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Memorias de una vida miserable |Terminada|

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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Vie 05 Sep 2014, 11:18 pm

Capítulo #25.




Hubo momentos en los que creí que Jason y Joseph serían unas sanguijuelas pegadas a nosotros por eso de que ambos éramos impredecibles a su alcance, sin embargo, nos dejaron quietos por varios días. Claro, eso no quiso decir que me tranquilicé, continuaba nervioso por lo que podrían llegar a hacer. No tengo idea si alguna vez mataron a dos personas a la vez, no recuerdo que papá haya mencionado esa parte, aunque de todos modos me daba mucho miedo por lo divertido que les podía llegar a parecer.
 
No era ninguna desventaja para ninguno de los dos bandos, cada equipo era un dúo, una pelea sería justa si sólo se tomaba en cuenta el número, el problema era considerar el resto.
 
¿Dos impredecibles contra dos asesinos seriales? Ninguno de nosotros mató a nadie, no con nuestras manos ni con nuestra fuerza, éramos más propensos a acabar con nosotros mismos que con alguien más. Ellos cometieron más de diez homicidios con sólo sus manos y su fuerza, ningún arma blanca o de fuego de por medio.
 
¿Experiencia en combate cuerpo a cuerpo? Ni me miren, si apenas sé defenderme. Soy mejor con las palabras. Prefiero huir antes que poner a prueba mis puños y meterme en problemas, por algo a los matones que estudiaban conmigo les encantaba fastidiarme, no exactamente para caerme encima, sino porque atreverse a ir en mi contra era meterse con mi hermano también, y como Marc sí sabe cómo atacar y no le importa lo que venga con tal de protegerme, de ahí sacaban sus peleas. De Richard, viendo que logró controlarlos un poco cuando lo del baño y por su confianza a la hora de declarar que no sería sencillo matarlo, supuse que tendría sus puntos a favor, pero eso no nos sacaba ventaja por ser equivalente a uno quizás experimentado contra dos que casi vivían de eso.
 
¿Estabilidad? Jason y Joseph parecían inquebrantables, de sangre fría, nada los afectaría y nada los detendría, ni una amenaza a ser ejecutados en la silla eléctrica o por inyección letal calmaría su sed de muerte. ¿Qué se puede decir sobre la estabilidad de un impredecible? Nula. Bueno, quizás no nula, por algo prácticamente nos obligaron a acudir a un psicólogo hace unos meses casi como si fuese una ley, aunque sí es muy, muy frágil. Cualquier cosa que salga como no se desea puede ser el fin de un gran esfuerzo por intentar llegar a ser “normal”. Así funciona nuestro mecanismo, podremos dar muchos pasos adelante, pero un simple incidente es capaz de hacernos retroceder hasta casi el punto de partida. Si por alguna razón nos recordaban nuestro tema prohibido, hasta ahí seríamos aptos para contraatacar.
 
Era casi obvio que ellos nos ganarían, con sólo ponernos uno al lado del otro y comparar sin saber la historia de cada uno era lógico que los dos musculosos trapearan el piso con ese par que apenas comenzaba a tonificarse. Temía al momento en el que decidieran entretenerse de nuevo.
 
—Ya que podrían venir por nosotros en cualquier momento, ¿por qué no me cuentas cómo son? —Richard no ayudaba mucho recordándomelo.
 
—¿A qué te refieres exactamente?
 
—Tú sabes, qué señales dan cuando te van a moler.
 
—Te van a acosar por unos días antes del ataque, nada físico, sólo palabras para tratar de descubrir tu punto débil. El día que planeen pelear van a hacer lo posible por arrinconarte a un sitio al que nadie pase o a conseguirte ahí de una vez. Evita al gimnasio, sobre todo si no vas acompañado, aunque creo que yo no hago mucha diferencia.
 
—¿Cómo son sus ataques?
 
—Bueno, siempre optan por inmovilizarme primero y luego es que me golpean. Irán más en contra de tu torso, casi no se meten con la cabeza y las extremidades son un extra si inmovilizarlas no les parece suficiente. Haz lo posible por resistir, una vez que quedes sin forma de moverte, hasta ahí llegaste. Dicen que suelen esperar de diez a quince minutos antes de ahorcarte, pero a mí me usaron por veinte minutos. Sería una buena idea demorarlos lo más posible para que no les dé tiempo, así fue como me salvé.
 
—¿No sería buena idea fortalecernos también?
 
—¿Qué? —mi cara se alargó, no podía estar hablando en serio—. ¡¿No te acabo de decir que hay que evitar el gimnasio?!
 
—Sí, pero deberíamos ejercitarnos para que nos sea más fácil resistir.
 
—¿Cómo lo vamos a hacer sin entrar al gimnasio? ¡Ninguno de nosotros puede levantar pesas!
 
—Vamos, sobreviviste dos meses entrando al gimnasio en cada receso para buscar una pelota de básquet. ¿Crees que nos vamos a morir por unos minutos de ejercicio de vez en cuando?
 
—No, pero…
 
—¡Con eso basta! Si llegan a aparecer, simplemente les lanzamos las mancuernas a la cabeza o también vale darles un golpe con ellas para asegurarnos de que den en el objetivo y salimos corriendo.
 
¿Cómo era tan despreocupado?
 
—¿De verdad no te asusta?
 
—Asustarme no me va a ayudar en nada —levantó los hombros como si le diera igual.
 
—Te puede ayudar a evitar un encuentro.
 
—¡No seas tan cobarde, Leo! —casi rió.
 
—Sólo soy prevenido —crucé los brazos.
 
—Como sea, toma mi idea. Nos hará bien no sólo para cuando nos toque defendernos, sino para la salud también, ¿sabes?
 
—No aceptarás que me niegue, ¿verdad?
 
—No —se puso de pie, decidido—. Empezamos ahora mismo, vamos.
 
Y sólo porque era mi única opción, lo seguí. No era buena idea quedarme solo ni dejarlo solo, menos en el gimnasio.
 
No era sólo el temor de que ese dúo nos interrumpiera con una pelea el que me daba ganas de retroceder, sino que faltaba poco para que el cardioma volviese a afectarme. Eso me imaginaba porque hacía más de dos semanas que me había dado el último paro, uno bastante raro en síntomas, por cierto, porque aunque hacía bastante frío, yo sentía todo lo contrario. Fue cuando logré percibir el frío que perdí la consciencia. No sabía qué tanto esfuerzo físico podía soportar, nunca pregunté si debía evitarlo o cuánto era lo recomendable.
 
—¿Listo para establecer una nueva rutina de ejercicio? —inquirió con una mancuerna en alto.
 
—Sí —hipé justo después.
 
—¿Eso fue que te dio hipo?
 
—Eso parece —se repitió.
 
—Así no nos sirve. Debes tomar agua.
 
—No me van a dar otra botella, ya me acabé la del desayuno.
 
—¿Incluso si es para calmar el hipo?
 
—Bueno, de repente, hip. No sé.
 
—Vamos a probar, no perdemos nada con eso —nos dirigimos de vuelta a la cafetería y yo me acerqué a la barra.
 
El que atendía esa parte me miró raro, ya había pasado el rato suficiente para que comiera y todo eso, ¿para qué estaría ahí? No pensaba hacerme caso porque no cargaba la bandeja en manos, pero es que no necesitaba comer, ¡necesitaba agua! Insistí hasta que se dignó a escucharme, luego no quería darme la botella. Que si ya había tomado una, que debía esperar a la hora del almuerzo para mi próxima, que recién me la había bebido, de todo impuso en mi contra. No me di por vencido, no soportaría estar con hipo por mucho rato, menos hasta el siguiente receso en casi cuatro horas. Continué hablando para que notara qué tan interrumpido me encontraba por culpa del hipo hasta que al fin cedió y me dio una botella. Le agradecí y me fui.
 
—¿Qué tanto tuviste que negociar, ah? —comentó Richard por lo que tardé.
 
—No me la quería dar, hip, y eso que hay un montón en la nevera. Tuve que ponerme a inventar hablando cualquier cosa para que viera que iba en serio.
 
—¿No será que le dio miedo de que lo fueras a atacar por no complacerte?
 
—Es una buena lógica para aplicar en prisión —abrí la botella y tomé cuantos tragos de agua pude de una sola vez.
 
—Y bien, ¿ya se te quitó?
 
—No sé, espera… Hip.
 
—Recuerda que deben ser tragos gruesos y sin pausa.
 
—¡Yo sé! —volví a tomar hasta que acabé con toda.
 
—Más vale que se te haya quitado.
 
