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The pursuit of happyness.

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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por crybaby. el Sáb 11 Abr 2015, 11:10 am

Lamento no haber comentado ;;_;; Di: Ay, todo lo que siente Hope me hace sentir re mal, pobrecita, y me gusta su amistad con Aaron, ya poco va a conocer a Matt, que emoción, ah. Me encanto el capítulo y como escribes
Dai: ¡Que fastidiosa esa tipa!  Y uh, como me pone mal como le jode la vida a Jasson, que rompe bolas que es, ah. Y que fastidiosa su jefa también. Pero ame el capítulo, me encantó.  Ojala Pam siga pronto la nc.
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por the1975. el Lun 13 Abr 2015, 3:33 pm

Me falta una hoja más de word y listo, en cuanto vuelva de la universidad lo termino.
Todos los capítulos no comentados cambiaran su estado mañana a la tarde.
Besitos chicas .
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por mieczyslaw el Mar 14 Abr 2015, 3:31 pm

Vale, lo esperamos Pam 

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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por the1975. el Vie 17 Abr 2015, 10:40 am


Capitulo 007.



Carrie Morrinson. {pam.

El ruido de su cuchara chocando contra el vaso le irritaba de manera monumental. Sus compañeros de trabajo parecían hacerlo a propósito, con la única intención de molestarla sin motivo aparente. Carrie volteó en dirección a Preston, un prestigioso físico traído de Holanda. O Prestonto, como le decía ella en su cabeza cada vez que rechinaba los dientes cuando estaba aburrido, que para su mala suerte, era la mayoría del tiempo.

Junto a él estaba Nelson y el colmador de su paciencia, Walter. Ambos gemelos de rulos incontrolables y matemáticos al igual que ella. Así como Carrie tenía la manía de controlarlo todo, ellos tenían la manía de divertirse a costa suya.

Un chirrido estruendoso la llevó a rodar los ojos. Risas poco disimuladas la hicieron suspirar.

Contó hasta diez en reversa, citó todas las frases de Pablo Neruda que la hicieran calmar y volvió su cabeza hacia la reciente ecuación que no la dejaba continuar con su investigación reciente. En lápiz agregó comentarios de lo que realizaba para no olvidarlo en el futuro, llevaba toda su vida haciendo lo mismo y siempre le funcionaba.

Con otro sorbo de café expresso, cambió de postura por una más cómoda. La espalda le dolía, todo gracias a que intentaba aislarse de las distracciones ajenas. Había cierta competitividad por demostrar quién era más inteligente, y era de esperar que no se lo tomara a la ligera.

— ¿Señorita Morrinson? — sobresaltada, dirigió su vista hacia su jefa. Una mujer de cincuenta y tantos años con imponente presencia, así como de personalidad. Era de pocas, pero duras palabras — Acompáñeme.

— Enseguida — fue lo único que pudo pronunciar.

Ordenó sus papeles rápido y tomó su chaqueta marrón que acostumbraba llevar a todos lados. Caminó detrás de ella como perro siguiendo a su dueño, los pasillos y puertas conformaban el perfecto laberinto, a Carrie le había tomado dos días aprenderse cada sector del lugar.

Pasando el laboratorio de experimentación se encontraba la oficina más temida. Un extraño sentimiento le recorrió la espina dorsal, recientemente había descubierto que se trataba de nervios. Aquel sentimiento se le era recurrente de pequeña, como joven adulta no lo había sentido nunca. Alemania cambió eso.

Al entrar, sólo se preocupó por ocupar el asiento frente al gran escritorio blanco, excéntrico y moderno como todo el cuarto.

Jill, su jefa, se tomaba su tiempo en recorrer el camino a su respectivo lugar. Tomó lo que parecía un archivo, dio vuelta un par de hojas y releyo en silencio antes de dirigirse a la ansiosa Carrie.

Había dos razones por la que Jill te citaba, o estabas despedida, o subias un escalón más en la escalera del éxito. La rubia de ojos claros, incapaz de evitarlo, calculaba las posibilidades de que la segunda opción fuese la correcta.

