar la marcha de Artyca. Y se había dedicado a enseñarle buenos modeles y todos sus conocimientos sobre protocolo.

Gavril estaba de pie en una plataforma elevada. Tras él, sentados en butacas, se hallaban los príncipes: Sylvan, Ripcard y Noah.

―Ojalá te toque con Ripcard ―comentó su hermana, poniéndose roja.

―Yo prefiero a Sylvan ―respondió.

El heredero al trono era el único que no le causaba aprensión. Siempre se mostraba consternado antes las malas noticias que afectaban a la población del país. Parecía ser algo más que un príncipe mimado.  

―Silencio, niñas ―las amonestó su abuelo, subiendo el volumen de la televisión.

Las palabras cesaron en el momento justo en el que Gavril comenzaba con las explicaciones. Artyca nunca había presenciado una selección, pero su madre le contó que en el proceso habitual entraban a concursar treinta y cinco chicas. Como habían extendido el concurso a otros países y participaban los hermanos y hermanas de los herederos, el número de candidatos sería de doce.

―… y sin más dilación ¡Aquí están las afortunadas! ―exclamó Gavril.

En esa ocasión fue la casa real de Illéa la que se trasladó a la esquina de la pantalla y el plató de The Selection, volvió a su posición inicial. Como habían hecho hicieron con los países anteriores, aparecieron en pantalla las fotos de todos los herederos. Y debajo de ellos los nombres de los ganadoras, con una pequeña foto al lado de estos.

Artyca buscó su nombre en todas las columnas. La decepción fue colosal cuando lo encontró en la de Noah Shawcross. Era el que menos le había gustado siempre, con esa cara de aburrimiento y vanidad. Iba a tenerlo difícil…

Momentos después sonó el teléfono y, no dejó de sonar desde entonces. Recibió más visitas en esos tres últimos días de las que había tenido nunca. Primero fueron los soldados, que debían velar por su seguridad —aunque en realidad querían comprobar que no escondían evidencias rebeldes—. Después fue el hombre odioso que la obligó a demostrar que todo lo que había puesto en el apartado de «Talentos» era verídico. A ellos les siguieron modistas, entrevistadores, fotógrafos…

Pero la visita importante de verdad, llegó un día antes de irse al palacio. Gavril Fadaye apareció por la tarde, mientras una reportera del programa entrevistaba a su abuelo y Athea. Había varios camarógrafos filmando la casa. Al día siguiente la escoltarían hasta la plaza de la provincia y grabarían la pequeña ceremonia que harían en honor a las seleccionadas de Belcourt.

―Señor Fadaye ―saludó.

La obsequió con una inclinación de cabeza. Sobre las solapas de su traje azul marino, brillaba un broche de la estrella de cuatro puntas que los identificaba. Se hizo a un lado para que pasara.

―Es un placer conocerla, lady Artyca ―dijo lo suficientemente alto para que le escucharan en el salón.

Las formalidades eran incómodas. Gavril era amigo de su abuelo desde hacía años y cuando ella todavía vivía en la Base, acostumbraba a darle caramelos y jugar con ella al ajedrez cada vez que iba de visita.

―¿Hay algún sitio privado dónde podamos hablar?

Lo condujo a la cocina. Preparó café para los dos y se sentaron el uno al lado del otro.

―Antes de empezar con lo verdaderamente importante ―comenzó Gavril, sacando unos papeles de la carpeta y situándolos frente a Artyca―, tengo que pedirte que firmes estos papeles. ―También le tendió un bolígrafo—. Son informes médicos y un contrato en el que te comprometes a cuidar tu imagen y tu cuerpo. Me han dado unas vitaminas nutritivas para ti.

―Me siento como una propiedad —masculló, agarrando el bote de vitaminas que le tendía Gavril.

―Es lo que el rey pretende que seas.

Se vio sacudida por la cólera, aunque firmó los impresos sin rechistar. Decidió no leerlos, pues no podría deshacerse de las palabras ni de la turbación que seguro le producirían. A continuación, Gavril le relató las normas del concurso. Ninguna resultó demasiado salvo la de las clases y que el príncipe Noah podía pedir verla a la hora que se le antojase. También le dio el primer talón con dinero para su familia.

―Ahora, vamos con el asunto que de verdad es importante para nosotros ―suspiró Gavril, deshaciéndose el nudo de la corbata.

Artyca asintió y Gavril adoptó la voz de los Report, desenfadada pero metódica:

―Tus compañeros de misión son: Sunshine Greek, Amika Proust y Hayden Piddle. Las dos primeras se infiltrarán como concursantes y el último como guardia real. Tu misión el primer día es reconocerlos. Pero no hables con ellos más de lo que lo harías con cualquier otro.

Sun era su mejor amiga, Hayden había sido su niñero en varias ocasiones. De Amika no sabía qué esperar. Deseó que Donny estuviese allí. Prefería compartir misión con gente que conocía. Y aunque su amistad, al igual que la de Sun, se basaba sobretodo en cartas; no había personas en las que confiase más.

»Como te habrá explicado Boger, el rey ha tomado extremas precauciones. A las que nosotros hemos tratado de poner remedio ―Gavril sacó de su bolsillo tres paquetes de chicles, sobre los que ya le había informado su abuelo―, los primeros días limítate a reconocer el terreno, deja que las cámaras te vean, da la impresión de que no tienes que esconder. Es primordial que Noah Shawcross se fije en ti desde el primer momento.

Impecable como era, su memoria no perdió detalle.  

―Pero no te confíes, el rey hará todo lo posible porque sólo las candidatas que él aprueba continúen en el concurso. Tienes que conseguir que Noah esté dispuesto a desafiar a su padre por ti. Mantenerte en el concurso será lo que nos acerque a esos documentos.  

―Gavril, ¿cómo nos comunicaremos entre nosotros? ―preguntó Artyca.

El hombre se dio una palmada en la frente, como si hubiera olvidado mencionar algo muy importante.

―La Sala de Mujeres y vuestros aposentos son los únicos lugares sin vigilancia, a petición de la reina. Tenéis acceso a la biblioteca del palacio, en caso de que se os imposibilite hablar en la Sala de Mujeres, dejaros mensajes en código morse. ¿Qué más? ¡Ah, sí! Si tenéis la urgencia de comunicaros conmigo, tendréis que hacerlo durante el Report. Llevad nuestro símbolo visibles, así sabré que me necesitáis. Me pondré en contacto con vosotros en cuanto me sea posible.

―De acuerdo —respondió con aire distraído. Lo único en lo que podía pensar era en que todo dependía de que le gustase a un príncipe egocéntrico…

―Por el momento. ―Gavril se incorporó de su asiento. Se dio la vuelta, pero se detuvo en la puerta. Y con voz solemne, le dijo―: Artyca, cuando estés en el palacio recuerda que la violencia nunca es el camino hacia la paz.

Y tras sus palabras, la dejó sola en la cocina.

«Puede que no hacia la paz, pero sí hacia la venganza».
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Re: The Selection

Mensaje por hypatia. el Dom 24 Sep 2017, 1:02 pm

Capítulo 01, Parte 02.

Escrito por: HYPATIA || Personajes: MARGARITE CHASE, ARTYCA BOW, NOAH SHAWCROSS.




Había interferencias en la habitación, como si estuviera encerrada en las entrañas de una radio. O quizá era su cerebro jugándosela, exhausto por una noche entera sin pegar ojo. Con el fin de terminar la condenada canción que en ese momento, Turian leía tras sus gafas con su gesto permanente de repugnancia.

Margo mantenía los dedos unidos formando un extraño rombo. Cabeceaba de tanto en tanto. Pero la irritación la mantenía despierta. En el fondo, sabía que Turian alargaba la lectura innecesariamente. Cada una de sus acciones estaba escogidas para llenarla de frustración. Se sentía como una granada. Pero, incapaz de  explotar. No importaba cuánto la empujasen a ello, tenía que aguantar. Porque sino destruiría cosas irreparables…

El hombre dejó caer los papeles sobre la mesa al son de un deliberado suspiro. Entrelazó las manos sobre ellos. Margarite se mordió la cara interna de la mejilla para no gritar. El corazón le palpitaba ansioso. Ya no era una radio con interferencias. Se había convertido en velocímetro sobrecargado.

—¿Y bien? —preguntó, modulando la voz. Cruzó los brazos sobre el pecho para ocultar los puños apretados.

Turian la miró desde el otro lado, recortado por el sol perezoso del amanecer que se filtraba cuarteado por el gran ventanal tras su espalda, bañando la habitación de un fuerte azul añil. Desde el despacho del consejero podían verse los jardines del lado este, donde Margo solía practicar esgrima con Annelys.

—Tienes que reescribirla, en su mayoría —sentenció tras alargar la agonía unos segundos más—. Estás dando un mensaje equivocado.

El velocímetro llegó a su límite, pitaba con fuerza. Margarite se arrastró hasta el borde de la silla, que crujió bajo su peso.

—Habla de un pájaro —recalcó, señalando con la barbilla la canción que él aprisionaba bajo sus manos sucias, peligrosamente cerca de la taza de té que estaba tomando—. Ni si quiera tiene mensaje…

Turian forzó una sonrisa amable, que tenía poco de lo último. Era la misma sonrisa que le dedicó el día que fueron a buscarla, hacía ya cinco meses atrás. Cuando le dijeron que si se marchaba al palacio y mantenía las buenas relaciones con la casa real perdonarían su error y su familia estaría a salvo.

—Un pájaro que consigue volar después de que le rompan las alas.

No pudo evitarlo, se le escapó una risa sarcástica. Por suerte, evitó el puñetazo que habría querido dar contra la mesa. Para que rebotase en las paredes recubiertas de papel azul, ornamentada con cuadros de artistas muertos milenios atrás.

—Los pájaros vuelan, es su naturaleza —rebatió.

—Reescríbela —repitió, dando un sorbo de té—. Te sugiero que el pájaro no aprenda a volar. No queremos dar un mensaje erróneo a tus seguidores… —Una mueca de sonrisa acaparó su expresión.

«Lo que voy a hacer es meterte la cucharilla por el culo», pensó Margarite, con la mandíbula apretada. Y, probablemente, en otras circunstancias lo habría hecho. Pero la imagen de su familia acudió en el momento preciso. Le recordó que escribía canciones estúpidas, que cantaba en todas esas fiestas y estaba en ese palacio para protegerlos. No podía permitir que su imprudencia perjudicara a su familia de nuevo.

—De acuerdo —murmuró, tirando con fuerza de los papeles.

—Mañana a la misma hora —respondió Turian, mirando distraído los gemelos de su traje.

Margarite se incorporó de la silla con fuerza y se marchó echando humo, sin despedirse. Se permitió dar un portazo que reverberó en todo el pasillo. Fuera, un par de guardias saltaron sobre sus pies, aunque se recompusieron enseguida. Margo inclinó la cabeza a modo de saludo antes de echarse a andar por el pasillo. Apretaba los papeles con desmedida fuerza. Sus pulmones supuraban gritos de guerra, opiniones, personalidades encerradas en jaulas de huesos.

—Querida, ¿hay algo que te perturbe?

Frenó con tal brutalidad que parecía haberse chocado con un muro invisible. Dio la vuelta sobre sus talones y exigió a sus pulmones que aguantasen un poco más.

—Buenos días, Majestad —hizo una reverencia—. Estoy bien, gracias por preguntar.

El rey asintió solemne con un gesto amable. A menudo, le emulaba un poco a su padre, aunque más peinado y mucho menos arrugado. Pero era la manera en la que sonreían las patas de gallo en los ojos del rey, la calidez que desprendía a través de ellos. Era un hombre bondadoso, igual que su mujer, dos seres humanos de carne y hueso que se preocupaban por todos los seres humanos de carne y hueso.

A Margarite no le había tomado mucho tiempo adivinar que su cautiverio en el palacio, poco tenía que ver con los reyes. Ni las leyes atosigantes, ni la eliminación de subvenciones, ni ninguno de los males que aquejaban Victorville. Todo era obra del Consejo Real, que construían su mandato del terror en la sombra, mostrando a los reyes como los únicos verdugos.

—¿Es la canción para la fiesta? —se interesó el rey, ajustándose el nudo de la corbata. Otro gesto que le recordaba a su padre. Aunque, Wolfgang solía anudársela en la cabeza, cuando realizaba una improvisada función de teatro en el salón de casa.

Margarite asintió. La selección comenzaba ese día y como parte de los eventos de esa semana, habían programado una fiesta nocturna en el jardín para el domingo. Era la clase de sitios en los que la exhibían, para que el pueblo tuviese bien presente a lo que se enfrentaban si desviaban el camino. Como lo había pasado a Margo. Se había acomodado en su nueva posición y había olvidado que seguía siendo una esclava más. Que cualquier indicio de rebelión, aunque fuese a través de una estúpida canción, tenía consecuencias.

Alguna de sus emociones debió escaparse a su rostro, porque el rey frunció el ceño.

—Voy a darte un consejo, querida —comenzó a decir, con voz atronadora pero cálida. Juntó las manos a la altura de los pulmones—. Los seres humanos siempre estamos capacitados para encontrar la manera. Encuentra la tuya.

No tenía la menor idea de lo que quería decir con ello.

—Es la tercera vez que la escribo. También es la tercera que Turian la rechaza —explicó, lanzando dardos a la puerta del despacho del nombrado.

—Como digo, debes encontrar la manera —repitió, una efímera sonrisa estiró sus labios—. Y, ahora, si me disculpas,
debo ir a ver mis hijas —suspiró.

—Gracias, Majestad.

