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En Llamas (Zayn)

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En Llamas (Zayn)

Mensaje por *Magali* el Dom 05 Feb 2017, 1:26 am


Ficha de la serie


• Titulo: Los juegos del hambre: En Llamas.
• Autor: Suzanne Collins.
• Adaptación: Si.
• Género: Ciencia Ficción, suspenso.
Advertencia: Quiero resaltar que yo misma transcribí el libro de Suzanne Collins, para poder narrar los hechos desde el punto de vista masculino (Zayn) y los sucesos ocurren de acuerdo a la pelicula. Por lo que no es exactamente igual al libro.
• Otras páginas: No.
Otro: Apreciaría mucho si dejaran sus opiniones en los comentarios, muchas gracias. 

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Capitulo 1:

Mensaje por *Magali* el Dom 05 Feb 2017, 1:43 am


Aferro el termo entre mis manos incluso aunque hace tiempo que el calor del té se ha filtrado en el aire helado. Mis músculos están contraídos con fuerza frente al frío. Si una manada de perros salvajes fuera a aparecer en este momento, las probabilidades de escalar a un árbol antes de que atacaran no están de mi parte. Debería levantarme, moverme algo, y trabajar en la rigidez de mis miembros. Pero en vez de ello me siento, tan inmóvil como la roca debajo de mí, mientras el amanecer empieza a iluminar el bosque. No puedo luchar contra el sol. Sólo puedo mirar impotente cómo me arrastra hacia un día que he estado temiendo durante meses.
Al mediodía estarán en mi nueva casa en la Aldea de los Vencedores. Los periodistas, las cámaras, incluso Effie Trinket, mi antigua escolta, se habrán encaminado hacia el Distrito 12 desde el Capitolio. Me preguntó si Effie aún llevará esa estúpida peluca rosa, o si ahora lucirá algún otro color antinatural especialmente para el Tour de la Victoria. También habrá otros esperando. Personal para satisfacer todas mis necesidades en el largo viaje en tren. Un equipo de preparación para embellecerme para apariciones en público. Mi estilista y amigo, Cinna, que diseñó los preciosos conjuntos que hicieron que la audiencia se fijara en mí por primera vez en los Juegos del Hambre. Porque claro, la gente del capitolio adoraba el excentricismo y como no adorar a la pareja en llamas que llevaba sus vestimentas prendidas fuego, literalmente. Aun no sé cómo no termine desnudo frente a medio millón de espectadores.
Si fuera por mí, intentaría olvidarme completamente de los Juegos del Hambre. Nunca hablar de ellos. Fingir que no fueron más que un mal sueño. Pero el Tour de la Victoria hace que eso sea imposible. Estratégicamente situado casi a medio camino entre los Juegos anuales, es la forma que tiene el Capitolio de mantener el horror fresco e inmediato. No sólo nos obligan a nosotros los distritos a recordar la mano de acero del poder del Capitolio cada año, nos obligan a celebrarlo. Y este año, yo soy una de las estrellas del espectáculo. Tendré que viajar de distrito en distrito, levantarme delante de multitudes que me ovacionan mientras me odian en secreto, mirar una los rostros de las familias cuyos hijos he matado…
El sol persiste en alzarse, y cuando escucho unas ramas crujir detrás de mí me pongo de pie en seguida. He estado en el bosque alrededor de una hora, y mi rostro se siente congelado pero me obligó a dedicarle un intento de sonrisa que sale más como una a mueca, a Gaia que se asoma entre los almos desnudos. Sus ojos grises estaban entrecerrados y sus labios rosados partidos por el frío. Nos quedamos ahí parado uno frente al otro por lo que parecieron largos segundos, hasta que finalmente habló
—Acabo de pasar a varios pavos, que me ignoraron completamente, como si no estuviera ahí—dijo ella, sonreí
—Que groseros
—Es lo que pasa cuando paso tiempo en lo de Eli, ya creen que el bosque les pertenece—su tono fue burlón, pero no pude encontrar la gracia en aquel hecho
No me gustaba verla trabajar como costurera, porque sé que ella lo odia no sé cómo lo soporta. Bueno... sí, lo sé. Lo soporta porque es la forma de alimentar a su madre y a sus dos hermanos y su hermana pequeños. Y aquí estoy yo con toneladas de dinero, mucho más que suficiente para alimentar ahora a nuestras dos familias, y ella no quiere aceptar ni una sola moneda. Incluso es duro para ella dejarme que le lleve carne, aunque con toda seguridad habría mantenido a mi madre y a Waliyha provistas si yo hubiera muerto en los Juegos. Le digo que me está haciendo un favor, que me vuelve loco estar todo el día por ahí sentado sin hacer nada. Incluso así, nunca dejo la caza cuando ella está en casa. Lo que es fácil dado que trabaja diez horas al día.
Aunque ya que no he intentado cazar en serio, no tengo nada que mostrar por ello. Ya no importa para mi madre y mi hermana pequeña, Waliyha. Pueden permitirse comprar carne en la carnicería de la ciudad, aunque a ninguna nos gusta más que la caza fresca. Pero mi mejor amiga Gaia Hawthorne y su familia dependen del botín de hoy, y no puedo defraudarlos.
Ella pasa el peso de una pierna a otra, notando mi disgusto, pero intenta compensarlo con otro tema.
— ¿Cuándo se va el Tour?—respiro el aire frío una vez más, esperando sentir otro escalofrió pero mi cuerpo ya se ha acostumbrado a la temperatura por lo que no puedo reaccionar del todo antes de contestar
—En un par de hora—notó la desilusión en sus ojos al instante, pero lo compensa con un movimiento sugestivo con su cabeza
—Entonces vamos
Y es entonces donde empieza la caminata de hora y media que nos llevará el recorrer nuestra línea de trampas. Antes, cuando estábamos en el colegio, teníamos tiempo por las tardes para revisar la línea y cazar y recolectar y aún volver al trueque en la ciudad. Pero la única vez que veo ahora a Gaia es los domingos, cuando nos encontramos en el bosque para cazar juntos. Aún es el mejor día de la semana, pero ya no es como solía ser, cuando nos podíamos contar el uno al otro cualquier cosa. Los Juegos han estropeado incluso eso. Sigo manteniendo la esperanza de que a medida que pase el tiempo recuperaremos la comodidad entre nosotros, pero una parte de mí sabe que es inútil. No hay vuelta atrás.
Los dos cruzamos más allá del río, hasta que ella me señala unos cuantos pavos que revolotean unos metros lejos de la orilla. Nos escondemos a medias detrás de una roca, los pavos siguen en lo suyo a pesar de que uno de ellos levanto la mirada hacía a nosotros, pero volvió a lo suyo sin darnos importancia y compruebo que Gaia tiene razón, el bosque se siente diferente, como si la naturaleza animal se olvidará de que existía un enemigo.
Muevo mi brazo hacía atrás, con la cuerda tensa entre mis dedos y la flecha apuntando al objetivo emplumado. Exhalo por la nariz, escuchando el latir de mi corazón y luego suelto la flecha. Pero como una ráfaga repentina, las imágenes se mezclan frente a mí y vuelvo a los Juegos, entonces veo con horror como mi flecha se entierra sobre el pecho del chico del Distrito 1. Él baja su mirada sobre su pecho ensangrentado y luego me mira con sus vacíos ojos azules, haciéndome sentir como un mounstro.
Exhalo el aire frío en un grito ahogado y me tabaleo hacía atrás, mi corazón late fuerte contra mi pecho y siento esa sensación horripilante otra vez. Culpabilidad, tristeza…
—Oye, oye. Está bien, Zayn, está bien—Gaia usa su tono tranquilizador, mientras toma mi brazo, volviéndome a la realidad—Todo está bien, estas a salvo, estás conmigo—ella sigue hablando mientras yo miró hacia adelante una vez más, los pavos corrieron despavoridos y mi flecha está enterrada sobre uno de ellos.
Intento controlar mi respiración agitada, pero esa imagen fue tan impactante que me cuesta más de unos minutos poder calmarme otra vez. Gaia me sostiene durante todo ese tiempo, susurrando palabras tranquilizadoras.
—Lo siento—digo luego de un largo tiempo en silencio, paso una mano sobre mi rostro
—Está bien—aclaró mi garganta, mi respiración se calma pero mi corazón sigue latiendo ferozmente
—Deberíamos…—tomó mi arco con manos temblorosas—Deberíamos irnos
Gaia asiente, y luego de que guardamos todas las presas que las trampas capturaron en una bolsa, volvemos a caminar de vuelta a nuestro Distrito, pasando la valla que debería estar electrificada y atestiguando a los mineros que salen de trabajar.
Desde lejos puedo notar mi casa. Mi antigua casa, más bien. Aún podemos quedárnosla ya que oficialmente es el hogar designado para mi madre y hermana. Si ahora yo cayera muerto, ellas tendrían que volver aquí. Pero por el momento, ambas están felizmente instaladas en la nueva casa de la Aldea de los Vencedores, y yo soy el único que utiliza el lugarcito achaparrado donde me crié. Para mí, es mi verdadera casa.
Ella se detiene junto a los rieles del tren, con el sonido de los mineros arrastrando sus botas mojadas sobre la tierra húmeda en nieve y escarcha, detrás de nosotros. Sé que aquí comienza el atajo hasta su casa, pero aun no quiero despedirme.
— ¿Vienes a despedirme a la estación?—le pregunto, ella mete las manos en los bolsillos de su pantalón antes de hablar
—Creo que habrá suficiente gente para despedirte
—Solo unos pocos de los que me importan—digo sincero, bajo mi cabeza un momento y luego vuelvo a mirarla a los ojos—Solo son un par de semanas, estaré de vuelta antes de que la nieve se derrita—su mirada es insegura y su rostro se contorsiona en disgusto
—Sí, bueno, muchas cosas pasan en pocas semanas—me doy cuenta de su tonó duro, y se lo que está pensando
— ¿Volveremos a lo mismo?—espetó dando un paso hacia ella, así no puede evitar mi mirada—Gaia, fue una actuación—pero ella mueve su cabeza, mirando a todos lados excepto a mi
—Sí y una muy buena
—Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir—ella finalmente me mira—Estaría muerto de no ser así
Antes de que pudiera esperar una respuesta, ella levanta su cabeza y se exactamente lo que sus mirada pide. Sin más, tomo sus mejillas y la besó. A este punto no me importa si alguien está viendo, aunque después de todo Gaia y yo crecimos en este lugar. Mucha gente sabía el vínculo que compartíamos y estoy seguro de que muchos asumían que algún día nos casaríamos incluso aunque yo nunca lo hubiera pensado.
Pero eso era antes de los Juegos. Antes de que mi compañera tributo, Eris Mellark, anunciara que estaba perdidamente enamorada de mí. Aunque hubiera sido una mera estrategia promocional, fue real para le gente del Capitolio, por esto nuestro romance se convirtió en una estrategia clave para nuestra supervivencia en la arena. No estoy seguro de lo que fue para mí. Pero ahora sé que para Gaia fue doloroso. Mi pecho se contrae mientras pienso cómo, en el Tour de la Victoria, Eris y yo deberemos presentarnos como amantes otra vez.
Y aunque no hubiera deseado que estuviera involucrada, lo estaba, Gaia también se había convertido en una parte más de la mentira que el Capitolio ha cocinado. Cuando Eris y yo llegamos a los ocho últimos en los Juegos del Hambre, enviaron a periodistas para crear nuestras historias personales. Cuando preguntaron por mis amigos, todo el mundo los dirigió hacia Gaia. Pero no podía ser, con el romance que estaba interpretando en la arena, que mi mejor amiga fuera Gaia. Era demasiado guapa, demasiado femenina, y no dispuesta en lo más mínimo a sonreír y a portarse bien ante las cámaras. Aunque sí que nos parecemos, bastante. Tenemos esa apariencia de la Veta. Pelo oscuro, piel aceitunada, la única diferencia entre nosotros son sus ojos grises y mis ojos avellanas. Así que algún genio la convirtió en mi prima. No sabía nada de ello hasta que ya estábamos en casa, en la plataforma de la estación de tren, y mi madre dijo, “¡Tus primos no pueden esperar a verte!” Después me giré y vi a Gaia, su madre Hazelle y a todos los niños esperándome, así que ¿qué podía hacer salvo seguirles la corriente?
Todos mis pensamientos se disuelven mientras nos separamos. Es la primera vez que eh besado a Gaia en toda mi vida, y uno pensarías que después de todas las horas que había pasado con ella―viéndole hablar y reír y ponerse ceñuda―sabría todo lo que había que saber sobre sus labios. Pero no me había imaginado qué cálidos se sentirían presionados contra los míos. O cómo esas manos, que podían preparar la más intrincada de las trampas, podían sentirse tan suaves detrás de mí nuca. Creo que hice algún sonido en la parte baja de mi garganta, y mis dedos pulgares acariciaron sus mejillas. Entonces me dio un ligero empujón, provocando que yo me separara. Gaia me miró con sus mejillas rojizas y dijo
—Tenía que hacerlo. Por lo menos una vez—antes de que pudiera detenerla, se dio media vuelta y prácticamente corrió lejos de mí en dirección a su casa.
 