— ¿Deseas algo para tomar?

La pregunta la desconcerto un poco.

— Claro, un té estaría bien. Gracias.

—Un latte y un té a mi despacho— habló por esos aparatos que evidentemente se comunicaba con alguien encargado de los recados gastronómicos.

Carrie siempre había querido uno de esos, aunque no sabía qué uso darle puesto que no le agradaba que otro hiciese sus cosas. No confiaba en que las hiciesen bien.

— ¿Podría decirme por qué me ha citado? — su curiosidad fue más fuerte que su sentido común — ¿Hay acaso un nuevo proyecto para mí?

En cuanto lo hubo preguntado se arrepintió. El rostro de Jill no expresaba nada bueno para alguien que esperaba buenas noticias. Antes de que Jill pudiese siquiera hablar, y tirarle la bomba, el silencio fue interrumpido por tres toques de puerta.

— Hola Jill, te traje lo que pediste— una voz masculina se hizo presente. Parecía de aquellos que sin mirarlos sabías que estaban sonriendo.

— Le he dicho que no me tutee, señor Hassie.

— Pero eso nos hace parecer de distinta categoría, somos todos iguales, ¿o no le parece? Además, te he dicho que me llames Jack —no esperó respuesta, sólo siguió — En fin, ¿en dónde dejo todo esto?

Carrie sentía curiosidad sobre aquél sujeto tan confiado de sí mismo. Ella era de ese tipo, pero no a tal extremo de jugar con su cuello para enseñarle moralidad a Jill. Una mujer de su status no recibía opinión de nadie, sólo las daba.

Jack sonreía a pesar de todo. Carrie se dio cuenta que no sólo lo hacía para molestarle a Jill, sino porque de verdad estaba feliz sin motivo aparente. Una sensación de envidia la invadió, lo verde se le notaba a millas y no podía ocultarlo. ¿Hace cuánto que no se sentía así, feliz? Fue lo que más le preocupó en ese instante.

Frente a ella humeaba un tentador té de manzanilla. Ella detestaba aquél aroma, era lo peor que podías ofrecerle para tomar. Incluso peor que el alcohol. Una mueca de asco se le escapó de repente pero volvió a su cara habitual en un santiamén. No le agradaba mostrar que no le gustaba, si había algo muy bueno en ella es que no era desagradecida en absoluto.

— Puedes retirarte, Jack.

Una repentina impulsividad la hizo darse vuelta para encontrar la cara de Jack, había algo inconcluso en la forma que lo conoció. Algo no le cerraba del todo en su forma de ser, y para ser una persona que le gusta resolver enigmas, él le atraía de una forma extraña. No malinterpreten, la atracción era más por una curiosidad a descifrarlo que en un sentido romántico.

Jack regaló otra sonrisa, pero esta vez iba dirigida a Carrie. No entendía cómo, pero él esperaba que ella se diera vuelta.

No pasó otro minuto antes de que se retirara del cuarto y todo volviese a la normalidad. Las malas noticias no se hacían de esperar y el aire denso se hizo protagonista. Jill la miró fría, como siempre lo hacía. Carrie no aguantaba que diese tantas vueltas al asunto.

— Supongo que te has dado cuenta el porqué de tu venida.

Era una situación como en la de los dibujos animados. Esa donde el coyote persigue al corre-caminos de forma persistente, pero todos saben cómo terminará todo. Ella era como el coyote, destinada al fracaso. Y si había algo que la aterrorizaba más que los insectos era ser una perdedora.

— Está despedida, señorita Morrinson.

Y eso fue todo.

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El cielo oscuro se llevaba consigo una etapa del día, arrastraba toda luz a su paso para dejar nacer a pequeños brillos y decorar la fría Berlín con las estrellas más vivas que había visto nunca. Y, con cortesía, casi sin quererlo se tomaba todo pensamiento positivo de ella.  

