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The Selection.

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Re: The Selection.

Mensaje por Swan. el Dom 06 Sep 2015, 2:26 pm

¡ya hay tema y yo ni en cuenta!
"one day you will fall asleep in my arms every night." que emoción, ya quiero comenzar

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do you wonder what I'm up to, without you.

Swan.
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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Dom 06 Sep 2015, 4:00 pm

Hola a las que faltaban

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por Megara. el Lun 07 Sep 2015, 8:05 pm


Megara.
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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Miér 09 Sep 2015, 3:03 pm

El finde lo intento subir, estos días he estado ocupada y no he podido escribir. Lo siento

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por prinsloo. el Miér 09 Sep 2015, 4:44 pm

no hay problema kathe, esperaremos ansiosas

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prinsloo.
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Re: The Selection.

Mensaje por anakin. el Miér 09 Sep 2015, 4:49 pm

no te preocupes, Kate, te esperamos.

anakin.


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Re: The Selection.

Mensaje por Megara. el Miér 09 Sep 2015, 6:58 pm


Megara.
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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Sáb 12 Sep 2015, 10:27 am

Hoy lo subo

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por prinsloo. el Sáb 12 Sep 2015, 10:39 am


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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Sáb 12 Sep 2015, 3:34 pm

Leerlo, por favor:
En primer lugar, lamento la tardanza, no me gusta tardar. Pero me inspiré y al final fue más largo de lo que esperaba. Tuve que partirlo porque superaba el número de caracteres. He intentado meter toda la información sobre la trama para refrescar la memoria xd. Y quiero aprovechar para deciros que en la primera ronda, la línea de tiempo no puede avanzar más allá del primer día en el concurso que es cuando las concursantes llegan a los respectivos palacios y todavía no conocen a sus herederos personalmente. Esto es para que todas tengan la oportunidad de narrar los "preliminares" de sus personajes si así lo desean. No os molesto más, espero que os guste y perdón si hay incoherencias, tildes en sitios equivocados o faltas, pero soy un vaga consagrada que sólo revisó el capítulo una vez.

Pd: Créditos a Steph por la idea de los chicles

CAPÍTULO 01 Parte Uno

Escrito por: lovely rita. || Personaje: Noah Shawcross |  Hayden Piddle.




La pérfida sonrisa del rey perduró en sus heridas abiertas hasta que se durmió aquella noche. Hendida a ellas junto con el dolor y el odio. Ese odio perenne e ineludible que acompañaba a Noah desde el principio de su existencia. No recordaba un día sin golpes ni vilipendios. En cambio, recordaba en todos ellos la falta de cariño.

Noah estaba acostumbrado a las palizas, de la misma manera que uno se acostumbra al frío y al calor. Siempre están ahí, hasta que un día dejan de importar. Así era su vida, una costumbre; huesos rotos, contusiones, latigazos. Pero si había algo a lo que Noah Shawcross jamás se acostumbraría era a la resignación. Tratar de frenar los golpes era lo único que le quedaba para demostrar que no era un títere ante la merced malévola de su padre. Tanto daba que la resistencia aumentara el número de golpes y la intensidad del dolor. Noah no podía resignarse, ni antes, ni ahora.

La última paliza había sido tan larga que hubo un momento en el que perdió la consciencia. Sólo para recuperarla horas más tarde. Tumbado en su cama, con la cara medio enterrada entre las almohadas mullidas. Notaba la piel caliente y febril, gotas de sudor le resbalaban desde la frente hasta la barbilla. La espalda le palpitaba con pulso propio y parecía que alguien se estuviera entreteniendo vertiendo chorros de ácido sobre su piel.

Veinte latigazos. Ése era el número que había alcanzado a contar antes de desmayarse. Tardaría semanas en poder levantarse sin ayuda. Trató de moverse, porque la mejilla comenzaba a entumecérsele. Pero ante la tercera punzada lacerante a su espalda, desistió del empeño.
Escuchó el eco de un ajetreo tras la puerta. El murmullo airado de una discusión. No pudo distinguir las palabras, ni las voces que las pronunciaban, hasta que una se alzó sobre las demás:

―¿Qué no me dejas pasar?... ―gritó alguien.  A continuación, hizo una pausa para escuchar la respuesta―. ¿El rey?,  te voy a decir yo por donde me paso las indicaciones del rey…

Noah sonrío con ganas al reconocer la voz de Rip. El sonido de pasos se hizo más fuerte y escuchó la puerta de su dormitorio abrirse y cerrarse un instante después. Tras unos segundos, las siluetas de sus hermanos mayores comenzaron a tomar consistencia ante su enturbiada mirada. Ripcard y Sylvan. Dos chicos altos y corpulentos, con el pelo rubio cobrizo despeinado sobre sus cabezas y los ojos azules brillantes de preocupación.

―Te ha dejado hecho un cromo ―dijo Sylvan, sin un ápice de broma.

―Gracias… ―gruño Noah. Movió los brazos hasta la altura de los hombros e intentó incorporarse, se desplomó sin fuerzas―. No me vendría mal un poco de ayuda.

Rip y Sylvan se pusieron manos a la obra enseguida. Lo ladearon como pudieron hasta que quedó de cara a ellos y subieron su cuerpo hacia la cabecera imperial de la cama unos centímetros, no sin que unos cuantos alaridos expiraran de los labios de Noah. Sin el colchón bajo su pecho, los temblores se acentuaron.

―¡Hijo de perra! ―siseó Rip, con la vista fijada en su espalda maltratada.

―Lo sé, es como si me hubieran arrancado un pedazo enorme de carne. ―Noah se vio obligado a parpadear, la fiebre le resecaba los ojos.

Sus hermanos cogieron las sillas ornamentadas que descansaban junto a las puertas de la terraza y las colocaron al lado de la cama. Noah sabía que no se moverían de ahí en toda la noche. Era el protocolo que habían adquirido tras años de golpes. Cada vez que uno recibía un castigo por parte de su padre, el rey de Illéa, los otros dos hacían guardia en su dormitorio durante la noche. Ninguno lo había mencionado nunca, pero lo hacían porque temían que su padre volviera para terminar con lo empezado.

―Veo que vosotros os habéis tomado bien la noticia ―comentó Noah, negándose a dormir, aunque le hiciera falta.

Ripcard se frotaba la barbilla con los dedos, mientras su mirada flotaba por la habitación. Ése era quizá, el único rasgo que compartía con su padre (lo que Noah agradecía mucho).

―Desde luego, no tan mal como tú ―intervino Sylvan, incorporándose en la silla para descansar los codos en sus rodillas―. Noah, ¿qué le has dicho para que se pusiera así? Si mamá no hubiera intervenido…

No se atrevió a finalizar la frase. Todo el mundo en aquel palacio sabía que la vida de los hermanos Shawcross no hubiera durado tanto de no ser por su madre. Seguro que ahora estaba en algún lugar del palacio tratando de convencer a su marido para que entrara en razón. Noah nunca se había enfrentado al rey de una manera tan ardua, incluso tuvo el atrevimiento de insultarlo, algo que hasta el momento no había hecho.

―Nada, sólo que no pienso acceder a esto. Es demasiado.

El tátara-abuelo de los chicos, Milán Shawcross, había tenido la genial idea de traer al mundo la llamada Selección. La Selección era un concurso televisado a través del cual el futuro sucesor al trono, ya en la edad adecuada, elegía a la que sería su esposa de entre treinta y cinco civiles. Es decir, chicas que nada tenían que ver con la monarquía. Las elegidas se mudaban al palacio real durante un lapso de tres meses y tras someterse a pruebas que demostrasen su valía, el príncipe elegía a una de ellas como su esposa. Se trataba de toda una barbarie y era sin duda el evento televisivo más importante del país. Incluso su padre, había realizado la suya propia años atrás.

Lo habitual era que sólo el heredero al trono realizara su Selección, que en ese caso era Sylvan. Pero su padre, junto con sus colegas mandamases de otros países, habían tenido la genial idea de celebrar una Selección multitudinaria al mismo tiempo. En la que no sólo participasen los herederos, sino también el resto de príncipes y princesas consortes. Lo que incluía a Noah y a Ripcard en el saco.
Eso había ocasionado los latigazos. La negativa a acceder que unas desconocidas se lo disputaran como si se tratase de un trofeo de bronce. Noah podía aceptar muchas cosas, pero no La Selección, ello supondría el fin de todas sus esperanzas. Se quedaría cautivo toda su vida en las paredes de ese palacio que tanto odiaba. Por supuesto, el rey no había acogido bien la noticia…

―¿Qué creéis que quieren conseguir obligándonos a todos a exhibirnos como conejillos de Indias? ―preguntó Rip, ya de regreso de su letargo.
Sylvan se encogió de hombros, alternando la mirada entre sus dos hermanos pequeños. Esperaba que ellos supieran la respuesta tan bien como él, pero olvidaba que Rip y Noah se encontraban ajenos a la mayoría de los asuntos del gobierno. Se dispuso a explicarse:

―Hay ataques con mayor frecuencia desde hace unas semanas. Dos en Belcourt, uno en Panama y otro en Ángeles. Hasta ahora no se habían atrevido a atacar la capital. Por su parte, Nueva Asia, Italia, Direfall, Victorville y Rottingham, también han tenido que lidiar con adversidades similares. Y no sólo se trata de los ataques. Los rebeldes sureños de Loto lograron traspasar las fronteras del palacio, nadie sabe qué buscan, pero ahora sabemos que cuentan con los medios para hacerlo.

―Todo eso está muy bien ―terció Ripcard, impasible a lo inestable de la situación―. Aun así, no entiendo cómo un programa de televisión calmará los ataques rebeldes.

Noah, en cambio, creyó comprender lo que Sylvan decía. Liberó su brazo izquierdo de debajo de su cuerpo, pues comenzaba a hormiguearle. Apartó los rizos mojados de su frente para tratar de despejarse antes de hablar.

―No buscan entretener a los rebeldes ―aventuró.

Sylvan asintió con cautela.

―Direfall y Rottingham han sufrido motines populares. El descontento de las personas puede notarse en el aire. Incluso aquí, que es uno de los países con más control, ha habido huelgas en las castas Seis y Siete. El noventa por ciento de la población mundial sufre de hambre porque sus trabajos no están bien remunerados. Son conscientes de que las cosas podrían cambiar, que las castas pueden deslegitimarse de la misma manera que se legitimaron. Si esto sigue así…

―Podríamos enfrentarnos a una revolución, incluso a una guerra ―terminó Rip por él.

―La Selección es la única opción que tienen hasta que encuentren una solución definitiva ―adujo Sylvan.

―Llevan décadas en busca de las bases rebeldes. No van a encontrarlas en tres meses ―razonó Noah, medio adormilado. Parecía que los calmantes comenzaron su efecto.

Sylvan y Ripcard suspiraron, dándole la razón.

―Por lo que he podido averiguar ―informó Sylvan―, La Selección no se tratará sólo de un medio de entretención. Creen que si el objetivo de los Sureños reside en acceder a nosotros, quizá traten de infiltrar a uno de los suyos en el concurso. Instalarán cámaras en todos los palacios, así como vigilantes pendientes de ellas las veinticuatro horas. Esta mañana escuché hablar a papá con uno de los consejeros, le pidió que buscara al hacker más talentoso del país para solicitar sus servicios.

Tras sus palabras, los tres hermanos se sumieron en un súbito silencio. Cada uno con sus propias conjeturas internas.

Los líderes mundiales tenían la absurda esperanza de que un puñado de adolescentes monárquicos bastaran para contentar a la mayor parte del mundo. Como si el amor (uno falso y amañado, dicho sea de paso) fuera capaz de terminar con centenares de años de injusticia. ¿De qué les serviría a los ciudadanos que la futura reina saliera de una casta baja?, al fin y al cabo, las reinas poco tenían que ver en los asuntos de gobierno. Noah había visto como su madre era obligada a permanecer al margen. Simplemente se trataba de la benevolente reina Georgina , querida por todos pero incapaz de hacer algo por ese «todos».

Noah no creía que un futuro aprensivo, atado de por vida a una mujer que o el público o el rey escogerían para él, fuera un sacrificio que estaba dispuesto a correr. Por muchos latigazos que se viera obligado a soportar.

