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all you need is love; ronda 1

Mensaje por Asclepio. el Dom 29 Oct 2017, 4:36 pm



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all you need is love; ronda 1

Mensaje por Asclepio. el Dom 29 Oct 2017, 4:37 pm

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i solemnly

Mensaje por Asclepio. el Miér 01 Nov 2017, 3:16 pm



Última edición por Asclepio. el Vie 20 Abr 2018, 10:35 pm, editado 1 vez
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the selection; ronda 1; parte 1

Mensaje por Asclepio. el Sáb 04 Nov 2017, 8:14 pm



cap:

A Tyson Rutherwurd nunca le había gustado la selección. Desde que sus padres les contaron a él y a sus hermanos como sucedió aquel gran evento en el reino de Illéa hace muchos años atrás le había parecido algo que además de innecesario resultaba una verdadera ridiculez. Y ahora que les daban la noticia mundial de que no solo se llevaría a cabo en Illéa, sino que se sumarian los demás reinos: Victorville, Direfall, Rottingham, Nueva Asia e Italia; pensó que el gobierno no podía estar más desesperado por calmar las aguas en cada uno de aquellos países. Porque a pesar de que no estuviera dentro de los altísimos puestos de políticos y conociese lo que realmente pasa en cada uno (principalmente en el suyo, Victorville), sabía que uno de los factores de aquella garrafal decisión de hacer una Selección de manera mundial era por el descontento de los ciudadanos.

¿Y todo por qué? Por las castas. Y estaba más que 100% seguro que aun después de acabado ese evento, aquel descontento que tenía la población con el gobierno por la forma tan absurda en que los clasificaron seguiría latente, porque eso mismo sentía el, un fuego interno cada que miraba a algún gobernante ya sea a una gran distancia o por el pequeño cajón de metal que tenían de televisor en su casa. Muy a pesar de tener a un “benevolente” rey, las castas seguían y seguirían rigiendo, marcando grandes diferencias entre todos.

Salió de sus pensamientos negativos para con el regir del gobierno cuando escucho una plática cómplice entre su madre, Thatianne, y su hermana menor, Trianna. Lo primero que se le cruzo por la mente al ver la resplandeciente sonrisa que la pequeña de dieciséis años tenía en su rostro era que estaba emociona por la remota opción de llegar a ser parte de la selección. Iba comentar algo cuando cayó en cuenta de que eso sería imposible, porque en el reino donde vivían, Victorville, solo habían herederas, mujeres, tres precisamente: Gytta, Annelyss y Rita. A no ser que se le haya cruzado la alocada idea de presentar solicitud para otro reino.

— Enana, ¿no estarás pensando realmente el postularte para este absurdo show, verdad?

La sola idea de que ella se postulase le parecía insoportable, y de solo imaginarse el que resultase seleccionada… era impensable.

— ¿Por qué no? —respondió sin más la castaña con una sonrisa divertida.

Su madre, una mujer de ya unos cuarenta y cinco años de edad, acompañó con una elevación en las comisuras de sus labios ese buen entusiasmo que siempre caracterizaba a su hija. Que a pesar de los años que ya tenía encima y más aun de pertenecer a una baja casta y del trabajo arduo que ha hecho toda su vida, lo único que denotaba su edad eran las pequeñas patas de gallo a lado de sus ojos marrones y puede que unas cuantas canas que empezaban a relucir en su cabellera de color chocolate.

— Si tienes en cuenta que en este reino los herederos son mujeres, o sea del sexo femenino —empezó a comentar otro de sus hermanos menores, Timothy, un chico de bien parecido al suyo: de ojos igual de aceitunados y una corta melena del color de la tierra húmeda, siendo la única diferencia entre ambos la altura, rebasándole Tyson por una cabeza—. Y eso de imaginarte a ti como lesbiana o a una de las princesas no me parece muy grato.

— ¿Homofóbico acaso, hermanito? —preguntó Ty con un deje de diversión.

— Caray, no. Solo era un comentario.

— No seas idiota, Timothy —terció Trianna ahora con un cruce de brazos sobre su pecho dedicándole una mirada irritada a su hermano—. Podría postularme para otra selección. Está la de Rottingham, con el pequeño Cyrus o que tal Illéa. Noah no está nada mal igual.

Tyson se preguntó desde cuando su hermana se había vuelto como las demás chiquillas que veía por los vecindarios vecinos: en busca de la atención de un chico.

— Tú no te postularas ni para Rottingham ni para Illéa, ¿quedo claro? —supo por la desfiguración en el rostro de su hermana que había empleado un tono de voz muy autoritario. Pero realmente quería resultar así en ese momento.

No permitiría que su hermana menor fuera parte de aquel teatro, o que la entrevistaran para ser proyectada frente a millones de personas, o que fuera la comidilla de sus posibles competidoras. Tenía en cuenta que sabría defenderse ella misma, pero también que aquella imagen de “me vale cualquier opinión que tengas sobre mi” era solo una fachada y que estando sola se resquebrajaba con facilidad. Ya había escuchado, con su oreja pegada sobre la puerta que daba a la habitación de Trianna, varias veces el llanto de ella como para confirmar esas suposiciones.

— ¡¿Y porque no?! ¿Qué no te parezco igual de buena candidata como cualquiera de las otras chicas petulantes de doses que siempre se sienten ínfimamente superiores? ¿Tan poco piensas que vale tu propia hermana?

— ¿Qué? No, para, Tri —se acercó lo suficiente como para tomarla por los hombros y notó como se empezaban a aguar sus ojos.

«Bravo, lo último que quería era que se deprimiera.»

Volteó la mirada para ver a los demás miembros de su familia. Su madre se posiciono a un lado de su padre, Trevor, y Timothy tal vez se hallaba buscando algo que quedase de comer en el refrigerador. Tomó nota de lo discretos que podían ser y le agradeció aquella acción a su madre solo con asentir levemente su cabeza en su dirección.

— Hey, jamás dije que te considerara inferior a cualquiera de las doses petulantes. Y ni se te vuelva a cruzar por la cabeza esa ridícula idea, ¿entendido? Tú vales mucho más que un puñado de esas chicas presumidas que lo único que las llena es tener una cartera desbordante de billetes y presumir su estatus social con cualquiera de casta menor —le tendió una sonrisa sincera, que solo le da a los miembros de su familia y vio como la pequeña le imitaba. Antes de volver a decir algo la risa de su hermana lo dejo estupefacto.

— Oh, tranquilo, Ty. Sabes que detesto esas payasadas televisivas tanto como tú.

Juraba que algún día no perdería la cabeza ni los estribos por la falta de comida, si no por los cambios de actitud que tenía la menor. Lo sacaba de quicio, realmente lo hacía. Era peor que Timothy tratando de ligar con cuanta chica apareciera en su vista, diciendo lo asombroso que se le daba el pintar y que no cobraría por hacerles algún retrato a cambio de que aceptaran una cita con él.

Siempre se reconocía que el centrado de aquel trío de hermanos era Tyson. Timothy era el altanero con coquetería y Trianna la bipolar. Aunque también la madurez la caracterizaba a su hermana mayor, Troian, quien ya no vivía con ellos tras casarse con un chico de la casta cuatro.

— Estas loca, mujer. ¿Segura no sufres bipolaridad? —a modo de respuesta, Tim recibió uno de los pocos cojines que tenían en su sala. Se refugió atrás de su madre, recibiendo ella ahora el segundo cojín directo en su rostro— Ya no hay respeto ni para tus mayores, Tri, que mal estamos, hermanita.

— Ya, estense quietos, niños —la voz profunda de Trevor los hizo quedarse quietos sobre sus lugares, como si ahora los pies de todos se hubiesen quedado adheridos a la madera desgastada del suelo.

— Bueno… —comenzó Tim tratando de romper la tensión que se había instalado en el aire. Trevor siempre se había adjudicado el papel de ser alguien que imponía respeto, tal vez aquello a veces se confundía con el miedo, pero solo se portaba así para reprender de vez en cuando el comportamiento inmaduro de alguno de sus hijos— entonces, ¿si Trianna no puede postularse, yo sí?

— Tampoco niño —respondió con voz seca Tyson. ¿Qué acaso no comprendían lo absurdo que era el siquiera plantearse aquello?— Además, a ti te sacarían a la primera semana por tu sobre-arrogancia y altanería.

— De acuerdo gruñón. Entonces si no nos permites eso, ¿Por qué no te postulas tú, eh? —le reto el peli castaño con una sonrisa burlona que acompañaba a su tono desafiante.

— Porque es estúpido.

— Tyson…

— No, basta, madre. Ninguno de ellos ira porque no sabrían lidiar con esa carga, aun son chicos.

— Óyeme, zopenco…

— No termine de hablar, Trianna —pidió a su hermana con la mirada para que se ahorrara sus argumentos de reproche—. Y yo no me postulare porque no me pueden obligar.

— Nadie te está obligando a nada, hijo —aclaró Thatianne con voz maternal posicionando una mano sobre el hombro de su hijo mayor—. No hagas caso a los comentarios de Timothy, ¿de acuerdo? Y si me disculpan, familia, me iré a descansar porque ha sido un día largo y cansador.

El chico se quedó con las disculpas en la punta de su lengua mientras veía como su madre subía las escaleras a la segunda planta. Se dio cuenta de lo lento que eran sus pasos, y no pudo pasar por alto lo cansado que lucía su rostro, aunque aún conservaba algo de juventud, también se reconocía como los años habían puesto mano dura sobre ella, y en los últimos días aquello ya no pasaba desapercibido ante los ojos de Tyson.

« ¿Y si es algo más?»

Para cuando se giró pensando que vería tres rostros que delataban algo de irritación por su pesado comportamiento, solo se encontró con su hermano en frente y con los brazos cruzados.

— Reconozco que eres de lejos una persona egoísta, Ty, pero piénsalo. Tal vez la Selección no sea tan mala. Digo, nada pierdes con solo postularte, porque el que te elijan ya no queda en tus manos. Y si lo hacen… sé que pensaras en algo estando ya en el palacio para que te saquen si así lo deseas, y mejor aún a patadas.

Ya estando solo, se sentó en una vieja silla de madera que había en el pequeño comedor que tenían. Recargo su cabeza sobre la palma de su mano izquierda mientras que con la otra tomaba la solicitud para postularse a la selección. Pensó en lo bien que le vendría a su familia si él llegaba a ser elegido. Ya no quería ver más rostros cansados o escuchar estómagos rugiendo de hambre, ni ver a sus hermanos menores esforzándose para contribuir con algo de dinero a la casa. Eran unos niños, lo que debían hacer era disfrutar de la vida no contar moneda por moneda para ver si alcanzaba para sobrevivir.

Las tocadas ya no eran tan seguidas como le gustarían. A Tyson se le daba magníficamente el tocar el piano y la guitarra, siendo acompañado por el canto de Trianna cuando los contrataban para un evento, pero en los últimos dos meses apenas si habían encontrado cuatro presentaciones, y con una paga menor a la deseada; él acompañaba a su hermanita o lo hacia su madre que tocaba como un ángel la arpa.

Además que la gente tampoco pagaba muy bien los retratos y cuadros que Timothy realizaba, y eso que el chico si tenía talento, pero las pocas monedas que recibía eran o por el egoísmo de las personas o porque cada vez todo el mundo parecía tener menos dinero. Así mismo, tampoco recordaba cuando fue la última vez que su padre creó una escultura y con Troian, que a pesar de tocar el violín y tener una bella voz, ya no podían contar mucho porque ella ya tenía su propia familia y estaba a la espera de una niña.

Suspiró mientras alcanzaba un bolígrafo y comenzaba a rellenar cada uno de los apartados de aquella solicitud, colocando que iba para estar dentro de la selección de Annelyss. Si iba a sacrificar su vida privada y la comodidad de poder comportarse como se le daba la regalada gana sería solo por su familia.

«Después de todo, quién dice que resultare elegido.»


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Sentía como los músculos de sus brazos se encontraban más que tensos, al igual que la fina cuerda negra de su arco. Ya llevaba practicando con aquello al menos tres horas ese día y tenía en cuenta la rigidez a la que exponía ambos brazos por sobrecargarlos, pero la arquería era de lejos su deporte favorito. Si comenzaba a cernirse el cansancio sobre él por las labores que conlleva ser un heredero, siempre recurría a su preciado arco para lanzar flechas hasta que su subconsciente dijera basta, estando más tranquilo y relajado después del entrenamiento.