La calidez de sus manos se perdía sin consentimiento. Supongo que dejaba hacerlo, sin embargo, para lastimarse de alguna forma y sentirse viva. Sentir algo, de hecho. El estar abrumada la había dejado sin sentidos desde que se había sentado en aquel banco.

Una amante de las matemáticas que tuvo la gran oportunidad de visitar su país favorito y expandirse de forma laboral; ahora no era más que otra desempleada, sin nadie a quién acudir y sin un techo que la cubra del viento helado que tanto amaba.  

Abrazó su bolso con la idea de que cubriría el dolor, ya eran las nueve de la noche y la Pariser Platz parecía desértico a excepción de ella y algún que otro vagabundo cubierto de cartones con la intención de sobrevivir otra noche. ¿A quién engañamos? Ella ahora era parte de ese pequeño círculo de desafortunados, en lo único que se diferenciaban es que aquél día, antes de ser corrida de su hogar, había tomado una ducha.

Así de simple y llano la verdad se reía en su cara, daba vueltas a su alrededor y le molestaba con un palo. A éstas alturas no le importaba mucho, tenía entumecido el trasero y le fastidiaba mucho más aquello porque eso significaba que su espalda le dolería el triple si se atrevía a dormir allí.  El concreto era antónimo de una buena noche. Y su vida, en esos momentos, era sinónimo de mierda.

Con un suspiro que llevaba guardando hace horas, miró las estrellas en busca de algo que le dijera todo estará bien. Ella no era para nada supersticiosa, se refugiaba en la lógica y las ciencias negándose a creer en cosas tan absurdas como la magia o el destino; pero ahí estaba. Una estrella fugaz que iba de la mano con un deseo de volver todo atrás. Y antes de recostarse lo hizo, cerró fuerte los ojos y le pidió a una estrella que le ocurriera algo bueno.  

Una lágrima brotó de lo más profundo de su corazón para cuando pudo conciliar el sueño. El viento despeinaba su cabello rubio brindándole las caricias de consuelo que necesitaba, logrando así, hacerla dormir finalmente.

Hola:
Bueno, tengo dos noticias, una mala y otra buena. Como me gusta sacarme el mal gusto primero, les digo la mala primero. Tardé más de lo que debería en subir el capítulo y de verdad lo siento muchísimo por eso, así que que pueden tirarme piedras, no hay problemas. La buena es que me tardé mucho porque hice DOS capítulos en vez de uno, ¿y eso qué quiere decir? *redoble de tambores* Eso quiere decir que cuando me toque en la segunda ronda lo voy a poder subir enseguida .
Bueno, nada, espero les guste cómo empieza, me divierte muchísimo la personalidad de mi personaje femenino y espero que robe su corazón a medida que la vayan conociendo.
 
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por the1975. el Vie 17 Abr 2015, 10:45 am

A penas termine de estudiar lo que me corresponde, subo los comentarios para cada capítulo.
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por mieczyslaw el Vie 17 Abr 2015, 2:29 pm

Que bello   No creo que para el próximo me termine enamorando completamente de Carrie ya que simplemente caí rendida con el hermoso capítulo, Pam, eres genia porque ame a Jack y Carrie por igual ;-; falta que salga el otro hermano, less, ah... idk, me emociono con tan sólo saber que ya tienes el de la siguiente ronda listo, wow, quiero leerlo pronto.

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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por hypatia. el Vie 17 Abr 2015, 3:39 pm

Yo ya estoy enamorada de Carrie, ademas tiene un nombre genial, y sabes que amo todo lo que crea tu mente. Debo comentar bien todos los capitulos, soy un desastre de persona. Pero se me vienen los parciales de mayo y tengo que trabajar todo el fin de semana. Perdon por el retraso por decimo octava vez...
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por tango. el Mar 21 Abr 2015, 4:41 pm