—Sí, ahora apenas podré —hipé, puse cara de fastidio— caminar…
 
—¿Qué piensas hacer ahora?
 
—Hay bebederos en el gimnasio. Ir allá.
 
—¿Llenarás la botella con el agua de los bebederos?
 
—Y luego intentaré de nuevo.
 
A paso lento porque sentía cómo el agua se movía en mi estómago  y eso es totalmente incómodo, además de dar una gran sensación de pesadez, nos devolvimos al gimnasio, donde rellené el envase y decidí esperar a que me bajara un poco el agua del intento anterior antes de volver a llenarme de ella.
 
—¿Por qué no intentas el truco de aguantar la respiración?
 
—Nunca me ha servido.
 
—A mí sí. Anda, hazlo mientras esperas para tomar agua. Yo estaré aquí adelantándome con el ejercicio.
 
—¿Por cuánto tiempo es? Quizás por eso no me funciona.
 
—No sé, mejor hasta que no puedas más. Espero que tengas buenos pulmones.
 
—Pude morir ahogado hace nueve años si no fuera por eso, no hay problema —inhalé bastante aire y lo retuve por no sé cuántos segundos, no los conté, aunque tomando en cuenta que de niño aguantaba alrededor de cuarenta segundos, no me extraña si fue más de un minuto. Hasta estaba asustando a Richard, noté que me comenzó a ver fijamente con los ojos agrandados cuando ya casi volví a respirar.
 
—Ya me estabas preocupando.
 
—Te dije que aguanto bastante.
 
—No esperé tanto. ¿Se te quitó?
 
—Pareciera. No puede ser que —mentira, no desapareció—. ¡¿Por qué?!
 
—Respira como si te fueras a morir.
 
—¡¿Qué?! —¿qué sugerencia era esa?
 
—Hiperventila, pues.
 
—Ah —entendí—. Jamás había oído ese método.
 
—Yo tampoco, se me acaba de ocurrir.
 
¿En serio, Richard? ¿Me sugieres algo que ni sabes si funciona o más bien empeora las cosas?
 
—Trataré sólo porque estoy desesperado, hip.
 
De no respirar, pasé a inhalar y exhalar rápidamente. No duré mucho, me salió otro hipo a mitad del proceso y ese sí que se oyó.
 
—Al parecer, como que no funciona —Richard dijo intentando sonar inocente.
 
—Sí, funciona perfectamente, ¡hip!
 
—Lo siento —se disculpó, por su culpa ahora hipaba mucho más fuerte.
 
—Espero que se te ocurra algo que sirva.
 
—Sí, ya no soporto ese sonido —y por alguna razón, amagó a lanzarme la mancuerna que tenía en la mano derecha, llegando a asustarme porque se vio muy real.
 
—¡¿Qué fue eso?!
 
—¿Te asusté?
 
—¡No! ¡Que una mancuerna de…! ¿De cuántas libras es esa?
 
—Seis libras.
 
—¡Que una mancuerna de seis libras pueda golpearme directamente en la cabeza no me va a asustar! —me exalté—. ¡Por supuesto que me asusté!
 
—Esa era la idea —estaba obligándose a no reír.
 
—¡Ah, qué lindo!
 
—Sí, porque ya no tienes hipo.
 
Silencio, no me había dado cuenta.
 
—El viejo truco de asustar, ¿ah? ¿No crees que sea un poco riesgoso aplicarlo en un impredecible?
 
—No les tienes miedo a las mancuernas, no vi el problema.
 
—Pero le temo a cosas mucho más simples que podrías descubrir sin sospecharlo.
 
—El punto aquí es que te quité el hipo, deberías darme las gracias.
 
—Sí, gracias… hip… ¡No!
 
—Me adelanté.
 
El resto del receso fue más o menos igual. Él se quedó entrenando y yo buscando la manera de detener el hipo, porque no se me quitaba con nada. Tomé un montón de agua, aguanté la respiración varias veces, Richard trató de asustarme varias veces, aunque ya no funcionaba porque estaba más o menos esperando que lo hiciera. Nada sirvió. No me quedó de otra más que esperar al siguiente receso, al del almuerzo, pero qué tortura iba a ser tener hipo por tres horas enteras sin poder hacer nada al respecto.  De cierto modo, tuve suerte de que eso no sucedió, sólo que el motivo no es de suerte.
 
La alarma del fin del receso resonó, las celdas fueron abiertas, cada uno regresó a su lugar a hallar qué hacer para matar el tiempo. Yo me acosté en la cama y hasta ahí llegó mi consciencia. Sí, todo eso fue un simple síntoma a que me iba a atacar el cardioma.
 
A que esa parte fue totalmente inesperada.
 
Pues, esto es sólo un ejemplo de lo inesperado que el cardioma es incluso cuando ya sabes que lo padeces. Algunos síntomas son demasiado obvios, pero ¿quién sospecharía de un ataque de hipo? El cardioma es tan sorpresivo que incluso hay paros que ni aviso tienen, simplemente se dan sin ninguna clase de síntoma. Tuve mucha suerte de que Harold caminó por los pasillos justo después de la entrada a las celdas y que me descubrió así, sino quién sabe si estaría aquí ahora.

¿Será que Jason y Joseph van a ser igual de sorpresivos con su próximo ataque?
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Jue 02 Oct 2014, 3:34 pm

Capítulo #26.

¿Qué hace un impredecible cuando otro entra en brote?
 
He estado pensando en esa pregunta durante los últimos días debido a que recientemente conocí a otro impredecible más justo en esa circunstancia, y créanme, la cosa salió mal. Pudo ser excesivamente peor, lo reconozco, pero no le quita el susto que he pasado ese día. ¡Casi terminé con otro trauma más!
 
Parece una pregunta un tanto tonta, incluso hasta parte de un chiste malo, sólo que va en serio. Sólo hay que pensar un poco para darse cuenta de que no es tan sencilla como la pintan.
 
Los días siguientes a mi ataque de hipo, Jason y Joseph se las ingeniaron para toparse con Richard mientras estaba solo y aprovechar para atacarlo verbalmente, tal y como lo hicieron conmigo antes de la primera paliza. Como ya parecía ser su costumbre, no les paraba mucho, teniéndome a mí preocupado de que dentro de poco le caerían a golpes y él como si nada. Lo bueno era que aún no hallaban su tema prohibido, porque en realidad era después de descubrirlo que su persuasión se hacía más intensa.
 
—Jason y Joseph han estado hablándote demasiado últimamente. —Prácticamente lo regañé.
 
—¿Y? —Se encogió de hombros, indiferente como siempre.
 
—¡¿No te he dicho que así empiezan?!
 
—También me has dicho que no me harán nada hasta encontrar mi tema prohibido.
 
—¿Tu tema prohibido es tan difícil que estás tan tranquilo?
 
—No, en realidad no sé cómo no lo han descubierto aún. Supongo que tengo suerte.
 
—¿Y cuál es? —No malinterpreten. Un impredecible puede mencionar su tema prohibido sin problemas mientras no lo obliguen a profundizar.
 
Pensó. ¿Estaría equivocado y Richard sí era de los que no podían ni decirlo?
 
—La verdad es que no estoy seguro de cuál es —admitió con una cara que ya sabía la clase de respuesta que iba a obtener de mi parte.
 
—¡¿Cómo que no estás seguro de cuál es?!
 
—No sabía que era impredecible hasta que llegué aquí, ¿cómo quieres que sepa?
 
—¡Yo tampoco y sé cuáles son los míos!
 
—¿Se puede tener más de uno?
 
—Sí, pero no me desvíes el tema. El tema prohibido suele ser algo que cuando no eras impredecible ya te molestaba y puede que tenga que ver con el origen de la enfermedad.
 
—¿Y cómo se supone que voy a saber cuándo no era impredecible?
 
—¿Cuándo empezaron tus episodios de ira?
 
—Hace cuatro años, creo.
 
—Tus primeros diecinueve años de vida —contesté la primera pregunta.
 
—Bueno, siempre fui muy impulsivo y a mis padres nunca les gustó, así que solían mantenerme a raya y eran algo extremos con eso. Me obligaban a hacer cosas que no quería y vivía bajo una doctrina que no me dejaba ser lo que era, incluso aparentaba estar castigado todo el tiempo cuando en realidad así era mi día a día.
 
—¿Eran muy estrictos contigo?
 
