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I solemnly swear that I am up to no good.

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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Asclepio. el Vie 3 Mar - 2:09

yo debo comentarios de toda la ronda pasada, shame on me
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Dom 12 Mar - 17:36

Intentaré subir este viernes
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Asclepio. el Dom 12 Mar - 21:01

Take ur time Mora
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Vie 17 Mar - 15:02

Step out of the shadows and into my life:
Holuuuu Como siempre, lamento mucho la tardanza, pero hasta hoy no he tenido un rato para poder terminar el capítulo gracias universidad Se suponía que las partes iban a estar mejor, pero es todo cuanto pude conseguir, aún así espero que os guste. No lo he corregido, así que atenerse a incoherencias y horrores ortográficos La línea de tiempo se ha quedado en el jueves de la segunda semana de octubre, por si no lo he dicho con claridad xd

Sigue Mari pero en caso de que no se reporte en una semana diciendo si subirá o no capítulo, el turno pasa a Milu :posmecallo:


Capítulo 13 Parte 3
James Potter ϟ Katrina Berrycloth ϟ Pea Offlyn ϟ Pressya Havenwatcher ➡️ hypatia.



El sábado por la mañana, Katrina esperaba a Declan en el camino que conducía a Hogsmeade —muerta de frío—, cuando Louis apareció acompañado por Alyssa, Pressya y Helena. La vida se le fue del cuerpo…

—¿Qué haces aquí? —preguntó Louis al llegar, frotándose las manos con insistencia, enrojecidas por el frío otoñal.

Katrina evadió su mirada. Oteando las inmediaciones del castillo con desmesurado interés fingido. Ése fue su error.

—Espero a alguien —respondió en tono monocorde, fijando su atención en Pressya, que parecía sumida en sus pensamientos.

—¿A quién? —Louis frunció el ceño, intuyendo que trataba de evadir una respuesta concreta.

—Ya te lo he dicho, a alguien.

—Treena…

No quería decirle a Louis nada al respecto, no por el momento, para evitar que le estropeara la cita. Sabía que se pondría como loco. No se fiaba de los alumnos de Slytherin y después de lo que le había hecho Declan con sus amigos, mucho menos…

Molly y Jenna se acercaron al grupo, sonrientes. Antes de que Katrina fuera capaz de lanzarles una mirada de advertencia, dijeron:

—¿Llega tarde a la primera cita? ¡Qué descarado! —soltó Jenna, haciendo a su mejor amigo a un lado, para colocar el gorro de Kat.

—Declan va a tener que esforzarse al máximo si quiere una segunda cita —añadió Molly, todo dientes.

«Siempre tan oportunas…», todavía tuvo tiempo de pensar la chica, antes de que Louis entrase en acción.

—¿¡Tienes una cita con Declan Wolley!? —El grito de indignación reverberó hasta crear eco, los alumnos que pasaban por allí, se dieron la vuelta para ver qué ocurría.

Katrina lanzó una mirada de reproche  a Molly y Jenna, que se habían replegado hacia atrás junto con las demás, a sabiendas de su metedura de pata.

—Verás… es que es bastante mono.

—¡Santos Magos! No esperaba que me hicieras algo así. —Para entonces, Louis Weasley estaba rojo hasta las orejas. Tuvo que reprimir las ganas de reírse.

—He retrasado la cita dos semanas por tu culpa, date por satisfecho —alegó, intentando calmar las aguas.

—Pero, pero… es un Slytherin —trató de rebatir, sin argumentos sólidos. Además, por mucho que argumentara, de nada serviría, no iba a cancelar la cita porque Louis tuviera un problema con los de Slytherin, por mucho que lo quisiera.

—¿Qué te ocurre con los de mi casa? —reclamó Jenna, totalmente indignada.

Katrina rodó los ojos, esperando que el grupo se disolviese antes de que llegara el motivo de la discusión.

—Pues que… —comenzó a decir Louis. Pero Katrina, veloz, le tapó la boca con su mano enguantada.

—Mira, voy a salir con Declan digas lo que digas, así que no gastes saliva —le advirtió, apartando la mano inmediatamente después, antes de que se le ocurriese morderla.

Louis temblaba de rabia, a su espalda, Katrina divisó la figura de Declan, que se apartaba sin remedio. Miró a las chicas con gesto suplicante. Molly, sin perder tiempo, se adelantó al grupo y enganchó su brazo con el de Louis.

—Vamos, enano —decretó, arrastrándolo con fuerza. Louis se resistía y arrastraba los pies junto con el barro húmedo por las constantes lluvias.

—¡Treena! —chilló en busca de ayuda. Ella le guiñó un ojo con sorna.

—Pásatelo bien y por nada del mundo se lo pongas fácil —se despidió Jenna antes de caminar con las demás hacia el pueblo.

Minutos después, por fin llegó Declan. El viento se impregnaba en sus mejillas, sonrojándolas. Los rizos negros trataban de escapar del gorro de lana que los cubría. Sus ojos brillaban y portaba una sonrisa amable, espléndida y genuina. A Katrina le temblaron las piernas, por primera vez se fijaba en lo guapo que era. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

—¿Preparada? —preguntó situándose frente a ella. Balanceaba los brazos hacia delante y atrás.

«Pues ahora mismo prefiero internarme en el Bosque Prohibido y arriesgarme a que Bane me pisotee el cráneo…».  

—Por supuesto —aseguró, con un leve temblor en la voz.

El camino fue silencioso e incómodo. La tensión, la vergüenza mutua y el temor a decir algo equivocado se imponían entre ellos. Katrina perdió toda su elocuencia natural, un pequeño aguijonazo se le clavaba en el estómago cuando lo miraba. Odiaba las primeras citas, eran tan determinantes y se les daba tanta importancia. Para colmo de males, estuvo a punto de caer en incontables ocasiones a causa del suelo resbaladizo.

—¿Cómo va el quidditch? —preguntó Declan por fin, cuando Hogsmeade ya se divisaba a unos pocos metros.

Katrina dejó escapar un suspiro de alivio. Podía hablar del quidditch. Eso era fácil. Así que no cesó de hacerlo hasta que llegaron a las Tres Escobas. Gracias a ello, toda la tensión se esfumó como si hubiese vencido a un boggart. Para cuando consiguieron una mesa cerca de la ventada, ya habían hablado de las clases y pasado a los cotilleos escabrosos de sus compañeros.