Pam, mierda, me enamoré de tus pjs no sé qué más decir porque. Shit. No puedo ;-; 
YA TENES EL DE LA PRÓXIMA RONDA, OSEA, JELOU, TENEMOS QUE PASAR ESTA. 
Las adoro y solo vengo a decirles que creo que al fin vuelvo al foro muack
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por the1975. el Mar 21 Abr 2015, 4:44 pm

Son todas tan lindas gracias por los comentarios, de verdad, la hace a una feliz y con ganas de más.
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por wang. el Miér 22 Abr 2015, 8:44 am

Pam. Te extrañe, really.
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por chihiro el Miér 22 Abr 2015, 12:57 pm

Yay pam volviste a lo grande! (?)
Me encantó el capítulo, es hermoso. Verdaderamente me encantó tu escritura.
Carrie, al principio pensé "que especial, que refinada" por las primeras lineas. Pero al ir avanzando vi que estaba equivocada. Jack, que chico, creo que esa escena ha sido genial, la diferencia en aspectos y que joder me parece muy cute.
Pero cuando le dice: esta despedida. Me he quedado como ¿¡que?! No puedo creerlo. Pobre carrie, jo. Me ha parecido muy injusto.
Pero ahque lo amé <333

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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por hypatia. el Sáb 09 Mayo 2015, 8:08 am

hola:
No me gusta escribir capítulos cortos y ojalá tuviera tiempo para hacer el capítulo como me hubiera gustado, pero no tengo más tiempo. Y si no lo subía hoy, ya no iba a poder subirlo porque empiezo con finales dentro de poco. Aún así espero que lo disfrutéis. He creado el Lemonade porque hay muchos personajes que se dedican a la música y he pensado que sería un buen lugar para que se juntaran todos y bueno fueran interactuando a medida que esto avance. Y ya una última cosa antes de aburriros hasta la muerte, lamento mucho no haber podido comentar vuestros capítulos como me gustaría, espero poder hacerlo ya para la próxima ronda. Un beso

Pd: Perdón si encontráis alguna falta ortográfica o incoherencia, no he podido revisar el capítulo.


Capitulo 008.



Asia Sendrix. {lovely rita.

En las navidades de mi cuarto año de carrera, tras sufrir un ataque de pánico en mitad de mi clase de Documentación Informativa, la tía Gena decidió que el mejor regalo de navidad que podía darle era aceptar su proposición de acudir una vez por semana a la consulta de Ronald, el psicólogo de la universidad. Porque tía Gena era de esas personas que creía a pies juntillas en que los psicólogos y los grupos de apoyo terminaban con los problemas de uno. De la misma manera que los exterminadores acaban con las plagas.

Así que lo hice. No porque pensara que compartir los problemas con un fracasado de cuarenta años me ayudaría. Lo hice por el mismo motivo que hacía todo lo que me pedía; para que no se presentase en Berlín para vivir conmigo. Porque tenía comprobado que la relación de ambas mejoraba a distancia.

Por lo que ahí me encontraba de nuevo, en mi sesión número treinta y siete con el loquero, recluida en un trastero que hacía los intentos de consulta terapéutica, con un fuerte olor a polvo y café rancia flotando en el ambiente y unas incontenibles ganas de marcharme de allí, dispuesta a realizar mi actuación de «chica totalmente equilibrada»:

RONALD: ¿Cómo te sientes?

YO: Bien.

RONALD: ¿Pesadillas?

YO: No.

RONALD: ¿Ataques de pánico o ansiedad?

YO: No y no.

RONALD: ¿Ganas de autolesionarte?

YO: Solo de lesionar a otros.

RONALD: Bien.

YO: Bien.

A eso se limitaban mis sesiones con Ronald, dar monosílabos como respuesta y sonreír hasta que me temblasen los carrillos. Aprendí tras mi cuarta sesión que mientras respondiese a Ronald le importaba tres pimientos si mis respuestas eran sinceras. Él se limitaba a rascarse su barbilla barbuda a la vez que redactaba en el ordenador el informe que le mandaba a mi tía Gena todas las semanas.