Realizó una nueva reverencia y aguardó a que el monarca cruzase las dobles puertas que daban a la sala de reuniones. Puesto que, dar la espalda al rey era tomado como una falta de respeto. Ya se había caído de culo unas cuantas veces por intentar abandonar una habitación caminando de espaldas.

El sol aún no había alcanzado su punto culminante en el cielo cuando Margarite llegó a los exteriores. Decidió que el desayuno podría esperar hasta la hora de la comida. No le apetecía verse envuelta en el frenesí que acogería el palacio aquel día. Ya vería a Annelys y Gytta más tarde.  

Se aventuró entre el laberinto de zarzales que conducían a su casa. La vivienda se hallaba situada en un claro, cerca del muro sur que delimitaba el palacio. A menudo, cuando estaba allí, encerrada por los altos pinos, se sentía como la muchacha del cuento que solía recitarle su padre de niña. Escondida en una casa en medio del bosque, solo que sin los enanos machistas a los que hacía la colada.  

Llegó pasados cinco minutos. La temperatura descendió unos cuantos grados. El techo de árboles le impedía adivinar si había amanecido del todo. Entró en la casa, una construcción diáfana de una sola planta. A la derecha, una cocina moderna en desuso, ya que solía comer en las cocinas o en el Gran Comedor, junto con las princesas. A la izquierda, un sofá en forma de ele, frente a una gran pantalla de plasma. Al fondo, la cama, justo debajo de una ventana. Y, por último, la puerta que conducía al baño. Las paredes estaban pintadas de blanco, mientras que los muebles alternaban una gama de color entre tonos de gris y rojo.

Una jaula muy bien equipada, con montones de juguetes para entretenerla. Incluso tenía conexión a Internet, un lujo que una exhaustiva minoría podía permitirse en todo el mundo. Podría comunicarse con su familia por correo electrónico, pero Margarite prefería el correo convencional, el que utilizaba la mayoría.

Tiró las hojas sobre la mesa del café y fue a tirarse en la cama. Abandonó las almohadas a un lado, ya que era incapaz de dormir con ellas. Miró el techo, alabastrino, como su cerebro. En un gesto mecánico, jugueteó con su collar: una estrella de cuatro puntas bañada en plata, que había pertenecido a Lukas, su novio.

Si apretaba mucho los ojos, todavía era capaz de imaginarlo al detalle en su cabeza. Un recuerdo perenne, con olores y expresión. Escuchaba su voz, áspera y sibilante, que siempre le erizaba el vello de los brazos. La voz decía: «En menudo lío te has metido, Maggie». Después, el recuerdo se cristalizaba en mil pedazos que se le clavaban en el estómago. Porque Lukas ya sólo era un recuerdo que cada vez resultaba más complicado evocar.

Habían transcurrido ya cuatro años desde que murió a causa de un tumor en el cerebro. El dolor no remitía, tampoco las pesadillas, ni mucho menos la impotencia por no haber podido ayudarlo. Para cuando Margarite tuvo el dinero suficiente para costear el tratamiento,  fue demasiado tarde. Todo cuanto pudo hacer fue sentarse en una silla a esperar a que muriese.

Se rodeó con sus brazos intentando deshacerse del dolor punzante en su pecho. Lukas había muerto por culpa de la injusticia de su mundo. Ella estaba presa por él. Y, su familia, amenazada de muerte.

Tenía las manos atadas con cuerdas de ácido. Cada vez que pensaba que se pasaría allí encerrada el resto de su vida, perdía un poco de fuerzas. Le daban ganas de quedarse metida en esa cama para siempre, fingir un accidente, para que de esa manera no pudieran hacerle nada a su familia.

Pero entonces, Lukas resurgía en un torbellino. La rodeaba como una bofetada. «No permitas que el mundo acabe contigo. Esto no durará siempre, resiste». Fue de las últimas cosas que le dijo. Siempre determinado, lleno de confianza, como si tuviese una información privilegiada acerca del futuro. Tanto daba, si eran las palabras de un moribundo delirante. Lukas era su fuerza. Al igual que sus padres; «Nunca, por nada del mundo, dejes de soñar».

De pronto, las palabras del rey cobraron sentido. «Encuentra la manera». Era un mensaje, un aviso, una brisa de ánimo.

«Encontraré la manera de escapar de aquí», se dijo, más convencida que nunca. Y, así, cayó en un sueño profundo, libre de pesadillas por una vez.
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Los acontecimientos del día acudían a su mente en fogonazos veloces. Desde la ceremonia en el ayuntamiento de Belcourt, los agotadores tratamientos de belleza que se habían extendido hasta la cena y sus irrevocables ganas, unas de las que no fue capaz de deshacerse, de mandarlo todo a tomar por saco y marcharse a su casa.

La Selección se le había alojado en la boca del estómago, igual que una comida mal digerida.

Artyca daba vueltas en la cama, las sábanas le asfixiaban el cuerpo y el inservible camisón se le subía cada poco hasta las costillas. Para colmo de males, el dolor del tobillo se había intensificado. Palpitaba con un corazón individual y no hacía más que recordarle su inoportuna caía al descender por los escalones del Ayuntamiento de Belcourt, cuando se disponía a subir al taxi que la conduciría al aeropuerto.

Se incorporó sobre el colchón, cansada de dar vueltas. Su respiración se había vuelto trabajosa y el corazón le martilleaba en las sienes y la garganta. Lamentó que la ornamentada habitación, decorada con tapices exquisitos y muebles ornamentados, no dispusiera de un piano. Habían mandado traer una guitarra y un violín. Pero no un piano y los desvelos solo la abandonaban cuando lo tocaba.

Haciendo caso omiso del dolor del pie que se había torcido en la caída, comenzó a dar vueltas por la habitación. ¿Se trataba de una ilusión o las paredes parecían estrecharse? Abrió las puertas del balcón, por donde se filtraba la luz mortecina de la luna, en busca de aire. Pero los barrotes que rodeaban la terraza no hicieron más que acentuar la presión en su pecho. Estaba encerrada; estaría encerrada durante meses en una bonita jaula de cristal. Como una prisionera. Poco importaba su acometido en el palacio, ni la ayuda que Gavril había prometido. La sensación de angustia no remitía. Además, si las cosas se torcían, nada podría salvarla. ¿Dónde demonios se había metido? «No seas cobarde, Art», dijo una molesta voz en su cabeza.  

Un sollozo apretado se le escapó por los labios, muy impropio en Artyca. Que incluso se había impedido derramar una lágrima cuando había visto la ejecución televisada de sus padres, en las inmediaciones de ese mismo palacio. Sin saber muy bien qué hacía, se enfundó una sudadera y salió al pasillo. Poco le importaron las cámaras y a quien pudiera encontrarse. Echó a correr hacia las escaleras.

Acabó en el piso inferior, pasó por la vidriera que daba al patio y por la Sala de Mujeres. La disposición del palacio que había visto aquella mañana se había quedado impresa en su cerebro, como si llevase años viviendo allí. Desembocó en un pasillo sin salida y se metió en la primera sala que encontró.

La estancia era enorme y quedaba claro que no se usaba con frecuencia. Las alfombras aculaban polvo al menos desde hacía una década, los poco puebles se hallaban tapados con sábanas y las ventanas de la pared del fondo estaban sucias. Sin embargo, en el centro de esa sala que olía a humedad, encontró un piano solitario y polvoriento. Corrió hasta el banco y, prácticamente, se abalanzó sobre las teclas.

Tocar la ayudaría…

La música reverberó en la inmensidad de la sala, tan solitaria y apacible. Su ansiedad se transmitió en las notas; temblorosas e indecisas. Quería gritar, tan alto como para hacerse daño. Salir corriendo, hasta que se le cayesen las piernas. Daría lo que fuera por estar en el salón de su casa, escuchando a su hermana tararear una canción y viendo a su abuelo sentado en el sillón, pensativo.

No debió aceptar la misión. Importaba poco el entrenamiento y  sus habilidades. Artyca no era una guerrera. Tan solo era una Cinco, que nació bajo otro título, otra casta; prohibida y peligrosa.

Un grito estrangulado espiró de sus labios temblorosos y mojados por las lágrimas. Sin embargo, sus manos autómatas, se sobrepusieron a su desasosiego. Y cambiaron la melodía discordante por un clara y concisa. La de la canción de cuna que solía interpretar su padre para ella cuando era niña, después de un mal sueño.

Poco a poco, la calma de la música pertrechó en Artyca, matando el desconcierto. Recordó por quién y para qué estaba allí. Era más fuerte que todo eso, que un programa de entretenimiento y una panda de títeres reales. No lo había elegido, pero sí; era una Cinco y, también, una rebelde. Por nacimiento, por derecho. Significase aquello lo que significase.  

Tras terminar la canción, una paz se expandió por su cuerpo. Cerró los ojos y respiró hondo. Ya. A partir de ese momento, no volvería a titubear. Cumpliría su misión y llevaría a término su venganza.

Un carraspeo se hizo eco a su lado. Casi se cayó del banco al ver al mismísimo sucesor al trono de pie junto a ella. Todavía iba vestido con el traje que le había visto en la cena. Solo que la camisa se le arrugaba por encima de los pantalones y la corbata colgaba desanudada bajo el cuello. El cansancio parecía un miembro más en su cuerpo y el pelo rubio se le disparaba hacia el techo. Sylvan Shawcross.

Artyca tragó saliva… ¡Vaya suerte!

―Hola ―exclamó con voz chillona. Después se dio cuenta de con quién estaba hablando y trato de rectificar―. Quiero decir…, Alteza.

Los labios de Sylvan Shawcross se curvaron levemente. Sin terciar palabra. La amabilidad que le había visto dispensar a través de la pantalla de la televisión se sobreponía al cansancio.

―«Hola» está bien ―la tranquilizó sonriendo. Con una voz comedida, tranquila―. Lady Artyca, ¿no es así? ―preguntó, señalándola.

A pesar del buen trato, Artyca tenía muy presente de con quien estaba hablando. Era el primogénito de Clarkson. Bien podría estar interpretando una pose. Un lobo escondido bajo una piel de cordero. Quizá, a puerta cerrada, fuera tan despiadado como su padre. Pero su instinto le decía otra cosa. Y, su instinto, nunca fallaba. Sea como fuere, Artyca también podía interpretar un papel:

―Así es, Alteza ―respondió con lentitud, exagerando su modestia. Sylvan continuó mirándola, sin expresión en el rostro. Por lo que añadió―: Yo…, esto siento lo de la música. Bueno y haberme colado en esta habitación…, y andar por el palacio como si fuese mío. Pero no podía dormir, suelo tocar el piano cuando no puedo dormir. A alguien se le olvidó poner un piano en…

El tartamudeó le nació del alma, no tuvo que fingir.

Sylvan prorrumpió en carcajadas en medio de su perorata. Tenía una risa estridente, vibrante, que chocó contra las paredes provocando un eco agradable. Que no iba para nada acorde con la imagen seria que mostraba el príncipe en el Report. Artyca se quedó con la boca abierta, no sabía muy bien cómo reaccionar. ¿Era posible decirle a un príncipe que estaba mal reírse de los demás sin que la castigasen por ello?

―¿Te importa si me siento contigo un rato? ―preguntó Sylvan con la galantería de una persona bien educada.

Artyca se deslizó por la banqueta para dejarle sitio. Sylvan se sentó a su lado, espirando un suspiro derrotado por el cansancio y depositó la chaqueta sobre sus piernas.

Se sumieron en el silencio. Artyca aguardaba algún tipo de amonestación por parte del príncipe, así que se mantuvo callada. Una llamada de atención no era la mejor manera de comenzar. Así que decidió hacerse la inocente.

―No se ofenda, Alteza ―habló cuando no pudo aguantar más el silencio―. Pero se supone que no debemos hablar con ustedes hasta mañana, cuando nos presenten oficialmente―. «¡Toma ya!», pensó. Las clases de protocolo de Athea sí que habían servido para algo.  

Sylvan orientó el cuerpo hacia ella. En la cercanía, pudo apreciar los surcos negros que tenía bajo los ojos. Parecía completamente agotado.

―En la soledad, me gusta que me tuteen, sino es una molestia para ti ―aclaró con una sonrisa ladeada―. Y hasta donde he podido apreciar, estás aquí por mi hermano Noah, no por mí.

―Buen punto. ―Artyca no pudo por más que corresponderle la sonrisa. Sylvan era todo lo que sus acciones en televisión denotaban. Encanto, empatía y cordialidad. No había rastro de la condescendencia con la que hablaba su padre.

Muy a su pesar, bajó un poco la guardia con él.

―Eres buena tocando el piano ―comentó Sylvan, pasando los dedos por las teclas―. ¿Qué interpretabas?

Artyca suspiró. De golpe, la relajación cesó. Pensar en su padre, en que estaba hablando con el hijo del hombre que terminó con su vida, incendiaba el odio de su cuerpo.

―Una antigua canción de cuna, mi padre solía tocarla para mí ―murmuró, procurando reprimir el odio. Sylvan no era responsable de los actos del rey Clarkson.  

―Leí en tu ficha que fallecieron el año pasado. Lo siento mucho. ―Sylvan habló con tanta sinceridad, que resultó ser el primer «lo siento» que escuchaba en mucho tiempo que de verdad la hizo sentir mejor.

Artyca se encogió de hombros. Se sentía exhausta en ese vaivén de emociones. Que si me fío de ti, que si no…

―Fue hace tiempo —trató de restarle importancia—. Y siento haberme colado aquí, pero necesitaba salir de la habitación. ―comentó. En parte para desviar la atención de sus padres y, en parte, bueno, no sabía muy bien el porqué.

―Cuesta acostumbrarse a este sitio sino te has criado en él. Pero tiene su encanto, pronto no te resultará tan incómodo.

