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(Dam)n God

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(Dam)n God

Mensaje por yuuya. el Mar 29 Sep 2015, 9:49 am


(dam)n god 
Si se te pudiera conceder un deseo que puede traer vida o muerte, bendición o perdición, todo lo que quieras al mundo, ¿qué pedirías?
Dam nunca lo había pensado hasta que terminó en una situación inimaginable y gastó su deseo en salvar a un extraño. Ahora, con un par de niños que no conoce y un recuerdo del pasado al que proteger, deberá resolver su vida antes de que el karma vuelva para cobrar el precio de jugar con el destino.
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Re: (Dam)n God

Mensaje por yuuya. el Mar 29 Sep 2015, 9:50 am

ficha 
• Nombre: (Dam)n God.
• Autor: Mahu (yuuya.)
• Adaptación: No.
• Género: Fantasía, acción, aventura, tragedia.
• Advertencias: Ninguna.
• Otras páginas: No.

guía de capítulos 
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Última edición por yuuya. el Mar 29 Sep 2015, 10:25 am, editado 1 vez
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Re: (Dam)n God

Mensaje por yuuya. el Mar 29 Sep 2015, 10:13 am


I
Mientras cada uno se mantenía en su mundo y el mismo parecía pasar en un instante detrás de las ventanas del tren, Dam colocaba sus audífonos y pasaba sus canciones, nunca eligiendo una. El vagón no estaba lleno ni estaba vacío, y aún si lo estuviera él seguiría parado, en ese mismo lugar, a la misma hora de siempre. No era un día particular ni tenía nada importante que hacer, era una rutina que seguía desde hace años que no tenía intención de romper.
En el momento en el que se decidió por una canción, el tren se sacudió. El piso frente a él se abrió, rompiéndose y revelando un oscuro infinito que sólo reconocía por pesadillas que repentinamente azotaban su memoria.
Alguien frente a él gritó y fue entonces cuando supo que algo andaba mal. En ese simple momento se dio cuenta de que el hoyo frente a él no era bueno, que el paisaje de las estaciones pasar detrás de las ventanas se habían convertido en un espacio negro y frío, que las personas a su alrededor probablemente sentían lo mismo, que la canción había cambiado sin que él se diera cuenta y que el chico del otro lado del vagón, gritando, se veía extrañamente familiar.
Fue sólo un pensamiento pasajero, de esos que pasan por tu mente por unos segundos y nunca más recuerdas, pero Dam pensó muchas cosas en esos segundos, en ese recuerdo que era el chico frente a él.
El piso siguió rompiéndose, haciendo la grieta cada vez más grande. La distancia entre una mitad del vagón y la otra aumentaba, separando a la gente. Una madre lloraba porque su niña se había quedado del otro lado, un chico intentaba saltar el vacío, con la esperanza de llegar con su amigo al otro lado, apenas lográndolo, y otras personas, sin hacerlo. Dam no se movía: no podía y no tenía por qué. Pero algo le decía que lo hiciera. El rostro asustado del chico al otro lado lo llamaba a gritos silenciosos.
Entonces todo comenzó a ponerse en cámara lenta. Los colores parecieron perderse entre un juego de luz y sombra sin fin, mas la música en sus audífonos seguía allí, sin parar. El tiempo había parado, Dam lo sentía, pero aún parecía como si éste funcionara igual que siempre. En el instante donde él no podía diferenciar segundos de una eternidad, una pequeña figura apareció frente a él. No le llegaba ni a la rodilla y le recordaba a un muñeco que había tenido de pequeño: gris, cabezón y tierno, pero la razón de sus pesadillas.
—¿Quieres salvarlo?