Cerró los ojos, incapaz de sostener sus párpados unos segundos más. Cuando volvió a abrirlos, no supo si trascurrieron horas o minutos. Sylvan y Ripcard seguían en sus puestos de centinelas. Noah trató de desperezarse, sin éxito. Sus hermanos posaron la mirada en él.

―¿Te encuentras mejor? ―preguntó Rip.

―Sí ―mintió Noah.

Era una mentira a medias, aunque todavía le latía la espalda con pulso propio acompañado por un ardor constante, al menos tenía la mente más despejada y parecía que la fiebre había remitido.

Sylvan pasó las manos por su rostro como si se estuviera lavando la cara con agua, para despejarse.

―Chicos ―comenzó a decir a continuación―, sé que no es vuestra obligación participar en el programa. Tendría que pasar algo muy malo para que alguno de vosotros gobernara.

―¡Vaya hombre, gracias! ―exclamó Rip.

―Sabes que no me refiero a eso ―volvió a hablar Sylvan, mirando a su hermano con consternación―. Lo que intento deciros, es que antes de negaros en rotundo, penséis en las consecuencias que traería una revolución, no hablemos ya de una guerra. Si todos ponemos nuestro grano de arena para que esto no suceda, quizá el sacrificio merezca la pena.

Noah alcanzaba a ver la lucha de sentimientos que libraba su hermano bajo la piel. Por mucho que Sylvan llegara a desearlo, jamás podría negarse a participar, pues tarde o temprano La Selección hubiera llegado a su vida de una manera u otra. Fue entonces cuando Noah sopesó la idea de participar, para no dejar a Sylvan lidiar él solo con el problema. Sin embargo, seguía antojándosele un precio muy elevado a pagar. Ripcard parecía aquejado por las mismas conjeturas por la manera en la que se retorcía las manos.

―Me alegra comprobar que al menos uno de los tres, fue bendecido con mi inteligencia al nacer.

La voz provocó que la sombra de un golpe impactara en la espalda de Noah. Sus hermanos tensaron las mandíbulas y se agarraron con fuerza a los reposabrazos de las sillas, con la vista fulgurando de rabia, clavada en la nueva presencia de la habitación.

Las piernas del rey Clarkson aparecieron de súbito ante los ojos de Noah. Levantó la vista todo lo que pudo hacia su rostro. Su padre lo observaba con la barbilla pegada a la base del cuello. Un gesto de insatisfacción dominaba su expresión. Parecía que no estaba contento con la obra de arte que había creado con la espalda de su hijo pequeño. Como si el látigo de cuero no hubiera penetrado lo suficiente en su piel.

―¿Qué quieres? ―masculló Rip.

Alzó la ceja en dirección a Ripcard, con una sonrisa ladina asomada a sus labios cortados. A pesar de que debía de ser muy tarde, el rey seguía vestido con su traje de raya diplomática. No había rastros de cansancio en su rostro afilado por las arrugas y sus ojos parecían brillar más que nunca bajo sus pobladas cejas.

―Perdona que no me levante, papá…, pero como ves, me has dejado un poco inhabilitado ―gruñó Noah.

―Me sorprende que todavía te queden ganas de reír ―convino el  rey.

―Eso siempre.

Sylvan carraspeó, incorporándose de su silla e interponiéndose entre su padre y Noah. En afán protector.  

―¿Qué le trae por aquí tan tarde, padre? ―preguntó de nuevo, con mucho más respeto que Ripcard.

Por el hombro de Sylvan, la fortaleza humana, le llegó la chispa de los ojos aviesos de su padre. Pero como ya lo había dejado bastante maltrecho, decidió dejarlo pasar. Se alisó las solapas del traje y tras un carraspeo, anunció:

―Vengo a hablar con tus hermanos, déjanos a solas. Será una conversación breve ―dispuso, invitándolo a marcharse con la mano.

El cuerpo de Sylvan se crispó de arriba abajo. Ripcard le lanzó una mirada de alarma e incomprensión. El rey sólo hablaba con ellos por dos motivos; a) para informarles que pronto habría un nuevo evento o b) para obligarlos a hacer algo. Ésas dos cosas ya las había hecho aquella tarde, así que Noah no podía comprender el motivo.

―Pero…, padre… ―trató de protestar Sylvan.

El rey parecía divertido. Para él debía suponer todo un elogio ser temido por sus propios hijos.

―Pierde cuidado, Sylvan ―lo tranquilizó―. Tengo una propuesta que hacerles. Una en la que no puedes participar, porque sea cual sea tu postura, tu destino estará ligado a La Selección.

Sylvan apretó los puños. Finalmente, suspiró resignado.

―Esperaré al otro lado de la puerta.

Echó andar. El rey aguardó hasta que se hubo marchado. Ocupó el puesto anterior de Sylvan, sólo que se repantigó en él con mucho más desparpajo, cruzando una pierna sobre la otra y reclinándose hasta que la cabeza quedara escondida a la vista si alguien miraba por detrás.
Noah y Ripcard aguardaron, dominados por una repentina mudez. Era extraño ver a su padre en una postura como ésa, como si los tres fueran a hablar del resultado de un partido de fútbol. Usualmente se sentaba con la espalda rígida y adoptaba una postura amenazante.

―Antes de nada, quiero aclarar que hago esto porque soy compasivo, no porque me vea en la obligación―. Lo que Noah tradujo a: «Vuestras vidas me pertenecen, así que no os vengáis arriba, hijos míos».

―Te agradecería que fueras más claro ―pidió Ripcard.

Noah decidió guardar silencio, no le gustaba el tono casi amable de su padre.

―Bien ―comenzó―, soy consciente de que os estoy pidiendo mucho al obligaros a participar en el concurso. ―Noah casi soltó una carcajada por la ironía―. Por este motivo, vuestra madre me ha hecho comprender que si quiero conseguir vuestra colaboración debo daros un pequeño incentivo.

Ahora tuvo ganas de darle un puñetazo. Sólo para después tener ganas de abrazar a su madre. Georgina era la única persona en la Tierra capaz de calmar a su padre, sólo de ella aceptaba consejos y sugerencias. Incluso podría aventurarse a pensar que la quería. Si su madre había tenido algo que ver en la espontánea visita, no podría ser tan malo.

―Si os comprometéis a hacer vuestra Selección, sin perjudicar al desarrollo del programa y dando el espectáculo que le gusta a los plebeyos. ―La boca se le contrajo en una mueca de asco al pronunciar la última palabra―. Yo os ofrezco lo siguiente: tendréis la posibilidad de que una vez llegado el momento, no tengáis que elegir una esposa y podréis marcharos del palacio para vivir vuestra vida.

Noah escuchó como Ripcard tragaba saliva de su impresión. Los ojos se le abrieron tanto que parecían dos enormes esferas. Él debía de presentar el mismo aspecto.

―¿Qué…, cómo? ―tartamudeó Noah.

El rey Clarkson sonrió con ganas al comprobar el efecto de sus palabras. Se levantó de la silla, adoptando la pose espigada de costumbre. Colocó las manos a su espalda e infló el pecho, muy pagado de sí mismo.

―Antes de que lo preguntéis, no es ningún engaño. Vosotros tenéis algo que yo quiero y sólo yo puedo daros lo que tanto ansiáis. ―Ripcard abrió la boca para decir algo. El rey lo frenó levantando el dedo―. No preciso de una respuesta en estos momentos. Disponéis de una semana para ello.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y se fue tan de súbito como había entrado. El estómago de Noah experimentó una sensación extraña: algo entre la euforia y la desconfianza. Su padre acababa de presentarse en la habitación ofreciéndole todo lo que siempre había querido. Marcharse del palacio para vivir su vida lejos de la monarquía.

¿Sería capaz de aguantar con la farsa tanto tiempo? ¿Estaba dispuesto a cualquier cosa, a acatar cualquier orden por su ansiada libertad? Y sobre todas las cosas, ¿eran fieles las palabras de su padre?

Sylvan regresó al dormitorio. En cuatro pasos estaba de nuevo al lado de la cama, con una expresión de curiosidad en el rostro.

―¿Y bien? ―preguntó.

―Nuestro padre ―respondió Rip― que al final, siempre se sale con la suya.

Supo que Ripcard había tomado una decisión. Aprovecharía esa oportunidad para marcharse, porque quizá no se presentara otra igual. ¿Haría Noah lo mismo?


Siete días más tarde Noah era capaz de dormir boca arriba sin que la sensación de que un trozo de su espalda se quedaba pegado a la almohada cada vez que lo hacía. La mayoría de los cortes pequeños habían cicatrizado ya y los más profundos estaban en camino. Podía pasar la mayor parte del día sin tener que tomar calmantes para el dolor y la fiebre había remitido por completo cuatro días atrás. Incluso era capaz de ir al baño sin la ayuda de Jeffrey, su mayordomo.

El único aspecto positivo que Noah encontraba a estar postrado en su cama era que quedaba excusado de sus clases. Nada de matemáticas, ni economía. Podía pasar el día viendo películas, leyendo o jugando a sus videojuegos preferidos (aunque esto último se le complicaba un poco). Sylvan y Ripcard lo visitaban todas las noches después de la cena y le informaban de las noticias respecto a La Selección. Aquella noche, le contaron que ya habían lanzado el anuncio promocional del concurso. Gavril Fadaye, el maestro de ceremonias de Illéa desde hacía veinte años, también se había dedicado a dar pistas en el Report. Asimismo, el resto de países habían lanzado también el anuncio.

La fecha de inicio estaba prevista para dentro de un mes. A la mañana siguiente, el plazo de Noah vencería. Tenía que tomar una decisión esa noche. Sin embargo, se hallaba igual de confuso que siete días atrás. Su padre era un jugador consagrado en lo que a engaños se refería, pues después de todo, ése era su trabajo. Dejarlos marchar del palacio no encajaba en su personalidad controladora. Noah intuía que el rey hallaría la manera de retenerlos una vez terminado el concurso. Y ahí se quedaría él, casado a los dieciocho años con una chica que seguramente él no escogería.

Sonaron unos golpes en la puerta.

―Adelante ―dijo Noah, incorporándose con torpeza.

Una hermosa mujer entró al dormitorio. Su cuerpo era esbelto y delicado, como cabría esperar de una reina, sin embargo, caminaba con la espalda erguida y actitud desafiante. Unas patas de gallo asomaban bajo sus ojos alargados de color azul, luminosos y directos. El pelo rubio le caía en tirabuzones por el hombro izquierdo, armonizando con su vestido de color turquesa.

Era la reina Georgina, su madre.

―Hola, cielo ―saludó, con una voz susurrante y conciliadora.

―Hola, mamá ―respondió, al tiempo que ella tomaba asiento a su lado.

La reina gastó unos segundos en observarlo, ocultando el dolor bajo una sonrisa brillante. Noah no la había visto desde el día que recibió los latigazos. Georgiana nunca los visitaba cuando las heridas de sus hijos eran muy recientes. Noah sabía que no era capaz de soportarlo, porque era su marido (el hombre al que extrañamente había llegado a amar) quien los dejaba en un estado tan lamentable.
Noah se alegró de ver a su madre. Era la persona a quien más quería en el mundo.

―¿Cómo estás? ―preguntó ella, acariciando la mejilla de Noah.

―Estoy bien, en serio ―atrapó la mano con la suya, para tranquilizarla.

Georgina asintió. Podía ver como contenía el aliento y sus ojos adquirían un brillo alarmante. Noah le dio tiempo para recomponerse.

―Quería saber si has tomado una decisión ―habló rato después, más relajada.

En esa ocasión fue Noah quien contuvo el aliento. Se pasó la mano con por el pelo. Abrió la boca varias veces, pero no salieron de ella ninguna palabra. Finalmente se encogió de hombros.

―Acepta la oferta de tu padre, Noah. ―Nunca antes le había mirado con tanta intensidad, ni con tanta desesperación―. Es tu única oportunidad para escapar del futuro que te espera si te quedas aquí.

Las cejas de Noah llegaron hasta su cabello.

―¿Qué pasará contigo y con Sylvan?

Supo entonces por qué la decisión se le antojaba tan complicada. Si aceptaba existía la remota posibilidad de su padre cumpliera con su palabra, de no hacerlo, bueno, el destino de Noah no distaría mucho del que le aguardaba sino rechazaba la oferta. Lo difícil de dicha decisión acababa de confirmarse: Noah no creía ser capaz de abandonar a su madre y a Sylvan a su suerte.