—Demasiado. Si desobedecía o algo resultaba como no les gustaba, lo que venía era una pesadilla. Incluso, siempre dije que quería ser bombero, ya hasta me había metido en el curso de antes cuando de la nada me obligaron a estudiar Mercadeo en la universidad para seguir con el negocio familiar y eso. Me sacaron de todo lo que había hecho por mi cuenta y terminé estudiando mientras trabajaba para mantenerme porque les dio por dejarme prácticamente solo en algo que no deseaba. Claro, era la indirecta para que me pusiera a trabajar en una de las tiendas que tienen para irme acostumbrando a la cosa. Terminé vendiendo electrodomésticos en la tienda principal junto con un muchacho que también estaba ahí por lo mismo que yo, era el hijo de otros de los fundadores de la empresa.
 
Se notaba que le molestaba lo que le habían hecho, la manera en la que hablaba era mucho más seria de la habitual, su expresión igual. La frustración se percibía fácilmente y eso que aún no sabía el desenlace de la historia.
 
—Nos hicimos amigos porque entendíamos a la perfección la situación del otro, incluso me ayudaba con los estudios porque iba un semestre más arriba. Para ese entonces, yo ya casi no contaba con personalidad propia, era un robot hecho por mis padres. Mi opinión no importaba, menos mis deseos. Mis impulsos casi habían desaparecido, no porque no estuviese a punto de hacer algo sin pensarlo, sino porque recordaba lo que me hacían si pasaba y me frenaba al segundo de iniciar. Me volví obediente, una persona sin voz de voto. Lo que decía estaba mal o era ignorado.
 
“Llegó el día en el que ambos estábamos en la tienda solos y entraron unos clientes que sí nos parecieron raros al principio, pero hicimos caso omiso de eso. Cuando vi que los atendió él, fui a buscar un repuesto en el almacén que otros clientes iban a buscar más tarde. —Se enserió más al comenzar esa parte, de seguro ya estaba cerca de la cumbre—. De repente oí gritos, cuando regresé, vi que uno de los tipos tenía un arma apoyada a la espalda de mi amigo, lo agarró de rehén porque eran ladrones. Querían una pieza de no sé qué que no la teníamos, pero eran tan insistentes que no lo dejaron ir. Yo me quedé inmóvil viendo todo porque luchaba en mi cabeza por lo tanto que me la habían lavado. Quería caerles a golpes, lanzarles cualquier cosa a mi alcance, sólo que al dar un paso, recordaba lo que me hacían mis padres y me quedaba estático. De un segundo al otro, mi amigo estaba tendido en el suelo con una bala en el estómago y yo huyendo de las que me dispararon.
 
—¿Lo mataron?
 
—Cuando vi que se fueron, lo primero que hice fue revisar su pulso, no había. Cuando mis padres se enteraron, me echaron la culpa de todo porque debí ser impulsivo y tratar de hacer algo, que quizás de haberlo sido, él estaría vivo; todo sin saber que ellos mismos fueron la razón por la que me frené. Me dio tanta rabia que les grité todo en la cara, solté todo lo que había callado en todos esos años de sumisión, renuncié y decidí volver a tomar el rumbo que estaba llevando antes, sin importar que eso significara distanciarme de mi familia y ganarme su odio. Sucedió, desde el momento que renuncié no me han vuelto a hablar ni a ver, apuesto a que ni saben que estoy aquí.
 
—¿Has estado solo todo este tiempo?
 
—En el sentido de que no tenía casi apoyo, sí. Hasta los compañeros con los que me llevaba mejor en el escuadrón me tenían algo de miedo.
 
Me sorprendió que un impredecible haya podido sobrevivir tanto tiempo sin mucha ayuda. Quizás se deba a que sus brotes eran más de enojo que de depresión como los míos.
 
—Bueno, esa historia explica por qué se activó tu impredecibilidad y cómo se originó.
 
—¿Así que debo ver por ahí para descubrir el tema?
 
—Sí. ¿Qué te molestaba más en el tiempo antes de que renunciaras?
 
—Que no me dejaran ser y que no me tomaran en cuenta.
 
—Creo que eso podría resumirse en ser ignorado.
 
—Ahora que lo dices, sí, creo que por ahí va. No soporto que me ignoren o que mi opinión no cuente ni para resaltar que tiene errores. Hace que exija una respuesta y si no me la dan, exploto de la insistencia. —Se quedó callado por unos segundos, como si pensándolo bien—. ¿Sabes qué? Eso debe ser.
 
—Tenías razón. No es tan difícil de hallar.
 
—Supongo que tengo suerte.
 
Una casi ley universal: nunca digas algo así, sólo causará que lo que jamás sucedió se dé.
 
No pasarían más de tres días cuando estaba de lo más normal caminando por los pasillos y de la nada escuché algo similar a un enfrentamiento del otro lado de la esquina. Con cautela, me asomé a curiosear qué pasaba. ¡Richard tenía acorralados a los JJ contra la pared! No sólo eso, ¡cada una de sus manos rodeaba el cuello de uno de ellos! ¡Era la primera vez que veía a los hermanos perdiendo en una pelea! Bueno, en mi primera semana los noqueé, pero fue porque los tomé por desprevenidos. En cambio, ahí era obvio que sabían que la lucha continuaba y no lograban hacer gran cosa para liberarse de un agarre tan simple como ese.
 
Estuve paralizado los primeros segundos mientras analizaba la situación, era algo increíble. Luego, algo reaccionó en mí, haciéndome entrar en escena.
 
—¡¿Qué estás haciendo?! —¿Por qué tuve que entrar alarmado?
 
—¡No te metas! Es entre ellos y yo —gruñó, prácticamente. Vi cómo sus dedos se aferraban más a sus pieles.
 
—¡A tu amigo se le activó la locura! —Joseph exclamó con una voz extraña.
 
—¡¿Cómo dices?! —Richard apretó aun más la mano en el cuello del que acababa de hablar.
 
—¡Detente! —Corrí para empujarlo con fuerza y alejarlo de ellos, aunque la cosa me salió malísima. Sí logré lo que quería, sólo que Jason y Joseph como que estaban preparados para atacar apenas pudiesen hacerlo, porque entre los dos me dieron el trancazo que no sé cómo no terminé estampado en el suelo, pero vaya que me dolió. Después de eso, se fueron a otra parte, supongo que a respirar porque dudo que haya sido sencillo tomar aire con una mano cubriéndoles el cuello.
 
—¡¿Por qué hiciste eso?! —Se acercó a mí, intimidante, evidentemente enojado. Me señalaba con el dedo bastante acusador, sus cejas fruncidas arrugaban su frente, su mordida se veía fuerte.
 
—¡Los ibas a matar!
 
—Qué va, sólo se iban a desmayar porque les estaba obstruyendo el flujo de sangre a la cabeza, no la respiración. —Bueno, eso sonó al Richard despreocupado de siempre.
 
—¡Eso es peligroso!
 
—Es un método de defensa, no le veo el problema. ¡Iba a salir perfecto hasta que te entrometiste! —Y eso sonó al molesto de hacía unos segundos.
 
—Hey, no tengo la culpa de que me llame la atención escuchar un conflicto cerca.
 
—¡Pudiste echarte para atrás e ignorarnos! ¡¿Acaso crees que no me di cuenta de que te asomaste?!
 
Silencio, eso me tomó por sorpresa.
 
—¡Hice un bien, en realidad! ¡Iba a demostrarles que no les conviene meterse conmigo porque sé cómo defenderme! ¡Estaba a punto de lograrlo y tú lo tuviste que arruinar!
 
—¡Calma, calma! Te hubieses metido en problemas luego.
 
—¿Problemas? Ja, ¿qué problemas? ¡Era defensa personal, cualquier cosa se vale!
 
—¿Qué te estaban haciendo?
 
—¡Eso no importa! —De verdad no me haría caso, gritaba sin parar—. ¡Prefería meterme en problemas temporalmente ahora que tener que estar con cuidado el resto de mi tiempo aquí!
 
—Con sólo un susto no los ibas a alejar de ti, ¿sabes?
 
—¡¿Todo lo que digo está mal?!
 
—¡No! Estoy de acuerdo con lo de problemas ahora para no preocuparse más, pero no hubiese funcionado, no con ellos.
 
—¡Eso nunca se sabe hasta que se intenta! ¡Hay que experimentar y ver qué sirve!
 
Iba a responder, pero Jason y Joseph regresaron con ganas de revancha. Sin que ninguno de nosotros se percatara de ellos hasta que lo hicieron, atraparon a Richard y se lo llevaron a rastras al gimnasio.
 
Espera, ¿están yendo al gimnasio? ¿No será una mala señal?
 
