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Cazadores de sombras - Página 2 Empty RE: CAZADORES DE SOMBRAS

Mensaje por StephRG14 el Jue 07 Mayo 2015, 5:47 pm

Capitulo 14; Como cenizas


Clary recobró la conciencia poco a poco, con la mareante sensación que recordaba de esa primera mañana en el Instituto, cuando había despertado sin ninguna idea de dónde estaba. Todo su cuerpo le dolía y su cabeza se sentía como si alguien le hubiera estrellado una barra de hierro. Ella estaba recostada de lado, con la cabeza apoyada en algo duro, y había un peso sobre los hombros. Echando un vistazo hacia abajo, vio una mano delgada, presionando protectoramente contra su esternón. Reconoció las marcas, las tenues cicatrices blancas, e incluso las venas azules a través de su antebrazo. El peso dentro de su pecho se alivió, y se sentó con cuidado, saliendo de debajo del brazo de Jace. Estaban en su dormitorio. Reconoció la increíble nitidez, la cama hecha con mucho cuidado, junto con sus esquinas de hospital. Aun no se había desarreglado. Jace estaba dormido, recostado contra la cabecera, todavía con la misma ropa que había usado la noche anterior. Hasta tenía sus zapatos puestos. Él, claramente, se había quedado dormido abrazándola, aunque ella no tenía ningún recuerdo de eso. Él seguía salpicado con la extraña sustancia plateada del club. Se movió un poco, como si presintiera que ella se había ido, y envolvió su brazo libre alrededor de sí mismo. No se veía lesionado o herido, pensó, simplemente agotado, sus largas pestañas dorado oscuro curvadas en el hueco de las sombras debajo de los ojos. Dormido parecía vulnerable- un pequeño niño. Él pudo haber sido su Jace. Pero no lo era.Recordó el club, sus manos en ella en la oscuridad, los cuerpos y la sangre. Su estomago se revolvió, y puso una mano sobre su boca, tragándose las nauseas. Se sintió asqueada por lo que recordaba, y por encima de su malestar había una exasperante punzada: La sensación de que olvidaba algo. Algo importante. - Clary... Se volteó. Los ojos de Jace estaban medio abiertos; la estaba viendo a través de las pestañas, el dorado de sus ojos ensombrecidos por el cansancio - ¿Por qué estás despierta?- preguntó él- Aún no amanece. Sus manos puestas en el enredo de mantas. - Ayer...- dijo Clary- los cuerpos... la sangre. - ¿La qué? - Eso fue lo que vi. - Yo no- Jace sacudió su cabeza. Droga de Hadas- dijo. - Tú sabías... - Tú sabías... - Parecía tan real. - Lo lamento- Jace cerró sus ojos-. Sólo quería divertirme. Se supone que te hace feliz. Te hace ver cosas bonitas. Pensé que podríamos divertirnos juntos. - Yo... vi sangre- dijo Clary- Y gente muerta, flotando en tanques. Jace sacudió su cabeza, sus pestañas. - Nada de eso fue real, Clary. - ¿Ni siquiera lo que pasó entre nosotros? Los ojos de Jace estaban cerrados, su pecho subiendo y bajando lentamente. Estaba dormido. Clary se puso de pie, sin mirar a Jace, y se dirigió al baño. Se quedó ahí, viéndose en el espejo, el adormecimiento se propagaba por sus huesos. Estaba cubierta de manchas plateadas. Le recordaba a una ve que una pluma metálica se había roto dentro de su mochila, arruinando todo su contenido. Una de las correas de su sujetador se había roto, probablemente porque Jace había tirado de él la noche anterior. Sus ojos estaban rodeados de franjas negras de rímel, y su piel y cabello estaban pegajosos y plateados. Sintiéndose débil y enferma, se quitó el vestido y la ropa interior, arrojándola al cesto de ropa sucia antes de meterse al agua caliente. Se lavó el cabello una y otra vez, tratando de sacar todas las manchas secas de plata. Era como tratar de lavar pintura de aceite. El olor permaneció ahí también, como el agua de un vaso después de las flores se han podrido, débil y dulce y echado a perder en su piel. Ninguna cantidad de jabón que parecía estar en su piel. Ninguna cantidad de jabón que parecía ser capaz de deshacerse de él. Finalmente convencida de que estaba tan limpia como era posible, se secó y se fue a la habitación principal para vestirse. Fue un alivio para volver a los pantalones y las botas y se puso un suéter de algodón cómodo. Fue entonces, mientras se ponía sus botas, que la sensación regresó, la sensación de que le faltaba algo. Se paralizó. Su anillo. El anillo dorado que le permitía hablar con Simon. No estaba. Lo buscó desesperadamente, excavando en el cesto de ropa sucia para ver si el anillo se había quedado atrapado en su vestido, luego buscando en cada centímetro del cuarto de Jace, mientras él dormía plácidamente. Revisó la alfombra, la ropa de cama, los cajones en la mesita de noche. El final, Clary se sentó, con el corazón golpeando su pecho, con una sensación de malestar en el estomago. El anillo había desaparecido. Perdido, en algún lugar, de alguna manera. Clary trató de recordar la última vez que lo había visto. Sin duda, el anillo había brillado en su mano, mientras cuando había aventado esa daga contra los demonios Elapidae. ¿Se le había caído en la tienda? ¿En la discoteca? Se clavó las uñas en los muslos hasta que la el dolor la hizo gritar.Enfócate, se dijo. Enfócate. Quizá el anillo se había caído de su dedo en algún otro lugar del apartamento. Probablemente Jace la había cargado por las escaleras, en algún momento. Era una pequeña posibilidad, pero cada oportunidad tenía que ser explorada. Ella se puso de pie y se fue haciendo el menor ruido posible por el pasillo. Se acercó a la habitación de Sebastian y vaciló. No podía imaginar por qué el anillo estaría ahí, y despertarlo sólo sería contraproducente. Se dio la vuelta y bajó las escaleras, caminando con cuidado para disfrazar el sonido de sus botas. Su mente estaba corriendo. Sin ninguna forma de contactar a Simon, ¿qué iba a hacer? Necesitaba contarle sobre la tienda de antigüedades, los Adamas. Debió haber hablado con él antes. Quería golpear la pared, pero se forzó a calmarse, a considerar sus opciones. Sebastian y Jace empezaban a confiar en ella, y si podía alejarse de ellos brevemente, en una calle concurrida de ciudad, podría usar un teléfono público para llamar a Simón. Podría entrar en un café Internet y enviarle un email. Ella sabía más sobre la tecnología mundana que ellos. Perder el anillo no significa que todo había terminado. Ella no se rendiría. Su mente estaba tan ocupada pensando en qué hacer a continuación que en un principio no vio a Sebastián. Afortunadamente, él estaba de espaldas a ella. Se puso de pie en la sala, mirando a la pared. Ya en la escalera, Clary se quedó inmóvil, luego se precipitó por el suelo y se aplastó contra la pared que separaba la cocina de la habitación más grande. No había ninguna razón para asustarse, se dijo. Ella vivía aquí. Si Sebastián la veía, ella podía decir que había bajado por un vaso de agua. Pero la oportunidad de observarlo sin que él lo supiera era demasiado tentadora. Volvió su cuerpo un poco, mirando sobre y alrededor de la cocina. Sebastián todavía estaba de espaldas a ella. Él había cambiado su Ropa desde la discoteca. La chaqueta militar se había ido; llevaba una camisa de botones y jeans. Cuando Sebastian se movió y su camisa se levantó, ella pudo ver que el cinturón para las armas estaba colgado alrededor de su cintura. Y cuando levantó su mano derecha, Clary vio que llevaba su estela, y había algo en la forma en que la sostenía, que sólo por un momento, pensándolo cuidadosamente, le recordó a la manera en que su madre sostenía un pincel. Ella cerró los ojos. Sintió el tirón dentro de su corazón cuando reconoció algo en Sebastián le recordaba a su madre o ella misma. Eso le recordó que, sin embargo, gran parte de su sangre era veneno, tal como era la misma sangre que corría por sus venas. Abrió los ojos otra vez, a tiempo para ver una puerta frente a Sebastián. Tomó una bufanda que colgaba de un gancho en la pared, y salió a la oscuridad. Clary tenía una fracción de segundo para decidir. Quedarse y buscar en las habitaciones, o seguir a Sebastián y ver a dónde iba. Sus pies se tomaron la decisión antes de que su mente lo hiciera. Corriendo lejos de la pared, Clary se lanzó a través de la abertura oscura de la puerta momentos antes de que se cerrara tras ella. La habitación en la que Luke dormía, estaba iluminada sólo por el resplandor de las farolas, que entraba a través de las ventanas. Jocelyn sabía que podía haber pedido una luz, pero ella lo prefería así. La oscuridad escondía lo extenso de sus heridas, la palidez de su rostro, las medias lunas por debajo de los ojos. De hecho, en la penumbra se veía muy parecido al chico que ella había conocido en Idris antes de que el Círculo se formara. Ella lo recordaba en el patio de la escuela, delgado y de cabello castaño, con ojos azules y manos nerviosas. Él había sido el mejor amigo de Valentine, y por eso, en realidad, nunca nadie lo veía a él.Recordó el día de su boda con Valentine, el sol brillante y claro a través del techo de cristal de la Sala de los Acuerdos. Ella tenía diecinueve años y Valentine veinte, y recordaba cuán infelices se habían mostrado sus padres de que ella hubiera elegido para casarse tan joven. Su desaprobación le había parecido insignificante- ellos no lo comprendían-. Ella había estado tan segura de que no habría nadie para ella más que Valentine. Luke había sido su padrino. Recordó su cara mientras ella caminaba por el pasillo, lo había mirado sólo brevemente antes de volver toda su atención hacia Valentine. Ella recordaba haber pensado que él no debió haber estado bien, que parecía como si estuviera sufriendo. Y más tarde, en la Plaza del Ángel, mientras los invitados se arremolinaban- la mayor parte de los miembros del Círculo estaban allí, desde Maryse y Robert Lightwood, ya casados, al apenas quinceañero Jeremy Pontmercy- y se paró con Luke y Valentine, alguien hizo la vieja broma acerca de cómo, si el novio no se hubiera presentado, la novia habría tenido que casarse con el padrino. Luke había estado usando trajes de noche, con las runas de oro para la buena suerte en el matrimonio de ellos, y se había visto muy atractivo, pero mientras todos los demás se habían reído, él se había quedado totalmente blanco. Realmente tiene que odiar la idea de casarse conmigo, ella había pensado. Recordaba haber tocado su hombro, con una sonrisa. "No me mires así", se había burlado, "sé que nos conocemos desde siempre, ¡pero te prometo que nunca tendrás que casarte conmigo!" Y luego Amatis había llegado, arrastrando a un risueño Stephen con ella, y Jocelyn había olvidado por completo a Luke, la forma en que la había mirado- y la forma extraña en que Valentine lo había mirado a él. Echó un vistazo a Luke ahora. Sus ojos estaban abiertos, por primera vez en días, y se fijaban en ella. - Luke- susurró. Él se veía perplejo. - ¿Cuánto...? ¿Cuánto tiempo he estado dormido? Quería arrojarse sobre él, pero el grosor de las vendas, aún envueltas alrededor de su pecho, la detuvo. En su lugar, cogió su mano y la puso contra su mejilla, sus dedos entrelazados con los suyos. Cerró sus los ojos, y sintió las lágrimas caer por debajo de sus párpados. - Como tres días. - Jocelyn- dijo Luke, sonando verdaderamente alarmado ahora-, ¿por qué estamos en la estación? ¿Dónde está Clary? En serio no puedo recordarlo... Jocelyn bajó sus manos entrelazadas y, con una voz tan calmada como pudo, le dijo lo que había sucedido -sobre Sebastian y Jace, y el metal demoníaco incrustado en su costado, y lo de la ayuda del Pretor Lupus. - Clary- dijo de inmediato, cuando ella había terminado. Tenemos que ir tras ellaSacando la mano de la suya, comenzó a luchar para poder sentarse. Incluso con esa tenue luz, Jocelyn podía ver la palidez de Luke profundizarse en cuento él hizo una mueca de dolor. - Eso no es posible. Luke, vuelve a acostarte, por favor. ¿No crees que si hubiera alguna manera de ir tras ella, no lo habría intentado ya? Pasó las piernas por el lado de la cama, sentándose, y luego, con un grito ahogado, se echó hacia atrás. Se veía horrible. - Pero es peligroso... - ¿Crees que no he pensado en que es peligroso? Jocelyn se puso las manos sobre sus hombros y lo empujó suavemente hacia atrás sobre las almohadas. - Simón ha estado en contacto conmigo todas las noches. Ella está bien. Lo está. Y tú no estás en forma para hacer algo al respecto. Matarte, no la ayudará. Por favor, confía en mí, Luke. - Jocelyn, no puedo sólo quedarme aquí. - Sí puedes- dijo ella, parándose- y lo harás. Aunque tenga que sentarme sobre ti. ¿Qué rayos sucede contigo, Lucian? ¿Acaso perdiste la cabeza? Temo por Clary, y temo por ti también. Por favor no hagas esto... no me hagas esto. Si algo te pasara... Él la miró con sorpresa. Ya había una mancha roja en las vendas blancas que envolvían su pecho, donde sus movimientos habían abierto su herida. - Yo ... - ¿Qué?- Yo... no estoy acostumbrado a que me ames- dijo Luke. Había una dulzura de sus palabras que Jocelyn no asociaba con Luke, y ella lo miró por un momento antes de decir: - Luke. Recuéstate, por favor. Como una especie de compromiso, se recargó más en las almohadas. Respiraba con dificultad. Jocelyn se lanzó a la mesilla de noche, le sirvió un vaso de agua, y, al regresar, lo puso en su mano. - Bébelo- dijo-. Por favor. Luke tomó el vaso, sus ojos azules siguiéndola mientras ella se sentaba otra vez en la silla junto a su cama, de la que apenas se había movido por tantas horas, que le sorprendía que ella y la silla no se hubieran convertido en uno ya. - ¿Sabes en qué estaba pensando?– preguntó Jocelyn- Justo antes de que despertaras. Luke tomó un sorbo de agua. - Te veías muy, muy lejos. - Estaba pensando en el día de mi boda con Valentine. Luke bajó el vaso. - El peor día de mi vida. - ¿Peor que el día en que te mordieron? - Aún peor. - Yo no sabía- dijo ella-. Yo no sabía cómo te sentías. Desearía haberlo sabido. Creo que las cosas habrían sido diferentes. Él la miró con incredulidad. - ¿Diferentes cómo? - No me habría casado con Valentine- dijo. No si hubiera sabido. - Tú... - No lo habría hecho- dijo bruscamente. Era demasiado estúpida para darme cuenta de cómo te sentías y también era demasiado estúpida para saber lo que yo sentía. Siempre te he amado. Aun cuando yo no lo sabía. Se inclinó hacia delante y lo besó suavemente, sin querer hacerle daño, después puso su mejilla contra la de él. - Prométeme que no te pondrás en peligro. Promételo. Ella sintió su mano libre en el pelo. - Te lo prometo. Ella se echó hacia atrás, en parte satisfecha. - Me gustaría poder retroceder el tiempo. Arreglar todo. Casarme con la persona correcta. - Pero entonces no tendríamos a Clary- le recordó. Le encantaba la forma en que dijo "nosotros", con tanta indiferencia, como si no hubiera duda alguna en su mente, de que Clary era su hija. - Si hubieras estado ahí cuando ella estaba creciendo...- Jocelyn suspiró. Siento que lo hice todo mal. Estaba tan concentrada en protegerla, que creo que la protegí demasiado. Ella se precipita tanto al peligro, sin siquiera pensarlo. Cuando nosotros éramos pequeños, veíamos a nuestros amigos morir en batalla. Ella nunca lo ha hecho. Y yo no querría eso para ella, pero a veces me preocupa que ella no cree que pueda morir. - Jocelyn- la voz de Luke era suave- la criaste para ser una buena persona. Alguien con valores, que cree en el bien y el mal y que se esfuerza por ser buena. Como tú siempre has sido. No puedes criar a un niño para ser completamente lo opuesto a lo que eres tú. No creo que ella no piense en que puede morir. Creo, tal como tú siempre los has hecho, que ella sabe que hay cosas por las que vale la pena morir. Clary siguió a Sebastian a través de una red de estrechas calles, quedándose en las sombras, cerca de los edificios. Ya no estaban en Praga -esa parte quedaba clara de inmediato. Las calles estaban a oscuras, el cielo era del azul de muy temprano en la mañana, y los letreros colgados por encima de las tiendas y grandes almacenes por los que pasaba estaban todos en francés. Tanto como los señalamientos de la calle: Rue de la Seine, Rue Jacob, Rue de L‟abbaye.. A medida que avanzaban por la ciudad, la gente pasaba a su lado como fantasmas. De vez en cuando un coche retumbaba, camiones paraban en las tiendas, haciendo sus entregas matutinas. El aire olía a agua de río y la basura. Ya estaba bastante segura de donde estaban, pero luego un giro y un callejón Los llevó a una gran avenida, y una señal se alzaba de la oscuridad brumosa. Las flechas señalaban diferentes direcciones, mostrando el camino a la Bastilla, a Notre Dame y el Barrio Latino. París, Clary pensó, deslizándose detrás de un coche aparcado mientras Sebastian cruzaba la calle. Estamos en París. Era irónico. Ella siempre había querido ir a París con alguien que conociera la ciudad. Siempre había querido a caminar por sus calles, para ver el río, pintar los edificios. Nunca había imaginado esto.Nunca imaginó perseguir a Sebastian, a través del Boulevard Saint Germain, más allá de una oficina de correos amarillo brillante, hasta una avenida donde los bares estaban cerrados, pero las alcantarillas estaban llenas de botellas de cerveza y colillas de cigarrillos, y por una calle estrecha llena de casas. Sebastian se frente a uno, y Clary se congeló, pegándose a la pared. Observó cómo Sebastian levantó una mano y puso un código en un cuadro situado junto a la puerta, con los ojos siguiendo el movimiento de sus dedos. Se oyó un chasquido, la puerta se abrió y se deslizó dentro. En el momento en que cerró, ella se lanzó tras él, haciendo una pausa para introducir el mismo código -X235- a la espera de escuchar el sonido suave que significaba que la puerta ya no estaba cerrada. Cuando el sonido llegó, ella no estaba segura de si estaba aliviada o sorprendida. No debería ser así de fácil. Un momento después, estaba de pie en el interior de un patio. Era cuadrangular, rodeada por todos lados por edificios de aspecto corriente. Tres escaleras eran visibles a través de puertas abiertas. Sebastian, sin embargo, había desaparecido. Así que no iba a ser tan fácil. Se adentró en el patio, consciente de que estaba abandonando su refugio en las sombras, saliendo directo a donde podía ser vista. El cielo aclaraba más a cada momento. Saber que era visible el escocía el dorso del cuello. Clary escondió a la sombra de la primera escalera que encontró. El lugar no era nada fuera de lo común, con escaleras de madera que llevan arriba y abajo, y un espejo barato en la pared en la que ella podía ver su propio rostro pálido. Había el olor característico de la basura en descomposición, y se preguntó por un momento si se encontraban cerca de donde los contenedores de basura se almacenaban, antes de que su cansada mente hizo clic y se dio cuenta: El hedor significaba la presencia de los demonios. Sus músculos cansados empezaron a temblar, pero ella apretó sus manos en puños. Dolorosamente consciente de su la falta de armamento. Ella tomó una respiración profunda del apestoso aire y comenzó su camino por las escaleras. Mientras baja las escaleras, el olor se hizo más fuerte y el aire más oscuro, y deseó tener una estela y una runa de visión nocturna. Pero no había nada que hacer al respecto. Siguió su camino, la escalera curvándose más y más, y ella agradeció un poco por la falta de iluminación cuando se paró en algo pegajoso. Se agarró de la barandilla y trató de respirar por la boca. La oscuridad se espesó, hasta que se encontró caminando a ciegas, con el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que debía estar anunciando su presencia. Las calles de París, el mundo ordinario, parecía a eones de distancia. Estaban solos la oscuridad y ella misma, bajando y bajando y bajando. Y entonces la luz se encendió en la distancia, un diminuto punto, al igual que La punta de un cerrillo al estallar en llamas. Ella se acercó más al barandal, casi en cuclillas, mientras la luz crecía. Podía ver su propia mano ahora, y el rastro de los pasos detrás de ella. Sólo había unos cuantos más. Llegó a la parte inferior de las escaleras y miró a su alrededor. Cualquier parecido a un edificio de apartamentos ordinario se había ido. En algún momento, las escaleras de madera se había convertido en piedra, y Clary se encontraba ahora en un pequeño cuarto con paredes de piedra iluminado por una antorcha que despedía un enferma luz verdosa. El suelo era de roca, lisa y pulida, y tallado con múltiples símbolos extraños. Ella los rodeó y cruzó la habitación hacía la salida única, que era un arco de piedra curvada, en el ápice de la cual había un cráneo humano entre la V de dos enormes hachas cruzadas. Clary podía oír voces a través del arco. Aunque demasiado lejanas para que ella pudiera oír lo que estaban diciendo, pero eran voces, no obstante. Parecían decir: SÍGUENOS. Ella se quedó mirando el cráneo, y sus ojos vacíos la miraban burlones. Se preguntó dónde estaba, si París seguía encima de ella o si ella había entrado en otro mundo por completo, del mismo modo en que uno entra a la Ciudad Silenciosa. Pensó en Jace, a quien había dejado dormido en lo que ahora parecía otra vida. Ella estaba haciendo esto por él, se recordó. Para recuperarlo. Ella caminó a través del arco, por el corredor más allá, pegándose por instinto a la pared.Sin hacer ruido siguió caminando, las voces sonaban cada vez más y más fuertes. Estaba oscuro en la sala, pero no completamente sin luz. Cada pocos metros otra antorcha verde resplandecía, despidiendo un olor a quemado. Una puerta se abrió de repente en la pared a su izquierda, y las voces se hicieron más fuertes - ... No como su padre- dijo uno, las palabras tan ásperas como lijas- Valentine no tendrá nada que ver con nosotros. Él nos convertiría a todos en esclavos. Éste nos dará este mundo. Muy lentamente Clary miró a la puerta. La habitación estaba vacía, paredes lisas, y sin ningún tipo de muebles. Y en su interior había un grupo de demonios. Parecían lagartos, con la pura piel verde-marrón, pero cada uno tenía un conjunto de seis patas parecidas a tentáculos, que hacían ruidos secos, cuando se movían. Sus cabezas eras grandes, alienígenas, con grandes ojos negros. Clary tragó bilis. Recordó al rapiñador. Que había sido uno de los primeros demonios que había visto. Algo en la grotesca combinación de lagarto, insecto y alien revolvió su estómago. Se apretó más a la pared, escuchando: - Es decir, si tú confías en él- fue difícil decir cuál de ellos estaba hablando. Sus piernas se abrían y cerraban al moverse, subiendo y bajando sus cuerpos bulbosos. No parecían tener la boca, sino grupos de pequeños tentáculos que vibraban al hablaban. - La Gran Madre confiaba en él. Es su hijo Sebastian. Por supuesto que estaban hablando de Sebastian. - También es un nephilim. Ellos son nuestros grandes enemigos. - Ellos son sus enemigos también. Él lleva la sangre de Lilith. - Pero el único al que él llama “compañero” lleva la sangre de nuestros enemigos. Es uno de los ángeles. La palabra fue escupida con tanto odio que Clary lo sintió como una bofetada. - El hijo de Lilith nos asegura que lo tiene bajo control, y de hecho parece obedecerlo. Una risa seca, insectil. - Ustedes, los jóvenes están demasiado consumidos por la preocupación. Los nefilim han mantenido este mundo sin nosotros por mucho tiempo. Sus riquezas son grandes. Beberemos de este mundo hasta dejarlo en cenizas. Y para el chico ángel, él será el último de su especie a morir. Lo quemaremos hasta que no sea más que huesos dorados. La rabia aumentó en Clary. Contuvo la respiración -un pequeño sonido, pero un sonido al fin y al cabo. El demonio más cercano a ella levantó la cabeza de un tirón. Por un momento, Clary se quedó inmóvil, atrapado en la mirada de sus ojos negros. Luego se volvió y echó a correr. Corrió, de vuelta hacia la entrada y las escaleras y su camino hasta la oscuridad. Podía oír conmoción detrás de ella, las criaturas gritando, y luego el deslizarse, el ruido ellos arrastrándose tras ella. Echó un vistazo por encima de su hombro y se dio cuenta que no iba a lograrlo. A pesar de su ventaja, estaban casi sobre ella. Oía su propia respiración áspera, dentro y fuera., al llegar al arco, giró y saltó para atraparlo con sus manos. Se balanceó hacia delante con todas sus fuerzas, sus botas alcanzando al primer demonio, golpeándolo hacía atrás mientras gritaba fuertemente. Aún colgando, agarró el mango de una de las hachas arriba del cráneo y dio un tirón.No se movió. Cerró los ojos, apretó con más fuerza, y con toda su La fuerza, tiró. El hacha se apartó de la pared con un desgarrador sonido, mostrando rocas y cemento. Desequilibrada, Clary cayó, y aterrizó en cuclillas, el hacha acabo delante de ella. Fue fuerte, pero ella apenas lo sintió. Estaba ocurriendo otra vez, lo que había sucedido en la tienda. La ralentización del tiempo, el aumento de la intensidad de la sensación. Podía sentir cada susurro del aire sobre su piel, todas las irregularidades del suelo bajo sus pies. Se preparó a sí misma mientras el primero de los demonios se escabullía a través de la puerta y se echó hacia atrás como una tarántula, con sus piernas pateando el aire por encima de ella. Por debajo de los tentáculos de su la cara eran un par de colmillos largos, chorreando. El hacha en la mano parecía balancearse hacia adelante por sí mismo, hundiéndose profundamente en el pecho de la criatura. Inmediatamente recordó a Jace diciéndole que nunca fuera por la herida en el pecho, si no por la decapitación. No todos los demonios tenía el corazón. Pero en este caso tuvo suerte. Ella había golpeado ya sea el corazón o algún otro órgano vital. Lacriatura goleó y chilló, la sangre brotaba alrededor del la herida, y luego desapareció, dejándola dar un paso atrás, con su arma lleva de icor en la mano. La sangre de demonio era negra y maloliente, como el alquitrán. Cuando el siguiente se abalanzó sobre ella, ella se agachó, balanceando el hacha y cortando varios de sus brazos. Aullando, se volteó hacia los lados como una silla rota; el siguiente demonio ya estaba pisoteando su cuerpo, tratando de llegar a ella. Se volvió una vez más, enterrando el hacha en el rostro de la criatura. Rociando icor, la obligó a presionarse contra la escalera. Si uno de ellos se había puesto detrás de ella, estaba muerta. Enloquecido, el demonio, cuyo rostro se había se había abierto, se sacudió a su vez, ella lo golpeó con su hacha, cortando una más de sus piernas, pero otra pierna se envolvió alrededor de su muñeca. La agonía se disparó por su brazo. Ella gritó y trató de retirar su mano, pero el agarre del demonio era demasiado fuerte. Se sentía como si miles de agujas calientes hubieran sido puñaladas en su piel. Todavía gritando, ella movió el brazo izquierdo, golpeando su puño la cara de la criatura, donde el hacha ya lo había cortado. El demonio soltó un silbido y soltó a Clary de su agarre; ella arrancó la mano libre al mismo tiempo que el demonio se echaba hacia atrásY de la nada, una segunda de la nada una hoja brillante se precipitó hacia abajo, enterrándose en el cráneo del demonio. Mientras miraba, el demonio se desvaneció, y vio a su hermano, con un cuchillo serafín en la mano, su camisa blanca salpicada de icor. Detrás de él, la habitación estaba vacía salvo por el cuerpo de uno de los demonios, todavía nervioso, pero con el líquido negro brotando de sus piernas cortadas al igual que aceite saliendo de un coche destrozado. Sebastián. Ella lo miró con asombro. ¿Acababa de salvar su vida? - Aléjate de mí, Sebastian- susurró ella. Él no parecía escucharla. - Tu brazo. Ella miró su muñeca derecha, sigue palpitando en agonía. Una gruesa banda de heridas rodearon ahí el brazo del demonio se había fijado a su piel. Las heridas fueron oscureciendo, tornándose de un enfermizo color negro azulado. Ella volvió a mirar a su hermano. Su pelo blanco parecía un halo en la oscuridad. O podría haber sido el hecho de que su visión estaba fallando. La luz también parecía un halo alrededor de la antorcha verde en la pared, y alrededor del cuchillo serafín en la mano de Sebastián. Él estaba hablando, pero sus palabras fueron borrosas, confusa, como si estuviera hablando bajo el agua. - ... veneno mortal- decía- ¿En qué diablos estabas pensando, Clarissa...?Su voz se desvaneció y apareció de nuevo. Ella luchó por concentrarse - ... para luchar contra seis demonios Dahak sólo con un hacha. "Veneno", repitió, y por un momento su rostro quedó claro una vez más, las líneas de tensión alrededor de la boca y los ojos pronunciados y sorprendentes. - Supongo que no me salvaste la vida después de todo, ¿verdad? La mano comenzó a temblar, y el hacha se deslizó fuera de su control, golpeando estrepitosamente el suelo. Sintió que su suéter golpeaba la pared rugosa cuando comenzó a deslizarse hacia abajo que, queriendo nada más que tumbarse en el suelo. Pero Sebastián no la dejó descansar. Sus brazos estaban debajo de los de ella, levantándola, y luego cargándola, su brazo sano colgado alrededor de su cuello. Ella quería alejarse de él, pero toda su energía la había abandonado. Sintió un dolor punzante al lado del codo: una quemadura, el toque de una estela. El entumecimiento se extendió a través de sus venas. Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue el rostro del cráneo en el arco. Podría haber jurado que los huecos de sus ojos estaban llenos de risa.
StephRG14
StephRG14


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Cazadores de sombras - Página 2 Empty RE: CAZADORES DE SOMBRAS

Mensaje por StephRG14 el Jue 07 Mayo 2015, 5:51 pm

Capitulo 15; Magdalena


Las náuseas y el dolor iban y venían en remolinos cada vez más estrictos. Clary sólo podía ver una mancha de colores a su alrededor: ella era consciente de que su hermano la cargaba, cada uno de sus pasos eran como el golpe de un picahielos en su cabeza. Ella era consciente de que se aferraba a él y a la fuerza de sus brazos como un consuelo - y era extraño que nada de Sebastian fuera confortante, y parecía que estaba teniendo cuidado en no golpearla mientras andaba. De forma distante, ella sabía que estaba sin aliento, y que su hermano decía su nombre. Cuando todo se quedó en silencio. Por un momento ella pensó que todo se había terminado: ella había muerto, muerto en la lucha contra los demonios, como mueren los Cazadores de Sombras. Entonces sintió otra quemazón en el brazo, y sintió como lo que ella sentía como hielo se introducía por sus venas. Ella cerró los ojos contra el dolor, pero todo lo que Sebastian le había hecho era como un vaso de agua derramado sobre su cara. Despacio, el mundo dejó de girar, los remolinos de las náuseas y el dolor disminuyeron hasta quedar sólo simples olas por sus venas. Ella podía respirar otra vez. Con un suspiro, abrió los ojos. El cielo azul. Ella estaba tumbada de espaldas, mirando el cielo eternamente azul, tocando las nubes de algodón, como el cielo pintado en la enfermería del Instituto. Ella extendió sus doloridos brazos. En su izquierda tenía las marcas de las lesiones del brazalete,aunque fueron desapareciendo con un color rosado. En el brazo izquierdo tenía un iratze, palideciendo de forma invisible, i en el interior de su codo tenía un mendelin para el dolor. Ella respiró profundamente. El aire de otoño, teñido con el olor de las hojas. Ella podía ver las copas de los árboles, oír el murmullo de los coches, y - Sebastian. Oyó una risita y se dio cuenta que ella no estaba acostada, que se estaba mintiendo, estaba apoyada contra su hermano. El resto de ella se extendía a lo largo de un banco de madera ligeramente húmedo. Ella se irguió. Sebastian rió de nuevo; estaba sentado al final de un banco del parque con brazos de hierro elaboradas. Su pañuelo estaba doblado en su regazo, donde ella había estado acostada, y su brazo no había sostenido su cabeza, estaba a lo largo de la parte posterior del banco. Él se había desabrochado su camisa blanca para así ocultar las manchas de licor. Debajo llevaba una camiseta normal gris. La pulsera de plata brillaba en su muñeca. Sus ojos negros estudiaban como ella se deslizaba tan lejos de él como podía en el banco. “Suerte que eres bajita,” dijo él. “Si tú fueras algo más alta, traerte habría sido algo muy incómodo.” Ella mantuvo su voz firme, con esfuerzo. “¿Dónde estamos?” “ El Jardín de Luxemburgo,” dijo él. “El Jardín de Luxemburgo. Es un parque muy bonito. Tenía que llevarte a algún lado donde te pudieses acostar, y en medio de la calle no me parecía una buena idea..” “Sí, hay una palabra para cuando dejas a alguien muerto en medio de la calle. Homicidio Involuntario.” "Esas son dos palabras, y yo creo que solo es homicidio involuntario, técnicamente, cuando tú no te das cuenta" Él se frotó las manos, como si así fuera a entrar en calor. “Igualmente, porque iba a dejarte morir en medio de la calle, después de todo el esfuerzo que he hecho para mantenerte con vida?" Ella tragó saliva, y miró su brazo. Las heridas se iban desvaneciendo. Sí ella no lo hubiera mirado, seguramente no se habría dado cuenta. “¿Por qué lo hiciste?" “¿Por qué he hecho qué?” “Salvarme.” “Tú eres mi hermana.” Tragó saliva. Con las luces de la mañana su rostro tenía algo de color. Había quemaduras leves a lo largo de su cuello, donde el icor de demonio le había alcanzado. “Antes nunca te ha preocupado que fuera tu hermana.” “¿No lo hizo?” Sus negros ojos se movieron arriba y abajo. Ella recordó cuando Jace la había entrado a la casa cuando luchó contra el demonio Ravener y se estaba muriendo por el veneno. Él la había curado al igual que Sebastián, y lo llevó a cabo de la misma manera. Tal vez eran más parecidos de lo que ella siempre había querido pensar, incluso antes de que el hechizo que les había unido. “Nuestro padre está muerto” dijo él. “No tenemos otros parientes. Tu y yo, somos los últimos. Los últimos Morgensterns. Tú eres mi única opción, la misma sangre corre por nuestras venas. Alguien como yo. “ “Tú sabías que yo te estaba siguiendo” dijo ella. “Por supuesto que lo sabía” “Y me dejaste.” “Quería ver lo que hicieras. Y tengo que admitir que no creía que me siguieras hasta ahí. Eres más valiente de lo que creía.” Cogió el pañuelo de su regazo y se lo llevó al cuello. El parque empezaba a llenarse, turistas con mapa en mano, padres con sus hijos de la mano, abuelos sentados en bancos como donde ellos estaban, fumando pipa. “Nunca habrías ganado esa lucha.” “Quizá sí.” Él sonrió, una sonrisa rápida, como si no hubiera podido evitarlo. “Quizá”Ella pasó sus botas en el césped, aún estaba húmedo por el rocío. Ella no podía darle las gracias a Sebastian. No por nada. “¿Por qué tratar con demonios? Exigió ella. “Les oí hablando de tí. Se lo que estás haciendo -” “No, no lo sabes.” La sonrisa había desaparecido, el tono de superioridad había vuelto. “Primero, esos no eran los demonios con los que estaba tratando. Esos eran sus guardias. Es por eso que estaban en una habitación aparte y porque yo no estaba ahí. Los demonios Dahak no son muy inteligentes, a pesar de que son promedios y resistentes para la defensa. Por lo tanto no es como si estuvieras informada de lo que estaba pasando. Ellos solo repetían lo que le debieron oír a alguno de sus maestros. Demonios mayores. Con ellos era con los que estaba reunido." “¿Y se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor? Se inclinó hacia ella a través del banco. "Yo no estoy tratando de hacer que te sientas mejor. Estoy tratando de decirte la verdad. " "No es de extrañar que parezca que estás teniendo un ataque de alergia", dijo ella, aunque no era exactamente cierto. Sebastián la miró molestamente tranquilo, aunque el conjunto de la mandíbula y el pulso en la sien le decían que no estaba tan tranquilo como él pretendía."El Dahak dijo que ibas a dar este mundo a los demonios." “¿Eso suena como algo que me gustaría hacer? Ella se limitó a mirarlo."Pensé que habías dicho que ibas a darme una oportunidad", dijo. "Yo no soy quién era yo cuando me conociste en Alicante". Su mirada era clara. "Además, yo no soy el único que hayas conocido que creía en Valentine. Él era mi padre. Nuestro padre. No es fácil poner en duda las cosas con las que has crecido creyendo. Clary cruzó los brazos sobre el pecho, el aire era fresco pero frío, con un toque de presión invernal en el mismo. "Bueno, eso es cierto." “Valentine estaba equivocado,” dijo él. “ El estaba obsesionado con los errores que él creía que la Clave había cometido que no era capaz de ver más allá de eso. El quería que el Ángel se alzara y les dijera que él era Jonathan Cazador de Sombras, que había vuelto, que era su líder, y su camino era el correcto. “No sucedió así exactamente.” “Yo sé que pasó. Lilith me lo contó.” Lo dijo con brusquedad, como si las conversaciones con la madre de todos los brujos eran algo que todos tenían de vez en cuando. "No te engañes pensando que lo que ocurrió fue debido a que el Ángel tiene una gran compasión, Clary. Los ángeles son tan fríos como carámbanos. Raziel se enfadó porque Valentine había olvidado de la misión de todos los Cazadores de Sombras ". “¿Cuál es?” “Matar demonios. Ese es nuestro mandato. Seguramente habrás oído que los demonios cada vez son más en nuestro mundo en los últimos años, no? Que no sabemos cómo mantenerlos fuera?"Un eco de las palabras volvió a ella, algo que Jace le había dicho lo que le pareció toda una vida atrás, la primera vez que había visitado la ciudad Silenciosa. Puede ser que seamos capaces de bloquear el que vengan, pero nunca nadie ha sido capaz de encontrar la manera de hacer eso. De hecho, cada vez más de ellos están llegando. Antes había solo pequeñas invasiones, fáciles de contener. Sin embargo, incluso en mi vida cada vez más y más de ellos se han extendido a través de los barrios. La Clave está enviando siempre Cazadores de Sombras, pero muchas veces no vuelven. “Una gran guerra con los demonios está por llegar, y la Clave no está preparada,” dijo Sebastian. “Mi padre tenía razón en gran parte. Ellos están muy establecidos en sus formas de oír las advertencias o cambiar. No deseo la destrucción de Subterráneos como Valentine hizo, pero me preocupo de que la ceguera de la Clave de condenará a este mundo que protege los Cazadores de Sombras". "¿Quieres hacerme creer que te importa si este mundo es destruido?" "Bueno, yo vivo aquí", dijo Sebastián, más suave de lo que hubiera esperado. "Y a veces las situaciones extremas requieren medidas extremas. Para destruir al enemigo que es necesario entenderlo, incluso para tratar con él. Si puedo hacer que los demonios mayores confíen en mí, entonces yo les puede inducir aquí, donde pueden ser destruidos, y sus seguidores también. Eso debería hacer retroceder la marea. Los demonios saben que este mundo no es tan presa fácil como ellos habían imaginado. " Clary negó con la cabeza. "Y vamos a hacer esto con que, contigo y Jace? Eres bastante impresionante, no me malinterpreten, pero incluso los dos- " Él la miró, el viento hacía que le cayera el pelo blanco en su cara. "Ven conmigo. Quiero mostrarte algo. " Ella dudó. "Jace-" "Está todavía dormido. Confía en mí, lo sé. "Le tendió la mano. "Ven conmigo, Clary. Si no puedo hacerte creer que tengo un plan, tal vez yo puedo demostrártelo. " Ella le miró fijamente. Imágenes se agolpaban en su mente como si cayera confeti: la tienda de chatarra en Praga, su anillo de oro cayendo en la oscuridad, Jace sujetándola en la alcoba del bar, los tanques de cristal de los cadáveres. Sebastian con un cuchillo serafín en la mano. Demostrárselo. Ella le cogió de las manos y que las llevara a sus pies._________ Se decidió, no sin una gran cantidad de discusiones, que para la convocatoria de Raziel, el Team Buenos tenía que encontrar un lugar lo suficientemente aislado. “No podemos invocar a un Ángel de sesenta pies en medio de Central Park,” observó Magnus secamente. “La gente lo podría notar, incluso en New York.” “¿Raziel mide sesenta pies? dijo Isabelle. Ella se dejó caer en el sillón de al lado de la mesa. Tenía anillos bajo sus oscuros ojos; ella - como Alec, Magnus y Simon - estaban exhaustos. Ellos habían estado despiertos por horas, revisando los libros de Magnus, tan viejos que sus páginas eran tan delgadas como papel de cebollas. Tanto Isabelle como Alec podían leer Griego Latín, y Alec tenía un mejor conocimiento de las lenguas de los demonios que Izzy, pero había muchos que sólo Magnus podía entender. Maia y Jordan se habían dado cuenta de que serían de más ayuda en otra parte, así que se habían ido a la comisaría a comprobar por Luke. Mientras tanto, Simón había tratado de hacerse útil de otras maneras, conseguir la comida y el café, copiando símbolos como Magnus le decía, ir a buscar más papel y lápiz, e incluso la alimentar a Presidente Miau, quien le dio las gracias por la tos con una bola de pelo en el suelo de la cocina de Magnus. “Actualmente, el mide cincuenta y nueve pies de alto, pero a él le gusta exagerar,” dijo Magnus. El cansancio no mejoraba su temperamento. Su pelo se pegaba, y tenía brillo en el dorso de las manos donde había frotado sus ojos. “Es un Ángel, Isabelle, ¿no has estudiado nada?”Isabelle chasqueó la lengua con fastidio. "Valentine levantó un ángel en su sótano. No veo por qué es necesario todo este espacio- " “Porque Valentine es MÁS IMPRESIONANTE que yo,” replicó Magnus, dejando caer su pluma. “Mira -” “No le grites a mi hermana,” dijo Alec. Lo dijo en voz baja, pero con fuerza detrás de las palabras. Magnus le miró con sorpresa. Alec continuó, “Isabel, el tamaño de los ángeles, cuando aparecen en la dimensión terrenal, varía en función de su potencia. El ángel que Valentine invoco era de un rango inferior al de Raziel. Pero si tú fueras a convocar a un ángel de un rango aún mayor, Michael, o Gabriel" "No podía hacer un hechizo que les una, aunque sea momentáneamente", dijo Magnus en voz baja. "Estamos convocando a Raziel, en parte, porque estamos esperando que el creador de Cazadores de Sombras, que tendrá un especial de la compasión - o, en realidad, ninguna compasión - con vuestra situación. También es de alrededor de la fila derecha. Un ángel menos potente podría no ser capaz de ayudarnos, pero un ángel más poderoso ... bueno, si algo salía mal ..." “No puedo ser yo el que muera,” dijo Simon. Magnus le miró afligido, y Alec miró los papeles que había esparcidos por la mesa. Isabelle puso su mano sobre la parte superior de Simón. "No puedo creer que en realidad estamos sentados aquí hablando de invocar a un ángel", dijo ella. “Toda mi vida hemos jurado por el nombre del Ángel. Nosotros sabemos el poder de los Ángeles. Pero la idea de ver uno... En realidad no me lo pudo imaginar. Cuando trato de pensar en ello, es una idea demasiado grande." Un silencio cruzó la mesa. Había una oscuridad en los ojos de Magnus que hacía que Simon se planteara si él había visto un Ángel. Se planteó si debía preguntar, pero se salvó por el zumbido de su teléfono móvil. “Un momento,” murmuró, y se puso en pie. Dio la vuelta al móvil y se apoyó en uno de los pilares del loft. Era un mensaje de texto de Maia. BUENAS NOTICIAS! LUKE ESTA DESPIERTO Y HABLA. PARECE QUE TODO IRÁ BIEN. El alivio inundó a Simon como una ola. Por fin, buenas noticias. Cerró el teléfono y cogió el anillo de su mano. Clary? Nada. Se tragó sus nervios. Ella probablemente duerma. El miro hacia arriba, para encontrarse a tres personas en la mesa mirándolo. “¿Quién era?” preguntó Isabelle. “Era Maia. Ella me dijo que Luke se levantó y habló. Que se pondrá bien. Hubo un murmullo de voces aliviadas, pero Simon seguía mirando fijamente el anillo en su mano. “Ella me dio una idea.” Isabelle movió sus pies, en dirección hacia él; hizo una pausa, y le miró preocupada. Simón suponía que no le escucharían, sus ideas habían sido realmente suicidas esa tarde. “¿Cuál?” preguntó ella. “¿Que necesitamos para invocar a Raziel? ¿Cuánto espacio?” preguntó Simon. Magnus detuvo su lectura. “Una milla cuadrada, con agua iría bien. Como el Lago Lyn -” “La granja de Luke,” dijo Simon. “ Al Norte del estado. A una o dos horas de distancia. Debe estar cerrada ahora, pero sé cómo llegar allí. Y hay un lago ahí. No tan grande como el Lago Lyn, pero ... ”Magnus cerró su libro. “Esa no es una mala idea, Seamus.” “¿Unas pocas horas? dijo Isabelle, mirando el reloj. “Podríamos estar ahí por -” “Oh, no,” dijo Magnus. Empujó el libro lejos de él. “A pesar de que tu entusiasmo no tiene límites y es increíble, Isabelle, yo estoy cansado y no creo poder hacer la invocación correctamente en este momento. Y no estoy dispuesto a correr con los riegos. Creo que todos estamos de acuerdo”“Así que ¿cuándo?” preguntó Alec.“Nosotros necesitamos dormir unas cuantas horas al menos,” dijo Magnus. "Yo digo de salir en la tarde. Sherlock - lo siento, Simon - llama y mira si puedes pedir prestada la camioneta de Jordan mientras tanto. Y ahora ..." Él empujó sus papeles a un lado. “ Me voy a dormir. Isabelle, Simon, vosotros sois bienvenidos a usar el cuarto de huéspedes si lo deseáis.” “Diferentes habitaciones sería mejor” murmuró Alec. Isabelle miró a Simon con una pregunta en sus oscuros ojos , pero él ya había alargado su mano en busca de su móvil. “Vale, estaré de vuelta antes del mediodía, pero ahora tengo algo importante que hacer." __________ En la luz del día en París era una ciudad de estrechas y curvas calles que se abrían en amplias avenidas, edificios dorados suaves de color pizarra con techos, y un río brillante que en rodajas a través de ella como una cicatriz de duelo. Sebastian, a pesar de su afirmación de que iba a probar a Clary que tenía un plan, no dijo mucho, ya que se abrieron paso hasta una callellena de galerías de arte y tiendas de venta libros viejos y polvorientos, para llegar al Quai des Grands Augustins en la orilla del río. Había un viento fresco saliendo del río Sena, y se estremeció. Sebastian quitó el pañuelo de su cuello y se lo entregó a ella. Era un tweed de brezo blanco y negro, aún caliente por estar envuelto alrededor de su cuello. "No seas estúpida", dijo. "Tienes frío. Póntelo. " Clary se enrolla alrededor de su cuello. "Gracias", dijo reflexivamente, e hizo una mueca. Allí. Ella le agradeció a Sebastian. Esperó a que un rayo de luz pasara fuera de las nubes y golpeara a sus muertos. Pero no pasó nada. Él le dirigió una mirada extraña. "¿Estás bien? Parece que vas a estornudar. " “Estoy bien.” El pañuelo olía a colonia cítrica y a chico. No estaba segura de cómo esperara que oliera. Empezaron a caminar de nuevo. Esta vez Sebastián aminoró el paso, caminando junto a ella, haciendo una pausa para explicar que los barrios en París estaban numerados, y estaban cruzando desde el sexto al quinto, el Barrio Latino, y que el puente se podía ver sobre el río en la distancia fue el Pont Saint-Michel. Había un montón de jóvenes caminando junto a ellos, notó Clary; chicas de su edad o más, increíblemente elegantes con pantalones apretados y tacones altísimos, pelo largo y soplaba el viento del Sena. Bastantes de ellas se detenían para lanzarle miradas a Sebastian, aunque él no parecía darse cuenta. Jace, pensó, él se habría dado cuenta. Sebastián era sorprendente, con su pelo blanco de hielo y ojos negros. Ella había pensado que era bello la primera vez que lo había conocido, y que había tenido el pelo teñido de negro, entonces, no lo había apreciado, de verdad. Él se veía mejor así. La palidez de su cabello daba a su piel algo de color, señalaba el color de sus ojos, y a lo largo de sus pómulos altos, la elegante forma de su rostro. Sus pestañas eran increíblemente largas, un tono más oscuro que su pelo y ligeramente rizadas, al igual que Jocelyn - era tan injusto. ¿Por qué ella no tenía las pestañas curvadas como el resto de su familia? ¿Y por qué él no tenía ni una sola peca?“Entonces,” dijo ella abruptamente, lo interrumpió en medio de una frase, "¿qué somos?" Él le dirigió una mirada de soslayo. "¿Qué quiere decir, '¿Qué somos?'" "Dijiste que somos los últimos Morgensterns. Morgenstern es un nombre alemán, "dijo Clary. "Por lo tanto, somos, Alemanes?¿Cuál es la historia? Por qué no hay más que nosotros? " "Tú no sabes nada acerca de la familia de Valentine?"La voz de Sebastian estaba teñida de incredulidad. Se había detenido junto a la muralla que corría a lo largo del Sena, al lado de la acera. "¿Nunca te habló tu madre de ello?" “Ella es tu madre también, y no, ella no me dijo nada. Valentine no era su tema favorito.” "Los nombres de cazadores de sombras se ven agravados", dijo Sebastián poco a poco, y se subió en la parte superior de la pared. Él le cedió su mano, y al momento siguiente ella se la cogió para que la ayudara a subir a la pared junto a él. El Sena corría de color gris verdoso por debajo de ellos, las embarcaciones turísticas eran como una mancha, traqueteaban a un ritmo pausado. "Fairchild, Lightwood, nombre alemán, pero la familia era suiza." “¿Fue?” “Valentine fue solo un niño,” dijo Sebastian. “Su padre - nuestro abuelo - fue asesinado por Subterráneos, y el tío abuelo murió en una batalla. Él no tenía hijos. Este "-extendió la mano y le acarició el pelo-" es del lado Fairchild. Hay sangre Inglesa allí. Me parezco más a la parte suiza. Al igual que Valentine ". “¿Sabes algo sobre nuestros abuelos?” preguntó Clary, fascinada a su pesar. Sebastián dejó caer su mano y saltó fuera de la pared. Él levantó la mano para ella, la cual la tomó, él se balanceó mientras ella saltaba. Por un momento, chocó con su pecho, duro y caliente debajo de la camisa. Una chica que pasaba le disparó una mirada divertida, fuerte, celosa, y Clary se retiró a toda prisa. Ella quería gritar a la chica que Sebastián era su hermano, y que lo odiaba de todos modos. No lo hizo. "No sé nada acerca de nuestros abuelos maternos", dijo. "¿Cómo podría?" Su sonrisa era torcida. "Ven. Quiero mostrarte mi lugar favorito. " Clary se quedó atrás. "Pensé que ibas a probarme que tienes un plan."“Todo a su debido tiempo” Sebastian empezó a caminar, y en ese momento ella le empezó a seguir. Averiguar su plan. Hacer las paces con él. "El padre de Valentine se parecía mucho a él" Sebastián continuó. "Él puso su fe en la fuerza. "Somos guerreros escogidos por Dios." Eso es lo que él creía. El dolor le hizo fuerte. La pérdida le hizo poderoso. Cuando él murió ... " “Valentine cambio,” dijo Clary. “Luke me lo dijo.” “El amaba a su padre, y él lo odiaba. Algo que puedes entender sobre Jace. Valentine nos crió como su padre hizo con él. Siempre se vuelve a lo que se sabe.” “Pero Jace,” dijo Clary. “ Valentine le enseñó algo más que a luchar. Él le enseñó lenguas, y a tocar al piano -” “Esa fue la influencia de Jocelyn.” Sebastian dijo su nombre de mala gana, como si odiara el sonido. "Ella pensó que Valentine debería ser capaz de hablar sobre los libros, el arte, la música no - no solo de matar. Y eso le enseñó a Jace.” Una puerta de hierro forjado rosa azul a su izquierda. Sebastián se metió debajo de ella y le hizo señas a Clary para que le siguiera. Ella no tenía que agacharse, pero se fue tras él, con las manos metidas en los bolsillos. “¿Y a ti?” preguntó ella.Él levantó las manos. Eran sin lugar a dudas las de su madre, manos diestras, con dedos largos, destinadas a usar un pincel o un lápiz. "Aprendí a tocar los instrumentos de la guerra", dijo, "y la pintura en la sangre. Yo no soy como Jace. " Estaban en un estrecho callejón entre dos hileras de edificios construidos con la misma piedra de oro como muchos de los otros edificios de París, el verde de sus tejados de cobre brillante en la luz del sol. La calle era de adoquines bajo los pies, y no había automóviles o motocicletas. A su izquierda había una cafetería, un letrero de madera que colgaba de un poste de hierro forjado, la única pista que no había alguna actividad comercial en esta sinuosa calle. "Me gusta estar aquí", dijo Sebastián, a raíz de su mirada ", porque es como si estuvieras en un siglo pasado. No hay ruido de los coches, no hay luces de neón. Sólo -. Paz " Clary se le quedó mirando. Está mintiendo, pensó. Sebastián no tiene pensamientos de este tipo. Sebastián, que intentó quemar Alicante hasta el suelo, no se preocupa por la „paz‟. Entonces pensó que había crecido. Ella nunca lo había visto, pero Jace se lo había descrito. Una casa, - una pequeña casa de campo, en realidad - en un valle fuera de Alicante. Las noches que han permanecido en silencio allí, y el cielo lleno de estrellas en la noche. Pero, ¿él perdió eso? ¿Podría? ¿Era ése el tipo de emoción que puede tener cuando en realidad no era siquiera humano?¿Esto no te molesta? le quería decir. Estar en el lugar donde el verdadero Sebastian Verlac creció y vivió, hasta que acabó con su vida? Caminando por estas calles, que lleva su nombre, a sabiendas de que en algún lugar, su tía está de duelo por él? ¿Y qué quiere decir cuando dijo que no iba a luchar? Sus ojos negros la miraron, pensativo-. Tenía un sentido del humor, ella lo sabía; hubo una racha de ingenio mordaz en él que no tan diferente a Jace. Sin embargo, no sonrió. "Vamos", dijo entonces, rompiendo su ensimismamiento. "Este lugar tiene el mejor chocolate caliente de París." Clary no estaba segura de cómo iba a saber si esto era cierto o no, dado que esta era la primera vez que jamás había estado en París, pero una vez que se sentó, tenía que admitir que el chocolate caliente era excelente. Lo hicieron en su mesa - que era pequeña y de madera, al igual que las antiguas sillas de respaldo alto - en una olla de cerámica azul, con crema, chocolate en polvo y azúcar. El resultado fue un cacao tan espeso la cuchara podía mantenerse en pie en ella. Tenían croissants, también, se sumergían en el chocolate.::::::::: "Ya sabes, si quieres otro croissant, ellos te traerán uno", dijo Sebastian, recostándose en su silla. Eran los más jóvenes en el lugar por décadas, notó Clary. "Estás atacándolo como una glotona". "Tengo hambre". Ella se encogió de hombros. "Mira, si quieres hablar conmigo, habla. Convencer a mí. " Él se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa. Ella se acordó de la mirada de la noche anterior, cuando notó el anillo de plata alrededor del iris de sus ojos."Yo estaba pensando en lo que dijiste anoche." "Yo estaba alucinando ayer por la noche. No recuerdo lo que te dije usted. ""Tú me pediste a quién pertenecía", dijo Sebastian. Clary se detuvo con su taza de chocolate a medio camino de su boca. "Lo hice?" "Sí". Sus ojos se estudiaron su rostro con atención. "Y no tengo una respuesta." Dejó la taza sobre la mesa, sintiéndose de pronto, muy incómodos. "No tiene que pertenecer a nadie", dijo. "Es sólo una forma de hablar." "Bueno, déjame preguntarte algo ahora", dijo Sebastián."¿Crees que puedes perdonarme? Quiero decir, ¿crees que el perdón es posible para alguien como yo? ""Yo no lo sé." Clary se acercó al borde de la mesa. "Yo - Quiero decir, yo no sé mucho sobre el perdón como un concepto religioso, sólo tu jardín-variedad tipo de perdonar a la gente. "Ella tomó una respiración profunda, sabiendo que ella estaba balbuceando. Había algo en la firmeza de la mirada oscura de Sebastian en ella, como si realmente esperaba que le diera las respuestas a preguntas que nadie podía responder. "Yo sé que tienes que hacer las cosas, para obtener el perdón. Cambiarte a ti mismo. Confesar, arrepentirse y enmendar ". "Enmendar," hizo eco Sebastian. "Para hacer frente a lo que has hecho." Ella miró a la taza. No había manera de compensar las cosas que Sebastian había hecho, no de cualquier manera que tuviera sentido. “A ve atque vale,” dijo Sebastián, mirando a su taza de chocolate. Clary reconoció esas palabras como las tradicionales de los Cazadores de Sombras para hablar sus muertos. "¿Por qué dices eso? No me estoy muriendo. " "Sabes que es de un poema", dijo. "Por Catullus. "Frater, ave atque vale." ¡Salvey despedida, mi hermano. "Él habla de las cenizas, de los ritos de los muertos, y su propio dolor por su hermano. Me enseñaron el poema de joven, pero yo no lo siento, ya sea su pena, o su pérdida, o incluso el preguntándose qué sería como morir y no tener que lamentar una. "Él la miró bruscamente. "¿Cómo crees que hubiera sido si Valentine te hubiera criado conmigo? ¿Me hubieras querido?"Clary estaba contenta de haber puesto la taza sobre la mesa, porque si no lo hubiera hecho, le habría caído. Sebastian la miraba, y no con la timidez o el tipo de incomodidad natural que podía acompañar a una pregunta tan extraña, como si se tratara de una curiosa, y extraña forma de vida. "Bueno", dijo. "Tú eres mi hermano. Yo te habría querido. Me hubiera tenido... que." Siguió mirándola con la misma mirada de intención. Se preguntó si debería preguntarle si creía que eso significaba que él la habría querido también. Al igual que una hermana. Pero tenía la sensación de que no tenía idea de lo que eso significaba. "Pero Valentine no me crió", dijo ella. "De hecho, yo lo maté." No estaba segura de por qué lo dijo. Tal vez quería ver si era posible que le disgustara. Después de todo, Jace le había dicho una vez que pensaba que Valentine podría haber sido la única cosa por la que Sebastian e había preocupado. Pero él no palideció. ""En realidad," dijo, "el Ángel lo mató. A pesar de que fue por tu culpa. "Sus dedos trazaron patrones sobre la mesa desgastada. "Sabes, cuando te conocí, en Idris, tenía esperanzas - Yo había pensado que serías como yo. Y cuando no eras como yo, te odiaba. Y luego, cuando me llevaron de regreso, y Jace me dijo lo que hiciste, me di cuenta que me había equivocado. Tú eres como yo. " "Lo dijiste ayer por la noche," dijo Clary. "Pero yo no soy-" "Has matado a nuestro padre", dijo. Su voz era suave. "Y no me importa. Nunca lo has pensado dos veces ¿verdad? Valentine golpeó sangrientamente a Jace los primeros diez años de su vida, y Jace aún le echa de menos. Afligido por él, aunque no comparten la sangre en absoluto. Pero él era tu padre y lo mataron y nunca has perdido una noche de sueño por esto. " Clary se le quedó mirando con la boca abierta. No era justo. Era injusto. Valentine nunca había sido un padre para ella, no la había amado, había sido un monstruo que había tenido que morir. Ella lo había matado porque había tenido otra opción. Espontáneamente se elevo la imagen Valentine en su mente, conduciendo su espada en el pecho de Jace, y luego lo sostenía mientras moría. Valentine había llorado por el hijo que había asesinado. Pero ella nunca había llorado por su padre. Nunca lo había siquiera considerado. "Yo tengo razón, ¿no?", Dijo Sebastián. "Dime que me equivoco. Dime que no eres como yo. " Clary miró a su taza de chocolate, ahora fría. Sentía como un vórtice se había abierto dentro de su cabeza y estaba chupando sus pensamientos y palabras. "Pensé que creías que Jace era como tú", dijo finalmente con voz ahogada. "Creo que es por eso que lo querías contigo." "Yo necesito a Jace," dijo Sebastian. "Pero en su corazón él no es como yo. Tú sí. "Se puso en pie. Debía de haber pagado la cuenta en algún momento, Clary no lo podía recordar. "Ven conmigo". Él le tendió su mano. Ella se levantó sin cogerla y se ató la bufanda mecánicamente; el chocolate que había bebido se sentía como batido de ácido en su estómago. Ella siguió a Sebastian fuera de la cafetería y en el callejón, donde se quedó mirando hacia arriba, el cielo azul. "Yo no soy como Valentine," dijo Clary, deteniéndose junto a él. "Nuestra madre- " "Tu madre", dijo, "me odiaba. Ella me odia. La viste. Ella trató de matarme. Quieres decirme que eres como ella, muy bien. Jocelyn Fairchild es despiadada. Ella siempre lo ha sido. Ella fingió amar a nuestro padre por meses, años quizá, para poder reunir suficiente información sobre él para entregarle. Ella dirigió la sublevación y observó como todos los amigos de su marido eran sacrificados. Ella robó sus recuerdos. ¿La has perdonado? Y cuando salió corriendo de Idris, ¿De verdad crees que alguna vez me iban a llevar con ella? Debe de haber pensado que estaba muerto-" "Ella no fue!" Replicó Clary. "Ella tenía una caja donde tenía sus cosas para el bebé . La sacaba y lloraba. Cada año en su cumpleaños. Sé que tú la tienes en tu habitación. " Los elegantes y delgados labios de Sebastian se torcieron. Él se apartó de ella y comenzó a caminar por el callejón. "Sebastian" Clary lo llamó. "Sebastian, espera." No estaba segura de por qué quería que él volviera. Es cierto, no tenía idea de dónde estaba o cómo encontrar el camino de regreso al apartamento, pero era más que eso. Quería levantarse y luchar, para demostrar que no era lo que él dijo que ella era. Ella alzó la voz en un grito:”Jonathan Christopher Morgenstern!" Se detuvo y se volvió lentamente, mirando hacia atrás por encima del hombro de ellaElla caminó hacia él, y él la miro caminar, con la cabeza inclinada hacia un lado, sus ojos negros estrechos. "Apuesto a que ni siquiera sabes mi segundo nombre", dijo ella. "Adele." Hubo una musicalidad a la forma en que lo dijo, una familiaridad que la hacía sentirse incómoda. "Clarissa Adele." Ella llegó a su lado. "¿Por qué Adele? Nunca lo supe ". "Yo mismo no lo sé", dijo. "Sé que Valentine no quería que te llamas Clarissa Adele. Quería que te llames Serafina, después de su madre. Nuestra abuela. " Se dio la vuelta y empezó a caminar de nuevo, y esta vez mantenido el paso."Después de que nuestro abuelo murió, ella murió - un ataque al corazón. Murió de pena, decía siempre Valentine. " Clary pensó en Amatis, que nunca había superado su primer amor, Stephen; del padre de Stephen, que había muerto de pena; del Inquisidor, toda su vida dedicada a la venganza. De la madre de Jace, cortándose las muñecas cuando su marido murió. "Antes de conocer a los Nephilim, yo habría dicho que era imposible morir de dolor."Sebastián se rió secamente. "Nosotros no creamos vínculos como hacen los mundanos", dijo. "Bueno, a veces, sin duda. No todo el mundo es igual. Pero los lazos entre nosotros tienden a ser intensos e inquebrantables. Es por eso que no nos llevamos tan "bien" con los de otras especies. Subterráneos, mundanos-" "Mi madre se casó con un subterráneo," dijo Clary, picada. Se habían detenido delante de un edificio de piedra cuadrada con persianas pintadas de color azul, casi al final del callejón. "Él fue un Nefilim," dijo Sebastian. ""Y mira a nuestro padre. Su madre lo traicionó y lo dejó, y aún pasó el resto de su vida a la espera de volver a encontrarla y convencerla de que volviera con él. Ese armario lleno de ropa - " Él negó con la cabeza. "Sin embargo, Valentine le dijo a Jace que el amor es una debilidad," dijo Clary."Que te destruye." "¿No te parece que, si se pasó la mitad de su vida persiguiendo a una mujer a pesar de que odiaba sus entrañas, fue porque no se podía olvidar de ella? Si tuvieras que recordar que la persona que más amabas en el mundo que apuñaló por la espalda y giró el cuchillo? "Se inclinó por un momento, tan cerca que cuando hablaba, su respiración le agitó el cabello. "Tal vez te parecen más a tu madre que a nuestro padre. Pero, ¿qué diferencia hay? Tienes la crueldad en los huesos y hielo en tu corazón Clarissa. No me digas que es de otra forma. " Se dio la vuelta fuera antes de que pudiera contestarle, y detuvo el paso delante de la casa azul-cerrada. Una tira de timbres eléctricos corrió por el lado de la pared junto a la puerta, cada uno con un nombre garabateado a mano con un cartel junto a ella. Apretó el botón al lado del nombre Magdalena, y esperó. Finalmente, una voz ronca llegó a través del altavoz: “Qui est là?” “C‟est le fils et la fille de Valentine,” he said. “Nousavions rendez-vous?” Hubo una pausa, y luego sonó el timbre. Sebastian abrió la puerta y la mantuvo abierta, cortésmente para dejar pasar a Clary delante de él. Las escaleras eran de madera, usadas y suave como el lado de un barco. Caminaron en silencio hasta que la planta superior, donde la puerta estaba ligeramente abierta en el rellano. Sebastian atravesó primero, y Clary le siguió. Se encontró en un gran espacio, iluminado. Las paredes eran blancas, al igual que las cortinas. A través de una ventana podía ver la calle de más allá, junto a restaurantes y boutiques. Los coches pasaban como una bala, pero el sonido de ellos no parecía penetrar en el interior del apartamento. El piso era de madera pulida, el mobiliario de madera pintada de blanco, y los sofás tapizados con cojines de colores. Un sector de la vivienda se estableció como una especie de estudio. La luz caía desde una claraboya en una larga mesa de madera. Había caballetes, pero había telas para ocular su contenido. Una bata manchada de pintura colgada de un gancho en la pared. De pie junto a la mesa era una mujer. Clary habría adivinado su edad alrededor de la de Jocelyn, si no hubiera habido varios factores que oscurecían su edad. Llevaba un delantal negro sin forma que ocultaba su cuerpo, sólo sus manos blancas y la cara y la garganta eran visibles. En cada una de sus mejillas se talló una gruesa runa negra, que iba desde la esquina exterior del ojo a los labios. Clary no había visto nunca antes ninguna de las runas, pero podía sentir su significado, poder, matar, mano de obra. La mujer tenía el pelo castaño rojizo largo y grueso, cayendo en las ondas hasta la cintura, y sus ojos, cuando los levantó, fue un peculiar color naranja plano, como una llama moribunda. La mujer juntó las manos en frente de su bata ligeramente. Con voz nerviosa, melódica, dijo, "Tu dois être Jonathan Morgenstern. Et elle, c'est ta soeur? Je pensais que-" "Yo soy Jonathan Morgenstern", dijo Sebastian. "Y esta es mi hermana, sí. Clarissa. Por favor, hable inglés en frente de ella. Ella no entiende el francés. " La mujer se aclaró la garganta. "Mi Inglés está oxidado. Han pasado años desde que lo usé. " "Me parece lo suficientemente bueno para mí. Clarissa, esta es la hermana Magdalena. De las Hermanas de hierro. " Clary fue sorprendida al ser introducida en la conversación. "Pero pensé que las Hermanas de Hierro nunca salían de su fortaleza -""Ellos no lo hacen", dijo Sebastian. "A menos que sean deshonrados por tener su parte en la Sublevación."¿Quién crees que armó el círculo? "Sonrió con tristeza a Magdalena. "Las Hermanas de hierro son fabricantes y no combatientes. Pero Magdalena huyó de la fortaleza antes de su participación en la sublevación fuera descubierta. " "Yo no había visto a otro Nefilim en quince años hasta que tu hermano se puso en contacto conmigo", dijo Magdalena. Era difícil decir a quién estaba mirando mientras hablaba, sus ojos parecían vagar sin rumbo, pero claramente no era ciega. "¿Es verdad? ¿Tiene el material ...? " Sebastian metió la mano en una bolsa que colgaba de su cinturón de armas y sacó de él un trozo de lo que parecía ser cuarzo. La colocó sobre la mesa larga, y un eje de dispersión de la luz del sol, que pasó a través de la claraboya, la encendió al parecer desde el interior. Clary se quedó sin aliento. Era el adamas de la tierra de chatarra de Praga. Magdalena silbó con una respiración. "Adamas puro," dijo Sebastian. "Ninguna runa lo ha tocado." La hermana de Hierro llegó a la mesa y puso sus manos sobre la Adamas. Sus manos, también marcadas con múltiples runas, se estremecieron. "Adamas puro”, susurró. "Habían pasado años desde que toqué material sagrado.""Es todo tuyo para elaborar artesanías con él", dijo Sebastián. "Cuando haya terminado, te voy a pagar más de lo mismo. Es decir, si tu crees que puedes crear lo que pedí. " Magdalena se irguió. "¿No soy una hermana de Hierro? ¿No tomé los votos? ¿Mis manos no dan forma a las cosas del cielo? Puedo hacer lo que prometí, hijo de Valentine. No lo dudes. " "Es bueno saberlo." Había un rastro de humor en la voz de Sebastián. "Voy a volver esta noche, entonces. ¿Sabes cómo me llamarme si es necesario?" Magdalena sacudió la cabeza. Toda su atención estaba de nuevo sobre el fondo de cristal, el Adamas. Ella lo acarició con los dedos. "Sí. Puedes irte. " Sebastian asintió con la cabeza y dio un paso atrás. Clary dudó. Quería aprovechar que conocía a la mujer, para pedirle lo que Sebastian había exigido, y preguntarle si rompió el la Ley del pacto al haber trabajado con Valentine. Magdalena, como si presintiera su vacilación, miró hacia arriba y sonrió levemente. "Ustedes dos", dijeron, y por un momento Clary pensó que iba a decir que ella no entendía por qué estaban juntos, que ella había oído que se odiaban entre sí, que la hija de Jocelyn era un Cazador de Sombras, mientras que el hijo de Valentine era un criminal. Pero ella se limitó a menear la cabeza. "Mon Dieu", dijo ella, "como se parecen a sus padres".
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Mensaje por StephRG14 el Jue 07 Mayo 2015, 5:56 pm

