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I solemnly swear that I am up to no good.

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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Miér 01 Feb 2017, 10:21 am

AHAHAHAHAHAH
buena conclusión
avatar


Ver perfil de usuario http://www.wattpad.com/user/EmsDepper
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Supertramp. el Vie 10 Feb 2017, 6:15 am

quejas)?:
Hola, ¿cómo están bbys? por fin subiré capítulo después de cinco mil años subiré capítulo, lamento mucho la tardanza, quería escribir de más personajes pero ya entre a la universidad así que  
Es la primera vez que escribo algo tan largo, realmente)???? las admiro a todas por hacer más de una parte xddd
anyways, acá dejo esto)? tengan un buen viernes y fin de semana

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Capítulo 012, parte 1
Victoire Weasley, Rose Weasley, Draco Malfoy, Rowena Crow, Vladimir Havenwatcher ☽ Supertramp.


Victoire Weasley disfrutaba de viajar y conocer, como un muggle, le gustaba comprar tiquetes y subirse a un avión y contemplar lo pequeñas que se hacían las personas y ciudades, y lo grande e infinito que se volvía el cielo.

Como disfrutaba tanto de dicha práctica solía apartarse de su trabajo como auror, pero ella amaba eso también además de que su familia y sus amigos se dedicaban a cosas similares, en particular su prometido Teddy Lupin, había pasado mucho tiempo desde que comenzaron su relación, pero aquel chico de cabello castaño y ojos azules despertaba muchos sentimientos cada vez que lo veía, no importaba si fuese día tras día, o si lo veía por primera vez en muchas semanas, su amor por el florecía en cada momento.

Al bajar del avión sus piernas flaquearon un poco y su pequeño recogido desastroso de cabello cayó sobre sus hombros despeinado. Toire sobo sus manos con desgana y las sopló para ganar un poco de calor. 

Al agarrar su maleta y comenzar y comenzar a caminar sintió la alegría de volver a ver a su familia. Extrañaría Francia, pero, Inglaterra era su hogar sin lugar a duda. 

Un pelirrojo destacaba en la multitud, las arrugas ya destacaban y tenía varias cicatrices en su rostro, y aunque los no magos lo miraban con extrañeza por eso, la rubia miraba a su padre con admiración por lo mismo, Bill Weasley era su mayor modelo a seguir. Admiraba su forma de ser y su espíritu aventurero, el mismo que ella tenía, su padre daría la vida por los que ama y cuida a los indefensos, no teme, o al menos eso parece.

Toire había adelantado el vuelo para poder despedirse de sus hermanos antes de que partiera a Hogwarts, estaba deseosa de ver que travesuras harían Don y Lou, principalmente Dominique; aquella chica tenía un mundo en su cabeza y estaba segura de que se metería en problemas.

Dejó la parsimonia de su caminar y comenzó a correr donde su padre. No lo había visto en seis meses al fin y al cabo, al momento de estar frente a su padre sin dudarlo rodeó el torso del hombre, el cual carcajeó sonoramente y acarició el cabello de la rubia con cariño.

— Todavía eres una niña.

Victoire se zafó del sentimental abrazo con su padre y lo miró dolida.

— Siempre una niña, papá, siempre.

Su padre negó con orgullo y tomó la otra maleta que arrastraba su hija a modo de ayuda.

— Vamos —dijo Bill comenzando a caminar hacía la salida—, fuera nos espera alguien.

El cuerpo entero de Victoire se retorció de alegría pura, pero por fuera sólo esbozó una dulce y grata sonrisita. El clima en Inglaterra era una de sus cosas favoritas en el mundo, el frío particularmente de Londres era de la cosas más agradables. Y aunque ella adoraba el calor y los climas tropicales como el de Hawai, el frío no tenía comparación.

Cuándo abrió los ojos, lo primero que sus ojos distinguieron fue una cabellera castaña casi rubia despeinada, y después aquellos ojos azules que la volvían loca, al verla, Teddy Lupin sonrió de oído a oído y abrió sus brazos, invitándola a acomodarse en ellos, y evidentemente la rubia se colgó de su cuello y unió sus labios con los de él, cosa que no duro mucho porque Bill aclaró su garganta detrás de ellos.

Tanto Teddy como Victoire soltaron una risa y miraron a Bill con una sonrisa en sus rostros, ella sabía que su padre adoraba la relación que tenía con Teddy Lupin, incluso hacía bromas al respecto cuando recién comenzaron a salir juntos. Su padre se excusó diciendo que no regresaría a casa con ellos porque visitaría a Potter y comería con él.

El frío se esfumó cuando estuvieron puertas adentro, Teddy arrancó el auto y Victoire nunca se sintió más en su hogar que en ese recorrido a casa, el camino fue silencioso pues durante su ausencia ambos se llenaron de valiosos pergaminos, pero el silencio con Edward era de las cosas que nunca le molestarían.

En algún momento del recorrido Tres y había tomado su mano izquierda con tranquilidad, mientras conducía con una sola mano. El auto se detuvo frente a una casa de gran tamaño, podría haber viajado a muchas partes, pero  aquel era su lugar favorito. 
Entró silenciosamente a casa.

— Cariño, ¿estás en casa? —probablemente su madre no permanecía por más de un mes en Francia, pero el acento aún permanecía.
Victoire sonrió genuinamente y le pidió a Teddy que guardará silencio. Al no recibir respuesta Fleur salió de la cocina y al ver a la rubia de pie en la sala de estar, dejó caer la toalla de manos.

— ¡VICTOIRE APOLLINE WEASLEY DELACOUR! —lloriqueó Fleur a modo de reproche reproche, Vic se mantuvo como una estatua regía en su puesto, el rostro de su prometido expresaba diversión. La mujer caminó lloriqueando hasta donde estaba y la abrazó cual madre que acaba de ver de nuevo a su hija después de seis meses, tal cual —, ¡ni siquiera llamaste de Francia o me enviaste cartas, todas llegaban a Bill! 

En parte era cierto, pero había mandado tres cartas a su madre, así que estaba exagerando. A causa de los gritos de Fleur, dos cabellera rubias hicieron presencia en la sala, Dom la miraba con un brillo en los ojos, y en el momento en el que su madre la soltó, los dos rubios la rodearon con sus brazos, algo complicado ya que los tres eran altos de estatura, por lo que el abrazo...se complicó.

— ¡Te extrañamos tanto!
— Mamá se quejó durante semanas, por no decir meses.
— Le escribiste más a papá, eso no es justo.
— Probablemente a Teddy le escribió más...

Después de que sus hermanos dejarán de soltar comentarios al azar por la emoción de verla, entregó los presentes. Tardó mucho tiempo en recordar al peludo de ojos bicolor, sin decir palabra alguna, salió corriendo al jardín de la casa, efectivamente, echado sobre el pastel verde, destacaba el pequeño (más bien grande) Brown, su perro. El perro ni siquiera le dirigió una mirada, se veía lo dolido que estaba.

— Brownie —murmuró acariciando el pelaje del perro.

Unos minutos más tarde Teddy se sentó a su lado, el perro lamió su mano con desgana, y miró con resentimiento a Vic

— Vamos, pequeño, perdonala, es mejor que te deje a que te suba a un avión, ¿quieres morir así de pronto?

Vic le dio un codazo y el muchacho sobó su espalda como gesto de cariño y además diciéndole que era una broma, otros minutos más pasaron hasta que la resignación de Brown pasó, Vic solía viajar mucho, pero no tanto tiempo como esta vez.
Pasaron a comer y Victoire Weasley no pudo evitar estar más feliz cuando pasaron al comedor.

Por fin estaba en su hogar.
 



— ¿Acaso nunca duermes?
 
La áspera voz de James formó un eco en la sala común de Gryffindor, al igual que la última vez que charlaron, Rose Wesley llevaba su cabello recogido y escribía en un pergamino. Levantó la mirada para observar el agotado rostro de su primo, sin contar a Teddy quién era parte de la familia, en chicos, James era el más grande, pero siempre tenía esa chispa infantil en sus ojos...Al igual que ella. 
 
— Aparentemente tú tampoco —refutó apartando la silla en dónde estaba sentada y se dejó caer en el sofá frente a James —, ¿tampoco conciliaste el sueño hoy?
— En realidad, si, pero recordé algo que olvidé decirte en el maravilloso festín patrocinado por Roxy y Lou.
 
Rose se estremeció un poco y se removió incomoda.
 
— Ni me lo recuerdes. Niños del demonio.
 
James soltó una carcajada.
 
— Como sea, nosotros también tenemos planeado algo —con aquellas palabras la pelirroja pareció, definitivamente, más interesada—, para el partido de Quidditch que se viene.
 
Rose asintió con entusiasmo.
 
— ¿En qué puedo ayudar?
— Verás —murmuró James, y se adentró a explicarle detalle por detalle lo que habían hablado Dom, Zeus, Wyatt y él—, pero...
— Sabía que llegarías a ese punto —James terció una semi sonrisa.
— Debemos pedirle ayuda al trío más agradable de Hogwarts.
 
Sin necesidad de pensarlo, Rose ya sabía que se trataba de Cyril Malfoy y sus compinches. Aunque no le pareció algo complicado, con esos tres sabía que debía tomarse su tiempo para poder lidiar con ellos, porque aunque conocía a Cyril gracias a Scor, ella no lograría convencerlo sólo por ser amiga de su hermano mayor. 
 
 — Y también debemos hablar con Austin...
— ¿¡AUSTIN!? ¿Quieres decir, Austin...?
— Si, Rosie, ese Austin. Y bueno, como bien sabemos, eres la chica con conexiones y que lidia con todos, así que, te cedimos ese honor de hablar con el trío del mal, y Austin, por supuesto.
 
Rose suspiró divertida.
 
— Bien —accedió—, pero quiero créditos.
 
James ya había pegado un brinco y la había abrazado como si ella le hubiese regalado el universo o algo por el estilo.
 
— ¡Eres la mejor prima del universo!

Y segundos después corrió escaleras arriba. Rose lo miró como si estuviese chiflado, hasta  que desapareció de su vista, se rió sola un poco, negando con.La cabeza, y se acercó para poder terminar su carta a Victoire. Al hacerlo, enrollo el pergamino con una pequeña hebra de color dorado y subió las escaleras, temprano en la mañana mandaría la carta a su prima. En cuento se recostó es su cama, quedó profundamente dormida.

Su habitación solía ser bastante ruidosa por las mañanas, pero por alguna razón esa mañana del sábado, estuvo bastante callada. Rose sufría de sueño ligero y por eso era la primera en levantarse, pero ese día, fue la última. Tuvo que parpadear un par de veces para darse cuenta de que las camas de sus compañeras estaban tendidas y arregladas, casi intactas, y por tanto se percató en que era, demasiado tarde y no usaría el giratiempo.

Corrió a arreglarse, y después de bañarse, sacó la primera prenda que sus manos sintieron, un vestido y unas zapatos Oxford, recordó que en alguna celebración de Halloween pasada se había disfrazado de Sherlock Holmes, así que rebuscó hasta que encontró el pequeño sombrero de color café y la capa del mismo tono.

James Potter esperaba con cara de indignación recostado sobre un mueble, era digno de una fotografía en aquel momento. Zeus en cambio estaba recostado sobre el sofá con su rostro apacible y tranquilo tarareando una canción de Elvis Presley. Una vez llegó frente al campo visual de James este la miró con burla.
 
— ¿Te saliste del libro, Sherlock?
— Por supuesto, Watson.
 
Los ojos verdes de la pelirroja chocaron con los azules de Zeus, se miraron por unos segundos hasta que Rose reaccionó. No tuvieron tiempo siquiera para comer, porque Rose los presionó a salir de Hogwarts a las malas, en algún momento en el recorrido se hartó de la capa y la posicionó sobre los hombros de James, quien soltó un bufido. 
 
Los estudiantes se desparramaban por el Hogsmeade, riendo, y charlando, algunos se quedaban estáticos viendo cualquier cosa fuera de los establecimientos, mientras que otros entre burlas y golpes se adentraban a Las Tres Escobas, justo donde les habían dicho que estaría el trío.
 
Se adentraron al lugar rápidamente, la calidez del lugar llenó a Rose, a lo lejos distinguió una cabellera rubia y dos morenas. 
 
— Ustedes esperen aquí —ordenó la muchacha—, por cierto, cuando regrese, quiero un...jarabe de cereza.
 
Se acercó a la mesa donde yacían plácidamente los tres jóvenes, Malie era la que más destacaba, principalmente porque su perfecta tez morena y su pequeño y hermoso rostro brillaban, Rose se deslizó por la silla junto a Koanu, todos dirigieron su mirada hacia ella, Koanu divertido y expectante, mientras que de los ojos de Cyril y Malie brotaba arrogancia.
Rose sonrió como estúpida.
 
— ¡Qué onda, chicos!
— ¿Qué quieres, Weasley?
 
Ella se encogió de hombros fingiendo inocencia mientras propinaba un codazo a Koanu. Él moreno tuvo que sobarse el brazo rápidamente.
 
— Hablar con ustedes, por supuesto —murmuró mientras se quitaba el sombrero—, ¡eres el hermano de mi mejor amigo, claro que debo hablar contigo. 
 
Cyril la miró sin decir palabra alguna, entabló una mirada sería que le.dio un escalofrío por toda su columna, no obstante, Rose Weasley no quitó la sonrisa de su rostro. 
 
— ¿Por qué no hablas de una vez, mejor?
— ¡Bien! —exclamó—, necesito de ustedes. Ustedes tienen algo que yo necesito, y podemos negociar al respecto.
 
El moreno al lado suyo soltó una risa divertida.
 
— Lo que sea contigo, preciosura —se acercó peligrosamente al rostro de la chica y lejanamente Rose distinguió tanto a James como a Zeus frunciendo el ceño. Pero Koanu se alejó de inmediato desinteresado, además el comentario fue bastante sarcástico.
 
— ¿Qué es? —habló Cyril por primera vez desde que ella se sentó en la mesa.
 
Rosie pasaba mucho tiempo en la casa de los Malfoy, y la actitud del muchacho frente suyo siempre le parecía rancia, en su propio hogar trataba de pasar desapercibido y no terminaba de entablar una conversación con su familia cuando ya se estaba retirando dell lugar. Scor siempre insistió que se debía a que era más pequeño y los problemas de la adolescencia -graciosamente, siendo él uno-. Pero Rose siempre dudaba mucho de la actitud del rubio.
 
— Sortilegios.
 
Entrelazó sus propias manos sobre la mesa, tratando de sonar lo más conveniente posible, sus ojos verdes brillaban y su sonrisa seguía presente. Estaba considerado ser una actriz seriamente, es más, probablemente se le daría mejor que volverse igual que su tío Charlie.
 
— ¿De qué tipo? ¿Cómo sabes que tenemos sortilegios de todas formas?
— Es bastante obvio —aclaró, Rose se dispuso a explicar el tipo de sortilegios que necesitaba, Malie soltó una risa que lo dijo todo: negación.
 
Pero Malie no conocía a Rosebud Weasley Granger. Y es que, en definitiva y sin duda alguna, la pelirroja no se rendía hasta que conseguir lo que se proponía.
 
— No podemos darte esos, Weasley, sólo tenemos unos pocos de esos y, no te los daremos a ti, y a tus dos amigos que esperan en la mesa de allá, como tarados.
— ¿Mañana estarán acá a esta hora?
 
Koanu confirmó con su cabeza, una chispa de diversión asomaba en su rostro.
 
— Espérenme —dijo amenazadoramente.
 
Malie bufó con burla en cuanto Rose les dio la espalda, caminando con seguridad hasta llegar a la mesa de James, se dejó caer con desgana y vergüenza propia. James negó con la cabeza.
 
Rose dio un sorbo con disgusto de su bebida, la cual, de hecho, si le compraron.
 
— Esto no acaba aquí, James Sirius —señaló con un dedo al castaño, el levantó las manos a modo de inocencia, Zeus soltó una carcajada.
— Me pregunto, ¿qué harás mañana, entonces?
 
Rose sonrió. 
 
— ¿Conocen a Scorpius Malfoy? 
 
James abrió sus ojos como platos, Zeus en cambio, no reaccionó pero su mirada oscureció notablemente, se notaba el disgusto en sus ojos.
 
— ¡Ni lo pienses, mocosa! —advirtió James.
 
 
 
Ignorando el aviso de su primo, Rose habló temprano en la mañana con Scor, quien aceptó sin pensarlo, en realidad, Scorpius Malfoy no odiaba a James ni a Zeus, pero estos mantenían un recelo hacia él que era de admirar.

La mañana se pasó en un chasquido de dedos, y James y Zeus aparecieron en el pasillo del tercer piso media hora tarde, Rose no le dio mucha importancia pues se distrajo hablando con Scor y le dolía el estómago de la risa en cuanto aquel par apareció.
 
— ¡Por fin!
 
James posó su mirada en Scorpius quién sonrió honestamente hacia el par, incluso sabiendo que James no lo soportaba y que si Zeus pudiese lo torturaría todos los días por el resto de su vida. Si, así de grave era. La muchacha los arrastro frente a la estatua de la bruja tuerta, formó un puño con su pequeña mano alrededor de su varita y golpeó el objeto mientras susurraba «dissendium» y tras unos segundos, estaban en el sótano de Honeydukes. El lugar favorito de Rose en Hogsmeade. 

Todos iban en una línea detrás de Rose cuando subieron, y cuando estaban a punto de salir, pero la visión de Rose se quedó sobre unas ranas de chocolate y por alguna razón estás parecieron más importantes que su misión del día, teniendo en cuenta que aún le quedaba hablar con el gángster de Austin.
 
Zeus a sus espaldas, sonrió.
 
 — Lo compraré para ti si logras conseguir los sortilegios —murmuró Scor.
 
La sonrisa de Zeus se esfumó, y fue el primero en salir del lugar.
 
— ¿Y tú de que vas? —se quejó James empujando a Scor al pasar, aprovechó para arrastrar a Rose fuera de Honeydukes.
 
Tuvieron la misma rutina del día anterior, y pidió la misma bebida que el día anterior, a diferencia de que ese día Rose no se sentó sola en la mesa del trío, sino que Scor también se sentó con ella. Por alguna razón, todos guardaron la compostura, y mantuvieron silencio. 
En Hogwarts todos sentían algo por Scorpius Malfoy, fuese amor, odio, o respeto. Aunque Cyril rodó los ojos con molestia, pero antes le dio su peor mirada a Rose.
 
— No me digas, Weasley, regresaste.
— Y trae compañía —añadió Mallie.
 
Scor le guiñó un ojo. 
 
— Chicos, por favor, ¿qué tengo que hacer para que me los den? ¿quieren dinero? ¿dinero muggle? ¿¡Qué les haga la tarea por un mes!?
— Trato —la morena estiró su largo brazo y extendió su mano.
 
Rose abrió la boca formando una perfecta "o", por su parte, Scor se reía para si mismo, siendo que no había ayudado para nada y aparte no estaba colaborando mucho en la situación. 
 
— Al dinero, me imagino.
— No, a la tarea —señaló Koanu.
— No la mía —añadió Cyril.
 
Rose no acaba de convencerse.
 
— Bien —suspiró—, pero sólo de una clase por un mes.
— Si no tengo buenas notas, Weasley, te haré añicos.
 
Rose sacudió la mano de la muchacha deprisa y apuradamente empujó a Malfoy fuera de la mesa, Koanu antes le pasó los sortilegios.
Sonriente comenzó a aplaudir sin siquiera un poco de ritmo, mientras cantaba mal canciones de cantantes muggle, al azar. 
 
— Esa es mi Rose —dijo Zeus.
 
James se incorporó en un solo movimiento y miró a Zeus con las cejas levantadas, aunque comenzó a decir cosas inaudibles y este respondía de la misma forma. Rosie se encogió de hombros mirando a Scor.
 
— Aún nos falta algo, Rosie...
 
Ella sabía que le esperaba, Austin, el chico del club de contrabando de pociones, o para Rose y unos cuantos, Austin el gángster. El chico por misterios de la vida, se la pasaba metido en Cabeza de Puerco, y para la oji-verde era el lugar más desagradable del planeta.
 
Pero con mucho esfuerzo se dirigió allí, mientras el resto esperaba, Rose se acomodó frente al chico y le explicó la situación, le dio una mirada letal a la pelirroja, y sintió un vacío en su estómago, mentalmente hizo una lista de su familia y amigos, que se hizo eterna, así que se despidió de ellos por si era asesinada en el momento.
 
Pero el chico se encogió de hombros y aceptó, como estaba con todo su club tardó menos de media hora en modificar y hechizar el sortilegio para que adquiriera está cualidad que los Merodeadores consideraban importante en la broma.
 
Sintió profunda tranquilidad cuando pudo marcharse, aunque únicamente con Scorpius, pues James y Zeus se quedaron haciendo otras cosas.
 
Una vez en los pasillos de su amada Hogwarts se dirigió al Gran Comedor, en el camino fue abandonada por Scor quien se quedó acompañando a Pea Offlyn. Se moría del hambre y estuvo agradecida de encontrar en el comedor a su primo Fred Weasley, pues detestaba comer sola.
 
Se dejó caer junto a él soltando un quejido de agotamiento.
 
— ¿Todo bien? —murmuró el muchacho acabando de tragar el bocado que tenía en la boca.
— Meh, me siento agotada.
 
Ella tomó unos cuantos panes de la mesa y unas cuantas frutas, Fred la observó divertido, justo en el acto una lechuza de color gris de tamaño pequeño totalmente adorable y torpe dejó caer un paquete sobre la mesa.
 
— Oh —exclamó Fred, mirando para quien iba dirigido, Rose le dio un trozo de pan a la lechuza y acarició con cuidado su frente —, es para ti. Es de Vic.
 
Rose reaccionó de inmediato y abrió el paquete, mostrando el contenido a Fred.
 
— ¿Y eso qué?
— Le pedí a Vic que lo comprará, le debo una disculpa a James.
 
Fred dio una risotada.
 
— ¿Qué pudiste haberle hecho para que tengas que disculparte con esto? No creo que pueda ser peor que lo que hicieron Roxy y Louis el día del viernes, eso fue una pasada.
— ¿Por qué lo siguen trayendo al tema?  —chilló Rose—, y para él si es peor, lo lleve a un paseo con Scorpius, me quería matar, lo vi en sus ojos.
 
Fred  asintió entendiendo la intenciones de James, el Gran Comedor salvo ellos dos estaba vacío, pero de repente una pelirroja menudita entró haciendo presencia e iluminado el lugar, Fred la observó y ladeó una sonrisa, la muchacha los observó un momento y se dio media vuelta saliendo del comedor, su primo reaccionó de inmediato y fue tras ella.
 
— Buena suerte, Rosie.
 
Rose agarró lo que sería el regalo de James, camino cuidadosamente hasta la sala común y acomodó todo dejando un pergamino que decía con una perfecta caligrafía «Lo siento, Jamie. 
Pd. El regalo es patrocinado por mi dinero, pero Vic lo compró ya que no podía hacerlo yo, agradécele
».
 
Esperó hasta tarde a James aparecería, pero fue más de lo que pensaba lo que tardaron los chicos, así que se quedó dormida sobre la mesa en la que suele sentarse a escribir cartas y trabajos constantemente.
 
No despertó hasta que alguien cubrió sus brazos desnudos con un abrigo negro, dándole una sensación de tranquilidad y paz, pero de todas formas tuvo que abrir los ojos para ver si se trataba de James, aunque Rose sabía que no era ellos, porque 1). Él nunca haría un gesto como ese, al menos como ella y 2). Eso era todo.
 
Al despegar su rostro de la mesa, la brillante sonrisa de Zeus inundó su campo visual, Rose se sonrojó por razones desconocidas y asintió con la cabeza hacia James.
 
— James viene contigo, ¿verdad?
 
Zeus asintió.
 
— Fue al Gran Comedor, se "moría de hambre" —la vista del pelinegro frenó en los objetos sobre el sofá—, no me digas que es para James.
 
Rose sonrió con inocencia. Guardó silencio.

Una tercera persona apareció en la sala común, con sus cabellos alborotados y la nariz roja como un tomate, tosió un poco antes de reparar en la presencia de los muchachos. 
 