Agradeció mucho que intentara subirle los ánimos. Tomó una decisión pasajera, se fiaría de Sylvan, de su manera de proceder, hasta que le diese motivos para no hacerlo. Tener una relación cordial con alguien de su posición la beneficiaría.

―Aunque la comida está muy bien, no sabía que existieran tantas maneras de cocinar arroz.

―Y eso que todavía no has probado las fresas rellenas de chocolate.

Sylvan se alborotó el pelo y reprimió un bostezo.

―Creo que va siendo hora de que me vaya a dormir. Deberías hacer lo mismo, mañana también será un día muy largo.

«Qué ánimos», pensó Artyca. Se levantó del banco al mismo tiempo que el príncipe. Juntos caminaron hacia la salida. Ya fuera, no pudo evitar echar una mirada a la cámara que los apuntaba. Sylvan detectó su nerviosismo.

―No te preocupes, explicaré al rey que te perdiste buscando el baño. O, simplemente le pediré a Silver  que no le muestre las grabaciones―. No tenía ni idea de quién era ese Silver, suponía que el hacker sobre el que les habían advertido, pero esperaba que fuera tan simpático como Sylvan.

―Gracias, por todo ―susurró Artyca, para que su voz no se extendiera por el frío pasillo.

Sylvan asintió en comprensión, con el rostro partido a causa de las sombras. Se despidió con un rápido gesto de cabeza y echó a andar por el pasillo. Cuando Artyca estaba a punto de hacer lo mismo, Sylvan detuvo sus pasos, como si hubiera olvidado algo importante. Desandando el camino para reunirse de nuevo con ella. No pudo evitar pensar que había cambiado de opinión en el último momento respecto a mostrarse tan indulgente. Quizá su verdadera personalidad hubiese aflorado… Artyca mantuvo la calma, aguardando su reacción.

―Mañana ―comenzó a decir―, cuando mi hermano te pregunte. La respuesta es «sí».

Enarcó las cejas. Sin tener la más remota idea a lo que se refería el príncipe. Antes de poder pronunciarse, Sylvan repitió su inclinación de cabeza y desapareció por el pasillo, con el sonido de sus pasos bailando en las paredes.
Artyca puso rumbo a su habitación, coja de nuevo ahora que la adrenalina de la ansiedad la abandonaba. Desde luego, el primer día en la selección no había tenido desperdicio.

―Lady Artyca, despierte… ―El eco de una voz medrada se coló en su apacible sueño―. Lady Artyca, por favor. ― insistió la voz.  

La susodicha abrió sus ojos un poco. Se llevó un susto de muerte al ver las tres figuras de sus doncellas paradas al lado de su cama. El desconcierto del despertar hizo que se olvidara momentáneamente de dónde se encontraba. Ante la tentativa de lo que esperaba, tiró de la colcha con manos torpes y se cubrió la cabeza con ella. Una leve risa se coló por el tejido.

―Milly ―escuchó cómo regañaba una voz más dura y curtida, crecía que era Kelly. O, ¿se trataba de Selly?

―Señorita, debemos prepararla para que se presente ante el príncipe Noah, por favor. ―Ésa sí que era Selly, con la dulzura acariciando sus palabras.

Rendida, Artyca emergió a la luz. De nuevo la recorrió un escalofrío al ver a las tres chicas paradas a su lado. Deseosas de ser encomendadas a alguna tarea. Reprimió un gruñido. Con pereza, se incorporó. A penas había dormido dos horas, tras regresar a su habitación había escrito una carta para Donny para compartir impresiones. Puesto que su amigo era uno de los infiltrados en el palacio de Direfall.  

―El baño está preparado, señorita ―anunció Milly con las manos recogidas frente al delantal. Era una chica menuda y regordeta, con unos enormes carrillos y dos grandes ojos almendrados, llenos de luminosidad. Pero de mirada huidiza. Unos mechones de pelo rubio escapaban de la cofia.

―Esto…, gracias ―consiguió mascullar. Kelly se había dirigido a la terraza para descorrer por completo las pesadas cortinas, de un color rojo que a Artyca le recordaba a la sangre.

―Mientras tanto, nosotras nos encargaremos de elegir su vestuario ―intervino Selly, que era la más alta de las tres.  
Sus ojos grises le conferían un aspecto regio igual que la expresión de sus labios tersos y finos. Salvo porque andaba medio encorvada y no lucía cómoda en su altura―. Pierda cuidado, causará buena impresión.

Kelly regresó junto a sus compañeras. Se notaba que era la mayor de las tres o, al menos lo aparentaba. Bajo sus ojos negros, asomaban pequeñas patas de gallo y, tenía líneas de expresión en la comisura de los labios. Unas pobladas y expresivas cejas le proferían a su rostro un constante tono de enfado.  

Artyca las observó y, por primera vez se sintió identificada con alguien en el palacio. Era como aquéllas chicas. Cuando conseguía actuaciones para Doses y Treses debía sonreír, mostrarse amable, displicente y no dejar que nunca se notase su descontento. Por muy despreciativos que se mostrasen con ella.

―Lamento mucho cómo os traté ayer ―habló Artyca, levantándose de la cama. El día anterior las había echado a patadas del dormitorio, abrumada por la presión del día.

Las doncellas quedaron sumamente sorprendidas. Como si no estuviesen acostumbradas a ello y, era muy probable que no lo estuvieran―. Estaba abrumada por todo y lo pagué con vosotras, pero eso no es excusa.

―Lady Artyca, no es necesario… ―trató de interrumpirla Selly, con nerviosismo.

―Lo es ―insistió y trató de sonreír, imponiéndose a su malhumor matutino―. Por eso, para evitar futuros malentendidos, quiero aclararos unas cuantas cosas. ―Las doncellas asintieron, recelosas―. Puedo bañarme sola y lo mismo vale para acostarme. No puedo dormir si hay alguien en la habitación, ni siquiera cuando estoy enferma y mi hermana se queda para cuidarme.

―¡Pero, señorita, puede necesitar algo durante la noche! ―reclamó Kelly, para nada contenta con las noticias.

―Si necesito algo usaré el teléfono ―aclaró.

Las doncellas se miraron entre sí, meditando en un idioma silencioso. Artyca necesitaba que estuvieran de acuerdo, estar en buenos términos con ellas. Bien era sabido por cualquiera que los sirvientes podían proporcionar la mejor información. Y ello era crucial para su misión; conocer hasta el último detalle de lo que sucedía allí.

Aguardó cambiando el peso entre un pie y otro. Finalmente, se giraron de nuevo hacia ella.

―De acuerdo ―emitió Selly ―. Sin embargo, tendremos que estar aquí durante el día.

―No tengo problema con ello ―aseguró. A continuación, se introdujo en el cuarto de baño.  

El baño fue el mejor que se había dado en toda su vida. Sus doncellas habían echado en la inmensa bañera sales aromáticas. Se hubiese quedado allí toda la vida, pero Milly no paraba de apremiarla a voz en grito desde el dormitorio. Se cubrió el cuerpo con un albornoz de algodón mullido y el pelo con una toalla del mismo género. Comprobó que el bálsamo para el pie que le habían proporcionado en el aeropuerto, ejercía un carácter milagroso en su maltrecho tobillo. Era capaz de apoyar el pie casi por completo.

A su regreso al dormitorio, encontró la cama perfectamente ordenada. Sobre la que descansaba un vestido de satén raso, de color azul tinta. La parte superior era ceñida, con adornos de pedrería en el torso, unas mangas de gasa translúcida también con pedrería. Tras la cintura, el vestido se ensanchaba en al menos un metro y medio de tela.
Artyca arrugó el gesto.

―¿No hay algo en ese armario menos…, llamativo? ―preguntó observando el vestido ladeando la cabeza. El universo parecía dispuesto a hacerla pasar por una hortera incapaz de identificar un encuentro formal con una fiesta de gala.

Las doncellas se desinflaron.

―Es elegante y formal. Debe causar buena impresión.

―No lo niego ―se apresuró a aclarar―. Pero es muy aparatoso, ni que fuese a conocer al rey en persona…―Resultó imposible para sus acompañantes reprimir la risa―. Vale, sí, conoceré a su hijo. Es solo que no quiero parecer una pieza de exposición. No me sentiría cómoda con él, estoy segura de que sois capaces de escoger un atuendo perfecto para mí.

Animadas por sus palabras se introdujeron en el vestidor. Artyca aprovechó para sentarse en la cama. Inconsciente, comenzó a acariciar el vestido, rugoso en la parte de arriba y sedoso en la de abajo. Le gustaban los vestidos, pero no se sentía ella enfundado en uno. Sin embargo, seguro que se lo pondría en alguna ocasión. Si el príncipe no la mandaba a casa en el primer encuentro…

«Ay Dioses, ¡el príncipe!». No tenía ni idea de lo que iba a hacer cuando estuviese frente a él. Artyca era capaz de memorizar un libro de quinientas páginas en minutos o dejar a alguien inconsciente utilizando dos dedos. Pero no tenía la menor idea sobre chicos.

Por suerte, sus doncellas resurgieron a punto para que no entrase en pánico. Portaban cada una parte del atuendo. Kelly llevaba colgado de una percha un mono corto de tul; de media manga. Milly sujetaba una chaqueta formal, en color negro. Por último, Selly agarraba por el tobillo dos tacones del mismo color que la chaqueta, forrados en terciopelo. Desfilaron hasta quedar frente a Artyca, aguardando el visto bueno.

Gustarle, no le gustaba. Pero al menos llevaría pantalones.

―Perfecto ―se forzó a decir.

Fue un incómodo que la ayudaran a vestirse, sin embargo, tampoco tuvo tiempo de protestar. Sus doncellas funcionaban como los engranajes de una máquina. En cuanto la vistieron, la arrastraron hasta el tocador.

Mientras Kelly le secaba y peinaba el pelo, Selly buscaba accesorios en el cajón y Milly se ponía manos a la obra con el maquillaje. Al terminar, la llevaron frente al espejo de cuerpo entero que había colgado junto al tocador.

Artyca respiró de alivio al comprobar que seguía siendo ella; en una versión bastante mejorada. El mono se le ceñía perfectamente al cuerpo, la chaqueta le tapaba los hombros desnudos pero dejaba a la vista el escote, acentuado. A pesar de todo, no pudo reprimir su impulso de estirarlo hacia abajo porque el pantalón con esfuerzo llegaba a taparle toda la parte superior de los muslos. La habían maquillado sin que pareciera maquillada y el pelo le caía por la espalda en tirabuzones desordenados.

―Gracias, chicas ―dijo sonriéndolas desde su reflejo. Ellas asintieron, satisfechas con su trabajo.

―Resultará encantadora a ojos del príncipe ―comentó Kelly, con profesionalidad.

Ahí estaba, la primera ventana hacia la información.

―¿Lo conocéis? ―preguntó con forzado desinterés. Encaminada de nuevo hacia al tocador para calzarse los tacones. Iba a ser toda una aventura caminar sobre ésas cosas sin torcerse el otro tobillo.

―Es muy amable ―dijo Milly, que se ruborizó de inmediato. Kelly tosió para regañarla.

―Le encantan las galletas de naranja ―siguió Selly―. Cuando no puede moverse de la cama yo…

―¡Monta a caballo y juega a videojuegos de coches! ―exclamó Kelly para interrumpir a su compañera. Lo ojos le llameaban de advertencia. Aunque sonrió en dirección a Artyca para ocultarlo.

Pero era muy difícil colársela a Artyca Bow, una experta en la observación. No le había pasado por alto la frase de Selly; «Cuando no puede moverse de la cama», dando a entender que era un hecho que se repetía con frecuencia. Sin contar el extravagante intento de Kelly por cambiar de tema.

¿Estaría enfermo el príncipe? ¿Por qué parecía tan importante que no se supiese? Artyca recordaba que en reiteradas ocasiones Noah Shawcross se ausentaba de los Reports. Pero no le había dado mayor importancia porque

Ripcard y Sylvan tenían la misma tendencia a ausentarse algunas veces, durante semanas.

Iba a formular la preguntar en voz alta cuando unos fuertes golpes en la puerta interrumpieron.

―¡Lady Artyca, es la hora! ―Era Sondra, la asistente de la reina.

―Enseguida ―chilló para hacerse oír a través de la gruesa puerta.

Se levantó y trató de que no se le doblasen los tobillos. Menudo vértigo. Tanta altura debería estar prohibida. Se alisó el traje y se recolocó el collar con una perla que le habían puesto.

―Está perfecta, señorita ―elogió Milly, llena de dulzura.

―Vaya a darle una lección a sus contrincantes ―declamó Selly, asintiendo con vigor.

―Estaremos esperándola ―terminó Kelly, sin romper su profesionalidad.

Artyca les brindó una sonrisa de despedida. Caminó hacia la puerta con paciencia, tratando de no desnucarse sobre aquéllos instrumentos asesinos. Fuera, el aire estaba cargado de actividad frenética, oleadas de murmullos viajaban como corrientes de aire en los pasillos. Sondra comprobaba una unos papeles a la vez que dispensaba órdenes por un pinganillo. Bonnie Wright, se atusaba su deslumbrante melena rubia que succionaba toda la luz de las lámparas. Una de sus doncellas le daba los últimos retoques de maquillaje. Llevaba un vestido ajustado que apenas le cubría los muslos superiores. Se le ceñía al cuerpo como una segunda piel. Puede que en cualquier otra persona hubiese resultado vulgar, pero a ella le brindaba un aire oscilante entre el encanto y el peligro.