Entre tanto, se dedicaba a observarlo. Cómo siempre se tocaba la nariz después de reírse y la manera que tenían sus rizos de saltar cuando lo hacía o cómo se encogía sobre sí mismo cuando algo lo atolondraba.

Tenía la impresión de que la cita transcurría de maravilla. De no ser, claro, porque Louis los había visto entrar y unos minutos después, también había entrado con Aly. Estaba sentado en la mesa de enfrente desde hacía una hora, vigilándola como una especie de guardaespaldas, de ésos que aparecían en las películas muggles con las que se entretenía en verano. Louis intentaba esconderse tras la pequeña figura de Alyssa, sentada de espaldas a ellos, pero era en vano.

Trató de ignorarlo en la medida de lo posible. Si le lanzaba un maleficio allí, a ver quién lo llevaba luego devuelta al colegio.

De Hogwarts, pasaron a conversar sobre su vida fuera de este. Katrina trató de no hablar mucho de su familia, no al menos lo que incumbía a las trifulcas que trajo la separación de sus padres y el duro proceso de adaptación que lo siguió. En cuanto tuvo oportunidad, preguntó a Declan a cerca de la suya. Le explicó la arraigada costumbre de sus padres por compararlo con sus congéneres mayores. Incitándolo siempre a imitarlos, tomándolos por ejemplo. Katrina escuchó atentamente, dando esporádicos tragos a su cerveza de mantequilla. Le gustaba cómo sonaba su voz, el matiz serio pero a la vez tierno que empleaba.

—Intento no hacerles caso. Además, por mucho que lo intento, ¡nada de lo que hago es grato para ellos! —exclamó al terminar, exudando frustración.

—Entonces no hagas nada —aconsejó Katrina.

Declan frunció el ceño. Explicó sus palabras:

—Intentar superar a tus hermanos no va a funcionar.  

—¿Tú también piensas que soy un bueno para nada? —bromeó, enseñando una vez más su sonrisa, que llenaba el
estómago de Katrina de agujetas.

—¡No, bobo! —exclamó riendo—. Yo también soy la hermana pequeña, sé lo que es. Tratar de superar a tus
hermanos para impresionar a tus padres crea brechas insalvables en los lazos que mantenemos con ellos. Tienes
que limitarte a ser tú mismo.

«…porque eres un verdadero encanto», añadió para sí, en su pensamiento.

Declan trabó la mirada con la suya. Con intensidad. La rodilla comenzó a temblarle por debajo de la mesa.

Entonces, se escuchó un fuerte carraspeo… No era otro que Louis. El chico se dio la vuelta brevemente para mirarlo, Katrina vio la mirada aviesa y tormentosa que le regaló a su cita. Si albergaba esperanzas de que Declan no se hubiese percatado de presencia, en ese momento se esfumaron.

Cuando Declan se giró de nuevo hacia Katrina, que seguía sonriendo como si el pesado de su mejor amigo no se hubiese entrometido, fruncía los labios.

—¿Puedo preguntarte algo sin que te enfades?

—Claro —respondió ella sin comprender.

—¿Cómo puedes ser amiga de Louis Weasley?

Al principio pensó que la tomaba el pelo, pero se percató por su semblante, que esperaba una respuesta sincera.

—No sé, porque lo somos —se encogió de hombros, sin darle importancia. No entendía a qué venía ésa pregunta.

—Eso no es una respuesta —se quejó Declan, insistente, antes de beber de su segunda cerveza de mantequilla.

—No entiendo por qué tienes tanta curiosidad en conocer la razón de mi amistad con Louis —expuso Katrina, ya de
por sí sentía que Louis estaba interfiriendo demasiado, acechante como estaba en la mesa de enfrente, como para que encima fuera su tema de conversación con Declan.

El muchacho se encogió de hombros. En sus labios asomó una tímida sonrisa.

—Aplazaste esta cita dos semanas por la pequeña broma que le gastamos…

—No fue pequeña —lo interrumpió, acusándolo con el dedo índice.

Declan realizó un gesto de rendición. Justo en ese momento, la puerta del local se abrió y Katrina vio entrar a su hermana, que le hizo un gesto de asentimiento al verla para nada disimulado. Primero Louis y ahora Piper…, tuvo ganas de esconderse debajo de la mesa.

—Y supongo que no me olvido de aquella vez que te encontré llorando porque te había cortado el pelo —alegó, como si hubiese sido él el objetivo de dicha broma.

Ella, por el contrario, casi había olvidado por completo el incidente de las coletas. A pesar de que fue la razón por la que nunca más volvió a dejarse crecer el pelo.

Tenía la oscuridad de sus ojos volcada por completo en ella, provocando un acaloramiento repentino en todo su cuerpo. Nunca nadie la había prestado tanta atención, ni estado tan dispuesto a escucharla. Durante toda la cita, se había concentrado en Katrina como si no hubiese nadie más alrededor que lo distrajera. No sabía cómo le hacía sentir eso… pero sí podía asegurar que no era desagradable.

—Está bien —accedió, finalmente, obteniendo una sonrisa arrogante por parte del chico—. La verdad es que no sé qué decirte… —Nunca se había puesto a pensar en su relación con Louis, no es como si hubiese tenido elección, sus padres los habían juntado antes incluso de que tuvieran uso de razón. Tristán y Victorie. Piper y Dominique. Y a Katrina le tocó Louis.

—Ya te lo he dicho, quiero saber cómo puedes ser amiga de alguien que no tiene reparo en cortarte el pelo solo por diversión.

Katrina sintió ganas de proteger a su mejor amigo, aunque en ese momento tuviera más ganas de matarlo, porque no paraba de mirarla con el ceño fruncido desde detrás de la espalda de Aly.

—Cuando teníamos seis años, estábamos en casa de los abuelos de Louis y yo me puse a jugar con unos duendes de jardín que se vengaron de mí mordiéndome las piernas. Grité tan fuerte que Louis apareció de la nada con un bate más grande que él dispuesto a enfrentarse a lo que fuera porque me había escuchado gritar. Solo eran un puñado de duendes, pero…

—¡Qué valiente! —se burló Declan, que había apoyado la barbilla en sus manos entrelazadas como si estuviera escuchando un jugoso cotilleo.

