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Cokehq Cay.

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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Ritza. el Lun 26 Dic 2016, 7:47 pm

tengo que leer y comentar aqui, disculpen mi ausencia en esta nc
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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Asclepio. el Vie 06 Ene 2017, 10:41 pm

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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por hypatia. el Miér 15 Feb 2017, 12:29 pm

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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Asclepio. el Miér 15 Feb 2017, 12:59 pm

AQUÍ AHRRE YO SIGO
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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Ritza. el Miér 15 Feb 2017, 8:16 pm

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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por dépayser el Jue 16 Feb 2017, 5:52 pm

Ya le dije a Ally por wspp que sigo pero lo pongo acá también. Amo esta nc, okay.
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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por wang. el Vie 17 Feb 2017, 7:28 am

Yo tambien sigo chicas.
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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Kida el Dom 05 Mar 2017, 5:42 pm

hoooola:
Holi! Sí ya subí capítulo, jajaja. Lo siento mucho, pero hasta el viernes me devolvieron mi computadora y ahh, todo se puso en mi contra, en serio lo lamento. Entre Kate y yo hablamos y decidimos mejor quedarnos con el orden original, por lo que este será el primer capítulo, y el de Kate el segundo. Ella borró el capítulo de ella y lo volverá a subir en los próximos días. Y eso, estoy muy feliz de que retomaramos la novela y espero que disfruten el capítulo

Pasa el mouse por al imagen.
Capítulo 01 | Parte 1

Lo había intentado, nadie podría decir que él no lo había intentado, pero la avaricia había pateado en el trasero a cada una de sus ideas. Cayó rendido en la mesa de su oficina, la pila de hojas que reposaba en el escritorio amortiguando el golpe de su cabeza. Estaba absolutamente exhausto. Llevaba más de un mes sin poder dormir, tiempo en el que estaba seguro que había repasado todas las playas habitables que había en el mundo, cada una más bella que la otra según la impresión de Adrien, pero ninguna parecía ser suficiente para Derek y mucho menos Roman.

Levantó la cabeza del escritorio, quitando una foto que había quedado pegada en su frente y pasó la mirada por toda la oficina hasta que encontró el bulto que reposaba en su sillón.

–  Nico – llamó al muchacho, más que todo para verificar que aún siguiera vivo. El italiano pegó un brinco en el sillón ante el súbito sonido.
– Estoy despierto – exclamó como acto reflejo mientras restregaba el cansancio fuera de sus ojos. Adrien lo vio acomodarse mejor en el sillón y continuar revisando los datos y las fotografías, no obstante, no le era difícil notar que estaba realmente cansado. Nicolas había estado las últimas dos semanas con él, había accedido a tomar un vuelo antes a California y ayudarle a buscar una isla mucho más bella que Cokehq Cay y no le había pedido ninguna explicación del por qué. Adrien pensó que al Nico ser fotógrafo conocería playas mucho más bellas que las que él jamás podría encontrar, y tenía razón, pero aun así no era suficiente, nada parecía ser suficiente.

Matteo entró en la oficina, llamando su atención y la de Nicolas. En sus manos traía una bandeja con tres cafés, le entregó uno a Nico y puso los otros dos en el escritorio, pasándole uno de esos a él. Le sonrió a su asistente, notando como este también le devolvía la sonrisa, pero al igual que Nicolas, las bolsas de sus ojos eran claramente notorias, al igual que sus esfuerzos por mantenerse despierto.

– Bueno, suficiente – habló cuando vio a Matteo tomar asiento al frente de su escritorio para continuar revisando fotografías, ya los dos habían sacrificado mucho por él. Ambos lo miraron exaltados ante el súbito cambio en el tono de su voz. – Es suficiente, la competencia empieza dentro de unas cuantas horas, no importa si encontramos el paraíso del jardín de Edén, los accionistas jamás van a acceder a cambiar la ubicación con tan poco tiempo. – suspiró frustrado y quitó el cabello de su rostro. – No hay razón de seguir buscando. Además, ambos necesitan descansar. El gran día se acerca dentro de unas horas. Nicolas, te necesito con fuerza para guiar a los demás fotógrafos, Matteo, te necesito descansado para lidiar con la prensa. – ninguno de los dos se levantaba para irse, ambos notando que su emoción era claramente fingida, pero Adrien no tenía las fuerzas para decir nada más. Nicolas se levantó del sillón y se acercó a él.
– Mira, puede que no sepa por qué lo quieres cambiar y en realidad no me interesa. Te conozco desde hace años Adrien, si pides cambiarla sé que no es por capricho y mucho menos por dinero, confío en ti. Así que, a quién le importan los accionistas, si dices que debemos seguir buscando, seguiré buscando. – Nico palmeó su espalda y por la sonrisa en su rostro sabía que decía cada palabra en serio.

Recobró la postura, levantándose de su silla y le sonrió, esta vez una sonrisa genuina.

– No, todo va a estar bien. Todos dimos nuestro mayor esfuerzo y si aun así no funcionó es porque no hay ningún problema en esa isla. Lamento que mi paranoia les quitaran varias horas de sueño. Vamos a casa.



La aguja del reloj continuaba con su constante movimiento, tres, cuatro, cinco de la mañana y no lograba conciliar el sueño. Al ver los primeros rayos de luz escurrirse por la persiana levemente cerrada comprendió que era inútil seguir intentándolo. Sí, se sentía exhausto y pensaba que podría dormir por décadas, pero su mente no se detenía. Repasaba las fotografías una y otra vez en su mente sin siquiera intentarlo. Bufó y se levantó de su cama, tomando camino hacia su comedor. Se sirvió otra taza de café y tomó una de las carpetas que reposaban en la mesa de su sala antes de tomar camino a la parte de atrás de su casa.

Al momento de salir, el aire salino llenó sus pulmones, el sonido de las olas sus oídos y la impresionante vista del mar al amanecer sus ojos, si fuera por él, podría dejar toda la CMS en las playas de California. Una risa escapó de sus labios sólo al imaginar la cara de horror que pondría Roman ante esa idea.

Tomó asiento en la banca que tenía en su pórtico trasero y se dedicó sólo a mirar las olas por unos segundos, esperando que le trajera la tranquilidad suficiente para conseguir, por lo menos, una hora de sueño, pero cada vez que se sentía relajarse, las palabras del anciano se reproducían una y otra vez en su cabeza y por alguna razón no sentía que fueran en vano.

Respiró profundo y se acomodó mejor en la banca, abriendo la carpeta que aún se encontraba en sus manos. La primera página contenía toda la poca información que Roman había encontrado de la isla, o al menos la que les quiso mostrar. El resto de las páginas eran tomas aéreas de Cokehq Cay.

Muy a su pesar, la isla era hermosa. La foto que más llamó su atención parecía ser tomada cerca del ocaso. Los árboles y el agua teñidos de un naranja que no hacía más que resaltar la belleza que por sí sola tenía. Era una belleza natural y todo lo que Roman veía era una mina de oro.

No obstante, viendo la foto, no sentía la tranquilidad que lo embargaban las olas a su alrededor, esa fotografía, por más bella que fuera, no hacía más que provocarle ansiedad. Pero sabía que no había nada que pudiera hacer al respecto, la competencia se llevaría a cabo allí.

De eso quería convencerse, de que no había nada más que se pudiera hacer, el problema era que la idea no se sentía bien tampoco, no podía dejar de intentarlo. Suspiró, lamentando lo que iba a hacer, pero teniendo por seguro que lo haría de todas maneras.

Se levantó de la banca y corrió dentro de su casa, llegando de nuevo al comedor y dejando la carpeta de la isla en la mesa. Buscó por el resto de las fotos que estaban tiradas a lo largo de la mesa y encontró las dos que más le habían impresionado. Lo intentaría una vez más, sólo una vez.



– ¿Adrien? ¿Qué sucede? – Adrien pudo notar la clara confusión en los ojos de Derek, no obstante, en lugar de dar una explicación, dijo lo que venía determinado a decir desde que salió de su casa.
– Esta es la última vez que lo voy a decir – colocó las dos fotos que traía con él en la mesa de reuniones para que tanto Derek como Roman las vieran – Estas son dos playas absolutamente hermosas, relativamente desconocidas y completamente seguras. Aún no es muy tarde para cambiarlo.
– ¿Estás hablando en serio? – Adrien ni siquiera volteó a ver a Roman, sólo miraba a Derek, esperando que viera la desesperación y el cansancio en sus ojos.
– No hay nada que pueda hacer Adrien.
– Claro que las hay, Derek por favor, todavía tenemos tiempo, no sabemos nada de ese lugar, no podemos hacer esto… – Derek lo interrumpe
– Ya lo hicimos. No tenemos tiempo, tiempo es lo que menos tenemos de hecho. Sabes que los accionistas están en nuestros cuellos y por primera vez están contentos con nuestras decisiones. –Derek suspiró cansado – Querían algo nuevo y misterioso y se los dimos. Mantenemos nuestro trabajo por otro año. Sólo estoy pensando en nosotros Adrien.
– ¿Y los competidores? ¿El personal? ¿Sus amigos, su familia?
– ¿Disculpa?
– ¿Quién piensa en ellos? – Adrien, al ver que Derek no respondió, dejó escapar una risa irónica. Alejó la mirada de las otras dos personas que se encontraban en la habitación y la enfocó en los ventanales, más exactamente en la línea entre el mar y el cielo que se veía lejana e infinita.

Relajó los hombros, dejó caer su cabeza y sonrió, una sonrisa resignada y decepcionada, pero al mismo tiempo, relajada. Supo en ese momento que no lograría nada hablando con ellos, no podía evitarlo, pero tampoco podía unirse a ellos. Él no pondría en peligro la vida de cientos.

Al volver la mirada a Derek y a Roman, pudo notar que ambos lo miraban expectantes a sus siguientes palabras. No obstante, antes de poder decir lo que iba a decir, Roman habló primero.

– Antes de que digas lo que vas a decir, te tengo una sorpresa. Para recompensarte por lo de la isla y por tu aparente disgusto hacia ella –  Roman le sonrió, aunque no lo hizo de una manera que le brindara seguridad.

Roman presionó un botón en su celular y segundos después la puerta de la sala de reuniones se abrió. Adrien levantó la ceja, dudoso de voltearse.

– Adrien – escuchó la voz de Brett a sus espaldas y pudo sentir como todo su cuerpo se tensó de nuevo y el aire se quedó atrapado en sus pulmones. Se volteó solo para recibir el abrazo de Brett y en la entrada vio a Abbey quien simplemente le sonreía. Brett se soltó antes de que pudiera reaccionar o abrazarlo de vuelta, no que hubiera tenido tiempo suficiente de todas maneras.

Escuchó la voz de Derek al saludar a sus hermanos, incluso la de Roman. Escuchaba como todos le hablaban y reían, pero no podía definir ninguna palabra, estaba absolutamente paralizado. No pudo reaccionar hasta que todos salieron de la habitación, impulsados por Matteo quien se encontraba fuera de la sala, y quedó sólo con Roman y Derek.

– Cierto, ¿ibas a decir algo? – Adrien simplemente negó, su mirada aún fija en la puerta, Roman suspiró y puso una mano en su hombro – Lo estoy haciendo por nosotros – se volteó a mirarlo al momento en el que Roman repitió las palabras de Derek, pero Adrien pudo ver la burla y la satisfacción en sus ojos – imagínate el caos que haría la prensa si uno de los productores más queridos, de la más esperada CMS, súbitamente renuncia.
– Adrien nunca renunciaría Roman – Derek masajeó sus sienes y cerró los ojos, como si el hecho de lidiar con ellos dos fuera mucho más de lo que podía manejar.  Adrien no lo contradijo, ahora ya no serviría de nada. – Y no debiste traer a Brett ni a Abbey sin el conocimiento de Adrien, pero ya está hecho. Ahora, por favor, vamos a trabajar, los competidores llegan y la competencia empieza mañana. – Adrien logró asentir.

Derek y Roman salieron de la sala, dejándolo solo. Dejó escapar el aire que tenía contenido y maldijo en silencio. Ahora no había modo de que se pudiera ir, por lo que sólo le quedaba confiar en que todo saldría bien, tenía que.

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– Vamos despierta – Nicolas sintió el peso de la almohada al caer sobre él.
– Sólo déjame morir aquí. – dijo apenas en un leve murmullo sin fuerzas siquiera para levantar la almohada.
– Eres el jefe, no puedes llegar tarde.
– No soy ningún jefe, soy un simple mortal que necesita al menos una semana más de sueño.
– Te dejé dormir todo lo que pude, tienes que ir a la reunión con los productores y claramente deberías arreglarte antes, apestas. – sintió como quitaron las sábanas de encima de su cuerpo. Debido al aire acondicionado de su habitación, podía sentir como el aire enfriaba cada centímetro de su piel. Quitó la almohada de su rostro, esperando que Matteo se viera igual de exhausto que él, no obstante, el muchacho se veía como si hubiera tenido unas buenas ocho horas de sueño el último mes.
– ¿Cómo lo haces? – preguntó incrédulo.
– Cafeína – señaló a la taza humeante que reposaba en su mesa de noche.
– Eres mi héroe, el mejor compañero de apartamento, deberían darte un premio – completó aferrándose a la taza de café, aun levemente dormido. Miró como Teo rodaba los ojos ante su estupidez antes de que saliera por la puerta de la habitación.

Luego de recuperar un poco de sus energías al terminarse su taza de café, suspiró cansado. Era momento de comenzar con su día.



Llevaba al menos media hora reunido con Adrien, Roman y Derek. Discutiendo por lo que parecía ser la quinta vez la precisión y el tipo de fotografías que una compañía como la CMS esperaba de ellos. No era eso lo que le preocupaba, era más el hecho que durante toda la reunión Adrien no dijo mucho, se encontraba claramente perdido en sus pensamientos y no supo por qué hasta que Roman le dijo el equipo de fotógrafos que lo acompañaría.

– Frey Gallagher, él será quien te ayudará a liderar el equipo, lo conocerás en la reunión oficial esta tarde. Como el resto del equipo tendrás a Gian Hidermann, Gala Franceschini, Keegan Daughtery y Abbey Foster.

Al escuchar el último nombre, comprendió todo y al notar como Adrien se tensó cuando lo nombraron, supo que él también hasta hace poco se había enterado.

– No sabía que Abbey estaba incluida, digo, hace un par de días hablamos y tenía entendido que seguíamos siendo cinco.
– Fue un cambio de último minuto – respondió Roman levantando la ceja – ¿tiene algún problema con la señorita Foster?
– Para nada, sólo no sabía que hacían cambios de último minuto, pero si lo hacen en esto, también podrían hacerlo en otras cosas ¿no?

Roman y Derek miraron a Adrien quien simplemente se encogió de hombros, mostrándose demasiado tranquilo para el tipo de mirada que le dedicaban los otros dos. Roman iba a decir algo más pero la mirada de Derek lo detuvo, haciéndole saber que de cierta manera Roman también se había equivocado.

Nicolas calló también, entendió que tal vez había hablado más de lo que debía y su impulso probablemente metería a Adrien en algún problema.

– Eso sería todo por ahora Nicolas, esperamos que todo el equipo que le proporciona la CMS sea de su agrado y, obviamente, cumpla exitosamente con su objetivo. Lo esperamos en la reunión de la tarde para que conozca al resto del equipo. – y esa era la manera cordial de Derek de echarlo de la sala.
– Claro, voy a revisarlo en este momento. – les sonrió a los tres, sintiéndose súbitamente relajado cuando Adrien le sonrió de vuelta, con una mirada típica de Adrien donde claramente le indicaba que no se preocupara.



Ya lejos de los edificios, de las reuniones y del ruido de oficina, se sentía otra vez en su elemento, con la arena bajo sus pies, la brisa del mar refrescándolo y las olas del mar incitándolo a entrar. Maldijo a Donovan por durar tanto en llegar y retrasar su entrada al agua. No obstante, su espera no fue aburrida, había aprovechado para tomar algunas fotografías a la orilla de la playa y, también, en cierta manera le divertía ver a las estudiantes de la academia sonreírle al pasar a su lado para dirigirse al océano con sus tablas.

Más de una de ellas se le había acercado a hablarle, pero no mantuvo mucha conversación con ninguna de ellas, lo menos que quería era darles esperanzas a niñas de quince/dieciséis años.

– No las culpes, la mayoría de ellas piensan que tienes máximo dieciocho. – le djio Donovan riendo al llegar su lado al momento en el que Nicolas rechazaba cordialmente a otra muchacha. Nico rio junto con él al mismo tiempo que rodaba los ojos.
– Mete tu trasero al agua Don, te he esperado demasiado.
– Me acabas de avisar. – se justificó mientras levantaba los brazos en modo de defensa. Se acercó su tabla y la tomó, entrando al agua.

Al menos dos horas después ya había terminado de probar todas las cámaras que le había dado la producción. Las de tierra, las de agua, la cámara de casco; el equipo que debía utilizar, las patas de rana, los trípodes, el kit de pistola, entre otros.  Tanto él como Don salieron del agua exhaustos. Elena los estaba esperando en la arena.

– Salieron del agua, – exclamó aparentando estar sorprendido – pensé que iba a tener que entrar a sacarlos.
– Hubieras entrado y nos hubiéramos quedado los tres al menos cuatro horas más. – bromeó Don dejándose caer en la arena.
– Estaba probando las cámaras.  Tengo tener el reporte listo para la reunión de la tarde.
– ¿Y te esperaste hasta el final para probarlas? Llevas como dos semanas acá.
– He estado ocupado – se encogió de hombros ante la mirada acusadora de Elena, recordando todas las noches de desvelo revisando todas las fotos de sus viajes en la oficina de Adrien.
– Nico – llamó Lela a lo lejos – ¿te veo más tarde? –  asintió distraído, realmente sin ponerle mucha atención. Ella le mandó un beso en el aire y le guiñó el ojo antes de seguir con su camino hacia la academia. La risa incrédula de Elena lo sacó de sus pensamientos.
– Ya veo en qué te ocupaste. – Donovan rio desde su posición acostada en la arena.
– Lleva dos semanas aquí y ya le va mejor que a mí. ¿Cómo haces Nico?
– No yo no… – intentó contradecir, pero decidió no hacerlo al final. No podía explicarles lo que estaba haciendo en la oficina de Adrien.
– Como sea, ¿vienes a almorzar? – le preguntó Elena mientras ayudaba a Donovan a levantarse. Nico negó.
– Tengo que recoger el equipo, guardarlo y revisar las imágenes, y aún tengo que hacer el reporte. – Elena asintió, mientras Donovan recogía su tabla.
– Igual deberías comprar algo para comer de camino y te invitaría a cenar pero veo que ya tienes planes – Nico rió ante el ceño fruncido en la frente de su amiga.
– Tengo una reunión de todas maneras y no creo terminar temprano, pero gracias. – respondió decidiendo ignorar la última parte.
– Nos vemos luego. Suerte en tu cita. – gritó Don ya cuando estaban lejos.

Suspiró y negó mientras una risa incrédula se escapaba de sus labios. En realidad nunca había tenido nada con Lela, ella hablaba y él no tenía la capacidad de humillarla al decir lo contrario. De todas maneras, de nada le dañaba que ella lo hiciera.

La siguiente hora se dedicó únicamente a limpiar el equipo, sacar las memorias para revisarlas luego y guardarlo en las maletas en las que se encontraban antes. Las fue guardando en la parte trasera de su auto, mas cuando fue a recoger la última, su vista quedó fija en la belleza y en la inmensidad del océano. Se sentó al lado de la maleta, decidiendo que aún le quedaban unos minutos para simplemente admirar el paisaje si se saltaba el almuerzo.

Nada le encantaba más que admirar el cielo reflejado en el agua de mar y el movimiento de las olas que mantenía la vida agitada del agua. La grandeza de las olas y la perfección de los tubos que se formaban cuando estaba a punto de volver al agua y que todo eso fuera por obra natural sólo hacía que su atracción fuera mayor.

Por esa razón había decidido tomar fotografías en lugar de surfear como competidor. Cuando surfeaba una ola, el recuerdo quedaría en su memoria por siempre, pero sólo él podría verlo, pero cuando tomaba una fotografía, el momento sería para siempre, para él y para los demás. Podía mostrarle a otras personas las bellezas que él podía ver y podía hacerles sentir lo que él sentía, claramente interpretado a la manera de cada uno.

