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wearing my heart on your sleeve {resultados.

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Re: wearing my heart on your sleeve {resultados.

Mensaje por wade wilson. el Miér 20 Ene 2016, 11:43 pm

 nombres: L. Vanya Wagner; Richard E. Lovelace; Lillian Silvermoon; Gaël Thicknesse; Odeya V. Lovelace
 representantes: Lydia Graham; Stephan Haurholm; Tuppence Middleton; Michiel Huisman; Isolda Dychauk
 escritos: 
El sol y la luna.:

Sus ojos danzaban por las peculiaridades de aquella esfera de tamaño considerable incontables veces. Éstos eran siempre curiosos, pero con una chispa de insatisfacción. Flotaba por las calles casi con pereza, propia de aquellos que no necesitan correr pues nunca hay destino al que alcanzar.
Nada de lo que se reflejara en aquellos ojos ocres lograba captar su atención por mucho tiempo. Estos vagaban después de un rato se aburrían, como una piedra repiqueteando en la superficie, una, dos, tres veces, para luego hundirse en un olvidado recoveco de la mente que pertenecía a lo insustancial.
Y entonces sus pupilas se dilataron
La silueta se distinguió de las demás, como si los otras fueran una nebulosa de meros bocetos hechos de carboncillo y los de ella fueran trazos tan marcados como si hubiera sido dibujada con tinta indeleble. Si todo le había parecido difuso antes, terminó de difuminarse cuando ésta hizo acto de aparición. Era una cosa nueva en una galaxia de monotonía.
Jamás la había visto anteriormente, pues de ser así la habría recordado.
No flotaba como él, más bien su presencia se hacia notar. Aunque nadie parecía percatarse de ella, el podía ver la estela que dejaba su rastro. Algo dormido en su interior despertó. Algo que ni siquiera sabía que existía.
Supo que aunque ella no flotara, ambos eran iguales.
Era algo que no podía explicarse con palabras, y de haber sido explicado, nadie podría entenderlo. Era algo que trascendía la comprensión humana, de aquellas personas que los rodeaban. De aquellas personas que nacerían y morirían sin tener una idea de todo lo que ellos habían vivido, de todo lo que habían presenciado.
En sus ojos el vio el mundo tal y como él lo recordaba, y cuando ella le devolvió la mirada, sus ojos estaban imbuidos de sentimientos encriptados, sentimientos que sabía que sólo él podía descifrar. En sus iris destellaban el fulgor de millones de constelaciones.
Él se acerco, con su andar parsimonioso, arrastrándose lentamente como los rayos del sol a mediodía. Ella hizo lo propio con lentitud, víctima de una curiosidad voraz, observándolo a él, su piel irisada y su andar garboso, tan cimbreño y fresco como una gota de agua en un desierto desesperanzador.
Sus ojos se hablaron antes de emitir algún sonido y sus almas se tocaron antes de que sus labios lo hiciesen. Los primeros reflejaban sus sentimientos tan claros como una luna en la superficie del mar y los segundos anhelaron el roce con desesperación propia de una soledad ab aeterna.
Ella extendió un dedo -níveo como la nieve y frio como tal- para tocar su piel tostada para comprobar si el era real y descubrió que ésta era cálida como el verano.  El se acercó para poder acariciar aquella cortina de cabello negro, para poder encajar sus manos en aquella barbilla redondeada y acercarla para poder contemplar las galaxias que convergían en sus ojos.
-Te esperaba –ella susurró con musicalidad, pero no sonó como un susurro, si no más bien como un mensaje de sus ojos que enviaban terminaciones nerviosas a su cerebro y captaban el mensaje antes de que ella pudiera articularlo.
Lo que decía era más una certeza recién descubierta. No había estado esperándolo. Ninguna parte de su anatomía, de su ser, podría estar nunca preparada para aquello, y mucho menos haberlo esperado. Pero algo había encajado, una pieza faltante que rellenaba un agujero negro que no sabía que existía.
Sin pronunciar palabra el acerco sus labios a los labios de ella y por una fracción de segundo ambos inspiraron el mismo oxígeno.
Entonces sus labios colisionaron.
Ella los sintió arder como mil soles en un solsticio de verano. El sintió como algo germinaba en su interior, creciendo hasta estallar apoteósicamente en millones de galaxias espirales. Los labios de ambos se movían de forma insistente y por momentos los cuerpos de ambos parecía mimetizarse, fundirse en uno solo hasta ser una masa uniforme de colores divergentes entre sí.
Permanecieron de tal forma mucho tiempo, pues el mundo en el que habían vivido durante tantos años acababa de esfumarse en un abrir y cerrar de ojos, y uno nuevo acababa de eclosionar, mostrando el lado oscuro de la luna, la otra cara del sol.
Revolucionándolos a ambos de la forma en que sólo el universo se revolucionaría al ver al sol y la luna en fusión.
this is were we belong:
El sol todavía no salía pero la luz azulada entraba diáfana por los cristales del ventanal que daba a la sala de estar. Iluminó todo el recinto, llegando así al piano pegado a la pared que allí había. Arriba de este se encontraba una repisa con un tropel de fotos familiares sin orden concreto. 
La más antigua era, probablemente, la de una pareja, abrazada. La mujer tenía una barriga de la que resultaba fácil deducir que le faltaban pocos días para dar a luz. De fondo había una pequeña pero acogedora casita pintada de color amarillo pastel, techo de dos aguas y paneles de color blanco. 
Las fotos que seguían mostraban a la misma pareja con una niña, de, que no ser por que las fotos consiguientes que, extrañamente parecían cobrar vida propia con movimientos, resultaría díficil creer que era la misma: su cabello cambiaba continúamente con los colores del arcoiris y sus ojos podrían pasar del negro de su madre al verde con motas marrones de su padre. En todas ellas, la pequeña sonreía.
La barriga de la mujer había vuelto a crecer cuándo la niña no debía sobrepasar la edad de cuatro años y las otras fotos mostraban a una nena de cabellos oscuros y ojos verdes, con la mirada inexpresiva y no tan sonriente como su hermana mayor. Su cabello no cambiaba y la cara que ponía en las fotografías tampoco parecía hacerlo.
En piso de arriba se oía unos pasos que se arrastraban.
A pesar de que no amanecía aún, Nymeria Tonks estaba despierta...aunque no del todo, ya que sus ojos luchaban por no caer en el sueño de morfeo y su andar era más propio de un zombi que de una persona común y corriente.
Pero ella no se consideraba alguien común y corriente.
Se dejó caer en el taburete frente al elaborado tocador de madera de cerezo, uno de los pocos lujos que se permitía en la casa. Este reflejaba a una muchacha de estridente cabello rosa, cortesía de sus amigos en Salem. No lucía contenta. Si despertarse temprano en Hogwarts era un suplicio para ella, era fácil imaginar como se lo tomaba cuando no estaba acostumbrada al horario.
Nymeria intentó tomar el viejo peine dorado que odiaba -pues había pertenecido a su abuela- y cuándo lo hizo, con sus torpes movimientos de alguien que psicológicamente aún duerme, tiraron la única cosa en aquel mueble que pertenecía a ella por cariño. 
—Torpe —dijo, mientras se estiraba al ritmo tortuga para alcanzar el marco de la foto —.Mierda.
El cristal estaba todo partido y no dejaba divisar la fotografía. Procuró no cortarse con los fragmentos y siguió examinando los daños que su recuerdo favorito había sufrido.
A pesar de que ya no podía ni vislumbrarse lo que antes había sido una foto, Nym sintió como si pudiera traspasarla mediante rayos X. 
Aquel había sido el día en que Nymeria Tonks había rodado por las sucias colinas de Ottery St. Catchpole arruinando así su vestido floreado Pequeña Magnolia, caído en un lago de sanguijuelas luego de haber sido mordida por múltiples gnomos de jardín. En la foto, Fred y George Weasley, quiénes se encontraban en las mismas deplorables condiciones que Nym, sonreían ambos a los costados de la niña que se esforzaba por poner una cara normal que parecía más una mueca triste.
"No ha pasado nada" había dicho Fred. ".Además, fue divertido." Pero a la chica le costó perdonarlos, y, gracias a eso, había pasado el resto de su infancia alejada de la Madriguera con el trauma de aquel día latente en su lista negra de memorias. 
Era graciosa la manera en la que solía temerle a los pelirrojos. Hasta el año pasado no había intentado entablar ningún tipo de conversación -o por lo menos no una que incluyera un trato cordial- con el singular dúo. 
Y ahora el único recuerdo que tenía de ellos estaba estropeado, pensó, mientras lo dejaba a un lado y procuraba no cortarse con los trozos irregulares. Suspiró y volvió la vista al espejo. Tenía la remera sin mangas con la inscripción de Las Brujas de Macbeth que había pertenecido a Nymphadora más unos cortos pantaloncillos vaqueros que casi eran cubiertos en su totalidad por la otra prenda. Llevaba botas, negras, grandes y pesadas que le llegaba hasta las rodillas. No se las quitaba nunca. Intentó hacerse una trenza en el cabello, pero desistió inmediatamente. Digamos que la poción que como regalo de despedida le habían hecho en su anterior colegio no solo le había cambiado el color de cabello, ahora ya no podía pasarse un peine sin que este corriera el peligro de quebrarse inclusive teniendo un cabello lacio y medianamente corto. Se dejó el rebelde y estridente cabello suelto luego de autoconvencerse de que una coleta amarrada de forma descuidada le daría un aire 'estudiantil'.
—¡Nymeria, ya es hora de irse! —se oyó un grito desde abajo. Era su madre.
—¡Ya voy! —gritó la chica en respuesta. Tomó la mochila de color naranja furioso y bajó corriendo las escaleras.