—No te burles —lo advirtió.

—Perdón, continúa.

—Tras el divorcio de mis padres, pasé muchos meses cambiando de casa hasta que decidieron quién viviría con quién. —Pensar en el divorcio de sus padres atrajo una época muy mala de su vida que trató de desplazar nuevamente—. Hubo muchos cambios, dejé de ver a mis hermanos, mis padres se echaban las culpas el uno al otro, todo eran gritos y reproches… pero Louis siempre estaba, fue lo único que no cambió en mi vida.

» Y ahora, está ahí sentado para asegurarse de que no me haces nada. Sí, nos peleamos y hay veces en las que nos arrancaríamos los ojos el uno al otro, sin embargo, se los arrancaría a cualquiera que le hiciese daño porque sé que Louis lo haría por mí—Declan puso los ojos en blanco, en un gesto que decía; «¿Qué me vas a contar que no sepa?»—. Puede que sea irritante, pero es mi alma gemela, mi yang, mi media persona… No sé, llámalo como
quieras.  

La expresión de Declan se turbó repentinamente.

—¿Alguna vez te has sentido atraída por él? —Katrina, que tomaba un poco de cerveza de mantequilla, se atragantó, espantada.

Cuando fue capaz de dejar de toser, alcanzó a ver cómo Louis se levantaba de su puesto de vigilia para acudir a su mesa. Le hizo un gesto de negación con la cabeza, e inmediatamente después volcó su atención en Declan.

—No has prestado atención a nada de lo que he dicho.

—Bueno, sí, me ha dado la impresión de que… —retorcía sus manos con tanto ahínco que a ese paso se arrancaría
la piel. «¿Por qué está tan nervioso?».

—¿Y tú algún tipo de atracción por tus hermanos? —preguntó Katrina, sin miramientos.

Declan abrió los ojos con horror.

—¡No!

—Ya tienes tu respuesta.

—¿Nada de romanticismo?

—¡En absoluto, sería asqueroso! —corroboró de nuevo, espantada.

Declan sonrió con su mejor sonrisa. Katrina dirigió su mirada a Louis, incapaz de ignorarlo más. Se iba a enterar…

—Ahora, si me disculpas un momento, tengo que matar a alguien… ¡No tardo!

Le dedicó a Declan una de sus sonrisas más deslumbrantes antes de levantarse de la mesa. Y sin titubeos caminó directa hacia Louis, quien, sin remedio alguno, trató de esconderse detrás de Aly.

―¡No te había visto! ―mintió con nerviosismo cuando Katrina alcanzó la mesa.

Lo fulminó con la mirada.

―Te lo robo un momento ―le dijo a Aly, que no entendía nada de lo que ocurría―. Vamos, cenutrio.

Katrina lo agarró por el brazo mientras éste se quejaba y lo arrastró hacia los servicios. A la vez que sorteaban a los clientes de las Tres Escobas. Cuando llegaron al concurrido espacio entre baño y baño, lo acorraló contra la pared.
Louis subió los brazos a la altura de la cara en posición de defensa, por si las moscas.

Hubo un leve silencio de paz. Pequeña tregua antes de la tormenta.

―¿En qué estabas pensando? ―Soltaron los dos al unísono, ya sin aguantarse.

Katrina lo señaló con el índice, con las aletas de la nariz dilatadas. Louis se lo apartó de un manotazo.

―Antes de que intentes petrificarme otra vez. ―Se adelantó―. ¿De verdad te creías que iba a dejarte a solas con esta serpiente venenosa? ¡Lo llevas claro! ¿Y si te…?

No dejó que terminara su soliloquio. No porque lo petrificara, sino porque le dio un abrazo que casi hizo que le crujiesen los huesos de los brazos.

―No valen los abrazos cuando estamos discutiendo ―rebatió Louis, aunque también la abrazaba.

Katrina se rio. Eso era lo que había tratado de explicarle a Declan. Que pasara lo que pasase entre ellos, Louis siempre estaba, lo deseara ella o no. Como en ése momento, estropeando la mejor cita de toda su vida con su afán sobreprotector.

―Te quiero.

Le dijo, cuando se separaron. Louis sonrió, moviendo las cejas de arriba abajo.

―Yo también, a pesar de tu claro mal gusto para escoger citas. ―A Louis Weasley le encantaba tentar su suerte… y llevar su paciencia al límite.

Katrina se cruzó de brazos. Alzó la barbilla, amenazante.

―Todavía puedo petrificarte.

―Gracias,  pero he tenido suficientes visitas a la enfermería este trimestre.

Katrina lanzó una mirada a la sala, donde Aly y Declan trataban de ocuparse en la soledad. De pronto, al fijarse en la chica, una idea cruzó su cabeza. Se giró hacia Louis con rapidez.

―Ya que estás aquí, ¿por qué no aprovechas para pasar un rato con Aly? Así te olvidas de todo este asunto de la vigilancia ―preguntó, sonriendo con claras intenciones.

Louis alternó la mirada entre una y otra hasta que entendió a qué se refería. Katrina pudo ver como la seriedad acudía a su rostro de inmediato.

―Sólo somos amigos ―respondió, evitando sus ojos verdes, que cuando se lo proponían, eran bastante insoportables.

Kat chascó la lengua con desaprobación.

―De eso se trata, que dejéis de ser amigos, bobo.

Louis apartó la mirada. Toda la seguridad que siempre lo acompañaba se esfumó. Y ella sabía muy bien a qué se debía.

―Mejor no ―musitó escondiendo las manos dentro de las mangas de la sudadera.

Una rabia arrolladora, casi imparable, se adueñó de Katrina. Pero nada tenía que ver con su mejor amigo.

―Ha pasado un año, Louis, ya va siendo hora  ―lo exhortó.

Porque ella sabía que todas las reservas de Louis por pasar tiempo con Aly, no se debían a la chica.  Sino a Sam, su ex novia, que le había dejado el corazón hecho pedazos. A parte de mermarle la confianza que en otros temas derrochaba. Katrina todavía tenía que reprimir sus ganas de maldecirla cada vez que se cruzaban por los pasillos. No soportaba que hicieran daño a Louis.

―No es por eso ―trató de negar él, pero el rubor se le subió a las mejillas.

Katrina suspiró con pesar.