Sonrió por instinto y miró el océano una última vez al decidir que era momento de irse. Alzó la maleta, se la colgó en el hombro y se volteó decidido a caminar hacia el auto, no obstante, al momento de voltearse, sus pies se detuvieron y sus ojos quedaron clavados en la figura que se encontraba a unos pocos metros de distancia, ignorando las demandas de su mente diciéndole que debía caminar al auto.

No pudo hacerlo, y al momento en el que ella levantó la vista y una sonrisa adornó su rostro, su mente se detuvo como el resto de su cuerpo, sus facciones le parecían conocidas, pero no lograba recordar de dónde. No sabía si era la forma en la que ella miraba el paisaje que hasta hace pocos segundos él había admirado, la forma en la que la luz se reflejaba contra el verde de sus ojos o su instinto de fotógrafo que no le permitiría simplemente ignorar los pequeños momentos perfectos de la vida.

Sacó una de las cámaras que había en la maleta, sacó una de las tarjetas de memoria de su bolsillo y la colocó rápidamente en la cámara, encendiéndola y apuntando el lente hacia ella, luego tomó la foto. Ella en ningún momento lo vio y agradeció eso ya que de haberlo visto le hubiera pedido alguna explicación cuando en realidad él no tenía ninguna.

Una risa escapó de sus labios al dar cuenta de eso y rápidamente empacó la cámara, caminando con paso rápido de vuelta a su auto. Antes de entrar en él, miró por última vez hacia la playa para ver que ella seguía exactamente en la misma posición y suspirar aliviado al ver que ella no había sido consciente ni de sus miradas ni de la fotografía.



Suspiró cansado y restregó sus ojos. Ya había logrado pasar todas las fotografías a la computadora, separarlas por tipo de cámara, video y equipo utilizado y por fin veía la última diapositiva de la presentación. Colocó algunas imágenes extra que había tomado con algunas cámaras, imágenes que no tenían necesidad de ser clasificadas.

Al momento de buscar entre la carpeta de imágenes se encontró con la última fotografía que había tomado, la de ella. Colocó la imagen dentro de la presentación y la admiró por unos segundos, sin embargo, al final decidió quitarla y cambiarla por una de una ola reventando en las orillas de la playa, ya que en realidad él no tenía ningún derecho de mostrar la fotografía de la castaña. Negó con la cabeza y pasó la imagen de los archivos de la carpeta de la competencia a una carpeta personal y borró las memorias de las tarjetas para asegurarse que éstas tuvieran espacio para las imágenes de la competencia.

Guardó la presentación en un disco y decidió dejar de pensar en esa fotografía. Sólo le quedaban veinte minutos para la reunión, aún no había comido nada y una parte de él le decía que no lo haría pronto.
Se removió el cabello, apartándolo de su rostro y se levantó del asiento. Volvió a guardar todas las memorias en su debido lugar y agarró su celular junto con el disco para salir de su apartamento, recordando que primero debía pasar al cobertizo para dejar todo el equipo de fotografía.



Había logrado llegar con tiempo a la reunión. Al momento de entrar, vio a Adrien junto con su hermana y caminó hacia ellos. Tomó a Abbey por sorpresa al levantarla por detrás y darle un par de vueltas, escuchando la risa de Adrien y los quejidos de Abbey de fondo. Entre risas la puso en el suelo y le dio un sonoro beso en la mejilla.

– Ya recordé por qué no te extrañaba. – se quejó la rubia mientras se limpiaba la mejilla, mas no hizo intento de romper el abrazo.

Lo que más agradecía de su trabajo en la CMS era la nueva familia que había ganado además de la experiencia y el hecho de poder trabajar en lo que más le gusta y que le paguen por ello. Debido a que él era hijo único y de que se había cansado de elegir bandos entre sus padres, no había muchas personas a las que pudiera recurrir para festividades o para cualquier otra cosa, a decir verdad, pero la CMS, o mejor dicho Adrien, lo había invitado a su familia y no le podría estar más agradecido por ello. Había ganado tres hermanos, dos nuevos padres y muchas amistades que habían hecho su vida mucho más entretenida.  

– Pero si me acabas de decir que ya querías que llegara Nico por la falta que te hacía. – bromeó Adrien.
– Exacto, eso no era lo que me decías hace unos días por mensaje. – continuó Nicolas abrazándola más, esta vez ella se soltó de sus brazos. Los miró a ambos de una manera que si las miradas mataran ya ambos estarían tres metros bajo tierra y se alejó de ellos sentándose al otro lado de la mesa de reuniones. Nico y Adrien se miraron y soltaron la risa que intentaban contener.

En ese momento la sala de reuniones se abrió, atrayendo la atención de Nico y provocando que su risa cesara. No podía dar crédito a lo que veían sus ojos y menos a la rapidez con la que su corazón latía. Apartó el pensamiento, no encontrando explicación para sentirse de la manera en la que se estaba sintiendo.

Aún así estaba extrañado, así que apartó la vista y abrió la carpeta que estaba en la mesa, luego de pasar unas páginas encontró la foto que buscaba. Gala Franceschini, la castaña que acaba de entrar a la habitación, la misma que había fotografiado en la playa ante el pensamiento que no la volvería a ver, pero estaba equivocado. Encontrar esa fotografía en al carpeta significaba que no sólo vería mucho más de ella, sino que, también trabajarían juntos.

Cerró la carpeta y miró nervioso a Adrien, temiendo que hubiera notado su reacción, pero al hacerlo vio que estaba hablando por teléfono. Respiró más tranquilo, tratando de recobrar su compostura ya que tendría que exponer en unos minutos. Volteó la mirada de nuevo a la mesa y notó que ella lo miraba con la misma curiosidad con la que él la había mirado a ella segundos antes.

Adrien palmeó su hombro, provocando que sus miradas se apartaran y su atención se devolviera a Adrien. Este le dijo algo que en realidad no escuchó y luego se fue. Nico maldijo ante su distracción y el hecho de que se encontrara nervioso de nuevo. Al parecer le tomaría más de unos segundos para tranquilizarse, no obstante, agradeció internamente a todos los santos que le hicieron quitar la fotografía de Gala de la presentación, eso sí no hubiera sabido cómo explicarlo.

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La vista desde la ventana del avión era absolutamente asombrosa. Los edificios, las calles, los automóviles, todo se veía tan lejano tan diminuto, perdiéndose entre la inmensidad del cielo. Estaba completamente fascinada con en el paisaje, pero también estaba notablemente nerviosa, lo cual era comprensible puesto que era su primera vez en un avión.

De no ser porque Kaito sostuvo su mano en todo momento, Rae hubiera escapado de su asiento y del avión en el momento en el que se encendió la luz de que debían abrocharse los cinturones.

Suspiró, sintiendo como la mano de Kaito quemaba contra la suya y como el paisaje lentamente le provocaba nostalgia. Debería estar feliz, y en parte, lo estaba, pero no completamente. Montarse en ese avión significaba dejar todo lo que conocía, el recuerdo de sus padres, sus múltiples trabajos, la casa que tanto trabajo le había costado pagar y mantener; pero sabía que debía comenzar de nuevo, aunque fuera solo por poco tiempo, necesitaba distanciarse de todo para poder tener el nuevo inicio que quería, que sus padres hubieran querido para ella.

Sus nervios volvieron cuando el avión comenzó a descender, esta vez siendo la vista de un fuerte sol y la vista del mar lo que acompañaba su aterrizaje. Sintió la mano de Kaito al sujetarle de nuevo la mano, quiso voltear a mirarlo, asegurarse que no estaba sola, pero no pudo apartar la vista de la ventana. California era hermoso.



– Acá está tu llave de la habitación junto con un mapa de la academia. Las actividades empiezan hasta mañana, entonces podríamos aprovechar para conocer hoy.

Rae asintió, estaba un poco cansada por el viaje tan largo y por el cambio de horario, pero como él había dicho, las actividades empezaban al día siguiente y Kaito sólo quería acompañarla mientras pudiera, por lo que no se atrevió a decirle que no.

Caminaron lado a lado en dirección a lo que parecía ser la playa. No tenía que hablar para saber que era el primer lugar al que Kaito quería ir. Mientras más se acercaban, Rae podía escuchar el sonido de las olas al chocar contra el arrecife y pudo sentir como la brisa del mar le alborotaba el cabello. Sonrió, sintiéndose feliz y relajada como desde hace mucho tiempo no se sentía, tratando de dejar las preocupaciones de lado.

Al llegar a la arena, ambos se quitaron los zapatos y caminaron hasta la orilla donde el agua del océano tocaba las puntas de sus pies. Vio a varias personas en el agua lo cual asumió que no era extraño puesto que todas la mayoría en este lugar tenían algo que ver con el surf.

– Podrías aprender a surfear – sugirió Kaito distrayéndola de la vista. Se volteó para mirarlo y notó que señalaba a una enorme piscina al lado de una muralla que la dividía del océano. Ella negó efusivamente.
– Muy torpe – respondió, conociendo a Kaito lo suficiente como para saber que él pensaba lo mismo, ambos rieron. Rae rápidamente volvió la vista al océano, sintiendo de nuevo como una sonrisa llegaba a su rostro. Escuchó un suspiro por parte de su amigo, pero sabía lo que le diría por lo que no se atrevió a mirarlo.
– Todavía la puedo decir a Adrien que cambiaste de opinión, podrías estar como mi acompañante todo el viaje Rae, podrías disfrutar del océano, de la comida, de los hoteles.

Ella negó, de nuevo. Había aceptado sólo porque él le había prometido que podría trabajar y aún sí se encontró dudosa cuando le dijo que durante su estadía en California iría como su acompañante. Nada nunca había sido gratis en su vida y simplemente no le parecía correcto aprovecharse de la carrera de Kaito de esa manera.

– Tuve que dejar mis trabajos para venir acá, necesito ganar dinero de alguna manera para cuando vuelva poder pasar los primeros días mientras busco un trabajo nuevo. Me prometiste que no insistirías.
– ¿A dónde te gustaría cenar? – Kaito suspiró y cambió de tema para así evitar una situación incómoda. Rae pudo notar que él ya no sonreía, no le gustaba molestarlo, era su único amigo, incluso desde niños, pero no podía permitirse ser una carga.
– Quiero probar las hamburguesas americanas de las que tanto me hablaste – él la miró sorprendido puesto que la respuesta de Rae normalmente era un “No sé, ¿qué quieres tú?”. Luego le sonrió cuando lo golpeó suavemente en el brazo para que dejara de mirarla de esa manera.

Eran raras las veces que Rae se dejaba llevar. Cualquiera que estuviera un rato con Rae y Kaito diría que ellos se acababan de conocer, Rae casi no hablaba, evitaba mucho el contacto con otras personas y la mayoría del tiempo era muy distraída. No obstante, ella había crecido con Kaito, era una de las personas en las que más confiaba y con la única en la que, a momentos, se podía dejar llevar.



Luego de la cena Kaito la llevó a su habitación, antes de irse a la suya. Por el momento se encontraba sola, pero había otra cama en el lugar por lo que sabía que su soledad no iba a durar mucho tiempo. Dejó sus cosas al lado de la cama de la izquierda, dejando desocupada la de al lado de la ventana por si su compañera de cuarto prefería ocuparla y evaluó su entorno.

Se dejó caer en la cama y cerró los ojos. Estaba agotada. El viaje, el cambio de horario, el cambio de entorno, la humedad y el bochorno del clima, todo se sentía como un gran peso en sus hombros, como si todo se le viniera encima. Así como también le pesaba la decisión de aceptar la invitación de Kaito. Todo era tan diferente, mucho más de lo que había esperado que fuera y la cantidad de gente que había en el lugar le daba a entender que no era la competencia pequeña que un principio había pensado que era.

Sólo esperaba sentirse mejor cuando comenzara a trabajar. Aún así, Kaito había hecho un gran esfuerzo por traerla, no era justo para él que ella estuviera deprimida todo el tiempo que estuvieran en california. Por su amistad, haría lo posible por disfrutar de su estadía en la academia. Al fin y al cabo, sería la primera vez que vería competir a Kaito, la primera vez fuera de su país, la primera vez que se atrevía a hacer un cambio, no sólo por los demás, sino también por ella. Ya era momento de que lo hiciera.  

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– Elena, basta, tienes que dejar de moverte de un lado a otro, harás un hueco en el suelo.

La castaña se detuvo sólo para mirar a Donovan quien estaba tirado en el sillón de su apartamento.

– Ni siquiera me estás poniendo atención.
– Claro que lo hago, ya te lo dije, el tipo es un idiota, no deberías darle tanto tiempo pensando en ello. Le diste un reto de cinco citas, lo consiguió y se fue.
– Por supuesto, y eso me hace sentir mucho mejor, gracias Don. – rodó los ojos y se dejó caer a su lado en el sillón – tengo que dejar de creer que no es mi culpa, algo debe estar mal conmigo.
– Nada está mal contigo. Sólo eres un poco habladora, perfeccionista y tienes las expectativas muy altas, nadie puede ser un príncipe azul
– Espero que haya un punto – le interrumpió. Don rodó los ojos.
– Lo que me refiero es que nada está mal contigo, la persona correcta para ti va a aceptar todas las cosas de ti y hasta incluso le va parecer adorable.
– ¿Estás diciendo que eres la persona correcta para mí? – bromeó golpeando a Don en el brazo. En parte sabía que él tenía razón.
– Claro que no, tuviste tu oportunidad, pero la dejaste ir. Además, serías un dolor como pareja, aprendí eso luego.
– Eres un idiota, ¿lo sabías? – Donovan comenzó a reír y negó con la cabeza.

Siempre había dicho que la risa de Don era la más contagiosa, ese tipo de risa que simplemente te daba alegría y reías sin razón alguna. Podía asegurar que la mayoría de las veces que Don contaba un chiste, las personas a su alrededor reían más por la risa del muchacho que por el chiste en sí.

– Ven conmigo a trabajar. – le propuso Don cuando terminó de reírse, levantándose del sillón.
– No, tranquilo, estará bien.
– Yo sé que vas a estar bien, no eres una bebé. Vamos, me estarías haciendo un favor.
– No, es mi día libre. – se quejó, acomodándose más en el sillón.
– No es como que vayas a ir al gimnasio.
– Tienes razón, no voy a ir. – Elena suspiró y se quedó pensativa unos momentos hasta que Don se levantó del sillón y la jaló con ella.
– Lo decidí, vamos a ir. – Ella se quejó de nuevo, pero de todas maneras dejó que al jalara fuera del apartamento.



Elena se encontraba sentada en la arena a unos metros de la piscina de la academia donde Don estaba enseñándole a los niños, lo que le estaba costando un gran trabajo ya que la mayoría de ellos estaban dispersos, más concentrados en la actividad y en los competidores de la competencia que en lo que Don estaba tratando de decirles.

No los culpaba, todo el movimiento de los productores, de las cámaras y de los cientos de personas de más que ahora recorrían las instalaciones de la academia, era realmente caótico, no envidiaba a Banda.

Se levantó de su lugar en la arena, sintiendo el sol demasiado fuerte en sus hombros como para quedarse ahí un rato más. Caminó por la arena hasta la playa y siguió el camino hacia uno de los restaurantes que estaban en la costa. Pagó por un refresco y tomó asiento en una de las bancas que estaba fuera del lugar, aún así protegida por la sombra del local. Comenzó a tomarla, admirando las olas que se reventaban en la orilla del mar y la brisa marina que la refrescaba del abrasador calor del sol.

Estuvo sola por algunos minutos, simplemente admirando el paisaje hasta que sintió como alguien tomaba asiento a su lado. Se volteó para ver quién era la persona y al hacerlo notó que le tendían la mano.

– Hale Lilo – se presentó.
– Elena – respondió aceptando su mano y devolviéndole el saludo. En ese instante sintió como el pulgar de él comenzaba a acariciar sus nudillos, provocando que ella riera ante la situación. – Un poco directo, ¿no creés? – respondió aún riendo mientras apartaba su mano. Hale se encogió de hombros.
– ¿Quieres ver como beso? – Se atragantó con su fresco. Tosió un poco y luego rió irónica. Y había pensado que estaba siendo directo antes.
– Uh, no.
– Entonces cierra los ojos – rió de nuevo. Debía admitir que le agradaba su perseverancia, pero no había nada más en él que le pareciera lo suficientemente atractivo, era demasiado directo e idiota y ya había salido con muchos de ellos. Hale se inclinó hacia ella, antes de que Elena pudiera levantarse e irse, sintió como una mano agarraba su brazo y la levantaba de ahí.
– Oh claro que no – escuchó que decía Don mientras se la llevaba lejos del pelinegro.

Elena no podía dejar de reír mientras Donovan la arrastraba de vuelta a la academia, más que todo por la mirada frustrada que había quedado en el rostro de Hale y por el hecho de que Don pensara que ella en serio dejaría que ese idiota la besara.



– Vamos Don, no puedes creer que en serio iba a dejar que me besara, estaba a punto de levantarme – le reclamó ya cuando habían llegado a su apartamento y el castaño aún no le dirigía la palabra.
– Yo te vi muy sentada – Elena rodó los ojos, aceptando que no tenía sentido discutir con él cuando se comportaba como un niño.
– ¿Qué tan desesperada creés que estoy?
– Bueno… – alargó la palabra, provocando una mirada indignada por parte de Elena. Ella tomó la almohada que tuviera más cercana y la tiró en su rostro, él se quitó y rió. Y ya se le había pasado el enojo, así de sencillo, algunas veces realmente le costaba trabajo creer que Donovan tuviera 21 años.
– ¿Qué hacías ahí de todas maneras?
– La clases se cancelaron, el director entendió que sería ridículo intentar enseñar durante la competencia. Además Nicolas me llamó y …. Maldición. – exclamó, como si recién se recordara de algo. – Tengo que irme, voy a estar en la playa, vuelvo para el almuerzo  – recogió rápidamente sus cosas, besó la frente Elena y corrió fuera del apartamento antes de que ella pudiera decir algo.

Elena se quedó en su lugar, sin lograr comprender la situación del todo. Algunas veces no comprendía muy bien cómo era que si quiera continuaban siendo amigos, luego simplemente entendía que su vida sería muy aburrida sin Donovan en ella.

Se dedicó a recoger los restos de basura de la mesa, conociendo lo suficiente a Banda como para saber que los mataría a ambos si encontraba el apartamento sucio de nuevo por culpa de Don.



Estaba terminado de cerrar la bolsa de basura cuando escuchó unos golpes en la puerta. Por un momento pensó que podría ser el castaño, pero aún no era hora del almuerzo por lo que sería muy poco probable. Se lavó las manos, apagó la música que había puesto en los parlantes y caminó hacia la puerta. Al abrirla, su mano se sujetó fuertemente del picaporte, deseando haber ignorado el sonido y no haber abierto la puerta. Lo miró por unos segundos, esperando que fuera una cruel broma del destino y que él realmente no estuviera en su puerta en ese momento. Pero los segundos pasaron y él continuaba ahí, así que tomó aire y habló.

– Gian.

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Alec maldijo frustrado por lo que parecía ser la doceava vez. Colocó la almohada encima de su rostro esperando que eso acallara los murmullos de Frey y, aunque lo lograba levemente, el hecho de que no pudiera respirar le hizo desistir de la idea. Se levantó de la cama y removió su cabello. Rodó los ojos, otra persona lo habría despertado, él sabía que quería despertarlo, pero también sabía muy bien que sólo en los sueños Frey podía decir todo aquello que se guardaba durante su consciencia.

En esta ocasión, Frey se encontraba profundamente inmerso en sus sueños, murmurando sobre la vida que llevaba, la realidad en la que se encontraba preso y en como el amor tal vez no estaría destinado a ser parte de su vida.

Tomó su llave, sus audífonos y su celular, se colocó una sudadera y se calzó los zapatos antes de salir de la habitación. Por alguna razón sintió que no debía estar escuchando las palabras de Frey, ya que, si él hubiera querido que Alec las supiera, hubiera hablado con él antes de dormirse.

Caminó con dirección a la playa, debido al día tan ocupado que tuvo no había tenido oportunidad de conocerla todavía. Al llegar ahí se sentó en la arena, la luz de la academia brindándole una tenue luz al entorno, el frío de la madrugada haciéndole agradecer haberse puesto la sudadera y el arrullo de las olas casi convenciéndolo de volver a subir a la habitación para conciliar el sueño tan esperado que había estado anhelando.