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—¿Dora no va a venir?
Ted Tonks introducía con antelación las cosas que llevaría a la casa de los Fawcett para escuchar el partido por radio esa noche en el baúl de el auto. Miró a su hija.
—Nym...—empezó y la chica resopló rodando los ojos. Conocía bastante bien el tono que su padre empleaba ahora con ella. «Nym es mejor que no hagas eso.» «Nym, eso es frágil.» «Nym, te dije que no intentarás cambiar de color tu cabello.»
—Lo entiendo —dijo ella —Es sólo que no es...
—¿Justo? Sabes que esta demasiado ocupada. No es que no quiera venir.—el semblante de Ted se calmo — Además es un Irlanda - Bulgaria. No es la gran cosa.
—¡¿Que no es la gran cosa?! —la chica no podía creerlo, eran las finales —Entonces si no es la gran cosa, no sé por qué llevas tanto para escuchar el partido con los Fawcett.
Su padre sonrió.




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—¿Ya llegamos? —preguntó Nym, medio somnolienta. 
—No puedo creer que digas eso ¡fuiste un montón de veces el año pasado y no te sabes el camino correcto! 
Pasaban a traves de unas colinas tintadas en varios tonos de verde. Nym bostezó y se colocó los cascos para que la música volviera a invadirla. A pesar de que sólo iban ellos dos en el auto, Nym se había sentado atrás para adormilarse un poco mientras el largo viaje se llevaba a cabo. 
En menos de lo que parecieron cinco minutos -en parte por que Nym se había dormido- el auto se detuvo.
—¿Ah? —balbuceó. El aparato reproductor de música se había parado.
—Ya llegamos. 
Ella dió una mirada. Aun par de metros la Madriguera parecía esperar por ella.
—Mmmh, bueno. Gracias por traerme, papá.
—No es nada. Te quiero, hija. —Ted hizo una pausa —Cuídate.
Nym miró los ojos de su padre, que eran los mismos que ella poseía. Había un deje de preocupación en ellos, al igual que en la manera que pronuncio la última palabra.
Desechó la idea de que presentía que algo malo iba a ocurrir. Probablemente le preocupaba que su dulce y torpe niñita se perdiera. Sí, eso tenía que ser.
—Lo haré. —y salió del auto.
La fresca brisa matutina que corría en los lugares no tan concurridos le dió la bienvenida. Empezó a caminar con su usual arrastre hasta llegar verja que conducía al jardín delantero de los Weasley. Una vez allí giró para ver al auto verde oscuro de su padre alejarse. Suspiró y entró.
El patio de la numerosa familia no había cambiado nada de cómo lo recordaba de pequeña. Había cosas viejas esparcidas a intervalos irregulares por el césped amarillento que crecía a sus anchas. Las flores que conocía -y otras que no tanto- hallaban los rincones menos esperados del lugar e inclusive creía ver a los fastidiosos gnomos que alguna vez la habían mordido, saltando por entre las crecidas malezas.
Sonrió y aspiró. Mientras sus pies se arrastraban hasta la entrada, ella se sentía mejor. Respiraba libertad. Se sentía como en casa y nada malo pasaría. 
Nada malo, pero si raro. Se oyó una pequeña explosión y un grito. Ambas cosas las conocía ya bastante bien.
—¡FREDERICK Y GEORGE WEASLEY! 
Nym apuró el paso. La puerta de entrada de los Weasley estaba abierta y la cocina olía a desayuno recién hecho. Se introdujo en la humilde vivienda y, casi por instinto, subió las escaleras. No se veía a Molly por ningún lado.
No paró hasta llegar a la puerta de los gemelos. Y antes cuándo toco, ésta se abrió al instante.
—¿Hum? ¿Qué pasa?
Fred Weasley -a quién se le reconocía por su peculiar cicatriz en la barbilla- mostraba un aire somnoliento. Pero Nym lo conocía bastante bien.
—Buen intento, Fred. Pero no soy tu madre y además con el ruido que hicieron no engañan a nadie.
El pelirrojo sonrió. Sonrisa que se le borró de la cara al ver a su madre acercarse por el pasillo.
—¡Frederick Weasley! —bramó la menuda, pero poderosa mujer. — ¿Se puede saber que están tramando tú y tu hermano allí dentro? —no pareció reparar en Nym.
—Nada. Si quieres echar un vistazo...
—¡Claro que quiero echar un vistazo! —le dijo Molly, empujando la puerta entreabierta, sin permiso de su hijo. La pelirrosa los siguió sigilosamente. 
La habitación estaba limpia. No había rastros de que se estuviera efectuando nada que Molly no aprobara. Ninguna prenda que te hiciera bailar como loco cuándo te la pones. Ninguna poción lo suficientemente ácida capaz de disolver cosas sólidas. Nada, absoluta y sospechosamente nada. 
Molly Weasley entrecerró los ojos mientras miraba a Fred, y cuando elevaba el dedo índice y abría los labios para echarle una reprimenda, se percató de que Nym era visible.
—¡Nymeria, querida! —exclamó, y se acercó para luego tomar la cara pálida de Nym y besarle ambas mejillas. Admiraba la manera que tenía esta mujer para pasar de infundir miedo a ser tan amable. Todo eso en una mujer tan pequeña.—Estoy muy feliz de que estés aquí.
—Gracias, Molly —dijo la chica sonriendo sinceramente —Yo estoy realmente feliz de que me hayan invitado.
—No es nada, cielo. Tú siempre eres bienvenida aquí. Eres como de la familia.—la mujer la miraba muy maternalmente, tanto que la pelirrosa se sonrojo —Además, te debíamos un regalo de cumpleaños.
El cumpleaños de Nym había sido a inicios del mes pasado. Los Weasley habían hecho una cena entre las dos familias cocinando la comida favorita de ella. A Nym le habían regalado suéter -con una gran "N" dorada sobre una lana gruesa color índigo-, bufandas, guantes, gorros y medias tejidas por Molly. A ellos les parecía realmente poco, pero el hecho de que hubieran hecho eso, por más pequeño que fuera, por ella, la dejaba descolocada y sorprendida. Las mejillas estaban tintadas de un rosa más fuerte que su cabello.
Molly se fue por dónde vino. Nym ya había dejado de mirar sus botas cuándo Fred le habló.
—"Eres parte de la familia..." —empezó el pelirrojo, haciendo una mala imitación de la voz de su madre.
—Cállate —le espetó —¿Se puede saber que hacen tú y George que yo no sepa?
Se habían carteado todo el verano en la minuiciosa búsqueda de ideas para Sortilegios Weasley y habían jurado sobre la tumba del mísmisimo Merlín que no estaban haciendo nada. 
Nym no era tan tonta cómo para creerles.
—Es una sorpresa —se excusó Fred.
Ella pareció entenderlo.
—¿Y dónde está George? ¿Limpiando el estropicio que aquí no se ve? —indagó.
—Mmmm —vaciló el pelirrojo para hablar —.Dejémoslo en suspenso.