Capitulo 16; Hermanos y hermanas


Cuando Clary y Sebastian regresaron al apartamento, la sala estaba vacía, pero había platos en el fregadero que no habían estado antes. -Pensé que habías dicho que Jace estaba dormido- le dijo a Sebastian, con una nota de acusación en la voz. Sebastian se encogió de hombros. -Así era cuando lo dije. No había burla en su voz, pero tampoco seriedad Fueron detrás de Magdalena, juntos, en silencio, pero no un silencio incomodo. Clary había dejado a su mente vagar, sólo volvió a la realidad en las ocasiones que Sebastian se aseguraba de que seguía caminando a su lado. -Estoy bastante seguro de saber dónde está. -¿En su habitación?- Clary paró al inicio de las escaleras. -No.- Él se colocó delante de ella.- Vamos. Te lo voy a mostrar. Se dirigió hacia las escaleras a un ritmo rápido y entró en el dormitorio principal, Clary sobre sus talones. Mientras ella observaba con desconcierto, Sebastian golpeó un lado del armario. Se deslizó, dejando al descubierto un conjunto de escaleras detrás de él. Lanzó una sonrisa por encima de su hombro, mientras ella se acercaba por detrás de él.-Estás bromeando.- Dijo- ¿Escaleras secretas? - No me digas que esa es la cosa más extraña que has visto. Él subió las escaleras de dos en dos, y Clary, cansada, le siguió. (La traducción literal sería con los huesos cansados pero creo que no se entendía demasiado, así que decidí dejarlo así.) Las curvas escaleras daban una vuelta y se abrían en una habitación amplia con un pulido suelo de madera y altos muros. Todo tipo de armas colgaban de las paredes, tal como la hicieron en la sala de entrenamiento del Instituto: Kindjasl y chakrams, mazas y espadas, dagas, ballestas y nudillos de bronce.* Círculos de entrenamiento habían sido pintados cuidadosamente en el suelo. En el centro de ellos estaba Jace, llevaba puestos unos pantalones negros, y tenía un cuchillo en cada una de sus manos. Una imagen destellaba en su cabeza. La espalda desnuda de Sebastian, marcada con un látigo de rayas inconfundible. Jace tenía la piel lisa, color oro pálido sobre el músculo, marcado solo con las típicas cicatrices de un Cazador de Sombras y los arañazos de sus propias uñas, que ella le había hecho la noche anterior. Clary sintió que se ruborizaba, pero en su mente seguía una pregunta: ¿Por qué Valentine había azotado a un niño, pero no al otro? -Jace.- Dijo Él se dio la vuelta. Estaba limpio. El liquido plateado se había ido y su cabello de color oro, ahora estaba de un bronce oscuro, pegado húmedamente a la cabeza. Su piel brillaba por el sudor. La expresión de su cara permanecía ilegible. -¿Dónde estabas? Sebastian fue hacía la pared y comenzó a examinar las armas que había allí, pasando la mano desnuda a lo largo de los cuchillos. -Pensé que Clary podría querer ver París. -Me podrías haber dejado una nota.- Dijo Jace- No es como si nuestra situación fuera la más segura, Jonathan. Prefiero no tener que preocuparme por Clary.- -Yo le seguí.- Dijo Clary Jace se volvió hacía ella y la miró. Por un momento vislumbró, en sus ojos, al muchacho en Idris que le había gritado por estropear todos sus proyectos importantes para mantenerla a salvo. Pero este Jace era diferente. Sus manos no temblaron cuando la miró, y el pulso en su garganta se mantuvo constante. -¿Qué hiciste qué? -He seguido a Sebastian.- Dijo- Estaba despierta y quería saber a dónde iba. Se puso las manos en los bolsillos traseros de sus tejanos y le dio una mirada desafiante, que él mantuvo (con mantuvo me refiero a que también la miró, xD) Desde su cabello despeinado por el viento a sus botas, ella sintió que la sangre se le acumulaba en su cara. El sudor brillado a lo largo de sus clavículas, y las crestas de los músculos de su estómago. Sus pantalones de entrenamiento pegados a su cuerpo, dejando entrever la V que formaban sus caderas. Ella recordó lo que había sentido al tener esos brazos a su alrededor, al ser presionada tan cerca de él, como para poder sentir cada detalle y cada músculo de su cuerpo. Clary sintió una onda de vergüenza tan aguda, que daba vértigo. Lo que peor le sentaba es que Jace no pareció en lo más mínimo incomodo, como si lo que pasó la noche anterior no le hubiera afectado. Él solo parecía…molesto. Molesto, sudoroso y caliente. -Sí, bueno.- Dijo él.- La próxima vez que decidas escaparte de nuestro apartamento guardado mágicamente a través de una puerta que en realidad no existe, deja una nota. Ella arqueó las cejas.- ¿Estás siendo sarcástico? Lanzó uno de sus chillos en el aire y lo atrapó. -Posiblemente. -Llevé a Clary a ver a Magdalena.- Dijo Sebastian. Tenía en su mano una estrella de entrenamiento que había bajado de la pared y la estaba examinando.- Trajimos el adamas. Jace había tirado el cuchillo hacía unos segundos al aire, pero esta vez lo dejó caer y el cuchillo se pegó en el suelo.- ¿En serio? -Lo hice.- Dijo Sebastian.- Y le dije el plan a Clary. Le dije que nosotros planeábamos atraer Demonios Mayores aquí para que entonces los pudiéramos destruirlos. -Pero no como tú planificaste lograr eso.- Dijo Clary.- Tú nunca nombraste esa parte. -Pensé que sería mejor decírtelo con Jace aquí.- Dijo Sebastian. De repente, él movió su muñeca hacía adelante haciendo que la estrella saliera volando hacía Jace, que la bloqueó en un movimiento rápido de su cuchillo, la estrella cayó al suelo. Sebastian lanzó un silbido. -Rápido.- comentó Clary se volvió hacia su hermano. –Eso podría haberlo dañado.Todo lo que le hiere a él, me hiere a mí.- Dijo Sebastian. – solo estaba mostrando lo mucho que confío en él, ahora quiero que tú confíes en nosotros. Sus ojos negros se clavaron en ella.- Adamas.- Dijo- Las cosas que le traje a la hermana de hierro hoy, ¿sabes qué fue de ellas? -Por supuesto. Espadas Serafín. Las Torres de Demonio de alicante. Las estelas. -Y la copa Mortal. Clary negó con la cabeza.- La copa Mortal es de oro. La he visto. -Adamas bañado en oro. La empuñadura de la Espada Mortal, también, tiene una empuñadura de material. La gente dice que ese material es de los palacios del Cielo. Y no es fácil de conseguir. Sólo las Hermanas de Hierro pueden trabajar la materia, y se supone que sólo ellas tienen acceso a ella. -Entonces, ¿por qué darle un poco a Magdalena? -Así ella podría hacer una segunda Copa.- Dijo Jace. -¿una segunda Copa Mortal?- Clary miró de uno al otro con la incredulidad, pintada en la cara.- Pero no se puede hacer eso. Sólo hace otra Copa Mortal. Si se pudiera, la clave no habría entrado en pánico cuando la original desapareció. Valentine no la habría necesitado tanto. - Es una copa.- Dijo Jace.- Sin embargo, siempre será una taza hasta que un Ángel, voluntariamente vierta su sangre en ella. Eso es lo que la hace especial -¿Y tú crees que puedes conseguir que Raziel derrame voluntariamente su sangre en una segunda Copa por ti?- Clary no pudo ocultar el borde de incredulidad en su voz.- Buena suerte. -Es un truco Clary.- Dijo Sebastian. – ¿ya sabes que todo tiene una alianza? ¿Seráfico o demoniaco? Lo que los demonios creen es que nosotros queremos el equivalente demoníaco a Raziel. Un gran Demonio con mucho poder que mezclará su sangre con la nuestra y creará una nueva raza de Cazadores de sombras. Una no gobernada por el Derecho, el Convenio, o las reglas de la Clave. -Tú dijiste que querías hacer…versiones antiguas de los Cazadores de sombras? -Algo así.- Se rió Sebastian, pasándose los dedos por su cabello rubio.- Jace, ¿Quieres ayudarme a explicárselo? -Valentine era un fanático.- Dijo Jace. – Estaba equivocado en un montón de cosas. Él se equivocó al considerar matar a los Cazadores de sombras. Él estaba equivocado acerca de los Submundos. Pero él no estaba equivocado acerca de la Clave o el Consejo. Cada Inquisidor que hemos tenido ha sido corrupto. Las leyes que entregó el Ángel son arbitrarias y sin sentido, y sus castigos peores. “La ley es dura pero es la ley”, ¿Cuántas veces has oído eso? ¿Cuántas veces hemos tenido que escondernos y evitar a la Clave y sus leyes, incluso cuando estábamos tratando de salvarlos? ¿Quién me puso en la cárcel?, el Inquisidor. ¿Quién puso a Simon en la cárcel? La Clave. ¿Quién iba a dejarlo quemar?- El corazón de Clary había empezado a latir con fuerza. La voz de Jace, tan familiar, diciendo esas palabras, hizo que sintiera débiles sus huesos. Estaba en lo cierto y también equivocado. Como Valentine había estado. Pero ella quería creer en una forma que no había querido hacerlo con Valentine. -Está bien.- dijo.- Entiendo que la Clave es corrupta. Pero no ve qué tiene que ver eso con hacer traro con los demonios. -Nuestro mandato es destruir a los demonios.- Dijo Sebastian. -Sin embargo, la Clave, ha estado vertiendo toda su energía en otras cosas. Las salas se han ido debilitando, y cada vez, hay más demonio en la tierra, pero la Clave hace la vista gorda. Hemos abierto una puerta en el norte, en la isla de Wrangel, y vamos a atraer a los demonios a través de él con la promesa de la copa. Sólo, cuando viertan su sangre en ella, serán destruidos. He hecho tratos como este antes con varios Demonios Mayores. Cuando Jace y yo los hayamos matado, la Clave verá que somos un gran poder, tendrán que escucharnos. Clary lo miró.- Matar a los Demonios Mayores no es tan fácil. -Lo hice hoy.- Dijo Sebastian. –Que ha propósito, ninguno de los dos va a tener problemas para matar a todos aquellos demonios guardaespaldas. Maté a su amo.Clary miró a Jace, a Sebastian y viceversa. Los ojos de Jace eran frescos, interesados, la mirada de Sebastian era más intensa. Era como si estuviera tratando de ver dentro de su cabeza. -Bueno.- Dijo ella lentamente.- Esto es mucho para entender. Y no me gusta la idea de que te estés poniendo en esa clase de peligro, pero me alegro que confiaras en mí, lo bastante para decírmelo. -Te lo dije.- Dijo Jace.- Te dije que lo entenderías. -Yo nunca he dicho que no lo haría.- Sebastian no apartó la mirada de la cara de Clary. Tragó saliva. - No dormí mucho anoche.- Dijo- Tengo que descansar. -Es una lástima.- Dijo Sebastian. – Yo te iba a preguntar si querías subir a la Torre Eiffel. Sus ojos eran oscuros, ilegibles, no podía decir si estaba bromeando o no.Antes de que pudiera decir algo en respuesta, la mano de Jace se deslizó en las suya. -Voy a ir contigo.- dijo- No he dormido bien. Él cabeceó en dirección a Sebastian.- Te veré para la cena. Sebastian no dio ninguna respuesta. Se estaban yendo cuando Sebastian llamó: -Clary. Ella giró, dejando su mano en la de Jace- ¿Qué? -Mi bufanda.- Él extendió su mano. -Oh. Cierto- Dio unos pasos hacia él, tirando con, nerviosa, con sus dedos del pañuelo anudado en su gargantaDespués de un momento de verla, Sebastian hizo un ruido impaciente y atravesó la sala hacía ella, sus largas piernas cubrieron el espacio rápidamente. Ella se puso rígida cuando él llevo la mano hacía su garganta y hábilmente deshizo el nudo en movimientos fluidos, a continuación desenvolvió la bufanda. Pensó, pro un momento, que él se quedaba más tiempo de lo normal, acariciando su garganta. Recordó que él la beso en la colina donde estaban los restos quemados de la casa Fairchild, y cómo había sentido como si estuviera cayendo, en un oscuro y abandonado lugar, perdido y aterrado. Retrocedió a toda prisa, y la bufanda cayó lejos de su cuello cuando se volvió. -Gracias por prestármela. –dijo Y se lanzó de nuevo a seguir a Jace por las escaleras, sin mirar atrás para ver a su herma en movimiento, con la bufanda en la mana y una expresión interrogante. ………………………. Simon se quedó de pie entre las hojas muertas y miró hacia el camino; una vez más le sobrevino el impulso humano de respirar profundo. Estaba en Central Park, cerca del Shakespeare Garden. Los arboles habían perdido la mayoría de su atractivo otoñal, el oro y el verde convirtiéndose en café y negro. La mayoría de las ramas estaban desnudas. Tocó el anillo en su dedo de nuevo. -¿Clary?- De nuevo no hubo réplica. Sus músculos se sentían tan tensos como cables de encadenar. Ya era mucho tiempo desde que había podido contactar con ella por medio del anillo. Se dijo a sí mismo una y otra vez que podría estar dormida, pero nada podía deshacer el terrible nudo de tensión en su estómago. El anillo era su única conexión con ella, y justo ahora se sentía como nada más que un pedazo de metal muerto. Dejó caer las manos a los costados y se movió hacia adelante por el camino, más allá de las estatuas y las bancas con versos inscritos de las obras de Shakespeare. El camino daba vuelta a la derecha, y pudo verla de pronto, sentada delante en una banca mirando lejos de él, su cabello oscuro estaba en una trenza larga por su espalda. Estaba muy quieta, esperando. Esperándolo a él. Simon cuadró la espalda y caminó hacia ella incluso cuando cada paso se sentía como si estuviera pesado con plomo. Ella lo escuchó acercarse y se dio la vuelta, su rostro pálido volviéndose aún más pálido cuando se sentó junto a ella. “Simon,” ella dijo exhalando el aliento. “No estaba segura de si vendrías.” “Hola, Rebecca,” dijo él. Ella le extendió la mano, y él la tomó silenciosamente agradeciendo el pensamiento que lo hizo ponerse guantes esa mañana, de modo que si la tocaba, ella no sentiría el frio de su piel. Había sido tanto tiempo desde la última vez que la vio – quizás cuatro meses – pero ya parecía como la fotografía de alguien a quien has conocido hace mucho tiempo, incluso aunque todo en ella era familiar – su cabello oscuro; sus ojos cafés, la misma forma y color que los de él; la mancha de pecas a través de su nariz. Estaba usando jeans, un impermeable amarillo brillante, y una bufanda verde con grandes flores de algodón amarillas. Clary llamaba el estilo de Becky “hippie-chic”; ya que la mitad de sus ropas venían de tiendas vintage y la otra mitad las cosía ella misma.Cuando él apretó su mano, sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas. “Si,” dijo ella y puso sus brazos alrededor de él y lo abrazó. El la dejó, dándole golpecitos en los brazos y en la espalda torpemente. Cuando ella se alejó, limpiándose los ojos, ella frunció el ceño. “Dios mío, tu cara está fría,” dijo ella. “Deberías usar una bufanda.” Ella lo miró acusadoramente. “Como sea, ¿dónde has estado?” “Te lo dije,” dijo él. “Estaba quedándome con un amigo.” Ella se rió un poco. “Bien Simon, eso lo resume todo,” dijo ella. “¿Qué diablos está pasando?” “Becks…” “Llamé a casa sobre Acción de Gracias,” dijo Rebecca mirando directamente a los árboles. “Ya sabes, que tren debería tomar, y ese tipo de cosas. ¿Y sabes lo que dijo mamá? Dijo que no fuera a casa, que no iba a haber nada de Acción de Gracias. Así que te llamé. Y no respondiste. Llamé a mamá para saber dónde estabas. Ella me colgó el teléfono. Simplemente me colgó. Así que fui a casa. Y es cuando vi todas las cosas religiosas raras por toda la puerta. Me puse histérica con mamá, y ella me dijo que estabas muerto. Muerto. Mi propio hermano. Ella dijo que habías muerto y que un monstruo había tomado tu lugar.” “¿Qué hiciste?”“Me largué de ahí,” dijo Rebecca. Simon pudo notar que ella estaba tratando de sonar dura, pero había un delgado borde atemorizado en su voz. “Era bastante claro que mamá se ha vuelto loca.” “Oh,” dijo Simon. Rebeca y su madre siempre habían compartido una relación difícil. A Rebecca le gustaba referirse a su madre como “chiflada,” o “la dama loca.” Pero era la primera vez que él tenía la sensación de que lo decía en serio. “Condenadamente cierto, oh,” dijo Rebecca. “Estaba histérica. Te envié textos cada cinco minutos. Finalmente obtuve ese texto de mierda diciéndome que estabas quedándote con un amigo. Ahora quieres reunirte aquí conmigo. ¿Qué demonios, Simon? ¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?” “¿Qué cosa lleva pasando tanto tiempo? “¿Qué cosa crees? Mamá, siendo totalmente loca.” Los pequeños dedos de Rebecca cogieron su bufanda. “Tenemos que hacer algo. Hablar con alguien. Doctores. Ponerla en medicación o algo. No sabía qué hacer. No sin ti. Tu eres mi hermano.” “No puedo,” dijo Simon. “Quiero decir, no puedo ayudarte.” Su voz se suavizó. “Ya sé que esto está jodido, y que solo estás en la preparatoria, pero Simon, tenemos que tomar estas decisiones juntos.” “Quiero decir, que no puedo ayudarte a ponerla en medicación,” dijo él. “O llevarla al médico. Porque ella tiene razón. Soy un monstruo.” Rebecca se quedó boquiabierta. “¿Te lavó el cerebro?” “No-“ La voz de ella titubeó. “Ya sabes, pensé que quizás ella podría haberte herido – la forma en que estaba hablando – pero entonces pensé, „No, ella nunca haría eso, no importa qué suceda.‟ Pero si lo hizo- si ella te puso un dedo encima, Simon, Dios me ayude-“ Simon no pudo soportarle más. Se quitó un guante y le extendió la mano a su hermana. Su hermana, quien había sostenido su mano en la playa cuando era demasiado pequeño para andar por el océano sin ayuda. Quien le había quitado la sangre de las prácticas de soccer, y las lágrimas cuando su padre murió y su madre estaba como un zombie recostada en su habitación mirando el techo. Quien le había leído cuentos en su cama con forma de carro de carreras, cuando aún usaba pijamas con pies. Yo soy el Lorax. Yo hablo por los árboles. Quién accidentalmente encogió toda su ropa en la lavadora de modo que quedaron del tamaño de ropa de muñeca, cuando estaba tratando de ayudar en la casa. Quien le empacó su almuerzo cuando su madre no tenía tiempo. Rebecca, pensó. El último vínculo que tenía que cortar. “Toma mi mano,” dijo él. Ella lo tomó y se encogió. “Estás tan helado. ¿Has estado enfermo?” “Podría decirse.” El la miró, forzándola a que sintiera que algo estaba mal con él, algo mal en serio, pero ella solo lo miró de vuelta con sus ojos café llenos de confianza. El se tragó una chispa de impaciencia. No era su culpa. Ella no lo sabía. “Toma mi pulso,” dijo. “No sé como tomar el pulso de alguien, Simon. Estudio Historia Mayor del Arte.” El tomó su mano y le movió los dedos hacia su muñeca. “Presiona. ¿Sientes algo?” Por un momento ella estaba muy quieta. Su fleco meciéndose por la frente. “No. ¿Se supone que lo sienta?” “Becky-“ El le arrebató la muñeca con frustración. No había nada más que hacer. Solo había un modo. “Mírame,” dijo, y cuando sus ojos se levantaron hacia su rostro, él dejó que sus colmillos salieran. Ella gritó. Gritó y se cayó de la banca en el suelo lleno de hojas y barro. Muchos que pasaban los miraron con curiosidad, pero era Nueva York, nadie se detuvo a mirar, solo siguieron adelante. Simon se sintió miserable. Esto era lo que quería, pero era diferente mirándola ahí acurrucada, tan pálida que sus pecas resaltaban como manchas de tinta, su mano sobre la boca. Justo como estuvo su madre. Recordaba decirle a Clary que no había nada peor que sentir que no puedes confiar en la gente que amas; estaba equivocado. Que la gente que amas te tenga miedo es peor. “Rebecca,” dijo y su voz se quebró. “Becky-“Ella sacudió la cabeza, su mano todavía en su boca. Estaba sentada en la tierra con su bufanda barriendo las hojas. Bajo otras circunstancias hubiera sido gracioso. Simon se bajó de la banca y se arrodilló junto a ella. Sus colmillos se habían ido, pero ella estaba mirándolo como si todavía estuvieran ahí. Muy vacilante extendió la mano y le tocó el hombro. “Becks,” dijo. “Nunca te haría daño. Nunca le haría daño a mamá tampoco. Y solo quería verte por última vez y decirte que me voy lejos, y no necesitas verme de nuevo. Las dejaré a las dos en paz. Pueden tener la cena de Acción de Gracias. No voy a presentarme. No trataré de estar en contacto. Yo no-“ “Simon.” Ella cogió su brazo, y entonces lo estaba jalando hacia ella, como un pez en una línea de pescar. Casi cayó sobre ella, y ella lo abrazó, sus brazos alrededor de él, y la última vez que ella lo había abrazado de esta manera fue el día del funeral de su padre, cuando el lloró del modo en que parece que nunca vas a poder parar. “No quiero dejar de verte." “Oh,” dijo Simon. El se sentó en la tierra, tan sorprendido que su mente se había puesto en blanco. Rebecca puso los brazos alrededor de él otra vez, y él se permitió recargarse en ella, aunque ella era más delgada que él. Ella lo sostuvo cuando fueron niños, y ella podría hacerlo de nuevo. “Pensé que no querrías.” “¿Por qué?” “Soy un vampiro,” dijo él. Era extraño escucharse decirlo en voz alta. “¿Entonces existen los vampiros?” “Y los hombres lobos, y otras cosas raras. Esto solo sucedió. Me refiero a que fui atacado. Yo no lo elegí, pero eso no importa. Este soy yo ahora.” “Tú has…” Rebecca dudó, y Simon sintió que esta era la gran pregunta, la que en serio importaba. “¿Mordido a personas?” El pensó en Isabelle, y luego quitó la imagen mental rápidamente. No. Algunas cosas no eran asunto de su hermana. “Bebo sangre de botellas. Sangre de animal. No lastimo a las personas.” “Está bien.” Respiró profundo. “Está bien.” “¿Lo está? ¿Está bien?” “Si. Yo te amo,” dijo. Le frotó la espalda torpemente. El sintió algo húmedo en su mano y miró hacia abajo. Ella estaba llorando. Una de sus lágrimas había salpicado en su mano. Otra le siguió, y él cerró la mano alrededor de ellas. Estaba temblando, pero no del frío, aun así, ella se quitó la bufanda y la puso alrededor de los dos. “Lo resolveremos,” dijo. “Eres mi hermanito, tonto idiota. Te amo sin importar nada.” Se quedaron sentados juntos, hombro con hombro, mirando hacia los espacios sombreados entre los árboles. :::::: Estaba brillante en la habitación de Jace, la luz del medio día se colaba por las ventanas abiertas. El momento en que Clary entró, los tacones de sus botas repicando en el suelo de madera, Jace cerró la puerta y le puso llave, detrás de ella. Hubo un traqueteo cuando él dejó los cuchillos en su mesa de noche. Ella comenzó a darse la vuelta, para preguntarle si estaba bien, cuando él la tomó por la cintura, y la jaló contra él. Las botas le daban una altura extra, pero él aún tenía que inclinarse para besarla. Con sus manos en la cintura la levantó contra él, - un segundo más tarde su boca estaba en la de ella y ella se olvidó de todos los problemas de altura e incomodidades. El sabía como a sal y a fuego. Trató de callar cualquier cosa que no fuera la sensación – el olor familiar de su piel y sudor, el frio de su cabello húmedo contra la mejilla, la forma de sus hombros y espalda, debajo de sus manos, la forma en que su cuerpo encajaba con el de él. Él le quitó el suéter por la cabeza. Su camiseta era de mangas cortas, y pudo sentir el calor saliendo de él contra su piel. Sus labios abrieron los de ella, y se sintió a si misma desmoronándose cuando él deslizó la mano hacia abajo al botón de sus jeans. Le tomó todo el autocontrol que tenía cogerlo de la muñeca con la mano y mantenerlo quieto. “Jace,” dijo. “No lo hagas.” El se alejó lo bastante para verle la cara, sus ojos estaban vidriosos, desenfocados. Su corazón golpeteaba contra el de ella. “¿Por qué?” Ella apretó los ojos cerrándolos. “Anoche – si nosotros no – si yo no me hubiera desmayado, entonces no se qué hubiera pasado, y estábamos en medio de un cuarto lleno de gente. ¿En serio crees que quiero que mi primera vez contigo – o cualquier vez contigo – sea en frente de un montón de extraños?” “Eso no fue nuestra culpa,” dijo él, metiendo los dedos suavemente por entre su cabello. La palma callosa de su mano le raspó la mejilla ligeramente. “Esa cosa plateada eran drogas de hadas, te lo dije. Estábamos drogados. Pero ahora estoy sobrio, y tú estás sobria…”“Y Sebastian está allá arriba, y yo estoy exhausta, y…” “Y no me siento con ganas,” ella mintió. “¿No te sientes con ganas?” Su voz estaba teñida de incredulidad. “Lo siento si nadie te lo ha dicho antes, Jace, pero no. No me siento con ganas.” Ella miró hacia abajo indicando su mano, aún en el borde de sus pantalones. “Y ahora me siento con menos ganas.” El levantó las dos cejas, pero en vez de decir nada, simplemente la soltó. “Jace…” “Voy a tomar una ducha fría,” dijo alejándose de ella. Su cara estaba en blanco, ilegible. Cuando azotó la puerta del baño detrás de él, ella caminó hacia la cama – pulcramente hecha, sin ningún residuo plateado en el cobertor – y se hundió en ella, poniendo la cara en las manos. No era como si Jace y ella nunca hubieran peleado; ella siempre pensó que peleaban tanto como lo hacían las parejas normales, usualmente de buen modo, y ellos nunca habían estado enojados con el otro de un modo significativo. Pero había algo en la frialdad en el fondo de los ojos de Jace que la sacudió, algo que estaba muy lejos e inalcanzable que hacía aún más difícil alejar la pregunta que estaba siempre en el fondo de su mente: <¿Todavía hay algo del verdadero Jace ahí dentro? ¿Queda algo por salvar?> :::::: Ahora es la ley de la jungla, Tan vieja y tan cierta como el cielo, Y el lobo que se sostenga podrá prosperar, Pero el lobo que se rompa deberá morir. Como la trepadora que se enreda en el tronco del árbol, La Ley corre adelante y atrás; Porque la fuerza de la manada es el lobo, Y la fuerza del lobo es la manada. Jordan se quedó viendo sin mirar el poema clavado en el muro de su habitación. Era una impresión antigua que encontró en una tienda de libros usados, las palabras estaban rodeadas por un elaborado marco de hojas. El poema era de Rudyard Kipling, y encapsulaba tan claramente las reglas por las cuales los lobos vivían la Ley que encerraba sus acciones que se preguntó si Kipling no sería un Subterráneo también, o al menos supo de los Acuerdos. Jordan se había sentido movido a comprar la impresión y pegarla en su pared, aunque nunca le había gustado la poesía. Había estado yendo y viniendo en su apartamento por la última hora, algunas veces tomando su teléfono para ver si Maia le había enviado algún mensaje, entre abrir el refrigerador y mirar dentro para ver si algo digno de comerse aparecía. No fue así, pero no quería salir a comprar comida en caso de que ella viniera al apartamento mientras estuviera fuera. También se dio un baño, limpió la cocina, trató de mirar TV y fracasó, y comenzó el proceso de organizar todos sus DVD por color. Estaba inquieto. Inquieto en el modo en que se ponía a veces antes de la luna llena, sabiendo que el Cambio estaba por venir, sintiendo el tirón en la marea de su sangre. Pero la luna estaba menguante, no creciente, y no era el Cambio lo que estaba haciéndole sentir como arañando el camino hacia afuera de su piel. Era Maia. Era estar sin ella, después de casi dos días completos en su compañía, nunca más lejos de un pie de ella. Ella se había ido sola a la estación de policía, diciendo que ahora no era el momento de molestar a la manada con un nomiembro, incluso aunque Luke estaba sanando. No había necesidad de que Jordan viniera, había argumentado, ya que todo lo que ella tenía que hacer era preguntarle a Luke si estaba bien que ella y Magnus visitaran la granja el día siguiente, y entonces ella llamaría a la granja y le advertiría a la manada que estuviera ahí, que salieran de la propiedad. Ella tenía razón, Jordan lo sabía. No había razón para que él fuera con ella, pero en el momento en que se fue, la inquietud lo había golpeado por dentro. ¿Se estaba yendo por que estaba harta de estar con él? ¿Se lo había pensado mejor y decidido que tenía razón antes, sobre ellos? ¿Estaban saliendo? se dijo a sí mismo, y se dio cuenta que estaba parado frente al refrigerador otra vez. Su contenido no había cambiado – botellas de sangre, medio kilo de carne molida, y una manzana mordida. La llave entró en la cerradura de la puerta principal, y el brincó lejos del refrigerador, dando vueltas. Se miró a sí mismo. Estaba descalzó en jeans y con una camiseta vieja. ¿Por qué no se había tomado el tiempo mientras ella estuvo lejos para rasurarse, verse mejor, ponerse algo de colonia, algo? Sus mejillas estaban rosas por el frío, sus labios rojos y sus ojos luminosos. Quería besarla tan desesperadamente que le dolía. En vez de eso, tragó duro. “Entonces - ¿cómo te fue?” “Bien. Magnus puede usar la granja. Ya le envié un mensaje. Ella se acercó a él y se inclinó con los codos en la barra. “También le dije a Luke lo que Raphael dijo sobre Maureen. Espero que esté bien.” Jordan estaba confundido. “¿Por qué pensaste que él necesitaba saberlo?” Ella pareció desinflarse. “Oh Dios. No me digas que se suponía que tuviera que guardarlo en secreto.” “No – solo me preguntaba.” “Bueno, si en realidad hay un vampiro fuera de control, suelto en el Lower Manhattan, la manada debería saberlo. Es su territorio. Además, quería su consejo sobre si debería decírselo a Simon o no.” “¿Y mi consejo?” El estaba jugando a sonar muy herido, pero había una parte de él que lo decía en serio. Lo habían discutido antes, sobre si Jordan debería decirle a su asignación que Maureen estaba ahí afuera y asesinando, o si sería solo añadirle otra carga a lo que Simon tenía que lidiar ahora. Jordan había decidido no decirle nada - ¿qué podría hacer al respecto de cualquier manera?- pero Maia no había estado tan segura. Ella se subió a la barra y se dio la vuelta para encararlo. Incluso sentada, era más alta que él de este modo, sus ojos café brillando hacia los de él. “Quería un consejo maduro.”Él le sostuvo las piernas y pasó las manos por las costuras de sus pantalones. “Tengo dieciocho – ¿no soy lo suficiente maduro para ti?” Ella puso las manos en sus hombros y apretó como probando sus músculos. “Bueno, definitivamente eres grande…” El la jaló bajándola de la barra, atrapándola por la cintura y besándola. El fuego chisporroteó en sus venas cuando ella lo besó de regreso, con su cuerpo derritiéndose contra el de él. El deslizó las manos en su cabello, quitándole su gorra tejida, dejando que sus rizos quedaran libres. Le besó el cuello cuando ella le quitó la camiseta por la cabeza y le pasó las manos por todo él – sus hombros, espalda, brazos, ronroneando en su garganta como un gato. Se sentía como un globo de helio- en las nubes por besarla y ligero con alivio. Entonces ella no se había hartado de él. “Jordy,” dijo ella. “Espera.” Ella casi nunca lo llamaba así, a menos que fuera algo serio. Su corazón, ya alocado, se aceleró aun más. “¿Qué pasa?” “Es solo – si cada vez que nos vemos, nos vamos a la cama- y yo sé que yo lo comencé, no estoy culpándote ni nada – es solo que quizás deberíamos hablar.” El la miró, a sus grandes ojos oscuros, el pulso en su garganta, el rubor en sus mejillas. Con un esfuerzo habló tranquilamente. “Está bien. ¿De qué quieres hablar?” Ella solo lo miró. Después de un momento negó con la cabeza. “Nada.” Ella cerró las manos detrás de su cabeza y lo jaló más cerca, besándolo duro, acomodando su cuerpo contra el de él. “Nada en absoluto.” ……………………………………………….. Clary no sabía cuánto tiempo pasó antes de que Jace saliera del cuarto de baño, secándose con una toalla el pelo mojado. Ella lo miró desde el borde de la cama donde estaba todavía sentada. Él estaba deslizando una camiseta de algodón azul sobre su suave y dorada piel marcada con blancas cicatrices. Ella apartó sus ojos de encima cuando él cruzó la habitación y se sentó a su lado en la cama, oliendo fuertemente a jabón. "Perdóname ", dijo él. Ahora ella lo miró, sorprendida. Se había preguntado si él era capaz de pedir perdón, en su estado actual. Su expresión era grave, un poco rara, pero no poco sincera. "Wow", dijo ella. "Esa ducha fría debe haber sido brutal". Sus labios se curvaron hacia un costado, pero su expresión se volvió seria de nuevo casi de inmediato. Él puso su mano bajo su mentón. "No debería haberte presionado. Es solo... diez semanas atrás, sólo el abrazarnos hubiera sido impensable." "Lo sé". Él le tomó el rostro entre sus manos, sus dedos largos fríos contra sus mejillas, inclinando su rostro hacia arriba. Estaba mirándola a ella, y todo en él era tan familiar -los iris de oro pálido de sus ojos, la cicatriz en su mejilla, el labio inferior, el pequeño desperfecto en su diente que salvó a su apariencia de ser tan perfecto que sería molesto- y sin embargo, de alguna manera era como volver a una casa en la que hubiese vivido de niña, y sabiendo que hasta el exterior podría ser el mismo, una familia diferente vivía allí ahora. "Nunca me importó", dijo él. "Yo te quise de todos modos. Siempre te quise. Nada me importaba más que tú. Nunca". Clary tragó con fuerza. Su estómago revoloteaba, y no sólo con las habituales mariposas que sentía en torno a Jace, sino con malestar real. "Pero Jace. Eso no es verdad. Tú te preocupas por tu familia. Y.. Yo siempre creí que tú estabas orgulloso de ser un Nephilim. Uno de los ángeles". "¿Orgulloso?" dijo él. "Pasa ser mitad ángel, mitad humano - tu siempre eres consciente de tu propia deficiencia. Tú no eres un ángel. Tú no eres dilecto de los cielos. Raziel no se preocupa por nosotros. Ni siquiera podemos orar por él. Oramos a nada. Oramos por nada. ¿Recuerdas cuando te dije que pensaba que tenía sangre de demonio, ya que explicaba por qué me sentía de la manera que me siento por ti? Fue un alivio de alguna manera, pensando en eso. Nunca he sido un ángel, no lo bastante. Bueno", añadió, "Tal vez la parte de la caída". "Los ángeles caídos son demonios". "No quiero ser un Nefilim", dijo Jace."Quiero ser otra cosa. Más fuerte, más rápido, mejor que un humano. Pero diferente. No un subordinado de las Leyes de un ángel que no podría preocuparse menos por nosotros. Libre." Él pasó la mano por un rizo de su cabello. "Soy feliz ahora, Clary. ¿Eso no hace una diferencia?". "Pensé que éramos felices juntos", dijo Clary. "Siempre he sido feliz contigo", dijo, "Pero nunca pensé que lo merecía". "¿Y ahora?" "Y ahora esa sensación se ha ido", dijo. “Todo lo que sé es que te amo. Y por primera vez, eso es suficiente". Ella cerró sus ojos. Un momento más tarde él la estaba besando de nuevo, muysuavemente esta vez, su boca trazando la de ella. Ella se sentía flexible bajo sus manos. Sentía como su respiración se aceleraba y su propio pulso daba un salto. Las manos de él acariciaron a lo largo de su cabello, por la espalda, la cintura. Su tacto era reconfortante -la sensación de sus latidos contra los de ella eran como una música familiar- y como si la clave fuera ligeramente diferente, con sus ojos cerrados, ella no lo podía decir. Su sangre era la misma, bajo la piel, ella pensó, como la Reina Seelie había dicho; su corazón se aceleró cuando el de él lo hizo, casi se detuvo cuando el de él también. Si ella tuviera que hacerlo de nuevo, pensó, bajo la mirada implacable de Raziel, hubiera hecho la misma cosa. Esta vez él se echó hacia atrás, dejando que sus dedos permanecieran en su mejilla, sus labios. "Quiero lo que tú quieras" él dijo. "Siempre que lo desees". Clary sintió un escalofrío que recorrió su columna vertebral. Las palabras eran simples, pero había una peligrosa y seductiva invitación a la caída de su voz: Lo que quieras, siempre que lo desees. Su mano alisó su cabello, por su espalda, deteniéndose en su cintura. Ella tragó con fuerza. Esto era mucho más de lo que ella era capaz de frenar. "Léeme", dijo ella inesperadamente. Él parpadeó. "¿Qué?". Ella estaba mirando más allá de él, a los libros sobre su mesita de noche. "Es mucho para procesar", dijo. "Lo que dijo Sebastian, lo que paso la otra noche, todo. Necesito dormir, pero estoy muy alterada. Cuando era pequeña y no podía dormir, mi madre solía leerme para relajarme". "¿Y ahora yo te recuerdo a tu madre? Tengo que probar una colonia más varonil". "No, es solo... Pensé que sería bueno". Él se deslizó de nuevo sobre las almohadas,llegando a la pila de libros junto a la cama. "Algo en particular que quieras oír?". Con un ademán agarró el libro de la parte superior de la pila. Lucía viejo, encuadernado en cuero, el titulo estampado en oro en el frente. Historia de Dos Ciudades "Dickens siempre está prometiendo..." "Lo he leído antes. Para la escuela", recalcó Clary. Se deslizó sobre las almohadas al lado de Jace. "Pero no recuerdo nada, así que, no me importaría escucharla de nuevo". "Excelente. Me han dicho que tengo una adorable y melódica voz de lectura." Pasó el libro a la página principal, donde el título estaba impreso en escritura ornamental. A través de ella había una dedicatoria, la tinta se había desvanecido y ahora era apenas legible, aunque Clary podía distinguir la firma: Con esperanza finalmente, William Herondale. "Algún antepasado tuyo", dijo Clary, pasando sus dedos sobre la página. "Sí. Es extraño que Valentine lo tuviera. Mi padre debe habérselo dado." Jace abrió al azar en una página y empezó a leer: "Él ensombreció su rostro después de un rato, y habló constantemente. 'No tengas miedo de escucharme. No empequeñezca todo lo que digo. Soy como alguien que murió joven. Toda mi vida podría haber sido.' "'No, Sr. Carton. Estoy seguro de que la mejor parte de ella aún podría ser; estoy seguro de que podría ser mucho, mucho más digno de ti mismo.'" "Oh, ya recuerdo esta historia" dijo Clary. "Un triangulo amoroso. Ella se queda con el chico aburrido". Jace se rió entre dientes suavemente. "Aburrido para ti. ¿Quién puede decir lo que tenían las calientes damas victorianas debajo de las enaguas?" "Es cierto, ¿Sabes?" "¿Qué, lo de las enaguas?" "No. Que tienes una adorable voz de lectura". Clary volvió su rosto contra su hombre. Eran momentos como este, más que cuando él la estaba besando, los que dolían- momento en los que podría haber sido su Jace. Mientras ella seguía con los ojos cerrados. "Todo eso, y unas abdominales de acero," dijo Jace, pasando otra página. "¿Qué más deseas pedirme?
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Mensaje por StephRG14 el Jue 07 Mayo 2015, 6:04 pm

Capitulo 17; Despedida


 “Tenemos que seguir escuchando esta música lacrimógena?” preguntó Isabelle, su pie cruzado golpeteando contra el tablero de la camioneta de Jordan.“Resulta que ésta música lacrimógena, es la que me gusta a mí, mi niña, y ya que soy yo quien estoy conduciendo, me toca elegir,” dijo Magnus altivamente. De hecho estaba conduciendo. Simon se había sorprendido de que supiera cómo, aunque no estaba seguro de por qué. Magnus había estado vivo por eras. Seguramente había encontrado la manera de apretar dos semanas de escuela de manejo. Aunque Simon no podía evitar preguntarse qué fecha de nacimiento tenía su licencia. Isabelle rodó los ojos, probablemente porque no había suficiente espacio como para hacer otra cosa en la cabina de la camioneta, con los cuatro apretados juntos en el asiento. Simon no había esperado que ella viniera. No había esperado que nadie viniera a la granja con él excepto Magnus, aunque Alec insistió en venir también (para gran molestia de Magnus, ya que consideraba toda el asunto demasiado peligroso), u entonces, justo cuando Magnus había encendido el motor de la camioneta, Isabelle había venido de prisa por las escaleras de su apartamento y se había salido por la puerta del frente jadeando y sin aire. “Yo voy también,” anunció. Y así fue. Ninguno pudo convencerla o disuadirla. No miró a Simon mientras insistía o explicó por qué quería venir, pero lo hizo, y aquí estaba. Usando unos pantalones y una chaqueta de gamuza morada que debió haber robado del armario de Magnus. Su cinto de armas estaba enredado en sus delgadas caderas. Estaba apretada contra Simon, cuyo otro lado estaba apretado contra la puerta del carro. Un mechón de su cabello estaba volando libre y haciéndole cosquillas en la cara. “¿Qué es de todos modos?” dijo Alec frunciendo el ceño al reproductor de CD que estaba tocando música sin un CD en él. Magnus simplemente le había dado un golpecito al sistema de sonido con un dedo chispeante de azul, y había comenzado a tocar. “¿Es alguna banda de hadas?” Magnus no respondió, pero la música subió de volumen.  Isabelle bufó. “Todos los chicos eran gay. En esta camioneta al menos. Bueno, tu no, Simon.” “Lo has notado,” dijo Simon. “Pienso en mi mismo como un bisexual libre,” añadió Magnus. “Por favor nunca digas esas palabras enfrente de mis padres,” dijo Alec. “Especialmente frente a mi padre.” “Pensé que tus padres estaban de acuerdo con que salieras del armario,” dijo Simon, inclinándose para ver a Alec más allá de Isabelle quien estaba – como a menudo estaba- ceñudo y quitándose el cabello oscuro de los ojos. Además del intercambio ocasional, Simon no le había hablado mucho a Alec. No era una persona fácil de conocer. Pero Simon tenía que admitir que su reciente distanciamiento de su madre lo hacía todavía más curioso de la pregunta de Alec que si hubiera sido de otra manera. “Mi madre parece aceptarlo,” dijo Alec. “Pero mi padre – no, en realidad no. Una vez me preguntó que si que pensaba que me había vuelto gay.” Simon sintió a Isabelle tensarse junto a él. “¿Volverte gay?” sonaba incrédula. “Alec tu nunca me dijiste eso.” “Espero que le hayas dicho que fuiste mordido por una araña gay,” dijo Simon. Magnus bufó; Isabelle parecía confundida. “He leído la pila de comics de Magnus,” dijo Alec, “así que en realidad sé de lo que estás hablando.” Una sonrisa juguetona le curvó los labios. “Entonces, ¿obtendría la homosexualidad proporcional de una araña? “Solo si fuera una araña verdaderamente gay,” dijo Magnus, y gritó cuando Magnus lo golpeó en el brazo. “Ow, bueno, no me hagas caso.” “Bueno, como sea,” dijo Isabelle, obviamente molesta por no entender el chiste. “No es como si papá fuera a volver de Idris de cualquier manera.” Alec suspiró. “Siento arruinar tu visión de nuestra familia feliz. Sé que quieres pensar que Papá está de acuerdo con que yo sea gay, pero no es así.” “Pero si tu no me dices cuando la gente te dice cosas así, o hace cosas que te lastiman, ¿cómo puedo ayudarte entonces?” Simon sintió la agitación de Isabelle vibrando a través de su cuerpo. “¿Cómo puedo yo-“ “Iz,” dijo Alec cansadamente. “No es como si fuera una sola cosa grande. Es un montón de cosas invisibles. Cuando Magnus y yo estábamos viajando, y yo llamaba a papá del camino, nunca me preguntó cómo estaba él. Cuando me levanto para hablar en las reuniones de la Clave, nadie me escucha, y no sé si es porque soy joven o por algo más. Veo a mi mamá hablando conalguna amiga sobre su nieto, y en el segundo que entro en la habitación, se callan. Irina Cartwright me dijo que era una lástima que nadie fuera a heredar mis ojos azules ahora.” Se encogió de hombros y miró hacia Magnus quien quitó una mano del volante por un momento para ponerla en la de Alec. “No es como si fuera una puñalada de la que me puedes proteger. Es un millón de pequeños cortes como de papel, cada día.” “Alec,” comenzó Isabelle, pero antes de que pudiera decir nada más, la señal de que se había acabado el camino brillaba más adelante: una tabla de madera en la forma de una flecha con las palabras Granja Tres Flechas pintadas en ella en letra de molde. Simon recordaba a Luke arrodillado en el suelo de la granja, cuidadosamente deletreando las palabras en pintura negra mientras que Clary añadía el – ahora desgastado y casi invisible – patrón de flores en el fondo. “Da vuelta a la izquierda,” dijo señalando con un brazo y caso golpeando a Alec. “Magnus, ya llegamos.” ::: Habían tomado muchos capítulos de Dickens antes de que Clary finalmente sucumbiera al cansancio y se quedara dormida contra el hombro de Jace. Medio en sueño, medio en la realidad, se acordaba de él llevándola escaleras abajo, y recostándola en la cama en la que despertó el primer día en el apartamento. Había cerrado las cortinas y la puerta detrás de él cuando se fue, cerrando la habitación en la oscuridad, y ella se había quedado dormida con su voz en el pasillo, hablándole a Sebastian. Soñó otra vez con el lago congelado, y con Simon llorando por ella, y con una Ciudad como Alicante, pero las torres demonio estaban hechas con huesos humanos y en los canales corría sangre. Se levantó enredada en las sábanas, su cabello una masa de nudos y la luz afuera de la ventana era difusa como en la oscuridad del crepúsculo. Al principio pensó que las voces fuera de su puerta eran parte del sueño, pero cuando se hicieron más fuertes, levantó la cabeza y escuchó, aun adormecida y medio enredada en la red del sueño. “Hey, hermanito.” Era la voz de Sebastian, flotando por debajo de la puerta desde la sala de estar. “¿Ya está hecho?” Hubo un largo silencio. Entonces la voz de Jace, extrañamente plana y sin color. “Está hecho.” Sebastian tomó aire en seco. “Y la mujer – hizo como le pedimos? ¿Hizo la copa?” “Si.” “Muéstramela.” Un susurro. Silencio. Jace dijo. “Mira, quédatela si quieres.” “No.” Había una curiosidad pensativa en el tono de Sebastian. “Tu quédatela de momento. Hiciste todo el trabajo trayéndola después de todo. ¿Cierto?.” “Pero fue tu plan.” Hubo algo en la voz de Jace, algo que le hizo a Clary inclinarse hacia adelante y presionar la oreja contra la pared, de pronto desesperada por escuchar más. “Y lo hice, justo como tú querías. Ahora, si no te importa-“ “Me importa.” Hubo un susurro. Clary se imaginó a Sebastian de pie, mirando a Jace hacia abajo desde la pulgada más o menos que les dividía en estatura. “Hay algo mal. Puedo verlo. Puedo leerte, ya sabes.” “Estoy cansado. Y hubo un montón de sangre. Mira solo necesito limpiarme y dormir. Y …” la voz de Jace murió. “Y ver a mi hermana.” “Me gustaría verla, si.” “Está dormida. Ha estado así por horas.” “¿Necesito pedirte permiso?” Había un borde afilado en la voz de Jace, algo que le recordó a Clary la forma en que le había hablado a Valentine. Algo que no había escuchado en su forma de hablarle a Sebastian en mucho tiempo. “No.” Sebastian sonaba sorprendido, casi tomado fuera de guardia. “Supongo que quieres entrar ahí y mirar esperanzado a su rostro dormido, adelante, ve. Nunca entenderé por qué-“ “No,” dijo Jace. “Nunca entenderás.”Hubo un silencio. Clary podía imaginar tan claramente a Sebastian mirando a Jace que le tomó un momento darse cuenta de que Jace debía estar viniendo hacia su cuarto. Solo tuvo el tiempo suficiente para lanzarse a la cama y cerrar los ojos antes de que la puerta se abriera, dejando entrar una rendija de luz amarilla, que momentáneamente la dejó ciega. Hizo lo que esperaba fuera un sonido realista de estar despertándose y se dio la vuelta, con la mano en su cara. “¿Qué?” La puerta se cerró. La habitación estaba sumida en la oscuridad de nuevo. Solo podía ver a Jace como una figura que se movía lentamente hacia su cama, hasta que estuvo de pie frente a ella, y no pudo evitar sino recordar otra noche cuando él vino a su habitación mientras dormía. Jace parado junto a la cabecera de su cama, aún usando la ropa de luto, y no había nada ligero o sarcástico o distante en el modo en que la estaba mirando. “He estado dando vueltas toda la noche – no podía dormir – y me encontré viniendo aquí una y otra vez. A ti.” Solo era una silueta ahora, una silueta con cabello rubio que brillaba en la débil luz que se filtraba por debajo de la puerta. “Clary,” susurró. Hubo un golpe y ella se dio cuenta que se había dejado caer de rodillas junto a su cama. No se movió pero su cuerpo se puso tenso. Su voz era un susurro. “Clary, soy yo. Soy Yo.” Sus ojos se abrieron, amplios, sus miradas se encontraron. Estaba mirando a Jace hincado junto a su cama sus ojos estaban al mismo nivel de los de ella. Estaba usando un largo abrigo de lana, abotonado todo hasta la garganta donde podía ver Marcasnegras – silencio, agilidad, precisión – como una especie de collar contra su garganta. Sus ojos eran muy dorados y muy abiertos, y ella pudo ver a través de ellos, vio a Jace – su Jace. El Jace que la había levantado en brazos cuando estaba muriendo del veneno del Rapiñador; el Jace que la había mirado mientras sostenía a Simon contra la luz del amanecer sobre el East River; el Jace quien le habló sobre ese niño pequeño y el halcón que mató su padre. El Jace que ella amaba. Su corazón pareció detenerse al instante. Ni siquiera pudo jadear. Los ojos de él estaban llenos de urgencia y dolor. “Por favor,” murmuró. “Por favor, créeme.” Ella le creía. Llevaban la misma sangre, amaban del mismo modo; este era su Jace, tanto como que sus manos eran propias, su corazón era propio. Pero – “¿Cómo?” “Clary, shh-“ Ella comenzó a sentarse, pero él la empujó de vuelta contra la cama por los hombros. “No podemos hablar ahora. Tengo que irme.” Ella sujetó su manga, y lo sintió estremecerse. “No me dejes.” El dejó caer la cabeza por un momento; cuando la miró de nuevo, sus ojos estaban secos pero la expresión en ellos la silenció. “Espera unos segundos después de que me vaya,” le susurró. “Luego, escabúllete a mi habitación. Sebastian no puede saber que estamos juntos. No esta noche.” Pesadamente se puso de pie, sus ojos suplicantes. “No le dejes que te escuche.” Ella se sentó. “Tu estela. Déjame tu estela.” La duda brilló en sus ojos; ella mantuve firmemente la mirada en él y luego extendió la mano. Después de un momento el tomó de su cinturón el brillante instrumento; y lo dejó en su mano. Por un momento sus manos se tocaron y ella tembló – solo un roce de este Jace era casi tan poderoso como los besos y el rasgarse el uno al otro que habían hecho en el club la otra noche. Ella sabía que él lo había sentido también, por que quitó su mano de prisa y comenzó a caminar de espaldas hacia la puerta. Pudo escuchar su respiración rápida y entrecortada. Rebuscó detrás de sí por la cerradura y luego salió, sus ojos en su rostro hasta el último momento en que la puerta se cerró entre ellos con un decidido click. Clary se sentó en la oscuridad aturdida. Su sangre se sentía como si se hubiera espesado en sus venas, y su corazón estuviera teniendo doble trabajo para seguir latiendo. Jace. Mi Jace. Su mano se apretó en la estela. Algo sobre eso, su fría dureza, pareció hacerla enfocarse y agudizar sus pensamientos. Se miró a sí misma. Estaba usando una camiseta y unos pantalones cortos de pijamas; tenía los vellos de los brazos de punta, pero no por que tuviera frío. Puso la punta de la estela en el interior de su brazo y dibujó lentamente sobre su piel, viendo como la Runa del Silencio hacía espiral a través de su piel blanca y con venas azules. Abrió la puerta, solo una grieta. Sebastian se había ido a dormir seguramente. Había música tocando en la televisión – algo clásico, del tipo de música de piano que a Jace le gustaba. Se preguntó si Sebastian apreciaba la música, cualquier tipo de ella. Parecía una capacidad tan humana. A pesar de su preocupación sobre a donde pudo haber ido, sus pies la llevaron hacia el pasaje que llevaba a la cocina – y entonces había pasado la sala de estar y subiendo las escaleras, sus pies no hacían ruido cuando alcanzó la cima y se apresuró por el pasillo hacia la habitación de Jace. Entonces estaba abriendo la puerta apresuradamente y metiéndose dentro, la puerta cerrándose en silencio detrás de ella. Las ventanas estaban abiertas, u a través de ellas podía ver los tejados y una rebanada de la luna, una noche perfecta en Paris. La luz mágica de Jace estaba en la mesa de noche junto a su cama. Brillaba con una floja energía que daba poca iluminación a través de la habitación. Era suficiente para que Clary viera a Jace de pie entre las dos largas ventanas. Se había quitado el largo abrigo negro que yacía amontonado a sus pies. Se dio cuenta inmediatamente por qué no se lo había quitado cuando llegó a la casa, por qué lo había mantenido abotonado hasta la garganta. Porque debajo de éste solo usaba una camisa gris, y pantalones – y estaban pegajosos y empapados en sangre. Partes de la camiseta estaban desgarrados, como si hubiera sido cortada con una hoja muy afilada. Su manga izquierda estaba enrollada y había un vendaje blanco enredado en su antebrazo – seguro acababa de hacerlo – ya estaba oscureciéndose en los bordes con sangre. Sus pies estaban descalzos, había pateado los zapatos y el suelo donde estaba de pie estaba salpicado con sangre como lágrimas escarlatas.“Jace,” dijo ella suavemente. De pronto parecía una locura que hubiera tanto espacio entre ambos, que ella estuviera de pie al otro lado de la habitación de donde estaba Jace, y de que no estuvieran tocándose. Comenzó a acercarse hacia él, pero el levantó una mano para impedírselo. “No.” Su voz se resquebrajó. Entonces sus dedos fueron a los botones de su camisa, deshaciéndolos, uno por uno. Se la quitó de los hombros y la dejó que cayera al suelo. Clary lo observó. La runa de Lilith todavía estaba en su sitio, sobre su corazón, pero en vez de brillar rojo- plateado, parecía como si la punta caliente de un atizador hubiera sido arrastrado por la piel, achicharrándola. Ella puso la mano sobre su propio pecho involuntariamente, sus dedos extendidos sobre su corazón. Podía sentirlo latiendo, duro y fuerte. “Oh.” “Si. Oh,” dijo Jace llanamente. “Esto no va a durar, Clary. Yo, siendo yo mismo. Solo mientras esto no se haya curado.”“Me pregunto,” Clary tartamudeó. “Antes – cuando estabas durmiendo – pensé sobre cortar la runa como lo hice cuando peleaste con Lilith. Pero tenía miedo de que Sebastian lo sintiera.” “Lo hubiera sentido.” Los ojos dorados de Jace eran tan planos como su voz. “No sintió esto porque fue hecho con pugio – una daga forjada en sangre de ángel. Son increíblemente raras; nunca había visto una en la vida real antes.” Pasó los dedos por su cabello. “La hoja se convirtió en ceniza caliente luego de tocarme, pero hizo el daño que necesitaba.” “Estuviste en una pelea. ¿Fue un demonio? Por qué Sebastian no fue con-“ “Clary.” La voz de Jace fu casi un susurro. “Esto va a tomar más que una herida ordinaria en sanarse… pero no para siempre. Y entonces, seré de él de nuevo. “¿Cuánto tiempo? ¿Antes que vuelvas a como eras?” “No lo sé. Yo solo, no lo sé. Pero quería – necesitaba estar contigo así, como yo mismo, por tanto tiempo como pueda.” Extendió la mano hacia ella tensamente, como si estuviera inseguro de su recepción. “¿Crees que podrías –“ Ella ya estaba corriendo a través de la habitación hacia él. Le lanzó los brazos alrededor del cuello. El la atrapó y la hizo girar, enterrando la cara en la curva de su cuello. Ella lo respiró como si fuera aire. Olía a sangre y sudor y a cenizas y a Marcas. “Eres tú,” susurró. “En verdad eres tú.” El se echó hacia atrás para mirarla. Con su mano libre trazó su mejilla amablemente. Había extrañado eso, su amabilidad. Era una de las cosas que la habían hecho enamorarse de él en primer lugar – darse cuenta que este chico cicatrizado y sarcástico era amable con las cosas que amaba. “Te extrañé,” dijo ella. “Te extrañé tanto.” El cerró los ojos como si sus palabras le dolieran. Ella puso su mano en la mejilla y él se inclinó hacia su palma, con el cabello haciéndole cosquillas en los nudillos, y ella se dio cuenta que su rostro estaba húmedo también. El muchacho nunca lloró de nuevo. “No es tu culpa,” dijo ella. Besó su mejilla con la misma ternura que él le había mostrado. Probó sal – sangre y lágrimas. Aún no había hablado, pero ella pudo sentir el salvaje palpitar de su corazón contra el pecho. Sus brazos estaban apretados alrededor de ella, como si no quisiera dejarla ir nunca. Ella besó su mejilla, su quijada y por ultimo su boca, una ligera presión de labios contra labios. No había nada del frenesí que hubo en el club nocturno. Era un beso que pretendía dar consuelo, decir todo lo que no había tiempo para decir. El la besó de vuelta, con dudas al principio, y luego con mayor urgencia, su mano metiéndose en su cabello, enredando los mechones entre sus dedos. Sus besos se hicieron más profundos, lentamente, suavemente, la intensidad creciendo entre ellos como siempre lo hacía, como una llamarada que empezaba con un simple cerillo y se extendía hasta un incendio. Ella sabía que tan fuerte era, pero aún sintió sorpresa cuando la cargó hacia la cama y la recostó amablemente entre las almohadas revueltas, deslizando su cuerpo sobre el de ella, un gesto ligero que le recordó para qué eran todas esas marcas en su cuerpo. Fuerza. Gracia. Ligereza de toque. Respiró su aliento mientras se besaban, cada beso a conciencia ahora, persistente, exploratorio. Sus manos se deslizaron sobre él, sus hombros, los músculos de sus brazos, su espalda. Su piel desnuda se sentía como seda caliente bajo las palmas. Cuando sus manos encontraron la bastilla de su blusa, ella estiró los brazos, arqueando la espalda, queriendo que cualquier barrera entre ellos se fuera. En el momento que estuvo fuera, ella lo jaló de vuelta contra ella, sus besos más feroces ahora, como si estuvieran luchando para alcanzar algún sitio oculto dentro del otro. No hubiera pensado que podían estar más cerca, pero de algún modo mientras se besaban, se enredaron el uno con el otro como un intrincado tejido, cada beso más hambriento, más profundo que el anterior. Sus manos se movían rápidamente sobre éll otro y luego más lentamente, descubriendo sin prisas. Enterró los dedos en sus hombros cuando le besó la garganta, las clavículas, la marca de estrella en su hombro. Ella arañó la suya también, con el dorso de sus nudillos y besó la herida Marca de Lilith en su pecho. Lo sintió estremecerse, deseándola, y ella sabía que estaba en el borde del punto sin retorno, y no le importaba. Sabía lo que era perderlo ahora. Conocía los días de vacía oscuridad que vendrían. Y sabía que si lo perdía, ella querría recordar esto. Algo a lo que aferrarse. Que había estado tan cerca de él una vez como puedes estarlo con otra persona. Enredó los tobillos en la parte baja de su espalda, y él gruñó contra su boca, un suave y bajo, sonido desesperado. Sus dedos clavándose en sus caderas. “Clary.” El se alejó. Estaba temblando. “No puedo… Si no paramos ahora, no seré capaz.” “¿No quieres hacerlo?” Ella lo miró con sorpresa. Estaba ruborizado y despeinado, su rubio cabello un oro oscuro donde el sudor lo había pegado contra su frente y sienes. Ella pudo sentir su corazón desacompasado en su pecho. “Si, es solo que nunca-“ “¿No lo has hecho?” Estaba sorprendida. “No lo habías hecho antes?” El tomó aire profundamente. “Lo he hecho.” Sus ojos le buscaron el rostro, como si estuviera buscando juicios, desaprobación o incluso disgusto. Clary lo miró tranquilamente. Era lo que había asumido de todos modos. “Pero no cuando importaba.” Él le tocó la mejilla con los dedos, ligeros como plumas. “Ni si quiera sé cómo…”Clary se rió suavemente. “Creo que ha quedado establecido que sabes cómo.” “No es lo que quiero decir.” El tomó la mano de ella y la puso contra su cara. “Te deseo,” dijo, “más de lo que he deseado cualquier cosa en la vida. Pero yo…” El tragó duro. “En el Nombre del Ángel. Voy a patearme a mí mismo por esto después.” “No digas que estás tratando de protegerme,” dijo ella ferozmente. “Porque yo –“ “No es so,” dijo. “No me estoy sacrificando. Estoy… celoso.” “¿Estás –celoso? ¿De quién?” “De mi mismo.” Su cara se retorció. “Odio la idea de él estando contigo. Él. El otro yo. El que Sebastian controla” Ella sintió su cara comenzar a arder. “En el club… la otra noche…” El dejó caer la cabeza contra su hombro. Un poco sorprendida, le acarició la espalda, sintiendo los rasguños donde sus uñas habían rasgado su piel en el club nocturno. El recuerdo en específico la hizo ruborizarse todavía más. También el conocimiento de que él pudo haberse quitado esos rasguños con un iratze si hubiera querido. Pero no lo hizo. “Recuerdo todo sobre anoche,” dijo. “Y me vuelve loco, porque era yo, pero no era yo. Cuando estemos juntos, quiero que sea la verdadera tú. El verdadero yo.” “¿No es lo que somos justo ahora?” “Si.” Levantó la cabeza, besó su boca. “¿Pero por cuánto tiempo? Puedo volver a ser él en cualquier minuto. No podría hacerte eso. A nosotros.” Su voz era amarga. “Ni siquiera sé cómo puedes soportarlo, estar alrededor de ésta cosa, que no soy yo.” “Incluso si volvieras a ser eso en cinco minutos,” dijo ella, “hubiera valido la pena, solo por estar contigo así de nuevo. Porque no hubiera terminado en ese tejado. Porque este eres tú, e incluso ese otro tú – hay piezas del verdadero tú ahí dentro. Es como si te estuviera viendo a través de una ventana borrosa, pero no es el verdadero tú. Y al menos ahora ya sé eso.” “¿Qué quieres decir?” sus manos se apretaron en sus hombros. “¿Qué quieres decir con que al menos ahora ya lo sabes?” Ella dejó de respirar. “Jace, cuando estábamos juntos al principio, como en serio juntos, tú estabas tan feliz durante ese primer mes. Y todo lo que hacíamos juntos era gracioso y divertido e increíble. Y entonces fue como si empezara a agotarse en ti, toda esa felicidad. Tu no querías estar conmigo o mirarme-“ “Tenía miedo de que fuera a lastimarte. Pensé que me estaba volviendo loco.” “No sonreías o te reías por un chiste. Y no te estoy culpando. Lilith estaba metiéndose en tu cabeza, controlándote. Cambiándote. Pero tienes que recordar – sé que tan estúpido suena – que nunca he tenido un novio antes. Pensé que quizás era normal. Que quizás simplemente te estabas cansando de mi.” “No podría –“ “No estoy pidiendo que me confortes,” dijo ella. “Te estoy contando las cosas. Cuando tú estás – como estás, controlado – pareces feliz. Vine aquí porque quería salvarte.” Su voz decayó. “Pero había comenzado a preguntarme de qué te estaba salvando. ¿Cómo podría devolverte a una vida en la que parecías tan infeliz?” “¿Infeliz?” el negó con la cabeza. “Era afortunado. Tan, tan afortunado. Y no podía verlo.” Sus ojos se encontraron con los de ella. “Y tú me haces más feliz de lo que nunca pensé que podría ser. Y ahora que se lo que es ser alguien más – perderme a mí mismo- quiero mi vida de vuelta. A mi familia. A ti. Todo.” Sus ojos se oscurecieron. “Lo quiero de vuelta.” Su boca calló sobre la de ella, con una presión devastadora, sus labios abiertos, calientes, y hambrientos, y sus manos enredadas en su cintura – y luego en las sábanas a cada lado de ella casi desgarrándolas. Se alejó, jadeando. “No podemos –“ “Entonces deja de besarme!” ella jadeó. “De hecho –“salió de debajo de su agarre, cogiendo su blusa. “Ya regreso.” Lo empujó y se fue al baño cerrando con llave la puerta detrás de ella. Encendió la luz y se miró en el espejo. Se veía con los ojos salvajes, el cabello enredado, los labios hinchados de los besos. Se ruborizó y se puso de vuelta su blusa, salpicándose la cara con agua fría, retorciendo en cabello en un moño. Cuando se convenció de que no parecía la damisela violada de laportada de una novela de romance, se fue por una toalla de mano – nada romántico en ello – tomando una y humedeciéndola, entonces frotándole jabón. Volvió a la habitación. Jace estaba sentado en el borde de la cama, en pantalones y una camisa limpia in abotonar, su cabello despeinado estaba delineado por la luna. Se veía como la estatua de un ángel. Solo que los ángeles usualmente no suelen ir salpicados en sangre. Se movió para pararse frente a él. “Está bien,” dijo. “Quítate la camisa.” El levantó las cejas. “No voy a atacarte,” dijo con impaciencia. “Puedo soportar la vista de tu pecho desnudo sin desmayarme.” “¿Estás segura?” preguntó, obedientemente quitándose la camisa por los hombros. “Porque el ver mi pecho desnudo ha causado que muchas mujeres se lastimen seriamente a sí mismas por causar una estampida para atraparme.” “Sí, bueno, no veo a nadie más aquí. Y solo quiero limpiarte esa sangre.” El recargó obedientemente en sus manos. La sangre le había empapado la camiseta que había estado usando y salpicado en su pecho y las llanas planicies de su estómago, pero cuando ella pasó los dedos por cuidadosamente sobre él, pudo sentir que la mayoría de los cortes eran superficiales. El iratze que se había puesto más temprano ya estaba haciendo que desaparecieran.El volteó la cara hacia ella, con los ojos cerrados cuando pasó la toalla mojada sobre su piel, la sangre tiñendo de color rosa el algodón blanco. Frotó las manchas secas en su cuello, escurriendo la toalla, sumergiéndola en el vaso de agua en la mesita de noche, y se puso a trabajar en su pecho. Estaba sentado con la cabeza echada hacia atrás, mirándola mientras la toalla se deslizaba sobre los músculos de sus hombros, las suaves líneas de sus brazos, hombros, su pecho duro cicatrizado con líneas blancas, el negro de las Marcas permanentes. “Clary, dijo él. “¿Sí?” El humo se había ido de su voz. “No voy a recordar esto,” le dijo. “Cuando vuelva – como estaba, bajo su control, no recordaré ser yo mismo. No recordaré el estar contigo, o haber hablado contigo así. Así que, dime – ¿están bien? ¿Mi familia? ¿Saben ellos-“ “¿Lo que te pasó? Muy poco. Y no, no están bien.” El cerró los ojos. “Podría mentirte,” dijo. “Pero debes saber. Ellos te aman tanto, y quieren que vuelvas.” “No de esta manera,” dijo él. Ella tocó su hombro. “¿Vas a decirme lo que pasó? ¿Cómo te hiciste estos cortes?” El respiró profundamente, y la cicatriz en su pecho resaltó, lívida y oscura. “Maté a alguien.” Ella sintió la impresión de sus palabras ir a través de ella como el tirón de un arma. Dejó caer la toalla ensangrentada y se inclinó para recogerla. Cuando miró hacia arriba él estaba viéndola. Delineada con la luz de la luna su expresión era fina, y aguda, y triste. “¿Quién?” preguntó. “La conociste,” dijo Jace, cada palabra era un peso más. “La mujer que fuiste a visitar con Sebastian. La Hermana de Hierro. Magdalena.” El se retorció alejándose de ella, y se estiró para coger algo enredado entre las mantas en la cama. Los músculos en sus brazos y espalda, se movieron bajo la piel cuando lo tomó y se dio la vuelta hacia Clary, el objeto brillando en su mano. Era un cáliz transparente como de cristal – una réplica exacta de la Copa Mortal, excepto que esa era de oro y esta estaba tallada en adamas blanco-plateado. “Sebastian me envió – lo envió a él- a traer esto esta noche,” dijo Jace. “Y también me dio la orden de matarla. Ella no se lo esperaba. No estaba esperando ninguna violencia solo el pago y el intercambio. Pensó que estábamos del mismo lado. La dejé que me diera la copa, y entonces tomé mi daga y yo-“Inhaló cortante como si el recuerdo le doliera. “La apuñalé. Quería que fuera a través del corazón pero ella se dio la vuelta y fallé por pulgadas. Se echó hacia atrás y buscó su mesa de trabajo – había adamas en polvo ahí – se lo lanzó. Pensé que quería cegarme así que volteé la cara, y cuando volví a mirar tenía un aegis en su mano. Pensé que sabía lo que era. La luz me encandiló. Chillé cuando lo puso en mi pecho – sentí un dolor cegador en la Marca, y entonces la hoja se hizo añicos.” El miró hacia abajo y soltó una risa sin alegría. “Lo gracioso es que, si hubiera estado usando ropa de combate, no hubiera sucedido. No lo hice porque pensé que no valía la pena . No pensé que pudiera herirme pero el aegis quemó la Marca – la Marca de Lilith- y de pronto era yo mismo, de pie sobre una mujer muerta con una daga ensangrentada en mi mano y la Copa en la otra.” “No lo comprendo. ¿Por qué Sebastian te pidió que la mataras? Ella iba a darte la Copa. A Sebastian. Ella dijo-“ Jace soltó un aliento entrecortado. “¿Recuerdas lo que Sebastian dijo sobre ese reloj en la Plaza de Pueblo Viejo? ¿En Praga? “Que el rey había mandado sacarle los ojos al relojero después de que lo hizo para que no pudiera hacer nada tan hermoso de nuevo,” dijo Clary. “Pero no veo –“ “Sebastian quería que Magdalena estuviera muerta para que no pudiera hacer nada como esto de nuevo,” dijo Jace. “Y para que no pudiera hablar.” “¿Hablar sobre qué?” Ella puso una mano en la barbilla de Jace y jaló su cara para que la mirara. “Jace, ¿qué está planeando Sebastian hacer, en realidad? La historia que me contó en la sala de entrenamiento sobre querer invocar demonios para así poder destruirlos-“ “Sebastian quiere invocar demonios, sí.” La voz de Jace era sombría. “Un demonio en particular. Lilith.”“Pero Lilith está muerta. Simon la destruyó. “Los demonios mayores no mueren. No de verdad. Los demonios mayores habitan en los espacios entre los mundos, en el gran Vacío, la nada. Lo que Simon hizo fue destrozar su poder, enviarla en pedazos de vuelta a la nada de donde vino. Pero se reformará lentamente allá. Renacerá. Le tomará siglos si Sebastian no la ayuda.” Un frio sentimiento estaba creciendo en el fondo del estómago de Clary. “¿Ayudarla cómo?” “Invocándola de nuevo a este mundo. Quiere mezclar su sangre con la de él en una copa y crear un ejército de Nefilims oscuros. Quiere ser Jonathan Cazador de Sombras reencarnado, pero del lado de los demonios, no de los ángeles.” “Un ejército de Nefilims oscuros? Ustedes dos son duros, pero no son exactamente un ejército.” “Hay unos cuarenta o cincuenta Nefilim quienes alguna vez fueron leales a Valentine, o que odian la dirección actual de la Clave, y están abiertos a escuchar lo que Sebastian tiene que decir. Ha estado en contacto con ellos. Cuando invoque a Lilith, estarán ahí.” Jace respiró profundo. “Y después de eso? ¿Con el poder de Lilith respaldándoles? ¿Quién sabe quien más se una a su causa? El quiere una guerra. Está convencido de que va a ganarla, y no estoy seguro de que no sea así. Por cadaNefilim oscuro que haga, crecerá en poder. Y eso añadido a los demonios con los que ya ha hecho alianzas, no sé si la clave está preparada para enfrentársele.” Clary dejó caer la mano. “Sebastian nunca cambió. Tu sangre nunca lo cambió. El es exactamente el que fue siempre.” Sus ojos revolotearon hacia Jace. “Pero tú. Tú me mentiste también.” “Él te mintió.” Su mente estaba dando vueltas. “Lo sé. Sé que ese Jace no eres tú –“ “Él piensa que es para bien, y que tu estarás feliz al final, pero él te mintió. Y yo nunca haría eso.” “El aegis,” dijo Clary. “Si puede herirte pero sin que Sebastian pueda sentirlo, ¿podría matarlo a él pero sin herirte a ti?” Jace negó con la cabeza. “No lo creo. Si tuviera un aegis, podría estar dispuesto a intentarlo, pero – no. Nuestras fuerzas de vida están vinculadas juntas. Una herida es una cosa. Si él fuera a morir…” Su voz se endureció. Sabes que es la manera más fácil de terminar esto. Poner una daga en mi corazón. Estoy sorprendido que no lo hayas hecho mientras dormía.” “¿Podrías tu? ¿Si fuera yo?” Su voz tembló. “Creo que hay un modo de hacer esto bien. Aun lo creo. Dame tu estela y haré un portal.” “No puedes hacer un portal desde aquí dentro,” dijo Jace. “No funcionaría. La única forma de salir de este departamento es a través del muro, debajo de la escalera, por la cocina. Es el único sitio desde donde puedes mover el departamento también.” “¿Puedes llevarnos a la Ciudad Silenciosa? Si regresamos los Hermanos Silenciosos podrían averiguar una manera de separarte de Sebastian. Le diremos a la Clave su plan, para que estén preparados.” “Puedo movernos a una de las entradas,” dijo Jace. “Y lo haré. Iré. Iremos juntos. Pero solo para que no haya ninguna falsedad entre nosotros, Clary, tienes que saber, que me matarán. Después de que les diga lo que sé, me matarán.” “¿Matarte? No, ellos no lo harían –“ “Clary.” Su voz era amable. “Como un buen Cazador de Sombras, debo ofrecerme de voluntario para morir para detener lo que Sebastian va a hacer. Como un buen Cazador de Sombras lo haría.” “Pero nada de esto es tu culpa.” Su voz se elevó, y se forzó a bajarla, sin querer que Sebastian, escaleras abajo, escuchara. “No puedes evitar lo que se te ha hecho. Eres una víctima en esto. No eres tú, Jace; es alguien más, usando tu cara. No deberías ser castigado-“ “No es una cuestión de castigo. Es practicidad. Mátame y Sebastian muere. No es distinto de sacrificarme a mí mismo en la batalla. Está bien decir que no elegí esto. Sucedió. Y lo que soy ahora, yo mismo, se irá de nuevo muy pronto. Y Clary, yo sé que no tiene sentido, pero recuerda – Yo lo recuerdo todo. Recuerdo caminar contigo en Venecia, y esa noche en el club nocturno, y dormir en esta cama contigo, y no te das cuenta? Yo lo quise. Esto es todo lo que he querido alguna vez, vivir así contigo, estar así contigo. ¿Qué se supone que piense cuando lo peor que me ha pasado alguna vez, me da exactamente lo que quiero? Quizás Jace Lightwood puede ver todas las maneras en que esto está mal, y retorcido, pero Jace Wayland, el hijo de Valentine… ama esta vida.” Sus ojos estaban amplios y dorados cuando la miró, y ella recordó a Raziel, su mirada que parecía contener toda la sabiduría y toda la tristeza del mundo. “Y esa es la razón por la que tengo que ir,” dijo. “Antes de que esto se acabe. Antes de que sea suyo de nuevo.” “¿Ir a donde?” “A la Ciudad Silenciosa. Tengo que entregarme – y la Copa también.”
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Mensaje por StephRG14 el Vie 08 Mayo 2015, 6:58 pm