Por eso en aquel momento seguía practicando, porque aun trataba de digerir completamente la noticia de que la tan famosa Selección no solo se llevaría a cabo con los príncipes de Illéa, sino también en los demás reinos, incluyéndose el suyo, incluyéndolo a él. Cyrus no sentía molestia alguna por todo lo que conllevaba aquel ya de por si sonado evento, pero claramente le había sorprendido el hecho de que también se realizaría en su país, y siendo sinceros no era como si sus padres, los reyes de Rottingham, les hubiesen dejado opinar a sus hijos para saber si estaban o no de acuerdo con aquello.

Su hermana mayor, Jeanne, aún seguía despotricando en contra de que la obligasen a participar, y si algo sabia Cyrus es que ella seguiría con aquel comportamiento de “no estoy de acuerdo con nada que me digan que debo hacer ya que es mi vida y no la suya” aun cuando el concurso estuviese en pleno desarrollo. Ciertamente se preguntaba cuántos de los seleccionados de su hermana se irían tras la primera semana, por no decir el primer día.

Tomó con su mano izquierda otra flecha de su carcaj inclinando a la vez con la derecha el arco hacia el suelo para poder cargarlo. Lo levantó para abrirlo, sosteniendo el arco con su mano derecha y con la izquierda la cuerda, recargando ligeramente su barbilla sobre ésta  enfocando con su ojo izquierdo la diana (su objetivo localizado a unos cincuenta metros sobre un soporte de madera). Relajó los dedos que sostenían la flecha para soltarla y sonrió con satisfacción al ver cómo había dado en el blanco. De nuevo.

— ¡Cyrus!

Quitó la vista de la flecha clavada para ver a Jeanne caminando hacia él con pasos largos.

— Su alteza —saludó con diversión para molestarla, porque sabía cuánto le desagradaba el que la llamaran así.

— Ugh, no me llames así, Cyrus, estas advertido.

— Pero que humor te traes…

— No empieces…

— ¿Sera que algún seleccionado tuyo podrá llegar a quitarte algo de tu humor negro y explosivo? —cuestionó con burla colocando una mano en su barbilla para fingir estar pensativo.

— Cyrus Aldridge —el tono de advertencia solo logro divertirlo aún más, largando una carcajada porque a pesar de que siempre trataba de calmar el temperamento de su hermana, también le gustaba fastidiarla de vez en cuando.

— Ya mujer, guarda esas energías para tus candidatos.

— Ni me lo recuerdes por favor —pidió alzando una mano a modo de que detuviera ese tema de plática—. Lo último que he tratado de hacer estos días es olvidar el estúpido asunto de la estúpida Selección —se quejó con sarna tomando una posición más relajada, al balancear su peso en una pierna, y con sus brazos entrecruzados sobre su pecho.

— Ese vocabulario, princesa.

— Yo hablo como se me pegue la gana.

— Deberás de aprender a modular tu lengua, Jeanne.

— Já, quiero ver eso —comentó en tono sarcástico la castaña ante la sugerencia. Dirigió la mirada hacia el resto del enorme jardín que tenían en la parte trasera del castillo, intercalándola hacia las distintas flechas clavadas en los troncos de varios árboles y sobre varios blancos colocados en los soportes de madera—. ¿No crees que ya has practicado suficiente por hoy, enano?

— Define suficiente —inquirió para irritarla un poco más.

— Ay dios, sigues siendo un niño.

— He ahí el porqué de que seas la mayor y la que en un futuro gobernara este reino.

— Si bueno, esperemos que ese futuro se encuentre muy pero muy pero muy lejano —no pudo evitar reír ante el comentario de su hermana. Sabia cuanto odiaba los deberes reales, así que el hecho de cargar con el peso de la corona para en un futuro tampoco debía ser muy grato. Vio como a ella se le empezaba a quitar el mal humor que traía, así que le brindo una sonrisa cómplice, logrando hacer que sonriera.

— Tal vez, pero la selección no, hermanita.

— Y ahí vas otra vez. ¿No tienes un mejor argumento para charlar? Hablemos del clima.

— ¿De cuándo aquí te las das de meteoróloga?

— Preferiría cualquier otra profesión a esto —espetó, y Cyrus sintió la sola frase llena de disgusto.

— Hagamos algo —inició dejando sobre la hierba verdosa su arco—. ¿Qué te parece una apuesta?

— No crees que el apostar es algo que no debe hacer un príncipe.

— Tal vez, pero eso le pone más emoción al asunto —añadió en tono relajado, siendo muy usual en él. Jeanne se preguntaba qué mosca le había picado al chico porque su comportamiento de sobre-relajado nunca lo llego a comprender, siendo que ella se exasperaba por todo.

— De acuerdo —ladeó una sonrisa que dejaba entrever como si ya tuviera entre sus manos un plan maquiavélico.

— Si logro atravesar esa manzana —apuntó, tomando nuevamente su arco, a la lejanía, donde una manzana roja colgaba de la rama de uno de los varios árboles. El punto de referencia era el más cercano al muro que separaba los jardines del inmenso bosque, estando, si su cálculo no le fallaba, a unos doscientos metros—. Yo gano, por lo que elegiré con quien de tus seleccionados tendrás tu primera cita, desde el primer día en que los conozcas.

— No —se negó rotundamente la oji marrón, y Cyrus solo se rio por su comportamiento—. No. No y no. No tendré ninguna cita el primer día, y menos dejare que tú seas quien elija a ese espécimen de ser humano con testosterona.

— Uno: debes empezar a calmar tu temperamento, porque si no olvida el que no te acerques a algún chico en lo que dure el concurso, ellos no querrán acercártele porque temerán que explotes con solo decirte un “buen día su alteza, se ve radiante como siempre.” Sentiré compasión por ellos.

— Oye no te pases, el que seas mi hermano no significa que a ti no te puedo tratar igual —amenazó.

— A mí no puedes ignorarme como a ellos, lo sabes —terció con desdén, recibiendo un gruñido en contestación porque ella sabía que era cierto—. Ahora, el punto numero dos: es solo una apuesta, ¿o es que ya aceptaste el hecho de que perderás?

— Es aquí donde entran dos pensamientos —comentó Jeanne con un tono de suspicacia empezando a caminar alrededor de Cyrus—: el que tú estás usando tu capacidad de manipulación o el de saber distorsionar las cosas a tu favor, y el otro es que yo jamás he perdido.

— No soy manipulador —se quejó sintiéndose ofendido ante aquel comentario—. Pero sin darle tantas vueltas al asunto, ¿es un trato?

— Pero por supuesto —aceptó su hermana estrechando su mano con la de él a modo de cerrar la apuesta—. Además, no creo que seas tan bueno con el arco.

« Si supieras que mi marca es de doscientos cincuenta metros no pensarías igual, hermanita.» pensó sonriendo con algo de arrogancia en su interior, tratando de ocultar su regocijo para que no se notase.

Realizó la misma rutina de siempre para cargar su arco, aunque tomando un poco más de tiempo antes de soltar la cuerda para disfrutar de como el tiempo transcurría lentamente con su hermana impaciente y él gozando la ocasión. Sonrió de lado al momento de relajar los tres dedos con los que sostenía la cuerda, siguiendo la trayectoria de la flecha rojiza hasta que atravesó la manzana y se clavó directo en la espesa enredadera que había en la pared del gran muro gris.

— Ni creas que cumpliré con mi palabra —dijo la morena con algo de reproche para darse la vuelta sin dejar que Cyrus pudiera objetar algo.

— ¡Ya veremos, Jeanne! —elevó su voz para ser escuchado y lanzó una gran risotada, llamando la atención de algunos guardias que vigilaban esa parte del patio.

Y siguió lanzando flechas, hasta que su padre, el rey Dorian, demandó su presencia a través de un guardia que él reconoció como Ronald, ya que llevaba varios años sirviendo para la familia real.

— El rey solicita su presencia en sus aposentos, alteza.

— Oh, Ronald, ya llevamos varios años conociéndonos, sabes que puedes tutearme —le pidió a modo de confianza, tal vez por centésima vez—. Claro, siempre que el rey no se encuentre presente en la misma habitación que nosotros mientras platicamos a gusto.

— Joven, sabrá disculparme si no accedo a su petición, pero no me parecería prudente de mi parte.

— Oh, ahí vamos de nuevo —el castaño concordaba en algo con sus hermanas: a ninguno le gustaba que les hablaran con tanta formalidad y elegancia, eran simples personas, como lo eran cada guardia, doncella, cocinero, jardinero… La única diferencia, y habría que decir que era enorme, que los separaba del montón era que pertenecían al clero; aunque ninguno haya decidido formar parte de toda esa letanía y show para con el pueblo.

Él quería ser conocido solo como Cyrus, un chico de dieciocho años recién cumplidos que amaba el tiro con arco, montar a caballo y pasar tiempo de calidad molestando y divirtiéndose con sus hermanas. No como el hijo del gran rey de Rottingham y que lo vieran como alguien que merecía ser idolatrado.

— De acuerdo, soldado Williams —se rindió y optó por dirigirse a él por su apellido, como debía ser—, no insistiré con esa petición —cruzó sus brazos por sobre su pecho y le dio una mirada de desaprobación a su guardia—. ¿En los aposentos del rey o en los míos?

— En los suyos, alteza —respondió con su usual tono de respeto pero sonriéndole con algo de pena al príncipe.

— Gracias, soldado Williams —se marchó con pasos largos pero firmes para adentrarse a los pasillos del palacio y dirigirse a su habitación, hallada en la tercera planta.

Pasó primero a la cocina para refrescar su garganta con algo de agua y cogió una manzana verde para comer durante el recorrido. Mientras caminaba por los pasillos del recinto recibía saludos del personal como un “buenas tardes alteza”, “su majestad”, pero había unos cuantos que si cumplían sus peticiones y le saludaban con un “joven Cyrus” aunque siempre acompañados de una pequeña reverencia

— Buenas tardes, padre —habló con formalidad, a pesar del lazo de sangre que les unía, una vez llegado a su alcoba

— Hijo —Dorian estaba en su balcón con el mismo porte que delataba su seriedad: espalda recta, con la frente en alto que dejaba entrever lo superior que se sentía, y sus manos entrelazadas colocadas en la parte baja de la espalda—. Observaba tu comportamiento, sabes, aunque creo que no te percataste de que me encontraba aquí arriba.

— ¿Mi comportamiento? —dudaba en que lo que diría el Rey le agradase, pero no pudo evitar preguntar aquello. Se acercó, no sin antes de dejar su arco sobre el colchón de su cama, hasta quedar a su lado.

— Si, Cyrus, tu manera de irritar a tu hermana mayor cuando sabes perfectamente cómo es ella —le hizo saber con un tono de fastidio—, y tu confianza para con el personal.

— Yo…

«Vamos, Cyrus, piensa en algo.»

Sentía como si fuera un niño pequeño que acabase de hacer una travesura y le estuvieran reprendiendo por eso. No era así, reconocía que su comportamiento no era un problema, pero tampoco sabía cómo darle gusto a su padre, si es que aquello podría ser posible, a pesar de siempre hacer lo que él demandase.

— No quiero que digas algún comentario para justificar tu falta de seriedad, hijo —le advirtió viéndolo con severidad y solo pudo bajar la mirada.

— ¿Para qué requerías de mi presencia? ¿O era solo para señalar mis defectos? —cuestionó con mordacidad, porque a pesar que siempre sabía controlar la situación su temperamento a veces le jugaba en contra.

— Igualmente era para eso, pero te quería por otra cosa: que intentes lograr que Jeanne se comporte durante lo que dure la selección.

— ¿Disculpa?

— Eso mismo, Cyrus —giró para adentrarse a la alcoba de su hijo—. Tu hermana tiene un carácter muy complicado, y difícil de tratar…

— Es tu hija, papa.

— Como decía —profundizó su voz tras ser interrumpido, algo que nunca le agradaba—: quiero que al menos logres hacerla recapacitar y que no nos ponga en vergüenza.

No creía realmente que hablaba en serio, o al menos no quería creerlo. Si, su hermana mayor podrá ser algo pesada, explosiva y de aquellas personas que odian ser reprimidas para complacer órdenes, pero aquello era su esencia, lo que la hacía ser Jeanne, estando fuera de los estándares que debía portar una princesa y la admiraba increíblemente por eso; por lo que detestaba que su padre no pudiera aceptar eso.

— ¿Vergüenza? ¿A qué te refieres con eso?

— A que no vaya ser que por tu hermana la Selección se termine en apenas dos semanas. Vamos, hijo, tanto Skyler como Jeanne te hacen más caso a ti que a mí que soy el padre de los tres.

« No me pregunto el porqué.»

— Padre… no quiero estar entrometido en algo que los concierne solo a ti y a Jeanne.

— No pasara nada, hijo —le restó importancia, colocando un brazo sobre los hombros de Cyrus.