Tardé unos segundos en captar que lo que iba a suceder no sería bueno. Estaba tan impactado aún por lo que había visto en los últimos instantes que no reaccionaba bien por estar procesando lo anterior. Incluso sólo caminaba tras ellos tranquilamente cuando no lo había entendido. Cada uno de ellos lo sostenía por un brazo, Richard pataleaba para intentar liberarse sin resultados, yo empecé a correr para tratar de detenerlo todo, aunque los alcancé estando ya en el gimnasio, casi ni pude entrar porque la puerta me rozó mientras la cerraban.
 
Lo soltaron de una manera que fue como un empujón para hacerlo chocar contra la mesa de espaldas, casi quedó acostado en ella, por suerte logró mantener el equilibrio. Ambos pelones voltearon hacia atrás al seguir la mirada aún enfadada de Richard, comprobando que yo me encontraba ahí, al pie de la puerta.
 
—¡Te dije que no te metieras, no tienes nada que ver aquí! —reclamó.
 
—Qué situación tan interesante —comentó Jason, viéndonos—. Se suponía que iríamos uno a uno, aunque esta oportunidad es valiosa.
 
—Esto será mucho más divertido. Uno está brotado.
 
—¿Qué tal si hablamos de que mami no podrá venir al rescate? —Fingió lástima, dirigiéndose directamente a mí.
 
—¿Así que esa va a ser tu estrategia? —Crucé los brazos. No caería en brote, no tan rápido.
 
—¿Qué tiene? ¿Acaso…? —Fue interrumpido por un golpe directo al hombro con una mancuerna. De inmediato se lo agarró, se quejaba del dolor que le causó—. ¡¿Qué haces?!
 
—¡Lo que ustedes hacen! —Richard lanzó una más, la cual lograron esquivar.
 
—¿Lo que nosotros hacemos?
 
—¡Sí! —Tomó dos más, una en cada mano, y prácticamente se abalanzó sobre ellos, golpeándolos con ellas sin pausa y sin soltarlas. Los había tumbado, de nuevo los JJ estaban casi indefensos.
 
¿En serio está pasando esto o acaso estoy teniendo un sueño bien loco?
 
Lo puedo jurar, creí por unos segundos que eso era producto de mi mente dormida, porque que ellos se encontraran en tanta desventaja en un enfrentamiento era algo imposible para mí. La única razón por la que supe que era el mundo real fue que sentía un nivel de consciencia demasiado fuerte como para ser algo ficticio.
 
Una vez más, quedé tan perplejo que estuve sin moverme durante unos segundos mientras procesaba lo que tenía frente a mí. No fue sino hasta que me pareció que algo cayó en mis zapatos que recuperé la voluntad. Agaché la vista, mis zapatos y parte de los pantalones se habían manchado de rojo. Levanté un poco el pie derecho para asegurarme, aunque era totalmente obvio de que se trataba de sangre. Mi boca y mis ojos se abrieron grandes, ¿era de esos dos?
 
—¡Detente! —exclamé no más fuerte que el golpe accidental que recibí en la mandíbula por atravesarme en medio de la trayectoria de la mano que sostenía —menos mal— la mancuerna más liviana. Me eché para atrás, ese impacto de veras me dolió, si hasta hizo que mis dientes se presionaran entre sí.
 
Tú si eres estúpido. ¿Cómo te vas a meter en el camino de algo que te puede pegar duro?
 
No, no era momento de obedecer a mis pensamientos contradictorios a mis deseos. Todo lo que quería era parar eso, terminaría matándolos si continuaba. Me arriesgué porque mi intención era agarrar a Richard y empujarlo hacia atrás para alejarlo de ellos, que me saliera mal fue otra cosa.
 
Ya el rojo no era sólo parte de pequeñas salpicaduras en mi ropa o en la de los demás, también formaba un pequeño charco en el suelo, lo que terminó de activar mi pánico. Puede que rogase por deshacerme de ellos y no tener que lidiar con sus acosos nunca más, pero no así. Si tenían que morir, no sería a mano de alguno de nosotros, debía ser como era correcto, legal. La inmovilidad me dominó nuevamente, no por la sorpresa, sino porque no tenía idea de qué hacer. No decidía entre actuar yo o correr a buscar a un vigilante.
 
Si yo me encargo, puede que lo haga mal y todos salgamos perdiendo. Probablemente termine más golpeado, Richard podría ir en mi contra, podría fallar de tantas maneras que no me atrevo a hacer nada.
 
Si salgo a buscar a un vigilante, puede que no haya ninguno cerca y tarde más de lo que haría si yo me hiciera cargo y que para cuando regrese, ya sea tarde. Además, hay electricidad, ya debieron vernos en las cámaras de seguridad, es probable que ya estén viniendo para acá, pero ¿y si no llegan a tiempo?
 
¡No pierdas más tiempo! ¡Hazlo y ya, tú sabes lo que quieres hacer!
 
No, ¡no sé qué hacer!
 
¿Qué es lo más obvio y más rápido que puedes hacer? Es demasiado sencillo. Vamos, no te queda de otra.
 
Me puedo meter en problemas si sale mal.
 
Habrá problemas pase lo que pase. ¡No pierdas más tiempo y muévete de una vez, cobarde!
 
Miré a la izquierda, ahí estaba el casillero, abierto. Muchas mancuernas guardadas adentro. Miré a la derecha, ahí estaba Richard aún furioso impactando todo ese peso una y otra vez en ellos. La sangre se acumulaba en el piso.
 
¿Debo combatir fuego con fuego?
 
Me acerqué al casillero, tomé la primera mancuerna que vi, no pasaría de cinco libras. Me devolví a mi ubicación anterior. Temblaba, no estaba seguro de lo que haría, pero era la única opción, la más segura aparentemente. Elevé la mano ocupada a la altura de mi cabeza, me aproximé un poco más, lo suficiente como para alcanzarlo pero lejos para no tener otro accidente. Dudé por unos segundos, mas al instante de recordar por qué lo hacía, mi brazo bajó automáticamente hasta dar con su hombro derecho, provocando que soltara la mancuerna. No esperé nada para también dejar caer la mía y rematar con un puño en la cara que lo dejó acostado.
 
Ni siquiera pude revisar cómo estaban todos cuando la puerta se abrió. Dos vigilantes apenas llegaban a calmar la situación. Los miré algo asustado, no me agradaba ser el único en pie allí, me daba miedo que me tomaran como el que hizo eso, y la sangre en parte de mi ropa no me ayudaba a lucir inocente.
 
—¿Qué es esto? —preguntó uno de ellos.
 
—¡Lo puedo explicar! —Respuesta nada conveniente en casos así. Típica de programas cuando se es culpable.
 
—¿Tú hiciste eso?
 
—¡No! Bueno… Sí, ¡pero no todo! —El pánico no me dejaba razonar bien.
 
—Traduce.
 
—Todo empezó afuera, ni estaba ahí, no sé qué paso exactamente en realidad. Ellos estaban peleando y los separé, luego ellos dos volvieron y lo trajeron arrastrado aquí. ¡Yo sólo vine a pararlo todo! —hablaba demasiado rápido, creo que de broma me entendieron.
 
Ambos se vieron y asintieron.
 
—¿Eres impredecible?
 
—¡Sí, y él también! —Señalé a Richard.
 
—Entendido, creo que podemos continuar después, cuando todos estén conscientes —avisó más tranquilo—. Nos encargaremos de esto, ve con Lawley —ordenó.
 
—¿No me harán nada?
 
—¿Cómo? Estás en un brote de miedo o algo así.
 
Genial. ¿Todo eso fue mi impredecibilidad actuando por mí?
 
Después de todo, Jason y Joseph sólo tenían algunos hematomas por ahí y por allá, una que otra herida sangrante que fue controlada y les tomaron algunos puntos. Lo bueno es que eso significaba unos días de relajo mientras no eran aptos de salir de la enfermería. A Richard sólo lo noqueé, recobró el conocimiento pocos minutos luego. Explicarle lo sucedido fue algo incómodo, no recordaba muy bien lo último. Admitir que tuve que golpearlo para frenarlo por alguna razón le causó gracia, quizás fue la forma en la que lo conté. Ni le prestó atención a que estuvo por matar sin importarle nada. Me dio miedo, debo confesarlo. Su nivel de ira era realmente alto.
 
Con todo esto, la respuesta a la pregunta inicial debería ser ya extraíble: un impredecible tratando de calmar a otro en brote es casi tan impredecible que no hay manera de saber con exactitud hasta que sucede, siendo el desenlace más común un desastre, pues el impredecible que no está en brote intentará usar métodos que sabe que funcionan en él, pero cada afectado es muy distinto a los demás, por lo que las tácticas que benefician a uno no tienen por qué ser útiles para otro.