A pesar del hecho de que el sol comenzaba a descender y mi familia estaría preocupada por mí, me quede varios minutos de pie justo donde Gaia me había dejado. Intenté decidir cómo me sentía con respecto al beso, si me había gustado o si lo lamentaba, pero todo lo que recordaba era la presión de los labios de Gaia y el perfume a naranjas que aún permanecía en su piel. No tenía sentido compararlo con los muchos besos que había intercambiado con Eris. Aún no había decidido si alguno de esos contaba. Al final decidí dejar de dar vueltas al asunto y me fui a casa.
Ahora me dirijo a mi vieja casa a cambiarme por la ropa que deje guardada en un bolso cerca de la cocina. Me cambié la chaqueta vieja de cuero de mi padre por un abrigo fino de lana que siempre parece demasiado ceñido en los hombros. Dejar mis gastadas botas de caza por un par de caros zapatos hechos a máquina que mi madre piensa que son más apropiados para alguien de mi estatus. Ya he puesto a buen recaudo mi arco y mis flechas en un tronco hueco en el bosque. Aunque se agota el tiempo, me permito unos minutos para sentarme en la cocina. Tiene una cualidad de abandono, sin fuego en el hogar, sin mantel sobre la mesa. Lamento la pérdida de mi vieja vida aquí. Apenas salíamos adelante, pero sabía dónde encajaba, sabía cuál era mi lugar en la red fuertemente entretejida que era nuestra vida. Desearía volver a ella porque, en retrospectiva, parece tan segura comparada con el ahora, en que soy tan rico y tan famoso y tan odiado por las autoridades del Capitolio.
Un gemido en la puerta de atrás reclama mi atención. La abro para encontrarme con Buttercup, el gato viejo y gruñón de Waliyha. Le disgusta la casa nueva casi tanto como a mí y siempre la deja cuando mi hermana está en el colegio. Nunca nos hemos querido particularmente el uno al otro, pero ahora tenemos este nuevo vínculo. Lo dejo entrar, le doy un pedazo de grasa de castor, e incluso lo acaricio entre las orejas un ratito.
―Eres horroroso, ya lo sabes, ¿verdad?―Le pregunto. Buttercup empuja mi mano suavemente para más caricias, pero tenemos que irnos―Ven aquí
Lo levanto con una mano, cojo mi bolsa de caza con la otra, y los llevo a ambos hacia la calle. El gato se libera de un salto y desaparece bajo un arbusto.
Una nevada ligera empieza a caer mientras me dirijo hacia la Aldea de los Vencedores. Es un paseo de unos siete kilómetros desde la plaza en el centro de la ciudad, pero parece un mundo completamente distinto. Es una comunidad separada construida alrededor de un jardín precioso adornado con arbustos floridos. Hay doce casas, cada una lo bastante grande como para alojar diez como aquella en la que me crié. Nueve están vacías, como siempre lo han estado. Las tres en uso nos pertenecen a Haymitch, a Eris, y a mí.
Me dirijo a la casa de Haymitch, que tiene una apariencia de abandono y negligencia. Me preparo a su puerta, sabiendo que olerá mal, y luego empujo hacia dentro. Mi nariz se arruga inmediatamente de asco. Haymitch se niega a dejar entrar a nadie a limpiar y él mismo lo hace muy mal. Con los años los olores a licor y vómito, repollo hervido y carne quemada, ropa sin lavar y desechos de ratón se han mezclado en un olor apestoso que me hace estornudar. Camino con dificultad a través de una basura de envoltorios descartados, cristal roto y huesos hacia donde sé que encontraré a Haymitch. Se sienta en la mesa de la cocina, sus brazos desparramados sobre la madera, su cabeza en un charco de licor, roncando a plena potencia.
Le sacudo el hombro.
― ¡Levántate! ― Digo en alto, porque he aprendido que no hay forma sutil de despertarlo. Sus ronquidos se detienen por un momento, dubitativos, y luego se reanudan. Lo empujo más fuerte. ― Levántate, Haymitch. ¡Es día de tour!
Fuerzo la ventana hacia arriba, inhalando profundas bocanadas del aire limpio del exterior. Mis pies cambian de postura a través de la basura sobre el suelo, y desentierro una cafetera de latón y lo lleno en el fregadero. El hornillo no está completamente estropeado y consigo coaccionar a los pocos carbones con vida para que formen una llama. Vierto algo de café en la cafetera, lo bastante como para asegurarme de que el brebaje resultante sea bueno y fuerte, y la coloco sobre el hornillo para que hierva.
Haymitch aún sigue muerto para el mundo. Ya que nada más ha funcionado, lleno un cuenco con agua helada, lo derramo sobre su cabeza, y me aparto rápidamente de su alcance. Un sonido animal gutural sale de su garganta. Salta, Golpeando su silla tres metros atrás y agitando un cuchillo. Me había olvidado de que siempre duerme con uno aferrado en la mano.
Debería habérselo sacado de entre los dedos, pero tenía muchas cosas en la cabeza. Soltando obscenidades, acuchilla el aire varias veces antes de entrar en razón. Se seca la cara con la manga y se vuelve hacia el alféizar donde estoy colgado, sólo por si acaso tuviera que salir con rapidez.
― ¿Qué haces? ― Farfulla.
―Me dijiste que te despertara una hora antes de que vinieran las cámaras.
― ¿Qué?
―Idea tuya― Insisto
Parece recordarlo.
― ¿Por qué estoy todo mojado?
―No pude despertarte a sacudidas―Digo, empujándolo por el pecho y obligándolo a que vuelva a sentarse sobre la silla. Ya no hay tono amable en mi voz, bueno igualmente raramente lo hay―Mira, si querías que te mimaran, deberías habérselo pedido a Eris.
― ¿Haberme pedido qué?
Tan sólo el sonido de su voz me forma en el estómago un nudo de emociones incómodas como culpa, pena, y miedo. Y añoranza. Ya puestos puedo admitir que también hay algo de eso. Sólo que tiene demasiada competencia como para ganar nunca.
Miro cómo Eris cruza hacia la mesa, el sol de la ventana haciendo que brille la nieve fresca en su pelo castaño claro. Se le ve fuerte y sana, tan diferente de la chica enferma y hambrienta que conocí en la arena. Coloca una barra de pan recién horneado sobre la mesa y extiende su mano hacia Haymitch.
―Te pedí que me despertaras sin darme una neumonía. ― Dice Haymitch, dándole el cuchillo. Se saca su camisa mugrienta, revelando una camiseta interior igualmente sucia, y se frota con la parte seca.
Eris sonríe y empapa el cuchillo de Haymitch en licor blanco de una botella en el suelo. Frota la cuchilla hasta que está limpia en su camisa y parte el pan en rebanadas. Eris nos mantiene a todos provistos de bienes recién horneados. Yo cazo. Ella hornea. Haymitch bebe. Tenemos nuestras propias formas de mantenernos ocupados, para mantener a raya los pensamientos de nuestra época como contendientes en los Juegos del Hambre. No es hasta después de que le haya dado a Haymitch la base que me mira por primera vez.
― ¿Quieres un trozo?
―No, comí en el Quemador. ― Digo. ― Pero gracias.
Mi voz no suena como la mía propia, es tan formal. Tal y como ha sido cada vez que he hablado con Eris desde que las cámaras dejaron de grabar nuestra feliz vuelta a casa y volvimos a la vida real.
―De nada― Dice, tensa
Haymitch lanza la camisa a algún lugar en el desorden.
―Brrr. Vosotros dos tenéis mucho que calentar antes del espectáculo.
Tiene razón, por supuesto. La audiencia estará esperando al par de tortolitos que ganaron los Juegos del Hambre. No a dos personas que apenas si pueden mirarse a los ojos. Pero todo lo que digo es:
―Lo cual es en una hora, así que toma un baño Haymitch
Luego salgo por la ventana, me dejo caer al suelo, y me dirijo a través del jardín hasta mi casa. La nieve ha empezado a cuajar y dejo un rastro de pisadas detrás de mí. En la puerta de delante, me detengo para sacudir la cosa mojada de mis zapatos antes de entrar. Mi madre ha estado trabajando todo el día y toda la noche para ponerlo todo perfecto para las cámaras, así que no es el momento de empezar a mancharle el suelo brillante. Apenas he entrado cuando allí está, sosteniéndome el brazo para detenerme.
― No te preocupes, me los saco aquí. ― Digo, dejando los zapatos en el felpudo.
Mi madre suelta una risa extraña y ahogada, y me saca del hombro la bolsa de caza cargada de provisiones.
― Sólo es nieve. ¿Tuviste un buen paseo?
― ¿Paseo? ― Ella sabe que he estado en el bosque la mitad de la noche. Después veo al hombre en pie detrás de ella en el umbral de la cocina. Un vistazo a su traje a medida y facciones quirúrgicamente perfectas y sé que es del Capitolio. Algo va mal. ― Fue más como patinaje. Está poniéndose muy resbaladizo ahí fuera.
― Alguien está aquí para verte―Dice mi madre. Su rostro está demasiado pálido y puedo oír la ansiedad que está tratando de ocultar.
― Pensé que no vendrían hasta mediodía―Finjo no darme cuenta de su estado― ¿Vino Cinna para ayudarme a arreglarme?
―No, Zayn, es... ― Empieza mi madre.
― Por aquí, por favor, señor Malik―Dice el hombre. Me hace un gesto hacia el pasillo. Es raro que te dirijan por tu propia casa, pero tengo más sentido que para comentar nada.
Mientras voy, le lanzo a mi madre una sonrisa tranquilizadora por encima del hombro.
― Probablemente más instrucciones para el tour. ― Me han estado enviando todo tipo de cosas sobre mi itinerario y qué protocolo debía observarse el cada distrito. Pero mientras camino hacia la puerta del estudio, una puerta que nunca he visto cerrada hasta ahora, puedo sentir que mi mente empieza a acelerarse. ¿Quién está aquí? ¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué está mi madre tan pálida?
―Entra sin llamar. ― Dice el hombre del Capitolio, quien me ha seguido por el pasillo.
Giro el pomo de latón bruñido y entro. Mi olfato registra los olores contradictorios de rosas y sangre. Un hombre bajo de pelo blanco que parece vagamente familiar está leyendo un libro. Levanta un dedo como para decir, “Dame un momento.” Luego se gira y mi corazón se funde.

