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L I G H T H O U S E.

Mensaje por ácido. el Jue 13 Ago 2015, 2:09 pm

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lucy
;escritos que nunca voy a publicar



Última edición por ácido. el Lun 22 Ago 2016, 11:19 am, editado 3 veces
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freeverse.

Mensaje por ácido. el Lun 28 Dic 2015, 10:55 am

no escuches a los demás:

dicen que nunca lo lograremos // "Ese es el problema con Paul: es un poco raro. No le gusta admitir lo que no comprende." toto/paul
basado en schlussmacher. 

La tensión sexual se puede palpar con los dedos. Toto la siente y la respira.
Y es sofocante por que no sabe sí el hombre rubio y sin corazón a su lado puede sentirlo tanto como él.
De todos modos, Toto sabe que, incluso si sabe, no hablará de eso.
Ese es el problema con Paul: es un poco raro. No le gusta admitir lo que no comprende.
(Es ese tipo de hombre).
Así que se queda así. Flotara en el aire esperando ser notada hasta que alguno de los dos no aguante más y abra la puta ventana y luego,
luego se irá. Tal vez.
O tal vez no.
Pero, ¿a quién le importa? A Toto no. No, cállate, Toto. No te importa.
A Toto no le importan las miradas cómplices o las mentiras piadosas o las carcajadas honestas o cenas con mujeres mitad ballena o valijas con pasajes olvidados o rupturas y corazones rotos o cabello dorado o gente sin corazón o habitaciones de hotel o colonia y libros o plantas y suciedad o besos que nunca pasaron danzando en su imaginación --
((las memorias dejan una sensación de hormigueo en la punta de sus dedos y él puede sentir como se desvanece en un río de corazones rotos))
De todas formas, a él no le importa.
Por que es peligroso enamorarse del hombre que rompe corazones para ganarse la vida, el hombre que haría lo que sea para triunfar.
Pero Toto nunca se sintió así, ni siquera con Jackie - como si pudiese ir al fin del mundo con él y cuando la muerte venga a buscarle él se sentirá completo por qué Paul esta a su lado.
Y es raro.
Se mienten, se traicionan, se pelean -
Pero también se enseñan, se respetan, se escuchan, se disfrutan, se - se cambian.
Toto amaba el sentimiento de satisfacción, de estar completo, entero, que obtiene cuando habla de amor con Paul, la forma en la que sus ojos se pierden y su rostro muestra fascinación, como si el amor siempre fue negro antes de que él llegara a su vida.
P-pero
(Siempre hay un pero)
(Y no esta seguro como llenar los espacios vacíos)
Y esta cansado y molesto y de verdad necesita ese sueño de belleza, así que gira para mirar a Paul, quién no quita los ojos del volante, y le dice, con el sueño en la garganta: "Voy a dormir un poco."
Cuando el se duerme no ve la mirada de Paul, ojos llenos de algo más y una sonrisa que lee una palabra que esta demasiado asustado como para decirla.


Última edición por ácido. el Lun 22 Ago 2016, 11:37 am, editado 2 veces
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one shot.

Mensaje por ácido. el Vie 15 Ene 2016, 1:11 pm

I CAN'T SAVE US, MY ATLANTIS:
• Titulo: I CAN'T SAVE US, MY ATLANTIS.
• Autor: ácido. yo.
• Adaptación: no. los personajes están muy influenciados por jenny humphrey y nate archibald (gossip girl), pero no se trata de ellos particularmente.
• Género: romance, angst. general.
• Advertencias: nope. por lo menos no hasta que termine. (2038 palabras)
• Otras páginas: --. 