Había sido un viaje muy largo, además la pesadez de la multitud no hacía más que aumentar su cansancio, al igual que sabía que tendría un día muy ocupado apenas el sol hiciera su presencia en lo alto del cielo, pero no se atrevía a privar a Frey de su momento de desahogo. Él tenía a Freya para liberarlo de sus pensamientos, Frey tenía sus sueños, y por más cansancio que le brindara, lo entendía.  

Él tuvo que hacerlo por un largo tiempo. Todos esos años en los que se acostumbró a ver a Freya desde lejos, a resignarse a ser visto únicamente como el mejor amigo de su hermano. Nunca pensó que ella iba a sentir lo mismo que él. Nunca entendió por qué.

Había algunos momentos en los que Alec todavía se preguntaba cómo Freya pudiendo tener a cualquiera, lo había escogido a él. No obstante, luego se recordaba que ahora era su novia y el sentimiento pasaba, si ella lo amaba de vuelta significaba que algo estaba haciendo bien.

Relajado por el sonido de las olas y la brisa nocturna, se dejó recordar el momento en el que pudo decirle a Freya lo que realmente sentía y como, al igual que todo en su vida, esa noche no fue nada como él la había pensado.

– ¿Vas a ir a mi graduación? – la voz de Freya me sacó de mis pensamientos. Lola y Frey ya no se encontraban en la sala y Freya había tomado asiento a mi lado. La miré indeciso por unos momentos. Tomé una respiración profunda, era ahora o nunca.
– Depende – aparté la mirada al ver que ella me miraba confundida, si me seguía viendo así nunca podría decirle nada.
– ¿Depende de qué?
– De si me toca ir como el amigo de Frey o como tu pareja....

Pude sentir como el ambiente cambió en un segundo. Maldije internamente, sabía que debía haberme esperado, así no lo había planeado. Me arriesgué a mirar a Freya quien se encontraba estática, perdida en sus pensamientos. Me removí incómodo en el sillón, tratando de llamar su atención y con un nuevo respiro, teniendo en cuenta que ya no había vuelta atrás, me acerqué más a ella y tomé su mano.

– Pensé que había sido más claro últimamente, pero al parecer no lo fui tanto. – reí ante mi estupidez, mi mirada fija en nuestras manos entrelazadas – Te amo Freya y ya no puedo evitarlo
– Idiota – fruncí el ceño, temeroso de que hubiera arruinado todo, pero al verla a los ojos de cierto modo me tranquilicé. Unas lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero tenía una gran sonrisa en su rostro. – ¿Lo has estado ocultando todo este tiempo?
– Shh, no hables, no he terminado – me atreví a decir con un tono burlista, perdiendo la tensión en mis hombros, esta vez sin miedo a verla a los ojos. Limpié sus lágrimas con la mano que tenía libre y coloqué un mechón de cabello detrás de su oreja – Aunque sería genial, yo no soy Superman, no puedo volar y llevarte conmigo, pero sí tengo auto y prometo ser el chofer más eficiente y llevarte donde sea que quieras ir. Tampoco puedo leer tus pensamientos, pero quiero que tengas por seguro que siempre puedes hablarme y decirme cualquier cosa que pase por tu mente, así como yo haré contigo. Tal vez no pueda ser todo lo que necesitas, pero si me das una oportunidad, ni siquiera la gravedad va a ser un impedimento para estar a tu lado. Desde los doce años me tienes completamente encantado y aunque no me quieras, soy completamente tuyo… y te amo.
– ¿Terminaste? – preguntó con una ceja elevada. Entrecerré los ojos y asentí dudoso, no era exactamente la respuesta que esperaba. Me pegó fuertemente en el brazo haciendo que soltara un quejido de dolor. – Eso es por hacerme sufrir todos estos años al hacerme pensar que me veías sólo como una amiga. – antes de poder analizar sus palabras sentí sus labios en los míos y mi mundo se detuvo, sin poder reaccionar, ella se apartó – y eso por todo lo demás. Eres el mayor idiota de todos Alec, pero también te amo. – la miré incrédulo, aún sin poder creer que ella hubiera dicho que me amaba también. Solté su mano y la abracé, acercándola a mi pecho, no volvería a dejar que se apartara de mi lado. Ya no más. Rompí el abrazo y acuné su rostro en mis manos acercando su rostro al mío y besándola. Mi mente se puso en blanco y mi corazón latió aún más rápido que antes al sentir como sus labios encajaban perfectamente en los míos y en ese momento no supe cómo había podido vivir tanto tiempo sin sus labios, sin sus caricias, sin ella.


Sonrió ante el recuerdo. Aún no lo entendía, cómo había podido vivir tanto tiempo sin ella, cómo se había podido resignar tanto tiempo a que nunca sería suficiente para ella. Sólo con verla reír sentía que de cierta manera, hacía el mundo mejor, porque cuando Freya sonría, todos a su alrededor lo hacían también. Rio, resistiendo más las ganas de ir al cuarto de ella que al suyo propio. No obstante, su sonrisa se fue desvaneciendo al momento en el que el recuerdo continuó reproduciéndose en su mente.

Nos separamos por falta de aire y ella se acomodó en mi pecho. Reí y besé su frente. Acerqué mi mano al bolsillo de mi pantalón y saqué el collar de ahí.

– ¿Es muy temprano para darte un regalo de graduación? – Ella se apartó y negó emocionada al ver mi puño cerrado. Abrí la mano y dejé ver el collar que estaba reposando en ella.
– Es precioso – respondió sin quitar la vista del collar – ¿me lo pones? – asentí y me dio la espalda para que pudiera colocarlo. Cuando lo logré, se volteó a mirarme con una sonrisa aún mayor. – Es hermoso.

Miré el collar, brillaba contra su piel. Una lágrima resbaló por mi mejilla sin poder evitarlo y Freya frunció el ceño limpiando la lágrima.

– Era el collar de mi madre – dije en modo de explicación.
– Alec yo – la interrumpí de nuevo.
– Claro que puedes aceptarlo – hablé por ella – ella hubiera querido que lo tuvieras, yo quiero que lo tengas.
– Gracias – dijo al ver la determinación clara en mis ojos.
– Sólo tiene una condición – hablé ya cuando ella se había acomodado de nuevo en mi pecho. Ella asintió para que supiera que me estaba escuchando. – Di que no me dejarás ir.
– Nunca.
– ¿Lo prometes?
– Lo prometo.
– Te amo Freya.


Limpió la lágrima que había resbalado por su mejilla. Extrañaba a su madre. Tenía por seguro que al igual que el resto del mundo, ella hubiera adorado a Freya, pero le hubiera gustado que ella se lo hubiera dicho, le hubiera gustado que ella hubiera sido parte de su vida.

Alec miró al cielo, notando como las estrellas brillaban y esperó que donde sea que su madre y su hermano estuvieran, brillaran igual de bello que esas estrellas.

Algunas veces simplemente no había ninguna explicación, algunas veces no se podía entender por qué los corazones que deberían estar más vacíos eran los que podían palpitar más fuerte o el por qué se encontraba la razón para ser fuerte una vez más. Pero él sí lo sabía. Su razón era Freya. En el momento en el que la vio en la casa de Frey a sus doce años, supo que toda su pelea había valido la pena para llegar a ese momento.

Se quedó extrañado un momento al ver el rumbo que habían tomado sus pensamientos, negó mientras reía por la situación tan extraña en la que él mismo se había puesto y decidió que, por su sanidad, debía ir a dormir, ya le había dado mucho tiempo a Frey.



Para haber dormido tan poco, se había levantado extrañamente temprano y extrañamente feliz. Había llegado hace aproximadamente unos diez minutos atrás a la habitación de Freya. Sabía que era muy temprano y que ella probablemente aún estaría durmiendo por lo que no quiso tocar la puerta y sólo esperar a que abriera. Tendría que salir en algún momento.

Tomó su celular y comenzó a jugar con él hasta que un mensaje lo distrajo de su juego. El mensaje era de Reneé, haciéndole saber que ya venían en camino hacia Santa Cruz.

Alec notó la palabra “vamos” y dudó por un momento si se refería únicamente a ella y su hermanastra o si su padre vendría con ellas. Se rascó el cuello, debatiéndose entre preguntarle o no, redactando el mensaje de distintas maneras esperando que la correcta simplemente se escribiera sola en el teléfono. Al final se decidió por un simple: ¿Él viene con ustedes?

Al momento de darle enviar, se quedó estático esperando alguna respuesta, no obstante, antes de poder recibir alguna alguien gritó su nombre exaltándolo en el momento, más que todo debido al nerviosismo que mantenía ante el mensaje que había enviado segundos antes. No obstante, cuando vio a Freya frente a él, el mundo entero a su alrededor desapareció y dejó de importarle si su padre se aparecía a la competencia o no, mientras la tuviera a ella, no necesitaba a nadie más. Guardó el teléfono y se acercó a ella para besarla. No sabía si las urgencias por tenerla cerca se debían a la terrible noche que había pasado, cuánto había extrañado dormir con ella o simplemente por cuanto la amaba. Probablemente todas las anteriores.



– Alec, ¿estás bien? – le preguntó Frey al llegar a su lado. Era la tercera vez que se caía de la tabla.
– Sí – asintió mientras tomaba la mano que le tendía su amigo para volverse a subir a la tabla. – Sólo distraído. Lo siento.

Frey palmeó su espalda para darle a entender que no había problema y se alejó en su tabla buscando un lugar accesible para poder tomar las fotografías de Alec. Él vio la ola a lo lejos empezar a formarse y quitó las gotas de agua de sus ojos. No más distracciones.

Luego de ver la respuesta de Reneé a su mensaje se había encontrado muy distraído. Dos letras, “No”, fue todo lo que le bastó para que dejara de leer el mensaje y se encontrara distraído por el resto del día. Al menos lo pudo ocultar frente a la cámara, pero al momento de surfear su distracción le estaba cobrando factura.

Dejó de ver la ola por un momento y miró a la playa, localizando a Freya quien reía al lado de Kailani. Luego volvió la mirada a la ola, la cual ahora estaba mucho más cerca, despejó su mente, pensando sólo en la sonrisa de Freya, y se dejó llevar.

Amaba el sentimiento. Sentir como la ola guiaba su tabla y lo hacía deslizarse por encima del agua. Sentir como su tabla poco a poco tomaba más rapidez permitiéndole la libertad de un momento en el que no había más que su tabla, la brisa y la inmensidad del océano.



Realmente tenía a la mejor novia, amiga y persona del mundo a su lado. No podía pedirle nada más a la vida porque con ella a su lado no necesitaba nada más. Pensó mientras la miraba de reojo en el auto.
Un mensaje de Reneé avisándole que ya se encontraba en el hotel terminó la aventura suya y de Freya en el parque de diversiones, pero no le molestó. Ya estaban por irse de todas maneras, ambos lo suficientemente cansados como para poder quedarse más tiempo allí.

Debido a que iban de vuelta, Alec se había ofrecido a manejar, permitiendo que Freya durmiera el resto del camino hacia el hotel donde su madrastra y su hermanastra se quedarían, uno que se encontraba relativamente cerca a la academia.

Al momento de llegar, se debatió entre despertar a Freya o dejarla dormir en el auto, no obstante, no tuvo que pensarlo mucho ya que al detenerse el auto ella se removió en el asiento y restregó sus ojos hasta abrirlos. Aún medio dormida, le sonrió y Alec no pudo evitarlo, se acercó a ella y besó sus labios cortamente, teniendo en cuenta que Reneé los estaba esperando. Freya sonrió aún más y lo besó de vuelta, ahora completamente despierta.

Ambos bajaron del auto, Alec tomando la mano de Freya al momento de llegar a su lado. Entraron al hotel y se dirigieron directamente al número de habitación que le había mandado Reneé por mensaje. Tocaron la puerta y unos minutos luegos esta se abrió, dejando ver a su madrastra quien al momento de verlos los abrazó efusivamente. Los dejó ir unos segundos después y los invitó a pasar.

– No tenían por qué venir, es muy tarde y tienen que levantarse temprano mañana. – les dijo Reneé preocupada mientras cerraba la puerta a sus espaldas.
– Viajaste hasta acá, es lo menos que podíamos hacer. – le recomfortó Freya. Alec asintió.
– Además no estábamos en la academia y el hotel queda de camino.
– El viaje no fue problema, Becca estaba tan emocionada por ver a su hermano en la competencia que no se quejó durante el viaje.
– ¿Está dormida?
– No, cuando supo que venían siguió insistiendo que no se dormiría hasta que Alec llegara. Está en la habitación.
– Iré a saludarla, ¿vienes? –le preguntó Freya.
– Ve tú, en un momento llego. – Freya asintió y besó su mejilla antes de tomar camino hacia la única habitación del lugar.
– No hacía falta que vinieran Reneé. Sé que es un viaje muy cansado, más con una niña de cinco años.
– No te preocupes por eso Alec. Queríamos verte, es impresionante cuando estás en el agua. Normalmente tus competencias son tan lejos o andas tanto de viaje que no tenemos mucha oportunidad de verte, queríamos aprovechar cuando la competencia, o al menos una parte de ella será en un lugar al que podemos ir a apoyarte.
– Gracias, ya que están acá, es muy bueno saber que van a estar viendo desde la playa.

Antes de que Reneé pudiera responder la puerta de la habitación se abrió y la pequeña castaña salió disparada del cuarto y en dirección a Alec.

– Alec – gritó corriendo a sus brazos. Alec la alzó cuando ella llegó a él y besó sonoramente su mejilla.
– Intenté detenerla todo lo que pude, pero ella quería ver a su hermano – explicó Freya llegando a su lado.
– Te extrane mucho – le dijo Becca con dificultad, abrazándolo con la fuerza que una niña de cinco años puede tener.
– Yo también te extrañé – y lo decía en serio, aunque su padre le recordara constantemente que ella era su hermanastra, que no estaban totalmente relacionados, para Alec ella era tanto su hermana como podría serlo. Miró a su alrededor como Reneé y Freya los miraban con una gran sonrisa en sus rostros, y su sonrisa creció aún más. Ellas, junto con Lola y Frey, eran su verdadera familia ahora.



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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Kida el Dom 05 Mar 2017, 5:43 pm

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Capítulo 01 | Parte 2

– Danah, basta – dijo exasperada a su hermano a través de la línea telefónica. Varias personas a su alrededor voltearon a mirarla, pero no les dio mucha importancia, alejándose de ellas y caminando a otro lado de la cinta de equipajes. – Tienes que dejar de preocuparte.
– Soy tu hermano, es mi deber preocuparme.
– No, es tu elección. Voy a estar bien. Es una gran oportunidad para volver a hacer lo que amo y para ser reconocida por ello, deberías estar feliz.
– Lo estoy, pero él va a estar ahí y yo
– Lo sé – dijo interrumpiendo las palabras de su hermano, las había estado escuchando toda la semana. – Lo sé. Pero todo va a estar bien. Tienes que empezar a confiar en mí.
– Si no lo hiciera jamás te hubieras montado a ese avión sola.
–  No te dejé mucha opción –  mencionó al recordar que les había dicho que el avión salía un par de horas después de su real hora de partida. Se escuchó un suspiro al otro lado de la línea
– Sólo ten cuidado.
– Siempre. Dile a mamá que los amo y que volveré pronto.

Cortó la línea antes de recibir respuesta. Probablemente había sido el viaje, el cansancio o las palabras de su hermano que recién analizaba, pero estaba asustada. Limpió las lágrimas que resbalaron de sus ojos y recuperó la compostura. Ya lo había pensado demasiado en el avión, no lo iba a hacer de nuevo.

Un pito sonó en el lugar y la cinta se comenzó a mover, mostrando las primeras maletas. Respiró aliviada, agradeciendo el hecho que podría ocupar su mente en cualquier otra cosa en lugar de los recuerdos o de su familia.

Unos quince minutos después, tomó su maleta y su tabla de la cinta y tomó camino hacia la salida. Al llegar a ella, comenzó a buscar por cualquier letrero con su nombre. Al encontrarlo, alzó la vista para encontrarse con la de un muchacho que parecía tener su edad. Éste le sonrió, tomando su equipaje y ella le sonrió de vuelta.

– Bienvenida a la CMS señorita Bakshi, esperamos que su viaje fuera agradable. Mi nombre es Matteo.
– Dime Sam o Meena – el muchacho asintió y la guió hasta una limusina que se encontraba a unos pocos metros de ellos. Al llegar allí, el chofer tomó las maletas de las manos de Matteo y les abrió la puerta para que ambos entraran a la parte de atrás.
– Acá están los planos de la academia, el registro de actividades y la llave de su habitación. Debido al corto tiempo no podrá dirigirse a ella hasta luego de la entrevista y las fotografías, pero su equipaje será llevado directamente hacia ella apenas lleguemos. Así mismo, maquillaje y vestuario la estarán esperando a su llegada.
– Por supuesto – habló intentado analizar toda la información al mismo tiempo que recibía los papeles – Gracias por poder acomodar el horario a mi llegada. – Matteo asintió, aún con una sonrisa en su rostro.
– No se preocupe, espero que cualquier problema que se le haya presentado fuera resuelto.

Meena asintió encontrándose súbitamente apenada. No había mentido del todo, sí se le había presentado un problema familiar, casi que tuvo que huir de su hermano para poder llegar al avión, pero sabía que era sólo una excusa. Había estado intentando aplazar su llegada a la CMS lo más que pudiera, tanto al punto de bajar del avión y dirigirse directamente a las entrevistas. La CMS era su gran oportunidad y no se la perdería así tuviera que luchar con ella misma, pero eso no significaba que no pudiera retrasar el momento lo más que pudiera.

El resto del camino fue silencioso. Ella se encontraba mirando por la ventana, admirando las bellezas de las playas de California. Lo tranquilas que estas podían llegar a parecer al compararlas con las caóticas y coloridas playas de India.

Al momento de entrar a la Academia, toda esa tranquilidad desapareció. Las cámaras rápidamente envolvieron el auto y más allá de los periodistas podía ver todos los estudiantes, los competidores, el personal, entre otros, todos ellos corriendo de un lado a otro debido a las actividades que se presentaban en el primer día de la competencia. Claramente necesitó de la ayuda de Matteo y algunos otros de seguridad para poder llegar hacia el interior de la academia.

Matteo comenzó a caminar en dirección a otra parte del edificio y ella lo siguió rápidamente, con miedo a perderlo en la multitud, no obstante, él se volteaba de vez en cuando para asegurarse que ella aún siguiera sus pasos.

– Ellas te arreglarán para la entrevista y para la sesión de fotos. Cualquier cosa que necesites sólo manda a buscarme.
– Gracias Matteo – él asintió antes de dejarla en los vestuarios.

Al momento de irse, todas las mujeres empezaron a arreglar su cabello, su maquillaje, su ropa, a hablarle de qué tonos realzarían sus ojos ante la cámara y qué color de bikini destacaría su tono de piel. Todo al mismo tiempo. Suspiró cansada teniendo en cuenta que no podría hacer nada al respecto y maldijo internamente no haber llegado con un día de antelación. Tenía un día muy ajetreado por venir.

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– Vas a morir de calor, ¿lo sabes verdad?

Laura se encogió de hombros. Sabía que un abrigo de lana, un pantalón de mezclilla y botas no era la vestimenta adecuada para un ambiente de playa, o para cualquier lugar de California, a decir verdad.

– Hay aire acondicionado en la habitación.

Gideon rodó los ojos, conociéndola lo suficiente como para saber que no se cambiaría de ropa, ya había aceptado ir con ellos en un principio, no iba a presionarla más. Subió la maleta de Laura a su auto junto con una extra que sabía que su esposa había alistado para Laura con ropa apta para el clima del lugar, sólo por si cambiaba de opinión.

– En la casa también hay, no entiendo por qué decidiste aceptar la habitación en la academia.

Ella se encogió de hombros. Sabía que si se quedaba en la casa probablemente se iba a arrepentir de haber aceptado ir a la competencia con ellos. Matty y Gideon pasaban todo el año hablando de la CMS y sabía que era importante para ellos que ella estuviera ahí. Más que todo porque se encontraba forzada a socializar con las demás personas y no fuera una inadaptada social. A Laura no le importaba mucho, ya encontraría la forma de seguir siéndolo a pesar de la multitud. Su primera idea había sido su vestuario. Así si se aburría mucho o sólo quería escapar de la situación nada más diría que iría a su habitación a cambiarse de ropa. Aunque el probable final de esa situación es que se quedara en esa habitación.