No había boca por la que la cosa pudiera hablar, pero Dam pudo escucharlo. Pudo entenderlo como si él mismo lo dijera: una voz en su cabeza que no le pertenecía.
—Puedo darte poder. Puedo darte todo. Puedo darte nada. Puedo matarte. Puedo darte vida. Puedo darte lo que quieres.
—¿Lo que quiero?
—Lo que tu corazón pida, —El muñeco extendió su pequeña mano, dedos iguales a los de un bebé—, te lo daré por un precio de igual valor. Si quieres acabar con una vida tendrás que sacrificar una vida, entiendes.
—¿Y si quiero salvar una vida?
—Una vida tendrá que ser perdida.
—Eso no tiene sentido.
—¿Acaso algo de esto lo tiene?
Por supuesto que no. Nada tenía razón en ese lugar, en esa oscuridad que ninguna lógica podía explicar. ¿Por qué ese muñeco podía hablar? ¿Por qué lo que se suponía que era un simple viaje por la ciudad terminó siendo la tumba de personas inocentes? ¿Por qué Dam no tenía miedo?
Exacto, él no tenía miedo. El sentimiento revolviéndose dentro de él no podía ser descrito por esa palabra ni por cualquier otra. Pero, si tuviera que hacerlo, lo llamaría coraje.
—Quiero salvar al chico frente a mí.
—Está bien —dijo—, pero recuerda el ahora cuando llegue el día donde se cobre el precio por este poder.
Antes de que pudiera darse cuenta, Dam se encontraba de nuevo en el vagón. La grieta seguía haciéndose más grande, sólo era cuestión de tiempo antes de que los lados del vagón terminarían desconectados por completo, mientras el piso comenzaba a deshacerse, cayendo sobre los rieles del tren. El muñeco, junto con el abismal negro que los acogía, había desaparecido.
Dam dio un paso atrás al piso frente a él caer. En el otro lado también sucedía: pudo ver al chico de antes hacer lo mismo que él.
—¿Por qué el tren no frena? ¡Moriremos todos!
—¡Julie, cariño, quédate allí, mamá ya irá contigo!
—¡Mama, tengo miedo!
—¡No quiero morir!
No podía pensar bien. Todo era un caos. El piso seguía deshaciéndose y el otro vagón apenas seguía conectado al resto del tren. Algo lo tomó fuerte del brazo y lo obligó a moverse hacia atrás cuando otro pedazo de piso cayó.
—Eso estuvo cerca —un niño habló detrás de él—. Deberías alejarte de los bordes si no quieres caer.
Quiso agradecerle, pero en cuanto abrió su boca una sacudida lo calló.
—Debemos salir de aquí, rápido.
El niño lo tomó de la muñeca y lo quiso mover, pero Dam se negó a dar un solo paso. No podía irse, no mientras el chico siguiera del otro lado.
—¿Qué haces? ¡Rápido, muévete!
—Hay gente del otro lado.
—¡Y pobre de ellos, pero debemos irnos o terminaremos muertos!
—No me iré de aquí sin ayudarlos.
Dam se soltó del agarre de su brazo y se volvió hacia el borde del vagón. Unos pedazos de piso cayeron frente a él, haciéndole a dar un paso atrás, y otro, y otro. No se detuvo hasta llegar hacia la puerta del vagón, donde comenzó a correr con todas sus fuerzas, como si su vida dependiera de ello, y saltó. Pudo sentir ir todo en cámara lenta hasta que tocó el piso nuevamente, sintiéndose respirar de nuevo. Seguía vivo.
—¡Rápido, ven!
Aunque se dirigió al chico, la niña de antes miró a Dam con genuino terror en sus ojos. La madre de Julie seguía gritando desde el otro lado, siendo detenida por un hombre de saltar, y Julie comenzó a llorar, paralizada por el miedo, dejando a Dam sólo con la opción de ir por ella. La cargó, le dijo que todo estaría bien, y volvió a retroceder, listo para saltar.
—¡Debes estar loco! ¡No lo lograrán! —gritó el niño de antes.
Dam hizo oído sordos y aferró a la niña con sus brazos. Le dijo que no se soltara por nada del mundo, su voz apenas audible entre los sonidos de las ruedas del tren y los gritos de las personas. Miró la distancia entre un vagón y otro, tragando lentamente. Miró a un costado, al chico, quien lo miraba con lágrimas en sus ojos. «No llores», pensó, pero no podía culparlo.