"Siempre fue Jenny.
Siempre fue Nate.
Nunca Jenny y Nate."
Desde pequeña, Jenny imaginaba que podía volar. Soñaba que sobrevolaba el océano, y extendía su mano, casi sintiendo el agua pura en la punta de sus dedos... Jenny se perdía en esos sueños. Siempre despertaba con los ojos llorosos, perdida; Hasta que sus fosas nasales eran golpeadas con el aroma de tocino fresco y el aliento de su padre contra sus mejillas anunciándole que llegaba tarde a la escuela y era completa y totalmente su culpa por haberse quedado mirando televisión hasta muy tarde.
Su infancia siempre fue tranquila, en comparación a la de otros en Jersey. Su padre no era traficante o un consumidor o algo digno de una historia trágica, sino que era un simple contador que se creía una estrella de rock por tener una guitarra en el sótano, decorada con una fina capa de polvo. Desafinada como ninguna, rayada y abandonada en el recuerdo de un hombre moribundo con un poco de talento.
"Perteneció a tu abuelo," explicaba con los ojos grandes, como si verla le trajera millones de momentos olvidados de golpe, "Tenía una banda." Y luego se quedaba callado.
Su madre trabajaba en una tienda vendiendo ropa de segunda mano, pero era feliz. Cada vez que la miraba, a Jenny, su semejanza, con su cabello rubio y sus libros en mano, sus vestidos rosas y sus grandes anteojos, una sonrisa danzaba en sus labios. No había nada como escuchar la puerta principal abriéndose a las cinco y ver a su madre entrando con sus zapatos altos y su personalidad que ocupaba toda una habitación.
Y Jenny creció feliz. Tal vez. Al menos hasta que su madre se fue.
Fue algo repentino. Un día despertó sin el aroma a tocino, y sin su padre sonriéndole al final de la cama, sino que se encontró con los gritos  de sus padres. Cuentas, no tengo tiempo para esto, te odio, no podemos pagar esos zapatos, podría comprarme veinte de ellos si trabajaras más duro y luego el ruido de algo cayéndo al suelo. Luego silencio. Luego un murmuro indignado, algo entre las líneas de no puedo creer que hayas hecho eso, y un portazo. Y un silencio fúnebre nuevamente. Lo único que Jenny podía oír era la respiración agitada de su padre.
La vida era más difícil sin su madre. Mil veces más difícil sin ella. Con sus trece años bien puestos encima, su sangre palpitando en sus venas, y sus lentes para leer bien ajustados, Jennifer Redding era de repente la única en su grande apartamento hasta las once, cuando su padre llegaba a casa, una lasaña friolenta esperándole en la mesa de la cocina, una nota de buenas noches en la misma y el silencio de un hogar vacío, a excepción de la respiración adormecida de su hija. La promesa de un volveré pronto se ahogó en el teléfono después del tercer mes y Jenny dejó de esperar cosas de la gente.
Sorpresivamente (O no), ninguno de los Reddings superó la escapada de la mujer de la casa. La mano de su padre brillaba al igual que el fantasma de la cachetada en la mejilla de su madre. La culpa lo mataba, lenta pero seguramente. Jenny pagaba el precio de vivir sin madre, de vivir sin consejos ni charlas ni sonrisas ni personalidades extraordinarias. Vivía una vida sin aventuras encerrada en su apartamento, en sus libros y en su wifi flojo.
La secundaría era una perra, de esas que ni siquiera tienen la piedad de clavarte un puñal en la espalda, sino que lo hacía directo en su pecho. El dolor que sentía cada vez que ponía un pie en la misma estaba consumiéndola - Jenny era invisible allí tanto como en su hogar. No había mirada en los pasillos, no había acusaciones, no había peleas ni insultos, no había amistades. No había nada.
La hacía sentirse peor de lo que alguna vez se sintió - si alguna vez hubiese sentido algo. Ni siquiera recordaba lo que era sentir. Había un vacío tan grande en su corazón que se la tragaba lentamente. La boca le sabía a metal y su garganta estaba seca con palabras que nunca se habían vociferado.