Georgina sonrió con afecto.

―No es tu trabajo sacrificarte por los demás ―comenzó a decir― al igual que Ripcard, tienes la oportunidad de vivir como siempre me hubiera gustado hacerlo a mí. ―Se le enronqueció la voz por la emoción―. No te preocupes por mí, puedo manejar a tu padre hasta que
Sylvan llegue al trono, ése sí es mi trabajo.

―¿Y si es un engaño? ―quiso saber Noah.

La reina negó enérgicamente con la cabeza. Apoyó las manos en los hombros de Noah y se acercó a su rostro.

―No lo es, yo me encargaré de que cumpla con su palabra.

Se lo estaba diciendo. Aprovechar la oportunidad que se le presentaba no le convertía en una mala persona. Podía hacerlo, nadie se lo reprocharía en la cara.

―Gracias, mamá.


A una semana del comienzo del programa, Noah estaba a punto de arrepentirse de su decisión. Ello se debía a la situación de estrés a la que estaba sometido. Desde hacía dos semanas se había visto sometido a entrevistas, sesiones fotográficas, grabaciones de vídeos en las que se vendía a sí mismo como príncipe para que las chicas se decidieran a participar por él. Había tenido que sentarse en el Report para soltar su palabrería sobre que La Selección le parecía el mejor medio para encontrar pareja, para desmentir los rumores de que La Selección multitudinaria que se estaba gestando había sido decisión de cada uno de los herederos y no de sus padres. Y cuando Gavril le había preguntado si estaba ilusionado, había encontrado el valor necesario para decir que nunca antes se había sentido tan pleno.

Noah no creía encontrar la forma de salir vivo de aquella farsa. Todavía trataba de averiguar cómo iba a fingir ser un chico encantador durante tres meses, teniendo citas con nueve chicas distintas. «Encontrarás la manera, porque es tu última oportunidad».

Se disponía a visitar a su madre en sus aposentos cuando en el último piso, donde se hallaban las estancias menos visitadas del palacio, como la sala de cine o las cocinas, Noah se encontró con un chico que cargaba con dos grandes cajas de cartón.

El muchacho no parecía mucho mayor que él. Era delgado y media cabeza más bajo que Noah. Tenía una mata de pelo castaño adornando su rostro fino. Los ojos eran de azul claro y transparente, aunque parecían escurridizos. Su boca era fina, con los labios estirados, como si siempre estuvieran dispuestos a sonreír.

Ambos permanecieron observándose.

―¿Quién eres? ―preguntó Noah dando un paso en su dirección.

Estaba casi seguro de no haberle visto nunca por el palacio. Bien podría equivocarse, porque había tantos empleados que salían de debajo de las baldosas. Ese chico a lo mejor llevaba años trabajando en el palacio. Sin embargo desechó la idea, no iba vestido con ningún uniforme. Llevaba una camiseta negra, con unos tejanos y unas zapatillas del mismo color.

―Silver Pierce, soy nuevo ―respondió con interés. Después alzó las cejas debido a la impresión, cayendo en la cuenta de quién era Noah―. Esto, ejem… Majestad―añadió.

A Noah le entraron ganas de reír.

―Es Alteza ―corrigió, alcanzando a Silver ―. Pero llámame Noah, odio las formalidades.

Silver asintió, satisfecho y le regaló una leve sonrisa. Recolocó las cajas que estaba cargando, parecía que pesaran mucho.

―Te ayudo ―se ofreció Noah, agarrando una de ellas. Notó un leve tirón en la espalda, porque las heridas no habían cicatrizado del todo, pero lo ocultó―. ¿Qué llevas aquí dentro?

―Son ordenadores ―respondió Silver, retomando el camino hacia el fondo del pasillo.

Noah comprendió entonces quién era Silver Pierce. Era el hacker que había contratado su padre para interceptar rebeldes durante el concurso. Tuvo la delicadeza de mencionarlo. Sentaba bien conocer a alguien que no tuviera cuarenta años, para variar. El único amigo que tenía era Gabriel y no es que lo viera mucho.

Alcanzaron una puerta que hacia esquina con el siguiente corredor, escondida a la vista. Ni siquiera Noah, que había recorrido todos los rincones de su casa, había visto esa puerta con anterioridad. Silver dejó la caja en el suelo y del bolsillo sacó una única llave para abrir la puerta. Cedió el paso a Noah, quien se coló por la puerta. Se quedó atónito ante lo que veía.

La sala debía de medir al menos diez metros cuadrados, era casi tan grande como su habitación. Sólo que ésta, en lugar de ventanas, tenía pantallas de plasma gigantes en cada una de las cuatro paredes. Mesas de metal recorrían la estancia siguiendo su forma, todas ellas repletas de monitores, ordenadores de distintos tamaños y formas. Frente al monitor de la pared del fondo, había una silla con ruedas de respaldo alto. La habitación se iluminaba por una fila de fluorescentes. Parecía la guarida de un informático chiflado, pero Noah también tuvo la delicadeza de guardarse la información.

―Menudo sitio, ¿vas a vivir aquí? ―preguntó, colocando la caja al lado de otras que había junto a la puerta.

Silver negó con la cabeza.

―Me han asignado un dormitorio en la planta menos uno, junto con los otros trabajadores ―contestó ―Aunque imagino que tendré que pasarme el día aquí dentro.

Noah se fijó en el tono crispado de su voz. Como si le molestara estar allí.

―¿Quieres ayudarme? ―preguntó Silver.

A Noah le gustaba que le hablara en un tono relajado y no en uno intimidado. No le gustaba infundir ni miedo ni respeto, porque ésas eran cualidades de su padre.

―Claro.

Un rato después, habían terminado de instalar el resto de monitores que faltaban. Silver pulsó un botón de una caja de mandos llena de botones similares a otro que no sabía para qué servían. Todos los monitores se encendieron de súbito, enseñando en ellos distintas estancias del palacio. Noah vio en uno de ellos a su hermano Sylvan que caminaba por el pasillo de la cuarta planta hacia las dobles puertas que daban acceso a los aposentos de la familia. Cuando las traspasó, despareció de los monitores. Noah comenzó a buscar entre el resto para ver si Sylvan reaparecía en uno de ellos. No hubo suerte.

―¿No hay cámaras tras ésas puertas? ―preguntó, señalándolas en la pantalla de plasma de la pared derecha.

Silver se fijó con aire distraído, sin dejar de teclear en el teclado.

―No, da a vuestros dormitorios.

Noah asintió. Una idea comenzó a tomar forma en su cabeza. Era una idea descabellada, con muchas probabilidades de no poder llevarse a cabo. Pero si lo conseguía…

―Si lograra colocar una cámara en dentro de esa estancia, ¿serías capaz de captar su frecuencia?

Silver pareció desconcertado por la pregunta, o tal vez porque Noah tuviera una base sobre tecnología punta.

―¿Por qué quieres saberlo? ―dijo, frunciendo el ceño.

―Tú responde a la pregunta.

―Supongo que sí, pero si el rey se diera cuenta…

Noah sólo tenía que colocar unas cuantas cámaras en el ala privada de su padre y también un par de micrófonos. Si lograba hacerlo, tendría algo con lo que chantajearlo para que cumpliera su promesa de dejarlo marchar tras el concurso.

Se giró hacia Silver, que lo miraba con atención, tratando de dilucidar las intenciones de Noah.

―Tranquilo, no se dará cuenta.
♛  ♛  ♛


Columbia, cuatro semanas antes.

De un salto, Hayden dejó atrás el camino de hojarasca por el que salía a correr todas las mañanas. La camiseta se le pegaba al cuerpo, empapada en sudor. El cielo de Columbia había alcanzado ya su punto álgido en el cielo. La luz se filtraba por las ramas de los pinos, creando sombras danzantes en el suelo.

Había corrido más tiempo del necesario. Sino regresaba a la base, se buscaría problemas (más de los habituales). Apretó el paso llenando los pulmones de aire. Estaba prohibido abandonar la base rebelde, sobre todo en ésos tiempos. Tras los ataques sufridos en Ángeles, habían detectado mucha actividad militar en la zona. Cualquier despiste podía ser fatal para los Sureños. Pero a Hayden Piddle le dejaban salir, porque lo odiaban y cuanto más lejos, mejor.

Alcanzó el claro que al que se dirigía unos minutos después. Estaba lleno de raíces y tocones de árboles talados años atrás. Se dobló sobre su cuerpo para retomar el aliento, los pulmones le ardían y notaba los vasos sanguíneos de su cara borbotear de calor, como mini volcanes cerca de la erupción. Limpió el sudor que le recorría la cara con la sudadera que llevaba atada a la cintura.

Caminó hacía un árbol alto, situado al otro lado de la hondonada de raíces. Al lado de éste, había un tocón de cincuenta centímetros de diámetro. En apariencia, era uno de los muchos que allí había, pero si empujabas hacia la derecha, aparecía una trampilla circular lo suficientemente ancha para que cupiera una persona adulta. Que conducía a casa de Hayden.

Miró a uno y otro lado para revalidar que no había nadie, porque lo único que le faltaba era que lo acusaran de conducir voluntariamente al enemigo. Se sentó en el borde del agujero, apoyó las manos a ambos lados y se dio la vuelta, con los pies asegurados en la escalera anclada a la pared que descendía. Agarró el primero de los reposaderos y bajó unos escalones hasta que quedó introducido por completo. A tiendas, buscó la lazada de hierro anclada a la parte inferior del tocón para volver a colocarlo en su sitio.

Las escaleras conducían a un sistema de alcantarillado viejo, por el que ya ni siquiera corrían aguas residuales, ni estaba habitada por ratas. Allí sólo quedaba barro y montones de hojas resecas. Hayden palpó la pared de cemento de su derecha, hasta que localizó un interruptor. Tras pulsarlo, unas luces redondas, parecidas a las de antiincendios, iluminaron la estancia con una luz azulada.

Hayden se echó a andar por el laberinto de cruces. Aunque alguien encontrara la trampilla, no sería capaz de salir del sistema de alcantarillado antes de morirse de hambre. Lo primero que aprendía un rebelde sureño, era la distribución de pasillos de las alcantarillas. Que memorizaban de un mapa dibujado por sus padres. Una vez lo hacían, el mapa se quemaba, para no correr riesgos.

Ése día, en especial, Hayden tenía menos ganas que nunca por llegar. Al amanecer, había dado comienzo una reunión en el la Sala de Mando. Los Sureños infiltrados en las casas reales habían convencido a los gobiernos de los países más importantes para celebrar un Selección a nivel mundial, que les serviría para infiltrarse en las casas reales como participantes y así conseguir los documentos que necesitaban para convencer a la población para que se uniera a la revolución. El motivo de la reunión era decidir quiénes se infiltrarían en la casa real de Illéa para la misión.

Hayden deseaba más que nada ser uno de los elegidos, pero sabía que era algo imposible. No le confiarían un asunto tan importante a él, porque era un metepatas sin remedio.

Unos diez minutos más tarde, alcanzó las escaleras que le llevaban a la base. Eran estrechas, los escalones de cemento estaban agrietados por el uso y el tiempo. En la cumbre, había una puerta mecánica que en lugar de manecilla, tenía un mando con números, parecido a un teléfono. Introdujo el código y tras un sonido metálico la puerta se abrió, para cerrarse diez segundos después.

Hayden quedó cegado momentáneamente por la luz y también por el ruido. Frente a él se extendía en todo su esplendor el hogar de los rebeldes sureños.

El lugar era casi tan grande como una ciudad pequeña, si las ciudades tenían tierra y maleza por calzadas, casas de paja, cemento y madera por edificios y árboles por farolas. Donde se encontraba Hayden, a su izquierda, estaba la Sala de Mando, un edificio abovedado únicamente de cemento, cerrado por una pesada puerta de metal con una rueda a modo de cerradura y metida unos cinco metros entre los árboles. A su derecha, el almacén de suministros y la enfermería, que era un edificio rectangular con filas y filas de camillas, como el de un campamento de guerra. Más allá de la vista, en la zona oeste, se extendían las viviendas de los rebeldes, casas de dos o tres habitaciones. Cuanto más alejada estuviera tu vivienda, menor era tu cargo. En la zona este, tenían las cercas con el ganado, el granero y los huertos. La electricidad llegaba de un poste de quince metros situado en el centro de la base, rodeado por vallas de espino y vigilado las veinticuatro horas del día.