Se colocó los audífonos, evitando así darle una explicación y se recostó en el vehículo, esperando que Matty apareciera para que pudieran irse. Suspiró ante la realización de que últimamente podía sentir que el resultado a cualquier situación era siempre el mismo, ella esperando. Comenzó a tararear la canción que se reproducía por el audífono, apartando la dirección de sus pensamientos y dejándose llevar más al punto de cantarla a todo volumen.

– Laura – la llamó Gideon desde el interior de vehículo, asomando su cabeza por la ventana del piloto, se quitó uno de los auriculares para escucharlo – por favor continúa estudiando, porque si te echan de la universidad y tienes que hacer una carrera como cantante vas a vivir con nosotros toda tu vida.
– Y no hay nada que los haría más felices. – Gideon lo pensó por un momento antes de asentir.
– Tienes razón. Sabes, tienes mucho futuro como cantante, deberías intentarlo. – ella rodó los ojos, aun así, no pudo evitar reír junto con él.
– ¿Puedo manejar? – preguntó al acercarse a él y apoyarse en la ventana.
– No – ante el ceño fruncido de Laura, Gideon acercó una mano para estirarle la piel de la frente – ya niña, se te harán arrugas de joven. Perdiste el examen de manejo tres veces, no te voy a dejar manejar mi auto.
– Hay una razón para eso
– Claro que la hay, eres una pésima conductora
– Claro que no, los primeros dos instructores la tenían en contra mía.
– Le respondiste a la segunda, no se discute con el instructor de tráfico porque te reprueba y la tercera vez casi atropellas a alguien.
– Fue un total malentendido, pero la pasé a la cuarta.
– Te llevaron a calles más anchas, en un auto automático, tenías que pasar.
–  Sólo digo que manejar con la presión de un tráfico que evalúa cada uno de tus movimientos para decidir si eres apto o no de recibir una licencia es mucho más difícil que manejar en la vida diaria.
–  Si crees que yo  te voy a evaluar menos que un tráfico cuando manejes mi auto significa que aún no eres apta para manejarlo.

Laura rodó los ojos. Sabía que Gideon no estaba bromeando y que ella probablemente terminaría estrellando el vehículo. Pero no le dio la razón, y si lo hizo al menos tenía por seguro que no lo diría en voz alta. Miró el reloj que estaba en su muñeca, ya deberían estar en la academia, no entendía porqué la pelirroja aún no salía.

–  Voy a buscar a Matty –  le avisó a Gideon, alejándose del auto, no que la hubiera escuchado de todas maneras ya que para ese momento él había cerrado las ventanas y probablemente encendido el aire acondicionado.  

Entró a la casa y vio a Matty caminando de un lado a otro en la sala, claramente frustrada con la persona con la que estuviera hablando por teléfono.

–  Debe haber otra manera de llegar a la isla y otro tipo de hospedaje. No hay forma de que ella acceda a subirse en esa cosa, menos dormir ahí durante la noche, no sabes todo lo que tuve que hacer para que accediera a venir a la competencia con nosotros. –  Laura no pretendía escuchar una conversación ajena, pero no era usual que Matty se frustrara tanto durante una conversación, no obstante, la curiosidad nunca había sido un sentimiento que hubiera fomentado.
–  Matty –  llamó a la pelirroja haciéndose notar en la sala.
–  Después hablamos –  terminó la conversación al momento de voltearse y ver a Laura a unos pocos metros de ella. –  Pensé que me esperarían en el carro.
–  Sí, esperamos mucho, ya deberíamos estar ahí. –  Matty asintió, aún distraída y después de un lo siento caminó fuera de la casa.

Laura, extrañada, se volteó y siguió los pasos de Matty, cerrando la puerta de la casa al momento de salir de ella. A lo lejos vio como Matty ya estaba dentro del auto y se veía como si estuviera discutiendo con Gideon. Eso tampoco era normal en ellos. Caminó con rapidez al auto y al acercarse creyó escuchar un “debías mantenerla en el auto” antes de abrir la puerta, ya que, al momento de hacerlo, ambos dejaron de hablar.



Durante el resto del viaje en el auto todo estuvo muy silencioso, el único sonido siendo el de la radio con la estación preferida de Gideon. Laura no entendía qué pasaba con ellos, así como había llegado a la conclusión de que había escuchado mal antes de entrar al auto, por qué querrían mantenerla ahí. De todas maneras decidió no darle mucho importancia, si fuera algo que ella debería saber, se lo dirían.

Al llegar a la academia, Matty se dirigió a la recepción para recoger los papeles de la estadía de Laura. Ella se tomó su tiempo en bajar del auto mientras Gideon bajaba sus maletas de la parte de atrás. Pudo notar una conmoción al otro lado de la entrada. De todas las personas que estaban ahí sólo pudo distinguir a Matteo quien entraba con otra mujer a la cual tenido protegida bajo su brazo. Asumió que era una de las competidoras, los paparazzis sólo se ponían así de intensos en estas épocas cuando se trataba de uno de los surfistas de la CMS.

–  Mejor entremos por este lado –  le dijo Gideon llegando a su lado con las maletas al ver también el grupo de personas que había a unos metros suyos.

Lo siguió por el arco derecho de entrada, tratando de mantenerse lo más lejos posible de toda la gente, notando a su paso los rostros confusos de las personas al notar su vestimenta de invierno en un clima tan caliente. No le dio importancia y siguió caminando hasta que se encontraron con Matty.

–  Número de habitación, actividades y planos de la academia. –  le dijo al momento en el que le daba tres sobres, dejándose otro en la mano.
–  ¿y ese? –  preguntó al leer “Estadías durante la CMS” en el sobre.
–  Este es para nosotros, cosas de la competencia. –  algo en la manera en la que lo dijo no le dio la confianza de que realmente lo fuera, pero decidió pasarlo, nada más quería ir a su habitación.
–  De acuerdo, voy a ir a mi habitación a cambiarme, hace más calor de lo que pensaba.
–  Claro, ajá –  rió Gideon en tono sarcástico –  tú eres inmune al calor, tu mente funciona mejor que lo que debería, pero anda huye. –  Matty rodeó los ojos ante el dramatismo de su esposo e ignorándolo se acercó a Laura y la abrazó.

Laura la abrazó de vuelta, siendo Matty o Gideon las únicas personas con las que podría mantener contacto físico por más de unos pocos segundos y no sentirse incómoda por ello. Era la única forma de cierta manera mostrarles lo agradecida que estaba con ellos y de expresarles que aunque fuera invivible en algunos casos, ellos eran todo lo que ella tenía.



Dejó salir un suspiro frustrado por lo que parecía ser la décima vez en quince minutos. No era que su compañera de cuarto fuera desagradable, era ordenada y eso podría parecer suficiente, pero desde que había entrado a la habitación hace al menos diecisiete minutos, no que estuviera contando, no había dejado de hablar. Podría decir que sabía más de “Bethany” en esos pocos minutos que lo que jamás podría llegar a saber de sí misma en toda su vida. Laura probablemente sólo había podido llegar a decir su nombre, no que quisiera decir más, y el resto de la conversación había sido totalmente unilateral.

Unos golpes en la puerta distrajeron a Bethany de su monólogo, al cual probablemente había dejado de ponerle atención unos quince minutos atrás.

–  Yo voy –  exclamó levantándose de su lugar en la cama, más que todo para permitir que sus oídos descasaran al menos unos segundos y que su mente dejara de maldecir la decisión de haberse hospedado en la academia y no quedarse en su cómoda habitación donde podría terminar sus libros sin ningún problema ni interrupción.

Al abrir la puerta se encontró con un muchacho alto, cabello negro y ojos claros, quien la veía claramente nervioso e incómodo.

– ¿Está Freya? – preguntó luego de unos segundos.
– ¿Quién? – no reconocía el nombre, y la castaña dentro de la habitación le había repetido tantas veces su nombre que estaba segura que no se había confundido. Aunque podría ser su segundo nombre, incluso apellido o un apodo.
– Uhm, mi hermana, Freya.

¿Bethany había mencionado hermanos? No estaba segura, podría habérselo dicho en la parte donde en realidad no estaba prestando atención, que eso lo reduciría a probablemente toda la conversación

– Según entendí el nombre de mi compañera es Bethany, no sé si Freya es un apodo o segundo nombre
– No, no es ella – interrumpió al ver que estaba desvariando. Se removió el cabello nervioso. – Lo siento, creo que me equivoqué de habitación – rió nervioso. Era la primera vez que sonreía desde que Laura abrió la puerta, tenía una linda sonrisa.
– Deberías sonreír más seguido. Te queda bien.– notó que se tensó ante el cumplido. Laura nunca había entendido esa parte del humano en general, el hecho de decir o recibir un cumplido no se debería ver cómo algo raro o de motivo de vergüenza.
– Mmm gracias…
– Laura – respondió al ver que esperaba su nombre.
– Claro, mi nombre es Frey, no es que hubieras preguntado, solo me dijiste tú nombre, me pareció correcto decirte el mío, aunque probablemente no…

Laura dejó escapar una risa, de cierta manera se veía adorable. El sonido provocó de Frey dejara de hablar y riera también, más por nerviosismo que por cualquier otra cosa.

– Debería ir a buscar a mi hermana, de nuevo, lo siento Laura.
– No hay problema Frey. – asintió y lo vio irse por el pasillo.

Consideró la idea de huir ahora que tenía la puerta abierta, Bethany nunca se daría cuenta, pero en realidad no tenía a ningún otro lugar que ir y no le apetecía ir a la playa, no que le gustaría ir en ningún otro momento tampoco.

Suspiró resignada y volvió a entrar a la habitación, cerrando la puerta detrás de ella.

– Entonces, me estabas contando – ya que sabía que iba a seguir hablando de todas maneras no vio nada malo en al menos hacerle creer que estaba emocionada.
– Claro, que el yate que contrataron es uno de los más grandes del mundo y no puedo esperar a que…
– ¿Dijiste yate? ¿Cuál yate? – Laura detuvo por completo su camino hacia su cama, ahora poniendo toda su atención en Bethany.
– ¿Cómo que cuál yate? El Explorer Yatch, toda la segunda etapa de la competencia se lleva a cabo en ese yate, ahí nos trasladamos hacia la isla y … Laura, Laura – Bethany empezó a llamarla al ver que tomaba camino de nuevo hacia la puerta.

Laura no se detuvo ante los llamados de su compañera de habitación. Ella no se iba a subir a ningún yate. En ese momento todas las conversaciones de la mañana tuvieron sentido, pero no podía ser cierto, ellos no le ocultarían eso. Tenía que encontrar a Matty.

Sigue: Kate.



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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por wang. el Mar 07 Mar 2017, 4:53 pm

SIIII, esto sigue
ahora me pongo a leer todo de nuevo porque debo comentarios
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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por hypatia. el Miér 08 Mar 2017, 2:02 pm

Upendi:
Nunca sé qué poner en estos spoilers xd. Como ya dijo Ally conservamos los turnos originales. Edité un poco el capítulo, pero en esencia es el mismo, me hubiese gustado añadir más personajes pero no tengo casi tiempo y debo capítulo en otras colectivas. Besos


Pasa el mouse por al imagen.
Capítulo 02 Parte 1

Construí nuestra historia de amor de la nada. Basándome en segundos y «quizás» llenos de ilusión. Tergiversé momentos, miradas y palabras. Empeñada en creer que había algo más allá de la realidad que me azotaba.

No podía aceptar sin más que Alec no hubiese tenido ese puñado de segundos mágicos en los que yo, me enamoré perdidamente de él.

Aquella noche, sin embargo, con una considerable cantidad de alcohol en mis venas, mientras bailábamos entre borrachos universitarios: la gravedad me devolvió a la Tierra de un puñetazo. Comprendí, después de tantos años, que mis quizás eran fruto de una negación absoluta.

Para Alec solo era una amiga, a fuerza de tiempo y convivencia, pero nada más.

Tenía que parar. Justo en ese momento, cuando estaba tan cerca de él como para descomponerlo en átomos y guardármelo para mí. Con sus manos en mi espalda, en lo que para Alec era un simple gesto y, para mí, tonta e ilusa; un mundo de posibilidades.

Juntos. En la misma habitación, respirando el mismo aire y escuchando la misma canción de James Arthur. Juntos, sí. Y, al mismo tiempo, a cinco galaxias de distancia el uno del otro.

Abrumada por todos los sentimientos, magnificados por la ebriedad, detuve mis pasos en seco. Era como si mirase a través de la lente de una cámara, que se enfocaba y desenfocaba, acercaba y alejaba a toda velocidad. Alec paró de bailar, otro borrón más que me miraba con gesto preocupado.

Un fuerte malestar me recorría todo el cuerpo. Me agarré el estómago, una sensación de asco poseía mi garganta. La actividad proseguía frenética a mi alrededor. Personas que bailaban y bebían como si el fin del mundo los acechara al minuto siguiente. El DJ azuzaba a la multitud, también borracho, a bailar la siguiente canción. Las luces estrambóticas, rojas, azules y verdes, no ayudaban precisamente a que mi estómago se asentara.

Alec dijo algo, no entendí nada, me pitaban los oídos.

Cerré los ojos y traté de respirar hondo. Imposible. Olía a sudor, alcohol y tabaco. El aire estaba tan enrarecido y sofocado que fue peor. Una arcada me ascendió por la garganta. Me di la vuelta y crucé la marea de gente trastabillando. Logré alcanzar la puerta. Bajé corriendo los escalones del porche, sorteando borrachos etílicos que dormían la mona. Llegué al muro de mampostería que delimitaba la fraternidad cuando el vómito se me escapaba.

Apoyé las manos sobre el muro mientras vomitaba y me maldecía por haberme pasado tanto. En primer lugar, no debí dejarme convencer por Cherley para acudir a esa estúpida fiesta universitaria. Yo no era alguien que evadiese los problemas, sabía a ciencia cierta que el solo intento, provoca que corras directo hacia ellos. Porque lo primero que había visto al llegar a la fiesta había sido Alec, brillando como solo él sabía entre la multitud. Tampoco debí acercarme a él, ni dejarme arrastrar, también por él, al estúpido Campeonato del Chupito.

El universo sabía que me podía. Su existencia provocaba siempre mis comportamientos más estúpidos y descabellados. Porque ahí estaba, vomitando hasta el recuerdo de mi primera pizza cuatro quesos. Para entonces, me dolían tanto las costillas que me costaba respirar. Tenía los brazos entumecidos de agarrarme contra el muro.  Me sequé las lágrimas de las comisuras de los ojos y rebusqué en el bolsillo un caramelo de menta. Menos mal que era adicta a ellos, porque el regusto en mi boca me incitaba a seguir vomitando unas cuantas horas más.

Inspiré, secándome el sudor frío de la frente. Ya no me sentía tan mareada. Ahora, solo sentía que el suelo desaparecía poco a poco bajo mis pies, sin asideros que impidieran mi caída hacia el agujero negro en el que se habían convertido mis esperanzas. Despejada, me era incapaz obviar que lo mío con Alec era tan imposible como que Tyrion Lannister creciese un par de centímetros en la próxima temporada.

No hay nada como despertar de los sueños. Pocas veces uno tiene tantas ganas de mandar todo a la mierda.

Pero yo no me compadecía sino estaba en mi cama, con el pijama puesto y segura de que nadie me veía. Así que tenía que desanclarme de ese muro y volver a casa. Me incorporé lentamente. A punto estuve de caerme de espaldas al suelo (al parecer, seguía bastante mareada), de no ser porque unas manos fuertes me agarraron por lo hombros. Unas manos que conocía tan bien que me dolían. Alec.

―¿Estás bien? ―Lo tenía tan cerca que sus palabras me recorrieron el cuello, haciendo que me estremeciese.

El caballero andante, siempre tan oportuno. Evitando que las princesas borrachas se rompan la crisma a las afueras de una fraternidad. Una lástima, que no se diese cuenta que ésta princesa estaba dispuesta a matar dragones por él.

Le sonreí por encima del hombro, poniendo toda mi fuerza de voluntad.  «Estoy bien jodida, sí».

―Perfectamente —respondí, con voz pastosa, a pesar del caramelo que acababa de comer.

Entonces, Alec hizo algo que en ocho años jamás había hecho. Me acercó a su pecho, con cautela, como si fuese a romperme. Hasta que sentí su corazón exaltado a mi espalda, acoplado al mío, que tocaba la batería sin orden ni concierto. Sus manos seguían aferrándome justo por debajo de los hombros. Cálidas, fuertes, seguras. Tan de él, con ese tacto que desataba huracanes al contacto con mi cuerpo. Posó la frente en mi cabeza, sus respiraciones eran corrientes de aire que se me colaban por el cuello de la camisa, junto con el viento fresco de la madrugada.

Inspiré queriendo retener todo en mis pulmones. Olía a alcohol, a sudor y a su colonia.

El mundo perdió intensidad. No más ruido de coches, ni música retumbante, ni conversaciones entremezcladas. Toda mi atención se centraba en Alec, como siempre, pero de una forma distinta. Estaba este chico, con el que había compartido los mejores momentos de mi vida, capaz de llevarme de viaje a la luna con solo mirarme. Este chico, que cambió mi vida en segundos.

Este chico: que, por primera vez, me tocaba como deseaba. Y estaba cerca, sin galaxias de por medio.

―Vamos, te llevo a casa.

O bien era yo, siendo totalmente yo. Borracha, mendigando indicios ficticios.

Se alejó, el mundo recuperó el ritmo.  Pero antes de poder decepcionarme, me agarró la mano. Me quedé mirándolas, unidas. La suya más grande, haciendo desaparecer la mía. Retuve el aire, el pecho me ardía. Paseé la vista desde esas manos hasta su rostro, con las cejas alzadas.

Se limitó a sonreír y encogerse de hombros.

Mientras me dejaba llevar hasta el coche, tuve que convencerme que solo me agarraba la mano para que no me despeñase contra el suelo. No por ganas, ni necesidad.

―Tú también estás ―se me escapó un hipido―borracho.

Necesitaba desviar los derroteros de mis pensamientos.

―Me encuentro bien —aseguró, sacando las llaves de su coche. Apretó levemente mi mano, diciéndome que confiara en él.

Resoplé, tratando que mi corazón cesase de una vez con su solo de batería.

―Cuéntame tu secreto para expulsar el alcohol en dos minutos.  Y que no sea vomitando ―bromeé, como si para mí tampoco significase nada nuestras manos enlazadas.

Alcanzamos su coche, dos calles más allá de la fraternidad. La fiesta era ya un murmullo lejano. Alec se detuvo en seco, me dedicó una mirada larga y deliberada, parecía meditar algo. Había acogido mi broma con una seriedad que no esperaba. Noté un tirón en el estómago.

―¿Cherley? ―preguntó en un carraspeó, a la vez que abría el coche.

―Se fue a casa hace horas.

Me sostuvo la puerta para que me montara. Después rodeó el coche hasta la del conductor.

«Por qué tienes que ser tan mono y tan considerado», maldije. Pisé uno de los juguetes de goma de Otto al moverme para abrocharme el cinturón y el quejido agudo por poco me reventó la cabeza.  No más chupitos, Freya Gallagher.

Alec bajó las ventanillas y puso en marcha el coche con suavidad. Apoyé la frente contra la puerta, totalmente exhausta. Al cerrar los ojos, todo comenzó a dar vueltas de nuevo. Era como estar encerrada en una maldita batidora.

―Seguro que ni Rose se mareó tanto cuando se hundió el Titanic ―mascullé, apoyándome contra el reposacabezas. Exhalé, menos mal que ya no me quedaba más que vomitar.

Alec me dirigió una mirada de soslayo, divertida, cuando se incorporaba a la autopista.  El olor a salitre del mar inundó el vehículo. Me llegaba el ruido del oleaje al romper contra los acantilados. Imaginé la frescura del agua nocturna, mi cuerpo, bamboleándose entre la marea. Ingrávido.  

Era tan relajante…

Abrí los ojos, pestañeando. Estaba tumbada. El póster de John Lennon colgado del techo me devolvió la mirada en la oscuridad. Aferré el edredón con las manos. Era mi cama. ¿Cómo había llegado a mi cama? Bajé la barbilla, por poco me dio un infarto: Alec se encontraba sentado en el borde, bañado en la oscuridad.

Enrojecí al comprender que así había llegado. Alec debió de cargarme desde el coche hasta allí. No parecía molesto. Me escrutaba, tranquilo.

Tragué saliva. Sin poder evitarlo, se me escapó una pregunta que llevaba años escondida en mi garganta:

―¿Te quedas conmigo?

Porque ya no aguantaba más. Porque no podía dejarlo pasar, porque algo en mi pecho gritaba que era el momento. Que podía ser, que a pesar de lo improbable, no era imposible.