Al tiempo, aparecieron el resto de concursantes. Amika Proust, una de sus compañeras en la misión. Elara Walton, una chica encantadora, alegre y educada con la que había tenido ocasión de entablar una charla mientras las maquillaban. Se dedicaron una sonrisa. Dos mellizas que provenían de Ángeles, de las que no se había aprendido el nombre y que por alguna razón incomprensible vestían el mismo vestido rosa palo de una sola manga, que acentuaba aún más la palidez de sus pecosas pieles. Melania Prior, bajita, cabizbaja y enfundada en un vestido verde calabacín horrendo. Y por último Constance Todd, que fue a situarse al lado de Bonnie, vestida con un vestido similar, solo que en color azul.

Al lado de ellas Artyca no destacaba, ni para bien ni para mal. Pasaba desapercibida. No era  la mejor manera de llamar la atención de Noah... 

―Seguidme, por favor. ―Sondra echó a andar sin comprobar si la seguían.

Artyca se quedó rezagada, cerrando la marcha. Los tacones se le hundían en las alfombras y era imposible mantener el equilibrio. En el rellano de las escaleras, se reunieron con las participantes de Sylvan y Ripcard. Que esperaban en el rellano inferior.

―¡Arty!

Escaleras abajo, entre las incesantes conversaciones y los nervios que se palpaban, Artyca distinguió la voz que la llamaba. Pertenecía a Sunshine Greek, ataviada con precioso vestido verdes esmeralda, que insinuaba sus curvas y su esbelta figura. Le habían recogido el pelo con horquillas, que le despejaba el rostro.

Artyca descendió los escalones que las separaban agarrada a la barandilla. Sondra le dirigió una mirada de desaprobación desde el rellano. ¿Qué se suponían que había hecho? Las barandillas estaban para eso y, para evitar que muchachas en tacones se despeñaran hasta el siguiente piso.

Prácticamente, cayó en brazos de Sun al llegar al último escalón. Por lo menos evitó lamer la alfombra, como el día anterior. Sun la incorporó y no la soltó hasta comprobar que recuperaba la estabilidad. Se apartó la melena de la cara y se alisó el mono. Después, sonrió de satisfacción por haber llegado viva al último descansillo.

―Quieres torturar a una chica, súbela a unos tacones ―dictaminó.

―Por lo menos sigues pareciendo tú ―espetó Sun. Se acercó a ella con gesto cómplice. ―Tengo la sensación de que hemos caído en una subasta de trastos viejos―. Lanzó una mirada al resto de chicas, con las cejas enarcadas de aversión.  

Las dos rompieron a reír, ganando una severa mirada de Sondra.

Sun, además de su compañera de misión, era su mejor amiga. Habían crecido juntas en la Base y, una vez Artyca se hubo marchado a Belcourt: habían mantenido el contacto por carta o se habían reunido en alguna visita esporádica.

―¡Silencio, por favor! ―exclamó Sondra con vigor, posicionándose unos escalones más arriba, en el tramo de escaleras de la derecha, para que todas la vieran―. Reuniros con vuestras compañeras de Selección y formad una fila. Seguidme guardando orden y silencio.

Siguiendo las instrucciones de Sondra, bajaron a la planta baja y la siguieron por el pasillo. Por las grandes ventanas abovedadas, podían apreciarse que hacía un día soleado y apacible. El sol llenaba de luz los setos del laberinto y los zarzales de flores. Durante la marcha, Artyca se dio cuenta que empezaba a conocer el castillo. Se dirigían hacia el ala este, donde se encontraba la Sala de Mujeres, El Aula (cómo llamaban a la sala donde impartirían las clases) y el Gran Salón, además de un montón de puertas que no sabía qué escondían tras ellas. Sondra se detuvo en las dobles puerta del Gran Salón.

―Cuando entréis, sentaros en silencio. ―Ni siquiera levantó la vista de su carpeta. Abrió la puerta y se hizo a un lado.

Artyca entró en la sala de las últimas. Habían colocado sillas y mesas individuales en fila, todas ellas con platos, copas y cuberterías completas. En cada esquina de las sala habían apostados un grupo de camarógrafos, dispuestos a inmortalizar su llegada desde todos los ángulos. Al fondo de la sala, había tres sofás colocados en horizontal a la sala, con otra fila de tres sofás enfrentada a ellos. Supuso que eran donde hablarían por primera vez con los príncipes. Sun estaba sentada en la última fila, donde había reservado un sitio para ella. Atropelladamente caminó hasta ella, nerviosa porque una de las cámaras la enfocaba directamente.

―No entiendo a qué viene todo esto ―expuso Sun oteando la sala.

Artyca se encogió de hombros. Desde luego, allí no olía a comida, así que dudaba que les sirvieran el desayuno durante la espera. A lo que su estómago protestó. Tenía tanta hambre que podría comerse hasta el mantel. Pero como la experta que era en ése ámbito, supo ocupar su mente en algo más.

―¿Estás nerviosa? ―le preguntó a Sun.

―En casa, me enseñaron a controlar los nervios para que no me jueguen malas pasadas. ―Artyca pudo notar el leve tono sarcástico con el que pronunció «casa». Por supuesto se  refería a la base Sureña―. Pero, digamos que en mi estómago se está celebrando un concierto multitudinario.

―Todavía no sé cómo saludaré a Noah sin tener ganas de patearle sus posaderas reales ―confesó Artyca, con un resoplido.

―Piensa que está desnudo ―soltó Sun. La miró escéptica, pero su amiga no parecía estar bromeando.

―Entonces no podré reprimir la risa.

―A mí no me cae tan mal ―aclaró, atinando en los pensamientos de Artyca―. Además, esto es un juego, un medio para un fin. Ahora ellos son los peones y nosotras la mano que dirigen la partida―. Moduló tanto el tono de voz que apenas movía los labios al hablar.

Artyca meditó sus palabras. Tenía razón. Noah Shawcross era el camino más directo hacia Clarkson, ya lo sabía. Un buen movimiento. No podía olvidarlo, no debía permitir que su odio entorpeciera su acometido.

―Tenemos que ganar, Sun.

Sun le apretó el antebrazo, para infundirle ánimos.

―Lo haremos.

Sonrió con agradecimiento. Justo en ese momento, una mujer del equipo de televisión, acompañada por Sondra y su inseparable carpeta, caminó al centro de la sala con un micrófono en la mano.

―Prestadme atención, por favor. ―Su voz era dulce, pero impersonal. Como la de una operadora. Por otro lado, el sonido del micrófono estaba demasiado alto y no le sentó bien a los oídos de Artyca―. A continuación, recibiréis una clase sobre el protocolo que debéis seguir en las comidas. ―Las enseñarían a comer, qué instructivo―.Seguidamente, los príncipes entrarán para conoceros. Tras la recepción, saldréis de la sala en silencio.

Dirigiros al Comedor y esperar en la puerta.

Tras ello, Sondra las sumergió en el apasionante mundo del uso de los tenedores. Una hora y media más tarde, cuando Sun y Artyca comenzaron a cabecear de aburrimiento, Sondra decidió que ya eran dignas de comer con la realeza. Dio la clase por finalizada y se hacia la puerta.

―Los príncipes van a entrar en la sala, quedaros en el sitio hasta que llegue vuestro turno. Os presentaréis ante vuestro seleccionado en el orden que estáis sentadas. Mucha suerte. ―Y abrió la puerta.

El primero en entrar fue Sylvan, seguido por Ripcard y, por último, Noah. Iba vestido con una camisa azul cielo y un traje azul marino, casi negro. Resaltando sus ojos verde esmeralda, grandes y expresivos. Tenía el pelo echado hacia atrás. La expresión en su rostro era indescifrable, caminaba con la cabeza alta, vista al frente. Aunque podía advertir un titubeo de duda en su labio superior, a pesar de su aparente esfuerzo por mantenerlos en una línea recta. La tensión de su mandíbula resaltaba sobre sus otros atributos. Después de todo, no parecía tan tranquilo.

Cruzó la mirada con Sylvan cuando este se hallaba a su altura. Quien le guiñó un ojo para infundirle ánimos. Tomó aire varias veces.

―Que comience el juego ―murmuró Artyca.
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Ya era un hecho: La Selección había dado comienzo. Doce mujeres se lo disputarían como un vestido a bajo precio de las rebajas de Navidad. Si contemplaba la situación desde una perspectiva positiva, quizá aquello no era tan malo. Tras la puerta; bien puestas y muy dispuestas, había doce mujeres preciosas capaces de cantarle la Traviata en arameo con tal de que no las echara a la calle.

«Uno tiene que ver la salida en los callejones sin salida», solía decirle su madre con frecuencia. Y era una de las pocas personas a las que no llevaba la contraria. Que no acabara casándose con ninguna no significaba que no tuviese derecho a disfrutar. Dios sabía que conocer chicas siendo príncipe era de lo más complicado.

―Escuchadme bien ―pronunció Clarkson.

Se encontraban a las puertas del Gran Salón, esperando a que Sondra saliera a buscarlos. Noah alzó la vista hacia su padre; el fantasma de un escalofrío le recorrió la espalda. Es lo que tenía ser maltratado toda tu vida. Los golpes acaban quedándose a tu lado, como una parte más de tu cuerpo. Siempre duelen, sin importar que las cicatrices
cierren.

―Entraréis ahí y os mostraréis de lo más encantadores ―prosiguió el rey, viendo que contaba con toda la atención―. No eliminaréis a ninguna de vuestras concursantes hasta que el Consejo Real, los productores y yo lo decidamos. Al final del día tenéis que proponer una cita a tres de vuestras pretendientas.

Noah lanzó a su madre una mirada de soslayo, que permanecía al lado de su marido en silencio, aunque con el rostro lleno de desaprobación. Estaban cogidos de la mano. Noah tuvo deseos de separarlos.

―De acuerdo ―respondió Sylvan por los tres, propinándole un pequeño codazo a Ripcard, que parecía a punto de explotar.

―Os adorarán, hijos míos ―intervino Georgina, que con la rapidez y habilidad de una madre, les arregló la corbata a los tres en menos de un parpadeo. A continuación, los miró con orgullo―. Ser vosotros mismos, nos vemos en el desayuno.

Regresó al lado de Clarkson, que tomó su mano. Noah creyó advertir un atisbo de humanidad en los ojos de su padre al mirar a Georgina.

―Vamos, amor mío ―dijo el rey, sin palabras de ánimo para sus hijos, echando a andar. Seguido por sus dos guardias personales.

Cuando giró por el pasillo, los hermanos Shawcross rompieron filas y Noah, estalló:

―¡Qué asco, cómo puede quererlo! ―exclamó. Repetía esa frase al menos cinco veces al día.

―Es todo un misterio, que no creo que lleguemos a entender ―trató de calmarlo Sylvan, que se colocaba los gemelos.

―Es como si la hubiese hecho beber un filtro de amor ―comentó Noah, más para sí que para sus hermanos.

La expresión la había sacado de una saga antiquísima que encontró cuando tenía ocho años, en el último estante de una de las bibliotecas secretas del castillo. En la saga, un niño llamado Harry Potter, descubría que era mago y, que no tenía que seguir soportando a sus maliciosos tíos y a su primo. De niño, solía fantasear con que era Harry Potter y, que pronto se libraría de aquél infierno. Ahora se conformaba con un pasaje para irse lejos de Illéa por el resto de su existencia.

―¿Un qué? ―Ripcard lo escuchó y con diversión, se acercó a él para tirarle de la mejilla como si fuese un niño.
Noah devolvió el gesto con un puñetazo y pronto empezaron una de sus peleas.

―Chicos, comportaos ―pidió Sylvan, rodando los ojos.

―¡Aguafiestas!

La puerta a sus espaldas se entornó levemente, y las gafas de Sondra, seguidas de sus ojos negros, aparecieron.

―Altezas, vamos a comenzar ya ―anunció, pidiendo el visto bueno.

Ripcard y Noah, que se tenían agarrados el uno al otro, volvieron a su pose de estatuas bien educadas.

―Gracias, Sondra ―respondió Sylvan, que miraba a sus hermanos pequeños con desaprobación por encima del hombro.

―No las espantes, hermanito ―siseó Ripcard.

―Pero si eres tú el que tiene cara de trol —contraatacó Noah.

Sondra anunció su llegada a los presentes de la sala.

Desfilaron uno tras otro. Lo único que se escuchaba era el sonido de sus zapatos al hacer contacto con el suelo. Noah mantuvo la vista en la cabeza de Ripcard mientras caminaba, sin querer mirar a ningún sitio en particular. Puede que estuviese un poco nervioso. Sentía los ojos de las chicas clavados en su cuerpo como cuchillos, tratando de traspasarlo.

Sylvan saludó a todas las presentes con educación y amabilidad. Toda la que a él le faltaba, pues de haber tenido que presentarse, hubiese soltado algo parecido a «¿Qué hay, chicas?». Se sentaron en sus respectivos sillones, Noah en el de su izquierda. Sondra llamó a las chicas de las primeras filas. Y así dieron comienzo las conversaciones más incómodas de toda su existencia.

Las primeras fueron dos gemelas, Poppy y Pipper, dos chicas con aspecto fantasmagórico, que tenían la espeluznante costumbre de completar las frases de la otra y hablar al mismo tiempo. Provenían de Panama, decían ser granjeras, les gustaba el olor a lodo y comer patatas fritas (extrañamente, una mezcla de ésos olores emanaba de ellas). Noah trató de no poner cara de crispación durante la conversación. A ellas las siguieron Bonnie Wright y Amika Proust. Dos mujeres de armas tomar, que no cesaron de coquetear con él en sus respectivas recepciones. Lo que no estuvo mal, por su puesto. Melania Prior, que por razones desconocidas había decidido llevar consigo unas revistas en las que ella aparecía en la portada, no hizo más que adularse a sí misma. Constance Todd, con la que se puso a hablar de gustos musicales, era divertida y desprendía luz. Elara Walton, cuatro años mayor que él, resultó ser la mejor hasta el momento, hablaron de arte, libros y de lo ilusionada que se encontraba por estar en palacio. Se notaba su esfuerzo por hablar de manera correcta, lo que no le gustó nada a Noah. Odiaba que las personas se forzaran a hablar de una manera diferente por estar en su presencia. Sin embargo, a pesar de lo agradable y guapa que era, no despertó en Noah ningún tipo de atracción física.