El motivo por el que nadie había conseguido dar nunca con la base rebelde, era que tras la Tercera Guerra Mundial el camino por tierra había quedado inhabilitado (salvo por las alcantarillas). El medio convencional para llegar a esa zona del bosque era a través de un puente que había sido destruido por bombas. Sin el puente, era imposible llegar, pues estaba separado por un profundo acantilado que partía el bosque por la mitad.  

Hayden se introdujo entre los transeúntes  para ir a su casa a darse una ducha. Como era habitual, la mayoría lo atravesó con la mirada o murmuró maldiciones entre dientes. No le dio importancia, ya estaba acostumbrado. Él mismo se dirigía miradas coléricas desde el espejo y su mente le susurraba insultos apabullantes.

Llegó a su casa. Que se encontraba en la calle principal, muy cerca de la entrada. Abrió la puerta, que nunca cerraban con llave y una estancia diáfana lo acogió. En algunas películas viejas que había visto Hayden, las casas eran acogedoras, con las paredes adornadas por fotografías familiares, con velas y algún que otro cojín tirado por el suelo. La suya, en cambio, no tenía nada de eso. Las paredes eran grises, desnudas y oscuras. La única iluminación provenía de dos ventanas y de la bombilla solitaria del techo. Había una mesa en lugar de sofá que rara vez utilizaban porque solían comer en el comedor de la base, con el resto de rebeldes. Una cocina llena de polvo. La única fotografía de la casa vivía escondida debajo de la cama de Hayden, una fotografía de su padre, fallecido años atrás.

Hayden no se entretuvo con su miseria y acudió al baño a darse una ducha. Cuando terminó, se vistió con unos vaqueros, una sudadera y sus zapatillas de deporte. Se sentó en la cama, sin saber muy bien qué hacer. Uno pensaría que en las bases rebeldes se impartían arduos entrenamientos militares, clases de tiro, de estrategia de combate. Pero los Sureños eran pacíficos, defendían una causa noble, ajena a la violencia. Las únicas tareas eran el cuidado del ganado, de los huertos y vigilancia. Si ocupabas un alto rango, te mandaban en busca de provisiones a la ciudad o te asignaban misiones. Pero desde el incidente de hacía ocho años Hayden no podía participar en las últimas.
Finalmente, decidió ir a la Sala de Mando, a esperar que terminara la reunión. Esperaba que al menos su madre, le contara la decisión final. Amara Piddle era una de los cinco generales que dirigían la base rebelde de Illéa, un cargo que había heredado del padre de Hayden, y que además, tenía una determinación acérrima por mantener a Hayden apartado de todo lo que tenía que ver con su condición. Como si él no viviera allí, como si pudiera mantenerlo en una burbuja. A pesar de que tenía veintidós años y sabía cuidarse solito.

Al llegar a la base, se fijó en que Sunshine Greek esperaba sentada a la sombra de un árbol, mirando con intensidad a la Sala de Mando, como si pudiera ver lo que sucedía dentro si se concentraba lo suficiente. Caminó a su encuentro.

―Hola ―saludó desganado, tomando asiento a su lado.

Le regaló una mirada suspicaz. Sun era una chica preciosa. Tenía un cuerpo atlético, de piernas fibrosas y brazos con bíceps acentuados. Su rostro parecía el de una princesa, con una piel cetrina que enmarcaba unos pómulos afilados, con dos ojos pequeños de color verde capaces de analizarlo todo, escondidos habitualmente entre sus mechones pelirrojos que le llegaban a la altura de las costillas.

―¿Qué haces aquí?

―Lo mismo que tú ―respondió, encogiéndose de hombros.

Sunshine era hija del general Greek, otro de los líderes de los rebeldes de Illéa. Y una de las pocas personas que no odiaba a Hayden por el incidente. Ella lo odiaba porque creía que era infantil, estúpido y con la inteligencia de una nuez, a pesar de que ella era un par de años más pequeña que él.

―¿Cuánto tiempo llevan ahí? ―preguntó Hayden, jugando con unos guijarros.

―Cuatro horas ―siseó Sun, levantando las manos y dejándolas caer frustrada―. No sé por qué tardan tanto, no es tan difícil decidir quiénes van a la misión.

Hayden vio en su rostro la ansiedad que la embargaba.

―Serás uno de ellos, no te aflijas ―trató de consolarla.

Sun alzó una ceja en su dirección. Molesta, para variar, porque Hayden había sido capaz de adivinar sus pensamientos.

―No puedes saberlo ―respondió en un murmullo acompañado por el ulular de las palomas. Las hojas de los árboles danzaban en su rostro, dándole un aire misterioso.

―Lo sé, de la misma manera que sé que yo no seré uno de ellos.

Sun asintió. Despegó los labios para dar su opinión, pero se vio interrumpida.

―¡Piddle, Greek, os necesitan en la Sala de Mando! ―gritó uno de los guardas apostados en la puerta.

Sunshine se incorporó de un salto y llegó a la puerta antes de que Hayden se levantara. Pero él se había quedado un poco aturdido. Nunca lo llamaban a aquella sala. ¿Qué querrían de él? Sun lo instó con movimientos enérgicos para que se diera prisa. Trotó hasta allí y los guardias hicieron girar la rueda para que se abriera la puerta. Hayden se introdujo dentro antes de que cambiaran de opinión.

La Sala de Mando era un sitio más amplio de lo que señalaba su apariencia externa. El suelo era de paneles negros, las paredes de metal y estaba iluminado por una fila de fluorescentes. En el centro de la sala había una mesa rectangular de tres metros de largo por dos de ancho. En la pared derecha se encontraban los mandos, con cuatro pantallas grandes que transmitían imágenes de noticiarios de los otros países, informes de las otras bases rebeldes y lo más importante, desde allí se podían vigilar los alrededores.

En el lado derecho de la mesa, estaban sentados; su madre, que era una de los dos generales que habitaban la base; el general Proust, que vivía fuera de la base; el general Greek, el padre de Sun y por último, Gavril Fadaye; que vivía infiltrado en el palacio de Illéa como maestro de ceremonias. En la cúspide de la mesa, presidiéndola, estaba Borgen Bow, el veterano de los líderes de los rebeldes, que desde hacía un año atrás vivía con una identidad falsa en Belcourt para cuidar de sus nietas, también sureñas.

Hayden y Sun permanecieron en la entrada, sin saber muy bien a quién mirar o qué hacer. Por la fascinación que mostraba el rostro de su acompañante, debía ser la primera vez que visitaba la sala. Hayden yo lo había hecho ocho años atrás, junto con Damián.
El recuerdo de su amigo fue un cuchillo afilado para sus entrañas, así que lo deshizo.

―Tomad asiento, por favor ―pidió su madre.

Se sentaron en el lado izquierdo, frente a ellos. Hayden notaba que le sudaban las manos y una taquicardia leve hacía retumbar su pecho. Necesitaba conocer el motivo por el que lo habían hecho llamar. ¿Había cometido otro error? ¿Iban a prohibirle salir a correr por el bosque? ¿Querían recordarle una vez más su ineptitud?

El general Bow comenzó a hablar:

―Ya conocéis la situación, la monarquía está desesperada. Tienen tres frentes abiertos, los Norteños ―Los Norteños eran la antípoda a ellos, rebeldes agresivos que no defendían ninguna causa, sólo buscaban destruir a los reyes―, la población y nosotros mismos. Por eso hemos aprovechado la oportunidad…

―Sin rodeos, Boger ―acotó Proust, peinando sus pelo negro como la obsidiana.

El general Bow le lanzó una mirada de advertencia de reojo. Una vena había asomado en su cuello grueso y moreno. Aunque Bow rondaba los sesenta y cinco, tenía unos brazos grandes y gruesos como mazos, capaces de mandarte tres metros atrás de una palmada fuerte en la espalda. Pero lo que más intimidaba de él eran sus ojos; azules, gélidos como un iceberg. Cuando era pequeño, Hayden recordaba que sus ojos no eran tan distantes, sino todo lo contrario. El matiz gélido de su mirada apareció un año atrás, cuando su único hijo y su nuera fueron asesinados.

―Cómo iba diciendo ―retomó su perorata sin hacer caso a Greek―, hemos aprovechado la oportunidad para abrir una brecha. La Selección nos abrirá el camino a través de dicha brecha.

Hayden no estaba oyendo nada nuevo y  comenzaba a impacientarse.

―Disculpe, general ―interrumpió Sun, con respeto― ¿Quiénes llevarán a cabo la misión?

Vio como el padre de Sun sonreía con orgullo. Tal vez por la impaciencia de su hija o por las ganas que guardaba de ser una de ellos.

―Vosotros ―habló su madre por primera vez. Que miraba sólo a Sun, negándose a mirar a Hayden. La confrontación de sentimientos que sentía, viajaba hasta él. En parte, el incidente por el que habían colgado, había sido culpa de la obsesión de su madre por mantenerlo al margen. Hayden no podía creer que fuese ella misma quien les comunicara que estaban a punto de embarcarse una misión.

Sun y Hayden se miraron, incapaces de creer que hubieran mencionado su nombre. «¡Han dicho mi nombre!», pensó repleto de júbilo. Una sensación cálida que llevaba años sin estar presente, llenó sus pulmones del aire que sin saber retenía. Podría demostrar que no era un gandul, que valía para algo más que fastidiar misiones.

―No estaréis solos ―dijo el general Greek.

―Mi nieta, Artyca Bow, también se infiltrará en el concurso ―explicó Bow.

―Y mi hija, Kaety Proust ―convino el general Proust.

Los dos asintieron con energía. Hayden se sentía tan bien. Se infiltraría y... un momento, ¿cómo iba infiltrarse él como participante en una Selección de hombres?

―Te infiltrarás entre la guardia real, Hayden. Gavril ya se ha ocupado de eso, te marchas dentro de dos días al campamento para recibir el entrenamiento antes de ir a palacio, para no levantar sospechas ―explicó su madre, leyendo sus pensamientos.

Se marchaba en dos días. Lo cual significaba que nadie le estaba gastando una broma y que no tendrían tiempo de arrepentirse.

En esa ocasión, fue Gavril quien tomó la palabra:

―En cuanto a ti Sun, te enviaremos junto con tus padres a Ángeles hasta el comienzo de la Selección. Se os asignará una casta y viviréis en una granja alejada de la ciudad, de manera que crean que habéis vivido siempre allí. Tu acometido, por el momento, será esperar hasta que tu nombre se anuncie en el Report de dentro de tres semanas.

Sun asintió, sin preguntas. Así era ella, aceptaba órdenes sin cuestionarlas. Quizá a Hayden le hubiese ido mucho mejor con una actitud como la suya.

―Una vez en el palacio y comenzado el concurso ―explicó Boger Bow― tendréis que encontrar los diarios de Gregory Illéa. Según tenemos entendido, se encuentran a buen recaudo en una de las salas ocultas del palacio, que sólo conoce la familia real. Deberéis serviros de todas vuestras armas para dar con ésos documentos. Y los príncipes a los que cortejaréis son quizás vuestra mejor baza.

La finalidad de La Selección era conseguir fundamentos históricos que les ayudaran a arrastrar a la población hacia una revolución. Los diarios de Gregory Illéa, eran entre otros, de mucha importancia. Pues él había sido el fundador del país y el creador de las castas que se habían extendido al resto del mundo.

―¿Eso es todo? ―preguntó Hayden, sin pretender sonar arrogante. Porque el sentimiento que más lo abordaba era la impaciencia.

―No ―negó Gavril Fadaye―. Debo avisaros de que el rey Clarkson ha instalado cámaras de vigilancia en los pasillos, así como micrófonos. Debéis tener mucho cuidado, hablar sólo en las habitaciones o en la Sala de Mujeres. El rey no espera que vaya más de un rebelde, como tampoco espera que dicho rebelde comparta su condición con las demás participantes.

―Entonces ―dijo con aire confuso Sun ―Si van a vigilarnos, ¿cómo vamos a investigar por el palacio?

