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Valley of wolves.

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Re: Valley of wolves.

Mensaje por chihiro el Miér 23 Ago 2017, 4:29 am

KATE ESTA GENIAL!!!!! AHORA DESPISTAOS TE HARÉ UN COMENTARIO EN CONDICIONES PERO ADELANTARTE QUE ME ENCANTÓ.

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Re: Valley of wolves.

Mensaje por hypatia. el Jue 24 Ago 2017, 8:25 am

Omg Me alegra que te haya gustado, Zoe
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Re: Valley of wolves.

Mensaje por Ritza. el Jue 24 Ago 2017, 12:08 pm

darcy de mi bennet

La ambición ciega la mente más prodigiosa. El amor, también. Aonia lo comprendió en el momento en que el cuchillo hendió su cuerpo. Cuando las piernas se le torcieron y cayó al suelo, sesgada por el dolor. Suren empuñó el arma que le dio muerte, mas su amor por él fue lo que la asesinó.

Ya vamos, empezando con esta clase de párrafos que matan. Se abren un montón de dudas y posibilidades con esto,
porque es un "campo" que nunca me puse a pensar cuando estaba leyendo el libro

Pero qué decir, te luciste con el prólogo dijiste tanto en tan poco que muero. El amor que sentía Aonia por su pupilo, cegada; y el, cegado por la avaricia de tener más, acabó asesinando y siendo maldecido por la eternidad.
Las emociones humanas que son tan lindas pero también tan trágicas.

Amé todoooo, como pasaste de la muerte de Aonia y la maldición (momento clave x 98268193) a cuando Suren va hacia el Templo Sin Nombre en busca del Oráculo (se me hace difícil llamarle Suren...para mí sigue siendo "el maestro).

«Siete te guiarán hasta la Magia del Unicornio —la voz sonaba en su cabeza, a pesar de que veía a la mujer mover los labios—, tres criaturas y tres humanos. Juntos traspasarán las barreras de lo conocido. Dos encontrarán al unicornio, más otros dos le susurraran. Los gemelos que aúnan mortalidad e inmortalidad el arco destruirán. Otra encontrará la llave en las profundidades del mar. Los que susurran derrotarán a la bestia de fuego y la Salamandra su calor contendrá. La Magia del Unicornio será revelada y llegado el momento, dos puentes hacia el Más Allá se abrirán».

La niebla se disipó de súbito y el retumbar de un rayo partió el silencio. El Oráculo volvía a descansar perezosa sobre su seda. Los ojos retomaron el negro, mas conservaban un brillo todavía verdoso.

—Agradezco tus servicios.

Se dio la vuelta con brusquedad. Desenmarañar las respuestas del Oráculo conllevaría más tiempo y esfuerzo. Pero su ambición no conocía límite alguno. Dominaría el mundo, desde Hinarie hasta Queiahi, tanto en la tierra como en el más profundo de los océanos. Todo terminaría siendo suyo.

El mundo no conocería hechicero más poderoso que él.

Derrocaría a la propia muerte.

Rompería todas las barreras.

Sí...

Todas las respuestas del Oráculo y la Profecía me emociona demasiado que hayamos empezado, esta idea me encanta y el universo de la historia es tan genial :') ya quiero ver como se va a desarrollar todo. Más con el maestro que tiene una voluntad de hierro, lamentablemente. Ayyyy, amé mucho el prólogo y espero el primer capítulo
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Re: Valley of wolves.

Mensaje por hypatia. el Dom 27 Ago 2017, 1:55 pm

EMS, AMÉ TU COMENTARIO, GRACIAS Y el título muack
A mí también se me hizo difícil llamarlo Suren, pero en ese momento como que sólo era el Maestro de la Avaricia
Ya estoy escribiendo el capítulo, espero dejarlo pronto
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Re: Valley of wolves.

Mensaje por hypatia. el Mar 19 Sep 2017, 11:47 am

Terminé el capítulo, me falta corregirlo, espero estar subiéndolo mañana Os dejo un pequeño adelanto por el momento xd.

Spoiler:
—Debes reconocer que no esperaste hasta que dije tres —comentó Zed, con una expresión divertida.

—Yo esperé… Fue Alpha quien no lo hizo. —Su caballo relinchó y cabeceó, de manera que su larga crin se le quedó enredada en el hocico. Leaf extendió la mano para apartársela.

—Por lo que en realidad no has ganado esta carrera… —Zed alzó las cejas.

Ella iba a rebatir de manera elocuente, a pesar de que poco importaba quién hubiese ganado. Pero calló cuando su amigo se quedó mirando a punto a su derecha, al otro lado de Virika, como si escuchase. Zed soltó una risotada reverberante segundos más tarde.

—Akemi cree que mi orgullo me increpa a acusarte de hacer trampas. —El muchacho seguía con la vista fija en el aire.

—Como de costumbre, llevas razón —respondió Leaf, mirando hacia donde creía que estaba Akemi.

Porque Leaf no podía ver a Akemi. Tampoco sabía cómo sonaba su voz y, a pesar de las descripciones que le había dado Zed, no tenía una imagen completa de su aspecto. Ya que solo Zed era capaz de verla. Pero Leaf no había duda ni un solo segundo de su existencia. Ella, menos que nadie, debía dudar.
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Re: Valley of wolves.

Mensaje por Ritza. el Mar 19 Sep 2017, 12:24 pm

AY DIOS, ZED Y LEAF, Y LUEGO AKEMI, Y NO, ME MATAS KATE ya quiero leer todo el capitulo
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Re: Valley of wolves.

Mensaje por hypatia. el Sáb 23 Sep 2017, 5:54 pm

Leer, please:
Creo que dije que subiría el viernes, pero al final me inspiré y añadí dos partes más al capítulo. Lamento haber tardado tanto, entre unas cosas y otras no encontraba el momento para escribir. Aprovecho para decir que en esta primera ronda no saldrá nada en lo referente a la trama principal de la novela, nada más limitaos a hablar de vuestros personajes y su vida en la Torre como vosotras creáis conveniente Cualquier duda que tengáis aquí estamos. Espero que os guste el capítulo


Pasar el cursor por la imagen.
Capítulo 01.

By hypatia | Sigue: Kida.

☪️ Leaf Valeska.

Espoleó a Alpha con apremio. El viento le cortaba las mejillas y, el pelo, suelto, se le metía en los ojos y la boca. Miró por encima del hombro con el corazón estrujado. No vio nada más que árboles. Aún podía conseguirlo. La parte más alta de la Torre se divisaba en la lejanía, arropada por el manto de nubes que en poco menos de una hora se disolverían: dando paso a la noche estrellada.