Sólo hay que pensar, una de las cosas más seguras sobre el trato con un impredecible es que no todo saldrá como lo esperas o como suele salir, mucho menos si está en brote. ¿Qué se puede esperar de un impredecible tranquilizando a otro?
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Vie 28 Nov 2014, 11:14 am

Capítulo #27.


El impacto de descubrir que era amigo de quizás uno de los pocos que estaban al nivel de los JJ en lo que se trataba de pelear e incluso matar en el proceso no desapareció jamás. Claro, que ya casi lo pasaba por desapercibido luego de un tiempo era otra cosa, pero durante los primeros días casi ni quería acercármele, no fuera que se brotara y me metía yo en problemas porque no podría con él. Eso sí, lo veía como una gran ventaja, ahora entendía por qué decía que no sería fácil matarlo.
 
—Sabes, entiendo que Jason y Joseph no tengan modo de hacernos algo hasta la semana próxima, pero tampoco es para que me evites.
 
—¡¿Qué?! —exclamé apenas oí la palabra—. ¡¿Qué dices?!
 
—No lo finjas.
 
Sonaba serio. ¿Debía asustarme? Evitarlo incluía lo de ignorarlo, su tema prohibido, quizás no me convenía alejarme después de todo.
 
—¿Estás molesto? —Me aseguraría primero.
 
—No, sólo que me extraña un poco que ahora que estás “a salvo” no te me acerques.
 
—No fue nada a propósito.
 
—¿Es porque te quedó algún temor? ¿Me tienes miedo?
 
—No…
 
—Si te asusta que pueda brotarme en tu contra, recuerda que eres el que sabe de mi tema prohibido, así que dudo que me vayas a provocar. —Casi ni me dejaba terminar de hablar.
 
—Los brotes no se dan sólo por el tema prohibido, ¿sabes?
 
—Ah, ¿no?
 
—¿Acaso el compañero que dejaste en el incendio te dijo algo que tuviese que ver para que te brotaras al punto de abandonarlo? —pregunté sin darme cuenta de que se escuchaba mal hasta la última palabra. Por dentro estaba rogando que no se alarmara.
 
—No, me tenía harto desde hacía un rato. —Por suerte, fue el relajado de siempre.
 
—Exacto. —De su cara habría salido un signo de exclamación de ser una caricatura—. Los brotes pueden salir hasta de la nada. Podrías molestarte ahora mismo conmigo como yo podría comenzar a creer que estás en mi contra.
 
—¡Así que de ahí lo impredecible!
 
—Me sorprende que te estés dando cuenta ahora.
 
No iba a admitir que tenía miedo, para nada. Menos mal que no insistió con el tema y que no se enojó con mi obviedad.
 
—¿Vamos a entrenar? —Poniéndome de pie, acepté la invitación.
 
No fue mucho lo que caminamos cuando unas voces de un grupo conversando cerca de nosotros resaltaron del resto, llamando mi atención y la de Richard ya no me parece necesario mencionarlo.
 
—Fue él.
 
—¿Él qué?
 
—¿No te enteraste de lo de los Conrad?
 
—¿Quién no lo sabe?
 
—Bueno, ese de ahí. No el castaño, el otro.
 
—¿Así que ese es el segundo impredecible?
 
Estaban regando el chisme, esa era la noticia de la semana, cuidado si no del mes.
 
—Hey, ¿oíste eso? —susurré.
 
—Nada raro. Dime qué.
 
Tenías que ser tú.
 
—Lo que hablan al lado —aclaré luego de voltear los ojos.
 
—No les estaba parando.
 
—Deberías. —Nos quedamos en silencio unos segundos para comprobar si seguían conversando.
 
—Imagínate de lo que es capaz.
 
—¿Y si lo probamos ahora? Está desprevenido.
 
—¿Qué debo oír? —interrumpió.
 
—Saben que fuiste tú el que los atacó y parece que quieren ponerte a prueba.
 
—¡¿Qué?!
 
—¡Baja la voz! —pedí, estaba comenzando a subir el volumen—. Ahora que lo sabes, no te van a tomar por desprevenido, sino tú a ellos…
 
No sé qué fue lo que pasó ahí, simplemente se alejó unos pasos de mí mientras hablaba sin prestarme nada de atención. Se alejó hacia un lado, el lado donde estaba el grupo que sugería ponerlo a prueba.
 
—¿Qué dicen? —Richard reclamó detrás de los tres, quienes se vieron sorprendidos. Bueno, al menos los tomó cuando estaban menos precavidos y eso era parte de lo que le diría.
 
—¿Así que nos estabas escuchando?
 
—Estaba cerca, sean más discretos.
 
—¿Cuándo dijimos que eso nos importaba? Ahora estás a nuestro alcance.
 
—¿Qué?
 
El tono de voz de ese naranja me provocó tanta inseguridad que quise acercarme a pararlo todo,  a inventar alguna excusa como que si fue un malentendido o algo así, sólo que en ese momento uno más que no sé de dónde salió se metió en medio de ambos y sin perder ni un segundo, lo capturó de espalda y lo llevó hasta quedar acostado boca abajo sobre la primera mesa vacía que encontró. Los tres y otros que se acercaron por curiosidad rodearon la tabla, dejándolo sin salida. Yo quedé atrás, en el mismo sitio, apartado del resto. No podía acercarme por el miedo que sentí, porque en realidad tenía el camino libre.
 
Tampoco escuchaba mucho porque de tantos que hablaban a la vez, casi no entendía, aunque era obvio que lo estaban confrontando o provocando. No lo veía a él, seguiría acostado en la mesa.  De un momento a otro se alborotaron, alcancé a ver que se sentó e intentó bajarse, pero no le dejaron. Cada vez que se acercaba a la orilla, los que estuviesen ahí se juntaban lo más posible para bloquearle el paso. Cuando se cansó de tratar, se quedó quieto por unos segundos en medio de la tabla como para hacerles creer que se rendía, aunque la verdad era que apenas habían visto su potencial.
 
No pasaría mucho tiempo cuando Richard se puso de pie sobre la mesa, alertando a la mayoría. Miró alrededor, quizás buscando un punto por donde salir, o mejor dicho, atacar. Se aproximó al borde, de inmediato los tres más cercanos a ese lugar se amontonaron y en respuesta, él golpeó con un puño al del medio, haciéndolo perder el equilibrio e irse para atrás, separándose de los otros dos. Creí que ese momento lo aprovecharía para huir o al menos bajarse, me equivoqué. Se mantuvo arriba formando pelea desde ahí. Lanzó más puñetazos y varias patadas, algunos empujones también.
 
Continuó así hasta que ya se había encargado de la mitad, no porque se cansó, sino porque uno se subió a la mesa a enfrentarlo. La multitud retrocedió unos pasos, asombrada, al igual que yo. ¿Cómo saldría una pelea de ese estilo? Jamás había atestiguado algo así, ¿qué debía hacer? ¿Y si se llegaban a caer?
 
—¡Cuidado! —No me contuve. Corrí a hacer qué sé yo que pretendía, porque era obvio que no obtendría más que un empujón o alguna clase de golpe por meterme en medio.
 
—¡No interrumpas, esto está bueno! —exclamó el que atravesó su brazo en mi camino para frenarme.
 
—¡Se van a caer!
 
—¡Eso es lo emocionante!
 
Una pelea sobre una mesa es emocionante,  podría aceptarlo sólo si la veo desde una pantalla, porque en persona me pone nervioso. ¿Y si en serio se caían? El golpe no sería nada simple, probablemente se darían con los bancos fijos también antes de impactar el suelo, eso no suena nada agradable para el cuerpo, ¿cierto?
 
No sé cómo hicieron para permanecer tanto tiempo combatiendo ahí arriba sin trastabillar ni pisar en falso. ¿Dónde estaban los vigilantes? Volteé a otro lado en busca de uno en el momento que un trancazo se escuchó a mis espaldas. De inmediato vi, Richard había derribado a su contrincante, recibiendo ovaciones. Me lucré de lo dispersos que se encontraban por ello para subir yo a intentar otro qué sé yo.
 
—¡Miren eso!
 
—¿Ese no es el otro impredecible?
 
—¡Pelea de impredecibles! ¡Eso estará bueno!
 
—¿Cuál se pondrá a llorar primero?
 
Nos quedamos quietos fijándonos de lo que decían los demás, molestándonos con algunos comentarios, olvidando casi por completo la razón por la que estábamos cada uno montados ahí.
 
