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The Selection.

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Re: The Selection.

Mensaje por Finnellark. el Mar 11 Oct 2016, 11:37 am

Merezco que me maten por tardar tanto en subir aquí muack pero ya solo me faltan unas partes para terminar el cap (?), así que lo más probable que suba a más tardar el fin de semana que viene

Finnellark.
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Re: The Selection.

Mensaje por Finnellark. el Dom 16 Oct 2016, 2:43 am

helloooooooooooooooooooo:
Bueno, me dije que subiría ya al fin hoy, así que eso haré, de momento solo será la primera parte, espero terminar la segunda para esta tarde ;___; y es que me tarde mucho con este cap, en serio perdonen tantaaaaaaaa demora ;___; y eso, espero que les guste besoooooooos

pd. si hay errores ortograficos, es porque son casi las 4 am



Capítulo 11 parte 01

Escrito por: Finnellark. || Personajes: Annelyss Poynter, Tyson Rutherwurd, Amika Proust, Gunter Fallerys, Wyatt Thompson & Darius Forbes.





Tenía nervios. Muchos nervios. Tantos que si no podía controlarlos se acabaría mordiendo las uñas de sus manos, hasta la cutícula, como lo hacía de pequeña antes de que pudieran entrarle bien las clases de modales que debería tener una princesa; lo último que quería era arruinar el tan elegante diseño que les hicieron a sus uñas, a juego con el vestido que escogió para este día, donde finalmente estaría cara a cara con sus seleccionados.

Llevaba un vestido de tonos azul pastel que le llegaba a la rodilla, de tirantes gruesos que iban desde el corte en v del pecho hasta por detrás del cuello, uniéndose ambos en un cierre, y con una falda al vuelo, que se movía fácilmente al compás de sus pasos, que era como si le quedara perfecto para danzar y verse aun así con elegancia. La reina les había “sugerido” que llevasen el cabello arreglado, pero Ann prefirió llevarlo suelto, y que lo único arreglado que tenía era que le habían hecho tirabuzones.

Quería estar presentable; ni muy elegante ni muy casual como para que dijeran que no le importaba la selección. Quería algo intermedio, algo que quedara con ella misma: que no era amante de los protocolos, los modales refinados y hablar con prudencia, pero igual lo hacía, porque como le decían, era su deber. Así que quería pensar que había hecho una buena elección, aunque seguía sin estar segura.

Así era Annelyss. Siempre se tomaba su tiempo para pensar hasta tres veces todo antes de hacerlo, porque siempre quería hacer todo bien.

— ¿No crees que debí escoger otro color, Gytta? —Preguntó, con su tono de voz denotando nerviosismo— O tal vez otro vestido.

— No, Ann, créeme, te ves hermosa.

— Tal vez un rosa pálido o un lila —siguió con su soliloquio, sin escuchar lo que su hermana decía.

— Que no mujer, te vez más que perfecta. Además, relájate un poco, que harás que se me peguen tus nervios —pidió Rita—. Ya mañana, si quieres usas el vestido lila o el rosa pálido —propuso en burla, sonriéndole a su hermana.

Annelyss guardo silencio después de eso. Intentó serenarse ahora con inhalaciones y exhalaciones profundas. Pensaba que si no detenía su locura, al final no sería ella quien intimidaría a sus seleccionados, si no al revés; con apenas el primer saludo saldría corriendo de la habitación. Cuan humillada se sentiría la reina si aquello pasaba.

— Solo sonríe, y sé tú misma, Ann —le aconsejó Gytta, en su rol de hermana mayor, justo a tiempo cuando la asistente de la reina les llamó para entrar al Gran Salón y que conocieran a los participantes.

Ann dio un último y largo suspiro antes de entrar, siendo la segunda, detrás de Gytta. Intentó mantener su mirada sobre el peinado de su hermana y tener el rostro tranquilo, sin que se denotase que en cualquier segundo llegaría a perder los estribos.

Falló cuando dio una sutil mirada a su derecha, viendo fugazmente a unos cuantos de los presentes y sorprendiéndose ligeramente al ver a tantos chicos reunidos en una sola habitación a la espera de ellas. Enseguida regresó la vista al frente, estando segura de que aquel error suyo, aquella vacilación que tuvo, podría haberlo captado alguna de las cámaras que había alrededor.

Se sentó en el sillón a la izquierda de Gytta y trató de recordarse que esto no resultaría nada mal. Serían unas cuantas preguntas que les haría a cada uno de los seleccionados, así que intentó motivarse y se volvió a colocar en su faceta de 100% positividad dando una de sus mejores sonrisas, y ocupando su mente en recordar una canción que sabía tocar en el piano, mientras daban paso al primer seleccionado.

Le dio una última mirada a Gytta, quien se la devolvió para decirle algo:

— Recuerda: solo se tu misma. Te amaran, ya verás —y le guiñó un ojo al final antes de mirar nuevamente al frente.

El primero de los chicos de Annelyss fue uno de la casta dos. Un actor de nombre Felix McCall, de tez morena, cabello y ojos oscuros, pero con todo ese conjunto dándote a entender el porqué de que sea un actor. Lo reconoció de inmediato mientras éste caminaba a su encuentro, puesto que se había dedicado a memorizar cada cosa de las solicitudes de los nueve participantes que conocería hoy.

« Vamos, Ann, este no creo que salga como esos doses pedantes y arrogantes » se trató de dar ánimos, recordando que no tenía buenas historias con jóvenes de aquella casta.

Felix no había resultado tan mal tipo. Era guapo, venía de una buena casta y era reconocido por el país como uno de los jóvenes talentos de hoy día; ese sería el listado de buenas cosas que la reina probablemente le daría para que lo tomase en cuenta. Para Ann no hubiese sido tan malo, si el chaval no se hubiese pasado arreglando su fleco hacia arriba cada diez segundos, o contándole que había actuado en series y ya en varias películas muy famosas. Para cuando la rubia le preguntó el porqué de que haya decidido postularse en la selección, Felix le dio una mirada profunda, que le penetró en el alma, como siquiera intimidarla, y le dijo que era por ella. Que la princesa merecía el que un grupo de chicos, que no tenían nada que ver unos con otros (enmarcado sutilmente el que habían participantes de castas más bajas), se disputara por ella.