Otras cuatro chicas se posicionaron frente a él, pero para ese momento estaba tan saturada que fue incapaz de prestar atención. Respondía de forma monocorde, como si el cerebro hubiese puesto piloto automático.

Finalmente, Sondra dio paso a las tres chicas que faltaban.

La última de sus seleccionadas se levantó de la silla sin prisas, casi con pereza. Tampoco se precipitó por el pasillo como el resto, para llegar cuanto antes a su encuentro. No denotaba ansiedad, ni emoción por acercarse a él. Eso llamó irremediablemente la atención de Noah. Porque, o era muy buena manteniendo sus emociones a raya o no le provocaba ninguna inquietud someterse a un cara a cara con él.

Noah puso todo su interés en contemplarla. Estaba buenísima..., no, era algo distinto. No le parecía que estaba buena sin más, sino que le resultaba preciosa. De ese tipo de chicas que levantaban pasiones (y otras cosas) incluso recién levantadas. Poseía una belleza peligrosa, asalvajada. El rostro ovalado, fino y la piel tostada, del color de los melocotones maduros. Su pelo cobrizo, era abundante y le caía hasta la cintura sin orden ni concierto, meciéndose con el movimiento de sus pasos. Tenía unos ojazos grandes, redondos y brillantes, de un tono azul gélido y afilado. Unos ojos que advertían a quien se atreviera a mirarlos fijamente, que debías pensar muy bien meterte en problemas con ella. De nariz pequeña y labios finos, fruncidos en una mueca de burla. Era alta, aunque demasiado delgada. Sin embargo, de frágil no presentaba nada, daba la impresión de poder patearte el culo si le tocabas mucho las narices.

Noah terminó su análisis en el momento justo en el que la chica lo alcanzó. Al tenerla tan cerca, sintió un tirón en la boca del estómago. ¿Se había puesto nervioso? La chica realizó una reverencia sin dejar de mirarlo a los ojos. Notó cierta ironía en su gesto. A continuación se sentó frente a él. Al mirarla las piernas, se fijó por primera vez en que era la única que llevaba pantalones.

―Se supone que no podéis llevar pantalones ―empezó, juntando las manos por encima del pecho, con una sonrisa de oreja a oreja.

―Alteza ―saludó ella sin darse por aludida, alzando con brevedad una de sus marcadas cejas, también sonriendo―. Me llamo...

―Artyca Bow, Belcourt, una Cinco. ―Noah había sabido quien era desde que la había mirado a la cara. La única que había llamado lo suficiente su atención para hacer caso a la fotografía que habían puesto en la pantalla de The Selection.

―Veo que ha hecho los deberes, Alteza. ―Se cruzó de brazos.

―Soy Noah, no Alteza, ni príncipe Noah ―aclaró, cambiando la posición de su cuerpo. Apoyó los codos en las rodillas, para quedar más cerca de Artyca.

―Muy bien, Noah ―aceptó, como si acabara de lanzarle un desafío. Se remetió un mechón detrás de la oreja―. Pero tú te haces cargo, no quiero que me amonesten por tutearte.

Noah asintió, curvando los labios hacia un lado. Artyca no dejaba de mirarlo a los ojos, lo que para su disgusto, le alteró bastante. Había algo en la forma en la que lo observaba que le generaba cierta desconfianza. Como si Noah se tratase de un presa y ella la cazadora. Era muy parecida a la de Clarkson cuando cazaba jabalíes.

―¿Y cómo va todo? ―preguntó Artyca de súbito, cambiando su estoicidad por un gesto más dulce.

―Sinceramente, estoy deseando terminar con esto para irme a desayunar ―confesó.

―Yo también, la comida es hasta el momento, lo mejor que he visto en este palacio ―respondió con sinceridad arrolladora. Noah se sintió animado. Era la primera que no había fingido que el palacio le traía sin cuidado porque en todo lo que pensaban era en él.  

―¿Y qué hay de mí? ―Movió las cejas de arriba abajo, tratando de mostrarse lo más irresistible posible. Lo que no era difícil, las chicas solían quedarse sin aliento cuando él entraba en algún sitio. Susurraban y se pegaban codazos entre ellas.

―Tú no estás mal, pero dudo que sepas tan bien como las tartaletas de arándanos ―espetó, aunque Noah comprobó que si él también jugaba a lo de no apartar la mirada, Artyca se pellizcaba la cara interior de la muñeca.

―Cierto, ni siquiera yo puedo competir con las tartaletas.

Atyca soltó la primera carcajada que Noah Shawcross escucharía de ella; estridente, chillona, sin miedo. Una risa que su padre mandaría castigar. Quizá por eso, le gustó tanto. Quizá por eso, con el tiempo, se convertiría en su sonido preferido en el mundo.

Noah se limitó a observarla. Cuando cesó, ella también volvió a mirarlo. Pero esta vez no competían por intimidar al otro. Se miraban, sin más. Algo pasó, como si el mundo guardara silencio por ellos. Como si estuviese pasando algo extraordinario. Noah sintió que se quedaba sin aire, que los latidos de su corazón aumentaban. Aunque duró unos segundos parecieron años.

―Así que, eres una Cinco ―dijo para disimular lo que fuera que acababa de suceder. Se recolocó en la silla, que de pronto resultaba de lo más incómoda.

Artyca también parecía bastante turbada. Notó como erguía más la espalda y forzaba una expresión neutra.

―En realidad soy una persona. Exactamente como tú ―respondió con brusquedad, molesta por lo que había dicho.

―¡Perdona! ―soltó Noah con voz chillona. «Qué demonios te está pasando»―. Quería decir que eres artista, ¿no?
Artyca asintió.

―Lo soy ―contestó, para Noah no pasó desadvertido que volvía a pellizcarse la muñeca―. Canto, bailo y toco instrumentos.

―Vaya, una triple una amenaza.

―No diría tanto. ―Hizo un gesto de modestia con la mano. Su repentino enfado había pasado. Aunque sus ojos seguían diciendo que sí, podía ser una gran amenaza―. Lo que más me gusta es bailar.

―¿Qué tipo de música? ―preguntó, con curiosidad. Desde luego, era mucho mejor que escuchar a las gemelas hablando de los beneficios del lodo para la piel.

―Flamenco.

Flaqué.

Artyca hizo un gesto con la cabeza, como si estuviese tratando con el tipo más tonto del universo. Le importaba tres pimientos que fuera príncipe. Pero eso no hacía más que agradarle a Noah. Se trataba de la primera conversación sin concesiones estúpidas que mantenía en su vida, sin tener en cuenta a sus hermanos.  

―Flamenco ―repitió―, era una danza típica de España, antes de que el territorio pasara a formar parte de Rottingham. Muy pocos la conocen ya.

Noah se esforzaba por encontrar una respuesta que demostrara que su cerebro era más grande que un guisante, cuando su conversación se vio interrumpida.

―Príncipe Noah―Sondra se había materializado tras el sofá en el que Artyca estaba sentada―, lamento interrumpirles, pero es hora de que Lady Artyca se reúna con sus compañeras.

Noah miró a su lado, donde sus hermanos aguardaban a que él terminara. En la sala tan solo estaban ellos y el equipo de televisión, que ahora centraba toda su atención electrónica en los dos jóvenes. Nunca había estado tan apartado de la consciencia del tiempo. Hizo un gesto a Sondra para que se marchara y poder despedirse.

―Me ha gustado conocerte ―comentó la muchacha, incorporándose de su asiento.

Con la mala suerte de pisar mal con el pie derecho. Estuvo a punto de despeñarse de no ser porque Noah reaccionó para sostenerla. Al levantarla, sus rostros quedaron peligrosamente cerca durante unos segundos. Notaba su aliento, el pulso latiendo bajo la chaqueta. Probablemente, los segundos se hubiesen transformado en horas de no ser porque Sondra dejó caer la carpeta «accidentalmente» al suelo.

―Malditos chismes asesinos ―siseó Artyca, que trataba de ocultar el rubor de sus mejillas echándose el pelo a la cara.

En esa ocasión, fue Noah quien soltó una carcajada, a lo que ella correspondió frunciendo el ceño.

―Qué clase de caballero se ríe de una damisela en apuros.

―Yo no soy un caballero, damisela.

Artyca sonrió enseñando la dentadura superior, se le formaron dos hoyuelos encantadores. ¡Qué guapa era!

―Lo veré en el desayuno, Alteza ―realizó una media reverencia, de nuevo sin bajar la mirada.

―¡Una cosa más! ―recordó Noah ―¿Te gustan las galletas de naranja?

Artyca frunció el ceño y despegó los labios, sorprendida por la pregunta. Su hermano Sylvan carraspeó tan alto que se formó eco en la sala.

―Sí.  

Tras su respuesta, se dio la vuelta para marcharse. Acompañada por Sondra. Todo lo que podía razonar Noah mientras la veía alejarse era; «¡Jo, cómo mola esta chica!»

―Es probable que con tus babas podamos llenar una bañera entera ―trató de enfadarlo Ripcard.

―Capullo.
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Re: The Selection

Mensaje por hypatia. el Mar 03 Oct 2017, 1:27 pm

phantom limb:
Hola reinas Por fin pude terminar la parte que me faltaba. No lo corregí mucho (cómo no) así que pido perdón por posibles errores e incoherencias. Sigue Lau

Capítulo 01, Parte 3.

Escrito por: HYPATIA. || Personajes: ELARA WALTON, BEAN HUTON-BLATHER & SIRIA BLAKE.



Elara Walton tenía la sensación de haber sido abducida a otro universo. Del que nadie había querido hacerla partícipe hasta el momento. Bien era cierto que en su trabajo como camarera en Lakedon estaba acostumbrada a la austeridad de las clases elevadas, el derroche y el elitismo. Pero el palacio de Illéa se encontraba a un nivel más superior, dejando lo anterior como un burdo intento de imitación.

La pasada noche había disfrutado de la cena más copiosa y deliciosa de su existencia. Tanto era así que, tras terminar, sufrió fuertes dolores de estómago. El pobre no estaba acostumbrado a tanta suculencia. O, tal vez, se debía a que no paró de acordarse de su familia. Ojalá tuviera la oportunidad de ofrecerles una cena como aquella.

«Por eso estás aquí», se recordó. Todavía no podía ofrecerles manjares como los que paladar había probado pero por el momento se contentaba con haberle salvado la vida a Tommy, su hermanito de siete años. Que sufría una disfunción en la aorta, que solo se curaba con un caro tratamiento. Sin la compensación económica que recibiría su familia, el desenlace habría tenido lugar en un cementerio; con los pedazos de lo que quedaba de los Walton esparcidos sobre un ataúd ridículamente pequeño. Quizá no los primeros meses, pero si Elara aguantaba lo suficiente en La Selección, su precaria situación económica mejoraría. Incluso si no lo lograba, saldría de allí convertida en una Tres. Con cientos de puertas hasta entonces cerradas por siete llaves para alguien de su posición. Podría estudiar y labrar un futuro para ella y su familia.

Por donde se mirase; estar en el concurso era un regalo.

―¿Cómo ha ido?

Siria acudió a su encuentro. Abriéndose paso entre las otras chicas que aguardaban para entrar al Gran Comedor.

―Bien, ha sido muy amable ―respondió―. Hemos hablado de pintura y fotografía. Dice que me enseñará la colección que guardan en el palacio.

El príncipe Noah era un muchacho muy agradable, incluso enternecedor. En la intimidad, poco había del muchacho distante que ocupaba la tercera silla en los actos televisivos. Le recordaba a su hermano Caleb. Sin embargo, no despertó en ella nada más allá del cariño fraternal. Elara sabía que sus posibilidades serían más elevadas concursando por cualquiera de los hermanos de Noah, los dos más cercanos a su edad. Pero ya encontraría la manera. Solo debía mostrar una actitud positiva, como siempre.

―¿Tú qué tal? ―preguntó a la muchacha, con la que había congeniado el día anterior.  

―Es encantador.

No tuvieron tiempo de compartir más impresiones. Sondra acababa de llegar a las puertas del Gran Comedor, acompañada por la última de las participantes del príncipe Noah y el sonoro crepitar de sus zapatos. Para Elara no pasó desapercibido que el príncipe se había entretenido con Artyca Bow más que con ninguna. Suspiró. Controló las malas emociones que batallaban por dominarla. Sentir envidia no la ayudaría.

―Entrar en el Gran Comedor, por favor. La familia real se unirá a vosotras en unos minutos.

La estancia presentaba el mismo aspecto que la noche anterior. Las mesas dispuestas en forma de «u», con la de la familia real al fondo de la sala y las auxiliares a sus lados. Elara tomó el mismo puesto que en la cena. En la mesa de la izquierda, con Ivory; el escritor que habían contratado para recopilar los hechos del concurso y, Siria a su lado. Sunshine y Artyca se posicionaron enfrente. Esperaron de pie tras la silla, tal y como les habían enseñado que se debía hacer.

Elara volvió a enrojecer al percatarse que en su primera cena había cometido muchas faltas con el protocolo. Al igual que en su encuentro con el príncipe. Había tenido que esforzarse al máximo para encontrar en su vocabulario palabras que estuviesen a la altura de la situación. Que no eran muchas. La educación de Elara se había limitado a las clases de Matemáticas que su padre le dio en la cocina. Y ningún algoritmo le serviría de ayuda allí.