—¡Ah, estos dos me hacen perder la paciencia! —se quejó uno justo antes de abalanzarse sobre la mesa, en medio de nosotros, obligándonos a apartarnos si no queríamos que nos tumbara, aunque de todos modos lo logró por la mitad, porque yo me fui tanto para atrás que la superficie se me agotó y terminé cayendo, no en el suelo, sino algo peor.
 
Jamás llegué al piso, ni siquiera rocé el asiento. Unos brazos me atraparon antes de eso y me cargaron hasta otro lugar con facilidad. No distinguí muy bien qué pasó con él, aunque creía que el que se atravesó era su nuevo rival.
 
Me soltaron sin cuidado en el patio, me raspé los codos. Fueron seis los que me transportaron y que me rodearon al acostarme en el suelo caliente de la única zona sin techar de la prisión. Me acorralaron de tal manera que mi único movimiento posible era un abdominal. La espalda me quemaba; en vez de darme una paliza, me querían cocinar.
 
—Veamos cuánto tarda en desesperarse o entrar en pánico.
 
Estúpidos sean.
 
El sol que hacía era horrible, era el receso del mediodía, mis ojos estaban cerrados porque encandilaba demasiado, aun así los abrí momentáneamente sólo para que se notara que estaba frunciendo las cejas por molestia y no por sufrimiento. No fue buena idea, el sol estaba tan fuerte que me hizo soltar lágrimas involuntariamente. ¿Por qué mis ojos son así de sensibles?
 
—¡Está llorando!
 
—¡No estoy llorando!
 
—¿No? ¿Qué es eso, entonces?
 
—¡Es por el sol!
 
—¿No es gracioso? —Uno de ellos luchaba por no reír. En serio, ¿daba tanta risa así?
 
—Hagamos que sienta el sol directamente —sugirió otro, alarmándome por lo que podía significar.
 
—Me gusta —apoyó. Se agacharon los dos que tenía cerca de mis brazos, tomando cada uno un lado de la camisa del uniforme, asintiendo y a la cuenta de tres, halándola hacia ellos para abrirla. ¿Por qué tenían que ser de broches y por qué justo ese día no me puse la guardacamisa?—. ¿Lo dejamos así?
 
—La idea es que nada esté entre él y el sol. Quítenle la camisa como es. —Y eso hicieron. Me despojaron de la parte superior del uniforme, dejando mi torso descubierto.
 
La espalda era la peor parte, el piso estaba realmente ardiendo. La arqueé por unos segundos, ellos me lo impidieron luego, prácticamente me pegaron al suelo. No esperaron mucho antes de planificar la siguiente parte.
 
—¿Ahora los pantalones?
 
—No, sé de algo que le va a doler más. —El que estaba más hacia mis pies desamarró las trenzas de mis zapatos, me los quitó junto a las medias lanzándolos lejos y flexionó mis piernas, haciendo que mis pies tocaran el piso directamente.
 
Déjenme decirles que eso se siente terriblemente espantoso.
 
Fue igual o hasta peor que la arena en la playa cuando está muy caliente, que casi ni te quieres quitar las sandalias hasta no llegar al agua porque ni correr sirve para no quemarte los pies. Me decidí, mucho peor porque no contaba con la opción de levantarlos, uno se sentó sobre ellos. No hallaba manera de quitármelos de encima ni de moverme lo suficiente. Forcejeaba y daba igual.
 
—Ya está mostrando señales de desesperación —celebró uno.
 
—No tienes manera de huir —dijo otro con un tono burlón—. ¿Quieres llorar?
 
Sin abrir los ojos porque habría sido casi responder que sí, fruncí más las cejas para de alguna manera demostrar mi enfado.
 
—¿Por cuánto más lo dejamos así?
 
—Hasta que les avise. Todavía falta.
 
—No les falta nada —les complicó el plan una voz que al instante reconocí como la de Richard.
 
—¿Ya se escapó? Qué rápido.
 
Supongo que en ese momento, miró a los lados y encontró a mis zapatos, porque no estaba viendo nada.
 
—¿Qué están haciendo que hay unos zapatos allá? —preguntó con cierta tranquilidad.
 
—¡¿Acaso estás ciego?! —No, no fue otro. Fui yo el que respondió así.
 
—¡¿Por qué tan irritado?!
 
—¡¿Estás tan ciego así?! ¡Mírame!
 
—Hey, ¡¿qué es eso, ah?! —alzó el tono. Creo que los otros se pusieron alerta, sentí a algunos alejarse de mí.
 
—¿Por qué? ¿Quieres unirte? —uno bromeó.
 
—Para nada. —Sólo segundos después, escuché algo golpeando a alguien y cayendo al suelo, por lo que giré la cabeza y abrí los ojos, encontrándome con uno de mis zapatos a pocos centímetros de mí.
 
—¡¿Así nos piensas atacar?! —gritó el golpeado sobándose el brazo.
 
—¡Sí! —Al divisar a Richard, deseé no haberlo hecho del todo. El otro zapato estaba en su mano izquierda a punto de ser lanzado.
 
—¡No! —escandalicé. Muy tarde, ya estaba por los aires y se encaminaba directamente hacia mí, por lo que el pánico no tardó en aparecer. Menos mal que los dos que impedían mis movimientos se apartaron, porque de no haber podido alejarme, mi brote de miedo no habría sido normal.
 
Por si no lo he dicho antes, los zapatos en manos de otros me hacen entrar en pánico. Si vienen a mí, me sobresalto de una manera que hasta pena me da. Si ya lo sabían, bueno, ahora lo recalqué.
 
Terminé de rodillas viendo cómo pasaba todo, quería levantarme pero mis pies ardían. Mi espalda se aliviaba aunque me dio demasiado calor. Yendo arrodillado, recuperé mi camisa y me la coloqué para esperar más decentemente por lo que me faltaba y al fin de la pelea, el cual se dio cuando un vigilante por fin se dignó a aparecer y detenerlos a todos luego de que mi calzado volara una y otra vez para mi espanto.
 
Tuve que esperar un rato antes de poder caminar de nuevo sin que simulara una tortura. ¿Cómo hacen los que caminan sobre brasas encendidas? Fui a la enfermería a que revisaran si necesitaba algo en especial, dándome sólo una crema hidratante porque tenía quemaduras de primer grado. Sólo quedé sensible de esas zonas por unos días.
 
Richard pudo con todos sus contrincantes, tanto de la mesa como los del patio porque su ligero brote de enojo se lo permitió. Podía parecer alguien muy relajado, pero él en serio se enfadaba con relativa facilidad como lo explicó en su primer día preso, y si ese enfado llegaba a ser controlado totalmente por la impredecibilidad, había problemas.


Lección del día: No intentes parar una pelea sin un plan, por favor y gracias.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Dom 21 Dic 2014, 9:33 am

De nuevo hago una nota antes del capítulo porque realmente necesito decir estas cositas:


1) La novela ya casi cumple un año desde que la comencé a escribir (fue en Navidad del año pasado, je) ♥️


2) Anteayer alcanzó el puesto #360 en Ficción general en Wattpad 


3) Este capítulo va dedicado a tres lectoras que deben saber quiénes son aunque no estén leyendo ahora, pues indirectamente fueron las que me dieron las ideas para poder escribirlo en sus comentarios 


Capítulo #28.
 
Era la mitad de febrero, la mitad de mi tiempo aislado. Habían pasado ya cinco meses desde que me encerraron en esa celda, cinco meses sobreviviendo de alguna manera, aún restaban cinco meses más de lo mismo. Me animaba saber que si había logrado llegar hasta ahí, podría repetir ese tiempo y salir, pero también me desanimaba que había muchas posibilidades de no hacerlo. Eran cinco meses más los que faltaban, cuántos ataques no podría sufrir en ese período, cuántos paros no podría tener.
 
Como siempre, el lado negativo superó a todo lo positivo que podía extraer de ahí.
 
Pensaba en el mundo que había afuera. ¿Qué sucedía allá, en ese lugar tan cercano y a la vez tan lejano fuera de las rejas y alambres de púas? ¿Las cosas mejoraban o empeoraban? ¿Qué descubrimientos se habrían hecho? ¿Cuál sería el tema de conversación obligatorio del momento? Marc solía actualizarme de vez en cuando en sus visitas, pero el tiempo no era el suficiente para contarme todo lo que quería saber, no le permitían regalarme un periódico para al menos leer los titulares como acostumbro. La vida seguía su curso afuera y yo no tenía idea de cómo.
 
