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Insensato corazón.

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Insensato corazón.

Mensaje por disappear. el Lun 03 Mar 2014, 4:30 pm

Insensato corazón
→ Narra Felíx
No era posible que me pase ésto. Era tonto, abusivo, controlador, manipulador, sí pero nunca pensé hasta qué punto. Ahora, me encontraba observado tanto tiempo como fuera posible, ya teniendo un plan listo para que se diera a cabo. Observó como se acerca hasta los baños públicos y cuando notó que nadie se aproximaba, voy directo hacia ella.
Pero sé que la asustaría en cuanto me vea, la he estado viendo desde que la ví por primera vez caminando por las calles de Manhattan, no fue sorpresa que me sintiera atraído por ella, su aspecto de chica frágil e inocente era lo que más me gustaba, ella me encantaba.
Cuando ya estaba terminando de limpiar sus manos e irse de allí, salgo de mi escondite detrás de la puerta y lo más sigilosamente posible que pude ser con mis botas de goma, le tape la boca para evitar su grito; ella se quedó petrificada, sin saber qué hacer.
— Chist, ni se te ocurra gritar, porque sino… —Sacó mi especial navaja de mi tejano y en cuanto lo tengo en mi mano, rozó la daga contra su tersa y blanca espalda, causándole un escalofrío y a mí una cínica sonrisa —, puedes ir despidiéndote de tu vida.
Cuando Jördis, según mi investigación así se llama, empezó a sollozar, no hice más que un mohín con la mano, restándole importancia.
—Tranquilízate, Jördis —Mi dedo índice repasa su mandíbula, de arriba a abajo y siento como tiembla entre mis dedos.
—Suéltame —Rogó, en un susurro casi inaudible.
—¿Por qué? —Pregunté, con sorna.
—No… No te conozco —Tartamudeó, nerviosa al sentir mis dedos recorrer su blanco y delicado cuello; se vería lindo con unas cuantas marcas.
—Tú no, pero yo a ti sí —Ahogó un grito, y pego su frente contra la puerta, derrotada. Pero aún así, se veía perfecta a mis ojos.
Al pasar unos pocos minutos, todos estos en total silencio por mi parte y Jördis sollozando contra mi mano, el sonido de la cerradura al querer a entrar al baño nos sobresaltó a los dos. ¡Más diversión!
—Te quedas callada, si no quieres que te mate aquí.
Asintió, cuando le doble la mano hasta que sonarán unos cuantos huesos; no pare y seguí, sin importar el insistente ruido de la puerta, pegándole a mano abierta sobre su, ya colorada, mejilla al dar un leve grito. Dejé de hacer presión, hasta meterla en uno de los incómodos cubículos e hice una seña para que se callara.
Sin esperar más, le saqué el pestillo a la puerta y alejándome lo más rápido que pude de la rubia que estaba entrando, la observe. Pelo dorado, piel morena, ojos grises; pechos bastante generosos, y un cuerpo deseable.  Lástima,si no tuviese a mi Jördis metida ahí, aterrorizada por mis actos, podría divertirme un poco con esta muchacha.
—¿Hay alguien por ahí? —La cantarina y suave voz de la rubia, aunque no más linda que la de Jördis, llegó a mis oídos y saliendo de mi escondite, le encaro, regalando un ladeo de cabeza y una sonrisa “matadora”. Ella estaba con los ojos muy abiertos, sorprendida.
—Debo responder que sí, hay alguien —Los ahogados gritos de Jördis resuenan por toda la habitación, alarmando a la rubia de otra presencia; dado que estaba adelante de la puerta donde la había dejado, le dí una fuerte y enérgica patada a la puerta, advirtiéndole que se callara.
—¿Qué es eso? —Me indagó la rubia; suspirando, tratando de no parecer un animal, aunque era lo bastante similar a eso, volví a sacar mi navaja, pero pensándolo mejor y dando las gracias de haber puesto un machete enganchado por una cinta sobre mi muslo, guardo mi arma prohibida y le enseñó con gran fervor el cuchillo. Ella arrugó el entrecejo, descolocada.
—Lo haremos a mi manera, o te quedas callada o te matare con mi arma, ¿Entendido? —Es mi turno de ladear la cabeza, pero al no obtener respuesta por su parte, logró no sólo frustrarme, sino enfurecerme hasta no controlarme —No piensas contestarme, ¿eh?
Sin vacilación ni ningún tipo de sentimientos sobre ella, pasó mi machete por su escuálido cuello, bronceado al sol por cientos de horas quizás, y observó satisfactoriamente como el espeso líquido de color carmesí profundo se escurre por su pecho, pero aún no se desvanecía. Advertí los ojos de alguien posados sobre mi espalda, pero no les tomé importancia. Una vez más, y pensando que sería la forma más dolorosa, la apuñaló en el estómago, y para darle mi última marca, apunte la punta sobre su corazón; mirándola directamente a los ojos, ya llorosos y rojos, le clave el arma. Dejándola que se arrastra sobre la pared, note como su piel iba adquiriendo un color cada vez más pálido, demostrando cómo su pulso iba disminuyendo y su cuerpo yacía, estático, sobre el piso.
—Asesino…
Me di la vuelta, y vi una imagen, que para muchos sería lo más arrebatador y horrible de su vida, dejarían irse sin más, pero que para mí no tenía ningún tipo de efecto. Jördis me miraba perpleja, y aunque sabía que era muy capaz de hacer cualquier cosa, no tenía ni idea de cómo había logrado abrir la puerta y mirar toda la acción de no hacía más de cinco minutos. Sonriendo, me acercó hasta ella. Se echó para atrás, indefensa y con mucho miedo reflejado en sus orbes.
—Así que lo viste —Comentó, con despreocupación e irritación —¿Me tienes terror? —Preguntó, burlonamente.
Jördis movió su cabeza, afirmando. Bufó, ensombreciendo.
—¿Te irás conmigo? O me veré en la obligación de actuar impulsivo y sin ningún tipo de pavor.
Era la persona más expresiva que había conocido, que podía transmitirme sus sentimientos a través de su mirada. Jördis era mi pequeña transparente.
—Jamás me iría contigo… —Dijo, muy bajo, pero valientemente. Vaya pobre, logró molestarme en sólo segundos.
—¿Conque no puedo, eh? Eso está por verse, mi niña… —Intentó tocarle delicadamente su barbilla, pero mueve bruscamente la cara. Estaba decidida: no se dejaría arrastrar por una persona tan asquerosa como lo era yo.
Sacudiendo la cabeza, quitándome la idea de que quizá en algún momento podría ser otro tipo de persona, la levantó violentamente del suelo y la empujó contra la pared. Sin esperar más, tocó sus hombros, y la presiono con tanta fuerza para dejar marcada la piel; estando de rodillas a mí, sonrió cínicamente. Jördis había evaporado todo rastro de lujuria para dejarme llevar por la furia. Le di un golpe a palma abierta, dejando el escozor sobre mi mano y una mejilla lo bastante roja. Ella lloraba, a cántaros. Otro golpe, y sus cara chocó contra la pared lo que logró hacerle sangrar la nariz.
—Sufrirás, y mucho.
Por fin puedo utilizar mi especial navaja. La utilizo en ocasiones especiales, y ésta, ¡Sí que lo era! Tomando su brazo izquierdo, le hago un gran corte desde el comienzo del hombro hasta su muñeca; su sangre y parte de su carne expuesta a mis ojos aumentaron mi alegría e hice lo mismo con su otro brazo.
—Irás conmigo, ¿sí o no?