Capitulo 18; Raziel


-¿Clary?- Simon estaba sentado en los escalones del porche trasero de la granja mirando hacia el camino que conducía hacia la huerta de manzanas y hacia el lago. Isabelle y Magnus estaban en el camino, Magnus mirando hacia el lago, y entonces hacia las bajas montañas acordonando el área. Estaba tomando notas en un pequeño libro con una pluma cuya punta brillaba azulverde. Alec estaba de pie en la distancia, mirando a los arboles delineando el borde de las colinas que separaban la granja del camino. Parecía estar parado tan lejos de Magnus como podía y aún permaneciendo a una distancia en la que podría escucharle. Le pareció a Simon – el primero en admitir que no era el más observador sobre estas cosas- que a pesar de las bromas en el carro, una distancia perceptible se había impuesto entre Magnus y Alec recientemente, una que no podía señalar, pero que sabía que estaba ahí.La mano derecha de Simon estaba apoyada en su izquierda, sus dedos rodeando el anillo dorado en su dedo. -Clary por favor.- Había estado tratando de contactar con ella cada hora desde que recibió el mensaje de Maia sobre Luke. No había conseguido nada. Ni siquiera una breve respuesta. -Clary, estoy en la granja. Estoy recordándote aquí conmigo.- Era un día cálido fuera de temporada, y un viento ligero alborotó las últimas hojas en las ramas de los árboles. Después de pasar mucho tiempo preguntándose qué clase de ropa se supone que debes usar para reunirte con ángeles – un traje parecía excesivo, incluso si tuviera uno de la fiesta de compromiso de Jocelyn y Luke – estaba en jeans y una camiseta, sus brazos desnudos en el sol. Tenía muchos recuerdos soleados y felices relacionados con este sitio, esta casa. El y Clary venían aquí con Jocelyn casi cada verano desde hacía tanto que ya no podía recordarlo. Nadarían en el lago. Simon se broncearía café, y la piel blanca de Clary se quemaría muchísimo. Tendría un millón de pecas más en sus brazos y hombros. Jugarían “manzana baseball” en la huerta, lo que era sucio y divertido y al Scrabble y al póker en la granja, en donde Luke siempre ganaba. -Clary estoy a punto de hacer algo estúpido y peligroso y quizás suicida. Es tan malo que quiero hablar contigo, una última vez? Estoy haciendo esto por mantener te segura y ni siquiera sé si estás viva para ayudarte. Pero si estuvieras muerta, yo lo sabría, no es así? Lo sentiría. – “Muy bien. Vamos,” dijo Magnus apareciendo al pie de los escalones. Miró el anillo en la mano de Simon, pero no hizo ningún comentario. Simon se puso de pie y se sacudió los pantalones, luego fue por delante por el camino sinuoso a través de la huerta. El lago brillaba allá arriba como una moneda azul. Mientras se acercaban, Simon pudo ver el viejo muelle saliendo del agua, donde alguna vez habían amarrado kayaks antes de que una gran pieza del muelle se rompiera y se fuera a la deriva. Pensó que caso podía escuchar el perezoso zumbido de las abejas y sentir el peso del verano sobre sus hombros. Cuando alcanzaron el límite del lago, se dio la vuelta y miró la granja, pintada de blanco, con persianas verdes, y un porche de sol cubierto con mobiliario blanco desgastado en él. “En serio te gusta aquí, ¿verdad?” dijo Isabelle. Su cabello negro ondeando como una bandera en la brisa del lago. “¿Cómo lo sabes?” “Tu expresión,” dijo ella. “Es como si estuvieras recordando algo bueno.” “Fue bueno,” dijo Simon. Subió la mano para acomodarse los lentes solo para recordar que ya no los usaba y bajarla de nuevo. “Era afortunado.” Ella miró hacia el lago. Estaba usando unas pequeñas arracadas; una tenía enredado un mechón de cabello; y Simon quería extender la mano y soltarlo, tocarle la cara con los dedos. “¿Y ahora no lo eres?” El se encogió de hombros. Estaba viendo a Magnus quien sostenía lo que parecía como una vara larga y flexible y dibujando en la arena húmeda en el borde del lago. Tenía el libro de hechizos abierto y estaba cantando mientras dibujaba. Alex estaba mirándolo, con la expresión de alguien mirando a un extraño. “¿Estás asustado?” preguntó Isabelle, moviéndose ligeramente más cerca de Simon. Pudo sentir el calor de su brazo contra el suyo. “No lo sé. Gran parte de estar asustado es la sensación física de ello. Tu corazón se acelera, sudas, tu pulso corre. Ya no tengo nada de eso.” “Que mal,” murmuró Isabelle, mirando el agua. “Cuando los chicos se ponen todos sudorosos es sexy.” Él le dio una media sonrisa; era más difícil de lo que creyó que sería. Quizás si estaba asustado. “Ya basta de tu charla atrevida señorita pícara.” El labio de Isabelle tembló como si fuera a sonreír. Luego suspiró. “¿Sabes que nunca se me pasó por la cabeza que querría?” dijo. “A un chico que pudiera hacerme reír.” Simon se volteó hacia ella y la tomó de la mano sin importarle por el momento que su hermano estuviera mirando. “Izzy…” “Muy bien,” llamó Magnus en voz alta. “Terminé. Simon, ven aquí.” Ellos se dieron la vuelta. Magnus estaba parado dentro del círculo que estaba brillando con una ligera luz blanca. Eran en realidad dos círculos, uno ligeramente más pequeño dentro del otro más grande, y en el espacio entre los dos círculos, docenas de símbolos habían sido dibujados. Estos también, brillaban, una estela de luz blanca azulada, como el reflejo viniendo del lago. Simon escuchó a Isabelle tomar aire suavemente, y se alejó antes de que él pudiera mirarla. Simplemente lo haría más difícil. Se movió hacia adelante, sobre el borde del círculo, hacia su centro, junto a Magnus. Mirar desde el centro del círculo era como mirar a través del agua. El resto del mundo parecía ondularse e indistinto. “Aquí.” Magnus puso el libro en sus manos. El papel era delgado, cubierto de dibujos de runas, pero Magnus había pegado con cinta adhesiva un impreso de las palabras, deletreadas fonéticamente, sobre el encantamiento mismo. “Solo pronuncia esto,” murmuró. “Debería funcionar.”Sosteniendo el libro contra su pecho, Simon deslizó el anillo dorado que lo conectaba con Clary y se lo dio a Magnus. “Si no funciona,” dijo preguntándose de donde venia su extraña calma, “alguien debería tener esto. Es nuestra única conexión con Clary y lo que ella sabe.” Magnus asintió y deslizó el anillo en uno de sus dedos.” “¿Listo, Simon?” “Hey,” dijo Simon. “Recordaste mi nombre.” Magnus le lanzó una mirada ilegible desde sus ojos verdes dorados, y salió del círculo. Inmediatamente era borroso e indistinto también. Alec se reunió con él, Isabelle al otro lado; Isabelle estaba abrazándose los codos y a través del aire ondulante Simon se dio cuenta que tan infeliz se veía. Simon se aclaró la garganta. “Creo que es mejor que ustedes se vayan.” Pero ellos no se movieron. Parecían estar esperando a que él dijera algo más. “Gracias por venir aquí conmigo,” dijo finalmente, rebanándose el cerebro por algo significativo que decir; ellos parecían estar esperándolo. El no era del tipo que daba grandes discursos de despedida, o le gustaban los adioses dramáticos. Miró a Alec primero. “Um, Alec, siempre me caíste mejor que Jace.” Se volvió hacia Magnus. “Magnus, desearía tener el coraje de ponerme la clase de pantalones que tú te pones.” Y por último Izzy. Pudo verla mirándolo a través de la neblina, sus ojos tan negros como la obsidiana. “Isabelle,” dijo Simon. La miró. Vio la pregunta en sus ojos, pero no parecía que hubiera nada que pudiera decir enfrente de Alec y Magnus, nada que hiciera justicia a lo que sentía. Se movió hacia atrás hacia el centro del círculo, inclinando la cabeza. “Adiós, supongo.” Pensó que le respondieron, pero la niebla ondulante entre ellos empañó las palabras. Los observó cuando se dieron la vuelta, retirándose hacia el camino a través de la huerta hacia la casa, hasta que se convirtieron en negros espectros. Hasta que no pudo verlos para nada. No pudo profundizar en no hablar con Clary una última vez antes de morir – no podía recordar las ultimas palabas intercambiadas entre ellos. Y aun así si cerraba los ojos, podía escuchar su risa vagando por la huerta; pudo recordar lo que había sido, antes de que crecieran y todo cambiara. Si moría aquí, quizás sería apropiado. Algunos de sus mejores recuerdos habían sido aquí después de todo. Si el Ángel lo golpeaba con fuego, sus cenizas se esparcirían a través de la huerta y sobre el lago. Algo sobre esa idea le pareció pacífico. Pensó en Isabelle. Y luego en su familia – su madre, su padre y Becky. -Clary,- pensó al final. –Donde quiera que estés, eres mi mejor amiga. Siempre serás mi mejor amiga. – Levantó el libro de hechizos y comenzó a recitar. ::: “No!” Clary se puso de pie, dejando caer la toalla mojada. “Jace, no puedes. Te matarán.” El cogió una camisa limpia y se la puso, sin mirarla cuando se la abotonaba. “Tratarán de separarme de Sebastian primero,” dijo, aunque no sonaba como si lo creyera. “Si eso no funciona, entonces me matarán.” “No es lo bastante bueno.” Ella estiró la mano hacia él pero él le dio la espalda, metiendo los pies en sus botas. Cuando se dio la vuelta, su expresión era sombría. “No tengo otra opción, Clary. Esto es lo correcto que hay que hacer.” “Es una locura. Estás a salvo aquí. No puedes desperdiciar tu vida-“ “Salvarme a mí mismo es traición. Es poner un arma en las manos del enemigo.” “‟ ¿A quién le importa la traición? ¿O la Ley?” exigió ella. “A mí me importas tú. Resolveremos esto juntos-“ “No podemos resolver esto.” Jace tomó la estela en la mesa de noche y luego la Copa Mortal. “Porque solo voy a ser yo por un poco más de tiempo. Te amo, Clary.” El inclinó la cabeza y la besó detenidamente. “Has esto por mí,” susurró. “Absolutamente no lo haré,” dijo ella. “No voy a intentar ayudarte para que te maten.” Pero él ya estaba encaminándose hacia la puerta. La llevó consigo y ambos e tropezaron por el corredor hablando en susurros. “Esto es una locura,” siseó Clary. “Ponerte en la línea del peligro-“ El soltó una respiración exasperada. “Como si tu no lo hicieras.” “Cierto, y eso te pone furioso,” susurró ella mientras corría detrás de él escaleras abajo. “Recuerda lo que me dijiste en Alicante-“ Habían llegado a la cocina. El puso la Copa en la barra, buscando su estela. “No tenía derecho a decirte eso,” le dijo. “Clary, esto es lo que somos. Somos Cazadores de Sombras. Esto es lo que hacemos. Hay riesgos que tomamos que no son solo los riegos que encuentras en batalla.” Clary negó con la cabeza, apretando ambas de sus muñecas. “No te dejaré.” Una mirada de dolor cruzó su rostro. “Clarissa-“ Ella tomó aire profundamente, apenas capaz de creer lo que estaba a punto de hacer. Pero en su mente estaba la imagen de la morgue en la Ciudad Silenciosa, de Cazadores de Sombras tendidos en placas de mármol, y no podría soportar que Jace fuera uno de ellos. Todo lo que había hecho – venir aquí, soportar todo lo que había soportado, había sido para salvar su vida, y no solo por sí misma. Pensó en Alec e Isabelle, quienes la habían ayudado, y Maryse, quien lo amaba y casi sin saberlo lo que estaba a punto de hacer, levantó la voz y llamó: “Jonathan!” gritó: “Jonathan Christopher Morgenstern!” Los ojos de Jace se ampliaron en grandes círculos. “Clary-“ comenzó, pero ya era demasiado tarde. Lo dejó ir y se echó hacia atrás. Sebastian podría ya estar viniendo, no había manera de decirle a Jace que no era que ella confiara en Sebastian, pero que Sebastian era la única arma que ella tenía en su disposición que pudiera hacerlo quedarse. Hubo un relámpago de movimiento, y Sebastian ya estaba ahí. No se había molestado con bajar las escaleras, solo se lanzó a sí mismo sobre el costado y aterrizó entre los dos. Su cabello estaba revuelto por el sueño; usaba una camiseta oscura y unos pantalones negros, y Clary se preguntó distraída si dormía con ropa. El miró entre Jace y Clary, sus ojos negros evaluando la situación. “¿Pelea de enamorados?” preguntó. Algo brillaba en su mano. ¿Un cuchillo? La voz de Clary tembló. “Su runa está dañada. Aquí.” Ella puso una mano sobre su corazón. “Está tratando de volver, y entregarse a la Clave-“ La mano de Sebastian le arrebató a Jace la Copa. La azotó en la barra de la cocina. Jace aun impresionado, lo miró; no movió un músculo cuando Sebastian avanzó y lo tomó de la camisa. Los botones del frente se arrancaron descubriendo su cuello, y Sebastian repasó la punta de su estela a través de éste, dibujando un iratze en la piel. Jace se mordió el labio, sus ojos llenos de odio cuando Sebastian lo soltó y dio un paso atrás con la estela en la mano. “En verdad, Jace,” dijo. “La idea de que tu pensaras salirte con la tuya con algo simplemente me deja sin sentido.” Las manos de Jace se apretaron en puños mientras el iratze, negro como carbón, comenzaba a penetrar en su piel. Sus palabras salieron forzadas, sin aliento: “La próxima vez… que desees quedarte sin sentido… estaré encantado de ayudarte. Quizás con un ladrillo.” Sebastian chasqueó los dientes. “Me lo agradecerás después. Incluso tú tienes que admitir que este deseo de muerte tuyo es un poco extremo.” Clary esperaba que Jace le devolviera el comentario otra vez. Pero no lo hizo. Su mirada vagaba lentamente por la cara de Sebastian. En ese momento solo estaban ellos dos en la habitación y cuando Jace habló, sus palabras salieron frías y claras. “No recordaré esto más tarde,” dijo. “Pero tú lo harás. Esa persona que actúa como tu amigo-“ dio un paso adelante, cerrando el espacio entre él y Sebastian. “Esa persona que actúa como que le agradas. Esa persona no es real. Esto es real. Este soy yo. Y te odio. Siempre te he odiado. Y no hay magia ni hechizo en este mundo o cualquier otro que pueda cambiar eso.” Por un momento la sonrisa en la cara de Sebastian titubeó. Pero Jace no. En vez de eso, arrancó la mirada de Sebastian y miró a Clary. “Necesito que sepas,” le dijo. “la verdad – no te dije toda la verdad.” “La verdad es peligrosa,” dijo Sebastian, sosteniendo la estela delante de él, como un cuchillo. “Se cuidadoso con lo que dices.” Jace hizo una mueca. Su pecho estaba moviéndose rápidamente; era claro que la curación de la runa en su pecho le estaba causando un dolor físico. “El plan,” dijo. “De invocar a Lilith, de hacer una nueva Copa, de crear un ejército oscuro- eso no fue un plan de Sebastian. Fue mío.” Clary se congeló. “¿Qué?” “Sebastian sabía lo que quería,” dijo Jace. “Pero yo descifré como él podría hacerlo. Una nueva Copa Mortal – yo le di la idea.” El se dobló por el dolor; pudo imaginar lo que estaba pasando debajo de la tela de su camisa: la piel pegándose junta, sanando, la runa de Lilith completa y brillando una vez más. “O debería decir, él lo hizo. Esa cosa que se ve como yo pero que no lo es? El pondrá el mundo a arder si Sebastian quiere que lo haga, y se reirá mientras lo hace. Eso es lo que estás salvando, Clary. Eso. No lo entiendes? Preferiría estar muerto-“ Su voz se atragantó cuando se dobló. Los músculos en sus hombros se apretaron como ondas en lo que parecía ser el dolor pasando a través de él. Clary se recordó a sí misma sosteniéndolo en la Ciudad Silenciosa, cuando los Hermanos Silenciosos se metieron en su cabeza buscando respuestas – Ahora, el miró hacia arriba con su expresión confundida. Sus ojos fueron primero, no hacia ella, sino a Sebastian. Ella sintió su corazón caer en picada, aunque ella sabía que esto era lo que ella había hecho. “¿Qué está pasando?” dijo Jace. Sebastian le sonrió. “Bienvenido otra vez.” Jace parpadeó, pareciendo momentáneamente confuso – y entonces su mirada pareció irse hacia dentro, del modo en que hacía cada vez que Clary trataba de sacar a relucir algo que él no podía procesar – la muerte de Max, la guerra en Alicante, el dolor que le estaba causando a su familia. “¿Ya es hora?” dijo. Sebastian hizo una actuación mirando su reloj. “Casi. ¿Por qué no te adelantas y nosotros te seguimos? Puedes empezar a poner todo listo. Jace miró a su alrededor. “La copa - ¿Dónde está?” Sebastian la tomó de la barra de la cocina. “Aquí. ¿Te sientes un poco abstraído?”La boca de Jace se curvó en una esquina, y tomó la Copa de nuevo. De buena gana. No había ninguna señal del muchacho que se había plantado frente a Sebastian momentos antes y le dijo que lo odiaba. “Muy bien. Te veré allá.” Se volvió hacia Clary quien todavía estaba congelada de la impresión, y le besó la mejilla. “Y a ti.” Se alejó y le hizo un guiño. Había cariño en sus ojos, pero eso no importaba. Este no era su Jace, claramente no lo era, y ella lo miró atontada mientras él cruzaba la habitación. Su estela relampagueó y una puerta se abrió en el muro; tuvo un vistazo del cielo y una planicie rocosa y entonces él salió y se había ido. Clavó las uñas en sus palmas. >>Esa cosa que se ve como yo pero que no lo es? El pondrá el mundo a arder si Sebastian quiere que lo haga, y se reirá mientras lo hace. Eso es lo que estás salvando, Clary. Eso. No lo entiendes? Preferiría estar muerto-“<< Las lagrimas quemaron en el fondo de su garganta, y fue todo lo que pudo hacer para contenerlas mientras su hermano se volteaba hacia ella, con los ojos negros muy brillantes. “Me llamaste,” dijo. “Quería entregarse a la Clave,” susurró, no estaba segura de si estaba defendiéndose a sí misma. Hizo lo que tenía que hacer, usar la única arma que tenía a la mano, incluso si era una que ella despreciaba. “Lo hubieran matado.” “Me llamaste a mí,” dijo de nuevo, y dio un paso hacia ella. Extendió la mano y le quitó un largo mechón de su pelo de la cara y lo puso detrás de la oreja. “¿Te lo dijo entonces? ¿El plan? ¿Todo?” Ella luchó contra un escalofrío de repulsión. “No todo. No sé lo que pasará esta noche. Lo quiso decir Jace con „¿ya es hora?” El se inclinó y besó su frente; ella sintió que el beso quemaba, como un hierro caliente entre los ojos. “Lo averiguarás,” dijo él. “Te has ganado el derecho de estar ahí, Clarissa. Puedes verlo todo desde tu lugar a mi lado esta noche, en el Séptimo Sitio Sagrado. Ambos hijos de Valentine, juntos … por fin.” ::: Simon mantuvo los ojos en el papel, recitando las palabras que Magnus había escrito para él. Tenían un ritmo como si fueran música, ligero y agudo y elegante. Le recordó cuando leyó en voz alta la porción del haftarah en su bar mitzvah, aunque entonces él sabía lo que significaban las palabras, y ahora no. Mientras seguía recitando, sintió una presión alrededor de él, como si el aire estuviera volviéndose más denso y más pesado. Se apretaba en su pecho y hombros. El aire estaba volviéndose más caliente también. Si fuera humano, el calor hubiera sido insoportable. Como no lo era, pudo sentir el ardor en su piel, chamuscando sus pestañas, su camiseta. Mantuvo los ojos fijos en el papel enfrente de él aun cuando una gota de sangre corrió de la línea de su cabello y cayó en el papel. Y estaba hecho. La última de las palabras – Raziel – fue dicha, y levantó la cabeza. Pudo sentir sangre corriendo por su cara. La neblina alrededor de él se había aclarado y enfrente de él vio el agua del lago azul y brillante, tan inalterado como un cristal. Y entonces explotó. El centro del lago se volvió dorado, luego negro. El agua se alejó de ahí, derramándose por los bordes del lago, volando en el aire hasta que Simon estaba viendo un anillo de agua, como un círculo de cataratas sin caer, toda brillantez y brotando hacia arriba y abajo, el efecto bizarro y al mismo tiempo hermoso. Gotas de agua cayeron sobre él enfriando su piel quemada. Levantó la cabeza justo cuando el cielo se volvió negro – todo el azul se había ido, devorado por una oscuridad repentina y nubes grises llenas de estruendo. El agua salpicó de nuevo al lago, y de su centro, la más grande densidad de su color plateado, se elevó una figura toda de oro. La boca de Simon se quedó seca. Había visto incontables pinturas de ángeles, creía en ellos, había escuchado la advertencia de Magnus. Y aun así sintió como si hubiera sido golpeado con una lanza cuando delante de él un par de alas se desdoblaron. Parecían oscurecer el cielo. Eran bastas, blancas y doradas y plateadas, las plumas en ellas tenían ardientes ojos dorados. Los ojos lo miraron con desprecio. Entonces las alas se elevaron desparramando las nubes delante de ellas, y se doblaron de nuevo, y un hombre – o la figura de un hombre, altísimo como varios pisos, de desdobló y se elevó. Los dientes de Simon empezaron a temblar. No estaba seguro de por qué. Pero oleadas de poder, de algo más que poder – de la fuerza elemental del universo -. Parecían salir en oleadas desde el Ángel cuando éste se levantó hasta su estatura completa. El primer pensamiento de Simon y uno más bien bizarro, fue que se veía como si alguien hubiera tomado a Jace y lo hubiera estirado hasta el tamaño de un anuncio espectacular. Solo que no se veía como Jace para nada. Todo él era dorado, desde las alas, su piel sus ojos, los cuales no tenían nada de blanco, solo una película de oro como una membrana. Su cabello era dorado y se veía cortado como de piezas de metal que se rizaba como un trabajo de herrería. Era extraño y aterrador. Demasiado de cualquier cosa, puede destruirte, pensó Simon. Demasiada oscuridad puede matarte, pero también demasiada luz puede dejarte ciego. -¿Quién se atreve a invocarme?- El Ángel habló en la mente de Simon, en una voz que era como el sonido de grandes campanas. Una pregunta capciosa, pensó Simon. Si él fuera Jace, él podría decir “uno de los Nefilim,” y si fuera Magnus, él podría decir, uno de los hijos de Lilith, y un Gran Brujo. Clary el Ángel ya se habían conocido así que supuso que ellos simplemente lo habían resumido. Pero él era Simon, sin títulos en su nombre, o alguna gran hazaña en su pasado. “Simon Lewis,” dijo finalmente, dejando el libro de hechizos y enderezándose. “Hijo de la noche y … su servidor.”-¿Mi servidor?- La voz de Raziel estaba congelada con fría desaprobación. -¿Me invocas como a un perro y te atreves a llamarte a ti mismo mi servidor? Deberías ser arrancado de éste mundo, tu destino quizás sirva de advertencia a otros para que no hagan lo mismo. Está prohibido incluso a mis propios Nefilim el invocarme. Por qué debería ser diferente contigo, Diurno?” Simon supuso que no debería estar impresionado de que el Ángel supiera lo que era, pero fue asombroso de todos modos, como asombrosa era la estatura del Ángel. De algún modo había pensado que Raziel sería más humano. “Yo-“ -¿Crees que por que llevas la sangre de uno de mis descendientes, debería mostrarte misericordia? Si es así, has apostado y perdido. La misericordia del Cielo es para los que la merecen. No para aquellos que rompen nuestras Leyes de Alianza.- El Ángel levantó una mano, su dedo apuntando directamente a Simon. Simon se preparó. Esta vez no trató de decir las palabras, solo las pensó. „Escucha, Oh Israel! El Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno-„ -¿Qué Marca es esa?- La voz de Raziel estaba confundida. –En tu frente, muchacho.- “Es la Marca,” Simon tartamudeó. “La primera Marca. La Marca de Caín.” El gran brazo de Raziel bajó lentamente. –Te mataría, pero la Marca lo impide. La Marca fue hecha para ser puesta entre tus cejas por la mano del Cielo, y aún así se que no lo fue. ¿Cómo puede ser esto?” El desconcierto del Ángel le dio valor a Simon. “Una de tus hijas, los Nefilim,” dijo. “Una con dones especiales. La puso ahí para protegerme.” Dio un paso más adelante al borde del círculo. “Raziel, he venido a pedirle un favor, en el nombre de esos Nefilim. Están enfrentando un gran peligro. Uno de los suyos se ha – se ha convertido a la oscuridad y amenaza al resto. Necesitan su ayuda.” -No intervendré.- “Pero lo hizo,” dijo Simon. “Cuando Jace estaba muerto, lo trajo de vuelta. No es que no estemos felices por eso, pero si no lo hubiera hecho, nada de esto estaría sucediendo. Así que, de alguna manera, todo esto recae en usted para corregirlo.” -Tal vez no podré matarte,- dijo Raziel. –Pero no hay razón para que yo te dé lo que quieres.- “Ni siquiera he dicho que quiero,” dijo Simon. -Quieres un arma. Algo que pueda separar a Jonathan Morgenstern de Jonathan Herondale. Matarás a uno y conservarás al otro. La manera más sencilla de proceder es matarlos a ambos. Tu Jonathan estaba muerto, y quizás la muerte aún lo añora y él a ella. ¿Nunca se te ha pasado por la mente?- “No,” dijo Simon. “Sé que no somos mucho, comparado con usted, pero nosotros no matamos a nuestros amigos. Tratamos de salvarlos. Si el Cielo no lo quisiera de esa manera, nunca debería habernos dado la capacidad de amar.” El se quitó el pelo de la frente, desnudando la Marca más completamente. “No, usted no necesita ayudarme. Pero si no lo haces, no hay nada que me detenga de llamarte una y otra vez, ahora que sé que no puede matarme. Piense en mi tocando al timbre de su puerta Celestial… para siempre.” Raziel, increíblemente pareció reírse con eso. –Eres terco,- dijo. –Un verdadero guerrero de tu gente, como aquel por el cual llevas el nombre, Simon Macabeo. Y como él dio todo por su hermano Jonathan, del mismo modo tu darás todo por tu Jonathan. ¿O no estás dispuesto?- “No es solamente por él,” dijo Simón un poco deslumbrado. “Pero sí, lo que sea que quiera. Se lo daré.” -Además, ¿Si te doy lo que quieres, jamás me molestarás de nuevo? – “No creo,” dijo Simon, “que eso sea un problema.” -Muy bien,- dijo el Ángel. –Te diré lo que yo deseo. Deseo esa blasfema Marca en tu frente. Tomaré la Marca de Caín en ti, porque nunca te correspondió llevarla.- “Yo- pero si tomas la Marca, entonces podrá matarme,” dijo Simon. “No es eso la única cosa que se interpone entre mi y su Ira Celestial?” El Ángel se detuvo a considerarlo. –Juraré que no te haré daño. Así lleves la Marca como si no.- Simon dudó. La expresión del Ángel se volvió como un trueno. –El voto de un Ángel del Cielo es la cosa más sagrada que existe. ¿Te atreves a desconfiar de mí, Subterráneo?- “Yo…” Simon hizo una pausa por un momento excruciante. Sus ojos estaban llenos del recuerdo de Clary sobre las puntas de los pies, presionando la estela en su frente; la primera vez que había visto la Marca funcionar, cuando se sintió como el conductor de un rayo, pura energía fluyendo a través de él con una fuerza mortal. Fue una maldición, una que le había aterrado y lo había hecho objeto de deseo y miedo. La había odiado. Y aun así, ahora, enfrentando la posibilidad de renunciar a ella, la cosa que lo hacía especial… Tragó duro. “Bien. Si. Estoy de acuerdo.” El Ángel sonrió, y su sonrisa fue terrible como mirar directamente al sol. –Entonces juro no hacerte daño, Simon Macabeo.- “Lewis,” dijo Simon. “Mi apellido es Lewis.” -Pero eres de la sangre y la fe de los Macabeos. Algunos dicen que los Macabeos fueron Marcados por la mano de Dios. En todo caso eres un Guerrero del Cielo, Diurno, te guste o no.-El Ángel se movió. Los ojos de Simon se llenaron de agua, ya que Raziel pareciera haber traído el cielo con él como un trapo, en espirales de negro, y plateado y blancas nubes. El aire alrededor de él tembló. Algo relampagueó sobre su cabeza como el brillo de la luz contra el metal, y un objeto golpeó la arena y las piedras junto a Simon, con un estrépito metálico. Era una espada – no se veía para nada especial tampoco, una espada de hierro bastante golpeado con una empuñadura negra. Los bordes estaban rotos, como si la hubiera carcomido un ácido, aunque la punta era afilada. Se veía como algo que podrías haber sacado de una excavación arqueológica y que todavía no había sido limpiada apropiadamente. El Ángel habló. –Una vez cundo Josué estaba cerca de Jericó, miró hacia arriba y vio a un hombre de pie delante de él con una espada en su mano. Josué fue hacia él y le dijo: „¿Eres uno de nosotros, o uno de nuestros adversarios?‟ El replicó, „Ninguno, sino un comandante del ejército del Señor, ahora he llegado.‟- Simon miró al objeto poco atractivo a sus pies. “¿Y esta es esa espada?” -Es la espada del Arcángel Miguel, comandante de los ejércitos del Cielo. Posee el poder del fuego Celestial. Golpea a tu enemigo con esta, y quemará lo malvado dentro de él. Si hay más maldad que bondad, más del Infierno que del Cielo, también quemará la vida en él. Esta seguramente romperá el vínculo con tu amigo- y solo puede dañar a uno de ellos cada vez.- Simon se inclinó y recogió la espada. Envió un golpe a través de su mano, por su brazo, hacia su corazón sin latidos. Instintivamente la alzó, y las nubes sobre él parecieron abrirse por un momento, un rayo de luz cayendo para impactarse en el oxidado metal de la espada y hacerla cantar. El Ángel miró hacia él con ojos fríos. –El nombre de la espada, no puede ser dicho por su débil lengua humana. Puedes llamarla Glorius.- “Yo…” comenzó Simon. “Gracias.” -No me lo agradezcas. Te hubiese matado, Diurno, pero tu Marca, y ahora mi voto, lo impide. La Marca de Caín está hecha para ser puesta en ti por Dios mismo, y no fue así. Debe ser limpiada de tu ceño, su protección removida. Y si me llamas de nuevo, no te ayudaré.- Instantáneamente el rayo de luz cayendo por entre las nubes se intensificó, golpeando la espada como un látigo de fuego, Simon en una jaula de brillante luz y calor. La espada quemaba; lloró y cayó al suelo, el dolor lanzándose a través de su cabeza. Se sentía como si alguien estuviera clavándole una aguja al rojo vivo entre los ojos. Se cubrió la cara, enterrando la cabeza en los brazos, dejando que el dolor lo consumiera. Era la peor agonía que había sentido desde la noche en que murió. Lentamente pasó, menguando como la marea. Rodó hacia su espalda mirando hacia arriba, su cabeza aún le dolía. Las nubes negras estaban comenzando a retroceder, mostrando una línea de azul que se ampliaba; el Ángel se había ido, el lago surgiendo debajo de la luz creciente como si el agua estuviera hirviendo. Simon comenzó a sentarse lentamente, sus ojos apretados dolorosamente en contra del sol. Pudo ver a alguien corriendo por el camino desde la granja hacia el lago. Alguien con largo cabello negro, y una chaqueta morada que volaba detrás de ella como alas. Alcanzó el camino y se lanzó hacia el borde del lago, sus botas pateando chorros de arena detrás de ella. Cuando lo alcanzó se tiró al suelo, enredando los brazos alrededor de él. “Simon,” susurró. Pudo sentir el fuerte y estable latido del corazón de Isabelle. “Pensé que estabas muerto,” dijo. “Te vi caer, y – creí que estabas muerto.” Simon la dejó sostenerlo, recargándose en las manos. Se dio cuenta que se estaba yendo de lado como un barco con un hueco en el costado, y trató de no moverse. Tenía miedo de que si lo hacía se iba a caer. “Estoy muerto.” “Ya lo sé,” replicó Isabelle. “Quiero decir más muerto de lo usual.” “Iz.” El levantó la cara hacia ella. Ella estaba hincada sobre él, con las piernas alrededor de las de él, sus brazos alrededor de su cuello. Se veía incómoda. Se dejó caer de vuelta hacia la arena, llevándola con él. Cayó sobre la espalda en la fresca arena con ella encima de él y la miró a sus ojos negros. Parecían llevarse todo el cielo. Ella le tocó la frente con asombro. “Tu Marca se ha ido.” “Raziel la tomó. A cambio de la espada.” Señaló la hoja. Arriba en la granja pudo ver dos oscuros espectros parados en frente del porche, mirándoles. Alec y Magnus. “Es la espada del Arcángel Miguel. Se llama Glorius.” “Simon…” ella le besó la mejilla. “Lo hiciste. Conseguiste al Ángel. Conseguiste la espada.” Magnus y Alec habían comenzado a bajar por el camino hacia el lago. Simon cerró los ojos exhausto. Isabelle se inclinó sobre él, su cabello rosándole los lados de la cara. “No trates de hablar.” Ella olía como a lágrimas. “Ya no estás maldito,” susurró. “No estás maldito.” Simon entrelazó los dedos con los de ella. Se sentía como si estuviera flotando en un oscuro río, las sombras cerniéndose a su alrededor. Solo su mano lo anclaba a la tierra. “Lo sé.”
StephRG14
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Mensaje por StephRG14 el Vie 08 Mayo 2015, 7:01 pm

Capitulo 19; Amor y sangre


Metódica y cuidadosamente Clary rasgó la habitación aparte de Jace. Ella estaba todavía en top en la parte superior, aunque ella se había puesto un par de pantalones vaqueros; su cabello estaba agarrado a la parte de atrás de su cabeza en un bollo muy sucio, y sus uñas eran polvo con polvo. Ella había buscado debajo de su cama, en todas las gavetas y gabinetes, gateo debajo del armario y del escritorio, y miro en los bolsillos de todas sus ropas por una segunda estela, pero ella no encontró nada. Ella le había dicho a Sebastian que estaba exhausta, que ella necesitaba ir al piso de arriba y recostarse; él había parecido distraído y la había mandado lejos. Imágenes de la cara de Jace se mantenían brillando detrás de sus parpados siempre que ella cerraba sus ojos – la manera en que la había mirado, traicionado, era como si no la conociera mas. Pero ahí no había punto dwelling en eso. Ella podría sentarse en el borde de su cama y llorar sobre sus manos, pensando en lo que había hecho, pero no haría ningún bien. Ella se lo debía a Jace, a ella misma, mantenerse en movimiento. Buscando. Solo ella podría encontrar la estela-Ella estuvo levantando el colchón de la cama, buscando en el lugar junto ahí y en la caja de primavera, cuando un golpe vino desde la puerta. Dejó caer el colchón, sin embargo después descubrió que debajo de ahí no había nada. Ella apretó sus manos en sus puños, tomo un respiro profundo, se acercó a la puerta y tiro para abrirla. Sebastian se mantuvo en el umbral. Por primera vez el traía puesto algo más que blanco y negro. Los mismos pantalones y botas negras, ha que reconocer, pero el también traía puesto una túnica de cuero color escarlata, trabajada intrincadamente con runas doradas y plateadas, y sujeta por una fila de broches de metal presionados en el frente. Ahí había martillados brazaletes plateados en cada uno de sus muñecas, y el traía puesto su anillo Morgenstern. Ella parpadeo. – ¿Rojo?--Ceremonial- el replico. – Los colores significan diferentes cosas para los Cazadores de Sombras que para lo humanos-. Él dijo la palabra “humanos” con desprecio. – Conoces la vieja rima para los niños Nefilim, ¿no es así? Negro para cazar en la noche Para la muerte y el pesar, el color es blanco. Dorado para la prometida es su traje de casamiento, Y rojo para llamar a los encantamientos.- ¿Los cazadores de sombras se casan en dorado?- dijo Clary. No es que a ella le interesara particularmente, pero estaba tratando de acuñar su cuerpo entre la puerta y el marco para que el no pudiese mirar detrás de ella y ver el desastre que ella hizo en el cuarto normalmente limpio de Jace.-Perdón por romper tus sueños sobre una boda blanca- él le dedico una sonrisa a ella.- Hablando de eso, te traje algo para que te pongas-El saco su mano de detrás de su espalda. Él estaba agarrando una pieza de ropa doblada. Ella la tomo y la desdoblo. Era larga, como una columna de tela color escarlata con un brillo oro extraño para ese material, como el borde de una llama. Las correas eran de oro.-Nuestra madre usaba esto para las ceremonias del Circulo después ella se lo devolvió a nuestro padre- él dijo.-Úsalo. Quiero que lo uses vos esta noche- - ¿Esta noche?--Bueno, vos apenas podes ir a la ceremonia con lo que traes puesto ahora- los ojos de él se inclinaron, hacía sus pies desnudos para luego aguardar en la parte superior donde el sudor se aferraba a su cuerpo, hasta sus polvorientos jeans.- Como te veas esta noche- la impresión que vos causes en los nuevos acólitos- es importante. Úsalo-La mente de ella daba vueltas. La ceremonia de esta noche. Nuestros nuevos acólitos.- ¿Cuánto tiempo tengo para estar lista?- pregunto ella.- Quizás una hora- dijo él. – Nosotros deberíamos estar en el lugar sagrado a la medianoche. Los otros se reunirán allí. No debemos llegar tarde-Una hora. El corazón le martilleaba, Clary tiró la prenda encima de la cama, donde la cota de malla brillo con luz tenue. Cuando ella se dio vuelta, él todavía estaba en el marco de la puerta, con una media sonrisa en su cara, como si tuviese la intención de quedarse allí hasta que ella se cambiase. Ella se movió para cerrar la puerta. Él atrapó su muñeca.-Esta noche- dejo él.- Me llamaras Jonathan. Jonathan Morgenstern. Tu Hermano-Un estremecimiento le recorrió el cuerpo entero, y ella dejó caer sus ojos, esperando que él no pudiese ver el odio en ellos.-Lo que digas-En el momento en que él se fue ella había alcanzado una de las chaquetas de cuero de Jace. Ella había cometido un error, sentirse cómoda con el calor y el olor familiar de él. Ella se calzó sus zapatos y salió furtivamente hacia el pasillo, deseando con ilusión una estela y runa nueva e insondable. Ella podía oír escaleras abajo el agua correr y a Sebastian chiflando desentonado, pero el ruido de sus propios pasos sonaban como explosiones de cañón en sus orejas. Ella avanzó a rastras, manteniéndose cerca de la pared, hasta que alcanzo la puerta de Sebastian y se metió adentro. Era oscura, la única iluminación que tenía era la luz ambiental de la ciudad entrando por las ventanas, cuyas cortinas fueron movidas hacía atrás. Era un desastre, tal y como había sido la primera vez que ella había estado allí. Ella comenzó en el armario, -lleno de camisas de seda caras, chaquetas de cuero, trajes Armani, zapatos Bruno Magli. En el piso del armario estaba una camisa blanca, de algodón y manchada con sangre arribasangre vieja suficiente como para que se hubiese armario. Ella se colocó delante del escritorio, arrancando gavetas, rebuscando entre papeles y un cuaderno de apuntes con Mi malvado plan escrito en la tapa superior, pero nada de suerte. Había docenas de papeles con cálculos numéricos complejos y emparejados con un pedazo de papelería que decía Yo bello con la escritura de Sebastian a mano. Ella escatimo un momento para preguntarse quien era para decir cuan hermoso podía estar Sebastian,-ella no había pensado acerca de él como alguien que alguna vez tuvo sentimientos románticos acerca de alguien- después ella giró hacia la mesa de noche hacia la cama de él. Ella jaló la gaveta. Adentro hubo una pila de notas. Encima de ellas, algo brilló con luz tenue. Algo circular y metálico. Su anillo mágico. Isabelle se sentó con su brazo alrededor de Simon, mientras el conducía de nuevo, hacía Brooklyn. Estaba agotado, le palpitaba la cabeza, su cuerpo atravesado por dolores. Aún que Magnus le había devuelto el anillo en el lago, había sido incapaz de llegar a Clary. Lo peor de todo era el hambre. Le gustaba lo cerca que Isabelle estaba de él, la forma el que puso su mano justo por encima del hueco de su codo, los patrones que dibujaba con sus dedos, a veces deslizando-los hasta la muñeca. Pero el olor de su perfume y la sangre hicieron que su estómago diera un gruñido. La oscuridad estaba empezando a crecer, a finales de otoño el sol se ponía muy pronto, en los talones de la jornada, y en ese momento el oscurecimiento del interior de la cabina del camión cada vez era más perceptible. En la oscuridad se podían oír los murmullos Alec y Magnus. Simon dejó que sus agitados ojos cerrados, viendo al Ángel impreso contra la parte posterior de su parpados, un estallido de luz blanca. ¡Simon! La voz de Clary explotó dentro de su cabeza, un tirón lo despertó al instante. ¿Estás allí? Un grito agudo escapó de sus labios. ¿Clary? Estaba tan preocupado-Sebastian llevó mi anillo lejos de mí. Simon, es posible que no haya mucho tiempo. Tengo que decirles. Tienen una segunda Copa Mortal. Planean resucitar a Lilith y crear un ejército de Cazadores de Sombras oscuros de los que tengan el mismo poder como los Nefilim, pero aliados al mundo de los demonios."¿Me estás tomando el pelo?", dijo Simon. Le tomó un momento para darse cuenta de que había hablado en voz alta, Isabelle se agitó contra él, y Magnus lo miró con curiosidad. "¿Estás bien ahí, vampiro?""Es Clary", dijo Simon. Los tres lo miraron con idénticas expresiones de asombro. "Ella está tratando de hablar conmigo. "Él golpeó sus manos sobre sus oídos, se hundió en su asiento y tratando de concentrarse en sus palabras. ¿Cuándo se va a hacer? Esta noche. Pronto. No sé dónde estamos exactamente-, pero son alrededor de las 10 p.m. aquí. Entonces estás cerca de cinco horas por delante de nosotros. ¿Estás en Europa? Ni siquiera puedo adivinar. Sebastian mencionó algo llamado el séptimo lugar sagrado. No sé lo que es, pero he encontrado algunas de sus notas y, al parecer se trata de una antigua tumba. Parece una especie de puerta, y los demonios pueden ser convocados a través de ella. Clary, nunca he oído hablar de nada de eso-Pero Magnus o los otros podrían. Por favor, Simon. Diles lo más rápidamente posible. Sebastián va a resucitar a Lilith. Él quiere la guerra, una guerra total con los Cazadores de Sombras. Tiene unos cuarenta o cincuenta Nefilim dispuesta a seguirlo. Van a estar allí. Simon, quiere quemar el bajo mundo. Tenemos que hacer todo lo posible para detenerlo. Si las cosas son tan peligrosas, necesitas ahora mismo salir de allí. Ella sonaba cansada. Estoy tratando. Pero podría ser demasiado tarde. Simon era vagamente consciente de que todos los demás en la camioneta lo estaban mirando, preocupación en sus rostros. No le importaba. La voz del Clary en su mente era como una cuerda sacudida sobre un abismo, y si él podría agarrar un extremo de esa, él podría tirar quizá de ella a la seguridad, o por lo menos asegurarse de deslizarla lejos. Clary, escucha. No puedo decirte cómo, es una historia demasiado larga, pero tenemos un arma. Se puede utilizar en cualquiera Jace o Sebastian sin perjudicar al otro, y de acuerdo con la persona... que nos la ha dado, podría ser capaz de separarlos. ¿Separarlos? ¿Cómo? Él dijo que quemaría todo el mal sobre el que lo usáramos. Así que si lo usamos en Sebastian, supongo, que sería quemar el vínculo entre ellos debido a que el lazo es el malo. Simon sintió que le retumbaba la cabeza, y esperaba que sonara más confiado de lo que era. No estoy seguro. Es muy potente, de todos modos. Se llama Glorious. ¿Y prefieres usarlo en Sebastian? ¿Esto los quemaría aparte sin matarlos? Bueno, esa es la idea. Quiero decir, hay una cierta posibilidad de que destruiría a Sebastian. Dependería de si hay algo bueno en la izquierda en él. "Si él es más del infierno que del cielo" creo que es lo que dijo el Ángel – ¿El Ángel? Su alarma era palpable. Simon, que tiene que-Su voz se quebró, y Simon estuvo de repente lleno de un clamor de sorpresaemoción, cólera, terror. Dolor. Él gritó, sentando muy erguido ¿Clary? Pero sólo había silencio, un zumbido en su cabeza. Clary! gritó, y luego, en voz alta, dijo: "Maldita sea. Se ha ido otra vez. ""¿Qué pasó?" Exigió Isabelle. "¿Está bien? ¿Qué está pasando? ""Creo que tenemos mucho menos tiempo de lo que pensábamos" dijo Simon en una voz mucho más tranquilo de lo que sentía. "Magnus, tirar del carro otra vez. Tenemos que hablar”. “Así que,” dijo Sebastian, ocupando la puerta mientras miraba hacia abajo a Clary. “¿Sería un déjà vu si te pregunto qué estabas haciendo en mi habitación, hermanita?”Clary tragó contra su garganta seca. La luz del vestíbulo era brillante tras Sebastian, convirtiéndolo en una silueta. No podía ver la expresión de su rostro. “¿Buscándote?” aventuró.“Estás sentada en mi cama” dijo él. “¿Creías que yo estaba debajo?”“Yo…”.Entró en la habitación… se paseó, en realidad, como si supiera algo que ella no sabía. Algo que nadie más sabía. “Así que ¿por qué me estabas buscando? ¿Y por qué no te has cambiado para la ceremonia?”“El vestido” dijo ella. “No es de mi talla”“Por supuesto que sí” dijo, sentándose en la cama junto a ella. Volvió el rostro hacia ella, con la espalda en la cabecera. “Todo en esta habitación se ajusta a ti. Esto debería también.”“Es de seda y gasa. No estira.”“Eres una cosita flaca. No debería.” Cogió su muñeca derecha, y ella apretó los dedos, intentando esconder el anillo desesperadamente. “Mira, mis dedos quedan bien alrededor de tu muñeca.”Sentía la piel de él caliente contra la suya, enviando fuertes pinchazos a través de sus nervios. Recordó el modo en que, en Idris, su tacto la había quemado como ácido. “El Séptimo Lugar Sagrado” dijo ella, sin mirarlo. “¿Es ahí donde Jace fue?”“Si. Lo mandé ahí. Está preparando cosas para nuestra llegada. Nos encontraremos allí con él.”Su corazón cayó en picado en su pecho. “¿No va a volver?”“No antes de la ceremonia” ella captó el borde ondulado de la sonrisa de Sebastian. “Lo cual es bueno, porque estaría muy decepcionado si le contara esto.” Deslizó su mano ligeramente sobre las de ella, soltando sus dedos. El anillo dorado resplandecía allí, como una señal de fuego. “¿Creías que no reconocería el trabajo de las hadas? ¿Creías que la Reina sería tan tonta que te enviaría para recuperar estos para ella sin saber que te los quedarías para ti? Ella quería que trajeras esto aquí, donde yo lo encontraría” señaló el anillo con una sonrisa.“¿Has estado en contacto con la Reina?” exigió Clary. “¿Cómo?”“Con este anillo” ronroneó Sebastian, y Clary recordó a la Reina con su suave y alta voz diciendo: Jonathan Morgenstern podría ser un poderoso aliado. La Familia de las Hadas somos gente mayor; no tomamos decisiones precipitadas pero esperamos ver en que dirección el viento sopla primero. “¿De verdad piensas que dejaría en tus manos algo con lo que poder comunicarte con tus amiguitos sin ser capaz de que lo escuchara? Desde que te lo quité, he hablado con ella, ella ha hablado conmigo… Fuiste una tonta por confiar en ella, hermanita. Le gusta estar en el lado ganador a la Reina Seelie. Y ese lado será el nuestro, Clary. El nuestro.” Su voz era baja y suave. “Olvídalos, a tus amigos cazadores de sombras. Tu lugar está con nosotros. Conmigo. Tu sangre grita por el poder, como la mía. Lo que sea que tu madre pueda haber hecho para deformar tu conciencia, sabes quién eres.”Su mano cogió la muñeca de ella otra vez, poniéndola hacia él. “Jocelyn tomó todas las malas decisiones. Se puso del lado de la Clave, contra su familia. Esta es tu oportunidad de rectificar sus errores.”Ella intentó soltar su brazo. “Déjame ir, Sebastian. Lo digo en serio.”Su mano se deslizó hacia arriba de su muñeca, rodeando la parte superior del brazo con los dedos. “Eres tan poca cosa. ¿Quién pensaría que eras como un volcán? Especialmente en la cama.”Se levantó de un salto, alejándose de él. “¿Qué dijiste?”Él se levantó también con sus labios curvándose en las esquinas. Era mucho más alto que ella, incluso más alto que Jace. Se inclinó cerca de ella cuando habló y su voz fue baja y áspera. “Todo lo que marca a Jace, me marca a mi” dijo “Baja hacia tus uñas” estaba sonriendo “Ocho arañazos paralelos en mi espalda, hermanita. ¿Me estás diciendo que no las pusiste ahí?”Una suave explosión vino a su cabeza, como un sordo fuego artificial de rabia. Miró su rostro riéndose, y pensó en Jace, en Simon, y en las palabras que intercambiaron. Si de verdad la Reina podía escuchar a escondidas sus conversaciones, entonces ya sabría sobre la Gloria. Pero Sebastian no lo sabía. No podía saberlo. Ella arrebató el anillo de su mano y lo tiró al suelo. Le oyó dar un grito, pero ya había puesto un pie sobre él, sintiendo como se deshacía de él, aplastando el oro hasta que fue polvo. La miró incrédulamente mientras quitaba el pie. “Tú…”Ella echó atrás su mano derecha, la más fuerte, y condujo el puño hasta su estómago. Él era más alto, más ancho y más fuerte que ella, pero Clary tenía el factor sorpresa. Él se dobló, ahogándose, y le arrebató la estela de su cinturón de armas. Luego salió corriendo. Magnus giró bruscamente el volante tan rápido que los neumáticos chillaron. Isabelle gritó. Golpearon contra el borde de la carretera, bajo la sombra de un pequeño bosque de árboles en parte sin hojas. Lo próximo que Simon supo, fue que las puertas estaban abiertas y todo el mundo estaba cayendo sobre el asfalto. El Sol se estaba escondiendo, y las luces encendidas de la camioneta los iluminaban a todos con un extraño resplandor."Perfecto, chico vampiro". Dijo Magnus, sacudiendo la cabeza suficientemente fuerte para arrojar purpurina. "¿Qué diablos está pasando?"Alec se apoyó contra la camioneta mientras Simon explicaba, repitiendo la conversación con Clary con tanta exactitud cómo podía antes de que todo saliera de su cabeza."¿Dijo algo acerca de cómo saldrían ella y Jace de allí?", preguntó Isabelle cuando terminó, con su rostro pálido bajo la luz amarillenta de las luces."No", dijo Simon. "E Iz, no creo que Jace quiera salir. Él quiere estar donde está."Isabelle se cruzó de brazos y miró sus botas, su cabello negro atravesando su cara."¿Qué es eso sobre el Séptimo Lugar Sagrado?", dijo Alec. "Sé de las siete maravillas del mundo, ¿pero siete sitios sagrados?""Son más interesantes para los brujos que para los Nefilim", dijo Magnus. "Cada uno es un lugar en el que las líneas de la ley convergen, formando una matriz, una especie de red dentro de la cual los hechizos mágicos se amplifican. La séptima es una tumba de piedra en Irlanda, en Polle nam Brón; el nombre significa 'la caverna de los dolores.' Está en una zona muy triste y deshabitaba llamada el Burren. Un buen lugar para convocar un demonio, si es uno grande." Tiró de un pico de su pelo. "Esto es malo. Realmente malo.""¿Crees que podrá hacerlo? ¿Hacer Cazadores de Sombras oscuros?", preguntó Simon."Todo tiene una alianza, Simon. La alianza de los Nefilim es celestial, pero de ser demoníaca, aún serán tan fuertes y poderosos como lo son ahora. Pero estarán dedicados a la erradicación de la humanidad en lugar de a su salvación.""Tenemos que llegar allí," dijo Isabelle. "Tenemos que detenerlos."" 'Detenerlo', querrás decir," dijo Alec. "Debemos detenerlo a él. A Sebastian.""Jace es su aliado ahora. Tienes que aceptar eso, Alec, " dijo Magnus. Una ligera llovizna había comenzado a caer. Las gotas brillaban como oro ante los faros. "Irlanda está a como cinco horas de distancia. Ellos harán la ceremonia a medianoche. Son las cinco en punto aquí. Tenemos una hora y media, dos a lo sumo, para detenerlos.""Entonces no deberíamos estar esperando. Debemos ir", dijo Isabelle, con un matiz de pánico en su voz. "Si queremos detenerlo...""Iz, somos solo cuatro," dijo Alec. "Nosotros ni siquiera sabemos a cuántos nos enfrentamos..."Simon miró a Magnus, que observaba a Alec e Isabelle discutir con una peculiar expresión distante. "Magnus," dijo Simon. "¿Por qué no acabamos con el Portal a la granja de una vez? Atravesaste la mitad de Idris con un portal al llano de Brocelind.""Quería darte tiempo suficiente para cambiar de opinión, “dijo Magnus, sin quitar los ojos de su novio."Pero podrías transportarnos desde aquí," dijo Simon. "Quiero decir, podrías hacer eso por nosotros.""Sí," dijo Magnus. "Pero, como dijo Magnus, no sabemos a cuántos nos enfrentamos. Soy un brujo muy poderoso, pero Jonathan Morgensten no es un Cazador de Sombras ordinario, y tampoco lo es Jace, en este asunto. Y si tienen éxito convocando a Lilith, ella será mucho más débil, pero seguirá siendo Lilith.""Pero ella está muerta," dijo Isabelle. "Simon la mató.""Los Demonios Mayores no mueren," dijo Magnus. "Simon... la esparció entre los mundos. Le tomará mucho tiempo reformarse y será débil durante años. A menso que Sebastian la llame de nuevo." Pasó una mano por su puntiagudo cabello mojado."Tenemos la espada,” dijo Isabelle. "Podemos eliminar a Sebastian. Tenemos a Magnus y a Simon...""Ni siquiera sabemos si la espada funciona," dijo Alec. "Y no nos sirve de mucho si no podemos legar a Sebastian. Y Simon ya no es el Sr. Indestructible. Pueden matarlo igual que al resto de nosotros."Todos miraron a Simon."Debemos intentarlo," dijo. "Miren, no sabemos cuántos son. Tenemos algo de tiempo. No es mucho pero es suficiente -si hacemos un Portal- para conseguir algunos refuerzos.""¿Refuerzos de dónde?"Exigió Isabelle."Voy a buscar a Maia y Jordan al apartamento," dijo Simon, su mente marcando con rapidez las posibilidades. "Veré si Jordan puede conseguir ayuda del Praetor Lupus. Magnus, ve a la estación de policía en el centro, busca miembros de la manada que nos ayuden. Isabelle y Alec...""¿Nos estás dividiendo?" demandó Isabelle, levantando la voz. "¿Qué pasa con los mensajes de fuego o...""Nadie confiaría en los mensajes de fuego con un asunto como este," dijo Magnus. "Además, los mensajes de fuego son para Cazadores de Sombras. ¿Estás segura de que quieres dar esta información a la Clave a través de mensajes de fuego en vez de ir al Instituto?""Bien." Isabelle fue alrededor del coche. Abrió la puerta, pero no entró; en su lugar, la alcanzó y sacó a Glorious Brillaba en la luz tenue como un rayo de luz oscura, las palabras parpadeando con la luz del auto: "Quis ut Deus?"La lluvia comenzaba a pegarle su negro cabello al cuello. Se veía formidable mientras volvía con el resto del grupo."Ahora dejamos el auto aquí. Nos separamos, pero nos encontramos de vuelta en el Instituto en una hora. Entonces nos vamos, nos acompañe quien nos acompañe." Miró a cada uno de sus compañeros a los ojos, uno por uno, buscando quien se atreviera a desafiarla. "Simon, tómala."Ella le tendió a Glorious por la empuñadura."¿Yo?" Simon estaba perplejo. "Pero yo no he usado una espada antes.""Tú lo convocaste," dijo Isabelle, sus ojos oscuros brillando bajo la lluvia. "El Ángel te la dio a tí, Simon, y tú la llevarás." Clary se apresuró por el pasillo y llegó a las escaleras con un traqueteo de tacones, corriendo escaleras abajo, y hacia el punto en que Jace le había dicho que era la única entrada y salida del apartamento. No tenía ilusiones de poder escapar. Necesitaba solo unos cuantos minutos para hacer lo que tenía que hacer. Escuchó las botas de Sebastián haciendo un escándalo en la escalera de cristal, detrás de ella, y se dio todavía más prisa casi azotándose contra el muro. Puso la estela en el punto, primero, dibujando frenéticamente: un patrón tan simple como una cruz, nuevo para el mundo – El puño de Sebastian se cerró en la espalda de su chaqueta, jalándola hacia atrás, la estela salió volando de su mano. Ella jadeó cuando él la levantó de sus pies y la azotó contra el muro, sacándole el aire. Él miró la Marca que había hecho en la pared, y sus labios se curvaron en una risa burlona. “¿La runa de apertura?” dijo. Se inclinó y siseó en su oído. “Y ni siquiera la terminaste. No es como si importara. ¿En serio crees que hay un lugar en la tierra a donde ir y que yo no pueda encontrarte?” Clary respondió con un epíteto que la hubiera sacado de clases en el St. Xavier. Justo cuando él comenzó a reírse, ella levantó la mano y le volteó la cara de una bofetada tan dura que sus dedos ardían. En su sorpresa él soltó su agarre, y ella se alejó de él, saltó sobre la mesa, haciendo su camino hacia la recámara en la planta baja que al menos tenía una cerradura en la puerta. Y él estaba delante de ella, cogiéndola por las solapas de su chaqueta y dándole vuelta. Sus pies tropezaron y se hubiera caído si él no la hubiera encajado con su cuerpo, contra la pared; ambos brazos a los costados de ella, haciendo una caja a su alrededor. Su sonrisa era diabólica. Se había marchado ese chico elegante quien caminó con ella por el Sena, y bebió chocolate caliente y habló sobre pertenecer. Sus ojos ahora eran totalmente negros, sin pupilas, como túneles. “¿Qué pasa hermanita? Pareces molesta.”Ella apenas podía coger aliento. “Me… rompí… la manicura… abofeteando tu… inmunda cara. ¿Lo ves?” Ella le mostró su dedo- solo uno. “Qué lindo.” Se burló. “¿Sabes cómo supe que nos habías traicionado? ¿Cómo supe que no serías capaz de evitarlo? Es porque eres muy parecida a mí.”El la aplastó más duro contra la pared. Ella pudo sentir su pecho subiendo y bajando contra el de ella. Tenía al nivel de sus ojos, la aguda línea de su clavícula. Su cuerpo se sentía como una prisión alrededor de ella, clavándola en su sitio. “No me parezco en nada a ti. Déjame ir-“ “Eres completamente como yo,” le gruñó al oído. “Te infiltraste entre nosotros. Fingiste tu amistad. Fingiste que te importábamos.”“Nunca tuve que fingir que Jace me importa.” Ella vio que algo relampagueó en sus ojos entonces, un oscuro celo, y no estaba segura de quién estaba celoso. Él puso sus labios contra su mejilla, tan cerca que sintió como se movían contra su piel mientras hablaba. “Nos jodiste,” murmuró. Su mano estaba alrededor de su brazo izquierdo retorciéndolo; lentamente moviéndola hacia abajo. “Probablemente jodiste a Jace, literalmente-“ Ella no pudo evitar hacer una mueca. Lo sintió inhalar abruptamente. “Lo hiciste,” dijo. “Dormiste con él.” Sonaba casi traicionado. “No es tu asunto.” Él la cogió por la cara, volteándosela para que lo mirara, con los dedos clavándose en su barbilla. “No puedes joder a alguien para que se vuelva bueno. Aunque es una buena jugada, sin corazón.” Su adorable boca se curvó en una sonrisa fría. “Sabes que él no recuerda nada de eso, ¿verdad? ¿Al menos te hizo pasar un buen rato? Porque yo lo hubiera hecho.”Ella probó bilis en su garganta. “Eres mi hermano.” “Esas palabras no significan nada para nosotros. No somos humanos. Sus reglas no se aplican a nosotros. Las estúpidas leyes sobre como el ADN no se puede mezclar. Son hipócritas si en verdad las consideras. Ya somos experimentos. Los regentes del antiguo Egipto solían casarse con sus hermanos, ¿sabes?- Cleopatra se casó con su hermano. Eso fortalece la línea de sangre.” Ella lo miró con odio. “Sabía que estabas loco,” dijo. “Pero no me di cuenta que tan absolutamente, espectacularmente fuera de tus malditos cabales.” “Oh, no creo que haya nada de loco en eso. ¿A quién pertenecemos si no es el uno al otro?”“Jace,” dijo ella. “Yo le pertenezco a Jace.” El hizo un sonido de desprecio. “Puedes tener a Jace.” “Pensé que lo necesitabas.” “Lo hago. Pero no para lo que tú lo necesitas.” Sus manos estaban de pronto en su cintura. “Podemos compartirlo. No me importa lo que hagas. Siempre y cuando sepas que me perteneces.” Ella levantó las manos para empujarlo lejos. “No te pertenezco. Me pertenezco a mí misma.” La mirada en sus ojos la dejó quieta en su sitio. “Pensé que sabrías mejor que eso,” dijo, y puso la boca sobre la de ella, duramente. Por un momento se sintió de regreso en Idris, de pie en frente de la incendiada casa solariega de los Fairchild, y Sebastian estaba besándola, y ella se sentía como si estuviera cayendo en la oscuridad, en un túnel que no tenía fin. En su momento ella creyó que había algo mal en ella. Que no podría besar a nadie salvo a Jace. Que estaba rota. Pero ahora ella sabía mejor las cosas. La boca de Sebastian se movía sobre la de ella, tan dura y tan fría como el filo de una navaja en la oscuridad, y ella se puso de puntillas y lo mordió duro en el labio. El gritó y se dio la vuelta alejándose de ella, con la mano en la boca. Pudo probar su sangre, cobre amargo; goteaba de su boca cuando la miró con ojos incrédulos. “Tú – “ Ella se dio la vuelta y lo pateó duro en el estómago esperando que aún estuviera adolorido de donde lo había golpeado antes. Cuando él se dobló, ella se lanzó sobre él, corriendo hacia las escaleras. Estaba a medio camino cuando él la cogió por la parte de atrás del cuello de su chaqueta. Le dio la vuelta como si estuviera meciendo un bate de beisbol, y la lanzó contra la pared. Ella se azotó duro y cayó sobre sus rodillas, sin aliento. Sebastian comenzó a acercarse con las manos flexionándose a sus costados; sus ojos brillaban negros como los de un tiburón. Se veía aterrador; Clary sabía que debería estar asustada, pero un frío desapego se había apoderado de ella. El tiempo parecía haberse vuelto más lento. Recordó la pelea en la tienda de desperdicios en Praga, cómo había desaparecido en su propio mundo en donde cada movimiento era tan preciso como el de un reloj. Sebastian se estiró hacia ella, y ella se levantó del suelo, estirando las piernas, golpeándole los pies, haciéndolo caer. El se fue hacia adelante, y ella se quitó del camino, poniéndose de pie de un salto. No se molestó en correr esta vez. En vez de eso cogió el florero de porcelana de la mesa, y cuando Sebastian se levantaba, lo estrelló en su cabeza. Se quebró, salpicando agua y hojas, y él se tambaleó hacia atrás, la sangre manchándole el cabello blanco plateado. Le gruñó y saltó sobre ella. Fue como ser golpeada por una bola de demolición. Clary salió volando hacia atrás, estrellándose contra la mesa de vidrio, y golpeó el suelo en medio de una explosión de fragmentos y agonía. Gritó cuando Sebastian aterrizó sobre ella, llevando su cuerpo más abajo sobre los cristales rotos, sus labios estaban estirados en una mueca de burla. Echó el brazo hacia atrás y con el dorso de la mano la golpeó en la cara. La sangre la cegó; se ahogó con el sabor de ésta en su boca, y la sal le ardía en los ojos. Levantó con fuerza la rodilla y le dio en el estómago, pero fue como golpear una pared. Él le cogió las manos, forzándolas a sus costados. “Clary, Clary, Clary,” dijo. Estaba jadeando. Al menos le había sacado el aire. La sangre corría en un lento chorro de una cortada a un lado de su cabeza, manchándole el pelo de escarlata. “No está mal. No eras una luchadora cuando estuvimos en Idris.”“Quítate de encima-“El acercó su cara a la de ella. Con la lengua de fuera. Ella trató de alejarse pero no pudo moverse lo suficientemente rápido, antes de que él le lamiera la sangre de un lado de su cara, y sonriera. La sonrisa le partió el labio, y corrió más sangre por su barbilla. “Me preguntaste, a quién pertenezco,” susurró. “Te pertenezco a ti. Tu sangre es mi sangre, tus huesos mis huesos. La primera vez que me viste, te parecí familiar, ¿no es así? Del mismo modo en que tú me lo pareciste a mí.” Ella se quedó boquiabierta. “Estás mal de la cabeza.” “Está en la Biblia,” dijo. “La Canción de Salomón. „Tú has robado mi corazón, mi hermana, mi esposa, has robado mi corazón con uno de tus ojos, con una cadena de tu cuello.‟” Sus dedos le rozaron la garganta, enredándose en la cadena ahí, la cadena que sostuvo el anillo Morgenstern. Ella se preguntó si él le rompería la tráquea. “‟Duermo, pero mi corazón está despierto: es la voz de mi amado que me llama, diciendo, Abre para mi, mi hermana, mi amor.‟” La sangre de él le goteaba en la cara. Se mantuvo quieta, con su cuerpo zumbando por el esfuerzo cuando la mano de él se movió de su garganta, por su costado, a su cintura. Sus dedos se deslizaron por dentro de la cinturilla de sus pantalones. Su piel estaba caliente, ardiendo; pudo sentir que él la deseaba. “Tú no me amas,” le dijo. Su voz era delgada; él le estaba aplastando los pulmones sin dejar que tomara aire. Recordó lo que su madre había dicho sobre que, cada emoción que Sebastian mostraba era una farsa. Sus pensamientos eran tan claros como el cristal; silenciosamente agradeció a la euforia de la batalla, por hacer lo que tenía que hacer y mantenerla enfocada mientras Sebastian la hacía sentir asqueada con su toque. “Y a ti no te importa que yo sea tu hermano,” dijo. “Sé cómo te sentías sobre Jace, incluso cuando pensabas que era tu hermano. No puedes mentirme.”“Jace es mejor que tu.”“Nadie es mejor que yo.” Su sonrisa fue toda de dientes blancos y sangre. “‟Un jardín cerrado es mi hermana,‟” dijo. “Una primavera callada, una fuente sellada.‟ Pero ya no más, ¿cierto? Jace se encargó de eso.” El buscó a tientas el botón de sus pantalones y ella se aprovechó de la distracción para coger del suelo una pieza triangular de cristal de buen tamaño; y golpearlo con el filo aserrado en el hombro. El cristal le cortó en los dedos, rebanándolos. El gritó, echándose hacia atrás, pero más por la sorpresa que por el dolor; la ropa de combate lo protegía. Ella lo cortó con el cristal más duro esta vez en su muslo, y cuando él se hizo hacia atrás, ella lo golpeó con su otro codo en la garganta. El se hizo a un lado ahogándose, y ella rodó, aplastándolo con su cuerpo, sacando el cristal ensangrentado de su pierna. Alzó el fragmento y lo lanzó contra la vena pulsante en su cuello – y se detuvo. El se estaba riendo. Estaba recostado debajo de ella, y estaba riéndose, su risa vibrando hacia arriba por su propio cuerpo. Su piel estaba salpicada de sangre - su sangre goteando sobre él, y su propia sangre donde ella lo había golpeado, su cabello blancoplateado apelmazado con ella. El dejó caer los brazos a sus costados, extendidos como si fueran alas, un ángel roto, caído del cielo. Él dijo, “Mátame, hermanita. Mátame, y matarás a Jace también.” Y ella dejó caer el golpe con el fragmento de cristal.
StephRG14
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Mensaje por StephRG14 el Vie 08 Mayo 2015, 7:06 pm

