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The Selection.

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Re: The Selection.

Mensaje por hypatia. el Lun 26 Dic 2016, 4:51 pm

Alec, decía que le faltaba editar la última parte del cap muack
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Re: The Selection.

Mensaje por Asclepio. el Lun 26 Dic 2016, 4:53 pm

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Re: The Selection.

Mensaje por Ritza. el Lun 26 Dic 2016, 7:47 pm

tENGO QUE COMENTAR Y LEER...LEER Y COMENTAR
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Re: The Selection.

Mensaje por Asclepio. el Lun 26 Dic 2016, 8:00 pm

Diablos, Ems me recordó que yo también debo comentarios
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Re: The Selection.

Mensaje por Ritza. el Lun 26 Dic 2016, 8:08 pm

siempre lo haces
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Re: The Selection.

Mensaje por Asclepio. el Lun 26 Dic 2016, 8:09 pm

Peroooooo
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Re: The Selection.

Mensaje por Ritza. el Lun 26 Dic 2016, 8:15 pm

ahahahahaha con amooor
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Re: The Selection.

Mensaje por mieczyslaw el Miér 28 Dic 2016, 3:30 pm

Subo el viernes, lo juro.   Esta semana y la pasada es un caos por el fin del año, pero está casi listo para el viernes.

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Parte uno

Mensaje por mieczyslaw el Vie 30 Dic 2016, 8:18 pm

Capítulo 12

Escrito por: jean luc. || Personaje:Shawn Baggio & Brett Di Lorenzo



No podía decirse que Shawn era fan de la última moda, si acaso solía echar un vistazo a las revistas de la recepción muy de vez en cuando los ratos que tenía libres en el trabajo, pero cuando le informaron en un principio que iba a entrar en una etapa la cual todos catalogaban como la “transformación” no pudo evitar el emocionarse y aterrase a su vez. En su hogar nunca solía usar más que un poco de rubor, brillo labial y máscara para las pestañas, por lo cual, la idea de tinte, base y muchísimos más métodos de belleza le resultaba un tanto atractiva porque, a pesar de ser una simple cuatro, la vanidad en ella era uno de sus máximas características.

Y ahí estaba ella, sentada en una alta pero cómoda silla cómoda, balanceando sus pies en el aire mientras miraba fijamente al hombre de un extraño cabello color amarillo pollo por el espejo enfrente suyo tratando de no preguntar en un grito por lo que él tomaba en sus manos. Un bullicio de voces era presente en toda la gran habitación y Shawn no paraba de mirar curiosamente de un lado a otro cuando una voz se elevaba por encima de las demás, en más de una ocasión los gritos provenían de una misma chica con cabello cenizo a unos metros de su costado izquierdo, la muchacha era un año mayor que ella pero tenía un carácter de los mil demonios y por cualquier cosa pegaba el grito al cielo, no podía apostar a que pertenecía a una casta más prestigiosa que la suya pero su actitud de diva daba mucho que imaginar.
Alonzo, el hombre con el cabello amarillo raro, se acercó con grandes zancadas hacia la joven Baggio de nueva cuenta con un sinfín de cosas en sus manos haciendo que la muchacha le sonriera por el espejo. Él colocó todo en una pequeña mesa alta con ruedas en sus patas antes de girarse para encarar a la rubia.

—¿Y qué es todo eso? —preguntó con ambas cejas arqueadas, tratando de sonar casual, sin despegar sus ojos verdosos de los oscuros del hombre.
—Nada importante, cariño —contestó con voz fina haciendo un gesto con su mano para restarle importancia—, no te preocupes por ello. Milagrosamente tu rostro es naturalmente atractivo y no necesitarás más que una mejora a tu cabello y cejas.
—¿Dice que me teñirán o algo así? —Él asintió comenzando a revisar cada uno de los productos que traía anteriormente consigo— ¡¿Entonces crees que puedes teñirlo de naranja!? 

Los ojos de Shawn se agrandaron con ilusión y tomó un mechón de su cabello tratando de no echarse a reír de gozo mientras inmensas ideas de ella con la cabellera del mismo color que la de Willem y Francesco comenzaban a surgir en su cabeza —su sueño de ser rojiza como sus hermanos mayores estaba volviéndome después de tanto realidad— pero antes de pronunciar si quiera en palabras lo feliz que le hacia aquello el hombre chasquea la lengua tan alto que sacó de su burbuja feliz a la rubia.

—Por supuesto que no, ew. —Hizo una mueca de desagrado comenzando a tomar el cabello de ella con pinzas y ligas— No te favorecería en nada y seguro parecerías una mala copia de Winifred Sanderson.
—Oh, bueno —murmuró por lo bajo la chica, no sabiendo bien si estar agradecida u ofendida por el comentario de su estilista asignado ya que aquel nombre le resultaba desconocido para juzgar por sí misma, más sin embargo optó por no desanimarse y seguir curioseando—. ¿Entonces? 
—Un poco de luces, rayos y un color más claro, únicamente.

Shawn estaba a punto de hacer más preguntas pero una mirada irritada por parte del estilista antes de ello le hizo enmudecer de inmediato y enfocarse en algo más que no fuera él cuestionar de vuelta. 
La muchacha se dispuso a pensar en otras cosas que no involucraban su próximo ligero cambio de look; en más de una ocasión se encontró sacando a relucir en sus pensamientos el estado actual de su padre y hermanos, pero rápidamente la esfumaba ya que no podía contener la angustia repentina que le invadía al recordar su hogar, aquello al parecer lo había notado el hombre rubio ya que le dio unas revistas para que se “distrajera” durante un rato.
Entre chismes de doses los cuales le sonaban un poco por sus básicos conocimientos del mundo del espectáculo y las últimas noticias relacionadas con las selecciones de los demás países las horas pasaron tan rápido que le pareció a la chica un chasqueo de dedos lo que duró Alonzo —quien le había dado todos los nombres de los rostros que desconocía en las revistas— en arreglar su cabello.

Su vista se encontraba leyendo el último párrafo sobre un artículo gastronómico, al cuál únicamente decidió prestarle atención por curiosidad, cuando al finalizarlo tuvo que dar vuelta para continuar con la lectura de la revista y se topó con un rostro sumamente familiar sonriendo desde una pequeña fotografía en la hoja. Sus ojos verdes se abrieron de inmediato al igual que su boca, un rubor comenzó a colorar sus mejillas mientras intentaba disimuladamente no tensarse para delatar la vergüenza que sentía, ahí en la página estaban las fotografías de todas y cada una de las chicas que se encontraban dentro de la sala; todos y cada uno de los seleccionados de Italia estaban en las dos hojas de aquella revista.
Las fotografías estaban acomodadas por apellidos y mezcladas, desde las seleccionadas con ambos príncipes hasta los chicos con la princesa, Shawn observó con rapidez cada una de las fotografías, deteniéndose un momento en la suya para corroborar que en verdad no era todo aquello un sueño de mal gusto suyo y que en cualquier momento despertaría en su viejo colchón de su habitación, pero antes de siquiera comenzar a adentrarse más en aquello cerró con fuerza la revista y la lanzó junto con las demás que ya había leído al lado suyo.

—¿Había fantasmas en la revista o por qué tanta rudeza? —cuestionó con su típico tono apático el hombre sin dejar de lado el trabajo en el cabello de Shawn.
—No, fantasmas no, pero había una momia. —contestó con simpleza encogiendose de hombros, tratando de sonar lo más casual posible, refiriéndose a aquella fotografía que le habían tomado semanas atrás en la cual salía sonriendo lo más grande que pudo y achicando sus ojos por culpa de sus mejillas.
—Seguro. —Él tomó la barbilla de la chica y la hizo levantar su mirada hasta que encontró su propia mirada verde en el reflejo del espejo— Listo, ¿qué te parece?

De no ser porque era imposible aquello la mandíbula de la chica hubiera terminado en el suelo, como cómicos personajes en las viejas caricaturas que veía de niña, del asombro. Si bien, desde que Alonzo inició trabajar en su cabello no había prestado atención alguna más que a las revistas, pero ya con los ojos puestos en su reflejo todo volvió a la realidad en donde ella no era exactamente ella en ese momento.

—Woa... —Tomó todo su cabello con ambas manos hechas puño, lo que causó unos manotazos por parte del estilista, y soltó el cabello de vuelta para levantarse de la alta silla con cuidado. Seguía siendo rubia, por supuesto que si, pero ahora los mechones castaños y rubios-oscuros que tenía antes habían desaparecido por completo, un color rubio platinado era el que coloreaba la longitud de su —no tan largo ahora— cabello, dejándole en la mente la gran duda que tenía de cuanto tiempo pasó en verdad leyendo todas las revistas mientras ni se inmutaba de lo que haciendo en su cabeza— Esto es... ¿cómo decirlo?... ¡Asombroso, me gusta!

Quería decir muchos más a lagos en ese momento, porque Shawn jamás se había sentido como una chica bonita desde que comprendió la gran diferencia que había entre su cabellera rubia y la rojiza de sus hermanos mayores hasta en aquel instante en el cual se veía con mucha confianza en sí misma ahora si, pero los gritos de la muchacha bulliciosa —de la cual ella había olvidado por completo hasta que escuchó sus gritos de vuelta— le hicieron girar en su dirección.
Una vez más la mandíbula de la rubia hubiera tocado el suelo en aquel instante, si tan sólo aquello fuera posible, porque no podía creer lo que sus ojos estaban viendo y quiso simplemente echarse a llorar o recriminar al estilista que le tocó por no cumplir sus caprichos de volverla pelirroja como en un principio.

La chica gritona lucia una preciosa cabellera anaranjada ahora, el único rastro de que había sido anteriormente rubia había desaparecido por completo, y ella estaba brincando de un lado a otro en la estancia demostrando lo feliz que estaba con su nuevo color de cabello.
El sentimiento de odio, tristeza y envidia luchaban con mantenerse en la cima muy dentro de Shawn, quién miraba todo de pie frente a su lugar correspondiente en la habitación, ya que si bien ella no pudo lograr tener el tinte que deseaba pero aquella muchacha si; y eso le ponía los nervios de punta ya que era consciente de que aquello era como un ring de pelea y la que luciera mejor tenía ventajas sobre las demás.
En la cabeza de la decepcionada joven de diecisiete años ya se plantaba una idea de que no tenía oportunidad alguna frente a aquella chica de cabello color zanahoria. Su labio inferior comenzó a temblar, como hacia cada que quería llorar pero se reprimía, y bajó su vista hasta sus pies cubiertos por unos caros zapatos que le habían dado antes de que saliera de su casa.

La imagen de Willem, Francesco y su padre se hizo presente en sus pensamiento, haciéndole sentir aún más miserable y repitiéndose mentalmente que sus hermanos hubieran tenido más oportunidad con la princesa que ella con el príncipe, comenzaba a atacarse con autodestructivos pensamientos hasta que las manos de Alonzo se posaron en sus hombros y la obligaron a sentarse de vuelta en la silla.
La ojiverde trató de poner buena cara cuando el hombre levantó su rostro a su altura y la examinó con cuidado, los ojos oscuros de él parecían querer decirle algo por la forma en la que le miraban, pero ella se contuvo de aquel contacto con las miradas y apartó la suya hacia su regazo con timidez.

—No te preocupes, niña —murmuró el hombre inclinado hacia abajo para que la rubia pudiera escucharle—. Lo que ellos no saben, porque su estilista es novato en esto, es que al príncipe Brett no le gusta el color naranja.
—Uh... ¿en serio? —cuestionó ahora sorprendida la chica, el hombre asintió y ella le dio una leve mirada de reojo a la otra muchacha, sonrió levemente elevando su mirada para encontrar la oscura de su estilista— ¿Por qué?

Alonzo elevó uno de sus dedos, haciéndole entender que esperara un momento, y se giró a la mesa donde tenía todo lo que ocupaba para tomar lo que ofrecía ser una paleta de madera junto con un pequeño cuenco de cerámica. Shawn no preguntó por ello ya que sabía bien que le seguía ahora una buena depilación de ceja.

—Bueno, he tenido oportunidades de convivir con la familia real en grandes eventos con anterioridad, y en uno de ellos la decoración era anaranjada, el príncipe huyó apenas pudo, cubrieron aquello diciendo que había comido algo que le cayó mal el día anterior pero la verdad salió días después por la gran boca del consejero real en una pequeña junta.
—Pero lo mantuvieron en secreto para la prensa.
—Exacto —asintió sonriente el estilista sumergiendo la paleta en el recipiente con forma rectangular—, hay muchos secretos dentro de estos muros, mejores incluso para hacer la mejor novela de chismes en toda la historia. 

La muchacha enmudeció, pestañeando sorprendida por aquello, pero le sonríó de igual manera al hombre. 

