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Reminders of reality.

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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Megara. el Miér 22 Jun 2016, 8:57 pm

AYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY, al final si fue al concierto, Winter vino a salvar el día ¿Sabes? leyendo tu cap, recordé mi época fangirl y mi primer concierto de los jonas esa emoción de verlos y de querer chillar todo el camino hacia los asientos me encantó mucho tu cap, Ally. Me alegra mucho que estés de vuelta y que sigamos con las nc's. La tal Colette no me cae bien no se nada de la familia de Bree, pero su "madre" no me agrada para nada
El final estuvo muy genial ME IMAGINÉ EL CONTEO Y YA ME DIO NOSTALGIA CON LOS CONCIERTOS SABES, ERES CRUEL.
Y estoy de acuerdo con la idea! espero el siguiente cap

Megara.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por wanheda. el Miér 06 Jul 2016, 6:01 am

Yo creo que este fin de semana subo el capítulo, a más tardar a principios de la próxima, lamento la tardanza pero no he parado últimamente

wanheda.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Megara. el Jue 07 Jul 2016, 11:14 am

tranquila

Megara.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por wanheda. el Miér 13 Jul 2016, 2:19 pm

Ranas arcoíris:
Hola hermosuras de la Vía Láctea Siento haber tardado en subir, pero he estado disfrutando un poco de mis vacaciones   Espero que os guste el capítulo. Ems no añadí a  Maxie porque al final no sé si me dijiste si estaría en el M&G sad

No tengo idea de quién sigue xd. Mucho amor

Capítulo 07

wanheda.
Liberty River.

Deberían obsequiar a los asistentes con una camiseta o, una especie de diploma. Algo que certificase el hecho. «Yo sobreviví a un concierto de One Direction». Pero ahí no nos dieron ni las gracias. Yo fui de las afortunadas. Si por afortunada se entiende que un cantante te haga una brecha en la ceja y tengan que darte cuatro puntos de sutura. Por supuesto que no podía subastarme a mí misma en EBay, pero sí la foto firmaba por todos los integrantes de la banda que me dieron después del accidente.

Supongo que debería empezar por el principio…

Solo diré que el momento en el que acepté acudir al concierto, hubiese sido el adecuado para que mi Hada Madrina hiciese su aparición estelar y me advirtiese que era mejor para mi salud quedarme en casa viendo una película (no lo hizo, obviamente).

Llegamos al CenturyLink Field  dos horas antes del concierto. El primer obstáculo que sorteé aquella noche fue aparcar sin matar a ninguna adolescente desquiciada. En serio, ese aparcamiento se parecía mucho al estallido de un Apocalipsis. Mareas de chicas caminaban hacia la entrada, con unos andares extraños, entre el saltito emocionado y la carrera. Tenían un sonido peculiar, que solo se me ocurría comparar con ciento cincuenta alarmas de incendios sonando al unísono. Por no hablar de sus armas de ataque; los temidos carteles, a cuál de ellos más moralmente comprometedor.

Puse el freno de mano y suspiré. Marissa parecía estar a punto de tirarse por la ventana y unirse a sus compatriotas. Yo también quería correr… en la dirección contraria.

―Recuérdame por qué estoy aquí ―la exhorté.

Mari se deshizo del cinturón con manos temblorosas y comprobó el contenido del bolso por decimonovena vez. Solo para asegurarse que las entradas y los pases para el M&G que tendría lugar tras la actuación, no se habían colado por el agujero de su bolso que conducía a Narnia.

―Estás aquí ―dijo ahora, retocándose el maquillaje―: porque tengo el mejor novio del mundo y porque ya no recuerdo la última vez que saliste a algún sitio distinto al trabajo.

«Golpe bajo».

Mari me miraba con sus enormes ojos grises, refulgentes de expectación y emoción contenida, al tiempo que aprisionaba el labio inferior con los dientes. Suspiré. Tenía que mostrarme más accesible respecto al plan. ¡Era un concierto!

―Si morimos asfixiadas, pesará sobre tu conciencia. ―Sin darle más vueltas, me apeé del coche.

Nos fundimos con la multitud exaltada. Sus conversaciones eran zumbidos molestos fusionados en un eco que debía escucharse a un kilómetro de distancia. Fui arrollada en varias ocasiones, no llegaba a entender por qué corrían si los asientos estaban numerados. Logramos llegar a una de los accesos de entrada, donde los guardias de seguridad procuraban que los asistentes se colocasen tras las vallas que conformaban las filas.

Tuvimos que esperar una hora entera hasta que conseguimos llegar a la entrada del estadio. Dicho sea de paso, probablemente perdí gran parte de mi capacidad auditiva, pues los gritos eran cada vez más intensos.

―¡Ay madre mía, ya casi estamos! ¡Ya casi estamos! ―chilló Mari, apretándome el brazo. A la mañana siguiente iba a tener por lo menos cinco hematomas. No quería imaginarme cómo se pondría una vez llegásemos a nuestros asientos.

―Si sobrevivo a esto, mañana iré a rezar a la iglesia. ―Me zarandeé la camiseta, tratando de darme un poco de aire, a pesar de que estábamos a cinco grados bajo cero.

―Tonta.
Le saqué la lengua.

―Entradas, por favor ―pidió un guardia, robusto y con cara de poco amigos.

Con manos aún más temblorosas, Mari logró hacerse con las entradas. No sin tirar el teléfono  y las llaves de casa al suelo. Escuché cómo retenía el aliento mientras el guardia pasaba el lector de las entradas por la máquina para ver si eran verdaderas. Cuando la luz se puso verde, soltó un soplido digno de Eolo.