—¡Más rápido! —chilló a su caballo, un deslumbrante frisón negro.

Alpha relinchó y aceleró. Notaba la sangre caliente del caballo fluir bajo sus vigorosos músculos. Era rápido, tanto o más que un fuego fatuo. Montada en él sentía que volaba. La velocidad era tal que el paisaje que la circundaba era apenas una mancha de color verde y marrón. Leaf tuvo que emplear sus sentidos al máximo; susurrar a los árboles para que apartasen sus ramas y no quedar enganchada a alguna.

La Torre estaba cada vez más cerca. Podía divisar las almenas. Se inclinó hacia delante, con las riendas bien aferradas entre sus entumecidas manos.

—¡Ya casi estamos! —exclamó aliviada.

Momentos después el entramado de árboles se dispersó hasta desembocar en el claro en el que se alzaba la imponente Torre del Valle de los Lobos. La muchacha conjuró las palabras mágicas que abrían las inmensas puertas de hierro forjado. Alpha iba tan rápido que tuvieron suerte de no chocar contra ellas. Una vez dentro, tiró de las riendas. El caballo tuvo que dar unas cuantas vueltas entre los zarzales de rosas del jardín, bañados por la luz dorada del inminente atardecer, antes de frenar. Poco faltó para que aplastase a un par de gnomos que podaban los zarzales.

Cuando fue capaz de detenerse, frente a la entrada principal, Leaf desmontó con torpeza. Tenía los músculos agarrotados, tiesos como piedras. La piel tirante y cortada por el viento.

Acarició el hocico de Alpha, que la miraba con sus ojos de marea negra. Sacó media manzana que guardaba en uno de los compartimientos del cinturón y se la dio. Alpha rescató el tentempié con sumo cuidado. Estornudó de la emoción y a Leaf se le escapó una leve risilla.

Alpha fue el segundo regaló que el Maestro le dio, el primero había sido encontrarla. Congeniar con el animal fue casi tan complicado como aprender arcano: el idioma de los hechiceros. Pasaron meses hasta que pudo acercarse a él sin que se encabritase. Cabalgar había requerido un esfuerzo mayor y extenuante. Pero lo había logrado, como todo lo que Leaf Valeska se proponía.

El sonido de más cascos de caballo se hizo eco en el jardín. Rodeó al caballo y por la verja, aún abierta, apareció Zed; a lomos de Virika, que dejaba una nube de polvo allí donde sus cascos impactaban con la tierra, brillantes al contactar con la dorada luz del atardecer.

—Ya comenzaba a preguntarme dónde estabas —chilló Leaf por encima del ruido, justo cuando Zed se detuvo a unos cuantos metros.

Desmontó antes incluso de que Virika se detuviera. Más polvo se levantó bajo sus botas de cuero. Zed era alto y musculoso, aunque no desgarbado. Tenía unos ojos amables y vigorosos, que invitaban a la confianza. Su boca siempre parecía dispuesta a sonreír, descubriendo unos dientes blancos que llamaban la atención sobre su tono de piel oscurecido. El pelo lo llevaba corto, negro y ensortijado.

Zed también era alumno en la Torre, una de las cinco escuelas de hechicería que quedaban en el mundo. Porque sí, eran hechiceros. Seres nacidos con el don de la magia y, la Torre, era uno de los pocos lugares seguros para personas como ellos. Aunque Zed había llegado pocos meses después que ella, cinco años atrás, su amistad era relativamente nueva. Una que había nacido por un hecho concreto, que solo ellos conocían.

—Desistí del empeño en cuanto te perdí de vista —explicó con resignación. Agarró las riendas de su colorida yegua dispuesto a caminar hacia los establos. Leaf imitó su acción con las riendas de Alpha—. He aprovechado para recoger unos cuantos ingredientes.

Dada la pasión del muchacho por experimentar, no le sorprendió que se hubiese olvidado de su juego para detenerse a recolectar ingredientes.

Describieron la trayectoria circular que describía la Torre hacia el otro lado: donde se encontraban los establos. El empedrado de piedra caliza, de tres metros de amplitud, sonaba hueco con las pisadas de los equinos. La sombra de la Torre se extendía más allá de las verjas que la protegían. El cielo estaba teñido de rojo, casi morado, preparado para despedir el sol. Leaf sabía que si alzaba la vista en ese momento, encontraría a Fenris sentado en las almenas, en compañía de Dana. Como hacía todas y cada una de las noches desde que Leaf había llegado a la escuela.

Le había preguntado al consejero un par de ocasiones por qué lo hacía. Pero él se había limitado a liquidarla con sus atigrados ojos verdes, veteados en negro, sin pronunciar palabra. A los elfos no les gustaba interactuar con otras criaturas. A Fenris, parecía gustarle menos que a la mayoría de los de su especie.

—Debes reconocer que no esperaste hasta que dije tres —comentó Zed, con una expresión divertida.

—Yo esperé. Fue Alpha quien no lo hizo. —Su caballo relinchó y cabeceó, de manera que su larga crin se le quedó enredada en el hocico. Leaf extendió la mano para apartársela.

—Por lo que en realidad no has ganado esta carrera… —Zed alzó las cejas.

Ella iba a rebatir de manera elocuente, a pesar de que poco importaba quién hubiese ganado. Pero calló cuando su amigo se quedó mirando a punto a su derecha, al otro lado de Virika, como si escuchase. Zed soltó una risotada reverberante segundos más tarde.

—Akemi cree que mi orgullo me increpa a acusarte de hacer trampas. —El muchacho seguía con la vista fija en el aire.

—Como de costumbre, llevas razón —respondió Leaf, mirando hacia donde creía que estaba Akemi.

Porque Leaf no podía ver a Akemi. Tampoco sabía cómo sonaba su voz y, a pesar de las descripciones que le había dado Zed, no tenía una imagen completa de su aspecto. Ya que solo Zed era capaz de verla. Pero Leaf no había dudado ni un solo segundo de su existencia. Ella, menos que nadie, podía poner en duda su existencia.  

Llegaron a los establos, una construcción de piedra y madera anexada a la Torre, justo al lado de la puerta que daba a las cocinas. Liberaron a sus caballos de las riendas y las monturas y los dejaron beber agua en la fuente que bordeaba los establos. Después, de la pared donde los alumnos colgaban el equipamiento de sus caballos, cogieron cada un cepillo y adecentaron a sus respectivos caballos.

Para cuando Alpha y Virika se acomodaron en sus respectivas caballerizas, había oscurecido. La temperatura descendió de manera drástica, a pesar de que todavía se encontraban a finales del verano. Antes incluso de que la primera estrella despuntase en el cielo el aullido de los lobos del Valle entonó su melodía: como cada noche.