— Ja —se burló al ver el peluche de oso con corazones rosados del lado izquierdo y azul celeste del  lado derecho, encima de este habían unos claveles y una caja de chocolates cuadrada.
— Es mi disculpa por hacerte soportar a Scor —Zeus dio un chasquido, ninguno le prestó atención—, las rosas y el peluche se los puedes dar a Press, escuché que discuten últimamente.
— Pft —profirió—, mi regalo; míos —gruñó tomando todo como si fuese un pequeño niño, subió la escaleras abrazando al muñeco y susurrando que olía bien.
— Eres increíble, Rose Weasley —mencionó Zeus pisandole los talones a James. 
 
Ella soltó una pequeña risita, que largo fin de semana.


 
La lluvia caía de manera descomunal, el olor a tierra penetraba las fosas nasales de Draco Malfoy mientras regresaba corriendo a casa después de verse con su madre para almorzar, el día había transcurrido mientras hablaba con la mujer de cabello blanco y en algún momento de camino a casa, las fuertes gotas de agua comenzaron a estallar contra el piso oscureciendo su tono grisáceo claro. Suspiro aliviado cuanto entró a casa, donde probablemente ya no se encontraba su esposa, pero, la cabellera castaña de su esposa se distinguía levemente en la cocina.
 
— ¿Mi vida? Pensé que habías partido ya a Hogwarts.

Astoria giró su rostro, miró sorprendida a su esposa quién estaba empapado.
 
— Estás escurriendo agua, Draco —benevolente, Astoria ayudó a su esposo a quitarse la chaqueta, su gesto estuvo lleno de amabilidad y ternura, pero su expresión era de reproche. Draco soltó una risa —, no es gracioso, te enfermeras y eres médico, cariño. Ve a tomar un baño caliente.
 
La mujer lo mandó escaleras arriba.
 
Draco preparó la bañera y una vez el agua estaba lo suficientemente caliente y resistente se hundió en la bañera rechoncho y lleno de dicha. El clima había sido frío, pero de una forma increíblemente cruda, y donde el vivía en ocasiones se veía neblina incluso. Así que ese tipo de baños le daban calidez. Durante un momento le pareció escuchar visita, porque sonó la puerta y unos minutos después la voz de su esposa, como todo el día tuvo un mal presentimiento salió de la bañera y se puso rápidamente una sudadera y unos pantalones, bajó con rapidez a la sala de estar, allí permanecía Astoria con una taza de té, el visitante volteó a mirar.
 
— ¿Mamá?
 
— ¡Oh! —exclamó—, Draco, menos mal finalizaste, hay algo que deberías saber —Draco alzó una ceja interrogante—, cariño, tú padre ha desaparecido, encontré esta nota en su almohada, durante la mañana no estaba ahí.
 
La mujer extendió un pequeño pedazo de pergamino, «No me busquen, por favor. Lucius» era lo único que decía, la perfecta caligrafía de su padre perdió su rumbo en el "no" y a partir de ahí era un reguero de letras casi ilegibles, había manchas de tinta en el tan pequeño trozo de papel y una gota de sangre. 
Se levantó sin pensarlo y fue a tomar un pergamino y una pluma.
 
«Potter: creo que hay algo que deberías saber...»
 
Redactó lo mismo para Ron y Bill Weasley.
 
Hace años no sentía eso, pero la marca palpitó, o al menos eso pareció, y probablemente hace mucho tampoco sentía terror, y quizá nunca sintió ganas de ayudar con lo.que sea que estuviese ocurriendo, o más bien, estuviese a punto de ocurrir.



Siempre había pequeños detalles en las cosas, que hacía que ella se fijara en estos. Le gustaban las pequeñas costuras que había en las sabanas de su cama, y le gustaba como el color del cielo podía cambiar según el clima.
Eran cosas que a nadie le importaba, pero en las que ella siempre se percataba, y por lo tanto, era inevitable. Pero aquellos días se centraba solamente en la biblioteca, como si se hubiese convertido en su mundo. 

Cuando Rowena tenía seis, su padre las abandonó, a ella y a su mamá. Porque creía su mamá era «anormal» y temía que su hija, es decir, ella, saliese igual. Unos años después conoció a la persona a la que Rowena llama papá, un auror que conoció cuando ella comenzó a trabajar en el Ministerio.  Cuando llegó la carta de Hogwarts su madre lloró de alegría y su padre le regaló una bicicleta, que aún conserva.
Su vida se hizo mucho más sencillo en Hogwarts, porque mientras iba a su escuela en Los Ángeles, las chicas se preocupaban por su maquillaje y las más populares lo eran porque salían con chicos mayores, a Rowena le parecía absurdo. Cuando entró a Hogwarts entendió que la magia no era tan literal, ahí se respiraba la magia, se sentía.

En su segundo año conoció a Faith, un año menor, sin embargo, desde entonces, se convirtieron en mejores amigas, inseparables, se conocían perfectamente.

Sus últimos días de vacaciones los pasó con ella, armaron picnics, cosa que Rowena adoraba hacer, charlaron y procrastinaron hasta que llegó el día de subir al expreso. Y ya llevaba dos semanas en Hogwarts, y por alguna razón, sentía que ese año se le estaba dificultando bastante.
Mientras divagaba en la solitaria biblioteca, el sábado por la mañana, apareció una pequeña lechuza gris, que parecía ir decayendo porque la carta pesaba más que ella, sus ojos gigantes la observaron varios segundos hasta que Rowena la distinguió.

— Oh, Preciosa —era la lechuza de su madre, y si, se llamaba preciosa.

Tomó la carta y le dio un trozo de maní a Preciosa antes de que tomara vuelo a casa de nuevo.

Abrió el pergamino con cuidado y comenzó a leer divertida, mientras caminaba por la biblioteca.

«Querida Row:
Todavía queremos que las vacaciones perduren. Pero ya es momento de regresar a trabajar. Tu papá al igual que tú quiere resolverlo todo con picnics y bicicletas, pero no estoy muy convencida de que se pueda regresar de Japón a Londres en una (aunque el insiste en que sí).
Ayer compramos los boletos de avión (porque son vacaciones, tenemos que tomarlas en serio y viajar como cualquier persona lo hace: Sin magia), y estamos listos para partir en dos horas.
Quería escribirte para afirmar que estamos bien y cerciorarme de que tú también lo estás. Quiero saber cómo va Hogwarts. ¿Algún chico del que quieras hablarme?
»

Rowena suspiró mientras sus mejillas se, sonrojaban de la peor forma, continuó leyendo:

«Estoy segura de que este año, sexto, será tu año, un gran año, ¿verdad?
Te queremos, cariño.
- mamá y papá. 
Posdata: Si hablas sobre algún chico, le revisare rodó el perfil de vida
».

Rowena rodó los ojos, y por su descuido, chocó con alguien haciendo que todos los libros que llevaba se fueran al piso en desorden.
Cuando se agachó para recogerlos, su cabeza chocó con la del muchacho. Rowena era muy ordenada de por sí, pero en ese momento al entregar los libros torpemente, se sintió estúpida. Sus ojos chocaron con los de Jake, compañero suyo de sexto.

— Qué distraída —bromeó el castaño, terciando una sonrisa—, gracias —finalizó cuando ella puso el último libro sobre la pila que llevaba él.
— Y-yo, si, lo sient-to.

Asintió continuamente con la cabeza por un par de segundos, hasta que se dio cuenta de que no afirmaba nada en absoluto. Jake soltó una carcajada. 

— Bueno, nos vemos chicas Crow.

Rowe sólo se movió hasta que el muchacho se perdió al voltear por uno de los estantes.

Suspiró entrando en ella misma de nuevo. Sacudió sus manos y se dio media vuelta, dando un destello rojizo al hacerlo.

Ahí estaban parados Faith y Albus.

— ¿Por qué eres siempre tan rara con los chicos? —sonrió Faith. Nadie más que ella sabía sus cambios cuando hablaba con un chico.
Se ponía nerviosa, le sudaban las manos, le temblaban las piernas, no articulaba correctamente las palabras. Era porque, al no haber salido con nadie, y haber sido molestada en su antigua escuela muggle, se le complicaba actuar normal.

Albus soltó una risa divertido mientras jugaba con la mano de su novia, dibujaba líneas alrededor de sus dedos, y el parecía tan fascinado con eso, que el mundo cerca suyo desaparecía, irónicamente, incluso su novia, Albus entraba en razón unos segundos después y respondía a la chica. A veces la pelirroja los miraba con atesoración, dulzura o asco, dependiendo la situación, la hora del día, qué tanta hambre sentía en dicho momento, por lo tanto, la vida de Rowe consistía, en muchas ocasiones, admirar la de los demás.

Rowe adoraba mirar, lamentablemente cuando quería expresarse, acababa siendo la persona más objetiva de todo el mundo, inevitablemente. 

—  Bueno, Row, nos vamos —anunció la morena. 

Albus le guiñó un ojo y entrelazó sus dedos con los de ella cuando iban saliendo de la biblioteca, riéndose bajo; casi sin hacer ruido ni perturbar, se veían tranquilos y cómodos con ellos mismos todo el tiempo, nada parecía molestarles. Row se dejó caer cuidadosamente sobre una de las sillas, mientras pensaba en que lectura podría hacer en ese momento. Hasta que una portada se le vino a la mente, y no pudo evitar ir a por él.

Dos años atrás se había decidido incluir libros muggle en Hogwarts, McGonagall había dicho e insistido que era debido a que leer era un hobbie saludable para todos sus estudiantes, por eso tomaba esa decisión. Alguna vez Molly le dijo que creía que era porque en lo recóndito de su oficina disfrutaba a Jane Austen y se le retorcía el estómago cuando leía Orgullo y Prejuicio o Emma. Pero para Row, eso era patético. 

Rowena adoraba leer y sentir algo durante lo que durase su lectura, pero después de eso, no significa mucho, como para Rose que se enamoraba perdidamente de cada personaje que leía, o para Isis que le gustaba disfrazarse de los personajes que raramente leía. Para Rowena un libro, después de leído, era pura ficción, nadie cambiaría su opinión.

No importaba lo mucho que mencionaran a Jace Herondale, y sus derivados, a Jon Snow, a Noah Shaw, a quien fuese, todos daban lo mismo. Ficción, irreales.  Las personas alrededor suyo siempre se preguntaban como ella podía ser tan creativa, tan encantadora, pero tan dura cuando de literatura se trataba.

No podía hacer más que encogerse de hombros. Así era. Pero de todas formas, sin importar sus arraigas palabras, que rasgaban los corazones de fangirls de los libros, ahí estaba ella, leyendo uno de los mejores libros que sus manos habían tocado. Tokio Blues. Eran incontables las veces que Rowena había leído ese libro, y aunque tocaba temas tan duros, ella simplemente lo releía una tras otra vez. Fue así como pasó su aburrido día del sábado, pasando hojas de color blanco hueso, mientras se perdía en el mejor de los mundos que había creado. Sí, le gustaba porque le parecía realista y diferente. 

Le gustaba tanto que ni siquiera se dio cuenta de cuando comenzó a cerrar los ojos y acunar su cabeza en sus brazos hasta quedarse dormida.
Fue la mamá Draco Malfoy, Astoria, la que literalmente, con sus suaves palabras le dijo que debía marcharse. El camino hasta su habitación fue tan agotador, que se desplomó en uno de los sofás de la prestigiosa sala común de Ravenclaw, y se quedó dormida ahí. Antes de quedarse dormida, agradeció haberse puesto un saco cuello tortuga. 


Unos toques en el hombre la despertaron de golpe, saltando en donde estaba. Unos curiosos ojos azules la miraban, sin decir una palabra. Vladimir estaba frente suyo, con el cabello negro aún empapado, y un suéter vino tinto, y una sonrisa burlona, también.

— ¿Qué haces dormida ahí, Rowena? —sacudió su cabello, viéndose tan elegante como siempre—, ¿no tienes una habitación asignada? 

Rowena lo miró mal. 

— Estaba cansada.
— Pude notarlo, pelirroja. 




Él sentía que lo tenía todo, y que su estómago no había de pasar por un vacío extraño, de esos que se presentan no porque tenga hambre o retorcijones de dolor, precisamente, sino de esos vacíos porque sientes que algo te falta, algo esencial.  
Vladimir pensó que eso nunca le pasaría, pero aquellos días lo sentía y era lo peor del mundo. 

— Es porque te falta una novia —mencionó Jenna, algún día, en la mañana, mientras comían en el Gran Salón 
— ¡Ja! —bufó el muchacho, mirando a su prima, quien se metía un gran pedazo de sándwich a la boca, haciendo que los pequeños de Slytherin rieran a carcajadas, y aunque estaba haciendo un gesto estúpido, sus palabras parecían bastante serias—, oh, lo dices en serio.
— ¡Pues claro! —exclamó Pressya, sentándose a su lado—, todo lo que llevamos en Hogwarts y no has tenido ni una sola novia. Desde los once años, Vlad. O-n-c-e —recalcó.

Él rodó los ojos fastidiado, pero, perdiendo toda su dignidad, soltó unas cuantas carcajadas con las ocurrencias de Press y de Jenna. Algo rozó sus piernas y supo que era su adorado perro. Había sido toda una lucha para que lo aceptaran, pero finalmente, lo hicieron.
Loki se acomodó sobre sus pies, haciendo que estos, entonces, fueran inmóviles. 

— Genial —murmuró, mirando bajo la mesa—, gracias, amigo.

Press se retiró acercándose a su mesa correspondiente, dejando a los primos ahí. Si Vlad tuviese que escoger a alguien, después de su hermana, como su mejor amiga y más grande confidente, esa sería Jenna Oliphant, la adoraba. Además ella había sido la que había encontrado el diario de su mamá, la de ella, por supuesto. 

Aún le echaban el ojo los tres juntos, tratando de entender algunas cosas. Pero entender todo a base de unos simples escritos, era complicado.

—  Tengo una idea —profirió la pelinegra cuando termino de masticar el último pedazo de su sándwich. Los pies de Vladimir se habían dormido para ese entonces—, ¡te haré una cita a ciegas con alguna chica! 

Vladimir abrió los ojos, ofendido. 

— Claro que no harás eso, Jay. 
— Claro que sí, mira, sé que saldría con una chica de sexto mínimo y obviamente, de séptimo, no es que te interese el físico mucho —pensó, mirando alrededor—, y, pensándolo bien…la personalidad de una chica tampoco. 
— Sí, porque cuando de amor se trata, no es muy importante cómo luce alguien o cómo es, pero eso no significa que puedes hacerme una cita a ciegas, además…

Jenna ya estaba poniendo de pie, ignorando las palabras de Vlad. El gesto hizo que la mayoría de personas giraran la cabeza a verla. Ella sonrió brillantemente, a todo el mundo y se retiró, diciéndole al pelinegro que no haría caso a sus palabras y debía ir pensando en pickup lines, Vlad sonrió, al tiempo que negaba con la cabeza. Si Jenna decidía algo, no había alguien quien la parara hasta que cumpliera el hecho. 
Se levantó con un suspiro desgastado, haciendo que Loki se moviera cansado, y salió del Gran Salón, con el gran labrador detrás de él. Él estaba seguro de que, a cualquier persona que estudiase en Hogwarts le llegaba ese sentimiento de estar en casa cuando regresaban a estudiar nuevamente en el castillo.

Le gustaban los pasillos de Hogwarts, y el aire fresco que se sentía. Los estudiantes haciendo travesuras, o sumiéndose en sus propios asuntos. La felicidad que se sentía significaba mucho para él. Bastante. 

Su día trascurrió lentamente, y eso, en Hogwarts no le molestaba. La clase fue de adivinación y, en verdad, Vladimir amaba esa clase, porque era bueno y porque tenía un serio crush con la profesora Cassandra, desde que estaba en primer año cayó por ella. 
Su siguiente clase fue Transformaciones y esa era su clase favorita. Definitivamente lo era. Cuando finalizó su última clase, Defensa Contra las Artes Oscuras, se sintió realmente exhausto y habituado. Después de eso, duro en la biblioteca alrededor de una hora, finalizando sus trabajos, y decidió irse a su sala común. 

En el camino a esta, una pequeña pelirroja apareció frente suyo, viéndose desde la espalda de Vladimir, evidentemente, él la cubría completamente. La muchacha, Faelle, le sonrió con dulzura, aunque los nervios brotaban por sus ojos. Vladimir no era muy allegado a las personas de Hufflepuff, en realidad, aunque era un gran chico y bueno haciendo amigos, no era allegado a muchas personas, conocía a Faelle por su hermano mayor, con el cual había compartido varias clases, y de hecho, aún compartía. 

— ¡Oh, no me digas! —exclamó Vlad—, ¿Jenna te envió aquí?

Faelle negó con la cabeza, manteniendo el mismo gesto en el rostro. 
 
Él enarcó una ceja, divertido, preguntándose qué hacía ella ahí, entonces. Según le había comentado Caden, ella aún sentía vergüenza por la broma de los pequeños Weasley, en el cual ella, había estado encima de Fred Weasley todo el tiempo. El muchacho antes de decirle algo, de nuevo, giró la cabeza, y miró detrás de él, estaban  Rose Weasley y Fred Weasley riéndose a carcajadas de alguna cosa que decía Dominique Weasley. 

— Ya veo —se burló un poco—, ya, ven, vamos a la cabaña de Hagrid, estoy seguro de que querrá darnos algo de té y recibir una buena visita.
Ella asintió con la cabeza y camino enfrente de él todo el tiempo, hasta que considero que ya se perderían de vista de la familia Weasley.
El camino a la cabaña fue silencioso, el aire soplaba fuertemente empujando el cabello anaranjado de Fae hacía adelante, haciendo que este se viniera todo a su rostro, probablemente a Vladimir le gustaba más las chicas pelirrojas, pero a la Scato menor, la veía como una pequeña hermana que debía proteger en malos momentos.

Vlad dio un particular golpe en la puerta de la casa de Hagrid, y este abrió con una brillante sonrisa en el rostro.

— Estos días vienen muchos estudiantes de visita —informó, abriendo bien la puerta—, ¿qué hacen ahí, todavía?, sigan, sigan.

Faelle y Vladimir se hicieron su camino adentro, donde el fuego estaba prendido y se sentía cálido, ¿quieren chocolate? Aprendí a hacer de eso, chocolate con maldaviscos…

— Malvaviscos —corrigió la muchacha entre risas. 
— Eso fue lo que dije —dijo Rubeus encogiéndose de hombros. 

El hombre gigante se distrajo en sus cosas, pero al ver que había silencio, decidió hablar.

— ¿Qué tal va Hogwarts? —inquirió, pero siguió hablando antes de que ellos pudiesen responder cualquier cosa—, ¿no creen que este año está particularmente más frío? El año pasado cuando comenzamos las clases era más cálido, se sentía menos…frívolo —concluyo. 
— Yo lo veo igual —asintió Vlad.

Faelle lo miró, sorprendida.

— Esta heladísimo. Particularmente porque en vacaciones estoy en la playa todo el tiempo, los climas cálidos son mis favoritos. Pero amo mucho Hogwarts como para dejarme afectar por el clima.

Hagrid movía sus gigantes manos de un lado a otro, y no paraba de hablar.

— ¡Ya casi acaba septiembre, estoy tan emocionado por octubre! —canturreó. 
— ¿Por qué? 
— ¡Pues es que en octubre se hará la fiesta de Halloween! —chilló, dejando caer algo al piso, pero ahí lo dejó.
— ¡Genial! —emitió Fae, como si fuese una pequeña niña. 

Hagrid sonrió y le entregó una taza de chocolate con malvaviscos flotando sobre estos a Faelle, a Vlad se le inundo de alegría el corazón, Press, Jenna y él beben chocolate caliente cada vez que parte a casa para diciembre. 

Disfruto el chocolate mientras escuchaba la historia de Hagrid, él siempre tenía algo que contar, sobre sus años pasados en Hogwarts, o sobre sus aventuras en otros lugares. Sobre dragones y criaturas fantásticas, como aquella vez que tuvo a Norberto. Vladimir siempre soltaba carcajadas grandes con las historias de Hagrid, se sentía feliz. 

En algún punto de la historia Faelle se quedó dormida, así que para despertarla tuvieron que hacer milagros. Caminaron juntos hasta Hogwarts y se despidieron del otro para dirigirse a sus respectivas salas comunes. 

Vladimir se lanzó, agotado, sobre su cama cuando estuvo en su habitación, no era tan tarde como pensaba, pero sus compañeros ya estaban dormidos. Charles llevaba casi seis años compartiendo habitación con ellos, pero era muy poco lo que les hablaba. 

Por otro lado, Vlad se llevaba bastante bien con Amos y Oliver, se quedaban a veces hasta tarde perdiendo tiempo, hablando tontadas o comiendo grageas mientras se burlaban del otro porque les salía gagreas con sabor a huevo podrido, Vladimir podía testificar que esa era la peor de todas, incluso peor que la de vomito. La gragea de huevo podrido dejaba un mal sabor y olor en la boca, sabía a una mezcla de cosas asquerosas, y por mala suerte suya, siempre le salía esa de primera. 

Aun así, soltaba carcajadas con ellos cuando probaba la desagradable gragea. 

Aquella noche, a diferencia de algunas, el sueño lo golpeó rápidamente, y durmió tranquilamente mientras sentía la cálida sensación de las mantas y coberturas sobre su cuerpo. 

La mañana siguiente, sábado, se levantó a la hora que quiso, y también comió lo que quiso, dio vueltas por algunos lados en Hogwarts, hasta que acabo dando en la biblioteca, de nuevo. Se encogió de hombros, y se adentró, pero quiso salir huyendo cuando vio a su prima Jenna Oliphant hablando con una compañera suya de Ravenclaw, Taylinne, haciendo gestos confiados y asintiendo continuamente con la cabeza, al lado de Jenna estaban Faelle y la hermana de Taylinne, según Vlad tenía entendido, Bambie, sonreían y de vez en cuando se metían en la conversación. Taylinne parecía bastante confundida y negó varias veces con la cabeza, el trío de chicas insistió hasta que con un suspiro, asintió.

Antes de que pudiera correr lejos, Jenna  lo vio y se acercó, dando pequeños brinquitos y haciendo gestos divertidos. 

— ¡Tienes una cita! —gritó—, hoy, a las tres de la tarde, acá; en la biblioteca —informó—, no es que se vayan a quedar acá, de todas formas, ¡tú, se un caballero y llévala a Hogsmeade!
— Jay —masculló, serio—, te voy a matar. 
— ¡Ay, por favor! —le dio un golpe con el hombro antes de salir de la biblioteca, soltando una risa.

Vladimir no pudo entrar, finalmente, a la biblioteca, pues su dignidad estaba por los suelos. ¿Una cita a ciegas? ¿Era en serio? Sentía sus mejillas arder de vergüenza, y si alguien lo viese así estaría a punto de desfallecer. 

Su hermana y su prima lo matarían de un infarto algún, estaba seguro de eso. Podría huir, igual, e irse a vivir en Hogsmeade, conseguir trabajo y abandonarlo todo. Suspiro, y perdió el tiempo de manera absurda hasta que el reloj apunto a las tres de la tarde. 
Estaba muerto.

No sabía qué hacer, ni cómo comportarse. Diría Jenna “es porque no has salido con nadie, ¡desde los onceee! ¡No novia!”. Él nunca había hablado precisamente bien con Taylinne, era una chica inteligente, entregada, y hermosa, pero Vlad, no se mostraba interesado en ella, no se sentía. Entonces Pressya diría “es porque no la conoces lo suficiente”. Ese par acabaría con él.

Cuando entró a la biblioteca, pensó lo peor, que eran dos cosas: ella lo plantaría o ella estaría ahí. La segunda era la respuesta correcta, de pie en medio de la biblioteca, con el cabello rubio recogido en una trenza, era de esas chicas que brillaba. Se percató en la presencia de Vladimir y le brindó una sonrisa de medio lado, Vlad le sonrió también.

Su cita fue de lo más extraña, fueron a Hogsmeade, justo como sugirió Jenna, y entraron a Las Tres Escobas y cada uno pidió una cerveza de mantequilla, hablaban muy poco y la tensión era evidente a metros.

A ratos establecían pequeñas charlas interesantes, pero alguno de los dos cortaba torpemente el tema y ya no había de que hablar. Así transcurrió al menos una hora.

— Quería aclarar —habló la rubia—, que vine a la cita porque mi hermana insistió, no es que quiera alguna relación. Y tampoco es que me la esté pasando mal contigo, pero eh…sí. 

Vlad agradeció, infinitamente, por eso. 

— Yo vine porque Jenna quiere que tenga novia, pero me la quiere conseguir ella, no es una chica muy observadora que digamos.