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Todos bajaron a la cocina entre gritos de la señora Weasley. Aunque no fue tan díficil despertarse para la mayoría, pues el pequeño incidente de los gemelos no había dejado menos que reprimendas por parte de su madre. Los únicos que no habían sido perturbados por el ruido fueron el señor Weasley y su hijo -que al parecer adoptaba sus mismas costumbres- Ronald. Todos se sentaron apretujados en la mesita. 
—Tenemos por delante un pequeño paseo —explicó el señor Weasley. 
—¿Ah? —inquirió Nym, masticando avena. Intercambio con el ojiverde una mirada elocuente.
—¿Paseo?  —se  extrañó  Harry—.  ¿Vamos  a  ir  andando  hasta  la  sede  de los Mundiales? 
—No,  no,  eso  está  muy  lejos  —repuso  el  señor  Weasley,  sonriendo—. Sólo  hay  que  caminar  un  poco.  Lo  que  pasa  es  que  resulta  difícil  que  un  gran número  de  magos  se  reúnan  sin  llamar  la  atención  de  los  muggles.  Siempre tenemos  que  ser  muy  cuidadosos  a  la  hora  de  viajar,  y  en  una  ocasión  como  la de los Mundiales de quidditch... 
—¡George!  —exclamó  bruscamente  la  señora  Weasley,  sobresaltando  a todos. 
—¿Qué?  —preguntó  George,  en  un  tono  de  inocencia  que  no  engañó  a nadie. 
—¿Qué tienes en el bolsillo? 
—¡Nada! 
—¡No me mientas! La señora Weasley apuntó con la varita al bolsillo de George y dijo: —¡Accio! 
Varios  objetos  pequeños  de  colores  brillantes  salieron  zumbando  del bolsillo  de  George,  que  en  vano  intentó  agarrar  algunos:  se  fueron  todos volando hasta la mano extendida de la señora Weasley. 
—¡Os  dijimos  que  los  destruyerais!  —exclamó,  furiosa,  la  señora  Weasley, sosteniendo  en  la  mano  lo  que eran los  caramelos longuilinguos—.  ¡Os  dijimos  que  os  deshicierais  de  todos!  ¡Vaciad  los  bolsillos, vamos, los dos! 
Fue  una  escena  desagradable.  Evidentemente,  los  gemelos  habían  tratado de  sacar  de  la  casa,  ocultos,  tantos  caramelos  como  podían,  y  la  señora Weasley tuvo que usar el encantamiento convocador para encontrarlos todos. 
—¡Accio!  ¡Accio!  ¡Accio!  —fue  diciendo,  y  los  caramelos  salieron  de  los lugares  más  imprevisibles,  incluido  el  forro  de  la  chaqueta  de  George  y  el dobladillo de los vaqueros de Fred. Nymeria agradeció no haber traído los caramelos en ese momento.
—¡Hemos  pasado  seis  meses  desarrollándolos!  —le  gritó Fred a su madre, cuando ella los tiró. 
—¡Ah,  una  bonita  manera  de  pasar  seis  meses!  —exclamó  ella—. ¡No me extraña que no tuvierais mejores notas! 




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El  ambiente  estaba  tenso  cuando  se  despidieron.  La  señora  Weasley  aún tenía  el  entrecejo  fruncido  cuando  besó  en  la  mejilla  a  su  marido,  aunque  no tanto  como  los  gemelos,  que  se  pusieron  las  mochilas  a  la  espalda  y  salieron sin dirigir ni una palabra a su madre. 
—Bueno,  pasadlo  bien  —dijo  la  señora  Weasley—,  y  portaos  como  Dios manda  —añadió  dirigiéndose  a  los  gemelos,  pero  ellos  no  se  volvieron  ni respondieron—.  Os  enviaré  a  Bill,  Charlie  y  Percy  hacia  mediodía  —añadió, mientras  el  señor  Weasley,  Harry,  Ron,  Hermione, Nymeria  y  Ginny  se  marchaban  por  el oscuro patio precedidos por Fred y George. 
—¿A dónde vamos ahora? —quiso saber Nym de parte del señor Weasley, ya que los gemelos estaban a varios pasos más adelante y no tenían pintas de querer responder a sus preguntas.
—A la casa de Sky —respondió él. La pelirrosa asintió y se colocó los cascos cómo lo había hecho cuando estaba en el auto de su padre.
La casa de los Humphrey no quedaba lejos, pero Nymeria nunca la había visto. Cuándo llegó a zancadas al lado de George, este señaló:
—Allá es.
Estaban a una distancia considerable para poder ver bien la vivienda pero a Nym le parecía que Sky estaba sentada en la acera. Empezaron a acercarse hasta que pudo verlo todo con más claridad.
Sky observaba algo que parecía el rollo de una cámara. Cuándo los vio, todos intercambiaron saludos.
—¿Cómo esta tu madre, Sky? —preguntó Nymeria.
—Muy bien, esta semana volví de su casa. —respondió sonriendo. Hizo una pausa—. Ella lo sabe —Luego se acerco a Harry y le dijo algo que Nym no pudo -y supuso que- no debía oír.
—Bueno —dijo con un suspiro el señor Weasley, interrumpiendo las conversaciones—, ahora solo falta el traslador, no será grande, ¡vamos!
Nym tenía un persistente dolor en el cuello. Sky la ayudó a subir cuándo subían la colina Stoatshead, a ella y a Hermione quién se frotaba un costado al igual que la pelirrosa con su cuello.
—¡Aquí, Arthur! Aquí ya lo tenemos.
Los jóvenes se dieron vuelta. Al  otro  lado  de  la  cima  de  la  colina,  se  recortaban  contra  el  cielo  estrellado dos siluetas altas. 
—¡Amos!  —dijo  sonriendo  el  señor  Weasley  mientras  se  dirigía  a  zancadas hacia el hombre que había gritado. Los demás lo siguieron. 
El  señor  Weasley  le  dio  la  mano  a  un  mago  de  rostro  rubicundo  y  barba escasa de color castaño, que sostenía una bota vieja y enmohecida. 
—Éste  es  Amos  Diggory  —anunció  el  señor  Weasley—.  Trabaja  para  el Departamento  de  Regulación  y  Control  de  las  Criaturas  Mágicas.  Y  creo  que  ya conocéis a su hijo ...
—¡Cedric! —gritó Sky, corriendo a abrazarlo.
Cedric  Diggory era un chico  muy  guapo  de  unos  diecisiete  años,  era  capitán  y buscador del equipo de quidditch de la casa Hufflepuff, en Hogwarts. Nym nunca había hablado con él, pero lo había visto en su Sala Común algunas veces. Salía con una compañera de Nymeria.
—¡Sky! —exclamó él, con el mismo entusiasmo—. Hola —saludo para los demás. Todos respondieron de la misma forma, excepto por Fred y George que solo le hicieron un gesto con la cabeza, seguían enojados porque le había ganado a Gryffindor el año anterior.
—¿Ha sido muy larga la caminata, Arthur? —preguntó el padre de Cedric. 
—No  demasiado  —respondió  el  señor  Weasley—.  Vivimos  justo  al  otro lado de ese pueblo. ¿Y vosotros? 
—Hemos  tenido  que  levantarnos  a  las  dos,  ¿verdad,  Ced?  ¡Qué  felicidad cuando  tenga  por  fin  el  carné  de  aparición!  Pero,  bueno,  no  nos  podemos quejar.  No  nos  perderíamos  los  Mundiales  de  quidditch  ni  por  un  saco  de galeones...  que  es  lo  que  nos  han  costado  las  entradas,  más  o  menos.  Aunque, en fin, no me ha salido tan caro como a otros... 
Amos  Diggory  echó  una  mirada  bonachona  a  los  hijos  del  señor  Weasley, a Harry, Hermione, Sky y Nymeria.
—¿Son todos tuyos, Arthur? 
—No,  sólo  los  pelirrojos, excepto ella—señaló a Sky—. Ellos son Nymeria, Hermione, Sky y Harry, amigos de mis hijos.
—¡Por  las  barbas  de  Merlín!  —exclamó  Amos  Diggory  abriendo  los  ojos—. ¿Harry? ¿Harry Potter? 
—Ehhh... sí —contestó Harry. Nymeria rodó los ojos, entendía como debía sentirse aquel chico.
Luego de aquello vino una pequeña charla, una incómoda charla, en la que Amos Diggory alardeaba sobre los dotes como buscador de Cedric en el quiddicht. El año pasado, había ganado a Harry -el buscador más joven en quién-sabe-cuántos-años según Minerva McGonagall- pero sólo por que este había caído de la escoba a causa de los dementores. Los dos lucían incómodos. Fred y George parecían cada vez más molestos con el Hufflepuff por razones que sólo ellos podían comprender.
—Ya  debe  de  ser  casi  la  hora  —se  apresuró  a  decir  el  señor Weasley, volviendo tratando de cambiar el tema—. ¿Sabes si esperamos a alguien más, Amos? 
—No.  Los  Lovegood  ya  llevan  allí  una  semana,  y  los  Fawcett  no consiguieron  entradas  —repuso  el  señor  Diggory—.  No  hay  ninguno  más  de  los nuestros en esta zona, ¿o sí? 
—Los Chang y los Wood —respondió Sky— pero las dos familias ya llevan ahí como 3 días.
—Bien —dijo el señor Weasley frotándose las manos—. Queda un minuto. Sera mejor que nos preparemos.
Miró a Harry, Sky, Nymeria y Hermione. 
—No  tenéis  más  que  tocar  el  traslador.  Nada  más:  con  poner  un  dedo  será suficiente. 
A Nymeria le divertía a sobremanera la función del traslador. En vez de tocar con algunos dedos una parte baja de la vieja bota, puso su dedo índice en la puntita, justo arriba, al borde del calzado. Pero este se le quedó pegado como los imanes al metal.
—Tres... —empezó el señor Weasley, mirando el reloj—, dos... uno... 
Nym sintió una fuerza que tiraba de ella, como si una red, o algo similar, la hubiera atrapado y la arrastrara. Indescriptible. Su estómago cosquilleaba y no quería abrir los ojos. Sintió a Hermione tensarse a su lado ¿o era Sky? Empezó a marearse y a perder la cuenta sobre el tiempo que pasaban dando vueltas.
Al final cayó. Cayó sobre el pecho de alguien que realizó ese sonido de cuándo te falta el aire. Supuso que debía de ser Ron. Al cabo de un segundo, sintió que al aire se le escapaba y vió a Sky caer sobre ella. Y sobre la pelirroja cayó Hermione. Un bonito efecto domino.
Era completamente infantil, pero sentía la imperiosa necesidad de preguntar si podía hacerlo de nuevo.
Cedric, su padre y el señor Weasley eran los únicos que permanecían de pie. Fred y George estaban riéndose y Nymeria esperaba que con eso a ambos se le fueran las caras largas.
—Desde la colina de Stoatshead a las cinco y siete —dijo una voz.