―A mí no puedes engañarme. ―Le recordó, dando un paso hacia él. En los ojos de Louis vio la necesidad que tenía de que le dijeran lo que ella estaba a punto de exponer―: Eres demasiado bueno para Sam, no merece ni un mínimo de tu tiempo. Así que pasa página,  porque si no: te juro que te la arranco de cuajo y la prendo fuego.

Los hombros de Louis se relajaron y una tímida sonrisa asomó a sus labios. Con lo descarado y extrovertido que era, a veces resultaba fácil olvidar que él también necesitaba que lo animasen de vez en cuando.

―Gracias. ―En ésa ocasión fue él quien la abrazó.

―Siempre. ―Lo apartó y tiró de él hacia la sala―. Ahora, saca tus encantos de veela para que Aly caiga rendida a tus pies —susurró en su oído antes de marcharse.

Cuando Katrina regresó a la mesa, fue Declan quien le sonrió de manera deslumbrante.

―¿Todo bien? ―preguntó el muchacho, haciendo girar la jarra vacía de su cerveza de mantequilla.

―Perfectamente ―confirmó.

Declan apoyó los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia Katrina.

―¿Cómo para una segunda cita?  

Como para muchas citas más, de hecho. Pero no era cuestión de ponerle las cosas fáciles.

―Ya veremos.

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Nada más que cuatro palabras. Cuatro flechas al alma. Una oda a lo perdido, al pasado irrecuperable. Que Pea, siempre con tanto empeño, con tanto sufrimiento, aplastaba contra las puntas de los pies y, así, pisoteado: lo reducía a la nada.

«Espero que estés bien.
Sam.»

Lastima. Perduraban los retazos. Unos pedazos rotos que trataban de recomponerse ante sucesos como aquél. A veces era un olor, una persona… otras su hermano y sus cuatro palabras. Siempre cuatro. Nunca menos, nunca más. Ya lo decía su abuela: en la escasez hay abundancia.

Pea Offlyn arrugó la carta, hasta convertirla en una bola. La lanzó al fuego, avivando las llamas esmeraldas, que chisporrotearon y escupieron chispas. No entendía a Sam. No entendía por qué hacía cosas como ésa. Las notas esporádicas no cambiarían nada. El dolor puede afianzar relaciones, en otras ocasiones, las destruye. Cuando sus padres desaparecieron —los abandonaron—, rompieron más que una infancia; acabaron con su relación de hermanos. La pérdida los catapultó hasta orillas opuestas, con un océano embravecido de por medio. Al principio lo intentaron; construyeron balsas, desafiaron al océano. Pero éstas se hundieron sin remedio, hasta que dejaron de intentarlo.

Así eran las cosas, no cambiarían. Sam y Pea compartían apellido y a su ermitaño tío. Nada más. No por ello lo quería menos, no por ello lo odiaba. Ésa era la verdad y ella no cambia.

Como siempre hacía, garabateó una escueta respuesta en un trozo de pergamino. A la mañana siguiente, le pediría a Greg su lechuza para poder enviarla.

Inmediatamente después, apretó los pies contra el suelo, abrió su ajado libro de Historia de la Magia y se adentró en ella. Hasta que el sofá se hundió a su lado, apartó la vista, vidriosa tras tantas horas de lectura, de las hojas. A su lado estaba Scorpius Malfoy, uno de sus mejores amigos.

—¿Te cuenta algo nuevo ése libro? —preguntó, dejando colgar la cabeza contra el respaldo.

—La verdad, como siempre —respondió cerrándolo.

Scor le regaló un guiño de ojo. Se percató de que iba vestido con el traje de quidditch. Pea tragó saliva por el dato.

—¡Dime que no me he olvidado otra vez del entrenamiento! —suplicó, cerrando el libro con fuerza. La lectura la
aislaba del mundo, tanto era así, que siempre olvidaba sus otros deberes y en muchas ocasiones, Albus se había visto en la obligación de ir al castillo a por ella.

Scorpius la miró de reojo, sonriendo.

—No, el entrenamiento es mañana. Pero he ido al campo para despejarme y sopesar bien las jugadas para el domingo —comentó, frotándose la barbilla, pensativo.

Abrir la temporada de quiddicth era un peso enorme, sobre todo si su contrincante era Hufflepuff, que había ganado la copa durante los últimos ocho años. Eran imparables, casi invencibles. Por eso Scor, como capitán, llevaba semanas buscando sus puntos débiles. Adaptando sus movimientos a los suyos. Quería hacer de su equipo la
Némesis del equipo de Hufflepuff.

—¿Dónde te has dejado a Albus? —preguntó Pea, extrañada porque no estaban juntos.

—Con su hermano, tiene mal de amores —respondió, acariciando un cuaderno de cuero negro, con las solapas resquebrajadas, que llamó irremediablemente la atención de Pea. Scor se percató de que lo miraba con atención. —Lo he encontrado en la biblioteca, no es nada interesante.

—Las palabras siempre lo son.

Pea no sabía que ese cuaderno viejo, al que no dio más importancia, estaba relacionado con su pasado y, desgraciadamente: también con su futuro.

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—Creo que lo tenemos todo —apuntó Dominique, mirando el trozo de pergamino en el que habían apuntado los elementos con los que llevarían a cabo la primera broma del año.

Zeus miró por encima de su hombro.

—Todavía faltan los grindylows —señaló la palabra, con el ceño fruncido, concentrado.

—Se suponía que James y tú os encargaríais de eso —le recordó, con fastidio. A tan solo tres días del domingo, día señalado para la broma, Dominique mostraba una actitud de profesora estricta. No le gustaban los cabos sueltos.

—Se suponía, tú lo has dicho —acertó a decir Zeus— Cualquiera se lleva a James a algún sitio, ¿le has visto?

James lanzó a los chicos una mirada de reojo, desde su posición en el sillón. A penas había prestado atención a la conversación. En la última semana, sentía que un hechizo lo mantenía aislado del mundo, dejándolo atrapado en un escaso espacio, ocupado por su ánimo pusilánime y sus problemas. Se sentía cansado y enfermo.

—Lo siento —masculló.

Dominique lo miró con empática aflicción.