Nathaniel Hoodings era un chico en su clase que se dedicaba a ser perfecto. No hacía nada más porque no necesita hacer nada más. Sus padres le consiguieron un lugar en Cettour University, la universidad de leyes más prestigiada, y no necesitaba mucho más que eso. Sus calificaciones pasaban de Cs a Ds, y en un buen día una B-. No le mira dos veces cuando camina a su lado, y a Jenny no le interesa en lo más mínimo. Tal vez.
(Cuanto más tiempo pasa, cuanto más tiempo lo observa, siendo algo más que Nathaniel, sino siendo un poco más Nate en la escuela, con sus amigos o simplemente ayudándola de vez en cuando con sus libros sin que él lo note, más tiempo pasa escribiendo historias inspiradas en él, más tiempo pasa pensando en él. Más tiempo imaginando millones de vidas con él).
Y un día se acercó a ella, cuando la encontró ojeándolo, con su mirada concentrada en su pequeña figura tres años menor a él, con sus ojos azules que se asemejaban al Atlantis, "Aléjate de los de mi tipo," con su voz ronca y cansada, y en lugar de dar un paso adelante hacía ella, da tres pasos hacía atrás.
"Aprecio tu honestidad," murmura, y se mantiene fuera de su vida por un rato.
En la oscuridad de una clase, entre risas y papeles, se roban miradas de vez en cuando. En el momento que sus miradas de cruzan, Jenny mira hacia otra parte. Nathaniel no dice nada nunca, y el corazón le pesa tres toneladas en el pecho.
Pero Jenny sigue con su vida. Sus calificaciones están más altas que nunca y su casa cada vez se siente más lejana, como una memoria borrosa en un mar de recuerdos. Una noche, hace un emparedado de queso para su padre y se escabulle por la salida de emergencia hasta llegar a al parque que solía visitar de niña. Casi no hay nadie, a excepción de unos adolescentes besándose frente a un árbol. Le hace pensar.
El banco se siente frío y le dan ganas de vomitar cuando finalmente siente como alguien se sienta a su lado. Su aroma es demasiado familiar.
"Jenny Redding," murmura. Nate toma su mano y Jenny siente que vuela, vuela altísimo. Su mano comienza a sudar y quiere escapar de una vez, "¿Verdad?"
Jenny traga su propia saliva salada con fuerza y él asiente.
Rompe el silencio con la garganta caliente, "Nate Hoodings..." dice. Se siente un poco mareada, "¿Verdad?" No es como si no lo supiera, pero su nombre se desprende de sus labios con tanta suavidad que la hace querer repetirlo hasta nunca.
"... Si," responde simplemente. Jenny no entiende absolutamente nada, así que se levanta y se va. 
Cuando llega a casa su padre la espera con un cigarrillo en una mano y una mujer en otra. Quiere que le llame mamá. (Lo que su padre no comprende es que Jenny no necesita otra, necesita a la verdadera, la que se escapó de su vida lo más rápido que pudo, la que logró escabullirse de las garras de Jersey y sus problemas).
La vida sigue. Y con ella, Jenny comienza a despertar con el aroma a tocino golpeando a su puerta, su padre al final de la cama sonriéndole y una mujer a la que puede llamar su amiga preguntándole si quiere más jugo de naranja.
Nate Hoodings le persigue hasta en sus sueños, sus pesadillas. Le mira en los pasillos y ahora hay chicas que esta dispuestas a clavarle un cuchillo por estar robando su atención. Le sonríe en clases y esta determinado en sentarse junto a ella en química. Sus ojos color Atlantis, distantes pero seguros, le miran cada vez que puede.
Y entonces le regala un caramelo de miel. No es nada, pero Jenny lo saborea con todas sus fuerzas hasta que se transforma en nada. Por un momento, olvidó que odiaba la miel. (Jenny siente como sus mejillas se ruborizan, y siente que vuela una vez más. Cada vez se acerca más al océano, cada vez vuela más peligrosamente, cada vez siente el agua salada en su nariz. Lo detesta y lo ama al mismo tiempo, la adrenalina y el dulce sentimiento se mezclan en su boca y la misma le sabe a cobre por un tiempo).