En los bosques que circundaban la granja en la que Leaf pasó sus primeros años, habitaban manadas de lobos.
Conocía los aullidos a la perfección. Pero habría jurado que el sonido que emitían los lobos de ese valle era diferente. Resultaban ávidos, aterradores. Aunque no podía afirmarlo a con exactitud, sospechaba que la única regla de la Torre estaba relacionada con ellos.

La única regla que imponía el Maestro, que nadie había quebrantado nunca, que todos respetaban: Tras el atardecer, estaba estrictamente prohibido abandonar la Torre. Sin excepciones. Nunca.

Leaf se arrebujó bajo su chaqueta negra, las franjas violetas brillaban frente a la oscuridad. El violeta de su uniforme la acreditaba como aprendiza de cuarto nivel. Unos meses atrás había superado la Prueba del Aire y obtenido el manual del Fuego: el más extenso y dificultoso. Pero si tenía éxito, una vez hubiese superado la prueba se convertiría en una hechicera de Primer Nivel: su enseñanza básica habría finalizado.

Entonces podría marcharse a otro lugar. A buscar las respuestas que tantos años llevaba ansiando encontrar…

Zed la empujó con delicadeza por la espalda y la condujo hacia la puerta. Se vio cegada un momento por la luz de la cocina. El ambiente era cálido y olía a estofado de carne y tartaletas de limón. El personal de cocina, compuesto en su mayoría por humanos —los gnomos se ocupaban sobretodo del jardín y la limpieza—. Comprobaba el contenido de las humeantes ollas o trajinaba en los hornos con las tartaletas.

La Torre combinaba las tecnologías más exclusivas; electrodomésticos de última generación, ordenadores, televisión por cable… Con los aspectos más rudimentarios del mundo: como las paredes de fría piedra, con hornacinas que contenían desde velas hasta libros, alfombras persas que recorrían todos los pasillos, lámparas de araña y cuadros milenarios. Aquella estancia, sin embargo, casi no contaba con tecnología. A petición de Maritta, que se negaba a usar esos aparatos infernales.

Ninguno de los presentes prestó atención a Leaf y Zed. Estaban demasiado ocupados preparándoles la cena, que se serviría dentro de poco en el Comedor. Los dos primeros años habían cenado en la cocina, en la alargada mesa de madera que quedaba a su izquierda desde donde estaban situados, dado que los únicos alumnos de la escuela eran Morgan, Zed y ella misma. Pero con el tiempo habían llegado más alumnos, con lo que la cocina se quedó pequeña. En la actualidad, había alrededor de treinta alumnos. Sin contar al Maestro, Dana, Fenris y el personal de mantenimiento.

Zed y Leaf salieron por la puerta que conducía al pasillo de la planta baja. Al otro lado del mismo, se divisaban las descomunales puertas de roble que hacían de entrada principal. En esa planta solo estaba la cocina, el comedor y la despensa. Además de las escaleras de caracol que conducían a los diferentes pisos. Y que Leaf rara vez había vuelto a utilizar desde que aprendió a teletransportarse. Pues había demasiados pisos, más de veinte, en la Torre.

—¿Vienes? —preguntó Zed, que señalaba hacia el comedor, a su espalda.

Leaf meneó la cabeza.

—Dile a Maritta que me guarde un plato.

Una sombra de desacuerdo cruzó el rostro de Zed. Que replicó:

—No pasa nada si haces una pausa para comer. Es más, te vendría bien. Cada día estás más escuálida.

Leaf sabía que no pasaba nada. Pero perder el tiempo no entraba dentro de sus prioridades. Dedicaba todo el día a sus estudios, las noches era el único rato que tenía para investigar. Aunque no conocía el día exacto, ni siquiera el año, en su interior sospechaba que el plazo se agotaba. Tenía que aprovechar todos y cada uno de los minutos que obtuviese.

—Hasta mañana —se despidió, sin ánimo de discutir.

Zed suspiró, pero no rebatió. Porque en el fondo, él también sabía que se les agotaba el tiempo…

Abandonó a su amigo en el pasillo y se dirigió hacia la Biblioteca, en el penúltimo piso.


☪️ Swan Craven.

La cena se servía en una mesa supletoria, pegada a la pared, que recorría una de las paredes del comedor de lado a lado. No había una hora específica para cenar, pero te arriesgabas a quedarte sin comida si tardabas demasiado. Y Maritta, la enana, intransigente y malhumorada: nunca estaba dispuesta a prepararte algo si aquello sucedía.
Por lo que Swan siempre era de las primeras en llegar al comedor. Nadie se interponía entre ella y el estofado de carne. Menos ese día, pues había pasado toda la tarde retozando por el lago con Lealia, aprovechando así los últimos día de calor que quedaban antes de la llegada del crudo invierno. Ambas coincidían en algo: habría muchos días para estudiar, pero restaban pocas oportunidades para bañarse en el lago hasta la siguiente primavera.

—Sentémonos allí —indicó Lea, señalando hacia el frente.

Repartidas por todo el lugar, había al menos una docena de mesas redondas, con capacidad para cinco personas en cada una. Todas con manteles de color del vino tinto, sobre la que descansaba la cubertería de plata. Como en la mansión en la que Swan había trabajado durante años en Queatia, como criada de Tiffany, una de las hadas actrices más importantes en el reino de la criaturas mágicas —y también de las malévolas, en su opinión—.

Swan perdió el apetito de súbito, en cuanto vio hacia donde apuntaba el dedo de Lea. Y ella, que tanta hambre había pasado antes de llegar a la Torre: nunca lo perdía. La mesa se encontraba en el extremo más alejado de la puerta, cerca del oblicuo ventanal.

Allí estaba sentado Hallan, uno de los pocos alumnos que pertenecían al reino de las criaturas que habían en la Torre. Era un peredhil, al igual que su hermano gemelo. Supo que se trataba Hallan y no de Dom por la mirada evasiva que le brindó. Y porque Hallan tenía un diminuto lunar entre la nariz y la boca que su gemelo no poseía.

—¿Por qué? —masculló Swan, negándose a pasar otra cena en su compañía. Últimamente Lealia encontraba fascinante cenar con él. Para desgracia suya.

—Porque sí. Venga, vamos. —Equilibrando su comida en una sola mano, agarró a Swan por la muñeca y la arrastró hacia la dichosa mesa.

Estuvieron a punto de chocar con Stefan y Axell de camino allí. Hallan se encontraba solo en la mesa, Swan sabía que se debía a que utilizaba las cenas como un momento de reflexión. Sobre qué reflexionaba, nunca se lo había preguntado. Y, ahora, nunca tendría la oportunidad de hacerlo.