—Podemos aplazar la broma, hasta que…

Negó con ímpetu, despegando la espalda del respaldo. El primer partido de quidditch de la temporada era el momento indicado. No tendrían otra oportunidad como aquella. Puede que a James dejara de importarle hacía días la broma, sin embargo, no fastidiaría a sus amigos a causa de sus desavenencias personales.

—Pensaré en algo, no te preocupes por los grindylows —prometió.

Mientras Domi y Zeus culminaban detalles ya pulidos desde hacía días, James se dedicó a mantenerse callado, como hasta entonces. En cierto punto, decidió acudir a su dormitorio a por pergamino y su pluma, para escribir una carta a Teddy. En la última semana, le había escrito con más frecuencia que de costumbre. Buscaba consejo en él, en su experiencia. Como siempre.

Justo cuando se levantaba, una figura apareció recortada contra el ventanal. No necesitó mirarla, la conocía bien; Pressya. Por una décima de segundo, iluso, creyó que estaba allí para hablar con él. Pero ni siquiera lo miraba o, al menos, fingía no hacerlo.

—Zeus, ¿podemos hablar un momento?

El nombrado, alternó la mirada entre ella y James, indeciso. Su mejor amigo se había visto envuelto en sus peripecias. Trataba de mantenerse al margen, aunque resultaba difícil cuando alguno de los dos le lanzaba miradas de resentimiento por prestar atención al otro.

—Eh…

Un botón en el interior de James se activó, como un botón que ponía en funcionamiento su lado más mezquino y vengativo. A ésas alturas, ya no quería ceder. Desde el lunes anterior, todo lo que había recibido de Pressya habían sido comentarios corrosivos, se había cerrado herméticamente a él y a cualquier avistamiento de reconciliación. Todo lo que veía era la negativa de James a hablar del condenado futuro. No quería escucharlo y, cuando finalmente lo hacía: nada de lo que salía por sus labios era de su agrado.

—Habla con ella, a lo mejor a ti te escucha —espetó James, observándola con resentimiento.
Pressya resopló; negándose a mirarlo.

—Olvídame, James.

Se levantó como un resorte del sillón. Al ser un palmo más alto que ella, tuvo que inclinarse para alcanzar su oído. Entretanto, Domi y Zeus se mantenían callados, dos estatuas de huesos y piel, rogando para no recibir la onda expansiva de lo que estaba a punto de ocurrir.

—Te estás comportando como una niña —dijo, sin alzar la voz. No quería perder los nervios, ni ponerse a gritar en medio de la Sala Común y así, dar a sus compañeros carroñeros del sensacionalismo, una razón más para hablar de él.

Pressya giró sobre sus talones hasta que chocaron sus miradas. La suya tan fría, oscura y peligrosa.

—No soy yo la que huye de los problemas —reclamó.

—Por eso me echas a patadas cada vez que intento hablar contigo, ¿verdad? Muy maduro por tu parte —respondió
irónicamente.

—Ya sabes lo que se siente.

Sin brindarle la oportunidad de rebatir, corrió hacia las habitaciones de las chicas, un lugar al que sabía que no podía seguirla. James se desplomó de nuevo sobre el asiento.

—A riesgo de ensanchar una herida demasiado abierta—comenzó diciendo Dominique—, los dos os estáis comportando como niños.

James la miró entre los huecos de sus dedos, donde había escondido el rostro, a ver si con suerte desaparecía. Decidió no responder, reticente a hacer frente a sus problemas una vez más. Pues al fin y al cabo, era su especialidad.

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A la salida de su clase vespertina de Encantamientos —con su adorado Lester Skriviar—, acompañada por Alice Longbottom; una mano la aprisionó por el codo y estuvo a punto de tirarla al suelo.

—¡Por todos los duendes! —chilló, con su órgano vital disparado.

—Solo soy yo, tranquila. —James Potter la soltó, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.

La gente tenía que dejar de abordarla de una forma tan sigilosa. Porque a ese paso, sufriría un ataque al corazón antes de que los terrenos del castillo se inundasen con la nieve de la Navidad. Dirigió una mirada sigilosa a Alice, que ya no le prestaba atención; la volcaba por completo a James. Petrificada. Puso los ojos en blanco. ¿Pero qué tenía ese muchacho para volver a tantas majaretas?

—Hola, James —saludó, con la emoción de una persona que quiere decir otras cosas.

Trató de sonreírla, pero sus labios, solo lograron tensarse en direcciones contrapuestas. Resaltando sus mejillas hundidas y sus ojeras amargas.

—Necesito hablar contigo —expuso, dirigiéndose a Katrina.

—Claro —accedió, sin saber muy bien a qué atenerse—. Ahora te alcanzo —. Le dijo a Alice antes de que escapara del hechizo que ejercía James sobre ella y echara a andar por el pasillo.

James esperó a que la estancia se vaciara casi en su totalidad y caminó a sentarse en un banco de piedra. Lo siguió con cautela y curiosa. Aunque se llevaban bien, no solía buscarla para ponerse a hablar así de la nada.

—Qué ocurre —quiso saber, ya sentada a su lado en el banco.

—¿Crees que serías capaz de colarte en el despacho del profesor Hurican y tomar prestados unos grindylows? —soltó de pronto y sin aviso.

Katrina abrió los ojos hasta el nacimiento del cabello.

—¿Es una pregunta trampa?

—Claro que no —aseguró James, sin el brillo travieso que lo caracterizaba cuando gastaba una broma—. Necesito que te cueles en…

—¡Para, para! —cortó Katrina, alzando una mano entre ellos, como un guardia de tráfico de Londres—. Primero dime para qué quieres ésas criaturas endemoniadas y, a lo mejor, solo a lo mejor, me lo pienso.

James asintió y comenzó a contarle; con todo lujo de detalles, el acometido del robo. Por extraño que pareciera, no la cogió por sorpresa. A las alturas que estaban del curso, le sorprendía que Los Merodeadores no hubiesen llevado acabo ya su «mítica» —y no tan mítica para las víctimas que la sufrían— broma de inicio del curso. Katrina todavía recordaba con todo lujo de detalles la del año pasado. La mañana en la que iniciaban las clases, la ropa de todos los alumnos había desaparecido de sus baúles, para averiguar más tarde que levitaba alrededor del castillo, como la colada más grande del mundo. Pasaron semanas intercambiando prendas unos con otros, porque se habían equivocado al recogerlas.  