Annelyss tuvo que reprimirse las ganas de enmarcar una gigantesca tacha sobre su nombre. Odiaba la clasificación de las castas, y odiaba aún más a la gente que se agasajaba vociferando su buen status, cuando había familias luchando por alimentarse día a día. Sí, tal vez era una de las herederas, pero eso no anexaba el que estuviera de acuerdo con las leyes que se estipulaban tanto en su reino como en los otros.

Volvió en sí justo cuando venía el siguiente participante: un chico rubio, alto y de complexión delgada, que caminaba con buen porte, como si estuviera dado a los buenos modales.

— Buenos días, su majestad. Primeramente, permítame darle las gracias por el dejarnos quedarnos en su hogar —empezó, tras saludarla con una pequeña reverencia que no hacía falta y sonriendo con elegancia y simpatía—. Espero probarme a mí mismo merecedor de su mano cada día.

— Miles Bletchey —le sonrió devuelta tras recordar quién era. Casta 6, y mayordomo. Ahora entendía el porqué de su caminar y de su muy refinado saludo, era ya costumbre por el trabajo—. El gusto igualmente es mío, y espero que la pasen bien durante su estadía.

— El tiempo que duremos, quiso terminar diciendo alteza —agregó Miles al final, sonriéndole con un poco más de calidez ahora, aumentando en la escalonada de lo que empezaba a agradarle a Ann.

— Solo le pediré algo, joven Bletchey. Cuando estemos solos —empezó, pero se sonrojó al recibir la mirada inquisitiva del oji azul junto con una sonrisa divertida—, quiero decir, cuando estemos platicando cómodamente, no me trates de tú. Soy Annelyss, y para mis amigos Ann —le pidió con dulzura, dejándole saber que no le gustaría tanta formalidad durante el tiempo que se estén tratando.

— De acuerdo, Ann —aceptó Miles al final con una sonrisa.

Los siguientes chicos pasaron más rápido, para su gusto y su disgusto. Un chico de Whites, Thomas Foster, casta 4 y granjero, le comentó que tenía dos hermanas menores, gemelas, que se habían emocionado tanto cuando él salió en la pantalla de la televisión como uno de los seleccionados, y que su sueño era que en un futuro pudiese extender las tierras de su padre; un relato, que por más que pequeño le había bastado a Annelyss para que le agradara el castaño. De ahí le siguió un chico de la casta 6, Ian Mitchell, que había logrado entrar a estudiar en la universidad y se había graduado apenas este año; le hubiese ido mejor al chico si no le saliera el comentario de que lo que quería era ascender lo más rápido que pudiese de casta para así vivir mejor. Le había parecido más ambicioso que esperanzador.

Jason Kane, un chico de la casta dos que era modelo, le había sorprendido gratamente. No por lo muy apuesto que era, que hasta Annelyss se vio recibiendo sonrisas insinuantes por parte de Gytta y Rita; si no por cómo se había comportado. Había sido encantador, simpático y alguien con temas realmente entretenidos por escuchar. Le dejó tan buen sabor de boca que por primera vez tuvo la esperanza que no todos los chicos de la casta dos eran unos babosos.

La esperanza cayó por los suelos con el siguiente participante. Un dos, que se presentó a sí mismo como Boby Sprouse, que venía de Lotonia, siendo hijo de un consejero de aquel reino. Comentó que simplemente quería probar suerte en otra selección. Casi ni había dejado que Annelyss dijera palabra, porque él se la pasó hable y hable, con puros comentarios por demás bobos e irritantes, lanzándole por momentos sonrisas descaradas, llenas de insinuación (y no de la buena). Tenía todo el perfil de un muñeco ken: pelo engominado, dentadura deslumbrante y una personalidad que te hacía pensar que era puro plástico todo aquello.

— Siéntase con la plena seguridad de que conmigo la pasara más que bien, princesa —terminó, dejando entrever el descaro al final y haciendo que la alarma sonara dentro de la mente de la rubia.

Se presentó luego un chico de Italia. Un pintor que la dejó con varias palabras atascadas en su boca. Roman Fidelli. Sabía que ese nombre no lo olvidaría, menos aquella pequeña chispa que creyó sentir en el momento. Después conoció a Dylan Johnsons, un chico que se ganaba la vida como jardinero, siendo el hombre de la casa tras perder a su padre hace un año, y que junto con su madre trataban de que la vida no se les desmoronara para ellos y sus dos hermanas menores. Pero a Ann no le despertó alguna chispa, ni química, al menos en el sentido romántico, si no que sintió una enorme empatía y admiración por Dylan, llegándole la necesidad de protegerlo, y pensó que al menos podrían ser amigos lo que durara la selección. Porque eso sí, ella se aseguraría de que él sería de los finalistas para que así su familia ganase más.

« Ya casi terminamos con esto, Ann, ya casi, uno más y eso será todo por hoy.»

Vio que venía el último participante y lo reconoció de inmediato por el semblante que el chico tenía. Era serio, no como si estuviera enojado, pero tampoco como si estuviera contento por estar ahí. Uno parecido al de la foto que estaba en su solicitud: como si la presión ejerciera mucho peso sobre sus hombros y le molestase, reflejándose en la nula sonrisa y en el poco brillo en sus ojos. Así que Annelyss no sabía cómo interpretar aquello. Lo último que quería pensar era que probablemente él no quería estar ahí. No quería creer que ingresase a la selección solo por obligación.

— Alteza —saludó, sintiendo Ann con eso un tono más de ironía que de respeto.