—¡Hola! —exclamó Lealia, vigorosa, dejándose caer en la silla a su lado. Swan se sentó al otro lado, justo enfrente de ellos.

Hallan mantenía la cabeza gacha. Jugueteaba con la cuchara, que hundía en la sopa para después sacarla y repetir el proceso. Como si hubiese notado que lo observaba, alzó la vista. Sus ojos se encontraron un par de segundos. El sonido de cubiertos y conversaciones se acalló en esos segundos. Pero entonces Hallan apartó la mirada.

—Hola, Lealia —saludó con amabilidad. Juró que las mejillas de su mejor amiga se ruborizaban, aunque era difícil de precisar. Lealia, al igual que ella, se emocionaba por casi todo. Un saludo cálido, una mariposa de colores llamativos… cualquier cosa.

Swan no obtuvo cordial bienvenida. Tampoco la quería. Era mejor así.

—¿Qué has hecho hoy? —preguntó su amiga al peredhil.

Perdió el hilo de la conversación de inmediato. Comió su estofado: solo lo hizo porque no soportaba que la comida se desaprovechara. El rencor, la rabia y la desilusión que sentía hacia Hallan Von Helda la dominaban en ese momento. La alegría que había experimentado durante todo el día había quedado relegada a lo más profundo de su cuerpo.

—… ¿a que sí, Swan?

La voz de su amiga la atrajo hacia la realidad. Permaneció callada, con su expresión de desconcierto. Notaba los ojos ámbar de Hallan agujereándole la piel. Lea chascó la lengua.

—Estaba distraída. —Se excusó, apartándose un mechón de pelo de la cara con un resoplido ascendente.

—Le estaba diciendo a Hallan que sería buena idea que nos acompañara al valle mañana. Siempre está aquí encerrado.

Giró el rostro despacio, dedicando una mirada deliberada al peredhil. Que, sorpresivamente, aguantó el contacto visual. Sus bellas facciones estaban rodeadas de pesadumbre y angustia. La misma que experimentaba Swan abriéndose paso por sus entrañas.

No sabía qué responder.

Por lo que se encogió de hombros.

Hallan era una herida demasiado reciente. Todavía no tenía fuerzas para poner buena cara y hacer de cuentas que estaba todo bien.

Lealia, suspicaz, alternó la mirada entre ambos. Su ceño se frunció y su asidua expresión amable tornó a una de hastío. Pocos segundos después, suspiró con toda la fuerza de sus pulmones.

—¡Se puede saber que os pasa a vosotros dos! —aclamó, encerrando el tenedor en su puño—. Lleváis meses sin hablar.

—Estamos bien. —Se apresuró a asegurar Hallan, sonriendo a la muchacha. Swan reprimió un resoplido.

Siempre el perfecto caballero…

—Sí, no pasa nada —masculló Swan. Se levantó de la silla con tal fuerza que arañó la madera con las patas de la
silla. Respiraba entrecortadamente, a punto de perder los estribos—. Hasta mañana, Lea.

Esbozó una sonrisa a su mejor amiga y se marchó.

No pasaba nada.

Y ese era el problema. Que entre Hallan y ella no pasaba nada y, nunca pasaría.


Swan siempre estuvo sola. Perdió a sus padres cuando era tan pequeña que ni siquiera recordaba sus rostros. Peleó con fiereza para sobrevivir y aprendió que la confianza la mataría si no la guardaba para sí misma. Ni siquiera cuando Dana la encontró en Queatia y le prometió llevarla a un lugar seguro, la creyó: a pesar de salvarla de aquel grupo de elfos radicales que trataron de matarla.

Pasaron meses hasta que Swan dejó de mirar por encima de su espalda para asegurarse que nadie en la Torre le haría daño. Dormía con un cuchillo  oxidado bajo la almohada y comía sola en la habitación. Se negaba a sí misma bajar la guardia. Pero poco a poco fue abriéndose, aceptando la seguridad que le ofrecían.

A menudo pensaba que le hubiese ido mejor de haberse quedado como estaba. Cerrada a sentimientos inoportunos, a desilusiones y a excusas que escondían cobardía.

—¡Swan!

El sonido de su voz se propagó por el pasillo, inundando todo espacio libre. La muchacha aminoró la marcha en la curva del pasillo durante unos instantes. Sin embargo, aceleró el movimiento de sus piernas de inmediato. No estaba de humor para charlas.

—¡No finjas que no me has escuchado! —insistió la voz de Hallan, con intensidad—. Espera, por favor.

Trató de resistirse, pero sus pies desaceleraron, ignorando los comandos de su cerebro. Giró sobre sus pasos y aguardó a que Hallan apareciese por la curva que describía el pasillo; apareció segundos más tarde. Sus facciones crípticas por norma general, guardaban cierto alivio. Swan se obligó a mantener la serenidad. Aunque sus manos, escondidas bajo la capa se arañaban la piel.

—¿Podemos hablar? —preguntó Hallan, a penas a quince centímetros de ella. Se llevó la mano a la nuca. Prueba inequívoca de su turbación.

Swan desvió la mirada hacia el cuadro que colgaba de la pared. Un retrato de la misma Torre, tal y como ella la había visto desde la lejanía la primera vez que pisó el Valle de los Lobos de camino a Queatia.

—Habla —musitó, todavía sin mirarle.

Un hondo suspiro de Hallan le revolvió los cabellos.

—He estado pensando…

Swan fijó toda su atención en él. Una ínfima parte de su cuerpo se permitió albergar esperanza por lo que pudiera decir a continuación. Quizá…

—… deberíamos seguir siendo amigos. Esta situación, nosotros, se nos ha ido de las manos. —Hallan quiso abarcar el espacio con las manos, como si pudiera atrapar la turbación y estrujarla.

Entonces la pequeña esperanza se esfumó, plantando una semilla de furia en lo más profundo de su corazón. Nada había cambiado; seguían en el mismo callejón sin salida de siempre. Hizo falta toda su fuerza de voluntad para que la impasividad en su rostro perdurase.

—No.

Hallan se encogió sobre sí mismo.

—Pero…

Swan alzó la mano para frenar sus palabras, negando con la cabeza al mismo tiempo.

—Tomaste una decisión. Vive con ella, Hallan.

El peredhil volvió a erguirse, como si hubiese recibido una bofetada. La expresión de su rostro se arrugó. Swan se rodeó el cuerpo con los brazos: temblaba. Pero no podía precisar si era a causa del enfado o del dolor que comenzaba a hacerse eco en sus terminaciones.