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—Estaremos  un  poco  apretados  —dijo—,  pero  cabremos.  Entrad  a  echar un vistazo.
Tuvieron que armar las tiendas manualmente, sin magia. Costó un poco. Harry había sido críado con muggles que jamás lo llevaron a acampar, Nym nunca se había dignado en preguntarle a su padre cómo demonios se armaba una tienda cuando iban de excursion y los Weasley apenas sabían de aquello, no hace falta explicar más.
Pero aún así, lo hicieron. Mediante varios esfuerzos. Dos pequeñas tiendas raídas de dos plazas cada una. Las miraron con desconfianza, serían diez, y a pesar de lo dicho por el señor Weasley, nadie pensaba que allí cabrían.
Nymeria se inclinó a cuatro patas y contemplo la tienda de las chicas. Parecía una pequeña casa con habitaciónes, baño y cocina, además de estar del todo amueblado. Pero, comparada con lo que realmente debería ser aquellas tiendas, era de lo mejor. Se introdujo en ella.
—Me pido la de arriba —dijo Sky, corriendo hacia las literas.
—Bien, pero yo quiero dormir en la litera de la derecha —Ginny habló divertida, mientras Sky se acomodaba. Nym no dijo nada al respecto.
Justo cuándo Hermione inquiría que de especial tenían las literas sean derechas o izquierdas o como podrías caerte durmiendo arriba la cabeza de pelirroja de Ron se asomó por la tienda junto con la de Harry. Se llevaron reprimendas de Ginny –la mayoría dirigidas al pelirrojo- por no respetar la privacidad. Hasta que hablo al final.
—Hermione, Harry y yo vamos por agua ¿quieres venir?
La morena suspiro.
—Sí, Ronald. —el chico asintió.
—¿Sky, Ginny? ¿Nymeria? —preguntó. Luego deduciendo que nadie más iba a ir los tres se fueron.
Nymeria había puesto sus cosas en la litera izquierda, ubicada un poco diagonalmente. Sky todavía estaba sentada arriba. Lo pensó un minuto y luego salió de la tienda.
—¡Esperen! —gritó. Se voltearon a verla.
No es que no congeniara con Ginny, o con Sky, pero se sentía incapaz de iniciar algún tipo de conversación normal y además quería ver el campamento. Harry le dio un cubo y los cuatro emprendieron camino.
Se encontraron a un niño que jugaba con la varita, niñas que jugaban con escobas de jugete. Eso le recordó a la pelirrosa a ella y a su hermana. Gente gritando, y todo tipo de magos y brujas. Entonces se detuvo en seco.
«Instituto de las brujas de Salem» rezaba la inscripción en la pancarta.
—¡Nym —gritó alguien, antes de que la muchacha pudiera asimilar que lo que estaba viendo era el cartel de su antigua escuela. Una chica de alborotados cabellos rizados, similar a Hermione se acercó a ella con los brazos abiertos. Usaba un fino suéter y unos pantalones vaqueros. 
—¿Dorothy? —se extraño mientras la morena ya la abrazaba —¡Dorothy!
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo has estado? —dijo la desconocida separándose y mirando a Nym. Ésta se había olvidado de la rapidez con la que su amiga hacía preguntas —¡Mira, ha crecido tu cabello!
Nym asintió enérgetica. Doris seguía parloteando. 
—Espera…¿quiénes son ellos? —preguntó señalando a Ron, Harry y Hermione, quiénes miraban la escena como si fueran invitados no deseados. Nym les hizo una seña para que se acercaran y así lo hicieron.
—Harry, Hermione, Ron, ella es mi amiga Dorothy Holmes. —los tres la saludaron —Dorothy ellos son Ron Weasley, Hermione Granger y Harry…
—¡Potter! —Dorothy exclamó cargada de emoción. —¿Por qué eres Harry Potter, cierto? Veo tu cicatriz.
—Eh…—balbucearon Harry y Nym al mismo instante.
—Tenemos que irnos —dijo Nym rápidamente. —La cola para sacar agua debe ser muy larga.
—Sí, nos vemos —se despidió Ron. Y los cuatro empezaron a caminar dejando a Dorothy muy confundida y con muchas preguntas.
Siguieron el camino indicado, en dónde quién tuvo que presentarse luego fue Nymeria ante un tal Seamus Finnigan a quién sólo conocía de vista. Cuándo llegaron a la cola, cómo había predicho Nym, era terriblemente larga. Podrían haberse muerto del aburrimiento esperando. La pelirrosa empezó a marcar los segundos con la punta de su bota, cruzada de brazos. Los hombres que tenían adelante discutían acaloradamente.
—Tan  sólo  tienes  que  ponerte  esto,  Archie,  sé  bueno.  No  puedes  caminar por ahí de esa forma: el muggle de la entrada está ya receloso. 
—Me  compré  esto  en  una  tienda  muggle  —replicó  un anciano testarudo—. Los muggles lo llevan. 
—Lo  llevan  las  mujeres  muggles,  Archie,  no  los  hombres.  Los  hombres llevan esto —dijo el hombre que trabajaba en el Ministerio, agitando los pantalones de rayas. 
—No  me  los  pienso  poner  —Archie estaba indignado—.  Me  gusta que me dé el aire en mis partes privadas, lo siento. 
Nym soltó una carcajada tan alta cómo solo ella sabía hacer, Ron le clavó el codo para que se callara, pero la pelirrosa no era su único problema. Hermione no había podido aguantar el ataque de risa tanto que tuvo que salirse de la fila.
Volvieron despacio, observando todo el lugar de manera más minuiciosa. A Ron le gustaba contemplar los múltiples posters de Viktor Krum que la gente llevaba, Oliver Wood, un obsesionado del quiddicht, invitó a Harry a ver la tienda de sus padres. Nymeria lo conocía por las prácticas de quiddicht, y estaba enterada que este año no volvería a Hogwarts. Se preguntaba a quién escogerían de capitán para el equipo de Gryffindor.
Un grupo de chicas pasó en frente de ellos en un momento y Nymeria rogó para que no fuesen las presumidas de Beauxbatons o por lo menos no un grupo que incluyera a Dorothy acosándolos. Una de las chicas, de largo cabello lacio y rasgos asiáticos saludó a Harry con la mano. Nym la reconoció como Cho Chang, una chica del mismo curso en Hogwarts. Iba acompañada de Alison Granger y la pelirrosa frunció el entrecejo.
Lo que no se había dado cuenta es que en aquel momento que Harry le devolvía el saludo a la japonesa con rostro embobado dejó caer el dichoso balde de agua. Nym pegó un alarido y muchos se dieron vuelta para mirarla con mala cara. Había caído justo en su pie, tirando la mayor parte del contenido en sus botas. Ella iba a soltar un improperio cuánto se dió cuenta de con quiénes estaba tratando no eran Fred o George, a los que podía insultar con toda comodidad. Miró a Harry con furia.
—Lo siento, lo siento, lo siento —decía, a mucha velocidad.
—No importa —dijo Nym, tratando de calmarse. Era totalmente común en ella enojarse por cualquier cosa, pero jamás lo demostraba. —No importa —dijo nuevamente, tratando de convencerse. Murmuró un hechizo y sus botas se secaron. Cómo si nada hubiera pasado.
Aún así, camino a trancos, un poco alejada de los otros. Ahora, quedarse con Ginny y con Sky no sonaba cómo una mala idea.
 reglas:  Without you i'm a half of a whole


Perdón por la tardanza pero es que no tenía escritos en la computadora donde estoy y tuve que escribir algo nuevo y poner algo viejo)? . Posiblemente agregue más personajes que no tengo decididos but idk. 
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Re: wearing my heart on your sleeve {resultados.

Mensaje por byers. el Jue 21 Ene 2016, 7:53 am

una semana
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Re: wearing my heart on your sleeve {resultados.