Estoy mirando a los ojos de serpiente del Presidente Snow.
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CAPITULO 2:

Mensaje por *Magali* el Dom 05 Feb 2017, 5:28 pm



En mi mente, el Presidente Snow debería ser visto frente a columnas de mármol de las que cuelgan banderas inmensas. Es chocante verlo rodeado de los objetos cotidianos de la habitación. Es como sacar la tapa de un frasco y encontrarse con una víbora con colmillos en vez de un estofado.
¿Qué podría estar haciendo él aquí? Rápidamente, mi mente pasa por todos los días de apertura de los demás Tours de la Victoria. Recuerdo ver a los tributos vencedores con sus mentores y estilistas. Incluso algunos altos oficiales del gobierno han hecho apariciones ocasionales. Pero nunca he visto al Presidente Snow. Él acude a las celebraciones en el Capitolio. Punto. Si ha hecho todo este viaje desde su ciudad, sólo puede significar una cosa. Estoy en serios problemas. Y si lo estoy yo, mi familia también. Un escalofrío me recorre cuando pienso en la proximidad de mi madre y hermana a este hombre que tanto me desprecia. Que siempre me despreciará. Porque burlé sus sádicos Juegos del Hambre, hice que el Capitolio quedara como un tonto, y en consecuencia miné su control.
Todo lo que estaba haciendo era intentar mantenernos a Eris y a mí con vida. Cualquier acto de rebelión fue una total coincidencia. Pero cuando el Capitolio decreta que sólo un tributo puede vivir y tienes la audacia de desafiarlo, supongo que eso es una rebelión en sí misma. Mi única defensa era fingir que estaba enloquecido por un amor apasionado hacia Eris. Así que se nos permitió vivir a ambos. Ser coronados vencedores. Ir a casa y celebrarlo y decirles adiós a las cámaras y que nos dejaran en paz. Hasta ahora. Tal vez sea la novedad de la casa o el shock de verlo o la comprensión mutua de que podría hacer que me mataran en un segundo lo que hace que me sienta como un intruso. Como si fuera su casa y yo él que no ha sido invitado. Así que no lo recibo ni le ofrezco una silla. No digo nada. De hecho, lo trato como si fuera una serpiente de verdad, de las venenosas. Estoy de pie inmóvil, mirando las imágenes que se presentan en el holograma flotante sobre la mesa.
Somos Eris y yo, en el último instante de la arena, ese había sido el momento en que había decidido que si los Vigilantes tenían que elegir entre vernos a Eris y a mí cometer suicidio al comer aquellas bayas venenosas al mismo tiempo―lo que habría significado no tener vencedor―y dejarnos vivir a ambos, escogerían lo último.
—Cuanta valentía, cuanto amor… cuanta rebeldía—su voz es grave y se siente como una lija pasando sobre metal sucio
Creo que mi lengua se ha congelado y que hablar me será imposible, así que me sorprendo respondiéndole en una voz tranquila:
—Presidente Snow—Digo con toda la formalidad que puedo sacar de mí—Que honor—Sin embargo, estás palabras suenan sarcásticas mientras me acerco
―Creo que haríamos que esta situación fuera mucho más fácil acordando no mentirnos mutuamente―Dice― ¿Tú qué crees?
―Sí, creo que ahorraría tiempo.
El Presidente Snow sonríe y veo sus labios por primera vez. Espero labios de serpiente, es decir, sin labios. Pero los suyos son muy gruesos, su piel está demasiado estirada. Me tengo que preguntar si su boca ha sido alterada para hacerlo parecer más atractivo. Si fue así, fue una pérdida de tiempo y dinero, porque no es atractivo en absoluto.
― Sentémonos.
El Presidente Snow toma un asiento ante el gran escritorio de madera bruñida donde Waliyha hace sus deberes y mi madre sus presupuestos. Como nuestra casa, este es un lugar sobre el que él no tiene derecho, pero sobre el que tiene en última instancia todo el derecho, de ocupar. Me siento frente al escritorio en una de las sillas talladas de respaldo vertical, mientras él aprieta un botón del control en sus manos, provocando que el holograma y las imágenes de Eris y yo mirándonos frente a frente acercándonos las bayas a la boca, desaparezcan.
—Tengo un problema, señor Malik― Dice el Presidente Snow―Un problema que empezó en el momento en que sacaste esas bayas venenosas en la arena. Si el Vigilante jefe, Seneca Crane, hubiera tenido algo de cabeza, te habría hecho polvo allí mismo. Pero tenía una desafortunada vena sentimental. Así que aquí estás. ¿Puedes adivinar dónde está él? ― Pregunta
Asiento porque, por la forma en la que lo dice, está claro que Seneca Crane ha sido ejecutado. El olor a rosas y sangre se ha hecho más fuerte ahora que sólo nos separa un escritorio. Hay una rosa en la solapa del Presidente Snow, lo que por lo menos sugiere una fuente para el perfume de flores, pero debe de estar genéticamente mejorada, porque ninguna rosa real huele como esa. Y en lo que respecta a la sangre... no lo sé.
― Después de eso, no había nada que hacer salvo dejarte interpretar tu pequeña obra. Y también fuiste bastante bueno con eso de él chico sumiso y vivaz. La gente del Capitolio estaba bastante convencida. Desafortunadamente, no todos en los distritos se tragaron tu actuación.
Mi cara debe de registrar por lo menos un breve desconcierto, porque se explica.
—Esto, por supuesto, tú no lo sabes. No tienes acceso a información sobre el humor en otros distritos. En varios de ellos, sin embargo, la gente vio tu pequeño truco con las bayas como un acto de desafío, no un acto de amor. Y si un chico y una chica del Distrito Doce, de entre todos los sitios, puede desafiar al Capitolio y salir impune, ¿qué va a impedirles a ellos hacer lo mismo? ― Dice. ― ¿Qué hay que prever, digamos, un levantamiento?
Lleva un momento el que esta frase surta su efecto. Después todo su peso me golpea.
― ¿Ha habido levantamientos? ― Pregunto, tan helado como eufórico ante la posibilidad.
― Aún no. Pero vendrán si el curso de las cosas no cambia. Y es sabido que los levantamientos llevan a la revolución. ― El Presidente Snow se frota un punto sobre la ceja izquierda, el mismo punto donde yo mismo tengo jaquecas. ― ¿Tienes idea de lo que eso significaría? ¿Cuánta gente moriría? ¿A qué condiciones tendrían que enfrentarse los que sobrevivieran? Cuales quiera que sean los problemas que alguien tenga con el Capitolio, créeme cuando lo digo, si este liberara su agarre sobre los distritos siquiera por un corto período, todo el sistema se colapsaría.
Me desconcierta su franqueza e incluso la sinceridad. Como si su preocupación primaria fuera el bienestar de los ciudadanos de Panem, cuando no hay nada más lejos de la realidad. No sé cómo me atrevo a decir las siguientes palabras, pero lo hago.
―Debe de ser muy frágil, si un puñado de bayas puede tirarlo abajo.
Hay una larga pausa en la que me examina. Después se limita a decir:
―Es frágil, pero no en la forma en que tú supones.
— ¿Y qué debería suponer?—me atrevo a preguntar
—Puedes empezar con imaginar a miles y miles de los tuyos, muertos. Esta ciudad tuya reducida en cenizas. Imagínala muerta. Un residuo radiactivo, enterrado, inexistente; Como el distrito 13
La forma en la que lo dice, como si fuera una promesa que no puedo ser capaz de negar, me hela el corazón. De repente el olor a sangre se intensifica casi opacando a la rosa en su traje, no encuentro palabras o una reacción para ello. Lo miré mientras él mostraba sus fríos ojos de serpiente llenos de regocijo debido a mi silencio.
—Fue muy audaz en los Juegos, seño Malik—Continuo—Pero solo eran juegos. ¿Te gustaría estar en una verdadera guerra?
—No—Digo fuerte y cortante
—Bien, yo tampoco—Dice hundiendo un trozo de galleta en el té que mi madre seguro le había traído antes de que llegara. Coge una de las galletas floreadas y la examina. ―Encantador. ¿Las hizo tu madre?
― Eris. ― Y por primera vez, encuentro que no puedo sostenerle la mirada. Me inclino para coger mi té pero lo vuelvo a bajar cuando oigo a la taza tintinear contra el platillo. Para cubrirlo, cojo rápidamente una galleta.
―Eris. ¿Cómo está el amor de tu vida?
―Bien.
― ¿En qué punto se dio cuenta del grado exacto de tu indiferencia? ― Pregunta, mojando su galleta en el té.
―No soy indiferente.
―Pero tal vez no tan encantado con la joven como le hiciste creer al país.
― ¿Quién dice que no lo estoy?
― ¡No mientas! ―Bramó, haciéndome sobresaltar—Hicimos una promesa, recuerda eso.
― ¿Por qué no me mata ahora? ― Suelto de repente.
― ¿Públicamente? ― Pregunta. ― Eso sólo añadiría fuego a las llamas.
― Arregle un accidente, entonces.
― ¿Quién se lo creería? No tú, si estuvieras mirando.
― Entonces sólo dígame lo que quiere que haga. Lo haré—Soné más seguro de lo que pretendía, y sabía que me arrepentiría de ello
El presidente Snow se inclina ligeramente hacía adelante, como una serpiente que enseña sus colmillos y me mira.
―No quiero matarte, quiero que seamos amigos. Aliados—Sus palabras me provocan nauseas, pero me contengo—Cuanto tú y Eris estén viajando. Tienes que sonreír. Tienes que ser agradecido. Pero sobre todo, tienes que quedar locamente enamorado ¿Puedes con eso?
—Si—Digo de inmediato, a costa del pensamiento de mi Distrito siendo bombardeado y toda esa gente sufriendo por mi culpa
—Si ¿Qué?—Tragó saliva y con esto mi sentido de valor, y cedo
—Lo haré. Convenceré a todos en los distritos de que no estaba desafiando al Capitolio, que estaba loco de amor.
El Presidente Snow se levanta y se limpia los labios hinchados con una servilleta.
― Apunta más alto por si acaso te quedas corta.
― ¿Qué quiere decir? ¿Cómo puedo apuntar más alto? ― Pregunto.
― Convénceme a mí. ― Dice. Deja caer la servilleta y recoge su libro. Mete una mano debajo de su tapado de piel y saca de su bolsillo una perfecta rosa blanca, para dejarla en el escritorio delante de mí
Levantó la mirada cuando él presidente Snow vuelve a presionar un botón del control, pero esta vez la imagen que muestra el holograma me revuelve el estómago y provoca que el alma se vaya a mis pies.
Las imágenes de Gaia y yo, a mitad de nuestro beso, son tan claras y brillantes como el agua. No puedo pensar con claridad, ni siquiera entiendo cómo pudo conseguir esas imágenes. Y entonces me siento estúpido al creer que el Capitolio se limitaría a ignorarme una vez hubiera vuelto a casa. Tal vez no supiera nada de los potenciales levantamientos. Pero sabía que estaban enfadados conmigo. En vez de actuar con la precaución extrema que la situación requería, ¿qué había hecho? Desde el punto de vista del presidente, había ignorado a Eris y alardeado de mi preferencia por la compañía de Gaia ante todo el distrito. Y haciendo eso había dejado claro que estaba, de hecho, burlándome del Capitolio. Ahora había puesto en peligro a Gaia y a su familia y a mi familia y también a Eris, por mi despreocupación.
Mi repulsión ante esta conversación, ante el discutir mis sentimientos sobre dos de las personas que más me importan con el Presidente Snow, me ahoga.
No lo miro mientras se dirige hacia la puerta, y dice:
—Convénceme. . . por el bien de tus seres queridos
Después la puerta se cierra tras él y el olor a sangre se disipa. Entonces me doy cuenta que aquel hedor a muerte... estaba en su aliento.
¿Qué es lo que hace? Pienso. ¿Beberla? Me lo imagino bebiéndola en una taza de té. Mojando una galletita y sacándola goteando rojo. En el exterior de la ventana, el coche vuelve a la vida, suave y silencioso como el ronroneo de un gato, después desaparece en la distancia. Se va tal y como llegó, sin llamar la atención.
La habitación parece estar dando vueltas lentas y torcidas, y me pregunto si quizás me voy a desmayar. Me inclino hacia delante y me aferro al escritorio con una mano. La otra aún sostiene la preciosa galleta de Eris. Creo que tenía un lirio atigrado encima, pero ahora está reducida a migas en mi puño. Ni siquiera sabía que la estuviera aplastando, pero supongo que tenía que sujetarme a algo cuando mi mundo se salía fuera de control.
Una visita del Presidente Snow. Distritos al borde de levantamientos. Una amenaza de muerte directa hacia Gaia, con otras que la seguirían. Todos a quienes quiero condenados. ¿Y quién sabe quién más pagará por mis acciones? A no ser que le dé la vuelta a las cosas en este tour. Aquietar el descontento y tranquilizar la mente del presidente. ¿Y cómo? Demostrando al país sin sombra de duda que amo a Eris Mellark