— Por favor no —pidió, al ver que se disponía a hacer la ya común reverencia—. No es necesario. Ya hubo muchas por hoy.

— Pero es el protocolo —rebatió el castaño.

— Pues olvidemos el protocolo —propuso en tono cómplice—. Y que yo soy la princesa y que este es un castillo, y todo lo demás.

— ¿Entonces cuál es el escenario? —inquirió él ya sentándose en el sillón frente a ella.

— Solo dos personas tratando de conocerse y empatizar —concordó Ann con una sonrisa al final.

— En ese entonces, soy Tyson. Tyson Rutherwurd. Pero quiero suponer que eso ya lo sabías —terció, en una sonrisa desalineada.

— Hago mis deberes, joven Rutherwurd —objetó la rubia con sarcasmo.

— Creí que pidió que nos olvidáramos que era la princesa —le recordó, elevando una de las comisuras de sus labios en una chueca sonrisa y sacándole una pequeña carcajada a Ann.

A Tyson le fue inevitable pensar que le había gustado ese sonido, más de lo que pudiera aceptar. Se tuvo que obligar a mantener la postura rígida, aunque sin mucho éxito porque todo estaba saliendo lo contrario a lo que esperaba.

— Cierto. No existen los deberes.

— ¿Le gustaría el que no existieran realmente? —siseó ahora, interesado de cierta manera por lo que ella fuese a contestar.

— Ten por seguro aquello —le confesó riendo al final.

Guardaron silencio un par de segundos, en los que simplemente se vieron. Annelyss sintió que sus mejillas se empezaban a colorar, pero no le importó. No quiso pensar en otra cosa que no fuese en el hormigueo que surgía en el fondo de su estómago, y que aquellos ojos aceitunados estaban despertando en ella una calidez tan regocijante que jamás pensó sentir en un primer momento.

Y Tyson sentía lo mismo. Queriendo no sentirlo. Queriendo no pensar en que estaba disfrutando de la charla y de la presencia de Annelyss. Queriendo no pensar que ahora le agradaba una de las herederas dentro de aquel gobierno tan injusto.

— ¿Y qué haces en tu tiempo libre, Annelyss? —preguntó de pronto, cortando la conexión que habían tenido y haciendo que la rubia reaccionara de aquella magia en la que se había adentrado.

— Ehm…

— ¿Acaso veo vacilación de tu parte? —retó, disfrutando del momento.

— Yo… —le dedicó una sonrisa, sabiendo que ahora quería dejarla en evidencia— me gusta leer y tocar el piano…

— ¿Tocas el piano? —la interrumpió sin hacerlo adrede, sino por la sorpresa de aquello.

— Sí. Desde los diez años —informó, sin estar muy segura el porqué de la insistencia, hasta que algo hizo clic en su a veces fatídica memoria—. Oh, cierto que eres músico —trajo el tema a la conversación, llena de alegría por la sutil coincidencia—. Tocas el piano y la guitarra, ¿no? Mira que mi memoria suele fallar en los momentos donde más me hace falta.

— Yo…

— ¿Acaso ahora soy yo la que ve vacilación de tu parte, Tyson?

— No —aseguró, sonriendo inconscientemente ante la burla—. Pero sí, toco esos instrumentos.

— Bueno, creo que tendremos de donde sacar charla la próxima vez.

— ¿Próxima vez? —interrogó el castaño justo antes de que le dijeran a la princesa que ya se había acabo el tiempo.

— Fue un placer, Tyson. Y gracias por haber dejado la formalidad a un lado —señaló Ann, sonriendo dulcemente.

— Yo… el placer fue mío su alte… Ann —se trabó, sin saber muy bien por qué y escuchando una pequeña risa por parte de ella.

— Hasta más tarde, Ty —se despidió Ann con una gran y genuina sonrisa.

En primera instancia, Tyson pensó simplemente decir adiós, pero creyó que no estaría bien. Una porque Ann le había agradado realmente, y la otra porque las cámaras los grababan en ese momento. Se despidió depositando un beso en la palma de la mano de la princesa, y posterior a eso haciendo una pequeña reverencia, sin notar el sonrojo que aun tenían las mejillas de ella.

No le dirigió otra mirada, porque sabía ya que ese par de gemas azules jamás saldrían de su mente. Ni aquella sonrisa tan encantadora, ni aquella risa tan natural y agradable de escuchar, ni aquella dulce voz que para su mala suerte sentía que hasta en sus sueños la seguiría escuchando.

Porque lo que no quería admitir era que Annelyss Poynter realmente le había gustado.

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¿Estaba molesta? Por supuesto. Estaba molesta con Sunshine, con Hayden y en un escalón muy elevado con Artyca, porque ella si podía lograr que el príncipe Noah le prestara atención sin siquiera chistar, y sin tener que recurrir a las tácticas de seducción como Amika lo hacía.

Sentía molestia también hacia su padre. Por el comportamiento tan cerrado, frío, distante e intimidante que tomó tras la muerte de su madre siete años atrás durante una misión de los rebeldes.

Amika apenas era una niña cuando aquello sucedió. Tal vez era chica para razonar algunas cosas, pero entendía por qué su padre se había encerrado en su recamara durante una semana, llorando durante las noches ante el hecho de que Aurora no volvería de nuevo, porque igual eso había sentido ella; perdió a su madre y aquello era algo que nunca se iba a arreglar.

Su pequeña familia se había roto por completo, ya que con la pérdida de su madre, su padre había cambiado, convirtiéndose en alguien que no reconocía. Desde entonces, Amika creció rodeada de regaños, de exigencias, de odio, tristeza y soledad. Siempre trataba de hacer que su padre estuviese orgulloso de ella, de su persistencia en cada meta que se proponía; pero nunca le era suficiente, y Amika sabía que jamás le sería suficiente, aun cuando los rebeldes llegasen a lograr lo de la revolución.

Para su padre jamás habría suficiente hazaña que le hiciera sonreír de nuevo.