Mensaje por ácido. el Vie 22 Ene 2016, 10:58 am

dormiens escribió:
 nombres: L. Vanya Wagner; Richard E. Lovelace; Lillian Silvermoon; Gaël Thicknesse; Odeya V. Lovelace
 representantes: Lydia Graham; Stephan Haurholm; Tuppence Middleton; Michiel Huisman; Isolda Dychauk
 escritos: 
El sol y la luna.:

Sus ojos danzaban por las peculiaridades de aquella esfera de tamaño considerable incontables veces. Éstos eran siempre curiosos, pero con una chispa de insatisfacción. Flotaba por las calles casi con pereza, propia de aquellos que no necesitan correr pues nunca hay destino al que alcanzar.
Nada de lo que se reflejara en aquellos ojos ocres lograba captar su atención por mucho tiempo. Estos vagaban después de un rato se aburrían, como una piedra repiqueteando en la superficie, una, dos, tres veces, para luego hundirse en un olvidado recoveco de la mente que pertenecía a lo insustancial.
Y entonces sus pupilas se dilataron
La silueta se distinguió de las demás, como si los otras fueran una nebulosa de meros bocetos hechos de carboncillo y los de ella fueran trazos tan marcados como si hubiera sido dibujada con tinta indeleble. Si todo le había parecido difuso antes, terminó de difuminarse cuando ésta hizo acto de aparición. Era una cosa nueva en una galaxia de monotonía.
Jamás la había visto anteriormente, pues de ser así la habría recordado.
No flotaba como él, más bien su presencia se hacia notar. Aunque nadie parecía percatarse de ella, el podía ver la estela que dejaba su rastro. Algo dormido en su interior despertó. Algo que ni siquiera sabía que existía.
Supo que aunque ella no flotara, ambos eran iguales.
Era algo que no podía explicarse con palabras, y de haber sido explicado, nadie podría entenderlo. Era algo que trascendía la comprensión humana, de aquellas personas que los rodeaban. De aquellas personas que nacerían y morirían sin tener una idea de todo lo que ellos habían vivido, de todo lo que habían presenciado.
En sus ojos el vio el mundo tal y como él lo recordaba, y cuando ella le devolvió la mirada, sus ojos estaban imbuidos de sentimientos encriptados, sentimientos que sabía que sólo él podía descifrar. En sus iris destellaban el fulgor de millones de constelaciones.
Él se acerco, con su andar parsimonioso, arrastrándose lentamente como los rayos del sol a mediodía. Ella hizo lo propio con lentitud, víctima de una curiosidad voraz, observándolo a él, su piel irisada y su andar garboso, tan cimbreño y fresco como una gota de agua en un desierto desesperanzador.
Sus ojos se hablaron antes de emitir algún sonido y sus almas se tocaron antes de que sus labios lo hiciesen. Los primeros reflejaban sus sentimientos tan claros como una luna en la superficie del mar y los segundos anhelaron el roce con desesperación propia de una soledad ab aeterna.
Ella extendió un dedo -níveo como la nieve y frio como tal- para tocar su piel tostada para comprobar si el era real y descubrió que ésta era cálida como el verano.  El se acercó para poder acariciar aquella cortina de cabello negro, para poder encajar sus manos en aquella barbilla redondeada y acercarla para poder contemplar las galaxias que convergían en sus ojos.
-Te esperaba –ella susurró con musicalidad, pero no sonó como un susurro, si no más bien como un mensaje de sus ojos que enviaban terminaciones nerviosas a su cerebro y captaban el mensaje antes de que ella pudiera articularlo.
Lo que decía era más una certeza recién descubierta. No había estado esperándolo. Ninguna parte de su anatomía, de su ser, podría estar nunca preparada para aquello, y mucho menos haberlo esperado. Pero algo había encajado, una pieza faltante que rellenaba un agujero negro que no sabía que existía.
Sin pronunciar palabra el acerco sus labios a los labios de ella y por una fracción de segundo ambos inspiraron el mismo oxígeno.
Entonces sus labios colisionaron.
Ella los sintió arder como mil soles en un solsticio de verano. El sintió como algo germinaba en su interior, creciendo hasta estallar apoteósicamente en millones de galaxias espirales. Los labios de ambos se movían de forma insistente y por momentos los cuerpos de ambos parecía mimetizarse, fundirse en uno solo hasta ser una masa uniforme de colores divergentes entre sí.
Permanecieron de tal forma mucho tiempo, pues el mundo en el que habían vivido durante tantos años acababa de esfumarse en un abrir y cerrar de ojos, y uno nuevo acababa de eclosionar, mostrando el lado oscuro de la luna, la otra cara del sol.
Revolucionándolos a ambos de la forma en que sólo el universo se revolucionaría al ver al sol y la luna en fusión.
this is were we belong:
El sol todavía no salía pero la luz azulada entraba diáfana por los cristales del ventanal que daba a la sala de estar. Iluminó todo el recinto, llegando así al piano pegado a la pared que allí había. Arriba de este se encontraba una repisa con un tropel de fotos familiares sin orden concreto. 
La más antigua era, probablemente, la de una pareja, abrazada. La mujer tenía una barriga de la que resultaba fácil deducir que le faltaban pocos días para dar a luz. De fondo había una pequeña pero acogedora casita pintada de color amarillo pastel, techo de dos aguas y paneles de color blanco. 
Las fotos que seguían mostraban a la misma pareja con una niña, de, que no ser por que las fotos consiguientes que, extrañamente parecían cobrar vida propia con movimientos, resultaría díficil creer que era la misma: su cabello cambiaba continúamente con los colores del arcoiris y sus ojos podrían pasar del negro de su madre al verde con motas marrones de su padre. En todas ellas, la pequeña sonreía.
La barriga de la mujer había vuelto a crecer cuándo la niña no debía sobrepasar la edad de cuatro años y las otras fotos mostraban a una nena de cabellos oscuros y ojos verdes, con la mirada inexpresiva y no tan sonriente como su hermana mayor. Su cabello no cambiaba y la cara que ponía en las fotografías tampoco parecía hacerlo.
En piso de arriba se oía unos pasos que se arrastraban.
A pesar de que no amanecía aún, Nymeria Tonks estaba despierta...aunque no del todo, ya que sus ojos luchaban por no caer en el sueño de morfeo y su andar era más propio de un zombi que de una persona común y corriente.
Pero ella no se consideraba alguien común y corriente.
Se dejó caer en el taburete frente al elaborado tocador de madera de cerezo, uno de los pocos lujos que se permitía en la casa. Este reflejaba a una muchacha de estridente cabello rosa, cortesía de sus amigos en Salem. No lucía contenta. Si despertarse temprano en Hogwarts era un suplicio para ella, era fácil imaginar como se lo tomaba cuando no estaba acostumbrada al horario.
Nymeria intentó tomar el viejo peine dorado que odiaba -pues había pertenecido a su abuela- y cuándo lo hizo, con sus torpes movimientos de alguien que psicológicamente aún duerme, tiraron la única cosa en aquel mueble que pertenecía a ella por cariño. 
—Torpe —dijo, mientras se estiraba al ritmo tortuga para alcanzar el marco de la foto —.Mierda.
El cristal estaba todo partido y no dejaba divisar la fotografía. Procuró no cortarse con los fragmentos y siguió examinando los daños que su recuerdo favorito había sufrido.
A pesar de que ya no podía ni vislumbrarse lo que antes había sido una foto, Nym sintió como si pudiera traspasarla mediante rayos X. 
Aquel había sido el día en que Nymeria Tonks había rodado por las sucias colinas de Ottery St. Catchpole arruinando así su vestido floreado Pequeña Magnolia, caído en un lago de sanguijuelas luego de haber sido mordida por múltiples gnomos de jardín. En la foto, Fred y George Weasley, quiénes se encontraban en las mismas deplorables condiciones que Nym, sonreían ambos a los costados de la niña que se esforzaba por poner una cara normal que parecía más una mueca triste.
"No ha pasado nada" había dicho Fred. ".Además, fue divertido." Pero a la chica le costó perdonarlos, y, gracias a eso, había pasado el resto de su infancia alejada de la Madriguera con el trauma de aquel día latente en su lista negra de memorias. 
Era graciosa la manera en la que solía temerle a los pelirrojos. Hasta el año pasado no había intentado entablar ningún tipo de conversación -o por lo menos no una que incluyera un trato cordial- con el singular dúo. 
Y ahora el único recuerdo que tenía de ellos estaba estropeado, pensó, mientras lo dejaba a un lado y procuraba no cortarse con los trozos irregulares. Suspiró y volvió la vista al espejo. Tenía la remera sin mangas con la inscripción de Las Brujas de Macbeth que había pertenecido a Nymphadora más unos cortos pantaloncillos vaqueros que casi eran cubiertos en su totalidad por la otra prenda. Llevaba botas, negras, grandes y pesadas que le llegaba hasta las rodillas. No se las quitaba nunca. Intentó hacerse una trenza en el cabello, pero desistió inmediatamente. Digamos que la poción que como regalo de despedida le habían hecho en su anterior colegio no solo le había cambiado el color de cabello, ahora ya no podía pasarse un peine sin que este corriera el peligro de quebrarse inclusive teniendo un cabello lacio y medianamente corto. Se dejó el rebelde y estridente cabello suelto luego de autoconvencerse de que una coleta amarrada de forma descuidada le daría un aire 'estudiantil'.
—¡Nymeria, ya es hora de irse! —se oyó un grito desde abajo. Era su madre.
—¡Ya voy! —gritó la chica en respuesta. Tomó la mochila de color naranja furioso y bajó corriendo las escaleras.