Capitulo 20; Puerta a la oscuridad


Clary gritó en voz alta de pura frustración mientras que el pedazo de cristal que estaba incrustado en el suelo de madera, estaba a pulgadas de la garganta de Sebastian. Lo sintió reír debajo de ella. “No puedes hacerlo” dijo él. “No puedes matarme” “Al infierno contigo” gruñó ella. “No puedo matar a Jace”. “Es lo mismo” dijo él, e, incorporándose tan rápido que ella apenas lo vio moverse, la rodeó a través de su cara con demasiada fuerza obligándola a arrastrarse sobre el suelo cubierto de cristales. La caída se detuvo cuando chocó contra la pared, amordazada, y tosió sangre. Ocultó su cabeza con el antebrazo, con el sabor y el olor de su propia sangre por todos lados, nauseabunda y metálica. Un momento después la mano de Sebastian la agarró de la chaqueta y la obligó a ponerse en pie. Ella no luchaba contra él. ¿Para qué? ¿Por qué luchar con alguien que estaba dispuesto a matarte y ellos sabían que ella no quería matarlos, o incluso herirlos seriamente? Ellos ganarían siempre. Se quedó inmóvil mientras él la examinaba. “Podría ser peor” dijo. “Parece como si la chaqueta te cuidara de cualquier daño importante” ¿Daño importante? Sentía todo su cuerpo como si hubiera sido rebanado con delgados cuchillos. Lo fulminó con la mirada a través de las pestañas mientras él la balanceaba en sus brazos. Fue como cuando estuvo en París, cuando él la mantuvo lejos de los demonios Dahak, y luego ella había estado, si no agradecida, al menos confusa, y ahora estaba llena de un odio a punto de ebullición. Mantuvo su cuerpo tenso mientras la llevaba hacia arriba, sus botas resonando en el cristal. Trataba de olvidar que lo estaba tocando, que sus brazos estaban sobre ella muy apretados, sus posesivas manos en su espalda. Lo mataré, pensó. Encontraré una manera, y lo mataré. Entró en la habitación de Jace y la arrojó al suelo. Ella se tambaleó hacia atrás un paso. Él la agarró y le arrancó la chaqueta. Debajo solo llevaba una camiseta. Estaba destrozada como si le hubiera pasado un rallador de queso por encima, y estaba teñida de sangre por todas partes. Sebastian silbó. “Estas hecha un desastre, hermanita” dijo. “Mejor entra en el baño y limpia un poco esa sangre” “No” dijo ella. “Deja que se vean así. Deja que se vea lo que tenías que hacer para conseguir que viniera contigo” Su mano salió disparada y la agarró por debajo del mentón, obligándola a poner su rostro frente a él. Quedando a centímetros de distancia. Ella quería cerrar los ojos pero se negaba a darle esa satisfacción; le devolvió la mirada, a las curvas plateadas de sus ojos verdes, a la sangre de sus labios donde ella le había mordido. “Me perteneces” dijo él otra vez. “Y te tendré a mi lado, aunque tenga que forzarte a que estés aquí” “¿Por qué?” exigió ella, de la rabia se había mordido la lengua tanto que notaba el sabor de la sangre. “¿Qué te importa? Sé que no puedes matar a Jace, pero podrías matarme. ¿Por qué no simplemente lo haces?” Por un momento, sus ojos estaban distantes, vidriosos, como si pudiera ver algo invisible para ella. “Este mundo será consumido por el fuego del infierno” dijo. “Pero os pondré a ti y a Jace a salvo de las llamas si haces lo que te pido. Es una bendición que no le daré a nadie más. ¿No ves lo imprudente que eres al negarla?” “Jonathan” dijo ella. “¿No ves que es imposible que me pidas que luche a tu lado cuando quieres quemar el mundo?” Sus ojos enfocaron su rostro. “¿Pero por qué?” fue casi lastimero. “¿Por qué este mundo es tan preciado para ti? Sabes que hay otros” su propia sangre estaba demasiado roja en contraste con su rígida piel blanca. “Dime que me quieres. Dime que me quieres y que pelearás conmigo” “Nunca te querré. Te equivocaste cuando dijiste que tenemos la misma sangre. Tu sangre es veneno. Veneno demoníaco.” Escupió las últimas palabras. Él solo sonrió, con sus ojos brillando oscuramente. Ella sintió que algo ardía en la parte superior del brazo y saltó al darse cuenta de que se trataba de una estela, él estaba haciendo un iratze en su piel. Lo odió incluso mientras el dolor desaparecía. La pulsera tintineaba en su muñeca mientras movía la mano con habilidad, completando la runa. “Sabía que mentías” le dijo ella de repente. “Digo muchas mentiras, querida” dijo él. “¿Cuál de ellas específicamente? “Tu pulsera” dijo. “‟Acheronta movebo‟ no significa „Por lo tanto, siempre a los tiranos‟. Eso es „sic sempre tyrannis‟. Este es de Virgilio. „Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo‟. „Si no puedo mover el Cielo, elevaré el Infierno‟.” “Tu latín es mejor de lo que pensaba” “Aprendo rápido” “No demasiado rápido” la soltó de la barbilla. “Ahora ve al baño y límpiate” dijo, empujándola hacia atrás. Agarró el vestido ceremonial de su madre y se lo tiró a los brazos. “El tiempo no crece y mi paciencia es muy delgada. Si no sales en diez minutos, iré a buscarte. Y, confía en mí, no te gustará” … … “Estoy hambrienta” dijo Maia. “Siento como si no hubiera comido en días.” Abrió la puerta del frigorífico y miró con atención. “Oh, puaj”. Jordan tiró de ella hacia atrás, envolviéndola con sus brazos, y le acarició la parte de atrás del cuello. “Podemos pedir algo de comida. Pizza, tailandés, mexicano, lo que quieras. Mientras no nos cueste más de veinticinco dólares.” Ella se volvió en sus brazos, riendo. Llevaba puesta una de las camisetas de él; le quedaba un poco grande a él, así que a ella le quedaba colgando cerca de las rodillas. Su pelo estaba agarrado con un lazo por detrás de su cuello. “Gran gastador” dijo ella. “Por ti, cualquier cosa” la levantó por la cintura y la colocó en uno de los taburetes del mostrador. “Puedes pedir un taco” la besó. Sus labios eran dulces, con un ligero toque a menta de la pasta de diente. Ella sintió el zumbido que vino a su cuerpo al tocarle, que empezó en la base de su espina dorsal y le disparó a través de todos sus nervios. Rio contra su boca, envolviendo su cuello con los brazos. Un fuerte sonido cortó el zumbido de su sangre mientras Jordan se alejaba, con el ceño fruncido. “Mi teléfono.” Agarrándose a ella con una mano, buscó a tientas tras él en el mostrador hasta que lo encontró. Había parado de sonar, pero lo abrió de todos modos, frunciendo el ceño. “Es el Praetor”El Praetor nunca llamaba, o al menos raramente lo hacía. Solo cuando algo era de mortal importancia. Maia suspiró y se reclinó. “Cógelo” Él asintió con la cabeza, aun levantando el teléfono hacia su oreja. Su voz fue un suave murmullo en el fondo de su conciencia mientras se bajaba del mostrador e iba al refrigerador, donde estaban clavados los menús para llevar. Buscó en ellos hasta que encontró el menú del lugar tailandés local que le gustaba, y se volvió con él en la mano. Jordan estaba ahora en mitad de la salita, pálido, con el teléfono olvidado en su mano. Maia podía oír una metálica, distante voz saliendo de él, diciendo su nombre. Maia soltó el menú y se apresuró hacia él. Cogió el teléfono de sus manos, desconectó la llamada, y lo llevó hasta el mostrador. “¿Jordan? ¿Qué ha pasado?” “Mi compañero de piso, Nick, ¿te acuerdas?” dijo él, con incredulidad en sus ojos avellana. “Nunca lo conociste, pero…” “He visto fotos de él” dijo ella. “¿Ha pasado algo?” “Está muerto” “¿Cómo?” “Le han desgarrado la garganta, lo han desangrado. Creen que hacia un seguimiento de su misión y ella lo mató.” “¿Maureen?” Maia estaba en shock. “Pero era solo una niñita” “Es un vampiro ahora” él respiraba entrecortadamente. “Maia…” Ella se le quedó mirando. Sus ojos estaban vidriosos, su pelo enredado. Un repentino pánico aumentó dentro de ella. Besar y abrazar, e incluso el sexo, eran una cosa. Confortar a alguien cuando estaba afectado por la pérdida era otra. Significaban compromiso. Significaban cuidado. Significaban que querías aliviar el dolor, y que al mismo tiempo le dabas gracias a Dios porque cualquier cosa mala que le pudiera pasar, no le pasase. “Jordan” dijo ella suavemente, y poniéndose de puntillas, puso sus brazos alrededor de él. “Lo siento”. Su corazón latía contra ella. “Nick solo tenía diecisiete años”. “Él era un Praetor, como tú” dijo ella suavemente. “Sabía que era peligroso. Tú solo tienes dieciocho.” Él aumentó la presión sobre ella, pero no dijo nada. “Jordan” dijo ella. “Te quiero. Te quiero y lo siento” Ella lo sintió helado. Era la primera vez que decía esas palabras desde unas pocas semanas antes de que fuera mordida. Él parecía estar conteniendo la respiración. Finalmente lo dejó salir con un jadeo. “Maia” graznó. Y luego, increíblemente, antes de que pudiera decir otra palabra, su teléfono empezó a sonar. “No importa” dijo. “Lo ignoraré” La dejó ir, con la cara suave, aturdido por el dolor y el asombro. “No” dijo. “No, podría ser importante. Adelante.” Suspiró y fue hasta el mostrador. Paró de sonar mientras ella lo alcanzaba, pero había un mensaje de texto parpadeando en la pantalla. Sintió que los músculos del estómago se le tensaban. “¿Qué es?” preguntó Jordan, como si hubiera sentido su repentina tensión. Quizás lo había hecho. “911. Una emergencia.” Se volvió hacia él, agarrando el teléfono. “Una llamada para la batalla. Iba a todos los miembros de la manada. De Luke… y Magnus. Tenemos que salir de inmediato.” Clary estaba sentada en el suelo del baño de Jace, con la espalda contra los azulejos de la bañera y las piernas extendidas delante de ella. Se había limpiado la sangre de la cara y el cuerpo, y enjuagado su sangriento pelo en el lavabo. Llevaba el vestido de ceremonia de su madre, arrugado hasta los muslos y las baldosas del suelo estaban frías contra sus pies descalzos y pantorrillas. Miró sus manos. Deberían verse distintas, pensó. Pero eran las mismas manos que siempre había tenido, dedos delgados, uñas cortas (no puedes llevar uñas largas cuando eres un artista) y pecas en el dorso de los nudillos. Su rostro parecía el mismo también. Todo en ella parecía igual, pero no lo era. Esos últimos días había cambiado de formas que ella no podía, sin embargo, comprender plenamente. Se levantó y se miró en el espejo. Estaba pálida, entre el color flamante de su pelo y el vestido. Moratones decoraban sus hombros y la garganta. “¿Admirándote?”. No había escuchado a Sebastian abrir la puerta, pero ahí estaba, sonriendo insoportablemente como siempre, apoyado en el marco de la puerta. Llevaba puesto un tipo de equipo que no había visto antes: el usual duro material, pero en color escarlata como la sangre fresca. También había añadido un accesorio a su equipo: una curvada ballesta. La sostenía casualmente en su mano, aunque debía ser pesada. “Te ves adorable, hermana. Una compañera apropiada para mi” Ella se tragó las palabras con el sabor de la sangre que aun permanecía en su boca y caminó hacia él. La agarró del brazo mientras ella intentaba oprimirle contra la puerta. Su mano recorrió su hombro desnudo. “Bien” dijo él. “No estás marcada aquí. Odio cuando las mujeres arruinan sus pieles con cicatrices. Mantén las marcas en los brazos y las piernas.” “Preferiría que no me tocaras”Él soltó un bufido, y la hizo girar hasta la ballesta. Una flecha apuntaba hacia ella, lista para disparar. “Camina” dijo él. “Estaré justo detrás de ti” Se tomó cada resquicio de fuerza que no le quedaba para retroceder de él. Se volvió y anduvo hasta la puerta, sintiendo arder la cuchilla entre sus hombros donde imaginaba que el arco de la ballesta la apuntaba. Se movían como bajando las escaleras de cristal y atravesaron la cocina y la sala de estar. Gruñó al ver la runa que Clary había garabateado en la pared, la alcanzó y en su mano apareció una puerta. La misma puerta se abrió a una plaza de la oscuridad. La ballesta pinchó fuerte a Clary en la espalda. “Muévete”. Inspirando, ella fue hacia las sombras. Alec golpeó su mano contra el botón de la pequeña cabina del ascensor y volvió a dejarse caer contra la pared. “¿Cuánto tiempo tenemos?” Isabelle comprobó la resplandeciente pantalla de su móvil. “Unos cuarenta minutos”. El ascensor se tambaleó hacia arriba. Isabelle le lanzó una disimulada mirada a su hermano. Se le veía cansado, con oscuros círculos bajos los ojos. A pesar de su altura y fuerza, Alec, con sus ojos azules y su suave pelo negro que le llegaba casi al cuello, parecía más delicado de lo que era. “Estoy bien” dijo, respondiendo a la pregunta que no había formulado. “Tú eres la que va a estar en problemas por estar lejos de casa. Yo tengo dieciocho. Puedo hacer lo que quiera.” “Envié mensajes a mamá toda las noches y le dije que estaba contigo y con Magnus” dijo Isabelle mientras el ascensor empezaba a pararse. “No es como si no supiera donde estoy. Y hablando de Magnus…” Alec se inclinó sobre ella y abrió la puerta interior de la cabina del ascensor. “¿Qué?” “¿Estáis bien? Quiero decir, ¿tenéis algún problema?” Alec le lanzó una mirada incrédula cuando salió por la puerta de entrada. “¿Todo se va al garete y tú quieres saber cómo va mi relación con Magnus?” “Siempre me he preguntado qué significa esa expresión” dijo Isabelle pensativa mientras corría tras su hermano por el pasillo. Alec tenía unas piernas muy, muy largas, y aunque ella era bastante rápida, era muy difícil mantener su ritmo cuando él se lo proponía. “¿Por qué al garete? ¿Qué es el garete, y por qué es un buen modo de transportación?” Alec, que había sido el parabatai de Jace el tiempo suficiente como para aprender a ignorar conversaciones tangentes, dijo “Magnus y yo estamos bien, supongo.” “Oh-oh” dijo Isabelle. “¿Bien, supones? Se lo que significa cuando se dice eso. ¿Qué ha pasado? ¿Habéis discutido?” Alec golpeaba la pared con los dedos mientras corrían, una certera señal de que estaba incómodo. “Deja de intentar meterte en mi vida amorosa, Iz. ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué no sois Simon y tú pareja? Obviamente te gusta.” Isabelle dejó escapar un gemido. “No soy tan obvia”. “Lo eres, en realidad.” Dijo Alec, sonando como si le sorprendiera también, ahora que lo pensaba. “Mirándolo con ojos distraídos. El modo en que enloqueciste en el lago cuando el Ángel apareció…” “¡Pensaba que Simon estaba muerto!” “¿Qué, más muerto?” dijo Alec poco amable. Al ver la expresión en la cara de su hermana, se encogió de hombros. “Mira, si te gusta, bien. Es solo que no veo por qué no estáis saliendo.” “Porque a él no le gusto” “Por supuesto que sí. Siempre le gustas a los chicos.” “Perdona si pienso que tu opinión es parcial.” “Isabelle” dijo Alec, y ahora había amabilidad en sus ojos, tenía el tono que ella asociaba con su hermano (amor y exasperación mezclados juntos). “Sabes que eres maravillosa. Los chicos te han perseguido desde… siempre. ¿Por qué Simon iba a ser diferente?” Ella se encogió de hombros. “No lo sé. Pero lo es. Imagino que la pelota está en su cancha. Sabe cómo me siento. Pero no creo que se esté apresurando en hacer nada en este momento.” “Para ser justos, no es como si no le estuviera pasando otra cosa.” “Lo sé, pero… él siempre ha sido así. Clary…” “¿Crees que aún está enamorado de Clary?” Isabelle se mordió el labio. “No exactamente. Creo que ella es la única cosa que le queda de su vida humana, y no puede dejarla marchar. Y mientras no la deje irse, no sé si hay un sitio para mí.” Casi habían llegado a la biblioteca. Alec miró de reojo a su hermana a través de sus pestañas. “Pero si solo son amigos…” “Alec” ella cogió su mano, indicándole que debía callarse. Salían voces de la biblioteca. La primera era estridente y reconocida como la de su madre: “¿Qué quieres decir con que ella no está?”“Nadie la ha visto en dos días” dijo otra voz que era suave, femenina y sonaba ligeramente como disculpándose. “Vive sola, así que la gente no estaba segura… pero pensábamos, que desde que sabes que su hermano…” Sin pausa, Alec se plantó frente a la puerta de la biblioteca que estaba abierta. Isabelle se agachó tras él para ver a su madre sentada tras la enorme mesa de caoba en el centro de la habitación. Frente a ella había dos figuras familiares: Aline Penhallow, vestida con el equipo, y, tras ella, Helen Blackthorn, con su pelo rizado desordenado. Ambas se volvían, sorprendidas, hacia la puerta. Helen, bajo las pecas, estaba pálida; también llevaba el equipo, que remarcaba el color de su piel. “Isabelle” dijo Maryse, poniéndose en pie. “Alexander, ¿qué ha pasado?” Aline alcanzó la mano de Helen. Los anillos de plata brillaron en sus dedos. El anillo de los Penhallow con el dibujo de montañas, destellaba en el dedo de Helen, mientras que el patrón de espinas entrelazadas del anillo de los Blackthorn adornaba el de Aline. Isabelle sintió que sus cejas se levantaban; cambiar anillos familiares era un tema serio. “Si estamos interrumpiendo, podemos…” empezó Aline. “No, quedaros” dijo Izzy, caminando hacia delante. “Puede que os necesitemos”. Maryse se echó hacia atrás en su silla. “Así que” dijo. “mis hijos me honran con su presencia. ¿Dónde habéis estado?” “Ya te lo dije” dijo Isabelle. “Estábamos en casa de Magnus.” “¿Por qué?” exigió Maryse. “Y no te pregunto a ti, Alexander. Le pregunto a mi hija.” “Porque la Clave dejó de buscar a Jace” dijo Isabelle. “Pero nosotros no.” “Y Magnus estaba dispuesto a ayudar” añadió Alec. “Ha estado arriba todas estas noches, buscando en libros de hechizos, intentando de averiguar dónde podría estar Jace. Incluso llegó a…” “No” Maryse levantó una mano para silenciarlo. “No me digas lo que no quiero saber”. El teléfono negro del escritorio empezó a sonar. Todos se quedaron parados. Las llamadas al teléfono negro provenían de Idris. Nadie se movió para responder, y por un momento solo hubo silencio. “¿Por qué estáis aquí?” exigió Maryse devolviendo la atención a su descendencia. “Estábamos buscando a Jace…” comenzó Isabelle de nuevo. “Es trabajo de la Clave hacer eso” soltó Maryse. Se la veía cansada, reconoció Isabelle, con la piel estirada bajo los ojos. Las líneas de la comisura de su boca dibujaban una mueca en sus labios. Estaba tan delgada que los huesos de sus muñecas parecía que se iban a salir. “No vuestra”. Alec golpeó el escritorio con su mano, lo suficiente para que resonara en los cajones. “¿Nos escucharías? La Clave no encontró a Jace, pero nosotros sí. Y a Sebastian con él. Y ahora sabemos que están planeando. Tenemos…” echó un vistazo al reloj de la pared. “… apenas tiempo para detenerlos. ¿Nos vais a ayudar o no?” El teléfono negro volvió a sonar. Y otra vez Maryse no se movió para cogerlo. Estaba mirando a Alec, su cara estaba blanca por el shock. “¿Hicisteis qué?” “Sabemos dónde está Jace, mamá” dijo Isabelle. “O, al menos, donde va a estar. Y qué va a hacer. Sabemos el plan de Sebastian, tiene que ser detenido. Oh, y sabemos cómo matar a Sebastian, sin matar a Jace…” “Para” Maryse sacudió su cabeza. “Alexander, explícalo. Conscientemente, y sin histeria. Gracias.” Alec se lanzó a contar la historia, dejándose (como pensaba Isabelle) todo lo bueno, sin saber cómo se las arregló para resumir la historia tan bien. Tan abreviada era su interpretación, que Aline y Helen miraban boquiabiertas al final. Maryse se quedó muy quieta, con los rasgos inmóviles. Cuando Alec terminó, dijo con voz silenciosa: “¿Por qué habéis hecho eso?” A Alec lo cogió por sorpresa. “Por Jace” dijo Isabelle. “Para traerlo de vuelta”. “Os dais cuenta de que al ponerme en esta posición, no tengo otra opción que notificar a la Clave” dijo Maryse, su mano descansaba encima del teléfono negro. “Ojalá no hubierais venido aquí.” La boca de Isabelle estaba húmeda. “¿En serio estás enfadada con nosotros por contarte, al fin, qué está pasando?” “Si notifico a la Clave, enviarán a todos sus refuerzos. Jia no tendrás más opción que dar instrucción de matar a Jace. ¿Tenéis idea de cuantos cazadores de sombras han seguido al hijo de Valentine?” Alec sacudió su cabeza. “Quizás cuarenta, por lo que he oído.” “Digamos que eran dos veces eso. Podemos estar seguros de derrotar sus fuerzas, pero ¿qué oportunidad tendría Jace? Casi no hay certeza de que consiga salir vivo. Ellos lo matarán para asegurarse.” “Entonces, no les podemos decir nada” dijo Isabelle. “Iremos nosotros. Lo haremos sin la Clave” Pero Maryse, mirándola, sacudía la cabeza. “La Ley dice que tenemos que decírselo”. “No me importa la Ley…” empezó Isabelle con enfado. Captó la mirada de Aline viéndola, y cerró de golpe la boca. “No te preocupes” dijo Aline. “No voy a decirle nada a mi madre. Os lo debo, chicos. Especialmente a ti, Isabelle.” Ella apretó la mandíbula, e Isabelle recordó la oscuridad bajo el puente en Idris, y su látigo desgarrando a un demonio, su garra desgarrando a Aline. “Y, además, Sebastian mató a mi primo. Al real Sebastian Verlac. Tengo mis propias razones para odiarlo, ya sabes.”“A pesar de todo” dijo Maryse. “Si no se lo contamos, estaremos rompiendo la Ley. Podríamos ser sancionados, o peor.” “¿Peor?” dijo Alec. “¿De qué estamos hablando? ¿Del exilio?” “No lo sé, Alexander.” Dijo su madre. “Estaría por encima de Jia Penhallow, y cualquiera que gane el puesto de la Inquisidora, decidir nuestro castigo.” “Quizás será papá” murmuró Isabelle. “Tal vez él hará que sea fácil para nosotros”. “Si no les notificamos de esta situación, Isabelle, no hay ninguna oportunidad de que tu padre haga de Inquisidor. Ninguna.” Dijo Maryse. Isabelle inspiró. “¿Nos podrían despojar de nuestras Marcas? ¿Podríamos perder… el Instituto?” “Isabelle” dijo Maryse. “Lo podríamos perder todo.” Clary parpadeó, ajustando los ojos a la oscuridad. Se puso de pie en una llanura rocosa, azotada por el viento, sin nada con lo que romper la fuerza de la tormenta. Manchas de hierba crecían entre las losas de piedra gris. En la sombría lejanía, había colinas cubiertas de cantos rodados rosas, negros y de hierro contra el cielo nocturno. Había luces más adelante. Clary reconoció el resplandor blanco de luz mágica que flotaba mientras que la puerta del apartamento se cerraba tras ellos. Se oyó el sonido de una explosión sorda. Clary se dio la vuelta para ver que la puerta ya no estaba. Había manchas carbonizadas de suciedad y hierba, aun ardiendo, donde había estado. Sebastian miraba fijamente completamente asombrado. “¿Qué…?” Ella rio con un oscuro júbilo al mirar la cara de él. Nunca lo había visto impresionado de esa manera, sin pretensiones, con expresión desnuda y horrorizada. Él apuntó la ballesta hacia atrás, a milímetros de su pecho. Si disparaba a esa distancia, la flecha desgarraría su corazón, matándola instantáneamente. “¿Qué has hecho?” Clary lo miró con oscuro triunfo. “Esa runa. La que pensabas que era una runa de apertura inacabada. No lo era. Era una runa creada por mí.” “¿Una runa para qué?” Ella recordó poner la estela en la pared, la forma de la runa que había inventado la noche que Jace había ido a verla a la casa de Luke. “Destruir el apartamento en el segundo en que alguien abriera la puerta. El apartamento no está. No puedes volver a usarlo. Nadie puede.” “¿No está?” la ballesta se sacudió; los labios de Sebastian estaban crispándose, sus ojos eran salvajes. “Zorra. Pequeña…” “Mátame” dijo ella. “Adelante. Y explícaselo a Jace después. Te desafío.” Él la miró, su pecho subiendo y bajando, sus dedos temblando sobre el gatillo. Lentamente deslizó la mano lejos. Sus ojos estaban empequeñecidos y furiosos. “Hay peores cosas que morir” dijo él. “Y te las haré todas a ti, hermanita, una vez que hayas bebido de la Copa. Y te gustará.” Ella le escupió. Él la golpeó con fuerza, dolorosamente, en el pecho con la punta del arco. “Date la vuelta” gruño, y ella lo hizo, mareada y con una mezcla de terror y triunfo cuando la empujó por una pendiente rocosa. Llevaba unas finas zapatillas, y sintió cada guijarro y grieta de las rocas. Al acercarse a la luz, Clary vio la escena puesta ante ellos. Frente a ella, veía desde el suelo rosado a la pequeña colina. Sobre la colina, de cara al norte, había una enorme tumba de piedra antigua. Le recordó levemente a Stonehenge: había dos piedras verticales y estrechas que levantaban una piedra angular y plana, haciendo que el conjunto entero se asemejara a una puerta. Frente a la tumba un suelo también de piedra, como el suelo de un escalón, se estiraba sobre la empinadura y la hierba. Agrupados tras el suelo de piedra había un semicírculo de unos cuarenta nefilims, vestidos de rojo, llevando antorchas de luz mágica. Dentro de su semicírculo, contra el oscuro suelo, ardía un pentagrama azul y blanco. Sobre el suelo de piedra se hallaba Jace. Llevaba un equipo escarlata como Sebastian. Nunca se habían visto tan iguales. Clary pudo ver el brillo de su pelo incluso a distancia. Se paseaba por el borde del umbral de piedra plana, y a medida que se acercaba, Clary conducida hacia el frente por Sebastian, podía oír lo que él estaba diciendo. “… gratitud por vuestra lealtad, incluso después de estos últimos y difíciles años, y agradecimientos por vuestra creencia en nuestro padre, y ahora en sus hijos. Y su hija.” Un murmullo recorrió la plaza. Sebastian empujó a Clary hacia delante, se movieron a través de las sombras, y escalaron hasta la piedra tras Jace. Jace los vio e inclinó la cabeza antes de volverse a la multitud; estaba sonriendo. “Seréis los únicos que os salvaréis” dijo. “Hace mil años el Ángel nos dio su sangre, para hacernos especiales, para hacernos guerreros. Pero no fue suficiente. Han pasado mil años, y aún nos escondemos en las sombras. Protegemos a mundanos que no amamos de fuerzas que ellos continúan ignorando, y una anticuada y dura Ley nos previene de revelarnos como sus salvadores. Cientos de nosotros morimos, desagradecidos, sin duelo, pero por los de nuestra clase y sin recurrir al Ángel que nos creó.” Se movió cerca del borde de la plataforma de roca. Los cazadores de sombras estaban de pie en un semicírculo. Su pelo parecía un pálido fuego. “Si, os desafío a decirlo. El Ángel que nos creó no nos ayudará, y estamos solos. Más solos incluso que los mundanos, tal como uno de sus fantásticos científicos una vez dijo, ellos son como niños jugando con piedrecitas en la orilladel mar, mientras alrededor de ellos el gran océano de la verdad aun está por descubrirse. Pero nosotros sabemos la verdad. Somos los salvadores de la tierra, y nosotros deberíamos gobernarla.” Jace era un buen orador, pensó Clary con una especie de dolor en el corazón, del mismo modo en que Valentine lo había sido. Ella y Sebastian estaban tras él ahora, encarando el plan y a la multitud que allí había. Podía sentir las miradas fijas de los cazadores de sombras reunidos en ellos. “Si. Gobernarla.” Sonrió, con una adorable sonrisa fácil, llena de encanto, ribeteada con oscuridad. “Raziel es cruel e indiferente a nuestro sufrimiento. Es hora de darle la espalda. Recurrir a Lilith, Grandiosa Madre, que nos dará poder sin castigo, liderazgo sin Ley. Nuestro derecho es poder. Es hora de reclamarlo.” Miró hacia un lado con una sonrisa como Sebastian se movía hacia delante. “Y ahora os dejare oír el resto por Jonathan, cuyo sueño es este,” dijo Jace suavemente, y se retiró, dejando que Sebastian se deslizara fácilmente hacia su lugar. Él dio otro paso atrás y ahora estaba al lado de Clary, con su mano llegando a entrelazarse en la de ella. “Buen discurso” murmuró. Sebastian estaba hablando; ella lo ignoraba, enfocando a Jace. “Muy convincente.” “¿Tú crees? Iba a empezar con „Amigos, romanos, malhechores…‟ pero no creo que entendieran mi sentido del humor.” “¿Piensas que son malhechores?” Él se encogió de hombros. “La Clave lo haría” Alejó la mirada de Sebastian, bajándola hacia ella. “Estás hermosa” dijo, pero su voz fue extrañamente baja. “¿Qué ha pasado?” A ella la pilló con la guardia baja. “¿Qué quieres decir?” Él abrió su chaqueta. Debajo solo llevaba una camisa blanca. Estaba manchada por un lado y por la manga de rojo. Se dio cuenta de que se volvía cuidadosamente de la multitud mientras le enseñaba la sangre. “Siento lo que él siente,” dijo. “¿O lo habías olvidado? Tuve que ponerme un iratze sin que nadie se diera cuenta. Sentí como si alguien cortara mi piel con una hoja de afeitar.” Clary se encontró con su mirada. No había motivo para mentir, ¿verdad? No había vuelta atrás, literalmente o figuradamente. “Sebastian y yo tuvimos una pelea.” Sus ojos buscaron el rostro de ella. “Bueno,” dijo dejando su chaqueta caer cerrándola, “Espero que lo hayáis arreglado, fuera lo que fuera.” “Jace…” empezó, pero él había vuelto su atención a Sebastian. Su perfil era frío y claro con la luz de la luna, como una silueta recortada de papel oscuro. Frente a ellos, Sebastian, que había soltado la ballesta, elevó sus brazos. “¿Estáis conmigo?” Gritó. Un murmullo recorrió la plaza, y Clary entró en tensión. Uno del grupo de nefilims, un hombre mayor, se echó la capucha hacia atrás y frunció el ceño. “Tu padre nos hizo muchas promesas. Y ninguna fue cumplida. ¿Por qué deberíamos confiar en ti?” “Porque yo cumpliré mis promesas ahora. Esta noche.” Dijo Sebastian, y de su túnica sacó la imitación de la Copa Mortal. Ésta brilló delicadamente blanca bajo la luna. Los murmullos eran más sonoros ahora. Bajo la capucha Jace dijo “Espero que esto vaya tranquilamente. Siento como si no hubiera dormido en toda la noche.” Él estaba encarando a la multitud y al pentagrama, con una mirada de perspicaz interés en su rostro. Éste estaba delicadamente angulado por la luz mágica. Ella pudo ver la cicatriz en su mejilla, los huecos en sus sienes, la adorable forma de su boca. No recordaré esto, había dicho él. Cuando vuelva… como si estuviera, bajo su control, no recordaré ser yo mismo. Y era verdad. Había olvidado cada detalle. De algún modo, sin embargo ella lo había sabido, lo había visto olvidar, el dolor de la realidad fue penetrante. Sebastian bajó de la roca y se acercó al pentagrama. Al borde de él, empezó a cantar. “Abyssum invoco. Lilith invoco. Mater mea, invoco.” Sacó una fina daga de su cinturón. Agarrando la Copa con la curva de su brazo, usó el borde de la cuchilla para deslizarla por su palma. La sangre brotaba, negra a la luz de la luna. Devolvió el cuchillo a su cinturón y puso su mano sangrante sobre la Copa, aun cantando en latín. Era ahora o nunca. “Jace,” susurró Clary. “Sé que en realidad no eres tú. Sé que hay una parte de ti que no puede estar bien con todo esto. Intenta recordar quién eres, Jace Lightwood.” Su cabeza giró y la miró con asombro. “¿De qué estás hablando?” “Por favor, intenta recordar, Jace. Te quiero. Me quieres…” “Te quiero, Clary.” Dijo, con una especie de abismo en su voz. “Pero dijiste que lo entendías. Esto es. La culminación de todo hacia lo que hemos trabajado.” Sebastian arrojó el contenido de la Copa en el centro del pentagrama. “Hic est enim calix sanguinis mei.” “Nosotros no.” Susurró Clary. “Yo no soy parte de esto. Tampoco tú…” Jace inhaló bruscamente. Por un momento Clary pensó que era por lo que había dicho, que quizás, de alguna manera, estuviera rompiendo su cáscara, pero siguió su mirada y vio que bolas giratorias de fuego habían aparecido en el centro del pentagrama. Eran del tamaño de pelotas de baloncesto pero, como veía, crecían, alargándose y formándose, hasta que al final crearon el perfil de una mujer, hecha de llamas.“Lilith” dijo Sebastian con un timbre de voz. “Como tú me llamaste, ahora te llamo yo. Como tú me diste la vida, ahora te la doy yo.” Lentamente las llamas oscurecieron. Ella estaba ante ellos ahora, Lilith, estando otra vez a la altura de un ser humano, desnuda con su pelo negro mojado cayéndole por la espalda hasta los tobillos. Su cuerpo estaba tan gris como la ceniza, agrietado con negras líneas como la lava volcánica. Volvió sus ojos a Sebastian, y se retorcieron como negras serpientes. “Mi niño” sopló ella. Sebastian parecía brillar, como la luz mágica. Piel pálida, pelo pálido y sus ropas se veían negras a la luz de la luna. “Madre te he llamado tal como me deseaste. Esta noche no solo serás mi madre, sino la madre de una nueva raza.” Señaló a los cazadores de sombras que esperaban, que estaban inmóviles, probablemente por la impresión. Una cosa era saber que un Demonio Mayor iba a ser invocado y otra ver uno en primera persona. “La Copa” dijo él, y se la dio, con su blanco y pálido borde manchado de sangre. Lilith rio entre dientes. Sonó como si todas las piedras se machacaran unas con otras. Cogió la Copa y, con tanta naturalidad como se podría atrapar un insecto en una hoja, arrancó una herida de su muñeca gris ceniza con los dientes. Muy lentamente, lodos de sangre negra corrían hacia delante, salpicando dentro de la Copa, que parecía cambiar, oscureciéndose bajo su tacto, con su claridad translúcida volviéndose lodo. “Como la Copa ha sido de los cazadores de sombras, tanto un talismán como un significado de transformación, deberá ser esta Copa Infernal tuya.” Dijo ella en su carbonizada y arrastrada voz. Se arrodilló, dándole la Copa a Sebastian. “Coge mi sangre y bebe.” Sebastian cogió la Copa de sus manos. Se había vuelto negra ahora, a un negro brillante como la hemetita. “Como tu ejército crece, ten mi fuerza” Lilith silbó. “Pronto seré lo suficiente fuerte para realmente volver… y compartiremos el poder del fuego, hijo mío.” Sebastian inclinó la cabeza. “Te proclamamos Muerte, madre mía, y profesamos tu resurrección.” Lilith rio, levantando los brazos. El fuego lamió su cuerpo y se lanzó hacia el aire, explotando en una docena de partículas de luz giratorias que se desvanecían como las brasas de un fuego al apagarse. Cuando desaparecieron completamente, Sebastian pateó el pentagrama, rompiendo su continuidad, y levantó la cabeza. Había una horrible sonrisa en su rostro. “Cartwright” dijo. “Trae al primero.” La multitud se abrió, y un hombre con túnica puso delante a una torpe mujer a su lado. Tenía una cadena atada a su brazo, y su largo y enredado pelo escondía su rostro. Clary se puso toda tensa. “Jace ¿qué es esto? ¿Qué está pasando?” “Nada” dijo él, mirando hacia delante distraídamente. “Nadie va a resultar herido. Solo cambiado. Mira.” Cartwright, cuyo nombre Clary apenas recordaba de su tiempo en Idris, puso la mano en la cabeza de la cautiva y la obligó a ponerse de rodillas. Después la dobló y la agarró del pelo, sacudiéndole la cabeza. Ella miró a Sebastian, parpadeando de terror y desafío, su cara claramente perfilada por la luna. Clary contuvo el aliento. “Amatis.”
StephRG14
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Mensaje por StephRG14 el Vie 08 Mayo 2015, 7:09 pm

Capitulo 21; Invocando al infierno


La hermana de Luke levantó la mirada, sus ojos azules tan parecidos a los de Luke, fijos en Clary. Parecía mareada, sorprendida, su expresión un poco fuera de foco, como si hubiera sido drogada. Ella trató de comenzar a ponerse en pie, pero Cartwright la empujó hacia abajo. Sebastián se dirigió hacia ellos, con la copa en la mano. Clary se revolvió hacia adelante, pero Jace la tomó por el Brazo, tirando de ella hacia atrás. Ella lo pateó, pero él ya la había girado en sus brazos con la mano sobre su boca. Sebastián estaba hablando con Amatis en una suave voz hipnótica. Ella sacudió la cabeza violentamente, pero Cartwright la cogió por el pelo y tiró su cabeza hacia atrás. Clary la oyó gritar, un sonido fino en el viento. Clary pensó en la noche que se quedó despierta vigilando el pecho de Jace subir y bajar, pensando en que podría ponerle fin a todo esto con un simple golpe de cuchillo. Pero todo esto no había tenido una cara, una voz, un plan. Ahora que llevaba la cara de la hermana de Luke, ahora que Clary conocía el plan, era demasiado tarde. Sebastián tenía una mano hecha puño en la parte posterior de la cabeza de Amatis, la copa apoyada contra su boca. Mientras forzaba el contenido en su garganta, ella se retorció y tosió un líquido negro se quedó goteando por su mentón. Sebastián retiró con violencia la Copa, pero ésta ya había cumplido con su trabajo. Amatis hizo un sonido de gruñido desagradable, su cuerpo se sacudía en posición vertical. Sus ojos desorbitados, volviéndose tan oscuros como los de Sebastián. Ella dio una palmada con las manos sobre su cara, un grito escapó de ella, y Clary vio con asombro que la runa de "visión" se desvanecía de su mano, volviéndose pálida - y luego se había ido. Amatis dejó caer las manos. Su expresión se había suavizado y sus ojos eran azules otra vez. Ellos se clavaron en Sebastián. "Libérala", dijo el hermano de Clary a Cartwright, contemplando a Amatis. "Que venga a mí". Cartwright rompió la cadena que le ataba a Amatis y retrocedió, con una curiosa mezcla de aprehensión y fascinación en surostro. Amatis permaneció en silencio un momento, colgando las manos A sus lados. Luego se levantó y se acercó a Sebastián. Ella se arrodilló ante él, con el pelo cepillando la tierra. "Maestro" Dijo. "¿En qué puedo servirle?" "Levántate", dijo Sebastián, y Amatis se levantó con gracia. Parecía tener una nueva forma de movimiento, de repente. Los Cazadores de Sombras eran hábiles, pero ahora se movía con una gracia silenciosa que Clary encontró extrañamente fría. Se puso de pie justo enfrente de Sebastián. Por primera vez, Clary vio que lo que ella había tomado por un largo vestido blanco era una camisa de dormir, como si hubiera sido sacada de la cama. ¡Qué pesadilla, al despertar aquí, entre estas figuras encapuchadas, en este amargo lugar abandonado. "Ven a mí", Sebastián hizo una seña, y Amatis avanzó hacia él. Ella era una Cabeza más baja, por lo menos, y ella estiró la cabeza hasta que él le susurró. Una sonrisa fría dividió su cara. Sebastián alzó la mano. "¿Quieres luchar, Cartwright?" Cartwright dejó caer la cadena que había estado llevando, y su Mano fue a su cinturón de armas a través de la brecha en su Capa. Era un hombre joven, con el pelo muy rubio, y una ancha Mandíbula cuadrada. "Pero yo-" "Sin duda necesitamos alguna demostración de su poder", dijo Sebastián. "Ven, Cartwright, ella es una mujer, y es mayor que tú. Tienes miedo?" Cartwright lo miró desconcertado, pero sacó un largo puñal de su cintura. "Jonathan" Los ojos de Sebastian brillaron. "Lucha contra él, Amatis". Sus labios se curvaron. "Yo estaré encantada", dijo, y saltó. Su velocidad fue sorprendente. Ella saltó al aire e hizo girar el pie hacia adelante, golpeando la daga de su agarre. Clary miraba con asombro como ella lanzó su cuerpo y la rodilla en el estómago. Él se tambaleó hacia atrás, y ella golpeó la cabeza contra la suya, girando alrededor de su cuerpo y jalando duro por la parte posterior de sus ropas, tirándolo al suelo. Aterrizó en sus pies con ruido tremendo, gimiendo de dolor. "Y eso es por arrastrarme fuera de mi cama en medio de la noche", dijo Amatis, y pasó el dorso de la mano por el labio, que sangraba ligeramente. Un murmullo de risas recorrió la tensa multitud. "Lo ves", dijo Sebastián. "Incluso un cazador de sombras sin ninguna destreza en particular o fortaleza- lo siento, Amatis - puede llegar a ser más fuerte, más rápido, que su colegas seráficos aliados." Él cerró un puño en la palma de la otra mano. "El poder. Potencia real. ¿Quién está listo, para ello?" Hubo un momento de vacilación, a continuación, Cartwright tropezó con sus pies, con una mano curvada protectora sobre su estómago. "Yo lo estoy", dijo, lanzando una mirada venenosa a Amatis, quien se limitó a sonreír. Sebastián alzó la Copa Infernal. "Entonces, vamos. Adelante. " Cartwright se acercó a Sebastián, y como lo hizo el, otros cazadores de sombras rompieron la formación, subiendo hacia el lugar donde estaba Sebastián, formando una línea irregular. Amatis serenamente quedó a un lado con las manos cruzadas. Clary miró fijamente, a la mujer mayor. Era la hermana de Luke. Si las cosas hubieran ido según lo previsto, ella habría sido su tía ahora. Amatis. Clary pensó en su casa junto al canal pequeño en Idris, la forma en que había sido tan amable, la forma en que había amado tanto al padre de Jace. Por favor, mírame, pensó. Por favor muéstrame que sigues siendo tú misma. Como si Amatis hubiese oído la plegaria silenciosa, levantó la cabeza y miró directamente a Clary. Y sonrió. No era una sonrisa amable o una sonrisa tranquilizadora. Su sonrisa era oscura y fría y en un murmullo divertido, era la sonrisa de cuando ves a alguien ahogarse, Clary pensó y no mueven un dedo para ayudar. No era la sonrisa de Amatis. No era Amatis en absoluto. Amatis se había ido. Jace le había tapado su boca con la mano, pero ella no sentía ningún deseo de gritar. Aquí nadie la ayudaría, y la persona de pie con los brazos alrededor de ella, aprisionando su cuerpo, no era Jace. Era como la forma en que la ropa mantiene la forma de su dueño, incluso si no había sido usado durante años, o una almohada mantiene el contorno de la cabeza de la persona que ha dormido una vez allí, incluso si ha muerto tiempo atrás, eso era todo lo que era. Una cáscara vacía que ella había llenado con sus deseos y su amor y sus sueños. Y, al hacerlo, había hecho en el verdadero Jace un terrible mal. En su búsqueda para salvarlo, ella había casi olvidado lo que estaba salvando. Y se acordó de lo que él le había dicho durante esos pocos momentos en que había sido él mismo. "Odio pensar en cómo es él contigo. Él. Ese otro yo." Jace sabía que era dos personas distintas, como él mismo con el alma raspada y no era él mismo en absoluto. Había tratado de entregarse a la Clave, y ella no se lo había permitido. No había escuchado lo que él quería. Había tomado la decisión por él - en un instante entre el vuelo y el pánico- pero ella lo había hecho, no realizando lo que él prefería: morir antes que ser así, y no tanto por salvar su vida, sino a condenarse a una existencia en que le desprecien. Ella se apoyó en él, y Jace, entendió su súbito cambio que indicaba que ella no estaba luchando más, entonces aflojó el agarre. El último de los cazadores de sombras estaba delante de Sebastián, llegando con entusiasmo por la Copa Infernal tal como él lo había ofrecido. "Clary..." Jace comenzó. Nunca se enteró de lo que Jace habría dicho. Se escuchó un grito, y el cazador de sombras que seguía para beber de la Copa retrocedió tambaleándose con una flecha en la garganta. Una Clary incrédula volteó la cabeza y vio, de pie en la parte superior de los dólmenes piedra, a Alec, sosteniendo su arco. Él sonrió con satisfacción y rebuscó sobre su hombro otra flecha. Y luego, viniendo de detrás de él, los demás derramándose hacia la planicie. Una manada de lobos, bajaron corriendo al suelo, su pelaje atigrado brillaba variado en la luz. Maia y Jordan estaban entre ellos, supuso. Detrás de ellos entraron cazadores de sombras conocidos en un ininterrumpida línea: Isabelle y Maryse Lightwood, Helen Blackthorn y Aline Penhallow, y Jocelyn, con su rojo cabello visible incluso a la distancia. Con ellos estaba Simón, la empuñadura de una espada de plata sobresalía por encima de la curva de su hombro. Y Magnus, con las manos chisporroteando fuego azul. El corazón le saltó en su pecho. "¡Estoy aquí!" Le gritó "¡Estoy aquí!" *** *** "¿Puedes verla?" Exigió Jocelyn. "¿Ella está ahí?" Simón trató de concentrarse en la oscuridad por la masa delante de Él, sus sentidos de vampiro agudizándose en el olor distinto de sangre. Diferentes tipos de sangre, mezclando la sangre de los cazadores de sombras, sangre de demonio, y la amargura de la sangre de Sebastián. "Yo la veo", dijo. "Jace la mantiene consigo. Él está tirando de ella detrás de esa línea de los cazadores de sombras de allí”. "Si son leales a Jonathan como el Círculo lo era Valentine, van a hacer un muro con sus cuerpos para protegerlo, y a Clary y a Jace con él." Jocelyn estaba totalmente fría, furia materna con sus ojos verdes ardiendo. "Vamos a tener que atravesarlo, para llegar a ellos. " "Lo que necesitamos es llegar a Sebastián", dijo Isabelle. "Simón, vamos a abrir un camino para ti. Llegas a Sebastián y lo ejecutas con Glorious. Una vez que caiga--" "Los otros probablemente se dispersarán", dijo Magnus. "O dependiendo de cómo estén atados a Sebastian, podrían morir o colapsar con él. Podemos tener la esperanza, por lo menos." Estiró la cabeza hacia atrás. "Hablando de la esperanza, ¿has visto ese disparo que Alec bajó con su arco? Ése es mi novio", dijo sonriente, y movió los dedos, - destellos azules salieron de ellos. Él brillaba por todas partes.- Únicamente Magnus, Simón pensó con resignación, tendría acceso a una armadura de batalla con lentejuelas. Isabelle desenroscó su látigo alrededor de su muñeca. lo disparó delante de ella: una mano de fuego dorado. "Está bien, Simón ", dijo. "¿Estás listo?" Los hombros de Simón estaban tensos. Había todavía cierta distancia de la línea contraria del ejército -él no sabía de qué otra forma pensar sobre ellos- manteniendo su línea con sus túnicas rojas y sus equipos, sus manos alzadas en armas. Algunos de ellos estaban gritando en voz alta confusamente. Él no pudo contener una sonrisa. "En el nombre del Ángel, Simón," dijo Izzy. "¿Qué pasa allí que te motive a sonreír?” "Sus cuchillos serafines ya no sirven", dijo Simon. "Están tratando de averiguar por qué. Sebastián sólo les grita para que utilicen las demás armas." Se oyó un grito desde la línea cuando otra flecha descendió desde el dolmen y se enterró en la parte posterior de un fornido cazador de sombras de túnica roja, que se derrumbó hacia delante. La línea se sacudió y abrió un poco, como una fractura en una pared. Simon, viendo su oportunidad, se lanzó hacia adelante, y precipitó a los demás con él. Era como sumergirse en un océano negro en la noche, un océano lleno de tiburones y criaturas marinas brutalmente dentadas chocando uno en contra del otro. No era la primera batalla en la que Simon había estado alguna vez, pero durante la guerra mortal él acababa de ser identificado con la marca de Caín. No había comenzado a trabajar bastante todavía, aunque había varios demonios retrocedieron tambaleándose al ver a la misma. Nunca había pensado que la echaría de menos, pero lo olvidó ahora, mientras trataba de empujar hacia adelante a través de los apretados cazadores de sombras, que iban hacia él con las espadas. Isabelle estaba a un lado de él, Magnus iba por el otro, protegiéndolo -protegiendo la Glorious-. El látigo de Isabelle cantó fuerte y seguro, y las manos de Magnus escupieron fuego, rojo y verde y azul. Azotes de fuego de color oscuro golpearon a los Nephilim, quemándolos donde se encontraban. Otros cazadores de sombras gritaron cuando los lobos de Luke se escabulleron entre ellos, mordiendo, y masticando sobre sus gargantas. Un puñal salió disparado con una velocidad asombrosa y haciendo un corte en el lateral de Simón. Gritó, pero siguió su camino, sabiendo que la herida en si misma se uniría en cuestión de segundos. Él empujó hacia adelante... Y se quedó helado. Una cara familiar estaba delante de él. La hermana de Luke, Amatis. A medida que sus ojos se posaron en él, se vio reconocer en ellos. ¿Qué estaba haciendo aquí? Tuvo que venir a luchar junto a ellos, pero--- Ella se abalanzó sobre él con una daga oscura y brillante en su mano. Ella fue rápido, no tan rápido como sus reflejos de vampiro, pero si él no hubiera sido demasiado asombrado para moverse. Amatis era la hermana Luke, y ese momento de incredulidad podría haber sido el al final de él, si Magnus no hubiese saltado frente a él, empujándolo hacia atrás. Fuego azul disparó de la mano Magnus, pero Amatis fue más rápida que el brujo también. Ella giró lejos de las llamas y debajo del brazo de Magnus, y Simon captó el destello de la luz de la luna en la hoja de su cuchillo. Los ojos de Magnus se abrieron en estado de shock cuando la espada oscura se impulsó hacia abajo, cortando a través de su armadura. Ella se echó hacia atrás, la hoja ahora estaba empapada de reflectante sangre; Isabelle gritó cuando Magnus se desplomó sobre sus rodillas. Simón trató de volverse hacia él, pero el aumento de la presión de la multitud se lo estaba llevando hacia a la lucha. Gritó el nombre de Magnus, cuando Amatis, se inclinó más, con el brujo caído, y levantó el puñal una segunda vez, con el objetivo de su corazón. *** *** "¡Suéltame!", Gritó Clary, retorciéndose y pateando como pudo para alejarse de Jace. Ella no podía ver prácticamente nada encima de la multitud creciente de los cazadores de sombras vestidos de rojo que estaban, delante de ella, Jace, y Sebastián, bloqueando a su familia y amigos. Ellos tres estaban unos pocos metros detrás de la línea de batalla; Jace la sujetaba con fuerza mientras ella luchaba por desasirse, y Sebastián, al lado de ellos, observando los eventos como se desarrollaban con un aspecto de furia en su semblante oscuro. Sus labios se movían. Ella no podría decir si él juraba, rezaba o cantaba palabras de un hechizo. "Suéltame, que-" Sebastián volteó y tenía una expresión de miedo en su rostro, en algún lugar, entre una sonrisa y un gruñido. "Hazla callar, Jace." Jace, todavía con Clary sujeta, dijo: "¿Vamos a retroceder aquí y permitir que ellos nos protejan?" Él movió la barbilla hacia la línea de cazadores de sombras. "Sí", dijo Sebastián. "Tú y yo somos demasiado importantes para arriesgarnos a conseguir que nos dañen." Jace sacudió la cabeza. "No me gusta. Hay también muchos en el otro lado." Él estiró el cuello para mirar hacia fuera sobre la multitud. "¿Qué pasa con Lilith? ¿Se la puede convocar de nuevo para ayudarnos?" "¿Qué, aquí mismo?" Hubo desprecio en el tono de Sebastián. "No. Además, ella ahora es demasiado débil para ser de gran ayuda. Alguna vez pudo derribar un ejército sola, pero ese subterráneo, trozo de basura, con su marca de Caín dispersó su esencia a través de los vacíos entre los mundos. Todo lo que podría hacer ahora es aparecer y darnos su sangre". "Cobarde", escupió Clary. "Volviste a todas estas personas tus esclavos, tú ni siquiera luchas por protegerte a tí mismo" Sebastián levantó la mano como si él pretendiera golpearla de revés en la cara. Clary deseaba que su querido Jace pudiese estar allí para ver qué sucedería cuando lo haga, pero una sonrisa cruzó por la boca de Sebastián en su lugar. Bajó la mano. "Y si Jace te dejara ir, supongo que lucharías, verdad?" "Por supuesto que sí-" respondió Clary. "¿De qué lado?" Sebastián dio un paso rápido hacia ella, levantando la Copa Infernal. Clary podía ver lo que había dentro. Aunque muchos habían bebido de ella, la sangre que contenía se mantuvo en el mismo nivel. "Levanta su cabeza, Jace." "¡No!" Ella redobló sus esfuerzos para alejarse. La mano de Jace se deslizó por debajo de su barbilla, pero sintió vacilación en su toque. "Sebastián", él dijo. "No--""Ahora", dijo Sebastián. "No hay necesidad de quedarnos aquí. Nosotros somos los importantes, no estos, que son carne de cañón. Les hemos probado las obras de la Copa Infernal. Éso es lo que importa." Se apoderó de la parte delantera del vestido de Clary. "Pero será mucho más fácil escapar", dijo, "sin ésta pataleando y gritando y golpeando a cada paso de esa manera." "Podemos hacer que ella beba más tarde-" dijo Jace. "No", gruñó Sebastián. "Sujétala". Y levantó la Copa y la presionó contra los labios de Clary, tratando que abra la boca a la fuerza. Ella luchó contra él, apretando los dientes. "Bebe", dijo Sebastián en un susurro feroz, tan bajo que ella dudó si Jace pudo oírlo. "Te lo dije que al final de esta noche haría lo que quisiera. Bebe! ". Su negros ojos se oscurecieron aún mas, y empujó mas la Copa, cortando su labio inferior. Ella probó su sangre, usando su cuerpo para empujarlo, agarró los hombros de Jace, y se impulsó con las piernas. Sintió la costura de su vestido rasgarse en un lado y sus pies golpearon duramente las costillas de Sebastián. Éste se tambaleó hacia atrás sin aire, entonces ella sacudió la cabeza hacia atrás, oyendo un sonido como un chasquido en la cara de Jace. Él gritó y la soltó lo suficiente como para que ella quede libre. Ella corrió lejos de él y se hundió en la batalla sin mirar atrás. *** *** Maia corrió por el suelo rocoso, la luz estelar rastrillando sus dedos fríos a través de su abrigo, los olores fuertes de la batalla atacando su delicada nariz, sangre, sudor... y el olor a caucho quemado, a magia oscura. El grupo se había extendido ampliamente sobre el campo, saltando y matando con sus dientes y sus garras mortales. Maia se mantuvo al lado del Jordan, no porque necesitara su protección sino porque había descubierto que junto a él luchaba mejor y era más eficaz. Ella había estado en sólo una batalla antes, en la llanura Brocelind, y eso había sido un torbellino caótico de demonios y Submundos. Hubo muchos combatientes menos aquí en el Burren, pero los cazadores de sombras oscuros eran formidables, blandiendo sus espadas y puñales de una fuerza rápida, aterradora. Maia tenía visto un hombre delgado, utilizaba un cuchillo de hoja corta intentando batir la cabeza de un lobo que estaba en medio de un salto... Aunque lo que cayó al suelo era un cuerpo humano sin cabeza, sangriento e irreconocible. Incluso mientras lo pensaba, uno de los Nefilim de túnica escarlata se alzó delante de ellos, con una espada de doble filo en sus manos. La hoja estaba manchada de rojo y negro bajo la luz de la luna. Jordan gruñó junto a Maia, pero ella fue la que se lanzó al hombre. Él la esquivó lejos, y la rozó con su espada. Ella sintió un dolor agudo en el hombro y cayó al suelo sobre las cuatro patas; un dolor punzante que la atravesó. Se oyó un ruido, y ella sabía que había quitado la espada del hombre de su mano. Ella gruñó de satisfacción y se dio la vuelta, pero Jordan ya estaba saltando sobre el Nephilim hacia su garganta Un segundo hombre lo agarró por el cuello, en el aire, como si atrapara a un cachorro rebelde: "Subterráneo escoria", le espetó él, y aunque no fue la primera vez que Maia había oído tales insultos, algo relacionado con el odio glacial de su tono de voz la hizo estremecerse. "Deberías ser un abrigo. Uno que yo debería llevar puesto." Maia le clavó los dientes en la pierna. La sangre cobriza explotó en su boca mientras el hombre gritaba de dolor y se tambaleó hacia atrás, golpeándola; su dominio sobre Jordan se fue. Maia se apoderó de él fuertemente cuando Jordan se abalanzó de nuevo, y esta vez el grito del cazador de sombras se cortó cuando el hombre lobo desgarró su garganta. *** *** Amatis apuntó el cuchillo hacia el corazón de Magnus, justo cuando una flecha silbó en el aire y se clavó en su hombro con tal violencia que ella giró media vuelta y cayó de cara hacia adelante, hacia el rocoso suelo. Ella gritó, un ruido ahogado con rapidez por el choque de las armas a su alrededor. Isabelle se arrodilló al lado de Magnus. Simon, mirando hacia arriba, vio a Alec en la pila de piedras, de pie, congelado con el arco en su mano. Probablemente estaba demasiado lejos para ver Magnus claramente. Isabelle tenía sus manos en contra el pecho del brujo, pero Magnus --Magnus, que siempre ha sido así activo y vital, tan lleno de energía-- estaba completamente inmóvil, con Isabelle cuidándolo. Ella levantó la cabeza y vio a Simón mirándolos fijamente, sus manos estaban rojas de sangre, pero negó con su cabeza violentamente. "¡Sigue así!", Gritó. "Encuentra Sebastián!" Con un giro Simon dio la vuelta y volvió a hundirse en la batalla. La línea estrecha de los cazadores de sombras vestidos de rojo había comenzado a deshacerse. Los lobos se movían aquí y allá, los cazadores de sombras lejos uno del otro. Jocelyn estaba espada a espada con un hombre gruñón, cuyo brazo libre goteaba sangre y Simón se dio cuenta de algo extraño mientras se tambaleaba hacia adelante, abriéndose paso a través de los huecos estrechos entre las escaramuzas: Ninguno de los Nephilim estaban marcados. Su piel estaba sin runas. También eran--se dio cuenta al verlo por el rabillo de sus ojos, uno de los cazadores de sombras enemigos, se lanzó por Aline con un mazo oscilante, sólo para ser destruido por Helen, lanzándose por el costado-- mucho más rápidos que cualquier Nephilim que había visto antes, aparte de Jace y Sebastián. Ellos se movían con la rapidez de los vampiros, pensó, mientras uno de ellos redujo a un lobo saltando y abriendo su vientre. El hombre lobo muerto se estrelló contra el suelo, y ahora era el cadáver de un hombre fornido con cabello rizado. No era Maia o Jordan. El alivio le inundó, y luego la culpa, él se tambaleó hacia delante con el olor de la sangre en torno suyo, y otra vez echaba de menos la marca de Caín. Si él la tuviera aún, pensó, podría haber quemado todos estos nephilim enemigos en el suelo donde estaban --uno de los nefilim oscuros se levantó delante de él, blandiendo una espada de un solo filo. Simón se agachó, pero no fue necesario. El hombre estaba a mitad del camino del golpe cuando una flecha le alcanzó en el cuello y cayó, derramando su sangre. La cabeza de Simón se irguió, y vio a Alec, aún sobre la tumba; su rostro era una máscara de piedra y estaba disparando flechas con maquinal precisión, su mano remontándose mecánicamente sujetando el arco, y dispara. Cada una de esas flechas llegó a un objetivo, pero Alec apenas parecía darse cuenta. Para cuando la flecha ya volaba, él estaba alcanzando otra. Simón escuchó otro silbido estrellarse contra un cuerpo, él se lanzó hacia adelante, a un claro a un lado del campo de batalla-- Se quedó helado. Allí estaba ella. Clary, una diminuta figura de combate, pasando entre la muchedumbre con las manos desnudas, pateando y presionando para conseguir llegar más allá. Llevaba un vestido rojo roto y su el pelo era una maraña, y cuando lo vio, una mirada de asombro e incredulidad cruzó su rostro. Sus labios formaron su nombre. Justo detrás de ella estaba Jace. Tenía la cara ensangrentada. La multitud se apartó mientras él se lanzó a través de ella. Detrás, en la brecha dejada por él cuando pasó, Simón pudo ver un destello de color rojo y plata --una figura familiar, coronado ahora con el cabello blanco-dorado como Valentine. Sebastián. Aún escondido detrás de la última línea de defensa de los cazadores de sombras oscuros. Al verlo, Simón sacó la Gloriosa de la funda. Un momento después, una oleada en la multitud arrojó a Clary sobre él. Tenía los ojos casi negros, con la adrenalina, pero su alegría de verle era evidente. Simón sintió alivio, y se dio cuenta que se había estado preguntando si ella seguía siendo ella misma, o había cambiado, como Amatis lo había hecho. "Dame la espada!", Exclamó ella, con voz casi ahogada por el ruido del metal contra el metal. Adelantó su brazo para tomarla, y en ese momento ya no fue Clary, su amiga de la infancia, sino una cazadora de sombras, un ángel vengador, a la que pertenecía aquella espada que tenía en la mano. Se la entrego por la empuñadura. *** *** La batalla era como un torbellino, Jocelyn pensaba cortar el camino a través de la gente, con Luke dirigiendo su kindjal en cualquier punto rojo que veía. Era realmente consciente de una sensación de peligro incontrolable, luchando por mantenerse vivos y sin ahogarse. Sus ojos se movieron frenéticamente a través de la masa de combatientes, buscando a su hija, tratando de vislumbrar el pelo rojo o incluso a Jace, porque donde él estaba, Clary estaría. Hubo rocas esparcidas a través de la planicie como icebergs en un mar inmóvil. Ella trepó por el borde áspero de uno, tratando de obtener una vista mejor del campo de batalla, pero pudo distinguir solamente cuerpos presionados, el flash de las armas y los oscuros ejecutando a los lobos entre los combatientes. Se volvió y bajó de la roca. Sólo para encontrar a alguien esperando en abajo. Jocelyn se acercó, mirando. Llevaba ropas de color escarlata, y había una lívida cicatriz a lo largo de una de sus mejillas, una reliquia de una batalla desconocida para ella. Su rostro estaba apretado y no era tan joven ya, pero no tuvo ninguna duda "Jeremy", dijo lentamente, con la voz apenas audible por encima del clamor de los combates. "Jeremy Pontmercy." El hombre que había sido el miembro más joven del Círculo de la miró con ojos inyectados en sangre. "Jocelyn Morgenstern. ¿Has venido a unirte a nosotros? " "Unirme... qué? Jeremy, no" "Estuviste en el círculo de una vez", dijo, dando un paso más cerca de ella. Una daga larga con un filo como navaja de afeitar colgaba de su mano derecha. "Fuiste uno de nosotros y ahora seguimos a tu hijo." "Rompí relación contigo cuando seguiste a mi marido," dijo Jocelyn. "¿Por qué crees que yo te seguiré ahora que mi hijo te conduce?" "O estás con nosotros o en contra, Jocelyn." Su cara se había endurecido. "Tú no puede estar en contra de su propio hijo." "Jonathan", dijo en voz baja. "Él es el mayor mal que Valentine alguna vez pudo haber cometido. Nunca pude estar con él. Y al final tampoco estuve con Valentine. Entonces, ¿por qué esperas convencerme ahora?" Él negó con la cabeza. "No me has entendido", dijo. "Quiero decir que no pueden hacerle frente a él. A nosotros. La Clave, no están preparados. No por lo que podría hacer. Es por lo que hará. La sangre correrá por las calles de todas las ciudades. El mundo se quemará. Todo lo que conocemos será destruido. Y vamos a resurgir de las cenizas de su derrota, como Phoenix triunfantes. Esta es tu única oportunidad. Dudo que tu hijo te dé otra. " "Jeremy", dijo ella. "Eras tan joven cuando Valentine te reclutó. Podrías volver incluso, a la Clave. Ellos serían indulgentes-" "Nunca podré volver a la Clave", dijo con una dura satisfacción. "¿No lo entiendes? Aquellos de nosotros que estamos con tu hijo, ya no somos nephilim." No mas nephilim... Jocelyn comenzó a responder, pero antes de que pudiera hablar, la sangre brotó de la boca del oscuro y éste se desplomó y mientras lo hacía, Jocelyn vio, que de pie, detrás de él llevando una espada, estaba Maryse. Las dos mujeres se miraron por un momento sobre el cuerpo de Jeremy. Entonces, Maryse se volvió y caminó de vuelta hacia la batalla. *** *** En ese momento, los dedos de Clary se cerraron alrededor de la empuñadura y la espada explotó con una luz dorada. Ardía el fuego por la punta de la hoja, iluminando palabras talladas en negro a un lado --Quis ut Deus?-- y haciendo que brille la empuñadura, como si contuviese la luz del sol. Estuvo a punto de caer pensando que había cogido fuego, pero parecía que la llama contenida dentro de la espada, el metal, era frío debajo de sus palmas. Todo después pareció ocurrir muy lentamente. Se dio la vuelta con la espada ardiente en su mano; sus ojos buscado en la multitud desesperadamente a Sebastián. Ella no podía verlo, pero sabía que él estaba detrás del fuerte nudo de cazadores de sombras que había atravesado para llegar aquí. Agarrando la espada, ella se acercó a ellos, sólo para encontrar su camino obstruido. Por Jace. "Clary", dijo. Parecía imposible que pudiera oírle, y los sonidos a su alrededor eran ensordecedores: gritos y gruñidos y el estruendo de metal contra metal. Pero el mar de las figuras de combate parecía haber caído a ambos lados, como la separación del Mar Rojo, dejando un espacio libre alrededor suyo y de Jace. La espada quemó, e hizo resbaladizo en su agarre. "Jace. Sal de mi camino." Oyó que Simón, detrás de ella gritarle algo; Jace sacudía la cabeza. Sus ojos dorados se mantuvieron estables, ilegibles. Su cara estaba ensangrentada, ella había herido su mejilla cuando le pegó con su cabeza, y la piel se hinchaba y el oscurecida. "Dame la espada, Clary." "No." Ella sacudió la cabeza, retrocediendo un paso. Glorious iluminaba el espacio que estaba entre ellos, literalmente encendía los mares de sangre pisoteada en la hierba a su alrededor, y a Jace también, mientras se movía hacia ella. "Jace. Yo puedo separarte de Sebastián. Puedo matarlo sin hacerte daño" --Su rostro estaba contraído. Sus ojos eran del mismo color que el fuego en la espada, o un reflejo de la misma, ella no estaba segura de que era. Ella lo miró se dio cuenta de no le importaba. Ella estaba viendo a Jace y a la vez no. --Jace: su recuerdos de él, un hermoso muchacho que había conocido, ese recuerdo de situó en primer lugar, un muchacho irresponsable consigo mismo y con los demás, aprendiendo a cuidar y ser cuidado. También recordó la noche que habían pasado juntos en Idris, de la mano en la estrecha cama, y ahora al muchacho manchado de sangre que la miraba con atormentados ojos y confesó haber sido un asesino en París. "Matarlo?" Jace-exigió. "¿Has perdido el juicio? " Y ella recordó aquella noche en el lago de Lyn, Valentine dirigiendo la espada contra él, y la forma en que su propia vida le había parecido desangrarse con la sangre de él. Ella lo había visto morir, en la playa de Idris. Y después, cuando ella le había hecho volver, él se arrastró hasta ella y la miró con esos ojos que ardían como la espada, al igual que la sangre incandescente de un ángel. <<"Yo estaba en la oscuridad", había dicho. "No había nada allí más que sombras, y yo era una sombra. Y entonces escuché tu voz.">> Pero esa voz se borró con otra, una más reciente: Jace frente a Sebastián, en la sala del departamento de Valentine, diciéndole que prefería morir que vivir así. Ella lo podía oír hablar ahora, diciéndole que le diera la espada, y que si ella no lo hacía, él la tomaría de ella. Su voz sonaba áspera e impaciente, la voz de alguien hablando con un niño. Y sabía que en ese momento que él no era Jace, y la Clary que amaba no era ella. Era un recuerdo de ella, borroso y distorsionado: la imagen de alguien dócil y obediente; alguien que no entiende que el amor sin libre voluntad o verdad, no era amor en absoluto. "Dame la espada." Su mano estaba estirada, su barbilla levantada en tono autoritario. "Dámela Clary." "¿La quieres?" Ella alzó la espada, de la forma en que le habían enseñado, equilibrando el peso de la misma, a pesar de que pesaba bastante en su mano. La llama en ella se hacía más brillante, y parecía ascender hasta llegar a tocar las estrellas. Jace estaba a la distancia que los separaba el largo de la espada, pero lejos de ella, con sus ojos dorados incrédulos. Incluso ahora que él no podía creer que ella podría herirlo, de verdad dolía. Incluso ahora. Ella tomó una respiración profunda. "Tómala". Vio brillar sus ojos igual que ese día en el lago, y luego clavó la espada en él, como Valentine había hecho. Ahora comprendía que este era el modo en que se debía hacer. Él había muerto y ella lo había arrancado de vuelta de la muerte. Y ahora que el momento había llegado de nuevo... No se puede engañar a la muerte. Al final, es así. Glorious se hundió en su pecho, y ella sintió como la sangre de él se deslizaba por la empuñadura y como la base de la cuchilla iba contra los huesos de sus costillas, hasta que el puño golpeó contra su cuerpo y ella se quedó inmóvil. Él no se movía, y ella estaba apretada contra él ahora, sujetando a Glorious cuando la sangre comenzó a brotar de la herida en el pecho. Se oyó un grito, un sonido de rabia y de dolor y de terror, el sonido de alguien siendo brutalmente destrozado. Sebastián, Clary pensó. Sebastián, gritando mientras su vínculo con Jace se cortaba. Pero Jace. Jace no hizo ningún sonido. A pesar de todo, su rostro estaba sereno y tranquilo, era el rostro de una estatua. Él miró a Clary, y sus ojos brillaban, como si se estuviese llenado con la luz. Y entonces él empezó a arder. *** *** Alec no se recordó luchando desde lo alto de la tumba de piedra, o abriéndose paso a través de la piedra llana, entre la basura de los cuerpos caídos: oscuros cazadores de sombras, hombres lobos muertos y heridos. Sus ojos estaban buscando a una sola persona. Tropezó y a punto de caer, cuando levantó la mirada, explorando el campo delante de él, vio a Isabelle, arrodillada al lado de Magnus sobre el terreno pedregoso. Sentía como si no hubiese aire en sus pulmones. Él nunca lo había visto tan pálido, o todavía tan Magnus. Había sangre en su armadura de cuero, y sobre el terreno debajo de él. Pero era imposible. Magnus había vivido tanto tiempo. Él era permanente. Característico. En su imaginación no podía conjurar que Magnus muriese antes que él. "Alec". Fue la voz de Izzy, dirigida hacia él, como a través del agua. "Alec, él se encuentre respirando." Alec permitió que su propio aliento fuera un tembloroso jadeo. Sostuvo la mano a su hermana para que saliese. "Daga". Ella le cedió el lugar en silencio. Nunca le había prestado mucha atención a las clases de primeros auxilios en el campo, ella siempre había dicho que las runas hacían el trabajo. Alec abrió el frente de la armadura de cuero de Magnus y luego la camisa de debajo de ella con sus dientes apretados. Era posible que la armadura fuese lo único que los estaba manteniendo juntos a los dos. Él desprendió los laterales con cautela, sorprendido por la firmeza de sus propias manos. Había una buena cantidad de sangre, y una herida de puñal amplia bajo el lado derecho de las costillas de Magnus. Pero por el ritmo de la respiración de Magnus, estaba claro que su pulmón no había sido perforado. Alec se quitó la chaqueta y la presionó contra la herida que aún sangraba. Los ojos de Magnus se abrieron. "Ay", dijo con voz débil. "Deja de apoyarte en mí." "Raziel", respiró Alec agradecidamente. "Estás bien." El deslizó su mano libre debajo de la cabeza de Magnus, con el pulgar acarició la mejilla ensangrentada de Magnus. "Pensé que..." Alzó la vista para mirar a su hermana antes de decir algo demasiado vergonzoso, pero ella se había alejado en silencio. "Yo te vi caer," dijo Alec en voz baja. Se inclinó y besó a Magnus en la boca, suavemente, porque no quería hacerle daño. "Pensé que habías muerto." Magnus esbozó una sonrisa torcida. "A partir de cuándo?" Echó un vistazo a la chaqueta enrojecida en la mano de Alec. "Está bien, es un rasguño profundo. Como el de un gato muy, muy grande. " "¿Estás delirando?", Dijo Alec. "No". Las cejas de Magnus se juntaron. "Amatis estaba apuntando al corazón, pero no consiguió nada importante. El problema es que la pérdida de sangre está agotando mi energía y mi habilidad para curarme." Él tomó respiró hondo que acabó en tos. "Aquí, dame tu mano." Él levantó la mano, y Alec entrelazó los dedos juntos, apretando la palma de Magnus contra la suya. "¿Te acuerdas de la noche de la batalla del barco de Valentine, cuando necesité algo de tu fuerza?" "¿La necesitas ahora de nuevo?", Dijo Alec. "Porque la tienes." "Yo siempre necesito de tu fuerza, Alec", dijo Magnus, y cerró los ojos mientras sus dedos entrelazados comenzaron a brillar, como si entre ellos tuviesen la luz de una estrella. *** *** El fuego explotó a través de la empuñadura de la espada del ángel a lo largo de la cuchilla. La llama disparó en el brazo de Clary como un rayo de electricidad y la tiró al suelo. El calor del rayo chisporroteaba hacia arriba y abajo en sus venas, y se acurrucó en agonía, agarrándose a sí misma como si ella pudiera mantener su cuerpo de la voladura en pedazos. Jace cayó de rodillas. La espada aún le atravesaba, pero estaba ardiendo ahora, con una llama de oro blanco, y ese fuego llenaba su cuerpo como si fuera agua coloreada llenando un vaso transparente. La llama dorada se disparó a través de él, volviendo su piel translúcida. Su cabello era de bronce, sus huesos eran duros brillando a través de su piel. Glorious en sí se estaba quemando, disolviéndose en gotas de líquido, como la fusión del oro en un crisol. La cabeza de Jace estaba echada hacia atrás, su cuerpo curvado como un arco, por el fuego que lo arrasaba. Clary trató de tirar de él hacia el otro lado del terreno rocoso, pero el calor de la irradiando de su cuerpo era demasiado. Las manos de Jace se aferraron a su pecho, y un río de sangre dorada se deslizó entre sus dedos. La piedra en la que se arrodilló se estaba ennegreciendo y agrietando desprendiendo ceniza. Y entonces Glorious quemó lo último en la hoguera, en una lluvia de chispas, y Jace se desplomó hacia delante, sobre las piedras. Clary intentó levantarse, pero sus piernas se doblaron bajo ella. En sus venas todavía sentía como si el fuego se dispara a través de ellas, y el dolor estaba extendiéndose en toda la superficie de la piel como el toque de agujas calientes. Ella se arrastró hacia delante ensangrentando sus dedos, escuchando rasgar su traje de ceremonia, hasta que llegó a Jace. Él estaba tendido sobre su costado con la cabeza apoyada en un brazo, el otro brazo extendido hacia afuera. Ella se desplomó junto a él. El calor irradiaba de su cuerpo como si fuera un moribundo lecho de brasas, pero no le importó. Podía ver el desgarrón en la parte posterior de su traje, donde Glorious lo había atravesado. Había cenizas de las rocas quemadas mezcladas con el oro de su pelo y sangre. Se movió muy lentamente, porque cada movimiento le lastimaba como si ella fuera anciana, como si hubiese envejecido un año por cada segundo que duró el fuego en Jace. Ella lo atrajo hacia sí, por lo que quedó nuevamente sobre la piedra manchada de sangre, y ennegrecida. Ella miró su rostro, ya no era de oro, pero aún así, todavía era hermoso. Clary puso su mano contra el pecho, donde el rojo de su sangre se destacaba contra el rojo más oscuro de su equipo. Había sentido los bordes de la hoja moler contra los huesos de sus costillas. Ella había visto el derrame de sangre a través de sus dedos, tanta sangre que había manchado las rocas negras debajo de él y se había endurecido los bordes de su cabello. Y, sin embargo. No, si él es más celestial que del infierno. "Jace," ella susurró. A su alrededor, pies que corrían. Los restos destrozados de pequeño ejército de Sebastián huían a través del Burren, dejando caer sus armas mientras se iban. Ella no les hizo caso. "Jace". Él no se movió. Su rostro estaba tranquilo, pacífico bajo la luz de la luna. Sus pestañas arrojaron sombras oscuras arácnidas contra la parte superior de los pómulos. "Por favor", dijo, y su voz se sentía como si raspara su garganta. Cuando ella respiró, sus pulmones le quemaron. "Mírame". Clary cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, su madre estaba arrodillada a su lado, tocando su hombro. Las lágrimas corrían por el rostro de Jocelyn. Pero no podía ser --¿Por qué su madre estaba llorando?-- "Clary", le susurró su madre. "Déjalo ir. Él está muerto." A lo lejos Clary vió a Alec arrodillado junto a Magnus. "No," dijo Clary. "La espada... -- quema lo que está mal. Él todavía puede vivir. "Su madre deslizó una mano por su espalda, los dedos se enredaron en los rizos sucios de Clary. "Clary, no..." Jace, Clary pensó ferozmente, con las manos enroscándose en sus brazos. Eres más fuerte que esto. Si eres tú, de verdad lo eres, vamos abre los ojos y mírame. De repente, Simón estaba allí, de rodillas al otro lado de Jace, con el rostro manchado de sangre y mugre. Él vino por Clary. Ella volteó su cabeza para mirarlo, a él y a su madre, y vio a Isabelle subiendo detrás de ellos, sus ojos grandes, moviéndose lentamente. La parte delantera del su ropa estaba manchada de sangre. Incapaz de enfrentarse a Izzy, Clary se volvió, sus ojos en el oro del cabello de Jace. "Sebastián", dijo Clary, o trató de decirlo. Su voz llegó como un graznido. "Alguien debería ir tras él."...Y déjenme sola. "Están buscándolo." Su madre se inclinó hacia ella con los ojos ansiosos y muy abiertos. "Clary, déjalo ir. Clary, nena..." "Déjala", Clary oyó a Isabelle decir bruscamente. Ella escuchó las protestas de su madre, pero todo lo que estaban haciendo parecía estar pasando a una gran distancia, como si Clary estuviese viendo un juego desde la última fila. Nada importaba, solo Jace. Jace, el incendio. Las lágrimas escaldaban la parte posterior de sus ojos. "Jace, maldición!" dijo ella con voz entrecortada. "Tú no estás muerto." "Clary", dijo Simon con suavidad. "Tuvo su oportunidad..." Vamos, alejémonos de él. Eso fue lo que Simón estaba pidiendo, pero ella no pudo. Ella no lo iba a hacer. "Jace", ella le susurró. Era como un mantra, la forma en que había estado en Renwick y llamándolo por su nombre una y otra vez: "Jace Lightwood..." Ella se paralizó. Hubo algo. Un movimiento tan pequeño, que no era movimiento, del todo. El aleteo de una pestaña. Ella se inclinó hacia adelante, casi perdiendo el equilibrio, y le apretó la mano contra el material roto escarlata sobre su pecho, como si pudiese curar la herida que había hecho. Ella lo sintió –tan maravilloso que por un momento no tuvo sentido para ella, no podría ser-- bajo sus dedos, el ritmo de su corazón.
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Mensaje por StephRG14 el Vie 08 Mayo 2015, 7:15 pm