Desde entonces son mejores amigos. Nate le cuenta todo sobre su vida, mi madre me odia, mi padre se odia si mismo, tomó más que un par de copas todas las noches, y un ocasional me siento perdido y no se que hacer. Y ella no sabe que hacer, por que siempre se imagino a Nathaniel Hoodings como el chico perfecto, el que vive el sueño. De esos que no necesitan nada por que ya lo tienen todo. 
Y Jenny contraataca con su historia, un mi padre trabaja muchísimo, mi madre se fue, me siento tan sola que quiero morir y un ocasional no se quien soy
Rápidamente se complementan, Jenny se da cuenta. Se hacen compañía. Ella le habla por teléfono cuando siente que quiere ahogarse en un poco de whisky y él le ayuda cuando siente que no puede más. ¿Quién lo veía venir? El chico perfecto estaba perdido y la chica invisible no sabía quién era. 
Era extraño.
Siempre fue Jenny.
Siempre fue Nate.
Nunca Jenny y Nate.
La gente observaba en los pasillos, cuando caminaban juntos. Sus amigos se habían dispersado y Jenny ya no era invisible. Eran Jenny y Nate. Y nunca le importó menos lo que la gente decía de ellos. Su sonrisa iluminaba veinte habitaciones y los ojos color Atlantis de Nate hacían que cada vez se acercara más al agua salada, un empujón más y ya podía saborearla...
Jenny estaba por ahogarse en un mar de corazones rotos.
No fue sorpresa cuando Quinn Santos la acorralo en el baño de mujeres y amenazo con cortarle la lengua si no se alejaba. Y Jenny no le culpaba - habían ojeras bajo sus ojos, bolsas más grandes que las de chanel que siempre cargaba, y estaba muy pálida. Estaba decayendo, y su reinado se venía abajo con ella.  
Luego Nate la acorrala en el salón de su mansión mientras miran El Resplandor y le dice, "¿Por qué no te alejaste?"
Jenny no tiene idea, "No tengo idea."
Y luego le roba el beso más apasionado que nunca tuvo. Sus labios van en sinfonía, sus mejillas ruborizadas y Jenny siente como lenta, pero seguramente, se ahoga en el océano y no respira. Sus respiraciones se entrelazan y es mágico por que Jenny le adora con todo su ser.
¿Por qué, exactamente? ¿Por qué, Jenny? ¿Por qué estás dispuesta a perderte a ti misma, a ahogarte por alguien que nunca le importaste hasta aquél caramelo? ¿Por qué no te alejaste de él, cómo te advirtieron?
Cuando terminan, piel contra piel en la habitación de Nate, respiraciones agitadas y nada más que placer en su boca, en su cuerpo, Nate le dice que la ama. Jenny lo besa con todo su ser por que lo ama tanto que le duele peso, y el corazón le pesa tres toneladas más.
Pero el día siguiente no esta en la escuela. Tampoco en su casa. Y durante una semana, Jenny llora contra su almohada. Cuando despierta esta manchada de rimel y huele a lágrimas. Su madrastra le abraza y su padre trabaja menos que nunca.
Un día esta en su puerta principal. Sus ojos Atlantis están perdidos, "Lo siento," le dice, la garganta seca y la voz ronca. La besa en los labios, y saben a lágrimas y recuerdos y Jenny le ama y le odia más que nunca. Se va. Dos meses después Jenny sueña de su Atlantis, de como su ciudad, su pequeño refugio, se hundió con un beso, con más amor de un lado que del otro. Jenny recuerda y recuerda pero nunca olvida.
(A veces, cuando no tiene nada que hacer, se escabulle a la salida de incendios, donde su madre solía plantar sus margaritas. Las arranca en seco, desprende sus pétalos y nombra cada uno de ellos por cada persona que lastimó, odió o amó. De alguna manera, el último pétalo siempre pertenece a Nate Hoodings).
La vida sigue.
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freeverse/drabble.