Taylinne soltó una risa.

— Es porque todas ellas aún parecen niñas pequeñas. 

Vlad le dio la razón.

— Jenna es increíblemente inteligente, pero una niña aún.
— ¿Son familia, verdad?
— Sí, es mi prima. 

Taylinne asintió, Vladimir no quería que el ambiente se volviese pesado, como por milésima vez.

— ¿Te gustaría ir a comprar algo a Honeydukes? 

Los ojos de la rubia brillaron un poco, y asintió placida. Se la pasaron casi todo el día en Honeydukes, donde la charla se hizo más amena y se conocieron un poco más, Taylinne era una chica muy amable pero no era precisamente la más habladora o social, sin embargo, cuando decidieron ir a la tienda, logro hablar más con ella, y él hablar más, también.

Se la pasaron observando y agarrando unos cuantos dulces casi todo lo que quedaba de la tarde, hasta que finalmente, consideraron que era hora de irse, Vlad pagó por las ranas de chocolates y por unas grageas para compartir con sus compañeros, también compraron plumas de azúcar y sapos de menta. Cuando Vladimir pagó, Tay insistió que pondría la mitad, pero Vlad insistió que era una “recompensa” por haberle dicho que sí a Jenna, y haber ido a la  supuesta cita con él. 

Cuando llegaron a Hogwarts, no tuvieron la necesidad de tomar caminos distintos porque eran de la misma casa, al fin y al cabo.
Se dirigieron riéndose por los cromos de las ranas de chocolate, a Taylinne le había salido Merlín y comentó que ya lo tenía casi seis veces. Vladimir tenía a Nicolas Flamel por tercera vez, no era un aficionado de las ranas de chocolate, pero cuando las compraba, las disfrutaba mucho. 

— Me la he pasado muy bien, Vlad —expuso Tay—, es bueno que hayamos quedado como amigos.
— Si —coincidió Vlad—, lo mismo digo. 
— Ten una buena noche, Vladimir. 

La rubia le dio un beso en la mejilla y se dirigió a las habitaciones de las chicas, Vlad sonrió, y aunque al principio todo había sido muy incómodo, le agradaba la idea de tener una futura buena amistad con la rubia. 
Pero de todas formas, se vengaría de Jenna, como fuese.
 


Última edición por Supertramp. el Vie 10 Feb 2017, 6:23 am, editado 3 veces
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Supertramp. el Vie 10 Feb 2017, 6:18 am

+:
dejo otro playlist acá  Rolling Eyes
kate, secuestre la cabecera para dos imágenes, perdón TT

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Capítulo 12 Parte 2
Lily Luna Potter, Albus Severus Potter, Faelle Scato ☽ Supertramp.


Ella nunca había estado tan entregada a un curso como ese año. Se la pasaba metida en la biblioteca todo el tiempo a menos de que estuviese en clase, en ocasiones se saltaba las comidas solo por estudiar. Los resultados de sus T.I.M.O había sido geniales, pero en Adivinación había tenido un Aceptable, y en Historia de la Magia un Supera las expectativas, así que se frustro porque no había pasado el récord de su prima y algunas chicas como Jenna Oliphant que habían tenido Extraordinario en todo.

Lily y Rose se adoraban, pero los últimos años Lily había agarrado algún tipo de empalago con respecto a Rose, sus hermano James era demasiado unido a ella. Y Albus era su mejor amigo junto con él idiota de Malfoy.

Sus primos, en general, eran todos más unidos a ella que a la propia Lily, y aunque toda la familia tenía sus temporadas con cierto primo, Lily sentía algo cercano a la envidia, y odiaba sentir eso por Rose, porque la amaba y era su familia.

Cuando iba saliendo de la biblioteca, unos particulares y reconocibles rulos aparecieron frente suyo. Lily viró los ojos y expresó fastidio.

— Connan —suspiró Lily con desgana—, ¿podrías, por favor, dejarme pasar?

El chico con cabello castaño rizado no se movió.

— Pero antes debes darme un "sí" a una cita conmigo.
— ¿Y si mejor te doy un puño?

Junto con la pregunta, Lily Luna subió su brazo y cerró su mano formando un puño. Conall soltó una carcajada, como si le fascinara la reacción de Lily, aquel gesto solo abrumó más a la chica de baja estatura. Estaba a punto de golpearlo en serio.

— ¡Es encantadora, Lily Luna Potter! ¡Ni siquiera te sabes mi nombre y te adoro!
— ¿Por qué no vas a molestar a Katrina o a Rose? O más, bien a cualquiera de tu lista, menos a mí, gracias.

Conall se encogió de hombros, negando con la cabeza, haciendo el tonto y apartándose un poco, en cuanto Lily comenzó a caminar, él se posó al lado suyo y comenzó a caminar junto a ella. Lily resopló. Apretando con fuerza los seis libros que llevaba entre sus brazos.

— ¿Por qué estudias todo el tiempo? ¿No te cansas? —bromeó Conall.
— ¿Por qué respiras todo el tiempo? ¿No te cansas? —respondió.

Conall carcajeó. Dejando de caminar a su lado cuando Rose Weasley gritó «Connie» y se acercó de prisa.

— ¡Hey, Lils!

Lily le dio una mirada acida a la pelirroja mayor y se retiró sin mirar atrás.

— ¿Qué le sucede? —escuchó a Rose preguntar.
— Ya sabes cómo es —habló Conall—, me llamo «Connan» —eso fue lo último que los oídos de Lily oyeron antes de girar hacía el Gran Salón.

Allí estaba totalmente vacío y se veía, tranquilo, seguro podía sentarse a estudiar sin interrupciones. Seguro.

Pensó mal por unos minutos después las puertas se abrieron y se escucharon carcajadas y risotadas, de las cuales Lily conocía bien porque una de ellas era de alguien con quien vivía y la otra era del rubio que se la pasaba con él.

Lily suspiró, resignándose a que ese día, simplemente no podría estudiar y no podría hacer nada tranquila, porque llegaría alguien a perturbar sus horas de estudios.

— ¡Ohhhh! —exclamó su hermano mayor—, ¡Lily!

Albus se acercó a ella con Malfoy y su sonrisa burlona.

— ¿Qué tal, pelirroja?
— Mejor que tú, rubio mal teñido.

Él le sonrió aún más. Lily lo odiaba.

No dijo nada más, cuando comenzó a moverse fuera de allí, que agotador era que no pudiese estar estudiando tranquila en ninguna parte, de la biblioteca se había ido porque los chicos detrás de ella permanecían murmurando sin cesar.

— ¡Te una buena noche, Pottersita!
— ¡Tú no, imbécil! —exclamó antes de ausentarse del Gran Salón.

Los pasillos de Hogwarts se oscurecían cada segundo un poco más, la tarde estaba llegando a su final y con la noche aparecía el cielo azul oscuro, casi negro, donde las estrellas se apreciaban con claridad y brillaban lo suficiente.

A Lily en casa le gustaba verlas, pero en Hogwarts, por alguna razón, le molestaban, demasiado, le parecían demasiado brillantes y le fastidiaban los ojos, las sentía ausentes, y, sobre todo, la hacían extrañar a sus padres.

Se encaminó a su habitación rechistando y quejándose con ella misma. En la habitación solo estaban Katrina Berrycloth con quien no hablaba mucho, a decir verdad, a diferencia de todos sus primos que la adoraban, sobre todo Louis y Molly, y Nyx Heather quien dormía cubriéndose hasta el rostro con la sabana.

Lily se quitó los zapatos y los dejo perfectamente ordenados al lado de su cama, lo mismo hizo con su corbata y su uniforme, los dejo doblados cuidadosamente a un lado y se enfundó en su pijama. Se sintió menos fastidiada que antes y se acurrucó debajo de las cobijas, suspirando.

— ¿Todo bien, Lily? —preguntó Katrina, desde su cama.
— Perfecto —mintió ella—, ¿tú qué tal?
— Bien, perfecto de este lado también.

La habitación  se llenó de silencio de nuevo, Lily siempre se golpeaba un poco mentalmente, por ser algo parca con ciertas personas. Se quedó dormida, antes de poder disculparse con Katrina por lo descortés que le había respondido, y en la mañana siguiente, cuando se levantó ella ya no estaba en la habitación.

Cuando se acercó al Gran Salón, sus primos, hermanos y amigos estaban haciendo una gran escena (al igual que todas las mañanas) mientras desayunaban.

James hablaba con Pressya en susurros, Albus se había colado en la mesa de Ravenclaw, que estaba justo al lado de la de Gryffindor, ahí  charlaba vivazmente con su novia, Faith; quien era gran amiga de Lily también.

— ¡Au! —se quejó Rose Weasley, mientras Hugo la peinaba—, ¡me jalaste el cabello, Hugo! —dijo mientras reía.
— ¡Es que no dejas de moverte ni por un segundo!

Lily no les prestó tanta atención a ellos. Louis, Roxanne hablaban entre ellos ignorando al resto de personas alrededor. Fred estaba distraído hablando con Katrina. Zeus y Dominique se reían a carcajadas. En la mesa de al lado Molly y Lucy se había sentado hombro con hombro. Lily simplemente dejo de mirar al resto porque le daría un dolor de cabeza tremendo.

Cuando se sentó junto a Lysander, este le habló. Lysander era como su confidente, aunque no pasaban todo el tiempo juntos, Lily lo atesoraba mucho, aunque este, la metiese en constantes problemas.

— ¿Sucede algo?
— Eh, ¿por qué?
— Te ves pálida, pareces agotada.
— Algo ha estado ocurriéndome estos días —Sander asintió, como gesto para que entendiera que la escuchaba —he comenzado a sentir fastidio por…— ella murmuró el nombre, pero aparentemente, las risas del Gran Salón no lo dejaron oír.
— ¿Por quién, Lils?
— Por…
— ¿Quién?

Se repitió lo mismo, y Lily se exaspero un poco.

¡Que he comenzado a sentir fastidio por Rose, R-o-s-e, Rose!

Todos se callaron en cuanto ella gritó eso. Lily sintió sus mejillas llenarse de sangre, y pensó que en algún momento iban a explotar.
James la miró impactado, y en la mesa de al lado Albus también se había girado a verla. Rose había entre-abierto un poco la boca, sorprendida y dolida, Hugo había parado de hacer la trenza, Lily no miró a sus demás primos y familia porque sintió pena por ella misma.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, y salió corriendo del Gran Salón, sintiendo que varias personas se levantaban e iban tras de ella.

Lily corrió hasta que se sintió fatigada, solamente logró llegar hasta el Patio del Viaducto, no pudo correr más allá, se dejó caer avergonzada sobre el piso, y las lágrimas comenzaron a tomar su camino bajando rápidamente por sus mejillas, y chocando con su falda del uniforme.
Observo unos pies frente suyo y subió la mirada para encontrarse con los oscuros ojos de su primo, Fred, él le sonrió conmovedoramente y se sentó a su lado, estuvieron en silencio durante algunos minutos, hasta que Lily paro de llorar, o al menos cuando Lily dejo de hacer ruidos extraños mientras lloraba, porque aún después de calmarse, seguía arrojando gotas de agua.

— Lily, ¿qué sucede? —las amables palabras de Fred se sintieron como una caricia.

Ella tembló un poco, Fred era un chico que siempre tenía cuidado con sus palabras, siempre siendo amable y dulce con su familia. Lily en cambio era tosca y agría, no importaba lo inteligente que fuera, ella siempre quería orden y perfección, no podía evitar soltar comentarios negativos, y cuando algo se le pasaba por la mente lo hacía sin pensarlo; y cualquier cosa que fuese siempre resultaba mal.

— Es que…—comenzó—, últimamente, siento que todos giran en torno a Rose —comentó con un bufido dolido —, James y los merodeadores siempre concurren a ella, ¿sabes? Y Albus es su mejor amigo, y tú también estás con ella mucho tiempo, siento…que todos…que todos me dejan de lado. Y es horrible sentir algo  así por mi familia, pero el fastidio solo se fue incrementado y yo no pude evitarlo, y…—se echó a llorar de nuevo, mientras Fred sobaba su espalda, cual hermano mayor.

— Eso no es cierto, Lily —afirmó él—, nosotros nos queremos entre todos, ningún Weasley o Potter podría querer a uno más que al otro, de eso se tratan las familias, ¿verdad?

Lily lo miró, aunque su vista estaba nublada, lo miró.

— Las familias no son perfectas, y siempre hay problemas y peleas, pero eso no significa que por eso dejemos de preocuparnos por el otro. Parece que en ocasiones estamos más con algunos que con otros, pero siempre nos apoyaremos todos, sin importar qué, para bien o para mal. Y créeme, Lils, todos te amamos y cuidamos, aunque no lo sientas así.

Ella continuó llorando mientras asentía con la cabeza, arrepentida, y se sentía mal porque el sentimiento por Rose seguía ahí.

— ¿Desde cuándo lleva eso?
— Desde Junio del año pasado.
— Vaya —sus cejas se elevaron—, estoy seguro de que eso pasara. Nosotros lo superamos todo, ¿eh?

Lily se quería reír pero acabó llorando un poco más, mientras se recostaba en el hombro de Fred, quien intentó darle las mejores palabras de apoyo, y aunque aún se sentía mal, logro hacerla reír un par de veces.

Aquel día Lily faltó a las clases y se escondió bajo sus mantas toda la tarde, su almohada se empapó en algún punto así que la giro para que no molestara su mejilla, se trasladó de un lado a otro por la habitación, reviso su baúl más de tres veces. Se hizo una trenza, la deshizo, se hizo una cola de caballo y luego un moño, hasta que su cabello rojo estaba suelto de nuevo.

Jaló las mantas y armo una guarida con estas, como hacían todos sus primos y sus hermanos cuando dormían juntos en Navidad, cuando eran más pequeños y les apetecía formar tuéneles con las sabanas y toallas. Recordar eso solo la hizo llorar más.

Sin darse cuenta, se quedó en silencio y paró de llorar, no sabía en qué momento exacto solo se había fijado en un punto en la pared, guardando silencio, sin darse cuenta, realmente, que estaba mirando a la pared, solo miraba…algo.

Pensó varias veces en bajar a la Sala Común pero eso la metería en algún problema con alguien, pero llegó un punto de desesperación en el que ni siquiera se quitó la pijama y bajo con un par de suaves slippers.

Abajo, como lo esperaba a esa hora, estaban todos reunidos, particularmente los de su familia, estaban James, Hugo, Dominique, Fred, Louis, Lysander (quien era básicamente parte de la familia junto con Lorcan), y solo ellos, Rose estaba ausente.

Fue Hugo quien reparo su presencia y aviso a los demás, Lily estaba segura de que parecía un fantasma en ese momento y sentía sus ojos arder, probablemente tenía bolsas bajo los ojos, porque su familia (faltando casi la mitad)  la miraron de una forma que la hirió, no como si tuviesen lastima de ella o rabia. Sino como si en serio la estuvieran mirando.

Dominique fue la primera en levantarse e ir a abrazarla.

— Estuvimos preocupados por ti todo el día —gimoteó—, Hugo nos dijo que te ausentaste en todas.

Lily suspiró tratando de darles una sonrisa, pero, de nuevo, lloro.

— No estamos molestos contigo, Lily —la gruesa voz de Louis penetro sus oídos, ella asintió. Se sentó con ellos y todos guardaron silencio.
Durante todo el rato James no dijo nada, no parecía molesto, sino como inseguro. Fue su primo Hugo quien rompió el silencio.

— ¿Recuerdan esa vez que Lily se rompió el brazo porque quería impresionar a un chico muggle?

Lily no estaba segura de que todos se hubiesen reído exactamente porque ella se hubiese roto el brazo en ese entonces o porque el comentario de Hugo había estado tan fuera de lugar que los había hecho reír a todos.

Lily nunca había sentido algo así en todos los años que llevaba en Hogwarts, pero por primera vez en su vida, quería estar en casa con sus padres y sus tíos, sus primos y seres queridos. Pero en casa, en Grimmauld Place, no en Hogwarts, y lamentaba sentir eso. Pero ahí, se sintió tranquila y agradecida con todo, sobre todo con Hugo, porque era de su hermana la que se trataba.




Su sala común se veía iluminada por el lago, pero eso no le bastaba, a él le gustaba ir frente al Lago Negro y obsérvalo, sobre todo en aquellos momentos de estrés, sobre todo iba en las tardes o ya casi las noches, porque el lago se veía más oscuro y misterioso.
Aquel día, no entendía por qué, se levantó temprano y fue a verlo, se sentía mal por su hermana menor, su pequeña Lily, la había dejado de lado tantas veces. Cuando llegó allí, sintió una suave melodía penetrar sus oídos.

Una rubia oscura tocaba el chelo frente al lago, Albus se preguntó quién era, y mientras se acercaba, la reconoció, era la amiga de Hugo, Ailís.

— Oh —profirió cuando la reconoció por completo —, ¡eres tú! Ailís.

La muchacha se detuvo abruptamente y miró a Albus sonrojada, él no la había evitado desde el incidente de «Porque me gustas tú, Albus. ¡Desde siempre!»

— Yo…e-eh sí.
— No tenía idea de que tocabas el chelo, que increíble —comentó, siendo amable—, ¿tardaste mucho en aprender? ¿Pesa mucho?

Ella no respondió a lo que decía, solo se sonrojaba más cada segundo. Albus le sonrió.

— No pesa mucho —afirmó, finalmente—, bueno, cuando te acostumbras no…

Albus se sentía mal por ella, aunque no quería sentirse así porque odiaba sentirse mal pro las personas, pero quería ser amable con ella a pesar de que se le había “confesado” anteriormente.

— Estás llena de sorpresas, Ailís.

Antes de que ella dijera algo alguien gritó su nombres, Scorpius estaba más allá sacudiendo los brazos para llamar la atención.

— Adiós, Ailís.
— A…

Albus corrió para encontrarse con su amigo quien le guiñó un ojo.

— Es una chica interesante. Que mala broma la de Koanu —comentó Albus.
— ¿Saldrías con ella si no estuvieses con Faith?

Albus frunció el ceño.

— Es inteligente y linda, lo intentaría, pero…
— Amas a Faith —chilló Scor fastidiado.
— Exacto.

Scor hundió sus manos en los bolsillos de su abrigo. Cuando entraron de nuevo a Hogwarts y caminaron por varios pasillos, hasta llegar al Gran Salón. Comieron mientras hacían estupideces. Algunos minutos después se presentó Rose. La cual iba con su cabello despeinado en un moño.

— ¿Estás bien, Rosie, bebé? —preguntó Scor, abrigando los hombros de Rose con su propio de brazo; en cuanto ella se sentó, claro.

Albus siempre se preguntó cómo es que ella, Rose, y él, Scorpius nunca había tenido una relación romántica si eran tan pegajosos en incontables veces, pero Scor también tenía sentimientos puros por Paige, y no heriría a dos de las tres mujeres que más amaba, su mamá era la primera.

Rose asintió sonriendo. Ella se sentía dolida con Lily, ¿quién no? Pero igualmente le había dicho a todos que era tiempo de pasar el último año en familia, con eso se refería a todos, sin embargo, Albus había notado que había estado evitando a Lily los últimos días de la semana, y aunque expresaba su preocupación por ella, preguntándoles a Hugo y Dominique sobre su hermana menor, se sentía insultada. Pero Albus no quería preguntarle nada precisamente a Rose.

— ¿$Están bien ustedes? —inquirió ella—, no pudimos vernos mucho estos últimos días. Lo siento.
— Estuvo bien, Albus, como raro pateó el trasero de los chicos en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.
— ¡Hey! Paren de decir eso —refutó.
— Que bien, Albie, ¿y qué pasó con Ailís?
— Albus no le quiere decir que le gusta la persona incorrecta porque siente que la herirá.
— La herirás más así, ¿no ves que tiene un crush contigo? Los crush son…ugh.
— ¿Ah, sí? —Malfoy levantó sus cejas, divertido—, ¿y se puede saber, con quién, Rose Weasley ha tenido un crush?

Ella soltó una carcajada y le dio un golpe en el brazo a Scorpius. Albus estuvo a punto de escupir su bebida por la reacción de la chica, pero miró hacia otro lado.

— No es de tu interés, Malfoy.

Se tragó un pedazo de pan, todos guardaron silencio mientras Rose mordía el pan, hacía ruidos divertidos, como si en realidad estuviese disfrutando el pan y fuese un festín y lo más rico que hubiese probado en sus diecisiete años de estar respirando.

— Ah —dijo mientras guardaba algo de pan y su mejilla derecha se inflaba —, que largo este mes.
— Concuerdo —asintió el pelinegro.
— ¿Por qué no estás con tú novia?
— ¿Me estás echando?
— No, pero…—ella se encogió de hombros, mostrando un puchero de inocencia—, si lo ves así, no es asunto mío.

El Gran Salón se inundó de algunos grupos de personas, entre estos llego James Potter con un gorro gris cubriéndole todo el cabello rizado. Se acercó a su mesa, y después de darle una mirada despectiva a Scorpius Malfoy saludó con un «hola, Rosie» a la pelirroja, ella le saludó con la mano energéticamente. Sin nada más jaló a Albus de su hoodie negro y lo arrastró fuera.

— Oye —se quejó— ¡me lastimas!

James lo soltó una vez que estaban fuera.

— Busquemos a Lily, iremos a Hogsmeade.

Albunos refutó, no chistó, ni murmuró nada en contra de su hermano, Comenzaron a andar por los pasillos de Hogwarts, e incluso miraron por todos los patios del lugar, después miraron si se encontraba en alguno de los pisos del castillo pero no, ella no estaba en ninguna parte.
Pensaron que podría estar entrenando para el Quidditch, pero tampoco estaba montada sobre su escoba en alguna parte.
Ni  en la biblioteca.

Ni  en la enfermería.

En ningún maldito lugar, y las piernas de Albus ya dolían.

James sugirió ir a la sala común, para ver si encontraban a alguna chica o amiga de Lily que pudiese ver si estaba en su habitación, porque colarse en las habitaciones de las chicas era un problema, Albus lo sabía, James también.

Albus miró con curiosidad todos los artefactos y muebles de la sala común de Gryffindor, allí también encontraron a una pequeña rubia de cabello rizado, Alyssa, creí Albus que se llamaba, era amiga de Louis.

La rubia guardó silencio cuando notó la presencia de los dos chicos Potter. Miró fijamente a Albus, él le sonrió, pero luego toda su atención se centró en su hermana menor.

— Hola —se acercó Albus a hablarle, ella lo miró fijamente, sin moverse como si la hubiesen petrificado.

James soltó una risa entre dientes detrás de él.

— De casualidad, ¿sabes dónde está Lily?

Ella tardó un par de segundos en percatarse que era ella a quien le hablaba, parpadeó unos segundos y abrió su boca delicadamente un par de veces.

— Debe estar en su habitación —informó—¸puedo ir a buscarla si quieres.
— Serías muy amable —dijo Albus, con cortesía.

La chica subió corriendo, en unos minutos Lily Luna bajaba las escaleras con un vestido gris de terciopelo, le gustaba mucho porque se lo había dado Ginny para sus cumpleaños número quince. Miro a sus hermanos con duda, Albus creía que esos últimos días había descansado muy poco, era notorio.

— Nos vamos —presionó Albus, moviendo las manos, con ese carisma suyo.

Albus se dio cuenta de que a Lily le costó un poco comprender de qué rayos hablaban él y James.

— Lily iremos a Hogsmeade todo el día, se nos hará tarde, ¿qué no ves? —bromeó James.

Lily sonrió, haciendo sentir a Albus orgulloso. Nunca en su vida había visto a Lily tan mal, desde lo ocurrido con Rose el lunes Lily había faltado a clase todo el día, se había ausentado de algunas cuantas el resto de la semana, no se había aparecido por el Gran Salón toda la semana, y se le veía enferma casi todo el tiempo. Y aunque Rose también se sentía mal y culpable, comentó que debía darle todo el apoyo a su hermana. Pero él lo hacía por él, él adoraba a su hermanita, igual que James, que según Albus, era un sobre-protector maniaco.

El camino a Hogsmeade fue callado, hasta que llegaron, lo primero que quiso Lily entrar a comprar artículos de broma en Zonko, quería vengarse de sus primos le dijo a Albus.

— ¿Y por qué? —preguntó James.
— ¡Pues porque me hicieron andar detrás del rubio más despampanante del colegio! —exclamó con sarcasmo.