―Chicles ―respondió escuetamente la madre de Hayden.

―¿Chicles? ―preguntó Hayden.

A modo de respuesta, Amara se dirigió al intercomunicador. Pulsó el botón y tras un escueto «Tráelos» regresó a su posición en la mesa. Un minuto después, Clayton, el científico informático de la base, apareció en la sala sin hacer ruido. La rigurosidad era uno de sus rasgos más marcados, aparecía en los sitios de la nada, como si de un fantasma se tratara. Hasta su aspecto emulaba a un fantasma, tenía la piel curtida y grisácea, que se le hundía en los huesos. Alto y delgado, como una pluma de mal aspecto. De no ser por la luminosidad de sus ojos negros, uno creería que era un zombi.

Sin entretenerse en saludar, dejó unos paquetes alargados de papel aluminio sobre la mesa. A continuación, se marchó.

―Siempre tan simpático este muchacho ―comentó Gavril, acariciándose la barbilla.

―A lo que íbamos ―dijo la madre de Hayden, con tono apremiante.

Rasgó uno de los paquetes alargados y de él sacó una pastilla que desprendía un aroma mentolado.

―Estos chicles han sido creados con el propósito de ayudaros en vuestra misión.

Hayden entrecerró los ojos, buscando motivos por los que un chicle fuese útil, además de para placar el mal aliento.

―Cuando mastiquéis uno, éste emitirá una frecuencia propia que interferirá en las de las cámaras y los micrófonos. ―Hayden y Sun debían de presentar un aspecto de estupor. Porque el general Greek se apresuró a añadir―: No os preocupéis, no son dañinos, son chicles normales. Es importante que sepáis, que sólo debéis utilizarlos en caso de emergencia, porque si no resultaría sospechoso que las cámaras fallaran cada poco tiempo. Desde el momento en que lo mastiquéis, dispondréis de una franja de una hora hasta que la frecuencia se apague. ¿Alguna pregunta?

Hayden aguardó a que Sun hiciese las preguntas importantes. Porque a él no se le ocurría ninguna.

―¿Cómo vamos a reconocer a las otras dos rebeldes? Y, cuando encontremos los documentos, ¿cómo nos pondremos en contacto con vosotros?

Gavril levantó la mano, como pidiendo la palabra.

―La estrella de cuatro puntas, el primer día la llevarán visible para que las reconozcas. ―La estrella era el signo de identificación de los Sureños―. Tú debes hacer lo mismo, después se lo comunicarás a Hayden. En lo que se refiere a los documentos, yo seré vuestro contacto. El día que vaya a visitaros a cada una de vosotras antes de que os marchéis a palacio, os daré las pautas para ello.

Sun asintió. Hayden se sintió un poco excluido, pero en ningún momento puso objeción.

―Hayden, tú misión primordial es protegerlas a ellas. Gavril hará todo lo posible porque se te asigne como guarda personal de alguna de las chicas. ―Los ojos gélidos de Boger hacían creer que le había leído el pensamiento―. De todas maneras, como guardia, tendrás acceso a más estancias del palacio. Intenta hacerte amigo de las personas importantes, de los militares que llevan años allí para obtener información que pueda ser de utilidad.

―Y si es necesario, lígate a alguna doncella. Dios sabe que conocen todos los secretos que habitan ese sitio ―confluyó el general Proust.

Hayden asintió, al igual que su compañera. Seguía sin atreverse a expirar más de dos palabras completas. No quería llamar mucho la atención, ni que se plantearán el voto de confianza depositado en su persona.

La reunión llegó a su fin. Los generales Bow y Proust se marcharon de la base rato después, de vuelta a sus hogares. Sun también se marchó con su padre, los dos se habían enfrascado en una conversación sobre la mejor manera de cortejar al príncipe. Ya sólo estaban Hayden y su madre; mirándose el uno al otro sin mover un músculo.

Hayden tenía la necesidad de preguntarle por qué de pronto había decidido dejar su cruzada por protegerlo. Pero no dijo nada, la mente de Amara parecía alejada del lugar.

―¿Podrás con ello? ―dijo al rato, sobresaltándolo.

Era una buena pregunta. Por muy contento que estuviera, las dudas comenzaban a hacerse eco en su cabeza, y sabía que no le permitirían dormir aquella noche. Sin embargo, había más determinación que dudas. No podía fallar. Encontraría los diarios de Gregory Illéa a cualquier coste. Se lo debía a Damián… y las trece personas que junto con él, mató ocho años atrás.

―Sí ―respondió, antes de marcharse de la Sala de Mandos.


Última edición por wanheda. el Jue 17 Nov 2016, 4:27 am, editado 3 veces

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Sáb 12 Sep 2015, 3:36 pm

CAPÍTULO 01 Parte Dos

Escrito por: lovely rita. || Personaje:  Moonlight Huton-Blather |  Artyca Bow.




Moonlight Huton-Blather nunca fue una niña normal. La primera prueba de ello era que no sabía vestirse sola. Precisaba de la ayuda de sus tres doncellas para ello. Tampoco sabía preparar un baño, ni peinarse. Por no saber, ni siquiera sabía acostarse en la cama. Tenían que azuzarle los doce almohadones, perfumar sus sábanas con el aroma de flores de Loto y meter una bolsa caliente de agua a exactamente 21 º para poder dormir. Probablemente, Moon moriría si tuviera que vivir sola.  

Nadie esperaría que una persona como ella tuviese el talante necesario para gobernar un país. Pero por contraproducente que resultara; Moon podía manejar un país la mar de bien. Como futura reina de Nueva Asia, desde muy pequeña había trabajado estrechamente con su padre para aprender todo lo necesario. Y dentro de muy poco tiempo, sería ella y sólo ella, la que gobernara el país.

Moon se sentía muy capaz, pues no tenía otro propósito en la vida. No le atemorizaban el resto de monarcas, estaba dotada para plantarse enfrente de miles de personas y calmar sus nervios y sus inquietudes, sabía solventar las revueltas y llegar a acuerdos en los que todas las partes implicadas estuvieran satisfechas. Moon estaba preparada para todo, menos para La Selección.

Llevaba toda su vida haciendo sacrificios. Cuando Dylan y Lance se iban a jugar y ella debía quedarse en clase. Todas las veces que no había pudo montar a caballo porque siempre había algo más importante que hacer. Y sobre todo, porque al contrario que el resto de chicas, Moon no tenía amigas con las que hablar (no al menos cerca de ella). Todos los días lamentaba haber sido la primera en nacer. Aunque eso, desde luego, no impedía a sus hermanos tratarla como si fuera la pequeña.

Eso, sacrificios, el epítome de su existencia.  

Y éste último le iba a costar lo único que le hacía feliz de verdad. Que llenaba el vacío de su existencia planeada. Lo único que podía hacer a Moon menos superficial e irritante. No se sentía con fuerzas para desprenderse de Archivald Rothschild.

Por eso, se dirigía a las cocinas, que era el lugar de trabajo de Archie, con paso apremiante. Sus tacones resonaban en suelo frío y duro. La luz de la luna se filtraba por los ventanales proyectando sombras como acantilados en las paredes. Era ya noche cerrada y no quedaba nadie en los pasillos. Salvo la guardia real, pero como ella era la princesa, nadie se atrevía a preguntarle qué hacía merodeando por allí tan tarde.

Llegó a su destino minutos más tarde. Al detenerse frente a la puerta, sintió como si se le congelara el estómago y, a diferencia de las otras veces, no era una sensación agradable. Entreabrió la puerta lo suficiente para poder comprobar que Archie estaba allí solo. Le llegó el ruido del cuchillo chocando contra la tabla para cortar y un rico aroma de especias. Vio las manos de Archie moverse raudas y profesionales sobre los ingredientes. Aguardó un momento para comprobar si había un ruido secundario y después abrió la puerta para colarse dentro.

No se percató de su presencia. Moon aprovechó el momento de inconsciencia para observarlo. Había conocido a Archie en la víspera de su decimoctavo cumpleaños. En un arranque de ira porque el menú escogido para el banquete no era de su agrado, Moon se presentó en las cocinas (por primera vez en su vida) para reclamar un cambio. Fue toda una sorpresa darse cuenta de que el cocinero jefe era un chico joven y guapo, que lejos de deshacerse en disculpas y hacer todo lo posible por contentarla, había defendido con pasión su elección. Y al final, había conseguido hacerla entrar en razón. Moon era una persona de idea fijas, tan caprichosa como podría serlo una princesa, fue todo un logro que Archie la convenciese. Así que quizá fue por eso o porque él no la trataba como una princesa, sino como una persona, por lo que Moon se enamoró perdidamente de él. Encontraba excusas para escaparse a la cocina siempre que era posible, se inventó que quería aprender a cocinar para poder ver a Archie varias veces por semana. Hasta que un día, tras un intento fallido por preparar una tarta para el cumpleaños de Lance, se besaron, sudorosos y llenos de harina.

Ya hacía cinco años desde aquel primer beso y no podía evitar pensar que quizá esa noche tuviera lugar el último.  Moon cerró los ojos y tomó valor. Era una princesa, podía enfrentarse a esto.

―Hola ―saludó.

―¿Qué haces aquí? ―Archie no levantó la vista de los ingredientes que estaba preparando. Moon no pudo pasar por alto el tono inmutable con el que habló.

Caminó a su encuentro, dolida en el orgullo y en el corazón. Pero se le daba mejor el primero, así que se concentró en él. Sólo cuando Moon estaba tan cerca para poder sentir el aliento en su cara, Archie levantó la cabeza. Sus ojos marrones, a menudo brillantes y bondadosos, parecían apagados y tan dolidos como lo estaba ella.

―Imagino que te has enterado ―dijo, tratando que la voz no le temblara tanto como las piernas, casi incapaces de sostenerse sobre sus altos tacones.

Archie suspiró. Tardó un tiempo largo en contestar y Moon sabía que trataba de buscar las palabras en su mente. Porque así era Archivald, no importaba lo enfadado o herido que se encontrara, nunca decía nada inquino. Ni siquiera a Moon, que se lo merecía muchas veces.

―Moon, no puedo ―respondió Archie, aparatándose hacia atrás, lo suficiente lejos para que no lo tocara.

La respuesta que temía a su pregunta no formulada acababa de materializarse en su cuerpo como un alambre de espino que la oprimía. Archie no estaba dispuesto a pasar con ella La Selección y tenía que lograr que cambiara de opinión.

―Podemos hacerlo, no será tan difícil. Llegaré a un acuerdo con mi padre…, ―se acercó a él y le agarró del brazo. Archie apartó la mirada, pero al menos no hizo amagos por soltarse― haré mi Selección pero no me casaré con nadie. Sólo serán… serán unos menos y después… después…

«¿Después qué? ¿Os pasaréis la vida escondidos en las mazmorras o en la cocina para poder veros?», siseó una voz ponzoñosa en su mente.

Por unos instantes, el borboteo de unas ollas al fuego fue el único sonido que se escuchó.

Cuando Archie fue capaz de mirarla de nuevo, tenía los ojos anegados en lágrimas y el pecho le subía y bajada irregular. Moon también quería llorar. No lo hizo, sin embargo, porque nunca lloraba. No podían verla quebrada, ni débil.

―No ―espetó Archie, arrancándose las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano―. Necesito que entiendas que no puedo quedarme sentado mientras veo como una panda de cazafortunas intenta conquistarte. Además, ¿y si cambias de opinión? ¿Y si te enamoras de alguien durante el concurso?, alguien que se acerque más a lo que…

―¡Tú te acercas a todo lo que siempre he querido! ―chilló Moon, herida porque Archie pensara que había alguien mejor que él.

―Eso no lo sabes, nunca has estado con nadie más.

―¡Porque no quiero! ―rebatió, adoptando su ensayado tono de niña testaruda.

La cocina empezó a oler a quemado. Archie se acercó a los fuegos para apagarlos. Luego, en lugar de volver junto a Moon, se quedó apoyado junto a ellos, dándole la espalda. Moon se mordió el labio para impedir que las lágrimas camparan a sus anchas por sus mejillas. Lo último que quería era que se le corriera el maquillaje.