{...}

—Entonces... —Miró a las tres damas en frente suyo con el ceño fruncido al igual que sus labios— son Donielle, Eleonora y Mona, ¿cierto? —Las tres cabezas de sus doncellas asintieron apenas ella pronunció aquellas palabras después de haber subido hasta su habitación de nueva cuenta después de todo el día abajo— Bien, sabía que mi memoria después de todo no era tan basura.

La rubia río y las tres mujeres enfrente suyo le imitaron, aunque claramente no era el mismo tipo de risa alegre como la que soltó la muchacha, por lo cual paró y les miró con el ceño fruncido de nueva cuenta.

—Yo no quiero que me traten como si fuera la máxima autoridad, no soy la princesa y mucho menos la reina, les agradecería mucho si no actuaran como si tuviesen que hacerme la vida más fácil, ¿de acuerdo? 
—Seguro señorita —corearon las damas un tanto apenadas pardas en frente de la cama en la habitación. Shawn sonrío agradecida y se dejó caer de espaldas en el especioso colchón con los ojos cerrados.
—Gracias. —Dejó salir un suspiro pesado, sentía todas sus extremidades agarrotadas y los párpados pesados por la tensión que había sufrido desde días atrás, no estaba enterada que al ser seleccionada su vida se iba a convertir en un martirio con gente 24/7 cerca suyo sin la mínima consideración de darle un respiro a sus miradas curiosas que tanto le incomodaban. Desde que había sido anunciada en el report como una de las participantes para el príncipe Brett no había podido estar sola más de diez minutos sin que alguien le acosara con miradas o preguntas, entre ellos mismos sus dos hermanos y su padre, incluso comenzó a sentir que mientras dormía las paredes mismas tenían ojos y le observaban.

La vestimenta de ensueño, la comida, el castillo y la mismísimo privilegio de estar más era de la familia real que ningún otro fuera del palacio eran pequeños detalles que todos veían bien al ser parte de aquel concurso, pero nadie se encargaba de ponerse de verdad en los zapatos de aún de las participantes, porque estar solamente con tres doncellas y otras ocho mujeres para poder convivir durante le resto del día resultaba todo menos algo bueno para Shawn.
Lo único que quería era dormir durante las pocas horas que quedaban del día pero estaba segura de que, a pesar de contar con la ayuda de las tres mujeres, tenía mucho por hacer por lo cual de nueva cuenta se levantó de la acolchada cama y miró a sus doncellas asignadas.
Donielle parecía ser la mayor de todas y fue la única que no sonrío nerviosa cuando la rubia les dedicó una mirada aparentemente picarona.

—¿Podrían hacerme un favor? —cuestionó ella sentándose derecha en el borde de la cama, tal como recordaba haber visto hacer a las educadas princesas en las películas de tiempos atrás, sonreía radiante aunque los extremos de su boca le dolían por haber sonreído tanto frente a las cámaras.
—Seguro, señorita Baggio. —canturrearon las tres asintiendo eufóricamente.
—Me gustaría tomar un buen baño, ¿saben?, siempre he sido algo ignorante en cuanto a las sales y velas aromáticas se trata —admitió un tanto apenada, aunque no avergonzada debido a que ella al igual que la mayoría de la población fuera del ranking de élite no contaban más que con una regadera o dos —si eran afortunados— para bañarse después de duras horas de trabajo, mirando hacia la puerta que dirigía al lujoso baño en su habitación.

La contestación de las tres mujeres no pudo ser del todo percibida por Shawn debido a que la puerta fue ligeramente golpeada y captó toda la atención de la muchacha se levantó del colchón de inmediato pero Mona —con sus gruesas cejas oscuras y penetrantes ojos verdes— le indicó con la cabeza que tomará asiento que ella misma iba a atender. Una gran incógnita comenzó a crecer en la cabeza de la rubia, porque bien no tenía amigos y mucho menos conocidos ahí en el palacio, pero tratan de apaciguar sus dudas diciéndose que posiblemente era algún guardia que le fuera a dar indicaciones del día próximo o la mismísima instructora con la que asistiría a clases todas las mañanas, más sin embargo aquello no saciaba la curiosidad repentina que invadía todo su ser.

Cruzó sus dos manos y las colocó en su regazo, irguió la espalda más para alcanzar a ver algo encima del hombro de su doncella que por pura elegancia, clavó su mirada en la madera con ansias de saber quién estaba del otro lado; pues no esperaba visitas y mucho menos en aquel momento en el cual lo único que quería era darse un buen baño para relajarse. Ella no podía estar tranquila hasta que pudiese sentirse de una buena vez en calma con el olor de la ducha y aquella visita sólo significaba  que tendría que esperar todavía más por aquello.
El oscuro cabello de Mona atado en un moño alto se inclinó cuando ella abrió la puerta y se inclinó hacia adelante para poder ver quién estaba afuera.

—¿Qué se le ofrece? —cuestionó cortes la más joven de las tres doncellas, parecía ser que no había nadie afuera o era demasiado bajo porque no había ninguna señal de que estuviera una persona allá afuera, miró sobre su hombro a la seleccionada y susurró—: Es la señorita Bona Arcuri, dice que le gustaría hablar con usted.

Los dos pares de ojos de las otras doncellas se posaron en la rubia, pidiéndole con la mirada que respondiese rápido, pero aquello no logró ejercer presión alguna en la chica que estaba preguntándose si conocía a alguien con aquel nombre; pero todas sus conclusiones le llevaron a una respuestas negativa. No recordaba haber escuchado aquel nombre antes.

—Seguro, puede pasar. —Su voz comúnmente débil y aguda se escuchó ronca y un tanto dudosa, pero se las empeñó para mostrar una radiante sonrisa para quién quiera que fuese su visita nocturna.

La muchacha de cabello azabache se apartó de la puerta y le dio paso a una muchacha menuda con cabello castaño lacio que apenas llegaba a rozar sus hombros, tenía tupé también y cubría gran parte de su frente hasta el punto de llegar a rozar los párpados, poseía ojos grandes de un color almendrado que miraban risueños a la rubia. Ella no recordaba ninguna Bona pero sí estaba segura de que aquella muchacha la había visto con anterioridad.
La castaña miró de Shawn a sus doncellas y después hacia la puerta.

—¿Interrumpí algo importante? —preguntó asustada con la boca ligeramente abierta. 

Un gran rubor creció por la explanada de sus grandes mejillas hasta expandirse por toda su cara, estaba completamente avergonzada y parecía querer huir de ahí, una risilla escapó de la ojiverde cuando se levantó de manera lenta para posarse frente a la diminuta chica que había interrumpido su próximo baño.
Rizos grandes color chocolate cubrían el lado izquierdo del rostro ovalado de la muchacha, haciéndole parecer completamente indefensa, pero al momento en el que sus oscuros ojos se posaron en los de Shawn reconoció que no podía ser del todo mojigata ya que poseía un toque entre pícaro y ladino en la mirada.

—Iba a tomar un baño, pero todavía debo de esperar para ello —habló en tono quedo dándole una mirada rápida a las tres damas, quienes de inmediato corrieron al cuarto de baño, tratando de sonar lo menos cansada posible—, y... disculpa si suena grosero o tosco, pero, no recuerdo conocerte de ningún lado, ¿quién eres tú?

Sin más soltó lo que había querido preguntarle desde que la vio entrar a su habitación, porque no le gustaba estarse con rodeos y mucho menos aparentar estar de buen humor con una desconocida, cruzó sus delgados brazos en su pecho y frunció el ceño a la rizada. Pasó saliva y pestañeó para evitar el soltar un perezoso bostezo enfrente de la chica para seguir con su semblante serio hasta obtener una respuesta.

—Mi nombre es Bona, una seis, o al menos lo era antes, fui la única chica de mi casta y la más baja en ésta selección, ¿sabes? —Sonrió, achicando sus ojos, moviendo su cabeza mientras hablaba— Y únicamente quería ver si podía contar con alguien de las otras chicas, ya sabes, quería intentar hacer amigas; pero todas parecen quererme lejos de ellas, a excepción de ti.
—Yo... uh... no recordaba haberte visto abajo hace rato, disculpa. —Tiró sus brazos a los costados y sonrío apenada, en parte sentía empatía y algo de comprensión por la castaña, pero también quería decirle que a pesar de todo aquello era una competencia y que una amistad en aquella circunstancia parecía lo más absurdo debido a que sólo una podía salirse con el premio mayor, en este caso ni más ni menos que el corazón de un heredero, por lo cual simplemente debían de enfocarse cada una en lo suyo. Pero, no lo hizo, siempre pensaba lo más negativo de las situaciones aunque jamás se atrevía a decirlo en voz alta. Puso su mejor cara y asintió un tanto exageradamente— No puedo asegurarte nada, nunca he tenido amigas antes, mi trabajo me lo impedía al igual que las escasas horas que pasaba fuera de mi rol laboral, pero te prometo que me esforzaré por intentarlo.

La rubia esperó a que el rostro de Bona se transformara en una mueca, porque bien sabía que no era de lo más delicada a la hora de hablar y mucho menos cuando de entablar una relación de cualquier tipo se trataba, más se vio enormemente sorprendida cuando ella simplemente rió.

—Por supuesto, eso me basta, sólo quería contar con alguien en esto.

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Apenas había amanecido y se había tallado los ojos después de despertar cuando fuertes punzadas en la cien se hicieron presentes, dándole a entender que sería un día aún más pesado de lo que imaginó anteriormente, no quería salir de su habitación y mucho menos quería ver el rostro de todas las personas que estarían invadiendo su espacio personal en todo el palacio —a excepción de sus hermanos— pero sentía que en cualquier momento explotaría por todo lo que estaba en su cabeza desde que se acostó a dormir la noche anterior.

Tolerancia. Eso era lo que Brett no poseía en ninguna circunstancia, solía salirse fácilmente de sus casillas y nadie podía impedirlo, temía el volverse loco frente a las cámaras al igual que todas las chicas y chicos que estarían en la misma sala que él porque era algo que tanto sus padres como hermanos le recriminarían hasta la muerte. 
Había probado quedarse el día anterior encerrado en su habitación para evitar el alboroto que había por todo el palacio con la llegada de los seleccionados, no quiso si quiera salir a comer algo únicamente con su familia y pidió una bandeja con una infinidad de platillos para comer él sólo encerrado, solía hacer aquellas rabietas cuando sabía que necesitaba algo de paz y tranquilidad sin tener que escuchar “las voces de la razón” que eran ni más ni menos que su padre y hermano mayor; le gustaba pasar horas en completa soledad viendo televisión, leyendo algo de lo que había tomado con anterioridad de la biblioteca o escuchando música, sentía que nadie ni nada podía comenzar a lanzarle órdenes de la nada como siempre sucedía.

Era consciente en el momento que se asomó desde su balcón al jardín que era demasiado temprano aún para todo el alboroto del día, aún había sombras en algunas copas de los árboles afuera y se sentía una ventisca matutina que le hizo retroceder de ahí, pero la jaqueca que comenzaba a taladrar su cabeza bastaba para que no volviera a dormir hasta tarde como lo había planeado en un principio. 
Se dirigió a la cocina —descalzo y con su pijama de seda a cuadros grises— todavía somnoliento ante la mirada de los guardias que hacían su turno a temprana hora, les dedicaba asentimientos de cabeza entre un amable Buongiorno y bostezo, pudo consigo mismo hasta que distinguió en el aire el olor tan exquisito del pan recién horneado junto con las bajas melodías que la radio emitía. A todo el personal de la cocina solía gustarle escuchar al contrabajista Giuseppe Verdi a todas horas, aunque variaban de vez en cuando la estación transmitían, solían cantar y charlar haciendo el trabajo con una buena sintonía para hacer agradable el entorno; a Brett le gustaba ir de vez en cuando por ahí para saludar y robar algo para sí mismo sin que nadie le reprendiese.

Falstaff había sido la ópera transmitida aquel día, la comedia que tanto le gustaba al heredero de en medio, y con una gran sonrisa lobuna saltó hacia la entrada de la cocina para empezar a entonar con su ronca y fuerte voz las altas notas que estaban soñando en aquel momento. Sus ojos cerrados, los brazos extendidos y bruscos movimientos de su cabeza, así era como se veía el castaño en aquel momento, las venas de su cuello bien marcadas parecían apunto de explotar en cualquier segundo cada que él jugaba con las notas de una manera excepcional para tratarse únicamente de un niñato de la realeza sin previos conocimientos del canto; llevó con fuerza sus dos manos hechas puño al pecho y se desplomó en el suelo al termino de los últimos acordes. 
Risas, aplausos y silbidos estallaron en todas partes, el joven abrió sus ojos sonriente ignorando por un momento las molestias de su cabeza, aceptó la mano que le tendió Luigi, el hombre encargado de traer las verduras todas las mañanas, para ponerse en pie y hacer una reverencia como si estuviera en frente de una gran multitud de personas. Levantó ambas manos, la izquierda dejándola en su pecho y la derecha se alzó aún más por encima de su cabeza con los dedos juntos agitando la de izquierda derecha, fingiendo acabar el concierto de su vida en el Teatro La Fenice. 