Después de que nos dejara pasar, tuve que echar a correr para no perderla. Parecía que le habían metido un petardo en el culo, porque corría más que cuando había oferta de Choco Krispis en el supermercado. Solo podía ver chicas rebasándonos y Mari tirando de mí con insistencia cada vez que eso ocurría. ¿Por qué nadie se daba cuenta de una vez que los asientos eran numerados? A intervalos de cuatro metros un persona de seguridad obligaba a la tromba a detenerse y andar, cuando se le perdía de vista Mari me obligaba a correr nuevamente.

En el pasillo que desembocaba en la entrada de la pista, me negué a seguir corriendo. Se suponía que iba relajarme, no a entrenar para una maratón.

―¡Vamos, Libbie! ―arguyó, rayana en la locura.

Traspasé la puerta con la firme convicción de que saldría sorda de allí. Por extraño que resulte, reinaba un súbito silencio, como si acabásemos de entrar en un recinto sagrado. Al menos así parecía, con la penumbra, el frío y el murmullo general. Temeroso de alzarse.

Mari me colgó mi pase del M&G al cuello. A continuación, nos dirigimos al primer guardia que encontramos. Comprobó la numeración en las entradas y nos condujo a la zona de asientos, dos secciones a cada lado de la pasarela, que encontraban su fin en la linde de esta. Al parecer, habían dejado entrar primero a los asistentes con asientos numerados, que incluían a los de las gradas. Los que tenían entrada de pista sin numeración, eran los últimos. Podía imaginarme a esos asistentes calentando en la fila, entrada y carteles en mano, preparados para el sálvese quien pueda que se aproximaba.

Nuestros asientos estaban en la primera fila, al lado izquierdo de la pasarela, pegados a ella. Lo cual me preocupó un poco, no me hacía responsable si Marissa noqueaba al equipo de seguridad y se lanzaba al escenario para tocarle el pelo a Harry Styles.

Me dejé caer en el mío con sumo alivio. Abrí el estuche de mi cámara para prepararla. Escogiendo la lente, enfocándola y realizando varias pruebas. Pasé la tira y la dejé colgando de mi cuello, por encima del pase. Tenía pensado en regalarle a Mari un álbum de fotos lleno de recuerdos de ese día. Su cumpleaños estaba a la vuelta de la esquina y como era más pobre que una rata, era lo único que podía permitirme.

«Gracias otra vez, Bruno».

Mi mejor amiga temblaba, semejante a una olla exprés a punto de estallar. Yo solo podía concentrarme en el hambre atroz que sufría. Mari se había negado a parar en el Burger King a por algo de comer. Poco a poco el lugar se fue llenando de gente. Las gradas, antes casi vacías, ahora eran un hervidero de gente, indistinto. Me incorporé para ejecutar una fotografía cuando lo escuché;

―¿Qué más te da? ―Era una voz chillona, con retazos nasales―.  Tú solo eres una, nosotras cinco. En la tercera fila, podrás verlos igual.

Bajé la cámara lentamente. A nuestro lado, un grupo de chicas, altas, esqueléticas y rubias, bordeaban a una más baja, encogida sobre su cuerpo.

―Yo-o, he pagado… por mi-i entrada ―tartamudeó, sumamente cohibida.

Localicé a la cabecilla del grupo, porque era la más rubia y la más esquelética. Con los brazos cruzados y una sonrisa petulante. Mari se incorporó en ese mismo momento.

―Será mejor que te vayas, no queremos problemas ―prosiguió hablando, barbilla alzada. Como un pez en el agua. Me apostaba lo que fuera a que esa perra hipócrita y anoréxica era el terror de muchos en su instituto.

Deposité la cámara en mi asiento y antes de sopesar lo que iba a hacer, sorteé las piernas de Mari y me planté delante de la chica a la que estaban acosando. Se iban a enterar.

―Creo que no la has oído con claridad, este es su asiento, no el vuestro ―intercedí, rescatando de las profundidades a la chica de dieciséis años que una vez fui.

Lejos de amedrentarse, pues se sentía muy bien respaldada por su séquito de perritos falderos, soltó una sonora carcajada. Tras ellas vi una pequeña aglomeración de gente a la entrada de la fila, esperando para pasar. Las chicas de la fila de atrás también observaban con atención.

―Esto no va contigo ―me escupió y se sentó en el asiento que querían robarle a la chica de mi espalda.

La pobre… no sabía con quién se estaba metiendo.

―Por supuesto que va conmigo ―me puse delante de ella, a riesgo de caerme de espaldas por encima de la vaya―. Resulta que no soporto a las personas con la capacidad intelectual de un mosquito.

Alzó sus cejas, sentí como el grupo de perritos se cernía sobre mí.

―Levántate ― la advertí, con la paciencia colmada.

―O sino, ¿qué? ―respondió, creyéndose dueña de la situación. Aunque yo pude ver que le titubeaba la sonrisa pestilente.

Justo en aquel momento, un guardia se acercaba para comprobar lo que estaba ocurriendo. Veloz como un rayo le quité a la chica la entrada de la mano y me la metí en el bolsillo trasero del pantalón.

―¡Eh! ―chilló.

―Señor, disculpe ―alcé la voz para captar la atención del guardia. Pidió paso a las personas e hizo a un lado al séquito de zorras anoréxicas.