No puedo hacerlo, pienso. No soy tan bueno. Eris es la buena, la que gusta. Puede hacer que la gente se crea cualquier cosa. Yo soy el que se calla y se sienta y deja que ella hable por los dos tanto como sea posible. Pero no es Eris quien tiene que demostrar su devoción. Soy yo.
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Capitulo 3:

Mensaje por *Magali* el Vie 10 Feb 2017, 7:23 am


Subo las escaleras hacia el cuarto de baño, donde un baño humeante me espera. Mi madre ha añadido una bomba de baño color azul. Ninguno de nosotros está acostumbrado al lujo de abrir un grifo y tener un suministro sin límite de agua caliente entre los dedos. Sólo teníamos fría en nuestra casa en la Veta, y un baño suponía hervir el resto sobre el fuego. Me desvisto y desciendo hacia el agua sedosa―mi madre también ha vertido algún tipo de aceite―e intento asumir la situación.
La primera cuestión es a quién contárselo, si es que a nadie. No a mi madre ni a Waliyha, obviamente; ellas sólo enfermarían por la preocupación. No a Gaia. Incluso aunque pudiera hablar con ella. ¿Qué haría con la información, en cualquier caso? Si estuviera sola, tal vez la persuadiría para que huyera. Ciertamente podría sobrevivir en el bosque. Pero no está sola y nunca dejaría a su familia. O a mí. Cuando llegue a casa tendré que decirle algo de por qué nuestros domingos son cosa del pasado, pero no puedo pensar en qué justo ahora. Sólo en mi próximo movimiento. Además, Gaia está ya tan furiosa con el Capitolio que a veces pienso que va a arreglar su propio levantamiento. Lo último que necesita es un incentivo. No, no puedo decirle a nadie lo que dejo detrás en el Distrito 12.
Aún hay gente en la que podría confiar, empezando por Cinna, mi estilista. Pero supongo que Cinna tal vez esté ya en peligro, y no quiero meterlo en más problemas por asociación conmigo. Después está Eris, quien será mi compañera en este engaño, pero ¿cómo empiezo esa conversación? “Eh, Eris, ¿te acuerdas de cómo te dije que había estado más o menos fingiendo estar enamorado de ti? Bueno, pues necesito de veras que te olvides de todo eso ahora y actúes súper-enamorada de mí o el presidente matará a Gaia.” No puedo hacerlo. Además, Eris actuará bien tanto si sabe lo que se juega como si no. Eso me deja a Haymitch. El borracho, gruñón, peleón Haymitch, sobre el cual acabo de verter un cuenco de agua helada. Como mentor mío en los Juegos era su deber mantenerme con vida. Sólo espero que aún esté por la labor.
Me deslizo más abajo dentro del agua, dejando que bloquee todo sonido a mí alrededor. Pero incluso bajo el agua puedo oír los sonidos de la conmoción. Cláxones de coches pitando, gritos de bienvenida, puertas cerrándose con portazos. Sólo puede significar que mi comitiva ha llegado. Apenas tengo tiempo para secarme con una toalla y deslizarme dentro de un albornoz cuando mi equipo de preparación irrumpe en el cuarto de baño. No se cuestiona la privacidad. En lo que respecta a mi cuerpo, no tenemos secretos, estos tres y yo.
― ¡Zayn, tus cejas! ―Grita Venia nada más entrar, e incluso con los negros nubarrones cerniéndose sobre mí, tengo que ahogar una carcajada. Su pelo aguamarina ha sido estilizado de modo que ahora sale disparado en puntas afiladas rodeándole toda la cabeza, y los tatuajes dorados que antes estaban confinados sobre sus cejas se han estirado hacia debajo de sus ojos, todo contribuyendo a la expresión de que literalmente la he dejado en shock.
Octavia viene y le da unos golpecitos a Venia en la espalda para calmarla, su cuerpo lleno de curvas pareciendo más gordo de lo habitual junto a la figura delgada y angulosa de Venia.
― Calma, calma. Puedes arreglar eso en un periquete. Pero ¿qué voy a hacer yo con estas uñas?― Me agarra la mano y la aplana entre las dos suyas de color guisante. No, su piel ya no es exactamente verde guisante. Es más como un ligero verde perenne. El cambio en el tono es sin duda un intento de estar en la cresta de la ola de las caprichosas modas del Capitolio. ― De verdad, Zayn, ¡podrías haberme dejado algo con lo que trabajar! ― Gimotea.
Es cierto. Me he mordido las uñas muchísimo durante este último par de meses. Pensé en dejar el hábito pero no podía encontrar una buena razón por la que debiera hacerlo.
― Perdón. ― Musito. No me había pasado mucho tiempo preocupándome por cómo afectaría a mi equipo de preparación.
Flavius levanta varios mechones de mi pelo húmedo, esta tan largo que casi me cubre los ojos. Sacude la cabeza de forma desaprobadora, haciendo que sus tirabuzones naranjas se pongan a botar.
― ¿Ha tocado alguien esto desde que nos viste por última vez? ― Pregunta severamente.―Recuerda, te pedimos expresamente que no tocaras para nada tu pelo.
― ¡Sí! ― Digo, agradecido de poder demostrar que no los había dado completamente por garantizados. ― Quiero decir, no, nadie lo ha cortado. Sí que me acordé de eso. ― No, no me acordé. Es más bien que nunca surgió el tema.
Esto parece aplacarlos, y todos me besan, me colocan sobre una silla en mi habitación y, como siempre, empiezan a hablar sin parar ni molestarse en saber si estoy escuchando. Mientras Venia reinventa mis cejas y Octavia me lima las uñas apropiadamente y Flavius me frota pringue en el pelo, lo oigo todo sobre el Capitolio. Qué éxito fueron los Juegos, qué aburridas han estado las cosas desde entonces, cómo nadie puede esperar a que Eris y yo los visitemos de nuevo al final del Tour de la Victoria. Después de eso, el Capitolio no tardará mucho en empezar a prepararse para el Quarter Quell.
En poco tiempo me duelen las cejas, mi pelo está de vuelta corto, y mis uñas están mejor que antes pero no tan diferentes. Aparentemente les han dado instrucciones de preparar sólo mis manos y cara, probablemente porque todo lo demás estará cubierto en el clima frío. Mientras pienso en lo irritante que es que me toqueteen el rostro y las manos, no puedo ni imaginar lo que debe ser para Eris. Al parecer su cabello castaño era un problema del que Effie nunca dejaba de quejarse, yo no veía el alboroto, casi siempre lo llevaba atado en una trenza sobre sus hombros o de modo que recogiera todos sus mechones rebeldes.
Justo entonces, mientras bajamos las escaleras diviso a Effie Trinket llegar con una peluca albina y maquillaje blanco, para recordarle a todo el mundo:
― ¡Tenemos un horario!
Me besa en ambas mejillas y me abraza en cuanto me ve.
—Oh mi gran estrella—dice pellizcando mis mejillas, justo cuando estaba a punto de preguntar por Cinna ella lee mi mente—Supongo que supiste lo de Cinna—al instante espero lo peor
— ¿Qué sucedió con Cinna?—me alivio cuando su sonrisa se ensancha y sus ojos brillan
—Es una estrella de la moda. Eris y tu fueron sus musas. Todos en el capitolio lo quieren ¡Todos!
—No todos
Ya sólo la visión de él me hace sentirme más esperanzado. Se le ve igual que siempre, ropa sencilla, pelo marrón corto, sólo un poco de delineador dorado. Nos abrazamos, y apenas puedo reprimirme de soltarle todo el episodio con el Presidente Snow. Pero no, he decidido contárselo antes a Haymitch. Él sabrá mejor a quién cargar con eso. Sin embargo, es tan fácil hablar con Cinna. Recientemente, hemos estado hablando mucho por el teléfono que venía con la casa. Es como un chiste, porque casi nadie más que conozcamos tiene uno. Está Eris, pero obviamente no la llamo. Haymitch arrancó el suyo de la pared hace años. Después Cinna empezó a llamar para trabajar en mi talento.
Se supone que cada vencedor debe tener uno. Tu talento es la actividad a la que te dedicas ya que no tienes que trabajar ni en el colegio ni en la industria de tu distrito. Puede ser cualquier cosa, en realidad, cualquier cosa sobre la que puedan entrevistarte. Resulta que Eris tiene un talento de verdad, que es la pintura. Ha estado decorando esas tartas y galletas durante años en la panadería de su familia. Pero ahora que es rica, puede permitirse extender pintura de verdad sobre lienzos. Yo no tengo un talento, a no ser que cuente cazar ilegalmente, y ellos no lo cuentan. O tal vez cantar, algo que no haría para el Capitolio ni en un millón de años. Mi madre intentó interesarme en una variedad de alternativas apropiadas de la lista que Effie le envió. Cocinar, tocar la flauta, tocar el piano. Ninguna de ellas cuajó, aunque Waliyha tenía maña con las tres. Finalmente Cinna entró en escena y se ofreció a ayudarme a desarrollar mi pasión por diseñar ropa, la cual sí que necesitaba desarrollo ya que era inexistente. Pero dije que sí porque significaba hablar con Cinna, y él prometió hacer todo el trabajo.
Luego de volver a subir las escaleras, Cinna coloca prendas de ropa, telas y cuadernos de bocetos con diseños que ha dibujado por todo mi salón. Cojo uno de los cuadernos y examino un traje que supuestamente creé yo.
― Sabes, creo que soy muy prometedor. ― Digo.
― Vístete, tú, cosa sin valor― Dice él, arrojándome un montón de ropa.
Tal vez no tenga interés en diseñar ropa pero adoro la que Cinna hace para mí. Como esta. Pantalones negros fluidos hechos de un material grueso y cálido. Una cómoda camisa blanca. Zapatos negros que no me lastiman en la punta.
― ¿Diseñé yo mi vestuario? ― Pregunto.
― No, tú aspiras a diseñar tu vestuario y ser como yo, tu héroe de la moda. ― Dice Cinna. Me entrega un pequeño fajo de tarjetas. ― Lee estas fuera de cámara cuando estén filmando la ropa. Intenta parecer interesado.
Asiento tomando las tarjetas y dando una profunda respiración. Ambos escuchamos la orden exigente de Effie que nos apresura y el palmea mi hombro.
— ¿Estás listo?
—Eso creo.
La función empieza cuando estoy listo, El equipo de sonido me graba leyendo de mis tarjetas con voz alegre para poder insertarlo después, después me lanzan fuera de la habitación para poder filmar en paz los diseños que yo/Cinna hice/hizo.
Waliyha salió pronto del colegio debido al evento. Ahora está en la cocina, siendo entrevistada por otro equipo. Se la ve adorable en un vestido azul celeste que resalta se piel bronceada, con su pelo negro recogido con un lazo a juego. Está un poco inclinada hacia delante sobre las puntas de sus relucientes botas blancas como si estuviera a punto de echarse a volar, como...
¡Bam! Es como si alguien me golpeara de verdad en el pecho. Nadie lo ha hecho, por supuesto, pero el dolor es tan real que retrocedo un paso. Cierro con fuerza los ojos y no veo a Waliyha―veo a Rue, la niña de doce años del Distrito 11 que fue mi aliada en la arena. Ella podía volar, como un pájaro, de árbol en árbol, sujetándose a las ramas más finas. Rue, a quien no salvé. A quien dejé morir. La veo tirada en el suelo con la lanza aún clavada en el estómago... ¿A quién más fracasaré de salvar de la venganza del Capitolio? ¿Quién más estará muerto si no satisfago al Presidente Snow?
Me doy cuenta de que Cinna está tratando de ponerme un abrigo del color de la miel, así que alzo los brazos.
Siento el pelaje, por dentro y por fuera, enjaulándome. No es de un animal que haya visto nunca. “Armiño”, me dice mientras acaricio la manga. Guantes de cuero. Un cuello de lana abraza mi pecho, mis hombros y se abre en mi cuello cálidamente.
Mi madre se acerca corriendo con algo en la mano.
― Para la buena suerte. ― Dice.
Es la insignia que me dio Madge antes de que marchara a los Juegos. Un sinsajo volando en un círculo de oro. Intenté dárselo a Rue pero no quiso cogerlo. Dijo que la insignia había sido la razón de que se decidiera a confiar en mí. Cinna la fija en el nudo de la bufanda.