—¡Bravissimo, joven Brett! —exclamó Bellini apresurándose con sus regordetas piernas por toda la cocina para llegar hasta el muchacho, era una mujer corpulenta con grandes mejillas rosadas que hacían brillar aún más sus pequeños ojos azules y le daba ese aspecto de ser una espléndida persona, con sus fuertes brazos por hacer el trabajo duro en la cocina desde años empujó a todos los que estorbaban en su camino hasta que logró finalmente colocar sus grandes manos en las delgadas mejillas del castaño. Apretujó con sus palmas los costados del anguloso rostro hasta que él terminó con los labios estirados con boca de pato—. El señorito tiene la voz de los mismísimos ángeles, ¡tan talentoso!, es una lástima que no se aprecie su talento.

La cocinera mayor, jefa de todos y de todo allá abajo, poseía un carisma que lograba ganarse el cariño de cualquiera fácilmente; el segundo heredero había encontrado a su conciencia en forma humana que nunca le fallaba desde entonces.

—¡Se ve horrible, Bellini! El muchacho debe estar enfermo —habló el hombre de las verduras—, sólo mírelo, necesita algo.
—Tonterías Luigi, él está cansado únicamente, seguro una pastilla puede con ello. —El castaño asintió a las palabras de la mujer y señaló con el índice de la mano derecha el centro de su frente con una mueca—. Oh, es su cabeza, bueno, puede pasarse rápido. ¡Vamos traigan una pastilla junto con un trapo mojado —exclamó estudiándolo y al notar que no traía nada cubriendo sus pies frunció el ceño—... y un par de zapatos suyos también!

Un par de guardias que estaban por ahí corrieron ante la orden de le gran mujer, murmurando rápidos “sí, sí, seguro” sincronizados, dejando en completo silencio después el enorme cuarto que consistía en la cocina del palacio. Era el triple de grande que la habitación de Brett al igual que el doble de alta y poseía distintas áreas para estar haciendo a la vez distintos platos sin genere que complicárselas, tan impecable que parecía ser de ensueño aquel espacio únicamente, el olor de pan recién hecho se volvía aún más potente y exquisito ya ahí presente que era casi imposible el poder resistir en pensar otra cosa que no fuera comer.

—¿Me daría algo de pan? —cuestionó sin más el muchacho recostándose en la pared más cercana mientras Bellini le toma el pulso, la temperatura y frecuencia cardiaca con suma concentración, ella solía ser tan histérica hasta con lo más mínimo pero era algo a lo que ya todos estaban acostumbrados y permaneció inmóvil dejándole hacer su trabajo—. Tengo hambre y no desayunaré nada hasta que las entrevistas terminen hoy en unas horas.
—Oh, niño, sabe usted que puede pedir lo que quiera y yo cedería de inmediato. ¡Con usted no puedo negarme a nada! —Sus ojos le miran un momento con aprecio—. Puede tomar una pieza, sólo eso, no quiero que pierda el apetito después y termine haciendo rabietas porque no quiere terminar su plato en frente de todos. —Rió quedamente la mujer apartándose al comprobar que sólo era dolor de cabeza lo que él tenía—. Debe de estar radiante y encantador para sus chicas hoy.
—Lo soy, yo siempre, así que no se preocupe por eso —argumentó ladino a lo que la mujer respondió con una mirada severa sobre su hombro cuando se dirigía al canasto de pan, él le siguió—. Además no pienso fingir que soy amor y dulzura cuando no es así, todos lo saben, creo que ellas saldrán corriendo al ver quién es en verdad Brett Di Lorenzo.
—¿Por ser curioso, egoísta y caprichoso como un niño? Tiene razón, sí que la tiene, lo que usted necesita es una niñera y no una esposa —reprendió en burla a lo cual él de inmediato comenzó a reprochar—. ¿Lo ve? No acepta que usted no tiene la razón, señorito, debe comportarse y ya. Es lo que le digo.

Tomó una pieza del gran canasto y se la tendió a él, quién con una sonrisa la aceptó dándole un mordisco brusco de inmediato, el muchacho esperó a que su paladar se sintiera satisfecho con el crujiente sabor del pan como aperitivo para poder hablar después.

—No necesito una niñera, Ross hace bien su trabajo sin necesidad de catalogarle como tal, pero aprecio el hecho de que sea sincera conmigo siempre —comentó envolviendo en una servilleta el resto de la pieza para llevarla consigo arriba, pues los guardias habían vuelto con todo lo que Bellini había pedido, se colocó las pantuflas que le habían traído de inmediato y miró a la mujer—. Aceptaré mis errores el día en el que las ballenas puedan volar. ¡O sea nunca!

Y sin más se acercó a Bellini para besar su regordeta mejilla, tomando la pastilla que le tendió con una de su mano junto con el trapo, y salir apresuradamente de la cocina, pues sabía que en menos de dos horas debía de estar listo para la acción del día, no podía demorarse más, además de que seguramente sus hermanos estarían ya listos y esperándole —como siempre ocurría— para cuando estuviera finalmente arreglado. Sin embargo su humor no decayó o cambió en ningún momento; Brett estaba contento y extasiado con la idea de todo lo que ocurriría aquel día.

Apenas llegó a su habitación se despojó de sus prendas nocturnas para adentrarse en la ducha para retirar cualquier rastro de que estaba agotado hasta la médula, unos veinte minutos dentro le bastaron para volver a ser el hermano de en medio molesto que todos conocían bien, no había preparado la noche pasada lo que se pondría aquel día y el hecho de que cuando salió estaba ya en su cama un traje listo le sorprendió bastante. Tenía que agradecer a alguno de sus dos hermanos o su misma madre por ello, supuso.
Mientras se cambiaba decidió encender el televisor para escuchar algo de fondo entre el repentino silencio que parecía haber aquel día, muy distintivo al del día anterior que no podía ni soportar, el canal de música era uno de sus favoritos y mientras el hombre que se encargaba de acomodar y ajustar bien el traje hacia su trabajo tarareaba las dulces melodías que lograron ponerle aún de más buen humor.

Su repentina molestia matutina pareció evaporarse como por arte de magia y no hizo falta más que tomar la pastilla para sentirse como nuevo. Confiaba en que después de todo no estaría mal el conocer a las chicas, pues aún en contra de su voluntad terminaría casándose con una de ellas le gustase o no, sentía amenaza al tener dieciocho chicas y nueve chicos bajo el mismo techo que él aún pero estaba convencido de que debía de actuar optimista únicamente para lidiar con ello.
La fatiga se convirtió en nervios y las ganas de encerrarse para no escuchar nada ni a nadie cambiaron por las de evitar el hacer algún tipo de ridículo frente a toda la audiencia que estaría rodeándole por un buen tiempo. Hasta podía sentir que terminaría vomitando de la bola de nervios en la que se había convertido de último momento. Nunca había sido bueno para guardar la calma y cuando las cosas solían ponerse difíciles su humor sobrepasaba los límites de vez en cuando adoptando conductas un tanto irritables.
Terminó maldiciendo a la nada sin motivo alguno mientras iba a reunirse con sus hermanos y haciendo comentarios fuera de contexto después; su infante interior parecía florecer desde lo más profundo de su ser para arruinarle sus planes. Pero él no estaba dispuesto a dejarlo así.
Apretó los dientes y elevó su mentón cuando desfiló junto con Ross y Helena fuera de la sala para ir a la entrevista con sus respectivos seleccionados, sintió miradas encima de ellos y de inmediato tuvo que ponerse aún más rígido para evitar el salir huyendo a su habitación de nueva cuenta, se concentró en mirar la nuca de su hermana menor hasta que llegaron cada uno a su respectivo espacio para empezar de una vez con todo.


Última edición por jean luc. el Lun 16 Ene 2017, 4:20 pm, editado 2 veces

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Parte dos

Mensaje por mieczyslaw el Vie 30 Dic 2016, 8:20 pm

Capítulo 12

Escrito por: jean luc. || Personaje: Brett Di Lorenzo & Emerick Metelli



Después de todo Brett terminó relajándose en el cómodo sillón que se encontraba sentado conforme las chicas pasaban. No resultó ser tan abominable como se lo había imaginado desde un principio.

Las tres primeras chicas eran muy similares, incluso pensó por un momento que se trataba de una clase de broma y era la misma chica sólo que con diferente vestido, el cabello oscuro y por los hombros lacio junto con un par de ojos pálidos azules —un color que él no había visto mucho en las personas del reino— además de que les gustaba cantar y leer revistas de moda. No prestó demasiada atención a lo demás, pues cada una se encargó de hacerle perder el interés con comenzar a parlotear cosas sin sentido durante el resto de la entrevista, se suponía que aquello debía de ser para conocerse y no para presumir lo mucho que lograban ellas, se despedía con una sonrisa junto con un asentimiento de cabeza diciendo que había sido un placer. 
La cuarta era rubia de ojos deslumbrantemente grises y una sonrisa que parecía acabar con cualquier maldad en la tierra, incluso parecía un ángel con el vestido blanco hampón corto, una cinco que le gustaba pintar y nadar en su tiempo libre. Resultó ser la mejor por le momento y la sonrisa un tanto ostentosa primeramente fingida pasó a una relajada, se rió incluso de uno de los chistes que ella le contó. Al finalizar con ella se atrevió a tomar su mano para despedirse.

Un momento se encargó de mirar por el rabillo del ojo como le iba a sus dos hermanos que se distrajo por completo y olvidó que todavía le quedaban otras cinco chicas, no quería perderse algún otro acto de coquetería por parte de las concursantes de su hermano mayor para burlarse al terminar al igual que revisar a la menor para que nadie se pasara de listo con ella, pero un destello violeta enfrente suyo le hizo volcar su mirada de vuelta al frente con una sonrisa.

—Príncipe Brett, es un honor. —Hizo una ridícula reverencia una castaña que tenía el cabello atado en un moño alto, era menuda y tenía grandes ojos claros, cruzó sus muñecas en sus muslos para tomar asiento enfrente de él sin más—. Bona Arcuri, número seis, amante del canto de los pájaros por la mañana y un intento de cupido con mala suerte.

Inevitablemente el castaño rió entre dientes, un tanto sorprendido por la actitud tan vivaz de la muchacha, se agarró el mentón y achicó sus ojos para posarlos en la joven.

—¿Mala suerte? No puede ser peor que la mía —habló con una ceja arqueada apenas siendo consciente de que finalmente no se sintió obligado a contestar algo amable por educación—, me gustaría comparar nuestros casos durante su estancia aquí, señorita Arcuri.
—Le apostaría lo poco que mi casa vale a que yo lo superaría en menos de un día. —Le guiña un ojo, pero no parece a modo coqueto sino más bien como gracioso, con una sonrisa sin mostrar los dientes.
—Yo le apostaría todo mi hogar —contesta dándole una rápida mirada a todo el salón para darse a entender mejor— a que lo hago hasta con los ojos cerrados; lástima que no puedo hacerlo. 

Relamió sus labios con gracia irguiéndose en su lugar para darse aires de grandeza. No se había sentido así jamás con alguien, ni siquiera con sus hermanos, y le resultaba agradable encontrar a alguien que parecía pensar a la par suya; nunca creyó que una seis tuviera la valentía para hablarle como si fuese un chaval más de su grupo social con el cual bromeaba despreocupadamente.
Sin embargo no veía modo de que acabara con ella como finalista, sería juntar dinamita y podrían volar a todo mundo al estar juntos, pero estaba seguro de que trataría de llevarlo de la mejor manera.
Entre más bromas y apuestas por parte de ambos el tiempo se acabó y él debía de continuar aún con otras cuatro muchachas.

—Y, como le dije, soy un intento de cupido por lo cual le diré lo siguiente —susurró mientras se levantaba ella y se inclinó levemente hacia él para que nadie más pudiese leerle los labios—: la chica que viene es un amor, le aseguro que ella es la indicada.

Sin más se retiró y en ningún momento se volvió para mirarle de nuevo. Las palabras se quedaron en la punta de la lengua del joven y tuvo que mordérsela para evitar gritar. Aquello había resultado extraño.

Brett parpadeó, confundido al igual que un tanto molesto, no solían tomarle del pelo a menudo y aquello le había sacado de sus cinco sentidos que no se inmutó siquiera de que se quedó mirando en la dirección por donde había desaparecido con el ceño fruncido por más de medio minuto y que la otra seleccionada ya estaba enfrente suyo.
No lo hubiese notado de no ser porque escuchó una leve disculpa muy cerca, se giró bruscamente con los ojos bien abiertos por la sorpresa la igual que vergüenza, una muchacha se encontraba medio tirada en el suelo tratando de erguirse tomando el borde de su asiento. El heredero se apresuró a ponerse en pie para poder ayudar a la rubia.