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—¿Dora no va a venir?
Ted Tonks introducía con antelación las cosas que llevaría a la casa de los Fawcett para escuchar el partido por radio esa noche en el baúl de el auto. Miró a su hija.
—Nym...—empezó y la chica resopló rodando los ojos. Conocía bastante bien el tono que su padre empleaba ahora con ella. «Nym es mejor que no hagas eso.» «Nym, eso es frágil.» «Nym, te dije que no intentarás cambiar de color tu cabello.»
—Lo entiendo —dijo ella —Es sólo que no es...
—¿Justo? Sabes que esta demasiado ocupada. No es que no quiera venir.—el semblante de Ted se calmo — Además es un Irlanda - Bulgaria. No es la gran cosa.
—¡¿Que no es la gran cosa?! —la chica no podía creerlo, eran las finales —Entonces si no es la gran cosa, no sé por qué llevas tanto para escuchar el partido con los Fawcett.
Su padre sonrió.




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—¿Ya llegamos? —preguntó Nym, medio somnolienta. 
—No puedo creer que digas eso ¡fuiste un montón de veces el año pasado y no te sabes el camino correcto! 
Pasaban a traves de unas colinas tintadas en varios tonos de verde. Nym bostezó y se colocó los cascos para que la música volviera a invadirla. A pesar de que sólo iban ellos dos en el auto, Nym se había sentado atrás para adormilarse un poco mientras el largo viaje se llevaba a cabo. 
En menos de lo que parecieron cinco minutos -en parte por que Nym se había dormido- el auto se detuvo.
—¿Ah? —balbuceó. El aparato reproductor de música se había parado.
—Ya llegamos. 
Ella dió una mirada. Aun par de metros la Madriguera parecía esperar por ella.
—Mmmh, bueno. Gracias por traerme, papá.
—No es nada. Te quiero, hija. —Ted hizo una pausa —Cuídate.
Nym miró los ojos de su padre, que eran los mismos que ella poseía. Había un deje de preocupación en ellos, al igual que en la manera que pronuncio la última palabra.
Desechó la idea de que presentía que algo malo iba a ocurrir. Probablemente le preocupaba que su dulce y torpe niñita se perdiera. Sí, eso tenía que ser.
—Lo haré. —y salió del auto.
La fresca brisa matutina que corría en los lugares no tan concurridos le dió la bienvenida. Empezó a caminar con su usual arrastre hasta llegar verja que conducía al jardín delantero de los Weasley. Una vez allí giró para ver al auto verde oscuro de su padre alejarse. Suspiró y entró.
El patio de la numerosa familia no había cambiado nada de cómo lo recordaba de pequeña. Había cosas viejas esparcidas a intervalos irregulares por el césped amarillento que crecía a sus anchas. Las flores que conocía -y otras que no tanto- hallaban los rincones menos esperados del lugar e inclusive creía ver a los fastidiosos gnomos que alguna vez la habían mordido, saltando por entre las crecidas malezas.
Sonrió y aspiró. Mientras sus pies se arrastraban hasta la entrada, ella se sentía mejor. Respiraba libertad. Se sentía como en casa y nada malo pasaría. 
Nada malo, pero si raro. Se oyó una pequeña explosión y un grito. Ambas cosas las conocía ya bastante bien.
—¡FREDERICK Y GEORGE WEASLEY! 
Nym apuró el paso. La puerta de entrada de los Weasley estaba abierta y la cocina olía a desayuno recién hecho. Se introdujo en la humilde vivienda y, casi por instinto, subió las escaleras. No se veía a Molly por ningún lado.
No paró hasta llegar a la puerta de los gemelos. Y antes cuándo toco, ésta se abrió al instante.
—¿Hum? ¿Qué pasa?
Fred Weasley -a quién se le reconocía por su peculiar cicatriz en la barbilla- mostraba un aire somnoliento. Pero Nym lo conocía bastante bien.
—Buen intento, Fred. Pero no soy tu madre y además con el ruido que hicieron no engañan a nadie.
El pelirrojo sonrió. Sonrisa que se le borró de la cara al ver a su madre acercarse por el pasillo.
—¡Frederick Weasley! —bramó la menuda, pero poderosa mujer. — ¿Se puede saber que están tramando tú y tu hermano allí dentro? —no pareció reparar en Nym.
—Nada. Si quieres echar un vistazo...
—¡Claro que quiero echar un vistazo! —le dijo Molly, empujando la puerta entreabierta, sin permiso de su hijo. La pelirrosa los siguió sigilosamente. 
La habitación estaba limpia. No había rastros de que se estuviera efectuando nada que Molly no aprobara. Ninguna prenda que te hiciera bailar como loco cuándo te la pones. Ninguna poción lo suficientemente ácida capaz de disolver cosas sólidas. Nada, absoluta y sospechosamente nada. 
Molly Weasley entrecerró los ojos mientras miraba a Fred, y cuando elevaba el dedo índice y abría los labios para echarle una reprimenda, se percató de que Nym era visible.
—¡Nymeria, querida! —exclamó, y se acercó para luego tomar la cara pálida de Nym y besarle ambas mejillas. Admiraba la manera que tenía esta mujer para pasar de infundir miedo a ser tan amable. Todo eso en una mujer tan pequeña.—Estoy muy feliz de que estés aquí.
—Gracias, Molly —dijo la chica sonriendo sinceramente —Yo estoy realmente feliz de que me hayan invitado.
—No es nada, cielo. Tú siempre eres bienvenida aquí. Eres como de la familia.—la mujer la miraba muy maternalmente, tanto que la pelirrosa se sonrojo —Además, te debíamos un regalo de cumpleaños.
El cumpleaños de Nym había sido a inicios del mes pasado. Los Weasley habían hecho una cena entre las dos familias cocinando la comida favorita de ella. A Nym le habían regalado suéter -con una gran "N" dorada sobre una lana gruesa color índigo-, bufandas, guantes, gorros y medias tejidas por Molly. A ellos les parecía realmente poco, pero el hecho de que hubieran hecho eso, por más pequeño que fuera, por ella, la dejaba descolocada y sorprendida. Las mejillas estaban tintadas de un rosa más fuerte que su cabello.
Molly se fue por dónde vino. Nym ya había dejado de mirar sus botas cuándo Fred le habló.
—"Eres parte de la familia..." —empezó el pelirrojo, haciendo una mala imitación de la voz de su madre.
—Cállate —le espetó —¿Se puede saber que hacen tú y George que yo no sepa?
Se habían carteado todo el verano en la minuiciosa búsqueda de ideas para Sortilegios Weasley y habían jurado sobre la tumba del mísmisimo Merlín que no estaban haciendo nada. 
Nym no era tan tonta cómo para creerles.
—Es una sorpresa —se excusó Fred.
Ella pareció entenderlo.
—¿Y dónde está George? ¿Limpiando el estropicio que aquí no se ve? —indagó.
—Mmmm —vaciló el pelirrojo para hablar —.Dejémoslo en suspenso.




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Todos bajaron a la cocina entre gritos de la señora Weasley. Aunque no fue tan díficil despertarse para la mayoría, pues el pequeño incidente de los gemelos no había dejado menos que reprimendas por parte de su madre. Los únicos que no habían sido perturbados por el ruido fueron el señor Weasley y su hijo -que al parecer adoptaba sus mismas costumbres- Ronald. Todos se sentaron apretujados en la mesita. 
—Tenemos por delante un pequeño paseo —explicó el señor Weasley. 
—¿Ah? —inquirió Nym, masticando avena. Intercambio con el ojiverde una mirada elocuente.
—¿Paseo?  —se  extrañó  Harry—.  ¿Vamos  a  ir  andando  hasta  la  sede  de los Mundiales? 
—No,  no,  eso  está  muy  lejos  —repuso  el  señor  Weasley,  sonriendo—. Sólo  hay  que  caminar  un  poco.  Lo  que  pasa  es  que  resulta  difícil  que  un  gran número  de  magos  se  reúnan  sin  llamar  la  atención  de  los  muggles.  Siempre tenemos  que  ser  muy  cuidadosos  a  la  hora  de  viajar,  y  en  una  ocasión  como  la de los Mundiales de quidditch... 
—¡George!  —exclamó  bruscamente  la  señora  Weasley,  sobresaltando  a todos. 
—¿Qué?  —preguntó  George,  en  un  tono  de  inocencia  que  no  engañó  a nadie. 
—¿Qué tienes en el bolsillo? 
—¡Nada! 
—¡No me mientas! La señora Weasley apuntó con la varita al bolsillo de George y dijo: —¡Accio! 
Varios  objetos  pequeños  de  colores  brillantes  salieron  zumbando  del bolsillo  de  George,  que  en  vano  intentó  agarrar  algunos:  se  fueron  todos volando hasta la mano extendida de la señora Weasley. 
—¡Os  dijimos  que  los  destruyerais!  —exclamó,  furiosa,  la  señora  Weasley, sosteniendo  en  la  mano  lo  que eran los  caramelos longuilinguos—.  ¡Os  dijimos  que  os  deshicierais  de  todos!  ¡Vaciad  los  bolsillos, vamos, los dos! 
Fue  una  escena  desagradable.  Evidentemente,  los  gemelos  habían  tratado de  sacar  de  la  casa,  ocultos,  tantos  caramelos  como  podían,  y  la  señora Weasley tuvo que usar el encantamiento convocador para encontrarlos todos. 
—¡Accio!  ¡Accio!  ¡Accio!  —fue  diciendo,  y  los  caramelos  salieron  de  los lugares  más  imprevisibles,  incluido  el  forro  de  la  chaqueta  de  George  y  el dobladillo de los vaqueros de Fred. Nymeria agradeció no haber traído los caramelos en ese momento.
—¡Hemos  pasado  seis  meses  desarrollándolos!  —le  gritó Fred a su madre, cuando ella los tiró. 
—¡Ah,  una  bonita  manera  de  pasar  seis  meses!  —exclamó  ella—. ¡No me extraña que no tuvierais mejores notas! 