— Si tú lo dices…

« Si pasara algo —pensó, al no querer reconocerlo con Dorian—, pasara que Jeanne querrá degollarme si se entera de esto.»

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Se colocó un suéter grisáceo de tela gruesa, uno de los pantalones que usaba cuando se le iba lo vago y se animaba a dar unas vueltas en el bosque de Bankston y un gorro de lana para cubrir su cabello tras ducharse. Sabía que su madre, una de los líderes que regían en la base de los rebeldes de Rottingham, se hallaba en una importante reunión con todos los demás de alto rango en lo que era la sala de mando; aunque él prefería referirse a aquel edificio como “el único lugar en el que no se me permite estar”, debiéndose aquello posiblemente a su comportamiento para nada prudente. Así que todo paso que daban los sureños lo llegaba a saber a través de la general Zanders.

Para hacer tiempo se quedó en el pequeño espacio de tres metros cuadrados al que se refería como comedor, aunque solo se tratase de una apenas sostenible mesa de madera y con dos sillas que además de viejas chirreaban cada que se usaban. Muy a pesar que se careciera de comodidad en aquel lugar o que las casas en el súper ultra escondite de los rebeldes no tuviesen ese algo que se le considerase “hogar”, Donovan lo prefería mil veces a las tan acogedoras y lujosas casas de su antigua residencia en la ciudad de Fennley, donde los vecinos solo se te acercaban dependiendo del status socioeconómico que poseías.

Su entrada para con la causa de aquellas personas con las que convivía diariamente era una historia muy peculiar por conocer. Sus antepasados, a diferencia de las personas de las castas cinco para abajo, si habían aportado dinero al gobierno, pudiendo obtener lugar en la casta 2 dentro de aquel sistema nada justo.

Fue su abuelo paterno, el señor Dante Arthemis, el cual se dedicó a una vida actoral desde muy chico, hasta que tomó la decisión de forma parte del servicio militar, conociendo durante su labor, ya sea como guardia real o como parte de las tropas, la verdadera situación de su país. Declinó de sus comodidades para unirse a los rebeldes sureños, aunque encargándose también de que a su único hijo, Augustus, no le faltase nada en la vida, mostrándose con dotes para la actuación, al igual que él.

Su padre también se había dedicado a la misma causa noble tras la muerte del abuelo y así había sido como Donovan llegó a vivir en las inmediaciones subterráneas del bosque de Bankston. Porque vivir entre la comodidad de una casa fina y estar rodeado de gente “fina” no entraba en los gustos de la familia Arthemis.

Aunque habría de mencionar que él arraigo verdadera iniciativa para con los rebeldes tras perder a su padre y a su hermano, Daniel, durante una misión en la que se embargaron tres años atrás. Su madre se adjudicó el rol de general, siendo pasado primero por el abuelo Dante a Augustus, y él solo trataba de no estropear cada tarea que se le daba.

Colocó los codos sobre la mesilla para recargarse sobre las palmas de sus manos.

Extrañaba a su abuelo. Él cada que llegaba a su casa le contaba excelentes historias de lo que se hacía como rebelde, y junto con Daniel jugaban a que estaban en una guerra, usando los sillones y cojines para cubrirse del enemigo, y palos de escoba como si fuesen escopetas; ciertamente aquel señor de cabello ya blanquecino en todo su esplendor debido a la edad había sido una persona a la que Donovan guardaba mucho aprecio y respeto.

También extrañaba a su papa, que había seguido el ejemplo del abuelo Dante al renegar de su buen estatus económico para contribuir a una causa, que a pesar de que aún no culminaba, llegaría a beneficiar a la población.

Y Daniel… su pérdida fue la que más le había afectado. No había mucha diferencia de edad entre ambos, por lo que siempre se identificaban con el otro. La muerte de su abuelo aun le ponía melancólico, la de su padre le entristecía a momentos, pero la de su hermano, con la de él aun sentía como si le golpeasen nuevamente en el fondo del estómago cada que lo recordaba; cosa que pasaba a diario.

Se levantó de súbito, tirando la silla en el acto, aunque sin voltearse para levantarla. Simplemente se dirigió para salir de su casa, al no querer que la tristeza lo embargara nuevamente, siendo que él no era de las personas que demostrase sus verdaderos sentimientos, además que de cierta forma sentía que no había lógica para dejarse afligir mucho en un lugar como ese.

Estando ya afuera de la casa vio a Sophie Finnegartt, una de sus compañeras sureñas, leyendo algún libro con su espalda recargada en un árbol. Le gustaba el porte serio que tenía aquella chica cuando le encomendaban alguna tarea, o cuando se veía relajada y sonriendo, que era muy raro el momento. Además que al castaño, desde que la conoció, siendo aquello hace unos seis años atrás cuando su abuelo murió, le llamaba mucho la atención el brillo que desprendía el color de su cabello, que iba entre un tono anaranjado en unas ocasiones y un tono más oscuro en otras.

Una de sus manías diarias era observarla, ya sea en la lejanía o cuando estaban cerca el uno del otro, hablando en un contexto meramente físico. Como cuando los mandaban por provisiones a la ciudad, ya que la madre de Donovan tenía un alto rango como rebelde, y él pedía que Sophie fuera su acompañante en cada una de aquellas ocasiones. Su madre siempre rechistaba a las letanías de su hijo, pero terminaba cediendo; contando el hecho de que igualmente la pequeña amiga de Donovan era hija de uno de los generales que residían en la base; el general Finnegartt, quien tenía más años viviendo en aquel escondite. Y muy a su pesar, igualmente la chica recriminaba el porqué de que pidiese su compañía, porque el que se conociesen de años no significaba que se llevaran de maravillas.

O también cuando los asignaban juntos para vigilar el ganado y cuidar del huerto. Siendo que en cada una de esas ocasiones Donovan sabía cómo molestar a la oji azul con tan solo decir tres palabras, o solo con abrir la boca para saludar.

Si… igualmente debía aceptar el hecho de que de cierta forma había quedado flechado por ella desde el primer insulto que le concedió, siendo el “eres un inmaduro” el inicio de su historia.

Su disimulada mirada hacia la chica se vio interrumpida al captar en su radar a su madre acercándosele. Dio por sentado que le comentaría lo debatido en la “súper reunión secreta de los más mano dura del lugar”. Tal vez no era una manera adecuada para etiquetarlo así, pero Donovan había aprendido a no amargarse la vida, a pesar de lo mísera que se había vuelto al perder a tres seres queridos, y alivianar el ambiente donde sea que se encontrase, porque sentía que de no ser así perdería la cabeza por completo.

— General Zanders —saludó con diversión pero tratando de que sonara a algo más de respeto.

— Hijo, hoy no, por favor.

— Vale —bufó al ver que debería optar por tener algo más de seriedad—. ¿Algo que se haya comentado en la reunión que merezca la pena saber?

— Iras a la Selección —Informó, sin filtro alguno. Creyó que se trataba de una broma, así que no pensó en cuanto la risa salió de su boca.

— Ya, claro —al ver que la mujer aun portaba su rostro serio es que comenzó a creer que no se trataba de una mentira—. ¿Qué? A ver, ¿de qué me hablas, mama?

— De que iras como infiltrado dentro de la Selección de una de las herederas Aldridge.

No daba crédito a lo que escuchaba, simplemente no… ¿Por qué de entre todos los que habitaban en aquel lugar debían elegirlo a él? Afortunadamente su madre lo conocía lo suficiente como para saber de antemano sus reacciones.

— No iras solo, hijo —adquirió un tono de voz maternal. Una que Donovan extrañaba—. Irán contigo tres más hasta donde sé: James, Pressia y Sophie.

— ¿Irá mi pequeña pelirroja? —alzó despectivamente una de sus cejas ante aquel sorpresivo, pero maravilloso dato. No conocía mucho de James y Pressia, pero no había tenido algún altercado con ninguno así que lo tomaba como algo bueno. Y en cuanto a que su chica favorita también iría…  No cabía en la emoción. Se dio cuenta casi sin querer que habría detestado horriblemente el no ver a Sophie todos los días en caso de que solo uno hubiese ido a la misión. Porque aunque no tuvieran una buena relación, muy a pesar de que él ponía de su parte, para Donovan un día se podía considerar como bueno siempre que la viese.

— Donovan…

— No dije nada malo, eh, fue solo un comentario. Pero ¿Por qué yo mama?

— ¿Me estas tratando de decir que no quieres ir?

— ¡No! —Respondió al instante, pero sopeso en su respuesta al ver que no había sido claro— Que diga, no es que no quiera, pero quiero saber por qué el que me eligieran.

— Yo te propuse —sus manos ahora descansaban sobre los hombros de su hijo para que la viera directo a sus ojos. Los mismos ojos marrones que él heredó—. Y sé que eres adecuado para esta misión.

— ¿Tanta fe tienes en mi mama? —inquirió sin poder evitar que se le quebrara algo la voz. Vio dentro de aquel par de ojos cómo la pared para retener los sentimientos, la cual construyó tras las perdidas, se desmoronaba un poco.

— Nunca la perdí, Donovan. Y sé que lo harás bien, no solo por lo riesgosa que es y que tu vida dependa de ello —le sonrió de lado, logrando sacarle una pequeña risa—. Lo harás por mí, por ti, por las personas que perdimos —comentó, en referencia a su esposo, su padre y su otro hijo— y por la causa que nuestra familia ha seguido desde hace años.

— ¿Cuándo partimos? —preguntó a modo de aceptación por aquella importante misión, y tratando de desvanecer el nudo en su garganta.

— En tres días. Volveremos a Fennley y nos instalaremos en una casa como la que teníamos antes.

— ¿Seguiremos siendo de la casta dos?

— Así es —a ninguno de los dos les gustaba el volver a aquella situación, porque de cierta forma nunca se sintieron cómodos ni como ellos mismos dentro de aquella alta casta.

— Bueno…creo que volveré a ver a mis viejos amigos —comentó con emoción fingida, porque lo último que habría querido era volver a ver esos rostros llenos de arrogancia, hipocresía y altanería desbordante—. ¿Crees que Jason se acuerde del pleito que tuvimos hace seis años por una apuesta que sigo sin cumplir?

— Donovan, no más apuestas, solo estaremos tres semanas en ese vecindario, así que compórtate durante ese tiempo —le regañó, cosa que en vez de hacerlo sentir culpable le dio gracia, recibiendo en respuesta una mirada intimidante para callarlo—. Debo ir a arreglar algunos asuntos, hijo, nos vemos para la cena —se despidió, depositando un beso cariñoso en su frente, sintiendo el castaño una acogida en su corazón.

Sacudió su cabeza para pensar con más claridad.

Lo habían elegido para una misión de esa magnitud, y haría hasta lo imposible para no terminar arruinando todo y que por primera vez vieran que si tenía algo de sensatez e iniciativa para con la causa noble que perseguían los rebeldes sureños.

Vio que el padre de Sophie, el general Finnegartt dejaba la charla con su hija para acompañar a su madre y cuadrar todo antes de que partieran de la base. Caminó hacia su amiga para ser recibido con un reboleo de ojos llenos de irritación.

— ¿Y a cual casta te asignaron, pequeña?

— Cuatro —su respuesta fue acompañada por un bufido que le divirtió al castaño—, supongo que me vieron cara de alguien a la que se le daría el vivir en una granja y portar un sombrero hecho de paja —imaginársela llevando una camisa de cuadros grandes, un overol y un sombrero con aquellas descripciones le basto para lanzar una carcajada, que solo enfureció a la pelirroja— ¡Deja de reírte, idiota! —exigió golpeándolo con una prenda de ropa.

— Ay dios, Sophie, es que… —apenas pudo dedicarle una mirada antes de volver a reírse.

— Madura, Donovan, en serio.

— Oh pero mira quien lo dice, la chica que se molesta porque la asignaron a la casta cuatro y deberá irse a vivir a una granja hasta que la gente de la selección la recoja en una cómoda limosina —comento retóricamente—, y la cual además me da golpes con una prenda de vestir.

— Solo sirves para fastidiar —le hizo saber enmarcando cada silaba, como si aquello no se lo dijera cada día desde que empezaron a cruzar palabra.

— Yo también te quiero, Soph —comentó al fingir sentirse ofendido por la agresividad de su amiga.

— Piérdete, Donovan —le propuso con una sonrisa de “te odio” para alejarse del chico.

— Si es contigo ya sabes que cuando quieras —terció con una sonrisa coqueta para calar aún más su temperamento. La chica solo se detuvo, aunque no volteo para encararlo nuevamente, pero Donovan había alcanzado a escuchar su tono molesto para llamarlo “idiota”. Elevó sus hombros restándole importancia a su pesado temperamento, como siempre lo hacía—. Algún día te darás cuenta que estás tan loca por mí, como yo lo estoy de ti, Sophie Finnegartt —habló como si fuese una promesa, porque en parte lo era, para ir en busca de James y cuadrar algunas cosas para con la misión.