Aguardaron silenciosas, tratando de no quedarse mirando a ninguna en particular. Elara centró su atención en las bandejas de comida que la llamaban a gritos desde la mesa. Bollos rellenos de chocolate recién hechos, huevos revueltos, fruta fresca en recipientes con hielo, café, cruasanes… toda la comida que uno pudiera imaginar. Notó rugir su estómago y rezó para que no se hubiera escuchado en toda la sala. A pesar del malestar de por la noche, estaba deseando comer.

Elara estaba acostumbrada a las sobras y la comida carbonizada: todo lo que podía llevarse de los restaurantes en los que trabajaba. Sus sueldos estaban destinados a enseres básicos, siempre destinados a sus hermanos. Y sí, ansiaba compartir todo aquello con su familia. Pero no sentaba mal poder cuidarse un poco sin sentirse culpable. Ser la balsa que mantenía a flote a cinco personas resultaba agotador en ocasiones.

―La familia real va a entrar en la sala ―anunció a viva voz un mayordomo pequeño y calvo que se hallaba apostado a la entrada. Se hizo a un lado y realizó una reverencia.

Los reyes entraron agarrados de la mano. El rey Clarkson, imponente dentro de su traje negro y los rizos engominados hacia atrás. La reina Georgina, tan delicada y bonita, que parecía levitar por la estancia igual a una brisa veraniega. Y sus tres hijos cerrando la marcha.

Resultaba extraño para Elara ver a la familia en algo tan rutinario como el desayuno. No podía quitarse la sensación de que seguía viéndolos tras una pantalla de la televisión. Quizá porque su concepción del desayuno era en pijama, en la mesa de café de su diminuta sala de estar con sus cuatro hermanos pequeños dando berridos y peleándose por el mando de la televisión.

Cuando llegaron a sus puestos, las allí presentes se reverenciaron, como les había enseñado Sondra aquella mañana, antes de la recepción.

―Suficiente ―habló el rey, con su voz tronante. Volvieron a sus posiciones iniciales―. Gracias por vuestra paciencia.
Por favor, señoritas, siéntense y disfruten del desayuno.

Seguidamente, el sonido de las sillas arrastrarse llenó la estancia. Nadie dudó en empezar a comer, todas parecían hambrientas.

―Es fascinante cómo el rey obvia el hecho de que soy un chico ―comentó Ivory, minutos más tarde, al tiempo que removía su té.

―Sé sincero, Ivory ―habló Artyca, apuntándolo con el tenedor―. ¿De verdad vas a contar la verdad y nada más que la verdad en ese libro tuyo?. Porque no me lo trago.

Miró directamente a Elara al decir aquello, con un brillo travieso en sus ojos.

―Por supuesto, soy el verdugo de la sinceridad —bromeó mientras movía las cejas repetidas veces.  

―¡Embustero! ―Artyca le lanzó una servilleta, medio riendo.

No parecía preocuparle nada la imagen que estuviese dando, ni si su comportamiento era el adecuado o no. Todo lo contrario a Elara, que no paraba de recordarse a sí misma en cada movimiento de mano: «Codos fuera de la mesa, por nada del mundo pongas los codos sobre la mesa».

―¿Es tu primer libro? ―Quiso saber Elara, un poco más relajada al comprobar que sus compañeros se expresaban con un vocabulario bastante común. Bromeaban y hablaban de temas corrientes.

Elara siempre mostraba curiosidad con cualquier cosa relacionada con el arte. Sobre todo si se trataba de pintura. Como no tenía los medios para comprar revistas de fotografía, ni mucho menos para hacerlas. Se dedicaba a pintar con carboncillo, en cualquier trozo de papel que encontrase por casa. Disfrutaba en especial dibujando sobre las facturas…

―Por suerte, ya he tenido la oportunidad de publicar tres antes que este. ―Le dedicó una calurosa sonrisa de dientes blancos―. Espero que este no suponga el fin de mi carrera, demasiada responsabilidad.

―Saca los trapos sucios y tienes un éxito de ventas asegurado ―propuso Sunshine.

―Entonces me temo que terminarías detenido o, ya sabes, ejecutado. ―El comentario de Siria, completamente cierto, inundó el ambiente con plomo.

―Imagina la fama que alcanzarías. ―Al parecer, el plomo no alcanzó a Artyca―. Hasta te construirían un monumento. El Escritor Decapitado.

―Pierdo todo el encantado sin la cabeza, créeme.

Tan solo ellos dos continuaron riendo. Elara lanzó una mirada de soslayo a la mesa de la familia real. No parecían dar muestras de haber escuchado nada, aunque resultaba difícil con tantas conversaciones distintas confluyendo en el aire.

―El príncipe Noah ha quedado maravillado conmigo. ―Bonnie, que se encontraba a dos asientos al lado de Artyca, alzó tanto la voz que fue complicado desatenderla―. Casi ha resultado incómodo, pues no paraba de mirarme. Estoy acostumbrada a ello, por el trabajo que tengo. Soy modelo, ¿sabes? ―Amika Proust no parecía para nada entusiasmada con el dato, pues prestaba más atención a sus huevos revueltos―. Pero claro, que te mire un príncipe así…

―A lo mejor trataba de encontrar rastros de vida inteligente en tu cerebro, Bonnie ―la cortó Artyca, que puso los ojos en blanco mientras se llevaba un trozo de plátano a la boca.

Bonnie la fulminó con la mirada. Su rostro angelical adquirió un matiz ensombrecido por la ira. No parecía una chica acostumbrada a que la llevaran la contraria. Poseía un carácter fuerte, mostraba confianza y cierta malicia.

―Y se puede saber qué ha hablado contigo ―exigió saber, claramente enfadada. Elara no era la única que se había dado cuenta de la extensa conversación del príncipe con ella.

―No te incumbe ―respondió Artyca sin mirarla siquiera.

Lo que claramente, enfureció a Bonnie. Que apretaba el cuchillo como si estuviera dispuesta a lanzárselo.

—Si te crees que por ello tienes la estancia asegurada, te equivocas. Las de tu casta no duran mucho en el concurso. Todos los saben…

Sunshine hizo amagos de incorporarse de la silla para atacar a Bonnie. Mientras que Siria puso los ojos en blanco.

—Mi casta no me avergüenza. Vas a que tener que esforzarte más —replicó Artyca, guardando la calma.

—¡Pues debería!

―Dejar de pelearos, estamos en un concurso, todas obtendremos algo de príncipe que la otra no tendrá ―intervino Elara al fin. Se sentía exasperada por lo que acababa de pasar. Odiaba las trifulcas, sobre todo las que consideraba estúpidas.

Artyca asintió, pidiéndole disculpas con la mirada. Bonnie pareció desconcertada por no ser ella la que dispensaba la orden.

―No te lo tomes a mal, pero creo que ese pelo rojizo no te favorece ―confesó Bonnie, como si se tratara de un comentario inocente. Pero sabía de sobra que iba a herirla, ya que no había podido hacerlo con Artyca.

―No te lo tomes a mal, pero yo creo que para ser de una clase elevada tienes menos educación que un primate ―rebatió Elara, sonriendo, sin alterar el tono de su voz.

No quería que la amonestaran por pelearse. Al contrario que aquella chica, necesitaba ese concurso. No estaba allí para adquirir fama o reconocimiento. Solo quería salvarle la vida a su hermano.

―Así se habla, chica ―la felicitó Ivory. Desafiaba a Bonnie con su mirada verde, esperando a que se decidiera atacarlo también a él.

La chica decidió dejarlo pasar, negando con la cabeza y volviendo a torturar a Amika Proust con sus anécdotas como modelo.


Tenían el día libre para invertir su tiempo en lo que quisieran. Las clases no empezarían hasta el día siguiente. Elara se sentía nerviosa, pues su formación académica terminó muchos años atrás y, era muy limitada. Por lo que tras el desayuno se encaminó hacia la biblioteca que estaba en esa planta, dispuesta a invertir su día en aprender un par de cosas básicas sobre las materias que impartirían.

Quedó maravillada con el lugar. Las paredes estaban forradas en madera y suelos enmoquetados con alfombras de color verde bosque. En el centro, había una mesa de al menos cuatro metros de largo, con sillas acolchadas. Pequeños grupos de sillones en distintos tonos de marrón la circundaban. Había el menos cinco pasillos con anchas estanterías, el final de la sala se perdía a su vista. Las estanterías, rebosantes de libros, se elevaban casi hasta las vigas que sostenían el techo abovedado. Con escaleras apostadas para poder alcanzar los estantes más elevados.
En una estancia apartada, con estanterías de apenas dos metros, había una galería en saledizo con más estanterías empotradas que rodeaban la sala, salvo por el hueco para la escalera que permitía el acceso hasta ella.

Dudaba que una vida fuera suficiente para leer tantos libros. Se quedó de pie al lado de la mesa, sin saber muy bien por dónde empezar. «Siempre en línea recta». Recordó la frase que solía decirle su padre cuando Elara no sabía muy bien hacia dónde seguir cuando se sentía perdida.

No sabía cómo, pero el consejo siempre le funcionaba. En la fila del centro, hacia el final, encontró un montón de libros sobre Economía y Geografía. Se hizo con unos cuantos. Cuando torció una esquina para volver a la mesa, chocó con una persona. Los libros cayeron a sus pies.

―¡Lo siento muchísimo! ―chilló Elara, tirándose al suelo para recogerlos. Sin atreverse a mirar al desconocido a la cara.

Unas manos grandes y curtidas, de hombre, aparecieron frente a las suyas. Llevaba unos pantalones blancos y una chaqueta azul marino, con una espada enfundada en el cinturón. Varias medallas colgaban en su hombro derecho. Era un guardia…

Elara alzó la mirada a su rostro, una vez pasado el pánico. Se trataba de un muchacho, no más mayor que ella. Llevaba el pelo moreno peinado hacia atrás. Tenía una mandíbula recta, que mostraba dureza. Pómulos marcados y arrugas en las comisuras de los ojos. Los ojos castaños más intensos y poderosos que Elara había observado nunca. Recogió los libros apresuradamente y se incorporó, para disimular el acongojo.

―¿Se encuentra bien, Lady Elara? ―preguntó el guardia, también incorporándose. Estaba tan nerviosa que ni siquiera le sorprendió que supiese su nombre.

Elara comprobó que apenas era un palmo más alto que ella y que advertía el movimiento de sus músculos incluso debajo de la chaqueta. Nunca había estado tan cerca de un hombre, así que enrojeció sin remedio.

―Esto…, sí, sí ―logró balbucear―. Gracias…

―Soldado Davies. Hunter Davies. ―Se presentó, irguiendo la espalda y tendiéndole la mano con educación.
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Doce hombres no suponían ningún reto para Bean. Quizá sí lo sería tener que aguantar sus adulaciones, aunque podía resultar divertido, incluso podría calificar su ingenio más tarde. No, por supuesto que no era un reto. Ella, la futura reina de Nueva Asia, estaba más que acostumbrada a que le dispensaran toda clase de atenciones.

Los seleccionados aguardaban tras las puertas, en una sala aledaña en la que almacenaban sillas desgastadas. El equipo había decidido que era mucho más televisivo que Bean los conociera uno por uno, sin haberlos visto juntos con anterioridad. De una manera más íntima. Sin contar las dos cámaras apostadas a ambos lados, rodeándola.
Enna Kess, la Consejera Real asignada a su uso personal, aguardaba a su lado; manos entrelazadas al frente, barbilla alzada.

Bean alisó su vestido. Una pieza de color lila; con cuello alto, que dejaba al descubierto sus hombros. El vestido era ajustado hasta la cintura, después una falda de tul caía hasta sus rodillas. Se había puesto unos zapatos en plata, a juego con su pulsera y sus pendientes, que relucían en sus lóbulos, ya que le habían hecho un moño trenzado. Eliot, su maquillador, puso mucho ahínco en cubrir las ojeras, unas que la acompañaban desde hacía un mes.

Resopló, aburrida. Lanzó una mirada a Enna, quien permanecía inalterable, observando los elaborados intricados de las puertas.

—Deberían haberme dado una silla, al menos —espetó Bean, no podían tener a la princesa esperando todo el día, había asuntos más importantes que debía atender.

—Aguarde, Alteza, en unos minutos acabará todo —la consoló la consejera en un tono errático.

No le gustaba, a pesar de ser la más competente de todos los consejeros, había algo en ella que la inquietaba. Enna nunca mostraba desacuerdo, atendía las peticiones, aconsejaba de manera objetiva. Pero había algo en ella, un leve brillo en sus iris negros…

Unos pasos resonaron en el pasillo. Una muchacha menuda, que traía consigo un auricular con micrófono y una carpeta. Realizó una reverencia sin prestar demasiada atención a lo que hacía, impaciente.

—Alteza, el príncipe Lancelot está a punto de terminar. El equipo estará con usted en escasos minutos —informó en tono monocorde.

Primero pensó; soy la heredera, yo debería ir primero. Fue fugaz, pero no menos afilado. A continuación, retractándose internamente; se preguntó cómo le estaría yendo a su mellizo. En Prácticamente tuvieron que arrastrarlo desde la cama aquella mañana. Esperaba que no hiciera nada comprometido, como ponerse a cantar una canción a pleno pulmón sin razón aparente o presentarse en chándal. A Bean no le importaba, cosas como aquellas hacían a Lancelot quien era, su hermano era la única persona en el mundo que estaba segura de querer. Y, ojalá Bean pudiera sacarse un cigarrillo, escaparse a algún concierto, salir al jardín en pijama… Pero estaba atada a una corona y debía comportarse.