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El  ambiente  estaba  tenso  cuando  se  despidieron.  La  señora  Weasley  aún tenía  el  entrecejo  fruncido  cuando  besó  en  la  mejilla  a  su  marido,  aunque  no tanto  como  los  gemelos,  que  se  pusieron  las  mochilas  a  la  espalda  y  salieron sin dirigir ni una palabra a su madre. 
—Bueno,  pasadlo  bien  —dijo  la  señora  Weasley—,  y  portaos  como  Dios manda  —añadió  dirigiéndose  a  los  gemelos,  pero  ellos  no  se  volvieron  ni respondieron—.  Os  enviaré  a  Bill,  Charlie  y  Percy  hacia  mediodía  —añadió, mientras  el  señor  Weasley,  Harry,  Ron,  Hermione, Nymeria  y  Ginny  se  marchaban  por  el oscuro patio precedidos por Fred y George. 
—¿A dónde vamos ahora? —quiso saber Nym de parte del señor Weasley, ya que los gemelos estaban a varios pasos más adelante y no tenían pintas de querer responder a sus preguntas.
—A la casa de Sky —respondió él. La pelirrosa asintió y se colocó los cascos cómo lo había hecho cuando estaba en el auto de su padre.
La casa de los Humphrey no quedaba lejos, pero Nymeria nunca la había visto. Cuándo llegó a zancadas al lado de George, este señaló:
—Allá es.
Estaban a una distancia considerable para poder ver bien la vivienda pero a Nym le parecía que Sky estaba sentada en la acera. Empezaron a acercarse hasta que pudo verlo todo con más claridad.
Sky observaba algo que parecía el rollo de una cámara. Cuándo los vio, todos intercambiaron saludos.
—¿Cómo esta tu madre, Sky? —preguntó Nymeria.
—Muy bien, esta semana volví de su casa. —respondió sonriendo. Hizo una pausa—. Ella lo sabe —Luego se acerco a Harry y le dijo algo que Nym no pudo -y supuso que- no debía oír.
—Bueno —dijo con un suspiro el señor Weasley, interrumpiendo las conversaciones—, ahora solo falta el traslador, no será grande, ¡vamos!
Nym tenía un persistente dolor en el cuello. Sky la ayudó a subir cuándo subían la colina Stoatshead, a ella y a Hermione quién se frotaba un costado al igual que la pelirrosa con su cuello.
—¡Aquí, Arthur! Aquí ya lo tenemos.
Los jóvenes se dieron vuelta. Al  otro  lado  de  la  cima  de  la  colina,  se  recortaban  contra  el  cielo  estrellado dos siluetas altas. 
—¡Amos!  —dijo  sonriendo  el  señor  Weasley  mientras  se  dirigía  a  zancadas hacia el hombre que había gritado. Los demás lo siguieron. 
El  señor  Weasley  le  dio  la  mano  a  un  mago  de  rostro  rubicundo  y  barba escasa de color castaño, que sostenía una bota vieja y enmohecida. 
—Éste  es  Amos  Diggory  —anunció  el  señor  Weasley—.  Trabaja  para  el Departamento  de  Regulación  y  Control  de  las  Criaturas  Mágicas.  Y  creo  que  ya conocéis a su hijo ...
—¡Cedric! —gritó Sky, corriendo a abrazarlo.
Cedric  Diggory era un chico  muy  guapo  de  unos  diecisiete  años,  era  capitán  y buscador del equipo de quidditch de la casa Hufflepuff, en Hogwarts. Nym nunca había hablado con él, pero lo había visto en su Sala Común algunas veces. Salía con una compañera de Nymeria.
—¡Sky! —exclamó él, con el mismo entusiasmo—. Hola —saludo para los demás. Todos respondieron de la misma forma, excepto por Fred y George que solo le hicieron un gesto con la cabeza, seguían enojados porque le había ganado a Gryffindor el año anterior.
—¿Ha sido muy larga la caminata, Arthur? —preguntó el padre de Cedric. 
—No  demasiado  —respondió  el  señor  Weasley—.  Vivimos  justo  al  otro lado de ese pueblo. ¿Y vosotros? 
—Hemos  tenido  que  levantarnos  a  las  dos,  ¿verdad,  Ced?  ¡Qué  felicidad cuando  tenga  por  fin  el  carné  de  aparición!  Pero,  bueno,  no  nos  podemos quejar.  No  nos  perderíamos  los  Mundiales  de  quidditch  ni  por  un  saco  de galeones...  que  es  lo  que  nos  han  costado  las  entradas,  más  o  menos.  Aunque, en fin, no me ha salido tan caro como a otros... 
Amos  Diggory  echó  una  mirada  bonachona  a  los  hijos  del  señor  Weasley, a Harry, Hermione, Sky y Nymeria.
—¿Son todos tuyos, Arthur? 
—No,  sólo  los  pelirrojos, excepto ella—señaló a Sky—. Ellos son Nymeria, Hermione, Sky y Harry, amigos de mis hijos.
—¡Por  las  barbas  de  Merlín!  —exclamó  Amos  Diggory  abriendo  los  ojos—. ¿Harry? ¿Harry Potter? 
—Ehhh... sí —contestó Harry. Nymeria rodó los ojos, entendía como debía sentirse aquel chico.
Luego de aquello vino una pequeña charla, una incómoda charla, en la que Amos Diggory alardeaba sobre los dotes como buscador de Cedric en el quiddicht. El año pasado, había ganado a Harry -el buscador más joven en quién-sabe-cuántos-años según Minerva McGonagall- pero sólo por que este había caído de la escoba a causa de los dementores. Los dos lucían incómodos. Fred y George parecían cada vez más molestos con el Hufflepuff por razones que sólo ellos podían comprender.
—Ya  debe  de  ser  casi  la  hora  —se  apresuró  a  decir  el  señor Weasley, volviendo tratando de cambiar el tema—. ¿Sabes si esperamos a alguien más, Amos? 
—No.  Los  Lovegood  ya  llevan  allí  una  semana,  y  los  Fawcett  no consiguieron  entradas  —repuso  el  señor  Diggory—.  No  hay  ninguno  más  de  los nuestros en esta zona, ¿o sí? 
—Los Chang y los Wood —respondió Sky— pero las dos familias ya llevan ahí como 3 días.
—Bien —dijo el señor Weasley frotándose las manos—. Queda un minuto. Sera mejor que nos preparemos.
Miró a Harry, Sky, Nymeria y Hermione. 
—No  tenéis  más  que  tocar  el  traslador.  Nada  más:  con  poner  un  dedo  será suficiente. 
A Nymeria le divertía a sobremanera la función del traslador. En vez de tocar con algunos dedos una parte baja de la vieja bota, puso su dedo índice en la puntita, justo arriba, al borde del calzado. Pero este se le quedó pegado como los imanes al metal.
—Tres... —empezó el señor Weasley, mirando el reloj—, dos... uno... 
Nym sintió una fuerza que tiraba de ella, como si una red, o algo similar, la hubiera atrapado y la arrastrara. Indescriptible. Su estómago cosquilleaba y no quería abrir los ojos. Sintió a Hermione tensarse a su lado ¿o era Sky? Empezó a marearse y a perder la cuenta sobre el tiempo que pasaban dando vueltas.
Al final cayó. Cayó sobre el pecho de alguien que realizó ese sonido de cuándo te falta el aire. Supuso que debía de ser Ron. Al cabo de un segundo, sintió que al aire se le escapaba y vió a Sky caer sobre ella. Y sobre la pelirroja cayó Hermione. Un bonito efecto domino.
Era completamente infantil, pero sentía la imperiosa necesidad de preguntar si podía hacerlo de nuevo.
Cedric, su padre y el señor Weasley eran los únicos que permanecían de pie. Fred y George estaban riéndose y Nymeria esperaba que con eso a ambos se le fueran las caras largas.
—Desde la colina de Stoatshead a las cinco y siete —dijo una voz.