Effie Trinket está cerca, dando palmadas.
― ¡Atención, todo el mundo! Estamos a punto de grabar el primer plano de exteriores, donde los vencedores se saludan al principio de su maravilloso viaje. Bien, Zayn, gran sonrisa, estás muy excitado, ¿verdad? ― No exagero cuando digo que me empuja por la puerta.
Por un momento no puedo ver bien por la nieve, que ahora está cayendo con ganas. Después puedo ver que Eris está saliendo por la puerta de su casa. Con pantalones negros ajustados. Botas de cuero con cordones. Un jersey tejido de hebras azules y grises de lana suave como un gatito, que se asoma por debajo de su chaqueta color caoba. Su cabello castaño esta suelto y cae con gracia sobre sus hombros.
En mi cabeza oigo la directiva del Presidente Snow, “Convénceme a mí.” Y sé que debo. En mi rostro nace una enorme sonrisa y espero que Eris camine hacia mí. Una vez que la tengo al alcance, como si no pudiera soportarlo ni un segundo más, la acerco a mí y la giro en el aire y luego patino y caemos sobre la nieve, ella sobre mí, y allí es donde compartimos nuestro primer beso en meses. Está lleno de pelo y nieve y pintalabios, pero debajo de todo eso, puedo sentir la estabilidad que Eris le da a todo. Y sé que no estoy solo. A pesar de todo el daño que le he hecho, no me expondrá frente a la cámara. No me condenará con un beso poco entusiasta. Aún está cuidando de mí. Tal y como hizo en la arena. De alguna forma ante esa idea me entran ganas de abrazarla.
—Ehm, ¿Hay alguien en casa? ¿Podemos interrumpir?—la voz de Caesar Flickerman—el principal  anfitrión de los Juegos del Hambre—famoso por convertir cualquier conversación en torno a lo positivo, me despierta del leve sentimentalismo
Eris me mira fijamente por un segundo, yo fuerzo una sonrisa y la ayudo a levantarse, introduzco mi guante en la curva de su cintura, y alegremente tiro de ella hacia delante.
—Lo sentimos Caesar—Dice riéndose con sus mejillas sonrojadas, me obligo a reír también
Las cámaras automáticas poseen censores de movimientos que siguen cada uno de nuestros pasos. Solo me resta esperar que haya sido lo suficientemente convincente, y a juzgar por los gritos de devoción y la risa picara que deja salir Caesar, se lo tragaron fácilmente. Aunque no puedo ver a las miles de personas que tienen sus ojos sobre nosotros, puedo escucharlos, a ellos y sus risas estúpidas.
—Entonces ¿Cómo va todo?—Pregunta Caesar, Eris coloca una mano sobre mi pecho y me doy cuenta que debo responder
—Estamos bien—Es todo lo que puedo dejar salir, quién diría que mentir verbalmente era más difícil que actuarlo
— ¿Eso es todo? ¿Es todo lo que tenemos? No seas tacaño, Zayn. Danos detalles—La cámara se acerca más a mi rostro y entrecierro los ojos ante la fuerte luz que me da en la cara
—Las cosas… eh, están muy bien, aquí en el 12—Es por esto, que nadie me dejaba a mí con las palabras
—Gracias a la generosidad del Capitolio estamos más unidos que nunca—Eris me salva por milésima vez, con su voz suave y su sonrisa convincente
—A 25 metros, para ser exactos—Todos se ríen
— ¡Fantástico! Los seguiremos durante todo el Viaje de la Victoria ¡Muchas gracias Eris Mellark y Zayn Malik!
Y eso fue todo, las cámaras de pronto dejan de moverse y las luces se apagan. Tanto Eris como yo nos relajamos y nos separamos ligeramente.
— ¡Maravilloso!—Exclama Effie— ¡Todo el mundo moviéndose que salimos en diez!
—Buena actuación—Dice Eris mirándome
—Sí, tú también
—La mayoría creyó que el beso fue real
La decepción en su voz fue palpable y si su objetivo era hacerme sentir mal, lo había logrado. Effie volvió a gritar órdenes, mientras yo veía como Eris se alejaba.
Bueno, al parecer si tengo un talento además de cazar, soy muy bueno decepcionando a las mujeres que me rodean.
El resto del día es un borrón de ir a la estación, decirle adiós a todo el mundo, el tren saliendo, el viejo equipo―Eris y yo, Effie y Haymitch, Cinna y Portia, la estilista de Eris―cenando una comida indescriptiblemente deliciosa que no puedo tragar debido a la nebulosa de preocupación que me acompaña a todas partes. Ellos están delirando sobre la comida y lo bien que duermen en los trenes. Todo el mundo está lleno de excitación por el tour. Bueno, todo el mundo excepto Haymitch. Él está mimando una resaca y mordisqueando una magdalena. Yo tampoco tengo mucha hambre, tal vez porque me llené de demasiadas cosas ricas esta mañana o tal vez porque estoy demasiado disgustado. Jugueteo con un cuenco de caldo, comiendo tan sólo una o dos cucharadas. Ni siquiera puedo mirar a Eris, aunque ya sé que nada de esto es culpa suya.
La gente se da cuenta de mi rezago, tratan de incluirme en la conversación, pero simplemente no les hago caso. 
—Fabulosa comida, fabuloso vino. Masajes, spa. Nada menos para mis dos vencedores—Dice Effie en su abombado vestido azul oscuro, su maquillaje lleno de diferentes tonos de dorado y largas pestañas postizas del mismo rubio que su enorme peluca—Todo tiene que ser…
— ¿Fabuloso?—Dice Haymitch acabando con el contenido azul en su copa
Intento pensar en cómo voy a decirle a Haymitch lo que sucedió con el presidente Snow esta mañana, pero la voz alta e imposible de ignorar de Effie me lo impide.
—Exacto. Bien, la agenda es algo mala. Doce días, doce Distritos. Muchas fiestas y celebraciones. Fans en cada parada hasta el Capitolio. Todo lo que necesitan hacer es decir sus discursos, saludar a la gente y disfrutar de su tiempo en el centro de la atención. Se lo ganaron.
Finalmente ya no puedo soportar seguir escuchándola, tal vez fue su tono alegre o la forma en la que hizo parecer que todo este circo fuera un espectacular regalo que Eris y yo debíamos estar agradecidos en recibir. Effie no tenía idea y eso era lo que me molestaba más.
— ¿Qué dijiste?—Dije con dureza
—Zayn—pase por alto la voz suplicante de Eris, porque Effie sonrió hacía mí sin miedo
—Dije: “Disfrútalo”, Zayn. Te lo ganaste
—Matando gente ― Suelto. Todos en la mesa se me quedan mirando, incluso Haymitch, quien pensarías que estaría de mi parte en esta materia ya que Effie lo vuelve loco. Me pongo inmediatamente a la defensiva. Me levantó y abandono el vagón comedor.
El tren parece asfixiante de repente y ahora me estoy sintiendo definitivamente enfermo. Encuentro la puerta de salida, la obligo a abrirse―activando algún tipo de alarma, la cual
Me siento en el mullido y cómodo sofá gris que se encuentra en la última cabina del tren, con amplias ventanas de cristal blindado que mostraban todo lo que dejaba atrás. El Distrito 12 casi se volvía una mancha verde entre el paisaje vacío, mientras los rayos de luz solar me pegan en el rostro comienzo a lamentar mis palabras a Effie. Ella no es la culpable de mi presente aprieto. Debería volver y disculparme. Mi arrebato fue el colmo de los malos modales, y los modales le importan a ella profundamente. Pero mis dedos juegan con el broche de sinsajo que mi madre me había dado antes de partir.
Miró a la distancia en la que se aleja el tren de mi hogar. Y preguntó si tuviera arco y flechas, ¿me limitaría a seguir adelante?
Después de un rato oigo pisadas detrás de mí. Será Haymitch, viniendo a reñirme. No es que no lo merezca, pero aun así no quiero oírlo.
—No estoy de humor para regaños, me disculpare con Effie luego—Aseguré al recién llegado, al no escuchar respuesta me obliga a levantar mi mirada para darme cuenta que no era Haymitch quién se acercaba a mí, sino Eris
—Pensé que era Haymitch—Dije en forma de disculpa
—No tienes que disculparte con nadie—Dijo sentándose cerca y la vez a una distancia considerable de mí, en el sofá— ¿Tuviste un mal día?
—No pasa anda—Miento, ella baja su mirada un momento y continua
—Mira Zayn, llevo un tiempo con la intención de hablarte sobre la forma de la que actué en el tren. Quiero decir, el último tren. El que nos trajo a casa. Yo sabía que tú tenías algo con Gaia. Estaba celosa de ella incluso antes de conocerte oficialmente. Sé que no es justo de mi parte pedirte que te atengas a lo que dijiste en los Juegos. Nos salvaste, lo sé. Y lo siento—Levanta sus ojos turquesa hacía mí y estos parecen oscurecidos en un sentimiento que no puedo descifrar
Su disculpa me toma por sorpresa. Es cierto que Eris rompió toda relación conmigo después de que le confesara que mi amor por ella durante los Juegos era algo así como una actuación. En la arena, había jugado con ese ángulo de interpretación todo lo que había podido. Había habido veces en que sinceramente no sabía cómo me sentía con respecto a ella. En realidad todavía no lo sé.
― Yo también lo siento. ― Digo. No estoy seguro de por qué, exactamente. Tal vez porque hay una probabilidad muy real de que esté a punto de destruirla.
—No hay nada de que disculparte, pero no puedo fingir frente a las cámaras y luego. . . ignorarnos uno al otro en la vida real. Así que si dejas de verme como si estuviera herida, puedo actuar como si no lo estuviera. Y tal vez. . . podríamos ser amigos
—No soy bueno con eso de la amistad
Su ofrecimiento sí consigue hacer que me sienta mejor. De alguna forma, menos mentiroso. Habría sido bonito si me hubiera venido con esto antes, antes de que supiera que el Presidente Snow tenía otros planes y que ser sólo amigos ya no era una opción para nosotros. Pero aun así, me alegra que estemos hablando de nuevo.
—Bueno, para empezar debemos conocernos mejor—Se encoge de hombros—No sé mucho sobre ti, solo que eres terco y te va el arco—Eso me arranca una media sonrisa
—Eso lo resume todo, casi
—Mira, Zayn. Lo más importante de la amistad es confiarnos… las cosas personales
— ¿Las cosas personales? ¿Cómo qué?
—Como ¿No es raro que sepa que arriesgarías tu vida para salvar la mía... pero que no sepa cuál es tu color favorito? ― Dice.
Una sonrisa llega a mis labios.
―Verde. ¿Cuál es el tuyo?
―Naranja.
― ¿Naranja? ¿Cómo el pelo de Effie?
―Un poco más apagado... Más como... el atardecer
El atardecer. Puedo verlo de inmediato, el aro del sol en descenso, el cielo surcado por suaves tonos naranjas. Precioso. Recuerdo la galleta del lirio atigrado y, ahora que Eris está volviendo a dirigirme la palabra, apenas si consigo no contarle toda la historia del Presidente Snow. Pero entonces los dos notamos que la cabina de pronto se oscurece cuando pasamos por un túnel.
Parece que las luces estaban averiadas porque hay chispas encendiéndose y apagándose constantemente, y entonces me congeló al notar un sinsajo pintado en rojos sobre el interior del túnel.
— ¿Viste eso?—Digo acercándome rápidamente a la ventana intentando verlo de nuevo, pero no logro visualizarlo
— ¿Qué?—Pregunta Eris confundida también mirando por esta
Pero entonces, estamos fuera del túnel y nos topamos con inmensos campos abiertos con manadas de ganado vacuno pastando en ellos. Tan distinto a nuestro hogar lleno de bosque. Reducimos un poco la velocidad y creo que vamos a hacer otra parada, cuando la verja se alza ante nosotros. Alzándose por lo menos a diez metros de altura y coronada por espirales retorcidas de alambre de espino, hace que la nuestra del Distrito 12 parezca infantil. Mis ojos rápidamente inspeccionan la base, que está alineada con enormes placas de metal. No habría forma de salir por debajo de esas, no habría forma de escaparse a cazar. Después veo las torres de vigía, colocadas a intervalos regulares, ocupadas por guardias armados, tan fuera de lugar entre los campos de flores salvajes que los rodean.