Tomó por los codos con delicadeza a la joven, levantándola de un sólo movimiento, unas risillas se hicieron presentes en el salón haciendo que tanto ella como él mirasen a los demás presentes para percatarse de que reían por el torpe accidente de la muchacha.

—Oh por Dios. —Volvió a girarse y miró al suelo cuando sus mejillas comenzaban a teñirse de rojo, Brett miró sobre el hombro de la chica de nueva cuenta y con una sola mirada hizo que todo volviera a quedar en silencio, ambos se contuvieron de hacer algún comentario hasta que sus ojos se encontraron por primera vez—. Lo lamento tanto en verdad, soy muy torpe y tropecé con la alfombra, ugh.

Los ojos de ella eran verdes, no extraordinarios pero si un tanto peculiares, y miraban directamente a los de él con pena. Llevaba un vestido con mangas y el cuello hasta media garganta que llegaba hasta el suelo, era la primera en llevar un vestido que cubría su pecho junto con sus piernas de las cinco seleccionadas que habían pasado con anterioridad, el color le recordó al cielo durante la mañana en invierno —la mezcla perfecta de azul y blanco que parecía humo claro también— por lo que no pudo evitar el mirarlo con detenimiento.

—N-no te preocupes. —Se obligó a mirarla de nuevo y sonreír—. Así difícilmente podré olvidarte después de que todo esto termine.
—¿Así que no le gusta la selección y está pensando en olvidarse de todas después de que llegue a su fin? —cuestionó con las cejas alzadas la muchacha sin evitar el sonar sorprendida y un tanto confundida a la vez—. ¿Qué es exactamente lo que espera del concurso entonces?
—Bueno, en verdad hay muchas cosas que espero y a la vez no, ¿sabes? —habló sincero suspirando con cansancio, comenzaba a sentirse abrumado con la primera pregunta que le había hecho ella, se recargó en el respaldo de la silla y cruzó su pierna despreocupado ignorando el hecho de que se llevaría una buena con su familia al estar a solas después—, todos esperan que se viva la mejor historia de amor y drama con esto, que haya lágrimas, aventuras e incluso algo de sangre para el morbo de las televisoras; pero lo que uno realmente quiere, lo que yo como protagonista de todo ese alboroto deseo, es encontrar una buena mujer con la que valga la pena pasar el resto de mi vida como recompensa por acceder a esto al menos.
—Es admirable que después de todo usted le encuentre un lado positivo a la situación —contestó pareciendo consternada por la respuesta a su pregunta—, querido príncipe, aunque me temo que termine decepcionado de todas nosotras al final.

Rió sin más y se inclinó levemente hacia adelante en su asiento por las pequeñas arcadas que le daban por sus risas, el castaño le miró un tanto extrañado de su acto, después se cubrió la boca con sus dedos cubiertos de anillos para cesar su regocijo momentáneo. 

—Discúlpeme de nueva cuenta, nunca sé cuando es el momento adecuado para hacer las cosas, es la maldición que me llevo cuando algo bueno sucede finalmente en mi vida. —Se encogió de hombros haciendo una mueca.
—Un desastre, ¿eh?, creo que me lo imagino. —Apoyó sus brazos en el respaldo del sofá echando la cabeza ligeramente hacia atrás antes de volver a la posición que debía de adoptar, ambas piernas abajo y las manos quietas sobre sus muslos o el vientre, dio una leve mirada a las cámaras para percatarse de que tal como lo había previsto estaba siendo filmado. Se contuvo de hacerlo pero a final de cuentas terminó haciendo una leve mueca que cambió de inmediato por una entusiasmada.
—No, seguramente no tiene ni la más mínima idea de ello, de eso estoy segura. —El ceño de la muchacha se frunció ligeramente haciendo que su frente se arrugase en el acto—. ¿Cómo es su vida? Si es que puedo preguntarle, claro.

Brett enmudeció, no sabía siquiera el nombre de la seleccionada pero estaba exigiéndole hablarle sobre algo que sólo se guardaba para sí mismo aunque la expresión de ella lograba hacerle dudar en cuanto a contestarle o no, sonrío de lado a penas y juntó sus manos inclinándose hacia adelante.

—Eso, mi querida... rubia de la cual no sé el nombre aún, prefiero tenerlo bajo llave sólo para mi. Pero no es todo color rosado como lo hacen ver, de eso puede estar segura.
—Shawn Baggio, número cuatro, he trabajado desde los siete años en el hotel de mi padre junto con mis hermanos mayores —habló risueña removiéndose en el asiento, tomó sus manos y las entrelazó, sus ojos se abrieron más de la cuenta cuando volvió a hablar—. Yo no temo el contarle con sumo detalle ahora mismo  todo acerca de mi, pero no lo haré, porque no pienso que sea correcto que solamente sea yo la que hable durante la entrevista que es para conocernos los dos exactamente.

El príncipe sonrío de lado y rascó una de sus mejillas, pensando, por primera vez durante el rato que llevaba con las entrevistas se sentía confiado para hablar lo que fuese aunque sabía bien que no debía de ser tan descuidado como para confiar en una de sus participantes a la primera y contarle sobre su vida. Pero entonces estaban aquellos ojos verdes que le miraban con impaciencia enfrente suyo, exigiéndole hablar sin pedírselo con la mirada, quien supo en escasos segundos cómo tratarle para ganárselo. Entonces recordó a Bona.
La muchacha anterior le había asegurado que Shawn Baggio era la correcta, la indicada, que sin más ni menos aquella chica rubia que había causado una terrible primera impresión al caer durante su turno podía ser especial entre las otras ocho.
El castaño se acomodó de nueva cuenta en su asiento y, con una gran sonrisa, miró a la rubia de nueva cuenta.

—Esto parecerá un tanto extraño, señorita Baggio, pero creo que he cambiado de opinión y estoy dispuesto a hablar de mi. —Juntó sus manos debajo de su mentón con brusquedad causando un sonoro aplauso en toda la habitación, la chica sonrío, complacida—. Pero con la única condición de que usted también lo haga, me encuentro un tanto intrigado y quisiera hacerle unas preguntas, ¿jugamos?
—Me encantaría —contestó ella palmeando sus muslos con una sonrisa juguetona en los labios—, así que... cinco preguntas, está por terminar mi tiempo con usted, dígame... ¿qué es lo que más aprecia de su vida?
—Mis hermanos —respondió de inmediato, mirando brevemente a sus costados para reparar en la presencia de los dos ahí mismo, asintió con la cabeza al proseguir—, ellos lo son todo para mi, sin Ross ahí para corregirme sería un desastre por completo y si Helena no estuviese ahí para ser la voz de la razón que molesta algunas veces estaría sumido en una vida llena de problemas sin sentido. Puede que no lo parezca, lo sé, pero siempre he apreciado el hecho de que tengo con quién contar en caso de necesitar ayuda; estoy demasiado agradecido por tenerlos conmigo en mi extraña vida de realeza. —Hizo una mueca divertida, enfrente suyo la muchacha asintió con la cabeza, carraspeó—. Ahora, mi turno, ¿alguna manía o tic raro que posea, señorita Baggio?
—Esa es buena. —Alzó sus manos a la altura de su mentón mirando hacia arriba—. Supongo que... si, tengo una rareza, y es que cuando me irrita algo o alguien, bueno... —titubeó señalando su ojo derecho— éste tiembla inconscientemente. Y no puede parar de hacerlo hasta que me relajo. 
—Interesante —canturreó él alzando sus cejas—, ahora sabré cuando no está a gusto en una situación, que buena información.
—Oh, por favor, Brett. No es fácil para mi fingir y lo menos que puedes hacer por esta alma en desgracia es dejar el secreto en paz. —Hizo un ademan para restarle importancia negando—. Por cierto... ¿puedo tutearte, cierto?
—Eso cuenta como tu segunda pregunta —añadió el muchacho rápidamente, Shawn asintió de mala gana, con dos dedos de su mano derecha arriba—, bueno, claro que puedes hacerlo; estaba por volverme loco porque por más que insistí en un principio por que lo hicieran terminaban ignorándome y tratándome de usted, como si fuese un anciano, así que apreció el hecho de que lo haga. —Chasqueo la lengua—. La misma pregunta.
—Apenas tengo diecisiete, por supuesto que puedes hacerlo, me fue muy extraño esforzarme al responderte como ni siquiera me dirijo a mi padre, ¿sabes? —Resopló y acomodó un mechón de su rubio cabello detrás de la oreja, el pie cine le observó con cuidado y por primera vez notaba que era realmente atractiva a simple vista, sus rosados y gruesos labios se curvaron un momento—. ¿Tienes algún tipo de pasatiempo? Digo, además de montar escándalos en público, claro.

Él se sorprendió por un momento, era la tercera vez que lo hacía enfrente de ella en menos de cinco minutos, más después se relajó de nueva cuenta al recordar la infinidad de rumores que hacían aparición en las revistas de farándula sobre él por actuar de manera desconcertante durante alguno de los eventos que se llevaban a cabo en la vida de los que eran número uno y dos. 
Brett no era extraordinario ni mucho menos maravilloso en comparación de los demás chicos a nivel global, solía dormir de vez en cuando durante sus clases, tenía altos y bajos con su familia, detestaba hacer los deberes y le gustaban las fiestas al igual que dormir hasta tarde, pero el hecho de llevar sangre real en sus venas le hacía parecer un fenómeno el cual requería tener muchos ojos encima suyo; cada que hacia algo que desentonara de lo normal se hacía todo un auge que estaba de boca en boca.
 Si se quemaba con la sopa y hacia una mueca se decía que estaba disgustado, si pasaba toda una velada sin despegarse de sus hermanos decían que era apático y no le gustaba tratar con los demás, incluso si se demoraba en llegar a algún lugar de rumoreaba que se había a algún otro lugar. Nada tenía sentido para él pero aún así debía de fingir que no le importaba en lo más mínimo el que hablasen tan mal de su persona y algunas veces arrastran con ello a su familia.

—Me gusta leer, mucho, puedo pasar horas enteras sin salir de mi habitación para acabar con uno de los gruesos volúmenes que tenemos en la biblioteca. —Mordió sus labios para seguir pensando—. Además de pasar tiempo en los jardines con Atlas, mi caballo, tanto a él como a mi nos viene bien el desaparecer de cuatro paredes por un rato. —Sonrió apenas—. No me gusta se un alborotador, en realidad, la mayoría de las cosas que salen en las revistas sobre mí son falsas —dijo apático con una mueca de desagrado bien marcada—, ¿pasa mucho tiempo leyendo esa basura comercial?
—La verdad es que no —confesó sonrojada Shawn, notando que había hecho un comentario inapropiado, tan típico de ella—, en la recepción del hotel lo único que puedo leer son los horóscopos y no lo hago a diario, no me puedo dar el lujo de sentarme para disfrutar de las revistas cuando mis hermanos y mi padre trabajan duro todo el día. —Se movió hasta el borde del asiento para poder estar más cerca del muchacho y no tener que susurrar sin tener el problema de que no le escuchase—. Ni siquiera estaba segura de cómo eras físicamente cuando envié mi solicitud, incluso durante el anuncio de las concursantes tuve un debate mental entre si tu hermano o tú eran ese tal Brett Di Lorenzo para el cual había mandado mi solicitud, así de despistada y apartada de todo esto estaba. —Inclinó su cabeza hacia la izquierda levemente—. Mientras me transformaban tuve tiempo de sobra para ponerme al tanto de los últimos meses en el mundo del espectáculo y sin falta estabas ahí en cada edición de las revistas. Discúlpame si te ofendí por pasarme de lista y creer que podía bromear acerca de ello. —Talló las palmas de sus manos en su vestido con nerviosismo, escuchó en un murmuro que no importaba, y se animó a seguir con las preguntas—. Cuarta pregunta, y es mi turno, ¿por qué escogiste ese nombre para un caballo? Digo, si yo tuviese uno, seguramente lo llamaría White o Black, dependiendo de su color.
—Que original serían sus nombres. —Se burló tratando de no reír, una de las cámaras se enfocó en él y de inmediato se puso serio, estaba más que satisfecho con aquella pregunta que no tardó en responder—. La mitología griega es de mis favoritas, Atlas era un titán al cual Zeus condenó a cargar sobre sus hombros el peso del cielo para mantenerlo separado de la tierra. Mi caballo es fuerte y puede con todo, por eso el nombre. —Hizo una pausa y sonrió malicioso—. ¿Por qué la elección de ese vestido? No sé si te has dado cuenta pero una gran parte de las chicas aquí presentes optaron por mostrar más piel y joyas que su personalidad, como debería de ser, así que... ¿es el hecho de que es color azul y hacen tus ojos más luminosos o algo así?
—Dos preguntas, dos respuestas, te has quedado sin otras oportunidades. —Alzó una de sus cejas y elevó su mentón con superioridad fingida que terminó en un gesto coqueto suyo—. Una de mis doncellas, Donielle, me dijo que la mayoría optaría por lucir más despampanantes que formales y me tomaron las medidas para estar seguras de que no aumenté o bajé mucho de peso desde hace una semana que fueron a hacerlo a mi casa para cuando estuviese aquí tener ya un buen guardarropa, por suerte no había cambios y todo lo que había ahí me quedaba, así que quería hacer la diferencia con éste que me pareció hermoso. —Pestañeó soñadora observando la tela que caía hasta el suelo mientras la acariciaba con cuidado—. Y mi color favorito es el azul, me encanta, el vestido ganó puntos de más al poseer una tonalidad que me recuerda el cielo y, en efecto, que hace mis ojos mucho más monos de lo normal. Mira. —Los abrió mucho y se inclinó un poco hacia adelante mirando en diferentes direcciones para que él pudiese verlos desde diferentes ángulos.