―¿Qué ocurre? ―preguntó con tono aburrido, al parecer acostumbrado a este tipo de situación. Qué no habría visto aquel hombre a esas alturas.

La chica se incorporó, con los labios fruncidos. Me señaló con su uña de plástico y con tono acusica dijo:

―Me ha robado la entrada, ¡la tiene en el bolsillo!

El guardia dirigió su rostro peludo hacia mí. Hice acopio de mi expresión más inocente e incluso forcé los ojos hasta que estuvieron vidriosos.

―Esta chica quiere quitarle el asiento a mi amiga, yo solo intentaba que se marchase. Pero me temo que no hay manera ―me hice a un lado para que la viese. Estaba absolutamente anonadada. ―Enséñale tu entrada―. La animé.

Con manos temblorosas se la tendió al guardia. Miró por encima de Zorra Anoréxica para comprobar la numeración. Asintió para sí, mesándose la barba de leñador. Le devolvió la entrada a la chica, a la que Mari rodeaba con sus brazos, en afán protector.

―Tu entrada.

La exhortó, sin atisbo de amabilidad profesional.

―¡Me la ha robado! ―chilló histérica, dejándome sorda ―. ¡Decírselo!

Miró a sus amigas y a al resto de personas que habían presenciado la pelea. Solo ellas la respaldaron, el resto negó con la cabeza. A nadie le gustan los abusones.

―La entrada ―repitió el guardia, menos amable que la primera vez. Lancé una mirada a Mari y la chica por encima del hombro, guiñándoles un ojo.

―Ya le dicho que la tiene ella. ―Su tono de voz era de absoluta derrota. Quería sonreír, pero mantuve fielmente mi pose de chica inocente.  

―Va a tener que acompañarme fuera del recinto. ―concluyó. Invitando a la chica a marcharse―. Y ustedes, vayan a sus asientos.

―Pero… ¡chicas, haced algo!

El Séquito agachó la mirada, al unísono. Zorra Anoréxica parecía a punto de explotar por combustión instantánea. Sus ojos verdes destilaban odio. Yo me mantuve impasible. No le quedó más remedio que seguir al guardia, que aguardaba impaciente. Las personas que habían estado esperando para pasar por fin pudieron sentarse.
Me giré, completamente satisfecha.

―¡Muchísimas gracias! ―exclamó la chica.
Hice un gesto desinteresado con la mano. No podía haber sucedido de otra manera. Si algo odiaba, era a las personas que se aprovechaban de la bondad de otras.

―¿Estás bien? ―pregunté, encaminándome a mi asiento.

Ella asintió. Debía de tener unos diecisiete años. De complexión delgada y alta. Con una piel impoluta y unos enormes ojos azules. El pelo castaño lo llevaba recogido en una coleta.

―Yo soy Mari. Y la encarnación del mal es Liberty ―comunicó, sonriendo.

―Me llamo Aubrey ―murmuró, jugueteando con un mechón de su coleta.

―¡También tienes pases para el M&G! ―exclamó Mari, enseñando el suyo.

―¡Sí! Todavía no me creo que dentro de un rato vaya a poder abrazarlos.

Se sentó en su asiento, satisfecha. Entonces se fundió en una charla con mi mejor amiga sobre sus canciones favoritas, lo que querían decirles, las horas que dedicaban a seguirlos en sus redes sociales y todo tipo de cosas. Las dejé ser.

Con el transcurrir de los minutos, el estadio se llenó por completo. La exaltación y los nervios se notaban en el aire. Yo me limité a mirar a los técnicos y a la banda de músicos, que recibieron sonoras ovaciones. Su salida marcó un antes y un después en la espera. Pronto, toda la multitud comenzó a entonar cánticos. Mari y Aubrey no dudaron en unirse. Pero yo me dediqué a hacer fotografías y panorámicas con el teléfono. Si bien es cierto que me encantaban sus canciones, no estaba dispuesta a darme a la locura.

El apagón de luces desató un nuevo Apocalipsis, el cuerpo me vibraba con los gritos. Entonces pasaron la intro. Estallaron los fuegos artificiales con el primer acorde de Clouds y los chicos salieron al escenario. Mari, lloró, cantó y chilló, todo al mismo tiempo. Aproveché para hacerle una fotografía.

Durante las primeras canciones no hice nada más aparte de eso. Como si una parte de mi cuerpo de negase a dejarse llevar. Mientras observaba a los cinco chicos, que esa noche, tenían el mundo en sus manos. Es raro ver a una persona de papel en movimiento, con las facciones de su cara cambiando, contrayéndose en los movimientos, más allá de la sonrisa perpetua de una fotografía.

Comprobar que hay vida en la voz que te canta canciones al oído por las noches.

En Little Things, tuve la suerte de tener a Harry Styles a pocos metros de distancia. Podría sacarle una buena fotografía desde ese ángulo. Una que Marissa pudiese mirar hasta desgastarla. De la que presumiría ante sus nietos cuando One Direction fuese ya poco más que un hito musical de una época anterior.

Harry trababa su mirada con la multitud, unos metros por detrás de mí. En sus ojos verdes, dos rendijas pequeñas que brillaban con las estrellas artificiales que los fans habían hecho aparecer. Los labios en una línea fina, en la que millones de labios ansiaban perderse. La espalda medio encorvada y la camiseta tirante, con las manos cruzadas en el hueco de las rodillas. Grandes y atractivas, unas manos que parecían haber tocado muchos lugares distintos, con los recuerdos de ellos encerrados en las líneas de sus palmas, en los huecos de sus dedos.