Cuando James finalizó con el relato, Katrina se alegró de no jugar en el partido del domingo. En aquella ocasión, se la iban a cargar pero bien.

—No sé si sentirme alagada u ofendida porque me hayáis tenido en cuenta para esto —perpetuó, apoyándose contra la fría y dolorosa piedra de su espalda.

James se inclinó hacia ella, con gesto cómplice.

—Te he visto, Kat —murmuró para que nadie lo escuchara—. Sé de tus esporádicas excursiones al Bosque Prohibido.

Lo fulminó con la mirada. Ni siquiera Louis sabía de sus excursiones —porque quizá la mataba—, siempre guardaba mucho cuidado. Y, tampoco era algo que hiciese con mucha frecuencia. Solo lo hacía cuando Saoirse le pedía ingredientes para sus pociones experimentales que no podía conseguir de otra manera.

—Pero me estás pidiendo que robe a un profesor, no es lo mismo —repuso.

—Porque que te mate cualquier criatura es mucho menos peligroso que un castigo de la profesora McGonagall, claro que sí… —ironizó el muchacho. Soltando un hondo resoplido inmediatamente después—. Lo haría yo mismo, pero estoy un poco distraído estos días… Si no quieres busco a otra persona.

Katrina le propinó un manotazo en el hombro.

—No he dicho que no quiera hacerlo  —aclaró con voz chisporroteante.

—¿Eso es un sí?

—Sí, pero quiero la capa de invisibilidad y el Mapa del Merodeador —exigió, ya pensando en todos los detalles y en la mejor manera de ejecutar la tarea—. Y me llevaré a alguien, al que probablemente le cuente lo que estáis tramando.

James rebuscó en su túnica y extrajo de ella un trozo de papel amarillento, llevo de pliegues: se lo tendió a Katrina.

—Voy a buscar a Albus para pedirle la capa, espera aquí.

Katrina asintió, notando la adrenalina efervescente recorriendo su sangre.

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Cada vez había más disyuntivas en su vida. Sabía hacia dónde iba, pero no quién iría con ella. Pressya creía, que no sería capaz de despejarlas sino sabía con seguridad de dónde venía. Además, centrarse en el misterio que envolvía su nacimiento, era mucho más fácil que pensar en la discusión más reciente que había tenido con James. Con el que vivía en un estado permanente de reproches que se prolongaba desde hacía más de una semana. Pero ésa era otra historia.

Así pues, se disponía a leer una vez más el diario de su tía, que mantenía apoyado en sus piernas cruzadas. Con la esperanza de sacar algún dato esclarecedor de él en esa ocasión. Como si, en las anteriores, no hubiese prestado la atención suficiente. Ni tampoco Vlad, ni Jenna. Habían acordado turnarse el diario: ésa semana le tocaba a Pressya. Desafortunadamente, casi dos meses después, el diario no había aportado nada de luz al asunto.

Todas las noches que gastaron en verano para averiguar dónde estaba, no habían dado ningún fruto.

Quizá se estaba obsesionando demasiado. Pero no podía dejarlo estar. Una voz le gritaba desde lo más hondo que la noche en la que murieron sus padres, ocurrió algo más. Terrible e innombrable; algo que todos los miembros de la familia les ocultaban a Pressya y a Vlad, haciéndoles creer que eso era todo.

Necesitaba averiguarlo. Quiénes eran sus padres. Porqué, por mucho que había insistido, nadie quiso mostrarle nunca una fotografía de su madre, ni mencionar su nombre. ¿Qué podían temer de un muerto? ¿Tan grave era que una niña quisiera saber cómo era su madre muerta?

Comenzó a pasar hojas, meses, años, sin buscar nada en concreto. Se detuvo en una unos segundos después. 2 de mayo de 1997. Era una entrada en la que su tía hablaba de las vacaciones de semana santa. Preocupación por los exámenes. Preocupación porque un tal Sallas no la hacía caso, preocupaciones y más preocupaciones. Nada importante para su cruzada.

Pressya siguió leyendo con desánimo, pues ya había hojeado la entrada con anterioridad, hasta que uno de los últimos párrafos despertó su curiosidad.

Los descubrí en la Lechucería. Ocultos entre plumas y travesaños. Juntos, mucho más de lo que deberían. ¡Menudos hipócritas! Eso que les he preguntado montones de veces. Pero, claro, no confían en mí. Tendrías que haber visto sus caras cuando me vieron entrar. Se deshicieron en súplicas para que no lo contara (porque, como he dicho, no se fían). Por suerte, no me gusta meterme donde no me llaman. Así que fingiré que no sé nada. Pero no por Mala, sino por…

Había un fuerte tachón de tinta, por lo que Pressya no pudo leer el nombre que se ocultaba debajo. Era uno más de los cotilleos de una adolescente de dieciséis años. Su tía lo habría tachado como medida preventiva, para proteger el romance oculto de la tal Mala y el muchacho oculto bajo la tinta.

La puerta de su dormitorio se abrió, apareciendo Rose tras ella. Llevaba en los brazos cuatro tubos de pergamino y un libro enganchado en cada una de las axilas. Si se esforzaba, podía ver impresa en sus ojos toda la información que había memorizado. No le sorprendería si en algún momento expulsara humo por las orejas.

Pressya saltó de la cama para liberarla de la carga.

—Gracias —respondió Rose, abandonando el resto de pertenencias sobre el baúl de su cama, frente a la de Pressya.

A continuación, se sacó la túnica y los zapatos y se atusó el pelo. Conociéndola, habría hecho en una tarde, los deberes de toda la semana. Por el contrario, Pressya, ni siquiera había abierto la bolsa. Solía hacer los deberes con James —más que nada para asegurarse de que él los hacía—, así que, cada vez que hacía el intento; recordaba la situación en la que se encontraban.

Sí, se había convertido en una de ésas muchachas a las que incluso una partícula de polvo les recordaba a su novio —patético—. O lo que fuera James, ya no lo sabía…

—Estás pensando en él —aseguró Rose, sentada sobre su cama, masajeándose el cuello.

—Qué va… —fingió. No le apetecía hablar del asunto. Porque, cobarde de ella, no quería hacer frente a lo que ocurría. Pues significaba asimilar la realidad; que puede que no hubiese una realidad futura con él.

Rose resopló, exasperada, casi enfadada.