Alec alzó las cejas, estupefacto. Echó una mirada a la puerta, como esperando a que alguien irrumpiera en la habitación.

―Deberías descansar ―susurró, tocándose el cuello.

Tragué saliva. Lo tomé como un ultimato. Si se iba, haría lo imposible por olvidarme de él. Pero si se quedaba…

―Quédate conmigo, no te vayas ―dije, intentando no sonar suplicante.

No apartó la vista, no se levantó ni me dijo que se tenía que ir. Los segundos que transcurrieron hasta que se agachó para sacarse las zapatillas, fueron de los peores de mi vida. Porque si no se hubiese tumbado en mi cama aquella noche, todo hubiese sido muy diferente.

Permanecimos cara a cara. Éramos respiraciones, expectativas, nervios y el silencio más seguro que jamás he conocido. Me arrastré para quedar más cerca de él.

Alec realizó el tercer milagro de la noche, me acarició la mejilla. Sentí como saltaban chispas, un cortocircuito en toda regla. Todo eso no podía ser producto de mi imaginación. Me mordí el labio, reprimiendo mis ganas de morder los suyos.

―Pensé que ibas a irte ―susurré, disfrutando con su piel rozando la mía.

Alec hizo un gesto de negación. Me rodeó las manos, que mantenía unidas bajo la barbilla.

―No me voy a ninguna parte. Ya no.

Y no volvió a marcharse. En realidad, nunca lo hizo. Habíamos estado en la misma galaxia desde que nos conocimos. Solo que yo entonces no lo sabía.



Freya no sabía por qué había recordado aquella noche en ese preciso momento. Mientras asuntos más urgentes reclamaban su atención. Como, por ejemplo, esas ganas progresivas de matar que se habían ido apoderando de ella a cada minuto transcurrido.

Aquello era un hervidero de gente, de frenética actividad. A pesar de las amplias dimensiones de la recepción de la Bayshore Surf Academy, casi no quedaba espacio para respirar.

Alumnos que pasaban por la recepción para llegar a otras dependencias de la academia. Trabajadores que, sin éxito, procuraban imponer orden en medio del caos que montaban los recién llegados, con sus aparatosas tablas de surf y maletas. Por no mencionar a los familiares que acudían a despedirlos, chillones como cobayas. La cola para la recepción, en la que Freya llevaba media hora atrapada, cruzaba la recepción partiéndola en dos.

Odiaba las grandes multitudes. Ya se habría marchado de no ser porque la CMS era su gran oportunidad. Cada vez que lo pensaba, no acababa de creerse que la hubiesen reclutado como una de las posibles participantes de la competición.

La chica morena que estaba delante de ella en la fila se despegó del mostrador, por fin. Freya se precipitó hasta él. La recepcionista, era una señora de mediana edad, con la cara redonda y enrojecida, dos ojos llorosos de color marrón y tres papadas que ocultaban su cuello. Tenía el pelo ensortijado, de un intenso color rubio platino metido detrás de las orejas, que sobresalían de su cabeza más de lo normal. Parecía un querubín con sobrepeso.

Freya sonrió a modo de saludo. La señora extendió la mano, sin dejar de mirar la pantalla del ordenador. Entregó su ficha y la de Alec, lanzándole chispas con la mirada. No le costaba nada mostrar un poco de amabilidad.

La recepcionista se tomó todo el tiempo del mundo. Freya comenzó a jugar con las decenas de pulseras que adornaban sus muñecas, su técnica de relajación más infalible. Se entretuvo con una de cuero oscuro, que tenía un trozo de piedra lapislázuli en el centro, un recuerdo del campeonato de surf en Brasil, seis meses atrás.

—Toma.

Se sobresaltó al escuchar la voz chillona de la recepcionista. Agarró las tres tarjetas electrónicas (supuso que una era para su primo Adler, que iba en calidad de su acompañante) y los papeles que le tendía. Mientras se marchaba de la fila, les echó un vistazo. Dos planos de la academia, el horario de las comidas y el programa con las actividades.

Caminó hasta el centro de la sala, alejada todo lo que podía de los objetivos de las cámaras, dispuestas en todas las esquinas, encomiadas a grabar los primeros momentos del programa, para la presentación que se transmitiría por la televisión aquella noche. Por suerte, las entrevistas no comenzaban hasta la mañana siguiente. Le ponía muy nerviosa tener que hablar delante de una cámara, tenía la mala costumbre de responder lo primero que le pasara por la cabeza. Y, lo primero que le pasaba, nunca era lo más acertado.

Lanzó una mirada hacia las puertas de cristal, esperando a que Alec hiciese acto de presencia de una vez. No podía tardar tanto en ir a dejar la mochila al coche. A no ser que su madre lo hubiese secuestrado… O a Adler le hubiese dado por alguna de sus competiciones absurdas. Sacó el móvil, buscando algún mensaje de Cherley, pero no había nada.

Llevaba sin ver a su mejor amiga dos meses. Desde que Freya se dedicaba a viajar en busca de campeonatos de surf, tenían pocas ocasiones para verse. La CMS, aparte de brindarle una gran oportunidad, le daba también unos meses para estar con su mejor amiga, dado que Cherley, formaba parte del equipo técnico del programa desde hacía tres ediciones.

―Me parece que no nos han presentado.

Apartó la vista del teléfono, distraída. Frente a ella había aparecido un chico con rasgos asiáticos. Alto y ancho como una montaña, casi podía distinguir todos los músculos que tenía en los brazos. Poseía una piel curtida por el sol, rasgo general de cualquier surfista y unos dientes deslumbrantes. Vestía una playera verde militar y unas bermudas negras con muchos bolsillos.

―Hola ―lo saludó con amabilidad, incapaz de mostrarse maleducada con las personas. Aunque las intenciones del recién llegado se leían en su rostro y en la sonrisa socarrona que portaba.

―Me llamo Hale. Hale Lilo ―apoyó la mano en el hombro de Freya, notó el tacto calloso bajo la tela de su camiseta. Lo aportó, no soportaba que la tocasen de buenas a primeras.

―¿Estás aquí por la CMS? ―preguntó, dirigiendo una nueva mirada a la entrada.

Hale cuadró los hombros. Cargó la sonrisa con dardos de vanidad.

―Los productores pidieron mi participación expresamente. ―Se cruzó de brazos, marcando bien los músculos, para que los viera.

―Mira tú qué bien ―respondió, tratando de no poner los ojos en blanco y resoplar. Todos estaban allí porque la organización del programa se lo había propuesto, nadie podía inscribirse sin ser previamente llamado.

Hale carraspeó con fuerza al ver que la chica volvía a fijar su atención en la entrada de la recepción. Volvió a mirarlo, con parsimonia, jugueteando con otra pulsera.

―Creo que esta noche podríamos salir ―se inclinó hacia ella y le guiñó un ojo. Con voz petulante, añadió―: o ir directamente a mi habitación.

Freya se apartó como si le hubiesen dado un puñetazo. Estaba a punto de decirle por dónde podía meterse su invitación cuando apareció Alec. El corazón se le puso a dar volteretas en cuanto lo vio, como siempre. Sin embargo, su atención seguía puesta en Hale. Quien examinaba a Alec de arriba a abajo. Lo entendía, Alec Bauer merecía ser observado desde todos los ángulos y perspectivas posibles.

Freya permaneció en silencio, aguardando a ver qué pasaba.

—Encantado, soy Alec —dijo, con una de esas sonrisas que le arrugaba la a cara y encogía sus ojos.

―Tío, estamos en medio de algo ―masculló Hale, al tiempo que movía la mano, señalándolos a ambos—. Intento pasar una noche agradable, ya sabes a qué me refiero.

Guiñó un ojo a Freya, lleno de promesas lujuriosas. Ella lo fulminó con la mirada. Entretanto, el cuerpo de Alec se tensó, apretó los puños y se le marcó la línea de la mandíbula. Solo fueron unos segundos y, tan solo ella pudo apreciarlo. En seguida, recobró la actitud amable que siempre lo acompañaba.

―¡Vaya, perdona! ―exclamó dando una fuerte palmada. Freya apoyó la boca en el hombro, tratando de no reír, ya sabía lo que venía a continuación―. Tienes buen gusto.

Hale hizo un gesto con la barbilla, sonriendo a Freya con las cejas alzadas. Seguro que se pensaba que la tenía en el bote.

―Y ellas tienen buen gusto al fijarse en mí, ¿verdad, nena?

Un ascenso de rabia invadió a Freya, con ganas de abofetearlo hasta que se le hundiesen las mejillas. Menudo ególatra.

―Seguro que sí —respondió Alec.

A continuación, se giró hacia ella y le agarró la mano. Dándole un leve apretón, para que no hiciese algo de lo que después se arrepentiría.

―Hola, amor.

Freya todavía se regaló unos segundos para ver la cara de idiota que se le quedó al misógino con el ego estelar. Después se puso de puntillas para dar un beso a su novio, más largo de lo que acostumbraban a ser en público.

―Ya estamos registrados. —Le entregó la llave y la copia de sus papeles.

―Perdona por tardar, tu madre creía que era buen momento para contarme todos los detalles sobre su nueva novela.

—Entonces vamos, antes de que mi hermano decida tirarse por el acantilado.

Conociendo a su madre, ya debía de haber vuelto loco a Frey.

—Siempre quedan Austin y Adler para impedirlo.

—O para hacerle la zancadilla.

Comenzó a andar hacia la salida, tirando de él, en busca de un poco de aire.

―Suerte la próxima vez, chaval ―comentó Alec a Hale por encima del hombro mientras se alejaban.

Ahora sí, Freya prorrumpió en carcajadas.

―Unos minutos más y se quita los pantalones para convencerme de ir a su habitación.

Alec bufó con sorna, atravesando la puerta abierta que le sujetaba Freya. Una vez fuera, el calor abrasador de media tarde envolvió a la chica. Comenzaron a caminar por el aparcamiento de la academia, tan lleno de gente como la recepción.

—De haberlo hecho, no le hubiese quedado nada más que enseñar la próxima vez.

—Qué agresivo.

Le pasó el brazo por los hombros, a pesar del calor agobiante, no lo apartó.

—Ya quiero verte a ti cuando una chica me enseñe las tetas.

Freya experimentó un leve bache en el estómago. No era posesiva, ni siquiera celosa. Confiaba en su novio como no confiaba en nadie más. Le importaba tres pimientos que tuviera actitudes cariñosas con chicas, porque ella se comportaba exactamente igual con sus amigos. Lo que le molestaba, eran los buitres que a menudo le rondaban, acechantes, dispuestos a devorar hasta el último pedazo de carne de su cuerpo.

Alec no se daba cuenta del efecto que causaba en las mujeres.

—Viste lo que ocurre cuando lo hacen —le recordó.

Un año atrás, una noche que estaban en un bar en Sydney, una chica que bailaba completamente borracha en la barra, tuvo la genial idea de levantarse la camiseta a escasos centímetros de la cara de Alec. Se enfadó tanto que agarró el dispensador de cerveza y la roció con él. Los otros clientes creyeron que era una clase de espectáculo, así que comenzaron a corearlas para que Freya se quitara también la camiseta. La otra chica, aprovechó para arrancarle el dispensador de cerveza y hacerle lo mismo. Terminaron por echarles del local. Austin todavía la torturaba con aquel episodio.

Llegaron al lugar donde estaba el todoterreno, aparcado a la sombra de una palmera, junto al quitamiedos que daba a un descampado lleno de malas hierbas. Lo primero que llamó la atención de Freya fue la mujer que brillaba al sol como un diamante de cien quilates. Debido a las cuentas que adornaban su pelo rubio y rizado. A pesar del calor, llevaba un chal de cuentas azul veneciano sobre la camisola ancha de color verde. Unos vaqueros de campana llenos de rotos y garabatos en bolígrafo. A medida que se acercaban, Freya escuchó el tintinear de los cinco collares de piedras preciosas que colgaban del cuello de su madre, largo y delicado, como el de un cisne.

—Aquí está mi pequeña diosa nórdica —exclamó Lola, abriendo los brazos hacia su hija pequeña.

Freya se apartó de Alec para recibir el abrazo mata alientos que le regaló. Como de costumbre, desprendía olor a incienso y al jarabe de rosas que preparaba desde que ella podía recordar.

—Hola, otra vez.

Al separarse, comprobó que el tiempo pasaba de largo por el rostro de Lola. Seguía teniendo la piel lisa y de un blanco ceniciento, que Freya siempre había envidiado. Una sonrisa distraída, de quien piensa muchas cosas al mismo tiempo, a juego con sus ojos de intenso azul, casi transparente. Que recordaban al cielo despejado, al mar en calma y que invitaban a relajarse con solo mirarlos.

Recordó la primera vez que la había visto, a los cuatro años, en aquella pequeña sala del orfanato, en la primera visita que les hizo antes de que le concedieran la adopción. A sus ojos de niña, Lola Gallagher se le había asemejado a una bruja disfrazada de estrella. En efecto, lo era. Una bruja de las palabras, que vertía hechizos en las páginas de sus libros de ciencia ficción. Lola era una de las escritoras más importantes del país, todas sus sagas habían sido adaptadas en la gran pantalla y sus libros conseguían cinco estrellas antes incluso de ser publicados.

Para una amante de la Literatura, vivir con una máquina expendedora de historias, era un sueño cumplido.

—Por fin, ¿qué estabais haciendo allí dentro? —se quejó Austin, dándose aire con un trozo de cartón.

—Cosas para mayores de dieciocho, seguro —dijo Adler, adquiriendo una expresión pilla en su rostro aniñado.

Freya puso los ojos en blanco, sin darle importancia. Acostumbrada ya a las agudezas de su primo pequeño. Locuaz y espontáneo como era. Todo lo contrario a su hermano mayor, Austin, que en ese momento le daba un golpe con el cartón en la cabeza. Más serio y comedido.

—Por lo menos yo tengo con quien hacerlo —rebatió Alec, mientras acariciaba a su perro, Otto. El animal lanzó un ladrido al aire, poniendo peso a las palabras de su dueño.

Adler le sacó la lengua, haciendo alarde de su madurez adolescente.

—En todo el ego, hermanito. —Austin le dio un nuevo golpe con el cartón en la cabeza, apretando los dientes en una sonrisa altanera.

Un coche pasó por su lado, levantando polvo. Otto volvió a ladrar, se apartó de Alec y cruzó bajo el quitamiedos para internarse en el descampado. Nadie se preocupó, el perro siempre regresaba.

—Por algo mi niña se llama Freya, la diosa más hermosa de toda la mitología nórdica—convino Lola, retorciendo uno de los carrillos de la chica, como cuando era una niña.

Alec se acercó, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Es una diosa en muchos aspectos, créeme. —Guiñó un ojo a su novia, mientras movía las cejas de arriba abajo.

Esa era su gente: expertos en avergonzarla.

—Cierra el pico, Bauer —lo exhortó, chispeando relámpagos por los ojos. A veces, no sabía si celebrar o maldecir la relación de confianza que
mantenía Alec con su madre.  

—No te enfades.

La abrazó por detrás, descansando la barbilla en su cabeza, como siempre hacía. Habían pasado tres años desde que estaban juntos y el corazón seguía interpretando el mismo solo de batería para Alec, para sus caricias y sus besos. Era un sentimiento continuo, sin pausa.

Lola hizo algo muy típico de ella tras ver su pequeña muestra de cariño. Se llevó las dos manos a la boca y arrancó una lágrima invisible de sus ojos.

—¡Bendita Afrodita! —profirió a dos decibelios por encima de su tono normal y de lo que se consideraba saludable para el tímpano.

Por detrás de su madre, podía ver a Austin y Adler dramatizando la escena. Lanzaban besos al aire, se abrazaban y fingían llorar desconsoladamente.

—Ya tienes todas las cosas de Otto en el coche. —Todos voltearon para ver a un reaparecido Frey, que se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Deberías irte ya, mamá, hay mucho loco por la carretera.

Su hermano, tan considerado y preocupado como de costumbre. A pesar de sus semejanzas físicas, en el resto de cualidades eran dos polos opuestos. Mientras que ella era una chica espontánea, amante de las personas y las relaciones sociales, que no perdía oportunidad si una aventura asomaba al frente y jamás se paraba a pensar en las consecuencias de sus acciones. Frey era todo lo contrario, siempre dando vueltas, huraño a lo desconocido e incapaz de hacer algo sin haber planeado todos los contratiempos que pudiese acarrear.

—Pierde cuidado, mi dios del sol, le he hecho una ofrenda a Hermes antes de venir para que guarde mi camino. —Lola elevó la vista al cielo y asintió, como si el propio Hermes le devolviese la mirada.

Después de tantos años, se habían acostumbrado a la obsesión de su madre por las mitologías antiguas. No les había quedado opción. Lola era tan devota que tenía una habitación inmensa en casa reservada para guardarles culto. En cada comida, desde que vivían con ella, los obligaba a rezar a Hestia y Deméter y privarse del trozo de carne más jugoso. Para después, verlo arder en la chimenea de la habitación de los dioses. A Freya todavía le dolían las porciones de pizza que le había tenido que regalar a Poseidón.

—Hermes no va a protegerte del tráfico y de los borrachos irresponsables —terció Frey, poniéndose en jarras.

Lola hizo un gesto con la mano, como si espantara a una mosca, delante del rostro de su hijo mayor. Los abalorios que la adornaban se iluminaron con más intensidad ante el inminente atardecer.

—Bobadas.

A Frey se le abrieron las aletas de la nariz, podía ver como contenía el aire y la frustración que le provocaban todas las fantasías de su madre. Su hermano no llevaba tan bien las rarezas que la caracterizaban. Freya decidió intervenir.

—Gracias por cuidar de Otto.

Se separó de Alec y fue a situarse entre los dos.  Con la mirada, advirtió a Frey que se relajara. Lola no era consciente de que podía ponerse muy intensa con sus creencias.

—Por Alec lo que sea —le sonrió con cariño. Lo adoraba como si fuera uno más de sus hijos. —A Lupa, Rómulo y Remo les vendrá bien tener un poco de compañía—. Rómulo y Remo eran los pastores alemanes que su madre compró cuando se marcharon de casa, uniéndose a la longeva Lupa, una husky blanca que llevaba en casa de los Gallagher tanto tiempo que parecía imposible para un perro.

Otto era la razón por la que su madre había viajado más de doscientos kilómetros desde Laguna Beach. Aunque normalmente podían llevarse al animal a cualquier competición, la normativa de la CMS era mucho más estricta.

—Todos sabemos que es su favorito —intervino Adler, uniéndose al círculo que conformaban. Apoyó la cabeza en el hombro de la mujer—. Tía
Lola siempre le daba la mejor porción de tarta ¡Y yo era el niño! ¡Todo el mundo sabe que el niño se queda con la porción más grande!

—El rencor es malo para el alma —le pinchó Alec, que caminaba hacia el descampado para ir a buscar a Otto.  

—Y el azúcar para el estómago —refunfuñó Adler abrazando a su tía por la cintura. Lola hizo un mohín, enternecida.  Dio unas palmaditas al
chico en la mejilla.

—Ya vale —intervino Frey, que tras el día tan largo que llevaban no le quedaba hueco para discusiones tontas. —Mamá, vete a casa —rogó.

Lola resopló. Para quien no conociera bien a Frey, podía malinterpretar su desmesurada preocupación. No tenía la mejor manera de expresarla. Se volvía brusco, casi agresivo.

—De acuerdo —resopló.

Al momento, Otto reapareció en escena, seguido de Alec, que se quitaba las hojas que se le habían quedado adheridas a la camiseta. El pelaje gris azulado del animal estaba lleno de rascamoños, se inclinó para quitárselos.

Tras las despedidas pertinentes, Austin y Adler se afanaron en sacar el equipaje del todoterreno. El resto acompañó a Lola hasta el coche. Un Chevrolet Impala de la década de los sesenta que había mandado reparar y pintar de amarillo. Subieron a Otto a la parte trasera y le abrocharon el cinturón. Alec tomó unos minutos para despedirse de la mascota. Lola aprovechó esos momentos a solas con sus hijos, los sentó en el capó del coche y frente a ellos, les dijo:

—Vosotros dos, habéis traído más alegría a mi vida que cualquier premio o reconocimiento —comenzó a decir, apoyando una mano en los hombros de los chicos—. Criaros ha sido la mayor aventura de todas. Puede que no os llevara en mi vientre nueve meses, pero estabais destinados a ser mis hijos, no hay artimaña de Zeus que hubiese podido evitarlo.