Fue inevitable para ambos el no reír sonoramente y de inmediato tenían una buena cantidad de las cámaras apuntando en su dirección, por aquella vez las ignoraron para seguir con las risas imparables, olvidaron que había más gente en la sala y que el tiempo había llegado a su fin. No lo hubiesen notado siquiera de no ser porque una mujer le habló a la chica para que se retirase finalmente.

—Mi tiempo llegó a su fin, pero aún me queda una pregunta, y voy a hacerla antes de marcharme. —Se puso lentamente en pie para hacer tiempo—. Escuché que le desagrada el anaranjado, ¿es eso cierto?

Brett le imitó y se apresuró a levantarse para fingir que quitaba unas pelusas de su camiseta blanca lisa deseando elevar su voz y pedir un poco más de tiempo con ella aunque sabía que le traería muchos más problemas de lo normal. Por ello se mordió la lengua un segundo y se apresuró a contestar.

—Es el único rumor que puedo afirmarlo, si, lo aborrezco. —Se estremeció y fingió estar horrorizado un segundo para después sonreír—. Menos mal que lo sabes y jamás tendré que verte usando algo de ese color.
—Bueno, de eso puedes estar seguro, pero yo si sé guardar secretos y no hablaré de ello con nadie. —Hizo una reverencia antes de que él se apresurase a tomar su mano y besarla con una reverencia galante también, ella se contuvo de reír y sonrojarse en exceso, sólo sonrió achicando sus ojos—. Pero suerte con las demás, creo que April tiene un crush con el color de las zanahorias ahora mismo.

Fueron sus últimas palabras antes de girarse y recorrer el mismo camino por el cual desapareció Bona Arcuri junto con las demás muchachas, como si hubiesen repasado una y otra vez por donde ir después de todo, aunque Brett no lo dudó y dedujo por si mismo que se los habían repetido probablemente toda la mañana.  

Después de todo no había sido él o la joven Arcuri quién tenía más mala suerte, había aparecido Shawn Baggio y se los llevaba por delante en escasos segundos con tropezar frente a todos en una entrevista, con ese pensamiento Brett volvió a mirar a la siguiente participante que logró incomodarle de inmediato. Ella tenía el cabello anaranjado y una gran sonrisa lobuna que le espantó.

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Al finalizar la rutina programada del día se esparció el rumor por los pasillos de que tanto los príncipes al igual que la princesa tendrían un paseo con todos sus concursantes por los jardines para tratar de darles la mejor experiencia como turistas en el palacio con los herederos como guías del mismo. Primero eran sólo murmuros que Emerick había escuchado de unos muchachos después de las entrevistas cuando estaban desayunando, no me había tomado importancia alguna porque nunca se fiaba a la primera, pero cuando los reyes junto con sus hijos hicieron aparición en el comedor lo anunciaron antes de sentarse cayó en la cuenta de que era un hecho y debía de alistarse para ello en cuanto antes.

La idea no le agradaba en un principio, pues prefería pasar el resto del día dormido en su lujosa habitación después de haber pasado toda la mañana ensayando para no meter la pata a la hora de conocer a la princesa Helena, cosa que resultó buena a final de cuentas porque su entrevista había resultado agradable hasta el punto en el que logró darse cuenta de que la heredera era una buena muchacha que había ganado su admiración y agrado de inmediato, pero se dio cuenta después de que no había mejor manera de conocer los muros del palacio que con la mismísima princesa. 
Sentía un palpitar detrás de las orejas por el cansancio acumulado del día anterior también, en donde a regañadientes tuvo que acceder a que modificaran su apariencia por el concurso, tenía un corte de cabello moderno que le hacían verse mucho más atractivo de lo que podía imaginar además de que había dejado de lado sus prendas típicas por el guardarropa de marca que le había aguardado desde que llegó al palacio. Rick hubiese mentido al decir que le resultaba desagradable la experiencia de formar parte de la selección como lo había jurado desde un principio, porque las personas cambian de parecer y él lo hizo, estaba a gusto en un lugar en el cual él había imaginado estar incómodo siempre.

Le habían asignado un mayordomo para que le ayudase en todo momento, era un muchacho menor que él con el cabello claro y ojos grises, aquello le había resultado extraño pero le irritaba la presencia del adolescente al rededor suyo como si fuese un imán. Se llamaba Millard y jamás sabía cuando guardar silencio al igual que acatar las órdenes que Emerick le daba, como buen chico de dieciséis haría, logrando colmar su poca paciencia en escasos minutos.
El morocho acababa de salir del cuarto de baño con una sola toalla alrededor de sus caderas cuando la esbelta pero baja figura del chico se encontraba sentada en una silla al fondo de la habitación, tenía en sus manos un libro y de inmediato lo soltó cuando él entró a la recámara, se levantó de un salto dedicándole una gran sonrisa.

—¡Señor Metelli! Me ha pillado haciendo el vago, estoy avergonzado, pero usted parecía muy a gusto tomando un baño que podía escucharlo cantar hasta acá y pensaba que no saldría hasta después de un rato. 
—Quiero cambiarme, ¿podrías salir?, y no tienes nada de que disculparte. —Le miró con una mueca.
—Nada de eso, yo le ayudaré, escuché que tendrá un paseo con la princesa, ¿no es así? Yo, Millard Perry, estoy enterado de las modas nacionales e internacionales y puedo aconsejarle sobre lo que puede usar para la ocasión. —Se apresuró a abrir las puertas del guardarropa y sacar pantalones junto con camisas a montones—. El día está soleado, dudo mucho que se nuble o llueva, puede usar unos pantalones color caqui y éste suéter blanco que se verá muy bien aunque no es temporada de viento, o también está el clásico de vestir negro junto con la camiseta clara...
—Millard, yo puedo con esto, en serio... —Se vio interrumpido por el rubio.
—¡Lo tengo! —exclamó contento arrojando a la cama un conjunto formal—. Pantalones grises con una camiseta sencilla negra de mangas y cuello alto, ideal para un paseo casual que le hará destacar entre los demás, muy apropiado, ¿no lo cree?
—Oye tú... —Miró hacia la cama y enmudeció al sorprenderse de que en verdad era una buena combinación—. Wow, es de verdad formal pero cómodo a su vez, creo que... este, uh... me gusta. 
—Ya le decía yo que soy el mejor para aconsejarle —presumió con la nariz en alto—, le aseguro que todos optarán por ropa de verano, sin duda alguna usted será diferente.

Rick tomó los pantalones junto con la camiseta, deseaba regresar las prendas al closet porque su propósito en lo absoluto era ganar el concurso sino encontrar alguna pista de aquello que los rebeldes llevaban buscando desde hace mucho y habían sospechado que podían encontrar en cualquiera de los reinos, se lo repetía cuando más comenzaba a agradarle la ropa de marca y la atención que le brindaban con temor todos ahí, se sentía más que maravillado pero le aterraba el sentimiento.
Jamás se había sentido tan a gusto en tan poco tiempo en algún otro lugar; jamás se esperaba que el lugar en el cual sus padres fueron asesinados por un ataque fuese el primero en muchos años. Ni siquiera en su apartamento se sentía así.

—Yo... no podría estar más agradecido, gracias. —Estiró una de sus morenas manos con los pantalones en ella hacia el joven—. Seguiré tu sugerencia y lo usaré ésta tarde.

El moreno elevó la comisura de su boca en un indicio de una pequeña sonrisa que no salía a relucir por voluntad propia muy a menudo. Aun seguían envuelto en una toalla y esperaba que Millard comprendiera su gesto amistoso como una verdadera muestra de gratitud para que lo dejase finalmente en paz, esperó por un rato hasta que los segundos se convirtieron en un minuto y soltó el aire de un sólo bufido poniendo los ojos.

—Millard.
—¿Si?
—¿Podrías retirarte por favor? Llevo pidiéndotelo y parece que mi mirada no expresa las ganas que tengo de valerme por mi mismo para cambiarme.
—Oh, claro, seguro. —Se apresuró a disculparse y con torpes pasos salió de la habitación, aún cuando la puerta se cerró detrás suyo se escuchaba parloteando aún, dejando a Emerick completamente solo de nueva cuenta. Se aproximó a la puerta y puso el pestillo para estar seguro de mantenerlo afuera el tiempo suficiente.

Tomó tiempo de más, mucho más del cual se tomaba comúnmente para cambiarse aún en casos especiales, y fue porque no lograba enfocarse bien en el repaso mental que estaba haciendo sobre lo que debía y no hacer durante el paseo con los demás, sus impulsos hablaban por sí mismos la mayoría del tiempo y temía el terminar haciendo un alboroto en su primer experiencia con todo el palacio, requería de toda su concentración el escuchar las minuciosas indicaciones de sus superiores y le era imposible el recordarlas al pie de la letra cuando la tela de sus prendas eran extraordinariamente suaves que lograban poner su mente en la textura de las mismas. No llevaba noción del tiempo cuando estaba frente al espejo de cuerpo completo en un rincón de la gran alcoba observando solamente.
De no haber sido por unos toques en la puerta hubiese seguido ahí girando una y otra vez sobre su mismo eje para observarse mucho más de la cuenta.

—Señor, se hace tarde, lleva ahí adentro una hora. —La voz en pleno cambio de Millard se escuchó débil y aburrida al otro lado de la puerta, Rick no contestó ya que se apresuró a recoger de inmediato el desorden de su habitación para evitar el personal de limpieza en su habitación, pues no quería que alguien descubriese los papeles que ocultaba bajo el colchón de su habitación con el amplio contenido suficiente para saber que él pertenecía a los rebeldes y no estaba ahí para concursar por la mano de la princesa sino para buscar los diarios tan proclamados por su gente, se había abstenido de permitirle el paso a cualquiera en su habitación salvo al adolescente que tanto insistía siempre en ignorar las órdenes de él. Los nudillos de Millard volvieron a tocar la madera con fuerza y una vez más el moreno lo ignoró acomodando todas las ropas esparcidas por su cama—. ¡Señor Metelli! —exclamó un poco más alto dejando de lado el tono aburrido por uno completamente desesperado cuando tomó la perilla y quiso abrir la puerta— Oh, no, ¿está usted bien?, ¿qué sucede allá adentro?, ¿está en problemas? ¡Cristo, soy el peor sirviente que puede haber! ¿Cómo pude dejarlo ahí adentro solo? ¡Ya mismo tiraré la puerta para ayudarle, señor! —Torpes balbuceos en voz alta era lo que él soltó de inmediato y Rick se apresuró de inmediato hacia la puerta para que callase de una buena vez—. Uno, dos, tres...

De un tirón el seleccionado abrió la puerta después de quitar el pestillo y no tuvo tiempo de hacerse a un lado o exclamar algo porque el delgado cuerpo de Millard se abalanzó hacia él y lo derribó en la alfombra de la entrada. 
Emerick vio estrellas en el momento que su cabeza impactó duramente contra el suelo y sintió un dolor agudo que le hizo sisear de inmediato, no era algo que no hubiese sentido antes ya que después de todo él había sido entrenado a temprana edad y podía soportar cualquier tipo de dolor después de la experiencia, pero el hecho de que Millard parecía tener más fuerza de lo que aparentaba a la hora de empujar le causó un fuerte dolor encima de la nuca.
Escuchó el sonido lejano de voces y murmullos pero no podía ver más allá de la cabellera rizada del adolescente enfrente suyo, además de la negrura que se expandía en las orillas de sus ojos debido al repentino impacto, pensó por un segundo que el muchacho de ojos grises se había desmayado por el golpe, sintiendo una terrible culpa y tranquilidad a su vez, pero ese pensamiento se esfumó cuando los dos pares de ojos pálidos se incorporaron de golpe para mirarlo.