—No me corresponde a mí decirlo. —«Entonces no lo digas», pidió Pressya en silencio, no quería escucharlo—. Pero voy a hacerlo, porque me he cansado de ver a mi primo así.

Pressya reprimió  las ganas de hacerla callar. Lo había dicho como si toda la culpa recayese en ella. Cierto era que tenía un poco de culpa, que se había cerrado en banda y que no quería escuchar a James: pero es que estaba muy cansada de oír excusas que los conducían hacia ninguna parte.

—Entiendo que lo único que haces es intentar encontrar una solución a lo que os depara una vez acabado el curso —empezó Rose, a voz susurrante, conciliadora. Pressya decidió sentarse en su baúl, a sabiendas de que no podría escapar—. Pero,  a causa de ello, no escuchas lo que James intenta decirme.

Se sintió atacada.

—Lo ha dejado muy claro; no quiere hablar.

—¿Y por qué no respetas su decisión?

Pressya no supo qué decir, se quedó con la boca entreabierta, buscando las palabras que se escondía en sus cuerdas vocales; tímidas.

—Porque todo lo que veo son excusas, supongo.

Rose la sonrío, como solía hacerlo su hermano cuando cometía un error. Sin juicios oculares, ni intenciones represivas.

—James parece hecho de titanio, pero en el fondo, es sensible y vulnerable como un niño.

Se estremeció por dentro, recordando una de las razones por las que se enamoró de él. De ese chico lleno de inseguridades, que lo único que quería era tener a alguien que viera más allá de la superficie adornada con apellidos, un mapa de travesuras y un título en el quidditch.

—Y nada lo hace sentir más vulnerable que pensar que puede perderte. Por eso no te dijo que se enfadó cuando aceptaste irte a Rumanía con nuestro tío sin siquiera preguntarle, por eso te apoya y por eso no puede decirte más claro que, por ahora, no quiere hablar de Rumanía ni de nada relacionado con ella.

Rose terminó de hablar unos cuantos decibelios más arriba de cuando había empezado. Pressya se quedó estupefacta, sin palabras. Con un sabor amargo en la lengua. Sin saber qué hacer. Esa sí que era la verdad: había sido egoísta. Se había empeñado en introducir a James en un futuro que solo le interesaba a ella, sin tomarlo en cuenta, sin preguntarle.

Egoísta.

Tragó saliva, para deshacer la bola de acero en su garganta.

—Lo siento, pero tenía que abrirte los ojos —se disculpó Rose.

—Gracias —se limpió una lágrima que estaba a punto de liberarse.



Pressya se saltó la cena. Y, en su lugar, se sentó frente a la chimenea, con el diario apretado entre las piernas y el pecho, mientras sostenía su barbilla en las rodillas. Mantenía los ojos cerrados. Refugiada en el calor que su cuerpo no era capaz de producir. Las palabras de Rose se habían implantado como esquirlas de hielo.

—Si me siento aquí, ¿me prometes que no me arrojarás a las ascuas?

Abrió los ojos. James la miraba desde todo lo alto que era. Llevaba una sudadera y el pantalón del pijama. Los rizos parecían querer escaparse cada uno en una dirección diferente.

—Te has perdido la cena —comentó, retraída, intentando decir algo desafortunado. Quería pedirle perdón. Pero no sabía cómo hacerlo. Nunca sabía cómo.

James se dejó caer como un saco, medio metro alejado de ella, también frente a la chimenea.

—Me he quedado dormido, no estoy durmiendo bien.

—Dímelo a mí —respondió, devolviendo su mirada al dócil fuego.

¿Por qué James no había tenido la suficiente confianza con ella para decirle lo que ocurría? ¿Por qué Pressya se había obsesionado tanto por el futuro? Y, lo más importante:

—¿Qué nos está pasando? —Esa última pregunta la dijo en voz alta.

La pregunta le arrasó la garganta como un zarzal de espinas al caerse dentro. James soltó un hondo suspiro. Se tomó unos momentos para responder.

—Estamos creciendo y, como de costumbre, me llevas la delantera —musitó, sin apartar la vista del fuego. El reflejo de las llamas lo rodeaba, danzaban en sus facciones. Oscureciéndolas, remarcando sus ojeras y la crudeza que
portaban sus ojos.

—Ya —no sabía qué otra cosa decir. Tantas ganas de hablar y, cuando por fin lo hacían, se quedaba muda.

Pressya se contrajo más aún. Se sentía agotada y enferma. Como si un dementor se le hubiera posado  en la espalda. James presentaba el mismo aspecto. Encogido, desganado  y vulnerable.

El silencio se impuso, inefable, interrumpido solo por el chisporroteo de las ascuas.

—Dejemos el tema por el momento. Tanto futuro nos está arruinando el presente —decretó James después de un buen rato. Press lo miró con la mejilla pegada a las rodillas.

Tenía razón. Su insistencia por crear un futuro común les estaba arruinando lo que ya tenían. Seguro, épico. Sí, la actitud de James era desesperante, pero como bien le había dicho Rose; tenía sus motivos. Pero Press estaba actuando con impaciencia y demasiada premeditación. Había pensado en ella y, solamente en ella. Debía dejar que los acontecimientos siguiesen su curso natural.

—Lo siento —dijo finalmente, con las lágrimas dibujadas en las palabras.

Sus ojos se encontraron, después de pasar días evadiéndose. Por supuesto que merecía la pena. No era un sinsentido. Ése sentimiento tan fuerte, con tanta capacidad de devastación y salvación a partes iguales: era lo más real que había conocido. Mientras todo lo demás en su vida eran conjeturas y verdades a medias que nadie quería sacar a la luz. James Potter era verdad, certeza, calma en la vorágine.

Y sabía, desde la inexperiencia de una adolescente que tenía toda la vida por delante, que pasara lo que pasase:
jamás cambiaría de parecer.

—Ven aquí.

James abrió los brazos. Sin pensárselo dos veces gateó hasta ellos, sentándose en su regazo. En cuanto la estrechó contra su cuerpo, todo volvió a la normalidad. Desapareció el dementor de su espalda y las piezas desencajadas que se le clavaban en el pecho pasaron a una mejor vida. Ahuecó las manos en torno a sus mejillas. Lo besó con avidez y James acogió sus labios de la misma forma.