Comenzó a correr hasta llegar al precipicio creado en el vagón, sintiendo el piso flojo debajo de sus pies. Era ahora o nunca. Y saltó, muriendo, y llegó del otro lado, volviendo a la vida. Hizo lo posible para evitar que la niña se lastimara, sintiéndose aliviado al verla salir de sus brazos para correr a los de su madre. Ambas corrieron hacia el otro vagón, fuera del peligro.
—Eso fue totalmente estúpido —dijo el niño, tendiéndole su mano. Dam la aceptó y se levantó, mirando a la poca gente del otro lado. Era el chico y un par de personas más.
Volvió a acercarse al borde pero un dolor en su pierna se lo impidió.
El niño lo notó.
—No saltarás de nuevo. Esta vez realmente te matarás.
—Pero... —No podía contradecirlo, pero aún tenía que salvar al chico. Debía hacerlo. Se giró hacia el otro vagón—. ¡Salta!
El chico lo miró como si fuera un maniático.
—No puedo hacerlo. No puedo hacerlo —repitió.
—¡Salta! ¡Te atraparé!
El niño dio un paso adelante.
—¡Te atraparemos! —Dam lo miró, sorprendido—. ¿Qué? No puedo dejar que te lleves toda la gloria.
El chico del otro lado seguía repitiéndose.
—¡No puedo hacerlo!
—¡Sí puedes!
Un hombre intentó saltar, golpeando el borde del vagón y cayendo. Su cuerpo golpeó las vías, una muerte que dejó un grito que nadie presente podría olvidar.
El chico retrocedió hasta chocar con la pared del vagón, deslizándose contra ella, lágrimas que nunca cesaban no importara cuánto Dam y el niño lo animaran.
—Esto es inútil, no saltará.
—No puedo dejarlo.
—No es como si algo fuera a pasarle. El vagón sólo se soltará y bajará su velocidad hasta parar. Luego vendrá alguien a buscarlo.
No, él no podía entender. Dam podía sentir que algo malo pasaría si lo dejaba allí. Algo dentro de él le exigía a gritos que hiciera lo que sea para quitar a ese chico del tren lo antes posible.
Entonces, el vagón por fin cedió. Dam podía escuchar los gritos de las personas, del chico, y de él mismo, pero, al mismo tiempo, todo estaba en silencio. Ningún sonido llegaba a él, y ninguna imagen, tampoco, cuando se encontró cerrando los ojos incapaz de ver la escena frente a él. El chico alejándose. El vagón cediendo. Las vías descarrilándose y el tren girando, y girando, y girando, hasta quedar hecho trizas en el carril.
Cuando creyó que el desastre había pasado, abrió los ojos. Todo estaba detenido. El chico seguía abrazando sus piernas esperando a que todo terminara, el niño corría hacia la puerta gritándole que se apresurara, y el vagón estaba suelto, a sólo unos metros de la otra mitad, como si recién se hubiera desprendido y hubiera quedado así.
No entendía qué sucedía, pero algo le decía que no duraría por siempre, así que se apresuró a bajar del vagón, correr por las vías y subirse en la otra mitad, dirigiéndose al chico. De cerca le lucía más familiar, pero aún muy lejos para reconocerlo. No importaba. Tomó su brazo y lo subió a su espalda, volviendo a hacer todo el recorrido hacia donde se encontraba. Dejó al chico en el suelo y se arrodilló junto a él, abrazándole, cerrando los ojos de nuevo.
Todo volvió a moverse.
El chico estaba confundido. Aún había lágrimas en sus ojos, mas Dam no perdió tiempo y lo ayudó a levantarse, escapando del vagón lo más rápido posible, pero no sin antes detenerse para mirar la mitad que ahora se encontraba echa pesados un poco más atrás en las vías. Dam siguió corriendo unos segundos más tarde. Ya no había música.
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