Freya notó que todos los sentimientos se le hacían un nudo en la garganta, desligándose cada uno en lágrimas de emoción que pugnaban por salir. Lola siempre decía esas cosas cuando se despedían, no sabía por qué se había puesto tan emocional. Y por qué la invadía la sensación de que no volvería a ver a Lola ni a escuchar sus rarezas. Su hermano se levantó del capó y abrazó a su madre, haciéndola desaparecer tras sus anchas espaldas.  Tomó esos segundos para recomponerse.

Cuando se apartaron, se cobijó en los brazos de su madre. Ella misma lo había dicho, puede que no les diera la vida, pero para Freya era su madre. La que aparecía con una taza de té cuando estaba mal, quien tenía ese don especial para llamarla cuando tenía un mal día. Su madre. Tan sencillo y complicado como eso.

—Nos vemos pronto —susurró, enterrada en su cuello. Tratando de quitarse esa horrible sensación.

Se separó de ella, las lágrimas se le acumulaban en los ojos. ¿Pero a qué venía ese repentino ataque de sentimentalismo? Respiró hondo. Alec salió del coche para reunirse con ellos.

—Gracias otra vez, Lola. —Le dio un abrazo.

—Bueno, será mejor que me vaya. —Lola hizo girar las llaves del coche en sus dedos—. Os va a ir genial en la competición, hablaré con Poseidón.

—Llama cuando llegues —pidió Frey, abriéndole la puerta del coche.

Se quedaron para ver cómo el armatoste amarillo se alejaba en la oscuridad. Dejando una nube de polvo y la ausencia en su lugar. Freya respiró hondo por segunda vez, luchando con le estúpido nudo de su estómago. Permaneció un poco más rezagada en el camino de vuelta hacia el todoterreno. Al llegar, Austin y Adler ya habían bajado todo del coche.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Austin, mesándose el flequillo.

—Nosotros tenemos una reunión con los productores en veinte minutos —le recordó Frey, agarrando sus cosas y colocándose la mochila.

Gracias al blog que Frey y Austin manejaban, uno con fotografías y el otro con vídeos de Freya y Alec surfeando, la CMS los había contratado como empleados. Desde luego, aquella experiencia no sería lo mismo sin alguno de los cinco se la perdía.

—Hasta mañana, chicos —se despidió Austin, vaticinando que la reunión se prolongaría hasta tarde—. Trata de que no te echen de aquí, Adler.

El aludido puso los ojos en blanco.

—Siempre me dices lo mismo y, al final, la que acaba trayendo problemas es Freya.

Todos rieron, Freya forzó una sonrisa. Su novio se quedó mirándola con el entrecejo fruncido, era la única persona en el planeta a la que no podía engañar. Pero no le apetecía ponerse a hablar con todos delante. Frey y Austin se encaminaron hacia el edificio, seguidos de su equipaje.

—Necesito una pizza —proclamó Freya.

—Siempre necesitas una —acertó a decir Adler—. Podríamos cambiar, para variar.

—Tú come lo que quieras, yo me voy a por una pizza cuatro quesos. —No existía fuerza humana que la hiciese renunciar a la pizza.

—¿Alec?

—Pizza —respondió este, que seguía mirando a Freya con expresión ceñuda. Podía sentir su preocupación por ella en los huesos, se acercó a él y enganchó su brazo con el suyo, depositando un pequeño beso en él.

Adler chascó la lengua.

—¡Santo Poseidón! Definitivamente, necesito una novia que me apoye en estas situaciones —exclamó. Citando una de las frases preferidas de Lola.


Encontraron una pequeña pizzería a unas pocas calles de la zona. A su regreso a la que sería su nueva residencia en los próximos días, entregó la llave y uno de los planos a Adler antes de marcharse en busca de su habitación, en una zona distinta a la habilitada para los acompañantes.

—¿Me vas a decir de una vez qué te pasa? —preguntó Alec, que había insistido en acompañarla.

Caminaban por el campus, rodeados del olor del césped recién negado, en dirección a la residencia de chicas, dos edificios más allá. Todo cuanto se escuchaba era el sonido del mar y las ruedas de sus maletas deslizándose sobre el suelo empedrado. Freya se detuvo en seco. Había estado toda la cena callada, meditando una idea que le llevaba rondado desde hacía meses, pero que hasta que no había tenido que despedirse de su madre, no había tomado consistencia real.

—He estado pensando —comenzó, frotándose los brazos, ya que la temperatura allí era más baja. Sus pulseras tintinearon como pequeñas campanas—. Después de la CMS, quiero estar un tiempo en casa.

Aguardó la reacción de Alec. No sabía qué esperaba, si enfado o decepción.

—¿Por qué? —preguntó con voz dulce.

Freya se encogió de hombros.

—Echo de menos a mi madre, a Cherley, no sé, estar en casa. —Se sentó en un banco de piedra que había a su lado, abandonando la maleta—. Viajar por todo el mundo y participar en las mejores competiciones de surf, es alucinante —agarró la mano de Alec entre las suyas, quien la miraba con atención, aguardando a que terminase. —Pero quiero tomarme un descanso, un año, al menos.

Miró a Alec, sus ojos verdes la observaban en medio de toda la oscuridad. Un punto de luz, de calma, de inflexión.

—Y no quiero separarme de ti. Pero tampoco quiero arrastrarte a casa sino es lo que quieres —añadió de carrerilla.

—Hasta donde tengo entendido, sigue habiendo playa en Laguna Beach —bromeó Alec. Remetió uno de los cortos mechones de Freya detrás de la oreja—. Puedo surfear allí. Un año es poco tiempo. Además, yo voy donde tú vayas.

La chica se mordió el labio. En situaciones como aquellas, era cuando más sentía su amor por Alec. Enorme, explosivo, seguro. Y se daba cuenta de su suerte. De todas las coincidencias que tuvieron que ocurrir para que esa noche en la que todo cambió, se encontrasen en esa estúpida fiesta. Lo besó, sin comedirse. Buscando su lengua, jugando y peleando con ella. Saboreando hasta la última partícula que convertían a Alec en Alec.

—No es el mejor sitio para que me beses así —susurró, con la boca pegada en su oreja. Se estremeció de arriba abajo—. Ya sabes lo que pasa cuando lo haces.

Rompió a reír antes de abrazarlo. Enterró el rostro en el hueco que tenía entre el cuello y el hombro.

Imagina ese momento en el que ves a alguien por primera vez. Ese momento, que a veces tiene lugar. En el que solo hace falta un puñado de segundos para comprender que esa persona va a cambiar tu vida para siempre. Habían pasado diez años desde que tuvo ese momento, pero Freya lo revivía constantemente, cada vez que sus ojos chocaban. Como en una película, como la mejor canción del mundo.  

—Te quiero, tanto como lanzarme al Titanic desde el bote salvavidas y volver contigo al barco. Y para cederte la puerta para que no te mueras de frío —dijo, acariciándole la nuca. Le vibró el pecho con la risa de Alec.

—Yo también te quiero, rarita.

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Frey Gallagher abandonó la sala de profesores, que habían adaptado como sala de reuniones, con un fuerte picor en los ojos. Reprimió un bostezo. La hora de su reloj pasaba de la medianoche. No iba a poder descansar casi nada.

Mientras todos hablaban de trivialidades, él se mantuvo apoyado en la pared, aguardando a su primo Austin, que conversaba con uno de los camarógrafos a cargo del equipo, un tal Bartholomew. Era terrible con los nombres. Frey miró de reojo a los fotógrafos que tendría a su cargo durante el programa. No sabía qué podía esperar de ellos. Y eso le ponía nervioso. Necesitaba mantener las cosas bajo control.

—Frey, ¿verdad?

Se sobresaltó. Frente a él estaba su compañero, el otro fotógrafo jefe del equipo, Nicolas Agrati. Quien poseía un fuerte acento italiano.

—Sí —respondió, intentando no ponerse nervioso. No había cosa que lo alterase tanto como conocer personas nuevas. Se le daba mal lo desconocido, el descontrol.

—Quedamos mañana en la cafetería para repartirnos al equipo antes de comenzar a trabajar —expuso Nicolas con una sonrisa cálida—. Si te parece bien.

—Sí. —Frey fue incapaz de decir algo más, al menos para demostrarle que era capaz de conformar frases con sujeto y predicado. Era como si le apretaran las cuerdas vocales.

Nicolas lo observó con el ceño fruncido. Se despidió con la mano y se marchó por el largo pasillo que llevaba a las escaleras. Frey quiso abofetearse. Su hermana siempre le decía que tenía que esforzarse más con las personas. Que no todo el mundo sabía que su expresión taciturna era el estado natural de su rostro.

Austin caminó a su lado en ese instante. Se despegó de la pared.

—Voy a ir a tomar algo con algunos de mi equipo, ¿te apetece venir?

Gente. Gente nueva.

—Estoy cansando, ve tú. Yo me voy a dormir —desechó la idea.

Frey era todo excusas y miedos. Eso cambiaba cuando conocía a las personas, pero hasta que pasaba, no podía quitarse esos nervios inoportunos que convertían su estómago en una pelota. Austin suspiró, mirándolo con desaprobación.

—Como quieras —dijo adiós con la mano y se dio la vuelta.

El chico no perdió tiempo en marcharse a su habitación, en el edificio de al lado, que usualmente ocupaban los profesores de la Bayshore. Por el rabillo del ojo vio como uno de los productores, Roman Prior, trataba de abrirse paso hasta él. Echó a andar como si le quemasen los pies. Roman se había ensañado con él durante toda la reunión. Y, no, no era un consuelo que con el resto no se hubiese mostrado más amable. Si le daba una sola advertencia más, no lograría pegar ojo en toda la noche.

Una vez allí, puso la tarjeta sobre el lector de la puerta. Tras un pitido de confirmación, la abrió. Casi se le paró el corazón al ver a Alec tumbado en una de las camas, con el pijama puesto, las gafas y la melodía de Friends saliendo del portátil, que descansaba en sus piernas.

—Hey —saludó.

Frey se llevó una mano al pecho, queriendo detener la taquicardia que le había causado.

—¿Qué haces aquí? —Caminó hasta la cama vacía, colocada en horizontal en la pared opuesta.

—No quedaba sitio en la residencia de los alumnos, así que me han mandado aquí —aclaró, abandonando el ordenador en el escritorio colocado bajo la ventana, entre las dos camas.

—No me libro de ti ni queriendo —bromeó Frey.

Se inclinó al borde de la cama para sacar el pijama de la maleta.

—Oye, que yo hubiese preferido que me pusieran con tu hermana, pero no ha podido ser.

Frey le regaló una mirada cáustica a su mejor amigo. Puede que jamás diese indicios de ello, sin embargo, le había costado mucho digerir la relación entre ambos. Casi había sufrido un cortocircuito en el cerebro cuando los pilló besándose, por primera vez, en el sofá de su casa. Como si fuese lo más normal del mundo.

Mientras que para él fue un cambio inesperado. Una de las fórmulas que Frey Gallagher más detestaba. Él necesitaba una rutina, saber que el día siguiente sería igual el anterior..

El tiempo que tardó en ponerse el pijama; un pantalón de chándal desgastado y una camiseta con la cara de Alf, Alec guardó silencio. Tenía las manos entrelazadas detrás de la cabeza y miraba al techo con aires meditabundos.

—Escúpelo ya —lo exhortó, sabiendo que necesitaba decirle algo.

Lo miró de reojo.

—¿Qué opinas de tomarnos un descanso?

—¿De qué?

—De viajar en el tiempo, ¿de qué va a ser?

Frey reprimió sus ganas de arrojarle el teléfono a la cabeza. Su mejor amigo lo miraba sin emociones latentes en el rostro. Comprendió que se refería al viaje. Mantuvo silencio unos segundos. ¿Cuántas veces había deseado parar él? ¿Y cuántas veces no había dicho nada por no fastidiar? Envidiaba con creces la capacidad de los demás para exponer sus necesidades con facilidad.

—Sinceramente, estoy harto de dar vueltas de aquí para allá.

Pues su única razón para viajar había sido Lola. Su madre era la mecenas de sus viajes. Cuando Freya se graduó en el instituto, les dio a ambos una cantidad escandalosa de dinero para que se marchasen a vivir aventuras, como si de los protagonistas de sus libros se tratase. Lola les había entregado la certeza de una vida extraordinaria desde que los adoptó. El miedo a defraudarla, a que se diese cuenta que Frey no era como su hermana, que prefería lo ordinario mil veces más que la plenitud de la aventura, lo había arrastrado a aquella locura.

Ni siquiera su pasión para la fotografía. Ni el miedo a estar separado de las personas que más le importaban. Solo Lola.

—Freya me dijo lo mismo hace un rato —comentó Alec.

El muchacho se dejó caer sobre la almohada. Notaba el hormiguero de sus músculos a causa del cansancio. Suspiró.

—¿Qué quieres tú? —preguntó.

Alec se encogió de hombros, reprimió un bostezo.

—Si hay playa, me da igual —respondió. Sabía que hablaba en serio, era la persona menos exigente que conocía. Y no por resignación o, por miedo a defraudar, sino porque aceptaba todo lo que venía como algo bueno, no como un contratiempo—. Y a mí no me separan de Freya ni con espátula.

Frey rompió a reír. Lo que algunos podían malinterpretar como posesividad o actitudes típicas de la telenovela de las cuatro de la tarde entre Alec y Freya, los que se fijaban lo veían como lo que era. Amor. De ese que te salva o te destruye.

Cada vez que pensaba en ellos, recordaba el mito griego del andrógino, que su madre solía relatarles de niños. Ese en el que se dice que no somos más que la mitad de un todo separado por Zeus eones atrás. Dos mitades que se buscan entre ellas hasta que logran encontrarse. Convertidos de nuevo en el todo que era una amenaza incluso para los dioses.

Muy a su pesar, los envidiaba. Con esa manera de quererse que los traspasaba, expandiéndose más allá de ellos, siendo lo mejor de cada uno cuando estaban juntos. Emanaban una energía de la que no eran conscientes, que ni siquiera una fotografía podría capturar, pero que para Frey brillaba como el trofeo que jamás lograría alcanzar.

Su mitad debía de haberse perdido por el camino. Porque, qué tenía aparte de un compendio de relaciones fallidas. De una colección de abandonos. De decepciones. Con el tiempo había llegado a pensar que no había persona en el mundo que fuese capaz de aceptar todo lo que conllevaba estar con él.

—Buenas noches, colega. —Alec lo sacó de su epifanía, apagó la luz y se giró contra la pared.

—Buenas noches —murmuró.

¿Quién iba a quererle? Si ni siquiera sus padres biológicos lo hicieron.

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—… entonces me dijo que la CMS debería replantearse admitir a competidores con la madurez de un renacuajo, ¿te lo puedes creer?

Freya prorrumpió en carcajadas, mirando el reflejo de Kailani a través del espejo del baño. ¿Qué mejor para forjar lazos con tu nueva compañera de habitación que un espécimen como Hale Lilo?

—A mí me llamó nena, si te sirve de consuelo.

Kailani saltó de su cama y fue a reunirse con ella al baño. Quedaba claro que no poseía la madurez de un renacuajo, pero al mirarla, saltaba a la vista que seguía siendo una niña. Su rostro achocolatado guardaba cierta apariencia infantil y sus ojos negros brillaban con una emoción que pocos adultos son capaces de conservar. Sus palabras estaban cargadas de la pasión y la invencibilidad propia de un adolescente. Le recordaba mucho a Adler.

—Yo creo que el verdadero Hale está amordazado en un sótano y este se ha hecho con su identidad —conjeturó Kai, atusándose sus ensortijados rizos, que le levitaban por encima de los hombros como las hojas de una palmera.

—¡Como en Harry Potter!

—¡Sí! ¡Tenemos que vigilar cambios repentinos en su anatomía!

Más carcajadas estridentes. Desde que Freya entró en el dormitorio la noche anterior y, se encontró a Kailani saltando encima de la cama mientras coreaba una versión desafinada de We are the champions, supo que iba a llevarse bien con ella. Prueba de ello, era que apenas habían dormido tres horas, pues no habían cesado de hablar. En una noche, ya conocía casi toda la vida de la chica. Como que era de Hawái y que su niñero que era como un hermano para ella y que tenía complejo de caminante blanco porque se comportaba como tal, estaba allí también, acompañando a su novia.

—¿Quieres venir a desayunar con nosotros? —se ofreció Freya.

—Claro que sí, estoy deseando conocerlos.

Por supuesto, ella también le había hablado de los aspectos más importantes de su vida. Lo que no sabía, era que Kailani era seguidora del blog de Austin y Frey, así que ya sabía quiénes eran todos.

—Voy a vestirme.

Dejó el baño libre para Kai. De la maleta sacó un short ancho con estampado geométrico en tonos negros y blancos. Un croptop de manga corta blanco con la frase «The King in the North!»  impresa a la altura de la clavícula derecha. Para terminar, se calzó sus zapatillas blancas. A continuación, se sentó en la silla del escritorio para admirar las vistas.

Desde allí podía verse la kilométrica piscina de olas de los entrenamientos, donde los alumnos que no participaban de la competición, se sujetaban con sus tablas mientras escuchaban las indicaciones del monitor. En la playa, que quedaba justo a continuación de la piscina, había más alumnos, unos descansaban en la arena y otros surcaban olas. La piel de los brazos le hormigueó. Estaba deseando pasar la mañana de entrevistas y reportajes para meterse en el mar.

«Tengo la teoría de que eres hija de Poseidón, no es normal que alguien pase tanto tiempo en el agua».  Le decía constantemente Lola cuando, de niña, se negaba a salir del mar incluso para comer. Quizá no estaba tan desencaminada.

El teléfono vibró escandalosamente. Había un mensaje de Cherley. «Atrapada con el abominable hombre de las nieves hasta las dos. ¡Espérame en la recepción para comer! En serio, espérame, que nos conocemos». Le respondió con un emoticono sonriente.

Justo entonces, Kailani salió del baño.

—Mientras me duchaba, me he propuesto un reto —anunció, secándose el pelo con la toalla—. Voy a hacer que Frey se ría con un chiste.

Freya no precisó de ningún chiste para reír con eso.

—Suerte con ello.

Se guardó el móvil en el bolsillo y la llave de la habitación.

—Te espero fuera —le dijo a Kai, que lanzaba las prendas de su maleta al aire en busca de algo que ponerse.

—No tardo —aseguró.

El frenesí dio una bofetada a Freya en cuanto abandonó la habitación. Lo que detrás de la puerta solo había sido un murmullo, ahora era una sintonía ensordecedora. Al pie de las escaleras, Flora, la organizadora de la CMS que había contactado con ellos unas semanas atrás, se afanaba en dar instrucciones a todo aquel que perteneciera a la competición. Se fijó en la decoración. El suelo era de parqué y las paredes estaban pintadas de blanco. En las que había fotografías enmarcadas con relación al mar. Fue entonces cuando se dio cuenta que Alec estaba enfrente, mirando el móvil, con la espalda apoyada en la pared. Sintió el suspiro en el pecho de todos los días.

—Alec —lo llamó, sin éxito—. ¡Alec!

El chico se llevó la mano al corazón, asustado. Hasta que se dio cuenta de que era ella. Se guardó el móvil en el bolsillo. Alcanzó su mano, atrajo su cuerpo y la besó. Una sucesión de besos cortos que hicieron desaparecer el malhumor que había estado reprimiendo para no espantar a Kailani.

—Tenemos que dormir separados más a menudo —dijo, sonriendo como una estúpida, todavía con los labios sobre los de Alec.

—No, qué va. Había olvidado cómo es dormir con Frey —reprimió un bostezo.

—Supongo que te ha torturado con uno de sus monólogos oníricos. —Alec asintió.

—¿Qué tal con tu compañera?

—Es bastante…

No tuvo la necesidad de explicarle cómo era su compañera de habitación porque la propia Kai hizo una gran demostración. Justo en ese momento, la chica cerraba la puerta tras su espalda. Al ver a Alec, una sonrisa descomunal se dibujó por sí sola en su rostro.

—Holaaaaaa. —Sin darle tiempo a reaccionar, le dio un abrazo. Alec miró a Freya entre la melena salvajada de la muchacha, sin comprender—. Soy Kai, te he visto surfear en los vídeos del blog. Tenemos que surfear algún día… bueno, por eso estamos aquí, así que será pronto.