—Gracias, puedes retirarte —despachó a la muchacha con la mano al regresar de sus divagaciones internas.

La chica, sumida en sus quehaceres, olvidó por completo inclinarse ante la princesa y se marchó. Bean, ofendida por su falta de respeto, estaba dispuesta a salir tras ella. Sin embargo, Enna se situó delante para cortar su paso.

—Tranquila, princesa —pidió, sin alterar un ápice el tono de su voz—. Estoy segura de que no lo ha hecho con mala intención.

—Sigue siendo una falta de respeto —rebatió, con los dientes apretados. Se dio cuenta de que el pecho se le movía al ritmo de una respiración desmesurada. Apretaba los dientes.

Enna frunció el ceño.

—Alteza… ¿le ocurre algo? —se preocupó.

Bean le dio la espalda. Claro que le sucedía algo; se había enamorado de un estúpido cocinero que había decidido, después de cinco años, que no merecía la pena luchar por lo suyo. La había abandonado. A ella, la heredera, la futura reina. ¿Quién en su sano juicio no querría una vida como la suya? Se sentía humillada, despachada como un perro, totalmente innecesaria.

Y, sobre todos aquellos sentimientos, bullía una rabia incontenible que hacía tambalear su ensayada careta de indiferencia. Parecía imposible guardar la compostura. La menor vicisitud despertaba a la bestia; tal y como acababa de ocurrir.

Pero era más fácil así. Era más fácil enfadarse. Lo otro le daba miedo, tanto que lo había reprimido al cajón más oscuro de su interior. Ni siquiera se sentía capaz de evocar el momento, un mes atrás, en el que le había propuesto a Archivald que se presentase como candidato y rechazó la idea.

Respiró hondo, poniendo todo de su parte para reunir un puñado de sensatez. «Lo más importante es conservar la calma», fue la primera lección que le enseñó su padre. Era crucial mantenerla en ese momento. La situación del país era precaria. Y si para ello tenía que realizar la selección, lo haría. Incluso sería divertido, contemplar cómo todos aquellos hombres se deshacían en atenciones con ella.

—Sí, estoy bien —aseguró, recobrando su postura rígida.

Como prometió la muchacha maleducada, el equipo técnico arribó minutos más tarde. Enna comenzó a dispensar órdenes, los camarógrafos se apostaron tras sus aparatos y una de las organizadoras se introdujo en la sala. Poco después apareció su padre, haciendo alarde de su caminar pausado y del aura regia que lo acompañaba desde que Bean podía recordar.

Todos los presentes se detuvieron en sus tareas para realizar la más cuidada de las reverencias. A Bean no le agradó. Cuando el mundo se detenía por su padre, a ella a penas le hacían caso. Las muestras de respeto dirigidas hacia él parecían nacer de lo más hondo de su ser, mientras que las realizadas a ella, una imposición. Vacías, forzadas…

El rey realizó un agradecimiento y pidió que prosiguieran con sus tareas. Caminó hasta situarse a la altura de su primogénita.

—¿Nerviosa? —susurró en tono cómplice.

Su padre, siempre fue, con gran diferencia: el más tolerante de sus progenitores. La permitía ser humana, cometer errores, experimentar cansancio y frustración. La animaba a fracasar, porque aseguraba que sin él nunca llegaría a gobernar con acierto.

Bean cuadró los hombros.

—En absoluto, padre —declaró, notando a la vez un tirón en su estómago.

Pero también estaba su madre. Aquella imposición a su espalda que susurraba órdenes estrictas. No muestres debilidad. Hazte respetar. No puedes equivocarte.

Desafortunadamente, aquella pesaba más…

El rey compuso un rictus serio y melancólico. Que trataba de ocultar su decepción. Bean la conocía. Era la mirada que confirmaba que su padre jamás abdicaría en ella, no al menos de forma voluntaria. No mientras la voz de su madre gritase tan fuerte.

—Si me disculpan —Enna se apostó entre los dos monarcas—, está todo preparado para comenzar.

—Suerte, hija mía.

Sin más diligencia, el rey se marchó en dirección contraria a la que había llegado.

—Maquillaje —ordenó Bean y, Eliot, con sus utensilios ya preparados retocó la obra de arte en el rostro de la princesa.

Los camarógrafos aguardaron hasta que hubo terminado, junto con el responsable de producción asignado para la causa y una Enna que repiqueteaba con el tacón en el suelo, único vestigio de su impaciencia.

—Majestuosa. —El maquillador asintió y se replegó hacia detrás de un trípode por su era requerido. No sin antes inclinarse, «algunos sí saben comportarse en su presencia».

—¿Preparada, Alteza? —preguntó el responsable, con la mano aferrada al pomo de la puerta. Bean asintió con sequedad—. Los seleccionados irán apareciendo uno por uno, será una audiencia de apenas unos minutos. Si en algún momento desea parar alguna de las entrevistas, hágaselo saber a alguno de los camarógrafos. Nosotros nos iremos para no cohibirla.

—No lo hacéis —apostilló con indiferencia, mirando al pomo de la puerta.

El hombre, desconcertado, miró en busca de ayuda a Enna, quien tomó las riendas de la situación, acostumbrada a sacar los dardos venenosos que lanzaba Bean:

—Nos iremos igualmente, para no estropear el plano.

Hicieron una reverencia y el productor abrió la puerta. Se marcharon en silencio.

Bean aguardó, sin muestras aparentes de flaqueza. Aunque, si las cámaras hicieran un plano de sus pies, advertirían que realizaba semicírculos con su pie izquierdo. Por fin, después de segundos eternos, apareció el primer seleccionado.

Se trataba de un hombre alto, de espaldas anchas y cuerpo robusto. Tenía el pelo rubio oscuro, que aumentaba su cantidad desde la nuca a la parte superior. Unos ojos verde esmeralda, le devolvían la mirada con rudeza. Todas sus facciones la denotaban, incluso la mandíbula, que podía verla en tensión debajo de la barba que la cubría.

Era atractivo. Y la elegancia con la que vestía el traje, no era el único indicio de que era mayor, no un chiquillo aún en desarrollo. Realizó una reverencia grandilocuente.

—Es un honor conocerla, Alteza —su voz era grave, modulada, pero expansiva a su vez. Hablaba en susurros, como si compartiera secretos con ella.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó, realizando una caída de pestañas perfecta. La atracción que sintió por él era un hecho.

—Christopher Giannopoulos.

Juntó ambas manos por delante del cuerpo. Todo en él denotaba confianza plena, determinación. Bean no sabía si alegrarse o lanzarse a la indignación.  Era casi una obligación tácita que alguien inferior a ella se pusiera nervioso en su presencia. Por lo cual, hizo todo lo posible para perturbarlo; cruzó los brazos, alzó la barbilla, frunció los labios y lo observó largo rato fingiendo que evaluaba a Christopher.

—Estoy casi segura que también es un placer conocerlo, señor Giannopoulos —decretó, arrastrando las palabras, con una sonrisa que no portaba emociones. La sonrisa que había hecho temblar a Lancelot en muchas ocasiones.
«Seguro que ahora no le da tan igual estar delante de una princesa…», se emocionó. Casi era un reto a cumplir: lograr intimidarlo.

—Gracias por el cumplido, no es fácil impresionar a alguien como usted —sonrió profusamente, pero no era la reacción que ella había esperado.

Su actitud trajo, sin remedio alguno; a Archivald. Él tampoco había mostrado ningún tipo de temor ni nerviosismo hacia ella, nunca. Había sido sincero, siempre, como nadie lo fue. Y era esa sinceridad la que había provocado los últimos acontecimientos…

Bean se tragó todas las emociones, junto con su orgullo herido. Incluso ella, sabía que no era oportuno montar una escena delante de cámaras.

—Dígame, ¿cuál es su profesión?

Christopher estiró las comisuras de los labios hacia los lados, formando una línea recta con ellos.

—Soy arquitecto, Alteza —respondió con decoro, bajando la mirada, como si le avergonzase. Bean lo comprendía, cualquier profesión parecía una nimiedad frente al cargo que ella representaba.

—Un Tres, no está nada mal —sonrió, para que viese que a ella no le importaba, que no tenía que cohibirse.

El hombre mostró una reacción opuesta a la que esperaba, lejos del agradecimiento silencioso. Pareció molestarle, como si Bean hubiera hecho algo malo. No lo entendía; estaba siendo amable.

—Gracias, supongo —habló él, tratando de no sonar grosero.

Primeras impresiones de Christopher Giannopoulos: Era guapo, seguro de sí mismo y respetuoso. No le impresionaba en lo más mínimo la futura reina de Nueva Asia y no necesitaba su compasión.

Le gustaba. Podía verse con alguien como él a su lado.

—Le veo en el desayuno —dijo, dando por finalizada la conversación.

Christopher asintió al tiempo que inclinaba el cuerpo hacia ella.

—Por supuesto, Alteza.

Se marchó sorteando la cámara de la derecha, en dirección al comedor. Uno de los camarógrafos habló a su pinganillo, dando la aprobación para que saliera el siguiente seleccionado. Se llamaba Tirion Jean Pierre, oriundo de Direfall, presentaba un aspecto esbelto y delicado, pero tenía unas manos fuertes y curtidas, que se debían a su trabajo de escultor y pintor, como bien se había encargado de comentarle Tirion. Pertenecía a la casta Cinco, pero se encontraba en una posición privilegiada debido a su talento. Sus obras eran demandadas por doquier y estaba formándose un nombre. Aunque a Bean no le atraían en sobremanera los artistas, por su actitud volátil y sus cambios de opinión, Tirion ganó puntos con su exuberante galantería y su facilidad de palabra. Por supuesto, también era atractivo.

Seguido de él, apareció Robert Váldez, todo un personaje donde los haya. Bajito, con el pelo moreno ensortijado, llevaba gafas de aumento que hacían de sus ojos dos enormes aceitunas negras. Se mordía las uñas entre palabra y palabra. No paró de hablar sobre Astrofísica, profesión que estudiaba en la universidad, hasta que Bean decidió despacharlo. Poco faltó para que la volviera loca. Apenas había podido hablar.

—Los astros nos dicen lo que está mal en el mundo —fue lo último que dijo Robert antes de marcharse a tiempo que se recolocaba las gafas sobre el puente de la nariz.

A continuación, apareció alguien que con el primer vistazo que le echó: supo que no encajaba en su palacio. Era alto, delgado en exceso y caminaba de forma desgarbada, para nada premeditada. Saltaba a la vista que no se había peinado, pues su pelo apuntaba en todas direcciones. El traje le colgaba por los hombros, parecía negarse a adaptarse a ese cuerpo. Sin embargo, Bean vio algo que la hizo sentirse receptiva a conocerlo: sus ojos castaños, totalmente sinceros,  que mostraban toda la seguridad de la que su cuerpo carecía.

—Buenos días, Alteza —dijo al detenerse a unos centímetros de donde se hallaba Bean, era un palmo más bajo que ella. Tenía una voz serena, apaciguadora, recordaba al sonido de las olas rompiendo en la orilla.

—Buenos días, ¿señor…? —Debería haber puesto un poco de atención a las fichas de sus seleccionados, aunque solo fuera por no dar una imagen de apatía ante todos los espectadores.

—No soy un señor —corrigió, indulgente—, me llamo Edgar Olhsoon.  

—Se trata de una formalidad —apostilló, en tono resabido.

—Lo sé, Alteza, comprendo que yo deba mostrar este tipo de formalidad en su presencia —hablaba con amabilidad, sin ningún tipo de insolencia escondida entre sus palabras—. Pero yo no soy ningún «señor», por lo que prefiero que se dirijan a mí por mi nombre, sino le supone una molestia.

Por menos, estaba absolutamente sorprendida. No tenía una imagen clara de lo que podía esperar de ese chico, y eso, que era experta en captar a las personas. Había perfeccionado dicha técnica durante los años, para ganarse a todos los ministros y políticos que no la tomaban en serio. Pero con Edgar era difícil hacerlo.

—Claro, señ…, Edgar —se corrigió, sonriendo con amabilidad, sin querer, sin imponerse a ello—. Háblame de ti, por favor.

Edgar se encogió de hombros, pensativo. Buscando algo de su vida que pudiera impresionar a la princesa, sin saber, que ya lo había hecho.

—Tengo dos hermanas mayores, me traen loco, pero sin ellas nada sería igual —mencionó, aunque advirtió que su expresión se endurecía, marcando exceso la línea de su mandíbula—. Trabajo limpiando piscinas en mi distrito —confesó, con un leve rubor en las mejillas, pero con la cabeza alta—, no es un trabajo muy divertido. Sin embargo, puedo nadar siempre que me apetezca… —hizo una leve pausa, para mirarla—. ¿Le gusta nadar, Alteza?

Bean no esperaba la pregunta, ninguno hasta el momento le había preguntado por sus gustos. Se habían limitado a adularla, sin más.

—Sí, aunque son pocas las ocasiones en las que puedo hacerlo— «En mi vida solo hay tiempo para el reino y…, ahora solo para el reino», quiso decir.

Edgar  emuló algo similar a la pena, una expresión a la que solo su madre la tenía acostumbrada. Fue extraño, casi la hizo sentir vulnerable, recibirla de un desconocido que limpiaba piscinas y que se encontraba claramente en una situación de desventaja.

—Es maravilloso y terapéutico. Cuando estoy en el agua los relojes se rompen, los problemas no importan. Solo importa seguir braceando, para no hundirte, oponer resistencia a la fuerza del agua, es…

Un carraspeo cortó sus palabras. Al mirar de reojo, Bean comprobó que uno de los camarógrafos señalaba el reloj en su muñeca; la reunión con Edgar se extendía demasiado.