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La atenta mirada de Casper no hacía más que tensarla, obteniendo que ahora ella se debatiera el que si ir a la misión y formar parte de la selección de su país era realmente una buena idea.
July ya se había mentalizado a sí misma dentro de aquel evento. La emoción de pensar que conseguiría una tarea de tal magnitud le había afectado el sueño durante las últimas semanas, así como el que se empezara a preparar para cuando su rostro saliera en la pantalla y la gente comenzase a llegar a la pequeña casa que les asignaron los rebeldes junto con el formar parte de la casta seis para la farsa.

Ambos habían acordado dejarlo a la suerte: el ver quien terminaría como un infiltrado en el hermoso castillo de los reyes de Nueva Asia.

Había sido una gran disputa dentro de la sala de Mando con los dos discutiendo por ver quién debía ir. Los otros tres generales a la cabeza terminaron por salir de ese recinto porque les pareció una inmadurez el comportamiento de los hermanos, y no se quedarían a observar cómo peleaban y se ordenaban que el otro no tendría por qué irse. Así que al final Enna Kess, una rebelde que se las daba de consejera para la familia real, les comunicó que los “mayores” tomarían la decisión de ver quién de los dos terminaría yendo como infiltrado en la selección, junto con dos chicos más, Christopher y Edgar.

Ya se había arruinado la cutícula de ambas manos tras la espera por el anuncio de esa noche, donde se sabría quienes resultaron como afortunados seleccionados para los seis reinos.

Sabía que Casper la inspeccionaba para tratar de adivinar sus pensamientos, como si ella fuese una enemiga más y en un segundo lo llegase a traicionar; como si se tratase de una competencia, en la cual ninguno tenía el mando del control. Él había empezado con esa pesada actitud de portarse como el jefe de la familia desde la pérdida de Julissa, empeorando el asunto cuando les llegó la noticia de que su padre tenía cáncer.

Desde entonces los dos debatían a diario, sobre los deberes más que nada, aunque era más el escuchar ordenes de Casper y solo asentir con la cabeza para no hacerlo explotar. July en el fondo no le recriminaba nada. Porque lo conocía como a la palma de su mano. Era su hermano después de todo, y sabía que aquella era su forma de lidiar contra el dolor que se padecía tras perder a un ser querido. Porque era más fácil enojarse con la vida que sucumbir a la tristeza.

Dustin y Depper veían el programa estando sobre el piso de la diminuta sala. Los gemelos tenían seis años apenas, por lo que no entendían mucho de que iba todo aquel alboroto de La Selección, ni de porque Casper estaba de peor humor y sin hablar —ni siquiera para armar pleito—, ni de porque July irradiaba nerviosismo. Jasmine solo les había comentado que se trataba de un show televisivo y que si la suerte estaba de parte de ellos en una semana verían a July o a Casper en aquella pantalla.

La castaña se concentró en ese pequeño cajón de metal para ver a la familia que gobernaba su país. Analizó el rostro de cada uno de los herederos, porque hasta ella misma podía notar la poca gracia que les hacía a todos ellos éste evento. ¿Y es que a quien le gustaría el sentir prácticamente como si te lanzasen a una jauría de lobos para que al final te vieras en la obligación de amarrarte de por vida con una persona a quien no amases de verdad y solo por calmar el descontento de la población?

— July, mira, esos son los seleccionados de la princesa Bean —vio la lista de los nombres que señalaba su hermana, donde se mostraba una pequeña fotografía de cada chico, y se confirmó algo: Casper no estaba entre ellos.

Miró el rostro de su hermano, quien ahora la veía directo a los ojos. No había molestia en ellos, ni enojo, ni ningún reclamo. Se dio cuenta que lo que verdaderamente reflejaban aquellos iris azules, iguales a los suyos, era preocupación. Iba a decir algo cuando el grito de Jasmine rompió el silencio.

— ¡Mira, mira, mira, estas ahí! ¡Te seleccionaron, July! —Su hermana la levantó de la silla para que saltaran juntas, sumándose al abrazo los gemelos— Estas en la selección de Lancelot, oh dios mío, tienes una suerte.

Razonó antes de lanzarle una mirada seca a Jasmine, porque ella sabía bien de que iba todo esto: July no iba al castillo para enamorarse del príncipe, ella iba por aquellos imprescindibles documentos que les daría a los sureños las bases para que la gente apoyara el inicio de una revolución, y que con ello se lograse terminar con el injusto sistema de las castas.

— Vamos, niños, hay que decirle a papa —vio al trio alejarse y ella solo se quedó viendo a Casper, esperando que dijese algo.

Odiaba cuando discutían, y le dolía más aún cuando las conversaciones ya no iban con insultos, si no de puro silencio.

— Lo siento —bastaron solo esas dos palabras y que él abriese sus brazos para lanzarse a ellos.

— Yo también lo siento, Casper —no sabía por qué el que empezaran a descender lágrimas por sus mejillas. Tal vez era porque extrañaba a su mama. Tal vez era por la enfermedad de su padre y de que en un futuro no muy lejano él también pártase. Tal vez era por el tema de la misión, y aunque sabía que daría lo mejor de sí misma para conseguir su objetivo, todo aquel alboroto de sentimientos era mucho para sostenerlo por cuenta propia.

— Hey, no llores —pidió con voz dulce, y acariciando su espalda en un intento de reconfortarla—. Detesto cuando haces eso porque logras que me sienta con ganas de llorar también, y si ambos lloramos, los gemelos igual lo harán porque no entienden nada y solo imitan lo que el otro hace, y eso hará que Jasmine solo revolee los ojos en señal de frustración por la loca familia que le tocó tener.

— Eres un idiota —de sus labios salía un mezcla entre lloriqueo y risa, de aquellas que parecía como si te estuvieses ahogando. Sintió como su hermano añadía más fuerza al abrazo, y eso logró que se pusiera más sentimental.

— Sabes que lo harás bien, July —apremió, dándole confianza—. Si te soy sincero, creo que tú estás más capacitada para esto. Si me hubiesen elegido, tal vez y me sacarían en menos de un mes de la competencia.

— ¿Tú crees? —preguntó sarcásticamente tras reírse por el comentario.

— Y vamos con el sarcasmo…

— Uy, pero que humor…

— ¡July!

— De acuerdo, ogro —cortó el abrazo para verlo, sonriendo ambos a la par. Sintiéndose mucho mejor ahora que se habían contentado—. ¿Cuál es el siguiente paso?

— Tener la paciencia suficiente con el gentío que llegara esta semana, hermanita.

No necesitaba que le dieran algún incentivo, ni que le dieran palabras llenas de motivación. Ya estaba todo dicho y hecho. Se encontraba dentro de la selección, y conseguiría aquellos documentos. Lograría terminar con la misión que su madre había seguido hasta el último respiro. Lo haría por la memoria de ésta y por su familia. Por una vida mejor, no solo para ellos, sino también para todo el mundo.


Última edición por Asclepio. el Mar 03 Abr 2018, 12:30 am, editado 4 veces
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the selection; ronda 1; parte 2

Mensaje por Asclepio. el Dom 05 Nov 2017, 8:41 pm



cap:

— Dios… esto de crear leyes no es lo mío —se dio por vencida tras la décima vez en que forzó a su cerebro a pensar como sus padres—. Creo que estoy más que agradecida en que no seré la reina —le concedió una sonrisa a William antes de reírse de su propio comentario.

— Personalmente yo diría que igual usted sería una gran reina —recargó la espalda sobre la silla, cruzándose de brazos y viéndolo con suspicacia.

— Pero crees que Gytta sería mejor reina que yo —mofó, confiada en haber dado en el clavo.

— Yo no dije eso, alteza —el ver como William trataba de cubrirse le divirtió, aunque igual le dio ternura.

Porque vamos, ante los ojos de Annelyss, habría que ser un ciego para no ver que ese chico estaba que brillaban sus ojos cuando Gytta aparecía en el radar.

— William, me caes bien —le hizo saber señalándolo con una pluma para escribir—. Muy bien de hecho. Así que no te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.

— Pero yo no tengo ningún secreto, alte…

— No ose hacerme de la vista gorda, soldado O’Hare —advirtió con tono amenazante.

— Yo… —soltó un suspiro, tal vez por sentir que al menos en ese momento no podía seguir guardando aquel secreto— ¿puedo contar con su discreción, alteza?

— Primero, cuando no esté Turian en el mismo espacio y tiempo que nosotros puedes llamarme por mi nombre Will. Soy Annelyss, por si no lograbas recordarlo —le sonrió, logrando que él le imitara—. Segundo, oh vamos, soy muy buena confidente.

— Creeré en tu palabra entonces.
Se dirigió al piano que tenía en una esquina de su inmensa habitación, y empezó a tocar teclas al azar.

— ¿Te molesta todo esto de la selección, no es así Will? —preguntó con el habitual tono informal que tenía cuando estaba con sus hermanas, y con alguien que le agradase.

— Solo pienso que es algo que nadie puede detener, así que trato de no darle muchas vueltas al asunto, alte… Annelyss —se autocorrigió al final tras la sutil mirada de la rubia—. ¿Y cómo lo estas tomando tú?

— ¿Todo esto? No he perdido la cabeza al menos —habló con sinceridad, porque las últimas semanas habían sido más cansadas de lo que hubiese gustado—. ¿Y… te puedo ser honesta, Will? —Recibió un asentimiento como respuesta, para que siguiese hablando— Me siento algo ilusionada, creo… bueno, no se definir muy bien cómo me siento, pero…quiero ver que resulta de todo esto, sabes —explicó en cortas palabras aun con sus dedos en las teclas del piano blanco.

No diferenciaba si realmente era emoción lo que la hacía ponerse más hiperactiva de lo normal, o si se trataba de nervios que la ponían a pensar  desde el día en que sus padres les comentaron que las dos entrarían en el programa de La Selección. Pero tal vez y se trataba de un punto intermedio entre aquellos dos estados.

Reconocía que la emoción iba en relación con aquella pequeña ilusión de querer conocer por experiencia propia lo que era el querer a alguien. El sentir amor por otra persona. Ese bello sentimiento que describían los libros empolvados en los viejos estantes de la gran biblioteca dentro del palacio.

Gran parte de su tiempo libre lo ocupaba en ir a aquella habitación para leer. En esas desgastadas hojas, donde por mero milagro aún se lograban distinguir las letras, explicaban esa sutil sensación de regocijo que comenzaba en el fondo del corazón, y se extendía por todo tu cuerpo, hasta las puntas de los dedos de tus pies y manos. Esa plenitud y creer que las cosas malas no serán tan malas en compañía de la persona adecuada: a lado de tu alma gemela.

Annelyss realmente quería entender eso. Aunque no sabía si debía considerar egoísta de su parte el querer sentirse querida por quien realmente era ella: por sus defectos, que consideraba eran muchos, sus cualidades, por su persona; no por su lugar como hija de los reyes de Victorville, no porque alguien se sintiese en la obligación de elogiarla y destacar solo lo bueno de ella, como si no fuese humana ni cometiese errores.

Había salido con un par de chicos de la casta dos, siendo aquello imprescindible para la Reina porque creía que alguien de una casta inferior no debía ser visto ni siquiera por sus hijas. Fueron dos actores y un modelo, y no fue como si Annelyss fuera de aquellas personas que catalogaba a la gente por la casta a la que pertenecías, porque siempre se mantuvo firme en contra de aquello, pero aquellos chicos si dejaban entre ver lo favorable que era ser alguien famoso y de buen nivel. No hubo segunda cita, porque ella siempre trataba de evitar a la gente altanera como ellos.

— ¿Todo bien, Ann? —Su mente volvió a la recamara, viendo la curiosidad en los ojos de su amigo/guardia.

— Perfectamente —arregló los tirabuzones de su cabello y alisó su vestido de tonos azul pastel frente a su gran espejo de cuerpo entero—. ¿Sabes? Creo que no debería ocupar mucho de tu tiempo, Will.

— No comprendo —delató su confusión con una pequeña risa, que le agradó a Annelyss.

En definitiva ya podía considerar a William como un amigo. Le parecía alguien que además de humilde y respetuoso dejaba verse como una buena compañía. Y tampoco era como si lo oji azul tuviese una gran lista de amistades.

Una de las desventajas de ser parte del clero era la inevitable desconfianza para con el resto del mundo. Porque no podías saber si le agradabas a la gente por ti misma, o si fingían que les caías bien solo por guardar las apariencias y presumir el “soy amigo de la familia real”.