Alec le dio unas palmaditas en la espalda, todavía estupefacto. Se apartó de ella, sonriendo.

—Encantado.

—Mi padre dice que no debería abrazar a los desconocidos —comentó, encogiéndose de hombros—. Pero yo no puedo evitarlo, me gusta abrazar a la gente.

Alec tenía esa expresión que tanto adoraba Freya, como la de un niño que descubre algo por primera vez. En la que se le acentuaba el verde los ojos y los labios se le estiraban en una pequeña sonrisa.

—Vamos a desayunar —propuso Freya.

—¡Sí, por favor! Los renacuajos necesitamos mucha comida —sarcástica, guiñó un ojo a Freya. Después, echó a andar hacia las escaleras sin comprobar si la seguían. Sonriendo a todos los desconocidos que la miraban.

—¿Me la puedo quedar? —preguntó Alec, siguéndola.

—La paternidad te viene grande —le propinó unas palmaditas en la espalda.

De reojo, le dio una mirada enfadada. Freya reprimió las ganas de reír.

—No se le dice eso al futuro padre de tus hijos —refunfuñó, adelantándose unos pasos—, minas mi seguridad.

—Esta conversación es para dentro de quince años…

—He dicho padre, no abuelo —recalcó Alec.

—Entonces, para dentro de diez años.

Alec puso los ojos en blanco, rendido. Entrelazó la mano con la suya, tirando de ella para que caminase más rápido. Su manera sutil de informarla que se moría de hambre.

—Freya —la llamó, cuando estaban a punto de llegar al rellano de las escaleras.

—Dime.

—Pero, ¿me la puedo quedar? —preguntó de nuevo.


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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por hypatia. el Miér 08 Mar 2017, 2:04 pm

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Capítulo 02 Parte 2

—Para terminar —informó Simone Rogger, la periodista que dirigía su entrevista—, ¿Por qué el surf?

Ever suspiró de puro alivio. El cuerpo le dolía por la rigidez a la que los nervios lo tenían sometido desde que la entrevista dio comienzo. Una vez más, se reprimió de mirar a la cámara, situada entre Simone y ella, que la apuntaba con su luz roja acusatoria sobre el trípode. El sol quemaba su piel y, ni siquiera la brisa que les llegaba del mar servía para aplacarlo. No le daba tregua. Como sus nervios. Por la espalda, le llegaban los murmullos de los otros competidores, que aguardaban su turno en fila, de pie en la explanada que bordeaba la piscina de olas.

—¿Ever? —llamó Simone, con una sonrisa alentadora —¿Por qué el surf? —repitió la pregunta.

Se sobresaltó, sintiendo el tirón de los nervios en su estómago. Respiró hondo, luchando con su pánico escénico.

—Porque cuando estás en el agua lo único que importa es coger la ola, no caerte, dominarla y aguantar todo lo posible. —Las palabras le salieron fluidas, como un movimiento bien hecho, sin censura—. El surf es fácil, una cadena de acontecimientos. Requiere concentración, impide que pienses en nada más.

«Desde luego, mucho más fácil que las relaciones». Renegó de ese pensamiento, sus problemas con Wade no podían interferir más de lo que ya lo hacían. Estaba en la CMS para surfear, no para salvar una relación que la corriente arrastraba sin tregua hacia la orilla.

—Interesante definición —rebatió Simone, alzando una de sus delineadas cejas levemente.

Había sonado demasiado presuntuosa. Trató de arreglarlo:

—Quiero decir —tragó saliva—, es fácil si estás dispuesto a llevar a cabo todos los sacrificios que conlleva.

—Gracias por la entrevista, Ever. Te deseo toda la suerte del mundo en las eliminatorias.

—Gracias a ti.

Dibujó la sonrisa más ligera de la que disponía. En la que se leyese emoción, ansía y determinación. No unos nervios que la corroían como ácido y la azotaban para huir despavorida.

—¡Fuera! —informó el camarógrafo. Por fin, la luz roja se apagó.

Ever se desinfló, como si acabara de correr una maratón o nadar durante una hora. Simone le sonrió por detrás de sus papeles.

—Has estado muy bien, para la próxima, intenta relajarte más. —Sintió cómo los ojos se le abrían de pánico. Si para la entrevistadora habían sido obvios sus nervios, probablemente, para el público también. ¿Quién tomaría en serio a una chica a la que asustaba una cámara?—. Piensa en mí como una amiga.

Simone no sabía que sus ojos amables, su rostro sereno, enmarcado en su corta melena morena, habían impedido que saliera corriendo cuando se sentó la silla.

—Lo intentaré —aseguró, sonriendo con gratitud.

La entrevistadora alzó la mano hacia la fila. Segundos más tarde, se acercó a ellas una de las asistentes designadas a las entrevistas. Una muchacha, poco mayor que ella, y que hasta entonces no había visto. Tenía una melena lisa, de color castaño, que le caía hasta la cintura como un riachuelo, reluciente. Su rostro era ovalado de rasgos exóticos, tostado por el sol, con dos enormes ojos azules que llamaban la atención en la oscuridad de su piel. Poseía un cuerpo de constitución atlética, bien definido bajo la camiseta negra con las letras «Asistente» impresas en el pecho y sus vaqueros cortos.

Sostenía una carpeta bajo el brazo y daba vueltas a un subrayador entre los dedos.

—Acompáñame, por favor —pidió, su voz era dulce y tintineante.

Ever se incorporó de la silla, abandonando todas sus inquietudes en ella. Dijo adiós a Simone y procuró seguir los pasos rápidos de la asistenta. Todavía tuvo tiempo de despedirse de Daisy con la mano, quien se cobijaba en a la sombra del almacén donde guardaban el material para las clases.

—¿Puedes decirme tu nombre? —La asistenta seguía una lista de nombres en sus papeles, con el subrayador sujeto entre los dientes.

—Ever Bloom.

Comenzó a mascullar su nombre hasta que lo encontró en la lista y lo subrayó. Guardó el rotulador en el bolsillo y se dio aire con la carpeta.

—Banda Nagaskar, un placer conocerte —se presentó—. Soy un poco la chica para todo, si tienes algún problema, no dudes en acudir a mí.

Hasta el momento, todo el equipo de la CMS se había mostrado muy accesible. Pero lo que no le había dejado a Ever pegar ojo en toda la noche (aparte de la música ambiental de su compañera de habitación) eran los entrenadores. No estaba segura de cuál era su papel en la decisión final, si sus informes repercutirían en la opinión de los jueces, pero Gideon y Martina le habían impuesto respeto incluso en las fotografías. Llevaba viéndolos durante las ediciones anteriores. Por lo que sabía, Gideon era mucho más cuidadoso que su mujer. Martina, por el contrario, no dudaba en machacarte la autoestima si así conseguía los resultados que esperaba de ti.

Alcanzaron la alambrada metálica que separaba la academia de la playa. Por lo que había podido leer en el dosier informativo que le habían enviado junto con los papeles de suscripción, la playa era de uso exclusivo para los alumnos de la Bayshore Surf Academy.

Bordearon la alambrada en dirección este. Ever se fijó en un grupo de niños pequeños que practicaban la maniobra de ponerse de pie sobre la tabla, pero en la arena. La profesora los observaba con las manos recogidas en la espalda. Y, así, ante sus ojos pasó una sucesión de alumnos de todas las edades.

Lo que habría dado Ever por formarse en una academia como aquella.

Alcanzaron una puerta, minutos más tarde, que Banda abrió con una llave que llevaba colgada de una cadena al cuello. La invitó a pasar. En cuanto sus pies se hundieron en la fineza y la suavidad de la arena, se le fundieron todos los miedos.

A su lado, se elevaba sobre la arena una construcción de madera, con un tejado elaborado con hojas de palmera, del que llegaba el ruido de pulidoras y sierras. Según sus cálculos, debía de ser el taller donde enseñaban a confeccionar tablas. Por la derecha, dos construcciones de hormigón. Los vestuarios exteriores.

Banda la guió hacia la orilla, para no quemarse los pies. Si el tacto de la arena la había calmado, la caricia de las olas espumosas que rompían en sus pies la hizo sentir en casa.

Siguieron caminando en la misma dirección que había estado siguiendo hasta el momento. Al mirar atrás, la academia quedaba ya bastante lejos. Estaban rodeados de acantilados escarpados, sobre los que estaba construía parte de la carretera principal de Santa Cruz. Metros por delante, Ever adivinó lo que parecía una pequeña congregación de gente. Al ver las cámaras asentadas a la sombra de los acantilados y los dos fotógrafos que, en el agua, tomaban instantáneas de un surfista: todos los nervios le cayeron sobre los hombros, como una presa que explotaba por incontinencia.

Detuvo sus pasos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Banda.

—Las cámaras, me ponen nerviosa —musitó, apretando los puños contra las caderas.

Banda sonrió, alentadora. Miró por encima del hombro hacia las cámaras.

—No son distintas de un patrocinador —trató de animarla—. Yo también me ponía muy nerviosa cuando venían patrocinadores a las demostraciones de la academia. Entonces comprendí, que por ellos, siempre daba lo mejor de mí.

Ever la miró curiosa.

—¿Estudiaste aquí?

Banda entrecerró los ojos, mirando más allá de la academia, del presente. La pesadumbre se transformó en algo sólido en sus ojos. «Metepatas», se dijo Ever.

—Sí, hasta que en una competición me caí de la tabla, y me rompí la pierna contra el arrecife —miró hacia sus pies, con la mandíbula apretada —. Nunca he vuelto a coger una tabla.

—Lo siento.

Banda negó con la cabeza, como para sacudirse sus pensamientos. Dibujó una enorme sonrisa.

—Ocurrió hace años, tranquila.

Ever tomó su consejo. Las cámaras no se diferenciaban mucho de un patrocinador, ahora que lo pensaba. Podía con ellas.

—Gracias —echó a andar de nuevo.

—Como he dicho, soy la chica para todo —bromeó Banda.

Llegaron al grupo de gente, los otros competidores que aspiraban a la siguiente fase de la CMS se congregaban sobre la arena, sentados en sus tablas. Entre ellos, Ever reconoció a Kailani, que hablaba animadamente con una chica de pelo corto. Algo muy común en la chica, que hablaba hasta con las plantas.

—Flora —llamó Banda, era la organizadora que a la salida de la residencia le había dicho cuál era su programa del día.

Entrevista. Reportaje fotográfico. Entrenamiento de cuatro a cinco. Con lo poco que había dormido, iba a caer rendida en la cama en cuanto terminara el entrenamiento.

—¿Es la última de esta ronda? —preguntó Flora, cuando se acercó a ellas.

—Sí, los siguientes son después de comer —informó Banda—. Ella es Ever Bloom.

Flora asintió distraídamente, comprobando algo en el iPad.

—Perfecto, tu tabla de surf ya está en camino —dijo Flora, sin levantar la vista del aparato—. Ve a sentarte con los demás, si quieres algo de beber, no tienes más que pedirlo.

—Gracias.

—Hasta aquí mi misión. —Banda movió la mano con gesto grandilocuente—. Y recuerda, que el miedo saque lo mejor de ti misma.

Ever le profesó todo el agradecimiento del mundo con una sonrisa, antes que la chica echase a andar de vuelta a la academia. A continuación, hizo caso de las indicaciones que Flora le había dado, quien ya estaba de vuelta en su puesto, junto a los camarógrafos.

Fue a reunirse con Kailani, a la que le había dado por tocar una melodía con la tabla, como si fuese un bongó. La chica con la que la había visto a hablar, movía el torso al ritmo.

—Hola, enana —saludó, sentándose a su lado, en el hueco que quedaba libre.

—¡Ever! —exclamó ésta, abrazándola de lado. Sus rizos saltarines le hicieron cosquillas en la barbilla.

Cuando estaba con ella, no echaba tanto de menos a sus hermanas pequeñas, Jossie y Lizzie, a las que llevaba sin ver en persona desde que se mudó a Hawái para estar con Wade. Había sido él, precisamente, quien se la había presentado. Ever sabía que de no ser por Daisy y Kai, la distancia con su familia la hubiese subido en un avión mucho tiempo atrás. Sobre todo, cuando su relación con Wade había comenzado a torcerse.

Cada vez que pensaba en él, todo cuanto le venía a la cabeza eran los sacrificios. Dejar Australia, las competiciones, su orgullo. Lo quería, vaya que sí lo hacía. Y Wade Wallace era maravilloso, pero también estaba esa parte suya, que lo eclipsaba todo desde hacía meses; fría, desapacible, inescrutable. Que la llevaba a esas preguntas sitiadas en callejones sin salida. ¿La quería? ¿Le importaba la relación? ¿Era consciente de todo lo que había dejado atrás por él?

Por eso la CMS era tan importante para ella. Era el regreso a su vida, una reconciliación con todo aquello que había olvidado. Que Wade hubiese accedido a acompañarla, aplazando un semestre en la universidad, lo tomaba también como una pequeña reconciliación, un descanso en la guerra que libraban. Aunque Ever no podía evitar preguntarse si estaba allí por ella, o, de lo contrario, por Johnny y Kai.

«No vayas por ahí», se obligó.

—¿Sabes algo de Wade? —preguntó a Kai, que seguía con su concierto acústico.

—La última vez que lo vi se iba con Johnny a dar una vuelta —informó, moviendo la cabeza al ritmo de la música. Ever asintió—. Por cierto, te presento a Freya Gallaguer, mi compañera de habitación.

Ever se fijó en la chica con más atención. Tenía la muñeca izquierda llena de pulseras. Llevaba las gafas de sol puestas, así que no podía adivinar el color de sus ojos. Lo que sí advirtió, debido a que solo vestía un bikini, fueron todos sus tatuajes. Que siempre llamaban la atención de Ever.

Un mándala en el empeine del pie izquierdo; una diminuta ola de color celeste en el tobillo derecho y un ancla en el izquierdo un ancla; dos frases en el antebrazo superior derecho, que no pudo alcanzar a leer; una porción de pizza con el peperoni en forma de corazón en la muñeca derecha y una pequeña caricatura de Saturno debajo del pulgar de la mano derecha.

Notó que Kai le daba un codazo disimulado.

—Encantada, soy Ever —se presentó atropelladamente—. Me he distraído un poco.

—No te preocupes —la tranquilizó, su voz desprendía vida y tenía un tono cantarín. Advirtió otro tatuaje cuando desvió la vista hacia el mar, las estrellas de Nunca Jamás, tras su oreja izquierda.

—¿Has venido sola? —preguntó, para entablar conversación. Sus nervios eran ya cosa del pasado, gracias a Banda.

Freya rio, como si acabase de contarle el mejor chiste del mundo.

—Qué va —comenzó a decir. Después señaló hacia el mar, donde estaban los fotógrafos, con uno de los surfistas—. El fotógrafo de la derecha es mi hermano y el que se acaba de caer de la tabla es mi novio. —Ever advirtió cómo se le iluminaba el rostro al mencionarlo. «¿Se le iluminará así a Wade cuando habla de mí?», fue incapaz de evadir la pregunta—. Y el cámara, es mi primo. También está su hermano, que viene como mi acompañante.

Ever soltó un silbido de impresión.

—¡Son los del blog de surf que me gusta! ¿Te acuerdas que te enseñé sus vídeos? —intervino Kai, que se emocionaba con todo. Ever sonrió, diciendo que sí con la cabeza.

—Estuviste muy bien en el campeonato de Australia —elogió a la chica.

Freya se encogió de hombros, modesta.

—Tuve un buen día —se limitó a decir.

—Yo no diría un buen día a ganar el campeonato, con veinte puntos de diferencia del otro adversario —rebatió Ever, que siempre se empeñaba en que las personas reconocieran sus méritos. Ya que ella no tenía reparos en admitirlos.

—El otro adversario era mi novio, así que intenta no mencionarlo cuando esté delante. Para él no fue un buen día —se levantó las gafas y le guiñó un ojo, eran de un verde brillante.

—Las derrotas a menudo son victorias, o al menos, eso me digo cuando Kai y Daisy me dejan por los suelos cuando competimos —respondió.

Freya rompió a reír.

—¡Oye, que no lo hago a propósito! —exclamó Kai.

Continuaron hablando sin pausa, lo que hizo olvidar a Ever que cada vez estaba más cerca el momento de entrar al mar. Una hora más tarde llegó el turno de Freya, con la tabla bajo el brazo, corrió hacia la orilla con una seguridad arrolladora que Ever quiso robarle.

Al quedarse solas, Kai apoyó la cabeza en su hombro.

—Creo que esta competición será toda una aventura.

Eso esperaba Ever. Una aventura que la llevase directa a las soluciones que tanto necesitaba.

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I’m scared of the middle place, between light and nowhere...

Sabia Everett trataba de acallar todas las voces de su alrededor con música. Hay una regla tácita con ello. No molestes a alguien que lleva los auriculares puestos. Es una señal, no quiere que nadie se acerque. Mantenía la vista fija en el gran ventanal del comedor, observando a los alumnos despistados que llegaban tarde a la hora de comer. Jugueteaba con su comida, distraída.

Hope there’s someone who’ll take care of me…

Alguien le dio un golpecito en el hombro para llamar su atención. Contuvo un suspiro. Se giró lentamente, a su lado, de pie junto al banco,
estaba su compañera de habitación. Con los ojos azules sonriendo y su despeinada melena castaña cayéndole por los hombros. Hacía malabares con la bandeja de la comida y sonreía con amplitud. Le parecía una de esas personas que sonreían con todo el cuerpo, no solo con la boca.

A regañadientes, Sabia desistió de uno de los auriculares. El ruido de las conversaciones y la cubertería entrechocando violó su santuario de paz.

—¿Quieres venir a sentarte con nosotros? —señaló el banco de enfrente, más abarrotado de gente que en el que se encontraba.

Miró a Ever de manera deliberada. La noche anterior, había hecho todo lo posible por entablar una conversación con ella. Pero, como siempre, Sabia se había comportado con acritud. No estaba allí para hacer amigos.

—No —respondió, con su marcado acento cubano. Rescató el auricular que le colgaba del cuello.

Las cejas de Ever se alzaron hasta el nacimiento del cabello. Portaba una mueca herida, que mutó a un desagrado absoluto. Se dio la vuelta y la abandonó en su soledad consentida. Siguió observando a través del cristal, sin una sola mota de culpabilidad. Ya tenía amigos, no necesitaba más. Toda su concentración tenía que estar puesta en superar las eliminatorias y, en ganar la competición. No había espacio para distracciones.

Cuando terminó de comer, se marchó a su dormitorio. Su tiempo de entrenamiento no era hasta las cinco y ya había realizado todas las entrevistas y los reportajes del día. Bajó la persiana y se tumbó en la cama. De haber estado allí Pedro, probablemente la habría obligado a aprovechar las horas muertas para turistear por Santa Cruz. Por ello, Sabia había declinado la oferta de llevar un acompañante a la competición.

Por supuesto, evitó mencionar que era siquiera posible llevar un acompañante. Era egoísta, desde luego. Según las probabilidades, ninguno de sus amigos o familiares tendría jamás la oportunidad de abandonar la Habana en un viaje de placer. Quien se iba, se iba para no volver. En busca de una oportunidad de vida decente. Como su hermano Edel, que llevaba cinco años en España, todavía buscando ésa vida. Matándose a trabajar como transportista, sin contrato, con un sueldo que apenas le daba para vivir.

Sabia podía imaginar a sus padres sentados fuera de casa, con las mesas de plástico ennegrecidas por el uso, formando una fila. La pequeña televisión de doce pulgadas, que siempre perdía la señal en las escenas más emocionantes de Diablo del amor, la telenovela que le gustaba a su familia. Podía oler la comida que se afanaba en preparar su madre, en la diminuta cocina, con sus cacerolas oxidadas y su cuchara de madera astillada.

Invitarían a los vecinos, que traerían postres, bebidas o una la promesa de ser un anfitrión de lujo, en caso de no poder permitirse lo anterior. Su padre, aprovechando la ocasión especial, sacaría su cuidada reserva de puros, lo único que le quedaba de la herencia del abuelo Fito.
Cuando el programa estuviera a punto de empezar, su madre sacaría la comida, ayudada por las otras mujeres. Mientras su padre relataría, una vez más, cómo desde el principio había sabido que Sabia se convertiría en una gran surfista. Su niña, que aprendió a surfear antes que a caminar.