—¡Está a salvo! —exclamó sonriendo y asintió con la cabeza frenéticamente, sus claros rizos rebotando en el acto, abrió su boca para seguir exclamando de alegría cuando a sus costados se colocaron dos gruesos y musculosos brazos tirando de inmediato hacia arriba de él, un hombre poco mayor que Emerick lanzó a Millard en su hombro sin esfuerzo aparente y miró con el cdlo fruncido hacia abajo—. Hey, bájame, Frank, déjame en el suelo ahora mismo.
—¿Se encuentra bien? —El hombre robusto resultó ser rubio y con un gesto marcado de seriedad y amabilidad en el rostro, más sin embargo la paciencia no estaba demostrada ahí por lo cual no le hizo falta al moreno darse cuenta de que tiraría al adolescente si seguía pataleando e insistiendo en sus palabras, ignoró olímpicamente las quejas del flacucho muchacho en su hombro y le extendió una mano a Rick—. ¿Necesita un desinflamatorio o un paño con agua caliente?
—No, yo estoy... bien, gracias. —Tomó la mano que el hombre le ofrecía y de un tirón lo impulsó hacia arriba poniéndolo de pie en el acto, la habitación pareció moverse bajo sus pies y se aferró al brazo del rubio antes de volver a caer.

Entre borrones de su vista distinguió el uniforme que llevaba puesto el sujeto que le había ayudado, era el mismo que portaban todos los guardias del palacio y aún así no se pudo hacer una idea de porqué aquel hombre parecía falsamente musculoso, bien se sabía que la guardia de las casas reales eran bien selectas y sólo elegían a aquellos con buenas capacidades físicas, encantadora presentación e indudable posibilidad de poder ser transformado en un perfecto chaperón para cualquier ocasión. No había duda alguna cuando se observaba con sumo detalle a alguno de ellos como Emerick lo había hecho en aquel momento. Incluso el agarre que le daba su fornida mano demostraba duro entrenamiento por largo tiempo además de unas cuantas inyecciones para aumentar la masa muscular.

—No, no está bien, será mejor que repose mientras le hago traer a alguna doncella para que determine su estado antes de proceder a medidas equivocadas. —Con el brazo libre cargó al moreno con una sola exclamación de pesadez y lo llevó hasta su cama—. Porque Millard ni siquiera parece poder mantener su estancia agradable en el palacio.
—Yo hago todo lo posible por el señor Metelli, Frank, este incidente no volverá a ocurrir de nuevo —comentó indignado el muchacho levantando su mentón difícilmente en la posición que el guardia lo cargaba sobre su hombro izquierdo—, claro,  a menos de que me vuelva a pedir que salga mientras se cambia y tarde lo suficiente como para hacerme pensar que se metió en apuros para derribar la puerta.

A pesar de que su vista aún estaba llena de puntos negros vio la pequeña sonrisa cansada que el hombre formó antes de dejar caer sin cuidado alguno al ojigris en el colchón a los pies de Rick. Protestó de inmediato queriendo alegar con Frank cuando el moreno tosió inconscientemente.

—Oh, no, ahora está enfermo además de herido y parece que está poseído porque sus ojos divagan de un lado a otro. ¡No podrá ir con los demás y la princesa a pasear!

Como por acto de reflejo él intentó levantarse de la cama, queriendo decirles que se sentía de maravilla como para andar por el castillo junto con su selección pero falló en el intento dejándose caer de lado en el colchón, el guardia se apresuró a levantarlo y colocarlo en la posición de antes con el ceño fruncido mientras el adolescente lloriqueaba detrás de él.
La vista de Emerick se aclaró y pestañeó varias veces para reafirmar la imagen que tenía enfrente suyo: un guardia tan alto que parecía irreal con exagerada masa muscular y un adolescente echo ovillo a los pies de su cama meciendo su delgaducho cuerpo de un lado a otro mientras se lamentaba.

—¿Qué le sucede? —Se dirigió al mayor mirando fijamente a Millard en su estado lamentable aún.
—No lo sé exactamente, es un niño aún, cree que ha causado una guerra mundial o algo así por tirarte al suelo en lugar de solamente herirte —respondió con voz grave que le hizo a Rick darse cuenta de que no sólo aparentaba ser un tipo duro sino que lo era—; pero no está tan mal ahora, ¿verdad?
—No. —Miró esta vez al hombre y soltó un fuerte suspiro—. Pero me temo que no podré salir de aquí, ¿cierto?

El adolescente se incorporó y sorbió de su nariz enrojecida, mirando con melancolía al moreno, negando con la cabeza.

—Me temo que no, señor Metelli, ya escuchó a Frank, necesita reposar. —Sus palabras fueron claras a pesar de que el tono era gangoso mientras aún trataba de luchar con los mocos de su nariz—. ¿Está molesto conmigo?
—No, en lo absoluto, Millard. —Emerick se recargó aún más en las almohadas apiladas bajo su cuerpo dándose por vencido a su paseo, puso una mueca y negó con la cabeza, mirando hacia la nada—. Sólo que en verdad lamento el perderme el paseo con la princesa y los otros. Yo quería conocer el castillo en su total magnitud.

Apenas sus palabras salieron se dio cuenta de que había sonado mucho más melancólico que molesto, como él pretendía reflejarse, y comenzó a darse palma ditas internamente porque había resultado ser un inútil joven sentimental después de todo. La mirada que le brindó su joven mayordomo le hizo cambiar de parecer y dudar en cuanto a cómo habían interpretado el guardia y él sus palabras.

—Yo conozco el castillo, señor, cada habitación y corredor público al menos. —Elevó uno de sus delgados, largos y pálidos dedos en el aire con una sonrisa que achicaron sus ojos enrojecidos aún por el llanto exagerado de unos segundos atrás—. Podría hacerle un mapa ahora mismo si es lo que desea, lo entiendo, debe de ser difícil llegar a un lugar tan grande como lo es el palacio y temer el perderte, ¿no es así?

Una bombilla imaginaria se iluminó encima de la cabeza morena de Rick, una idea para nada desagradable que se le había ocurrido a Millard antes que a él mismo, se forzó a asentir y poner una mueca preocupada para fingir que estaba en lo correcto el adolescente. Fingir no era una de las prioridades de los rebeldes pero cuando uno debía de conseguir lo que quería acudía al engaño y Emerick jamás pudo mantenerse fuera de los mejores actores que tenían los suyos.

—Te lo agradecería mucho, Millard, no quisiera terminar entrando en la sala de las mujeres con la selección de los príncipes en lugar del comedor.

Escucho reír al joven y al guardia mientras él se permitía el sonreír ligeramente también.


Última edición por jean luc. el Lun 16 Ene 2017, 4:14 pm, editado 1 vez

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Parte tres

Mensaje por mieczyslaw el Vie 30 Dic 2016, 8:21 pm

Capítulo 12

Escrito por: jean luc. || Personaje: Joss Lewis & Abbie Cook



Arrojó uno de sus zapatos al azar, escuchó el impacto segundos después y el chillido de una de las mujeres presentes en su habitación, no quería apuntar a nadie en específico pero al escuchar el desorden que había causado su rabieta se giró para mirar a quién o qué le había caído la zapatilla de tacón que le habían dado sus doncellas. Abbie era caprichosa, ella misma lo admitía pero jamás en público, y si había algo que odiaba más que los malos olores era el desorden, se llevó una gran sorpresa al descubrir que las tres doncellas que le fueron asignadas no eran muy eficientes, tropezaban entre si cada que ella les ordenaba hacer algo y no se animaban mucho a subirle los ánimos o tan siquiera mirarla; ella era una chica dura, lo sabía bien, cualquiera que le diera una sola mirada podía darse cuenta de que parecía una verdadera muñeca, el cabello recién cortado por encima del hombro hacia que sus ojos verdes lucieran mucho más en su ligeramente bronceada piel, pero ella nunca se estaba callada como las muñecas y sonreía todo el tiempo salvo cuando se encontraba frente a una cámara o se le antojaba ser adorable.

Las tres mujeres que le habían sido asignadas para ayudarle en todo momento durante su estancia en el palacio de Rottingham pasaban de los treinta y parecía ponerles los pelos de punta el hecho de que su seleccionada había sido una dos con sentido de la moda acostumbrada a presumir su rostro en las revistas, Abbie era modelo por lo que jamás agachaba la mirada y siempre estaba muy segura de si misma, Phoebe, Jane y Josephine parecían temer a la actitud tan vivaz que poseía desde temprana edad; eso le molestaba tanto que le divertía también.
Aquel día, poco después de su entrevista con el príncipe Nilam y el desayuno, los zapatos que le habían dado estaban apresando de una manera dura sus delgados y frágiles pies que no dudó ni un segundo en abandonar el comedor y evitar alguna otra actividad continua ya que sentía en carne viva la planta de sus pies. No podía atribuir toda la culpa a sus doncellas, porque ellas sólo le ayudaban en lo que podían más seguramente no querían que los zapatos altos que le habían dado hubiesen terminado con su buen humor del día, pero quería descargar su frustración con alguien y no dudó en hacerlo con ellas.
La castaña vio enfrente suyo una imagen cómica, que de no ser porque estaba en su fase de diva hubiese reído, Phoebe estaba agachada con los ojos bien abiertos y sus manos cubriéndole la cabeza, Jane a su lado con las manos en la boca mientras que Josephine miraba sin expresión alguna el tacón en la esquina de la habitación con un montón de vidrios esparcidos a su alrededor; Abbie había roto un espejo y se alegró de no haberle reventado la cabeza a una de las mujeres después de todo.

—Hmmm. —Los verdosos iris de la castaña miraban de un lugar a otro, sin habla, mordió su labio inferior detrás de sus manos que cubrían una gran parte de su rostro y pensó mejor en sus próximas palabras—. Yo... quiero que limpien eso, ¿me escucharon?, no quiero ni el más pequeño de los trozos del espejo en la alfombra —demandó llevando sus delgados brazos a los costados de su menudo cuerpo mirando con la cabeza en alto a las doncellas—, cuando vuelva, saldré a... tomar aire.

Se apresuró a salir de la habitación, ignoró y pasó completamente de largo los llamados de sus doncellas, descalza y con las faldas de su vestido verde militar rozando la alfombra llena de cristales como si nada. Escuchó a sus espaldas sollozos y murmullos de advertencia que le hicieron seguir adelante con su camino.
Azotó la puerta y cuando se encontró en el pasillo se dio cuenta que aún no estaba del todo sola, había guardias en cada rincón del palacio y no le hacia ninguna gracia el que hubiese uno afuera de todas las habitaciones del pasillo, por lo cual se abrazó a si misma para reprimir el impulso de temblar debido a su terrible estado mientras continuaba caminando hacia ningún lugar en específico; no estaba para nada familiarizada con los aposentos del castillo aún pero no temía el perderse porque todavía era de tarde y seguramente a donde fuese estaría un guardia dispuesto a socorrerla en caso de extraviarse lo suficiente.
Jamás le había resultado fácil el relacionarse con los demás, a temprana edad debido a su casta el termino de amistad se perdía cuando se reflejaba de distintas maneras a los ojos de los demás, mientras que unos la consideraban más de lo que era, una muchacha hija de empresarios que había optado por comenzar a emplearse como modelo, mientras que otros la tomaban como una clase de monstruo por ser parte del mundo del espectáculo con buen nivel económico. A pesar de que intentaba aparentar ser algo más aprendió que nunca haría cambiar de opinión a los demás lo cual le llevó a convertirse en quién todos creían que era la verdadera Abbie Cook. 

Los ojos le picaban, pestañeaba incontrolablemente para retirar la cortina de lágrimas que comenzaban a empañar su visión, no le gustaba mostrarse débil jamás y mucho menos solía llorar en frente de todos, no quería llorar en un lugar en el cual había guardias y cámaras en cada rincón, así que apretó más su paso hasta el punto en el cual se encontraba corriendo doblando hacia un lado y otro entre los pasillos sin sentido alguno. Sus manos temblaban sobre sus brazos por lo cual decidió tomar su vestido para correr más deprisa y no tropezar además de detener su temblor, no funcionó sin embargo así siguió con el paso, hasta que la fila de guardias esparcidos de manera regular en los pasillos comenzaba a reducirse moderadamente como ella había querido desde un principio, dobló hacia la derecha en el siguiente pasillo y se topó con que llegaba a su fin ahí el camino, una pared adornada con un mueble además de floreros en su longitud junto con otros adornos le hacían un hueco a sus costados perfectos para esconderse. No había ningún guardia en aquel pequeño espacio y las cortinas, que estaban corridas en la mayoría de los pasillos para que hubiese luz, se encontraban perfectamente cerradas y apenas se podía distinguir lo que había en aquel corto tramo de corredor, Abbie se dejó caer de rodillas en el costado derecho y se abrazó las piernas ocultándose entre la cortina y el mueble a la perfección; los sollozos no tardaron en salir apresurados de sus labios en un tono apenas audible.