Y era por esto por lo que Ronald se contentaba con mis respuestas monosilábicas:

―Cuatro gramos, uno de regalo.

Introduje la mano en el bolsillo lateral de mi bandolera y deposité en la mesa una diminuta bolsa de plástico. Una bolsa repleta de marihuana. Ronald alzó la vista de la pantalla, se colocó bien las gafas de culo de botella (que siempre tendían a resbalarle por la nariz) y sus ojos marrones se iluminaron, rebosantes de adicción.

―Ese gramo extra hará que ponga cierto hincapié en recalcarle a tu tía lo mucho que has mejorado.

Mis labios se estiraron en direcciones opuestas, realizando un amago de sonrisa complacida.

Descubrí la adicción de Ronald gracias a Carla, una chica que sufría trastorno de personalidad múltiple (yo debí de pillarla en el día bueno).  Mientras esperaba mi turno para la sesión, Carla se inclinó hacia mi oído para susurrarme que si le proporcionaba a Ronald una pequeña cantidad de marihuana a la semana, él mentía en los informes semanales. Lo que a mí me aseguraba que tía Gena no vendría a vivir conmigo y a ella, no ser internada en un centro psiquiátrico.

Un silencio crepitante se instauró entre Ronald y yo. Aunque la sesión había finalizado para nosotros, me veía obligada a estar dentro de la consulta durante una hora completa. Porque si no, la secretaría del departamento de Orientación Estudiantil podría sospechar.

Aún quedaban quince minutos para poder largarme de allí. Me limité a hacer lo que siempre hacía, observar al psicólogo e imaginaba la suerte de mierda que había tenido en la vida para terminar siendo psicólogo en una universidad local y adicto a la marihuana a la temprana edad de cuarenta años. Entonces eso me hacía sentir mejor, porque me animaba a pensar que mi suerte de mierda no era tan mala como la suya.

Diez minutos.

Ronald picoteaba la mesa de plástico con sus dedos al ritmo de una canción de heavy metal, preso del mono. Dirigí mi vista a las paredes blancas, que proyectaban nuestras sombras y la de todos los objetos, en una mezcla de color entre violeta y gris. Reparé en el calendario de papel que había entre la estantería y una máquina de café.

«14 de febrero».

Pestañeé repetidas veces. Cuando me desperté aquella mañana, habría jurado que todavía estábamos a finales de enero. Era algo que solía pasarme con frecuencia en esos días. Confundía las horas, los días y los meses. Me encontraba tan ocupada en «estar bien» y que no se notase que no estaba bien, que el tiempo parecía no pasar.

Porque es así como funciona el dolor, te absorbe. Es un agujero negro dentro de nosotros mismos que te traga. Y solo a veces te permite salir, para que te des cuenta de que aunque tú no puedes continuar con tu vida, el mundo sigue girando y el tiempo avanza. Sin importar si tú lo haces también.

Entonces, al darme cuenta de lo profundamente atrapada que estaba en mi «agujero negro» una apisonadora me aplastaba el pecho contra las costillas, yo dejaba prácticamente de respirar, comenzaba a ver puntitos negros frente a mí, me dolía la cabeza por la falta de oxígeno y…

―Ya puedes irte, Asia.

…y después alguien me hablaba, permitía que me concentrase en algo distinto a ese dolor agobiante y todo volvía a la normalidad. Eso sí tenía suerte, sino, perdía el control de mis actos y podría darme por pegar a mi compañera de Documentación Informativa hasta dislocarle el hombro.

Me incorporé como un resorte y la silla hizo un ruido escandaloso al ser arrastrada contra el suelo de linóleo azul. Nunca quería parecer ansiosa, pero no lo conseguía. Ronald no quería precipitarse hacia la bolsa de marihuana como un león sobre su presa, pero tampoco lo conseguía.

―Hasta la semana que viene―me despedí con la mano sobre el tirador de la puerta.

Ronald asintió levemente, ya con la bolsa entre las manos, dispuesto a hacerse un canuto más gordo que mi brazo. Cada uno tiene su manera de sobrellevar el dolor.