— Solo pienso que preferirías ocupar tu valioso tiempo en otra cosa —espetó ya frente al chico—. O con otra persona quizás —soltó, dibujando una sonrisa cómplice antes de retirarse de la alcoba e ir en busca de su padre para que le ayudase con los mandatos que la Reina había encargado.


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Estaba sobre el pasto húmedo en posición de mariposa, mientras su mirada se intercalaba entre las tres lapidas enfrente de él, las cuales salían de la triste hierba que tenía el cementerio de Fennley. Tenía justo adelante la de su padre, en el flanco izquierdo la de su abuelo y en el derecho la de su hermano.

¿Por qué había decidido ir a aquel lugar? Ni siquiera Donovan lo sabía. Para cuando detuvo su marcha se dio cuenta al levantar la mirada del arco de entrada con el nombre de ese lugar, ni siquiera se percató de la sutil neblina que caracterizaba al cementerio. Solo había tratado de salir del ajetreo en el que se había convertido su nueva casa tras darse a conocer como seleccionado de la princesa Teresa, porque nunca se le había cruzado por la mente el llegar ahí. Así que simplemente entró con pasos largos y lentos, como si ahora se colgaran sobre sus hombros un enorme peso que hacía que dar el mínimo avance costara más que el anterior.

Sus ojos almendrados veían con pesar aquellos tres nombres. Llevaba tal vez ya una hora en la misma posición sin decir una sola palabra, y regañándose mentalmente por no haber traído siquiera unas flores, puesto que ya tenía un año desde la última vez que fue a ese lugar.

« ¿Por qué viniste aquí, Donovan?» siseó una voz en lo profundo de su mente y no era que la ignorase, pero no sabía la respuesta.

De cierta forma tal vez y se debía a que la gran nostalgia que ahora sentía no le dejaba pensar tranquilamente. Pero si reconocía algo con certeza pura era la razón por la que tenía tanto de no venir: estando ahí era cuando realmente aquellas pérdidas le quitaban el aire de sus pulmones, acompañado de aquella horrible opresión en el corazón que le doblegaba las rodillas. Solo estando ahí, frente a donde enterraron a sus seres queridos era cuando dejaba salir su dolor, porque sabía que era el único momento privado que tendría para hacerlo.

Por eso odiaba tanto aquella ciudad, porque todo le recordaba a su familia, a lo que una vez fue y lo poco que quedaba de ella.

— Lo siento tanto —también debía aceptar que si no había articulado una palabra era que al hacerlo lo más probable es que su voz se quebraría  y las lágrimas comenzarían a hacer acto de presencia, tal y como pasaba justo ahora—. Jamás dejare de disculparme, saben —comenzó, sonriendo estúpidamente mientras las gotas saladas trazaban un camino de sus mejillas al suelo—. No sé si están decepcionados, o si he hecho algo que los haga sentirse orgullosos de mí, al menos un poco.

Ni siquiera a su madre le había confesado aquella sensación de creer ser alguien insuficiente. Porque a veces sentía que era una carga para los demás. Y que nunca dejaría de serlo por mucho que se pudiese esforzar. Porque en el fondo guardaba el desagradable pensamiento de que las cosas serían mejor para los demás si él hubiese tomado el lugar de su hermano en la misión que lo mató.

— Lamento no haber venido a visitarlos en todo este año, pero creo que al menos comprenden el porqué de no haberlo hecho —respiró con profundidad, limpiándose las lágrimas con la manga de su sudadera—. Pero que sepan que no dejo de extrañarlos, me hacen mucha falta. Demasiada… —su voz se había convertido en un hilo delgado, así que trato de calmarse un poco, para poder hablar.

» Pero les prometo algo: voy a conseguir esos documentos. Nadie me sacara de la selección hasta que logre aquello. Se los juro por mi vida, por lo que representa ser un rebelde sureño y porque es lo menos que puedo hacer para honrarlos.

Se limpió la tierra de sus pantalones y les sonrió nuevamente a las lapidas, imaginándose los rostros sonrientes de esas tres personas, para retirarse del lugar y volver al ajetreo de su casa.


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Sus ojos azules ahora veían el calendabro de techo que estaba colgando justo en el punto medio de su habitación. Nunca le había gustado su recamara. Consideraba que era demasiado inmensa como para sola una persona, a pesar de que la rellenasen de muebles, como una pequeña sala en un rincón, su cama —donde juraba que entraban perfectamente al menos unas seis personas—, una puerta doble que daba a su gran armario —resultando que para él estaba demás tanta ropa—, una mesa que le servía para sus labores como príncipe, cada que se los pedía el rey.

Subió su espalda hasta la cabecera, sintiendo como el frio de la madera pasaba hacia sus huesos, aunque siempre sentía como si la temperatura bajara durante la noche en su alcoba. Muy a pesar de las mantas que tenía para ponerse encima, aquellos escalofríos jamás se iban.

Reconocía que su dificultad para conciliar el sueño se debía a todo el tema de la Selección. Había sido un mes muy ajetreado estando lleno de compromisos. Que si tenían que posar para una revista de chismes, que si tenían que hacer videos para promocionarse a sí mismos e influir en que algún chico (en el caso de Jeanne y Skyler) o chica decidiera hacer la solicitud para ser su seleccionado/a; que si debían dar entrevistas para que la gente conociera sus propios argumentos de lo que pensaban y esperaban de aquel magnífico evento. Las respuestas cortantes de Jeanne y las graciosas de Skyler aún estaban frescas en su mente, así como la cara de disgusto tanto de su madre como de su padre por aquellas entrevistas tan poco gratificantes, según a palabras del rey.

— Jeanne, nuestra futura reina —había sido un fatídico error del entrevistador el querer alivianar el humor de su hermana con aquella referencia, por lo que no le sorprendió la mirada de “no jodas con eso” que le había lanzado Jeanne al señor—. ¿Dígame cómo se siente al saber que nueve jóvenes, muy afortunados si me deja opinar, se disputaran para conquistar su corazón?

— Pues, veras, Patrick —comenzó, con una sonrisa ladeada en su rostro acariciando la madera oscura del reposabrazos de una silla con una gran cabecera en donde la sentaron—, me encuentro ridículamente ansiosa de solo pensar en tener tanta atención —Cyrus se había sorprendido ligeramente ante la respuesta, pero cuando la castaña giro para verlo le dedico un guiño que le saco una risa por lo bajo.

La entrevista con Skyler había sido más alivianada, además de que el humor divertido que ella siempre portaba le servía de mucho para hacer buena dinámica con la gente.

— Y dígame, princesa, ¿Cómo cree que resultara el que usted y sus hermanos estén incluidos en este evento?

— Creo que será algo entretenido por experimentar. Quiero decir, claro que estamos acostumbrados a la atención de gente del gobierno, de nuestro propio personal, de nuestro pueblo, pero —la oji azul le dirigió una mirada a Cyrus, en busca de ayuda, dándole en respuesta una señal de apoyo para que siguiera hablando— esta atención será diferente, porque serán personas con las que trataremos diariamente para conocerlas y que nos conozcan, así que… supongo que serán tres meses interesantes —concluyó con una de sus peculiares sonrisas de siempre.

— Príncipe Cyrus.

— Patrick —saludo en tono cordial tras sentarse en la misma silla en la que sus hermanas estaban con anterioridad.

— Mi chico favorito en todo Rottingham —se rio ante el “halago” porque las palabras aún estaban algo revueltas dentro de su mente y no les hallaba un orden coherente. Su pierna derecha descansaba con el talón colocado sobre su rodilla izquierda, con sus manos encima entrelazadas a pesar de que sentía cierta incomodidad porque estaban sudadas; consecuencias típicas cuando los nervios lo abordaban—. Me gustaría saber cómo se siente al respecto con todo esto.

— ¿Cómo me siento? —Trataba de acomodar todos sus pensamientos para evitar decir algo erróneo y recibir una reprimenda de parte de su padre— Algo… extasiado diría. Digamos que fue realmente una sorpresa para nosotros tres cuando nos dieron la noticia. Aunque no sé, me he puesto a pensar mucho en cómo llegarían a resultar las cosas y en cómo se me dará a mí el interactuar con las señoritas que lleguen a formar parte de mi selección —y no mentía, porque realmente aun no sabía si lograría no cohibirse por tantas miradas femeninas sobre él, a cercana distancia en esta ocasión—. No me gustaría decepcionarlas.

— Estoy seguro que no será así, alteza.


A pesar que la entrevista había sido ayer, aun sentía como sus manos desprendían sudor, acusándolo de su falta de control emocional. Qué diría el Rey si lo viese en tan ridículo estado.

El programa daba su inicio oficial mañana en cuanto todos los seleccionados (de cada heredero en cada uno de los seis reinos) salieran de sus ciudades y emprendieran camino para llegar a los palacios. Cyrus más que sentir molestia, siendo poco usual en él que algo lograra sacarlo de sus casillas, tenía nervios… muchos nervios, aunque si algo había aprendido a lo largo de los años era saber ocultar aquello como para que alguien lo notase.

Se levantó de la cama porque aceptó el hecho que el sueño no acudiría a él esta noche, tenía un revoltijo de pensamientos como para lograr tranquilizar a su propia mente. Se colocó sus pantuflas y su bata para ir a su balcón. Estando en aquella plataforma, recargó sus manos sobre el barandal, dejando que el frio viento de la noche chocara sobre su rostro y despeinara su cabello para apaciguar su nerviosismo, lo suficiente al menos como para tranquilizarlo.

El hecho de que no podía decidir con completa libertad ningún tema en su vida privada siempre le había oprimido, por lo que, si no podía hacer de su vida lo que él quisiese, al menos trataría de darle gusto a la gente. Porque tristemente no tenía otra alternativa.

Restregó su rostro con algo de frustración, soltando un gruñido por lo mismo. Tenía que aceptarlo: No quería eso. No quería la Selección. No quería que doce chicas, quien sea que se tratase, desconocidas llegaran a su casa para encantarlo lo necesario y así elegir al final de todo ese proceso a una como futura esposa. No quería casarse. ¡Solo tenía dieciocho años! Y prácticamente lo estaban obligando a que se “enamorara” de una joven en tan solo tres meses. Nunca había salido con alguien, no había dado su primer beso y por consecuente no conocía lo que era realmente sentir “amor” hacia una persona, hablando en un sentido plenamente romántico; le parecía ilógico e irracional que le dieran tres meses como plazo para conocer a alguien y que pensase que era la indicada.

Además, ¿Qué pasaba si elegía mal y se arrepentía de eso tiempo después? No conocía a las chicas que llegarían mañana por la noche, solo conocía los rostros, así como datos personales y las cualidades que habían colocado en sus solicitudes. Por lo que no sabía con profundidad las verdaderas intenciones que tenía cada una como para haberse postulado: ¿lo hacían porque de verdad gustaban de él? ¿O era solo por querer formar parte de la familia real y que las reconocieran como alguien de la realeza? ¿O tal vez solo era por la remuneración económica que recibiría la familia al ser un miembro de ésta participe de la Selección?

Tenía en cuenta que no era un experto en todo ese asunto, pero al menos no quería cegarse como para al final elegir a una chica que solo llegase por pura vanidad e interés económico. Sintió tal decepción al solo imaginárselo que se preocupó por pensar en tal barbaridades.

Sacudió su cabeza para ya no atormentarse más de la cuenta. No había forma alguna de que aquello no se llevara a cabo, así que debía aceptarlo de una buena vez y aprender a sobrellevar su barrullo emocional al menos enfrente de la gente.

Era una de las lecciones que su padre siempre le recordaba:

“— Debes aprender a ocultar cómo te sientes enfrente del público, Cyrus —caminaban a la par por los jardines en un día soleado pero con la brisa refrescándolos—, porque siempre observaran cada paso que des y cada palabra que digas, serás juzgado por tus acciones y por la manera en la que te sepas desenvolver —se detuvieron, para que su hijo lo viese a los ojos mientras hablaba, notando como era usual lo gélidos que podían ser aquellos iris del Rey—. Tendrás que dejar tus problemas en tu interior, lograr que en tu rostro y en tus movimientos se note que sabes manejar el papel que te toco en la vida.”

Por lo que no había forma alguna en la que pudiera platicar del tema con su padre.

Aun había momentos en los que Cyrus seguía deseando que el Rey cambiara su actitud de imponencia y dejara la careta de frialdad para que de verdad se conociesen. Que él se pudiese sentir agradecido por los hijos que tuvo, y Cyrus pensando en sí mismo, que se diera cuenta que lo único que él quería era que lo aceptara, con todos y los defectos que sabía ocultar para no molestar.