—Lo hice por ti —repitió. Siempre la misma excusa, vacía. Que demostraba su cobardía.

—Esta conversación no va a llegar a ningún sitio.  

No permitió ninguna réplica, no quería oír más excusas. Se dio la vuelta y echó a correr hacia el siguiente tramo de escaleras.


☪️ Leaf Valeska.

Leaf despertó de golpe, exaltada y adolorida. Miró a su alrededor aun con la consciencia aturdida: estaba rodeada por estanterías llenas de libros que se extendían más allá de donde alcanzaba la vista. La biblioteca, estaba en la biblioteca. Debía de haberse quedado dormida, otra vez.

—Hey.

Frente a ella, sentado en la mesa redonda que ocupaba el centro de la estancia, se encontraba Evaan. Con la barbilla apoyada sobre la superficie de madera robusta, utilizando los brazos cruzados como almohada improvisada. Leaf sintió que el corazón se le desbocaba, imitó la postura del muchacho sobre la mesa.

—Hola —susurró, a pesar de que no había nadie en la biblioteca a esas horas. No recordaba cuándo se había quedado dormida, pero sí que ya era noche cerrada cuando comenzaron a pesarle los párpados.

—No estabas en el comedor —comentó Evaan. El ceño se le frunció sobre los ojos, acentuando el color verde claro de estos. Un mechón de pelo le caía sobre la frente—. ¿Has cenado?

—Comí algo por la tarde, antes de ir al bosque con Zed… —respondió errática.

A Evaan se le ensancharon las aletas de la nariz, gesto de profunda turbación. La muchacha no le dio mayor importancia, evitando así otra discusión innecesaria. Su atención seguía puesta en el mechón que le caía en el centro de la frente, arrugada por el enfado. Movida por unas ganas acuciantes de apartárselo, liberó la mano que tenía escondida entre el cuello y el pecho. Pero se detuvo, con un gesto de dolor dibujado en el rostro. Pues sabía que todo cuando atraparía su mano, sería aire. Evaan adivinó sus intenciones y también con dolor, desvió la trayectoria de su mirada de los ojos de Leaf.

Se conocían desde niños, Leaf no podía concretar a qué edad. Pero su relación era casi tan antigua como su vida. Crecieron juntos, Evaan acudía todas las mañanas a la puerta de la granja en la que Leaf se había criado y la ayudaba con sus tareas y al terminar pasaban las tardes explorando en el bosque de los alrededores. Leaf nunca se había interesado en jugar con los niños de la aldea, porque tenía a Evaan. Pero incluso entonces, cuando aún era una niña inocente, había sabido que Evaan no era como los demás niños. Nunca hablaba de su familia y no sabía dónde vivía. Y, a pesar de su apariencia infantil, su madurez era más profunda que la de una persona de su edad. Hablaba como una persona madura y respondía ante los problemas con sabiduría. No desde la inexperiencia de un niño. Como solía hacer Leaf.

Sus sospechas se confirmaron cuando la madre de Leaf la encontró hablando sola. Aunque Leaf estaba hablando con Evaan. Aquella noche, después de que su madre la azotara por mentirosa —pues Leaf había afirmado hasta desgañitarse la garganta que Evaan existía— y de encerrarla en el granero toda la noche, Evaan le confesó que solo ella podía verle. A partir de ese momento Leaf tuvo especial cuidado de no hablar con él cuando hubiese alguien cerca, sobre todo si se trataba de sus padres.

Sin embargo, sus medidas no fueron suficientes. Los padres de Leaf, granjeros conservadores que creían en los antiguos dioses, que despreciaban a cualquier criatura cuya naturaleza no fuese humana, tomaron al amigo imaginario de su hija como un símbolo de brujería. Aquella no fue la única vez que la encerraron en el granero, y, las cicatrices imborrables de su espalda, confirmaban que tampoco fue la última vez que la azotaron.

A los trece años no pudo aguantarlo más y escapó de casa. Aterrorizada y herida, abandonó la aldea acompañada por Evaan. Vivió en la calle durante meses, hasta que el Maestro la encontró y la llevó a la Torre. Pero aquella, era otra historia...

De la granjera temerosa e inocente que fue, no quedaba más que un eco inoportuno en sus músculos. Leaf se había convertido en una joven segura, inteligente y de temperamento decidido. Evaan tampoco era el mismo. Su apariencia infantil había tornado a la del muchacho apuesto de expresión curiosa que la escrutaba en ese instante; a la luz de la lámpara de araña que pendía de sus cabezas.

Pero, como había dicho, Evaan no era un muchacho corriente. Su aspecto era tan sólido como el suyo, con rasgos definidos y las manías y costumbres que caracterizan a las personas. Como los hoyuelos que le aparecían cuando sonreía o cómo se mordía las uñas cuando estaba nervioso. Esa solidez aseguraba a Leaf que no podía tratarse de un producto de su imaginación, tal y como habían tratado de hacerla creer.

Sin embargo, la diferencia entre Leaf y Evaan se manifestaba cuando trataban de tocarse. Mientras que Leaf era piel y huesos, Evaan no era más que aire, una presencia que emulaba una brisa cálida de primavera.

Cuando Leaf le pidió explicaciones, Evaan dijo que se debía a que existían en mundos diferentes. «No pertenezco a tu mundo», declaró con rotundidad y angustia, impropia para un niño de diez años.

Leaf, a pesar de su plena confianza en él, no podía mentir: las respuestas erráticas de Evaan y su negativa a hablar abiertamente acerca de su naturaleza y su lugar de procedencia, habían sembrado rencor y dudas en su corazón en múltiples ocasiones.

¿Por qué nadie más podía verle? ¿Qué hacía allí, si su mundo era otro? ¿Huiría de algo? ¿Tendría una familia allí de donde venía?. Al principio formuló las preguntas de mayor relevancia en voz alta. A Fenris, Dana e, incluso, al Maestro. Pero pronto descubrió que ni siquiera entre los hechiceros era común ver personas invisibles.

No fue hasta el pequeño incidente con Zed en la aldea del valle, un año atrás, cuando pudo afirmar con seguridad que Evaan existía y que había algo en ella —así como en Zed— que le permitía ver a personas como Evaan: de mundo diferentes.

Lo que había abierto más incógnitas. Por qué Leaf era incapaz de ver a Akemi y por qué a Zed le sucedía lo mismo con Evaan, si se suponía que poseían la habilidad para hacerlo. Por qué ambos estaban allí con ellos y, por qué no había un solo libro que mencionase nada relacionado con el asunto…

Un suspiro de Evaan hizo que perdiera el hilo de sus pensamientos, regresando a la biblioteca de la Torre de súbito.