Negó al fin.
Rozando la piel del pecho, hice otro leve corte sobre éste. Nada muy profundo. Aunque al llegar a su estómago, penetre tan dentro de su cuerpo a la navaja, que hasta a mí me dio algo de pena por ella. Tirando la navaja, le rasguñe sus largas piernas, aún dejando más marcas sobre ella. Luego pase a su cara, tirándole de su manchada nariz y volviendo a la vida un reguero de sangre. Su cuerpo estaba empapado de sangre, y mi ropa también.
Pero, pensando en una forma más macabra, desabroché mi cinturón. Era de cuero. Fuerte, duro, intenso.
—¿Cómo te sientes?
Entendí que me diera su mirada hostil, aunque igual le sonreí, superficialmente.
Tomando su brazo, y ganándome un gran grito de dolor por parte de Jördis, volví a ser una persona cruel y la arrastré hasta la fregadero, lanzado la. Tropezó torpemente y cayó, produciendo un enorme mancha roja sobre el lavamanos. Y, cerrando los ojos, dejo todo a lo que fuese el destino. Lo sabía. La pude conocer bien en semanas de observación, o acoso. Enroscando mi cinto, como si fuese un correa para perros, empecé a ahorcarla. No se sobresaltó, sino que lo dejo. Era transparente y fácil. Y yo una morbosa y retorcida.
Tal vez hubiera sido mejor usar la navaja y dejar que muera sola. Pero no me hubiera sentido cómodo. Y dado que había sido mi presa desde bastante tiempo, quería ésto.
Dejó de respirar. Su pulsación no se sentía más. La moví, pero era sólo un cadáver, muerta sobre mis manos. Con resignación, deje cualquier tipo de evidencia, sin importarme. Jamás me encontrarían, lo tenía todo bastante controlado. Le dí un beso a su mejilla toda arañada y sin color, y salí. Pero no pude evitar una sonrisa. Era un maldito bastardo, vaya que sí, con mi insensato corazón.
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