— Te dije, Sky, que el niño no dormiría nada esta noche —se giró al reconocer la voz de Jeanne y la risa de Skyler, viendo como ambas se acercaban hasta estar enfrente de él.

— ¿Qué tienes enano? —inquirió la menor tomando uno de sus brazos.

— Skyler, soy mayor que tú y más alto sobretodo.

— Lo sé, gracias por recordármelo, otra vez —comentó con sarcasmo—. Pero acordamos algo tanto Jeanne y yo.

— ¿Qué cosa?

— Que a pesar de que yo sea la última en nacer, para las dos tu eres el menor.

— ¿Por qué es que ustedes acordaron en eso?

— Porque eres el único varón —respondió ahora la mayor con un tono de “ya deberías saber eso, duh”—. Así que vete enterando que estaremos muy al pendiente de tus seleccionadas.

— De Skyler lo creo, pero tú —señalo a la morena como si la acusara de algo—, las vas a intimidar.

— Yo puedo ser muy dulce cuando quiero.

— Já, si claro.

— ¡Skyler se supone que estas de mi lado!

— Lo estoy hermana mayor, pero si algo te falta es un poco de dulzura —Cyrus empezó a reírse ante la conversación infantil que tenían ellas, logrando que su risa se les contagiara. — Bueno, tenemos lo que queda de la noche para convivir, porque a partir de mañana este lugar se volverá un circo con maroma y teatro. Así que vamos enano, a tu cama —habló de nuevo dando un aplauso tras su propuesta y se adentró a la alcoba.

— ¿No se van a ir, cierto?

— No —su hermana se paró sobre su colchón, empezando a brincar en este—. Además, sabemos que tú no podrás cerrar un ojo hoy, y ciertamente ninguna de las dos tiene sueño, así que charlemos un poco.

Dirigió su mirada a Jeanne, para saber qué opinaba de todo eso, pero solo le respondió elevando sus hombros antes de posicionarse a un lado de Skyler sobre su cama.

« La cara que pondrá papa cuando nos vea desvelados.» pensó con una sonrisa en su rostro y ya estando más relajado.


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Tenía nervios. Muchos nervios. Tantos que si no podía controlarlos se acabaría mordiendo las uñas de sus manos, hasta la cutícula, como lo hacía de pequeña antes de que pudieran entrarle bien las clases de modales que debería tener una princesa; lo último que quería era arruinar el tan elegante diseño que les hicieron a sus uñas, a juego con el vestido que escogió para este día, donde finalmente estaría cara a cara con sus seleccionados.

Llevaba un vestido de tono azul pastel que le llegaba a la rodilla, de tirantes gruesos que iban desde el corte en v del pecho hasta por detrás del cuello, uniéndose ambos en un cierre, y con una falda al vuelo, que se movía fácilmente al compás de sus pasos, que era como si le quedara perfecto para danzar y verse aun así con elegancia. La reina les había “sugerido” que llevasen el cabello recogido, pero Ann prefirió llevarlo suelto, y que lo único arreglado que tenía era que le habían hecho tirabuzones.

Quería estar presentable; ni muy elegante ni muy casual como para que dijeran que no le importaba la selección. Quería algo intermedio, algo que quedara con ella misma: que no era amante de los protocolos, los modales refinados y hablar con prudencia, pero igual lo hacía, porque como le decían, era su deber. Así que quería pensar que había hecho una buena elección, aunque seguía sin estar segura.

Así era Annelyss. Siempre se tomaba su tiempo para pensar hasta tres veces todo antes de hacerlo, porque siempre quería hacer todo bien.

— ¿No crees que debí escoger otro color, Gytta? —Preguntó, con su tono de voz denotando nerviosismo— O tal vez otro vestido.

— No, Ann, créeme, te ves hermosa.

— Tal vez un rosa pálido o un lila —siguió con su soliloquio, sin escuchar lo que su hermana decía—. Creo que igual debí haberme recogido el cabello como madre solicitó.

— Que no mujer, te vez más que perfecta —repitió su hermana—. Además, será mejor si te tranquilizas un poco, que harás que se me peguen tus nervios —pidió con calma.

— ¿Tu nerviosa? No pareces en lo absoluto.

— Es porque no nos queda mucha opción para eso, Ann —recordó, dándole nuevamente una sonrisa para brindarle seguridad.

Annelyss guardo silencio después de eso. Intentó serenarse ahora con inhalaciones y exhalaciones profundas. Pensaba que si no detenía su locura, al final no sería ella quien intimidaría a sus seleccionados, si no al revés; con apenas el primer saludo saldría corriendo de la habitación. Cuan humillada se sentiría la Reina si aquello pasaba.

— Solo sonríe, y sé tú misma, Ann —le aconsejó Gytta, en su rol de hermana mayor, justo a tiempo cuando la asistente de la Reina les llamó para entrar al Gran Salón y que conocieran a los participantes.

Ann dio un último y largo suspiro antes de entrar, siendo la segunda, detrás de Gytta. Intentó mantener su mirada sobre el peinado de su hermana y tener el rostro tranquilo, sin que se denotase que en cualquier segundo llegaría a perder los estribos.

Falló cuando dio una sutil mirada a su derecha, viendo fugazmente a unos cuantos de los presentes y sorprendiéndose ligeramente al ver a tantos chicos reunidos en una sola habitación a la espera de ellas. Enseguida regresó la vista al frente, estando segura de que aquel error suyo, aquella vacilación que tuvo, podría haberlo captado alguna de las cámaras que había alrededor.

Se sentó en el sillón a la izquierda de Gytta y trató de recordarse que esto no resultaría nada mal. Serían unas cuantas preguntas que les haría a cada uno de los seleccionados, así que intentó motivarse y se volvió a colocar en su faceta de cien por ciento de positividad dando una de sus mejores sonrisas, y ocupando su mente en recordar una canción que sabía tocar en el piano, mientras daban paso al primer seleccionado.

Le dio una última mirada a Gytta, quien se la devolvió para decirle algo:

— Recuerda: solo se tu misma. Te amaran, ya verás —y le guiñó un ojo al final antes de mirar nuevamente al frente.

El primero de los chicos de Annelyss fue uno de la casta dos. Un actor de nombre Felix McCall, de tez morena, cabello y ojos oscuros, pero con todo ese conjunto dándote a entender el porqué de que sea un actor. Lo reconoció de inmediato mientras éste caminaba a su encuentro, puesto que se había dedicado a memorizar cada cosa de las solicitudes de los doce participantes que conocería hoy.

« Vamos, Ann, este no creo que salga como esos doses pedantes y arrogantes » se trató de dar ánimos, recordando que no tenía buenas historias con jóvenes de aquella casta.

Felix no había resultado tan mal tipo. Era guapo, venía de una buena casta y era reconocido por el país como uno de los jóvenes talentos que prometían mucho hoy día; ese sería el listado de buenas cosas que la Reina probablemente le daría para que lo tomase en cuenta. Para Ann no hubiese sido tan malo, si el chaval no se hubiera pasado arreglando su fleco hacia arriba cada diez segundos, o citándole una lista de las series y películas famosas en las que había actuado.

Para cuando la rubia le preguntó el porqué de que haya decidido postularse en la selección, Felix le dio una mirada profunda, que le penetró en el alma, como siquiera intimidarla, y le dijo que era por ella. Que la princesa merecía el que un grupo de chicos, que no tenían nada que ver unos con otros (enmarcado sutilmente el que habían participantes de castas más bajas), se disputara por ella.

Annelyss tuvo que reprimirse las ganas de enmarcar una gigantesca tacha sobre su nombre. Odiaba la clasificación de las castas, y odiaba aún más a la gente que se agasajaba vociferando su buen status, cuando había familias luchando por alimentarse día a día. Sí, tal vez era una de las herederas, pero eso no anexaba el que estuviera de acuerdo con las leyes que se estipulaban tanto en su reino como en los otros.

Volvió en sí justo cuando venía el siguiente participante: un chico rubio, alto y de complexión delgada, que caminaba con buen porte, como si estuviera dado a los buenos modales.

— Buenos días, su majestad. Primeramente, permítame darle las gracias por el dejarnos quedarnos en su hogar —empezó, tras saludarla con una pequeña reverencia que no hacía falta y sonriendo con elegancia y simpatía—. Espero probarme a mí mismo merecedor de su mano cada día.

— Miles Bletchey —le sonrió devuelta tras recordar quién era. Casta 6, y mayordomo. Ahora entendía el porqué de su caminar y de su muy refinado saludo, era ya costumbre por el trabajo—. El gusto igualmente es mío, y espero que la pasen bien durante su estadía.

— El tiempo que duremos, quiso terminar diciendo alteza —agregó Miles al final, sonriéndole con un poco más de calidez ahora, aumentando en la escalonada de lo que empezaba a agradarle a Ann.

— Solo le pediré algo, joven Bletcheley. Cuando estemos solos —empezó, pero se sonrojó al recibir la mirada inquisitiva del oji azul junto con una sonrisa divertida—, quiero decir, cuando estemos platicando cómodamente, no me trates de usted. Soy Annelyss, y para mis amigos Ann —le pidió con dulzura, dejándole saber que no le gustaría tanta formalidad durante el tiempo que se estén tratando.

— De acuerdo, Ann —aceptó Miles al final con una sonrisa.

Los siguientes chicos pasaron más rápido, para su gusto y disgusto. Un chico de Whites, Kellen Boot, casta 4 y granjero, le comentó que tenía dos hermanas menores, gemelas, que se habían emocionado tanto cuando él salió en la pantalla de la televisión como uno de los seleccionados, y que su sueño era que en un futuro pudiese extender las tierras de su padre; un relato, que por más que pequeño le había bastado a Annelyss para que le agradara el castaño.

De ahí le siguió un chico de la casta 6, Ian Mitchell, que había logrado entrar a estudiar en la Universidad y se había graduado apenas este año; le hubiese ido mejor al chico si no le saliera el comentario de que lo que quería era ascender lo más rápido que pudiese de casta para así vivir mejor. Le había resultado más ambicioso que esperanzador.

Jason Kane, un chico de la casta dos que era modelo, le había sorprendido gratamente. No por lo muy apuesto que era, que hasta Annelyss se vio recibiendo sonrisas insinuantes por parte de Gytta; si no por cómo se había comportado. Había sido encantador, simpático y alguien con temas realmente entretenidos por escuchar. Le dejó tan buen sabor de boca que por primera vez tuvo la esperanza que no todos los chicos de la casta dos eran unos babosos.

La esperanza cayó por los suelos con el siguiente participante. Un dos, que se presentó a sí mismo como Boby Sprouse, que venía de Lotonia, siendo hijo de un consejero de aquel reino. Comentó que simplemente quería probar suerte en otra selección. Casi ni había dejado que Annelyss dijera palabra alguna, porque él se la pasó hable y hable, con puros comentarios por demás bobos e irritantes, lanzándole por momentos sonrisas descaradas, llenas de insinuación (y no de la buena). Tenía todo el perfil de un muñeco ken: pelo engominado, dentadura deslumbrante y una personalidad que te hacía pensar que era puro plástico todo aquello.

— Siéntase con la plena seguridad de que conmigo la pasara más que bien, princesa —terminó, dejando entrever el descaro al final y haciendo que la alarma sonara dentro de la mente de la rubia.

Se presentó luego un chico de Italia. Un pintor que la dejó con varias palabras atascadas en su boca. Roman Fidelli. Sabía que ese nombre no lo olvidaría, menos aquella pequeña chispa que creyó sentir en el momento.

Después conoció a Dylan Johnsons, un chico que se ganaba la vida como jardinero, siendo el hombre de la casa tras perder a su padre hace un año, y que junto con su madre trataban de que la vida no se les desmoronara para ellos y sus dos hermanas menores. Pero a Ann no le despertó alguna chispa, ni química, al menos en el sentido romántico, si no que sintió una enorme empatía y admiración por Dylan, llegándole la necesidad de protegerlo, y pensó que al menos podrían ser amigos lo que durara la Selección. Porque eso sí, ella se aseguraría de que él sería de los finalistas para que así su familia ganase más.

« Ya casi terminamos con esto, Ann, ya casi, uno más y eso será todo por hoy.»

Vio que venía el último participante y lo reconoció de inmediato por el semblante que el chico tenía. Era serio, no como si estuviera enojado, pero tampoco como si estuviera contento por estar ahí. Uno parecido al de la foto que estaba en su solicitud: como si la presión ejerciera mucho peso sobre sus hombros y le molestase, reflejándose en la nula sonrisa y en el poco brillo en sus ojos. Así que Annelyss no sabía cómo interpretar aquello. Lo último que quería pensar era que probablemente él no quería estar ahí. No quería creer que ingresase a la Selección solo por obligación.