Sobre las diez, llegaría Ivia, arrastrando su destartalado carrito de helados, después de pasar el día bajo el sol abrasador del Malecón, tratando de ganarse unos pesos para alimentar a su familia. Pero Ivia, todo corazón, repartiría helados gratis a los niños del vecindario. Porque cuando eres pobre, la posibilidad de compartir es una patada en las entrañas para la injusticia. Poco después llegaría Pedro, todavía con su uniforme de camarero, remendado cientos de veces.  Portaría una botella de whisky bajo el brazo, para brindar todos juntos.

Imaginaba, también, la cara de decepción que se les quedaría al descubrir que todos los otros competidores se habían llevado a alguien consigo.

Pero merecía la pena; Sabia ganaría la competición. Y retornaría a Cuba con el premio, un contrato de trabajo y podría sacar a las personas que quería de la miseria que les atenazaba la garganta.

Porque Sabia no olvidaba, porque la CMS tenía que ser la recompensa a todas las adversidades y desprecios que encaró para abrirse camino en el surf. Los cinco años que pasó vendiendo bolígrafos, pañuelos, cualquier cosa a los adinerados de Miramar, para poder comprarse una tabla. A todos lo que habían tratado de convencerla para parar. A todos los que la habían tachado de desconsiderada por no pelear por un trabajo que sacase a su familia adelante.

Su sueño iba más allá de su plenitud personal. Su sueño era la promesa por la que Edel se levantaba todos los días a las cinco de la mañana. La promesa de una vida mejor.

No olvidaba. Luchaba. Se sacrificaba.

Tanto, que Sabia Everett había olvidado que cuanto más grande es la ola, más larga es la caída hacia el mar.

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—Un día vas a explotar con tanto picante.

Banda ignoró la advertencia de Ted y siguió vertiendo salsa tabasco en su burrito.

—Y tú no aguantarías ni un día en Bombay —replicó, mordiendo su comida, cerró los ojos de puro gusto—. Por Ghanesa, pensé que iba a desmayarme.

Por un puñado de segundos, Banda se vio transportada a su hogar. En su habitación, impregnada con olor a especias que provenían del piso de abajo, donde estaba el restaurante de pitaji, sintió el suelo vibrar por el ajetreo, su canción de cuna desde que tenía memoria. Vio los colores de Bombay, amarillos, azules, rosas. Las flores del festival, la música y la unanimidad de millones de voces vibrando como una sola…

Puede que llevara viviendo en California desde los siete años, que ni siquiera conservara su acento y que la última vez que visitó su país fuera cinco años atrás. Pero se sentía tan unida a todo ello, que le era imposible luchar contra la añoranza algunas veces.

—Vamos, que es solo el primer día —rebatió Ted, agarrando una patata frita.

Banda lo fulminó con la mirada, limpiándose la salsa que le había caído por la comisura de la boca. Se hizo un moño rápido, para que el aire no le metiese los pelos en la comida. Estaban en las mesas de aluminio de un puesto de burritos del paseo de Boardwalk, desde donde les llegaban los gritos y el albedrío del parque de diversiones. Así como su estridente música, que se mezclaba con las canciones que salían de los restaurantes al otro lado de la calle.

Era el mejor puesto de burritos de todo Santa Cruz, que era el único motivo por el que recorrían más de dos kilómetros desde la BSA hasta allí después de una jornada exhausta de trabajo.

—No he parado de caminar desde las seis de la mañana, voy a exigir una moto o algo. No me dolían tanto los pies desde que Derek me mandó a por sus estúpidas frambuesas ecológicas —se quejó.

—Bienvenida a nuestro día a día —intervino Flora, tenía las mejillas enrojecidas por haber pasado la mayor parte del día al sol. El bálsamo para las quemaduras brillaba como oro pulido bajo la luz de las farolas.

—Nada se compara a ser asistentes de Roman —secundó Ted, que le daba un trago a su cerveza.

—Cuando quieras te cambio el puesto.

—No quiero otro puesto.

—Pero si acabas de decir que ser asistente de Su Alteza—mote que le habían puesto al productor— es más duro que cualquier…

—¡No empieces! —exclamó Ted, burrito en ristre.

Banda dio un nuevo mordisco a su burrito, para no empezar a reír. Le encantaba colmar la paciencia de Ted, ver hasta dónde llegaba antes de estallar. Lo que más le gustaba, era ver las expresiones faciales que se le quedaban según su grado de irritación.

—¿Qué os han parecido los competidores de este año? —preguntó Flora, apoyando la barbilla en la mano abierta.

—Yo he debido de cruzarme con todos los gilipollas —masculló Ted, el pobre sufría tanto estrés durante el trabajo que a veces le costaba desprenderse de él—. Uno me ha dicho que cuando volviera a su habitación, quería una masajista.

—¿No sería Stich?

—¿Quién? —preguntaron los dos al unísono, desconcertados.

Banda rodó los ojos, frustrada.

—¡Por qué nadie pilla mis apodos! —se quejó. Poco faltó para que dibujara un mohín con los labios—. Hale Lilo… Lilo y Stich.

—Oh, el que me ha escrito el número de teléfono en la mano. —Flora alzó la mano derecha, en su muñeca podían apreciarse los números. Lo miró con aprensión—. Encima es con rotulador permanente…

—¿A ti qué te ha hecho? —Quiso saber Ted, divertido.

—Tocarme el culo. Así, de buenas a primeras.

Notó un ascenso de asco al pensar en ello.

—Vamos a brindar —propuso Flora, aplaudiendo emocionada. —Por sobrevivir a la cuarta edición de la CMS.

—A Roman Prior —puntualizó Ted, con la cerveza en alto.

—Y a los alienígenas azules de manos largas —finalizó Banda, chocando el botellín contra el de sus amigos.


De vuelta a la BSA, Banda se separó de sus compañeros antes de llegar al complejo de apartamentos en el que vivían la mayoría de los trabajadores. Hacía calor, con la mente embotada por las cervezas, no era de mucha duda. Hizo uso de sus privilegios como asistente y se coló en la piscina de olas. La oscuridad profesaba calma, el sonido del agua chocando contra el borde era la banda sonora que jamás se cansaba de escuchar. Anduvo hasta el panel desde el que se controlaba oleaje y los manipuló hasta que el agua comenzó a bambolearse, como si una brisa leve la moviera.

Se deshizo de sus chanclas y metió los pies en el agua. Era un pez, no podía pasar mucho tiempo alejada. Y al mismo tiempo, se sentía incapaz de volver a ella como le gustaría. Sobre una tabla. Echaba tanto de menos esa sensación plena, de volar sin hacerlo. La calma cuando recorría el interior de una ola. La resistencia que oponía el mar, indómito, fuerte…

La añoranza le dolía, pero el miedo la reprimía. Banda lo había intentado, repetidas veces. Sin embargo, en cada intento, el fantasma de ése fatídico día resurgía a tiempo real. Notaba el descontrol, el dolor insoportable en su pierna, los meses de recuperación. Y la terrible noticia; no más competiciones.

Debía haber hecho algo muy malo en su vida anterior para que le privasen de lo único que le hacía sentir plena en ésa.

Cada vez que pensaba que lo había aceptado, el dolor la azotaba. Con más fuerza que la vez anterior. Era insoportable. No podía olvidarlo, iba más allá de sus vanos esfuerzos por continuar hacia delante, sin compadecerse de sí misma, sin que interfiriese. Brillaba, la estrangulaba y encerraba. Porque habría tenido un futuro brillante, porque la Banda que surfeaba era la mejor versión de sí misma y ya nunca volvería a ser ésa persona.

—¿Banda?

Arropado por la oscuridad, encontró a Adrien, a pocos metros de donde estaba sentada. Las luces de la piscina lo dividían en dos; claro y oscuro. El pelo se le arremolina hacia arriba, despeinado, cortesía de un primer día de locos. Incluso en su parte dominada por la oscuridad, podía advertir la franja amoratada, casi negra, bajo sus ojos. Se habían vuelto permanentes desde el mes pasado, igual que sus hombros caídos y las arrugas de preocupación en su frente. Banda sabía que había un mal que lo aquejaba, pero se había abstenido de preguntar. Respetando su silencio. Si hubiese algo que Adrien quisiera decirle, lo haría sin la necesidad de que tuviese que preguntar.

—¿Qué haces aquí?

Se sentó a su lado, con las piernas cruzadas al límite del bordillo. Banda sentía que la piel se le arrugaba y su temperatura corporal se había acoplado a la del agua, pues la notaba caliente, como un caldo.

—Respirar —musitó, sacando los pies y llevándose las rodillas al pecho.

—Sino te importa, voy a respirar un rato contigo —convino Adrien, juntando las manos en el hueco que dejaban sus piernas.

Pocos eran los que conocían todos los detalles del accidente, pero Adrien era uno de ellos. De hecho, era la razón por la que Banda trabajaba en la CMS. Se había enterado de ocurrido y fue él, quien le dio la oportunidad de seguir ligada al surf. Le ofreció el puesto como asistente, sin reparar en su inexperiencia. Adrien no tenía ni idea, pero la había salvado del pozo en el que se sumió tras el accidente. Dándole un motivo, un indicio, de que a pesar de no ser nunca más la Banda que conocía, podía seguir adelante. Ser otra versión suya, le gustase o no.

Adoraba su trabajo, no cabía duda. Al mismo tiempo, lo aborrecía. Ver todos los años como tantas personas veían cumplidos sus deseos, el epítome de su duro trabajo y de los sacrificios que ocupaban un compartimento en sus maletas.

Era como un asiento en primera fila en la historia de amor más increíble del mundo y no poder formar parte de ella.

—¿Día duro? —preguntó Adrien.

—Depende de a qué parte de mí se lo preguntes. —Se encogió de hombros, con pesadumbre. Una de la que no se iba a deshacer hasta que amaneciese al día siguiente.

—A la que mejor respuesta tenga.

Banda tiró de sus labios en una tímida sonrisa.

—Ha sido maravilloso.

A la mañana siguiente, se obligó, como en cada ocasión que ocurría, a encerrar todos sus demonios en la buhardilla. Donde corrió las cortinas, para que no pudiesen brillar. Nadie en su entorno tenía porqué lidiar con ellos. Eran suyos.

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El primer día en la competición no había tenido desperdicio alguno. Puede que solo fueran las cinco de la tarde, pero Freya tenía la sensación de llevar dos días despierta, como mínimo. Sin embargo, el cansancio era el menor de sus problemas en ese momento.

Su problema urgente, se encontraba tumbado en la cama, con la cabeza apoyada en su regazo y los ojos cerrados.

—Llevas todo el día distraído —adujo, sin parar de acariciar el torso de Alec con los dedos, como si estuviese pintando un cuadro. Agradecía poder estar un rato a solas con él, sin nadie pululando alrededor.

Alec abrió los ojos, con aire somnoliento y cansado, a lo largo del día, las ojeras se le habían ido acentuado. Se sacó el móvil del bolsillo del pantalón, abrió un mensaje y se lo tendió a Freya.

—Léelo en voz alta —musitó.

Carraspeó para aclararse la voz:

—«No, lo siento, Alec, tenía que trabajar. Pero Becca dice que ella te apoya por los dos : ) En realidad, está muy emocionada con ver a su hermano». —Una leve sonrisa se formó en los labios del chico cuando leyó la última parte. Freya, en cambio, tuvo que luchar por no rechinar los dientes. Le devolvió el teléfono.

Alec se incorporó, apoyando la espalda contra el pecho de Freya, lo rodeó con los brazos. Descansó la barbilla en el hueco de su cuello, intentando modular sus respiraciones rabiosas.

—En realidad, no me importa que Ian no venga —dijo Alec por pie propio, jugueteando con las pulseras de su novia.

El rechazo absoluto que sentía hacia aquel hombre se le atragantó en la garganta. Era una mierda lo que le ocurrió a su mujer y a su hijo pequeño, entendía el dolor y la culpabilidad que le generaba. Pero seguía teniendo un hijo maravilloso al que había expulsado de su vida sin miramientos. No era justo para Alec. No era justo que se hubiese resignado al trato que le difería su padre. Incluso Reneé lo adoraba. Ni mencionar a su hermanastra, Becca, que lo veía como el superhéroe más impresionante del mundo a sus cinco años de edad.

Nadie debería renunciar a un hijo por voluntad propia. Aunque lo aceptes, es un dolor que nunca se marcha. Se convierte en parte de ti, como la nariz demasiado larga que te gustaría cambiar. Que odias, pero te acostumbras a ella, porque no hay nada que puedas hacer al respecto. Salvo operar. El dolor no se puede arreglar. Existe, a veces con más peso y otras más liviano.

Freya estaba familiarizada con el sentimiento.

La impotencia de saber, que por mucho que lo intentase, jamás podría solucionarlo, a veces hacía que se enfadase consigo misma.

—Levanta, nos vamos —comunicó a Alec.

Quizá no podía solucionarlo, pero podía estar para él.

—No me apetece… —trató de decir.

—Qué pena, porque vas a venir igual.

Deshizo el abrazo y se levantó para rebuscar en la mochila de Frey, abandonada sobre el escritorio, las llaves del todoterreno. Miró por encima de su hombro, para comprobar que le había hecho caso. Estaba sentado al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas.

—Freya, en serio… —lo intentó de nuevo, sin éxito, por supuesto. A Freya nadie la disuadía de sus propósitos, menos si él estaba implicado en ellos.

Ignoró su comentario y tiró de Alec hacia la salida, sin darle la oportunidad de replicar.

—¿Adónde me llevas? —quiso saber, cuando ya estaban en el aparcamiento.

Freya sonrió y pestañeó repetidas veces, sacando las telarañas a su expresión más angelical.

—Es una sorpresa.

—Vaya.

Montó en el coche de un salto, seguida por Alec. Arrancó y se puso en marcha, no tenía muy clara la ruta. Pero Banda, la asistente que le pasó el dato, aseguró que tenía que seguir recto, paralela a la costa, hasta que se encontrase con el destino. «Sin pérdida», añadió también. Desde luego, no conocía la orientación de porquería de Freya en la carretera.

Bajó las ventanas y subió el volumen de la radio. Al principio, Alec mantuvo su postura silenciosa, con los brazos cruzados sobre las costillas. Sin embargo, era difícil cobijarse en el interior de uno mismo con Freya Gallagher cerca. Sobre todo, cuando empezaba a cantar a pleno pulmón Stand by me. Logró que saliera de la burbuja en la que estaba recluido a medida que las canciones se sucedían. La tensión se escurría por sus hombros y, poco a poco, las arrugas de su frente se alisaron. Hasta que comenzó a cantar él también.

Hubo un momento en el que se centró tanto en su recital sobre ruedas, que poco faltó para que se saltase un cruce de peatones, llevándose a una pareja de preadolescentes. Tal fue el frenazo que el cinturón se le incrustó en la clavícula y la cabeza le rebotó en el reposacabezas. Miró a Alec, que se había aferrado a los bordes del asiento.

—Si tu sorpresa es una muerte prematura, no la quiero —apostilló, con actitud sarcástica.

Freya le sacó la lengua mientras arrancaba el coche de nuevo, calado tras el frenazo repentino.

—Menuda confianza.

Como favor a su integridad física, Freya se concentró por completo en la carretera en el último tramo del camino. Comenzaba a pensar que se había perdido hasta que desembocó en el paseo marítimo, lleno de bares y de puestos de comida ambulante. Al fondo, el parque de diversiones, sobresaliente en su plataforma. Tal como Banda le había prometido.

Tiró del freno de mano y apagó la radio. Alec la miraba de reojo, medio sonriendo, ya con la mano sobre el tirador de la puerta.

—Vamos al parque de atracciones, sí —confirmó, leyendo la pregunta en sus acciones.

—¡Toma! —se apeó del coche a la velocidad de un rayo.

Freya lo siguió, pero con mucha más calma. Comprobó que el todoterreno se encontraba bien estacionada (sino, su hermano le cortaría la cabeza). Por otro lado, no estaba tan entusiasmada con la idea de ir al parque. No tenían una relación muy saludable…

—Venga, tortuga, date prisa —la exhortó Alec, tirando de ella hacia la entrada.


Tuvieron que esperar una cola de media hora, en la que al sol le dio tiempo de esconderse detrás del mar, bañando todo de un intenso rojo carmesí. El ruido de los juegos se mezclaba entre ellos, parecía una sirena desafinada. Una vez dentro, el estómago de Freya comenzó a sentir punzadas de pánico. Sobre todo cuando Alec propuso subirse a una atracción que se llamaba El Desfiladero del Infierno.

Una estructura que se alzaba al menos veinte metros sobre el cielo, con sus subidas, bajadas, curvas y giros de 180º grados. Pero no pasaba nada, porque una barra de hierro te sujetaba la cintura. Tragó saliva, intentando no clavar las uñas en la mano de Alec.

Pavor no alcanzaba a definir lo que le producía la perspectiva de montarse en uno de esos chismes asesinos. Desde niña, los había detestado.

Por eso, siempre encontraba una excusa para no acudir a algún sitio de la misma índole. Incluso cuando tenía lugar la excursión anual a Disney World, Freya encontraba una manera de escapar.

Podía bañarse en un mar con alerta de tiburones, escalar montañas escarpadas e introducirse en un bosque lleno de animales salvajes. ¿Quedarse atrapada en el vagón de una atracción con la seguridad de una balsa de remos en medio de una tormenta? Ni hablar.

Pero no había nada que no estuviera dispuesta a hacer por Alec. En eso consiste amar a alguien, amarlo de verdad, con todo lo que tienes. Te sacrificas sin reservas, sin esperar nada a cambio.

—Estás blanca —comentó Alec.

Tragó saliva. Se obligó a respirar.

—Claro… es que tengo muchas ganas de subir. —La voz le salió demasiado aguda, por suerte, uno de los vagones de la atracción recorría en ese momento la vía sobre sus cabezas y quedó acallada parcialmente por los gritos de los viajeros.

—Pero si nunca vienes a estos sitios.

Freya se encogió de hombros, no necesitaba decirle nada más. Con él era fácil hablar, porque casi nunca tenía que decir nada. Alec la leía como una página en blanco.

—Podemos irnos.

Negó con vehemencia, tirando de él para que se metiera a la fila de nuevo.

—Siempre hay una primera vez para todo, ¿qué es esto comparado con una ola de veinte metros?

«Que si te caes, no explotas en mil pedazos sanguinolentos contra el asfalto».
 

Al final, no explotó en mil pedazos. Sin embargo, sí que se juró que la próxima vez pensaría en otra manera de animar a Alec cuando estuviese deprimido. En la quinta atracción, comenzó a preguntarse qué había de divertido en marearse, tener la sensación de caerse al vacío y romperse las cuerdas vocales gritando del miedo. Había otras maneras de sentir adrenalina en la que no te jugabas la vida de una manera tan innecesaria.

Por suerte, el día de Alec resultó tan agotador como el suyo y, no tardó mucho en cansarse. Todo un alivio para ella. Después de comer algo, Freya se marchó a los baños para refrescarse. A pesar de que había anochecido, el calor no les daba tregua. Al salir, se reunió con Alec enfrente de un estúpido tren del amor llamado «Encuentra a la princesa» que hacía las veces de picadero para primeras citas. Su novio estaba rodeado de parejas en distintas etapas de la adolescencia.

—En busca de la princesa, ¿eh? —se mofó Freya cuando lo alcanzó.

—Ya tengo una —respondió alzando las cejas con sorna.

—Chaval, así es difícil no estar enamorada de ti —le dio un puñetazo en el hombro.

—Esa es la idea —rebatió, encogiéndose de hombros.

En lo que dura un pestañeo, Freya se vio arropada por el cuerpo de Alec, que la abrazaba con fuerza y el rostro enterrado en su cuello.

—Gracias —susurró.

Sonrió, contenta por lograr su objetivo. Pero, nunca, jamás de los jamases, volvería a subirse a una maldita atracción.

Sigue: Gino Filipino.


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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Ritza. el Vie 17 Mar 2017, 8:30 pm

¡CHICAAASS! no crean que no estoy pendiente (? AMÉ LOS CAPÍTULOS, EN SERIO me pondré a hacer los comentarios y subirlos lo más pronto que pueda
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Re: Cokehq Cay.

Mensaje por Asclepio. el Vie 17 Mar 2017, 9:32 pm

ohhhh man, ¿me toca no?

Katerino, ya sabes que amé tu cap
Y Allyyyyyyyyyy, el tuyo me quede a la mitad de leerlo, aun debo terminarlo

Os comento que tengo periodo de exámenes las dos próximas semanas, así que tardaré algo en subir el cap (Y con ello hablo también de comentar, je )
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Re: Cokehq Cay.

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