Epilogo


Al principio Jace no fue consciente de nada. Entonces hubo oscuridad, y dentro de la oscuridad, un dolor ardiente. Fue como si hubiera tragado fuego, y lo ahogaba y le quemaba la garganta. Jadeó desesperadamente por aire, por un aliento que pudiera enfriar el fuego, y sus ojos se abrieron. Vio oscuridad y sombras – una habitación en penumbras, conocida y desconocida, con hileras de camas y una ventana dejando entrar llana luz azul, y él estaba en una de esas camas; mantas y sábanas puestas y enredadas en su cuerpo como cuerdas. Su pecho dolía como si tuviera un peso muerto encima y su mano se removió para averiguar que era, encontrando solamente un grueso vendaje enredado sobre su piel desnuda. Jadeó de nuevo, otro aliento frío. “Jace.” La voz era conocida para él como la propia y entonces hubo una mano sujetando la suya, dedos entrelazándose con los suyos. Con un reflejo nacido de años de amor y familiaridad, la apretó de regreso. “Alec,” dijo, y estuvo casi impresionado del sonido de su propia voz en sus oídos. No había cambiado. Sentía como si hubiera sido reducido a cenizas, derretido y remodelado como el oro en un crisol – ¿pero remodelado cómo? ¿Podría ser él mismo de nuevo? Miró a los ojos ansiosos de Alec, y supo donde estaba. En la enfermería del Instituto. En casa. “Lo siento…” Una mano delgada y callosa acarició su mejilla, y una segunda voz familiar dijo, “No te disculpes. No tienes nada de que disculparte.” Medio cerró los ojos. El peso en su pecho todavía estaba ahí: a medias por la herida y a medias por la culpa. “Izzy.” Ella contuvo el aliento. “Eres tú en verdad, ¿cierto?” “Isabelle,” comenzó Alec, como para advertirle que no molestara a Jace, pero Jace tocó su mano. Pudo ver los ojos oscuros de Izzy brillando en la luz del amanecer, su rostro lleno de esperanzada expectación. Esta era la Izzy que solo su familia conocía, amorosa y preocupada. “Soy yo,” le dijo, y se aclaró la garganta. “Puedo entenderlo si no me crees, pero lo juro por Él Ángel, Iz, soy yo.” Alec no dijo nada, pero su agarre en la mano de Jace se apretó. “No necesitas jurar,” le dijo, y con su mano libre tocó la runa parabatai cerca de su clavícula. “Lo sé. Puedo sentirlo. Ya no siento como si estuviera perdiendo una parte de mi mismo.” “Lo sentía también.” Jace tomó una respiración entrecortada. “Algo que faltaba. Lo sentí incluso con Sebastian, pero no sabía que me faltaba. Pero eras tú. Mi parabatai.” Miró a Izzy. “Y tú. Mi hermana. Y…” Sus párpados quemaron de pronto con una luz cegadora: la herida en su pecho palpitó, y él vio su rostro, iluminado por el resplandor de la espada. Un extraño ardor se extendió por sus venas, como fuego blanco. “Clary. Por favor dime-“ “Está bien por completo,” dijo Isabelle de prisa. Había algo en su voz – sorpresa, inquietud. “Júralo. No me lo estás diciendo solo porque no quieres que me inquiete.” “Ella te apuñaló,” señaló Isabelle. Jace se rió de forma estrangulada; dolía. “Ella me salvó.” “Lo hizo,” Alec estuvo de acuerdo. “¿Cuándo podré verla?” Jace trató de no sonar demasiado ansioso. “En verdad eres tú,” dijo Isabelle su voz tenía diversión. “Los Hermanos Silenciosos han estado entrando y saliendo, revisándote,” dijo Alec. “Esto-“ tocó el vendaje en el pecho de Jace – “Y para ver si ya estabas despierto. Cuando sepan que lo estás, probablemente querrán hablar contigo antes que te dejen hablar con Clary.” “¿Qué tanto tiempo he estado inconsciente?” “Como dos días,” dijo Alec. “Desde que volviste de Burren y estuvimos bastante seguros de que no ibas a morir. Resultó que no es tan sencillo curar una herida hecha por la espada de un Arcángel.” “Entonces lo que quieres decir es que voy a tener una cicatriz.” “Una grande y fea,” dijo Isabelle. “A través de todo tu pecho.” “Bueno, maldición,” dijo Jace. “Y yo que estaba confiando en hacer dinero en ese asunto de posar sin camisa modelando ropa interior, para el que me anoté.” Dijo irónicamente, pero estaba pensando que estaba bien de algún modo, tener una cicatriz: que debía ser marcado por lo que le pasó tanto física como mentalmente. Casi pierde su alma, y la cicatriz serviría para recordarle de la fragilidad de la voluntad y las dificultades de la bondad. Y otras cosas más oscuras. Sobre lo que venía más adelante, y lo que no podría permitir que sucediera. Su fuerza estaba volviendo; podía sentirlo, y la dejaría caer toda sobre Sebastian. Sabiendo eso, se sintió de pronto más ligero, un poco del peso se había ido de su pecho. Volteó la cabeza lo bastante para ver a Alec a los ojos. “Nunca pensé que pelearía en una batalla en el lado opuesto a ti,” dijo con voz ronca. “Nunca.” “Y no lo harás nunca más,” dijo Alec, con la mandíbula tensa. “Jace,” dijo Isabelle. “Trata de mantenerte calmado, está bien? Es solo que…” ¿Ahora qué? “Pasa algo malo?” “Bueno, estás brillando un poco,” dijo Isabelle. “Quiero decir es solo un poco. Del Resplandor. “¿Resplandor?” Alec levantó la mano que sostenía la de Jace. Jace pudo ver, en la oscuridad, el ligero brillo a través de su antebrazo que parecía trazar las líneas de sus venas como un mapa. “Pensamos que es un efecto residual de la espada del Arcángel,” dijo. “Probablemente se desvanezca pronto, pero los Hermanos Silenciosos tienen curiosidad. Por supuesto.” Jace suspiró y dejó que su cabeza cayera de nuevo contra la almohada. Estaba demasiado exhausto como para mostrar demasiado interés por su nuevo, estado iluminado. “¿Eso significa que tienen que irse?,” preguntó. “Tienes que ir a traer a los Hermanos?” “Nos indicaron que les llamáramos cuando despertaras,” dijo Alec, pero estaba sacudiendo la cabeza incluso mientras hablaba. “Pero no, si tú no quieres que lo hagamos.” “Me siento cansado,” confesó Jace. “Si pudiera dormir unas cuantas horas más…” “Por supuesto. Por supuesto que puedes.” Los dedos de Isabelle le quitaron el cabello de los ojos. Su tono era firme, absoluto: feroz como una mamá oso protegiendo a su cachorro. Los ojos de Jace comenzaron a cerrarse. “¿Y no van a dejarme?” “No,” dijo Alec. “No, nunca te dejaremos. Lo sabes.” “Nunca.” Isabelle tomó su mano, la que Alec no estaba sosteniendo, y la presionó firmemente. “Lightwoods, todos juntos,” susurró. La mano de Jace estaba de pronto húmeda donde ella estaba sosteniéndola y se dio cuenta que estaba llorando, sus lágrimas salpicándolo- estaba llorando por él, porque lo amaba; incluso después de todo lo que había pasado, todavía lo amaba. Ambos lo hacían. Se quedó dormido así, con Isabelle a un costado y Alec en el otro, mientras el sol salía con el amanecer. ::: “¿Qué quieres decir con que aún no puedo verlo?” exigió Clary. Estaba sentada en el borde del sofá en la sala de Luke, el cordón del teléfono enredado tan apretadamente en sus dedos que las puntas se le habían puesto blancas. “Solo han sido tres días, y ha estado inconsciente por dos de ellos,” dijo Isabelle. Hubo voces detrás de ella, y Clary agudizó los oídos para escuchar quién estaba hablando. Creyó reconocer la voz de Maryse, pero ¿estaba hablándole a Jace? ¿Alec? “Los Hermanos Silenciosos todavía están examinándolo. Aun dicen que no visitas.” “Jode a los Hermanos Silenciosos.” “No gracias. Está lo fuerte, y lo silencioso, y también está lo simplemente aterrador.” “¡Isabelle!” Clary se recargó contra las almohadas esponjosas. Era un día brillante de otoño, y la luz del sol entraba por las ventanas de la sala de estar, aunque no hacía nada para iluminar su estado de ánimo. “Solo quiero saber que está bien. Que no está dañado permanentemente y que no se ha hinchado como un melón-“ “Por supuesto que no se ha hinchado como un melón, no seas ridícula.” “No lo sabría. No lo sabría porque nadie me diría nada.” “Él está bien” dijo Isabelle aunque había algo en su voz que le dijo a Clary que se estaba guardando algo. “Alec ha estado durmiendo en la cama junto a la de él, y Mamá y yo nos hemos turnado quedándonos con él todo el día. Los Hermanos Silenciosos no han estado torturándolo. Solo necesitan saber qué es lo que él sabe. Sobre Sebastian, el departamento, todo.” “Pero no puedo creer que Jace no me hablaría si pudiera. A menos que no quiera verme.” “Quizás no quiere,” dijo Isabelle. “Podría ser por todo eso de que lo apuñalaste.” “Isabelle-“ “Solo bromeaba, lo creas o no. En el Nombre del Ángel Clary, ¿no puedes tener algo de paciencia?” Isabelle suspiró. “Olvídalo. Se me olvidó con quien estaba hablando. Mira, Jace dijo – no se supone que repita esto, te lo advierto- que necesita hablar contigo en persona. Si pudieras solo esperar-“ “Es todo lo que he estado haciendo,” dijo Clary. “Esperando.” Era cierto. Había pasado las dos noches pasadas recostada en su habitación en la casa de Luke, esperando por noticias sobre Jace y reviviendo la semana pasada de su vida una y otra vez con todos los dolorosos detalles. La Caza Salvaje; la tienda de antigüedades en Praga; las fuentes llenas de sangre; los túneles de los ojos de Sebastian; el cuerpo de Jace contra el de ella; Sebastian azotando la Copa Infernal contra sus labios, tratando de abrírselos; el amargo olor del icor de demonio. Glorious irradiando en su brazo, atravesando a Jace como un rayo de fuego, el latir de su corazón debajo de sus dedos. No había siquiera abierto los ojos, pero Clary gritó que estaba vivo que su corazón latía y su familia había caído sobre ellos, incluso Alec, sosteniendo a un Magnus excepcionalmente pálido. “Todo lo que hago es darle vueltas y vueltas en mi cabeza. Me está volviendo loca.” “Y en eso estamos de acuerdo. ¿Sabes qué, Clary?” “¿Qué?” Hubo una pausa. “No necesitas mi permiso para venir aquí y ver a Jace,” dijo Isabelle. “No necesitas el permiso de nadie para hacer cualquier cosa. Eres Clary Fray. Tú vas embistiendo en cada situación sin saber cómo se va a transformar el infierno, y entonces sales campante a base de puras agallas y locura.” “No en lo que se refiere a mi vida personal, Iz.” “Huh,” dijo Isabelle. “Bueno, quizás deberías.” Y colgó el teléfono. Clary se quedó mirando el auricular, escuchando en el distante zumbido del tono de marcación. Entonces con un suspiro, colgó y se fue a su habitación. Simon estaba desparramado en su cama, los pies sobre las almohadas, su barbilla apoyada en las manos. Su laptop estaba abierta en los pies de la cama, con una escena congelada de La Matrix. La miró cuando ella entró. “¿Algo de suerte?” “No exactamente.” Clary se fue a su armario. Ya se había vestido para la posibilidad de que pudiera ver a Jace hoy, en jeans y un suave suéter azul que ella sabía que a él le gustaba. Se puso una chaqueta de pana encima y se sentó en la cama junto a Simon para ponerse las botas. “Isabelle no me dirá nada. Los Hermanos Silenciosos no quieren que Jace tenga visitas, pero no me importa. Voy a ir de todas maneras.” Simon cerró la laptop y se acostó sobre su espalda. “Esa es mi pequeña y valiente acosadora.” “Cállate,” le dijo. “¿Quieres venir conmigo? ¿Ir a ver a Isabelle?” “Voy a reunirme con Becky,” dijo. “En el departamento.” “Qué bien. Dale mis saludos.” Terminó de amarrarse las botas y se estiró para cepillar el pelo de la frente de Simon. “Primero tuve que acostumbrarme a ti con esa Marca. Ahora tengo que acostumbrarme a ti sin ella.” Sus ojos café oscuro la miraron fijamente. “Con o sin ella, sigo siendo solamente yo.” “¿Simon, recuerdas lo que estaba escrito en la hoja de la espada? ¿De Glorius?” “Quis ut Deus.” “Es latín,” dijo ella. “Lo busqué. Significa ¿Quién es como Dios? Es una pregunta capciosa. La respuesta es nadie – nadie es como Dios. ¿No lo ves?” El la miró. “¿Ver el qué?” “Lo dijiste. Deus. Dios.” Simon abrió la boca y luego la cerró de nuevo. “Yo…” “Sé que Camille te dijo que podía decir el nombre de Dios porque no creía en Él, pero creo que tiene más que ver con lo que tú creas de ti mismo. Si crees que estás condenado, entonces lo estás. Pero si no es así…” Ella tocó su mano; él le ap“Lo que sea que necesites. Pero estoy aquí si necesitas hablar. Y yo estoy aquí si tú lo necesitas. Lo que sea que pase entre tú y Jace en el Instituto… sabes que siempre puedes venir a mi casa si quieres hablar.” “¿Cómo está Jordan?” “Bastante bien,” dijo Simon. “Él y Maia están definitivamente juntos ahora. Están en ese estado empalagoso en el que siento que debería darles espacio todo el tiempo.” Arrugó la nariz. “Cuando ella no está ahí, el se pone histérico sobre cómo se siente inseguro porque ella ha salido con un montón de chicos y él ha pasado los últimos tres años haciendo entrenamiento militar para el Praetor y pretendiendo que es asexual.” “Oh, vamos. Dudo que a ella le importe eso.” “Ya conoces a los hombres. Tenemos egos delicados.” “No describiría el ego de Jace como delicado.” “No, Jace es como el tanque contra artillería aérea, de los egos masculinos,” admitió Simon. Estaba recostado con la mano derecha extendida sobre su estómago, y el anillo dorado de hadas brillaba en su dedo. Como que ella había destruido el otro, ya no parecía tener ningún poder, pero Simon lo usaba de todos modos. Impulsivamente Clary se inclinó y besó su frente. “Eres el mejor amigo que cualquiera pudiera tener, ¿sabes?” dijo. “Lo sé, pero es agradable escucharlo de nuevo,” Clary se rió y se puso de pie. “Bueno, mejor caminamos juntos al subterráneo. A menos que quieras quedarte aquí a pasar el rato con los padres en vez de con tu amigo soltero del centro.” “Cierto. Con mi enamorado compañero de habitación, y mi hermana.” Se deslizó de la cama y la siguió cuando ella salió hacia la sala de estar. “¿No vas simplemente a hacer un Portal?” Ella se encogió de hombros. “No sé. Me parece… un desperdicio.” Ella cruzó la estancia y después de llamar rápidamente metió la cabeza en la habitación principal. “¿Luke?” “Entra.” Ella entró, Simon detrás de ella. Luke estaba sentado en su cama. El bulto del vendaje que estaba enredado en su pecho, era visible como una silueta debajo de su camisa de franela. Había una pila de revistas en la cama frente a él. Simon cogió una. “Brillante como una Princesa del Hielo: La novia de Invierno,” leyó en voz alta. “Hombre, no lo sé. No estoy seguro de que una tiara de copos de nieve vaya a ser el mejor look para ti.” Luke miró alrededor de la cama y suspiró. “Jocelyn pensó que planear la boda podría ser bueno para nosotros. Regresar a la normalidad y todo eso.” Había sombras debajo de sus ojos azules. Jocelyn había sido quien le dio las noticias sobre Amatis, mientras que él todavía estaba en la estación de policía. Aunque Clary lo había recibido con abrazos cuando llegó a casa, el no había mencionado a su hermana ni una sola vez, y tampoco ella. “Si fuera por mí, nos fugaríamos a las Vegas y tendríamos una boda de cincuenta dólares con tema de piratas con Elvis oficiándola.” “Yo podría ser la moza de honor,” sugirió Clary. Miró a Simon expectante. “Y tu serías…” “Oh, no,” dijo. “Soy un rebelde. Soy demasiado cool para bodas con temática.” “Juegas a D y D. Eres un geek,” lo corrigió con cariño. “Geek es chic,” declaró Simon. “Las damas aman a los nerds.” Luke se aclaró la garganta. “¿Supongo que vinieron aquí para decirme algo?” “Estoy yéndome al instituto a ver a Jace,” dijo Clary. “¿Quieres que te traiga algo en el camino de regreso?” El negó con la cabeza. “Tu madre está en la tienda haciendo la despensa.” Se inclinó para alborotarle el cabello, e hizo una mueca de dolor. Estaba sanando pero lentamente. “Diviértete.” Clary pensó en lo que probablemente iba a enfrentar en el Instituto – una Maryse enojada, una Isabelle harta, un Alec ausente, y un Jace que no quería verla – y suspiró. “Apuéstalo.” ::: El túnel del subterráneo olía como que el invierno ya había llegado finalmente a la ciudad- a metal frío, húmedo, tierra mojada, y un ligero toque de humo. Alec, caminando a lo largo de las vías, vio que su aliento salía en bocanadas de nubes blancas frente a su cara, y metió su mano libre en el bolsillo de su chaquetón azul para mantenerla caliente. La luz mágica en la otra iluminaba el túnel – verde y crema – los azulejos pintados descoloridos con el tiempo, y el cableado caído, colgando como telarañas en los muros. Había sido un largo tiempo desde que este túnel había visto un tren en movimiento. Alec se levantó antes que Magnus, de nuevo. Magnus había estado durmiendo hasta tarde; estaba descansando de la batalla en el Burren. Había usado una gran cantidad de energía para sanarse a sí mismo, pero no estaba completamente bien todavía. Los Brujos eran inmortales pero no invulnerables, y “unas pocas pulgadas más arriba y eso hubiera sido todo para mi,” había dicho Magnus examinando tristemente la herida de cuchillo. “Hubiera detenido mi corazón.” Hubo unos cuantos momentos – minutos, incluso- cuando Alec verdaderamente pensó que Magnus estaba muerto. Y después de tanto tiempo preocupándose de que pudiera envejecer y morir antes que Magnus. ¡Qué amarga ironía hubiera sido! El tipo de cosa que merecía, por contemplar en serio la oferta que Camille le había hecho, incluso por un segundo. Pudo ver la luz más adelante – la estación City Hall, iluminada por candelabros y luces cenitales. Estaba a punto de guardar su luz mágica, cuando escuchó una voz conocida detrás de él. “Alec,” dijo. “Alexander Gideon Lightwood.” Alec sintió que se le estrujaba el corazón. Se dio la vuelta lentamente. “¿Magnus?” Magnus se movió hacia adelante hacia el círculo de iluminación que daba la luz mágica de Alec. Lo miró atípicamente sombrío, sus ojos oscurecidos. Su cabello puntiagudo estaba despeinado. Usaba solo una chaqueta de vestir sobre una camiseta, y Alec no pudo evitar preguntarse si tendría frío. “Magnus,” dijo Alec de nuevo. “Pensé que estabas dormido.” “Evidentemente,” dijo Magnus. Alec tragó pesadamente. Nunca había visto a Magnus enojado. No así. Los ojos de gato de Magnus eran lejanos, imposibles de leer. “¿Me seguiste?” preguntó Alec. “Podrías decirlo. Ayudó el que sabía a dónde ibas.” Moviéndose tensamente, Magnus desdobló un pedazo de papel de su bolsillo. En la luz difusa, Alec pudo ver que estaba cubierto con una letra cuidadosa y estilizada. “¿Sabes?, cuando ella me dijo que habías estado aquí – cuando me contó sobre el trato que te ofreció – no le creí. No quería creerle. Pero aquí estás.” “Camille te dijo-“ Magnus levantó una mano para cortarlo. “Solo detente,” dijo cansadamente. “Por supuesto que me dijo. Te advertí que era una maestra de la manipulación y la política, pero no me escuchaste. ¿A quién piensas que ella preferiría tener de su lado – a ti o a mí? Tienes dieciocho años, Alexander, no eres exactamente un aliado poderoso.” “Yo ya le dije,” dijo Alec. “Que no mataría a Raphael. Vine para decirle que nuestro trato estaba terminado, no lo haría –“ “¿Tenías que venir, todo el camino hasta acá hasta esta estación subterránea abandonada, para entregar ese mensaje?” Magnus levantó las cejas. “No crees que podrías haber entregado el mismo mensaje en esencia, mediante quizás, mantenerte alejado?” “Era-“ “E incluso si viniste aquí – innecesariamente a decirle que el trato se había terminado,” dijo Magnus en una voz mortalmente calmada, “¿por qué estás aquí ahora? ¿Una reunión social? ¿Solo de visita? Explícamelo Alexander, si es que hay algo que me estoy perdiendo.” Alec tragó duro. Seguramente había alguna forma de explicarlo. Que había venido aquí a visitar a Camille porque ella era la única persona con la que podía hablar sobre Magnus. La única persona que conocía a Magnus, como él, no solo como el Gran Brujo de Brooklyn sino como alguien que podía amar y ser amado, quien tenía fragilidades humanas y peculiaridades y rarezas, corrientes de humor irregulares, que Alec no tenía ni idea de cómo navegar sin un consejo. “Magnus,-“ Alec dio un paso hacia su novio, y por primera vez, que él recordara Magnus se alejó de él. Su postura era tensa y poco amigable. El estaba viendo a Alec del modo que se mira a un extraño y un extraño que no te agrada mucho. “Lo siento,” dijo Alec. Su voz sonaba rasposa e irregular en sus propios oídos. “Nunca fue mi intención-“ “Estaba pensando en eso, sabes,” dijo Magnus. “Esa es parte de por qué quería el Libro del Blanco. La inmortalidad puede ser una carga. Piensas en los días que se extienden delante de ti, cuando ya has visto todo y estado en todas partes. La única cosa que no había experimentado era, envejecer con alguien – alguien a quien amara. Pensé que quizás serías tú. Pero eso no te da el derecho de hacer la longitud de mis días tu decisión y no mía.” “Lo sé.” El corazón de Alec se aceleró. “Lo sé y no iba a hacerlo-“ “Estaré fuera todo el día,” dijo Magnus. “Ven y saca tus cosas del departamento. Deja la llave en la mesa del comedor.” Sus ojos exploraron el rostro de Alec. “Se acabó. No quiero verte de nuevo, Alec. O a ninguno de tus amigos. Estoy cansado de ser su mascota brujo.” Las manos de Alec comenzaron a temblar, tan duro que soltó su luz mágica. La luz se apagó, y él cayó de rodillas buscando en el suelo entre la basura y la suciedad. Al final algo se iluminó delante de sus ojos, y se levantó para ver a Magnus sosteniendo la luz mágica en sus manos. Brilló y parpadeo con una luz de color extraño. “No debería brillar así,” dijo Alec automáticamente. “Con nadie que no sea un Cazador de Sombras.” Magnus se la entregó. El corazón de la luz mágica estaba brillando de un rojo oscuro, como el carbón en el fuego. “¿Eso es por tu padre?” preguntó Alec. Magnus no respondió, solo puso la piedra runa en la palma de Alec. Cuando sus manos se tocaron, el rostro de Magnus cambió. “Te estás congelando.” “¿Lo estoy?” “Alexander…” Magnus lo jaló más cerca y la luz mágica brilló entre ellos, su color cambiando rápidamente. Alec nunca había visto a una luz mágica hacer eso antes. Puso su cabeza contra el hombro de Magnus y dejó que Magnus lo sostuviera. El corazón de Magnus no latía como el de los humanos. Era más lento pero estable. A veces Alec pensó que era la cosa más estable en su vida. “Bésame,” dijo Alec. Magnus puso su mano a un lado del rostro de Alec y amablemente casi ausentemente, pasó su pulgar por la mejilla de Alec. Cundo se inclinó para besarlo, olía a Sándalo. Alec apretó la manga de la chaqueta de Magnus, sosteniendo la luz mágica entre sus cuerpos, brillando en colores rosa, azul y verde. Fue un beso lento, y uno triste. Cuando Magnus se alejó, Alec se dio cuenta de que de alguna manera estaba sosteniendo solo la luz mágica; la mano de Magnus ya no estaba. La luz era de un suave blanco. Suavemente, Magnus dijo, “Aku cinta kamu.” “¿Qué significa” Magnus se desentendió del agarre de Alec. “Significa te amo. No es como si eso cambie algo.” “Pero si me amas –“ “Por supuesto que lo hago. Más de lo que pensé que lo haría. Pero aún hemos terminado,” dijo Magnus. “Eso no cambia lo que tú hiciste.” “Pero fue un error,” susurró Alec. “Solo un error.” Magnus se rió cortante. “¿Solo un error? Eso es como llamar el viaje inaugural del Titanic un accidente de bote menor. Alec, trataste de acortar mi vida.” “Era solo – Ella lo ofreció, pero lo pensé y no podría haber seguido adelante con eso – No podría hacerte eso.” “Pero tuviste que pensarlo. Y nunca me lo mencionaste.” Magnus sacudió la cabeza. “No confiaste en mi. Nunca lo hiciste.” “Lo hago,” dijo Alec. “Lo haré- Lo intentaré. Dame otra oportunidad.” “No,” dijo Magnus. “Y si puedo darte un consejo: Evita a Camille. Se viene una guerra, Alexander, y no quieres que se pongan en duda tus lealtades. ¿O sí?” Y con eso, él se dio la vuelta y se alejó con las manos en los bolsillos – caminando lentamente como si estuviera herido, y no solo por el corte en su costado. Pero él estaba alejándose de cualquier manera. Alec lo miró hasta que él se movió lejos del brillo de la luz mágica y fuera de la vista. ::: El interior del Instituto, había estado fresco en el verano, pero ahora, con el invierno verdaderamente aquí, Clary pensó que era tibio. La nave estaba brillante con filas de candelabros, y los vitrales brillaban suavemente. Dejó que la puerta principal se cerrara detrás de ella y se encaminó al elevador. Estaba a medio camino por el pasillo central cuando escuchó a alguien riéndose. Se dio la vuelta. Isabelle estaba sentada en una de las viejas bancas, sus largas piernas colgadas del respaldo de uno de los asientos frente a ella. Estaba usando botas que le llegaban a medio muslo, delgados jeans y un suéter rojo que dejaba uno de sus hombros al descubierto. Su piel estaba trazada con negros diseños; Clary recordó lo que Sebastian dijo sobre que no le gustaban las mujeres que desfiguraban su piel con Marcas, y tembló por dentro. “¿No me escuchaste diciendo tu nombre?” preguntó Izzy. “En serio puedes ser sorprendentemente resuelta.” Clary se detuvo y se recargó contra una banca. “No estaba ignorándote a propósito.” Isabelle bajó las piernas y se puso de pie. Los tacones de sus botas eran altos haciendo que fuera mucho más alta que Clary. “Oh, lo sé. Por eso dije resuelta, y no grosera.” “¿Estás aquí para decirme que me vaya?” Clary estaba contenta por el hecho de que su voz no tembló. Quería ver a Jace. Quería verlo más que ninguna otra cosa. Pero después de lo que habían pasado durante el mes anterior, ella sabía que lo que importaba era que él estaba vivo y que él era él mismo. Todo lo demás era secundario. “No,” dijo Izzy, y comenzó a moverse hacia el elevador. Clary la siguió. “Creo que todo esto es ridículo. Tu salvaste su vida.” Clary se tragó el sentimiento helado en su garganta. “Dices que hay cosas que no entiendo.” “Las hay.” Isabelle aplastó el botón del elevador. “Jace te las puede explicar. Vine porque pensé que hay algunas otras cosas que debes saber.” Clary escuchaba el conocido traqueteo de la vieja caja del elevador. “¿Cómo?” “Mi papá ha vuelto,” dijo Isabelle, sin ver a Clary a los ojos. “¿Volvió de visita o vino definitivamente?” “Definitivamente.” Isabelle sonaba tranquila, pero Clary recordaba que tan herida estuvo cuando supo que Robert había tratado de obtener el puesto de Inquisidor. “Básicamente Aline y Helen nos salvaron de meternos en un problema real por lo que pasó en Irlanda. Cuando fuimos a ayudarles, lo hicimos sin decírselo a la Clave. Mi mamá estaba segura de que si les decíamos, ellos enviarían guerreros para matar a Jace. No pudo hacerlo. Quiero decir, es nuestra familia.” El elevador comenzó a moverse con un estruendo y un choque antes de que Clary pudiera decir nada. Siguió a la otra chica dentro, peleando con la extraña urgencia de darle a Isabelle un abrazo. Dudaba que a Isabelle le agradara. “Así que Aline le dijo al Cónsul – que es, después de todo, su madre – que no había habido tiempo para notificar a la Clave, que la habían dejado atrás con estrictas ordenes de llamar a Jia, pero hubo alguna avería con los teléfonos y no funcionaron. Básicamente ella mintió para sacarnos del problema. De cualquier manera, esa es nuestra historia y nos estamos apegando a ella. No creo que Jia le creyera pero eso no importa; no es como si Jia quisiera castigar a mamá. Ella solo quiere tener alguna clase de historia a la cual aferrarse para no tener que sancionarnos. Después de todo, no es como si la operación hubiera sido un desastre. Fuimos, conseguimos sacar a Jace, matamos a la mayoría de los Nefilim oscuros, y tenemos a Sebastian huyendo.” El elevador dejó de subir y se detuvo con un choque. “Tenemos a Sebastian huyendo,” repitió Clary. “¿entonces no tenemos idea de donde está? Pensé que ya que destruí su departamento – el bolsillo dimensional- él podría ser rastreado.” “Lo intentamos,” dijo Isabelle. “Donde sea que esté, todavía está más allá o fuera de nuestras habilidades de rastreo. Y de acuerdo con los Hermanos Silenciosos, la magia que Lilith practicó – bueno, él es fuerte Clary. En serio fuerte. Tenemos que asumir que él está ahí afuera, con la Copa Infernal, planeando su siguiente jugada.” Ella jaló la puerta de la jaula del elevador para abrirla y salió. “¿Crees que vendrá por ti – o Jace? Clary dudó. “No de inmediato,” dijo finalmente. “Para él, nosotros somos las últimas piezas del rompecabezas. El querrá que todo esté preparado primero. Querrá un ejército. Querrá estar listo. Nosotros somos como… los premios que obtiene por ganar. Y para no tener que estar solo.” “Debe estar realmente solitario,” dijo Isabelle. No había simpatía en su voz; solo era una observación. Clary pensó en él, en el rostro que estaba tratando de olvidar, quien hechizaba sus pesadillas, y la despertaba de sus sueños. – Me preguntaste a quién pertenezco. – “No tienes una idea.” Habían alcanzado las escaleras que llevaban a la enfermería. Isabelle se detuvo, su mano en la garganta. Clary pudo ver el perfil cuadrado de su collar de rubí debajo del material de su suéter. “Clary…” Clary de pronto se sintió incómoda. Se acomodó la bastilla del suéter, sin querer mirar a Isabelle. “¿Cómo es?” dijo Isabelle abruptamente. “¿Cómo es qué?” “¿Estar enamorada?” dijo Isabelle. “¿Cómo sabes que lo estás? ¿Y cómo sabes que alguien más está enamorado de ti?” “Um…” “Como Simon,” dijo Isabelle. “¿Cómo te diste cuenta que estaba enamorado de ti?” “Bueno,” dijo Clary. “El me lo dijo.” “El te lo dijo.” Clary se encogió de hombros. “¿Y antes de eso no tenías ni idea?”“No, en realidad no,” dijo Clary recordando el momento. “Izzy… si sientes algo por Simon, o si quieres saber si él siente algo por ti… quizás solo deberías decírselo.” Isabelle jugueteó con una pelusa inexistente en el puño de su suéter. “¿Decirle qué?” “Cómo te sientes por él.” Isabelle parecía rebelarse. “No debería tener que hacerlo.” Clary negó con la cabeza. “Dios mío. Tú y Alec son tan parecidos-“ Los ojos de Isabelle se abrieron muchísimo. “¡No lo somos! No somos totalmente parecidos. Yo salgo con chicos; él nunca había salido con nadie antes de Magnus. El se pone celoso; yo no-“ “Todo mundo se pone celoso.” Clary habló con resolución. “Y ustedes dos son tan estoicos. Es amor, no la Batalla de Termopolis. No tienen que guardárselo todo.” Isabelle alzó las manos. “¿De pronto eres una experta?” “No soy una experta,” dijo Clary. “Pero conozco a Simon. Si no le dices algo, él va a asumir que es porque no estás interesada, y se dará por vencido. Él te necesita, Iz, y tú lo necesitas a él. El también necesita que seas tú quien lo diga.” Isabelle suspiró, y se dio la vuelta para comenzar a subir los escalones. Clary pudo escucharla murmurar mientras iba. “Esto es tu culpa, ¿sabías? Si no hubieras roto su corazón-“ “Isabelle!” “Bueno, lo hiciste.” “Sip, y me parece recordar que cuando se convirtió en una rata fuiste tú quien sugirió que lo dejáramos así. Permanentemente.” “No lo hice.” “Lo hiciste-“ Clary se cortó. Habían llegado al siguiente piso, donde un largo corredor se extendía en ambas direcciones. Ante las puertas dobles de la enfermería, estaba de pie, la figura apergaminada y en túnica de un Hermano Silencioso, las manos dobladas, el rostro inclinado hacia abajo en una postura meditativa. Isabelle lo señaló con un gesto exagerado de su mano. “Ahí está,” dijo. “Buena suerte en pasarlo para ver a Jace.” Y se fue por el corredor con ambas botas taconeando en el piso de madera. Clary suspiró para sus adentros, y alcanzó la estela en su cinturón. Dudaba que hubiera una runa de glamour capaz de engañar a un Hermano Silencioso, pero quizás si pudiera acercarse lo suficiente podría usar una runa del sueño en su piel. -Clary Fray.- La voz en su cabeza era divertida, y también conocida. No tenía sonido, pero reconoció la forma de los pensamientos, del modo en que reconoces la forma en que alguien se ríe o respira. “Hermano Zachariah.” Resignadamente, devolvió la estela a su sitio, y se acercó a él, deseando que Isabelle se hubiera quedado con ella. -Asumo que estás aquí para ver a Jonathan,- dijo, levantando la cabeza de su postura meditativa. Su cara todavía estaba en las sombras debajo de la capucha, aunque pudo ver la forma de unos pómulos angulosos. - A pesar de las órdenes de la Hermandad – “Por favor, llámelo Jace. Es demasiado confuso del otro modo.” -Jonathan es buen nombre antiguo de Cazadores de Sombras, el primero de los nombres. Los Herondale siempre conservan los nombres en la familia- “Él no fue nombrado por un Herondale,” señaló Clary. “Aunque tiene una daga de su padre. Dice S.W.H. en la hoja.” -Stephen William Herondale.- Clary dio otro paso hacia las puertas, y hacia Zachariah. “Sabes un montón sobre los Herondale,” dijo. “Y de todos los Hermanos Silenciosos, pareces el más humano. La mayoría de ellos nunca muestran ninguna emoción. Son como estatuas. Pero tú pareces sentir cosas. Recuerdas tu vida.” -Ser un Hermano Silencioso es estar vivo, Clary Fray. Pero si te refieres a si recuerdo mi vida antes de la Hermandad, lo hago.- Clary respiró profundo. “¿Alguna vez estuviste enamorado? ¿Antes de la Hermandad? ¿Hubo alguien por quien hubieras muerto?” Hubo un largo silencio. Luego: -Dos personas,- dijo el Hermano Zachariah. – Hay recuerdos que el tiempo no borra, Clarissa. Pregúntale a tu amigo Magnus Bane, si no me crees. La eternidad no hace que olvides las pérdidas, solo las vuelve soportables.-“Bueno, yo no tengo una eternidad,” dijo Clary en voz baja. “Por favor, déjeme entrar a ver a Jace.” El Hermano Zachariah no se movió. Ella todavía no podía ver su cara, solo una pista de sombras y planos debajo de la capucha de su túnica. Solo sus manos, apretadas delante de él. “Por favor,” dijo Clary. ::: Alec se dejó caer en la plataforma de la estación City Hall del Subterráneo y caminó de prisa hacia las escaleras. Había bloqueado la imagen de Magnus alejándose de él con un solo pensamiento: Iba a matar a Camille Belcourt. Subió las escaleras, sacando un cuchillo serafín de su cinturón mientras lo hacía. La luz aquí estaba titilando y en penumbras – salió hacia el mezzanine debajo del parque City Hall, donde los tragaluces tintados dejaban entrar la luz del invierno. Metió la luz mágica en su bolsillo y levantó el cuchillo serafín. “Amriel,” susurró, y la espada brilló con luz cegadora, un rayo de luz desde su mano. Levantó la barbilla, su mirada rastreando el lobby. El sofá de respaldo alto estaba ahí, pero Camille no estaba en él. Le había enviado un mensaje diciéndole que venía, pero después de que ella lo traicionara, supuso que no debería sorprenderle de que ella no quisiera verle. Furioso atravesó la habitación, y pateó el sofá, duro; cayó con un estruendo de madera y una nube de polvo, una de sus patas se rompió. Desde una esquina de la habitación, llegó una risa musical. Alec se dio la vuelta, la espada seráfica brillando en su mano. Las sombras en las esquinas eran espesas y profundas; incluso la luz de Amriel no podía penetrarlas. “¿Camille?” dijo, su voz peligrosamente calma. “Camille Belcourt. Ven aquí, ahora.” Hubo otra risita, y una figura salió de la oscuridad. Pero no era Camille. Era una chica – probablemente no mayor de doce o trece años – muy delgada, usando un par de jeans rotos y una camiseta de manga corta de color rosa con un unicornio brillante en ella. Usaba una larga bufanda rosa también. Sus puntas estaban manchadas de sangre. La sangre le cubría la mitad inferior del rostro, y le manchaba el borde de la camiseta. Miró a Alec con unos ojos amplios y felices. “Te conozco,” murmuró, y cuando habló, el vio sus incisivos como agujas. Vampiro. “Alec Lightwood. Eres un amigo de Simon. Te he visto en los conciertos.” El la miró. ¿La había visto antes? Quizás – el relámpago de un rostro entre las sombras en un bar, una de esas presentaciones a las que Isabelle lo había arrastrado. No podía estar seguro. Pero eso no significaba que no supiera quién era ella. “Maureen,” dijo. “Eres la Maureen de Simon.” Ella pareció complacida. “Lo soy,” dijo. “Soy la Maureen de Simon.” Ella se miró las manos, las cuales estaban cubiertas de sangre, como si las hubiera metido en una pila de la cosa. Y no sangre humana, tampoco, pensó Alec. La sangre rojo rubí de los vampiros. “Estás buscando a Camille,” ella dijo en su voz cantarina. “Pero ya no está aquí. Oh no. Ella se ha ido.” “¿Se ha ido?” preguntó Alec. “¿Qué quieres decir con que se ha ido?” Maureen se rio. “Ya sabes cómo funcionan las leyes de los vampiros, ¿verdad? Quien sea que mate a la cabeza del clan de vampiros, se convierte en su líder. Y Camille era la cabeza del clan de Nueva York. Oh, sí, ella era.” “Entonces – ¿alguien la mató?” Maureen soltó unas felices carcajadas. “No solo alguien, tontito,” dijo ella. “Fui yo.” ::: El cielo abovedado de la enfermería era azul, pintado con un patrón rococó de querubines llevando listones dorados y nubes blancas a la deriva. Filas de camas de metal estaban alineadas contra los muros a izquierda y derecha, dejando un amplio pasillo por el centro. Dos altos tragaluces dejaban entrar la clara luz de sol del invierno, aunque hacían poco por templar la helada habitación. Jace estaba sentado en una de las camas, recargado contra una pila de almohadas que había cogido de otras camas. Usaba jeans, deshilachados en los dobladillos, y una camiseta gris. Tenía un libro sobre sus rodillas. Miró hacia arriba cuando Clary entró en la habitación, pero no dijo nada cuando ella se acercó a la cama. El corazón de Clary comenzó a retumbar. El silencio se sentía pesado casi opresivo; los ojos de Jace la siguieron cuando ella alcanzó los pies de su cama y se detuvo ahí, con las manos en el metal. Estudió su rostro. Tantas veces había intentado dibujarlo, pensó, tratando de capturar la inefable cualidad que hacía de Jace, él mismo; pero sus dedos nunca habían sido capaces de poner lo que veía en el papel. Ahí estaba ahora, en donde no había estado cuando estuvo controlado por Sebastian – como quiera que quisieras llamarlo, alma o espíritu – mirando hacia afuera a través de sus ojos. Ella apretó el metal de la cama. “Jace…” Él se acomodó un mechón de cabello dorado detrás de la oreja. “Está – ¿los Hermanos Silenciosos te dijeron que estaba bien que estuvieras aquí?” “No exactamente.” La esquina de su boca se curvó. “¿Así que los dejaste inconscientes en un dos por cuatro y te colaste? La Clave ve de mal modo ese tipo de cosas, ya lo sabes.” “Wow. ¿En serio no me dejas pasar nada, verdad? “ Ella se movió para sentarse en la cama junto a él, en parte para estar al mismo nivel y en parte para disimular el hecho de que sus rodillas estaban temblando. “He aprendido a no hacerlo,” dijo, y dejó su libro a un lado. Ella sintió las palabras como una bofetada. “No quise lastimarte,” dijo y su voz salió casi en un susurro. “Lo siento.” El se sentó derecho, colgando las piernas sobre el borde de la cama. No estaban lejos el uno del otro, compartiendo la misma cama, pero él se estaba conteniendo; ella podía notarlo. Podía notar que había secretos detrás de la luz de sus ojos, podía sentir sus titubeos. Quería extender la mano y tocarlo, pero se mantuvo quieta, mantuvo su voz estable. “Nunca quise lastimarte. Y no solo me refiero en el Burren. Me refiero a desde el momento en que tú – el verdadero tu- me dijiste lo que querías. Debería haberte escuchado, pero todo en lo que pensaba era en salvarte, en llevarte lejos. No escuché cuando dijiste que querías entregarte a la Clave, y por culpa de eso, casi terminamos heridos como Sebastian. Y cuando hice lo que hice con Glorious – Alec e Isabelle, ellos debieron decirte que la espada era para Sebastian. Pero no pude llegar a él a través de la multitud. Yo solo no pude. Y aunque pensé en lo que me dijiste, sobre que preferías morir antes que vivir bajo la influencia de Sebastian.” Su voz se cortó. “El verdadero tú, quiero decir. No podía preguntarte. Tuve que adivinar. Tienes que saber que fue horrible herirte de esa manera. Tienes que saber que si hubieras muerto, y hubiera sido mi mano la que sostuvo la espada que te mató. Yo hubiera querido morirme, pero arriesgué tu vida porque pensé que eso era lo que habías pedido, porque ya te había traicionado una vez, y pensé que te lo debía. Pero si estaba equivocada…” ella hizo una pausa, pero él se quedó en silencio. Su estómago se revolvió, un retorcijón enfermizo. “Entonces, lo siento. No hay nada que pueda hacer para recompensártelo. Pero quiero que lo sepas. Que estoy arrepentida.” Ella se detuvo de nuevo, y esta vez el silencio se extendió entre ellos, más y más largo, un hilo estirado imposiblemente tenso. “Puedes hablar ahora,” soltó ella finalmente. “De hecho sería genial si lo hicieras.” Jace la estaba mirando con incredulidad. “Déjame entender esto,” dijo él. “¿Viniste aquí para disculparte conmigo?” La tomó por sorpresa. “Por supuesto.” “Clary,” dijo él. “Me salvaste la vida.” “Te apuñalé. Con una espada inmensa. Ardiste en llamas.” Sus labios se torcieron casi imperceptiblemente. “Bien,” dijo. “Entonces, quizás nuestros problemas no son como los de otras parejas.” El levantó la mano como si quisiera tocarle la cara pero luego la bajó aprisa. “Te escuché, sabes?” dijo él más suavemente. “Decirme que no estaba muerto. Pidiéndome que abriera los ojos.” Ellos se miraron el uno al otro en silencio por lo que fue probablemente un momento pero se sintió como horas para Clary. Era tan bueno verlo así, completamente él mismo, que casi borra el miedo de que esto fuera a terminar horriblemente mal en los próximos minutos. Finalmente Jace habló. “¿Por qué crees que me enamoré de ti?” Era la última cosa que ella hubiera esperado que él dijera. “Yo no – No es justo que preguntes eso.” “A mí me parece justo,” dijo él “¿Crees que no te conozco, Clary? ¿A la chica que se metió a un hotel lleno de vampiros porque su amigo estaba ahí y necesitaba ser salvado? ¿A quién hizo un portal para transportarse a Idris por que odiaba la idea de que la dejaran fuera de la acción?” “Me gritaste por eso-“ “Me estaba gritando a mí mismo,” dijo él. “En algunas cosas somos muy parecidos. Somos impulsivos. No pensamos antes de actuar. Haríamos todo por la gente a la que amamos. Y nunca pensé qué tan aterrador es eso para las personas que meaman, hasta que te vi hacerlo y me aterró. ¿Cómo podría protegerte si tú no me lo permites?” El se inclinó. “Esa, por cierto, es una pregunta retórica.” “Que bien. Porque no necesito que me protejan.” “Sabía que dirías eso. Pero el punto es, que a veces lo necesitas. Y a veces yo lo necesito. Estamos hechos para protegernos el uno al otro, pero no de todo. No de la verdad. Eso es lo que significa amar a alguien pero permitirles ser ellos mismos.” Clary miró a sus manos. Quería estirarlas y tocarlo tan desesperadamente. Era como estar visitando a alguien en la cárcel, donde podías verlos tan claramente cerca, pero había un cristal irrompible separándolos. “Me enamoré de ti,” dijo él, “porque eres una de las personas más valientes que he conocido. Así que ¿cómo podría pedirte que dejes de ser valiente solo porque te amo?” Pasó las manos por su cabello, haciéndolo pegarse en bucles y rizos que Clary se moría por alisarlos. “Viniste por mí,” dijo él. “Me salvaste cuando casi todo el mundo se había rendido, e incluso aquellos que no se habían rendido no tenían idea de que hacer. ¿Tú crees que no sé todo por lo que pasaste?” Sus ojos se oscurecieron. “¿Cómo puedes imaginar que yo podría estar enojado contigo?” “¿Entonces por qué no querías verme?” “Porque…” Jace exhaló. “Está bien, buen punto, pero hay algo que tú no sabes. La espada que usaste, la que Raziel le dio a Simon…” “Glorious,” dijo Clary. “La espada del Arcángel Miguel. Fue destruida.” “No destruida. Regresó a donde pertenece una vez que el fuego celestial la consumió.” Jace sonrió ligeramente. “De otro modo, nuestro Ángel hubiera tenido serios problemas explicándole a Miguel cuando encontrara que su amigo Raziel había prestado su espada favorita a un montón de descuidados humanos. Pero estoy divagando. La espada… la forma en que ardió… ese no era un fuego ordinario.” “Lo imaginé.” Clary deseaba que Jace extendiera su brazo y la jalara contra él. Pero él parecía querer mantener el espacio entre ellos así que se quedó donde estaba. Se sentía como un dolor en su cuerpo, estar tan cerca de él y no poder tocarlo. “Desearía que no hubieras usado ese suéter,” murmuró Jace. “¿Qué?” Ella se miró. “Pensé que te gustaba este suéter.” “Me gusta,” dijo él y sacudió la cabeza. “No importa. Ese fuego – era fuego Celestial. La zarza ardiendo y el fuego infernal, la columna de fuego que iba delante de los Hijos de Israel – ese es el fuego del que estamos hablando. „Porque en fuego se encenderá mi furor y arderá hasta las profundidades del Seol, y devorará la tierra y sus frutos, y abrasará hasta los cimientos de las montañas.‟ Ese es el fuego que consumió lo que Lilith me hizo.” Tomó el dobladillo de su camiseta y la subió. Clary contuvo el aliento, porque debajo de su corazón en la suave piel de su pecho, ya no estaba una Marca – y solamente una cicatriz blanca en donde entró la espada. Ella extendió la mano queriendo tocarlo, pero él se hizo hacia atrás sacudiendo la cabeza. Ella sintió la expresión herida en su rostro antes de poder ocultarla y él se bajó la camiseta. “Clary,” dijo él. “Ese fuego – todavía está dentro de mí.” Ella lo miró fijamente. “¿Qué quieres decir?” El respiró profundo y estiró las manos con las palmas hacia abajo. Ella las miró, delgadas y familiares, la runa de la Visión en su mano derecha desgastada con cicatrices blancas sobre ella. Mientras ambos miraban, sus manos comenzaron a temblar ligeramente – y entonces, bajo los ojos incrédulos de Clary, se volvieron transparentes. Como la hoja de Glorious cuando comenzó a arder, su piel parecía convertirse en un cristal transparente, un cristal que tenia atrapado dentro un oro que se movía y se oscurecía y ardía. Pudo ver la silueta de sus huesos a través de la transparencia de su piel, huesos dorados conectados por tendones de fuego. Lo escuchó inhalar de pronto. La miró entonces, directo a los ojos. Sus ojos eran dorados. Siempre habían sido dorados, pero ella podría jurar ahora que ese oro vivía y ardía del mismo modo. El respiraba duro, y había sudor brillando en sus mejillas y clavículas. “Tienes razón,” dijo Clary. “Nuestros problemas no son como los problemas de otras personas.” Jace la miró con incredulidad. Lentamente cerró las manos en puños, y el fuego se desvaneció, dejando solo sus manos ordinarias y familiares, inalteradas. Medio atragantándose medio riéndose, dijo, “¿Eso es lo que tienes que decir?” “No. Tengo mucho más que decir. “¿Qué está pasando? ¿Ahora tus manos son armas? ¿Eres la antorcha humana? ¿Qué demonios-“ “No sé que sea la antorcha humana, pero – está bien, mira, los Hermanos Silenciosos me han dicho que cargo conmigo el fuego Celestial ahora. Dentro de mis venas. En mi alma. Cuando desperté al principio, sentía como si estuviera respirando fuego. Alec e Isabelle pensaron que era solo un efecto temporal de la espada, pero cuando no se fue, llamaron a los Hermanos Silenciosos, el Hermano Zachariah dijo que no sabía qué tan temporal podría ser. Y lo quemé – estaba tocando mi mano cuando lo dijo, y yo sentí una descarga de energía a través de mi.” “¿Una quemadura fea?” “No. Una menor. Pero aún así-“ “Por eso es que no me tocas,” Clary pensó en voz alta. “Tienes miedo de quemarme.” El asintió. “Nadie ha visto algo así antes. Nunca. Jamás. La espada no me mató. Pero dejó esta – esta pieza de algo mortal dentro de mí. Algo tan poderoso que probablemente mataría a un humano ordinario, quizás a un Cazador de Sombras ordinario.” Respiró profundo. “Los Hermanos Silenciosos están trabajando conmigo para controlarlo o deshacerme de él. Pero como podrás imaginar, no soy su principal prioridad.” “Por que Sebastian lo es. Tú escuchaste que destruí el departamento. Sé que hay otras maneras de escapar pero…” “Esa es mi chica. Pero él tiene planes de respaldo. Otros lugares escondidos. No se cuales son. Nunca me lo dijo.” Él se inclinó hacia ella, lo bastante cerca para que viera los colores en sus ojos. “Desde que desperté los Hermanos Silenciosos han estado conmigo prácticamente cada minuto. Han tenido que celebrar la ceremonia en mí de nuevo, la que se realiza en los Cazadores de Sombras cuando nacen para mantenerlos a salvo. Y luego ellos entraron en mi cabeza. Buscando, intentando sacar algún pedazo de información sobre Sebastian, algo que pudiera saber pero no recordar que lo sé. Pero –“ Jace sacudió la cabeza con frustración. “Simplemente no hay nada. Sabía sus planes para la ceremonia en el Burren. Más allá de eso no tengo idea de que va a hacer después. En donde podrá golpear. Saben que ha estado trabajando con demonios, así que están reforzando las guardas, especialmente alrededor de Idris. Pero siento como si hubiera otra cosa útil que podríamos haber sacado de todo esto – algún conocimiento secreto de mi parte – y ni siquiera tenemos eso.” “Pero si supieras algo, Jace, él simplemente cambiaría sus planes,” objetó Clary. “El sabe que te ha perdido. Ustedes dos estaban unidos. Lo escuché gritar cuando te apuñalé.” Ella tembló. “Fue este horrible sonido de pérdida. A él en serio le importabas de algún modo extraño, eso creo. E incluso cuando todo el asunto fue horrible, ambos conseguimos algo que podría resultar ser útil.” “¿Qué cosa?” “Nosotros lo entendemos. Quiero decir, tanto como alguien podría entenderlo. Y no es algo que él pueda borrar cambiando sus planes.” Jace asintió lentamente. “¿Sabes a quién más siento que entiendo ahora? A mi padre.” “Valen- no,” dijo Clary mirando su expresión. “Te refieres a Stephen.” “He estado mirando sus cartas. Las cosas en la caja que me dio Amatis. El escribió una carta para mi, ya sabes, que él quería que yo leyera después de su muerte. Me dijo que fuera un mejor hombre de lo que él fue.” “Lo eres,” dijo Clary. “En esos momentos en el apartamento cuando eras tú, te preocupaste por hacer lo correcto más de lo que te importaba tu propia vida.” “Lo sé,” dijo Jace mirando sus nudillos cicatrizados. “Eso es lo extraño. Lo sé. He dudado tanto de mi mismo, siempre, pero ahora se la diferencia. Entre yo y Sebastian. Entre yo y Valentine. Incluso la diferencia entre ellos dos. Valentine honestamente creía que estaba haciendo lo correcto. El odiaba a los demonios. Pero con Sebastian, la creatura que piensa que es su madre es un demonio. El felizmente dirigiría una raza de oscuros Cazadores de Sombras que se unieran a los demonios, mientras los humanos ordinarios son masacrados para diversión de los demonios. Valentine aun creía que era mandato de los Cazadores de Sombras, el proteger a los humanos; Sebastian piensa que son cucarachas. Y él no quiere proteger a nadie. El solo quiere lo que él quiere, en el momento que lo quiere. Y la única cosa real que siente es enojo cuando se le contradice. Clary se preguntó – ella había visto a Sebastian mirando a Jace, e incluso a ella misma, y sabía que había una parte de él, que hacía eco de la soledad del más negro vacío en el espacio. Una soledad que lo conducía tanto como el deseo de poder, una soledad y una necesidad de ser amado sin ninguna correspondencia, entender ese amor era algo que te ganabas. Pero todo lo que dijo fue, “Bueno, vamos a contradecirlo entonces.” Una sonrisa fantasma cruzó por el rostro de Jace. “¿Sabes que quiero rogarte que te mantengas lejos de esto, verdad? Va a ser una batalla malévola. Más malévola de lo que la Clave ha comenzado a entender.” “Pero no vas a hacerlo,” dijo Clary. “Porque eso te convertiría en un idiota.” “¿Te refieres a que necesitamos tus poderes con las runas?” “Bueno, eso y – ¿no escuchaste nada de lo que tú mismo dijiste? ¿Todo ese asunto de protegernos el uno al otro?”“Pensé que sabrías que practiqué ese discurso frente a un espejo antes de que llegarás.” “¿Y qué crees que significa?” “No estoy seguro,” admitió Jace, “pero sé que me veo condenadamente bien diciéndolo.” “Dios mío, se me olvidó que tan molesto podría ser tu yo sin posesión,” murmuró Clary. “¿Necesito recordarte que tú dijiste que tenías que aceptar que no puedes protegerme de todo? La única manera de que podamos protegernos es si estamos juntos. Si enfrentamos esto juntos. Si confiamos el uno en el otro.” Ella lo miró directamente a los ojos. “No debería haberte detenido de ir con la Clave llamando a Sebastian. Debería respetar las decisiones que tomas. Y tu deberías respetar las mías. Porque vamos a estar juntos por mucho tiempo, y esa es la única forma de que esto funcione.” Su mano se acercó solo un poco a la de ella sobre la manta. “Estar bajo la influencia de Sebastian,” dijo él con voz ronca. “Me parece como un mal sueño ahora. Ese lugar enfermizo – esos armarios de ropa para tu madre-“ “Entonces recuerdas.” Ella casi susurró. Sus dedos tocaron los de ella, y ella casi saltó. Ambos contuvieron la respiración mientras él la tocaba; ella no se movió, mirando como sus hombros lentamente se relajaban y la mirada ansiosa dejó su rostro. “Lo recuerdo todo,” dijo él. “Recuerdo el bote en Venecia. El club en Praga. La noche en Paris cuando era yo mismo.” Ella sintió la sangre agolparse debajo de su piel, haciendo que su cara ardiera. “En algunas maneras, hemos pasado por algo que nadie más puede entender salvo nosotros dos,” dijo él. “Y me hizo darme cuenta, que siempre y absolutamente, estamos mejor juntos.” El levanto la cara hacia ella. Estaba pálido y el fuego brillaba en sus ojos. “Voy a matar a Sebastian,” dijo. “Voy a matarlo por lo que me hizo y por lo que te hizo, y por lo que le hizo a Max. Voy a matarlo por lo que ha hecho y por lo que hará. La Clave lo quiere muerto y van a darle cacería. Pero yo quiero que sea mi mano la que lo corte de arriba abajo.” Ella se estiró entonces, poniendo la mano en su mejilla. El se estremeció y medio cerró los ojos. Ella esperaba que su piel estuviera tibia, pero era fría al tacto. “¿Y si soy yo quien lo mata?” “Mi corazón es tu corazón,” dijo él. “Mis manos son tus manos.” Sus ojos eran del color de la miel y se deslizaron tan lentamente como la miel sobre su cuerpo cuando la miró de arriba abajo como si fuera la primera vez desde que entró en la habitación, desde su cabello desordenado por el viento hasta las botas en sus pies, y de regreso. Cuando sus miradas se encontraron de nuevo, la boca de Clary estaba seca. “¿Recuerdas,” dijo, “cuando al principio de conocernos te dije que estaba noventa por ciento seguro de que ponerte una runa no te mataría – y tú me diste una bofetada en la cara y me dijiste que era por el otro diez por ciento?” Clary asintió. “Siempre pensé que un demonio iba a matarme,” dijo. “Un subterráneo salido de control. Una batalla. Pero entonces me di cuenta que simplemente podría morirme si no conseguía besarte y si no lo hacía pronto.” Clary se lamió los labios resecos. “Bueno, lo hiciste,” dijo. “me besaste, quiero decir.” Él le cogió un rizo de su cabello entre los dedos. Estaba lo bastante cerca para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo, oler su jabón y su piel y su cabello. “No lo suficiente,” dijo, dejando el cabello deslizarse entre los dedos. “Si te besara todo el día, cada día, por el resto de mi vida, no sería suficiente.” El inclinó la cabeza. Ella no pudo evitar inclinar la cabeza hacia arriba también. Su mente estaba llena de los recuerdos de Paris, sosteniéndolo como si fuera la última vez que lo haría, y casi lo fue La forma en que sabía, se sentía, respiraba. Ahora pudo escucharlo respirar. Sus pestañas le hacían cosquillas en las mejillas. Sus labios estaban a milímetros separados y luego ya no más, se rosaron ligeramente, y luego con una presión más firme; y luego se inclinaron el uno hacia el otro – Y Clary sintió una chispa pasando entre ellos- no dolorosa, más como una chispa de electricidad estática. Jace se alejó rápidamente. Estaba ruborizado. “Quizás debamos trabajar en eso.” La mente de Clary todavía estaba dando vueltas. “Está bien.” El estaba mirando directo al frente, todavía respirando duro. “Tengo algo que quiero darte.” “Me di cuenta de eso.” El devolvió la mirada hacia ella – casi sin quererlo – y sonrió. “No es eso.” El buscó debajo del collar de su camiseta, y sacó el anillo Morgenstern en su cadena. Lo sacó por la cabeza, e inclinándose hacia adelante, lo dejó ligeramente sobre la mano de ella. Estaba tibio por su piel. “Alec lo trajo de la casa de Magnus para mí. ¿Lo usarías de nuevo?” Su mano se cerró alrededor de él. “Siempre.” Su amplia sonrisa se suavizó, y atreviéndose ella puso una mano sobre su hombro. Sintió como él contenía el aliento, pero no se movió. Al principio él se quedó sentado muy quieto, pero luego toda la tensión se fue de su cuerpo y se recargaron el uno en el otro. No era caliente y pesado, era sociable y dulce. El se aclaró la garganta. “Sabes que esto significa que lo que hicimos – lo que casi hicimos en Paris-“ “¿Ir a la torre Eiffel?” Él le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. “Nunca me dejas suelto un minuto, verdad? No importa. Es una de las cosas que amo de ti. De cualquier manera, esa otra cosa, que casi hicimos en Paris – eso está probablemente fuera de discusión por un tiempo. A menos que quieras que todo eso de „nena-estoy-ardiendo‟ de cuando nos besamos, se convierta en algo aterradoramente literal.” “¿Sin besarnos?” “Bueno, besarnos, probablemente. Pero, el resto…” Ella rosó su mejilla ligeramente contra la de él. “Está bien para mi, si está bien para ti.” “Por supuesto que no está bien para mí. Soy un muchacho adolescente. Hasta donde sé, es lo peor que me ha pasado desde que me enteré de por qué Magnus fue vetado del Perú.” Sus ojos se suavizaron. “Pero eso no cambia lo que somos el uno para el otro. Es como si siempre hubiera una pieza faltante de mi alma, y está dentro de ti, Clary. Sé que te dije una vez que ya sea que Dios exista o no, estamos solos por nuestra cuenta. Pero cuando estoy contigo, ya no estoy solo.” Ella cerró los ojos, para que él no viera sus lágrimas – lágrimas felices por primera vez desde hacía mucho tiempo ya. A pesar de todo, a pesar del hecho de que las manos de Jace seguían cuidadosamente en su regazo, Clary sintió una sensación de alivio tan sobrecogedora que hundió cualquier otra cosa – la preocupación sobre donde estaría Sebastian, el miedo de un futuro incierto – todo se hizo a un lado hacia el fondo. Nada de eso importaba. Estaban juntos y Jace era él mismo otra vez. Ella sintió como él volteó la cabeza y la beso ligeramente en el cabello. “En verdad desearía que no te hubieras puesto ese suéter,” murmuró en su oído. “Es una buena práctica para ti,” replicó, con los labios moviéndose contra su piel. “Mañana serán redes.” Contra su costado, tibio y familiar, lo sintió reírse. “Hermano Enoch,” dijo Maryse, levantándose de detrás de su escritorio. “Gracias por reunirse conmigo y con el Hermano Zachariah aquí con tan poco previo aviso.” -¿Es en relación a Jace?- Preguntó Zachariah, y si Maryse no supiera mejor, hubiera imaginado una nota de ansiedad en su voz mental. –Lo he revisado muchas veces hoy. Su condición no ha cambiado.- Enoch cambió de posición dentro de su túnica. –Y he estado mirando en los archivos y la documentación antigua sobre el tema del Fuego Celestial. Hay alguna información sobre cómo podría ser liberado, pero debes ser paciente. No hay necesidad de que nos llames. Tan pronto tengamos noticias, nosotros te llamaremos. – “Esto no es sobre Jace,” dijo Maryse, y se movió alrededor del escritorio, sus tacones repiqueteando en la piedra del piso de la biblioteca. “Esto es sobre algo completamente distinto.” Ella miró hacia abajo. Una alfombra había sido cuidadosamente puesta sobre el piso, donde usualmente no había ninguna. No estaba plana., estaba enredada sobre una figura humana irregular. Oscurecía el delicado patrón de azulejos que delineaban la forma de la Copa, la Espada y el Ángel. Ella se inclinó, sostuvo una esquina de la alfombra, y la hizo a un lado. Los Hermanos Silenciosos no jadearon, por supuesto; no podían hacer ningún sonido. Pero una cacofonía llenó la mente de Maryse, el eco psíquico de su impresión y horror. El Hermano Enoch dio un paso al frente, mientras el Hermano Zachariah levantaba una mano de largos dedos para cubrirse el rostro, como si pudiera ocultar de sus arruinados ojos la vista delante de él. “No estaba ahí esta mañana,” dijo Maryse. “Pero cuando regresé esta tarde estaba ahí esperándome.” Al primer vistazo pensó que era una clase de ave de gran tamaño que había entrado a la biblioteca y muerto, quizás rompiéndose el cuello contra una de las altas ventanas. Pero cuando se movió más cerca, la verdad de lo que estaba viendo había caído encima de ella. No dijo nada de la impresión visceral que se llevó y la desesperación que la había atravesado como una flecha, o el modo en que se había tambaleado hasta la ventana y había estado enferma desde el momento en que se dio cuenta de lo que estaba viendo. Un par de alas blancas – no en realidad blancas, sino una amalgama de colores que cambiaban y brillaban cuando las mirabas: del pálido plata, chispas violetas, azul oscuro, cada pluma delineada en oro. Y entonces en la raíz, un feo tajo de hueso arrancado y tendones. Alas de ángel – alas que fueron arrancadas del cuerpo de un ángel vivo. Icor angélico, el color dorado del líquido manchando el piso. Encima de las alas estaba doblado un pedazo de papel, dirigido al Instituto de Nueva York. Después de echarse agua en la cara, Maryse había tomado la carta y la había leído. Era corta – una frase- y estaba firmado por un nombre en una caligrafía extrañamente familiar para ella, porque en ella estaba el eco de la cursiva de Valentine, las florituras en las letras, la mano fuerte y firme. Pero no era el nombre de Valentine. Era el de su hijo.
 Jonathan Christopher Morgenstern. 
Ella se la extendió ahora al Hermano Zachariah. El la tomó de sus dedos y la abrió, leyéndola como ella había hecho, la sola palabra en Griego Antiguo dibujada en caligrafía elaborada en la cima de la página.