Amika quería que se diera cuenta que aún tenía a su hija, pero parecía que si no era por las reprimendas, él nunca le hablaría. Y crecer sin su madre y sin la guía buena de su padre le marcó, de una manera en la que no quería. Ella no había querido crecer y convertirse en la chica antipática, gruñona, y recelosa que lanzaba odio hacia toda persona y hacia el mundo entero, que era hoy día.

No tenía amigos. Estaba sola, realmente sola. Su madre había sido su mejor amiga y confidente hasta que marchó. En la ciudad de los Ángeles, siempre veía a personas pasarla bien, a grupos de amigos caminar de ahí a allá, mientras ella repelaba a todo aquel que se le acercara. Y ahora dentro de la tan absurda selección presenciaba lo mismo: veía a chicas acompañadas de otras chicas, contándose cosas, chismeando y divirtiéndose, mientras ella estaba en el rincón alejado, observando todo con recelo, queriendo tenerlo pero sin hacer nada de su parte para obtenerlo.

Si, también estaba molesta consigo misma por complicarse siempre las cosas. Porque aunque deseara tener amigos, tenía el suficiente y por demás orgullo como para aceptar el necesitar a alguien.

— ¿Estresada acaso? —Dio un respingo en su lugar al escuchar la voz de alguien más tan cerca de ella. Volteó a ver al intruso de su tiempo a solas, y se topó con un chico castaño, de ojos esmeraldas muy atrayentes y sonriéndole como si fueran viejos amigos— Debes de estar muy pensativa, ya que no escuchaste cuando me acercaba hacia ti, ni mucho menos cuando me senté a tu lado.

— Que bueno que lo notaste —le comentó con sequedad, sin la intención de ser amable con él, y regresando su mirada hacia el frente.

— Pero que antipática.

— No me pagan por ser señorita amabilidad.

— En estos momentos creo que sí —repuso el castaño y Amika le dirigió una mirada pesada—. Pero vamos, que un poco de educación no te vendría mal. No siempre debes de hacerlo frente a una cámara, si no también practicarlo en privado.

— Adivina —dibujó una sonrisa por demás forzada antes de seguir—, no me apetece serlo contigo, y no tengo porque.

— Eres muy grosera para ser alguien de la casta dos, ¿te lo han dicho alguna vez?

— ¿Qué crees sabiondo? Los de la casta dos no somos famosos por ser amables ni simpáticos.

— Es muy cierto lo que dices, pero hay rarezas.

— Pues dime una chica más del montón, me da igual —dio por sentado, queriendo acabar con la conversación y que el chico se largare de una vez. ¿Por qué no se iba?

— Oh, pero si tú en definitiva no eres una más del montón —señaló el castaño, ladeando una sonrisa galante.

— ¿Y tú? —interrogó con desconfianza Amika, puesto que aún seguía sin saber quién era y parecía como que a él le hacía gracia el charlar y molestarla— ¿De qué casta vienes?

— No me gustan las etiquetas, pero soy como tú, aunque quitando lo grosero y descortés. Porque mira, yo si estoy siendo amigable —agregó en tono condescendiente.

Amika era buena repeliendo a la gente, pero parecía que con ese chico simplemente no podía.

— No sé ni porque sigo aquí sentada escuchando tu voz —alegó ahora ella, levantándose de la pequeña banca, siendo seguida del chico.

— Al menos podría despedirse, Lady Amika.

— Espera, ¿cómo es que sabes mi nombre, y además la casta que soy? —el oji verde rio, pero no como si le hubieran contando un chiste y exclamara de felicidad. Era una risa más bien seca, de esas que denotaban burla hacia ti.

— No se ponga mucha importancia, Lady Amika. A estas alturas creo que medio reino ya sabe eso de usted.

— Responde —exigió.

— Me llamó Gunter, y sinceramente le comento que no creo que dure mucho en la selección con esa actitud de odiar al mundo entero tan despectivamente —empezó. Amika iba a reprochar el cómo le hablaba, pero no se lo permitió—. Me preguntó cómo es que terminó siendo una de las citas del príncipe Noah. Usted es de lejos simpática y amigable, y está más que fría que un tempano de hielo como para considerársele una persona alegre.

— Oye…

— Aunque tal vez y el príncipe le haya elegido porque supo cómo coquetearle un poco. Me esperaba eso de algunas competidoras, así que me inclinó más por eso —terminó, mirándola directamente a los ojos.

Esperaba una disculpa por la manera en que la trató, pero al ver que simplemente permanecía en silencio, observándola aún como si disfrutase de aquello y esperase una respuesta, Amika perdió los estribos.

— ¿Quién te crees que eres? —exigió de nuevo, tratando de no haber elevado tanto la voz, cruzada de brazos, y con el desagrado y el odio reflejados en sus ojos. Que si pudiera, le hubiera matado con la mirada.

— Oh cierto. Bueno, como dije antes: mi nombre es Gunter —empezó, y guardo un segundo de silencio para darle una sonrisa arrogante antes de proseguir— y yo soy primo de los Shawcross —aclaró, sonriendo ahora en grande al ver la sorpresa reflejada en el marrón de los ojos de Amika.

— ¿Qué?

— Sé que ahorita te has de estar dando cachetadas mentales por haber sido tan grosera conmigo, siendo que se me diera la gana podría hablar con Noah sobre este sutil episodio y él ya vería cómo lidiar contigo. Tenemos una muy buena relación, así que…

— Eres un…

— ¿Un qué? Vamos, no te ahorres las palabras, ya has dichos muchas inapropiadas, puedo soportar otra más.

— Mientes.

— ¿En serio llegaste a tal punto de echarme la culpa y tacharme de mentiroso solo porque sientes que metiste la pata muy en el fondo? —Cuestionó Gunter, fingiendo indignación— Te podría llevar a la habitación que tengo y mostrarte las fotos en donde salgo con mis primos, pero… ¿adivina? Está prohibido que los participantes hagan eso, y realmente no se me apetece.