Ella duro casi dos horas en esa tienda, las piernas de Albus iban a desfallecer, cuando Lily se decidió por varias cosas, James las pagó.
Después de eso caminaron a Las Tres Escobas. Se tardaron un poco pero finalmente todos pidieron cerveza de mantequilla.

— Te estábamos buscando estás tarde por todos lados, ¿por qué estás en tú habitación, ahora, todo el tiempo? —preguntó James, como quien no quiere la cosa.

Albus sabía que James tenía formas poco convencionales para hacer a la gente hablar, o decir lo que fuese, era un chico pertinaz y además listo, sabía qué hacer y qué decir en muchos momentos, pero a veces cuando de él se trataba, se guarda todo. Igual que cualquiera de los que estaban ahí. Los Potter nunca comunicaban sus problemas entre ellos porque se creían una carga, sus problemas en muchas ocasiones no eran por el peso de los suyos mismos, sino por su familia, más que nada, su padre.

Por eso ellos no hablaban mucho de lo que les ocurría en malas situaciones. Pero a veces era tiempo de hacerlo.

— Me gusta estar en mi habitación.

James pasó su mano sobre la cabeza de Albus y luego la de Lily, ambos sentados enfrente de él, cuando su mano estuvo arriba de la de Lily emitió un sonido igual al que esas máquinas muggles que detectan mentiras hacen cuando, bueno, alguien dice mentiras.
Lily se sonrojó y miró la mesa, era la primera vez que Albus veía a su pequeña hermana actuar tan desconfiada de ella. Lily era usualmente muy valiente y si se proponía algo, lo cumplía, tan simple como eso.

— ¿Es por Rose? —Albus la miró, los ojos azules de su hermana le devolvieron la mirada—, ¿por qué no nos habías hablado de ello?

Lily comenzó a jugar con su mano, moviendo sus dedos de forma tranquila y delicada.

— Porque es horrible que sienta fastidio por Rose.
— Pero puedes contarnos cualquier cosa, somos tus hermanos —murmuró James, algo dolido—, se supone que estamos para ti en cualquier momento.
— De todas, formas Lils, es normal, ¿no? Que sientas eso por Rose —aclaró Albus—, en cualquier momento puedes sentir algo así por una persona, eso no significa que eres una mala persona, al cabo de un tiempo, el sentimiento tendrá que irse.
— Me da miedo de que no sea así, Albie.

Albus abrió un poco los ojos y miró a James pidiendo ayuda.

— A mí me da miedo no encajar en los planes futuros de Press, pero no por eso la estoy dejando, ¿ves a lo que me refiero?

Albus observo a su hermana asombrarse por las palabras de James, incluso él mismo se sintió un poco impactado.  

— ¿Estás discutiendo con Press?
— Digamos que no todo va tan bien, pero tampoco tan mal —comentó y luego le dio un sorbido a su cerveza.
— Debes hablar con ella, ¿sabes?, tu relación con Press es la mejor —aconsejó Lily, segura.
— ¿No crees que eso es lo que debes hacer tú también, Lils? —intervino Albus—, hablar con Rose y arreglar las cosas.
— Quizá me tome un tiempo hacer eso —afirmó—, pero supongo que lo haré en su debido momento.

Albus y James sonrieron cuando el tono de voz de Lily había dejado de ser débil y había comenzado a hablar como la Lily de siempre.

— Los problemas tarde o temprano se arreglan, ¿verdad?


Tarde ese día, mientras Albus caminaba se encontró a Faith sentada en uno de los bancos cercanos al patio, leía un libro cuidadosamente, el viento soplaba y empujaba su rizado cabello a su rostro, Albus sonrió como tonto y se acercó, para después sentarse a su lado y finalmente, recostar su cabeza en la piernas de su novia.

Ella peinó su cabello como modo de saludo.

— ¿Estás bien, cariño?

Faith comenzó a trazar patrones con su dedo en la mejilla del pelinegro, repentinamente parecía más alegre que cuando leía el libro, o al menos Albus sentía que sus días mejoraban en el momento en el que veía a su novia. Se volvían brillantes y cálidos, no importaba que sus manos estuviesen heladas y su nariz roja por el frío.

— Estuve con Lily y James hoy.
— Oh, con razón, estuve buscándote todo el día —comentó ella, pensativa—, ¿se encuentra bien ella?

Albus asintió con la cabeza, se sentía agotado.

— ¿Nunca llegaste a sentir algo así por alguien de tu familia?

Albus lo pensó bien.

— No, probablemente la única molestia en mi vida es ser un Potter Weasley —explicó sinceramente—, pero no significa que quisiera que mis padres dejasen de ser mis padres porque me molesta llevar su apellido y se la sombra de lo que ellos fueron.

— Amas mucho a tus padres, ¿verdad?

Albus levantó su brazo para tocar la mano de Faith, ella saltó un poco, el pelinegro adoraba besar a su novia, pero al tocar su mano, sentía que no estaba solo, que la tenía.

Amo mucho a mi familia.

Sonrió, cerrando los ojos.




Desde lo ocurrido en el Gran Salón por los primos Weasley, todo lo que había hecho era ir a clase normalmente, y, por supuesto, huir de Fred Weasley. Probablemente sus mejillas se enrojecían de la peor forma cada vez que lo veía, y de no ser así no entendía qué pasaba porque las sentía incinerar su rostro. 

Ella entendía que los filtros de amor no desmentían los sentimientos pro una persona, era algo primeramente limitado, y además uno acababa actuando como un idiota por cualquier persona, Fae pudo haber caído por otra persona distinta a Fred y estaría actuando, definitivamente, de la misma manera. 

El problema es que ahora, no sabía que pasaba con Fred Weasley, pero se sentía extraña. 

— ¿Qué pasa pequeña? 

La repentina voz de su hermano mayor la hizo saltar y temblar un poco. Una risa que no pertenecía a su hermano, porque era femenina, hizo notar la segunda presencia. 

— Pareces un poco distraída, Elle —comentó Isis. 

Isis era realmente amiga de los Scato, la pequeña pelinaranja la adoraba, pero se preguntaba en incontables veces cómo era que ella y Dyer eran amigos, era dos cosas distintas, pero su relación se veía tan indestructible que dejaba de pensarlo en segundos. 

— Estoy estudiando —afirmó.
— Estudiando mi abuela —atacó Isis, Caden soltó una carcajada, sentándose en el sofá junto a ella.
— ¿Con qué estudiabas? Si no llevas libros, Fae.

Se sintió algo estúpida. 

— Ustedes no saben, estoy tratando de aprenderme algo de memoria —mintió. 

Ciertamente, todo el día había estado pensando en nada, se le subía el pensamiento hasta las nubes y ahí se quedaba, se le olvidaba un poco el resto de gente y el espacio en donde estaba, durante la semana más de dos profesores la habían reprendido por eso, y de por sí, ella no era la persona más quieta de Hogwarts. 

— Estoy segura de que algo te pasa —comentó Isis. 
— Si, como sea —se puso de pie—, iré por ahí. 

Salió de la sala común dejando a los dos chicos de Hufflepuff con la boca abierta, sin dejarles decir algo. Tuvo toda la intención de escabullirse en las cocinas, pero ella no era de ese tipo de personas, tiraba más para el lado de las personas  que no se metían en problemas.

Así que decidió andar por el castillo, perdiendo su tiempo absolutamente pues debería estar estudiando ya que ese era el año en el que presentaba sus T.I.M.O’s, termino en la biblioteca, donde el silencio era impenetrable, no había ni un ruido, ni siquiera ese pequeño ruido que producían las hojas de los libros cuando se pasaban, era increíble…, o bueno, para uan persona ruidosa como Faelle, lo era.

No se dedicó a mirar los libros sino que comenzó a mirar las personas sentadas en las mesas, por si debía salir corriendo de allí si veía Fred, pero en cambio, encontró a una conocida chica de cabello negro y mandíbula marcada. 

Más conocida como Ada Loughty, la novia de su hermano, o como Fae decía, antes de que ellos comenzaran a salir, «Ada, la chica con la tez más bonita de todo Hogwarts». Aunque claramente le apenaba decir eso enfrente de ella, lo decía regularmente a puertas cerradas con Isis o su hermano.

Se moriría de vergüenza si alguna vez ella supiese que la llamaba así.

— ¡Ada! ¡Hey! 

La pelinegra levantó la mirada, algo perturbada por el gritó de Faelle, pero en cuanto vio de quién se trataba, le regaló una tórrida sonrisa. Aunque alguien lanzó un «shhh» en la parte trasera de la biblioteca, a Fae le dio igual y se fue a sentar con Ada.

— ¿Cómo estás, Elle? —inquirió—, ¿qué te trae por aquí?

Solo habían tres personas que se habían ganado el derecho de llamarla Elle, su hermano, Isis y Ada, nadie más podía llamarla así porque ella enfurecería, ese era el apodo que le daba su abuela de pequeña. 

— No lo sé —golpeó la mesa un poco—, acabé aquí por alguna razón. Yo no frecuento este lugar, porque suelo moverme mucho y molestar a las personas —se encogió de hombros, mientras hablaba y chocaba las palabras.
— Eso veo —se comentó ella divertida—, ¿por qué no estás con tú hermano?
— Me estaba molestando con Isis, así que lo deje. 
— Ya veo —negó con la cabeza—, ese par —murmuró fingiendo decepción—, ¿sobre qué te molestaban? 

Fae apretó los ojos, frunciendo la nariz como un conejo.

— Eh…—comenzó—, nada.

Ada murmuró un «hum» poco convencida, mientras le daba una mirada con los ojos entrecerrados a Faelle.

— Vale, vale —levantó los brazos—, verás, estos días estoy muy desubicada, no me concentro…no tanto como antes al menos —se defendió antes de que la chica frente suyo dijera cualquier cosa, ella solo le ofreció una sonrisa y asintió para que continuara—, y no estoy segura de que sea por lo que creo que es.

Ada levantó una ceja, perdida. Faelle era una chica dulce y cuando quería líder y fuerte, pero era pésima expresando correctamente las cosas. 

— Es decir…—suspiró—, creo que es por un chico —dijo lo más despacio y suave posible—. Pero eso no puede ser posible, ¿verdad? ¡No me puede gustar alguien en tan poco tiempo!

Ella mofó divertida. 

— ¿Y qué chico es? —preguntó—¸solo quiero saber para entender la gravedad del caso, por supuesto.

Se mordió el labio. Faelle no quería decir su nombre en voz alta, estaba segura de que alguna otra chica escucharía y le diría, además todas las chicas se morían por alguno de los Weasley o los Potter, eso era un dato falso, pero en la cabeza de Fae, muy real.

— F..d W…y

Ada no necesito mucho más que eso para comprender de qué hablaba. Abrió un poco la boca mostrando una pequeña “o”. Faelle se fijó en lo rosados que eran sus labios y en lo bien que hacían ver su piel, suspiró, a ella le salía acné aún.

— Esos chicos tienen algo —murmuró más para ella misma que para Fae—, tampoco es que este mal que te guste alguien pronto, ¿no? 
Faelle suspiró encogiéndose de hombros dibujando cosas invisibles sobre la mesa, como cualquier adolescente cuando sentía lo que ella estaba sintiendo por primera vez. 

Recordó, que alguna vez su abuela le había dicho «No importa que tan pronto o que tan joven seas cuando te enamores, los sentimientos no se controlan. Si alguien de veintiocho te dice que “eres muy joven” para saber, están mal, ¿sabes por qué? Porque eso pensaría alguien de cuarenta y ocho sobre del que tiene veintiocho. Los sentimientos le vienen incluso a los que tienen seis años, y es que estos son imparables, Elle.»

Su abuela solo estaba en lo cierto.
 
— ¿Quieres distraerte un poco? —preguntó Ada, Faelle asintió entusiasta —, ¿leíste Los Cuentos de Beedle el Bardo?

Ella negó con la cabeza.

— ¡Por Merlín! —exclamó Ada, sorprendida—, deberías leerlo, te encantará, estoy segura. 
— Gracias, Ada.
— ¿Por qué? —preguntó ella.
— Por escucharme y aconsejarme —dijo Fae antes de salir a correr por las estanterías de la biblioteca.

Se distrajo pasando su mano por cada libro, sintiéndolos. Definitivamente, ella no frecuentaba la biblioteca, era algo rarísimo de ver. Solo iba y sacaba los libros, pero no se quedaba allí.

Le tomó bastante tiempo encontrar el libro, porque ya no eran solo los libros y textos mágicos necesarios, había añadido libros muggles a la biblioteca, lo cual no estaba tan mal, pero a ella, personalmente no le gustaban. 

Suspiró aliviada cuando llegó al estante donde se encontraba el libro, que se veía viejísimo también, para ese momento sus mejillas estaban sonrojadas por el cansancio y su cabello naranja se pegaba a su cuello y su frente. 

El libro estaba en la parte superior del estante, haciéndole el trabajo más complicado, pues Fae no alcanzaba llegar a los 1.60 centímetros ni aunque lo intentara. 

Cuando su mano logró agarrar el libro, literal se le iba a venir encima suyo, hasta que alguien, rápidamente, lo agarro detrás suyo. Un brazo fuerte la jaló un poco para que se alejara del estante, y le entregó el libro.

— ¡Gracias! —exclamó.
— De nada —comentaron con diversión.

Fae se quedó de piedra, literalmente, probablemente se puso pálida en vez de sonrojarse, y sintió vergüenza porque en ese momento debería verse como si hubiese escalado una montaña y no como si hubiese estado buscando un libro. Se dio media vuelta lentamente.

— Ho…la. 

Fred le sonrió. 

— Hey, ¿todo bien, Fae?
— Perfecto, sí —asintió— yo…, debería irme —se rio falsamente—, ya sabes, clases y todo eso, ufff, que cansado el curso, ¿no? ¡Adiós! 
Comenzó a caminar rápidamente y se fue de la biblioteca, ignorando los silenciosos llamados de Fred.

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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Vie 10 Feb 2017, 7:51 am

LAU ME HAS DADO JUSTO EN EL KORAH, ESTÁ ROTO EN MIL PEDAZOS, NO PUEDO CON LOS FEELS
Estaba ansiosa por leer de tus personajes, los echaba de menos y no sé, cómo narras todo, las escenas, los diálogos... ¡TODO! *hiperventila* Mi comentario no tiene nada de sentido (igual los mil wasap que te mandé son más expresivos xd) En cuanto pueda hago un comentario digno, o al menos que mencione más cosas del capítulo que este. Pero puedo decirte que amé la parte de Zeus/Rose/James, LA PARTE DE DRACO FUE CORTA PERO INTENSA, Vic y Teddy, no hay cosas más hermosa que ellos *cries* Lily, fue mi parte preferida de todo el capítulo, me llegó al alma (no soy exagerada) ¡Y LOS HERMANOS POTTER JUNTOS! :posnoveo: Ha sido magnífico, espléndido... y la manera en la que usas a todos los personajes, el cuidado que les pones *aplaude* Como dije, espero dejar un comentario pronto.

Pd: Tengo bastante del capítulo escrito, pero aún así falta, intentaré dejarlo tan rápido como la uni me lo permita
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Sáb 11 Feb 2017, 8:34 pm

¡LAU OMG OMG OMG!
AMÉ TU CAPÍTULO MUJER, LO AMÉ TODO. mi comentario será corto e incoherente, pERO ME ENCANTÓ. LILY, LO DE LILY NO ME LO ESPERÉ. Y ADHSKDJAKD COMO REACCIONARON Y CUANDO SALIERON LOS POTTER Y LA ESCENA DE ALBUS Y AILÍS, YO NO SÉ, MORÍ Y ME INSPIRASTE AL MISMO TIEMPO Y Lily siendo ruda con Conall, me encanta Esper oque ella y Rose se reconcilien PORQUE DIOOSSS, no sé, son demasiado lo amé todo, en serio, TODO. Y la cita a ciegas, morí con eso Pobre Vlad

Y QUÉ ONDA CON MALFOY E? ¿DONDE SE METIÓ? ¿¿¿¿?????¡¡¡????!!! dudas existenciales que no me agradan

LO AMÉEEEEE
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por dépayser el Lun 13 Feb 2017, 1:24 pm

NO SABÍA QUE HABÍAN SUBIDO CAP, CASI LLORO. Ay Lauuuuuuuuuu, lo amé, los capítulos largos llenan mi corazón, gracias por tanto en esta vida.  
Debo mil y un comentarios, en algún momento los voy a hacer todos, pero por ahora te dejo mis feels (?). FAITH Y ALBUS I JUST CAN'T, JURO QUE LOS AMOOOO Y SON SÚPER TIERNOS, eso que las parejas tiernas not my thing pero ellos son hermosos.  
Lily bae, la entiendo, es feo cuando empezás a darte cuenta de que no todo es color de rosa con respecto a la familia y hay gente con la que simplemente no te llevás bien, pero es la vida (?); me pareció adorable cómo la ayudaron James y Albus, ojalá mi hermano fuera así loko. La parte de Connall JAJAJAJAJAJAJ amo a ese chico también 
FAE Y FRED, AAAAAAAAAAAAAAAAAH, LEÍA ESO Y MIS OJITOS BRILLABAN DE TERNURA. 
Lo que pasó con Malfoy QUÉ CARAJO PASÓ 
Mucho para un solo capítulo ok 
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Vie 17 Feb 2017, 1:50 pm

Belloooo :
Hola, preciosas Bueno, antes que nada, tengo que decir que el capítulo no está terminado, faltaría una tercera parte Mientras editaba, me he dado cuenta que estas partes están llenas de temas amorosos xd, no era mi intención, simplemente salió así. Pero supongo que no queda tan mal en la semana de San Valentín (o en mi caso, Santa Soledad). No molesto más, espero que os guste y subir la parte que falta pronto. Besooos

Capítulo 13 Parte 1
Ava Hewitt ϟ Teddy Lupin ϟ Thea Buckley ϟ Ada Loughty ➡ hypatia.




Para Ava Hewitt no había nada más mágico que las palabras. Pero realmente las odiaba cuando se le atascaban. Atolondradas en su mente, incapaces de colaborar con ella para componer frases con sentido.

Sentada en un pequeño escritorio del Departamento de Quidditch de El Profeta, sentía que la mayor oportunidad de su vida se le esfumaba entre los huecos de los dedos. La pluma planeaba sobre el escritorio, saltaba, ansiosa por escribir algo en el papel.

Ava alzó la vista; el departamento estaba vacío. Salvo por Mérida Sungreen, sentada cuatro escritorios por delante de ella. Mérida era una reportera consagrada que había sido testigo de los partidos más emocionantes de la historia. Además, era también, una de las habituales en los Mundiales de Quidditch. Tenía la costumbre de quedarse hasta tarde para bocetar sus artículos del día siguiente.

Normalmente, Ava no estaba en la redacción, sino en el campo, junto  a Ginny Potter, su jefa. Pero ésta quería que probase todos los ámbitos posibles antes de ascenderla oficialmente como reportera. Un sueño que tras dos años eternos como becaria se le antojaba cada vez más lejano.

Sintió unas acuciantes ganas de vomitar. No quería decepcionar a Ginny, había confiado en ella para que redactase el artículo del primer partido de la temporada. Debía estar terminado para la tarde del día siguiente y, apenas llevaba dos frases escritas.

Para intentar relajarse, se concentró en la decoración del lugar. Era una sala diáfana, que ocupaba una planta completa de El Profeta. El suelo de teca envejecida, chirriante al paso, brillaba a la luz amarillenta de la gran araña de cristal que colgaba en el centro de la estancia. Rodeada por escobas de todo tipo de diseño y año de fabricación, entre las que siempre volaban snitchs doradas.

Las paredes, de tres metros de altitud, estaban llenas de frescos que representaban un campo de quidditch que se repartía por las cuatro paredes: donde se disputaba un partido eterno. A Ava siempre le habían hecho mucha gracia los pequeños jugadores. Sobretodo el guardián que acostumbraba a caer de su escoba y deslizarse por el palo del aro hasta el suelo.

Los escritorios se extendían en filas de tres a lo largo de la sala. Todos repletos de rollos de pergamino y plumas. Por último, en la pared de enfrente, entre los aros de marcación de uno de los equipos, estaba la puerta que daba al despacho de Ginny Potter.

―¿Vienes, querida?

Se sobresaltó. Mérida se había levantado de su escritorio. Ya se había echado encima su gabardina de color beige, que concurría su rollizo cuerpo oculto tras su habitual túnica rosa. Y puesto un ushanka color marrón,  del que trataban de huir sus rizos negros. Ava negó con pesar, secuestrando a la pluma, que no hacía más que perturbarla con su alegre revoloteo.

Mérida sonrió con ternura, bajo sus labios gruesos pintados de un potente tono rojo, asomó una gran dentadura.

―Así me gusta, trabajando duro ―cabeceó varias veces en aprobación antes de marcharse a los ascensores, con sus alegres andares de pato.

Ava apoyó la mejilla contra el escritorio y cerró los ojos. Iba a ser una noche muy larga. Esperaba que Ginny todavía tardase un rato más en marcharse. Retrasando así la inminente mirada de decepción que le lanzaría al comprobar que no había avanzado nada con el artículo. Demostrando con su ineptitud que no tenía madera para el trabajo.  

―¿Quieres una almohada?

Segundo sobresalto.

Sentado sobre el primer escritorio de la fila de al lado, había aparecido, como venido de la nada: Harley Baxter, su novio. Con una sonrisa que le entrecerraba los ojos marrones y poblaba las comisuras de sus labios de arrugas. Tenía el pelo mojado, que le caía por la frente, brillando como el alabastro a la luz de lámpara. Vestía su chaqueta de cuero y vaqueros desteñidos. Enganchado en cada brazo,  portaba un casco de motorista. Por su vestimenta, nadie pensaría jamás que era mago.

―¡La cena! ―exclamó Ava con horror, escondiéndose tras las palmas de sus manos.  

Con todo el estrés del día se había olvidado por completo que habían quedado para cenar con sus mejores amigos. Escuchó el carcajeo cantarín de Harley planeando por la sala hasta ella.

—Menos mal que tienes un novio con una memoria intachable.

El comentario no evitó que Ava se sintiera culpable. No quería ser una de ésas personas que se olvidaba de su vida a causa del trabajo.

—¿Sigues atascada? —preguntó Harley, abandonando todo sarcasmo. Asintió, echando una mirada descafeinada al pergamino—. Podemos dejar la cena para otro día…

Lo acalló con efusivas negaciones antes incluso de dejarlo terminar. La cena llevaba retrasándose de manera interrumpida desde hacía casi un mes. Ya fuera por los entrenamientos de Harley, las obligaciones como aurores de Sam, Victorie y Teddy o, por ella misma. Quería poder encontrarse con sus amigos antes de que le salieran canas.

Por otro lado, sabía que no conseguiría nada quedándose en la redacción.

—No, recojo mis cosas y nos vamos.

Encerró a la pluma en el cajón y trató de no regodearse mirando una vez más el pergamino en blanco. Situaciones así la transportaban sin remedio a aquella época en Hogwarts en la que no era capaz de realizar ninguna clase de magia con precisión. De la cual aprendió que todo sucedía en su momento y de nada servía forzar al tiempo.  

Rescató su abrigo del perchero y anduvo hasta Harley. Extendió la mano reclamando su casco, pero él lo escondió tras la espalda, con aire travieso. Ava supo de inmediato el motivo. Agarró las solapas de su chaqueta, todavía frías, y le dio un beso. Notó cómo la tensión expiraba de su cuerpo por fin, así como el embotamiento y el cansancio. Harley sí que era magia, de la buena…

—¿Mejor? —preguntó él, con la frente presionando la de Ava. Asintió, sonriendo tímidamente—. Bien, ahora vámonos.

Le tendió por fin el casco y entrelazó su mano en la Ava, caminando hacia la salida. Todavía tuvo tiempo de girar la cabeza una vez más y ver cómo el golpeador se deslizaba una vez más por el aro, mientras el resto se mofaba.

Sobrevolaron la ciudad en la moto encantada de Harley hasta el barrio de Peckham, donde se encontraba el piso que compartían desde hacía un año. Al abrir la puerta, el calor de la chimenea impactó en sus facciones congeladas. A continuación, Red, el pastor alemán de Harley, apareció por el pasillo para lanzarse a los brazos de su amo con reverberantes ladridos de emoción. Ignoró a Ava, por supuesto, nunca le había caído en gracia al canino. Aprovechó para ir hacia el salón, una pequeña estancia que estaba llena de cojines y pufs que hacían las veces de mobiliario, torres de libros, unas cuantas escobas y una mesa baja llena de ejemplares de El Profeta.