Cada quien estaba siendo útil a su modo en sus vidas mientras que yo sólo ocupaba un espacio más de una inmensa prisión pagando por algo que hice sin desearlo del todo. Se supone que una de las tantas razones por las que se encarcela es para el arrepentimiento de quienes ingresan, ¿qué pasaba si yo estuve arrepentido desde el mismo momento en el que me esposaron?  Estaba obligado a arrepentirme por diez meses más, de seguro el resto de mi vida porque esa mancha me iba a privar de varias cosas.
 
Por algo que jamás habría hecho en condiciones normales, mi vida se vería afectada probablemente para siempre. Pensaba de nuevo en el trabajo, mi vida social y el amor. ¿Qué impresión te da alguien impredecible que estuvo preso y que tiene cardioma? Una no muy buena, es de esperarse. No es un invento, adiviné en cuanto a la novia de mi hermano, pues me odió a primera vista e incluso cuando le he dado razones para revocar su primera impresión de mí, su desprecio continúa en pie de una manera tan fuerte que no podemos estar en el mismo lugar o el ambiente ya se siente tenso. Ella no sería la única persona en detestarme, estoy seguro de quién va a ser la segunda persona y sé que me traerá muchos problemas.
 
Así que pensaba, ¿y si Paula le contagiaba la cosa a Marc? Confiaba en que él nunca ha sido fácil de cambiar de opinión sobre algo de lo que está muy convencido, le es fiel a sus creencias y pensamientos, pero no tenía idea de cómo se comportaba estando enamorado. Sí veía que le alegraba, hasta lo podía imaginar con su guitarra cantando “I love love, I love being in love…” —aunque el resto de la canción no tanto—, mas no sabía qué tanto lo cambiaría por eso que dicen que uno cambia cuando se enamora. ¿Sería capaz de transformar su juicio? A lo que notaba, aparentemente ya había acabado con uno de sus principios fundamentales: “si te metes con mi familia, te metes conmigo”, ¿por qué no acabaría con otro? Eso me preocupaba un montón, perder a Marc sería perder mi único soporte.
 
No entendía el arrepentimiento que debía sentir en mi caso si ya presentaba el que se suponía. ¿Arrepentimiento de haber desarrollado una condición que me controla sin darme cuenta? ¿Arrepentimiento de no haberme enterado antes para evitarlo? ¡Eso podía sentirlo sin necesidad de despojarme de la libertad!
 
Luego pensaba en lo modificado que saldría. ¿Iba a convertirme en un desadaptado? ¿Mi percepción del mundo sería diferente? ¿Me comportaría distinto? De la última estaba casi seguro, siendo impredecible no me sorprendería. Otro cambio era mi optimismo hacia las oportunidades que creía que la vida me regalaba cada vez que sobrevivía a algo que parecía imposible. Realmente creía que eran por algo en especial, pero al ser diagnosticado con una enfermedad que mata en cinco años, ¿qué gran cosa haría? ¿Vivir para contarlo de nuevo? Eso ya era demasiado.
 
Pensaba en tantas cosas que me hacían concluir que no me quedaba mucho bueno por hacer, que no me quedaría de otra más que lamentar el estado en el que terminé en mi habitación, fuese ésta una celda, mi cuarto, una caja o fuese el sitio cualquiera. No cabía la idea de ser productivo, sería un desperdicio para siempre. Lloraría cada día mi destino, uno que jamás quise ocupar. Anhelaría poder cambiar de vida. ¿Por qué me tocó una tan difícil? No soy tan fuerte, sigo aquí por pura suerte de que ironías me han salvado de morir.
 
¿Por qué sigo vivo? De verdad quiero vivir, pero ¿por qué así?, ¿por qué con tantas restricciones? Quiero una vida en la que pueda ser libre de elegir lo que quiera hacer con ella, no una en la que deba elegir entre las pocas opciones que me queden. Quiero una vida que no se sienta como un castigo continuo. Quiero una vida que no me dé ganas de llorar tan seguido. Quiero una vida que no tema perder cada dos semanas. Quiero una vida en la que pueda ser yo, no una versión exagerada de mí. Quiero una vida muy distinta a la que tengo y aun así quiero seguir con ella, no morir en poco tiempo como se ha dictado. ¿Por qué no matarme de una vez antes de que las esperanzas de algo absurdo crezcan y me hagan sufrir más?
 
Una vez más, las lágrimas salieron solas, ni me percaté del nudo en mi garganta cuando ya atravesaban mi rostro. Viajaron silenciosas, ni mi respiración se agitaba. Sólo las dejaba caer en paz.
 
¡Débil! ¡Aprende a vivir con tus problemas! ¡No seas cobarde y sé un hombre! ¡Lloriquear por todo no te va a devolver lo que has perdido!
 
¡¿Y qué si esa es mi forma de desahogarme?!
 
¡Encuentra otra! ¡Siente el verdadero dolor para llorar, no unos simples pensamientos!
 
No son…
 
¡Sí lo son! ¡Sé valiente y sé drástico!
 
Mi mente amenazaba con expresar enojo y descargarlo en mí mismo, lo cual me asustaba. Se me hacía complicado dominar cada lado, me atormentaba cada palabra audible en mi cabeza. Me sostuve la frente apretándola un poco de la desesperación, no aguantaría mucho más. Cuando comenzó a doler, me puse de pie y grité algo bajo. No había manera de callar, los impredecibles no oímos voces, oímos a nuestro propio yo dividido discutiendo contra cada mitad, de ahí que cause tanta angustia.
 
Sin quererlo, mis pies se movieron rápidamente en dirección a la pared, chocándome con ella fuertemente. Grité con mayor volumen. Se repitió varias veces aumentando la intensidad de ambos hasta que en uno, quizás el quinto o sexto, los alaridos pasaron a ser risas. Ni siquiera lo encontraba divertido, sinceramente ese fue uno de mis momentos con menor cordura de toda mi vida. Me estrellé contra la pared unas dos o tres veces más antes de caer al suelo sin más fuerzas, solamente reía para adentro y alcancé a ver que me había arañado los brazos también antes de perder la consciencia.
 

Ah, a veces es tan aliviador desaparecer momentáneamente, es como despertar de una pesadilla vivida en carne y hueso.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Lun 29 Dic 2014, 4:18 pm

Capítulo #29.


Despertar en una camilla sin muchas pistas sobre lo que sucedió antes no es tan aliviador.
 
Lo primero que vi fue un techo blanco, muy distinto al que veía en mi celda. Lo segundo que vi fue una pared clara, muy distinta a la que veía en mi celda. Lo tercero que vi fue un hombre de uniforme médico, muy distinto al hombre de uniforme policial que veía desde mi celda.
 
Estaba perdido, ¿por qué todo era distinto a lo habitual?
 
—¿Qué pasó? —le pregunté al doctor que recogía algunas cosas.
 
—¿Los golpes que te diste en la cabeza fueron tan fuertes como para que los olvidaras?
 
—¿Me di golpes en la cabeza? —Llevé una mano a recorrerla en busca de algún punto doloroso.
 
—Varios, conté unos siete.
 
—¿Con qué? —Creo que me sedaron porque no sentía nada, aunque sí localicé una venda rodeando mi cabeza.
 
—Con la pared de la celda.
 
—¿Por qué haría eso?
 
—Fácil, porque estás loco.
 
Mi memoria se aclaró en ese instante. Ese era el doctor antipático del Gatorade.
 
—¿Qué me mandarás a tomar para eso?
 
—Nada, eso no se quita.
 
Sí, definitivamente era él.
 
—¿Al menos me puedes explicar qué sucedió?
 
—El de al frente dijo que chocaste con la pared a propósito varias veces hasta que caíste al suelo y quedaste inconsciente.
 
Al menos esta vez sí sabe lo que pasó.
 
—Ya lo recordé. Tendría algún brote y por eso lo hice.
 
—¿No tienes un interrogatorio esta vez?
 
—No, ya sé qué me dio, aunque me gustaría que no lo justificaras con un “estás loco”.
 
—Es una manera bastante corta de decirlo, no la cambiaré.
 
—Pero es incorrecta.
 
—Que a ti no te guste no quiere decir que sea incorrecta.
 
—Es que de verdad es incorrecta. No estoy loco.
 
—Como si fuese muy cuerdo lo que te hiciste.
 
—Eso sí lo admito —tenía que darle la razón en esa—, pero son dos cosas muy distintas hacer algo loco y estar loco.
 
—Es algo muy rebuscado para que suene más bonito. Es mucho más fácil aceptar la locura.
 
—No cuando no la hay.
 
—Ah —se quejó—, ¡hasta herido eres un fastidio! Vete a tu celda, era lo único que necesitaba decirte. —Se fue.
 