Al ver como a Archie le temblaban los hombros, un maremoto de rabia eclipsó la pena que la abordaba. Odiaba La Selección, odiaba al pueblo por no estar contentos con su condición (¿A caso se había quejado ella alguna vez de ser princesa?) y odiaba aún más a los rebeldes por querer cambiar el sistema. Y ahora ella, por su culpa, tendría que casarse con…

―¡Archie, tengo una idea! ―exclamó, contenta por su genialidad.

El mencionado se dio la vuelta y la miró expectante. Moon caminó de nuevo hacia él y le rodeó la cintura con los brazos.

―Entra en el programa. El proceso de selección no es un sorteo como todos creen, me aseguraré de que seas uno de los concursantes. Podremos estar juntos… juntos de verdad.

¡Cómo no se le ocurrió antes! Si Archie participaba sólo tendrían que aguantar la farsa unos meses más. Después se casarían y estarían juntos sin tener que esconderse. Sin poder contenerse, se lanzó a los labios de Archie, tan sabrosos y cálidos como siempre. El único problema era que no le devolvía el beso. Al apartarse, sin comprender, vio que Archie portaba la misma mirada triste y que sus labios seguían siendo una línea recta entre sus barba incipiente.

―No voy a participar ―sentenció, esta vez, sin dejar de mirarla.

Moon se apartó como si hubiese recibido un pelotazo en las entrañas.

―¿Qu-qué quieres decir? ―balbució en un chillido lastimero.

―Te quiero Moon, lo sabes. Pero no puedo hacerlo. Yo no quiero convertirme en rey.

Ahora sí que se enfadó directamente con él.

―¿Y no ser rey es más importante que yo?

Archie negó con la cabeza, como si ella fuese rematadamente tonta.

―Podría hacerte la misma pregunta. También podría pedirte que dejaras tu vida para estar conmigo. Pero yo no soy tan egoísta.

La mandíbula de Moon se estiró a proporciones imposibles. No podía creerse que Archie la tratara de ésa manera. Ni que le dijera que era egoísta, ni que no estuviese dispuesto a sacrificarse por su bien. Porque no era ni de lejos tanto sacrifico como el que debería hacer ella si abdicaba. Archie tendría una vida mejor a su lado, su familia también tendría una vida mejor.

―Se acabó, imagino ―respondió cruzándose de brazos. En ese momento toda pena la abandonó.

―Sí, supongo que sí. ―Archie, en cambio, no ocultó el dolor bajo la rabia ni el orgullo herido. Muy en el fondo, Moon sabía que Archie
intentaba hacer lo mejor por los dos, salvarlos de un futuro desdichado en el que los sacrificios de cada uno no les permitieran ser felices. Pero no iba a decírselo.

―Adiós, entonces, señor Rothschild.

―Adiós, Alteza.

No hubo último beso.
♛  ♛  ♛

Artyca nunca había comparecido ante un tribunal. Sentada a la cabecera de la mesa de su diminuta cocina, con los ojos de Athena, su hermana mayor, y los de su abuelo escrutándola desde el otro lado, supo que la sensación era bastante semejante. La tensión volaba por la habitación como un insecto molesto. A diferencia de la mayoría de las veces, la tensión no provenía de sus discusiones porque no había suficiente comida, ni porque Artyca no pudiera partirse por la mitad y estar en dos trabajos a la vez.

En esa ocasión y sin que sirviera de precedente, la tensión provenía de la propuesta que acababa de hacerle su abuelo.

Desde que Boger se mudó para vivir con ellas, no había acudido a la base rebelde. Era muy peligroso dejarse ver por allí cada poco tiempo. Por eso, cuando ésa mañana les había comunicado que se marcharía a una reunión; Artyca supo que era importante. No se equivocaba, su abuelo acababa de confirmarlo.

―Puedes negarte, hay más chicas de tu edad dispuestas ―dijo por octava vez, con las manos juntas sobre la mesa.

Le encantaba su abuelo. Solía decir cosas por el estilo con mucha frecuencia, como «El retrete se ha atascado, pero no hace falta que lo limpies». Sabía que comprar la situación con un retrete estropeado era lo que su madre habría llamado «una actitud poco favorable». Y fue ese recuerdo, lo que hizo que Artyca se reafirmara en su respuesta.

―Iré.

En el rostro de Athena se dibujó una mueca de terror. Si todavía era capaz de albergar dudas, cuando Artyca recorrió con la vista el rostro cansado y desnutrido de su hermana y terminó posándola en su vientre hinchado por el embarazo, desaparecieron.

―Artyca… ―comenzó a decir su abuelo, levantándose lentamente de la silla, como si temiera que su nieta fuese a esfumarse de súbito.

―Tengo que ir ―lo interrumpió. Miró a ambos con intención antes de decir―: Abuelo, tú mismo dices que el ejemplo es la mejor prueba. No podemos pedirle a cientos de ciudadanos que se arriesguen a una guerra si no ven que incluso las posiciones más altas estarán expuestas. Tenemos que dar ejemplo.

No entendía por qué le decía que tenía que ir una misión ya aprobada, pero se mostraba tan reacio a que fuera. Boger abrió la boca para replicar, pero su nieta pequeña acababa de utilizar sus armas contra él. En el rostro de Arty se dibujó una sonrisa satisfactoria.

―¡A mí me da igual que haya que dar ejemplo! ¡Es peligroso se mire por donde se mire! ―chilló Athena, dando un puñetazo en la superficie de la mesa―. Abuelo, tú mismo acabas de advertirla que debe tener cuidado, que el rey espera rebeldes infiltrados en el concurso. ¡No irá!

Artyca sintió que se le encogía el corazón al ver en un estado tan lamentable a su hermana mayor. No sólo habían perdido a sus padres un año atrás en una misión fallida, sino que Athena acababa de perder a su marido por culpa de una enfermedad. Estaba embaraza, inutilizada para el trabajo y hambrienta.

Artyca se incorporó de la mesa y caminó a su lado. Atrapó las manos de Athena entre las suyas y sonrió para tranquilizarla.

―¿Cuánto crees que durará la comida que ha traído el abuelo de la base? ―le preguntó, señalando los paquetes apilados en armonía sobre la encimera.

―Yo…, no me importa… ―mintió Athena, frotándose el vientre.

―Debería importarte, porque mis actuaciones no son suficientes para cubrir los gastos. Dentro de cuatro meses tendrás un bebé y no vamos a ser capaces de mantenerlo. ―Boger le lanzó una mirada de advertencia desde el otro lado de la mesa. «Estás siendo muy dura», decía. No le hizo caso―. El abuelo no puede trabajar. Tú no podrás hacerlo porque tendrás que cuidar del bebé. ¿No quieres que todo esto termine? ¿No quieres vivir en un mundo en el que se te trate por quién eres y no por la casta que te asignaron?

Athena frunció los labios, casi a punto de romper a llorar.

―Artyca, no quiero perderte a ti también ―sollozó.

La rodeó con los brazos. Tratando de eludir el odio que se abría paso desde las inmediaciones de su ser. Todo lo que les estaba pasando era culpa del rey Clarkson. Si no fuera él un hombre tan despreciable, sus padres no habrían muerto.

―No lo harás ―prometió, cruzando los dedos entre los mechones de pelo de Athena―. Sólo tengo que conquistar a un príncipe, nada importante.

―Y encontrar unos documentos escondidos, que no se te olvide ―apuntó su abuelo, como para recordarle que no iba allí para ligar.

―Lo sé, Gregory Illéa, le debemos tanto… ―bromeó con fingida alabanza.  

La mayoría de la personas (ya fueran de castas superiores o inferiores) veían a Gregory Illéa como un héroe. El gran salvador, aquél que hizo remontar al país y retomó las buenas amistades con Asia… Si lo mirabas desde el punto de vista de un Sureño; te encontrabas con que lo veían como un farsante, un engañifa y un hombre cuyo único propósito al establecer las castas fue saciar su complejo controlador. Pero si los Sureños querían que el pueblo los siguiera, debían darles fundamentos históricos que respaldaran su punto de vista.

Los padres de Artyca, dos rebeldes sureños que vivían como Cincos en Belcourt, habían sido los encargados, junto con otros encubiertos, de encontrar ésos documentos. Cuando el año pasado, habían estado a punto de conseguirlos, fueron descubiertos en el palacio y el rey los asesinó.

Artyca ansiaba poder seguir con la misión de sus padres, completar aquello por lo que ellos perdieron la vida. Pero sobre todo, quería venganza. Al precio que fuera, haría pagar al rey la miseria que se habían visto obligados a enfrentar desde ése fatídico día.

Más tarde, cuando estaba preparando la cena con Athena, la primera cena de verdad en varios días, su hermana volvió a pedirle que no se infiltrara como concursante en La Selección. Y Artyca se vio obligada  recurrir a lo único que le haría entrar en razón:

―Athena, las familias de los participantes reciben una cantidad exuberante de dinero por cada semana que su familiar está en el concurso. En dos semanas tendrías el dinero suficiente para poder mantener al bebé durante meses, incluso contratar a una niñera.

―Odio que trates de convencerme con dinero ―masculló, colocando las fuentes de comida en la mesa ―¡Abuelo, está listo! ―chilló hacia el salón.

Athena se quedó sin argumentos para rebatir. Aunque le preocupara la seguridad de su hermana, también le preocupaba la de su futuro hijo. Lo único que le quedaba de su difunto marido.

La cena fue silenciosa, ya fuese por el hambre contenida o porque ninguno tenía ánimos para hablar. Athena siseaba entre dientes cosas incomprensibles. Su abuelo repasaba una y otra vez la solicitud para La Selección que una hora antes había rellenado Artyca. Entretanto, ella empezó a planear la mejor manera de conquistar al príncipe. No era una experta en el tema de las conquistas. El único novio que había tenido la conquistó a ella y no duraron mucho. Tampoco se le daba ser encantadora, ni locuaz. No era ni de lejos una dama delicada. Ni se le daba bien pelotear a alguien. En lo único que era buena Artyca era cantando y tocando instrumentos. Y a no ser que pudiere hechizar al heredero con una flauta mágica, lo llevaba crudo.

«Ya encontrarás la manera».


Al día siguiente, Artyca acudió con su abuelo a la oficina local de la provincia. Llevaba la solicitud bien protegida bajo el abrigo. La fila de personas daba la vuelta a la manzana. Artyca no había visto a tantas chicas en su vida, ni tantas castas entremezcladas. Había Seises y Sietes que habían abandonado su habitual ropa vaquera por los vestidos más elegantes que se podían permitir. Iban maquilladas y peinadas y se miraban unas a otras con odio. Cualquier de las que estaba allí podría ser participante.

Artyca miró su atuendo, tan soso como podría serlo el de un Cinco. Un abrigo marrón que le quedaba como un saco y unos pantalones caqui que desde hacía un mes le quedaba más grande de lo habitual. Llevaba el pelo cobrizo sujeto de mala manera en una cola de caballo. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza maquillarse.

Boger la conduzco hasta el final de la fila, detrás de tres chicas unos cuantos años mayores que Artyca, que le lanzaron una mirada aviesa por encima de sus hombros.

―Es toda una suerte que me vayan a infiltrar, porque no me iban a seleccionar ni para fregar el suelo ―dijo, para librar tensión.

―Artyca, haz el favor… ―murmuró su abuelo, enseñando su perfecta dentadura a un conocido que pasaba por la calle.

Artyca tenía un serio problema para mantenerse callada. No lo hacía a propósito, pero simplemente las palabras se le escapaban por la lengua antes de repetirlas en su mente. Era otro de los hábitos que tendría que suprimir durante la misión. Ya se imaginaba diciéndole al rey que era un tirano insufrible.

Tuvieron que guardar la cola durante tres horas. Y una vez dentro de la oficina local las cosas no mejoraron. Tenía que posar para unas fotografías que adjuntarían a la solicitud. El problema con esto es que Artyca no fue capaz de reír como si ir a La Selección fuera lo que más deseaba en el mundo. Así que al final, el fotógrafo tuvo que contentarse con una elevación de las comisuras de sus labios.