— Alteza —saludó, sintiendo Ann con eso un tono más de ironía que de respeto.

— Por favor no —pidió, al ver que se disponía a hacer la ya común reverencia—. No es necesario. Ya hubo muchas por hoy.

— Pero es el protocolo —rebatió el castaño.

— Pues olvidemos el protocolo —propuso en tono cómplice—. Y que yo soy la princesa y que este es un castillo, y todo lo demás.

— ¿Entonces cuál es el escenario? —inquirió él ya sentándose en el sillón frente a ella.

— Solo dos personas tratando de conocerse y empatizar —concordó Ann con una sonrisa al final.

— En ese entonces, soy Tyson. Tyson Rutherwurd. Pero quiero suponer que eso ya lo sabías —terció, en una sonrisa desalineada.

— Hago mis deberes, joven Rutherwurd —objetó la rubia con sarcasmo.

— Creí que pidió que nos olvidáramos que era la princesa —le recordó, elevando una de las comisuras de sus labios en una chueca sonrisa y sacándole una pequeña carcajada a Ann.

A Tyson le fue inevitable pensar que le había gustado ese sonido, más de lo que pudiera aceptar. Se tuvo que obligar a mantener la postura rígida, aunque sin mucho éxito porque todo estaba saliendo lo contrario a lo que esperaba.

— Cierto. No existen los deberes entonces.

— ¿Le gustaría el que no existieran realmente? —siseó ahora, interesado de cierta manera por lo que ella fuese a contestar.

— La vida sería más sencilla de ser así, tenlo por seguro —le confesó riendo al final.

Guardaron silencio un par de segundos, en los que simplemente se observaron. Annelyss sintió que sus mejillas se empezaban a colorar, pero no le importó. No quiso pensar en otra cosa que no fuese el revoloteo de mariposas que sentía en el fondo de su estómago, y que aquellos ojos aceitunados que la analizaban estaban despertando en ella una calidez tan regocijante que jamás pensó sentir en un primer momento.

Y Tyson sentía lo mismo. Queriendo no sentirlo. Queriendo no pensar en que estaba disfrutando de la charla y de la presencia de Annelyss. Queriendo no pensar que ahora le agradaba una de las herederas dentro de aquel gobierno tan injusto.

— ¿Y qué haces en tu tiempo libre, Annelyss? —preguntó de pronto, cortando la conexión que habían tenido y haciendo que la rubia reaccionara de aquella magia en la que se había adentrado.

— Ehm…

— ¿Acaso veo vacilación de tu parte? —retó, disfrutando del momento.

— Yo… —le dedicó una sonrisa, sabiendo que ahora quería dejarla en evidencia— me gusta leer y tocar el piano…

— ¿Tocas el piano? —la interrumpió sin hacerlo adrede, sino por la sorpresa de aquello.

— Sí. Desde los diez años —informó, sin estar muy segura el porqué de la insistencia, hasta que algo hizo clic en su a veces fatídica memoria—. Oh, cierto que eres músico —trajo el tema a la conversación, llena de alegría por la sutil coincidencia—. Tocas el piano y la guitarra, ¿no? Mira que mi memoria suele fallar en los momentos donde más me hace falta.

— Yo…

— ¿Acaso ahora soy yo la que ve vacilación de tu parte, Tyson?

— No —aseguró, sonriendo inconscientemente ante la burla—. Pero sí, toco esos instrumentos.

— Bueno, creo que tendremos de donde sacar charla la próxima vez.

— ¿Próxima vez? —interrogó el castaño justo antes de que le dijeran a la princesa que ya se había acabado el tiempo. Se dio cuenta que ya los demás estaban solo a la espera de ellos dos. Ni siquiera se percató de lo rápido que había volado el tiempo.

— Fue un placer, Tyson. Y gracias por haber dejado la formalidad a un lado —señaló Ann, sonriendo dulcemente.

— Yo… el placer fue mío su alte… Ann —se trabó, sin saber muy bien por qué y escuchando una pequeña risa por parte de ella.

— Hasta más tarde, Ty —se despidió Ann con una gran y genuina sonrisa.

En primera instancia, Tyson pensó simplemente decir adiós, pero creyó que no estaría bien. Una porque Ann le había agradado realmente, y la otra porque las cámaras los grababan en ese momento. Se despidió depositando un beso en la palma de la mano de la princesa, y posterior a eso haciendo una pequeña reverencia, sin notar el sonrojo que aun tenían las mejillas de ella.

No le dirigió otra mirada, porque sabía ya que ese par de gemas azules jamás saldrían de su mente. Ni aquella sonrisa tan encantadora, ni aquella risa tan natural y agradable de escuchar, ni aquella dulce voz que para su mala suerte sentía que hasta en sus sueños la seguiría escuchando.

Porque lo que no quería admitir era que Annelyss Poynter realmente le había gustado.


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¿Estaba molesta? Por supuesto. Estaba molesta con Sunshine, con Hayden y en un escalón muy elevado con Artyca, porque ella si podía lograr que el príncipe Noah le prestara atención sin siquiera chistar, y sin tener que recurrir a las tácticas de seducción como Amika lo hacía.

Sentía molestia también hacia su padre. Por el comportamiento tan cerrado, frío, distante e intimidante que tomó tras la muerte de su madre siete años atrás durante una misión de los rebeldes.

Amika apenas era una niña cuando aquello sucedió. Tal vez era chica para razonar algunas cosas, pero entendía por qué su padre se había encerrado en su recamara durante una semana, llorando durante las noches ante el hecho de que Aurora no volvería de nuevo, porque igual eso había sentido ella; perdió a su madre y aquello era algo que nunca se iba a arreglar.

Su pequeña familia se había roto por completo, ya que con la pérdida de su madre, su padre había cambiado, convirtiéndose en alguien que no reconocía. Desde entonces, Amika creció rodeada de regaños, de exigencias, de odio, tristeza y soledad. Siempre trataba de hacer que su padre estuviese orgulloso de ella, de su persistencia en cada meta que se proponía; pero nunca le era suficiente, y ella reconocía que jamás le sería suficiente, aun cuando los rebeldes llegasen a lograr lo de la revolución.

Para su padre jamás habría suficiente hazaña que le hiciera sonreír de nuevo.

Amika quería que se diera cuenta que aún tenía a su hija, pero parecía que si no era por las reprimendas, él nunca la tomaría en cuenta. Y crecer sin su madre y sin la guía buena de su padre le marcó, de una manera en la que no quería. Ella no había querido crecer y convertirse en la chica antipática, gruñona, y recelosa que lanzaba odio hacia toda persona y hacia el mundo entero que era hoy día. Pero los golpes en la vida pudieron más que su voluntad.

No tenía amigos. Estaba sola, realmente sola. Su madre había sido su mejor amiga y confidente hasta que marchó. En la ciudad de los Ángeles, siempre veía a personas pasarla bien, a grupos de amigos caminar de ahí a allá, mientras ella repelaba a todo aquel que se le acercara. Y ahora dentro de la tan absurda Selección presenciaba lo mismo: veía a chicas acompañadas de otras chicas, contándose cosas, chismeando y divirtiéndose, mientras ella estaba en el rincón alejado, observando todo con recelo, queriendo tenerlo pero sin tener la disposición de hacer algo para obtenerlo.

Si, también estaba molesta consigo misma por complicarse siempre las cosas. Porque aunque deseara tener amigos, tenía el suficiente y por demás orgullo como para aceptar el necesitar a alguien. Nunca lo hizo con su padre, mucho menos cedería con alguien más.

— ¿Estresada acaso? —Dio un respingo en su lugar al escuchar la voz de alguien más tan cerca de ella. Volteó a ver al intruso de su tiempo a solas, y se topó con un desconocido. Cabello castaño abundante pero presentable, luciéndolo tan bien como para celarlo, ojos de un color entre azul y verde muy atrayente, con una barba incipiente y dándole una sonrisa como si fueran viejos amigos— Debes de estar muy pensativa, ya que no escuchaste cuando me acercaba hacia ti, ni mucho menos cuando me senté a tu lado.

— Que bueno que lo notaste —le comentó con sequedad, sin la intención de ser amable con él, y regresando su mirada hacia el frente.

— Pero que antipática resultaste ser.

— No me pagan por ser señorita amabilidad.

— En estos momentos creo que sí —repuso el castaño y Amika le dirigió una mirada pesada. Sus ojos marrón intensificados por la irritación—. Pero vamos, que un poco de educación no te vendría mal. No siempre debes de hacerlo frente a una cámara, si no también practicarlo en privado.

— Adivina —dibujó una sonrisa por demás forzada antes de seguir—, no me apetece serlo contigo, y no tengo porque.

— Eres muy grosera para ser alguien de la casta dos, ¿te lo han dicho alguna vez?

— ¿Qué crees sabiondo? Los de la casta dos no somos famosos por ser amables ni simpáticos.

— Es muy cierto lo que dices, pero hay rarezas.

— Pues dime una chica más del montón, me da igual —dio por sentado, queriendo acabar con la conversación y que el chico se largara de una vez. ¿Por qué no se iba?

— Oh, pero si tú en definitiva no eres una más del montón —señaló el castaño, ladeando una sonrisa galante.

— ¿Y tú? —interrogó con desconfianza Amika, puesto que aún seguía sin saber quién era y parecía como si a él le hiciera gracia el charlar y molestarla— ¿De qué casta vienes?

— No me gustan las etiquetas, pero soy como tú, aunque quitando lo grosero y descortés. Porque mira, yo si estoy siendo amigable —agregó en tono condescendiente.

Amika era buena repeliendo a la gente, pero parecía que con ese chico simplemente no podía.

— Ni siquiera sé porque sigo aquí sentada escuchando tu voz —alegó ahora ella, levantándose de la pequeña banca, siendo seguida del chico.

— Al menos podría despedirse, Lady Amika.

— Espera, ¿cómo es que sabes mi nombre, y además la casta que soy? —Él simplemente rio, pero no como si le hubieran contando un chiste y exclamara de felicidad. Era una risa más bien seca, de esas que denotaban burla hacia ti.

— No se ponga mucha importancia, Lady Amika. A estas alturas creo que medio reino ya sabe eso de usted.

— Responde —exigió.

— Me llamó Bartholomew, y sinceramente le comento que no creo que dure mucho en la selección con esa actitud de odiar al mundo entero tan despectivamente —empezó. Amika iba a reprochar el cómo le hablaba, pero no se lo permitió—. Me preguntó cómo es que terminó siendo una de las citas del príncipe Noah. Usted es de lejos simpática y amigable, y está más fría que un tempano de hielo como para considerársele una persona alegre. Y ni siquiera por mencionar que no parece tener buen sentido del humor.

— Oye…

— Aunque tal vez y el príncipe le haya elegido porque supo cómo coquetearle un poco. Me esperaba eso de algunas competidoras, así que me inclinó más por eso —terminó, mirándola directamente a los ojos.

Esperaba una disculpa por la manera en que la trató, pero al ver que simplemente permanecía en silencio, observándola aún como si disfrutase de aquello y esperase una respuesta, Amika perdió los estribos.

— ¿Quién te crees que eres? —exigió de nuevo, tratando de no haber elevado tanto la voz, cruzada de brazos, y con el desagrado y el odio reflejados en sus ojos. Que si pudiera, le hubiera matado con la mirada.

— Oh cierto. Bueno, como dije antes: mi nombre es Bartholomew —empezó, y guardo un segundo de silencio para darle una sonrisa arrogante antes de proseguir— y yo soy primo de los Shawcross —aclaró, sonriendo ahora en grande al ver la sorpresa reflejada en el marrón de los ojos de Amika.

— ¿Qué?

— Sé que ahorita te has de estar dando cachetadas mentales por haber sido tan grosera conmigo, siendo que si me diera la gana, podría hablar con Noah sobre este sutil episodio y él ya vería cómo lidiar contigo. Tenemos una muy buena relación, así que…

— Eres un…

— ¿Un qué? Vamos, no te ahorres las palabras, ya has dichos muchas inapropiadas, puedo soportar otra más.

— Mientes.

— ¿En serio llegaste a tal punto de echarme la culpa y tacharme de mentiroso solo porque sientes que metiste la pata muy en el fondo? —Cuestionó Bartholomew, fingiendo indignación— Te podría llevar a la habitación que tengo y mostrarte las fotos en donde salgo con mis primos, pero… ¿adivina? Está prohibido que los participantes hagan eso, y realmente no se me apetece —terminó, observándola con la barbilla elevada, tratando de lograr intimidarla al menos un poco.