― Esto es diferente― Dice Eris
Rue me había dado la impresión de que las reglas en el Distrito 11 se forzaban de forma más agresiva. Pero nunca había imaginado algo como esto.
Ahora empiezan los cultivos, extendiéndose hasta más allá de donde alcanza la vista. Hombres, mujeres y niños llevando sombreros de paja para protegerse del sol se incorporan, se giran hacia nosotros, se toman un momento para estirar la espalda mientras ven pasar nuestro tren. Puedo ver huertas en la distancia, y me pregunto si es allí donde Rue habría trabajado, recolectando la fruta de las ramas más delgadas en las cumbres de los árboles. Pequeñas comunidades de cabañas―en comparación las casas en la Veta son de clase alta―aparecen aquí y allá, pero están todas desiertas. Debe de necesitarse cada mano para la cosecha.
Sigue y sigue. No me puedo creer la extensión del Distrito 11.
Cuando Effie viene a mandarnos que nos vistamos, no objeto y aprovecho el momento para ofrecerle una disculpa que creo que es muy exagerada pero que en su mente probablemente apenas si pueda compensar por mi falta a la etiqueta. Para crédito suyo, Effie la acepta graciosamente. Dice que está claro que estoy bajo mucha presión. Y sus comentarios sobre la necesidad de que alguien esté pendiente de los horarios sólo duran cinco minutos. De verdad, he salido fácilmente de esta.
Voy a mi compartimento y dejo que mi equipo de preparación me haga el pelo y el maquillaje. Cinna viene con una camisa blanca. Una chaleco y pantalones ajustados de un bonito color azul opaco. Effie nos junta y veo a Eris con un conjunto de los mismos tonos de azul que mi traje, solo que ella tiene un cuello de piel que se posiciona en sus hombros.
—El alcalde dará una introducción y luego ustedes dirán una palabras—Effie comienza a repasar el programa
En algunos distritos los vencedores conducen por la ciudad mientras los residentes los aclaman. Pero en el 11―tal vez porque no hay una ciudad, para empezar, estando todo tan esparcido, o quizás porque no quieren gastar a tanta gente en tiempo de cosecha―la aparición pública está confinada a la plaza. Tiene lugar ante el Edificio de Justicia, una inmensa estructura de mármol. En otros tiempos debió de ser algo de gran belleza, pero el tiempo ha hecho su trabajo. Incluso en televisión puedes ver la hiedra cubriendo la decadente fachada, la bajada del tejado. La plaza en sí misma está rodeada de escaparates venidos a menos, la mayoría de los cuales están abandonados. Donde quiera que sea que la gente bien viva en el Distrito 11, no es aquí.
Nuestra aparición pública estará situada en el exterior de aquello a lo que Effie se refiere como la galería, la extensión con baldosas entre las puertas frontales y la escalera que está ensombrecida por un techo sujeto por columnas.  Mientras nos acercamos, Cinna le da los últimos retoques a mi conjunto, y también se acerca a Eris para apartar el cabello de su rostro con ayuda de dos finas trenzas que rápidamente ata como una corona en su cabeza. Aun me impresionan las capacidades de Cinna.
—Bien, aquí tengo los discursos preparados para Rue y Thresh—Effie estira un nota a cada uno, pero no soy capaz de tomarlas, por lo que Eris los toma por mí y me dedica una sonrisa tranquilizadora
—Puedo decir los discursos, si quieres
—Gracias—Digo verdaderamente agradecido, porque dudaba que pudiera hablar de Rue sin que un nudo de formar en mi garganta
Mientras vamos en línea hasta la entrada delantera del Edificio de Justicia, puedo oír cómo empieza a sonar el himno en la plaza. Alguien me pone un micrófono de clip. Eris me toma la mano izquierda. El alcalde nos está presentando mientras las inmensas puertas se abren con un gruñido.
— ¡Grandes sonrisas! ― Dice Effie, y nos da un empujoncito. Nuestros pies empiezan a moverse hacia delante.
Esto es. Esto es cuando tengo que convencer a todo el mundo de lo enamorada que estoy de Eris, pienso. La solemne ceremonia está muy organizada, así que no estoy segura de cómo hacerlo. No es momento de besos, pero tal vez pueda incluir uno.
Hay un sonoro aplauso, pero ninguna de las otras respuestas que obtuvimos en el Capitolio, los vítores y hurras y silbidos. Andamos por la galería sombreada hasta que se termina el tejado y estamos en pie ante unas grandes escaleras de mármol bajo el sol abrasador. Mientras mis ojos se ajustan, veo que de los edificios de la plaza han colgado banderas que ayudan a cubrir su estado de abandono. Está todo lleno de gente, pero una vez más, sólo una fracción de la gente que vive aquí.
Como siempre, una plataforma especial ha sido construida al final del tablado para las familias de los tributos muertos. En el lado de Thresh, sólo hay una anciana jorobada y una chica alta y musculada que supongo es su hermana. En el de Rue. . . no estoy preparado para la familia de Rue. Sus padres, cuyos rostros llevan todavía fresca la tristeza. Sus cinco hermanos pequeños que se parecen tanto a ella. Las constituciones menudas, los luminosos ojos castaños. Forman una bandada de pequeños pájaros oscuros.
—Es un honor estar aquí hoy, con las familias de sus tributos caídos…—Eris pronuncia su parte del guión establecido, ella tiene sus comentarios personales escritos en una tarjeta, pero entonces nota lo mismo que yo
El vacío en sus miradas, la tristeza y todos esos Agentes de la Paz con sus incontables cantidades mirando a la población atentamente. Ellos eran prisioneros, de la misma forma que nosotros. Observó sorprendido, como Eris baja sus tarjetas y mira directamente a las familias de Rue y Thresh
—Aunque lucharon—Notó que esas no son las palabras escritas en las tarjetas y puedo imaginarme a Effie teniendo un colapso nervioso—Pelearon con honor y dignidad hasta el final. Thresh y Rue, eran tan jóvenes, pero la vida no se mide en años. Medimos la vida con las personas que nos rodean
Mi corazón se acelera en aquella frase, no había hipocresía  en su voz ni mentira en sus ojos. Eris estaba siendo abierta y sincera. Llego a conmoverme
—Tanto Zayn, como yo, sabemos que sin Rue y sin Thresh… no estaríamos aquí. No puede en modo alguno sustituir sus pérdidas, pero como prueba de nuestro agradecimiento nos gustaría que cada una de las familias de los tributos del Distrito Once recibieran un mes de nuestras ganancias cada año durante el resto de nuestras vidas.
La multitud no puede sino responder con gritos ahogados y murmullos. No hay precedente para lo que ha hecho Eris. Ni siquiera sé si es legal. Probablemente ella tampoco lo sabe, así que no preguntó por si acaso no lo era. En cuanto a las familias, sólo se nos quedan mirando en estado de shock. Sus vidas cambiaron para siempre cuando perdieron a Thresh y Rue, pero este regalo las cambiará de nuevo. Un mes de ganancias de tributo pueden proporcionar fácilmente sustento a una familia durante un año. Mientras vivamos, no pasarán hambre.
Miro a Eris y me dirige una sonrisa triste. En este momento, es imposible imaginar cómo podría irme nada mejor. El regalo. . . es perfecto. Así que cuando me inclino para besarla, no se siente forzado en absoluto.
Una ola de vergüenza me recorre de la cabeza a los pies, mientras nos alejamos. ¿Cómo puedo quedarme aquí de pie, pasivo y callado, dejándole todas las palabras a Eris? Si ella hubiera ganado, Rue nunca hubiera dejado que mi muerte se quedara sin una canción. Recuerdo cómo me preocupé en la arena de cubrirla de flores, para asegurarme de que su pérdida no pasara desapercibida. Pero ese gesto no significará nada si no lo respaldo ahora.
Así que me frenó, y Eris se detiene conmigo. No tengo que decirle nada, solo un breve vistazo a sus ojos y ella lo entiende, suelta mi mano y asiente.
Avanzo a trompicones. Mi tiempo asignado para hablar ha venido y se ha ido, pero debo decir algo. Mi deuda es demasiado grande. E incluso si les hubiera prometido todas mis ganancias a las familias, eso no disculparía mi silencio hoy.
No sé cómo empezar, pero una vez que lo hago, las palabras salen de mis labios como un chorro, como si se hubieran formado en el fondo de mi mente hace mucho tiempo.
―Quiero ofrecerles mis agradecimientos a los tributos del Distrito Once. ― Digo. Miro a la pareja de mujeres en el lado de Thresh―Sólo hablé con Thresh una vez. Tan sólo lo bastante como para que me perdonara la vida. No lo conocía, pero siempre lo respeté. Por su poder. Por su negación a jugar los Juegos con las reglas de nadie salvo las suyas propias. Los tributos profesionales querían que se aliara con ellos desde el principio, pero él no quería. Lo respeté por eso.
Por primera vez la anciana jorobada― ¿es la abuela de Thresh?―levanta la cabeza y la sombra de una sonrisa juega en sus labios. Ahora la multitud está en silencio, tan en silencio que me pregunto cómo lo consiguen.
Deben de estar todos conteniendo la respiración.
Me vuelvo hacia la familia de Rue.
―Pero siento como si conociera a Rue, y siempre estará conmigo. Todas las cosas hermosas me la traen a la mente. La veo en las flores amarillas que crecen en la Pradera junto a mi casa. La veo en los sinsajos que cantan en los árboles. Pero más que nada, la veo en mi hermana, Waliyha― No puedo fiarme de mi voz, pero ya casi he acabado―Era demasiado joven. Demasiado amable. Y no pude salvarla―Intento contenerme, pero las lágrimas que corren por el rostro de la madre de Rue, lo hicieron muy difícil. Finalmente, la miro a los ojos, a ella y a sus hijos―Lo siento mucho.
Me quedo allí de pie, sintiéndome roto, miles de ojos clavados en mí. Hay una larga pausa. Después, desde algún lugar entre la multitud, alguien silba la canción de Rue de cuatro notas de los sinsajos. La que señalaba el final del día en las huertas. La que significaba seguridad en la arena. Hacia el final de la cancioncilla, he encontrado al que silba, un hombre viejo con una camisa roja gastada y un pantalón de peto. Sus ojos encuentran los míos.
Lo que sucede a continuación no es un accidente. Está demasiado bien ejecutado para ser espontáneo porque sucede completamente al unísono. Cada persona en la multitud presiona los tres dedos centrales de la mano izquierda contra sus labios y los extiende hacia mí. Es nuestro signo del Distrito 12, el último adiós que le di a Rue en la arena.
Si no hubiera hablado con el Presidente Snow, este gesto tal vez me llevara a las lágrimas. Pero con sus órdenes recientes de calmar a los distritos aún frescas en mis oídos, me llena de terror. ¿Qué pensará de este saludo tan público al chico que desafió al Capitolio?
El pleno impacto de lo que he hecho me golpea. No era intencionado―sólo quería expresar mi agradecimiento―pero he provocado algo peligroso. Un acto de desacuerdo por parte de la gente del Distrito 11. ¡Esta es exactamente la clase de cosa que debería estar aplacando! Intento pensar en algo que decir que le reste importancia a lo que acaba de suceder, que lo niegue, es entonces cuando los veo.
Un par de agentes de la paz empujando a la multitud para dirigirse hasta el viejo que silbó a la parte alta de las escaleras. Obligándolo a arrodillarse ante la multitud. Y metiéndole una bala en la cabeza.
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Capitulo 4:

Mensaje por *Magali* el Miér 08 Mar 2017, 8:50 pm


Los agentes de la paz nos empujan y retienen en el edifico, las puertas se cierran y oímos las botas de los agentes de la paz moverse otra vez hacia la muchedumbre.
Yo peleo, me muevo contra ellos y empujo. Pero es difícil vencer a tres guardias armados, estoy gritando por la vida que acabo de ver ser arrancada frente a mis ojos. Y entonces dos disparos más. La puerta no ahoga su sonido. ¿Quién era ese? ¿La abuela de Thresh? ¿Una de las hermanas pequeñas de Rue? El pensamiento me debilita y antes de darme cuenta intento golpear a uno de ellos, pero Haymitch me lo impide aprisionándome  con sus brazos por detrás mientras yo le gritó que me suelte.
— ¡No fue mi intención! ¡Que es lo que hice!—grito desesperado, Haymitch me manda a callar y me aleja de los agentes y nuestro equipo
—Cierra la boca. Sígueme—le ordena a Eris que tiene sus ojos cubiertos en lágrimas y está temblando de pies a cabeza
Ascendemos por una magnífica escalera de caracol de mármol. En la parte alta hay un largo pasillo con una alfombra raída en el suelo. Unas puertas dobles están abiertas, dándonos la bienvenida a la primera sala que encontramos. El techo debe de tener seis metros de altura. Hay diseños de fruta y flores grabados en las molduras y niños pequeños, regordetes y con alas nos miran desde arriba, desde cada ángulo. Jarrones de flores desprenden un olor empalagoso que hace que me piquen los ojos. Nuestra ropa de noche cuelga de perchas contra la pared.
Por lo que yo sé, Haymitch sólo ha estado aquí una vez, cuando estaba en su Tour de la Victoria hace décadas. Pero debe de tener una memoria impresionante o instintos muy fiables porque nos guía a través de un laberinto de escaleras torcidas y pasillos cada vez más estrechos. A veces tiene que parar y forzar una puerta. Por el chirrido de protesta de los goznes puedes saber qué hace mucho tiempo desde la última vez que fue abierta. Después de un tiempo subimos por una escalera de mano hasta una trampilla. Cuando Haymitch la empuja a un lado, nos encontramos en la cúpula del Edificio de Justicia. Es un lugar inmenso lleno de muebles rotos, pilas de libros y cuadernos de contabilidad, y armas oxidadas. La capa de polvo que lo cubre todo es tan gruesa que se ve claramente que no ha sido molestada en años. La luz lucha por filtrarse a través de cuatro tristes ventanas cuadradas situadas a los lados de la cúpula. Haymitch le da una patada a la trampilla para que se cierre y se vuelve hacia nosotros.
―Ustedes dos tenían una tarea simple
—No quería esto, Snow debe saberlo. Yo no quería… no quería—Tartamudeo luchando con mi propia consternación
— ¿De que estas hablando?—Dice Haymitch— ¿Quién sabe qué?
Lo dije todo, la visita de Snow, las amenazas, la rebelión. Le toma un minuto a Haymitch darse cuenta de mis palabras, y entonces notó que Eris está tan sorprendida como él. Tanto que se apoya contra la pared y respira, con sus lágrimas secas sobre su maquillaje.
—Él quiere que le hagas creer el romance—Concluye Haymitch
—Para calmar las cosas
—Debiste habérmelo dicho—Dice Eris con voz quebrada y ahogada— ¡Ahora lo empeore todo! ¡Les di nuestro dinero y lo tomara como otro acto de rebelión!
—Lo siento, no sabía qué hacer, amenazó a mi familia
— ¡Yo también tengo una familia!—Me grita— Familia y amigos en el Distrito Doce que estarán tan muertos como los tuyos si no hacemos bien esto. Así que, después de todo por lo que pasamos en la arena, ¿ni siquiera soy digna de que me digas la verdad?
— ¿Qué hay de ellos? ¿Quién los protege a ellos?—Dice Haymitch
—La fastidié de veras. Es mi culpa ¿Qué crees que va a pasarles a las familias de Thresh y de Rue? ¿Crees que conseguirán sus partes de nuestras ganancias? ¿Crees que les he dado un brillante futuro? ¡Porque yo creo que tendrán suerte si sobreviven a este día! ―Eris golpea un escritorio viejo provocando que una lámpara caiga y se rompa en mil pedazos. Ella está furiosa y nunca la he visto así, lo que me hace sentir peor de lo que me siento.
No he pensado mucho sobre esto. Cómo debe de haber parecido desde la perspectiva de Eris, aunque fue quién me conto sobre la tensión entre su padre y ella, luego de que su madre muriera, jamás se me ocurrió pensar en lo que sería para ella perder a la única familia que le quedaba.
―Por favor Haymitch. Si sólo pudieras ayudarme a salir adelante en este viaje...― Empiezo
―No, niño ¡Despierta! No es sólo sobre este viaje. ― Dice él―Incluso si salieras adelante ahora, volverán en otros pocos meses a llevarnos a todos a los Juegos. Tú y Eris ahora serán mentores, cada año de ahora en adelante. Y cada año revisitarán el romance y publicarán los detalles de vuestra vida privada, y nunca jamás podrás hacer nada que no sea vivir feliz para siempre con ese chico. ¡Ustedes jamás se bajaran de este tren!
Eris se cubre el rostro, como si le fuera un tremendo esfuerzo no llorar.
—Entonces ¿Qué hacemos?—Pregunta finalmente, porque yo no puedo encontrar mi voz
—Por ahora van a sonreír, van a leer las tarjetas de Effie y vivirán felices para siempre ¿Pueden hacerlo?
Los dos asentimos como robots, aun impactados por la situación anterior. Haymitch abraza a Eris consoladoramente cuando esta parece volver a llorar. Pero ninguna lágrima se derrama por su rostro. Y yo miro a través de las ventanas sucias… como el cadáver del vejo de camisa roja, es llevado por Agentes de la Paz.
He aprendido una cosa. Este lugar no es una versión más grande del Distrito 12. Nuestra valla no está vigilada y rara vez está cargada. Nuestros agentes de la paz no son bien recibidos pero son menos brutales. Nuestros apuros suscitan más cansancio que furia. Aquí en el 11, sufren con más agudeza y sienten más desesperación. El Presidente Snow tiene razón.
Una chispa podría ser suficiente para incendiarlos.
 
