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Best Fake Smile

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Best Fake Smile Empty Best Fake Smile

Mensaje por Toussaint el Sáb 20 Mayo 2017, 2:29 pm

Titulo: Best fake smile (anteriormente, El recuerdo del más débil).
Autor: Lorena (cuteland.)
Adaptación: No.
Género: Drama, tragedia. Historia corta.
Contenido: Lenguaje explícito.
Advertencias: Ninguna.
Otras páginas: Sólo en OWN. Resubida.



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Ni un milímetro de agua, ni un centímetro de tierra, ni un bocado de aire, ni una lagrima que salga de mis ojos, ni una molécula de saliva que se cuele en su dulce boca se puede comparar al inmenso amor que llevo a cargas de mi pecho, mi espalda y mi conciencia. Suplico porque algún día todas esas frases de aliento y compasión se hagan realidad y se acabe ese sosiego que siempre debo de recordar y alimentar cuando veo sus fotos pegadas en mi cuarto. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir una canción que solo habla de un amor perdido por la capacidad del egocentrismo, es más; ¿el egocentrismo cuenta cómo capacidad? y, sobre todo, ¿desde cuándo me lamento por una relación rota? Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la palabras de la gente. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. Resulta inquietante verlo de alguna forma parecida al tema de mi desamor, de mi ruptura o de cualquier forma llamada o existente.

Todo se encuentra en donde menos uno se lo espera, inclusive el gran problema llamada: vanidad. Un estado del cual todos pueden quejarse la misma forma en la que ella siempre se quejaba de mí. Sin embargo no recuerdo ningún argumento en el que hayamos discutido esa verdad, ni mucho menos que haya encontrado otra persona a la que amar.

Después, está el asunto de la vanidad, otra de las características que menos soporto. Basta examinar cualquiera de los ejemplos: el superdotado, el especial, el popular, la guapa. No tengo preferencias; todos me son repugnantes. Tomo el ejemplo que se me ocurre en este momento: el superdotado. Davis y lo creía un verdadero amigo, hasta tal punto que sufrí un terrible desengaño cuando todos empezaron a perseguirme y él se unió a esa gentuza; pero dejemos esto. Un día, apenas llegué a la cafetería, Davis me dijo que debía salir y me invitó a ir con él:

— No comprendo porque lo hizo, no comprendo la razón por la que decidió de inmediato dejarme sin decir más —comencé con empatía y cierto desanime en mi tono de voz. Claro que, siempre fui justo y consiente de mis actos; esa pregunta me atormentará por mucho tiempo.

— Las razones son muchas, Ciro —gruñó Davis, casi insatisfecho por mi quejar de la perdida de Luana. Fruncí el ceño exageradamente, al punto de intimidar a una abuelita que pasaba por mi lado.

— ¿Cómo cuáles? —pregunté con oculta ironía, pues me revienta esa forma de emplear el artículo determinado que tienen todos ellos.

— Tú más que nadie debes conocerlas.

— No tengo ni idea, Davis —ladre enfurecido.— Por favor, ¡ilumíname!

— ¡Esa es una de las primeras! —me miro con cólera y desesperación. Me di cuenta muy tarde a qué se refería con que era una de las tantas. Descendí.— Tienes un carácter de mil demonios, Ciro. Contradecirme no te servirá de nada, porque estoy más que seguro de que de eso tú eres consciente.

Bajo un oculto destierro de llamas ofuscántes; mi orgullo se retorcía diabólicamente de la frustración y la verdad seguía picando fuertemente mis ojos. No lloraría, era simplemente absurdo y torpe tener resentimiento hacia un hombre que soportó esos defectos durante 20 años. Prefería oponerse a las devastadoras pesadillas de él escapando de alguien, pero cuando se giraba solo veía a Luana llorar.

— Me tengo que ir, Davis… —el chico bufó fuertemente, casi sobresaltándome.

— Huyendo de nuevo, como si fuera algo extraño en ti.

— ¡Vete al demonio, Davis! No es de tu incumbencia como deba o no de comportarme —dije lo suficientemente fuerte— A fin de cuentas nunca te preocupaste por cambiar eso cuando pequeños.

— Yo no soy quién toma las decisiones de tu carácter, Ciro —suavizo su mirada— Eres tú quien debe de proponerse cambiar de actitud.  