—Ya sabes lo que opino de todo esto —espetó, apuntando con la barbilla a la marea de libros abiertos que Leaf tenía sobre la mesa.

—Si me lo contaras, ahorraríamos mucho tiempo —reprochó ella a coro. Se incorporó sobre el asiento y los músculos de su cuello se quejaron.

Evaan tensó la mandíbula, vertiendo dureza en sus facciones.

—Ya sabes que no puedo.

Leaf movió la cabeza y, con brutalidad, cerró el libro sobre el que se había quedado dormida. Sus intenciones de no discutir siempre terminaban por frustrarse. Había demasiada tensión y, aunque trataban de eludirlo: estaban enfadados el uno con el otro desde hacía tiempo.

—Esta es mi única opción, entonces. Voy a encontrar todas las respuestas, así tenga que pasar todas las noches en vela.

Evaan impulsó el cuerpo hacia delante, con la boca entreabierta, dando indicios de querer continuar hablando. Pero la muchacha se levantó de la silla y abandonó la biblioteca antes de que pudiese hacerlo.

No saber quién era realmente Evaan perdía peso cuando recordaba que, en algún momento: tendría que regresar allí adónde pertenecía. Evaan nunca lo había mencionado abiertamente. Sin embargo, algunos de sus comentarios habían advertido a Leaf que ocurriría con el tiempo. Durante años solo había sido una sensación, como un preludio sin forma que nacía de su miedo a perderle. Se convirtió en una afirmación cuando, hablando con Zed, este le dijo que Akemi formulaba la misma clase de comentarios.

«Si algún día no estoy…». «Pase lo que pase, aunque no puedas verme…».

Pequeñas advertencias que se transformaron en verdades aterradoras.

Leaf podía prescindir de cualquier cosa, incluso de su don para la magia. Salvo de Evaan, la sola idea hacía que se olvidase de respirar, como si el aire también fuese a marcharse con su mejor amigo llegado el momento. No estaba dispuesta a perderlo, de ninguna manera.

Y, para lograrlo, primero debía averiguar qué era ella y el motivo por el que Evaan estaba a su lado. Una tarea sumamente dificultosa. Pero, como acababa de decirle a él; encontraría todas las respuestas.  

☪️ Phira Ragearm.

Llamó a la puerta, dos golpes fuertes y secos. El sonido se amplificó, propagándose incluso a través del hueco de las escaleras, que dividía en dos el último piso de la Torre. En lado opuesto a donde se encontraba, estaba la doble puerta de madera que sellaba los aposentos del Maestro. Tras la puerta a la que acababa de llamar: el despacho. Al fondo había una estancia en desuso cuyo contenido escapaba a su conocimiento, pues se hallaba cerrada a cal y canto. Una ventana abovedada que ocupaba un gran espacio de la pared exterior, rematada con marcos de hierro, ofrecía triángulos de luz como única fuente de iluminación.

Aquel era el piso más silencioso y, con diferencia, su preferido. Nadie acudía allí si no había sido llamado expresamente. Por lo que tenía que soportar la jocosidad irritante del resto de alumnos.

Phira apoyó la frente contra la puerta. No estaba acostumbrada a que la hiciesen esperar. Pero, cuando se trataba del Maestro, no le quedaba más remedio. Pues ni siquiera ella, cuyos designios se veían cumplidos sin siquiera pronunciarlos: se atrevía a apresurar al archimago.

La puerta se abrió por fin tras un leve quejido. Phira enderezó los hombros y entró en el despacho. Tuvo que parpadear, la luz del amanecer era más intensa allí y hacía brillar el lugar de manera excesiva. Sobre todo por los artefactos relucientes y los botes con ingredientes que ocupaban la estantería a su derecha. El Maestro se encontraba sentado tras el escritorio, al fondo, con las manos entrelazadas sobre la superficie. La túnica dorada proyectaba el sol y parecía estar compuestas por cientos de diamantes diminutos. Resultaba difícil fijar la mirada.

—¿Quería verme, Maestro? —preguntó Phira, detenida en el centro de la sala.

El anciano mago asintió, con lo que sus cabellos blancos le resbalaron sobre el pecho, unificándose con la barba lisa, que le llegaba hasta el cinturón de la túnica.

—Siéntate, por favor.

Phira obedeció. Había tenido maestros desde una edad muy temprana. Pero ninguno había despertado el respeto sincero que despertaba en ella aquel hombre.

En la cercanía, el brillo de la túnica remitió. Pero tuvo que parpadear de nuevo para deshacer las manchas negras que se implantaron en su visión.

—¿Cómo te está yendo esta semana? —Se interesó el Maestro. Su voz de tenor, reducida pero clara, se expandió por la sala.

—Estoy trabajando en unos hechizos particularmente complicados —explicó. El manual del Agua se le estaba resistiendo más de lo que le gustaba admitir.

El Maestro sonrió levemente, acentuando las patas de gallo bajo sus ojos grises. Casi parecía un anciano entrañable. Sin embargo, la expresión ardua de sus ojos y el aura de inmenso poder que lo envolvía advertían que podía ser tan duro y afilado como el pico de una lanza.

—Me refería a tus compañeros…

—Ruidosos e ignorantes la mayoría.

Phira trató de eludir la conversación. Desde que llegara a la Torre, dos años atrás, el Maestro no solo se había interesado por sus avances académicos. Le interesaba también que Phira creara alguna amistad con los otros aprendices de la escuela. Ella se negaba, por supuesto. Casi todos eran campesinos ignorantes, más interesados en estupideces que en la magia. Por otro lado, sabía que no podía confiar en nadie. Y, Phira no estaba allí para hacer amigos. Estaba allí para absorber todo el potencial que sus habilidades pudieran brindarle y así, no tener que temer nunca más por su seguridad.

Cuando finalizase su aprendizaje volvería a Arie a gobernar su imperio. Acabaría con todas las amenazas a las que desde niña se había enfrentado y que habían terminado con la vida de su padre. No tendría que esconderse, ni temer por su vida nunca más. Serían ellos quienes temiesen a Phira.

—Es importante para ti que labres amistad con personas de tu edad —expuso el Maestro sin alterarse por la altivez del comentario de Phira—. Los aliados resultan cruciales en los momentos de difíciles.

—Con todo el respeto, Maestro —comenzó a decir. Bajo la mesa, Phira se pellizcaba el dorso de la mano, tratando de mitigar la irritabilidad. Por sincero que fuese el respeto que le profesaba, no le gustaba que interfiriese en su manera de proceder. Puede que tuviese más poder y mayor edad y experiencia, pero le incomodaba que se metiese
en su vida—, no veo cómo ser amiga de un puñado de ignorantes vaya a beneficiarme.