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—Estaremos  un  poco  apretados  —dijo—,  pero  cabremos.  Entrad  a  echar un vistazo.
Tuvieron que armar las tiendas manualmente, sin magia. Costó un poco. Harry había sido críado con muggles que jamás lo llevaron a acampar, Nym nunca se había dignado en preguntarle a su padre cómo demonios se armaba una tienda cuando iban de excursion y los Weasley apenas sabían de aquello, no hace falta explicar más.
Pero aún así, lo hicieron. Mediante varios esfuerzos. Dos pequeñas tiendas raídas de dos plazas cada una. Las miraron con desconfianza, serían diez, y a pesar de lo dicho por el señor Weasley, nadie pensaba que allí cabrían.
Nymeria se inclinó a cuatro patas y contemplo la tienda de las chicas. Parecía una pequeña casa con habitaciónes, baño y cocina, además de estar del todo amueblado. Pero, comparada con lo que realmente debería ser aquellas tiendas, era de lo mejor. Se introdujo en ella.
—Me pido la de arriba —dijo Sky, corriendo hacia las literas.
—Bien, pero yo quiero dormir en la litera de la derecha —Ginny habló divertida, mientras Sky se acomodaba. Nym no dijo nada al respecto.
Justo cuándo Hermione inquiría que de especial tenían las literas sean derechas o izquierdas o como podrías caerte durmiendo arriba la cabeza de pelirroja de Ron se asomó por la tienda junto con la de Harry. Se llevaron reprimendas de Ginny –la mayoría dirigidas al pelirrojo- por no respetar la privacidad. Hasta que hablo al final.
—Hermione, Harry y yo vamos por agua ¿quieres venir?
La morena suspiro.
—Sí, Ronald. —el chico asintió.
—¿Sky, Ginny? ¿Nymeria? —preguntó. Luego deduciendo que nadie más iba a ir los tres se fueron.
Nymeria había puesto sus cosas en la litera izquierda, ubicada un poco diagonalmente. Sky todavía estaba sentada arriba. Lo pensó un minuto y luego salió de la tienda.
—¡Esperen! —gritó. Se voltearon a verla.
No es que no congeniara con Ginny, o con Sky, pero se sentía incapaz de iniciar algún tipo de conversación normal y además quería ver el campamento. Harry le dio un cubo y los cuatro emprendieron camino.
Se encontraron a un niño que jugaba con la varita, niñas que jugaban con escobas de jugete. Eso le recordó a la pelirrosa a ella y a su hermana. Gente gritando, y todo tipo de magos y brujas. Entonces se detuvo en seco.
«Instituto de las brujas de Salem» rezaba la inscripción en la pancarta.
—¡Nym —gritó alguien, antes de que la muchacha pudiera asimilar que lo que estaba viendo era el cartel de su antigua escuela. Una chica de alborotados cabellos rizados, similar a Hermione se acercó a ella con los brazos abiertos. Usaba un fino suéter y unos pantalones vaqueros. 
—¿Dorothy? —se extraño mientras la morena ya la abrazaba —¡Dorothy!
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo has estado? —dijo la desconocida separándose y mirando a Nym. Ésta se había olvidado de la rapidez con la que su amiga hacía preguntas —¡Mira, ha crecido tu cabello!
Nym asintió enérgetica. Doris seguía parloteando. 
—Espera…¿quiénes son ellos? —preguntó señalando a Ron, Harry y Hermione, quiénes miraban la escena como si fueran invitados no deseados. Nym les hizo una seña para que se acercaran y así lo hicieron.
—Harry, Hermione, Ron, ella es mi amiga Dorothy Holmes. —los tres la saludaron —Dorothy ellos son Ron Weasley, Hermione Granger y Harry…
—¡Potter! —Dorothy exclamó cargada de emoción. —¿Por qué eres Harry Potter, cierto? Veo tu cicatriz.
—Eh…—balbucearon Harry y Nym al mismo instante.
—Tenemos que irnos —dijo Nym rápidamente. —La cola para sacar agua debe ser muy larga.
—Sí, nos vemos —se despidió Ron. Y los cuatro empezaron a caminar dejando a Dorothy muy confundida y con muchas preguntas.
Siguieron el camino indicado, en dónde quién tuvo que presentarse luego fue Nymeria ante un tal Seamus Finnigan a quién sólo conocía de vista. Cuándo llegaron a la cola, cómo había predicho Nym, era terriblemente larga. Podrían haberse muerto del aburrimiento esperando. La pelirrosa empezó a marcar los segundos con la punta de su bota, cruzada de brazos. Los hombres que tenían adelante discutían acaloradamente.
—Tan  sólo  tienes  que  ponerte  esto,  Archie,  sé  bueno.  No  puedes  caminar por ahí de esa forma: el muggle de la entrada está ya receloso. 
—Me  compré  esto  en  una  tienda  muggle  —replicó  un anciano testarudo—. Los muggles lo llevan. 
—Lo  llevan  las  mujeres  muggles,  Archie,  no  los  hombres.  Los  hombres llevan esto —dijo el hombre que trabajaba en el Ministerio, agitando los pantalones de rayas. 
—No  me  los  pienso  poner  —Archie estaba indignado—.  Me  gusta que me dé el aire en mis partes privadas, lo siento. 
Nym soltó una carcajada tan alta cómo solo ella sabía hacer, Ron le clavó el codo para que se callara, pero la pelirrosa no era su único problema. Hermione no había podido aguantar el ataque de risa tanto que tuvo que salirse de la fila.
Volvieron despacio, observando todo el lugar de manera más minuiciosa. A Ron le gustaba contemplar los múltiples posters de Viktor Krum que la gente llevaba, Oliver Wood, un obsesionado del quiddicht, invitó a Harry a ver la tienda de sus padres. Nymeria lo conocía por las prácticas de quiddicht, y estaba enterada que este año no volvería a Hogwarts. Se preguntaba a quién escogerían de capitán para el equipo de Gryffindor.
Un grupo de chicas pasó en frente de ellos en un momento y Nymeria rogó para que no fuesen las presumidas de Beauxbatons o por lo menos no un grupo que incluyera a Dorothy acosándolos. Una de las chicas, de largo cabello lacio y rasgos asiáticos saludó a Harry con la mano. Nym la reconoció como Cho Chang, una chica del mismo curso en Hogwarts. Iba acompañada de Alison Granger y la pelirrosa frunció el entrecejo.
Lo que no se había dado cuenta es que en aquel momento que Harry le devolvía el saludo a la japonesa con rostro embobado dejó caer el dichoso balde de agua. Nym pegó un alarido y muchos se dieron vuelta para mirarla con mala cara. Había caído justo en su pie, tirando la mayor parte del contenido en sus botas. Ella iba a soltar un improperio cuánto se dió cuenta de con quiénes estaba tratando no eran Fred o George, a los que podía insultar con toda comodidad. Miró a Harry con furia.
—Lo siento, lo siento, lo siento —decía, a mucha velocidad.
—No importa —dijo Nym, tratando de calmarse. Era totalmente común en ella enojarse por cualquier cosa, pero jamás lo demostraba. —No importa —dijo nuevamente, tratando de convencerse. Murmuró un hechizo y sus botas se secaron. Cómo si nada hubiera pasado.
Aún así, camino a trancos, un poco alejada de los otros. Ahora, quedarse con Ginny y con Sky no sonaba cómo una mala idea.
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Perdón por la tardanza pero es que no tenía escritos en la computadora donde estoy y tuve que escribir algo nuevo y poner algo viejo)? . Posiblemente agregue más personajes que no tengo decididos but idk. 
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Mensaje por brillantina. el Sáb 23 Ene 2016, 1:32 am

No voy a poder dejar mi ficha chicas, perdonen ):
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Mensaje por ácido. el Sáb 23 Ene 2016, 10:06 am

margarita. escribió:No voy a poder dejar mi ficha chicas, perdonen ):
Suerte con la nc
no pasa nada, deby   ¡gracias!
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Re: wearing my heart on your sleeve {resultados.

Mensaje por ácido. el Sáb 23 Ene 2016, 10:09 am

¡tienen cuatro días para subir las fichas que faltan!

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Mensaje por Andy Belmar. el Sáb 23 Ene 2016, 10:37 am

hola chicas, no iba a mandar mi ficha, pero al final me comprometi a enviarla así que por eso lo hice y además me gustaria estar en la novela, sin embargo el escrito que les dejo aún no esta terminado. Lo estaba escribiendo para esta audición, pero no lo he terminado debido a problemas personales que he tenido :(


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Mensaje por bigtimerush. el Sáb 23 Ene 2016, 7:06 pm

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Mensaje por dragón. el Dom 24 Ene 2016, 7:42 am

nombres: Winona Stark, Colé Treviott, Kong Suki, Rocky Layne, Park Lee Meiling, Robin Zane, Timothy Preston, Mila York.
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Mensaje por dragón. el Dom 24 Ene 2016, 7:44 am

espere a ser la ultima ficha, las tradiciones no se pueden perder.
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Mensaje por kuchta el Dom 24 Ene 2016, 9:28 am

Andy Freud escribió:hola chicas, no iba a mandar mi ficha, pero al final me comprometi a enviarla así que por eso lo hice y además me gustaria estar en la novela, sin embargo el escrito que les dejo aún no esta terminado. Lo estaba escribiendo para esta audición, pero no lo he terminado debido a problemas personales que he tenido :(


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Mensaje por kuchta el Dom 24 Ene 2016, 9:28 am

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Mensaje por kuchta el Dom 24 Ene 2016, 9:29 am

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