Ocurrió algo insólito, sus ojos se quedaron clavados en el objetivo de mi cámara. Justo la mía, de entre tantas. Poco a poco, una sonrisa se abrió paso por su rostro, lanzando sus músculos en direcciones opuestas. Cuando debí aprovechar la oportunidad de hacer la mejor fotografía de la historia, permanecí quieta. Estática en un cielo terrestre, acunada por voces que fueron disminuyendo. Hasta alcanzar un silencio tan pacífico que me dio miedo.

―¡Te está mirando! ―Marissa me dio tal empujón que mi estómago se estrelló contra la barrera y mi cabeza chocó contra la espalda de un guardaespaldas, todo porque había decidido salvar la cámara antes que mi integridad física―. ¡Harry Styles te estaba mirando, joder, joder!

La observé con cara de pocos amigos. Lancé una mirada de soslayo, pero Harry ya estaba cantando y miraba en la dirección opuesta. Adiós a la mejor fotografía del mundo… Mari acababa de sabotear su propio regalo. Aunque si yo no me hubiese quedado embobada, no hubiese habido nada que sabotear.

Tras su interrupción no pude seguir haciendo fotos. Acabé por sucumbir a la energía palpitante que nos rodeaba. Los conciertos tenían algo especial. Te hacen sentir tanto fuera como dentro. Las personas de tu alrededor se funden en una sola, magnífica, que parece poder con todo lo que  se venga por delante. En un concierto, no importa quién seas, en qué creas o qué te espera fuera. Tiene ese poder, capaz de hacer que todo lo que te preocupe sea cantar tan alto como para que te ardan los pulmones y te pique la garganta.


▽ ▽ ▽


El concierto había finalizado hacía al menos un cuarto de hora. El estadio se iba vaciando progresivamente. Los asistentes, guiados por la voz monótona del altavoz y los guardias apostillados a la salida, caminaban en trombas hacia el exterior. Se respiraba un ambiente de tranquilidad, rodeados por toda la adrenalina que allí se había liberado.
Un molesto pitido en los oídos competía contra el hambre atroz por mi atención. Mari y Aubrey no habían cesado de comentar el concierto. Les restaba adrenalina para seguir un rato más.

―¿Y os acordáis cuando Liberty se desmayó de hambre? ―intervine con cinismo premeditado. Aunque de buen humor. Las dos rieron.

Estábamos esperando a que viniesen a buscarnos para el M&G. Por mi parte, podríamos habernos saltado esa parte. Tenía tanto sueño y tanta hambre que estaba dispuesta a saquear a cualquiera con una almohada y algo comestible. De buen humor sí, pero muy dispuesta.

―Espero ver a Winter allí ―expuso Aubrey, mirando en una dirección concreta cerca del escenario, donde habían estado los medios de comunicación durante la actuación.

Mari preguntó a quién se refería.

―Mi amiga, trabaja en un revista y tenía que cubrir la noticia ―comenzó a explicar―. Fue ella la que me regaló la entrada y el pase.

―¡Qué buena amiga! ―secundó Mari―. De no ser por mi novio, Will, no tendríamos la oportunidad de estar aquí hoy.

De nuevo se lanzaron a una conversación, de la que fui partícipe a medias. Poco después, la amiga de Aubrey pasó por delante con un grupo de periodistas. Se paró a saludarla y siguió su camino. Su llegada supuso una señal inequívoca de que faltaba poco para el M&G.

Cuando creí estar a punto de desmayarme por el hambre, por fin aparecieron un par de miembros del equipo que nos condujeron por detrás del escenario hasta el edificio. Esa cara oculta con pasillos laberínticos, oficinas, salas de conferencia y a saber qué cosas más que pocos privilegiados tenían la oportunidad de ver.

En la segunda bifurcación ya estaba perdida. Pasamos al lado de un baño y no pude hacer otra cosa que detenerme. Llevaba aguantando el pis al menos dos horas. Como iba un poco rezagada le pedí a Marissa que le avisara a uno de nuestros escoltas para que esperasen. Me pareció que asentía, pero no me cercioré porque necesitaba urgentemente hacer uso del inodoro.

Al terminar me tomé unos segundos extra (total, si ya debían odiarme porque mi vejiga estaba retrasando el sueño de sus vidas). Me refresqué el cuello y la cara y me até el pelo en una coleta alta. Con las ojeras no podía hacer nada, a esas alturas ya alcanzaban el suelo.

Salí de nuevo al pasillo. Pero me encontraba completamente sola, con el crepitar de los alógenos de luz blanca y las relucientes baldosas reflejando mi expresión de pánico. Después de todo, Marissa me había ignorado por completo.

¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Esperar a que alguien se diese cuenta de mi ausencia?

Improbable. Por los ojos de mi mejor amiga podía pasar volando un unicornio con la crin de arcoíris que no se daría cuenta porque estaba demasiado ocupada conociendo a sus ídolos. No digamos ya acordarse de mí.

Resoplé echando el cuello para atrás.  Bueno, no podía quedarme ahí, no había una sola alma. Así que hice algo muy propio de mí. Correr hacia delante, fiándome de mi escaso sentido de la orientación, rezando por alcanzar al grupo.

En el quinto giro hacia la izquierda, perdí toda esperanza de encontrarlos. ¡Cómo era posible no cruzarme con nadie, en un equipo conformado por doscientas personas! Aceleré el trote, ya sin buen humor y con mi desarrollado instinto asesino acumulado en mis puños. Decidí tomar la bifurcación hacia la derecha, para variar.