 -Erchomai- decía 
   “YA VENGO.”
StephRG14
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Cazadores de sombras - Página 2 Empty CIUDAD DEL FUEGO CELESTIAL

Mensaje por StephRG14 el Dom 10 Mayo 2015, 2:29 pm

Sinopsis 


ERCHOMAI, HABÍA DICHO SEBASTIAN.
Estoy de camino.
La oscuridad vuelve al mundo de los Cazadores de Sombras. Mientras su sociedad se está derrumbando a su alrededor, Clary, Jace, Simon y sus amigos deben unirse para luchar con el mayor mal que los Nefilim nunca han enfrentado: El hermano de Clary. Nada en el mundo puede derrotarle - ¿deben viajar a otro mundo para encontrar la oportunidad? Vidas van a perderse, sacrificios de amor, y el mundo entero cambiará en el sexto y último libro de la saga Cazadores de Sombras.
Sinopsis Alternativa
En la tan esperada conclusión de la aclamada saga de Cazadores de Sombras, Clary y sus amigos luchan contra el mayor mal que nunca han enfrentado: el propio hermano de Clary.
Sebastian Morgenstern está en movimiento, sistemáticamente volviendo a Nefilim contra Nefilim. Usando la Copa Oscura, transforma a los Cazadores de Sombras en criaturas de pesadilla, rompiendo familias y amantes al mismo tiempo que su ejército oscuro crece.
Los asesiados Cazadores de Sombras se trasladan a Idris -pero ni siquiera las famosas torres de demonios de Alicante pueden mantener a Sebastian acorralado. Y con los Nefilim atrapados en Idris, ¿quién protegerá al mundo de los demonios?
Cuando una de las mayores traiciones que los Nefilim nunca han conocido se revela, Clary, Jace, Isabelle, Simon y Alec deben huir -incluso su viaje les conduce a las profundidas del mundo demoníaco, en dónde ningún Cazador de Sombras ha puesto un pie antes, y de dónde ningún humano ha vuelto nunca...
El amor será sacrificado y habrá vidas perdidas en la terrible batalla para el destino del mundo.
StephRG14
StephRG14


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Cazadores de sombras - Página 2 Empty RE: CIUDAD DEL FUEGO CELESTIAL

Mensaje por StephRG14 el Dom 10 Mayo 2015, 2:37 pm

Prologo
Caen como la lluvia

Instituto de Los Ángeles, Diciembre de 2007
El día en que los padres de Emma Carstairs fueron asesinados, el tiempo era perfecto.
Por otro lado el tiempo normalmente era perfecto en Los Ángeles. La madre y el padre de Emma la llevaron una clara mañana de invierno al Instituto en el acantilado detrás de la Carretera de la Costa del Pacífico, mirando por encima el océano azul. El cielo era una despejada extensión azul sin nubes que se estiraba desde los acantilados de las Cercas del Pacífico hasta las playas en Point Dume.
Un informe había llegado la noche anterior sobre la actividad demoniaca cerca de la playa de las cuevas de Leo Carrillo. Los Carstairs habían sido asignados a investigarlo. Más tarde Emma recordaría a su madre metiendo una hebra de pelo llevada por el viento en su oreja mientras se ofrecía a dibujar runa Intrépida sobre el padre de Emma, y a John Carstairs riendo y diciendo que no estaba seguro sobre cómo se sentía sobre las modernas runas. Estaba bien con lo que estaba escrito en el Libro Gris, muchas gracias.
En ese momento, sin embargo, Emma estaba impaciente con sus padres, abrazándolos rápidamente antes de apartarse para correr arriba por los escalones del Instituto, su mochila rebotando entre sus hombros mientras ellos se despedían desde el patio.A Emma le encantaba eso de ir a entrenar al Instituto. No solo lo hacía su mejor amigo, Julian, que vivía ahí, sino que siempre se sentía como si estuviera volando en el océano cuando iba dentro. Era una estructura masiva de madera y piedras en el extremo de un largo camino de guijarros que serpenteaba a través de las colinas. Cada habitación, cada piso, miraba hacia el océano, las montañas y el cielo, ondeando extensiones de azul, verde y dorado. El sueño de Emma era escalar el tejado con Jules —aunque, hasta el momento habían sido frustrado por sus padres— para ver si la vista se estiraba todo el camino hacia el desierto en el sur.
Las puertas delanteras la conocían y le dieron un fácil acceso bajo su toque familiar. La entrada y las plantas bajas del Instituto estaban llenas de Cazadores de Sombras adultos, caminando de atrás a adelante. Algún tipo de reunión, imaginó Emma. Captó la visión del padre de Julian, Andrew Blackthorn, el líder del Instituto, en medio de la multitud. Sin querer ser frenada por los saludos, corrió por el vestuario en el segundo piso, donde se cambió de pantalones y camiseta por ropa de entrenamiento —camiseta demasiado grande, pantalones sueltos de algodón, y el artículo más importante: el cuchillo colgado sobre sus hombros.
Cortana: El nombre simplemente significaba “espada corta,” pero no significaba corta para Emma. Era de la longitud de su antebrazo, metal centelleante, la hoja inscrita con las palabras que nunca fallaban para provocar que un temblor bajase por su espina dorsal: Soy Cortana1, del mismo acero y temperamento que Joyeuse2 y Durandal3. Su padre le había explicado lo que significaba cuando puso la espada por primera vez en sus manos a los diez años.
—Puedes usar esto para entrenar hasta que tengas dieciocho años, cuando se convierte en tuya —había dicho John Carstairs, sonriéndole mientras los dedos de ella trazaban las palabras—. ¿Entiendes lo que significa?
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1 Cortana: Espada hecha por el primer creador de armas para Cazador de Sombras, Wayland the Smith, que contiene una pluma del ala del Ángel. Su primer portador notable fue Jonah Carstairs, quien la heredó de generación en generación.
2 Joyeuse: La tradición atribuye que fue la espada personal de Carlomagno.
3 Durandal: Es la espada de Roland, el paladín de Carlomagno en la serie literaria conocida como Materia de Francia.
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Ella había sacudido la cabeza. Había entendido “Acero,” pero no “temperamento.” “Temperamento” significaba “furia,” algo sobre lo que su padre siempre estaba advirtiéndole que debería controlar. ¿Qué tenía que ver con un cuchillo?
—Sabes sobre la familia Wayland —había dicho él—. Fueron creadores de armas famosas antes de que las Hermanas de Hierro comenzasen a forjar todas las espadas de los Cazadores de Sombras. Wayland el Smith hizo a Excalibur y Joyeuse, las espadas de Arthur y Lancelot, y Durendal, la espada del héroe Roland. Y también hicieron esta espada, del mismo acero. Todo el acero debe ser templado, sujeto por el gran calor, casi lo bastante para derretir o destruir el metal, para hacerlo más fuerte. —Él había besado la parte superior de su cabeza—. Los Carstairs han llevado esta espada durante generaciones. La inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombras somos las armas del Ángel. Nos templan en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando nosotros sufrimos, sobrevivimos.
Emma difícilmente podría esperar los seis años hasta que tuviera dieciocho, cuando podría viajar al mundo para enfrentar a demonios, cuando podría ser templada en el fuego. Ahora sujetó la espada a la izquierda del vestuario, imaginando como sería. En su imaginación estaba de pie en lo alto de los peñascos sobre el mar en Point Dume, ahuyentando a un cuadro de demonios Raum con Cortana. Julian estaba con ella, por supuesto, blandiendo su arma favorita, la ballesta.
En la mente de Emma, Jules siempre estaba ahí. Emma le había conocido tanto tiempo como podía recordar. Los Blackthorn y los Carstairs siempre habían sido cercanos, y Jules era solo unos pocos meses mayor; ella literalmente nunca vivió en un mundo sin él en él. Había aprendido a nadar en el océano con él cuando ambos habían sido bebés. Habían aprendido a caminar y después a correr juntos. Ella había sido llevada en los brazos de los padres de él y acorralada por su hermano y hermana mayor cuando se comportaba mal.
Y solían portarse mal. Pintar al hinchado gato blanco de la familia Blackthorn —Oscar— de azul brillante había sido idea de Emma cuando ambos tenían siete años. De cualquier forma, Julian había asumido la culpa; solíahacerlo. Después de todo, había señalado, ella era solo una niña y él el que tenía siete años; sus padres olvidarían que estuvieron enfadados con él mucho más rápido que los de ella.
Recordó cuando la madre de él había muerto, justo después del nacimiento de Tavvy, y cómo Emma había estado de pie sosteniendo la mano de Jules mientras el cuerpo había ardido en el barranco y el humo elevado hasta el cielo. Recordó que él había llorado, y recordó pensar que los chicos lloraban muy diferente que las chicas, con extraños e irregulares sollozos que sonaban como si estuvieran siendo abiertos con ganchos. Tal vez era peor para ellos porque se suponía que no lloraban…
—¡Oof! —Emma se tambaleó hacia atrás; había estado tan perdida en la idea que había chocado justo con el padre de Julian, un hombre alto con el mismo pelo castaño enmarañado como muchos de sus hijos—. ¡Lo siento, Señor Blackthorn!
Él sonrió.
—Nunca antes vi a nadie con tanto entusiasmo por ir a dar las lecciones —dijo mientras ella corría abajo hacia el salón.
La sala de entrenamiento era una de las habitaciones favoritas de Emma en todo el edificio. Ocupaba casi todo un nivel, y tanto las paredes del Este como del Oeste eran de cristal claro. Podías ver el mar azul casi desde cualquier lugar desde el que mirases. La curva de la costa era visible de Norte a Sur, la infinita agua del Pacífico extendiéndose hacia Hawái.
En el centro del sumamente pulido suelo de madera permanecía de pie el tutor de la familia Blackthorn, una imponente mujer llamada Katerina, actualmente comprometida en enseñar a arrojar cuchillos a los gemelos. Livvy estaba siguiendo las instrucciones atentamente como siempre hacía, pero Ty estaba frunciendo el ceño y reticente.
Julian, en sus leves ropas sueltas de entrenamiento, estaba yaciendo sobre la espalda cerca de la ventana Oeste, hablando a Mark, quien tenía la cabeza metida en un libro y estaba haciendo su mejor esfuerzo por ignorar a su más joven medio hermano.—¿No crees que “Mark4” es un tipo de nombre extraño para un Cazador de Sombras? —estaba diciendo Julian mientras Emma se aproximaba—. Quiero decir, si realmente piensas en ello. Es confuso. “Pon una Marca en mí, Mark.”
Mark levantó su cabeza rubia del libro que estaba leyendo y miró a su hermano pequeño. Julian estaba perezosamente dando vueltas a una estela en su mano. La sostenía como un pincel, algo por lo que Emma siempre estaba regañándole. Se supone que tienes que sostener una estela como una estela, como si fuera una extensión de tu mano, no una herramienta de un artista.
Mark suspiró dramáticamente. A los dieciséis años era bastante mayor que ellos para encontrar todo lo que Emma y Julian hacían tanto irritante como ridículo.
—Si te importa, puedes llamarme por mi nombre completo —dijo él.
—¿Mark Antony Blackthorn? —Julian arrugó la nariz—. Lleva mucho tiempo decirlo. ¿Qué pasa si fuéramos atacados por un demonio? Para el momento que estuviese a mitad de camino de decir tu nombre, estarías muerto.
—¿En esta situación vas a salvarme la vida? —Preguntó Mark—. Sigue adelante, ¿no crees, mocoso?
—Podría ocurrir. —Julian, no complacido al ser llamado mocoso, se sentó. Su pelo destacaba en el viento sobre su cabeza. Su hermana mayor, Helen, siempre estaba atacándole con cepillos para el pelo, pero eso nunca hacía nada bueno. Él tenía el pelo Blackthorn, como su padre y muchos de sus hermanos y hermanas, ondas salvajes, del color del chocolate oscuro. La familiar similitud siempre fascinaba a Emma, quien se parecía muy poco a alguno de sus padres, a menos que contases el hecho de que su padre era rubio.
Helen había estado en Idris durante meses hasta ahora con su novia, Aline; habían intercambiado anillos de familia y eran “muy serias” sobre la una con la otra, de acuerdo con los padres de Emma, lo cual mayormente significaba que se miraban entre sí de forma muy sentimental. Emma estaba determinada a que si alguna vez se enamoraba, no sería enamoradiza de esa manera. Entendía ------ 4 Mark en castellano es marca. Julian está usando un juego de palabras para molestar a Mark. -------- que había cantidad de escándalos sobre el hecho de que tanto Helen como Aline fuesen chicas, pero no entendía porque, y a los Blackthorn parecía gustarles mucho Aline. Ella era una presencia tranquilizante, y evitaba que Helen se preocupara.
La actual ausencia de Helen no significaba que nadie estuviese para cortar el pelo de Jules, y la luz del sol en la habitación volvió las rizadas puntas en doradas. Las ventanas a lo largo de la pared del este mostraban el pesado movimiento circular de las montañas que separaban el mar del Valle San Fernando —secas y polvorientas colinas atestadas con desfiladeros, cactus y zarzas. A veces los Cazadores de Sombras iban al exterior a entrenar, y a Emma le encantaban esos momentos, le encantaba encontrar los caminos escondidos, las cascadas secretas y las lagartijas durmientes que descansaban sobre las rocas cercanas a ellas. Julian era experto en la persuasión de lagartijas para atraerlas a su palma y dormir ahí mientras les frotaba la cabeza con el pulgar.
—¡Cuidado!
Emma se agachó mientras el apuntado cuchillo de madera volaba sobre su cabeza y rebotaba contra la ventana, golpeando a Mark en la pierna al rebotar. Él echo abajo el libro y se levantó, gruñendo. Mark técnicamente estaba en supervisión secundaria, respaldando a Katerina, aunque prefería leer que enseñar.
—Tiberius —dijo Mark—. No me arrojes cuchillos.
—Fue un accidente. —Livvy se movió para ponerse entre su gemelo y Mark. Tiberius era tan oscuro como tan claro lo era Mark, el único de los Blackthorn además de Mark y Helen, quienes no contaban mucho, debido a su sangre de Subterráneos al no tener el pelo marrón y los ojos verde-azulados que eran las características de la familia. Ty tenía el pelo rizado corto, y ojos grises del color del metal.
—No, no lo fue —dijo Ty—. Estaba apuntándote.
Mark dio una exagerada respiración profunda y deslizó las manos a través de su pelo, el cual se quedó levantado en picos. Mark tenía los ojos Blackthorn, el color verdín, pero su pelo, como el de Helen, era rubioblanquecino, como lo había sido el de su madre. El rumor era que la madre de Mark había sido una princesa de la Corte Seelie; había tenido una aventura con Andrew Blackthorn la cual había producido dos niños, a los cuales ella había abandonado en la entrada del Instituto de Los Ángeles una noche antes de desaparecer para siempre.
El padre de Julian había aceptado a sus hijos medio Hadas y los crió como Cazadores de Sombras. La sangre de Cazadores de Sombras era dominante, y a pesar de que al Concejo no le gustaba, aceptarían a los niños con parte de Subterráneos en la Clave tanto como su piel pudiese tolerar las runas. Tanto Helen como Mark habían sido runados primero a los diez años, y sus pieles soportaron las runas con seguridad, aunque Emma podía decir que ser runado hería a Mark más que a cualquier Cazador de Sombras ordinario. Le vió doblarse de dolor, a pesar de que intentaba esconderlo, cuando la estela fue situada en su piel. Últimamente había estado notando muchas cosas sobre Mark —la manera en que la extraña forma de Hada influenciada de su rostro era atrayente, y la anchura de sus hombros debajo de las camisetas. No sabía porque estaba notando esas cosas, y con exactitud no le gustaba. La hacía querer hablar bruscamente a Mark, o esconderse, a menudo al mismo tiempo.
—Estás mirando —dijo Julian, mirando a Emma sobre las rodillas de sus pantalones rociados de las herramientas de entrenamiento.
Ella recuperó de inmediato la atención.
—¿A qué?
—A Mark… de nuevo. —Sonó molesto.
—¡Cállate! —siseó Emma en voz baja y agarró su estela. Él la tomo de regreso, y un forcejeo se produjo. Emma se rió con nerviosismo mientras se apartaba de Julian. Había estado entrenando con él mucho tiempo, sabía cada movimiento que él haría antes de que lo hiciese. El único problema era que estaba inclinada a ser paciente con él. La idea de alguien hiriendo a Julian la ponía furiosa, y a veces eso la incluía a sí misma.—¿Esto es por las abejas en tu habitación? —Estaba exigiendo Mark mientras avanzaba hacia Tiberius—. ¡Sabes por qué tuvimos que deshacernos de ellas!
—Imagino que lo hiciste para frustrarme —dijo Ty. Ty era pequeño para su edad –diez años– pero tenía el vocabulario y el estilo de uno de dieciocho. Ty no decía mentiras normalmente, mayormente porque no entendía porque podría necesitarlo. No podía entender por qué algunas de las cosas que hacía molestaban o enfadaban a las personas, y encontró su ira tanto incomprensible como aterradora, dependiendo de su humor.
—No es sobre frustrarte, Ty. Simplemente no puedes tener abejas en tu habitación…
—¡Estaba estudiándolas! —explicó Ty, su pálido rostro sonrojándose—. Era importante, y eran mis amigas, y sabía lo que estaba haciendo.
—¿Al igual que sabías lo que estabas haciendo con la serpiente de cascabel esa vez? —dijo Mark—. A veces te requisamos cosas porque no queremos que te hagas daño; sé que es difícil de entender, Ty, pero te queremos.
Ty lo miró sin comprender. Sabía lo que “te quiero” significaba, y lo sabía bien, pero no entendía porque era una explicación para todo.
Mark se arrodilló, las manos en las rodillas, manteniendo los ojos al nivel de los grises de Ty.
—Está bien, aquí está lo que vamos a hacer…
—¡Ja! —Emma se las había arreglado para voltear a Julian sobre su espalda y forzar la estela a distancia de él. Él se rió, retorciéndose debajo de ella, hasta que ella sujetó su brazo en el suelo.
—Me rindo, —dijo él—. Me ri…
Estaba riéndose de ella, y ella de repente fue atacada con la comprensión de la sensación de que yacer directamente sobre Jules era en realidad un poco extraño, y también del entendimiento de que, como Mark, él tenía una bonitaforma para su cara. Redondeada, juvenil y realmente familiar, pero podía ver a través de la cara que él tenía ahora a la cara que él tendría, cuando fuera más mayor.
El sonido del timbre del instituto hizo eco por toda la habitación. Era un profundo, dulce y repiqueteante sonido, como las campanas de la iglesia. Desde el exterior, el Instituto se veía para los ojos mundanos como las ruinas de un antiguo objetivo español. A pesar de que había señales de PROPIEDAD PRIVADA y NO ENTRAR pegadas por todos lados, algunas veces las personas —normalmente mundanos con una leve dosis de la Visión— se las arreglaban para deambular por la puerta delantera de cualquier manera.
Emma se apartó de Julian y se alisó la ropa. Había parado de reír. Julian se levantó, apoyándose sobre las manos, sus ojos curiosos.
—¿Todo bien? —dijo él.
—Me golpeé el hombro —mintió ella, y miró a los otros. Livvy estaba permitiendo a Katrina mostrarle como sostener el cuchillo, y Ty estaba sacudiendo la cabeza hacia Mark. Ty. Ella había sido la única en darle a Tiberius ese apodo cuando nació, porque a los dieciocho meses no había sido capaz de decir “Tiberius” y en su lugar le había llamado “Ty-Ty.” A veces se preguntaba si él lo recordaba. Era extraño, las cosas que preocupaban a Ty y las que no lo hacían. No podías predecirlas.
—¿Emma? —Julian se inclinó hacia adelante, y todo pareció explotar alrededor de ellos. Hubo un repentino destello enorme de luz, y el mundo al exterior de la ventana se volvió dorado blanquecino y rojo, como si el Instituto se hubiese quedado atrapado en un incendio. Al mismo tiempo el suelo debajo de ellos se balanceó como la cubierta de un barco. Emma se deslizó hacia adelante justo cuando un terrible grito se elevó del piso de abajo, un horrible grito irreconocible.
Livvy jadeó y fue por Ty, envolvió los brazos alrededor de él como si pudiese rodear y proteger su cuerpo con el suyo. Livvy era una de las muy pocas personas a las que a Ty no le molestaba que le tocara; él se puso de pie con los ojos amplios, una de las manos metida en la manga de la camisa de suhermana. Mark se había puesto ya de pie; Katerina estaba pálida bajo sus bucles de pelo negro.
—Vosotros os quedáis aquí —dijo ella a Emma y a Julian, sacando la espada de la vaina en su cintura—. Cuidad de los gemelos. Mark, ven conmigo.
—¡No! —dijo Julian, poniéndose de pie—. Mark...
—Estaré bien, Jules —dijo Mark con una sonrisa tranquilizadora; ya tenía una daga en cada mano. Era bastante rápido con los cuchillos y su puntería era infalible—. Quédate con Emma —dijo, asintiendo hacia ambos, y luego se desvaneció detrás de Katerina, la puerta de la sala de entrenamiento cerrándose detrás de ellos.
Jules se acercó a Emma, deslizó su mano en la de ella y la ayudó a ponerse de pie; ella quería señalarle que estaba bien y que podía valerse por sí misma, pero lo dejó pasar. Entendió la necesidad de sentirse como si estuviera haciendo algo, cualquier cosa para ayudar. De repente otro grito se levantó de la planta baja; ahí estaba el sonido del cristal rompiéndose. Emma se apresuró a cruzar la habitación hacia los gemelos; aún eran mortales, como pequeñas estatuas. Livvy estaba pálida, Ty se aferraba a su camisa con un apretón de muerte.
—Todo va a estar bien —dijo Jules, poniendo la mano entre los delgados omoplatos de su hermano—. Sea lo que sea que sea...
—No tienes ni idea de lo que es —dijo Ty con voz cortante—. No puedes decir que va a estar bien. No lo sabes.
Entonces hubo otro ruido. Fue un sonido peor que el de un grito. Fue un aullido terrible, salvaje y cruel. ¿Hombres lobo? Pensó Emma con asombro, pero había escuchado los aullidos de los hombres lobo antes; esto era algo mucho más oscuro y cruel.
Livvy se acurrucó contra el hombro de Ty. El levantó su carita blanca, sus ojos siguiendo de Emma para descansar en Julian.
—Si nos escondemos aquí —dijo Ty—, y lo que sea nos encuentra y hace daño a nuestra hermana, entonces será su culpa.
El rostro de Livvy estaba oculto contra Ty; él habíahablado en voz baja, pero Emma no tenía ninguna duda de que hablaba en serio. Por todo el intelecto aterrador de Ty, por toda su extrañeza e indiferencia hacia los demás, era inseparable de su gemela. Si Livvy estaba enferma, Ty dormía a los pies de su cama; si ella tenía un rasguño, él entraba en pánico, y era lo mismo en la otra forma.
Emma vio las emociones conflictivas que los perseguían a todos a través del rostro de Julian —sus ojos buscaron los de ella, y ella asintió minuciosamente. La idea de estar en la sala de entrenamiento y esperando que lo que fuera que hubiera hecho que el sonido se acercara a ellos, hizo que sintiera como si su piel se estuviera despegando de sus huesos.
Julian cruzó la habitación y regresó con una ballesta y dos dagas.
—Tienes que soltar a Livvy ahora, Ty —dijo, y después de un momento, los gemelos se separaron. Jules tendió a Livvy una daga y le ofreció la otra a Tiberius, quien la miró como si fuera un artefacto alienígena—. Ty —dijo Jules, dejando caer la mano—. ¿Por qué tenías las abejas en tu habitación? ¿Qué es lo que te gusta de ellas?
Ty no dijo nada.
—Te gusta la forma en que trabajan juntas, ¿verdad? —dijo Julian—. Bueno, ahora tenemos que trabajar juntos. Vamos a llegar hasta la oficina y hacer una llamada a la Clave, ¿está bien? Una llamada de emergencia. Entonces ellos enviarán refuerzos para protegernos.
Ty extendió la mano para tomar la daga con un gesto brusco.
—Eso es lo que habría sugerido yo si Mark y Katerina me hubieran escuchado.
—Él lo habría hecho —dijo Livvy. Había tomado la daga con más confianza que Ty, y la sostenía como si supiera lo que estaba haciendo con la hoja—. Es lo que él estaba pensando.
—Vamos a tener que ser muy silencios ahora —dijo Jules—. Vosotros dos me vais a seguir hasta la oficina. —Levantó los ojos; su mirada se encontró conla de Emma—. Emma va a ir a buscar a Tavvy y a Dru y nos encontraremos allí. ¿De acuerdo?
El corazón de Emma se abatió y se desplomó como un ave marina. Octavius—Tavvy, el único bebé de sólo dos años. Y Dru, de ocho, demasiado jóvenes para empezar el entrenamiento físico. Por supuesto que alguien iba a tener que ir a por ellos. Y los ojos de Jules se lo estaban pidiendo.
—Sí —dijo ella—. Eso es exactamente lo que voy a hacer. *** Cortana estaba atada a la espalda de Emma, un cuchillo de lanzar en su mano. Ella pensó que podía sentir el latido del metal pulsando en sus venas como un latido del corazón mientras se deslizaba por los pasillos del Instituto, de espaldas a la pared. De cuando en cuando el pasillo se abriría fuera hacia las ventanas, y la vista del mar azul, las verdes montañas y las pacíficas nubes blancas se burlarían de ella. Pensó en sus padres, en algún lugar en la playa, sin tener idea de lo que estaba ocurriendo en el Instituto. Deseó que estuvieran ahí, y al mismo tiempo estaba contenta de que no lo estuvieran. Por lo menos estaban a salvo.
Ella ahora se encontraba en la parte del Instituto con la que estaba más familiarizada: las habitaciones de la familia. Pasó junto al dormitorio vacío de Helen, ropa empaquetada y su polvoriento cubrecama. Pasó por la habitación de Julian, familiar por un millón de fiestas de pijama, y la de Mark, la puerta firmemente cerrada. La habitación de al lado era del Señor Blackthorn, y justo al lado de ésta estaba la guardería. Emma tomó un profundo respiro y abrió la puerta con el hombro.
Lo visión que encontraron sus ojos en la pequeña habitación pintada de azul los hizo ampliarse. Tavvy estaba en su cuna, sus pequeñas manos agarrando las barras, las mejillas rojo brillante de tanto gritar. Drusilla de pie frente a la cuna, con una espada —el Ángel sabía dónde la había conseguido— aferrada en su mano; estaba apuntada directamente hacia Emma. La mano de Dru estaba temblando lo suficiente para que la punta de la espada estuviera bailando alrededor; sus trenzas pegadas a ambos lados de su cara regordetapero la mirada en sus ojos Blackthorn tenía una de determinación de acero: No te atrevas a tocar a mi hermano.
—Dru —dijo Emma con tanta suavidad como pudo—. Dru, soy yo. Jules me ha enviado por vosotros.
Dru dejó caer la espada con un repiqueteo y se echó a llorar. Emma la pasó y tomó al bebé de la cuna con su brazo libre, sosteniéndolo sobre la cadera. Tavvy era pequeño para su edad pero aun así pesaba unas buenas veinticinco libras; ella hizo una pequeña mueca mientras él le agarraba el pelo.
—Memma —dijo.
—Shush. —Besó la parte superior de su cabeza. Olía a talco de bebé y lágrimas—. Dru, agarra mi cinturón, ¿sí? Vamos a la oficina. Allí estaremos a salvo.
Dru agarró del cinturón que sostenía las armas de Emma con sus pequeñas manos; ya había parado de llorar. Los Cazadores de Sombras no lloraban mucho, incluso cuando tenían ocho años.
Emma condujo la marcha hacia el vestíbulo. Los sonidos de abajo ahora eran peores. Los gritos todavía continuaban, el aullido profundo, los sonidos de cristales rompiéndose y de madera agrietándose. Emma avanzó hacia adelante, agarrando a Tavvy, murmurando una y otra vez que todo estaba bien, que él estarían bien. Y había más ventanas, y el sol brillaba a través de ellas con saña, casi cegándola.
Estaba cegada por el pánico y el sol; era la única explicación para haberse equivocado en el siguiente giro. Dio la vuelta por un pasillo, y en lugar de encontrarse en el pasillo que esperaba, se encontró de pie en lo alto de la amplia escalera que conducía al vestíbulo y las grandes puertas dobles que eran la entrada del edificio.
El vestíbulo estaba lleno de Cazadores de Sombras. Algunos, familiares como los Nefilim de la Cónclave de Los Ángeles, de negro, otros de traje rojo. Había filas de estatuas, ahora volcadas, en trozos y en polvo en el suelo. Elventanal que daba al mar había sido destrozado, los cristales rotos y la sangre estaba por todas partes.
Emma sintió una sacudida de enfermedad en el estómago. En medio del vestíbulo había una alta figura escarlata. Era rubio pálido, casi de pelo blanco, y su rostro parecía el rostro de Raziel tallado en mármol, solo que carecía por completo de misericordia. Sus ojos eran de carbón negro, en una mano llevaba una espada sellada con un modelo de estrellas y en la otra, una copa hecha de reluciente adamas.
La visión de la copa desencadenó algo en la mente de Emma. A los adultos no les gustaba hablar de política alrededor de los Cazadores de Sombras más jóvenes, pero ella sabía que el hijo de Valentine Morgenstern había tomado un nombre diferente y jurado venganza contra la Clave. Sabía que había hecho una copa que era lo contrario a la Copa del Ángel, que convertía a los Cazadores de Sombras en malvadas y demoníacas criaturas. Había oído al Señor Blackthorn llamarlos Cazadores de Sombras malvados, los Cazadores Oscuros; había dicho que prefería morir antes que ser uno.
Entonces, ahí estaba él. Jonathan Morgenstern, a quien todo el mundo llamaba Sebastian—una figura sacada de un cuento de Hadas, una historia contada para asustar a los niños, cobraba vida. El hijo de Valentine.
Emma puso una mano en la parte trasera de la cabeza de Tavvy, presionando su cara contra su hombro. No podía moverse. Se sentía como si pesas de plomo se unieran a sus pies. Todos alrededor de Sebastian eran Cazadores de Sombras en rojo y negro, y figuras en capas oscuras —¿También eran Cazadores de Sombras? No podía decirlo— sus rostros estaban escondidos, y ahí estaba Mark, sus manos sosteniéndose detrás de la espalda por un Cazador de Sombras vestido de rojo. La daga yacía a sus pies, y había sangre en sus ropas de entrenamiento.
Sebastian levantó una mano y dobló un largo dedo blanco.
—Traedla —dijo él; hubo un susurro en la multitud, y el Señor Blackthorn dio un paso adelante, llevando a Katerina con él. Ella estaba asustada, golpeándole con las manos, pero él era demasiado fuerte. Emmaobservó con creciente horror como el Señor Blackthorn la empujaba sobre las rodillas.
—Ahora —dijo Sebastian en una voz como la seda—, bebe de la Copa Infernal, —y forzó el borde de la copa entre los dientes de Katerina.
Ahí fue cuando Emma averiguó lo que era el ruidoso aullido que había escuchado antes. Katerina intentaba liberarse, pero Sebastian era demasiado fuerte; atoró la copa para pasar por los labios de ella, y Emma la vio jadear y tragar. Se apartó, y esta vez el Señor Blackthorn se lo permitió; él estaba riendo, al igual que Sebastian. Katerina cayó al suelo, su cuerpo en espasmos, y de su garganta salió un solo grito —peor que un grito, un aullido de dolor como si su alma estuviese siéndole arrebatada del cuerpo.
Una risa fue alrededor de la habitación; Sebastian sonrió, y había algo horrible y hermoso en él, de la forma que había algo horrible y hermoso sobre las serpientes venenosas y los grandes tiburones blancos. Emma fue consciente de que estaba flanqueado por dos acompañantes: una mujer con un canoso pelo castaño, un hacha en sus manos, y una alta figura completamente envuelta en una gabardina negra. Ninguna parte de él era visible excepto las oscuras botas que mostraban el dobladillo debajo de la gabardina. Solo el peso y la respiración le hacían pensar que era un hombre.
—¿Es este el ultimo Cazador de Sombras aquí? —Preguntó Sebastian.
—Ahí está el chico, Mark Blackthorn —dijo la mujer de pie a su lado, levantando un dedo y señalando a Mark—. Debería ser lo suficientemente mayor.
Sebastian miró a Katerina, quien había parado de espasmear y yació tranquila, su pelo negro entrelazado por su rostro.
—Levántate, hermana Katerina —dijo él—. Ve y tráeme a Mark Blackthorn.
Emma observó, arraigada en el lugar, como Katerina se ponía lentamente de pie. Katerina había sido la tutora en el Instituto durante tanto tiempo como Emma podía recordar; había sido su profesora cuando Tavvy había nacidoobservó con creciente horror como el Señor Blackthorn la empujaba sobre las rodillas.
—Ahora —dijo Sebastian en una voz como la seda—, bebe de la Copa Infernal, —y forzó el borde de la copa entre los dientes de Katerina.
Ahí fue cuando Emma averiguó lo que era el ruidoso aullido que había escuchado antes. Katerina intentaba liberarse, pero Sebastian era demasiado fuerte; atoró la copa para pasar por los labios de ella, y Emma la vio jadear y tragar. Se apartó, y esta vez el Señor Blackthorn se lo permitió; él estaba riendo, al igual que Sebastian. Katerina cayó al suelo, su cuerpo en espasmos, y de su garganta salió un solo grito —peor que un grito, un aullido de dolor como si su alma estuviese siéndole arrebatada del cuerpo.
Una risa fue alrededor de la habitación; Sebastian sonrió, y había algo horrible y hermoso en él, de la forma que había algo horrible y hermoso sobre las serpientes venenosas y los grandes tiburones blancos. Emma fue consciente de que estaba flanqueado por dos acompañantes: una mujer con un canoso pelo castaño, un hacha en sus manos, y una alta figura completamente envuelta en una gabardina negra. Ninguna parte de él era visible excepto las oscuras botas que mostraban el dobladillo debajo de la gabardina. Solo el peso y la respiración le hacían pensar que era un hombre.
—¿Es este el ultimo Cazador de Sombras aquí? —Preguntó Sebastian.
—Ahí está el chico, Mark Blackthorn —dijo la mujer de pie a su lado, levantando un dedo y señalando a Mark—. Debería ser lo suficientemente mayor.
Sebastian miró a Katerina, quien había parado de espasmear y yació tranquila, su pelo negro entrelazado por su rostro.
—Levántate, hermana Katerina —dijo él—. Ve y tráeme a Mark Blackthorn.
Emma observó, arraigada en el lugar, como Katerina se ponía lentamente de pie. Katerina había sido la tutora en el Instituto durante tanto tiempo como Emma podía recordar; había sido su profesora cuando Tavvy había nacido,cuando la madre de Jules había muerto, cuando Emma había comenzado su primer entrenamiento físico. Le había enseñado lenguajes, limitar los cortes, alivió los arañazos y les dio sus primeras armas; había sido como de la familia, y ahora ella avanzaba, con los ojos en blanco, a través del caos del suelo y extendía el brazo para sujetar a Mark.
Dru dio un jadeo, trayendo de golpe a Emma de regreso a la conciencia. Emma giró, y situó a Tavvy en los brazos de Dru; Dru se tambaleó un poco y entonces se recuperó, cogiendo con fuerza a su hermano bebé.
—Corre —dijo Emma—. Corre a la oficina. Dile a Julian que estaré ahí.
Algo de la urgencia en la voz de Emma se comunicó; Drusilla no discutió, solo apretó a Tavvy con más fuerza y huyó, sus piececitos desnudos sin hacer ruido sobre los suelos de los pasillos. Emma volvió a mirar abajo al desenvuelto horror. Katerina estaba detrás de Mark, empujándolo adelante, una daga presionada en el espacio entre sus amplios hombros. Él se tambaleó y casi tropezó adelante frente a Sebastian; Mark ahora estaba cerca de las escaleras, y Emma podía ver que había estado luchando. Había heridas defensivas en sus muñecas y manos, cortes en su rostro, y sin duda ahí habría sido el momento para las runas de curación. Había sangre por toda su mejilla derecha; Sebastian lo miró, los labios curvándose en proclamación.
—Este no es del todo Nefilim —dijo—. Parte Hada, ¿estoy en lo cierto? ¿Por qué no fui informado?
Hubo un murmullo. La mujer de pelo castaño dijo:
—¿Eso significa que la Copa no funcionará en él, Lord Sebastian?
—Significa que no lo quiero —dijo Sebastian.
—Podemos llevarlo al valle de la sal —dijo la mujer de pelo castaño—. O a los altos lugares de Edom, y sacrificarlo ahí por el placer de Asmodeus y Lilith.
—No —dijo Sebastian lentamente—. No, no sería sensato, creo, hacer eso a alguien con la sangre de la Corte de las Hadas.Mark le escupió.
Sebastian lo miró sorprendido. Se giró hacia el padre de Julian.
—Ven y sujétalo —dijo—. Hiérele si lo deseas. Debería tener solo mucha paciencia con tu hijo de media semilla.
El Señor Blackthorn dio un paso adelante, sosteniendo un sable. La hoja estaba ya manchada con sangre. Los ojos de Mark se ampliaron con horror. La espada se levantó…
El cuchillo cayendo dejó la mano de Emma. Voló por el aire, y se enterró en el pecho de Sebastian Morgenstern.
Sebastian tropezó hacia atrás y la espada en la mano del Señor Blackthorn cayó a un lado. Los otros estaban sollozando; Mark se precipito a ponerse de pie mientras Sebastian miraba la espada en su pecho, el mango saliendo de su corazón. Frunció el ceño.
—Ouch —dijo y liberó el cuchillo. La espada estaba resbaladiza con sangre, pero Sebastian parecía sin preocupación por la herida. Lanzó el arma a un lado, mirando arriba. Emma sintió esos oscuros y vacíos ojos en ella, como el toque de dedos fríos. Le sintió tomar medida de ella, sopesarla y conocerla, y descartarla.
—Es una pena que no vivirás —le dijo a ella—. Vivir para decir a la Clave que Lilith me ha fortalecido más allá de toda medida. Tal vez Gloriosa terminará con mi vida. Una misericordia para los Nefilim que no tienen más favores que puedan pedir al Cielo, y ninguno de los débiles instrumentos de guerras que forjan en su Ciudadela de Adamante pueden herirme ahora. —Se giró hacia los otros—. Matad a la chica —exigió, golpeando a su ahora sangrienta chaqueta con repugnancia.
Emma vió a Mark lanzarse hacia las escaleras, intentando llegar a ella primero, pero la oscura figura al lado de Sebastian ya había sujetado a Mark y estaba atrayéndolo hacia abajo con las manos enguantadas de negro; esos brazos fueron alrededor de Mark, le sostuvieron, casi como si estuvieranprotegiéndolo. Mark estaba en puros, y entonces fue perdido de la vista de Emma mientras los Cazadores Oscuros subían por las escaleras.
Emma dio la vuelta y corrió. Había aprendido a correr en las playas de California, donde la arena se movía bajo sus pies con cada paso, al continuar en un suelo solido mientras era tan rápida como el viento. Se precipitó por el pasillo, su pelo volando detrás de ella, saltó un pequeño conjunto de escalones, viró a la derecha, y se metió en la oficina. Golpeó la puerta detrás de ella y arrojó la cerradura antes de girarse para mirar.
La oficina era una habitación de gran tamaño, las paredes alineadas con libros de referencia. Había otra biblioteca en la planta superior también, pero esta era donde el Señor Blackthorn había llevado el Instituto. Había un escritorio de caoba, y sobre él dos teléfonos: uno blanco y otro negro. El recibidor estaba fuera del gancho del teléfono negro, y Julian estaba sosteniendo el mango, gritando por la línea:
—¡Tenéis que mantener el Portal abierto! ¡Aún no estamos a salvo! ¡Por favor…!
La puerta detrás de Emma tronó e hizo eco mientras los Cazadores Oscuros se agolpaban contra ella; Julian miró arriba con alarma, y el recibidor cayó de sus dedos mientras vio a Emma. Ella le devolvió la mirada, y la pasó hacia donde toda la pared oriental estaba brillando. En el centro había un Portal, un agujero de forma rectangular en la pared por la cual Emma podía ver formas plateadas girando, un caos de nubes y viento.
Se tambaleó hacia Julian, y él la cogió por los hombros. Sus dedos agarraron su piel con fuerza, como si no pudiese creer que ella estuviese ahí, o real.
—Emma —exhaló, y entonces su voz retomó la velocidad—. Em, ¿dónde está Mark? ¿Dónde está mi padre?
Ella sacudió la cabeza.
—No pueden… no pude… —tragó—. Es Sebastian Morgenstern —dijo, y brincó cuando la puerta tembló de nuevo bajo otro asalto— tenemos queregresar por ellos… —dijo, girándose, pero la mano de Julian ya estaba alrededor de su muñeca.
—¡El Portal! —Gritó sobre el sonido del viento y el martilleo de la puerta—. ¡Va a Idris! ¡La Clave lo abrió! Emma… ¡va a permanecer abierto durante otros pocos segundos!
—¡Pero Mark! —dijo ella, aunque no tenía ni idea de lo que podían hacer, como podían luchar por su camino para pasar a los Cazadores Oscuros amontonándose en el pasillo, como podían luchar contra Sebastian Morgenstern, quien era más poderoso que cualquier Cazador de Sombras normal—. Tenemos…
—¡Emma! —gritó Julian, y entonces la puerta se abrió y los Cazadores Oscuros irrumpieron en la habitación. Escuchó a la mujer de pelo castaño gritar detrás de ella, algo sobre que los Nefilim arderían, todos arderían en las llamas de Edom, arderían, morirían y serían destruidos…
Julian fue corriendo hacia el Portal, llevando a Emma por una mano; después de otra aterrorizada mirada detrás de sí, ella le permitió tirar de ella. Se agachó cuando una flecha los pasaba y golpeaba contra una ventana a su derecha. Julian la agarró frenéticamente, envolviendo los brazos alrededor de ella; ella sintió sus dedos amarrados a la parte trasera de su camisa mientras caían dentro del Portal y eran tragados por la tempestad.
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Cazadores de sombras - Página 2 Empty RE: CIUDAD DEL FUEGO CELESTIAL

Mensaje por StephRG14 el Dom 10 Mayo 2015, 2:47 pm

Parte 1
Llevar a cabo un fuego


Por lo tanto llevaré a cabo un fuego desde el medio de ti, deberá devorarte, y llevaré tus cenizas sobre la tierra a la vista de todos los que te observan. Todos los que te conocen entre las personas que deberían estar asombrados por ti: deberías estar asustado, y nunca deberías estarlo más.
—Ezequiel 28:14

Capitulo 1
El destino de su copa


—Imagina algo calmante. La playa de arena de Los Ángeles, arena blanca, agua azul estrellándose contra las rocas, pasear por la línea de la marea…
Jace abrió un ojo.
—Esto suena muy romántico.
El muchacho que se sentaba frente a él suspiró y se pasó las manos por el pelo oscuro. Aunque era un día frío de diciembre, los hombres lobo no sentían tanto el tiempo como los humanos, y Jordan tenía su chaqueta y las mangas de la camisa enrolladas. Estaban sentados uno frente al otro en un parche de hierba en un claro en Central Park, ambos con las piernas cruzadas, las manos sobre las rodillas y las palmas hacia arriba.
Una roca se levantaba cerca de ellos. Se dividía en cantos rodados grandes y pequeños, y sobre una de las rocas más grandes se encaramaban Alec e Isabelle Lightwood. Mientras Jace alzaba la vista, Isabelle le llamó la atención y le hizo un gesto alentador. Alec notando su gesto, le golpeó el hombro. Jace podía verlo hablándole a Izzy, probablemente para no romper la concentración de Jace. Sonrió para sus adentros —ninguno de ellos realmente tenía una razón para estar aquí, pero habían ido de todos modos, "como apoyo moral". Aunque Jace sospechaba que tenía más que ver con el hecho de que Alec odiaba estar libre en estos días, Isabelle odiaba que su hermano estuviera solo y ambos evitaban a sus padres y el Instituto.
Jordan hizo chasquear los dedos bajo la nariz de Jace.—¿Estás prestando cualquier atención?
Jace frunció el ceño.
—Lo estaba hasta que nos preguntábamos en el territorio de los anuncios personales malos.
—Bueno, ¿qué tipo de cosas te hacen sentir tranquilo y sosegado?
Jace se quitó las manos de las rodillas —la posición de loto le estaba dando calambres en las muñecas— y se apoyó en los brazos. El viento frío hacía temblar las pocas hojas muertas que todavía se aferraban a las ramas de los árboles. Contra el cielo pálido de invierno, las hojas tenían una sobria elegancia, como un boceto de pluma y tinta.
—Matar demonios —dijo—. Una buena y limpia muerte es muy relajante. Las sucias son más molestas, porque tienes que limpiar después.
—No. —Jordan levantó las manos. Por debajo de las mangas de la camisa, los tatuajes que envolvían sus brazos eran visibles. Shaantih, shaantih, shaantih. Jace sabía que significaba "la paz sobrepasa todo entendimiento," y se suponía que tenías que decir la palabra tres veces cada vez que pronunciaras la mantra para calmarte la mente. Pero nada parecía calmar la suya en estos días. El fuego en sus venas hacía que su mente corriera también, con pensamientos demasiado rápidos, uno tras otro, como la explosión de fuegos artificiales. Los sueños eran tan reales y saturados de color como pinturas al óleo. Había intentado entrenándose, horas y horas dedicadas a practicar en la habitación, sangrando y con moretones y sudor y, una vez, incluso, con dedos rotos. Pero no había logrado hacer mucho más que irritar a Alec con las solicitudes de runas de curación y, en una ocasión memorable, prendiendo accidentalmente fuego a una de las vigas transversales.
Fue Simon quien había señalado que su compañero de habitación meditaba todos los días, y quien había dicho que ese hábito era lo que había calmado los ataques incontrolables de ira que a menudo eran parte de la transformación de un hombre lobo. Desde allí había sido un salto corto antes de que Clary sugiriera que Jace "bien podría intentarlo," y allí estaban, en su segunda tanda de sesiones. La primera sesión había terminado con Jace dejandouna marca de fuego en el suelo de madera de Simon y Jordan, por lo que Jordan había sugerido que lo llevarán afuera en esta segunda sesión para evitar un mayor daño a la propiedad.
—Matar no —dijo Jordan—. Estamos tratando de hacer que te sientas tranquilo. Sangre, muerte, guerra, todas esas no son cosas pacíficas. ¿No hay ninguna otra cosa que desees?
—Armas —dijo Jace—. Me gustan las armas.
—Estoy empezando a pensar que tenemos una cuestión problemática de filosofía personal aquí.
Jace se inclinó hacia delante, con las palmas sobre la hierba.
—Soy un guerrero —dijo—. Fui criado como un guerrero. No tenía juguetes, tenía armas. Dormí con una espada de madera hasta que tenía cinco años. Mis primeros libros fueron demonologías medievales con páginas iluminadas. Las primeras canciones que aprendí fueron cantos para desterrar a los demonios. Sé lo que me trae la paz, y no son playas de arena o el canto de los pájaros en bosques tropicales. Quiero un arma en la mano y una estrategia para ganar.
Jordan le miró desapasionadamente.
—Así que estás diciendo que lo que te trae paz es la guerra.
Jace levantó las manos y se puso de pie, quitándose la hierba de sus jeans.
—Ahora lo pillas. —Oyó el crujido de la hierba seca y se volvió, a tiempo para ver a Clary pasar a través de un hueco entre dos árboles y emerger en el claro, con Simon sólo unos pasos detrás de ella. Clary tenía las manos en los bolsillos de atrás y se reía.
Jace los observó por un momento —había algo en observar a personas que no sabían que estaban siendo observadas. Se acordó de la segunda vez que había visto a Clary, a través de la sala principal del Java Jones. Ella se había estado riendo y hablando con Simon como lo hacía ahora. Recordó el giro pocofamiliar de los celos en su pecho, quitándole el aliento, la sensación de satisfacción cuando ella había dejado detrás de Simon para venir y hablar con él.
Las cosas cambiaron. Había pasado de ser devorado por los celos de Simon a respetarle a regañadientes por su tenacidad y valentía a considerarlo realmente un amigo, aunque dudaba que alguna vez lo dijera en voz alta. Jace observó mientras Clary lo miraba y le lanzaba un beso, con su pelo rojo rebotando en su cola de caballo. Era tan pequeña, delicada, como una muñeca había pensado una vez, antes de que haber aprendido lo fuerte que era.
Ella se dirigió hacia Jace y Jordan, dejando a Simon correteando por el suelo rocoso donde estaban sentados Alec e Isabelle y desplomándose al lado de Isabelle, quien inmediatamente se inclinó para decirle algo, con la cortina de pelo negro ocultándole la cara.
Clary se detuvo frente a Jace, balanceándose sobre sus talones con una sonrisa.
—¿Cómo va?
—Jordan quiere que piense en la playa —dijo Jace con tristeza.
—Es terco —le dijo Clary a Jordan—. Lo que quiere decir es que lo aprecia.
—En realidad, no —dijo Jace.
Jordan soltó un bufido.
—Sin mí estaría rebotando por Madison Avenue, disparando chispas por todos sus orificios. —Se puso de pie, encogiéndose de hombros en su chaqueta verde—. Tu novio está loco —le dijo a Clary.
—Sí, pero está bueno —dijo Clary—. Así que eso es todo.
Jordan hizo una mueca, pero tenía buen carácter.
—Voy a salir —dijo—. He quedado con Maia en el centro. —Le dio un saludo burlón y se fue, deslizándose entre los árboles y desapareciendo con lasuavidad silenciosa del lobo que tenía bajo de la piel. Jace lo miró irse. Salvadores inverosímiles, pensó. Hacía seis meses no habría creído a nadie que le dijera que iba a terminar tomando lecciones de comportamiento con un hombre lobo.
Jordan, Simon y Jace habían entablado una especie de amistad en los últimos meses. Jace no podía evitar usar su apartamento como un refugio, lejos de las presiones diarias del Instituto, lejos de los recordatorios de que la Clave todavía se preparaba para la guerra con Sebastian.
Erchomai. La palabra pasó por la mente de Jace como el roce de una pluma, haciéndole temblar. Vio las alas de un ángel, arrancadas de su cuerpo, tendidas en un charco de sangre dorada.
Estoy en camino. *** Sintió una punzada, Jace, cuando ella lo había conocido, había estado tan controlado, con sólo un poco de su verdadero yo escapándose a través de las grietas en su armadura personal, como la luz a través de las grietas en la pared. Le había costado mucho tiempo romper esas defensas. Ahora, sin embargo, el fuego en sus venas le obligaba a volver a levantarlas, a morder sus emociones por razones de seguridad. Pero cuando el fuego se hubiera ido, ¿sería capaz de desmantelarlas nuevo?
Él parpadeó, de vuelta por su voz. El sol de invierno estaba alto y frío; le agudizaba los huesos de la cara y ponía en relieve las sombras bajo sus ojos. Él le tomó la mano con una respiración profunda.
—Tienes razón —dijo silenciosamente con una voz grave reservada sólo para ella—. Eso está ayudando, las lecciones con Jordan. Están ayudando, y lo aprecio.
—Lo sé. —Clary curvó su mano alrededor de su muñeca. Su piel estaba caliente bajo sus dedos; parecía estar varios grados más caliente de lo normaldesde su encuentro con Gloriosa. Su corazón aún latía con su familiar ritmo constante, pero la sangre que iba a través de sus venas parecía retumbar bajo sus dedos, con la energía cinética de un fuego a punto de prender.
Se puso de puntillas para besarle en la mejilla, pero él se giró y sus labios se rozaron. No habían hecho nada más que besarse desde que el incendio había comenzado a cantar en su sangre, e incluso eso había sido con cuidado. Jace tuvo cuidado ahora, con la boca deslizándose suavemente contra la de ella, con su mano agarrándole el hombro. Por un momento estuvieron cuerpo a cuerpo, y sintió el repiqueteo y el pulso de su sangre. Se movió para acercarla más, y una chispa fuerte y seca pasó entre ellos, como la chispa de electricidad estática.
Jace interrumpió el beso y dio un paso atrás con una exhalación, antes de que Clary pudiera decir nada, un coro de aplausos sarcásticos estalló desde la colina cercana. Simon, Isabelle y Alec los saludaron. Jace se inclinó mientras Clary retrocedía ligeramente avergonzada, enganchándose los pulgares en el cinturón de sus pantalones vaqueros.
Jace suspiró.
—¿Nos unimos a nuestros amigos, los molestos mirones?
—Por desgracia, esa es la única clase de amigos que tenemos. —Clary chocó su hombro contra su brazo y se dirigieron hacia las rocas. Simon e Isabelle se sentaron uno junto al otro, hablando en voz baja. Alec lo hacía un poco aparte, mirando la pantalla de su teléfono con una expresión de intensa concentración.
Jace se tiró al suelo al lado de su parabatai.
—He oído que si te quedas mirando eso lo suficiente, suena.
—Le ha estado enviando mensajes de texto a Magnus —dijo Isabelle, mirándole con una mirada de desaprobación.
—No lo he hecho —dijo Alec automáticamente.
—Sí, lo has hecho —dijo Jace, estirando el cuello para mirar por encima del hombro de Alec—. Y le has llamado. Puedo ver las llamadas salientes.—Es su cumpleaños —dijo Alec, cerrando de un tirón el teléfono. Él parecía más pequeño en estos días, casi flaco en su desgastado suéter azul con agujeros en los codos y los labios mordidos y agrietados. El corazón de Clary se rompía por él. Se había pasado la primera semana después de que Magnus había roto con él en una especie de aturdimiento de tristeza e incredulidad. Ninguno de ellos realmente lo podía creer. Siempre había pensado que Magnus amaba a Alec, de verdad lo amaba, claramente Alec había pensado lo mismo—. No quiero que piense que lo he hecho, que piense que lo he olvidado.
—Estás suspirando —dijo Jace.
Alec se encogió de hombros.
—Mira quien habla. “Oh, la amo. Oh, ella es mi hermana. Oh, por qué, por qué, por qué.”
Jace le tiró un puñado de hojas secas a Alec, haciéndole farfullar.
Isabelle se reía.
—Sabes que tiene razón, Jace.
—Dame tu teléfono —dijo Jace, haciendo caso omiso de Isabelle—. Vamos, Alexander.
—No es asunto tuyo —dijo Alec, sosteniendo el teléfono lejos—. Olvídalo, ¿de acuerdo?
—No comes, no duermes, miras fijamente el teléfono, ¿y se supone que debo olvidarlo? —dijo Jace. Había una sorprendente cantidad de agitación en su voz; Clary sabía lo mal que había estado porque Alec fuera infeliz, pero no estaba segura de que Alec lo supiera. En circunstancias normales Jace habría matado, o al menos amenazado, a cualquier persona que lastimara a Alec; pero esto era diferente. A Jace le gustaba ganar, pero no podías ganar con un corazón roto, ni siquiera con el de otro. Ni siquiera con el de alguien a quien amabas.
Jace se inclinó y cogió el teléfono de la mano de su parabatai. Alec protestó y trató de cogerlo, pero Jace le mantuvo a raya con una mano expertamientras se desplazaba por los mensajes en el teléfono con la otra—.Magnus, solo devuélveme la llamada. Necesito saber que estás bien. —Negó con la cabeza
—Está bien, no. Simplemente no. —Con un movimiento decisivo, partió el teléfono por la mitad. La pantalla se quedó en blanco mientras Jace dejaba caer los pedazos al suelo—. No.
Alec miró los fragmentos dispersos con incredulidad.
—Me has ROTO el TELÉFONO.
Jace se encogió de hombros.
—Los chicos no dejan que otros chicos sigan llamando a otros chicos. Bueno, eso sonó mal. Los amigos no dejan que sus amigos sigan llamando y colgando a sus ex novios. En serio. Tienes que parar.
Alec lucía furioso.
—¿Así que rompiste mi teléfono nuevo? Muchas gracias.
Jace sonrió serenamente y se recostó en la roca.
—De nada.
—Mira el lado bueno —dijo Isabelle—. No vas a poder recibir más textos de mamá. Ella me envió un mensaje seis veces hoy. Apagué el teléfono. —Ella se palmeó el bolsillo con una mirada significativa.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó Simon.
—Reuniones constantes —dijo Isabelle—. Testimonios. La Clave sigue queriendo escuchar lo que pasó cuando luchamos contra Sebastian en el Burren. Todos hemos tenido que rendir cuentas, como, cincuenta veces. Cómo Jace absorbió el fuego celestial de Gloriosa. Descripciones de los Cazadores Oscuros, la Copa Infernal, el armamento que utilizaban, las runas que llevaban. Lo que llevamos, lo que llevaba Sebastian, lo que todo el mundo llevaba... como sexo telefónico pero aburrido.
Simon hizo un sonido ahogado.—Lo que creemos que Sebastian quiere —añadió Alec—. Cuando va a volver. Lo que va a hacer cuando lo haga.
Clary apoyó los codos en las rodillas.
—Siempre es bueno saber que la Clave tiene un plan confiable y bien pensado.
—No quieren creerlo —dijo Jace, mirando al cielo—. Ese es el problema. No importa cuántas veces les digamos lo que vimos en el Burren. No importa cuántas veces les digamos lo peligrosos que son los Cazadores Oscuros. No quieren creer que los Nefilim podrían estar realmente dañados. Esos Cazadores de Sombras podrían matar Cazadores de Sombras.
Clary había estado allí cuando Sebastian había creado los primeros Cazadores Oscuros. Había visto el vacío en sus ojos, la furia con la que habían luchado. Le aterrorizaba.
—Ya no son Cazadores de Sombras —añadió en voz baja—. No son personas.
—Es difícil creerlo si no lo has visto —dijo Alec—. Y Sebastian sólo tiene algunos. Una pequeña fuerza dispersa, no quieren creer que sean realmente una amenaza. O, si es una amenaza, prefieren creer que era más una amenaza para nosotros, Nueva York, que para los Cazadores de Sombras en general
—No están equivocados sobre que si Sebastian se preocupa por algo es por Clary —dijo Jace, y Clary sintió un escalofrío en la espalda, una mezcla de repugnancia y aprensión—. Él realmente no tiene emociones. No como nosotros. Pero, si las tuviera, sería por ella. Y los tiene por Jocelyn. La odia. —Hizo una pausa, pensativo—. Pero no creo que sea probable que ataque directamente aquí. Demasiado... obvio.
—Espero que le dijeras a la Clave esto —dijo Simon.
—Alrededor de un millar de veces —dijo Jace—. No creo que tengan en particular a mis ideas en una alta estima.Clary se miró las manos. Había sido destituida por la Clave, al igual que el resto de ellos; les había dado respuestas a todas sus preguntas. Aún había cosas sobre Sebastian que no les había dicho, que no había contado a nadie. Las cosas que le había dicho que quería de ella.
No había soñado mucho desde que volvieron desde el Burren con las venas de Jace llenas de fuego, pero, cuando tenía pesadillas, eran sobre su hermano.
—Es como tratar de luchar contra un fantasma —dijo Jace—. No pueden rastrear a Sebastian, no le pueden encontrar, no encuentran los Cazadores de Sombras que ha cambiado.
—Están haciendo lo que pueden —dijo Alec—. Están apuntalando las protecciones alrededor de Idris y Alicante. Todas las salas, de hecho. Han enviado a decenas de expertos a la isla de Wrangel.
La isla de Wrangel era la sede de todas las salas del mundo, los conjuros que protegían el mundo, e Idris en particular, de los demonios y la invasión demoníaca. La red de salas no eran perfectas, y los demonios se deslizaba a través a veces de ellas de todos modos, pero Clary sólo podía imaginar lo mal que la situación sería si no existieran las salas.
—Oí a mamá decir que los brujos del Laberinto en Espiral han estado buscando una manera de revertir los efectos de la Copa Infernal —dijo Isabelle—. Sería más fácil si tuvieran cuerpos para estudiar por supuesto...
Se interrumpió, y Clary sabía por qué. Los cuerpos de los Cazadores Oscuros que murieron en el Burren habían sido traídos de vuelta a Ciudad de Hueso para que los Hermanos Silenciosos los examinaran. Los Hermanos nunca habían tenido la oportunidad. Durante la noche los cuerpos se habían podrido hasta ser el equivalente a cadáveres de hace una década. No había habido nada que hacer sino quemar los restos.
Isabelle encontró su voz de nuevo:
—Y las Hermanas de Hierro están produciendo armas. Estamos recibiendo miles de cuchillos serafines, espadas, chakhrams, todo... forjado confuego celestial. —Miró a Jace. En los días inmediatamente posteriores a la batalla en el Burren, cuando el fuego se había desatado a través de las venas de Jace con violencia suficiente para hacer gritarle por el dolor a veces, los Hermanos Silenciosos le había examinado una y otra vez, habían probado con hielo y fuego, con metal bendito y hierro frío, tratando de ver si había alguna manera de sacarle el fuego, de contenerlo.
No habían encontrado ninguna. El fuego de Gloriosa, después de haber sido capturado una vez en una hoja, no parecía tener prisa para habitar otra, o incluso para abandonar el cuerpo de Jace hacia cualquier tipo de objeto. El Hermano Zachariah le había dicho a Clary que en los primeros días de los Cazadores de Sombras, los Nefilim habían tratado de capturar el fuego celestial en un arma, algo que pudiera ser empuñado contra los demonios. Nunca lo había conseguido y, finalmente, los cuchillos serafín se habían vuelto sus armas preferidas. Al final, otra vez, los Hermanos Silenciosos se habían rendido. El fuego de Gloriosa se acurrucó en las venas de Jace como una serpiente, y lo mejor que podían esperar era controlarlo para que no lo destruyera.
El fuerte pitido de un mensaje de texto sonó; Isabelle había encendió su teléfono otra vez.
—Mamá dice que volvamos al Instituto ahora —dijo—. Hay alguna reunión. Tenemos que estar en ella. —Se levantó, sacudiéndose la suciedad del vestido—. Te invitaría —le dijo a Simon—, pero, ya sabes, prohibido por ser un no-muerto y todo.
—Ya recordaba eso —dijo Simon, poniéndose de pie. Clary gateó y tendió una mano hacia Jace. Él la tomó y se puso de pie.
—Simon y yo nos vamos de compras navideñas —dijo—. Y ninguno de vosotros puede venir, porque tenemos que conseguir vuestros regalos.
Alec lucía horrorizado.
—Oh, Dios. ¿Eso significa que tengo que conseguirles regalos?
Clary negó con la cabeza.—¿No celebran los Cazadores de Sombras… ya sabes, la Navidad? —Recordó de pronto la angustiante cena de Acción de Gracias en casa de Luke donde Jace, al pedirle que cortara el pavo, había cortado el ave con una espada hasta que no había quedado nada más que pequeños copos de pavo. ¿Tal vez no?
—Intercambiamos regalos, honramos el cambio de las estaciones —dijo Isabelle—. Solía haber una fiesta de invierno del Ángel. Se celebraba el día en que los Instrumentos Mortales fueron entregados a Jonathan Shadowhunter. Sin embargo, creo que los Cazadores de Sombras se enfadaron con quedar fuera de todas las fiestas mundanas, por lo que una gran cantidad de Institutos tienen fiestas de Navidad. El de Londres es famoso. —Se encogió de hombros—. Simplemente no creo que vayamos a hacerlo… este año.
—Oh. —Clary sentía horrible. Por supuesto que no querían celebrar la Navidad después de perder a Max—. Bueno, dejadnos compraros regalos, por lo menos. No tiene porqué ser una fiesta, ni nada de eso.
—Exactamente. —Simon alzó los brazos—. Tengo que comprar regalos de Hanukkah. Es el mandato de la ley judía. El Dios de los Judíos es un Dios enfadado. Y muy orientado a los regalos.
Clary le sonrió. Le resultaba más fácil y más fácil de decir la palabra "Dios" en estos días.
Jace suspiró y besó a Clary —un rápido roce de despedida de sus labios contra su sien, pero la hizo temblar. No ser capaz de tocar o besar a Jace correctamente comenzaba a hacerla saltar. Le había prometido que nunca tendría importancia, que lo amaría aunque nunca pudieran tocarse de nuevo, pero lo odiaba de todos modos, odiaba perder la tranquilidad de la forma en que siempre habían encajado físicamente.
—Hasta luego —dijo Jace—. Voy a volver con Alec e Izzy.
—No, no lo harás —dijo Isabelle inesperadamente—. Has roto el teléfono de Alec. Por supuesto, todos hemos estado queriendo hacer esto desde hace semanas.—ISABELLE —dijo Alec.
—Pero el hecho es que eres su parabatai, y eres el único que no ha ido a ver a Magnus. Ve a hablar con él.
—¿Y decirle qué? —dijo Jace—. No puedes hablar con alguien para que no rompa contigo… O tal vez puedes —se apresuró a añadir, al ver la expresión de Alec—. ¿Quién puede decirlo? Voy a darle una oportunidad.
—Gracias. —Alec dio una palmada en el hombro a Jace—. He oído que puedes ser encantador cuando quieras.
—He escuchado lo mismo —dijo Jace, rompiendo a correr hacia atrás. Era gracioso incluso haciendo eso, pensó Clary pensó sombríamente. Y sexy. Definitivamente sexy. Levantó la mano en un adiós a medias.
—Hasta luego —gritó. Si no estoy muerta de la frustración para entonces. *** Los Fray nunca habían sido una familia especialmente religiosa, pero Clary amaba la Quinta Avenida en época navideña. El aire olía a castañas asadas dulces y los escaparates brillaban en color plata y azul, verde y rojo. Este año había copos de nieve cristalinos, redondos y gordos unidos a cada farola, devolviendo la luz del sol de invierno con rayos de oro. Por no mencionar el enorme árbol en el edificio Rockefeller Center. Arrojaba su sombra sobre ellos cuando ella y Simon pasaron por la puerta al lado de la pista de patinaje, viendo a los turistas caerse cuando trataban de patinar por el hielo.
Clary tenía un chocolate caliente en sus manos, con la calidez extendiéndose por su cuerpo. Se sentía casi normal —esto, ir a la Quinta para ver los escaparates y el árbol, había sido una tradición de invierno para ella y Simon desde que podía recordar.
—Como en los viejos tiempos, ¿no? —dijo él, haciéndose eco de sus pensamientos mientras apoyaba la barbilla sobre sus brazos cruzados.
Ella se arriesgó a echarle una mirada de reojo. Llevaba un abrigo negro y una bufanda que hacía hincapié en la palidez de su piel. Sus ojos estabanensombrecidos, lo que indicaba que no se había alimentado recientemente. Se veía como lo que era: un hambriento vampiro cansado.
Bueno, pensó. Casi como en los viejos tiempos.
—Más gente para la que comprar regalos —dijo ella—. Además de la siempre traumática pregunta de “¿qué comprarle a alguien para la primera Navidad desde que han comenzado a salir?”
—¿Qué comprar al Cazador de Sombras que lo tiene todo? —dijo Simon con una sonrisa.
—A Jace le gustan sobre todo las armas —dijo Clary—. Le gustan los libros, pero tienen una enorme biblioteca en el Instituto. Le gusta la música clásica… —Ella se iluminó. Simon era músico; a pesar de que su banda fuera terrible y siempre estuviera cambiando de nombre, ahora eran Suflé Letal, él tenía práctica—. ¿Qué le darías a alguien al que le gusta tocar el piano?
—Un piano.
—Simon.
—¿Un metrónomo realmente enorme que también funcione como arma?
Clary suspiró, exasperada.
—Partituras. Rachmaninoff es algo difícil, pero le gustan los desafíos.
—Buena idea. Voy a ver si hay una tienda de música por aquí. —Clary, con su chocolate caliente terminado, arrojó la taza en un bote de basura cercano y sacó su teléfono—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué le vas a comprar a Isabelle?
—No tengo la menor idea —dijo Simon. Habían comenzado a ir dirección a la avenida, donde un flujo constante de peatones sorprendidos frente a las ventanas obstruía las calles.
—Oh, vamos. Isabelle es fácil.
—Es de mi novia de quien estás hablando. —Las cejas de Simon se juntaron—. Creo. No estoy seguro. No hemos hablado de ello. La relación, quiero decir.—Realmente tienes que DLR5, Simon.
—¿Qué?
—Definir la relación. Lo que es, a dónde va. ¿Sois novio y novia, estais divirtiéndoos, "es complicado", o qué? ¿Cuándo vais a decírselo a sus padres? ¿Puedes ver a otras personas?
Simon se puso pálido.
—¿Qué? ¿En serio?
—En serio. Mientras tanto ¡perfume! —Clary agarró a Simon por la parte trasera de su chaqueta y lo arrastró a una tienda de cosméticos. Era enorme, con hileras de relucientes botellas por todas partes—. Y algo inusual —dijo, dirigiéndose a la zona de las fragancias—. Isabelle no va a querer oler como todos los demás. Va a querer oler como higos, o lavanda…
—¿Higos? ¿Los higos tienen olor? —Simon lucía horrorizado; Clary estaba a punto de reírse de él cuando su teléfono sonó. Era su madre.
¿DÓNDE ESTÁS?
Clary puso los ojos y envió un mensaje de vuelta. Jocelyn todavía se ponía nervioso cuando pensaba que Clary había salido con Jace. A pesar de que, como había señalado Clary, Jace era probablemente el novio más seguro del mundo desde que tenían prácticamente prohibido: (1) enfadarse, (2) hacer avances sexuales y (3) hacer cualquier cosa que pudiera producir una descarga de adrenalina.
Por otra parte, había sido poseído; ella y su madre se habían visto mientras se quedaba de pie y dejaba que Sebastian amenazara a Luke. Clary todavía no había hablado de todo lo que había visto en el apartamento que había compartido con Jace y Sebastian por ese breve tiempo fuera del tiempo, una mezcla de sueño y pesadilla. Nunca le había dicho a su madre que Jace había matado a alguien; había cosas que Jocelyn no necesitaba saber, cosas a las que Clary misma no quería enfrentarse.--- 5 DLR: Siglas para Definir La Relación. --- —Hay tantas cosas en esta tienda que me imagino que Magnus quiere —dijo Simon, cogiendo una botella de cristal que hacía brillar el cuerpo con algún tipo de aceite—. ¿Va en contra de algún tipo de regla comprarle regalos para alguien que rompió con tu amigo?
—Supongo que depende. ¿Es Magnus tu amigo más cercano, o Alec?
—Alec se acuerda de mi nombre —dijo Simon, y bajó la botella—. Y me siento mal por él. Entiendo por qué lo hizo Magnus, pero Alec está destrozado. Siento que si alguien te ama debe perdonarte si estás realmente arrepentido.
—Creo que depende de lo que hicieras —dijo Clary—. No me refiero a Alec, solo quiero decir en general. Estoy segura de que Isabelle te perdonaría cualquier cosa —se apresuró a añadir.
Simon lucía dudoso.
—No te muevas —anunció ella, blandiendo una botella cerca de su cabeza—. En tres minutos voy a olerte el cuello.
—Bueno, nunca lo haría —dijo Simon—. Voy a decirte que has esperado mucho tiempo para hacer tu movimiento, Fray.
Clary no se molestó con una réplica inteligente; todavía estaba pensando en lo que Simon había dicho acerca del perdón, y recordando a alguien más, la voz, cara y ojos de otra persona. Sebastian sentado frente a ella en una mesa en París. ¿Crees que puedas perdonarme? Quiero decir si crees que el perdón es posible para alguien como yo.
—Hay cosas que nunca se pueden perdonar —dijo—. Nunca podré perdonar a Sebastian
—No lo amas.
—No, pero es mi hermano. Si las cosas fueran diferentes… —Pero no lo son. Clary abandonó el pensamiento, y se inclinó para inhalar—. Hueles como a higos y albaricoques.
—¿De verdad crees que Isabelle quiere oler como un plato de frutas secas?—Puede que no. —Clary cogió otra botella—. Entonces, ¿qué vas a hacer?
—¿Cuándo?
Clary alzó la vista para hacer la pregunta de cómo un nardo era diferente de una rosa regular, para vio a Simon mirándola con asombro en sus ojos marrones. Ella dijo:
—Bueno, no puedes vivir con Jordan para siempre, ¿no? Hay universidad...
—Tú no vas a ir a la universidad —dijo él.
—No, pero soy una Cazadora de Sombras. Seguimos estudiando después de los dieciocho, somos destinados a otros Institutos, esa es nuestra universidad.
—No me gusta la idea de que desaparezcas. —Él se metió las manos en los bolsillos de su abrigo—. No puedo ir a la universidad —dijo—. Mi madre no va a pagar por ello, y no puedo sacar préstamos estudiantiles. Estoy legalmente muerto. Y, además, ¿cuánto tiempo tardarán todos en notar que envejecen pero yo no? Los adultos de la universidad no lucen de dieciséis, no sé si lo has notado.
Clary dejó la botella.
—Simon...
—Tal vez debería comprarle algo a mi mamá —dijo él con amargura—. ¿Qué diga “Gracias por echarme de casa y fingir que morí”?
—¿Orquídeas?
Pero el estado de ánimo de broma de Simon se había ido.
—Tal vez no es como en los viejos tiempos —dijo—. Yo te habría comprado lápices, generalmente, materiales de arte, pero ya no dibujas, ¿verdad? ¿Excepto con tu estela? Tú no dibujas y yo no respiro. No como el año pasado.—Tal vez deberías hablar con Raphael —dijo Clary.
—¿Raphael?
—Él sabe cómo viven los vampiros —dijo Clary—. Cómo se hacen vidas, cómo hacen dinero, cómo consiguen apartamentos, él sabe esas cosas. Podría ayudar.
—Podría, pero no lo hará —dijo Simon, con el ceño fruncido—. No he oído nada del Dumort desde que Maureen tomó el relevo de Camille. Sé que Raphael es su segundo al mando. Estoy bastante seguro de que todavía cree que tengo la marca de Caín; de lo contrario, ya habría enviado a alguien detrás de mí. Cuestión de tiempo.
—No. Saben que no deben molestarte. Sería una guerra con la Clave. El Instituto ha sido muy claro —dijo Clary—. Estás protegido.
—Clary —dijo Simon—. Ninguno de nosotros está protegido.
Antes de que Clary pudiera contestar, oyó que alguien la llamaba por su nombre, completamente desconcertada, miró y vio a su madre empujando a través de una multitud de compradores. A través de la ventana podía ver a Luke, esperando afuera, en la acera. Parecía fuera de lugar con su camisa de franela entre los elegantes neoyorquinos.
Saliendo de la multitud, Jocelyn llegó para ellos y echó los brazos alrededor de Clary. Clary miró por encima del hombro de su madre, desconcertada, a Simon. Él se encogió de hombros. Jocelyn finalmente la soltó y dio un paso atrás.
—Estaba tan preocupado de que te hubiera sucedido algo…
—¿En Sephora? —dijo Clary.
Jocelyn frunció el ceño.
—¿No has oído? Creía que Jace ya te habría enviado un mensaje de texto.
Clary sintió un frío repentino pasarle por las venas, como si se hubiera tragado agua helada.—No. ¿Qué está pasando?
—Lo siento, Simon —dijo Jocelyn—. Pero Clary y yo tenemos que ir al Instituto de inmediato. *** La casa de Magnus no había cambiado mucho desde la primera vez que Jace había estado allí. La misma pequeña entrada y una sola bombilla amarilla. Jace utilizó una runa de abrir para entrar por la puerta principal, subió las escaleras de dos en dos y tocó la campana del apartamento de Magnus. Más seguro que usar otra runa, pensó. Después de todo, Magnus podría estar jugando a videojuegos desnudo o, realmente, hacer prácticamente cualquier cosa. ¿Quién sabía lo que los brujos hacían en su tiempo libre?
Jace tocó de nuevo, esta vez apoyándose firmemente en el timbre de la puerta. Otros dos zumbidos largos y Magnus finalmente abrió la puerta, luciendo furioso. Llevaba una bata de seda negra sobre una camisa blanca y pantalones de tweed. Sus pies estaban desnudos, su pelo oscuro enredado y allí había una sombra de barba en su mandíbula.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exigió.
—Vaya, vaya —dijo Jace—. Qué poco acogedor.
—Eso es porque no eres bienvenido.
Jace enarcó una ceja.
—Pensé que éramos amigos.
—No. Eres amigo de Alec. Alec era mi novio, así que tenía que aguantarte. Pero ahora él no es mi novio, así que no tengo que hacerlo. No es que alguno de vosotros no parezca darse cuenta de ello. Debes ser, qué ¿el cuarto?, de vosotros que me molesta. —Magnus contó con los dedos largos—. Clary. Isabelle. Simon…
—¿Simon vino?
—Pareces sorprendido.—No creo que él invirtiera en tu relación con Alec.
—No tengo una relación con Alec —dijo Magnus rotundamente, pero Jace ya había pasado más allá de él y estaba en su sala de estar, mirando a su alrededor con curiosidad.
Una de las cosas que siempre le habían gustado en secreto del apartamento de Magnus era que rara vez lucía de la misma forma dos veces. A veces era un gran y moderno loft. A veces parecía un burdel francés o un fumadero de opio victoriano, o el interior de una nave espacial. Sin embargo, ahora era desordenado y oscuro. Las pilas de viejas cajas de comida china cubrían la mesa de café. Presidente Miau yacía sobre la alfombra de trapo, con las cuatro patas delante de sí como si fuera un ciervo muerto.
—Huele como a desamor aquí —dijo Jace.
—Eso es la comida china. —Magnus se arrojó sobre el sofá y estiró sus largas piernas—. Vamos, terminemos con esto. Di lo que has venido a decir.
—Creo que deberías volver con Alec —dijo Jace.
Magnus puso los ojos en blanco.
—¿Y por qué es eso?
—Porque él es miserable —dijo Jace—. Y lo siente. Siente lo que hizo. No va a hacerlo de nuevo.
—Oh, ¿no va a planear a escondidas con una de mis ex acortar mi vida de nuevo? Muy noble por su parte.
—Magnus…
—Además, Camille ha muerto. No puede hacerlo de nuevo.
—Sabes lo que quiero decir —dijo Jace—. No va a mentirte ni engañarte ni ocultarte cosas ni lo que sea por lo que estás realmente molesto. —Se dejó caer en una silla de cuero y levantó una ceja—. ¿Y?
Magnus rodó sobre su costado.—¿Qué te importa si Alec es miserable?
—¿Qué me importa? —dijo Jace, tan fuerte que Presidente Meow se sentó de golpe con maullido, como si hubiera sido sorprendido—. Por supuesto que me importa Alec, es mi mejor amigo, mi parabatai. Y es infeliz. Y tú también, por el aspecto de las cosas. Quitando los envases de comida por todas partes, no has hecho nada para arreglar el lugar, y tu gato parece muerto.
—No está muerto.
—Me preocupo por Alec —dijo Jace, fijando en Magnus una mirada firme—. Me preocupo por él más que por mí mismo.
—¿Nunca piensas —meditó Magnus, tirando un poco para pelarse el esmalte de uñas—, que todo el asunto de los parabatai es bastante cruel? Puedes elegir a tu parabatai, pero nunca puedes deselegirlos. Ni siquiera si se vuelven contra ti. Mira a Luke y Valentine. Y, aunque tu parabatai es la persona a la que eres más cercana en todo el mundo, en cierto modo, no puedes enamorarte de ellos. Y si mueren, una parte de ti muere también.
—¿Cómo sabes tanto sobre parabatai?
—Sé sobre los Cazadores de Sombras —dijo Magnus, palmeando el sofá junto a él para que Presidente diera un salto sobre los cojines y le dio un golpe a Magnus con la cabeza. Los largos dedos del brujo se hundieron en la piel del gato—. No tengo mucho tiempo. Sois criaturas extrañas. Todo frágileza y nobleza y humanidad, por un lado, y todo el fuego irreflexivo de los ángeles por el otro. —Sus ojos se movieron hacia Jace—. Tú en particular, Herondale, porque vostros teneis el fuego de los ángeles en la sangre.
—¿Has sido amigo de Cazadores de Sombras antes?
—Amigos —dijo Magnus—. ¿Qué significa eso, en realidad?
—Lo sabrías —dijo Jace—, si tuvieras alguno. ¿Los tienes? ¿Tienes amigos? Quiero decir, además de las personas que acuden a tus fiestas. La mayoría de la gente tiene miedo de ti, o parece que te debe algo o que dormiste con ellos una vez, pero amigos, no veo que tengas una gran cantidad de esos—Bueno, esto es nuevo —dijo Magnus—. Nadie del resto de su grupo ha intentado insultarme.
—¿Funciona?
—Si te refieres a si de repente me siento obligado a volver con Alec, no —dijo Magnus—. He desarrollado un deseo extraño de pizza, pero eso podría no estar relacionado.
—Alec dijo que harías eso —dijo Jace—. Desviar preguntas sobre ti mismo con chistes.
Magnus entrecerró los ojos.
—¿Y yo soy el único que hace eso?
—Exactamente —dijo Jace—. Tómalo de alguien que sabe. Odias hablar de ti mismo, y prefieres hacer enojar a la gente a ser compadecido. ¿Cuántos años tienes, Magnus? La respuesta real.
Magnus no dijo nada.
—¿Cuáles eran los nombres de tus padres? ¿El nombre de tu padre?
Magnus lo miró con sus ojos de oro verdoso.
—Si quisiera tumbarme en un sofá y quejarme de mis padres, contrataría a un psiquiatra.
—Ah —dijo Jace—. Pero mis servicios son gratis.
—Escuché eso de ti.
Jace sonrió y se deslizó en la silla. Había una almohada con un patrón de la Union Jack. La cogió y se la puso detrás de su cabeza.
—No tengo ningún sitio donde estar. Puedo sentarme aquí todo el día.
—Genial —dijo Magnus—. Voy a tomar una siesta. —Extendió una manta arrugada tirada en el suelo mientras el teléfono de Jace sonaba. Magnus miró, detenido a media acción, mientras Jace hurgaba en su bolsillo y abría el teléfono.Era Isabelle.
—¿Jace?
—Sí. Estoy en casa de Magnus. Creo que podría estar haciendo algunos progresos. ¿Qué pasa?
—Vuelve —dijo Isabelle, y Jace se sentó con la espalda recta mientras la almohada caía al suelo. Su voz era tensa. Podía oírla nítida como las notas de un piano fuera mal sintonizado—. Al Instituto. De inmediato, Jace.
—¿Qué es? —preguntó él—. ¿Qué ha pasado? —Y vio a Magnus sentarse también, dejando la manta.
—Sebastian —dijo Isabelle.
Jace cerró los ojos. Vio la sangre dorada y plumas blancas esparcidas por el suelo de mármol. Recordó el apartamento, un cuchillo en sus manos, el mundo a sus pies, el agarre de Sebastian en su muñeca, esos ojos negros insondables mirándolo con diversión oscura. Hubo un zumbido en sus oídos.
—¿Qué es? —La voz de Magnus entró en los pensamientos de Jace. Se dio cuenta de que ya estaba en la puerta, con el teléfono en el bolsillo. Se dio la vuelta. Magnus estaba detrás de él, con una expresión rígida—. ¿Es Alec? ¿Está bien?
—¿Qué te importa? —dijo Jace, y Magnus se estremeció. Jace creía no haber visto nunca inmutarse a Magnus. Era la única cosa que evitó que Jace cerrase de golpe la puerta al salir. *** Había docenas de abrigos y chaquetas desconocidas colgando en la entrada del Instituto. Clary sintió el zumbido estricto de la tensión en los hombros mientras abría la cremallera de su propio abrigo de lana y lo colgaba en uno de los ganchos que se alineaban en las paredes.
—¿Y Maryse no dijo de qué se trataba? —exigió. Su voz había subido por la ansiedad.Jocelyn había desenrollado una bufanda gris larga de su cuello, y apenas la miró mientras Luke se la quitaba y la colocaba en un gancho. Sus ojos verdes danzaban alrededor de la habitación, a la puerta del ascensor, el techo arqueado, los murales descoloridos de hombres y ángeles.
Luke negó con la cabeza.
—Sólo que no había habido un ataque a la Clave, y que nosotros teníamos que llegar lo más rápido posible.
—Es la parte del "nosotros" lo que me preocupa. —Jocelyn se recogió el pelo en un moño en la nuca, y lo aseguró con sus dedos—. No he estado en el Instituto en años. ¿Por qué me quieren aquí?
Luke le apretó el hombro para tranquilizarla. Clary sabía lo que Jocelyn temía, lo que todos temían. La única razón por la que la Clave querría a Jocelyn aquí era si había noticias de su hijo.
—Maryse dijo que estaría en la biblioteca —dijo Jocelyn. Clary dirigió la marcha. Podía oír a Luke y a su madre hablando detrás de ella y el suave sonido de sus pasos, Luke más lento de lo normal. No se había recuperado totalmente de la lesión que casi lo había matado en noviembre.
Sabes por qué estás aquí, ¿no? respiró una voz suave dentro de su cabeza. Ella sabía que no estaba realmente allí, pero eso no servía de nada. No había visto a su hermano desde la pelea en el Burren, pero lo llevaba en una pequeña parte de su mente, un fantasma desagradablemente intrusivo. Por mi culpa. Siempre supiste que no me había ido para siempre. Te dije lo que pasaría. Te lo dije.
Erchomai.
Estoy en camino.
Habían llegado a la biblioteca. La puerta estaba entreabierta, y un murmullo de voces se derramaba a través de ella. Jocelyn se detuvo por un momento, con la expresión tensa.
Clary puso la mano en el picaporte.—¿Estás lista? —No se había dado cuenta hasta entonces de lo que llevaba su madre: vaqueros negros, botas y un jersey de cuello negro. Como si, sin pensar en ello, se hubiera puesto lo más parecido que tenía a un traje de batalla.
Jocelyn asintió hacia su hija.
Alguien había echado atrás todos los muebles de la biblioteca, despejando un espacio grande en el medio de la sala, justo encima del mosaico del Ángel. Allí se había colocado una gran mesa, una enorme losa de mármol en equilibrio sobre dos arrodillados ángeles de piedra. Alrededor de la mesa se sentaba el Cónclave. Algunos miembros, como Kadir y Maryse, a quienes Clary conocía por su nombre. Otros eran caras apenas conocidas. Maryse estaba de pie, marcando nombres con los dedos mientras cantaba en voz alta.
—Berlín —dijo—. No hay sobrevivientes. Bangkok. No hay sobrevivientes. Moscú. No hay sobrevivientes. Los Ángeles…
—¿Los Ángeles? —dijo Jocelyn—. Eso fue a los Blackthorn. ¿Están…?
Maryse se veía sobresaltada, como si no se hubiera dado cuenta de que Jocelyn había llegado. Sus ojos azules fueron a Luke y Clary. Parecía demacrada y exhausta, con el pelo peinado hacia atrás con severidad, con una mancha —¿de vino tinto o de sangre?— en la manga de su chaqueta a medida.
—Hubo sobrevivientes —dijo—. Niños. Están en Idris ahora.
—Helen —dijo Alec, y Clary pensó en la chica que había peleado con ellos contra Sebastian en el Burren. Se acordó de ella en la nave del Instituto, con un chico de pelo oscuro pegado a su muñeca. Mi hermano, Julian.
—La novia de Aline —soltó Clary, y vio al Cónclave mirarla con una hostilidad apenas disimulada. Siempre lo hacían, como si quien era ella y lo que representaba los hiciera casi no poder verla. Hija de Valentine. Hija de Valentine—. ¿Está bien?
—Se encontraba en Idris, con Aline —dijo Maryse—. Sus hermanos y hermanas más pequeños sobrevivieron, aunque parece haber habido un problema con el hermano mayor, Mark.—¿Un problema? —dijo Luke—. ¿Qué está pasando exactamente, Maryse?
—No creo que sepamos toda la historia hasta llegar a Idris —dijo Maryse, alisándose el pelo ya liso hacia atrás—. Pero ha habido ataques, varios en dos noches, en seis Institutos. No estamos todavía seguros de cómo se violaron los Institutos, pero sabemos…
—Sebastian —dijo la madre de Clary. Tenía las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones negros, pero Clary sospechaba que si no lo hubiera hecho, habría sido capaz de ver las manos de su madre estaban apretadas en puños—. Ve al grano, Maryse. Mi hijo. No me habrías llamado si él no fuera responsable. ¿Verdad? —Los ojos de Jocelyn encontraron los de Maryse, y Clary se preguntó si era así como había sido cuando ambas eran parte del Círculo; los bordes afilados de sus personalidades frotando uno con otro y causando chispas.
Antes de que Maryse pudiera hablar, la puerta se abrió y Jace entró y se barrió con el pelo frío, descubierto y despeinado por el viento. No llevaba guantes, tenía las puntas de los dedos rojas por el tiempo, marcadas con runas nuevas y viejas. Vio a Clary y le dio una rápida sonrisa antes de sentarse en una silla apoyada contra la pared.
Luke, como de costumbre, intentó hacer paz.
—¿Maryse? ¿Es Sebastian responsable?
Maryse respiró hondo.
—Sí, fue. Y tenía a los Cazadores Oscuros con él.
—Por supuesto que fue Sebastian —dijo Isabelle. Había estado mirando a la mesa, pero ahora levantó la cabeza. Su rostro era una máscara de odio y rabia—. Dijo que iba a venir, bueno, ahora ha llegado.
Maryse suspiró.
—Asumimos que atacaría Idris. Eso era lo que indicaba toda la inteligencia. No los Institutos.—Así que él hizo lo que no esperaban —dijo Jace—. Siempre hace lo que no esperas. Tal vez la Clave debería haber planeado algo para eso. —La voz de Jace cayó—. Te lo dije. Te dije que querría más soldados.
—Jace —dijo Maryse—. No estás ayudando.
—No trataba de hacerlo.
—Yo hubiera pensado que él atacaría primero aquí —dijo Alec—. Dado lo que Jace estaba diciendo antes, y es verdad, todos los que ama u odia están aquí.
—Él no ama a nadie —espetó Jocelyn.
—Mamá, déjalo —dijo Clary. El corazón le latía con fuerza, enfermo en su pecho, pero al mismo tiempo había una extraña sensación de alivio. Durante todo este tiempo esperaba que viniera Sebastian, y ahora lo había hecho. Ahora, la espera había terminado. Ahora la guerra iba a comenzar—. Entonces, ¿qué se supone que debemos hacer? ¿Fortalecer el Instituto? ¿Ocultarnos?
—Déjame adivinar —dijo Jace, con la voz llena de sarcasmo—. La Clave va a llamar a un Concejo. Otra reunión.
—La Clave ha pedido la evacuación inmediata —dijo Maryse, callando a todo el mundo, incluso Jace—. Todos los institutos han de vaciarse. Todos los Cónclaves deben regresar a Alicante. Las protecciones alrededor de Idris se duplicarán pasado mañana. Nadie podrá entrar o salir.
Isabelle tragó.
—¿Cuándo nos vamos de Nueva York?
Maryse se enderezó. Parte de su aire imperioso habitual estaba de vuelta, con la boca en una delgada una línea y la mandíbula apretada con determinación.
—Id y empaquetad —dijo—. Nos vamos esta noche.
StephRG14
StephRG14