Amika abrió la boca, para soltarle una palabrota, pero lo pensó dos veces, y la cerró de nuevo. Le dirigió una última mirada furiosa antes de alejarse caminando, resonando con fuerzas las zapatillas, notándose lo enojada que se encontraba.

Gunter se rio por lo bajo, tras disfrutar del encuentro. Reconocía que había hecho mal el incitarla a enfurecerse. Pero le había picado la curiosidad el conocer a Amika. Desde que Noah le platicó sobre sus seleccionadas. Aunque serían seleccionados con aquello que un chico estaba incluido, y sabía que jamás dejaría de recordarle eso a su primo.

Y ahora que la había tratado, estaba seguro que se le acercaría, tal vez para pelear de nuevo. Porque hay que quedar claros en que nadie le había tratado así; alguien que no fuese su padre y su madre con su ya de por sí frialdad y distanciamiento. Pero el reciente episodio con Amika en vez de molestarle, le había agradado.

O tal vez era que sencillamente ya tenía su pequeño conejillo de indias para entretenerse en lo que él se quedaba dentro del palacio, el suficiente tiempo que se pudiese para permanecer fuera del radar de sus padres.

Comenzó a caminar por los pasillos, cruzándose con algunos cuadros de la familia real. Donde se mostraban con elegancia, aparentando demasiada perfección para ser real. Observó el rostro de sus primos: tan afables, cuadrados y serios; mostrando una actitud que de no conocerlos la creería. Cuantas jugarretas y bromas había tenido él con ellos como para atestiguar aquello. Siguió con el de los reyes, deteniéndose en el de su tío: el gran rey Clarkson. A quien obligatoriamente se le debía dar respeto y alabanza, aunque Gunter desistiera, sabiendo de más como era realmente el rey, y sintiendo asco hacia él en cada momento del día.

No le sorprendía porque su padre era tan áspero, insufrible y frio, siendo que tenía como gran ejemplo a Clarkson. Al igual que su madre, pero no a un grado tan desmesurado. Era por eso que Gunter preferiría un millón de veces hospedarse en la casa de sus tíos (aunque siempre odiaría al tío Clarkson), que pasar cinco minutos más recibiendo órdenes y demás por parte de los condes, que si bien eran quienes le daban la buena vida que tenía, jamás les atribuiría el papel de padres que deberían tener para con él.


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No podía concentrarse. La masa enfrente de él seguía tendida sobre la larga mesa de madera, a la espera de que la moldearan para crear alguna proeza culinaria. Pero Wyatt solo la miraba, con la frente arrugada, como si pensase en qué debería hacer con la masa.

Aunque en realidad su mente divagaba en cosas que no debía.

Como en Helena Di Lorenzo. La hermosa princesa de Italia. Y habría que decir que de cierta forma su jefa. La bella chica en la que para su desgracia posó sus ojos desde que llegó a trabajar en el castillo; hacía ya seis años.

Recordaba con completa frescura aquella primera vez que la vio, husmeando en la cocina, intentando dar con alguna golosina para comer. Wyatt había terminado de hacer su primer pie de zarzamora cuando la notó. Los ojos de ella viajaron directo hacia el postre, mientras que los de él se posaban en la niña que entró como si la cocina le perteneciese, preguntándose quién era.

— ¿Tu lo hiciste?

— Eh… si —respondió dudando de responder.

— Luce muy rico.

— Ehm, gracias —Se sentía incómodo. ¿Qué más debía decirle? Porque igual la morena parecía algo incomoda, como si ambos buscaran qué decirse, o preguntarse. Wyatt notó entonces cómo los ojos marrones de ella le brillaban mientras veía su pie, así que desistió por su cuenta para dejar a un lado que sea la intrusa en su cocina—. ¿Quieres un pedazo?

Ella inclinó su cabeza hacia la izquierda, dibujando una sonrisa divertida. Pero Wyatt no entendía el porqué de ésta.

— ¿Me tratas de tu? —Ahora sus ojos eran los que reflejaban diversión e instintivamente Wyatt sonrió— No muchos lo hacen.

— ¿Por qué no? —Curioseó él— Digo, no es como si tu fueras la… —cerró la boca de pronto, llegando a su mente una idea, que esperaba no fuera del todo verdad— ¿Cuál es tu nombre?

— Helena. Helena Di Lorenzo —respondió, con una sonrisa más ancha todavía ante la reacción del rubio, quien ahora deseaba que se lo tragara la tierra.

Colocó con cuidado el pie sobre la larga mesa de madera, donde estaban varios ingredientes y algunas bandejas de plata vacías. Abría su boca para hablar, pero aun no procesaba la información, y solo hacía gestos de frustración para consigo mismo y señalando a Helena por momentos.

— ¿Eres la princesa?

— Hasta donde yo sé, sí.

— ¡Oh por dios! ¡Tú eres la princesa! —Exclamó con sorpresa, sin elevar mucho su voz— ¡No sabía lo juro! Es decir, sé que hay una princesa en el castillo, y que se llama Helena, bueno que te llamas Helena. Pero no la conocía. Quiero decir, nunca he visto un report de la familia real, así que no me sabía los rostros de los príncipes ni de ti, salvo el de los reyes. Y bueno, ayer llegó Ross, quiero decir el príncipe Ross, y se presentó desde un principio. Venía junto con Brett, así que ahí fue que los conocí, y me hablaron de ti igual, quiero decir, de usted. Pero no la conocía en persona aun, y lo siento.

Se mordió el labio. Apenas llevaba en el castillo tres días, y no le sorprendería si lo echaban por no haber reconocido a la princesa, y haberla tratado con tanta descortesía. Ya sentía que debía despedirse de las estufas, los hornos, los moldes para pasteles y de los ingredientes de la cocina. Lo último que quería era tener que desilusionar tan rápido a su padre.