Y por la izquierda apareció alguien, que también corría. No pude detenerme a tiempo y nos chocamos. Mi cuerpo salió despedido por la fuerza de la gravedad. Solo pude pensar en proteger mi cámara, estiré los brazos hasta que noté un tirón en los omóplatos. Noté el dolor de mi cara contra las baldosas antes de que llegase.

Rodé sobre mi cuerpo para quedar de espaldas, bajando los brazos hasta mi estómago, para depositar la cámara allí. Me zumbaban los oídos y veía manchitas negras en mis ojos. Sentí una sustancia viscosa y caliente en mi ceja derecha, acompañada por un dolor agudo y punzante.

«Que no sea sangre, por lo que más queráis, malditos Dioses». Era todo lo que podía pensar procesar. El cuerpo no me respondía.

―¡Estás sangrando!

Unos ojos verdes, que me habían aturdido poco rato atrás, se abrieron paso por mi visión nebulosa. Acompañados por unos rizos que apuntaban a mi cara, de los que resbalaban gotas de agua. Harry Styles… tenía a Harry Styles a pocos centímetros de mi cara.

Me quedé callada. Era incapaz de despegar los labios. Solo pensaba en la sangre que me caía por la sien y me que obligaba a cerrar el ojo.

―¿Estás bien? ―Apenas despegó los labios, tenía la frente llena de arrugas preocupadas que se aunaban en su ceño.

Creo que gemí.

―Voy a levantarte.

«No, no, no».

Desapareció de mi visión. Enseguida noté como una mano se introducía bajo el arco de mi espalda y por detrás de mi cuello. Me recorrió un escalofrío, tenía la mano congelada. Parte de mi consciencia de quedó en el suelo cuando noté que me levantaba.

El mundo dio vueltas veloces, casi no sentía el peso de mi cuerpo y la bilis ascendía a una velocidad vertiginosa por mi garganta. Tarde, me di cuenta que estaba apretando los brazos de Harry Styles como si quisiera exprimir una naranja. Y era muy probable que le vomitase encima.

―No te desmayes. ―Me pareció que decía, su voz sonaba distorsionada y lejana.

Cometí el error de llevarme una de las manos a la ceja. La mano se me tiñó de sangre. El cuello de mi camiseta había adquirido un tono carmesí intenso. Iba a morir desangrada en el pasillo de un estadio de fútbol…

Harry se deshizo de mis manos. Sacó algo del bolsillo trasero de su pantalón. Me alzó la barbilla con su mano helada y con la otra apretó un trozo de tela contra la brecha. Chillé tan fuerte que debieron de escucharme al otro lado de la ciudad. Ni una de sus fans podría haberlo igualado.
―Aprieta fuerte. Te llevaré a la enfermería.

―Odio… la… sangre.

Esa era yo: toda elocuencia.

Harry asintió con gravedad y se pasó la mano por el pelo.

―¿Puedes andar?

Iba a responder que no cuando comprendí lo que aquello supondría. De ninguna manera iba a permitir que me llevase en volandas. Bastante ridículo estaba haciendo ya.

―Sí ―forcé la voz para que sonase segura, pero tan solo logré sacar un hilillo.

Me rodeó con la inmensidad de su cuerpo, me sacaba dos cabezas y medio cuerpo a lo ancho. Y me agarró por los antebrazos para que no me desplomara en el suelo.

Comenzamos a andar, con toda la rapidez que me permitían mis piernas de gelatina. Para cuando llegamos a la enfermería estaba sudando y medio inconsciente por la aprensión hacia la sangre.

Volví a tomar consciencia cuando estaba tumbada en una camilla y la primera puntada de la aguja se clavaba en mi piel. Aferré con fuerza el cobertor de papel y me mordí la lengua.

―No tardaré mucho, tranquila ―habló una voz apostillada, que debía ser la del doctor.

―Puedes darme la mano si quieres.

Miré de reojo a mi lado. Harry Styles estaba sentado en una silla, al borde de la camilla. Con el trozo de tela, que era el pañuelo que había llevado durante el concierto, lleno de sangre y mi cámara  sobre sus piernas .

Mierda. Pensé que se habría ido al dejarme en la enfermería.

―No es necesario ―respondí con los dientes apretados. Dolía y escocía como los mil demonios. Escuché una risita aguda, corta y ascendente.

―Puedes irte si quieres ―dije, incómoda porque tenía a una de las fantasías sexuales de Marissa observándome.

―Te espero. ―Su voz era grave y vivaz, pero al mismo tiempo perezosa y apagada. Me encantaba el timbre que tenía, al menos ahora que podía escucharla sin el zumbido de mis oídos―. Soy Harry, por cierto.

Volví a mirarlo de reojo. ¿En serio?

―Ya sé quién eres, estrella internacional del pop. Veo que mi camiseta y el pase de mi cuello no son muy reveladores. ―Soné más brusca de lo que pretendía. El médico, calvo y con los ojos muy separados, tensó los labios para no reír.

Harry me observaba con gesto herido y parecía a punto de mandarme a tomar vientos, por decirlo de forma sutil. Caí en la cuenta de que me estaba portando como una estúpida. Con un chico desconocido que se había comportado de forma muy amable. Y ahí estaba yo, hablando de su profesión como si fuese lo peor del mundo. Como si automáticamente ello lo convirtiese en un ser de plástico que no miraba más allá de su cara bonita.