Cuando salí del edificio de Orientación ya había anochecido. En el campus solo quedaba el sonido sibilante del viento y la capa de nieve que cubría como una manta los caminos y el césped. Berlín era silencioso por la noche, casi como una ciudad fantasma. Al salir de los terrenos de la universidad, me di cuenta de que esa noche Berlín no estaba tan abandonado. Decenas de alemanes se habían echado a las calles en pareja, arrejuntados como periquitos. Que reían, se comían la boca como animales y las feromonas volaban entre ellos, a sabiendas de que con suerte, esa noche, tendrían sexo desenfrenado.

Mi primer impulso fue jugar a lanzarles bolas de nieve. El segundo, vomitar sobre sus caras alegres el Donut que comí a media mañana. Sin embargo, hice caso a la cordura y me dediqué a esquivarlos para llegar a la parada de autobús en la esquina contraria de la calle. Mis ganas de llegar a casa habían aumentado notablemente al recordar que era San Valentín.

Alcancé la parada tan rápido como el suelo resbaladizo me lo permitió. Se me habían congelado los pulmones con tanto frío. A pesar de llevar
años viviendo en Berlín, nunca podría acostumbrarme al frío.

―Hola.

Salté unos milímetros sobre el suelo por el sobresalto. No me había dado cuenta de que había alguien más en la parada. Se trataba de Marc Wayland, con su inseparable guitarra colgada a la espalda, su gorro de lana negro tapando sus incontrolables rizos y sus ojos verdes iluminando la oscuridad, reflejando los copos de nieve en ellos.

Conocía a Marc Wayland del Lemonade, el garito en el que trabajaba de camarera. Los fines de semana el Lemonade organizaba jornadas de puertas abiertas para que cualquier ser humano que deseara cantar, hablar o realizar el pino puente en una escenario de un bar, lo hiciera. Si durante la actuación los ingresos aumentaban, Alex (el dueño), los remuneraba con una pequeña suma de dinero y barra libre.

Marc Wayland era uno de los pocos artistas remunerados del Lemonade. Además Marc intentaba mantener conversaciones conmigo cada vez que se acercaba a la barra a pedir una copa. Porque Marc era un chico muy agradable y carismático (según las otras camareras), de ese tipo de personas que caen bien con su sola presencia. De esos hombres que hacen babear, tanto a hombres como mujeres. Pero Marc Wayland me recordaba a alguien al que trataba de olvidar, por eso yo me comportaba como una perra cuando intentaba hablar conmigo.

Lo curioso de Marc Wayland era que no se rendía conmigo, no dejaba de ser amable ni de preguntarme cómo me estaba yendo el trabajo. Al igual que en esa ocasión, porque seguía esperando una respuesta a su saludo. Una sonrisa al menos tan grande como los Estados Unidos de América.

―Hola―respondí escuetamente, solo para que cesara de mirarme.

Me senté en la otra punta del banco y hundí el rostro en la bufanda, centrando mi vista únicamente en mis zapatillas de deporte desgastadas. Ojalá llegara pronto el autobús.

Yo antes no era tan borde ni iracunda. Me gustaba conocer a gente y hablar con cualquiera que estuviera dispuesta a hablar conmigo. Pero la última persona que conocí terminó muriendo un año después y se me quitaron las ganas de conocer a nadie más.

―¿Irás esta noche al Lemonade?―preguntó.

La voz de Marc, que era grave y oscura, erizaba la piel de cualquier organismo vivo. Incluso el mío, que estaba medio muerto.

―No.

―¿Por qué?

―Porque es mi día libre.

No aparté la vista de mis zapatillas ni un solo momento, pero podía notar los ojos de Marc en mi rostro. Lo que me irritaba.

―Pero es San Valentín.

Dejé caer la cabeza hacia atrás como un títere inanimado, dejando escapar el aliento de mi garganta, que se condesó frente a mí como una pequeña nube de humo. Casi me reí, porque el argumento de Marc Wayland era estúpido.