La risa de Helena lo devolvió a la realidad. Y no sabía cómo interpretar esa reacción. ¿Era la burla la que hablaba antes de dar la orden para correrlo de la cocina? ¿O era que realmente le había divertido todo su soliloquio? Así que Wyatt trató de al menos no poner una cara de pocos amigos, que sería lo único que faltaba para finalizar su numerito.

— ¿Me vas a correr?

— No —logró responder aun entre risas—. No voy a correrte… ¿Tu nombre cuál es?

— Wyatt.

— Bueno. Wyatt. No voy a correrte, así que tranquilo.

— ¿No se ofendió que no la tratara con tanta…?

— ¿Tanta formalidad? Que va, así estuvo mejor para mí.  Trátame de tu.

— Pero…

— Es una orden Wyatt —le regresó la sonrisa, como mero auto reflejo.

— De acuerdo, Helena.

— Ah, y una cosa más —comentó, señalando ahora hacia el postre que preparó Wyatt—. Es una orden el que me des al menos la mitad de ese pie —Él no pudo evitar la carcajada, que instintivamente se le contagió a ella.

Su rostro dibujó una sonrisa ante el recuerdo.

Aún seguía sin creer que ya iban seis años de aquel momento. En los cuales Helena lo visitaba en la cocina para probar nuevos postres o algún nuevo platillo que agregarían al menú. E igual para platicar un rato, siempre y cuando se pudiese. Convirtiéndose con el tiempo en buenos amigos. Helena confiaba en Wyatt, al igual que él en ella.

Con la única diferencia, que no compartían del todo los mismos sentimientos por el otro. Porque a Wyatt Thompson le gustaba Helena Di Lorenzo. No. Corrección: Estaba enamorado. Para su pésima suerte en la vida. Porque él era un simple cocinero, y ella una de las herederas de Italia.

La única relación que podía aspirar entre ellos, era la de simples buenos amigos. Porque sabía que jamás se podría pasar de eso.

— ¡Wyatt Thompson te estoy hablando! —La masa escurrió entre sus dedos por la sorpresa.

— ¡No me espantes de esa manera, Helena! —se quejó viéndola de frente, aun con la masa escurriendo lentamente entre sus dedos.

Pero su leve molestia cesó por completo ante la risa de ella. Le parecía tan tierna como siempre…

— Es que no reaccionabas, y ya tenía tiempo llamándote la atención.

— Helena, medio minuto no cuenta.

— Bueno, sabes que la paciencia no es una de mis virtudes —negó con la cabeza.

— Lo bueno que tienes otras más por mostrar ante todos.

— Que malo. Pero si yo soy encantadora.

«No tienes idea de cuánto.»

— Bueno, pero cuéntame, ¿cómo te fue con los de tu selección? ¿Alguno que te haya gustado?

«Por favor di que no. Di que todos te resultaron feos y horribles.»

— Hmm… primero el postre y luego la plática —recordó Helena, siendo que aquello ya se había convertido en la rutina de ambos.

— Glotona —comentó Wyatt riéndose mientras iba por el postre al refrigerador.

— Tú tienes la culpa.

— Lo acepto, porque lo que preparo sale delicioso —se alagó a sí mismo, dejando un pie de zarzamora en la mesa. Arrastró dos sillas de madera y dos cucharas, para cada uno.

— No te das una idea de cuánto —concordó la castaña, antes de tomar la primera porción del pie y saciar a su paladar.

«Y tú no te das una idea de cuánto te quiero realmente.»
pensó, viéndola con una sonrisa enternecida en su rostro.


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A Darius, su nuevo compañero de habitación se le hacía alguien callado y reservado, por no usar la palabra raro para describirle. Tampoco era como si él mismo portara una sonrisa todos los días y platicase de su deprimente vida con cada persona que se le cruzara; lo tacharían de raro.

Pero Hayden, con un par de palabras que habían cruzado hasta el momento, le resultaba alguien misterioso, pero amigable, y a Darius le faltaba un buen amigo en el cual poder confiar, porque en las inmediaciones del castillo de Illéa, nunca se sabía la gente con la que te podrías topar.

Y en estos momentos necesitaba a alguien con quién platicar. Alguien que le ayudase a desenredar el torbellino de pensamientos que se habían alojado en su chispeante cabeza tras encontrarse a Ariadne por mera casualidad en uno de los pasillos del palacio.

Siempre tuvo el vago pensamiento de que la suerte nunca le favorecía, pero ahora estaba más que seguro de que la misma suerte se reía a carcajadas en su cara.

— ¿Puedo comentarte algo personal? —inquirió hacia Hayden, el cual estaba recostado boca arriba sobre su cama, observando el techo de la pequeña habitación asignada para los dos como si fuese de las cosas más interesantes. Le lanzó una mirada con la ceja alzada a Darius, como si se preguntara del porqué de que le estuviese hablando— Bueno, si es que no interrumpo tu tiempo a solas contigo mismo claro —señaló ahora con sarcasmo.

— A ver, dime —suspiró su compañero, sentándose ahora sobre la orilla de su cama y viéndolo para incitarle a hablar, pero esperando que fuese algo que si valiera la pena mencionar al menos.

— ¿Qué harías si te volvieras a encontrar con tu ex novia pasado dos años de no verla? —soltó Darius de pronto, tal vez tomando por sorpresa a Hayden, porque nadie esperaría que te pusieses a charlar sobre tus relaciones pasadas en los confines del castillo.

— Bueno, creo que depende de cuánto duraron y cómo fue su relación exactamente —le respondió con tono de duda, por lo raro de la conversación—. ¿Hablamos de ti no? Porque yo no tengo ni tuve novia.

— Tal vez —chistó Darius con incomodidad—, o tal vez hablemos de un amigo al que le surgió hoy ese problema.