Los días que prosiguieron al tiempo de enviar solicitudes, Artyca los pasó entrenando con su abuelo. Bien era cierto que los Sureños eran pacíficos, pero los que se embarcaban en misiones tenían que encontrar una manera de defenderse. Artyca sabía que entrenarse con Boger Bow, un veterano como ninguno, era su mejor opción en caso de que tuviese que usar la fuerza. Athena olvidó sus reticencias a la marcha de su hermana pequeña tras una visita del médico en el que le dijo que tendría que tomar unas pastillas porque al bebé le faltaban vitaminas, que no podría pagarse. Desde aquél momento invirtió su tiempo en enseñarle modales a Artyca, a caminar con la espalda recta y también le enseñó unas técnicas de seducción.

Las noches las pasaba en vela, tocando el piano en el garaje que su padre usaba para pintar antes de morir. Cada vez que sus fuerzas flaqueaban, el olor a pintura la reconfortaba. Le recordaba por quiénes estaba haciéndolo. Una noche, mientras afinaba las cuerdas de su guitarra, se acordó de cuando era niña y quería ser futbolista. Su padre le había dicho que era imposible, a lo que ella respondió: «No es justo que no pueda ser futbolista porque nuestros antepasados fueran pobres».

Había Sureños que eran felices viviendo lejos de la civilización, tanto en Illéa como en el resto de países. No veían necesaria la revolución. Pero lo era, no era justo que niños como Artyca en su momento, se vieran privados de sus sueños porque sus antepasados no habían podido darle dinero al gobierno.

Tres semanas más tarde, durante el noticiario del viernes, informaron a los telespectadores que inmediatamente después de la retransmisión, anunciarían a los seleccionados. Habían creado un programo especial, nombrado tan ingeniosamente The Selection, que desde entonces y hasta el final del concurso, informaría sobre la situación en las casa reales en las que se celebraba La Selección. Darían resúmenes de cada día, retransmitirían citas y hablarían sobre los participantes.

Mientras anunciaban los resultados de los otros países, Boger se dedicó a informar a sus nietas de quiénes eran los rebeldes infiltrados en cada una de ellas. Unos veinte minutos más tarde, le tocó el turno a Illéa.

Artyca no pudo evitar sentirse nerviosa. El plató en el que estaba el presentador del programa se hizo pequeña a un lado de la pantalla y apareció Gavril Fadaye, retransmitiendo en directo desde el palacio de Illéa.

―Jopé, me muero de nervios por saber a quién tendrás que conquistar ―exclamó Athena mordiéndose la uñas.

―Menos mal que no querías que fuera ―dijo Artyca, sin apartar la vista de la pantalla.

Gavril estaba sentada en una butaca, sobre una plataforma. Frente a él, estaban los tres hijos del rey Clarkson. Sylvan, Ripcard y Noah, éste último guardaba el mismo parecido con sus hermanos que el que guardaba Artyca con un bonsái.

―Ojalá te toque con Ripcard ―comentó su hermana, poniéndose roja.

A Artyca no le gustó la propuesta. No parecía muy alegre, ni demasiado interesado en estar allí. Con una actitud como ésa a Artyca le resultaría imposible conquistarlo.

―Yo prefiero a Sylvan ―respondió.

El heredero al trono, siempre le había gustado más que los otros dos. No por el físico, sino por su gesto amable. También parecía ser el único que de verdad se entristecía cuando anunciaban que el paro entre los Seises había aumentado o que una familia se había quedado sin trabajo porque la fábrica en la que trabajaban había cerrado.

―Silencio, niñas ―las amonestó su abuelo, subiendo el volumen de la televisión.

Las palabras cesaron en el momento justo en el que Gavril comenzaba con las explicaciones. Artyca nunca había presenciado una Selección,
pero su madre le contó que en el proceso habitual entraban a concursar treinta y cinco chicas. Como habían extendido el concurso a otros países y participaban los hermanos y hermanas de los herederos, el número de candidatos por príncipe y princesa sería de nueve.

―… y sin más dilación, ¡aquí están las candidatas! ―exclamó Gavril.

En esa ocasión fue la casa real de Illéa la que se trasladó a la esquina de la pantalla y el plató de The Selection, volvió a su posición inicial. Como habían hecho hicieron con los países anteriores, aparecieron en pantalla las fotos de todos los herederos. Y debajo de ellos los nombres de los ganadores, con una pequeña foto al lado de éstos.

Artyca buscó su nombre en las filas de Sylvan y Rip, se llevó una decepción al comprobar que su heredero era Noah Shawcross, el que menos le había gustado siempre. No hubo vítores, ni chillidos en el salón. Pues ya sabían de antemano qué Artyca estaría en una de las listas.
Durante los días siguientes el teléfono no dejó de sonar en casa de los Bow y recibieron más visitas que durante los días recientes a la muerte de sus padres. La primera fue por parte de unos soldados reales que fueron a comprobar que en la casa no había nada sospechoso que hiciera pensar que eran rebeldes, por suerte, los documentos comprometedores estaban en el doble fondo de una pared de la cocina, bien asegurados.

La segunda visita llegó dos días antes de que Artyca se marchara. Un hombre odioso acudió para comprobar que todo lo que decía Artyca en su solicitud era cierto. Le hizo tocar todos los instrumentos mencionados en el apartado Talentos, cantar y bailar. Se ofreció que comprobara que era capaz de dormir hasta el mediodía, pero no fue bien acogida la broma (para variar). Ése día también acudió una mujer para tomarle las medidas y poder confeccionarle ropa.

Pero la visita importante de verdad, llegó un día antes de irse al palacio.

Gavril Fadaye apareció por la tarde, mientras una reportera del programa entrevistaba a su abuela y Athena para que le contaran un poco sobre ella. Había varios cámaras filmando la casa, que dormirían en la casa de al lado esa noche porque al día siguiente, grabarían a Artyca abandonando su hogar y marchándose a la plaza de la provincia, donde el alcalde daría un pequeño discurso y después se iría al aeropuerto para marcharse a Ángeles.

―Señor Fadaye ―saludó Artyca, guardando las apariencias.

La obsequió con una inclinación de cabeza. Sobre las solapas de su traje azul marino, brillaba un broche de la estrella de cuatro puntas que los identificaba. Se hizo a un lado para que pasara.

―Es un placer conocerla, señorita Bow ―dijo lo suficientemente alto para que le escucharan en el salón.


Artyca tuvo que reprimir las ganas de reír. Conocía a Gavril Fadaye desde que tenía tres años. Era amigo de su abuelo y había sido también amigo de sus padres. Además, Artyca sentía un inmenso respeto por él. Nadie había logrado engañar al rey Clarkson durante tanto tiempo.

―¿Hay algún sitio privado dónde podamos hablar?

Lo condujo a la cocina. Preparó café para los dos y se sentaron el uno al lado del otro, como dos viejos amigos.

―Antes de empezar con lo verdaderamente importante ―comenzó Gavril, sacando unos papeles de la carpeta y situándolos frente a Artyca― tengo que pedirte que firmes estos papeles…, ―también le tendió un bolígrafo― son informes médicos, también un contrato en el que aceptas cuidar tu cuerpo y tu imagen. Tendrás que tomar unas vitaminas para solventar la falta de nutrientes.

―Me siento como una propiedad.

―Es lo que el rey pretende que seas.

Se vio sacudida por la cólera. No veía la hora de poder ir a palacio para cumplir su venganza. Artyca firmó los impresos sin hacer preguntas, pues confiaba en Gavril. A continuación le relató las normas del concurso. Ninguna le parecía excesiva, salvo por el hecho de que Noah podría pedir verla a cualquier hora. También le dio el primer talón de dinero como compensación a su familia porque Artyca se iba al concurso. Y por último, le dio la noticia más impresionante de todas: Ya no era una Cinco, sino una Tres. Todas las participantes ascendían de casta al entrar en el concurso. Era como cuando te casabas con alguien de una casta distinta, la mujer adoptaba la casta de su marido. A pesar de la sorpresa, Artyca deseó no tener que acomodarse a su nueva condición tras el concurso. Esperaba que por aquel entonces, la revolución hubiese dado comienzo.

―Ahora, vamos con el asunto que de verdad es importante para nosotros ―suspiró Gavril, deshaciéndose el nudo de la corbata.

Artyca asintió y Gavril adoptó la voz de los Report, desenfadada pero metódica:

―Tus compañeros de misión son: Sunshine Greek, Kaety Proust y Hayden Piddle. Las dos primeras se infiltrarán como concursantes y el último como guardia real. Tu misión el primer día es reconocerlos. Pero no hables con ellos más de lo que lo hagas con cualquier otro.

»Como te habrá explicado Boger, el rey ha adoptado muchas medidas de seguridad. A las que nosotros hemos tratado de poner remedio ―Gavril sacó de su bolsillo tres paquetes de chicles, sobre los que ya le había informado su abuelo―, los primeros días limítate a reconocer el terreno, deja que las cámaras te vean, da la impresión de que no tienes que esconder. Es primordial que Noah Shawcross se fije en ti desde el primer momento.

Artyca tragó saliva, demasiada información que retener.


―Pero no te confíes, el rey hará todo lo posible porque sólo las candidatas que él aprueba continúen en el concurso. Tienes que conseguir que Noah esté dispuesto a desafiar a su padre por ti. Mantenerte en el concurso será lo que nos acerque a ésos documentos.  

―Gavril, ¿cómo nos comunicaremos entre nosotros? ―preguntó Artyca.

El hombre se dio una palmada en la frente, como si hubiera olvidado mencionar algo muy importante.

―La Sala de Mujeres es el único lugar del castillo sin vigilancia, sería un buen lugar. En vuestros aposentos tampoco habrá, pero si estáis acompañados os obligan a mantener las puertas abiertas y las doncellas son muy cotillas.

―¿Sólo en las Sala de Mujeres? ―preguntó, pues no le había aclarado gran cosa.

―Tenéis acceso a la Biblioteca del palacio, en caso de que se os imposibilite hablar en la Sala de Mujeres, dejaros mensajes en código morse en algún libro y aseguraros de que sólo vosotros ve el libro antes de borrarlo.

»¿Qué más? ¡Ah, sí! Si tenéis la urgencia de comunicaros conmigo, tendréis que hacerlo durante el Report, es el único lugar en el que podréis verme sin que resulte sospechoso. Para que yo sepa que me necesitáis, llevar vuestra insignia sureña a la vista. Después seré yo el que se ponga en contacto lo antes posible.

En teoría, no era mucho lo que tenía que hacer. Pero el plan tenía como núcleo enamorar a Noah Shawcross, porque si no lo conseguía, la echarían a la calle y las posibilidades de encontrar los documentos se reducirían. Quiso preguntar qué pasaría si no los encontraban, o si los descubrían, pero no lo hizo. Artyca era una maestra en lo que a ocultar emociones se refería.

―¿Eso es todo? ―preguntó, como si estuviese aburrida.

―Por el momento. ―Gavril se incorporó de su asiento. Se dio la vuelta, pero se detuvo en la puerta. Y con voz solemne, le dijo―: Artyca, cuando estés en el palacio recuerda que la violencia nunca es el camino hacia la paz.

Y tras sus palabras, la dejó sola en la cocina.

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por anakin. el Sáb 12 Sep 2015, 5:59 pm

kate:
primero, esto fue jodidamente intenso. me duele todo, absolutamente todo. Dios, Noah. Sinceramente es un personaje profundo y peculiar, trasmite tantas emociones. Me encanta la relación que tiene con Sylvan y Ripcard, es algo tan fraternal, y la relación con su padre es algo tan bien desarrollado. cuando estaba leyendo sentí toda tan real, juro que sentí hasta el dolo en la espalda. cuando Noah estaba platicando con su madre, tenias lo ojos vidrioso, estba a segundos de llorar, y ni si quiera se porque. tal vez influya que me rompe el alma, que lo primero que piensa Noah es en su hermano y su madre, y que Georgina sacrifique absolutamente todo por sus hijos. después la escena de Silver y Noah, y este dialogo, no se me encanto.

―Silver Pierce, soy nuevo ―respondió con interés. Después alzó las cejas debido a la impresión, cayendo en la cuenta de quién era Noah―. Esto, ejem… Majestad―añadió. 

A Noah le entraron ganas de reír. 

―Es Alteza ―corrigió, alcanzando a Silver ―. Pero llámame Noah, odio las formalidades.

sentí que fue algo del momento, algo esporádico y momentáneo. y la siguiente escena estaba como, vamos Noah, tienes el plan perfecto, ganale a tu padre, que odio con todo mi ser.
ahora con Hayden. 