El archimago, sin alterar lo más mínimo la expresión pragmática de su rostro, mesó su larga barba con parsimonia. Le costaba averiguar lo que había en sus pensamientos. A sus ojos, el Maestro era alguien inexpugnable. Aquello la perturbaba, a pesar de que el Maestro se había ofrecido proteger y brindar refugio a Phira hasta que estuviese lista para regresar a Arie, una parte suya no podía dejar de desconfiar. De la misma manera que desconfiaba de cualquiera que se interesase por ella demasiado tiempo. Quién podía asegurarla que sus enemigos no hubiesen encontrado su ubicación y hubiesen mandado a alguien para acabar con ella. El Maestro podía ser íntegro y confiable —pues a todas luces, parecía serlo—, pero toda criatura tiene un precio. Era una de las pocas cosas que había podido enseñarle su padre antes de ser asesinado.

Debía mantenerse alerta. Especialmente cuando todo indicaba que no tenía por qué hacerlo.

—Piensa en lo que te he dicho —dijo por fin el Maestro.

—Lo haré —mintió—. ¿Necesita algo más?

—No, puedes irte. —La despachó con un movimiento de la mano.

Phira se incorporó e inclinó la cabeza antes de marcharse.

Ya había amanecido por completo cuando Phira llegó al comedor. El bullicio era como un corazón que latía dentro de la Torre. Ruidos de platos, pisadas apresuradas y chillidos jubilosos. Lo detestaba, extrañaba el silencio de su casa. Sin más preámbulos se introdujo en la estancia para tomar su desayuno antes de encerrarse en la sala de simulación para estudiar. Otra de las cosas que detestaba del Valle de los Lobos, era el valle en sí. Los bichos que se le pegaban en la piel, el fango adherido a sus botas y que no existiese un solo lugar decente en la aldea donde tomar un helado. Allí era todo demasiado rudimentario y retrógrada, como si los avances tecnológicos fuesen un mito que solo pudiese leerse en los cuentos.

El comedor estaba lleno, todos los alumnos se congregaban en las mesas dando cuenta de copiosos desayunos. Lamentó profundamente que el Maestro la hubiese hecho llamar. Había perdido la oportunidad de desayunar en la tranquilidad, sola en una mesa, sin tener que soportar conversaciones superfluas que no le interesaban lo más mínimo.

Caminó hasta la mesa, olía a chocolate caliente, café y pan tostado, además de a una extensa variedad de dulces. Allí estaba Maritta, la enana, gobernanta de la Torre. Phira la eludió con maestría. Lo hacía desde que había llegado allí, así como a todas las criaturas mágicas. No le gustaban. Tras la guerra, se habían creado unas fronteras que separaban ambas razas. Phira no entendía por qué no podían quedarse al otro lado del océano, que era donde debían estar.

Maritta le gustaba menos que cualquiera. Recordaba con nitidez la falta de respeto que la enana había tenido con ella cuando le pidió que le sirviese la comida.

—¿Pero quién te has creído que soy yo? ¿Una criada? Mi raza lleva más años en este mundo que cualquiera de vosotros. ¡Muestra un poco de respeto! —Le había gritado, a pesar de saber quién era Phira.

La enana malhumorada le regaló una mirada aviesa cuando la vio acercarse, Phira le respondió con una cargada de fuego. Maritta se marchó con la barbilla alta hacia la cocina, con sus andares ladeados. Phira se sirvió unas tostadas y una taza de zumo de limón.

Como se había imaginado, no quedaba ni una sola mesa libre y, para mayor desgracia, el único asiento libre se encontraba en la mesa de Lealia y Swan. Era demasiado temprano para una soportarlas… Anduvo hasta la mesa con pasos quedos. Una vez allí, vio que también estaban Leaf y Zed.

—… y si no nos ayudáis con los hechizos nos retrasaremos —comentaba Lealia en ese momento. Con su voz estridente, capaz de desquiciar a cualquiera.

—Nos cuesta concentrarnos, especialmente si los hechizos son aburridos —añadió Swan, sentada entre Zed y Leaf.

—Buenos días —entonó Phira, sentándose en el asiento junto a Leaf, que estaba a punto de decir algo antes de que ella hablase.

Todos se quedaron mirándola con asombro. No sabía si por su presencia o por el simple hecho de haberlos saludado. Dejó el plato con comida y se dispuso a sentarse.

—¡Rápido, todos en pie! Ha llegado la princesa, no vayamos a ofenderla —se mofó Lealia, entrecerrando los ojos castaños con malicia.

—Perdona, Phira. ¿Tenemos hacer una reverencia o basta con que te metamos la comida en la boca? —prosiguió Swan.

Las dos amigas chocaron las palmas por encima de Zed.

—Venga, no empecemos… —trató de tranquilizarlas. Aunque Phira no lo creyó necesario, los comentarios de esas dos le traían sin cuidado—. Buenos días, Phira.

No respondió y se sentó en la mesa. Cuanto antes empezara a comer antes podría marcharse.

—Deberías ser un poco educada —escuchó que decía Leaf por su derecha.

La afrenta activó el lado más cruel de Phira.

—¿Tu amigo imaginario te enseñó a ser educada?. —No le importó que fuese mayor, ni con una formación avanzada. Ni que fuesen cuatro contra una.

Los ojos de Leaf se clavaron en ella como dos trozos de hielo. Aunque no había vestigios de locura en ellos: Phira sabía que no estaba cuerda del todo. La había visto hablar a la nada como si de verdad creyese que había alguien allí. Leaf parecía a punto de reducirla a polvo, pero sus ojos se desviaron un momento a un punto detrás de ella. Y, cuando regresó la mirada, dijo mucho más serena:

—Eso lo aprendí por mí misma.

—Creo que será mejor que te marches —intervino de nuevo Zed, que la miraba con los dientes apretados, como si quisiera tirársele encima.

No iba a marcharse. Ellos habían empezado con aquella disputa. Además, se había limitado a decir la verdad. Todos sabían que Leaf no era normal. Ni siquiera Zed, a él también le había visto hablar solo varias veces.

—Si estás esperando a que te pongamos la alfombra roja, no te molestes —espetó Swan, con el cuchillo aferrado.

Lealia no decía nada, se limitaba a observar. Pero entonces, con un movimiento rápido, atrapó su taza de chocolate caliente y se la lanzó a Phira contra el pecho. Notó cómo la sustancia pegajosa se introducía en la tela de su camiseta azul y le caía hacia los pantalones. Se levantó como un resorte.