Durante las ceremonias siguientes, somos solemnes y respetuosos pero siempre unidos, por nuestras manos, nuestros brazos. En las cenas, estamos al borde del delirio por nuestro mutuo amor. Nos besamos, bailamos, nos pillan intentando escaparnos para estar a solas. En el tren, nos sentimos silenciosamente miserables mientras intentamos evaluar el efecto que estamos teniendo.
Incluso con nuestros discursos personales para aplacar el descontento puedes sentir algo en el aire, el murmullo de la ebullición en una pota a punto de desbordarse. No en todas partes. Algunas multitudes tienen ese aire de ganado fatigado que sé que el Distrito 12 suele proyectar en las ceremonias de los vencedores. Pero en otros―particularmente el 8, el 4 y el 3―hay una genuina euforia en los rostros de la gente cuando nos ve y, bajo la euforia, furia. Cuando gritan mi nombre, es más un grito de venganza que una aclamación. Siempre están presentes aquellos tres dedos sobre el aire, y el silbido de tres tonos. Cuando los agentes de la paz se acercan para calmar a una muchedumbre indisciplinada, esta les devuelve el empujón en vez de retraerse. Y entonces sé que no hay nada que yo hubiera podido hacer jamás para cambiar esto. Ninguna muestra de amor, aunque creíble, cambiaría esta marea. Si el que alzara esas bayas fue un acto de locura pasajera, entonces esta gente también abrazará la locura.
A pesar de que Eris no quiso que volviéramos a tratarnos como extraños, apenas nos dirigimos la palabra cuando estamos lejos de cámaras y personas. Y sé que es mi culpa, ella intento ser amable y todo lo que eh hecho fue mentirle y ocultarle cosas.
Cinna empieza a recoger mi ropa alrededor de la cintura. El equipo de preparación se vuelve loco por los círculos debajo de mis ojos. Y entonces escucho la mención de Portia, quién cuchichea con Venia sobre como Effie comenzó a proveerle a Eris pastillas para dormir. A pesar de que no quiero entrometerme, me preocupo.
Y esa misma noche comienzo a vagar por el tren, me acerco la puerta de su recamara y me quedo ahí, hasta que la oigo gritar. No lo pienso dos veces y abro la puerta, mi sentido nublado en preocupación hasta que me doy cuenta de que se revuelve sobre la cama, con su gesto torcido.
—Eris—Digo agitándola ligeramente, lo suficientemente fuerte para despertarla
Ella instintivamente se aleja de mi tacto y mira a su alrededor con pánico.
—Oye está bien. Todo está bien, estoy aquí contigo—Sin darme cuenta, digo las misma palabras que Gaia me dijo en él bosque
—Fue una pesadilla, lo siento—Dice, intentando controlar su respiración
—También las tengo, está bien—Hago el ademán de ponerme de pie, pero ella me detiene sosteniendo mi brazo
—Zayn—La miró atentamente, parece que le costara decir las palabras pero finalmente habla— ¿Puedes quedarte conmigo?
Asiento, y me recuesto junto a ella. Y la sostengo hasta que vuelve a quedarse dormida.
Después de eso, se vuelve una costumbre. Cada noche me dirijo a su habitación y ella deja que me meta en su cama. Soportamos las pesadillas y la oscuridad tal y como lo hacíamos en la arena, envueltos en los brazos del otro, protegiéndonos de peligros que pueden descender en cualquier momento. No pasa nada más, pero nuestro arreglo rápidamente se convierte en objeto de cotilleo en el tren.
Cuando Effie me lo menciona, pienso, Bien. Tal vez le llegue al Presidente Snow. Le digo que haremos un esfuerzo por ser más discretos, pero no lo hacemos.
Las consecutivas apariciones en el 2 y el 1 son su propia clase de horribles. Cato y Clove, los tributos del Distrito 2, tal vez hubieran llegado ambos a casa si Eris y yo no lo hubiéramos hecho. Yo maté personalmente a la chica, Glimmer, y al chico del Distrito 1. Mientras intento evitar mirar a su familia, me entero de que su nombre era Marvel. ¿Cómo es que nunca lo supe? Supongo que antes de los Juegos no presté atención, y después no lo quise saber.
—Panem hoy, Panem mañana, Panem por siempre
Me encuentro diciendo esas palabras que no siento, la gente nos grita que digamos lo que realmente creemos pero ya no puedo permitirme otro error. Así que tomo la mano de Eris y nos despedimos del último Distrito.
—Snow está mirándonos—Dice Haymitch en la sala del tren que ahora toma rumbo al Capitolio—Si él quería paz en los Distritos, no está feliz. En lugar de un romance, parece que recitan un manual de perforaciones
—Tratamos de leer lo que Effie escribe lo mejor posible—Dice Eris
—Díselo al presidente Snow, cuando estén en el Capitolio en dos días
—Estamos abiertos a las sugerencias—Dice con un suspiro agotado
Y entonces el pleno impacto de lo que Haymitch había dicho en el Distrito 11, me golpea. El Capitolio jamás nos dejaría solo, tanto como Vencedores y como Mentores. “Nunca saldrán de este tren” es lo que Haymitch había dicho. Eso significa que nunca tendré una vida con Gaia, ni siquiera si lo deseo. Nunca me permitirán vivir solo. Tendré que estar eternamente enamorado de Eris. El Capitolio insistirá en ello. Tal vez tenga unos pocos años, porque todavía tengo dieciséis, para estar con mi madre y con Waliyha.
Quiere decir que sólo hay un futuro, si quiero mantener a mis seres queridos con vida y seguir con vida yo mismo, la única opción era
—Podríamos casarnos—Digo finalmente
—No bromees—dice Haymitch colocando el vaso de whisky sobre su frente
—Voy en serio—Paso por alto la mirada de Eris, no puedo lidiar con sus sentimientos ahora, por más injusto que sea—Si nunca nos bajaremos de este tren, eventualmente iba a suceder. ¿Por qué no ahora?
Haymitch deja salir una risa amarga y luego ladea la cabeza, burlón.
—De algo puede servir
Ahora todo recaía en una persona. Los dos miramos a Eris, que está mirando sus manos y entonces estoy confundido por su expresión y su tono seco.
—Sí, seguro, hagámoslo—No hubo ni un grano de emoción o acuerdo
Eris se pone de pie y camina a su camarote. Miró a Haymitch confundido.
―Creí que era lo que quería, de todas formas―Digo
—No así―Dice Haymitch―Ella quería que fuera real.
Para cuando llegamos al Capitolio, estamos desesperados. Hacemos apariciones interminables ante muchedumbres adoradoras. No hay peligro de un levantamiento aquí entre los privilegiados, entre aquellos cuyos nombres nunca se introducen en las bolas de la cosecha, aquellos cuyos hijos nunca mueren por supuestos crímenes cometidos hace generaciones. No necesitamos convencer a nadie en el Capitolio de nuestro amor, pero nos aferramos a la débil esperanza de que aún podemos llegarles a algunos de los que no pudimos convencer en los distritos.
Esa noche, en el escenario delante del Centro de Entrenamiento, balbuceamos como podemos, nuestras respuestas a una lista de preguntas. Caesar Flickerman, en su brillante traje azul medianoche, su pelo, párpados y labios aún teñidos de azul pastel, nos guía sin fallos en la entrevista. Cuando nos pregunta sobre el futuro,  es mi turno de dar la palabra así que me coloco sobre una rodilla, abro mi corazón, y le suplico a Eris que se casé conmigo. Ella, por supuesto, acepto. Caesar está fuera de sí, la audiencia del Capitolio está histérica, planos de muchedumbres por todo Panem muestran un país loco de felicidad.

Una felicidad que ni Eris ni yo, compartimos bajo la escrupulosa mirada del presidente Snow.
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Re: En Llamas (Zayn)

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