―Lo siento ―me apresuré a decir―. Me pongo un poco irritable cuando me clavan agujas en la piel.

―Casi he terminado ―informó el doctor, cortando el hilo con unas tijeras. A continuación, caminó a un armario que tenía a sus espaldas.

Notaba la ceja tirante y adolorida. Giré el cuello en dirección a Harry, que ya no me miraba con ganas de hacerme otra brecha. Sino con la calidez de una pradera bañada por el sol.

―Soy… ―empecé a presentarme. En un intento por demostrar que tenía educación.

―Fila dos, pista izquierda. Ibas a hacerme una foto cuando una chica a tu lado te empujó ―soltó sin más, con una media sonrisa.

De no ser porque la brecha me había dejado incapacitada para mover las facciones superiores de mi rostro, hubiese alzado las cejas hasta el techo. Se acordaba de mí.

―También me llaman Liberty ―carraspeé.

―Es bonito.

El hoyuelo renegaba a desaparecer, qué egocéntrico.

Justo en ese momento, el médico regresó con unos diminutos rectángulos de gasa pegados en los dedos. Puntos de sutura. Los colocó en mi maltrecha ceja.

―Incorpórate con cuidado. ―Para cerciorarse de que lo hacía, me agarró por los hombros y colaboró con la tarea. Olía a desinfectante y a loción para después del afeitado.

Sentí un revoltijo en el estómago y un leve mareo. Pero me encontraba mucho mejor que antes. La sangre de la camiseta comenzaba a secarse. Marissa iba a matarme por haberle estropeado una de sus más preciadas camisetas. Entonces vi la foto de Harry, que el propio Harry miraba.

«Qué bien, ahora se piensa que soy una de sus fans coléricas».

―Los puntos deberían caerse en una semana ―comenzó a explicar el doctor, deshaciéndose de los guantes de látex―. De no ser así, pide cita con tu médico de cabecera. E intenta no rascarte cuando la herida comience a cicatrizar.

―De acuerdo ―fijé toda mi atención en el médico.

―Voy a darte unos analgésicos para que te tomes si te duele, no abuses de ellos. ―¿Tenía cara de adicta a las pastillas?

Se fue de nuevo al armario, para traerme los analgésicos. Harry se levantó de la silla y caminó hacia mí. Todos mis músculos se pusieron en alerta. Alcé la cabeza para mirarlo. Mantenía una expresión serena en el rostro. Cuando pensé que iba a atizarme con la cámara, pasó la cuerda por mi cuello para devolvérmela.

―¿Se puede ir ya? ―preguntó digiriéndose al médico, que me tendía la caja de analgésicos. Los cogí tratando de no hacerme mucho de notar.

―Sí, espero no tener que coserte más cejas ―tendió la mano con formalidad en mi dirección, con una sonrisa de plástico.

―Yo también ―respondí aceptándola. Su tacto era áspero y seco.

―Y tú, Harry, trata de no romper a otra. ―Se dirigió a él con un tono más caluroso, de confianza.

Harry soltó una de esas risas agudas que había escuchado en las entrevistas que Marissa me obligaba a ver. Mientras intercambiaban unas palabras, miré mi reloj de pulsera. Había pasado poco más de una hora desde que perdí a Marissa. Comprobé mi teléfono por si tenía llamadas perdidas suyas.

Nada. Se había olvidado por completo de mí.

―¿Nos vamos?

La voz de Harry me sobresaltó, seguía cerca, tanto que podía oler su colonia. Tendió una mano hacia mí.

―Puedes buscar a un miembro de tu equipo para que me acompañe hasta la salida, ya has hecho suficiente ―me levanté haciendo caso omiso a su mano tendida.

―El M&G aún no ha terminado.

―Menos mal, así no tendré que buscar a Marissa.

―¿Quién? ―alzó una ceja interrogante. Aunque yo estaba hablando más para mí misma.

Llegamos a la puerta y salimos de la sala habilitada para la enfermería, antes de que respondiera.

―La chica que me empujó, mi mejor amiga ―expliqué, mientras le seguía por el pasillo, medio atontada todavía.

Asintió con una sonrisa, que era muy similar a la que exponía en algunas entrevistas. Esa que pretendía ocultar sus pensamientos o evitar una situación incómoda. No sabía cuál de las dos le pasaba por la mente en ese momento.

Nos quedamos sin conversación en el segundo pasillo.

Llevaba tiempo sin sentirme tan incómoda con un desconocido. Trabajaba de cara al público, así que sabía manejar situaciones como estas y mantener una conversación rodada. Sin embargo, estaba en blanco.

―Así que, eres fan del grupo.

Lo miré mientras caminábamos, se notaba que no le gustaban mucho los silencios porque había recurrido a un tema poco interesante para salir de él. La clase de temas que uno suele utilizar cuando no sabe qué decir.

―No. ―Mi brusquedad y yo―. Quiero decir, sí. Vuestras canciones me encantan, pero…

Si le molestó que dijese tan abiertamente que no me gustaban, no lo demostró. Se limitó a curvar los labios para despertar a su hoyuelo derecho, el más presumido, que no quería desaparecer antes.

―Pero yo no te gusto. ―Pasó una de sus manos por los rizos. Mari decía que era un gesto mecánico, como cuando yo entrechocaba las rodillas, que no lo hacía para que todos viesen que tenía un pelo de anuncio de champús. Después de un rato con él, empezaba a creerlo.

―No es que no me gustéis―no pasé por alto que no mencionara a sus compañeros―, es solo que el fenómeno fan no va mucho conmigo.