—Espero que tengamos la oportunidad de seguir con esta conversación pronto—lo decía con sinceridad. No era una pose, quería conocerlo.

Él sonrió, agradecido.

—Sería un honor.

Primera impresiones de Edgat Ohlsoon: Era humilde, familiar y carismático. Pero Bean Huton-Blather olvidaba que las apariencias engañan…

Los siguientes apenas llamaron su atención, pues solo se limitaron a responder a sus preguntas. Ryder Harper, que lo único remarcable que tenía era su carrera personal y la influencia jurídico-política de sus padres —a Bean le dio la impresión que su madre había tenido mucho que ver con que ese chico estuviese en el palacio—. Quizá, también su moreno italiano y los dos bíceps de más que tenía en los brazos… Grayson Flame, maleducado, estridente y vulgar, había tratado de acortar las distancias con ella. Por si ello no fuera suficiente, encima era feo.

El último, Adam Joy, por el contrario, había sido el tercero en llamar su atención. No solo porque tenía heterocromía; ojos de colores distintos, uno azul y otro marrón. Sino por su simpatía y el buen sentido del humor del que hizo alarde. Lo guardó para sí, pero había sido la primera persona capaz de hacerla reír desde hacía un mes.

Cuando se marchó, las cámaras se apagaron, y sintió que los hombros se le hundían. No había estado mal, mejor de lo que esperaba. Había posibilidades de encontrar entre ellos al futuro rey.

—Sublime, Alteza. —Enna apareció de la nada, sigilosa como una sombra. Por sus palabras, adivinó que había estado observándola desde un punto estratégico, sin ser vista.

Bean se recolocó el moño y emprendió la marcha hacia el comedor, seguida por su consejera real.

—Ya lo sé —respondió unos segundos más tarde, cuando doblaban la esquina. Después de todo, sublime, era su segundo nombre.

—Tras el desayuno tiene una reunión con el Ministro de Infraestructuras, seguidamente, el equipo del programa quiere realizarle un reportaje fotográfico. —Bean la miró de reojo, demostrando todo su fastidio. No podía disfrutar de un solo minuto de paz. Por supuesto, la mujer hizo caso omiso de su gesto—. Antes de la comida sus padres quieren hablar con usted y su hermano en la Sala de Reuniones.

—Puedes retirarte —respondió. Habían llegado a las puertas del comedor, no le apetecía entrar con Enna pisándole los talones recitándole sus compromisos.

—Gracias, Alteza.

Esperó a que realizase una reverencia y entró con paso decidido. Una vez dentro, deseó no haberlo hecho. No porque todos los seleccionados, incluyendo a las de sus hermanos. Si no, porque tras la mesa presidencial, estaba Archivald, colocando las bandejas de comida junto con los sirvientes.

El corazón comenzó a arañarle el pecho y unas imperiosas ganas de vomitar le ascendieron por la garganta. Hacía una semana que no se lo cruzaba por los pasillos. Estaba de espaldas, pero el peso de sus ojos grises se le clavó en la piel, como tantas veces antes. Imaginó su sonrisa tímida y desproporcionada. El tacto de sus dedos encallecidos sobre la piel…

Alguno de los presentes carraspeó, sin comprender por qué la princesa se había detenido a la entrada y no mostraba amagos por moverse. Maldijo que Lancelot se encontrase allí. Él habría hecho algo por manejar la situación.

Cuando Archivald se percató de su presencia, dejó cuanto estaba haciendo y recorrió la enorme sala casi a la carrera en dirección a la salida. Solo se detuvo brevemente a su lado.

—Alteza —su tono era frío, despojado de cualquier emoción. Después se marchó.

Fue en ese momento cuando Bean comprendió algo. Puede que estuviera determinada a que Christopher cayera a sus pies, intrigada por Edgar y con ganas de que Adam la hiciera reír. Pero con el único que quería estar, era Archivald.
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Después de todo, Maeve tenía razón. A pesar de haberse prometido  a sí misma que en ningún momento dejaría que nada de lo que pasara en la selección le afectaría lo más mínimo. No se dejaría engatusar por la solemnidad que la rodeaba, ni por la cubertería brillante ni, mucho menos: por Sylvan Shawcross.

Pero, como de costumbre: las determinaciones de Siria Blake morían antes de llegar a puerto. Ya sólo el coche que la había llevado hasta el palacio desde el aeropuerto había sido suficiente para embaucarla. Porque, a ver, seamos honestos por un momento: ¿a quién no le gustaría vivir en un lugar donde la comida abundaba, disponías de todos los avances tecnológicos y dormías en una cama con capacidad para tres personas? A todo el mundo. Quien diga que no, está siendo hipócrita. Siria no era hipócrita, se moría por beneficiarse de tales privilegios. Lo único que no le gustaba de ese mundo era que muy pocos tenían acceso a él. Que las personas como ella, la mayoría de la población mundial, había sido excluida por culpa del dichoso sistema de castas.

Por eso, junto con Maeve, su mejor amiga y, el cerebro maestro del plan: habían decidido tomar riendas en el asunto. Presentarían su solicitud para la selección, se beneficiarían del dinero que el concurso daba en compensación y por fin, dejarían de pasar hambre. Era un plan sencillo, sin margen de error. Lo único que debía hacer Siria era aguantar hasta que Maeve le comunicase mediante una carta que habían reunido el dinero suficiente. El siguiente paso era provocar  su expulsión del palacio.  Saldría convertida en una Tres, estudiaría Ingeniería Ambiental y montaría con Maeve la floristería con la que siempre habían soñado.

Sencillísimo.

—¿Estás pensando en tu familia?

Siria parpadeó, de vuelta a la realidad. Estaba sentada en una butaca en la Sala de Mujeres, en compañía de Elara; que la observaba por encima de su libro de Economía con las cejas pelirrojas enarcadas.

Se revolvió sobre el asiento con el culo adormecido. Estaba deseando salir a estirar las piernas, pero como ya había anochecido, no les estaba permitido abandonar el interior del palacio. Toda una lástima, porque se había pasado todo el día sentada en una silla tomando apuntes. Y durante el desayuno y la comida y ahora, después del término de las clases. No había pensado en lo difícil que le resultaría estar encerrada sin casi tener oportunidad de salir al aire libre y eso que sólo habían transcurrido tres días desde que estaba allí.

—Siria —la llamó de nuevo Elara.

—¡Perdón! —exclamó—. Esto, sí, pensaba en mi familia.

Aunque Siria no tenía una familia. Su padre había muerto cuando ella era un bebé y de su madre hacía años que no tenía noticias: se había enganchado hasta tal punto al Oz —una droga clandestina que circulaba por las castas más inferiores—, que había decidido abandonar a Siria y trabajar para un hombre que podía proporcionarle la droga a cambio de unos servicios.

A la única persona que extrañaba era Maeve. Y, puede que incluso a Primrose, la profesora de Filosofía que les permitía vivir en su casa a cambio del mantenimiento del jardín. Pero, desde luego, no echaba de menos a su madre.

Elara cerró el libro sobre su regazo, suspirando.

—Yo también pienso mucho en ellos —confesó con nostalgia, mirando a través de las ventanas de la Sala de Mujeres—. Echo de menos el ruido, los gritos y las peleas de mis hermanos… Deben de estar volviendo loca a mamá. Y me gustaría saber cómo está Tommy, pero todavía no nos han dado permiso para enviar cartas.

Elara le caía bien. Le recordaba un poco a Maeve: tranquila, amable y centrada. Nunca levantaba la voz y no se dejaba arrastrar a las trifulcas entre las otras concursantes. Por suerte, ambas pretendían a príncipes distintos y podían hablar sin tener que guardar opiniones y sin miradas de recelo: todo lo contrario de lo que le ocurría a Siria con algunas de las participantes del príncipe Sylvan.

—Pronto podrás escribirles —aseguró Siria, inclinándose hacia ella—. Así tendrás muchas más cosas que contarles.  

Siria exploró la estancia con la mirada. Con diferencia, era la sala en la que más cómoda se sentía. Era acogedora, a pesar de su desmesurada magnitud. Pero las lámparas de araña que desprendían una cálida luz amarilla, las alfombras de distintos colores y tejidos, los sofás y las mesas para tomar el té le proporcionaban cierto toque hogareño. Allí podían hablar sin miedo a decir algo indebido, entretenerse con las televisiones que había repartidas en las paredes, leer revistas o simplemente descansar.

En ese momento no había muchas chicas por allí, al menos, ninguna con la que Siria hubiese entablado una conversación. Debían de estar en sus habitaciones, preparándose para la cena que tendría lugar dentro de una hora. La perspectiva de una suntuosa cena la hacía salivar.

Miró a Elara de nuevo, que de nuevo se había sumergido en el libro. El día anterior le confesó que tenía miedo de no alcanzar el nivel necesario para las clases. Siria había pensado en ofrecerle su ayuda. Porque, gracias al cielo, Primrose les daba clases a ella y Maeve desde hacía años y sabía lo básico de todo. Pero por el momento no le había dicho nada a Elara, pues no sabría cómo se lo tomaría. Tenía la mala costumbre de meter las narices donde no la llamaban y en muchas ocasiones la tomaban por un metomentodo.

—¿Te ha pedido Noah una cita ya? —preguntó.

—Sí, es mañana —explicó Elara con ausencia pues estaba concentrada leyendo.

Siria resopló, incorporándose en la mullida butaca. Durante los tres últimos días, había formulado la misma pregunta cada vez que había tenido oportunidad, incluso instó a Ivory a que lo hiciera él mismo. Porque a ella, o bien no la respondían o bien la miraban mal. Le interesaban sobretodo sus contrincantes, a las chicas de Ripcard y Noah les preguntaba por puro sensacionalismo.

Por lo que había averiguado, al menos cuatro de las pretendientas de Sylvan tenían ya una cita. Siria no se encontraba entre ellas. Artyca le dijo que no se preocupase demasiado, ya que seguramente la mitad de ellas hubiesen mentido porque no estaban dispuestas a reconocer que no serían las primeras. Pero para ella era fácil decirlo, durante el programa del domingo, había ocupado un gran espacio en pantalla por su sonada conversación con el príncipe Noah durante el primer encuentro —y tenía una cita—. A Siria ni siquiera la habían mencionado, incluso habían cortado la entrevista que le hicieron el primer día para sustituirla por la de Sunshine.

Tampoco es que le extrañara… Siria no era interesante, de lo único que podía hablar era de plantas. Ni tampoco tenía la belleza necesaria para acaparar la atención. No era fea, pero era del montón. Su encuentro con Sylvan había sido cordial, pero apenas duró unos minutos. Desde entonces, el príncipe no había mostrado interés en hablar con ella.

Se suponía que no debía afectarle lo más mínimo. Pero la indiferencia de Sylvan incidía directamente en su plan. Si la expulsaban tan pronto, sus sueños con Maeve se irían al traste. Ojalá hubiese salido el nombre de Maeve y no el suyo en la pantalla hacía una semana. Su mejor amiga era muchísimo más guapa que ella y, desde luego, la seducción era un terreno seguro para Maeve. Tenía locos a todos los chicos de la provincia. Siria solo era la amiga simpática, en la que nadie se fijaba.

Además, le gustaba el príncipe. No estaba enamorada ni le crecían mariposas en la tripa cuando se lo cruzaba en el comedor, pero sí despertaba su interés. Por una vez en su vida, estaría bien ser la chica que acaparaba la atención. No solo la amiga simpática.

—Será mejor que nos marchemos, sino llegaremos tarde a la cena —declamó Elara, cerrando el libro y levantándose.

—Sí, vamos.

Caminaron juntas hasta sus habitaciones, la de Elara en la segunda planta y la suya en la tercera. Prometieron encontrarse en las escaleras una vez estuviesen listas.

En su habitación, le esperaba un vestido de encaje de color rojo y unos zapatos dorados. A parte de las doncellas, que estaban junto al tocador buscando los complementos adecuados.

—¡Lady Siria, debemos apresurarnos! —espetó Morgan a modo de bienvenida. Era la más estricta de todas, aunque también la más joven.

—Puede que le dé tiempo a darse una ducha —ofreció Eliza, que debía haber advertido el gesto compungido de Siria.

—Mi higiene es aceptable, creo —rechazó Siria esforzándose por sonreír. Sus doncellas habían sido de lo más
amables con ella. No podía dejar que su malgenio interfiriese.

Justo en ese momento, Hermione salió del baño, recolocándose la cofia sobre la cabeza.

—¿Le habéis enseñado ya la nota? —Hermione aseveró con la mirada a sus compañeras, que negaron con la cabeza.

—¿La nota? —preguntó Siria de pie en el centro de la habitación.

—¡Sí! —afirmó Hermione, meneando sus anchas caderas hasta el escritorio que había al lado de las puertas del balcón. Agarró algo y caminó hacia Siria con decisión—. Tome.

En su mano apareció un diminuto pedazo de papel. Lo desdobló con dedos temblorosos, mientras todas las posibilidades se le agolpaban en la cabeza: ¿Sería una amonestación? ¿La expulsarían? Pero no se trababa de ninguna de las dos cosas. Tuvo que leer las palabras, escritas con una caligrafía impecable, varias veces antes de convencerse de que era cierto.

«Lady Siria, ¿te gusta el senderismo? Supongo que lo descubriré el jueves durante nuestra cita. Te recogeré en tus aposentos después de la comida. Sylvan Shawcross.»

Después de todo, no había pasado tan desapercibida para el príncipe. E iba a llevarla a hacer senderismo, abandonaría esas paredes al menos unas horas. ¡No podía pedir nada más!
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