Se dejó caer en uno de los cojines, extenuada. De súbito, de debajo de uno de los cojines asomó Robin, su adorado gato, que enseguida saltó a sus piernas. Ava se entretuvo acariciando su esponjoso pelaje azulado, una de las formas más sanas que conocía para desconectar la mente, con los suaves ronroneos de Robin como
acompañamiento.

Harley llegó a los pocos segundos, con Red dando saltos a su espalda. El gato soltó un sonoro bufido al verlo, obteniendo por respuesta unos lloriqueos. Tenía atemorizado al pobre perro.

—¿Dónde es la cena? —quiso saber Ava.

Antes de responder, su novio se dejó caer en uno de los cojines contiguos.

—En casa de Sam, o eso creo, no me acuerdo.

Puso los ojos en blanco. Claro, memoria intachable.

Antes de levantarse para cambiarse de ropa, se acurrucó en el pecho de Harley. Disfrutando del silencio y la tranquilidad de su hogar. Pero duró poco, pues minutos más tarde, la ventana se abrió de par en par revolviendo todos los papeles de la casa. Trayendo, además del viento gélido, una figura incorpórea, brillante y blanquecina a su salón. Robin se erizó en las piernas de Ava, clavándole las uñas, al tiempo que Red gruñía con rabia desde su posición en la puerta.

Un patronus. Y no uno cualquiera, sino un hombre lobo, el de Teddy Lupin. Los chicos se incorporaron, cegados por la luz que desprendía.

Tenemos que cancelar la cena, venir a Grimmauld Place. Algo ha ocurrido… —Aquella era la voz de su amigo, hablando a través de las fauces del hombre lobo. En cuanto hubo entregado el mensaje, éste se evaporó en el aire.

Ava y Harley se miraron con expresiones de incertidumbre, sin comprender qué podía ser tan grave para que los citasen con tanta premura. Pero no perdieron el tiempo. Sentados allí no lo averiguarían.

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Algo que no solía ocurrir con frecuencia en casa de los Potter, era una visita de Draco Malfoy. Pero en las últimas dos semanas, se había convertido en una costumbre. Casi todas las veces que Ted llegaba del Ministerio, se lo encontraba allí con Harry y Ginny. Ello sin mencionar las numerosas ocasiones en las que acudía al Departamento de Aurores.

Incluso aunque Ted no estuviera al tanto de la situación, sabría que algo estaba ocurriendo para que Draco acudiera por pie propio al número 12 de Grimmauld Place. Era casi conspirador observar como conversaba con su padrino con tanta calma, sin dejes déspotas en su voz ni comentarios disertos.

—Tardan demasiado —masculló el nombrado, dando golpes nerviosos en la mesa de la cocina.

—Paciencia —aplacó Harry, quien miraba al frente sin expresión alguna en su rostro. Sin embargo, Teddy observó cómo se tocaba la cicatriz de su frente. Algo, que en todos los años que llevaba viviendo con él, no había visto.

—Tío Harry, todavía no estoy segura de que sea conveniente dar la voz de alarma —dijo de pronto Vic, que sentada a su lado, llevaba rato sumida en sus pensamientos.

Portaba ésa arruga en la frente que le volvía loco, pero no era momento para hacérselo saber. Se limitó a colocar la mano sobre la suya, trazando líneas rectas en ella. No le gustaba verla preocupada. Aunque no era para menos. Habían sido Victorie y Teddy quienes encontraron el cadáver por la mañana. Aún se le revolvía el estómago  al recordarlo…

—¿Suciedad, dónde te escondes, preciosa? —Kreacher entró a la cocina con el plumero colocado en el hombro, ni siquiera miró a los presentes de la cocina—. Ven con el viejo Kreacher, ven…

Draco Malfoy se lo quedó mirando con gesto adusto, mientras el elfo se agachaba al lado de la chimenea, por si estaba allí su querida suciedad.

—Es por eso precisamente que vamos a reunirnos —respondió.

El sonido del timbre se expandió por el aire hasta la cocina. Teddy se incorporó del banco antes que Kreacher tuviese tiempo de hacerlo. De niño, le encantaba ganar al viejo elfo abriendo la puerta. Pero estaba vez no había dicha, ni jactancia infantil. Solo apremio e incertidumbre.

Los Weasley esperaban al otro lado de la puerta.

—Hola, Teddy, cielo. —Hermione Granger le besó la mejilla al pasar por su lado, aunque lo hizo con prisa, en un gesto mecánico, ya con la mente puesta en la reunión.

—Chaval. —Por el contrario, Ronald Weasley le revolvió el cabello.

Devuelta en la cocina, comprobó que Sam y Freddie habían llegado también por la chimenea, pues se quitaban el hollín de sus abrigos. Kreacher por poco lloró de alegría al ver caer las cenizas en el suelo. Sam se acercó a dar un abrazo a Vic y después a Teddy. Se habían visto apenas unas horas atrás en el departamento. Pero aquel no era un día cualquiera.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Harry, interrumpiendo el reencuentro.

Fue Freddie quien respondió, tras tomar asiento al lado de Draco.

—Nada esclarecedor —empezó, con voz tenue—. La víctima no guardaba ningún tipo de relación con nuestro mundo. Trabajaba en una panadería en Surrey y no tenía familia.

La imagen del hombre abordó la memoria de Teddy sin remedio. Lo vi tendido de nuevo sobre los fogones de su panadería, con la vista perdida en la muerte.

—Tampoco hay nada que lo conecte con la primera víctima —intervino Hermione, quien había tomado asiento al lado de Harry. Incluso desde la lejanía, Teddy podía ver cómo funcionaban los engranajes de su cerebro, tratando de encontrar una respuesta—. ¡No tiene sentido! ¿Qué clase de mago empieza a asesinar muggles al azar?

—Un asesino —expuso Ron, diciendo lo obvio.

Draco se inclinó sobre la mesa.

—Los asesinatos empezaron poco después de que secuestrasen a mi padre —recordó.

Teddy comprendía la desesperación del hombre, él mismo había visto las gotas de sangre en la nota. Sin embargo, todo lo que tenían eran pruebas circunstanciales, frente a las fechorías pasadas de Lucius Malfoy. Todavía no tenían nada que confirmase que se trataba de un secuestro. Por otro lado, ¿quién querría secuestrar a un mortífago?

—No te ofendas, Draco, pero con el historial de tu padre… —Por supuesto, fue Ron quien habló. Él, había sido el más receloso de acoger a Draco cuando se presentó por primera vez en el Departamento de Aurores buscando ayuda.

—¡Ha desaparecido! —bramó colérico, con el rojo ascendiendo a su rostro.

—Vamos a tranquilizarnos, por favor —intervino Harry.

Verlos a todos allí, lo llevó a imaginarse aquel lugar veintitrés años atrás. Cuando sus padres seguían vivos y conspiraban contra la guerra en la que perdieron la vida. Sus padres… de quienes solo poseía los recuerdos de las personas que los conocieron, dos varitas y una fotografía arrugada. Un vacío opaco, viejo conocido suyo, se apoderó de su estómago. Personas como Lucius Malfoy lo habían privado de crecer con ellos. Agradecía la vida que le habían dado su abuela y los Potter. Pero no por ello se sentía menos enfadado ante la injusticia.

Teddy no había tomado postura aún en el tema de la desaparición del padre de Draco, se había limitado a hacer su trabajo. Aunque no sabía si de no ser auror, hubiese estado dispuesto a buscarlo.

Sam, desde su posición junto a la nevera, parecía dispuesto a añadir algo, pero justo en ese momento, dos figuras
salieron despedidas de la chimenea, dando traspiés y llenando todo de hollín. Kreacher no cabía en sí de felicidad:

—¡Suciedad! —exclamó, como una niño con una sobredosis de azúcar.

Eran Harley y Ava, quienes no pudieron más que sorprenderse de la cantidad de personas que había en aquella cocina. Aunque Harley había pasado muchos veranos en esa casa, estaba seguro que nunca la había visto tan a rebosar como en ese momento. Se quedó quieto, con miedo de decir algo imprudente. En cambio, Ava, mucho más práctica, preguntó:

—¿Qué ha ocurrido?

—Tomad asiento, por favor —respondió Harry, invitándolos a sentarse con un gesto de la mano.

Hicieron lo que se les dijo y se apretujaron en el banco, junto a Teddy y Victorie.

—Antes de comenzar, tenéis que prometer que nada de lo que escuchéis hoy aquí llegará a oídos de otros —exigió Hermione.

Ambos asintieron con gravedad, mirando de reojo a sus amigos. Vic realizó un gesto de temple, para que no se preocupasen.

—Muy bien, comencemos —habló Ron, más serio de lo que acostumbraba.

Entonces, empezaron a exponer los sucesos que los habían llevado a reunirse a unas horas tan intempestivas de la noche en el número 12 de Grimmauld Place. El primer tema que entró a colación fue la desaparición de Lucius, un mes atrás, de quien solo quedaba constancia una nota machada de sangre. No había rastro de él, ninguno de sus conocidos sabía nada. Draco se dedicó a perjurar que desde la muerte de Voldemort, su padre había cambiado, que nada explicaba su repentina desaparición; a sabiendas de lo que muchos estaban pensando.

A ello le siguieron los asesinatos, el primero, dos semanas atrás. Leila Anderson, funcionaria en una comisaría muggle, madre de dos hijos. Y el más reciente, Alejo Spring, el panadero.

Cuando terminaron de hablar, un pesado silencio los rodeó, salvo por el frufrú de la escoba de Kreacher contra el suelo.

—Un mortífago desaparecido y dos asesinatos… —recapituló Harley, aún desconcertado.

—Cuida tus palabras, muchacho —advirtió Draco, en tono amenazante.

—A las cosas hay que llamarlas por su nombre —convino Ron.

—¡Ron, no empecemos! —lo reprendió su mujer, más amenazante aún que Malfoy.

Harry expiró un suspiro quejumbroso, seguía toqueteándose la cicatriz, lo que no tranquilizaba para nada a Teddy.

—Sigo sin entender qué hacemos nosotros aquí. —Ava se mostraba recelosa ante la situación y, no era para menos.

—Pedimos a los chicos que buscasen a alguien de confianza para lo que queremos pediros —explicó Harry, con tono amistoso.

Harley y Ava se miraron entre sí, hablando en silencio. Ante su reticencia, Victorie decidió intervenir.

—Harley, conoces a muchas personas —comenzó a decir—, personas que están dispuestas a contarte cualquier cosa por recibir la atención de un jugador de los Chudley Cannons.

—Y tú, Ava, eres reportera, podrías ayudar a Ginny a indagar, cubriréis más terreno juntas —concluyó Sam.

—No entiendo nada, si podéis mostraros más claros. —Casi rogó Harley, lleno de frustración.

—Necesitamos averiguar quién está detrás de estos asesinatos y si guardan algún tipo de relación con la desaparición de Lucius —explicó Hermione.

Teddy comenzó a sentir el cansancio como algo corpóreo. Llevaba más de dos días sin pegar ojo. Todos los sucesos comenzaban a hacer mella en él.

—No somos aurores —reclamó Ava.

—Precisamente por eso, la gente se muestra más reacia a hablar con nosotros. Sobretodo conmigo y no queremos llamar la atención. —Harry llevaba razón, requerían de discreción.

—Puede que esté preguntando lo obvio, pero, ¿no deberíais informar de esto al Ministro? —preguntó Harley.

—No —sentenció Draco—. No moverá un dedo por mi padre.

—Además, el Ministerio de Magia no suele atender a este tipo de asuntos… —empezó a decir Harry.

—… solo lo hacen una vez nos ha estallado la bomba en las narices —terminó Ron por él.

—Por tanto, no se lo diremos, hasta que tengamos pruebas fehacientes de que está ocurriendo algo —intervino
Freddie, que se había mantenido todo el tiempo callado.

Sus amigos volvieron a mirarse entre ellos, preguntándose qué harían. Teddy esperaba que se negasen, pues nada los obligaba a aceptar la petición.

—¡Por Merlín! —exclamó Ava—, estáis abordando la situación como si Quien-ya-sabéis hubiese regresado.

Los adultos de la sala, compartieron sendas miradas. Hermione asintió, dando su aprobación a algo que todos los demás desconocían. Victorie le dio la mano a Teddy por debajo de la mesa. Él se la apretó con fuerza, el corazón había comenzado a latirle desbocado.

—Me duele la cicatriz.

—¿Cómo? —preguntaron todos al unísono.

—La cicatriz —Harry apartó el pelo de su cara, dejando ver la marca que tantas cosas le había arrebatado—, me duele.

Un aluvión de preguntas estalló en torno a su revelación. El pánico se hizo dueño de todos. Así fue como empezó, como todo cambió… y, mientras tanto, Kreacher exclamaba: «¡Suciedad!».  


Horas más tarde, disuelta ya la reunión, acostado en su cama; Teddy no podía dejar de darle vueltas a las palabras de Harry. Eran como una picadura molesta. Hasta el momento, creía que prestaban demasiada atención a dos asesinatos, aparentemente aislados el uno del otro y a la desaparición de un hombre, que si le preguntaban, no merecía tanta atención. Se habían enfrentado a asesinatos antes, de la misma manera que a desapariciones de mortífagos de los que nunca se supo nada.

Pero la revelación de Harry Potter, lo cambiaba todo.

—Tampoco puedes dormir, ¿verdad?

Victorie se revolvió en la cama, acurrucándose más junto a él. Teddy la envolvió con el brazo que le quedaba libre y comenzó a dibujar círculos en su espalda.

—No puedo dejar de darle vueltas a lo que ha dicho —respondió, con pesadumbre.

—Todos sabemos lo que implica, han pasado veintitrés años desde la última vez, ¿de verdad crees…? —Vic fue incapaz de terminar la frase, notó el estremecimiento que experimentó su cuerpo contra el suyo. La abrazó más fuerte.

—Primero desaparece Malfoy y comienzan a matar muggles poco después —repitió por vigésima vez, como si ello, fuese a darle las respuestas que tanto buscaban.

—Pero se supone que es imposible, quiero decir, lo mató. Hay una tumba con su cuerpo en algún lugar. —«Un lugar que solo Harry conoce», recordó.

Teddy cerró los ojos. No sabía qué pensar.

—Lo único que podemos hacer por el momento es continuar investigando y, rezar para que no sea nada —concluyó.

Las posibilidades eran infinitas. Era inquietante, ciertamente, pero Teddy todavía se mostraba reacio a que Voldemort hubiera regresado.  

Victorie soltó un hondo suspiro.

—¿No deberíamos decírselo a alguien más? Reddie y Mila, al menos, son los aurores con más experiencia del departamento.

—Si han decidido no contarlo, tendrán sus motivos. Ya sabes, no es la primera vez que se enfrentan a algo así.

Si es que había algo a lo que enfrentarse.

Victorie guardó silencio por un rato, en el que Teddy creyó que se había quedado dormida.  Pero entonces dijo:

—He estado pensando, quizá con todo esto, deberíamos retrasar la boda.

Teddy se arrastró por la almohada para quedar a la misma altura que ella. Orientó el cuerpo hacia Vic, al tiempo que rodeaba su rostro con las manos. Sus ojos brillaban como dos faros que le anunciaban que siempre le anunciaban estaba en casa. La besó con delicadeza.

—No.

Voldemort le había arrebatado a sus padres. No iba a permitir que la actual amenaza, fuera cual fuera su origen, retrasara su futuro con Victorie Weasley.

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―Spencer, necesito ayuda.

Era bien sabido por todos que Historia de la Magia se le daba fatal a Thea. Lo suyo era la práctica. Las pociones, las plantas y los animales. En las clases teóricas, terminaba desconectando, por mucho empeño que le pusiera. Así que no le quedaba más remedio que recurrir a su buen amigo Spencer para hacer los deberes, siempre dispuesto a brindarle una mano…

―En el castillo hay una sala muy grande, con unos cuadernos que tienen palabras escritas, los llaman libros―. Una torva sonrisa se abrió paso en sus facciones―. Prueba allí.

…en su imaginación.

Thea se lanzó al cojín contiguo al suyo, con el libro agarrado al pecho y un gesto suplicante. Spencer era un buen amigo, sí. Con la mala costumbre de desear despertar el ingenio y la curiosidad de Thea por la historia. Toda una lástima que el proceso de instauración del «Estatuto Internacional del Secreto Mágico», aburriese incluso al profesor
Binns.

―¿Para qué voy a ir a la biblioteca si te tengo a ti? ―rebatió pegándose a él como una lapa.

El  frío gélido de finales de septiembre se colaba por las paredes. Desde su posición, el calor de las chimeneas a penas les alcanzaba.

―No sé, quizá para aprender algo. ―Spencer se mantuvo en sus treces.

―Me parece que alguien va a tener que hacer los deberes hoy… ―dijo Shia con tono cantarín, sentado en una de las mesas que había enfrente.

―Calla ―refunfuñó Thea, quien todavía guardaba un as bajo la manga.

Spencer suspiró con fuerza, mirando a su amiga de reojo. Ella sabía que estaba a punto de ceder, solo tenía que insistir un poco más. Hasta que se pusiera tan nervioso por su mirada que no le quedase más remedio que ayudarla.

―Lo siento, Thea, pero esta vez no ―respondió Spencer, dándole unos toquecitos en la rodilla―. Me lo agradecerás.

Se levantó con una sonrisa de triunfo y caminó hasta el hueco de las habitaciones de los chicos.

―¡Mandrágoras! ―exclamó Thea, hundiéndose en el cojín, con el libro de historia abierto sobre su rostro.

«Maldita Bathilda Bagshot».

―Te lo dije. ―Se burló Shia.

Ignoró a Shia. Se quedó así, con los brazos estirados emulando la forma de una cruz y, con el libro maldito sobre su cara, inhalando su olor a papel impreso. ¿Cómo algo que olía tan bien podía causarle tantos problemas?

Su martirio académico no radicaba solo en la pereza. Gran parte se debía a su nulidad para realizar esa clase de tareas. Poco importaba que se pasase horas encerrada en la biblioteca o, que Astoria Malfoy le proporcionase todos los libros relacionados con el tema en cuestión. Thea siempre le daba importancia a los datos irrelevantes, que nada tenían que ver con los deberes.

Era capaz de saber el tipo de planta y sus aplicaciones mágicas con un único vistazo. Tenía un don para tratar con las criaturas mágicas; intuía sus necesidades como si los entendiera.  Y todo ello se debía a sus padres: Primrose, bióloga experimental que patentada cerca de treinta antídotos contra hechizos, encantamientos y enfermedades mágicas al año. Y, Benjamin, un reconocido magizoólogo especializado en las aves fénix. A los que criaba en su casa gracias a un convenio con el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, y, sobre los que escribía libros con el éxito asegurado.

Con unos padres como ésos, Thea nunca se vio en la obligación de encerrarse en una habitación e introducirse  los conocimientos a la fuerza en su cerebro. Ellos preferían que adquiriese la experiencia mediante la práctica, incitando a su hija a hacerlo desde bien pequeña. Y eso le pasaba factura a Thea constantemente en el colegio. Ya podía parecerse un poco a su prima Cordelia, quien devoraba un libro sobre muggles como si se tratara de un delicioso pastel de calabaza.

Un rato más tarde, cuando estaba a punto de quedarse dormida, alguien le arrancó el libro de la cara. Somnolienta y entrecerrando los ojos por la repentina luz, comprobó que era Caden Scato.

Llevaba la corbata desatada y la camisa fuera de los pantalones. El jersey anudado a la cintura y la túnica colgada
de mala manera en su bolsa, que mantenía sujeta sobre el hombro. Observaba el libro de Thea con una ceja alzada. Su rostro anguloso se mantenía firme. Y su pelo rubio despeinado, que le confería amagos de científico loco, refulgía a la luz de las chimeneas a su espalda, que recortaban su silueta.  

―Tienes un modo peculiar de estudiar ―dijo a modo de saludo, entregándole el libro, ya cerrado.

Thea reprimió un bostezo. En la Sala Común habían varios alumnos de primero y segundo pasando el rato sobre las alfombras. Un grupo de tercero rociaba una planta con una sustancia sospechosa. Mientras que los de los cursos más superiores, se ahogaban entre pergaminos y tenían la ropa manchada de tinta.

―Tengo que hacer una redacción y no sé por dónde empezar ―masculló, estirando los brazos por encima de la cabeza

―¿Proceso de instauración del Estatuto Internacional del Secreto Mágico? ―aventuró Caden, abandonando la bolsa de los libros a sus pies.  

―Pero si ahora eres adivino.

―Fue nuestra cuarta redacción del curso el año pasado. El profesor Binns es un hombre de costumbres.

―Fantasma ―corrigió Thea, por inercia.

Caden sonrió y tendió la mano hacia su compañera.

―A la biblioteca, todavía tenemos dos horas antes de la cena.

A Thea se le iluminó el mundo ante su propuesta. Caden era un chico estupendo. Salvo cuando le daba por molestarla con sus escarceos amorosos.

―¡Eres el mejor!

Agarró la mano que le ofrecía y se encaminaron hacia la salida de la Sala Común de Hufflepuff.

«Puede que te lo agradezca, Spencer, pero hoy no».

Thea no cesó de parlotear en todo el ascenso hasta la biblioteca.  Le preguntó por los entrenamientos, si se sentía nervioso por el partido de Hufflepuff contra Slytherin de dentro de tres semanas.  Cómo llevaba el primer mes del curso y un montón de cosas más. Otra de las cosas buenas de Caden era que la escuchaba sin miramientos. Nunca, por muy pesada que resultase, la mandaba callar. Como acostumbraban a hacer la mayoría de sus compañeros.

Ya en la biblioteca, Astoria les dio la bienvenida, como de costumbre, pidiéndoles que guardaran silencio. A esas horas de la tarde, eran pocos los alumnos que seguían allí. Salvo los más estudiosos, entre la que se contaba a Ada Loughty, sentada en una de las mesas de los pasillos de la izquierda, junto con Nathaniel Hurst y Taylinne Bassett.
Le sorprendió que Caden no se acercara a saludarla, pero tuvo la prudencia de callar.

Pasaron la siguiente hora sumergidos en los deberes de Thea. Mientras Caden la ayudaba a estructurar la redacción y le hablaba de los datos más relevantes, la chica se dijo que la próxima vez, con las pautas que le había dado, podría hacer los deberes de Historia de la Magia por su cuenta propia. Aunque casi rompió a reír: debido al carácter ficticio de su afirmación.

Caden era un dotado de la asignatura. Todo parecía fácil en sus manos.

Cuando Thea comprobaba que la longitud de la redacción era la estimada por el profesor Binns, el amor de su vida
se acercó a ellos. Sin remedio, la sangre se le acumuló en las mejillas. Caden le lanzó una mirada revoltosa antes de girarse hacia su amigo.

―¿Qué tal, chicos? ―saludó Keith Townsend, situándose entre el hueco que dejaban las sillas en las que estaban
sentados.

Thea tragó saliva con fuerza. Lo miraba embobada, como de costumbre. Al mismo tiempo, Caden le lanzaba sendas miradas a la chica, intentando no romper a reír. En un descuido, se le había escapado delante de él que llevaba desde los trece años suspirando a escondidas por Keith y no había cesado de incordiarla desde entonces.

Reprimió un suspiro de ensoñación para no parecer tonta frente a Keith, algo que por desgracia, sucedía con frecuencia. Cuando en las comidas,  se sentaba cerca de él y su grupo de amigos con la esperanza de entablar una conversación, terminaba con la corbata manchada o se le caía el zumo de calabaza de la boca. O en clase, cuando obligaba a Sam a sentarse en otro sitio para ser su compañera, terminaba por explotar cosas. Pero lo peor, era cuando iba al campo de quidditch con la excusa de que le gustaba hacer allí los deberes solo para verlo entrenar y terminaba perseguida por una blugger enloquecida.

No es la mejor forma de llamar la atención del chico que te gusta.

―Hola. ―La voz le salió más aguda de lo normal. Como siempre que Keith andaba cerca. Se pasó la mano por la coleta, tratando de remetir sus mechones de pelo sueltos.

―Justo le comentaba a Thea lo destacado que estás en los entrenamientos ―comentó Caden, así de pasada. «Te odio».