Se rio.

―Es agradable hablar con una chica que no quiera lanzarse a mi cuello y olisquearme.

―Pobrecito… ¡qué crueldad! ―Ahí sí que no me esforcé por esconder el sarcasmo. A propósito o no, acababa de soltar un comentario de lo más narcisista.

―¡Harry! ―una voz atronadora nos sobresaltó a los dos. Hacia nosotros corría un hombre corpulento y bajito, vestido con ropa negra.

―Thomas, lo siento… ―trató de excusarse.

―¡El M&G terminó hace diez minutos! ¡Nadie sabía nada de ti! ¡Estaba preocupado! ―soltó todo de carrerilla, con unas pequeñas manchas rojas asomando entre sus barba de dos días.

Harry me señaló, como si yo fuese la llave a todas las respuestas. Aunque más bien, era algo así como la culpable…

―Venía corriendo hacia aquí y me choqué con ella ―explicó gesticulando con las manos―. Se hizo una brecha por la caída. Estaba con ella en la enfermería.

Las manchas rojas del hombre empezaron a perder intensidad al ver la franja blanca que me cubría la parte superior de la ceja derecha. Ladeó el cuerpo en mi dirección.

―Imagino que eres Liberty. Hay una chica ahí dentro que está segura que te han secuestrado.

Reprimí las carcajadas.

―Es un poco fatalista ―excusé a Marissa. En situaciones como estas, Mari olvidaba que vivíamos en plena época de la tecnología y podía localizarme con una llamada.

―Está bien, mueve el culo ahí dentro y haz feliz a unas cuantas chicas ―exigió Thomas con tono autoritario.

―Sí, «papá».

Supe quién era por cómo Harry se refirió a él. El director de la gira. Lo había visto en la película This is us. Sí, Marissa también me había obligado a verla.

Andamos hasta las dobles puertas de hierro pintado de rojo, flanqueadas por otros dos tíos corpulentos (que debían ser del equipo de seguridad), a cada lado de ellas. Harry los saludó a ambos por sus nombres. Me sostuvo la puerta para que pasara.

Se trataba de una sala enorme, al fondo había mesas dispuestas en forma de «u». Con bolígrafos abandonados y algunas fotografías de One Direction. También quedaban restos de comida. Mi estómago gritó. Al lado derecho había un decorado para fotografías. Y en el opuesto, un grupo de periodistas, entre los que estaba la amiga de Aubrey y ella misma, haciendo preguntas a Liam, Louis y Zayn.

―¡Liberty!

Oteé la estancia en busca de la voz. Marissa estaba a mi altura, por el lado izquierdo, sentada en una silla, acompañada por Niall. Me apresuré a reunirme con ella.

―Menos mal que te dije que me esperases mientras hacía pis ―espeté, medio en broma.

―¡Madre mía! ¡Estás llena de sangre! ―exclamó, con sus bonitos ojos abiertos como platos. Eso sí, no se movió de la silla. Imagino que porque vio la brecha y porque no quería separarse de la persona que tenía al lado.

―Espero que no nos demandes.
Niall intervino en la conversación, con una sonrisa de oreja a oreja, que podía dejarte ciego.

―Tranquilo ―respondí con la voz más amable de la que pude hacer acopio―. Me llamo Liberty, es un placer conocerte.

―Igualmente, ¿has disfrutado del concierto?

A ver una cosa era que el fenómeno fan no fuese conmigo. Pero resultaba imposible que no te gustara Niall Horan. Era como un niño. ¿Qué clase de monstruo odia a un niño?

―Sí, me lo he pasado muy bien. Sois bastante divertidos.

―Hacer el tonto se nos da bastante bien.

Noté una presencia a mi espalda. Y por la expresión de asombro de Marissa, supe que se trataba de Harry Styles. Y bueno, por el olor a colonia que me llegaba por la espalda.

―¿Dónde te habías metido? ―preguntó Niall.

Harry me señaló de nuevo. Marissa entró en shock. Antes de que muriese por taquicardia me apresuré a contarle todo lo que había ocurrido desde que me abandonó en el baño. Lo que al parecer, no fue muy buena idea. Porque se había quedado paralizada, mirando a Harry como si fuese El Gran Salvador.

―Tú debes de ser Marissa, yo soy Harry.

Mi mejor amiga parecía a punto de llorar porque él conociera su nombre. Si al final, desgraciarme iba a ser el mejor regalo de cumpleaños que podría darle.

―Te va abrazar en cualquier momento ―murmuré mirándole, con una sonrisa malévola.

Y es lo que hizo, Marissa saltó de su asiento y se lanzó a su cuello. Seguro que también lo olisqueó un poco. Pero en defensa de mi mejor amiga diré, que Harry Styles olía bastante bien. Lo reté con la mirada a que se quejara del abrazo de Marissa. Pero se limitó a rodearla con los brazos y plantar una gran sonrisa.

Yo me dejé caer en la silla e hice un par de fotografías. Cuando se soltaron le pedí a Niall que posara con ellos. Marissa en medio, por supuesto. Seguí haciendo muchas más. Aubrey se nos unió en algún momento. Pero a pesar de las insistencias, me negué a aparecer en alguna de ellas. Parecía la niña del exorcista.