—Quiero que esto funcione —suspiró con la cara enterrada en su cuello.

—Funcionará, ya lo verás.

Por fin, después de tantos días, todo estaba bien.

Una pena, que la felicidad de Pressya Havenwatcher estuviese a poco tiempo de estrellarse contra el asfalto.

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Era la hora señalada. Katrina Berrycloth estaba a punto de colarse en el despacho de uno de los profesores que más respetaba en la escuela, robarle unos grindylows y dárselos a James para que pudiera hacer de las suyas junto a sus amigos. Pan comido, un día normal en su vida.

—Dime, otra vez, la razón por la que me he dejado arrastrar a esto —preguntó Louis, a su lado.

—Por favor, si te encantan este tipo de cosas.

Katrina miraba hacia todos los lados, para asegurarse de que no aparecía nadie, aunque resultara difícil verlos, escondidos como estaban tras la estatura de la Bruja Tuerta. Mantenía el Mapa del Merodeador abierto, con tantos pliegues deslizados que Louis tenía que sujetar una parte con la mano. Toda su atención se centraba en las huellas de Arwel Hurican, que se alejaban de camino a casa de Hadgrid. Como cada jueves, para tomar el té.

—Me encantan, sí sé a qué atenerme —se quejó—. Pero como tú no me dices porqué quieres los grindylows…

—No soy yo quién los quiere, solo tengo que conseguirlos y dejarlos en este pasadizo —explicó, por décima vez.

Por muy reticente que se mostrase, casi había saltado de emoción cuando le propuso acompañarla. Como todo Weasley que se preciase, no desaprovechaba ni la más mínima oportunidad para causar alboroto.

—Seguro que es James, porque de lo contrario, no tendrías esto —conjeturó, señalando la cama que permanecía a sus pies y el mapa.

—Si ya lo sabes, ¿por qué preguntas? —suspiró irritada.

—Porque quiero saber para qué los necesita, seguro que no es para algo bueno…

—No puedo decírtelo —repitió. Aunque era mentira, porque a Jenna y Molly (que estaban desempeñando la otra parte del plan en ese momento), sí se lo había dicho. Pero quería hacerle pagar a su mejor amigo la broma del Gran Comedor.

—¡Soy tu mejor amigo! —gritó.

—Claro que sí —le palmeó el hombro a tientas, sin apartar la vista del mapa. El profesor Hurican acababa de entrar
en la cabaña de Hadgrid. Buscó rótulo de la clase Defensa contra la Artes Oscuras. Allí estaban las huellas de Molly y Jenna—. Vamos, Louis.

Cerró el mapa y lo guardó en el bolsillo de su túnica. El chico abrió la capa, envolviéndolos a los dos dentro de ella; Katrina iba delante, pues era más baja que Louis. Comenzaron a andar por el pasillo, en dirección a las escaleras.
Fue todo un desafía alcanzar el aula. Louis no había cesado de pisarle los talones, ni de quejarse porque tenía que agacharse para que la capa cubriera las piernas de Katrina. Cuando la chica divisó a sus amigas, cada una apostada a un lado de las dobles puertas, creyó estar viendo un halo celestial.

—Somos nosotros —susurró lo suficientemente alto para que la escucharan.

Molly dio un pequeño respingo.

—Ya era hora —murmuró Jenna.

—Es que Louis lo pone difícil.

—¡Oye! —exclamó, demasiado alto.

Molly tosió para disimular, pues habían llamado la atención de unos alumnos. Entre tanto, Jenna les abrió la puerta. Se colaron en el interior. Una vez dentro, se deshicieron de la capa, respirando un poco de aire fresco.

—Rápido, busca a los bichos —apremió Katrina, con el corazón en un puño.

No tuvieron que buscar mucho, pues se encontraban a lado de una de las cristaleras de la clase, encerrados en una inmensa jaula para pájaros. Ni siquiera habían tenido que colarse en el despacho de Hurican. La suerte estaba de su parte.

Se acercaron a ellos con apremio. Al verlos, comenzaron a zumbar como un enjambre de avispas con mala leche. Eran horripilantes, con sus enormes ojos negros sin pupilas y sus cuerpos azules, desnudos.

Immobulus —En cuanto las palabras salieron de la boca de Katrina, los grindylows quedaron suspendidos en el aire, petrificados.

—Mira que te gusta inmovilizar a la gente —soltó Louis, desde las alturas, le dio un empellón con la varita en la espinilla.

—Vámonos de aquí —dijo satisfecha.

Louis cubrió la jaula con la capa de invisibilidad, que desapareció de inmediato. Tanteó la superficie desaparecida hasta que dio con la hebilla para alzarla. Volvieron hacia la puerta, donde Katrina dio unos golpes.

—Despejado —confirmó la voz de Jenna desde el otro lado.

Abandonaron la clase. Una vez fuera, Molly, Jenna y Katrina, se posicionaron alrededor de Louis, para cubrir el brazo que extendía hacia el lateral, como si hiciera un aspaviento eterno. Juntos, emprendieron el camino de regreso hacia la estatua de la Bruja Tuerta.
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Asclepio. el Vie 17 Mar - 17:15

Y YO QUE AUN SIGO EN LA UNIVERSIDAD. ASÍ NO SE PUEDE GENTE muack
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Vie 17 Mar - 22:22

AYYYYYYYY LO AMÉEEEE, Diooosss Louis siendo protector me debilita todo, en serio es tan bello Y YA ERA HORA de que James y Press se calmaran, porque me tenía ansiosa que siguieran peleados por mucho más tiempo Ya quiero ver la broma que harán y a quién se la haran

comentaré mejor más adelante
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Jue 13 Abr - 10:58

Como Mari no se reportó pasaremos su turno, perdón por no avisar antes, pero no tuve tiempo
Va a subir Milu en su lugar
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Calore. el Jue 13 Abr - 17:38

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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Dom 16 Abr - 16:31

espero cap ansiosa
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Asclepio. el Miér 19 Abr - 15:27

Yeeeeeeeeeeeeeeeeeeih muack muack muack
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Dom 21 Mayo - 18:54

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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Asclepio. el Lun 5 Jun - 0:41

¿Y DONDE ESTÁN MIS MAGAS? muack
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Miér 7 Jun - 5:50

Chicas, el turno pasa a Ems
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

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