Cierto era que Thea hacía todas aquellas cosas buscando un poco de atención.  Sin embargo, cuando la conseguía, era como si perdiera la capacidad de generar palabras y hacía todas las tonterías mencionadas con anterioridad.

―¿En serio? ―Keith se mostró halagado.  Y a ella se le derretían varias neuronas más cada vez que la miraba sonriendo―. ¿Tú también lo crees?

―Ehhh… ―suplicó ayuda a Caden con la mirada. Pero este se limitó a reclinarse en su asiento, cruzar las manos por detrás de la cabeza y sonreír hasta que las comisuras de los labios le alcanzaron las mejillas―. Claro, juegas muy bien, siempre te observo cuando entrenas. Es decir, no solo a ti, porque hay más jugadores. ¿Qué clase de equipo sería si solo hubiera un jugador? ―«Por Merlín, Thea, cierra el pico». ―Aunque, claro, no podría llamarse equipo. ―«¡Ahora mismo!»―. Ejem, sí, juegas muy bien.

Quiso esconderse debajo de la mesa hasta que fuese capaz de hablar sin ponerse en evidencia. Keith quedó un poco patidifuso ante el soliloquio que acababa de soltar. A pesar de ello, sonrió, sin dar muestras de burla. Todo lo contrario a Caden, ya rojo por aguantarse las carcajadas.  

―Espero verte en el partido, entonces ―dijo Keith. A continuación, se dirigió a su amigo―. Nos vemos en la cena.
Caden asintió y le dijo adiós con la mano, incapaz de hablar aun. Thea siguió con la mirada la marcha de Keith. En cuanto cruzó la puerta, se abalanzó sobre Caden.  

―¡Te voy a matar! ―chilló agarrándolo por el cuello de la camisa.

―¡Silencio! ―exclamó Astoria, que con su varita hacía flotar unos libros hasta los estantes más altos de la estantería que servía como pared para la sección prohibida.

Se vio obligada a soltar a Caden y regresar a su sitio. Todavía roja como el fuego y con el corazón tamborileando con toda su fuerza.  

―Venga, de no ser por mí no hubieras hablado con él.

Thea resopló.  

―Ni habría quedado como una completa estúpida..., otra vez.

Caden se inclinó sobre la mesa,  cerrando los libros.

―Me lo agradecerás. ―Se limitó a decir, todavía mofándose con su sonrisa.  

¿Por qué la había dado a todo el mundo por decirle eso? Enrolló su pergamino y guardó los utensilios en el estuche.

―No sé cómo Ada te aguanta ―masculló.

Aguardó a recibir una de sus respuestas inteligentes. Sin embargo, no llegó. Al alzar la mirada,  se encontró con que Caden observaba a Ada con el ceño fruncido y una expresión ensombrecida.  

«Para todos ustedes, Thea Buckley, una metepatas de primera».

―Lo siento ―dijo, tratando de arreglarlo.

Caden la miró de reojo. Por un momento,  parecía haber olvidado que Thea se encontraba allí.

―Por lo visto, no me soporta tanto como parece ―musitó, pasándose una mano por el pelo. Sus emociones
parecían tan desastrosas como su cabello.

―¿Qué ha ocurrido? ―Se interesó, deseando no resultar una entrometida.

Antes de responder, todavía le lanzó una mirada más a Ada, totalmente ajena a la situación, concentrada en sus deberes.

Caden le relató los acontecimientos que habían tenido lugar una semana atrás, durante la broma que realizaron Louis y Roxanne Weasley en el Gran Comedor. Cómo Ada, influenciada por un caramelo, le había confesado a Caden que le gustaba James Potter desde que lo vio por primera vez.

Thea se guardó de decir que la comprendía, ya que también había tenido su época de salivar por James, pero no habría resultado de ayuda.

―Cada vez que me lo cruzo por los pasillos o tengo que estar en clase con él, me dan ganas de mandarlo a la enfermería lleno de maleficios. ―Caden rechinaba los dientes y tenía los nudillos blancos de apretar tanto los puños.
La mirada se le enturbió, adquiriendo un tormentoso tono azul.

Thea, experta en brindar apoyo a sus amigas en sus crisis amorosas,  apoyó una mano conciliadora en el brazo de su amigo.

―¿Y ella qué te ha dicho?  

Caden resopló, realizando gestos negativos con la cabeza. Justo en ese momento, varios libros pasaron volando por encima de ellos,  hacia la estantería situada a sus espaldas.

―Que no lo decía en serio.

―Deberías crearla ―lo alentó, mirando a Ada―. No creo que mienta.

―De no haberse comido ese caramelo no me habría enterado.

―Porque no le dará importancia ―rebatió Thea, segura de sus argumentos―. Si estuviera enamorada de James, no
saldría contigo.

Caden apoyó la cabeza en las manos. Se le veía cansado, como si su cerebro trabajara en el asunto sin descanso. Thea suspiró.

―Vale, plantéatelo de esta manera ―adquirió un tono de oradora profesional, como el de su padre cuando hablaba
con los fénix―. ¿Vas a dejar que tu relación de un año termine por James Potter, que nos atraviesa a todas con la mirada porque solo tiene ojos para su novia?

Sus palabras parecieron despertar en Caden lo que esperaba.

―Supongo que no pierdo nada en intentar arreglar las cosas ―meditó, dando vueltas a la pluma entre sus dedos.  

―Quien lo intenta nunca pierde ―lo animó Thea, citando a sus padres. Caden, por fin,  dejó escapar una sonrisa.

―Gracias.

―No quiero quedarme sin profesor de Historia de la Magia.

―Te veo en la cena.  

Recogió sus cosas apresuradamente y puso rumbo hasta donde estaba su novia. Thea sonrió con fuerza. Ojalá pudiera solventar sus problemas amorosos con la misma rapidez con la que solventaba los del resto.


En el Gran Comedor se reunió en la mesa con Troian y Sam Lamassoure, dos de sus mejores amigas. Ambas se cernían sobre un trozo de papel, ignorando sus platos llenos comida. Tomó asiento frente a ellas, entre Saoirse Gresham y Henrietta Alafair.

―¿Qué miráis vosotras dos? ―preguntó, mientras se servía la cena.

Sam levantó el papel y lo meneó en el aire.  

―Es una carta de Jou, ha llegado a última hora ―respondió Troian, pinchando un patata. Sus enormes ojos azules la observaba como si fuera un tesoro perdido.

Journey Garland era la última parte del grupo. Que aquel año no había podido volver a Hogwarts el 1 de septiembre como el resto de sus compañeros.

Thea la echaba terriblemente de menos, porque en sus habituales peleas con Troian siempre se ponía de su lado. Sin ella, estaba sola frente a las lobas, ya que Sam tendía a apoyar a Troian.

―¿Va todo bien?

Sam se encogió de hombros, recolocándose su pelo liso sobre los hombros.

―Dice que las cosas se han calmado un poco, Jimmy está estable. ―Fue todo un alivio escuchar ésas palabras―. Parece que su padre podrá trasladar el despacho a casa y trabajar desde allí. Pero su madre no muestra intenciones de volver.

La situación de Journey siempre había sido bastante complicada. Le encantaría poder estar a su lado, apoyándola, tanto como Troian y Sam seguro lo deseaban. Pero cuando le hicieron la propuesta, Jou la refutó enseguida. Tenía la mala costumbre de cargarse el peso del mundo sobre las espaldas.  Thea estaba segura que aparecería en el castillo con una gran sonrisa, como si hubiese estado de vacaciones, en lugar de cuidando de su hermano enfermo.

Una sombra rodeó a las tres chicas con sus garras. Troian carraspeó y dibujó una sonrisa alentadora.

―Pero lo mejor de la carta es que Jou cree que podrá estar aquí el domingo por la mañana.

Thea tuvo ganas de gritar de la emoción. La mirada de sus amigas le advirtieron que debía contenerse. Su grito llamaría la atención, lo que incitaría las preguntas de sus acompañantes.

―Cambiando de tema ―intervino Sam―. ¿Dónde te habías metido?  

La pregunta le pilló con la boca llena de asado. Tuvo que tragar rápidamente para responder.  

―En la biblioteca, Caden me estaba ayudando con los deberes de Historia.

―Podrías haberlos hecho con nosotras ―propuso tardíamente Troian.

Thea entrecerró los ojos en su dirección, tenedor en mano.

―Nunca me has ayudado con los deberes y Sam es proclive a la individualidad creativa ―rebatió.

Sus mejores amigas se miraron entre sí y rompieron a reír.  

―Tal vez si no os hubierais marchado todo el verano a México sin mí... ―soltó Troian.

―Ya estamos. ―Sam puso los ojos en blanco, ante la insistencia de su prima con el tema.  

―No fue nuestra culpa que no te dejaran venir ―repitió Thea, ya como un mantra.

Thea pasaba todos los veranos en México, en casa de su abuela materna: Rosa, otra bióloga experimental, retirada años atrás. Ese verano Thea había invitado a sus amigas a irse con ella. Pero Sam había sido la única que la había acompañado.  Journey debido a su situación familiar y Troian porque no había logrado conseguir el permiso de sus padres. Así que, como Thea y Sam no podían evitar rememorar todas sus vivencias en México de cuando en cuando, Troian jugaba la baza de la culpabilidad. Incluso cuando no venía a cuento. La quería muchísimo, pero tenía un don innato para sacarla de quicio.

El resto de la cena sucedió tranquila. Durante el postre, acordaron dedicar el día siguiente a pedir a los profesores de las asignaturas que cursaría Journey todas las tareas que habían llevado a cabo en el mes de septiembre para facilitarle el enganche al curso y poder pasar el domingo juntas sin hacer nada.

Porque si había algo que Thea adoraba más que los animales,  las plantas y las pociones: era pasar tiempo con sus mejores amigas.

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Ada Loughty había vivido una de las peores semanas de su existencia desde hacía mucho tiempo. No participaba en las clases, su mano, que siempre se alzaba la primera con deseos de mostrar sus conocimientos, se mantenía quieta en la mesa. Había tomado la biblioteca como un refugio y, allí, pasaba las tardes recluida. Inmersa en sus deberes, intentando no pensar en su gran metedura de pata.

Pero ésta siempre encontraba una puerta de acceso. Maldito caramelo y maldito era Louis Weasley.

¿Cómo pudo haber sido tan tonta? Ada que siempre presumía de su inteligencia había caído en una trampa que ella misma se había tendido.

―Esto empieza a preocuparme ―sentenció Nate. Al ver que Ada tiraba la pluma sobre el pergamino y cerraba su libro de Aritmancia con rabia.

Taylinne, sentada a su izquierda, alzó la vista. Tenía los ojos vidriosos por pasar tantas horas haciendo deberes y los rizos despeinados. Lanzó una mirada a Nate, quien se encogió de hombros y la señaló con el dedo. Haciéndole ver que los problemas amorosos eran responsabilidad suya. Mientras tanto, Ada refrenaba sus ganas de tirarse del pelo.

―¿Estás pensando en Caden? ―preguntó Tay,  con voz dulce, apoyando una mano en el antebrazo de Ada.

Respondió con algo entre el gruñido y el grito estrangulado. Cada vez que alguien lo mencionaba se le hacía un nudo en las cuerdas vocales. En todo el cuerpo. Como si la hubiesen dejado sin huesos y un troll estúpido entretuviese retorciéndola como ropa mojada.

―No va a perdonarme ―masculló.

¿Cómo iba a hacerlo? Si le había dicho que le gustaba James Potter desde los doce años. ¿Qué novio quería oír aquello? Por muy compresivo y encantador que fuese. Si Caden le hubiese dicho algo remotamente parecido, tampoco le perdonaría.

―Claro que lo hará, no te pongas tan catártica ―la espoleó Tay.

―Yo no te perdonaría ―dijo Nate. Cuando las dos se giraron para mirarlo; una con ojos desdichados y la otra con sentencias de asesinato, Nate pareció sorprendido.  Como si no hubiese pretendido decirlo en alto.

―¿Lo ves? Hasta Nate, que nunca ha tenido novia, sabe que no perdonaría algo así ―gimoteó Ada, con ganas de darle un puñetazo al estante sobre que el que se sostenía la mesa en la que estaban sentados.

Nate la miró de malas maneras, con las mejillas llameantes. Odiaba que Ada dijera ese tipo de cosas en presencia de otras personas, pero ella, tan concentrada como estaba en su desgracia, no había pensado en ello. Trató de disculparse con la mirada.

―Dijo que hablaríais cuando estuvierais más tranquilos, nada más. ―Taylinne prosiguió en su cruzada para animarla.

Era verdad lo que decía.  Pero ya habían pasado siete días desde que se lo había dicho. ¿Cómo podía tardar tanto en tranquilizarse? ¿Y si se lo pensaba mejor y decidía que no merecía la pena seguir con ella?

Ada siempre iba un paso por delante en lo que a la magia se refería, no se le escapaba nada. En cambio, en el amor, era un completo y absoluto desastre. Con un poco de fracaso asomando en el horizonte.

«Eres tonta, tonta de remate. Maldito era James Potter y maldita ella por su enamoramiento infantil».

Porque era verdad que le había gustado James, desde el primer día. Y era verdad que, todavía, si la hablaba, se le aceleraba el corazón.  Pero después de tantos años, era más el recuerdo, la expectativa de un deseo olvidado lo que le provocaba aquellas reacciones.

Ada estaba enamorada de Caden Scato. De su pelo alborotado.  De las arrugas de sus mejillas cuando sonreía y de sus tretas para sonrojarla porque le divertía hacerlo.

Y ni todos los James Potter del universo conseguirían nunca acelerar su corazón como lo hacía Caden.

«Tonta y nada más que tonta».

Nate le dio un golpe en el hombro. Cuando se giró para ver qué quería, vio la figura de Caden al otro lado de la sala, en las mesas del centro, acompañado por Thea Buckley. El corazón comenzó a palpitarle en todo el cuerpo. Todo su organismo la incitaba a ir junto a él.

Había resultado una tortura estar con Caden en clase esa semana sin siquiera hablarle.

Nate la miraba con el ceño fruncido, como si temiera que explotase por combustión instantánea. Ada negó con la cabeza y regresó a sus deberes, tal y como había hecho Taylinne.

Pasó la siguiente hora explicando a Nate los deberes de Aritmancia, concentrada únicamente en esa tarea. Hasta que escuchó un carraspeo a su espalda. Al darse la vuelta, se encontró a Caden. Se pasaba la mano por el pelo, de adelante hacia atrás, un tic que le salía cuando estaba muy nervioso. Tenía ojeras bajo los ojos y mantenía los labios en una línea recta.

Lo primero que pensó Ada fue: «Se acabó, va a dejarme. Y delante de mis mejores amigos,  para que quede constancia».

―¿Podemos hablar? ―preguntó, lanzando miradas de soslayo a Taylinne y Nate. Los aludidos, recogieron
precipitadamente sus cosas y se marcharon.

Ada se aferró al respaldo de la silla con fuerza. Notaba la madera como si estuviese a punto de traspasar su piel. Caden se sentó en la silla que antes había ocupado Nate, orientado hacia Ada, con las rodillas a escasos centímetros de las suyas.

Tragó saliva. Caden se pasó una mano por la nuca y abrió y cerró la boca varias veces. Como Ada no sabía qué decir, soltó lo primero que le vino a la mente:

―Hola.

Un amago de sonrisa, imperceptible para cualquier persona que no conociera sus facciones a la perfección, destensó sus labios.

―Hola ―respondió. Ada trató de descifrar alguna emoción en su voz. Pero no encontró nada, lo que fue peor.

―¿De qué querías hablar? ―La pierna comenzó a movérsele descontrolada.

Antes de responder, Caden apoyó un codo en el respaldo de la silla y otro encima de la mesa. La camisa se le tensaba sobre la espalda. Ada estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa con tanto misterio.

―Quería preguntarte si quedamos mañana después de desayunar en el lago.

El corazón le bombeó más deprisa.

―Claro, mañana me viene genial. ―Había sonado demasiado ansiosa, pero le dio igual.

Caden asintió y se levantó de la silla. Cuando Ada pensó que se iría tal y como había llegado: la agarró por las mejillas y se inclinó para darle un beso en la mejilla. Después se marchó. Pero como si se hubiese fundido con el suelo, que a Ada le daría lo mismo. Sentir el roce de sus manos ásperas, el cosquilleo de su barba incipiente persistente en su mejilla y el fantasma de su beso, la dejaron en trance.

No sabía qué le esperaría al día siguiente. Pero no podía ser tan malo.



Los fines de semana,  Ada apelaba a su derecho de llevar pantalones. Estaba bien no tener las piernas entumecidas por el frío ni vigilar constantemente que no se le levantara la falda cuando no llevaba la túnica puesta. Pero esa mañana, se esmeró buscando en su baúl algo que no fuese un pantalón de chándal lleno de los pelos de Ágata, su gata. Que la observaba desde la cama.

Logró rescatar unos vaqueros claros y un jersey azul marino. Con el calzado no pudo hacer mucho,  así que se limitó a calzarse las zapatillas blancas. Cuando terminó, ninguna de sus compañeras estaba ya en la habitación, ni siquiera Tay, que había intentado acompañarla, pero al final se marchó vencida por el hambre.

―¿Qué opinas, Ágata?  

La gata ni siquiera la miró, estaba demasiado concentrada lamiéndose la pata con parsimonia.

―Ya, gracias por la ayuda.

Se pasó las manos por la pernera del pantalón para deshacerse del sudor. Ni en la primera cita se había puesto tan nerviosa. Salió de la habitación y puso rumbo al Gran Comedor. Aunque una vez allí, fue incapaz de probar bocado, sentía el estómago revuelto.

―Parece que has visto un fantasma. ―Era Vlad, uno de sus amigos,  que se hallaba sentado frente a ella.

―He visto unos diez de camino aquí ―sonrió, en un acto reflejo. Su sonrisa era su escudo contra los problemas. Cuando era más pequeña y las burlas le afectaban, Ada sonreía.

―Oye, ¿qué te pasa? ―preguntó Vlad, jugando con el beicon de su plato.

―Nada.

No quería hablar del tema porque los nervios acabarían por tragársela. Vlad pareció notarlo.

―Sea lo que sea, seguro que no es tan malo ―aseguró, infundiéndole ánimos.

Ada asintió, agradecida. Rato después, incapaz de estar allí sentada,  se puso el abrigo y salió del castillo, rumbo al lago. Se sentó apoyada en el árbol que estaba cerca de la orilla. Esperó lo que le pareció una eternidad. Hasta que por fin Caden apareció. Pensó en levantarse, pero estaba entumecida de frío y los nervios se duplicaron al verle.

Caden se sentó a su lado, aunque no tan cerca como de costumbre.

―Estás temblando. ―Fue lo primero que dijo.

―Tengo frío. ―Con todo, había olvidado el gorro y la bufanda en la habitación. Caden acercó las manos a ella, como si fuese a abrazarla. Algo que seguramente hubiese hecho de no ser por la situación. En su lugar, se sacó el
gorro y la bufanda de lana que llevaba y se los tendió.

―Gracias ―respondió en un murmullo, pues el abrazo hubiese sido mucho mejor.  Aun así, su olor intrínseco en las prendas la tranquilizó.

¿Estaría Caden tan nervioso como ella? ¿La habría echado de menos?

Jugaba con sus manos, las mantenía de tal manera que formaba una especie de tipi. Como no empezase a hablar iba a estrecharlo contra el árbol.

―Necesito saberlo. ―Como habló bajo y con la cabeza gacha, Ada creyó imaginarse sus palabras. Hasta que por fin la miró y dijo, con claridad―: Necesito saber si sientes algo por James. Porque si es así, yo…, yo no puedo, Ada.

Su gesto abatido le rompió el corazón. Pero poco fue el tiempo que pudo observarlo porque Caden agachó de nuevo la cabeza.  Respiró hondo, como si tratara de llevarse todo el aire del lugar a sus pulmones. A continuación, posó dos dedos en la barbilla de Caden y le obligó a mirarla.

―No siento nada por James ―aseguró. Con voz firme, sin pestañear.

Escuchó a Caden tragar saliva y notó el resoplido que expulsó en los dedos que mantenía en su barbilla.

―¿Y por qué dijiste todo eso? ―apartó los dedos de Ada de su cara. Sin embargo, encerró su mano entre las suyas.

Ada cerró los ojos unos segundos.

―Porque es verdad que me gustaba. ―Sintió cómo Caden aflojaba el contacto de sus manos―. Pero ahora no, estaba bajo los efectos de ese maldito sortilegio, ya me viste. Y me conoces, se me da fatal mentir.

―¿Y eso que tiene que ver? ―Su irritación fluía con el viento que los mecía.

―Que no podría fingir que siento algo ni aunque quisiera ―aclaró, apretando la mano contra la guarida que conformaban las suyas.

―Pero… ―trató de debatir.

―Solo dime que confías en mí ―pidió, perdiendo el aplomo que había logrado sacar.

Porque esa confianza que le pedía abarcaba más cosas.  Significaba que sabía que lo que sentía por él era real. Y eso, era lo más importante para Ada. Que supiese que lo quería.

Caden no dudó ni un segundo.

―Confío en ti.

Ada sintió que un peso enorme se le deslizaba por los hombros.

―¿Entonces…?  ―Dejó la pregunta en aire.

Y en lo que tardó en parpadear, los labios de Caden aparecieron sobre los suyos. Fue como si hubiese recuperado una parte de su cuerpo. Desapareció el frío, el césped húmedo y el resto del mundo. Importaban sus labios, sus manos en las mejillas, la textura suave de su pelo. Solo eso.

―Entonces, no aguantaba un segundo más sin besarte ―respondió Caden, jadeando, cuando se separó unos centímetros de Ada. Ella solo podía ver su sonrisa.

―Te quiero.

Caden le dio otro beso y acercó los labios a su oído para susurrarle las mismas palabras que Ada acababa de pronunciar.  Para que fuesen solo suyas.

―No vuelvas a creer que prefiero a un James Potter antes que a ti ―lo amenazó agarrada al cuello de su chaqueta.

Caden alzó una ceja.

―Eso espero, porque ningún contra hechizo podría arreglarle la cara con lo que le haría.
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Vie 17 Feb 2017, 1:53 pm

Capítulo 13 Parte 2
Journey Garland ϟ Orion Dankworth ϟ Pressya Havenwatcher ϟ James Potter ϟ Katrina Berrycloth ➡ hypatia.



Journey Garland se apareció en la madrugada del último domingo de septiembre al principio del camino que unía Hogsmeade con Hogwarts. Aún era noche cerrada. Una lluvia fina caía con parsimonia y el frío se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.

Sacó su varita del abrigo y susurró las palabras para dirigir su baúl con ella. El hielo crujió bajo sus pies al emprender el camino. Hubiese sido mejor esperar unas cuantas horas más para aparecerse. Pero sabía que o se iba en el momento en el que hizo su baúl o no se iría nunca. Los impulsos la ayudaban a volver al colegio todos los años. Así como la necesidad de escapar de las paredes de problemas que habitaban su casa de Kensington.

En Hogwarts conseguía olvidaros, se hacía creer que era una joven bruja cuya única preocupación nacía de la incertidumbre por el futuro. Funcionaba con la mayoría de sus problemas. Sin embargo, Jimmy era inevitable. Su enfermedad hacía tiempo que se había fundido con la corteza de su cerebro y siempre estaba presente en su pensamiento. A veces en un segundo plano, como un molesto ruido de fondo. Pero siempre estaba.

Tardó una hora en alcanzar los terrenos del castillo. La escarcha y la perpetua oscuridad le dificultaron el camino hacia Hogwarts. Cuando por fin alcanzó las grandes puertas de la entrada principal,  estaba sudorosa y sofocada, así como empapada.

Empujó una de las puertas con todas sus fuerzas y se precipitó hacia dentro. Un silencio sepulcral y la inmensidad del vestíbulo vacío le dio la bienvenida. La lámpara de araña estaba apagada y un par de fantasmas levitaban dormidos a los pies de las escaleras. Sin el alboroto de los alumnos, Hogwarts parecía la guarida de una bestia milenaria con malas pulgas.  

Así y todo, Jou se sintió mejor en cuanto puso los pies sobre el suelo de mármol.

Comenzó a subir las escaleras en dirección al despacho de la profesora McGonagall. Al llegar, antes de poder pronunciar la contraseña, la gárgola de piedra se movió para dejarla pasar. Apoyó la maleta contra la pared y se montó en la escalera de caracol que la conduciría hasta la doble puerta de roble.