Cualquier despiste podía ser fatal para los Sureños. Pero a Hayden Piddle le dejaban salir, porque lo odiaban y cuanto más lejos, mejor. 

sinceramente esa fue mi cara. es que me pareció tan gracioso, y tambien me resulto irónico porque hace algunos momento estaba a punto de romper en lagrimas, sabes.
cuando leí lo de la resistencia, me recordó a peter pan, y me hiperventile.  sigamos, Hayden me parecio un personaje fresco, y que sea torpe es como su encanto. y ademas es de los míos, porque yo ando metiendo la pata hasta por donde no tengo nada que ver. cuando leí eso de porque no podían encortar a los rebelde, me pregunte, de lo curiosa que soy, ¿como mierda salen de ahí para hacer actos rebeldes?  o sea ahí un acantilado.
tengo la siguiente pregunta, ¿que hizo Hayden para que lo odie todo el mundo? tengo mi conjetura, por su culpa murio su padre. continuemos, ¿quien es Damián? todo esto me pica la curiosidad. 
me gustan mas los norteños, o sea la anarquía fluye por las venas de los norteños, lo sé, pero igual los sureños pacifistas.
cuando el general dijo: "vosotros". quede medio sorprendida e igual estaba como, lo sospeche desde un principio. 

―¿Eso es todo? ―preguntó Hayden, sin pretender sonar arrogante. Porque el sentimiento que más lo abordaba era la impaciencia. 

―No ―negó Gavril Fadaye―. Debo avisaros de que el rey Clarkson ha instalado cámaras de vigilancia en los pasillos, así como micrófonos. Debéis tener mucho cuidado, hablar sólo en las habitaciones o en la Sala de Mujeres. El rey no espera que vaya más de un rebelde, como tampoco espera que dicho rebelde comparta su condición con las demás participantes. 

―Entonces ―dijo con aire confuso Sun ―Si van a vigilarnos, ¿cómo vamos a investigar por el palacio? 

―Chicles ―respondió escuetamente la madre de Hayden, situando una caja de cartón en el centro de la mesa. 

―¿Chicles? ―preguntó Hayden.

esta parte es lo máximo.

―Y si es necesario, lígate a alguna doncella. Dios sabe que conocen todos los secretos que habitan ese sitio ―confluyó el general Proust.

  
y la ultima parte, mierda, dolio. adios a los pensamiento de que la parte de Hayden era fresca y graciosa. 

Moonlight Huton-Blather nunca fue una niña normal. La primera prueba de ello era que no sabía vestirse sola. Precisaba de la ayuda de sus tres doncellas para ello. Tampoco sabía preparar un baño, ni peinarse. Por no saber, ni siquiera sabía acostarse en la cama. Tenían que azuzarle los doce almohadones, perfumar sus sábanas con el aroma de flores de Loto y meter una bolsa caliente de agua a exactamente 21 º para poder dormir. Probablemente, Moon moriría si tuviera que vivir sola.

esta parte me pareció graciosa, en serio. estaba así:  
y después estaba como, Moon, ven yo voy a ser tu amiga fiel. ME ENCANTA ARCHIE, O SEA ES CHEF. basta, amo a Archie, soy Archie-lover. cuando Moon propuso la idea, me sentí tan bien, o sea iban a estar juntos. despues Archie, sentí como mi alma, se rompía por cuarta vez en el capitulo, (dos veces con Noah, una con Hayden y la ultima con Archie), las tengo contadas. 

Le encantaba su abuelo. Solía decir cosas por el estilo con mucha frecuencia, como «El retrete se ha atascado, pero no hace falta que lo limpies». Sabía que comprar la situación con un retrete estropeado era lo que su madre habría llamado «una actitud poco favorable». Y fue ese recuerdo, lo que hizo que Artyca se reafirmara en su respuesta. 

este dichoso general, me cae re bien, sabes. 
me gusta Artyca, no se me parece madura y determinada. Athena, siento que es de esas personas que arriesga todo por su cercanos. 
sabes Gregory Illéa, me recuerda a Jebediah Springfield, o sea en Springfield era un héroe, pero realmente ra un farsante. 
en serio amor, a Artyca, es genial, ella es perfecta. 

―Ojalá te toque con Ripcard ―comentó su hermana, poniéndose roja. 

A Artyca no le gustó la propuesta. No parecía muy alegre, ni demasiado interesado en estar allí. Con una actitud como ésa a Artyca le resultaría imposible conquistarlo. 

―Yo prefiero a Sylvan ―respondió.

la parte donde aparecio, Gavril Fadaye, fue como:    
tu capitulo fue emocionante, Kate. ahora necesitamos tramas.


Última edición por dulce. el Dom 27 Sep 2015, 4:15 pm, editado 1 vez

anakin.


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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Sáb 12 Sep 2015, 6:21 pm

Ana muack muchas gracias por tu comentario me ha hecho reír mucho. En respuesta a tus preguntas: los rebeldes salen por las redes de túneles por las que entra Hayden xd y ya sabrás quién es Damián y por qué odian tanto a Hayden  Me alegra mucho que te haya gustado
Sí, tenemos que hacer tramas mándame un mp cuando quieras

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por yuuya. el Sáb 12 Sep 2015, 8:54 pm

mika lo puso en spoiler así que yo también. acá no hay nada de originalidad visteh:
sólo diciendo, se me borró el primer comentario que hice y como que me cago en todo bue
primero que nada, tengo que decir que estoy sorprendida de lo mucho que podés escribir y mantener todo tan fluido y dinámico. me metí en la historia completamente, tanto que hasta sentí cómo me dolía la espalda en la parte de noah. te aplaudo pq esa cosa fue hermosa y todo el tiempo que gasté leyéndola valió cada segundo con los recreitos para comer
hablando de personajes, noah me gustó más(?) es mi bias, ah. la manera en la que estuvo una puta semana discutiendo entre lo que siempre quiso y proteger a su familia fue, no sé, me llegó. y la manera en la que desafía a su viejo, pls, todos párense y démosle un aplauso al pendejo. los demás hermanos también fueron chuchis, protegiéndolo en la noche y asi, más que nada rip, no sé pq, debe ser el nombre que lo hace más chuchi (?) es como, rip, visteh. y no sé si fue mi mente shipper (?) pero vi algo entre silver y noah, eh ahre, debería calmarme, seh. y ya que andamos con silver, no sé si es un secundario o es el pj de alguna pero me encantó, chu
bue, de moon y archie no tengo palabras. moon es una puta caprichosa pero me encanta, y archie nop, archie guta pero no tanto (?) idk, le entiendo y todo pero... deo, pq dejas a moon así<||3 no 'uacho, así la cosa no va (?)
y ya, el rey de illéa es un hijo de puta, la reina es kúl, sun me copa y ay, no te hablo de arty pq la piba me re cae pero ni idea que decir de ella, che. no sé, tratá a tu hermana mejor. arreglate el pelo, mujer. tu saco me copa. comprate un bonsái. idk, idk.
¿me olvidé de alguien? el otro que no me acuerdo el nombre que estaba con sun, seh, ese nene, más vale que no cague la misión y haga algo por damián cosita bonita que no tenía que morirse<|||3 ves que me haces amar personajes que ni salieron, bazzzzta.
hablando demasiado de personajes   SÉ QUE MIKA YA LO CITÓ PERO TENGO QUE HACERLO DE VUELTA
―Silver Pierce, soy nuevo ―respondió con interés. Después alzó las cejas debido a la impresión, cayendo en la cuenta de quién era Noah―. Esto, ejem… Majestad―añadió.

A Noah le entraron ganas de reír.

―Es Alteza ―corrigió, alcanzando a Silver ―. Pero llámame Noah, odio las formalidades.

TE DIJE QUE LOS SHIPPEABA? PQ ME HICISTE SHIPEARLOS.
BASTA, NI SIQUIERA SÉ SI SILVER ES EL PERSONAJE DE OTRA Y YA TIENE PAREJA.
NOAH TAMBIÉN TIENE PAREJA, PUTA MADRE.
PERO NO, ME DECLARO LA PRIMERA SHIPPER DEL SILAH. O NOVER. QUIÉN SERÍA EL TACHI Y QUIÉN SERÍA EL NEKO.
KATE, RESPONDEME. NECESITO SABER.
SBS ME FUI A HACER UN FANFIC ESTO ES TAN BUEN MATERIAL.
AHRE ME CALMO
y me calmé. ya, necesitamos tramas. me re emocionaste.

yuuya.


http://soraru-chan.tumblr.com

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Re: The Selection.

Mensaje por wanheda. el Lun 14 Sep 2015, 6:45 am

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] escribió:
mika lo puso en spoiler así que yo también. acá no hay nada de originalidad visteh:
sólo diciendo, se me borró el primer comentario que hice y como que me cago en todo bue
primero que nada, tengo que decir que estoy sorprendida de lo mucho que podés escribir y mantener todo tan fluido y dinámico. me metí en la historia completamente, tanto que hasta sentí cómo me dolía la espalda en la parte de noah. te aplaudo pq esa cosa fue hermosa y todo el tiempo que gasté leyéndola valió cada segundo con los recreitos para comer
hablando de personajes, noah me gustó más(?) es mi bias, ah. la manera en la que estuvo una puta semana discutiendo entre lo que siempre quiso y proteger a su familia fue, no sé, me llegó. y la manera en la que desafía a su viejo, pls, todos párense y démosle un aplauso al pendejo. los demás hermanos también fueron chuchis, protegiéndolo en la noche y asi, más que nada rip, no sé pq, debe ser el nombre que lo hace más chuchi (?) es como, rip, visteh. y no sé si fue mi mente shipper (?) pero vi algo entre silver y noah, eh ahre, debería calmarme, seh. y ya que andamos con silver, no sé si es un secundario o es el pj de alguna pero me encantó, chu
bue, de moon y archie no tengo palabras. moon es una puta caprichosa pero me encanta, y archie nop, archie guta pero no tanto (?) idk, le entiendo y todo pero... deo, pq dejas a moon así<||3 no 'uacho, así la cosa no va (?)
y ya, el rey de illéa es un hijo de puta, la reina es kúl, sun me copa y ay, no te hablo de arty pq la piba me re cae pero ni idea que decir de ella, che. no sé, tratá a tu hermana mejor. arreglate el pelo, mujer. tu saco me copa. comprate un bonsái. idk, idk.
¿me olvidé de alguien? el otro que no me acuerdo el nombre que estaba con sun, seh, ese nene, más vale que no cague la misión y haga algo por damián cosita bonita que no tenía que morirse<|||3 ves que me haces amar personajes que ni salieron, bazzzzta.
hablando demasiado de personajes   SÉ QUE MIKA YA LO CITÓ PERO TENGO QUE HACERLO DE VUELTA
―Silver Pierce, soy nuevo ―respondió con interés. Después alzó las cejas debido a la impresión, cayendo en la cuenta de quién era Noah―. Esto, ejem… Majestad―añadió.

A Noah le entraron ganas de reír.

―Es Alteza ―corrigió, alcanzando a Silver ―. Pero llámame Noah, odio las formalidades.

TE DIJE QUE LOS SHIPPEABA? PQ ME HICISTE SHIPEARLOS.
BASTA, NI SIQUIERA SÉ SI SILVER ES EL PERSONAJE DE OTRA Y YA TIENE PAREJA.
NOAH TAMBIÉN TIENE PAREJA, PUTA MADRE.
PERO NO, ME DECLARO LA PRIMERA SHIPPER DEL SILAH. O NOVER. QUIÉN SERÍA EL TACHI Y QUIÉN SERÍA EL NEKO.
KATE, RESPONDEME. NECESITO SABER.
SBS ME FUI A HACER UN FANFIC ESTO ES TAN BUEN MATERIAL.
AHRE ME CALMO
y me calmé. ya, necesitamos tramas. me re emocionaste.

Mahu muchas gracias por el comentario He disfrutado mucho leyendo, es súper divertido
Lo siento, pero Silver es personaje de Steph y también tiene pareja Pero te daré momentos de Silah


Última edición por lovely rita. el Dom 20 Sep 2015, 5:37 am, editado 1 vez

wanheda.
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Re: The Selection.

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 4:38 am


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