Abandone el lugar, dándome por vencido de que todo el mundo solo me quiere ver tras las rejas, bajo un ataúd o simplemente naufragando en el mar atlántico. La sociedad solo es una secta de malandros egoístas, incluyendo a Luana y a Davis.

Los días siguientes fueron agitados. En mi precipitación no había preguntado cuándo volvería Luana; el mismo día de mi visita volví a hablar por teléfono para averiguarlo; la mucama me dijo que no sabía nada; entonces le pedí la dirección de la casa.

Esa misma noche escribí una carta desesperada, preguntándole la fecha de su regreso y pidiéndole que me hablara por teléfono en cuanto llegase a su casa o que me escribiese. Fui hasta el Correo Central y la hice certificar, para disminuir al mínimo los riesgos.

— Deberías olvidarme… —esa voz chillona tan característica lo hizo abrir los ojos par a par, esperando ver la silueta de algún espectro buscándolo para hacer con él hasta escoba. Se escabullo entre la gente y su brazo fue mordaz para ser una simple chica de veinticinco años.

— Olvídate de eso, Luana —sus ojos verde pasto me miraban especulantes, casi atribuyendo mi temor a sus fuertes palabras. Una orden muy difícil de acatar.

— ¿Recuerdas la vez en que nos conocimos? —asentí frenéticamente— Esa vez no me había convencido de tus palabras de caramelo. Te dije una vez que no creía en las palabras, sino en los hechos. En algún momento loco de mi vida, quise recobrar mi juventud teniendo una aventura extraña contigo. Creí que si lo hacía podría olvidar el remordimiento de hacerme vieja cada vez más… —suspiro— Consideraba los veintiún años de edad como vejez. Me atasque en una historia sin remedio, de sufrimientos, egoísmo y superficialidad.

— ¿A qué te refieres? —mis ojos martillaban y mi cabeza dolía. Pese a eso tenía temor a escuchar de su propia boca las palabras más inalcanzables de mi corazón destruido.

— Creí que era amor, Ciro… Me equivoque. Ahora quiero volver a intentarlo, ahora comprendo el sentido de la vejez, y quiero hacerlo. Esto me ha causado todo tipo de riesgos, riesgos que yo misma he asumido. No voy a arruinar eso, y por tal razón quiero que seas libre. No te aferres a mí, porque no estaré ya más. Me casaré…

— ¡Cállate! —cerré los ojos fuertemente, sintiendo venir las lágrimas desbordando mis ojos como cascadas abiertas.

— La vida me dio una oportunidad de superarte, Ciro. Disfruta de ello también, quiero que seas feliz… Pero la clave para el éxito son tus mismas intenciones. Mírate —abrí los ojos recayentes— Tus acciones solo te llevan a más problemas. Tu carácter va más allá de mis límites y a eso, sumale tu indiferencia al brindarte apoyo justo. Davis es un hombre inigualable, un gran amigo tuyo que siempre te soporto… Dime, ¿qué has hecho por él?

— Nada… —tuve el sentido común de rendirme frente a mi orgullo. Quizás si tenían razón.

— Acepta tus errores, corrígelos y haz una nueva vida en otro lugar. Enamórate, pero hazlo con el corazón.

Como decía, pasé unos días muy agitados y mil veces volvieron a mi cabeza las ideas oscuras que me atormentaban después de la visita a la calle en mi encuentro con Luana. Tuve este sueño: visitaba de noche una vieja casa solitaria. Era una casa en cierto modo conocida e infinitamente ansiada por mí desde la infancia, de manera que al entrar en ella me guiaban algunos recuerdos. Pero a veces me encontraba perdido en la oscuridad o tenía la impresión de enemigos escondidos que podían asaltarme por detrás o de gentes que cuchicheaban y se burlaban de mí, de mi ingenuidad. ¿Quiénes eran esas gentes y qué querían? Y sin embargo, y a pesar de todo, sentía que en esa casa renacían en mí los antiguos amores de la adolescencia, con los mismos temblores y esa sensación de suave locura, de temor y de alegría. Cuando me desperté, comprendí que la casa del sueño era propiedad de Susette, mi amiga de la cafetería.
Toussaint


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