Jou odiaba el despacho de la directora, porque todas las veces que lo visitaba se debía a que el estado de salud de Jimmy empeoraba.

Llamó a la puerta y la voz de McGonagall le indicó que pasara. Al entrar, se encontró con la decoración que tan bien
conocía: las tablas llenas de artefactos extraños que pertenecieron  al director anterior, los estantes, donde descansaba el Sombrerero Seleccionador, el armario con el pensadero y al fondo de la sala, el escritorio superpuesto a la pared con los retratos de todos los directores de Hogwarts.

La directora se hallaba sentada con la espalda rígida tras el escritorio.  Vestía su habitual túnica verde esmeralda, las gafas bien colocadas y el pelo recogido en su prieto moño bajo el sombrero negro de punta.

―Buenos días, profesora McGonagall ―dijo, caminando hacia ella.

―Buenos días. ―Su tono de voz siempre era severo, pero sus ojos brillaban con amabilidad―. Tome asiento, por favor.

―Gracias. ―Y se dejó caer en la silla de madera frente a ella.

Jou apoyó las manos en las rodillas, nerviosa. Aun así se obligó a mantenerle la mirada. Mientras observaba a la anciana directora, se percató que debía de rondar los cien años de edad, como mínimo.

Cien años. Cuando era muy probable que Jimmy no cumpliera los veintiuno.

«No vayas por ahí».

―Confío en que las cosas en su casa hayan mejorado ―habló por fin McGonagall.

―Sí, gracias por permitirme empezar el curso más tarde.

En todas las cartas que le había escrito para informarle sobre su regreso al colegio, se había deshecho en agradecimientos. De no haber sido por la amabilidad de la directora, Journey no habría podido cursar su último año en Hogwarts.

Pocos días antes del comienzo oficial de las clases, Jimmy había sufrido una recaída. Su madre se había perdido otra vez en alguna playa paradisíaca con la excusa de desconectar y su padre estaba ahogado con montañas de trabajo, imposibles de aparcar. Con el patrimonio de los Garland, podrían haber contratado la plantilla de enfermeras de todo un hospital. Pero Will, su padre, no soportaba la idea de dejar a Jimmy con un desconocido durante todo el día.

Como Journey tampoco soportaba la idea de abandonar a su hermano mayor en uno de sus momentos más vulnerables, se ofreció a quedarse en casa hasta que mejorase. Afortunadamente, lo hizo. De otra manera, Journey no estaría allí en ese momento.  

Lo que estaba matando a Jimmy, más que la enfermedad, era todo aquello de lo que le estaba privando. Jou estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por subirle el ánimo. Incluso retrasar su regreso a Hogwarts.

―¿Su madre? ―preguntó McGonagall, recolocándose las gafas.  

Negó con la cabeza, en lugar de escupir la sarta de insultos que aprisionó contra la lengua. Desde que le habían diagnosticado la enfermedad a Jimmy,  no había pasado más de dos días en casa, alegando a que la situación la sobrepasaba. Tanto daba, en realidad, pues cuando estaba en casa no se dignaba a pasar más de quince minutos con Jimmy.

Había tratado de hablar con ella la tarde anterior, pero no le había contestado al teléfono. Journey no sabía por qué seguía intentándolo. Ni siquiera antes de la enfermedad hacía amagos por ser una buena madre. Nunca le había escrito una sola carta durante el periodo escolar y cuando regresaba a casa por las vacaciones se limitaba a mirarla como si fuese una desconocida que interfería en sus planes.

Journey no entendía cómo su padre continuaba soportándola.

―Señorita Garland, a pesar de los motivos que la han llevado a esta situación, debe poner todo de su parte para no atrasarse en las clases.

Jou vio como el retrato de Albus Dumbledore le guiñaba un ojo con complicidad. Era el único de los retratos que no se encontraba vacío.

―No se preocupe, me pondré al día con el temario ―aseguró Journey.  

Aunque, la realidad era que poco le importaba aprobar el curso. Había escogido el menor número de asignaturas posibles y ninguna de ellas en aras de encontrar su vocación. Sus sueños de ser alguien en el mundo mágico se habían frustrado cuando no obtuvo las notas necesarias en los TIMOS para ser médica en San Mungo.

Sólo había vuelto a Hogwarts porque no se sentía preparada para regresar al mundo muggle de manera definitiva. Necesitaba un año más en el refugio que le ofrecía el castillo.

―Muy bien, confío en su palabra. Todavía tiene tiempo de descansar un poco antes del desayuno ―comunicó McGonagall, dando por finalizada la reunión.

Journey se levantó.  

―Gracias otra vez, profesora McGonagall.

Abandonó la sala precipitadamente. De nuevo en el pasillo, se percató de que su maleta había desaparecido.  Debía de estar ya en su habitación. Bajó los dos pisos que la separaban de su Sala Común casi a la carrera. En el último tramo de las escaleras que le faltaba para llegar a los sótanos, por poco se chocó con Orion Dankworth. Que ascendía por ellas con su habitual cara de poco amigos.

Journey se quedó petrificada. Él le lanzó un gesto con la barbilla a modo de saludo y prosiguió su camino como si nada. Jou se dio cuenta que había dejado de respirar. Se desplomó contra la fría pared de piedra. El pulso le latía a lo largo de todo el cuerpo.

Todavía hoy se preguntaba por qué había salido con él. Cierto era que Orion, a pesar de todas las cosas malas y las atrocidades que realizaba como pasatiempo invitaban a cualquiera a ni siquiera mirarlo. Sin embargo, también tenía sus cosas buenas: era divertido, apasionado y a su lado vivías cientos de aventuras. Te llevaba al límite, te hacía sentir viva.

Pero con el tiempo se vuelve difícil aceptar que quieres a alguien que disfruta con el sufrimiento ajeno. Que no cambia, por mucho empeño que pongas en ello. Y eso fue lo que le pasó a Journey: fue incapaz de conformarse con lo que era Orion y fracasó en su intento de convertirlo en una mejor persona.

Aquel fracaso fue a parar al saco de las desilusiones, uniéndose a las muchas que conservaba.  

Sacudió la cabeza para deshacerse de sus pensamientos. Lo de Orion era agua pasada desde hacía tiempo. De poco servía gastar tiempo rememorando su esperpéntico fracaso.

Retomó su camino y al fin, llegó a los sótanos.  Pasó por delante del bodegón que ocultaba las cocinas del castillo hasta alcanzar la pared de barriles que se ocultaba bajo las escaleras del vestíbulo. Se sentía emocionada y casi ansiosa. Sacó la varita y buscó el segundo barril de la fila del medio, empezando por abajo. Después, dio toques en él al ritmo de Helga Hufflepuff, hasta que apareció el agujero que la llevaba a la Sala Común.

Ya dentro, la embargó la sensación que tanto había añorado el último mes. La seguridad de encontrarse a salvo de todo lo malo que pudiera sucederle.

La Sala Común conservaba su aspecto. Decenas de banderines negros y amarillos colgaban de las paredes, los cojines en la parte izquierda, rodeados de plantas de intensos colores verdes.  La zona de mesas en el centro. En la parte derecha la procesión de chimeneas y sofás negros. Y, frente a ella, los agujeros que daban a los pasillos de las habitaciones, situados en los sótanos del castillo.

En lugar de introducirse en el agujero de las chicas, se lanzó al conjunto de mullidos cojines amarillos. No pasaron ni diez minutos antes de quedarse dormida…

―¡Ya está aquí! ―Un chillido demasiado alto la perturbó. Journey se revolvió sobre los cojines, tratando de ignorarlo.

―Oye, despierta para que podamos abrazarte ―dijo otra voz, que reconoció a través de la inconsciencia de su sueño.

―Oh, vamos.

Notó un terremoto en su cuerpo, como si estuviese dentro de una batidora. Asustada,  abrió los ojos.  Y se asustó más al ver tres rostros sonrientes a escasos centímetros de su cara. En un primer impulso,  todavía adormilada, se echó hacia atrás, cayendo de culo en el suelo poblado de alfombras.

Se incorporó y se sentó con las piernas cruzadas. Sí, seguía dormida, incapaz de razonar.

―Mandrágoras, Journey, que no somos tan feas.

Por fin, su cerebro hizo sinapsis y comprendió a quiénes pertenecían los tres rostros que tanto la habían asustado. Frente a ella, subidas a cuatro patas sobre los cojines, estaban sus tres mejores amigas. Despeinadas, en pijama y sonriendo de manera bobalicona.  

Thea, Sam y Troian.

―¡Chicas! ―chilló y saltó sobre ellas para abrazarlas.

Sus cuerpos aún guardaban el calor de las sábanas. Notó como varios brazos la rodeaban.

―Creo que me he roto algo importante ―farfulló Sam, que estaba en el centro de las cuatro.

Journey se separó riendo. Thea y Troian ayudaron a Sam a salir de entre los cojines.

―No puedo creerme que ya estés aquí, ¡te he echado mucho de menos! ―sollozó Thea. Tenía el pelo moreno tan despeinado que parecía que se lo había cardado, como esa cantante de rock que tanto le gustaba a su padre.

―Todas te echábamos de menos ―apuntó Troian, recogiéndose el pelo en un moño.

―Tengo un montón de cuadros que enseñarte ―intervino Sam.

―Y también hemos recopilado todos tus deberes y los profesores nos han dicho que vayas a hablar con ellos esta
tarde.

Journey rompió en carcajadas. Sin ningún motivo. Simplemente estaba feliz y orgullosa de tener unas amigas como ellas. Y porque por fin estaba manteniendo una conversación en la que no se mencionaban términos médicos.

―Se le ha ido la chaveta ―murmuró Troian, mirando a las otras dos.

Journey seguía riendo, soltando lágrimas a causa de ellos.

―Del todo ―secundó Sam.

Pero en el fondo, lo único que hacía Journey era desahogarse. En su particular manera de hacerlo. Cuando la risa cesó, le dolían la tripa y las costillas.

―No seáis bobas. ―Hizo un gesto con la mano, como si espantara un bicho―. Vestiros, me muero de hambre.

Sus mejores amigas no perdieron el tiempo y regresaron a sus dormitorios. Journey se levantó para desperezarse. Se pasó los dedos entre su pelo enredado y se estiró la sudadera, que era de Jimmy.

Mientras esperaba a que las chicas regresaran, sus compañeros comenzaron a aparecer. Los de los primeros cursos a penas la miraban. Pero los de sexto y séptimo se paraban a hablar con ella, dándole la bienvenida.

Entonces, una persona que habría deseado no encontrarse, apareció en la sala antes de que le diese tiempo a esconderse.

―¿Journey?

Sintió que el corazón comenzaba a martillearle en el pecho. Pero se obligó a sonreír y fingir que no pasaba nada.

―Hola, Brendan ―saludó.

Brendan Decont la miraba como si hubiese regresado de la muerte: entre la sorpresa y la emoción. Estaba tal a como lo recordaba. Alto, musculoso y… tan guapo que costaba mirarlo. Con sus ojos marrones y su pelo rubio
ceniza cayéndole sobre la frente.  

―¿Cuándo has vuelto?  ¿Por qué has vuelto? Pensé que no cursarías séptimo.

Su ilusión por verla le dolió, porque ella no podía ilusionarse de la misma manera.

Después de las vacaciones de primavera del curso anterior, había empezado a tener «algo» con Brendan. Un algo que tenía todo a favor para pasar a mayores. Hasta que Troian le confesó que comenzaba a enamorarse de él. Momento en el que Journey decidió que no tendría nada más con Brendan que un trato cordial. Pues jamás haría peligrar su amistad con Troian por un chico. Sin importar cuánto le doliese.

―Llegué hace unas horas ―carraspeó, luchando con su corazón para que dejase de dar saltitos estúpidos.

Brendan frunció el ceño, como si acabase de comprender algo muy malo.  

―Jimmy está…

La sola suposición de Brendan le cortó la respiración.

―Ahora está bien, por eso he vuelto ―aclaró precipitadamente.  

Brendan suspiró aliviado. Ésa era una de las cosas que más le habían atraído de él. Que se preocupaba de verdad por ella. No se limitaba a fingir que lo hacía.

―Me alegra que estés otra vez aquí ―dijo. Antes de que pudiera apartarse le hizo una leve caricia en la mejilla.

Journey se quedó de piedra. Con los puños apretados contra las caderas, para no hacer algo de lo que luego se arrepintiese.

―Yo también ―respondió, intentando que no se notase el temblor de su voz.

Brendan le dedicó una última sonrisa antes de marcharse a desayunar. Poco después regresaron sus amigas, ya vestidas y con su latente buen humor. Aunque el de Journey había descendido unos escalones.

―¿Todo bien? ―preguntó Sam, siempre suspicaz a todos sus cambios de humor.

Pasó un brazo alrededor de su cuello.

―Mejor que nunca.  

Porque así era Jou, coleccionista en desilusiones. Experta consagrada en el juego del despiste. Ella siempre estaba bien... aunque eran pocas las veces en las que lo decía en serio.
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«Tú la mataste».

El primer pensamiento del día y, el último de cada noche.

Siempre latente bajo su piel. Acompañando sus pensamientos. Verdugo de su optimismo. Determinando sus acciones. Protagonista de sus pesadillas.

El centro de su mundo.  

Orion despertó de golpe: sudoroso y acelerado. Con los ojos fríos y espeluznantes de su padre marcados en sus retinas. Y todas las emociones que profesaban convertidas en los grilletes que lo apresaban desde la infancia.

Odio. Decepción. Rencor.

Respirando rápido y con dificultad, se arrancó el sudor con el dorso de la mano. Pero no funcionó con los ojos de su padre. Ellos persistían. Igual que las palabras. Que portaban la verdad: su madre había muerto por su culpa.

Descorrió las cortinas de la cama, precipitándose hacia su baúl para coger algo de ropa y salir del dormitorio cuanto antes.  Sus compañeros de habitación seguían roncando plácidamente tras sus cortinas. Los envidiaba a todos por sus noches carentes de pesadillas. Orion agarró una sudadera y un pantalón de chándal. Se calzó las zapatillas y salió de allí a toda prisa. Perseguido aun por los ojos de su padre.

Corrió por la Sala Común y siguió corriendo por las mazmorras. Ni siquiera le molestó el frío gélido. Todo cuanto quería era correr. A pesar de que sabía que poco importaba adónde fuera: pues no podía huir.

Tomó un atajo que conducía a los sótanos y en las escaleras que ascendían al vestíbulo a punto estuvo de chocar contra Journey Garland, su exnovia. Se limitó a lanzarle un movimiento de barbilla y continuó ascendiendo. Queriendo olvidar que Jou era un recordatorio más de todo aquello a lo que no podía, ni quería: aspirar en la vida.
Orion era malo. Tanto que mató a su madre. Tanto como para aliviar el odio de su padre y hacer que sintiera un poco de orgullo por él. Y, cada vez que pensaba que podía dejar de serlo, su voz acudía a sus pensamientos:

Los sangre sucia deben entender el lugar que ocupan en la jerarquía.

Pisotea a las personas tanto como no te gustaría que te pisoteasen a ti.  

Haz que te teman.

Y espera…, pronto llegará.


Así que Orion lo hacía. Llevaba  a cabo sus indicaciones como el guion de una obra ensayada durante años. Sin salirse del papel. Porque tenía que pagar por lo que le había quitado. Ése era su castigo: ser quien él quería que fuese.

Además, no sabía ser otra cosa. Orion era el alumno del que huían los más pequeños, al que sus compañeros insultaban a causa de sus atrocidades. Era miradas de reproche, chasquidos de lenguas y murmullos. Pero sobre todo: era culpa y costumbre. Y no importaba, porque era exactamente quien debía ser.

Una vez fuera,  no le dio tan igual el frío. Corría un viento helado que le cortaba la piel y se le encajaba en los huesos. Pasó por el círculo de piedras, recortado por el naranja intenso y llameante del amanecer que comenzaba a despertar por detrás de las copas de los árboles.

Retomó su carrera a través del camino de tierra que desembocaba en la Lechucería, situada al oeste de los terrenos del castillo.

Los pulmones le abrasaban el pecho a causa del frío. No le importaba. Incluso resultaba gratificante. Requería concentración: inhala, exhala. Una acción que ocupaba todos los huecos de su cabeza. Impidiendo el paso a cosas mucho más complicadas que respirar.

Subió las escaleras de la Lechucería con cautela, ya que estaban mojadas a causa del hielo derretido. Arriba, Orion se encontró con unos pocos ojos inteligentes que lo observaban con cierto recelo. Por suerte, la mayoría de las lechuzas estaban dormidas, enganchadas a las barras transversales que cruzaban la estancia circular.  

Un ulular alegre llamó su atención. Al fondo de la sala, en una de las cajoneras de piedra cavadas en la pared; estaba Mora: su búho nival. Extendió el brazo para que se posara allí y Mora voló a hasta él, cuidadosa de no clavarle las uñas.

Orion le acarició el plumaje blanco con pigmentos negros. Salió de la Lechucería, cuidándose de no resbalar con los excrementos que inundaban el suelo.  Se sentó en el muro que rodeaba el rellano de las escaleras, con Mora a su lado.

Salió el sol y volvió a esconderse tras un manto de nubes grises que portaban la amenaza de una tormenta. Una bandada de lechuzas llegó por el norte y se introdujo en el castillo portando el correo del domingo.  Llegó un punto en el que el cuerpo se le entumeció por la ventisca que llevaba rato amenazando con tirarlo. Los estudiantes comenzaron a salir del castillo en pequeños grupos, dispuestos a disfrutar de la mañana. Mora echó a volar.

Orion siguió allí.  Sin importarle lo más mínimo haberse perdido el desayuno. Le gustaba estar solo. Podía quedarse quieto sin tener que interpretar el papel que era su vida todo el rato porque solo, los ojos de su padre no lo taladraban como una amenaza creciente.

Por desgracia, pocas eran las veces que podía disfrutar de algo que le gustaba sin contratiempos.

―Con que aquí estabas.

Orion miró a su derecha. Al pie de las escaleras estaba Greg, con esa sonrisa que lo ponía de los nervios la mayor parte del tiempo. Aguardó a que se reuniera con él. Sabía por experiencia que no lo dejaría tranquilo.

―Te has perdido el desayuno ―comunicó. Con agilidad se situó a su lado en el muro, con las piernas colgando en el vacío.

―Qué observador.

―Te hacía ocupado torturando a alguien.

―No tenía hambre.

Ignoró su reproche velado, como acostumbraba a hacer. No podía explicárselo a Greg, ni quería hacerlo, en realidad.

―Se me está congelando el trasero, vámonos de aquí.

Orion se había criado rodeado de elfos domésticos. El único contacto humano que conoció durante doce años fue el de los visitantes que recibía su padre. Seres apagados, tormentosos y que con solo mirarlos sabías que podían ser perfectamente protagonistas de tus pesadillas. Nunca se le habían dado bien las relaciones, no de la manera saludable. Pero ahí estaba Gregory, que siempre se había mostrado inmutable a sus intentos por espantarlo. Al principio había puesto todo de su parte para que lo dejase en paz, sin éxito alguno.  Greg aceptaba todo aquello que ni siquiera Orion aceptaba. Incluso sin las explicaciones que no podía darle.

Eran una pareja extraña y todos cuestionaban a Greg su amistad con alguien como él. Pero lo ignoraba, se encogía de hombros y decía: «es mi mejor amigo». Orion, por poco que entendiese y por muy dispares que fueran, estaba muy agradecido de tenerlo. Aunque no mereciese tener amigos.

―¿Adónde quieres ir? ―preguntó, jugueteando con el relicario de plata que siempre llevaba al cuello.

―Ya sabes que a mí eso de torturar niños no se me da muy bien―Orion puso los ojos en blanco, pero no dijo nada
porque era la verdad―, así que, ¿una partida de ajedrez mágico?

En respuesta, Orion se bajó del muro y esperó a que Greg lo siguiera.

Ya en el castillo, camino de las mazmorras, se cruzaron con Katrina Berrycloth y sus amigas.  Las tres le lanzaron
una mirada cargada de reproche. Orion sintió el fantasma del dolor en su nariz. Por el puñetazo que le había soltado hacía una semana.

Poco faltó para que la gruñese como un perro cuando pasó por su lado.

No había conocido a nadie tan pesado e inoportuno como esa chica.  Que parecía haberse propuesto fastidiar Orion como proyecto extracurricular. Aparecía de la nada cada vez que Orion hacía de las suyas y era inmune a cualquiera de sus amenazas. Lo desafiaba constantemente y sobrepasaba límites que nadie había osado cruzar para frenarlo.

Era un grano en el culo. Invertía horas ideando la manera de haberle pagar todos los castigos a los que se había visto expuesto en el último mes por su culpa. Y, así, deshacerse de ella de una vez por todas.

Lo que Orion Dankworth  no sabía, era que Katrina se convertiría en algo más que un grano en el culo para él.
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La Torre de Astronomía era el rincón preferido de Pressya Havenwatcher en el castillo. Acudía allí con frecuencia para practicar hechizos, hacer los deberes y poner distancia de sus preocupaciones.

Como aquel lunes gris y encapotado, que hacía danzar las hojas caídas de los árboles por el cielo y derrotaba a las últimas hojas que quedaban en el Sauce Boxeador.

—¿Went y tú habláis de lo que haréis después de Hogwarts?

Jenna, sentada a su lado al borde de la torre, con los pies colgando hacia el vertiginoso vacío, alzó una ceja en su dirección, turbada por la repentina pregunta de su prima.

—A veces —respondió aún desconcertada—. ¿A qué viene esa pregunta?

Pressya se encogió de hombros. Jugueteaba con el bajo de su falda con aire distraído. Procuraba no pensar en el motivo que la había arrastrado hasta la torre ese día.

—Apuesto a que no termináis tirándoos cosas a la cabeza…

Jenna frunció el entrecejo, ahora sí, totalmente confusa. Sabía que algo le pasaba a Press desde que, una hora atrás, estuvo a punto de tirarla por las escaleras del tercer piso al pasar por su lado como una exclamación. Motivo por el cual la había seguido hasta allí. Sin embargo, su prima se había mantenido en un perpetuo silencio todo el tiempo. Salvo por un puñado de gruñidos esporádicos.  

—Tengo clase en cinco minutos —la exhortó Jenna—. Me encantaría quedarme aquí y pillar un resfriado, pero, ¿qué tal si me cuentas lo que te ocurre?

Pressya apartó el pelo de su cara con brusquedad. Mantenía los ojos trabados con el cielo, en el que el gris y el violeta del inminente atardecer se enzarzaban en una lucha por predominar en el espacio. Así se sentía ella, como un revoltijo abstracto de pensamientos que no terminaban de definirse.

—He discutido con James —confesó, con crudeza en la voz. Sus palabras fueron acompañadas por un aguijonazo en el pecho, odiaba sentirse así.

Jenna se arrastró por el suelo hasta quedar a menos de medio metro de su prima, quien la observó de reojo.

—¿Por qué?

Las aletas de la nariz se le dilataron al recordar la reciente discusión.

Últimamente no parecían capaces de hacer otra cosa. Discutían por lo mínimo. Pero sobretodo, por la inminente marcha sin retorno del colegio. Cada vez que trataba de sacar el tema a colación, James se volvía hermético y respondía a todo con exasperantes evasivas. Lo que la ponía de los nervios. Pressya era consciente que su novio no estaba tan entusiasmado como ella por el término de su formación académica. Sin embargo, no podían ignorarlo
eternamente.

En menos de un año se marcharía a Rumanía a estudiar dragones con el tío de James. Charlie Weasley se había ofrecido a formar a Pressya como cuidadora durante dos años. Y aunque la embargaba la emoción, también se veía invadida por el miedo que le suscitaba dejar todo atrás.

No quería arrastrar a James a un futuro que a lo mejor no quería… pero tampoco se sentía con fuerzas de dejarlo atrás. Por eso quería hablar con él. Algo que resultaba imposible cuando lo único que hacía James era trastear con los Merodeadores y planear sus bromas del último curso como si la vida le fuese en ello. Sabía que él era así, alguien que no miraba más allá del día siguiente. El problema era que aquel no era un tema que se pudiera obviar eternamente.

Así que discutían. Todo el tiempo.

—He intentado hablar con él, por vigésima vez… —comenzó a explicarle a Jenna, quien aguardaba paciente—, resumiendo: me ha dicho que si tantas ganas tengo de ir a Rumanía que agarre la escoba y me vaya, pero que lo deje tranquilo.