Amika abrió la boca, para soltarle una palabrota, pero lo pensó dos veces, y la cerró de nuevo. Le dirigió una última mirada furiosa antes de alejarse caminando, resonando con fuerzas las zapatillas, notándose lo enojada que se encontraba.

Barry se rio por lo bajo, tras disfrutar del encuentro. Reconocía que había hecho mal el incitarla a enfurecerse. Pero le había picado la curiosidad el conocer a Amika. Desde que Noah le platicó sobre sus seleccionadas. Aunque serían seleccionados con aquello que un chico estaba incluido, y sabía que jamás dejaría de recordarle eso a su primo.

Y ahora que la había tratado, estaba seguro que se le acercaría, tal vez para pelear de nuevo. Porque hay que quedar claros en que nadie le había tratado así; alguien que no fuese su padre y su madre con su ya de por sí frialdad y distanciamiento. Pero el reciente episodio con Amika en vez de molestarle, le había agradado.

O tal vez era que sencillamente ya tenía su pequeño conejillo de indias para entretenerse en lo que él se quedaba dentro del palacio, el suficiente tiempo que se pudiese para permanecer fuera del radar de sus padres.

Comenzó a caminar por los pasillos, cruzándose con algunos cuadros de la familia real. Donde se mostraban con elegancia, aparentando demasiada perfección para ser real. Observó el rostro de sus primos: tan afables, cuadrados y serios; mostrando una actitud que de no conocerlos la creería. Cuantas jugarretas y bromas había tenido él con ellos como para atestiguar aquello. Siguió con el de los reyes, deteniéndose en el de su tío: el gran Rey Clarkson. A quien obligatoriamente se le debía dar respeto y alabanza, aunque Barry desistiera, sabiendo de más como era realmente el Rey, y sintiendo asco hacia él en cada momento del día.

No le sorprendía porque su padre era tan áspero, insufrible y frio, siendo que tenía como gran ejemplo a Clarkson. Al igual que su madre, pero no a un grado tan desmesurado. Era por eso que preferiría un millón de veces hospedarse en la casa de sus tíos (aunque siempre odiaría al tío Clarkson), que pasar cinco minutos más recibiendo órdenes y demás por parte de los condes, que si bien eran quienes le daban la buena vida que tenía, jamás les atribuiría el papel de padres que deberían tener para con él.


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A Darius, su nuevo compañero de habitación se le hacía alguien callado y reservado, por no usar la palabra raro para describirle. Tampoco era como si él mismo portara una sonrisa todos los días y platicase de su deprimente vida con cada persona que se le cruzara; lo tacharían de raro.

Pero Hayden, con un par de palabras que habían cruzado hasta el momento, le resultaba alguien misterioso, pero amigable, y a Darius le faltaba un buen amigo en el cual poder confiar, porque en las inmediaciones del castillo de Illéa, nunca se sabía la gente con la que te podrías topar.

Y en estos momentos necesitaba a alguien con quién platicar. Alguien que le ayudase a desenredar el torbellino de pensamientos que se habían alojado en su chispeante cabeza tras encontrarse a Ariadne por mera casualidad en uno de los pasillos del palacio.

Siempre tuvo el vago pensamiento de que la suerte nunca le favorecía, pero ahora estaba más que seguro de que la misma suerte se reía a carcajadas en su cara.

— ¿Puedo comentarte algo personal? —inquirió hacia Hayden, el cual estaba recostado boca arriba sobre su cama, observando el techo de la pequeña habitación asignada para los dos como si fuese de las cosas más interesantes. Le lanzó una mirada con la ceja alzada a Darius, como si se preguntara del porqué de que le estuviese hablando— Bueno, si es que no interrumpo tu tiempo a solas contigo mismo claro —señaló ahora con sarcasmo.

— A ver, dime —suspiró su compañero, sentándose ahora sobre la orilla de su cama y viéndolo para incitarle a hablar, pero esperando que fuese algo que si valiera la pena mencionar al menos.

— ¿Qué harías si te volvieras a encontrar con tu ex novia pasado dos años de no verla? —soltó Darius de pronto, tal vez tomando por sorpresa a Hayden, porque nadie esperaría que te pusieses a charlar sobre tus relaciones pasadas en los confines del castillo.

— Bueno, creo que depende de cuánto duraron y cómo fue su relación exactamente —le respondió con tono de duda, por lo raro de la conversación—. ¿Hablamos de ti no? Porque yo no tengo ni tuve novia.

— Tal vez —chistó Darius con incomodidad—, o tal vez hablemos de un amigo al que le surgió hoy ese problema.

— Claro —obvió Hayden no muy seguro—, solo falta que me digas que la ex novia de tu amigo es una de las seleccionadas —agregó, riéndose por lo irónico que resultaría aquello.

— Pues…

— ¿Era un chiste, lo sabías? —indicó, pero al solo escuchar silencio de parte de Darius, se dio cuenta en lo que estaba metido— De acuerdo, jamás pensé que tu fueras de esos.

— Rectifico aquello: jamás pensaste algo de mí.

— Tranquilo, galán, no te me exaltes.

— No soy un galán —se lanzó sobre su cama, lleno de cansancio por todo lo acontecido durante el día. Solo quería cerrar los ojos y que al despertar, todo lo sucedido había sido parte de un muy raro sueño.

Un muy raro sueño que jamás quiso tener.

— Tengo dos teorías —alcanzó a escuchar a través de la almohada que tenía puesta en su rostro.

— A ver, Don sabiondo, dime las conclusiones a las que tu cerebro ha llegado —pronunció.

— Que tu comportamiento de “estoy harto de todo” se debe a, primera opción: que el reencuentro con tu ex hizo que despertasen sentimientos de por medio, que te hicieron darte cuenta que nunca se fueron realmente.

— Aja, ¿y de que va la segunda opción?

— A que lo que tuvieron fue una gran mala experiencia para ti que no quieres que te vinculen de nuevo con ella, por miedo al qué dirán.

Soltó un grito, siendo silenciado por la almohada. La lanzó hacia la pared a su izquierda y simplemente se quedó viendo el techo, hacia el foco que había en el centro de la habitación, del cual emanaba un halo de luz lo suficiente para alumbrarlos en la oscuridad. En su mente empezaban a resurgir los recuerdos. Aquellos que había puesto en un baúl en el rincón más olvidado de su cabeza hace dos años atrás, porque de recordarlos a diario, no podría con la tristeza ni la añoranza.

— Las dos de hecho. Un poco de ambos, pero más del primero —confesó con derrota.

— Estás perdido, Darius.

— Gracias. Tus palabras sí que me alientan, Hayden.

Si alguna vez has leído la obra literaria de Romeo y Julieta, llegarías a notar la similitud que existe entre esa trágica historia y la que hubo entre Ariadne y Darius hace un par de años; que tal vez no termino en tragedia, pero tampoco con un “y vivieron felices para siempre”.

Darius Forbes, había sido un chico de la casta seis, antes de postularse como guardia real. Su padre lo había sido también, hasta que se fue a servir en las tropas, y quedó inhabilitado tras un enfrentamiento en donde perdió la pierna, y con ello dejándose llevar por la depresión de lo sucedido, aislándose de los tiempos con las familias y de las responsabilidades para con esta. Mientras que Darius, junto con su madre permanecían en el intento de solventar la precaria situación económica por la que pasaban, teniendo tres estómagos más que llenar siendo que también estaban las tres hermanas menores de Darius.

Fue cuando Darius tenía diecisiete años, justo después de perder a Dianna, su madre, que conoció a una pequeña rubia hermosa, con unos ojos esmeraldas que le robaron el aliento desde el primer encuentro. Ariadne Kent, una chica de la casta tres, la cual le había dado una gran razón para conseguir fuerzas de donde no tenía, alentándolo de que debía seguir adelante, porque después de todo, sus hermanas aun contaban con él.

Su historia de amor no era tal y como la relataban los cuentos de hadas, donde la chica encontraba a su chico ideal y vivían felices por el resto de sus vidas. No. De hecho, la historia de ellos tuvo tanto sus subidas como sus bajadas. Se veían a escondidas, disfrutando de la compañía del otro, como si la necesidad de estar cerca les llamara a reunirse, sin importarles que estaba mal lo que hacían, que jugaban con fuego y que se podían quemar en el intento. Esa era la parte linda, la que estaba llena de alegría y de buenos recuerdos, donde simplemente platicaban y se veían, queriendo detener el tiempo ahí mismo y permanecer en él para siempre.

La parte mala, la que estaba llena de tristeza, de dolor, de los malos recuerdos, era cuando discutían, por la razón de los problemas que conllevarían a lo que pasaba entre ambos, por la diferencia de casta que había entre ellos. Porque si se descubría lo que tenían, tal vez no la contarían. Pero Ariadne quiso correr el riesgo, al igual que Darius, confiado en que tal vez y la suerte no sería tan malo con él. Que tal vez y las brazas no arderían tanto como suponían.

Hasta que un día, a las puertas de su pequeña casa tocó un señor, de un aspecto que dejaba entrever los años de encima que tenía. Se presentó como el padre de Ariadne, y fue ahí cuando Darius supo que todo había acabado. Porque ella era una tres, una hija de empresarios que no permitirían el que su hija se involucrase con un seis, con un don nadie como lo era él.

No se habían vuelto a ver desde entonces. Ariadne había persistido a la promesa que se habían hecho, llegando a tocar con insistencia la puerta de su casa y mandando cartas recordándole esa promesa: de que seguirían juntos a pesar de lo que opinase su familia, que la diferencia de castas no le importaban a ella y que tampoco deberían importarle a él; que lo único que le importaba a Aria era estar con  él, que estaba dispuesta a ser una seis con tal de seguir a su lado.

Una promesa que Darius también quería cumplir, pero que no podía, ni que debía. No quería arruinar la vida de Ariadne, que sería lo que pasaría en caso de que siguieran con lo suyo. Sentía que ella merecía más de lo que él podría ofrecerle, así que sacó fuerzas de voluntad para persistir y no dejarse llevar por lo que su corazón demandaba.

Ya no había vuelto a recibir otra carta por parte de Ariadne, ni sabido nada de ella desde que entró a trabajar al palacio de Illéa, sirviendo a la familia real como uno de sus guardias. Con lo que ganaba le bastaba para sustentar a sus hermanas, y a su padre, por mucho que a veces le entraban ganas de ir a sacarlo a patadas de la casa por seguir haciéndose el mártir de la historia.

Lo único que Darius siempre quiso era darle una mejor vida a su familia. Y tal vez con ello había sacrificado su propia felicidad, pero lo había dejado pasar. Porque creía que no siempre se podía ser feliz, ni que la vida era lo justamente fácil para obtener lo que deseases.

Ya había aceptado el hecho de que tal vez y nunca volvería a ver a Ariadne nuevamente. Que lo que tuvieron sólo formaría parte de un capítulo en su vida, el cual a la vez que le sacaba sonrisas inconscientes, le entristecía al segundo siguiente.

Por eso, en este día, en la actualidad, cuando la vio caminar con aquel vestido elegante de color esmeralda, que lograba que resaltasen aún más aquellos ojos que recordaba llenos de brillo. Cuando la vio de nuevo, con aquella actitud tan enérgica y alegre que lo habían conquistado, pensó que nunca se debía dar nada por sentado, porque hasta el mismo destino se burlaba de la gente cada que quisiese.

El rostro de sorpresa que tenía Ariadne tal vez fue el mismo que tuvo él. Que si pensó en algún momento, por muy remoto que fuese aquel pensamiento, el volverla a ver, nunca visualizó como escenario el castillo.

Ni a él como guardia ni a ella como una de las participantes que competían por el amor de uno de los príncipes.

Por el amor de alguien más, no por el suyo.

Aunque era un amor al que él había renunciado primero.

Un amor del que se había dado cuenta que aun ansiaba tener.


Última edición por Asclepio. el Miér 04 Abr 2018, 2:14 am, editado 4 veces
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the selection; ronda 1; parte 3

Mensaje por Asclepio. el Dom 05 Nov 2017, 9:06 pm



Última edición por Asclepio. el Jue 22 Mar 2018, 10:05 pm, editado 1 vez
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friends

Mensaje por Asclepio. el Lun 20 Nov 2017, 12:43 pm



Última edición por Asclepio. el Vie 20 Abr 2018, 10:33 pm, editado 7 veces (Razón : d)
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longwood university; capítulo

Mensaje por Asclepio. el Mar 20 Mar 2018, 11:00 pm



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the silver circle

Mensaje por Asclepio. el Miér 28 Mar 2018, 9:24 pm

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Re: A little creativity on the life.

Mensaje por Asclepio. el Lun 30 Abr 2018, 1:09 am

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Re: A little creativity on the life.

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