Mensaje por ácido. el Lun 22 Ago 2016, 11:16 am

si muero joven:

entiérrame junto a mi padre, por favor // "Y Will Graham a su lado, sangre en sus manos y en su mente, cortando su garganta tan profundo que Abby ve las estrellas."
Drabble sobre Abby Hobbs, Hannibal. Spoilers, por supuesto, aunque no tanto.

Cuando Abby era niña, en uno de sus largos viajes de pesca con la tranquilidad del lago y el aroma a cobre proveniente de pescados inocentes danzando en su cabeza, su padre le había enseñado algo: Sí quieres algo ve a por ello. No esperes a que el pez caiga en tu trampa, haz que lo haga.
Hannibal Lecter le había enseñado algo similar sin palabras - salvo que la única trampa era él, y ella era el no tan inocente animal.
Abigail le odiaba, no tanto, un poco, nada. Podía admitir que se odiaba más a ella misma que a su psicólogo. Podía admitir que aquel hombre le helaba la sangre, pero no más de la que se la helaba ella misma.
Will Graham, su héroe, su salvador, le amaba. Will Graham era igual a poder, desorden, sucumbir al bien solo por un rato, intentar, fallar, y volver a levantarse. Hannibal Lecter era igual a peligro, carne palpitante en manos, manipulación, sangre derramada y bebida de la boca de los mismos dioses - muerte poética, limpia.
Abigail no buscaba ninguna de esas cosas. No, ella buscaba paz, tranquilidad, silencio, pesca, cabañas. En lugar de eso obtuvo yugulares desangradas y muchachas de ojos claros, hermanas de distintos padres colgando desde la cabaña rústica de su padre con un cuerno traspasándoles el pecho, penetrando sus pulmones, desayunos de tocino que no saben a tocino, almohadones llenos de cabellos negros como la noche.
Y Will Graham a su lado, sangre en sus manos y en su mente, cortando su garganta tan profundo que Abby ve las estrellas. Ella le ama, un poco, demasiado, nada cuando la toma de la mano y la sube a una avión devuelta a Minnesota para alejarla de Hannibal e intentar salvarla.
En su ciudad le llaman bruja, asesina, caníbal. Pero nadie sabe que ella es el mismísimo diablo.
"Sabes, cuando era pequeña, mi padre..." Comienza, observando a Will Graham a su lado. El mismo la mira, con ojos grandes y claros como el agua, esperando, escuchando. Esta allí, para ella. Abigail Hobbs se calla.
Bah, a quien le importa lo que haya dicho un caníbal.

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Drabble.

Mensaje por ácido. el Miér 24 Ago 2016, 7:56 pm

el rey dorado, el menospreciado:

el dragón targaryen. //

Daenerys solía tener este inexplicable miedo a las tormentas que no la dejaba dormir por las más largas noches del invierno. En aquellas noches, Viserys le dejaba trepar hasta su cama, esconderse bajo sus sábanas junto a él y comenzaba a hablarle sobre los Siete Reinos, los dragones, historias que todo niño Real debía de saber, le decía con el pecho inflado de orgullo.
Eso era lo que la Khaleesi jozaba en recordar de su hermano. No al cobarde y estúpido que había sido en sus últimos años, sino en sus primeros pasos, su delicadeza, su comprensión, su dolor. Porque si había algo que ella y sus hermanos compartían era el dolor de una corona dorada colgando de la cabeza de su padre, una madre encerrada en las mazmorras y el constante miedo de seguir el camino del Rey Loco.
El deseo de Viserys, su único deseo, era portar la misma corona que su padre algún día. Y a pesar de que su hermano estuviera en el camino, decía poder sentir la sangre del dragón corriendo en sus venas, mezclándose con su sangre propia y humana. Un verdadero Targaryen. Y su hermana pequeña le observaba con ojos grandes, como si Viserys fuese inalcanzable, admirable, un verdadero rey.
"Cuando llegue a ser Rey, Dany," Relataba, y sus ojos decían más que mil palabras, "Todo cambiará," El Rey dorado, rogaba que le llamasen al jugar en roles, y Daenerys sabía que ese era su destino - O tal vez no, "Dime Dany, que siempre estarás a mi lado. Que siempre estarás junto a mí, sin importar qué."
Daenerys juro y juro por el resto de sus noches hasta que cumplió edad suficiente para darse cuenta de que habían cosas mucho peores que tormentas y relámpagos. Juro con su corazón y su carne sin saber que su propia promesa volvería para atormentarla.

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