El tiempo comenzó a correr y cuando quisimos darnos cuenta, ya teníamos que irnos. Después de todo, el M&G terminó antes incluso de que llegara yo. Aguardé junto a la puerta, mientras Marissa se despedía de ellos y les pedía que volvieran después del descanso y que eran maravillosos y todo ese tipo de cosas que se le dicen a los ídolos. Aubrey no venía con nosotras porque tenía que esperar a Winter, pero intercambiamos los teléfonos antes de que se reuniera con ella.

Mientras Marissa hablaba con Niall. Harry se acercó a mí.

―Toma.

Me tendió una fotografía firmada. La acepté para que
Marissa tuviese otra más.

―¿No tendrás un perrito caliente en el bolsillo, por casualidad?

En serio, iba a morir de hambre en cualquier momento. Harry soltó una carcajada. Dio un paso más hacia mí, arrinconándome contra la puerta.

―Me ha gustado conocerte.

Vaya.

―Mi ceja no opina lo mismo ―respondí, toqueteando la cámara.

―Díselo a mi pañuelo.

Sonreí. Justo en ese momento llegó Marissa. Se despidió de ella dándole un beso en la mano, que casi la manda al otro barrio, otra vez. Mientras se iba, giró la cabeza una última vez y me sonrió.

Uno de los guardaespaldas que estaban en la puerta nos acompañó a la salida. Lo primero que dijo Marissa cuando nos abandonó en la fría noche de Washington fue:

―¡Harry Styles te ha hecho una brecha! ¡Te acompañó mientras te cosían! ―ahí íbamos de nuevo con los zarandeos, cómo no―. ¡Gracias por ser tan torpe! ¡Eres la mejor amiga del mundo!

Por supuesto, Marissa creía que era toda una afortunada porque había conseguido que una estrella internacional del pop me hiciera una brecha y, porque gracias a ellos hanía conseguido tiempo extra con los chicos.

Caminamos por el parking desértico hasta el coche. Paré en un Burger King de camino a casa, creo que me había ganado una buena dosis de colesterol aquella noche.

Al llegar a casa Marissa se marchó a su habitación después de darme su Gran Abrazo Amoroso (como ella lo llamaba) de buenas noches. Yo fui a la mía a ponerme el pijama más zarrapastroso y cómodo que tenía: una sudadera vieja de mi padre y unos pantalones de cuadros dos tallas más grandes.

Me tomé uno de los analgésicos porque empezaba a martillearme la cabeza. Encendí la televisión y me dispuse a comerme mi Big King. Cuando me levanté para recoger los restos de la cena, vi la fotografía que Harry me había dado antes de marcharnos.

Al girarla, caí en la cuenta de que tenía un número de teléfono escrito. Con unas palabras escritas justo debajo, con letra apenas legible: «Para la próxima vez que necesites una ambulancia, ;)».

Solté una carcajada tan alta que probablemente despertó a todo el vecindario. Me había dado el número de teléfono. No sé si me sentí alagada. Pero Harry Styles era un chico, y ya sabéis, los chicos son seres repugnantes que no traen nada bueno…

Inocente de mí, la desterré a las infinidades de mi bolso, dispuesta a olvidarme del número de teléfono. Ya no podría subastarla en EBay. Repito, inocente de mí, pensé que ahí se terminaba todo. Una curiosa experiencia que relataría a los hijos de Marissa y Will cuando me tocase hacer de niñera.

Hay cosas que están destinadas a ocurrir. Momentos que nos llevan a otros mucho más importantes. Que nos conectan con las personas de una manera tan fuerte, que nos hacen creer que somos nosotros mismos quiénes tomamos la decisión de encontrarnos una y otra vez. Y, cuando nos damos cuenta, cuando queremos remediarlo. Ya es tarde.

Estuve negándolo durante semanas, pero; mi historia con Estrella Internacional del Pop no había hecho más que empezar.

wanheda.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Megara. el Jue 14 Jul 2016, 6:40 pm

KATE LO AMEEEEEEE! Lo leí esta mañana...¿o ayer? pero la falta de laptop me jodió la vida y bueno u.u pERO LO AMÉ MUCHO, SABES. Amo a Liberty y que disfrute su música pero no sea una fangirl loca y dios morí de la risa con tu capítulo, cómo conoció a Harry y comentaré con más dignidad(?) cuando tenga más tiempo, pero ya sabes que lo disfruté muchisimo
Y no te preocupes por no poner a Maxie en el M&G

Megara.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Kida el Sáb 06 Ago 2016, 12:19 pm

Kate!! te juro que amé el capítulo por completo, intentaré dejarte un comentario apropiado más tarde, es que se me vino la u encima y no he tenido mucho tiempo, pero quiero que sepás que lo leí y lo amé.
Por cierto, el orden que sigue es:
Mari, Mili y luego Ems. Después de esta ronda seguiríamos con el orden que está en los extras

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Kida
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Megara. el Sáb 06 Ago 2016, 7:41 pm

esta bieeen

Megara.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Kida el Vie 19 Ago 2016, 11:10 pm


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Re: Reminders of reality.

Mensaje por wanheda. el Vie 09 Sep 2016, 7:04 am


wanheda.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Grey Lady. el Lun 10 Oct 2016, 6:55 pm

Perdonen tanto tenerlas así  :posnoveo: me odio eternamente por abandonar tanto el foro :c estaré intentando que la inspiración vuelva para esta semana y sino pasaré de turno así no se estanca mas. Perdooon, las amo 

Grey Lady.
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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Kida el Miér 12 Oct 2016, 7:58 am

Claro preciosa, gracias por avisar, espero ansiosa tu capítulo

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Re: Reminders of reality.

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 5:36 am


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