—¡Niña estúpida! —bramó, llamando la atención del resto de los alumnos, que se olvidaron de lo que estaban haciendo para prestar atención.

Lealia se cruzó de brazos, con aire desafiante.

—Vaya, pero qué torpe… —masculló con fingida inocencia. Swan evitó una carcajada mal disimulada.

Phira apretó los puños a los costados, tanto que se clavó las uñas en las palmas. La respiración se le disparó a intervalos irregulares y le dolía la mandíbula por apretar los dientes. Estaba a punto de gritarle sandeces cuando lo sintió…

Un fuego intenso que le llenaba la sangre. Cada hueco del cuerpo y del cerebro. La abrasaba, pero no le dolía. Borboteaba bajo su piel como un volcán a punto de entrar en erupción. Las manos se le calentaron, si alguien se hubiese fijado, hubiera visto que se habían puesto rojas como el cielo al atardecer.

Sabiendo lo que estaba a punto de pasar, salió corriendo del Comedor y, más allá de él. Pasando por el jardín y llegando al establo. Se detuvo en el centro, temblando, tratando de contenerlo. El cuerpo le vibraba y le ardía, era un calor insoportable que tenía la necesidad de dejar salir.

Lo hizo. Dejó salir el calor y, todo su cuerpo se vio consumido por una espiral de llamas. En su visión todo era rojo y naranja. En sus oídos, el crepitar de una hoguera. Se dejó llevar por esa sensación de alivio.

Duró apenas unos segundos. Cuando el fuego se extendió lo único que dejó fue a una Phira jadeante, con un círculo de heno carbonizado a sus pies y el fantasma del calor en su piel. Como si hubiese pasado muchas horas al sol. Los caballos, encabritados en sus correspondientes sitios, piafaban y lanzaba coces contra la pared.

Phira fue recuperando la respiración poco a poco y su cuerpo dejó de temblar. Ya había pasado. Y, por suerte, nadie lo había visto. Aquel era su secreto mejor guardado, uno que nadie podía conocer. Pues ni siquiera ella sabía por qué, cuando perdía el control, todo su cuerpo se convertía en una bola de fuego.

Se dio la vuelta para regresar a la Torre, haciendo cuenta de que nada había ocurrido.

No se había dado cuenta de que había un muchacho escondido en una de las caballerizas y la había visto envuelta en las llamas que tanto miedo le provocaban, aunque no estuviese dispuesta a admitirlo.

☪️ Leaf Valeska.

Leaf se había encerrado en su cuarto tras el accidente del desayuno. No podía parar de darle vueltas. Phira la había dejado en evidencia delante de Swan y Lealia. La había hecho sentir un bicho raro. Como solían hacer las niñas de su aldea cuando se cruzaban con ella. Como si no estuviese cuerda, como si estuviese loca…

«Pero, ¿y si lo estás?. Y si Evaan es una invención tuya y si Zed también está chiflado y te has aferrado a un clavo ardiendo…» bisbiseó una voz malvada en su cabeza.

Se dejó caer contra la cama. Con ganas de llorar hasta el anochecer. Todo el estrés al que estaba sometida se le caía encima, igual que si de una montaña se tratase. A ello se sumaba el cansancio acumulado de la noche anterior.

Debido a la discusión que había tenido con Evaan, había sido incapaz de dormir. Se había quedado en vela toda la noche, dándole vueltas a cómo estaban yendo las cosas con él. ¿Merecía la pena distanciarse de Evaan por descubrir la verdad? Quizá no encontraba la manera de retenerlo a su lado y, cuando se tuviera que marcharse se daría cuenta de que había malgastado su tiempo con él discutiendo…

Iba a explotarle la cabeza. Pero, no podía quedarse tumbada en la cama todo el día, compadeciéndose. Tenía que estudiar. Cuando estaba dispuesta a levantarse, alguien llamó a la puerta.

—No quiero ver a nadie —gritó, con las palabras retumbando contra sus costillas.

Aun así, escuchó que la puerta se abría y se cerraba justo después. Resopló.

—De mí no vas a librarte.

Evaan.

Se incorporó sobre los codos para mirarlo. Estaba a medio camino entre la cama y la puerta. Se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Evaan se unió a ella de inmediato, tumbándose a su lado. Notaba sus ojos verdes clavados en la piel, como dos aguijones. Estaba esperando a que Leaf dijese algo. Él había presenciado la pelea, de hecho, había sido Evaan quien había impedido que diese un puñetazo a Phira.

No pronunció palabra. En su lugar, se acercó a Evaan con disimulo. Este pasó un brazo por detrás de su cuello. El dolor de no poder tocarle resurgió de nuevo, pero la calidez que lo componía la envolvió de arriba abajo. Cerró los ojos, totalmente en paz.

—Últimamente no paro de pensar en que tu vida sería mucho más fácil si yo no hubiese aparecido —escuchó que murmuraba Evaan. Sabía que se sentía mal por lo que había ocurrido en el desayuno.

Alzó el cuello buscando su mirada, sin perder la calma. Acababan de reconciliarse, no sería ella quien pusiera fin a la paz. Pero tampoco podía callarse:

—Cualquier vida en la que tú no estés no merece la pena.

Evaan no respondió, pero comprobó que la tensión de su rostro desaparecía. Se deslizó por el colchón hasta quedar a la misma altura de sus ojos. Se quedaron callados, solo mirándose.

—La vida es maravillosa y única, Leaf. Merece la pena, esté yo en ella o no.

—Tenías que estropearlo. —Le reprendió. Aunque, no estaba enfadada. Al contrario, no podía dejar de sonreír. Ni de mirarle.

—Solo digo…

—¡Calla! —exclamó, entre risas.

Evaan también rio. De manera clara y ronroneante. Después de muchos días, todo estaba bien entre ellos.


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Re: Valley of wolves.

Mensaje por chihiro el Vie 29 Sep 2017, 5:10 am

AY DIOS YA ME PONGO A LEER KATE
editaré este o dejaré otro comentario con el comentario del cap <3

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Re: Valley of wolves.

Mensaje por Ritza. el Miér 04 Oct 2017, 6:12 am

voy a leer y comentar a fines de esta semana o la otra, porque estoy atareada hasta la coronilla
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Re: Valley of wolves.

Mensaje por Legendary. el Dom 08 Oct 2017, 10:16 pm

tengo tanto que leer omg

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I am coming, for all the monsters that ever touched him, I am coming, for all the ones who twisted his stars into shadows, They turned him into a nightmare, So I’m going to be theirs.
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Re: Valley of wolves.

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