―San Valentín honra a un Dios mitológico completamente estúpido y caprichoso, que se entretenía clavando flechas en el culo de las personas para que se enamoraran, lo cual ya dice mucho del amor.―Mi tono de voz aumentó progresivamente.―No voy a celebrar un día que honra el engaño y que además sirve de estrategia comercial para que la gente se deje sus ahorros en regalos estúpidamente caros. ¡Por Dios, cómo sino hubiera otros trescientos sesenta y cuatro días del año para ser estúpido!

Cuando terminé de hablar notaba los vasos sanguíneos explotando en mis mejillas y el corazón latiendo en mi garganta. Estaba emocionada, con la adrenalina recorriendo mis venas después de mucho tiempo. Los ojos de Marc estaban abiertos como platos.

―No sabía que fueras capaz de componer frases de más de tres palabras―respondió Marc, casi al borde de la risa.

Lo fulminé con la mirada antes de volver a mis zapatillas. La adrenalina se marchó y yo volví a quedarme vacía. Eran pocas las veces que alguien conseguía en mí una reacción que me procurase alguna emoción.

―Decía lo de San Valentín es el día perfecto para reírte de la gente.

―Seguro que te bastas tú solo para reírte de otros―arremetí un mechón de pelo tras la oreja con rabia.

―Yo no me río de nadie.―Espetó sin perder su amabilidad.―En cambio tú lo haces con frecuencia, desde la barra. Veo cómo te ríes de cualquiera que entra en tu radio de visión.

Levanté la vista de mis zapatillas para mirarlo, con el entrecejo fruncido debido a la incomprensión. Marc Wayland me observaba, y eso era jodidamente terrorífico. Y también era absolutamente verdad lo que decía. Me reía de la gente, sobre todo de la gente enamorada, por ser tan irremediablemente gilipollas.

―No me gusta que me miren.

―Pero si no te das cuenta de que lo hago―se burló haciendo aparecer a sus hoyuelos.

Aquella conversación era sin duda, la más irreal de toda mi vida. Estaba hablando con un tío al que solo conocía de vista sobre que me observaba cuando no me daba cuenta.

―No me mires―advertí con un tono de voz que casi sonó amenazante.

―Mis ojos son míos y les gusta mirarte, no puedo privarlos de ese placer―contestó con naturalidad, manteniendo sus hoyuelos.
Este tío estaba peor de la cabeza que yo.

―¿Y por qué me miras?

―Porque tú no me miras a mí―concluyó.

Permanecimos mirándonos tras la cortina de vaho que provocaban nuestras respiraciones. Marc era un gilipollas, no era agradable. Era un metomentodo, y yo no debería estar hablando con él. Yo nunca hablaba con ningún desconocido.
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por hypatia. el Sáb 09 Mayo 2015, 12:10 pm

Sigue Alec, por cierto
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por mieczyslaw el Jue 14 Mayo 2015, 1:29 pm

Kate, amo a Asia, amo a Marc amo todo tu cap bc fue hermoso y bello ;-; por dios, no me había dado cuenta de que subiste, soy de lo peor, u.u te pido perdón por lo despistada que he estado al igual de mi ausencia. 
Bueno, a mi me parece buena idea lo del Lemonade, claro que será uno de los lugares más visitados por los personajes, por lo que no me quejo de nada. Eso es muy cool. ¡Terminamos la primera ronda! Wow, y nos quedamos en el 14 de febrero apenas Rolling Eyes Bueno supongo que adelantaré un poco el tiempo del desarrollo de la historia en mi capítulo que ya estamos a mayo, si gustan hacer lo mismo se los agradecería muchísimo, y pues creo que tendré mi capítulo pronto, besos.
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Re: The pursuit of happyness.

Mensaje por crybaby. el Jue 14 Mayo 2015, 1:32 pm

edito. lo siento, la escuela me consume la vida:( ah.
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Re: The pursuit of happyness.

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