No le resultaba fácil enfrentarse el temor de los demás en sus miradas, ni siquiera ella misma toleraba la forma en que sus padres la volteaban a ver cuando hacia uno de sus caprichos en público por petición de las cámaras, ese miedo además de la intolerancia le hacían sentirse la peor muchacha de todo Rottingham que no podía lidiar consigo misma tan siquiera. El odio era uno de los peores sentimientos que cualquier ser humano pudiese tener, y el hecho de que Abbie lo poseía hacia si misma decía lo mucho que en verdad no apreciaba la fama que le daban los medios, no podía hacer más que cumplir con su actitud acostumbrada para salir adelante y no quedarse estancada en la nada; después de todo su madre había sido una de las mujeres más influyentes de la televisión mientras que su padre toda la vida estaba destinado a las finanzas como la familia desde hace años, ella no poseía ninguna de las cualidades que sus progenitores tenían ya a su edad por lo cual no le quedaba de otra más que la farándula. Ser una dos era algo que llevar en las venas conllevaba a una vida para nada tranquila a la espera de un descuido para la humillación del apellido por el resto de sus días. Detestaba tener que cargar sobre sus hombros el peso de su familia, no había algún otro heredero además de sí misma, sentía que tan sólo en el más mínimo error podía lograr que los descendieran de casta y se culparía siempre por ello; era por eso mismo que adoptó una postura para nada vulnerable ante los medios, una escandalosa muchacha con la cual no debía de meterse nadie, una que se impregnó hasta en lo más profundo de su ser que se volvió la más duradera de sus facetas durante el día.
Ella tenía sus momentos, como lo estaba teniendo escondida en un rincón del castillo llorando por todos sus problemas, y cuando pasaba por ello solía soltar todo lo que se tenía guardado por mucho tiempo para proseguir con la rutina diaria. Llevaba semanas enteras sin descargarse de todo con lo que estaba lidiando últimamente y sentía que estaba derramando su propio corazón en las lágrimas que caían sobre la fina tela de su vestido, uno que ella sola había elegido para usar ya que sus doncellas no se atrevían ni a decir Pío enfrente suyo, el gorgoteo que subía por su garganta parecía imparable mientras el maquillaje se le corría a causa de las imparables lágrimas. Formar parte del concurso no había estado del todo presente en su cabeza, en verdad ella hubiese preferido mantenerse fuera de todo ese drama por el corazón de un príncipe como si fuese algo normal el tener que competir por amor, una vez que se habían comenzado los rumores sobre La Selección sucedía eso al mismo tiempo al rededor de otros reinos las sospechas comenzaron y las pistas llegaron, los señores Cook jamás habían prestado del todo atención a su única hija y comenzaban a atenderle más de la cuenta, comenzaron con salidas, después con regalos y finalmente llegaron las charlas sobre los rumores que se corrían de boca en boca en el mundo del espectáculo.

—Abbie, querida, seguro has escuchado de La Selección, ¿no es así? —había comenzado una tarde que estaba comiendo con su madre a petición de la misma—, se dice que se llevará a cabo no solamente en Illéa, cariño, Nueva Asia, Direfall, Italia, Victorville y Rottingham se sumarán a la causa también con sus herederos.

La castaña había perdido el apetito por completo y se había cruzado de brazos de inmediato, no porque estuviera molesta sino porque quería protegerse de lo que ya sabía que se iba a venir, miraba a su madre sin expresión alguna hasta que decidió seguirle el juego en lugar de no opinar en lo absoluto.

—Lo he escuchado, madre, pero no quiero prestar demasiada atención a los rumores, ya sabes, es sólo algo que se dice por ahí. —Se apoyó en la mesa y sonrió a la mujer guapa que tenía enfrente suyo—. Los medios no siempre dicen la verdad, ¿recuerdas?, es sólo lo que el pueblo quiere oír.
—Oh, no esta vez mi cielo, tu padre se ha visto en la necesidad de ayudar con unos asuntos de la obtención y gestión del dinero por parte de éste fin. —La mujer castaña tomó una copa y bebió de ella con aire alegre que logró inquietar a su hija—. Es un hecho que aún no se ha confirmado a todos.
—Bueno, es una gran noticia entonces, al fin habrá una buena transmisión que valdrá la pena ver. 
—Bien, ¿y qué te parecería vivir esa transmisión mejor que nadie? 

Abbie agradeció el haber dejado de lado sus alimentos y la bebida porque de haber estado masticando o bebiendo algo lo hubiese escupido todo. Alzó sus cejas y apretó sus labios con fuerza.

—Hemos estado hablando ya con todos los que pueden ayudarte, basta con mover más de nuestros contactos y estarás dentro, ¿qué dices? 
—No tengo alternativa aún así. 
—Correcto, que bien que eres inteligente, linda. 
—Por supuesto que si, soy tu hija.
—Bien dicho.

Y siguieron comiendo, en completo silencio, como era normal cada que se reunían. Dos días después fue a cenar con su padre, quién había usado la misma técnica que su madre, quién le dijo que sin más ni menos debía de hacer lo posible por escalar entre las concursantes para terminar en una buena posición del concurso, si podía llevarse al príncipe era más que suficiente, dándole ninguna otra alternativa salvo contar los días restantes para abordar hacia el palacio; en lo que le pareció un simple parpadeo se encontraba ya alojada detrás de las puertas de la familia real de Rottingham con unas ganas de salir únicamente.
No toleraba el que le dijeran que hacer y como comportarse, no poseía privilegio o libertad alguna en aquellos muros, pero guardaba la compostura porque bien sabía que las cámaras estaban siempre atentas por cualquier movimiento para televisar. Gritaba a sus damas y se mostraba siempre con el mentón en alto frente a la prensa para demostrar a sus padres que, en efecto, ella estaba haciendo un buen trabajo y podía ganar el concurso si así ella lo deseaba —cosa que en verdad dudaba más que nada— aún sin la ayuda de las “influencias” que tenía la familia. Los Cook tenían una buena economía y se daban muchos lujos en comparación de los pertenecientes a otras castas, la suma de dinero que le era otorgada a sus padres por ella estar ahí no era más que un bono, así que no había por qué preocuparse si se quedaba fuera en la primera etapa. A ella no le importaba ni en lo más mínimo, después de todo estaba ahí por órdenes de sus padres, porque podía en cualquier momento contraer matrimonio con un hombre de gran riqueza sin mover siquiera un dedo para ello, estar en La Selección les daba la oportunidad a sus participantes de captar la atención de grandes personas de castas favorables en caso de no ser el elegido para pertenecer a la familia real, y no perdía nada.
Era el sentimiento de remordimiento, uno que sentía en su pecho cada que hacia lo que le ordenaban para mantenerse en la farándula, hacia sus padres lo que le impulsaba a presionarse para querer escalar en la competencia hasta no poder más; Abbie estaba forzando su propia voluntad a ser la marioneta que tanto detestaba ser para complacer a sus padres en un intento de llamar su atención sólo por una vez en la vida.

Sus delgados y bronceados brazos temblaban con cada sacudida que su cuerpo daba al abrir paso a los sollozos, ella era un mar de llanto porque sabía que estaba mal el tratar de engañar a los demás, el haber hecho trampa para estar en e concurso sin motivo alguno y haberle quitado la oportunidad a alguien más que supiese aprovecharlo, se sentía débil y con unas ganas de salir huyendo del castillo, del concurso, de sus padres, de todo.
No culpaba a nadie por su estado, sabía que echar la culpa hacia la prensa o la familia real no tenía sentido debido a que no había más causantes de su infelicidad que sus padres, estaba segura de que debía de ser fuerte y salir adelante una vez más.
Abbie quería ser ella misma sin tener que hacer las cosas de mala manera para llamar la atención.

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—Si, voy, ya mismo voy. 

Su voz estaba pastosa y más ronca de lo normal debido al sueño que aún cargaba encima, los ojos se sentían pesados e imposibles de abrir cuando llevó una de sus manos a la cara, había estado dormido por los últimos quince minutos y todavía hubiera seguido así de no ser porque alguien tocaba afuera de su habitación.
No se familiarizaba todavía con la gran recámara, en verdad no estaba familiarizado en lo absoluto a dormir bajo un techo y cuatro paredes, logrando que cayera de la cama cuando rodó para detenerse con la mesita de noche; su cabeza palpitó un momento pero logró hacer que se despertara de sopetón. Luz, su habitación asignada tenía un balcón por el cual entraba mucha luz aún cuando estaba cerrado,  potente y calurosa que le brindaban una sensación de hogar verdadero que jamás había sabido interpretar del todo con su familia cuando se establecían en un lugar y decidían llamarlo “casa”.
Parpadeó y se restregó las palmas de la mano en los ojos, se encontraba tendido boca arriba en la alfombra del suelo a los pies de su cama, deseando que los ruidosos llamados fueran sólo una alucinación para seguir durmiendo en el enorme colchón que lograba apaciguarlo apenas recostarse ahí. Con cuidado se levantó y, adormilado, tropezó hasta la muerta para abrirla.

—Hmmm... ¿si? —Bostezó, no pudo evitarlo, y miró con ojos somnolientos al hombre de mediana edad del otro lado de la puerta.
—Señor Lewis, diría que me disculpo por haberlo despertado de haber sido el caso, pero la verdad es que sólo quería pasarme por aquí porque bien sabía que se quedaría dormido después de la comida y no queremos eso, ¿verdad?

La sonrisa de superficialidad que vino acompañada de las palabras no lograron intimidar a Joss como había sido el propósito, él siguió sereno y todavía medio dormido, pero logró darse cuenta de que en verdad no había alucinado cuando se hizo al idea de que no era del todo bien visto en los aposentos de la familia real después de todo. Estaba seguro de que lo habían convertido en un Ken humano con los accesorios incluidos y que se rociaba de loción lo suficiente como para aparentar ser uno más de los muchachos de la casta dos; pero por la mirada de su mayordomo se daba cuenta de que a pesar de la transformación y lo bien que se arreglase todavía su casta estaba impregnada en su ser, como una especie de marca de nacimiento que le indicaba a todos de donde provenía, usando el tan citado dicho de la mona usando seda y siendo solamente una mona nada más con vestido.

—No, no lo queremos. —Negó automáticamente con gesto desdeñoso haciendo una mueca medio sonriendo, jamás perdía aquella acción encantadora que todo mundo le había asegurado poseer desde que había llegado, en un intento de parecer gracioso. Joss hubiese preferido cualquier otro mayordomo que tuviese un poco de sensatez y no tuviera un aire de crítico tan exagerado como lo resultó ser el cincuentón que le asignaron, aunque no podía quejarse de ello después de todo, teniendo que lidiar con la sorna del hombre cada que se dignaba a aparecer por ahí a molestar—.  Sólo estaba... leyendo, si, eso. —Miró rápidamente sobre su hombro a la repisa con pocos libros de su habitación—. Sólo quería pasar el rato antes de la cena, usted sabe, no hay mucho por hacer aquí después de todo.
—¿Leer? Vaya, me sorprende que alguien como usted lea, después de todo, no tienen estabilidad alguna, ¿cómo van a tener estudios para aprender a leer y escribir siquiera? —Rió, no de alegría ni de nervios, fue un sonido horrendo con el cual demostró que se estaba burlando de Joss—. Bueno, me imagino que allá, en su casa, ustedes tienen tanto por hacer para salir adelante.
—Nosotros mismos salimos adelante por nuestros medios, ¿sabe?, no necesitamos de la caridad tanto como piensa en verdad —respondió cortésmente, con la mirada fija en el hombre y el rostro profesionalmente sereno como le habían enseñado en sus clases de modales en el palacio con los demás, dejando pasar por alto la mala conducta del señor—. Luchamos día con día por una mejor vida sin la necesidad de malas acciones.

Y volvió a sonreír. Pero nada ocurrió, la misma agria mirada del mayordomo apareció, y se alejó por el pasillo con una leve despedida entre dientes cuando ya estaba a unas puertas de distancia; el castaño lo siguió con la mirada, asomando su cabeza por el umbral de la puerta, hasta que desapareció al girar hacia el siguiente pasillo. Él esperó unos segundos, intentando escuchar algo interesante en las demás alcobas del pasillo decepcionándose al descubrir que no se podía escuchar mucho o que todos estaban en completo silencio, hasta que decidió salir de una vez en lugar de desperdiciar el tiempo adentro haciendo nada. Porque le había mentido por completo al hombre, apenas si podía leer como los niños hacían y estaba seguro de que no entendería los gruesos volúmenes que le habían dejado por si acaso.