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Cazadores de sombras - Página 2 Empty RE: CIUDAD DEL FUEGO CELESTIAL

Mensaje por StephRG14 el Dom 10 Mayo 2015, 3:02 pm

Capitulo 2
Aguantar o caer


Caminar era como ser sumergido en un baño de agua helada. Emma se irguió, arrancada del sueño, su broca abriéndose en un grito.
—¡Jules! ¡Jules!
Hubo un movimiento en la oscuridad, una mano en su brazo, y una repentina luz que hizo arder sus ojos. Emma jadeó y gateó hacia atrás, empujándose entre los almohadones. Se dio cuenta que estaba acostada en la cama, las almohadas apiladas detrás de su espalda, las sábanas retorcidas alrededor de su cuerpo en una sudorosa enredadera. Parpadeó en la oscuridad fuera de sus ojos, tratando de concentrarse.
Helen Blackthorn estaba inclinada sobre ella, con preocupados ojos verdes azulados y una luz mágica brillando en su mano. Estaban en una habitación con un abrupto tejado a dos aguas, inclinándose con fuerza al otro lado, como en una cabaña de cuento de Hadas. Una gran cama de madera con dosel estaba en el centro de la habitación, y en las sombras detrás de Helen, Emma podía ver muebles asomándose: un gran armario cuadrado, un largo sofá, una mesa con patas delgadas.
—¿D-Dónde estoy? —Jadeó Emma.
—Idris —dijo Helen, acariciando su brazo de manera tranquilizadora—. Lograste llegar a Idris, Emma. Estamos en el ático de la casa de los Penhallow.
—M-Mis padres. —Los dientes de Emma castañeaban—. ¿Dónde están mis padres?
—Llegaste a través del Portal con Julian —dijo Helen gentilmente, sin responder su pregunta—. De algún modo todos lo hicisteis; es un milagro, ya sabes. La Clave abrió el camino, pero el viaje a través del Portal es difícil. Dru llegó aferrándose a Tavvy, y por supuesto, los gemelos vinieron juntos. Y luego, cuando casi habíamos perdido la esperanza, vosotros dos. Estabas inconsciente, Em. —Ella cepilló el cabello de Emma fuera de su frente—. Estábamos tan preocupados. Deberías haber visto a Jules.
—¿Qué está pasando? —Demandó Emma. Se apartó del toque de Helen, no porque no le agradara Helen sino porque su corazón estaba latiendo con fuerza—. Qué sucedió con Mark y el Señor Blackthorn…
Helen vaciló.
—Sebastian Morgenstern ha atacado seis Institutos en los últimos días. O bien los asesinó a todos o los Convirtió. Puede usar la Copa Infernal para hacer que los Cazadores de Sombras no sean más ellos mismos.
—Lo vi hacerlo —murmuró Emma—. A Katerina. Y Convirtió a tu padre también. Lo iban a hacer con Mark, pero Sebastian no lo quiso porque tenía sangre de Hadas.
Helen se estremeció.
—Tenemos razones para pensar que Mark aún está vivo. —Dijo ella—. Fueron capaces de rastrearlo hasta el punto donde desapareció, pero las runas indican que no está muerto. Es posible que Sebastian lo tenga como rehén.
—Mis… mis padres —dijo Emma de nuevo, con la garganta seca esta vez. Sabía lo que significaba que Helen no hubiera respondido su pregunta la primera vez que la había hecho—. ¿Dónde están? No estaban en el Instituto, así que Sebastian no pudo haberlos lastimado.
—Em… —exhaló Helen. De repente parecía joven, casi tan joven como Jules—. Sebastian no solo ataca los Institutos; él asesina o toma miembros de la Cónclave de sus propias casas. Tus padres… la Clave trató de localizarlos, perono pudieron. Entonces sus cuerpos aparecieron en Marina del Rey6, sobre la playa, esta mañana. La Clave no sabe que pasó exactamente, pero…
La voz de Helen se fue apagando en una cadena de palabras sin sentido, palabras tales como “identificación positiva” y “cicatrices y marcas en los cuerpos” y “no hay evidencia recuperada.” Cosas como “en el agua por horas” y “no hay forma de trasladar los cadáveres” y “fueron dados todos los rituales funerarios adecuados, fueron quemados en la playa como ambos lo habían pedido, entiende que…”
Emma gritó. Primero fue un grito sin palabras, aumentando más y más, un grito que desgarraba su garganta y traía el sabor del metal a su boca. Era un grito de pérdida tan inmenso que no había forma de explicarlo. Era un llanto sin palabras, como si el cielo por encima de tu cabeza, el aire en tus pulmones fuera arrancado de ti para siempre. Ella gritó y gritó otra vez, y desgarró el colchón con sus mano hasta escarbo a través de él y hubieran plumas y sangre debajo de sus uñas. Helen estaba sollozando, tratando de sostenerla, diciendo:
—Emma, Emma, por favor, Emma, por favor.
Y luego más iluminación. Alguien había prendido una linterna en la habitación, y Emma escuchó su nombre, en una urgente y familiar voz suave, así que Helen la dejó ir y ahí estaba Jules, apoyado al borde de la cama y sosteniendo algo frente suyo, algo que brillaba dorado en la nueva luz severa.
Era Cortana. Desenvainada, tendida desnuda en sus palmas como una ofrenda. Emma pensó que aún estaba gritando, pero agarró la espada, las palabras parpadeando a través de la hoja, ardiendo a través de sus ojos: Soy una Cortana, del mismo acero y molde que Joyeuse y Durandal.
Escuchó la voz de su padre en su cabeza. Los Carstairs han portado esta espada por generaciones. La inscripción nos recuerda que los Cazadores de Sombres son armas de los Ángeles. Moldéanos en el fuego, y nos hacemos más fuertes. Cuando sufrimos, sobrevivimos.
Emma se atragantó, empujando de regreso los gritos, forzándolos a caer y silenciarse. Esto es lo que su padre quería decir: Como Cortana, tenía acero en --- 6Marina del Rey: Puerto ubicado en el condado de Los Ángeles, California. --- sus venas y estaba destinada a ser fuerte. Incluso si sus padres no estuvieran ahí para verlo, sería fuerte por ellos.
Abrazó la espada contra su pecho. Como desde una distancia escuchó a Helen exclamar e intentar llegar a ella, pero Julian, quien siempre sabía lo que Emma necesitaba, tiró de la mano de Helen. Los dedos de Emma estaban alrededor de la hoja y la sangre corría por su pecho y brazos, donde la punta laceraba su clavícula. No lo sentía. Meciéndose de atrás hacia adelante, se aferró a la espada como si fuera la única cosa que alguna vez había amado y dejó que la sangre se derramara en vez de las lágrimas. *** Simon no podía sacarse la sensación de déjá vu.
Había estado aquí antes, parado justo afuera del Instituto, viendo a los Lightwood desaparecer a través de un brillante Portal. Aunque, para ese entonces había llevado la Marca de Caín y el Portal había sido creado por Magnus, y esta vez estaba bajo la supervisión de una bruja de piel azul llamada Catarina Loss. En ese momento, había sido llamado porque Jace quería hablar con él sobre Clary antes de que desapareciera a otro país.
Esta vez, Clary estaba desapareciendo con ellos.
Él sintió la mano de ella en la suya, sus dedos rodeando ligeramente su muñeca. Todo el Cónclave —cerca de cada Cazador de Sombra en la ciudad Nueva York— había atravesado las puertas del Instituto y pasado a través del brillante Portal. Los Lightwood, como guardianes del Instituto, irían últimos. Simon había estado aquí desde que comenzó el crepúsculo, las barras del cielo rojo deslizándose por detrás de los edificios de la ciudad de Nueva York y ahora la luz mágica iluminaba la escena en frente de él, cogiendo los pequeños detalles vislumbrantes: el látigo de Isabelle, la chispa de fuego que saltaba del anillo familiar de Alec mientras hacia un gesto, los destellos del pálido cabello de Jace.
—Luce diferente —dijo Simon.Clary lo miró. Como el resto de los Cazadores de Sombras, ella estaba vestida en lo que Simon únicamente podría describir como una capa. Parecía ser que la forjaron durante el clima frio del invierno, hecha de un fuerte y aterciopelado material negro que se abrochaba en el pecho. Se preguntó dónde la había obtenido. Tal vez solo se lo facilitaron.
—¿Qué sucede?
—El Portal —dijo él. —Parece diferente a cuando Magnus lo hizo. Más… azul.
—¿Tal vez todos tienen diferentes estilos?
Simon miró en dirección a Catarina. Parecía enérgicamente eficiente, como una enfermera o una maestra de jardín. Definitivamente no como Magnus.
—¿Cómo está Izzy?
—Preocupada, creo. Todos están preocupados.
Hubo un corto silencio. Clary exhaló, su respiración flotando blanca en el aire frio.
—No me gusta que te vayas —dijo Simon, exactamente al mismo tiempo que Clary dijo—: No me gusta el irme y dejarte aquí.
—Estaré bien —dijo Simon—. Tengo a Jordan cuidándome. —En efecto, Jordan estaba ahí, sentado en la cima del muro que corría alrededor del Instituto y parecía alerta—. Y nadie intentó matarme en al menos dos semanas.
—No es divertido. —Clary frunció el entrecejo. El problema, reflexionó Simon, se cernía en que era difícil tranquilizar a alguien con que estarías bien cuando eras un Vampiro Diurno. Algunos vampiros querían a Simon de su lado, impacientes por beneficiarse de sus poderes inusuales. Camille había intentado reclutarlo, y los otros lo intentarían, pero Simon tenía la clara impresión de que la gran mayoría de los vampiros quería matarlo.
—Estoy seguro de que Maureen aún espera poner sus manos en mí —dijo Simon. Maureen era la líder del clan de los vampiros de Nueva York y creíaque estaba enamorada de Simon. Lo cual hubiera sido menos incomodo si no tuviera trece años—. Sé que la Clave advirtió a la gente que no me tocara, pero…
—Maureen quiere tocarte —dijo Clary con una sonrisa de lado—. Tocarte mal.
—Silencio, Fray.
—Jordan la mantendrá lejos de ti.
Simon miró inmediatamente hacia adelante. Había estado intentando no mirar a Isabelle, quien le había saludado solo con un breve hola desde que él había llegado al Instituto. Estaba ayudando a su madre, su cabello negro volaba en el fuerte viento.
—Podrías simplemente subir y hablar con ella —dijo Clary—. En vez de mirarla como un acechador.
—No la estoy mirando como un acechador. La estoy mirando sutilmente.
—Me di cuenta —señaló Clary—. Mira, sabes cómo lo toma Isabelle. Cuando está enojada, se aleja. No hablará con nadie excepto Jace o Alec, porque difícilmente confía en cualquiera. Pero si vas a ser su novio, tienes que demostrarle que eres una de esas personas en las que puede confiar.
—No soy su novio. Al menos, no creo que sea su novio. Ella nunca usa la palabra “novio” de todas maneras.
Clary lo pateó en el tobillo.
—Vosotros dos necesitais DLR más que cualquier persona que haya conocido alguna vez.
—¿Definiendo relaciones por aquí? —Dijo una voz detrás de ellos. Simon se dio vuelta y vio a Magnus, muy alto en contra del cielo oscuro detrás de ellos. Estaba vestido discretamente, jeans y una camisa negra, el cabello oscuro parcialmente en sus ojos—. Veo que aun cuando el mundo se hunde en la oscuridad y el peligro, vostros dos estais de pie discutiendo vuestras vidas amorosas. Adolescentes.—¿Qué estás haciendo aquí? —Dijo Simon, demasiado sorprendido para una respuesta inteligente.
—Vine para ver a Alec —dijo Magnus.
Clary levantó sus cejas hacia él.
—¿Qué fue eso de adolescentes?
Magnus levantó un dedo en advertencia.
—No te pases, galletita —dijo, y se alejó de ellos, despareciendo entre la multitud alrededor del Portal.
—¿Galletita? —Dijo Simon.
—Créelo o no, me ha llamado así antes —dijo Clary—. Simon, mira. —Se volvió hacia él, tirando de su mano fuera de los bolsillos de sus jeans. La miró y sonrió—. El anillo —dijo ella—. Hábil cuando funcionó, ¿no?
Simon miró también. Un anillo bañado en oro, en forma de hoja, rodeaba su dedo anular derecho. Una vez había sido una conexión hacia Clary. Ahora, con el de ella destruido, había solo un anillo, pero lo mantenía a pesar de todo. Él sabía que era un poco cercano a tener la mitad de un collar de BFF7, pero no podía evitarlo. Era un objeto hermoso, y todavía un símbolo de la conexión entre ellos.
Ella apretó su mano con fuerza, alzando los ojos a los suyos. Las sombras se movían en el verde de su iris; él podía decir que estaba asustada.
—Sé que es solo una reunión del Concejo… —comenzó a decir Clary.
—Pero te quedarás en Idris.
—Solo hasta que averigüen qué pasó con los Institutos, y cómo protegerlos —dijo Clary—. Entonces volveremos. Sé que los telefonos, mensajes de texto y todo eso no funciona en Idris, pero si necesitas hablar conmigo, diselo a Magnus. Él encontrará la manera de hacerme llegar el mensaje.
Simon sintió su garganta apretada. -- 7BBF: Siglas para Best Friends Forever. En español, Mejores Amigos Para Siempre. -- —Clary…
—Te quiero —dijo ella—. Eres mi mejor amigo. —Le soltó la mano, sus ojos brillando—. No, no digas nada, no quiero que digas nada. —Se dio la vuelta y casi corrió de regreso hacia el Portal, donde Jocelyn y Luke estaban esperándola, tres bolsas de lona llenas a sus pies. Luke miró a través del patio a Simon, con una expresión pensativa.
Pero, ¿dónde estaba Isabelle? El grupo de los Cazadores de Sombras había disminuido. Jace se había movido para estar al lado de Clary, su mano sobre su hombro; Maryse estaba cerca del Portal, pero Isabelle, quien había estado con ella…
—Simon —dijo una voz en su hombro, y él se dio la vuelta para ver a Izzy, su rostro una mancha pálida entre el cabello oscuro y la capa oscura, lo miraba con una expresión medio enojada, medio triste—. ¿Supongo que esta es la parte donde decimos adiós? *** —Muy bien —dijo Magnus—. Querías hablar conmigo. Así que habla.
Alec lo miró, con los ojos abiertos. Se habían ido por el lado de la iglesia y estaban parados en un pequeño jardín quemado por el invierno, entre setos sin hojas. Las enredaderas cubrían la pared de piedra y la cerca oxidada, ahora tan desnuda por el invierno que Alec podía ver la calle mundana por las rendijas de la puerta de hierro. Un banco de piedra estaba cerca, su superficie áspera cubierta con hielo.
—Yo quería… ¿Qué?
Magnus lo miró oscuramente, como si hubiera hecho algo estúpido. Alec sospechaba que lo había hecho. Sus nervios estaban tintineado juntos como campanas de viento y tenía una sensación de malestar en la boca del estómago. La última vez que había visto a Magnus, el brujo se había alejado de él, desapareciendo en un túnel de metro en desuso, haciéndose cada vez más y más pequeño hasta que desapareció. Aku cinta kamu, le había dicho a Alec. “Te amo,” en indonesio.Eso le había dado a Alec una chispa de esperanza, suficiente para que llamara a Magnus docenas de veces, lo suficiente para hacerlo revisar su celular, revisar su correo, incluso revisar las ventanas de su habitación —la cual parecía extraña, vacía y desconocida sin Magnus en ella, para nada su habitación— por notas o mensajes entregados por arte de magia.
Y ahora Magnus estaba parado en frente de él, con su andrajoso cabello negro y sus ojos de gato, su voz como la oscura melaza y su perfilado y hermoso rostro que no daba absolutamente nada de distancia, y Alec se sentía como si hubiera tragado pegamento.
—Querías hablar conmigo —dijo Magnus—. Asumí que ése era el significado de todas esas llamadas. Y, ¿por qué enviaste a todos tus estúpidos amigos a mi departamento? ¿O simplemente haces eso a todo el mundo?
Alec tragó en contra de la sequedad de su garganta y dijo la primera cosa que se le vino a la cabeza.
—¿No vas a perdonarme alguna vez?
—Yo… —Magnus se interrumpió y miró a otro lado, sacudiendo la cabeza—. Alec. Ya te he perdonado.
—No parece así. Pareces enfadado.
Cuando Magnus lo volvió a mirar, fue con una expresión más suave.
—Estoy preocupado por ti —dijo—. Los ataques en los Institutos. Acabo de escucharlos.
Alec se sentía mareado. Magnus lo había perdonado; Magnus estaba preocupado por él.
—¿Sabías que nos íbamos a Idris?
—Catarina me dijo que había sido convocada para hacer un Portal. Lo supuse —dijo Magnus irónicamente—. Estaba un poco sorprendido que no me hubieras llamado o mandado un mensaje para decirme que te ibas.
—Nunca respondes mis mensajes o llamadas —dijo Alec—Eso no te ha detenido antes.
—Todos se rinden eventualmente —dijo Alec—. Además, Jace me rompió el telefono.
Magnus resopló de risa.
—Oh, Alexander.
—¿Qué? —Preguntó Alec, honestamente perplejo.
—Eres solo… eres tan… en verdad quiero besarte —dijo Magnus abruptamente, y luego sacudió su cabeza—. ¿Ves? Es por esto que no he estado dispuesto a verte.
—Pero ahora estás aquí —dijo Alec. Él recordó la primera vez que Magnus lo había besado, contra la pared fuera de su departamento, y todos sus huesos se habían convertido en líquido y había pensado, Oh, cierto, así es como se supone que debe ser. Ahora lo entiendo—. Podrías…
—No puedo —dijo Magnus—. No funciona, no estaba funcionando. Tienes que verlo, ¿no? —sus manos estaban sobre los hombros de Alec; Alec pudo sentir el pulgar de Magnus contra su cuello, sobre su clavícula, y todo su cuerpo saltó—. ¿No? —Dijo Magnus y lo besó.
Alec se inclinó hacia el beso. Estaba absolutamente silencioso. Escuchó el crujido de sus botas en el suelo nevoso, mientras se movía hacia adelante, la mano de Magnus se deslizó para aferrar la parte posterior de su cuello. Magnus sabía como siempre, dulce, amargo y familiar, y Alec separó sus labios para jadear o respirar o respirar de Magnus, pero fue demasiado tarde porque Magnus se separó de él con fuerza, dio un paso atrás y se había terminado.
—Qué —dijo Alec, sintiéndose aturdido y extrañamente disminuido—. Magnus, ¿qué?
—No debería haber hecho eso —dijo Magnus, todo de un tirón. Estaba claramente agitado, en una forma que Alec raramente lo había visto, con un rubor en lo alto de sus pómulos—. Te perdono, pero no puedo estar contigo. No puedo. No funciona. Voy a vivir para siempre, o al menos hasta que alguien finalmente me mate, y tú no, y es demasiado para que lo aceptes.
—No me digas lo que es demasiado para mí —dijo Alec, con mortal monotonía.
Magnus raramente lucía sorprendido, tanto que esa expresión casi parecía extranjera en su rostro.
—Es demasiado para la mayoría de la gente —dijo él—. La mayoría de los mortales. Y no es fácil para nosotros, tampoco. Ver a alguien que amas envejecer y morir. Una vez conocí una chica, inmortal como yo…
—¿Y ella estuvo con alguien mortal? —Dijo Alec—. ¿Qué sucedió?
—Él murió —dijo Magnus. Había una finalidad en la forma que lo dijo, que hablaba de un dolor tan profundo que las palabras no podían describirlo. Sus ojos de gato brillaron en la oscuridad—. No sé por qué alguna vez pensé que funcionaría. —dijo él—. Lo siento, Alec. No debí haber venido.
—No —dijo Alec—. No debiste.
Magnus miraba a Alec con cierta cautela, como si se hubiera acercado a alguien familiar en la calle, solo para descubrir que eran un desconocido.
—No sé porque lo hiciste —dijo Alec—. Ahora sé que me he estado torturando por semanas debido a ti, y lo que hice, y cómo no debí haberlo hecho, que no debí haber hablado con Camille. Lo he estado lamentando y lo he entendido y me he disculpado y disculpado, y tú ni siquiera has estado ahí. Lo hice todo sin ti. Así que eso hace que me pregunte qué más puedo hacer, sin ti. —Miró a Magnus meditativamente—. Lo que ocurrió fue mi culpa. Pero fue tu culpa también. Podría haber aprendido a no preocuparme de que eres inmortal y yo mortal. Todos llegan al momento en que están juntos y luego no más. Tal vez no somos tan diferentes en ese sentido. ¿Pero sabes lo que no puedo dejar pasar? Que nunca me dices nada. No sé cuándo naciste. No sé nada sobre tu vida… cuál es tu verdadero nombre, o sobre tu familia, o cuál fue el primer rostro que amaste, o la primera vez que tu corazón se rompió. Sabes todo sobre mí, y yo nada de ti. Ese es el verdadero problema.
—Te lo dije —dijo Magnus suavemente—, en nuestra primera cita, que tendrías que tomarme como llegué, sin preguntas…
Alec hizo un gesto.
—No es algo justo de pedir, y tú sabes… sabías…. que no entendía demasiado del amor para entender eso entonces. Actúas como si fueras la parte perjudicada, pero tienes parte en esto, Magnus.
—Sí —dijo Magnus después de una pausa—. Sí, supongo que la tengo.
—Pero, ¿eso no cambia nada? —Dijo Alec, sintiendo el aire frio deslizándose bajo su caja torácica—. Nunca importa contigo.
—No puedo cambiar —dijo Magnus—. Ha pasado mucho tiempo. Nos petrificamos ya sabes, los inmortales, como fósiles que se convierten en piedras. Pensé, cuando te conocí, que tenías toda esta maravilla, toda esta alegría y todo era nuevo para ti, y pensé que eso me cambiaría, pero…
—Cambia —dijo Alec, pero no enojado o severo, como lo había previsto, sino suave como una súplica.
Pero Magnus solo sacudió la cabeza.
—Alec —dijo él—. Conoces mi sueño. El que es sobre la ciudad hecha sangre, y sangre en las calles, y torres de huesos. Si Sebastian obtiene lo que quiere, eso será este mundo. La sangre, será sangre Nefilim. Ve a Idris. Estás a salvo ahí, pero no te confíes, y no bajes la guardia. Te necesito vivo —respiró, y se dio la vuelta muy abruptamente, y se alejó.
Te necesito vivo.
Alec se sentó en el banco de piedra congelado y puso el rostro en sus manos. *** —No un adiós para siempre —protestó Simon, pero Isabelle simplemente frunció el ceño.
—Ven aquí —dijo ella, y tiró de su manga. Estaba usando guantes de terciopelo rojo oscuro y sus manos parecían como una salpicadura de sangre contra la tela azul marino de la chaqueta de él.
Simon alejó el pensamiento. Deseaba no pensar en sangre en momentos inoportunos.
—¿A dónde?
Isabelle rodó los ojos y tiró de él a un lado, hacia un rincón sombrío cerca de las puertas delanteras del Instituto. El espacio no era grande, y Simon podía sentir el calor del cuerpo de Isabelle, el frio y el calor no le afectaban desde que se había convertido en vampiro, a menos que fuera el calor de la sangre. No sabía si era porque había bebido la sangre de Isabelle antes, o si era algo más profundo, pero estaba consciente del pulso de sangre a través de sus venas como de nadie más.
—Desearía ir contigo a Idris —dijo él, sin preámbulos.
—Estás a salvo aquí —dijo ella, aunque sus ojos oscuros se suavizaron—. Además, no nos vamos para siempre. Los únicos Subterráneos que pueden ir a Alicante son los miembros del Concejo porque van a tener una reunión para averiguar lo que todos vamos a hacer y posiblemente nos envíen de vuelta. No podemos ocultarnos en Idris mientras Sebastian destroza todo afuera. Los Cazadores de Sombras no hacen eso.
Él acarició su mejilla con un dedo.
—Pero, ¿tú quieres que me oculte aquí?
—Tienes a Jordan para que te vigile —dijo ella—. Tu guardaespaldas personal. Eres el mejor amigo de Clary —agregó—. Sebastian sabe eso. Eres un adecuado rehén. Deberías estar donde él no está.
—Nunca ha mostrado ningún interés en mí antes. No veo por qué lo haría ahora.
Ella se encogió de hombros, apretando su capa alrededor de sí misma.
—Nunca muestra ningún interés en nadie excepto Clary y Jace, pero eso no quiere decir que no empezará a hacerlo. No es estúpido. —Dijo de mala gana, como si odiara darle mucho crédito a Sebastian—. Clary haría cualquier cosa por ti.
—Ella haría cualquier cosa por ti también, Izzy. —Y ante la mirada dudosa de Isabelle, él ahuecó su mejilla—. Bueno, si no te irás por mucho tiempo, ¿de qué se trata todo esto entonces?
Ella hizo una cara. Su boca y mejillas estaban rosadas, el frio traía el rojo a la superficie. Deseó poder presionar sus fríos labios con los de ella, tan llenos de sangre, vida y calor, pero estaba consciente que sus padres miraban.
—Escuché a Clary cuando se estaba despidiendo. Dijo que te quería.
Simon la miró fijamente.
—Sí, pero ella no lo quiso decir de esa manera… Izzy.
—Lo sé —protestó Isabelle—. Por favor, lo sé. Pero es solo que lo dijo tan fácilmente, y tú se lo dijiste tan fácilmente, y yo nunca se lo he dicho a nadie. Ni a nadie que no estuviera relacionado conmigo.
—Pero si lo dices —dijo él—, podrías resultar herida. Por eso no lo haces.
—Tú también podrías. —Sus ojos estaban grandes y negros, reflejando las estrellas—. Resultar herido. Yo podría herirte.
—Lo sé —dijo Simon—. Lo sé y no me importa. Jace me dijo una vez que caminarías sobre mi corazón con botas de tacón alto, y eso no me ha detenido.
Isabelle dio un pequeño jadeo por la sorpresiva risa.
—¿Dijo eso? ¿Y te quedaste?
Se inclinó hacia ella, si tuviera respiración, hubiera movido su cabello.
—Lo considero un honor.
Ella giró la cabeza y sus labios se rozaron juntos. Los de ella estaban dolorosamente calientes. Estaba haciendo algo con sus manos. Desabrochando
su capa, pensó él por un momento, ¿pero seguramente Isabelle no estaba a punto de sacarse la ropa delante de toda su familia? No era que Simon estuviera seguro que tendría la fortaleza para detenerla. Era Isabelle, después de todo, y ella casi —casi— había dicho que lo amaba.
Sus labios se movieron contra la piel de él mientras hablaba.
—Toma esto —susurró ella, y él sintió algo frio detrás de su cuello, el suave deslizamiento del terciopelo mientras ella se echaba atrás y sus guantes rozaban su garganta.
Él bajó la mirada. Contra su pecho brillaba un cuadrado de color rojo sangre. El pendiente rubí de Isabelle. Era una reliquia de los Cazadores de Sombras, encantada para detectar la presencia de energías demoniacas.
—No puedo tomarlo —dijo conmocionado—. Iz, esto debe valer una fortuna.
Ella enderezó sus hombros.
—Es un préstamo, no un regalo. Consérvalo hasta que te vea de nuevo. —Pasó los dedos enguantados alrededor del rubí—. Hay una vieja historia de que llegó a nuestra familia por medio de un vampiro. Así que es apropiado.
—Isabelle, yo…
—No —dijo ella, interrumpiéndolo, aunque él no sabía exactamente lo que iba a decir—. No lo digas, no ahora. —Se estaba alejando de él. Podía ver a su familia detrás de ella, todo lo que quedaba del Cónclave. Luke había cruzado el Portal, y Jocelyn estaba en medio de seguirlo. Alec salía del lado del Instituto con las manos en los bolsillos, miró por encima a Isabelle y Simon, levantó una ceja y continuó caminando—. Solo no… no salgas con nadie más mientras no estoy, ¿de acuerdo?
La siguió con la mirada.
—¿Eso significa que estamos saliendo? —Dijo, pero ella solo arqueó una sonrisa y luego se dio vuelta y corrió hacia el Portal. Él la vio tomar la mano de Alec, y ellos cruzaron juntos. Siguió Maryse, y luego Jace, y finalmente Clary
era la última, parada al lado de Catarina, enmarcada por la chisporroteante luz azul.
Ella le guiñó un ojo a Simon y pasó a través. Él vio el torbellino del Portal mientras la atrapaba, y luego se había ido.
Simon puso la mano en el rubí en su garganta. Pensó que podía sentir un latido adentro de la piedra, un pulso cambiante. Era casi como tener un corazón de nuevo.
StephRG14
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Cazadores de sombras - Página 2 Empty RE: CIUDAD DEL FUEGO CELESTIAL