Jenna hizo una mueca de dolor, empática.

—Se ha pasado.

Pressya se encogió de hombros.

—En la última semana, he llegado a decirle cosas peores. —Eran incapaces de comedirse, temperamentales, se dejaban arrastrar por el enfado—. Eso no es lo que me molesta.

Jenna la agarró por el codo, azuzándola para mirarla.

—Quizá deberías dejar de intentar hablar con él y esperar a que se abra por pie propio.

—Tal vez…


Más tarde, tras acompañar a Jenna a la clase de Runas Antiguas a la que llegó tarde por su culpa, Pressya deambuló por los pasillos hasta el Gran Comedor. Aún quedaba más de una hora para que diera comienzo la cena, pero no sabía a qué otro sitio ir y la Sala Común de Gryffindor quedaba descartada por si se cruzaba con James. Y Helena tenía entrenamiento de quidditch, así que tampoco podía quedarse con ella.

El Gran Comedor estaba vacío, salvo por un puñado de fantasmas que parloteaban cerca de la mesa de los profesores. El aire estaba caldeado y los miles de velas que flotaban en el aire conferían al lugar un aura de paz.

Divisó a su hermano en la punta opuesta de la mesa de Ravenclaw. Estaba agachado, acariciando a Loki, quien salivaba de pura emoción. Se dejó caer en el banco abrazándolo por la espalda. Como cuando era una niña y se escabullía a su cama tras un mal sueño. Notó la vibración de su risa.

—Imagino que no eres una admiradora secreta —bromeó, aún sin darse la vuelta.

Pressya escondió el rostro en su espalda.

—Tengo la sensación de que no le importo a James —confesó sin más. Materializando en palabras sus miedos. Vladimir tenía el poder de hacerla hablar con su sola presencia.

—No digas eso —dijo, dándose la vuelta por fin para poner toda su atención en Pressya.

—Es que… —Algo se le solidificó en el pecho, tan devastador que sintió que iba a ahogarse—, lo único que quiero es ver si podemos tener un futuro juntos y él no hace más que evadirme, como si le diese igual…

Se le empañaron los ojos. Notó cómo los brazos de Vlad se hacían más fuertes, más protectores.

«No llores, maldita sea, no llores».

—Domi me ha contado lo que ha pasado —comentó Vlad—. Creo que lo que le sucede a James es que le da miedo escuchar lo que tienes para decir.

Press rió, a su pesar, acompañada por un ladrido de Loki.

—¿James? ¿Miedo?

Vlad la apartó con cuidado para poder mirarla a los ojos. Con tranquilidad, posó las manos en sus hombros.

—Sí —repitió de manera pausada—, le da miedo que le digas que se acabó porque no encaja en tus planes de futuro. Eres una persona práctica, Pressya, si sabes que algo no te conviene, cortas por lo sano. Y James lo sabe.

—Pero él no es algo, es mi novio —se defendió.

—No soy yo quien necesita escucharlo.

«¿Cómo hablas con alguien que no quiere escuchar?».  

A pesar de todo lo que le había dicho Vladimir, ella seguía teniendo la horrible sensación de no ser lo suficientemente importante para James. Porque si de verdad le importara, en vez de ignorar el tema, buscaría una manera de solucionarlo. En lugar de espantar a Press cada vez que lo intentaba. Estaba cansada de perseguirlo, de luchar por su atención. Quizá era verdad y seguir con James no era conveniente. Quizá intentaba alargar algo que no la llevaba a ningún sitio.

Quizá, parte de crecer era darse cuenta que aunque quieras a una persona, a veces, no puedes estar con ella.

Por muy doloroso que resultara.
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James no recordaba la última vez que se había sentido tan mal. De hecho, no estaba seguro de haberse sentido así con anterioridad. Ni siquiera cuando Teddy le confesó que el Coco no era más que una invención muggle para espantar a los niños y que no servía de nada dejarle galletas debajo de cama, porque nunca aparecería.

—Colega, parece que te ha pasado pisoteado un gigante, ¿estás bien?

Alzó la vista lo suficiente para ver a Zeus de pie frente a él, con los brazos cruzados sobre el pecho y la ceja
levantada con aire analizador.

—Peor que eso —musitó, bajando de nuevo la vista hacia su varita, que hacía girar entre sus dedos.

Su mejor amigo se dejó caer a su lado en el suelo, con un hondo suspiro. James notó como el aire cambiaba a su alrededor, sabía que se avecinaba una de sus charlas. Fijó la vista en los alumnos que deambulaban por el pasillo en dirección al Gran Comedor.

—Ya he escuchado las buenas nuevas —empezó a decir Zeus, tanteando el terreno.

—¡Qué bien!, ahora todo Hogwarts sabe lo capullo que he sido con mi novia… —respondió, con un latente sarcasmo en la voz.

Zeus le propinó un codazo amistoso.

—Primero y segundo no habla de otra cosa, incluso han hecho apuestas. Es lo que tiene ser un Potter, que la gente habla de ti.

James no sabía cómo su padre fue capaz de soportar todo aquello en sus años de estudiante. Las miradas, los murmullos colectivos, la sensación de que las personas lo tenían sólo por un personaje del que podían hablar como si no fuera una persona real.

Dejó caer la varita a sus pies y escondió el rostro entre sus manos.

—He metido la pata hasta el fondo.

—Un poco. —Ese era su mejor amigo, siempre dando ánimos—. Es que eres tonto…

—¡James Potter es tonto, jaja! ¡Es tan tonto que no sabría distinguir una snitch de una polilla! ¡Es tan tonto como su padre!

Se trataba de Peeves, el poltergeist. Que levitaba bocabajo señalándole con el dedo. Los alumnos que en ese momento estaban en el pasillo, se detuvieron para mirarlo. Entre los presentes divisó a Alyssium e Hydra, quienes no paraban de reír.  James se puso rojo de ira.

—¡Piérdete, Peeves! —gritó Zeus, lanzándole un libro.

El poltergeist se esfumó y el libro por poco dio a una chica de Hufflepuff que observaba la escena con disimulo. James fulminó a todos los espectadores con su mirada verde centelleante, lo que hizo que se dispersaran avergonzados. Salvo rl dúo malévolo, que realizaron en dirección un corte de mangas antes de marcharse.

—¿Decías?

—Que eres tonto. —Zeus retomó la conversación—. Cuando algo no te gusta, tratas de ignorarlo hasta que te estalla en las narices.

James se encogió de hombros. Puede que tuviera razón. Tampoco sabía por qué se mostraba tan irascible con Press. Ni porqué se paralizaba cuando intentaba que hablaran como dos personas civilizadas. No quería pensar en lo que le esperaba dentro de unos meses, no quería decirle que no tenía ni idea de qué camino quería tomar después de Hogwarts, pero que tampoco quería irse a Rumanía porque no le gustaban los dragones.

Pero sobre todo, lo que menos deseaba, era lo que podía llegar a pasar. Darse cuenta de que por mucho que lo intentasen, no había forma de reconciliar sus caminos. Rose le había asegurado que no pasaba nada sino terminaban juntos, después de todo, que era lo que solía ocurrir. Sin embargo, se sentía devastado cada vez que pensaba en ello.

—No sé cómo decirle que por ahora no quiero hablar del tema sin que piense que me da igual —explicó a Zeus, callado a su lado, paciente.

—Creo que eso ya lo piensa —aseguró—. De hecho, puedo asegurártelo, porque me lo ha dicho.

A veces, James olvidaba que Zeus y su novia eran grandes amigos. Seguramente llevaba semanas sabiendo lo que se le pasaba a Press por la cabeza.

—Si me lo dices, a lo mejor me ahorro unas cuantas discusiones.

—Se supone que no debo decírtelo. —James lo observó con ojos suplicantes, su mejor amigo se rió, a pesar de la
situación—. Pero. ¿Es por un bien mayor, no? Luego soy yo el que te aguanta cuando…

—Céntrate, Zeus.

—Tu chica cree que está en el puesto más bajo en tu lista de prioridades. Ya sabes, nosotros y nuestras bromas, el quidditch, tu familia. Y, por si fuera poco, cuando intenta hablar contigo le dices que agarre su escoba y se vaya a...

A James se le retorció el pecho al recordar lo que le había dicho unas horas atrás. Y, todavía un poco más al escuchar lo que acababa de decirle Zeus. ¿Cómo podía pensar que no le importaba? Si casi no dormía por las noches pensando en que podía perderla.

—Lo sé, ¿vale? Lo sé.

Estaba exhausto. Toda la situación lo extenuaba.

—Si lo sabes, no entiendo qué haces aquí, cabeza de mandrágora, en vez de ir a buscarla.

Suspiró. Tampoco lo sabía. Recogió su varita y se levantó de un salto.

—Te veo luego —se despidió de Zeus, antes de marcharse.

Saco él Mapa del Merodeador del bolsillo de su túnica. Pronunció las palabras y se puso a desplegar secciones hasta que dio con la banda que revelaba la situación de Pressya. Sin perder más tiempo, comenzó a correr hacia el Gran Comedor.

Justo cuando abordó las puertas, ella las franqueaba acompañada por Helena, quien le lanzó una mirada furibunda de dientes apretados. James perdió el aliento, pero no por ella, sino por Pressya. Tenía los ojos enrojecidos y lo miraba con una rabia que se le clavaba en la piel. Se quedó quieto, resollando.

Helena la miró unos momentos, esperando su reacción, Pressya asintió y su mejor amiga  se despegó de ella con aire receloso. Al pasar por el lado de James, se inclinó para susurrarle:

—Como la hagas llorar, te cuelgo de los pulgares en las mazmorras, mientras te arranco los rizos uno por uno.

No la hizo ni caso y anduvo los pocos pasos que le separaban de su novia. Ésta se cruzó de brazos, mirándolo sin pestañear. James tomó aire y se armó de valor.

—¿Podemos hablar?

—Ahora quieres hablar —espetó con rencor. El peso de sus ojos azules, brillantes como zafiros por la rojez que
rodeaba sus pupilas, nunca le habían causado tanto daño. Era como si le tirasen maleficios.

—Siento lo de antes, no es lo que pienso.

Pressya se pasó la mano por el pelo, gesto de perturbación que más la caracterizaba. Mientras tanto, James solo podía pensar en lo mucho que le gustaría poder volver al verano, cuando todo seguía igual y no tenía que preocuparse por nada. Solo de lavarse los dientes para poder darle un beso de buenos días.

—Eso me da igual, me molesta más lo que no dices.

—Es que…

—¿Más excusas? —Pressya se echó unos cuantos pasos hacia atrás, por poco arrolló a Albus, que trató de pasar lo
más rápido posible por el lugar.

—No son excusas, Press. Solo que no entiendo por qué tenemos que hablar de esto ahora.

Por el contrario, James volvió a acercarse. Era como si estuviesen jugando a pilla a la bruja. Aunque nada más lejos de la realidad.

—¡Sí lo son! —exclamó, desatando las emociones que había luchado por mantener a raya. James vio que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No —siguió en sus treces, porque para él, no eran excusas. Pero Press no parecía entenderlo.

—Basta, será mejor que lo dejemos por ahora —sentenció.

—Amor, por favor. —James trató de agarrarla, pero ella fue más rápida y lo frenó estirando el brazo a modo de barrera.

—Yo… —arrancó una lágrima que había huido de la contención—, necesito pensar.

Salió corriendo antes de que pudiera decir nada más.

Permaneció quieto. Observando cómo desaparecía por las escaleras.

Se clavó las uñas en las manos de pura frustración. Respirando con rabia. Con ganas de gritar. De tirar algo. De darse de cabezazos contra la pared.

¿Por qué siempre acababan igual? ¿Por qué cada vez que se veían terminaban más separados y enfadados?

—¡James!

Se dio la vuelta con brusquedad. Abrió los ojos hasta el nacimiento del cabello al ver quién lo había llamado.

—¿Mamá?

Ginny Weasley estaba de pie unos pocos metros por detrás, con una cálida sonrisa, rematada con arrugas risueñas. Caminó a su encuentro, intentado serenarse.

—¿Qué…, qué haces aquí? —preguntó.

Ginny ladeó la cabeza casi de manera imperceptible, estudiando sus facciones.

—He venido a ver a Neville y Hannah, vamos a Hogsmeade —comentó de manera distraída. A continuación: apoyó una mano en el brazo de James, éste apartó la mirada—. ¿Estás bien, cielo? Tú última carta nos dejó preocupados, parecías…

James hizo un movimiento brusco con la cabeza, para que parase. Tenía unas ganas irrefrenables de llorar, algo que
lo enfadaba como poco. Ya no era un niño de cuatro años.

—James, ¿qué te pasa? —Ginny adquirió un tono de preocupación absoluto.

Por fin se decidió a mirarla.

—No, no estoy bien —confesó con voz estrangulada, respirando con dificultad.

Su madre lo abrazó con fuerza, con seguridad. James se resistió un poco, pero al final cedió.

En ese momento, se dio cuenta que; su empeño en no perder a Pressya, era lo que estaba provocándolo.
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Katrina Berrycloth se hallaba en una encrucijada.

—Vamos, ve a hablar con él. —La instó Molly, sentada frente a ella en la mesa.

—Has retrasado la cita demasiado —añadió Jenna, dando cuenta de un trozo de pastel de calabaza.

Hizo una mueca, observando disimuladamente a Declan, que reía con sus amigos en la mesa de Slytherin.

—En realidad, le dije que no habría cita —aclaró.

Tras enterarse que Declan había estado relacionado con la broma que le habían gastado a Louis un par de semanas atrás, acudió hecha una furia a su encuentro y canceló la cita. No solo porque era su mejor amigo, Katrina no soportaba a los abusones. ¿Una broma inocente?, podía entenderlo. Pero el daño infringido gratuitamente; no podía lidiar con él.

—No creo que Weasley merezca que anules la que podría ser la mejor cita de tu vida —intervino finalmente Piper, sentada a su lado en el banco. Sonrió con plenitud, tenía una de ésas bocas que se prestaban a ello, como si estuviesen hechas para sonreír—. Declan es un buen chico, siempre ayuda a los más pequeños con sus tareas.

—Y es guapo, no podemos olvidarnos de eso. —Jenna le propinó un par de codazos en las costillas, al ritmo del movimiento insinuante de sus marcadas cejas.

Claro que era guapo, también sabía que era buena persona, lo había visto defender cientos de veces a los más débiles de las garras envenenadas de Orion Dankworth. A lo mejor sus reservas no se debían a lo que había hecho, sino que lo usaba como excusa.

¿Y si la cita salía mal? ¿Y si le acababa gustando pero él decidía que Katrina no era el tipo de chica que buscaba? Era demasiado torpe, acostumbraba a decir lo que pensaba sin ningún tipo de tacto y, sabía, que espantaba a muchos chicos a causa de su temperamento.

Piper rodeó sus hombros con el brazo. Su hermana mayor podía leerla como un libro abierto, todo lo que trataba de ocultar, brillaba para ella como un cáliz recién pulido.

—Acuérdate de Jonas, ninguna cita puede ser peor que aquella —recordó soltando una risita.

—Me prometiste que nunca más hablaríamos de ello. —Katrina la fulminó con la mirada.

Molly y Jenna prorrumpieron en carcajadas, evocando la primera y desastrosa cita de su mejor amiga. Jonas Marshall la había arrastrado a Cabeza de Puerco y había terminado envuelta en una pelea que el propio Jonas provocó por meterse con un mago de malas pulgas. Katrina se vio en la obligación de desprenderse de su remesa de galeones del trimestre para que no los hiciera polvo. Los chicos que siguieron a Jonas, no habían ido mucho mejores…

Parecía ser definitivo; le asustaba acabar con otro desastre amoroso en las manos. Pero no tenía nada que perder, si la cita iba mal, habría otras más. Sino, siempre podía comprarse un puñado de gatos para que la hiciesen compañía el resto de su vida.

Se levantó de la mesa, gesto que las chicas acogieron con aplausos, llamando la atención de toda la mesa de Gryffindor. Las instó a que parasen y caminó con paso decidido hasta Declan. En ese momento, hablaba con Dante y Perseus sobre unos sortilegios de los que querían agenciarse.

—Hola —dijo a su espalda.

Los tres muchachos interrumpieron su conversación y se giraron despacio hacia Katrina. Los tres la miraban con
asombro, pero Declan como si se tratase de un fantasma. «Por favor, que no tenga ningún resto de comida en la cara», rogó para sus adentros mientras sonreía.

—¡Kat! —exclamó con un tono agudo.

—Me estaba preguntando si te gustaría retomar la cita que tenemos pendiente —soltó casi de carrerilla, le ponía nerviosa que Percy y Dante la observasen con tanta atención, como si fuese a echar a volar en cualquier momento y no quisieran perdérselo.

—¿La…, la cita?

Puede que llegase demasiado tarde y el interés que Declan albergaba por ella se había esfumado. Se cruzó de brazos, para que no se notase la flaqueza que acababa de sufrir su confianza.

—Bueno, si quieres, claro.

—¡Claro que quiero! ¡Me encantaría! —Dante le pellizcó la pierna en un gesto que no pasó inadvertido para ella. Declan pareció recapacitar—. Es decir, sí, no estaría mal.

A los labios de Katrina acudió una leve sonrisa ladeada. «Intenta hacerse el desinteresado, qué majo…»

—El sábado después del desayuno, junto al camino que lleva a Hogsmeade —declamó antes de marcharse a su primera clase.

Al tiempo que se marchaba, escuchó el torrente de burlas que le cayó a Declan por parte de sus mejores amigos.


Tras una agotadora jornada de clases, Katrina subió a toda prisa a la Sala Común de Gryffindor a ponerse su uniforme de quidditch y a por su escoba. Cuando descendía por las escaleras que llevaban al dormitorio de chicas, escoba al hombro, Fred la esperaba en el hueco del cuadro, también equipado. Le dio la bienvenido con una sonrisa y juntos descendieron por el castillo en dirección al Campo de Quidditch.  

Fred no cesó de suspirar en todo el recorrido. Aunque aquella era ya la segunda semana de unos agotadores entrenamientos, pues Dominique no estaba dispuesta a marcharse de Hogwarts sin agenciarse el trofeo, así que los hacía entrenar tres días por semana hasta la hora de la cena, bajo unas condiciones meteorológicas adversas. Octubre había traído las habituales lluvias torrenciales que no les daban tregua. Aquello, sumado a la intensidad con la que entrenaban, había hecho que Katrina se olvidase de lo que era vivir sin dolores musculares.

Entendía que Fred pudiese asustarse, pero no debía preocuparse por su técnica, ni por su rendimiento en los entrenamientos. Katrina podía asegurar que era el mejor compañero que había tenido, llevaban años jugando juntos al quidditch, no necesitaban hablar para saber lo que debían hacer. Con una complicidad así, serían letales en los partidos.

—Lo estás haciendo genial, Freddie, deja de preocuparte —lo animó, cuando caminaban por el sendero que conducía al campo.

Para variar; llovía. Con tanta intensidad que era difícil ver más allá de cinco metros a través de la cortina de agua. Caminaban tranquilos, era una tontería intentar resguardarse, ya que acabarían empapados de todos modos.

—¿Tú crees?

—Domi no hace más que halagarte —gritó por encima de la lluvia—. Y no es porque seas su primo y se muestre blanca… todavía no has visto cómo machaca a James y Lily —bromeó.

Fred sonrió a modo de agradecimiento.


Por la noche, tras disfrutar del baño y la cena más reconfortantes de su vida, Katrina estaba sentada al lado de la chimenea con Conall Fleming jugando una partida de ajedrez mágico, tras hacer los deberes de Transformaciones. Era ya noche cerrada, así que solo estaban ellos en la Sala Común.

De pronto, sin venir a cuento, Conall soltó:

—Tienes una cita.

—Así es —confirmó una distraída Katrina, que observa con atención el tablero, sopesando su próxima jugada.

—Tienes una cita —repitió— y no es conmigo.

Lo observó a través de sus rizos despeinados. El muchacho clavaba sus ojos oscuros en ella, con un mohín tatuado en los labios.

—¡Llevo seis años pidiéndote una y tú se la das al primero que te pestañea! —explotó. Katrina intentó no romper en carcajadas.

—Hay más chicas a las que puedes pedírselas, no te hagas el ofendido.

Se acercó las rodillas al pecho y apoyó la barbilla. Cada vez que pensaba en la cita con Declan, se le formaba un nudo en el estómago, muy a su pesar. Y eso que todavía estaban a martes, no quería imaginarse lo que sería de ella el día señalado.

—Nadie puede remplazar tu lugar, amor mío —convino Conall, clavándose un puñal invisible en el corazón. Le encantaba dramatizar.

—Que es exactamente lo mismo que le dijiste a Lily ayer… —rebatió, alzando una ceja en desacuerdo.

—Déjame ser al menos melodramático.


Última edición por hypatia. el Jue 02 Mar 2017, 3:32 pm, editado 1 vez
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Supertramp. el Dom 19 Feb 2017, 1:52 pm

ESTO MERECE UN COMENTARIO LARGO Y EXTENSO Y COMO YA TENGO COMPUTADOR ME PONDRÉ A ELLO
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Dom 19 Feb 2017, 6:04 pm

KATE AY DIOS MIOOO CUANDO ENTRO AL TEMA PIENSO QUE SON COMENTARIOS O ALGO ASÍ Y NOOOO, NOOO, ES UN CAPÍTULO Y FALTA UNA TERCERA PARTE O SEA QUÉ

LO AMÉ LO AMÉ MUCHÍSIMOOOOOOO

La intriga se vuelve más grande con el asunto de Draco y de Malfoy y ahora de los muggles asesinados qué diablos está pasando? Y OSEA, amé amé todo. Ya quiero que se pongan en acción

TUS TRAMASD ADHAKDAKD morí con cada una, Kate, en serioo Amaría poder tener 8 brazos para teclear el comentario super largo al mismo tiempo que hago mis otros deberes pero no se puede así que, que sepas QUE AMÉ TODO.

y que tu comentario vendrá pronto

PD: Si Press y James terminan, haré una revolución mi corazón se partirá

Y LO DE JOURNEY Y BRENDAN. PRESIENTO DRAMA. Y EMS QUIERE DRAMA.

me va a dar un ataque. Conall y Katrina pobre Conall, nadie le dije que sí AHAHAHAHAHA

Dios, tu capitulo tuvo a todos y fue tan lindo :') dejaré mi comentario tan pronto como pueda

SIGO YO????? NO, VERDAD???
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Dom 19 Feb 2017, 6:05 pm


—¡James Potter es tonto, jaja! ¡Es tan tonto que no sabría distinguir una snitch de una polilla! ¡Es tan tonto como su padre!

Peeves me irrita pero lo extrañé tanto :')
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Jue 23 Feb 2017, 11:07 am

Gracias chicas muack
Pd: No Ems No sigues tú, sigue siendo mi turno y después van Mari y Milu
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por Ritza. el Lun 27 Feb 2017, 11:27 am

Ah, esta bien, por un momento me asusté

QUIERO LEER LA PRÓXIMA PARTE
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por hypatia. el Jue 02 Mar 2017, 3:33 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:Ah, esta bien, por un momento me asusté

QUIERO LEER LA PRÓXIMA PARTE

Voy lenta pero segura, la uni se interpone
Pd: ¿DÓNDE ESTÁN LAS DEMÁS QUE NO DICEN NADA?
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

Mensaje por dépayser el Jue 02 Mar 2017, 7:32 pm

Juro que estoy viva y al día leyendo los capítulos (e incluso escribiendo), mi gran problema son los comentarios, que espero la semana que viene haber ya hecho un par, se me amontonan y no lo puedo controlar.  Y ME VUELVO LOCA AHORA QUE COMIENZA LA TRAMA DE LA NOVELA CON ESTO DE LOS MALFOY YYYYYYY I JUST CAN'T. 
P.D: Connall, bae, yo aceptaría tus invitaciones a la primera, no sé por qué la gente te rechaza. Los problemas de Press y James me rompen el corazón, okay, que son hermosos juntos. Journey y sus amigas son goals, arriba mis chicas Hufflepuff, and she's so sweet. Hagamos un trato: si para la semana que viene no dejo UN comentario de los que debo (empezando por el tuyo, Kate, que olvidé creo en las primeras rondas lol), me pegan. 
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Re: I solemnly swear that I am up to no good.

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