En el pasillo había un guardia afuera de cada habitación, Joss había pensado desde un principio que estaban ahí más para estar atentos de cualquier infracción de las normas en lugar de su propia protección, y cada uno tenía apariencia de robot con músculos en lugares hasta donde jamás podías imaginar encontrarlos. Su primer día en el castillo creyó que vivir bajo el mismo techo que cientos de guardias iba a ser duro pero se dio cuenta de que en verdad ellos no molestaban si uno no les daba motivos para hacerlo, se encontraban siempre con la mirada al frente y sin hacer alguna otra cosa, además de que durante los recorridos por los pasillos había estado atento sobre en que rincones frecuentaban más y en cuales menos; había sido una sorpresa para él encontrara siempre más de ellos en las áreas donde estuviese la mayor cantidad de gente en el castillo. 
Caminó sin cuidado y con las manos detrás suyo por los pasillos hacia uno de los lugares más cercano donde no habían guardias vigilando ni cámaras tampoco, el pasillo contrario hacia la biblioteca del segundo piso daba a un corredor sin salida en donde se fijó que había un mueble con macetas a sus costados únicamente, quería estar solo y pensar bien sin sentirse arrinconado en cuatro paredes. Sabía que salir a los jardines no estaba permitido y lo más cercano que tenía era la vista de una ventana sin la presencia de los guardias.

Poseía una memoria sorprendente, eso lo sabía, jamás había tratado de ejercer una actividad para el reforzamiento de sus habilidades por su terrible situación pero le gustaba presumir de ellas cada que podía, citando frases que escuchaba decir a otros, trazando mapas mentales completos de toda la ciudad cuando se encontraba perdido con alguien más, incluso reconociendo las personas y las cosas que no muchos podrían. Joss era inteligente, hasta el punto en el que se lo permitía su condición, pero las castas superiores jamás le habían tomado en serio e incluso algunos de los suyos lo tachaban como un muchacho fantasioso que no servía para más. 
No había titubeado al girar por los pasillos de lo que parecía un laberinto en toda la segunda planta del castillo hasta que vio poco a poco como se reducía la cantidad de guardias y llegaba a su destino. El rincón que había recordaba se encontró enfrente suyo apenas se dio cuenta, con las cortinas cerradas impidiendo la luz en el pequeño tramo de pasillo que pretendía usar como su sitio personal de tranquilidad, se acercó al borde de donde debía de estar la ventana para correr la cortina y mirar hacia afuera. Jamás había visto algo tan hermoso como lo era el enorme jardín del castillo, una explosión de colores el cual apostaba que le encantaría a su madre y sus hermanos si pudiesen estar ahí, estaba más que maravillado e incluso se atrevía a decir que enamorado, un muchacho como él no era de explicar bien los sentimientos pero apostaba a que su corazón parecía querer salir de su pecho la primera vez que lo había visto, paisajes como aquellos creía que no los iba a presenciar ni en sus sueños pero ahí estaba él, en una ventana del castillo de Rottingham mirando una explanada multicolor de ensueño.

Joss no hubiese imaginado jamás resultar seleccionado, su solicitud había sido enviada con ganas y una emoción inexplicable de toda su familia, habían sido ochos desde que recordaban y La Selección parecía un cuento de hadas entre la miseria que vivían día a día; fue una verdadera sorpresa el que hubiese salido elegido para la selección de la princesa Skyler fue como un milagro. Una suma de dinero lo bastante considerable para su familia, la oportunidad de ascender de casta y, el premio mayor, la mano de una de las herederas. Era sin duda alguna un sueño hecho realidad para cualquiera.

Habían ido al centro de Bankston ese día, su padre y madre insistían en acercarse a algún lugar comercial en donde estuviesen transmitiendo en viva el programa donde se anunciarían los ganadores, Joss no quería ir porque sabía que sería una pérdida de tiempo y falsas ilusiones para sus hermanos el que la buena suerte estuviese de su lado por primera vez. Pero fue exactamente así como sucedió.
Encontraron una cafetería, con el cristal de su vitrina lo suficientemente convincente como para ver la televisión de plasma en la pared de enfrente desde afuera, y se sentaron en la banqueta esperando a que las fotografías se presentaran finalmente. Josh, el quinceañero, se mordía las uñas ennegrecidas cuando comenzaron a aparecer, los mellizos se abrazaron con fuerza mientras que sus padres tenían los dedos cruzados y rezaban en voz baja, el único que parecía tranquilo y sereno era Joss, el mismísimo solicitante de la oportunidad, que no quería hablar ni moverse para distraer a su familia. El volumen de la televisión fue aumentado, los murmullos habían comenzado a hacerse presentes y la gente se ponía nerviosa haciendo más ruido, las fotografías se hicieron presentes cada vez más rápido, los seleccionados de Skyler Aldridge estaban llegando a su fin, a la princesa a quién había tramitado su solicitud el mayor de los Lewis, cuando el rostro del castaño con ojos azules hizo aparición junto con su nombre. Escuchó gritos, pero no prestó atención, alguien lo tomó por los hombros sacudiéndolo con fuerza, no se inmutó siquiera, e incluso su madre lloró junto con los mellizos y él no los escuchó. Se encontraba más que sorprendido, como en una especie de trance, temiendo que sólo estaba soñando o que se habían confundido por completo y era un error. 
Estar en el concurso ayudaba de una manera inigualable tanto a Joss como a su familia, era un verdadero milagro y estaba seguro de que no sería nada fácil de tratar pero lo haría por su familia, una semana después se vio en las condiciones de tener a hombre y mujeres en la casa abandonada sin puertas ni ventana el cual hacia llamar hogar para explicarle todo sobre el concurso además de entregarle un traje que debía de usar cuando partiera al reino, se sentía parte de un circo. Incluso los de su casta le miraban cada que salía con su familia, jamás llegó a más que las filosas miradas de los suyos preguntándose a que clase de ser divino le habían rosado para que les cayera semejante suerte, se deshizo de ellas cuando el día de marcharse llegó y dejó en un mar de lágrimas a toda su familia. No les hizo promesa alguna, porque sabía que no había manera de asegurarles algo, pero les dedicó una gran sonrisa y lanzó besos desde el vehículo que se lo llevó lejos.
No había vuelto a tener noticias sobre ellos, las personas con las cuales se sentía amado y querido en una vida que todos aseguraban era de las peores, pero estaba seguro de que ellos se mantendrían informados sobre la transmisión todos los días.

Sus ojos azules pasearon por el césped bien cortado de afuera cuando escuchó un sonido lastimero, tan bajo que temió y fueren las tan temibles ratas a las que se había acostumbrado a tratar por andar toda su vida en la calle, se apartó de la ventana y miró en su entorno lleno de sombras con atención. Se quedó petrificado en su lugar hasta que volvió a escucharlo, más bajo y más humano, en el otro extremo del rincón detrás de la maceta derecha entre el mueble. Dudó al principio, no porque temiese enfrentarse a algo ya que no solía ser de los que huían, pero terminó considerando que no le podía pasar gran cosa en el lugar más seguro de todo el reino, se aproximó con lentitud y silencioso hasta el lugar de donde provenían lo que parecían balbuceos, tomó el borde de la cortina desde el centro y la apartó de un tirón para revelar en la esquina a una muchacha. 

—Uh... lo siento. —Se apresuró a hablar en voz baja, con la mirada divagando entre el corredor y la muchacha escondida en la pared, no era un experto en mujeres pero el hecho de que ella estaba con la cabeza recargada en la pared y sus ojos rechazaron la luz que brindaba la ventana expuesta—. ¿T-t-t... usted está bien, señorita?
—Lo estoy, sólo largo. —Dio una bocanada de aire grande y parpadeo varias veces antes de girarse hacia la ventana, ignorando por completo a Joss, dejándole ver las marcas rojas del llanto en su mejilla. El joven abrió la boca para responder pero decidió sentarse en el suelo al lado de la maceta mejor—. ¿Eres sordo o que te pasa? He dicho que te vayas, shu.

Soltó el agarre de sus piernas para hacer ademanes de querer echarlo de su —no— rincón secreto. 

—¿Que me vaya, es eso lo que quieres en verdad, estar sola aquí lamentándote de quién sabe qué? —preguntó con el ceño fruncido.
—No me estoy lamentando, en serio, sólo déjame en paz. —Se giró para mirarlo con los ojos rojos e hinchados pero riendo sin gracia—. Pareces no entenderme.
—Discúlpame entonces, mi vocabulario ha estado muy limitado toda la vida y apenas las horas de clase que nos dan aquí parecen querer ayudarme.
—¿Clases? ¿Tú eres seleccionado? —Parecía confundida.
—Lo soy, formo parte de la selección de la princesa Skyler, Joss Lewis, señorita. —Hizo una leve inclinación de cabeza y sonrío, su encantadora sonrisa perfecta la cual estaba más blanca que antes por la atención dental que le habían dado en la transformación, tratando de apaciguar las cosas para tratar con ella. Esa era la segunda interacción que llevaría a cabo con una chica, esa misma mañana inició la cuenta con la entrevista que se llevó a cabo con la princesa, y aún le parecía fascinante el verlas tan majestuosas con telas magníficas tan casualmente. Era la primera vez en la que podía estar con personas de las castas altas a su mismo nivel. 

Extendió su mano, en una muestra real de aprecio, pasando por alto las indicaciones que le habían dado antes de que se instalara en el castillo, no interactuar con los participantes de las otras selecciones sin la supervisión de terceros, no podía apostar a que la castaña formaba parte de las seleccionadas del único heredero varón en Rottingham pero el hecho de que fuese bien parecida y llevaba un vestido con joyas daba mucho de que hablar. Esperó, sin desanimarse por el paso de los segundos en vano, con la mano aún tendida.
Esperó lo bastante, incluso él creyó que había pasado ya la hora de cenar, se había dado por vencido con la mano en alto a los dos minutos pero no se había movido en ningún momento. Los ojos de ella habían dejado de estar tan rojos como en un principio y el color verde destacó en sus iris. Joss finalmente llegó a la conclusión de que si seguía ahí solamente se retrasaría en la rutina de aseo antes de la cena por lo cual se puso de pie con lentitud y sacudió basura imaginaria de sus pantalones gris oscuro como había sido su costumbre desde que había comenzado a usar buena ropa sin usar y de diseñador en el concurso.

—Abbie Cook, seleccionada del príncipe Cyrus, número dos. —Volvió a tirar su cabeza hacia atrás, de manera que veía a la perfección con el rostro medio divertido a Joss, extendió sus brazos hacia él—. Me conoces ahora, no me llames de usted que no soy parte de le realeza, Lewis. Levántame ahora.
—Lo que órdenes, Cook. —Sonrió de medio lado y unió sus manos con las de la muchacha, tan pequeñas y suaves por no haber hecho esfuerzo alguno por ser una mimada dos con dinero, la levantó del suelo—. Número ocho, aunque, creo que soy tres ahora.

Rascó su nuca divertido, le resultaba imposible el pensar que ahora había escalado cinco castas por haber sido seleccionado y que sería muy diferente su vida después de todo, sabiendo que bien podía ella hacerle mala cara como todos los que sabían su casta de nacimiento o podía cometer un acto de compasión y verle por igual. Abbie sonrío, una linda sonrisa que le hizo olvidar a Joss su entrior estado débil, parecía fuerte y capaz de lograr cualquier cosa que quisiera. 
Se apartó el corto cabello de la cara con un movimiento de cabeza y prosiguió a tomar la cortina para tallar debajo de los ojos el rastro negro de su maquillaje corrido.

—Sal primero, hay guardias en el pasillo y sospecharán de ambos si salimos juntos, ve a la biblioteca para pasar desapercibido que yo saldré después.
—Seguro.

Y salió al pasillo, sin voltear atrás, hacia la habitación en la cual menos encajaba en todo el castillo.
:
lamento muchísimo en verdad el haberles hecho esperar tanto! les debo mil disculpas a cada una por mi demora, pero pienso que mejor tarde que nunca. tuve dificultad a la hora de subir el cap que por qué estaba muy largo y por eso tuve que dividirlo, so.

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Re: The Selection.

Mensaje por hypatia. el Miér 04 Ene 2017, 12:44 pm

Gracias por subir, Alec, en cuanto pueda leo tu capítulo
Ya estoy escribiendo, así que espero poder subir mi capítulo pronto
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Re: The Selection.

Mensaje por Ritza. el Miér 04 Ene 2017, 8:15 pm

Ayyyy, ya leeré y comentaré prontooo
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Re: The Selection.

Mensaje por Asclepio. el Miér 04 Ene 2017, 8:38 pm

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Re: The Selection.

Mensaje por prinsloo. el Sáb 14 Ene 2017, 7:01 pm

tengo que comentar tengo que comentar tengo que comentarrrrrr
soy la peor soy la peor
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