— Claro —obvió Hayden no muy seguro—, solo falta que me digas que la ex novia de tu amigo es una de las seleccionadas —agregó, riéndose por lo irónico que resultaría aquello.

— Pues…

— ¿Era un chiste, lo sabías? —indicó, pero al solo escuchar silencio de parte de Darius, se dio cuenta en lo que estaba metido— De acuerdo, jamás pensé que tu fueras de esos.

— Rectificó aquello: jamás pensaste algo de mí.

— Tranquilo, galán, no te me exaltes.

— No soy un galán —se lanzó sobre su cama, lleno de cansancio por todo lo acontecido durante el día. Solo quería cerrar los ojos y que al despertar, todo lo sucedido había sido parte de un muy raro sueño.

Un muy raro sueño que jamás quiso tener.

— Tengo dos teorías —alcanzó a escuchar a través de la almohada que tenía puesta en su rostro.

— A ver, Don sabiondo, dime las conclusiones a las que tu cerebro ha llegado —pronunció.

— Que tu comportamiento de “estoy harto de todo” se debe a, primera opción: que el reencuentro con tu ex hizo que despertasen sentimientos de por medio, que te hicieron darte cuenta que nunca se fueron realmente.

— Aja, ¿y de que va la segunda opción?

— A que lo que tuvieron fue una gran mala experiencia para ti que no quieres que te vinculen de nuevo con ella, por miedo al qué dirán.

Soltó un grito, siendo silenciado por la almohada. La lanzó hacia la pared a su izquierda y simplemente se quedó viendo el techo, hacia el foco que había en el centro de la habitación, del cual emanaba un halo de luz lo suficiente para alumbrarlos en la oscuridad. En su mente empezaban a resurgir los recuerdos. Aquellos que había puesto en un baúl en el rincón más olvidado de su cabeza hace dos años atrás, porque de recordarlos a diario, no podría con la tristeza ni la añoranza.

— Las dos de hecho. Un poco de ambos, pero más del primero —confesó con derrota.

— Estás perdido, Darius.

— Gracias. Tus palabras sí que me alientan, Hayden.

Si alguna vez has leído la obra literaria de Romeo y Julieta, llegarías a notar la similitud que existe entre esa trágica historia y la que hubo entre Ariadne y Darius hace un par de años; que tal vez no termino en tragedia, pero tampoco con un “y vivieron felices para siempre”.

Darius Forbes, había sido un chico de la casta seis, antes de postularse como guardia real. Su padre lo había sido también, hasta que se fue a servir en las tropas, y quedó inhabilitado tras un enfrentamiento en donde perdió la pierna, y con ello dejándose llevar por la depresión de lo sucedido, aislándose de los tiempos con las familias y de las responsabilidades para con esta. Mientras que Darius, junto con su madre permanecían en el intento de solventar la precaria situación económica por la que pasaban, teniendo tres estómagos más que llenar siendo que también estaban las tres hermanas menores de Darius.

Fue cuando Darius tenía diecisiete años, justo después de perder a Dianna, su madre, que conoció a una pequeña rubia hermosa, con unos ojos esmeraldas que le robaron el aliento desde el primer encuentro. Ariadne Kent, una chica de la casta tres, la cual le había dado una gran razón para conseguir fuerzas de donde no tenía, alentándolo de que debía seguir adelante, porque después de todo, sus hermanas aun contaban con él.

Su historia de amor no era tal y como la relataban los cuentos de hadas, donde la chica encontraba a su chico ideal y vivían felices por el resto de sus vidas. No. De hecho, la historia de ellos tuvo tanto sus subidas como sus bajadas. Se veían a escondidas, disfrutando de la compañía del otro, como si la necesidad de estar cerca les llamara a reunirse, sin importarles que estaba mal lo que hacían, que jugaban con fuego y que se podían quemar en el intento. Esa era la parte linda, la que estaba llena de alegría y de buenos recuerdos, donde simplemente platicaban y se veían, queriendo detener el tiempo ahí mismo y permanecer en él para siempre.

La parte mala, la que estaba llena de tristeza, de dolor, de los malos recuerdos, era cuando discutían, por la razón de los problemas que conllevarían a lo que pasaba entre ambos, por la diferencia de casta que había entre ellos. Porque si se descubría lo que tenían, tal vez no la contarían. Pero Ariadne quiso correr el riesgo, al igual que Darius, confiado en que tal vez y la suerte no sería tan malo con él. Que tal vez y las brazas no arderían tanto como suponían.

Hasta que un día, a las puertas de su pequeña casa tocó un señor, de un aspecto que dejaba entrever los años de encima que tenía. Se presentó como el padre de Ariadne, y fue ahí cuando Darius supo que todo había acabado. Porque ella era una tres, una hija de empresarios que no permitirían el que su hija se involucrase con un seis, con un don nadie como lo era él.

No se habían vuelto a ver desde entonces. Ariadne había persistido a la promesa que se habían hecho, llegando a tocar con insistencia la puerta de su casa y mandando cartas recordándole esa promesa: de que seguirían juntos a pesar de lo que opinase su familia, que la diferencia de castas no le importaban a ella y que tampoco deberían importarle a él; que lo único que le importaba a Aria era estar con  él, que estaba dispuesta a ser una seis con tal de seguir a su lado.

Una promesa que Darius también quería cumplir, pero que no podía, ni que debía. No quería arruinar la vida de Ariadne, que sería lo que pasaría en caso de que siguieran con lo suyo. Sentía que ella merecía más de lo que él podría ofrecerle, así que sacó fuerzas de voluntad para persistir y no dejarse llevar por lo que su corazón demandaba.

Ya no había vuelto a recibir otra carta por parte de Ariadne, ni sabido nada de ella desde que entró a trabajar al palacio de Illéa, sirviendo a la familia real como uno de sus guardias. Con lo que ganaba le bastaba para sustentar a sus hermanas, y a su padre, por mucho que a veces le entraban ganas de ir a sacarlo a patadas de la casa por seguir haciéndose el mártir de la historia.