Mensaje por StephRG14 el Dom 10 Mayo 2015, 3:14 pm

Capitulo 3
Pájaros a la montaña

Clary dejó el bolso en la puerta y miró a su alrededor.
Podía oír a su madre y a Luke moviéndose alrededor de ella, bajando sus valijas, prendiendo las luces mágicas que iluminaban la casa de Amatis. Clary se abrazó a sí misma. Aún tenían una pequeña idea de cómo Amatis había sido tomada por Sebastian. Aunque el lugar ya había sido examinado por los miembros del Concejo en busca de materiales peligrosos, Clary conocía a su hermano. Si su temperamento lo hubiera dominado, habría destruido todo en la casa, solo para demostrar que podía —habría convertido los sofás en astillas, destrozado el cristal de los espejos, volado las ventanas en pedazos.
Escuchó a su madre dar un pequeño exhalo de alivio y supo que Jocelyn debió haber estado pensando lo mismo que Clary: lo que sea que había pasado, la casa lucía bien. No había nada que indicara que el daño había llegado a Amatis. Los libros estaban apilados sobre la mesa de café, los suelos estaban sucios pero ordenados, las fotografías sobre las paredes estaban derechas. Clary vio, con una punzada, que había una fotografía reciente cerca de la chimenea, Luke y Jocelyn en Coney Island8, abrazados y sonriendo.
Pensó en la última vez que había visto a la hermana de Luke, en Sebastian forzándola a beber de la Copa Infernal mientras ella gritaba en protesta. La forma en que la personalidad se había desvanecido de sus ojos después de que hubo bebido su contenido. Clary se preguntó si eso era como --- 8Coney Island: Parque de atracciones ubicado en una península del mismo nombre, antaño una isla, en el extremo sur de Brooklyn, Nueva York, con una gran playa sobre el Océano Atlántico. --- ver a alguien morir. No es que ella no hubiera visto la muerte, también. Valentine había muerto en frente suyo. Seguramente era muy joven para tener demasiados fantasmas.
Luke se había movido para mirar a la chimenea, y las fotos que colgaban a su alrededor. Extendió la mano para tocar la que mostraba a dos niños de ojos azules. Uno de ellos, el más joven, estaba dibujando, mientras su hermana miraba con expresión cariñosa.
Luke parecía agotado. Su viaje por el Portal los había llevado al Gard y habían caminado a través de la ciudad hacia la casa de Amatis. Luke todavía, a menudo, hacia una mueca por el dolor de la herida en su costado que aún no había sanado completamente, pero Clary dudaba de que la lesión fuera lo que le estaba afectando. El silencio en la casa de Amatis, las alfombras hogareñas de trapo sobre el suelo, los recuerdos personales cuidadosamente organizados… todo hablaba de una vida ordinaria interrumpida en la más terrible manera posible.
Jocelyn se movió para poner su mano sobre el hombro de Luke, murmurando suavemente. Él se dio la vuelta en el círculo los brazos de ella, poniendo la cabeza contra su hombro. Era más confortante que de alguna manera romántica, pero Clary aún sentía como si se hubiera topado con un momento privado. Sin hacer ruido, recogió su bolso de viaje y se dirigió a las escaleras.
La habitación de invitados no había cambiado. Pequeña; las paredes pintadas de blanco; las ventanas circulares como faroles —ahí estaba la ventana por la que Jace había trepado una noche— y la misma colcha colorida sobre la cama. Dejó caer su bolso al suelo, cerca de la mesita de noche. La mesita de noche, donde Jace había dejado una carta en la mañana, diciéndole que se iba y que no volvería.
Se sentó al borde de la cama, intentando quitarse de encima la red de recuerdos. No se había dado cuenta de lo difícil que sería estar de vuelta en Idris. Nueva York era un hogar, normal. Idris era guerra y devastación. En Idris ella había visto la muerte por primera vez.Su sangre estaba zumbando, latiendo con fuerza en sus oídos. Quería ver a Jace, ver a Alec e Isabelle—ellos la rodearían, dándole una sensación de normalidad. Ella fue capaz, muy débilmente, de escuchar a su madre y a Luke moviéndose abajo, posiblemente el tintineo de las copas en la cocina incluso. Se balanceó fuera de la cama y fue al pie, donde descansaba una maleta. Era la maleta que Amatis había traído para ella cuando había estado ahí antes, diciéndole que buscara en ella para encontrar ropa.
Se arrodilló y la abrió. Las mismas ropas, cuidadosamente empacadas entre las capas de papel: uniformes escolares, suéteres y jeans prácticos, camisas y faldas más formales y debajo de eso un vestido, que Clary había pensado que era un vestido de novia la primera vez. Ella lo sacó. Ahora estaba más familiarizada con los Cazadores de Sombras y su mundo, lo reconocía por lo que era.
Ropa de luto. Un vestido blanco, simple, y una chaqueta ceñida al cuerpo, con las runas de luto trabajadas en el material—y ahí, en los puños, un diseño casi invisible de pájaros.
Garzas. Clary puso las ropas cuidadosamente sobre la cama. Pudo ver, en el ojo de su mente, a Amatis usando esas ropas cuando Stephen Herondale había muerto. Poniéndoselos cuidadosamente, suavizando la tela, abrochándose el cierre de la chaqueta, todo para hacer luto por un hombre con quien ella no había estado casada. Ropas de viuda para alguien que no había sido capaz de llamarse viuda.
—¿Clary? —Era su madre, apoyada sobre la puerta, mirándola—. Qué son esos… Oh. —Cruzó la habitación, tocó la tela del vestido y suspiró—. Oh, Amatis.
—Nunca superó lo de Stephen, ¿no? —Preguntó Clary.
—A veces la gente no lo hace. —La mano de Jocelyn se movió del vestido al cabello de Clary, metiéndolo detrás con gran rapidez y precisión maternal—. Y los Nefilim…. tendemos a amar muy abrumadoramente. Nos enamoramos solo una vez, morimos de pena por amor. Mi antiguo tutor solía decir que el corazón de los Nefilim era como el corazón de los Ángeles: Sienten cada dolor humano, y nunca sanan.
—Pero tú lo hiciste. Amaste a Valentine, pero ahora amas a Luke.
—Lo sé. —La mirada de Jocelyn era lejana—. No fue hasta que pasé más tiempo en el mundo mundano que empecé a darme cuenta de que así no era como la mayoría de los seres humanos piensan del amor. Me di cuenta que podías tener más de uno, que tu corazón podía sanar, que podías amar una y otra vez. Y siempre amé a Luke. Podría no haberlo sabido, pero siempre lo amé. —Joselyn apuntó a la ropa sobre la cama—. Deberías ponerte la chaqueta de luto —dijo ella—. Mañana.
Sobresaltada, Clary dijo:
—¿Para la reunión?
—Cazadores de Sombras han muerto y sido convertidos a Cazadores Oscuros —dijo Jocelyn—. Cada Cazador de Sombra perdido es el hijo de alguien, hermano, hermana, primo. Los Nefilim son una familia. Una familia disfuncional, pero… —Tocó el rostro de su hija, su propia expresión oculta en las sombras—. Duerme un poco, Clary —dijo—. Mañana será un largo día.
Después de que la puerta se cerró detrás de su madre, Clary se puso su camisón y luego trepó obedientemente hacia la cama. Cerró los ojos e intentó dormir, pero el sueño no llegaba. Las imágenes seguían estallando detrás de sus párpados como fuegos artificiales: ángeles cayendo del cielo; sangre dorada; Ithuriel en sus cadenas, con ojos ciegos, contándole de las imágenes de runas que él le había dado a lo largo de su vida, las visiones y sueños del futuro. Recordó sus sueños de su hermano con alas negras que derramaban sangre, caminando por un lago congelado…
Ella destapó la colcha. Se sentía caliente y ansiosa, demasiado inquieta para dormir. Después de salir de la cama, caminó hacia abajo en busca de un vaso de agua. El vestíbulo estaba iluminado a medias, la tenue luz mágica se derramaba por el corredor. Murmullos venían de detrás de una puerta. Alguien estaba despierto, y hablando en la cocina. Clary se movió con cautela por elpasillo, hasta que oyó los suaves susurros que comenzaron a tomar forma y familiaridad. Reconoció la voz de su madre primero, con tensa angustia.
—Pero simplemente no entiendo cómo pudo haber estado en el armario —estaba diciendo—. No lo he visto desde que… desde que Valentine tomó todo lo que nos pertenecía, allá en Nueva York.
Luke habló:
—¿No dijo Clary que Jonathan lo tenía?
—Sí, pero entonces habría sido destruido con ese asqueroso apartamento, ¿no? —La voz de Jocelyn se elevó mientras Clary se movía para pararse en la puerta de la cocina—. Aquel con toda la ropa que Valentine compró para mí. Como si fuera a volver.
Clary se paró muy quita. Su madre y Luke estaban sentados en la mesa de la cocina; su madre tenía la cabeza abajo sobre una mano, y Luke estaba frotando su espalda. Clary le había contado a su madre todo sobre el apartamento, sobre cómo Valentine lo había mantenido con todas las cosas de Jocelyn allí dentro, determinado a que un día su esposa volvería y viviría con él. Su madre había escuchado calmadamente, pero claramente la historia la había alterado mucho más de lo que Clary había notado.
—Él se ha ido ahora, Jocelyn —dijo Luke—. Sé que parece medio imposible. Valentine siempre fue una gran presencia, incluso cuando estaba en la clandestinidad. Pero en verdad está muerto.
—Sin embargo, mi hijo no —dijo Jocelyn—. ¿Sabes que solía sacar esta caja y llorar sobre ella, cada año, en su cumpleaños? A veces sueño, con un niño de ojos verdes, un niño que no fue envenenado con sangre de demonio, un niño que puede reír, amar y ser humano, y ese es el niño que lloraba, pero ese niño nunca existió. —Sácala y llora sobre ella, pensó Clary. Ella sabía a cuál caja se refería su madre. Una caja que era un monumento a un niño que había muerto, aunque seguía vivo. La caja contenía rizos del cabello de su bebé, fotografías y un pequeño zapato. La última vez que Clary la había visto, había estado en posesión de su hermano. Valentine debía de habérselo dado, aunque ella nuncapudo entender por qué Sebastian tenía que conservarlo. Él no era del tipo sentimental.
—Vas a tener que contárselo a la Clave —dijo Luke—. Si es algo que tiene que ver con Sebastian, ellos van a querer saberlo.
Clary sintió que su estómago se enfriaba.
—Desearía no tener que hacerlo —dijo Jocelyn—. Desearía poder tirar todo al fuego. Odio que esto sea mi culpa —estalló—. Y todo lo que siempre quise fue proteger a Clary. Pero la cosa de la que más temo por ella, por todos nosotros, es alguien que ni siquiera estaría vivo si no fuera por mí. —La voz de Jocelyn se había vuelto plana y amarga—. Debí haberlo matado cuando era un bebé. —dijo, y se inclinó hacia atrás, lejos de Luke, de manera que Clary pudo ver lo que estaba sobre la superficie de la mesa de la cocina. Era la caja plateada, justo como la recordaba. Pesada, con una tapa sencilla, y las iniciales J.C. grabadas a un lado. *** El sol de la mañana brillaba en frente de las nuevas puertas del Gard. Las viejas, adivinó Clary, habían sido destruidas en la batalla que había arrasado gran parte del Gard y chamuscado los árboles a lo largo de la ladera. Más allá de las puertas pudo ver debajo de Alicante, agua brillante en los canales, las torres de los demonios que se levantaba hasta donde llegaba la luz del sol que las hacía brillar como espumosa mica en piedra.
El Gard había sido restaurado. El fuego no había destruido los muros de piedra o las torres. Un muro aún corría alrededor, y las nuevas puertas estaban hechas de las duras y claras Adamas9 que formaban las torres de los demonios. Parecían haber sido forjadas a mano, sus líneas curvándose en un círculo alrededor del símbolo de Concejo—cuatro C’s en un cuadrado, puestas para el Concejo, el Convenio, la Clave y el Cónsul. La curvatura de cada C contenía un símbolo de una de las ramas de los Subterráneos. Una luna creciente para los -- 9Adamas: es el metal celestial regalado a los Cazadores de Sombras, para su aprovechamiento, por el Ángel Raziel. Él metal tiene un brillo plateado-blanco, traslucido y brilla tenuemente (el brillo no se llega a notar en la luz del día). -- lobos, un libro de hechizos para los brujos, una flecha de elfo para las Hadas, y para los vampiros, una estrella.
Una estrella. Ella no había sido capaz de pensar en nada que simbolizara a los vampiros. ¿Sangre? ¿Colmillos? Pero había algo elegante y simple acerca la estrella. Era brillante en la oscuridad, una oscuridad que nunca sería iluminada, y era solitaria en la manera que solo las cosas que jamás podían morir lo eran.
Clary extrañaba a Simon con un fuerte dolor. Estaba agotada después de una noche de poco sueño, y sus recursos emocionales estaban bajos. No ayudaba que se sintiera como si fuera el centro de un centenar de hostiles miradas. Había docenas de Cazadores de Sombras moviéndose alrededor de las puertas, la mayoría de ellos desconocidos para ella. Muchos estaban disparando miradas encubiertas a Jocelyn y a Luke; algunos viniendo a saludarlos, mientras que otros se quedaron atrás mirando de forma curiosa. Jocelyn parecía estar manteniendo la calma con cierta cantidad de esfuerzo.
Más Cazadores de Sombras venían a lo largo del camino de la Colina del Gard. Con alivio, Clary reconoció a los Lightwood —Maryse en frente, con Robert al lado de ella; Isabelle, Alec, y Jace la seguían. Estaban usando ropa blanca de luto. Maryse lucía especialmente sombría. Clary no pudo evitar el notar que ella y Robert estaban caminando lado a lado, pero separados, sin tocarse las manos siquiera.
Jace se alejó del grupo y se dirigió hacia ella. Miradas lo siguieron mientras iba, aunque parecía no notarlo. Era famoso en una extraña forma entre los Nefilim —el hijo de Valentine, quien no había sido realmente su hijo. Secuestrado por Sebastian, rescatado por la espada del Cielo. Clary sabía la historia completa, como cualquiera cercano a Jace, pero los rumores habían crecido como coral, agregándole capas y colores a la historia.
—….sangre de ángel...
—…poderes especiales…
—…Valentine le enseñó sus trucos…
—…fuego en su sangre…
—….no adecuado para un Nefilim…
Ella pudo oír los susurros, incluso mientras Jace se movía entre ellos.
Era un luminoso día de invierno, frío pero soleado, y la luz hacía resaltar el oro y plata enhebrándose en su cabello y la hizo entrecerrar los ojos mientras se acercaba a ella en la puerta.
—¿Ropas de luto? —Dijo él, tocando la manga de su chaqueta.
—Tú las estás usando —señaló.
—No sabía que tuvieras alguna.
—Es de Amatis —dijo ella—. Escucha… tengo que decirte algo.
Él la dejó atraerlo a un lado. Clary describió la conversación que había oído entre su madre y Luke acerca de la caja.
—Definitivamente es la caja que recuerdo. Es la que mi madre tenía cuando estaba creciendo, y la que estaba en el apartamento de Sebastian cuando estuve ahí.
Jace se pasó una mano a través de las hebras de luz de su cabello.
—Pensé que había algo —dijo él—. Maryse recibió un mensaje de tu madre esta mañana. —Su mirada fue más interiormente—. Sebastian Convirtió a la hermana de Luke —añadió—. Lo hizo a propósito, para lastimar a Luke y lastimar a tu madre a través de Luke. Él la odia. Debe haber venido a Alicante para obtener a Amatis, esa noche que peleamos en el Burren. Tanto como me dijo iba a hacerlo, cuando estábamos atados. Dijo que iba a secuestrar a un Cazador de Sombras de Alicante, solo que no a uno cualquiera.
Clary asintió. Siempre era extraño escuchar a Jace hablar sobre la persona que había sido, el Jace que había sido amigo de Sebastian—más que su amigo, su aliado. El Jace que había vestido la piel y rostro de Jace pero que había sido alguien más por completo.—Entonces debe haber traído la caja con él, y dejado en casa de Amatis —añadió Jace—. Debe haber sabido que tu familia la encontraría un día. Haber pensado en ella como un mensaje, o una firma.
—¿Es eso lo que cree la Clave? —Preguntó Clary.
—Es lo que yo creo —dijo Jace, centrándose en ella—. Y sabes que ambos podemos leer a Sebastian mejor de lo que ellos pueden, o harán alguna vez. No lo entienden para nada.
—No son afortunados. —El sonido de las campanas hizo eco a través del aire, y las puertas se abrieron. Clary y Jace se unieron a los Lightwood, Luke, y Jocelyn entre la corriente de Cazadores de Sombras desplegándose. Pasaron por los jardines exteriores de la fortaleza, subieron un conjunto de escaleras, después atravesaron otro conjunto de puertas a lo largo del corredor que terminaba en la cámara del Concejo.
Jia Penhallow, en las batas del Cónsul, permanecía de pie en la entrada de la cámara mientras Cazador de Sombras tras Cazador de Sombras iba dentro. Era un edificio como un anfiteatro: un medio círculo de banquillos apilados haciendo frente a una tarima rectangular elevada en frente de la sala. Había dos atriles en la tarima, uno para el Cónsul y otro para el Inquisidor, y detrás de los banquillos dos ventanas, solidos rectángulos, que daban vista a Alicante.
Clary se movió para sentarse con los Lightwood y su madre, mientras Robert Lightwood se apartaba de ellos y se dirigía hacia el centro del pasillo para aceptar el lugar del Inquisidor. En la tarima, detrás de los atriles, habían cuatro sillas altas, el respaldo de cada una inscrito con un símbolo: libro de hechizos, luna, flecha, estrella. Los asientos para los Subterráneos del Concejo. Luke miró el suyo pero se sentó al lado de Jocelyn. Esta no era una reunión completa del Concejo, con la asistencia de los Subterráneos. Luke no estaba aquí en una capacidad oficial. En frente de los asientos una mesa había sido levantada, guarnecida con terciopelo azul. En lo alto del terciopelo, yacía algo largo y afilado, algo que brillaba en la luz de las ventanas. La Espada Mortal Clary miró alrededor. La inundación de Cazadores de Sombras había disminuido hasta un goteo; la sala estaba de cerca atiborrada por sus tejados haciendo eco. Había habido, una vez, más entradas que esa al Gard. La Abadía de Westminster10 había tenido una, supo ella, como lo tuvieron la Sagrada Familia11 y San Basilio el Bendito12, pero habían sido selladas cuando los Portales fueron inventados. No pudo evitar más que preguntarse si algún tipo de magia evitaría que el Concejo se desbordara. Estaba más lleno de lo que nunca lo había visto, pero todavía había asientos vacíos cuando Jia Penhallow subió al escenario y dio palmadas con las manos bruscamente.
—Por favor, Concejo, a prestar atención —dijo ella.
El silencio cayó con rapidez; muchos de los Cazadores de Sombras estaban extendiéndose. Los rumores habían estado volando por los alrededores como pájaros asustados, y había electricidad en la sala, el actual chasquido de personas desesperadas por información.
—Bangkok, Buenos Aires, Oslo, Berlín, Moscú, Los Ángeles —dijo Jia—. Atacados en rápida sucesión, antes de que los ataques pudiesen ser reportados. Antes de que las advertencias pudiesen ser dadas. Cada Cónclave en estas ciudades ha tenido a sus Cazadores de Sombras capturados y Convertidos. Unos pocos, lamentablemente pocos, los mayores o menores, simplemente fueron asesinados, sus cuerpos se nos dejaron para quemarlos, para añadir las voces de los Cazadores de Sombras perdidos a la Ciudad Silenciosa.
Una voz habló desde una de las filas delanteras. Una mujer con el cabello negro, el diseño plateado de un pez koi13 de pie en la oscura piel de su mejilla. Clary raramente veía a Cazadores de Sombras con tatuajes que no fueran Marcas, pero eso no era inaudito. -- 10Abadía de Westminster: La Abadía de Westminster o Iglesia colegiata de San Pedro de Westminster es una iglesia gótica anglicana del tamaño de una catedral. Está localizada en Westminster, Londres, al lado del Palacio de Westminster.
11Sagrada Familia: Originalmente en español.
12San Basilio el Bendito: conocido también como Vasily Blazhenny o Basilio, loco en Cristo es un santo ortodoxo, venerado en la Iglesia ortodoxa.
13Pez koi: es un pez de agua dulce, emparentado con la carpa dorada, con la cual puede incluso tener descendencia híbrida. -- —Dijiste “Convertido” —dijo ella—. ¿Pero no querrás decir, “asesinados”?
La boca de Jia se endureció.
—No quiero decir “asesinados” —dijo ella—. Me refiero a “Convertidos.” Hablamos de los Cazadores Oscuros, a los que Jonathan Morgenstern o Sebastian, como prefiere ser conocido, los Convirtió de su propósito como Nefilim al usar la Copa Infernal. En cada Instituto fueron reportados los informes de lo que ocurrió en el Burren. La existencia de los Cazadores Oscuros es algo que hemos sabido ahora desde algún tiempo, incluso si había, tal vez, aquellos que no querían creerlo.
Un murmuro fue alrededor de la sala. Clary apenas lo escuchó. Era consciente de que la mano de Jace estaba alrededor de la suya, pero estaba escuchando el viento en el Burren, y viendo a los Cazadores de Sombras levantarse por la Copa Infernal para hacer frente a Sebastian, las Marcas del Libro Gris ya desapareciendo de su piel…
—Los Cazadores de Sombras no luchan contra Cazadores de Sombras —dijo un anciano en una de las filas de en frente. Jace murmuró en su oído que era el líder del Instituto de Reikiavik—. Es blasfemia.
—Esto es blasfemia —estuvo de acuerdo Jia—. Blasfemia es la fe de Sebastian Morgenstern. Su padre quería limpiar el mundo de Subterráneos. Sebastian quiere algo muy diferente. Quiere a los Nefilim reducidos a cenizas, y quiere usar a los Nefilim para hacerlo.
—Si fue capaz de convertir a los Nefilim en… monstruos, sin duda debemos ser capaces de encontrar una forma de deshacerlo —dijo Nasreen Choudhury, la líder del Instituto de Mumbai, majestuosa en su sari14 blanco decorado de runas—. Y sin duda no deberíamos rendirnos con tanta facilidad en los nuestros.
—El cuerpo de uno de los Cazadores Oscuros fue encontrado en el lugar de Berlín —dijo Robert—. Estaba herido, probablemente dejado para morir. Los --14Sari: tipo de vestido tradicional hindú.-- Hermanos Silenciosos están examinándolo en estos instantes para ver si pueden recoger alguna información que pueda conducir a una cura.
—¿Cuál Cazador Oscuro? —Exigió la mujer con el tatuaje koi—. Tenía un nombre antes de que fuese un Convertido. Un nombre de Cazador de Sombras.
—Amalric Kriegsmesser —dijo Robert, después de un momento de duda—. Su familia ya ha sido informada.
Los brujos del Laberinto en Espiral también están trabajando en una cura. La susurrada voz omnidireccional de un Hermano Silencioso hizo eco en la habitación. Clary lo reconoció como el Hermano Zachariah, de pie con las manos dobladas cerca de la tarima. A su lado estaba Helen Blackthorn, vestida con ropas de luto blancas, pareciendo ansiosa.
—Son brujos —dijo alguien más en un tono despectivo—. Sin duda no lo harán mejor que nuestros Hermanos Silenciosos.
—¿No puede Kriegsmesser ser interrogado? —Interrumpió una mujer alta con cabello blanco—. Tal vez sepa el siguiente movimiento de Sebastian, o incluso una forma de curar su condición…
Amalric Kriegsmesser apenas está consciente, y además, es un sirviente de la Copa Infernal, dijo el Hermano Zachariah. La Copa Infernal lo controla por completo. No tiene voluntad de sí mismo y por lo tanto no cederá.
La mujer con el tatuaje de koi habló de nuevo:
—¿Es verdad que ahora Sebastian Morgenstern es invulnerable? ¿Que no puede ser asesinado?
Hubo un murmullo en la sala. Jia habló, levantando la voz:
—Como dije, no hubo Nefilim sobreviviente del primero de los ataques. Pero el último ataque fue en el Instituto de Los Ángeles, y seis sobrevivieron. Seis niños. —Se dio la vuelta—. Helen Blackthorn, si lo permites, trae a los testigos. Clary vio a Helen asentir, y desaparecer a través de una puerta lateral. Un momento después regresó; ahora caminaba lenta y cuidadosamente, su mano en la espalda de un niño delgado con un mechón de ondulado cabello castaño. No podía haber sido mayor de doce años. Clary lo reconoció de inmediato. Lo había visto en el auditorio del Instituto la primera vez que había conocido a Helen, la muñeca de él estrechada en el agarre de su hermana mayor, sus manos cubiertas en cera donde había estado jugando con las astillas que decoraban el interior de la catedral. Había tenido una sonrisa pícara y los mismos ojos verde-azulados que su hermana.
Julian, lo había llamado Helen. Su hermano pequeño.
La pícara sonrisa ahora se había ido. Parecía cansado, sucio y asustado. Las delgadas muñecas atoradas en los puños de una chaqueta blanca de luto, las mangas de las cuales eran demasiado pequeñas para él. En los brazos estaba llevando a un niño pequeño, probablemente de no más de tres años, con enredados rizos castaños; parecía ser una característica familiar. El resto de los niños vestían similares ropas de luto prestadas. Siguiendo a Julian había una niña de alrededor de diez años, su mano firmemente estrechada en el agarre de un niño de la misma edad. El pelo de la chica era marrón oscuro, pero el del chico tenía enredados rizos negros que casi oscurecían su rostro. Mellizos, imaginó Clary. Después de ellos llegó una chica que podría haber tenido ocho o diez años, su cara redonda y muy pálida entre las trenzas marrones. Todos los Blackthorn —por el parecido familiar que era notable— parecían desconcertados y aterrorizados, excepto quizás Helen, cuya expresión era una mezcla de furia y dolor.
La pena en sus rostros cortó el corazón de Clary. Pensó en su poder con las runas, deseando que pudiese crear una que suavizaría el golpe de la pérdida. Las runas de luto existían, pero solo para honrar al muerto, de la misma forma que las runas de amor existían, como los añillos de boda, para simbolizar el vínculo de amor. No podías hacer que alguien te amase con una runa, y tampoco podías aliviar el dolor con ella. Tanta magia, pensó Clary, y nada para arreglar un corazón destrozado.—Julian Blackthorn, —dijo Jia Penhallow, y su voz fue suave—. Da un paso adelante, por favor.
Julian tragó y asintió, tendiendo al niño pequeño que estaba sujetando a su hermana mayor. Dio un paso adelante, sus ojos corriendo a toda velocidad alrededor del estrado. Estaba claramente registrando el espacio en busca de alguien. Sus hombros habían empezado a desplomarse cuando otra figura corrió a toda velocidad al estrado. Una niña, también de alrededor de doce años, con un enredado pelo rubio que le colgaba alrededor de los hombros. Ella vestía pantalones vaqueros y una camiseta que no se adaptaba bien, y su cabeza estaba abajo, como si no pudiese soportar tantas personas mirándola. Estaba claro que ella no quería estar ahí —en el estrado o tal vez ni siquiera en Idris— pero en el momento que la vio, Julian pareció relajarse. La aterrorizada mirada se desvaneció de su expresión mientras ella se movía para permanecer al lado de Helen, su rostro escondido y lejos de la multitud.
—Julian —dijo Jia, en el mismo tono suave—, ¿querrías hacer algo por nosotros? ¿Querrías coger la Espada Mortal?
Clary se sentó erguida. Ella había sostenido la Espada Mortal; había sentido el peso de ésta. El frio, como ganchos en la piel, sacaba la verdad de ti. No podías mentir sosteniendo la Espada Mortal, pero la verdad, incluso una verdad que querías contar, era una agonía.
—No pueden —susurró ella—. Es solo un niño…
—Es el mayor de los niños que escaparon del Instituto de Los Ángeles —dijo Jace en voz baja—. No tienen opción.
Julian asintió, sus delgados hombros rectos.
—La cogeré.
Entonces Robert Lightwood pasó detrás del atril y fue hasta la mesa. Cogió la Espada y regresó para ponerse de pie frente a Julian. El contraste entre ellos era casi divertido —el gran hombre de pecho fuerte y el desgarbado niño de pelo salvaje.Julian extendió la mano para tomar la Espada. Cuando sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura, tembló, una onda de dolor que fue rápidamente forzada abajo. La chica rubia detrás de él comenzó a avanzar, y Clary captó un destello de la mirada en su rostro —pura furia— antes de que Helen la cogiese y tirase de ella hacia atrás.
Jia se arrodilló. Era una visión extraña, el chico con la Espada, colocado a un lado por el Cónsul, sus batas extendiéndose sobre ella, y al otro por el Inquisidor.
—Julian —dijo Jia, y a pesar de que su voz que era baja, llegó a través de la sala del Concejo—. ¿Puedes decirnos quien está hoy en el estrado aquí contigo?
En su clara voz de niño Julian dijo:
—Usted. El Inquisidor. Mi familia… mi hermana Helen, Tiberius, Livia, Drusilla y Tavvy. Octavian. Y mi mejor amiga, Emma Carstairs.
—¿Y estuvisteis todos contigo cuando el Instituto fue atacado?
Julian sacudió la cabeza.
—Helen no —dijo—. Ella estaba aquí.
—¿Puedes decirnos lo que viste, Julian? ¿Sin omitir nada?
Julian tragó. Estaba pálido. Clary podía imaginar el dolor que estaba sintiendo, el peso de la Espada.
—Fue por la tarde —dijo—. Estábamos practicando en la sala de entrenamiento. Katerina nos estaba enseñado. Mark estaba observando. Los padres de Emma estaban en una patrulla de rutina en la playa. Vimos un destello de luz; pensé que era un rayo, o fuegos artificiales. Pero… no lo era. Katerina y Mark nos dejaron y bajaron a la planta de abajo. Nos dijeron que nos quedásemos en la sala de entrenamiento.
—Pero no lo hicisteis —dijo Jia.—Podíamos escuchar los sonidos de lucha. Nos separamos… Emma fue a coger a Drussilla y Octavian, y yo fui a la oficina con Livia y Tiberius para llamar a la Clave. Tuvimos que escurrirnos por la entrada principal para llegar ahí. Cuando lo hicimos, le vi a él.
—¿A él?
—Sabía que era un Cazador de Sombras, pero no. Estaba llevando una gabardina roja, cubierta con runas.
—¿Qué runas?
—No las conocía, pero había algo mal con ellas. No como las runas del Libro Gris. Me dieron un tipo de sensación enfermiza al mirarlas. Y se quitó la capucha… tenía el pelo blanco, así que al principio pensé que era un anciano. Entonces me di cuenta de que era Sebastian Morgenstern. Estaba sosteniendo una espada.
—¿Puedes describir la espada?
—Plateada, con un patrón de estrellas negras en la hoja y en el mango. Él la sacó y… —la respiración de Julian se escabulló, y Clary casi pudo sentirlo, sentir su miedo ante el recuerdo enfrentado con la coacción a decirlo, revivirlo. Ella estaba inclinándose adelante, sus manos en puños, apenas consciente de que sus uñas estaban clavándose en sus palmas—. La sostuvo en la garganta de mi padre —continuó Julian—. Había otros con Sebastian. También estaban vistiendo de rojo…
—¿Cazadores de Sombras? —Dijo Jia.
—No lo sé. —La respiración de Julian estaba volviéndose corta—. Algunos llevaban gabardinas negras. Otros llevaban herramientas, pero sus herramientas eran rojas. Nunca he visto herramientas rojas. Había una mujer, con el cabello castaño, y estaba sosteniendo una copa que se parecía a la Copa Mortal. Hizo a mi padre beber de ella. Él cayó al suelo y gritó. También pude escuchar a mi hermano gritando.
—¿Qué hermano? —Preguntó Robert Lightwood.—Mark —dijo Julian—. Los vi comenzar a moverse en el recibidor, y Mark se giró y gritó hacia nosotros, que corriésemos escaleras arriba y saliésemos. Caí en el escalón superior, y cuando miré abajo, estaban lanzándose todos sobre él… —Julian hizo un sonido atragantado—. Y mi padre, estaba comenzando a ponerse de pie, y sus ojos eran negros también, y comenzó a moverse hacia Mark como el resto de ellos, como si ni siquiera lo conociese…
La voz de Julian sonó resquebrajada, justo cuando la chica rubia escapó de las manos de Helen y se precipitó hacia adelante, lanzándose entre Julian y el Cónsul.
—¡Emma! —Dijo Helen, dando un paso adelante, pero Jia alargó su mano para mantenerla atrás. Emma estaba con el rostro pálido y sin aliento. Clary pensó que nunca había visto tanta ira contenida en una forma tan pequeña.
—¡Déjadlo en paz! —Gritó Emma, abriendo sus brazos de par en par, como si pudiera proteger a Julian detrás suyo, aunque ella era una cabeza más baja—. ¡Lo estáis torturando! ¡Déjadlo en paz!
—Está bien, Emma —dijo Julian, el color estaba comenzando a volver a su rostro ahora que ya no lo estaban interrogando—. Tienen que hacerlo.
Ella se volvió hacia él.
—No, no lo tienen que hacer. Yo estaba allí también. Vi lo que pasó. Hácedmelo a mí. —Tendió las manos, como si estuviera rogando que la Espada fuera puesta en ellas—. Yo soy la que apuñaló a Sebastian en el corazón. Fui la que vio que no murió. ¡Deberían estar interrogándome a mí!
—No —comenzó Julian, y luego Jia dijo, aun con suavidad:
—Emma, nosotros vamos a interrogarte, eres la siguiente. La Espada es dolorosa, pero no es dañina…
—Detenedlo —dijo Emma—. Simplemente detenedlo. —Y caminó hacia Julian, que sostenía la Espada con fuerza. Estaba claro que no tenía intención de tratar de entregarla. Él estaba sacudiendo la cabeza a Emma, incluso cuandoella puso sus manos sobre las suyas, por lo que ambos sostenían la Espada juntos.
—Yo apuñalé a Sebastian —dijo Emma, con una voz que resonó por toda la sala—. Y él sacó el puñal y se rió. Dijo: “Es una pena que no vayas a vivir. Vivir para contarle a la Clave que Lilith me ha fortalecido más allá de toda medida. Quizá Gloriosa pueda acabar con mi vida. Una lástima que los Nefilim no tengan más favores que pedirle a los Cielos, y que ninguno de los Instrumentos insignificantes de guerra que se forjan en la Ciudadela de las Hermanas de Hierro puedan hacerme daño ahora.”
Clary se estremeció. Oyó a Sebastian a través de las palabras de Emma, y casi podía verlo, de pie delante de ella. La charla se había desatado entre la Clave, ahogando lo que Jace le dijo a ella luego.
—¿Estás segura de que no fallaste en darle al corazón? —Demandó Robert, sus cejas oscuras dibujándose juntas.
Fue Julian quien respondió.
—Emma no falla —dijo, sonando tan ofendido como si acabara de ser insultado.
—Sé dónde está el corazón —dijo Emma, retrocediendo lejos de Julian y echando una mirada de ira, más que ira de dolor, al Cónsul y al Inquisidor—. Pero no creo que ustedes lo sepan.
Su voz se levantó y ella se giró y salió corriendo fuera de los atriles, prácticamente dándole un codazo a Robert mientras huía. Ella desapareció a través de la puerta por la que había llegado, y Clary oyó su propia respiración salir presurosa a través de sus dientes. ¿Nadie iba a ir detrás de ella? Julian claramente quería, pero, atrapado entre el Cónsul y el Inquisidor, llevando el peso de la Espada Mortal, él no podía moverse. Helen estaba mirándola con una expresión de crudo dolor, sus brazos acunando al niño más joven, Tavvy.
Y entonces Clary estaba de pie. Su madre intentó alcanzarla, pero ya estaba corriendo por el pasillo en bajada entre las filas de asientos. El pasillo seconvirtió en escalones de madera; Clary los repiqueteó, dejando atrás al Cónsul y el Inquisidor, pasado a Helen, y atravesó la puerta lateral siguiendo a Emma.
Ella casi derribó a Aline, que estaba rondando cerca de la puerta abierta, mirando lo que pasaba en la sala del Concejo y frunciendo el ceño. El ceño desapareció cuando vio a Clary, y fue reemplazado por una mirada de sorpresa.
—¿Qué estás haciendo?
—La niña —dijo Clary sin aliento—. Emma. Corrió de vuelta aquí.
—Lo sé. Traté de detenerla, pero se apartó de mí. Ella solo... —Aline suspiró y miró hacia la sala del Concejo, donde Jia había comenzado a cuestionar a Julian de nuevo—. Ha sido tan duros para ellos, Helen y los otros. Sabes que su madre murió, hace tan sólo unos años. Todo lo que tienen ahora es un tío en Londres.
—¿Eso significa que van a hacer a los niños mudarse a Londres? Ya sabes, cuando todo esto haya terminado —dijo Clary.
Aline negó con la cabeza.
—A su tío le han ofrecido la dirección del Instituto de Los Ángeles. Creo que la esperanza es que él tome el trabajo y críe a los niños. Yo no creo que él esté de acuerdo todavía, sin embargo. Él esta probablemente en estado de shock. Quiero decir, perdió a su sobrino, su cuñado, Andrew Blackthorn no está muerto, sin embargo él bien podría estarlo. En cierto modo, es peor. —Su voz era amarga.
—Lo sé —dijo Clary—. Sé exactamente lo que es eso.
Aline la miró más de cerca.
—Supongo que lo sabes —dijo ella—. Está solo… Helen. Me gustaría poder hacer más por ella. Se está carcomiendo a sí misma con la culpa, porque ella estaba aquí conmigo y no en Los Ángeles cuando el Instituto fue atacado. Y está tratando muy duro, pero no puede ser una madre para todos esos niños, y su tío no ha llegado aquí todavía, y luego está Emma, que el Ángel la ayude. Ella ni siquiera tiene un trozo de familia viva…—Me gustaría hablar con ella. Con Emma.
Aline metió un rizo detrás de su oreja; el anillo Blackthorn brillaba en su mano derecha.
—Ella no hablará con nadie a excepción de Julian.
—Déjame tratar —instó Clary—. Por favor.
Aline miró la expresión determinada en el rostro de Clary y suspiró.
—Al final del pasillo, la primera habitación a la izquierda.
El pasillo doblaba lejos de la sala del Concejo. Clary podía oír las voces de los Cazadores de Sombras desvaneciéndose mientras caminaba. Las paredes eran de piedra lisa, llena de tapices que representaban diversas escenas gloriosas de la historia de los Cazadores de Sombras. La primera puerta que apareció a su izquierda era de madera, muy sencilla. Estaba entreabierta, pero ella golpeó rápidamente antes de abrir, para no sorprender a quien estuviera dentro.
Esta era una habitación sencilla, con revestimiento de madera y un revoltijo de sillas, ordenadas apresuradamente. Clary se sentía como en la sala de espera de un hospital. Tenía esa sensación pesada en el aire, de un lugar inestable donde la gente gastaba su preocupación y pena rodeada de cosas desconocidas.
En el rincón de la habitación había una silla apoyada contra una pared, y en la silla estaba Emma. Parecía más pequeña de lo que era desde la distancia. Ella sólo llevaba puesta una camiseta de manga corta y en sus brazos desnudos había Marcas, la runa de la Visión estaba en su mano izquierda —de manera que era zurda como Jace— la que se encontraba sobre la empuñadura de una espada corta desenvainada, descansando en su regazo. Más cerca, Clary pudo ver que su cabello era de un rubio pálido, pero enredado y sucio, lo suficiente para que se viera más oscuro. De entre las marañas la niña fulminó con una mirada desafiante a Clary.
—¿Qué? —Dijo—. ¿Qué quieres?—Nada —dijo Clary, empujando la puerta y cerrándola detrás de ella—. Sólo quiero hablar contigo.
Los ojos de Emma se estrecharon con desconfianza.
—¿Quieres utilizar la Espada Mortal en mí? ¿Interrogarme?
—No. La han usado sobre mí, y es horrible. Siento que la estén utilizando en tu amigo. Creo que deberían buscar otro camino.
—Creo que deberían confiar en él —dijo Emma—. Julian no miente. —Miró a Clary desafiante, como si la retara a estar en desacuerdo.
—Por supuesto que no —dijo Clary, y dio un paso al centro de la habitación. Sentía como si estuviera tratando de no asustar a algún tipo de criatura salvaje en el bosque—. Julian es tu mejor amigo, ¿no es cierto?
Emma asintió.
—Mi mejor amigo es un chico también. Su nombre es Simon.
—Entonces, ¿dónde está? —Los ojos de Emma se movieron detrás de Clary, como si esperara que Simon se materializara de pronto.
—Él está en Nueva York —dijo Clary—. Lo extraño mucho.
Parecía como si Emma le diera un enorme sentido a eso.
—Julian fue a Nueva York una vez —dijo—. Lo extrañé, así que cuando regresó, le hice prometer que no iría a ninguna parte sin mí otra vez.
Clary sonrió, y se acercó a Emma.
—Tu espada es hermosa —dijo, señalando a la hoja en el regazo de la muchacha.
La expresión de Emma se suavizó mínimamente. Ella tocó la hoja, la cual tenía grabada un delicado patrón de hojas y runas. La empuñadura era de oro, y en la hoja estaban talladas las palabras: Soy Cortana, del mismo acero y molde que Joyeuse y Durandal.—Era de mi padre. Ha sido transmitida a través de la familia Carstairs. Es una espada famosa —agregó con orgullo—. Fue hecha hace mucho tiempo.
—“Del mismo acero y molde que Joyeuse y Durandal” —dijo Clary—. Esas son dos espadas famosas. ¿Sabes a quiénes pertenecen esas famosas espadas?
—¿A quiénes?
—Héroes —dijo Clary, arrodillada en el suelo para poder mirar el rostro de la chica.
Emma frunció el ceño.
—No soy un héroe —dijo ella—. No hice nada para salvar al padre de Julian, o a Mark.
—Lo siento mucho —dijo Clary—. Yo sé lo que es ver a alguien que te importa convertirse en un Cazador Oscuro. Llegándose a convertir en alguien más.
Pero Emma estaba negando con la cabeza.
—Mark no se convirtió en un Cazador Oscuro. A él se lo llevaron.
Clary frunció el ceño.
—¿Se lo llevaron?
—Ellos no querían que bebiera de la Copa por su sangre de Hada —dijo Emma, y Clary recordó a Alec diciendo que había un antepasado de Hada en el árbol genealógico de los Blackthorn. Como anticipando la siguiente pregunta de Clary, Emma dijo cansadamente—: Sólo Mark y Helen tienen sangre de Hadas. Tenían la misma madre, pero ella los dejó con el Señor Blackthorn cuando eran pequeños. Julian y los otros tenían una madre diferente.
—Oh —dijo Clary, no queriendo presionar demasiado, porque no quería que esta chica dañada pensara que ella era simplemente otra adulta que veía a Emma como fuente de respuestas a sus preguntas, y nada más—. Conozco a Helen. ¿Mark se parecerse a ella? —Sí… Helen y Mark tienen las orejas un poco puntiagudas, y el cabello claro. Ninguno del resto de los Blackthorn son rubios. Todos ellos tienen el cabello castaño excepto Ty, y nadie sabe por qué tiene el cabello negro. Livvy no lo tiene, y ella es su gemela. —Un poco de color y animación habían vuelto al rostro de Emma; estaba claro que le gustaba hablar de los Blackthorn.
—¿Entonces, por qué no querían que Mark bebiera de la Copa? —Dijo Clary. Personalmente ella se sorprendió de que a Sebastian le importara de un modo u otro. Él nunca había tenido la obsesión de Valentine con los Subterráneos, aunque no era como si a él le gustaran—. Tal vez no funciona si tienes sangre de Subterráneo.
—Tal vez —dijo Emma. Clary alargó su mano y la puso sobre las de Emma. Temía la respuesta, pero no pudo evitar hacer la pregunta—. Él no Convirtió a tus padres, ¿no?
—No-no —dijo Emma, y ahora su voz temblaba—. Están muertos. Ellos no estaban en el Instituto; estaban investigando un reporte de actividad demoníaca. Sus cuerpos fueron arrastrados hasta la playa después del ataque. Podría haber ido con ellos, pero quería quedarme en el Instituto. Yo quería entrenar con Jules. Si hubiera ido con ellos…
—Si lo hubieras hecho, estarías muerta también —dijo Clary.
—¿Cómo lo sabes? —Exigió Emma, pero había algo en sus ojos, algo que quería creer en ello.
—Puedo ver cuán grandiosa Cazadora de Sombras eres —dijo Clary—. Veo tus Marcas. Veo tus cicatrices. Y cómo sostienes tu espada. Si eres tan grandiosa, sólo puedo imaginar que ellos eran realmente grandiosos también. Y algo que pudo haberlos matado a ambos, no es algo de lo que los podrías haber salvado. —Ella tocó la espada ligeramente—. Los héroes no siempre son los que ganan —dijo—. Ellos son los que pierden, a veces. Pero siguen luchando, siguen regresando. No se dan por vencidos. Eso es lo que los convierte en héroes.
Emma respiró temblorosa, mientras un ruido de golpeteo sonó en la puerta. Clary se volvió a medias cuando se abrió, dejando entrar la luz del corredor exterior, y a Jace. Él la encontró con la mirada y le sonrió, apoyándoseen la puerta. Tenía el cabello dorado muy oscuro, con los ojos de un tono más claro. Clary a veces pensaba que podía ver el fuego dentro de él, alumbrando sus ojos, su piel y sus venas, moviéndose justo por debajo de la superficie.
—Clary —dijo él.
Clary creyó oír un pequeño chillido detrás de ella. Emma estaba agarrando su espada, mirando entre Clary y Jace con ojos muy grandes.
—El Concejo ha terminado —dijo—. Y no creo que Jia esté demasiado contenta por el modo que viniste corriendo hacia aquí.
—Así que estoy en problemas —dijo Clary.
—Como siempre —dijo Jace, pero su sonrisa no tenía ni piza de burla en ella—. Todos estamos yéndonos. ¿Estás lista para irte?
Ella negó con la cabeza.
—Te veré en tu casa. Podrás informarme de lo sucedido en el Concejo entonces.
Él vaciló.
—Haz que Aline o Helen vayan contigo —dijo finalmente—. La casa del Cónsul está justo bajando la calle de la del Inquisidor. —Subió la cremallera de su chaqueta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de él.
Clary se volvió hacia Emma, que seguía mirándola.
—¿Conoces a Jace Lightwood? —Dijo Emma.
—Yo… ¿Qué?
—Es famoso —dijo Emma, con asombro evidente—. Él es el mejor Cazador de Sombras. El mejor.
—Él es mi amigo —dijo Clary, y notó que la conversación había tomado un giro inesperado.
Emma le dirigió una mirada de superioridad—Es tu novio.
—¿Cómo es que tú…?
—Vi la forma en que te miraba —dijo Emma—, y de todos modos, todo el mundo sabe que Jace Lightwood tiene una novia y que ella es Clary Fairchild. ¿Por qué no me dijiste tu nombre?
—Supongo que no pensé que lo conocieras —dijo Clary, tambaleándose.
—No soy estúpida —dijo Emma, con un aire de molestia que hizo enderezarse rápidamente a Clary antes de que se pudiera reír.
—No, no lo eres. Eres muy inteligente —dijo Clary—. Y me alegro de que sepas quién soy, porque quiero que sepas que puedes venir a hablar conmigo en cualquier momento. No sólo por lo que pasó en el Instituto… de lo que quieras. Y puedes hablar con Jace, también. ¿Necesitas saber dónde encontrarnos?
Emma negó con la cabeza.
—No —dijo ella, con voz suave de nuevo—. Sé dónde está la casa del Inquisidor.
—Bien. —Clary cruzó las manos, sobre todo para contenerse a sí misma estirarse y abrazar a la chica. No creía que Emma lo agradeciera. Clary se volvió hacia la puerta.
—Si eres la novia de Jace Lightwood, deberías tener una mejor espada —dijo Emma de repente, y Clary echó un vistazo a la hoja que se había atado esa mañana, una vieja, que había empacado con sus pertenencias de Nueva York.
Ella tocó la empuñadura.
—¿Esta no es buena?
Emma negó con la cabeza.
—No es buena en absoluto.
Sonaba tan seria que Clary sonrió.
—Gracias por el consejo.
StephRG14
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Cazadores de sombras - Página 2 Empty RE: CIUDAD DEL FUEGO CELESTIAL

Mensaje por StephRG14 el Dom 10 Mayo 2015, 3:28 pm

Capitulo 4
Mas oscuro que dorado



Cuando Clary tocó la puerta de la casa del Inquisidor, ésta fue abierta por Robert Lightwood.
Por un momento se quedó inmóvil, sin saber qué decir. Nunca había tenido una conversación con el padre adoptivo de Jace y nunca lo había conocido muy bien en absoluto. Él había sido una sombra en el fondo, por lo general detrás de Maryse con la mano sobre la silla de ella. Era un hombre corpulento, de cabello oscuro y de barba recién cortada, aunque ella sabía que había estado en el Círculo de Valentine. Había demasiadas líneas en su rostro y demasiada dureza asentada en su mandíbula para que ella lo imaginara joven.
Cuando él la miró, vio que sus ojos eran de un azul muy oscuro, tan oscuros que siempre había pensado que eran negros. Su expresión no cambió, podía sentir la desaprobación irradiando de él. Sospechaba que Jia no era la única persona molesta de su partida de la reunión del Concejo en busca de Emma.
—Si buscas a mis hijos, están arriba —fue todo lo que dijo—. En el último piso.
Clary dio un paso al interior de la extremadamente grande habitación principal. La casa, oficialmente designada al Inquisidor y su familia, era grande en su ámbito, con techos altos y mueles pesados y de aspecto caro. Era un espacio lo suficientemente grande para tener arcos interiores, una enorme escalera y una lámpara de araña colgando del techo, brillando con una tenue luz mágica. Se preguntó dónde estaba Maryse, y si le gustaba la casa—Gracias —dijo Clary.
Robert Lightwood se encogió de hombros y desapareció en las sombras sin decir nada más. Clary subió las escaleras de dos en dos, pasando varios descansillos antes de llegar al último piso, en el cual se subía un tramo de escaleras empinadas que conducían al ático para llegar a un pasillo. Una puerta al final del pasillo estaba entreabierta, podía oír las voces provenientes del otro lado.
Dándole un golpecito a la puerta entró. Las paredes del ático estaban pintadas de blanco, y había un enorme armario en la esquina, con ambas puertas abiertas. La ropa de Alec, práctica y un poco desgastada, colgaba de un lado, y la de Jace, totalmente de colores negros o grises, en el otro.
Clary casi sonrió, no estaba completamente segura de por qué. Había algo sobre Alec y Jace compartiendo una habitación que encontraba adorable. Se preguntó si se mantenían despiertos entre sí hablando por la noche, de la forma en que ella y Simon siempre lo hacían.
Alec e Isabelle estaban en el alféizar de la ventana. Detrás de ellos Clary podía ver los colores de la puesta del sol iluminando el agua del canal de abajo. Jace estaba tumbado sobre una de las camas individuales, con las botas desafiantemente plantadas sobre la colcha de terciopelo.
—Pienso que ellos no desean esperar que Sebastian ataque a más Institutos —estaba diciendo Alec—. Eso implicaría esconderse. Los Cazadores de Sombras no se esconden.
Jace se frotó la mejilla contra su hombro, se le veía cansado con su pálido cabello despeinado.
—Se siente como esconderse —dijo—. Sebastian está allí afuera, nosotros estamos aquí custodiados. Todos los Institutos están vacíos. Nadie protege al mundo de los demonios. ¿Quién protegerá a los vigilantes?
Alec suspiró y frotó una mano por su rostro.
—Con suerte no será por mucho tiempo.—Es difícil imaginar lo que ocurriría —dijo Isabelle—. Un mundo sin Cazadores de Sombras. Demonios por todas partes, subterráneos atacándose entre sí.
—Si yo fuera Sebastian… —comenzó Jace.
—Pero no lo eres. No eres Sebastian —dijo Clary.
Todos la miraron. Alec y Jace no se parecían absolutamente en nada, pensó Clary, pero de vez en cuando había una similitud en la forma en que miraban o gesticulaban que le recordaba que habían sido criados juntos. Ambos parecían curiosos y un poco preocupados. Isabelle lucía más cansada y molesta.
—¿Estás bien? —dijo Jace a modo de saludo, dándole una sonrisa torcida—. ¿Cómo está Emma?
—Destrozada —dijo Clary—. ¿Qué sucedió después de que dejé la reunión?
—El interrogatorio casi había terminado —dijo Jace—. Sebastian está, obviamente, detrás de los ataques, y tiene una fuerza considerable de Cazadores Oscuros respaldándolo. Nadie sabe exactamente cuántos, pero tenemos que asumir que todos los desaparecidos han sido Convertidos.
—Aun así tenemos un número mayor, por mucho —dijo Alec—. Él tiene sus fuerzas originales, y los seis Cónclaves que convirtió; nosotros contamos con todos los demás.
Había algo en los ojos de Jace que los volvió más oscuros que dorados.
—Sebastian lo sabe —murmuró él—. Conoce sus fuerzas, hasta el último guerrero. Sabrá exactamente lo que puede enfrentar y lo que no puede.
—Tenemos a los Subterráneos de nuestro lado —dijo Alec—. Ese es el punto central de la reunión de mañana, ¿no? Hablar con los representantes, fortalecer nuestras alianzas. Ahora que sabemos lo que Sebastian está haciendo, podemos trazar estrategias, vencerlo con los Hijos de la Noche, los Tribunales, los brujos…Los ojos de Clary se encontraron con los de Jace en una comunicación silenciosa. Ahora que sabemos lo que está haciendo Sebastian, él hará algo más. Algo que aún no esperamos.
—Y luego todo el mundo habló sobre Jace —dijo Isabelle—. Ya sabes, lo de siempre.
—¿Sobre Jace? —Clary se apoyó contra el pie de la cama de Jace—. ¿Qué hablaron sobre él?
—Si Sebastian es básicamente invulnerable ahora, y si hay forma de herirlo o matarlo. Gloriosa podría haberlo hecho debido al fuego celestial, pero actualmente la única fuente de fuego celestial es…
—Jace —dijo Clary gravemente—. Pero los Hermanos Silenciosos han intentado todo para separar a Jace del fuego celestial, y no pueden hacerlo. Está en su alma. ¿Y cuál es su plan, Jace golpeando la cabeza de Sebastian hasta que se desmaye?
—El Hermano Zachariah dijo más o menos lo mismo —dijo Jace—. Tal vez con menos sarcasmo.
—De todos modos, terminaron hablando de formas de capturar a Sebastian sin matarlo, si pueden destruir a todos los Cazadores Oscuros, si Sebastian puede ser atrapado en algún lugar o de alguna manera, puede ser que no importe tanto si no puede ser asesinado —dijo Alec.
—Ponerlo en un ataúd de adamas y lanzarlo al mar —dijo Isabelle—. Esa es mi sugerencia.
—De todas formas, cuando terminaron de hablar de mí, lo cual por su puesto fue la mejor parte —dijo Jace—, volvieron bastante rápido a hablar de formas de curar a los Cazadores Oscuros. Le están pagando al Laberinto en Espiral una fortuna para tratar de desentrañar el hechizo que Sebastian usó para crear la Copa Infernal y recrear el ritual.
—Tienen que dejar de obsesionarse con la cura de los Cazadores Oscuros y empezar a pensar en la manera de derrotarlos —dijo Isabelle con voz dura.—Muchos de ellos conocen a personas que fueron Convertidas, Isabelle —dijo Alec—. Por supuesto que los quieren de regreso.
—Pues yo quiero a mi hermanito de vuelta —dijo Isabelle, alzando la voz—. ¿Es que no entienden lo que Sebastian hizo? Los mató. Mató lo que era humano en ellos y los convirtió en demonios luciendo como las personas que solíamos conocer, eso es todo…
—Baja la voz —dijo Alec, en su tono determinado de hermano mayor. ¿Entiendes que mamá y papá están en casa? Subirán.
—Ajá —dijo Isabelle—. Tan lejos uno del otro, en la misma habitación, como podrían estar, pero están aquí.
—No es de nuestra incumbencia dónde duermen, Isabelle.
—Son nuestros padres.
—Pero tienen sus propias vidas —dijo Alec—. Y tenemos que respetarlo y mantener el margen. —Su expresión se ensombreció—. Mucha gente se separa cuando uno de sus hijos muere.
Isabelle dio un pequeño grito ahogado.
—¿Izzy? —Alec pareció darse cuenta de que había ido demasiado lejos. Las menciones de Max parecían devastar más a Isabelle que a cualquiera de los otros Lightwood, incluso Maryse.
Isabelle se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta de golpe detrás de ella.
Alec se pasó los dedos por su cabello, haciendo que se le crispara.
—Maldita sea —maldijo, y luego se sonrojó. Alec casi nunca maldecía, y por lo general cuando lo hacía, lo hacía en voz baja. Le disparó a Jace una mirada casi de disculpa y fue detrás de su hermana.
Jace suspiró y con un balanceo sacó los pies de la cama y se puso de pie. Se estiró como un gato, haciendo crujir sus hombros.
—Supongo que esa es mi señal de acompañarte a casa.—Puedo encontrar mi camino de regreso…
Él negó con la cabeza, agarrando su chaqueta del poste de la cama. Había algo de impaciencia e inquietud en sus movimientos que hizo que a Clary se le pusieran los pelos de punta.
—Quiero salir de aquí de todos modos. Vamos. *** —Ha pasado una hora. Al menos una hora. Lo juro —dijo Maia. Estaba tumbada en el sofá del apartamento de Jordan y Simon, con los pies descalzos sobre el regazo de Jordan.
—No deberíamos haber ordenado comida tailandesa —dijo Simon con aire ausente. Estaba sentado en el suelo, jugueteando con el controlador de Xbox. No había estado funcionando durante varios días. La chimenea estaba encendida. Como todo lo demás en el apartamento, la chimenea estaba descuidada, y la mitad del tiempo la habitación se llenaba de humo cuando la usaban. Jordan siempre se quejaba del frío, de las grietas en las ventanas y paredes, y del desinterés de los propietarios en arreglar algo—. Nunca la entregan a tiempo.
Jordan sonrió de buena gana.
—¿Y por qué te importa? No puedes comer
—Puedo beber ahora —puntualizó Simon. Era cierto. Había entrenado su estómago para aceptar más líquidos (leche, café, té) aunque los alimentos sólidos todavía le provocaban arcadas. Dudaba que las bebidas hicieran gran cosa por él en el asunto de la nutrición; sólo la sangre parecía hacer eso, pero le hacía sentirse más humano ser capaz de consumir algo en público que no enviara a todo el mundo gritando. Con un suspiró dejó caer el controlador—. Creo que esta cosa está rota. Permanentemente. Lo cual es genial, porque no tengo dinero para reemplazarla.
Jordan lo miró con curiosidad. Simon había traído todos sus ahorros de su casa cuando se había mudado, pero no había sido mucho. Afortunadamentesus gastos no eran muchos. El apartamento fue un préstamo del Praetor Lupus, quien también proveía a Simon de sangre.
—Tengo dinero —dijo Jordan—. Vamos a estar bien.
—Es tu dinero, no el mío. No estarás conmigo para siempre —dijo Simon, con la mirada fija en las llamas azules de la chimenea—. ¿Y luego qué? Estaría aplicando en la escuela de música pronto si todo esto no hubiera pasado. Hubiera aprendido y conseguido un trabajo. Nadie va a emplearme ahora. Parezco de dieciséis años, siempre lo seré.
—Humm —dijo Maia—. Supongo que los vampiros no consiguen trabajos, ¿verdad? Quiero decir, algunos hombres lobo trabajan: Bat es un DJ, y Luke posee una librería. Pero todos los vampiros están en clanes. No hay vampiros científicos.
—O vampiros músicos —dijo Simon—. Seamos realistas. Mi carrera ahora es ser un vampiro profesional.
—Estoy realmente sorprendida de que los vampiros no hayan desmantelado las calles y comiéndose turistas, con Maureen liderándolos —dijo Maia—. Siempre está sedienta de sangre.
Simon hizo una mueca.
—Asumo que alguien del clan está tratando de controlarla. Raphael, probablemente. Lily es una de las más inteligentes del clan de los vampiros. Lo sabe todo. Ella y Raphael siempre fueron uña y mugre. Pero no tengo exactamente amigos vampiros. Teniendo en cuenta el blanco fácil que soy, a veces me sorprendo de tener algún amigo.
Escuchó la amargura en su propia voz y miró al otro lado de la habitación hacia las imágenes que Jordan había clavado en la pared, imágenes de él con sus amigos, en la playa, con Maia. Simon había pensado en colgar sus propias fotos. A pesar de que no tomó ninguna fotografía de su casa, Clary sí tenía algunas. Podría haberlas pedido prestadas, haber hecho el apartamento más suyo. Pero a pesar de que le gustaba vivir con Jordan y se sentía cómodo allí, no era su casa. No sentía como si pudiera hacer una vida permanente allí.
—Ni siquiera tengo una cama —dijo en voz alta.
Maia volteó su cabeza hacia él.
—Simon, ¿qué sucede? ¿Es porque Isabelle se fue?
Simon se encogió de hombros.
—No lo sé. Quiero decir, sí, extraño a Izzy, pero Clary dice que los dos necesitamos DLR.
—Ah, definir la relación —dijo Maia por la mirada desconcertada de Jordan—. Ya sabes, cuando decides si realmente son novios o no. Lo cual deberías hacer, por cierto.
—¿Por qué todo el mundo conoce ese acrónimo, excepto yo? —se preguntó Simon en voz alta—. ¿Isabelle quiere ser mi novia?
—No te lo puedo decir —dijo Maia—. Código de chicas. Pregúntale.—Ella está en Idris.
—Pregúntale cuando regrese. —Simon se quedó en silencio, y Maia añadió, suavemente—: Volverá y Clary también. Es sólo una reunión.
—No lo sé. Los Institutos no están a salvo.
—Ni tú —dijo Jordan—. Por eso me tienes a mí.
Maia miró a Jordan. Había algo extraño en la mirada, algo que Simon no pudo identificar. Sucedía algo entre Maia y Jordan desde hace algún tiempo, una distancia por parte Maia, una pregunta en sus ojos cuando miraba a su novio. Simon había estado esperando que Jordan le dijera algo a él, pero Jordan no lo había hecho. Simon se preguntó si Jordan había notado la lejanía de Maia —era algo obvio— o si Jordan estaba obstinadamente en negación.
—¿Seguirás siendo un Vampiro Diurno? —preguntó Maia, volviendo su atención a Simon—. ¿Si pudieras cambiarlo?
—No lo sé. —Simon se había hecho la misma pregunta, y luego la descartaba, no tenía sentido obsesionarse con cosas que no podía cambiar. Ser
un Vampiro Diurno significaba a tener oro en tus venas. Otros vampiros lo querían, porque si bebían de tu sangre, también podrían caminar en el sol. Pero igualmente muchos otros querían destruirte, pues era la creencia entre la mayoría de los vampiros de que los Vampiros Diurnos eran una abominación que debería ser erradicada. Recordó las palabras que Raphael le dijo en la azotea del hotel de Manhattan. Será mejor que reces en no perder esa Marca antes que la guerra llegue, Vampiro Diurno. Porque si llega a suceder, habrá una línea de enemigos esperando su turno para matarte. Y yo seré el primero.
—Extrañaría el sol —dijo—. Me mantiene humano, creo.
La luz del fuego brillo en los ojos de Jordan mientras miraban a Simon.
—Ser humano está sobrevalorado —dijo con una sonrisa.
Maia quitó sus pies de las piernas de él bruscamente. Jordan la mirópreocupado, justo cuando el timbre sonó.
Simon se puso de pie rápidamente.
—Llegó la comida —anunció—. Yo atiendo, además —añadió por encima del hombro mientras se dirigía por el pasillo hasta la puerta principal—. Nadie ha intentado matarme en dos semanas. Tal vez se aburrieron y se dieron por vencidos.
Oyó el murmullo de voces detrás de él, pero no escuchó lo que decían. Alargó la mano hacia el pomo y abrió la puerta, mientras buscaba a tientas su billetera.
Sintió que algo palpitaba sobre su pecho. Bajó la mirada para ver el colgante de Isabelle destellando una brillante luz escarlata y se echó hacia atrás, esquivando mano que se abrió paso para agarrarlo. Gritó en voz alta, en la puerta principal había una figura amenazante vestida en ropa deportiva roja, un Cazador de Sombras con salpicaduras desagradables de runas en ambas mejillas, con una nariz aguileña y una amplia y pálida frente. Gruñó hacia Simon y avanzó.
—¡Simon, al suelo! —gritó Jordan y Simon se tiró y rodó a un lado al mismo tiempo que una flecha de ballesta volaba a lo largo del pasillo. El
Cazador Oscuro giró de lado a una velocidad casi increíble, el perno se incrustó en la puerta. Simon escuchó a Jordan maldecir de frustración y luego Maia en forma de lobo saltó por delante de él, abalanzándose hacia el Cazador Oscuro.
Hubo un aullido de satisfacción de dolor mientras sus dientes se hundieron en su garganta. La sangre empezó a brotar, llenando el aire con una niebla roja salada, Simon lo inhaló, saboreando el amargo sabor de la sangre contaminada demoníaca cuando se levantó de un salto. Dio un paso delante justo en el momente que el Cazador Oscuro agarró a Maia y la tiró por el pasillo, una destrozada bola de dientes y garras aullando.
Jordan gritó. Simon estaba haciendo un pequeño ruido en su garganta, una especie de silbido vampiro, y pudo sentir la presión de sus colmillos. El Cazador Oscuro dio un paso adelante, derramando sangre, pero aun así suandar era firme. Simon sintió una punzada de miedo en sus entrañas. Había visto a luchar a los soldados de Sebastian en el Burren y sabía que eran más fuertes, más rápidos y más difíciles de matar que los Cazadores de Sombras. No había pensado en que eran mucho más difíciles de matar que los vampiros.
—¡Fuera de mi camino! —Jordan agarró Simon por los hombros y lo medio tiró después de Maia, que se había puesto de pie. Había sangre en su collar y sus ojos de loba estaban oscuros de rabia—. ¡Fuera, Simon! Déjanos enfrentarnos a esto. ¡Fuera!
Simon se mantuvo firme.
—No me iré… él está aquí por mí…
—¡Ya lo sé! —gritó Jordan—. ¡Yo soy tu protector Praetor Lupus! ¡Ahora déjame hacer mi trabajo!
Jordan giró, levantando su ballesta de nuevo. Esta vez, el perno se hundió en el hombro del Cazador Oscuro. Éste se tambaleó hacia atrás y dijo una serie de maldiciones en un idioma que Simon no conocía. Alemán, pensó. El Instituto de Berlín había sido atacado…
Maia saltó pasando a Simon, y ella y Jordan se acercaron al Cazador Oscuro.
Jordan miró hacia atrás posando la mirada en Simon, sus ojos color avellana estaban feroces y salvajes. Simon asintió y se precipitó de regreso a la sala de estar. Abrió de golpe la ventana, que con un chillido feroz la madera explotó en pedazos de astillas, y saltó a la escalera de incendios, donde estaban las plantas acónitas de Jordan, marchitas por el aire del invierno, apiñadas en el borde del metal.
Cada parte de él gritaba que no debería de irse, pero le había prometido a Isabelle que dejaría a Jordan hacer su trabajo como protector, prometiendo que no se haría a sí mismo un blanco. Con su mano apretó el colgante de Izzy, estaba cálido bajo sus dedos como si hubiera permanecido recientemente contra su garganta, y bajó las escaleras metálicas. Eran un tanto ruidosas y resbaladizas por la nieve, casi se cayó varias veces antes de llegar al último peldaño y bajó al sombrío pavimento.
Y fue inmediatamente rodeado por los vampiros. Simon tuvo tiempo de reconocer sólo a dos de ellos, como parte del clan del Hotel Dumort, el delicado cabello oscuro de Lily y el rubio de Zeke, ambos sonriendo como demonios, antes de que algo fuera arrojado sobre su cabeza. La tela se tensó alrededor de su garganta y lo asfixiaba, no porque le faltara aire, sino por el dolor de tener la garganta comprimida.
—Maureen envía saludos —le dijo Zeke al oído.
Simon abrió la boca para gritar, pero la oscuridad lo reclamó antes de que pudiera hacer un sonido. *** —No me había dado cuenta de que eras un tanto famoso —dijo Clary mientras ella y Jace se abrían paso por la acera estrecha que corría junto al canal Oldway. Estaba anocheciendo, la oscuridad apenas acababa de caer y las calles estaban llenas de gente caminando apresuradamente ida y venida, vestidas en capas gruesas, con las caras frías y contraidas.
Las estrellas estaban empezando a salir, un destello suave de luz sobre el cielo oriental. Ellas iluminaron los ojos de Jace mientras miraba a Clary con curiosidad.
—Todo el mundo conoce al hijo de Valentine.
—Lo sé, pero cuando Emma te vio, actuó como si fueras su celebridad favorita. Como si estuvieras en la portada de Cazadores de Sombras Semanal todos los meses.
—Sabes, cuando me pidieron posar, me dijeron que sería de buen gusto…
—Siempre y cuando estuvieras sosteniendo un cuchillo serafín colocados estratégicamente, no veo el problema —dijo Clary, y Jace se echó a reír, un sonido corto indicó que había logrado divertirlo. Era su risa favorita de él. Jace siempre era tan controlado, todavía era un deleite ser una de las pocas personas que podían entrar bajo esa armadura que él había construido cuidadosamente y sorprenderlo.
—A ti te agradó, ¿verdad? —dijo Jace.
Confusa, Clary dijo:
—¿Quién? —Pasaban por una plaza que ella la recordaba empedrada, con un pozo en centro ahora cubierto con un círculo de piedra, probablemente para evitar que el agua se enfriase.
—Esa chica. Emma.
—Tenía algo —Clary reconoció—. La forma en que defendió al hermano de Helen, tal vez. Julian. Ella haría cualquier cosa por él. En realidad ama a los Blackthorn, y que también ha perdido a todos los que...—No me había dado cuenta de que eras un tanto famoso —dijo Clary mientras ella y Jace se abrían paso por la acera estrecha que corría junto al canal Oldway. Estaba anocheciendo, la oscuridad apenas acababa de caer y las calles estaban llenas de gente caminando apresuradamente ida y venida, vestidas en capas gruesas, con las caras frías y contraidas.
Las estrellas estaban empezando a salir, un destello suave de luz sobre el cielo oriental. Ellas iluminaron los ojos de Jace mientras miraba a Clary con curiosidad.
—Todo el mundo conoce al hijo de Valentine.
—Lo sé, pero cuando Emma te vio, actuó como si fueras su celebridad favorita. Como si estuvieras en la portada de Cazadores de Sombras Semanal todos los meses.
—Sabes, cuando me pidieron posar, me dijeron que sería de buen gusto…
—Siempre y cuando estuvieras sosteniendo un cuchillo serafín colocados estratégicamente, no veo el problema —dijo Clary, y Jace se echó a reír, un sonido corto indicó que había logrado divertirlo. Era su risa favorita de él. Jace siempre era tan controlado, todavía era un deleite ser una de las pocas personas que podían entrar bajo esa armadura que él había construido cuidadosamente y sorprenderlo.
—A ti te agradó, ¿verdad? —dijo Jace.
Confusa, Clary dijo:
—¿Quién? —Pasaban por una plaza que ella la recordaba empedrada, con un pozo en centro ahora cubierto con un círculo de piedra, probablemente para evitar que el agua se enfriase.
—Esa chica. Emma.
—Tenía algo —Clary reconoció—. La forma en que defendió al hermano de Helen, tal vez. Julian. Ella haría cualquier cosa por él. En realidad ama a los Blackthorn, y que también ha perdido a todos los que... —No me había dado cuenta de que eras un tanto famoso —dijo Clary mientras ella y Jace se abrían paso por la acera estrecha que corría junto al canal Oldway. Estaba anocheciendo, la oscuridad apenas acababa de caer y las calles estaban llenas de gente caminando apresuradamente ida y venida, vestidas en capas gruesas, con las caras frías y contraidas.
Las estrellas estaban empezando a salir, un destello suave de luz sobre el cielo oriental. Ellas iluminaron los ojos de Jace mientras miraba a Clary con curiosidad.
—Todo el mundo conoce al hijo de Valentine.
—Lo sé, pero cuando Emma te vio, actuó como si fueras su celebridad favorita. Como si estuvieras en la portada de Cazadores de Sombras Semanal todos los meses.
—Sabes, cuando me pidieron posar, me dijeron que sería de buen gusto…
—Siempre y cuando estuvieras sosteniendo un cuchillo serafín colocados estratégicamente, no veo el problema —dijo Clary, y Jace se echó a reír, un sonido corto indicó que había logrado divertirlo. Era su risa favorita de él. Jace siempre era tan controlado, todavía era un deleite ser una de las pocas personas que podían entrar bajo esa armadura que él había construido cuidadosamente y sorprenderlo.
—A ti te agradó, ¿verdad? —dijo Jace.
Confusa, Clary dijo:
—¿Quién? —Pasaban por una plaza que ella la recordaba empedrada, con un pozo en centro ahora cubierto con un círculo de piedra, probablemente para evitar que el agua se enfriase.
—Esa chica. Emma.
—Tenía algo —Clary reconoció—. La forma en que defendió al hermano de Helen, tal vez. Julian. Ella haría cualquier cosa por él. En realidad ama a los Blackthorn, y que también ha perdido a todos los que... —Ella te recuerda a ti.
—No lo creo —dijo Clary—. Creo que tal vez ella me recuerda a ti.
—¿Porque soy pequeño, rubio y me veré bien en coletas?
Clary le golpeó con el hombro. Habían llegado a la cima de una calle llena de tiendas. Las tiendas estaban cerradas ahora, aunque la luz mágica brillaba a través de las ventanas enrejadas. Clary tuvo la sensación de estar en un cuento de Hadas o en un sueño, una sensación que Alicante nunca dejaba de
darle, el extenso cielo sobre ella, los antiguos edificios tallados con escenas de leyendas, y sobre todo las torres de los demonio que dieron a Alicante su nombre común: Ciudad de Cristal.
—Porque —dijo ella mientras pasaban una tienda con barras de pan apiladas en la ventana—. Perdió a su familia de sangre. Pero ahora su familia es los Blackthorns. No tiene a nadie más, no tiene tías o tíos, nadie que la cuide, pero los Blackthorn lo harán. Así que tendrá que aprender lo que mismo que tú: que la familia no es sangre. Es la gente que te quiere. Las personas que te cuidan la espalda. Como los Lightwood hicieron por ti.
Jace se detuvo. Clary se dio la vuelta para mirarlo. La multitud de peatones se separaban alrededor de ellos. Él estaba de pie en frente de la entrada de un callejón estrecho de una tienda. El viento que soplaba en la calle le revolvió el pelo rubio y la chaqueta desabrochada, podía ver el pulso en su garganta.
—Ven aquí —dijo, y su voz era áspera.
Clary dio un paso hacia él cautelosamente. ¿Había dicho algo que le había molestado? Aunque, Jace raramente se enojaba con ella, y cuando lo estaba se lo decía. Extendiendo el brazo la tomó de la mano con suavidad, y la condujo detrás de él mientras él se dirigía a la esquina del edificio y entre las sombras de un estrecho paso que extendía hacia un canal a la distancia.No había nadie más en el callejón con ellos y su estrecha entrada bloqueaba la vista de la calle. El rostro de Jace se percibía de todos los ángulos en la penumbra: los pómulos afilados, su boca suave, los ojos dorados como los de un león.
—Te amo —dijo—. No suelo decirlo con frecuencia. Te amo.
Ella se apoyó contra la pared. La piedra estaba fría. En otras circunstancias podría haber sido incómodo, pero no le importaba en ese momento. Ella tiró de él con cuidado hasta que ambos cuerpos estaban alineados, no muy conmovedoramente, pero tan cerca que podía sentir el calor que él irradiaba. Por supuesto que Jace no tenía necesidad de cerrar su chaqueta, no con el fuego que ardía en sus venas. El aroma de pimienta negra,
jabón y el aire frío se aferraba a él mientras ella apretaba la cara contra su hombro e inhaló.
—Clary —dijo. Su voz era un susurro y una advertencia. Podía oír la aspereza del deseo en ella, anhelando la tranquilidad física de cercanía, de cualquier contacto en absoluto. Con cuidado, la rodeó para colocar las palmas de las manos contra la pared de piedra, enjaulándola en el espacio hecho por los brazos. Ella sintió su aliento en su cabello, el roce de su cuerpo contra el suyo. Cada centímetro de su cuerpo parecía súper sensibilizada, en todas partes lo que tocaba se sentía como si pequeñas agujas de placer-dolor fueran arrastrándose por su piel.
—Por favor, no me digas que me trajiste a un callejón y me estás tocando y no planeas besarme, porque no creo que podría soportarlo —dijo en voz baja.
Él cerró sus ojos. Podía ver sus pestañas oscuras tocando sus mejillas, recordando la sensación de la forma de su cara bajo sus dedos, de todo el peso de su cuerpo sobre el de ella, la forma en que su piel se sentía contra su piel.
—No —le dijo, y ella podía oír la aspereza oscura bajo la tranquilidad habitual de su voz. Miel sobre agujas. Estaban lo bastante cerca que cuando él respiraba, ella sentía la expansión de su pecho—. No podemos.Ella puso sus manos sobre su pecho, sentí bajo sus manos que el corazón le latía como si fueran alas atrapadas.
—Llévame a casa, entonces —susurró ella y se inclinó hasta rozar sus labios contra la comisura de su boca. O por lo menos quiso que fuese como una rozadura, un pequeño toque de los labios en labios, pero él se inclinó hacia ella y su movimiento cambió el ángulo con rapidez, se presionó contra él más fuerte de lo que había querido y sus labios se deslizaron hasta centrarse en los suyos. Lo sintió exhalar de sorpresa sobre su boca, y luego ellos se estaban besando, realmente besando, exquisitamente lento, abrasador e intenso.
Llévame a casa. Pero este era su hogar, los brazos de Jace que la rodeaban, el viento frío de Alicante en su ropa, sus dedos clavándose en la parte posterior del cuello de Jace, el lugar donde su cabello ondulado de él roza con suavidad su piel. Sus palmas estaban todavía completamente presionadas contra la
piedra detrás de ella, pero movió su cuerpo contra el de ella, presionándola suavemente contra la pared; ella podía oír el áspero tono de su respiración de él. No la tocaría con sus manos, pero ella sí podía tocarle y dejó que sus manos libremente vagaran sobre la musculatura de sus brazos, se posaran en su pecho y trazaran el contorno de los músculos, presionando hacia afuera para agarrar los costados de su camiseta, la cual fue arrugándose bajo sus dedos. Sus dedos tocaron la piel desnuda, y entonces deslizó sus manos por debajo de la camiseta, y no lo había tocado así en mucho tiempo, casi había olvidado cómo de suave era su piel cuando no estaba llena de cicatrices, cómo los músculos de su espalda saltaban bajo su toque. Jace jadeó en su boca, él sabía cómo a té, chocolate y sal.
Ella había tomado el control del beso. Ahora él tenía las riendas, mordiéndole el labio inferior hasta que ella se estremeció, pellizcando la comisura de su boca, besándola a lo largo de su mandíbula para chupar el punto donde el pulso latía en su cuello, tragando su ritmo cardíaco acelerado. La piel de Jace quemaba bajo las manos de ella, quemaba… Él se apartó, tambaleándose hacia atrás casi borracho, golpeando la pared opuesta. Sus ojos estaban muy abiertos, y por un momento Clary pensó que podía ver las llamas en ellos, como incendios gemelos en la oscuridad. Luego la luz se apagó de ellos y él jadeaba como si hubiera estado corriendo, apretando las palmas de sus manos contra su cara.
—Jace —dijo ella.
Dejó caer sus manos.
—Mira la pared detrás de ti —dijo con una voz plana.
Se dio la vuelta y miró fijamente. Detrás de ella, donde las manos de Jace habían estado apoyadas, había dos marcas gemelas quemadas en la piedra, de la forma exacta de sus manos. *** La Reina Seelie yacía sobre su cama y miró al techo de piedra de su dormitorio. Estaba decorado con una enredadera de rosas, con sus espinas
intactas, cada una de las rosas era perfecta y de color rojo sangre. Todas las noches se marchitaban y morían, y cada mañana eran reemplazadas, tan frescas como el día anterior.
Las Hadas dormían poco y rara vez soñaban, pero a la Reina le gustaba su cama para estar cómoda. Había un amplio sillón de piedra, con un colchón de plumas colocado en la parte superior, y cubierto con gruesas franjas de terciopelo y satín resbaladizo.
—¿Alguna vez… —dijo el muchacho en la cama junto a ella—, se ha pinchado con una de sus espinas, Su Majestad?
Se volvió para mirar a Jonathan Morgenstern tendido entre las sábanas. A pesar de que él le había pedido que le llamase Sebastian, algo que ella respetaba, ningún Hada permitiría a otra tratarles por su verdadero nombre tampoco. Él estaba boca abajo, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados, e incluso en la penumbra las viejas marcas del látigo en su espalda eran visibles.
La Reina siempre había estado fascinada por los Cazadores de Sombras, eran parte ángel, al igual que las Hadas. Ciertamente debe haber un parentesco entre ellos, pero nunca había pensado que encontraría uno con una personalidad que podía soportar por más de cinco minutos, hasta que conoció a Sebastian. Todos eran tan terriblemente santurrones. Pero no Sebastian. Él era el más inusual para un ser un humano, y para un Cazador de Sombras especialmente.
—No tan a menudo como tú te cortas tu ingenio, mi querido —dijo ella—, Sabes que no deseo ser llamada “Su Majestad”, sólo “Señora” o “Mi Señora”, si es necesario,
—No parece molestarte cuando te llamo "hermosa" o "mi bella dama.” —Su tono no era de arrepentimiento. —Humm —dijo ella, peinando con sus delgados dedos la masa de su pelo plateado. Tenía una preciosa coloración para un mortal: el pelo como una cuchilla, los ojos como el ónix. Recordó a su hermana, tan diferente y no tan elegante—. ¿Fue refrescante tu sueño? ¿Estás cansado?
Rodó sobre su espalda y le sonrió.
—No muy cansado, creo.
Ella se inclinó para darle un beso y él extendió la mano a hasta que sus dedos quedaron entrelazadas en su pelo rojo. Miró un rizo escarlata de ella, contra la piel con cicatrices de sus nudillos y rozó el rizo en su mejilla. Antes que ella pudiera hablar una palabra más, alguien llamó a la puerta de su dormitorio.
La Reina gritó:
—¿Quién es? Si no es un asunto de importancia, quédate afuera, o tendré que alimentar a la nixies del río contigo.
La puerta se abrió, y una de las damas de la Corte más jóvenes entró, Kaelie Whitewillow. Una pixie. Hizo una reverencia y dijo:
—Mi señora, Meliorn está aquí, y quiere hablar con usted.
Sebastian arqueó una ceja pálida.
—El trabajo de una reina nunca termina.
La Reina suspiró y rodó fuera de la cama.
—Tráelo —dijo ella—, y tráeme una de mis batas también, el aire está frío.
Kaelie asintió y salió de la habitación. Un momento después Meliorn entró y bajó la cabeza. Si a Sebastian le pareció extraño que la Reina saludara a sus cortesanos de pie desnuda en medio de su dormitorio, él no lo demostró de ninguna manera expresiva. Una mujer mortal se hubiera sentido avergonzada, podría haber tratado de cubrirse, pero la Reina era la Reina, eterna y orgullosa, y sabía que era tan gloriosa tanto fuera de la ropa como en ella.
—Meliorn, —dijo ella—. ¿Tienes noticias de los Nefilim?
Él se enderezó. Meliorn llevaba, como era su costumbre, armadura blanca en un diseño de escamas superpuestas. Sus ojos eran verdes y su cabello era muy largo y negro.
—Mi señora —dijo, y miró hacia atrás a Sebastian, que estaba sentado en la cama, la colcha enredada alrededor de su cintura—. Tengo muchas noticias. Nuestras nuevas fuerzas de Cazadores Oscuros se han situado en la fortaleza de Edom. Esperan nuevas órdenes.
—¿Y los Nefilim? —preguntó la Reina mientras Kaelie volvió a entrar en la habitación con una bata tejida de los pétalos de lirios. La sostuvo en alto, y la Reina se la puso, envolviendo la blancura sedosa sobre sí.
—Los chicos que escaparon del Instituto de Los Ángeles han transmitido la información que Sebastian está detrás de los ataques —dijo Meliorn con bastante amargura.
—Lo habrían adivinado que de todos modos —dijo Sebastian—. Tienen un hábito lamentable de echarme la culpa por todo.
—La pregunta es, ¿identificaron a nuestro pueblo? —exigió la Reina.
—No lo hicieron —dijo Meliorn con satisfacción—. Los chicos asumieron que todos los atacantes eran de Cazadores Oscuros.
—Es impresionante, teniendo en cuenta la presencia de la sangre Hada en ese muchacho Blackthorn —dijo Sebastian—. Alguien podría haber hecho la conexión. ¿Qué piensas hacer con él, de todos modos?
—Tiene sangre de Hadas, es nuestro —dijo Meliorn—. Gwyn ha reclamado que se uniera a la Caza Salvaje, se le enviará allí. —Se volvió hacia la Reina—. Tenemos necesidad de más soldados —dijo—. Los Institutos se están vaciando: Los Nefilim están huyendo a Idris.
—¿Y del Instituto de Nueva York? —exigió bruscamente Sebastian—. ¿Qué hay de mi hermano y hermana?
—Clary Fray y Jace Lightwood han sido enviados a Idris —dijo Meliorn—. No podemos tratar de recuperarlos sin mostrar nuestra presencia.
Sebastian tocó el brazalete de su muñeca. Era una costumbre que la Reina había notado, algo que hacia cuando estaba enojado y tratando de nomostrarlo. El metal estaba escrito en un antiguo lenguaje de los humanos: si no puedo llegar al Cielo, yo levantaré el Infierno.
—Los quiero a ellos —dijo.
—Y los tendrás —dijo la Reina—. No he olvidado que eran parte de nuestro trato. Pero hay que tener paciencia.
Sebastian sonrió, aunque no llegó a sus ojos.
—Nosotros, los mortales podemos llegar a ser apresurados.
—No eres un mortal común —dijo la Reina, y se volvió hacia Meliorn—. Mi caballero —dijo—. ¿Qué le aconseja a su Reina?
—Necesitamos más soldados —dijo Meliorn—. Tenemos que tomar otro Instituto. Más armas serían una gran ayuda también.
—Creí que habías dicho que todos los Cazadores de Sombras estaban en Idris —dijo Sebastian.
—No todavía —dijo Meliorn—. Algunas ciudades han tardado más de lo esperado en evacuar todos los Nefilim: los Cazadores de Sombras de Londres, Río de Janeiro, El Cairo, Estambul y Taipéi. Debemos tener por lo menos un Instituto más.
Sebastian sonrió. Era el tipo de sonrisa que transformaba su hermoso rostro, no en algo más hermoso, sino en una máscara cruel, enseñando todos los dientes, al igual que la sonrisa de una montícola.
—Entonces escojo Londres —dijo—. Si esto no va en contra de sus deseos, mi Reina.
Ella no pudo evitar sonreír. Había pasado tantos siglos desde que un amante mortal la había hecho sonreír. Se inclinó para darle un beso, y sintió que las manos de él se deslizaban sobre los pétalos de su vestido.
—Toma Londres, mi amor, y transforma todo en sangre —dijo—. Mi regalo para ti.
***
—¿Estás bien? —preguntó Jace a Clary por centésima vez. Ella estaba de pie en el escalón de la entrada de la casa de Amatis, parcialmente iluminada por las luces de las ventanas. Jace estaba justo debajo de ella, con las manos metidas en los bolsillos, como si tuviera miedo de dejarlas libres.
Él había mirado la marca de la quemadura que había hecho en la pared de la tienda por mucho tiempo, antes de bajar su camisa y casi tirando a Clary a la calle llena de gente, como si ella no debiera estar a solas con él. Él había estado taciturno el resto del camino a casa, con la boca fija en una línea tensa.
—Estoy bien —le aseguró—. Mira, quemaste la pared, no a mí. —Ella hizo un giro exagerado, como si estuviera mostrando un nuevo conjunto—. ¿Ves?
Había sombras en sus ojos.
—Si te hecho daño…
—No lo hiciste —dijo—. No soy tan frágil.
—Pensé que estaba mejorando en controlar esto, que el trabajo con Jordan estaba ayudando. —Su voz tenía un deje de frsutación.
—Y lo estás. Mira, fuiste capaz de concentrar el fuego en tus manos, eso es un progreso. Yo te estaba tocando, besando y no estoy herida. —Ella puso su mano en la mejilla—. Trabajamos en esto juntos, ¿recuerdas? No me dejes fuera. Nada de malhumor épico.
—Calculaba que podría representar a Idris por la categoría del mal humor en los próximos Juegos Olímpicos —dijo Jace, pero su voz ya se estaba suavizando, con el sarcasmo y la diversión tomando su lugar.
—Tú y Alec podrían ir competir juntos en la categoría del mal humor —dijo Clary con una sonrisa—. Ustedes conseguirían el oro.
Él volvió la cabeza y besó a Clary en la palma de su mano. Su pelo rozó la parte superior de los dedos de ella. Todo a su alrededor parecía quieto y en silencio, Clary casi podía creer que eran las únicas personas en Alicante.
—Me pregunto —dijo sobre su piel—, lo que el dueño de la tienda va a pensar cuando vaya a trabajar por la mañana y vea dos huellas de manos quemadas en su pared.
—¿“Espero tener un seguro para esto”?
Jace se rió, un pequeño soplo de aire contra su mano.
—Hablando de eso —dijo Clary—, la próxima reunión del Concejo es mañana, ¿no?
Jace asintió.
—El concejo de guerra —dijo—. Sólo miembros selectos de la Clave. —Movió los dedos con irritación. Clary sintió su molestia, Jace era un excelente estratega y uno de los mejores peleadores de la Clave y se había resentido enormemente al haber sido dejado fuera de cualquier reunión sobre batallas. Especialmente, pensó, si iba a haber una discusión sobre el uso del fuego celestial como un arma.
—Entonces tal vez me puedes ayudar con algo. Necesito ir a una tienda de armamento. Quiero comprar una espada. Una muy buena.
Jace pareció sorprendido, luego divertido.
—¿Para qué?
—Oh, ya sabes. Para matar. —Clary hizo un gesto con la mano que esperaba transmitiera sus intenciones asesinas hacia todas las cosas malas—. Quiero decir, he sido una Cazadora de Sombras desde hace un tiempo. Debería tener un arma adecuada, ¿no?
Una lenta sonrisa se extendió en su rostro.
—La mejor tienda de armas es de Diana en la calle Flintlock —dijo, con los ojos brillantes—. Te recogeré mañana por la tarde.
—Es una cita —dijo Clary—. Una cita de armas.
—Mucho mejor que una cena y una película —dijo, y desapareció entre las sombras.
StephRG14
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