Lo único que Darius siempre quiso era darle una mejor vida a su familia. Y tal vez con ello había sacrificado su propia felicidad, pero lo había dejado pasar. Porque creía que no siempre se podía ser feliz, ni que la vida era lo justamente fácil para obtener lo que deseases.

Ya había aceptado el hecho de que tal vez y nunca volvería a ver a Ariadne nuevamente. Que lo que tuvieron sólo formaría parte de un capítulo en su vida, el cual a la vez que le sacaba sonrisas inconscientes, le entristecía al segundo siguiente.

Por eso, en este día, en la actualidad, cuando la vio caminar con aquel vestido elegante de color esmeralda, que lograba que resaltasen aún más aquellos ojos que recordaba llenos de brillo. Cuando la vio de nuevo, con aquella actitud tan enérgica y alegre que lo habían conquistado, pensó que nunca se debía dar nada por sentado, porque hasta el mismo destino se burlaba de la gente cada que quisiese.

El rostro de sorpresa que tenía Ariadne tal vez fue el mismo que tuvo él. Que si pensó en algún momento, por muy remoto que fuese aquel pensamiento, el volverla a ver, nunca visualizó como escenario el castillo.

Ni a él como guardia ni a ella como una de las participantes que competían por el amor de uno de los príncipes.

Por el amor de alguien más, no por el suyo.

Aunque era un amor al que él había renunciado primero.

Un amor del que se había dado cuenta que aun ansiaba tener.

Finnellark.
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Re: The Selection.

Mensaje por Megara. el Miér 19 Oct 2016, 7:11 pm

LAMENTO NO HABEER COMENTADO AÚN PERO ES QUE TODAVÍA NO HE LEÍDO. LO SIENTO.

Megara.
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Re: The Selection.

Mensaje por Finnellark. el Miér 19 Oct 2016, 11:10 pm

Traquilaaaaaaaaaaaaaaaaaaa Ems
Yo entiendo que tienes tus obligaciones con otras cosas igual que las demas

Finnellark.
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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Jue 20 Oct 2016, 11:06 am

AL FIN CONSEGUÍ LEER Solo me ha tomado cerca de cuatro días... ¿Qué voy a decirte? Pues lo primero, que soy mala con los comentarios "cortos", así que no esperes mucho de mí.

Ann es un trozo de pan, justo como sus hermanas. Me la imaginé toda delicada meneando la falda de su vestido azul, al lado de un ventanal gigantesco que la bañaba de luz. Además que es muy amable con todo el mundo, es como la persona que uno quiere encontrarse cuando está estresado porque sabe que va a relajarle DESPUÉS CON TYSON, QUE SE SONROJÓ. Y A ÉL LE GUSTÓ  
Los declaro shipp en el nombre del Gran Shippeador (que no sé quién es, por cierto). Van a ser... [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Amika, no puedo con esta chica, creo que de tus personajes es del que más sé y me gusta como está construido, pero es que al principio no voy a soportar sus maneras de actuar y sus celos. Son malos para el alma Pero me he reído un montón con ella, sobretodo cuando Gunter apareció en escena y la dejó totalmente descolocada. Sin pelos en la lengua, chico, así se hace Amika necesita alguien como tú. Pero lo mejor de todo fue cuando la dice que pertenece a la familia real y que si se lo propone puede dejarla bastante mal delante de Noah Voy a amar la relación de estos dos, Gunter va a sacar a la Amika que hay detrás de su careta de perro enfadado. Kate lo vaticina  Y NO SABÍA QUE WYATT IBA A TENER UN CRUSH, PERO CRUSH CRUSH, CON HELENA. ENCIMA HACEN BUENA PAREJA. ENCIMA CUANDO HABLAN VUELAN MARIPOSAS ALREDEDOR. YO QUIERO SHIPP. QUIERO SHIPP PERO ESTOY SEGURA QUE VOY A SUFRIR, LO NOTO EN EL AIRE
La conversación entre Darius y Hayden fue magistral, el pobre Darius necesitaba compartir (aunque fuese el problema de "un amigo") sí o sí que ver a Aria lo había dejado para la mierda. Y cuando cuenta la historia de ambos. TONTO, QUE ERES TONTO. AHORA POR QUERER DARLE UNA VIDA MEJOR ESTÁ ALLÍ POR OTRO. Muy mal, Darius, muy mal.

Conclusión: es la primera parte del capítulo y así me dejaste  No es justo para mi salud, vengo avisando desde hace tiempo. Vas a matarme, Filipino. Aunque ya supones que amé el capítulo y como lo escribiste. Espero la próxima parte

Perdón por el comentario este sin sentido, pero a saber cuándo puedo hacerte el bueno, así que quería dejarte algo mientras tanto.

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por jean luc. el Vie 21 Oct 2016, 10:37 am

Yo debo el comentario de Steph y la primera parte de Ginna apenas pueda terminar de leer lo haré y espero con ansias la segunda parte del cap de G :posmecallo: después se acaba la ronda y quería ver si podría subir mi cap bc salté mi turno en ésta por falta de tiempo, ya lo estoy corrigiendo y todo ñ.ñ

jean luc.


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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Vie 21 Oct 2016, 1:30 pm

Claro que sí, Alec Es lo que iba a preguntar cuando Gina subiera, así que perfecto

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Dom 27 Nov 2016, 4:03 pm

Si Gino no sube el domingo que viene, el turno pasa directamente a Alec :posmecallo:

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por Megara. el Dom 27 Nov 2016, 8:32 pm

qUIERO VACACIONES

Megara.
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Re: The Selection.

Mensaje por Finnellark. el Lun 28 Nov 2016, 9:11 pm

Tratare de subir para antes del domingo muack

Finnellark.
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Re: The Selection.

Mensaje por Megara. Ayer a las 11:15 am

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Megara.
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Re: The Selection.

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 5:34 am


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