No, en serio, cuánto me molesta que digan que estoy loco. Reconozco que ser impredecible no es una condición normal ni sana, su expresión puede llegar a rebasar los límites de la cordura y hacer quedar a uno como un demente, pero ¡no es sinónimo de locura! Los impredecibles somos personas totalmente normales mientras las emociones estén controladas y ninguna desee ser más obvia que las demás. Podemos pasar por alguien sin nada para aquellos que desconocen el diagnóstico.
 
Que un doctor sea quien lo diga me molesta aun más. Se supone que están ahí para hacer sentir mejor, no peor. ¿Qué va a estar haciendo un doctor llamando “loco” a un paciente? Ahuyentarlo y perderlo, seguramente. Si no fuera porque en la cárcel te toca el que esté disponible en ese momento, habría solicitado en serio que jamás me asignaran a ese tipo que ni tan doctor parecía ser. Tengo dos teorías sobre él: o estudió Medicina creyendo que iba a ser exitoso y a ganar un montón de dinero o estaba buscando que lo despidieran porque no soportaba el lugar mas no aceptaría renunciar.
 
Me quedé en la enfermería cuando vi que no faltaba mucho para la hora del almuerzo, me daba fastidio regresar a mi celda para salir otra vez en un cuarto de hora. Miré mis brazos, estaban bien, los rasguños que recordaba haber notado no fueron la gran cosa, ni siquiera me cortaron. Me preocupaba qué tan fuerte me había golpeado la cabeza como para terminar con una venda e inconsciente. Sí me acordaba de lo que había hecho, pero la intensidad y casi cualquier sensación habían desaparecido de mi memoria.
 
Siempre he estado en contra de hacerme daño a mí mismo, las veces que he estado por hacerlo o que lo he hecho han sido por culpa de un brote, así que definitivamente estaba bajo uno bastante potente. Si mi objetivo era mi cabeza —lo que podía suponer por lo sabido—, hasta deduciría que lo que quería era matarme, pero ¿por qué iba a rendirme a mitad del camino? Dudaba que esa hubiese sido la razón. Como pensé que no me convendría acordarme, dejé de rebuscar y me quedé quieto hasta la salida.
 
No pude evitar el tema por mucho, apenas Richard me localizó, no fue capaz de guardar la pregunta.
 
—No tenías eso esta mañana. ¿Qué te hiciste?
 
—Supongo que era imposible de ignorar —reclamé con fastidio.
 
—¿Cómo se te ocurrió pensar algo así? Es tan imposible como que haya una ensalada buena aquí.
 
—¿La probaste?
 
—Antes de que me regañes, sé que me lo advertiste pero quería comprobar. Me arrepiento. —Puso cara de asco.
 
—Lo agradezco mucho. —Sonreí con triunfo, un ejemplo más de que hay gente a la que la sale mal las cosas por no hacerme caso.
 
—No desvíes el tema, no me olvidaré de él mientras no te quites esa cosa —avisó.
 
—No fue más que la impredecibilidad haciendo de las suyas de nuevo —le resté importancia a ver si así se desinteresaba.
 
—Suena más a algo que yo diría como despreocupado que tú como alarmado por lo que sea, no te creo.
 
—¡Pero es verdad! Estaba en brote y sucedió esto. —Señalé la venda.
 
—¿Y cómo sucedió eso?
 
Tú eres Richard, no Marc. Sal de ese cuerpo, hermano, ese tipo de curiosidad sólo te la soporto a ti.
 
—¿Acaso no te das cuenta de que no quiero especificar?
 
—¿Y qué si hoy me dieron ganas de ayudar?
 
—¿Ayudar en qué? Ya tengo esto en la cabeza, no creo que acomodes nada.
 
—Ayudar con el tema que te haya brotado, ¿quizás? —agregó obviedad en su tono de voz.
 
—¡Ese es el problema! No fue por el tema del brote, fue por otra cosa pero no tengo idea de qué.
 
—¿Perdiste la memoria?
 
—No toda, pero sí esa parte y es justamente la única que no logro explicar.
 
—Qué conveniente —respondió sin mucho convencimiento.
 
—¿En serio no me crees?
 
—Está muy incompleto.
 
—¡Choqué con la pared mínimo siete veces y en una de esas me caí y quedé inconsciente! —solté rápido—. ¿Ahora sí?
 
—Así está mejor. ¿Qué cosa estaba pasando por tu cabeza como para eso?
 
—Mis típicos pensamientos de “no tendré futuro” y esas cosas, nunca había llegado a algo así, no sé qué hubo de distinto esta vez.
 
—La venda tiene algo de sangre, te diste duro.
 
—¡¿Qué?! —Me toqué la frente, recordé que aún no sentía nada—. Algo me tuvieron que dar como para que no me duela.
 
Él se quedó meditando por unos segundos que aproveché para comenzar a comer antes de que lo frío terminara de arruinar el ya estropeado sabor de la carne.
 
—¿Y si lo que querías era acabar con el brote?
 
—¿A qué te refieres? —Arqueé una ceja, no capté.
 
—Quizás te lo provocaste.
 
—¡No! —negué de inmediato—. ¡Habría hecho algo menos peligroso!
 
—¿Como qué? ¿Mantener la respiración por no sé cuántos minutos?
 
—No, eso sería muy lento. Escucharía demasiado en el minuto y medio que aguanto sin problemas.
 
—¡Eso! —exclamó por el bombillo que se encendió en su mente.
 
—¿Eso qué? —Alcé la ceja, otra vez no le entendí.
 
—¡Querías dejar de escuchar!
 
—¿No crees que sería básicamente lo mismo? No haría algo tan violento.
 
—Tú no, pero el impredecible sí.
 
Verdad que estaba bajo un brote, ¡haría cualquier cosa!
 
—Me pasó algo así cuando no sabía que era impredecible —confesó Richard—. Estaba en mi casa y no recuerdo qué me puse a pensar que me hizo enojar al punto de golpearme yo mismo la cabeza para callarla. No me desmayé porque me llamaron por teléfono y eso me sacó todo, pero creo que pude terminar igual.
 
—Ahora que lo dices así, creo que eso fue lo que pasó.
 
—Tuvo que ser eso.
 
¿Me sentía mejor con una explicación aplicable? Sí. ¿Me gustaba? Me asustaba. Me asustaba una repetición. Me asustaba una versión peor. Me asustaba lo incontrolable que podía llegar a ser. Me asustaba de mí mismo.

Más tarde en ese mismo día, Marc fue de visita con algo de preocupación porque se había enterado de lo sucedido. Para esa hora ya me había acordado de todo, justo me preguntó por lo que pasaba en mi interior durante esa crisis. Eran muchas cosas, pero ¿cómo iba a decirle que la que más me inquietaba era parte de su felicidad?
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Jue 08 Ene 2015, 8:56 pm

Capítulo #30.

Nada fuera de lo común me ocurrió hasta marzo, muy poco menos de una semana luego de ese ataque de qué sabré yo —no lo terminé de aceptar—, porque me mantuve alejado de inconvenientes por el miedo que me llegué a tener.
 
Un paréntesis que tiene que ver: algo que siempre me he preguntado —aunque ahora conozco a alguien que me lo respondería pero no deseo oír su respuesta en particular— es cuál es la fiebre que hay con el sexo. Quizás porque soy medio virgen —por favor, no pregunten la expresión— no entiendo cuál es la fascinación, ¿de verdad es tan bueno que hay gente que ni se puede esperar una semana para repetirlo? Puede que algún día, cuando tenga una novia si es que la tendré, vea esto y me ría de mí mismo, mas por los momentos esa es mi gran duda.
 
Fin del paréntesis, pasemos a lo ocurrido.
 
A Richard le había dado gripe y por miedo a contagiarme porque no sabía si enfermarme era bueno para el cardioma, decidí estar un poco apartado de él. Eso de inmediato llamó la atención de Jason y Joseph, quienes aprovecharon que estaba solo en el gimnasio por cierto grado de confianza que me llenó y me atacaron, sólo que les salió mal golpearme con una mancuerna porque me dejaron inconsciente y ese no era su estilo, así que me abandonaron ahí, desmayado sobre una mesa.
 
No sé cuánto tiempo duré así, no pudo ser mucho porque cuando recuperé los sentidos aún había alguien ahí, podía sentirlo frente a mí, supuse que sería algún naranja más o alguien que me iba a ayudar, siendo más probable la primera dada mi suerte. Cuando abrí los ojos, apenas había visto algo y ya había reaccionado tan rápido como alguien que estuvo totalmente lúcido desde el principio.
 
Había un hombre al frente de mí como lo sentí. El hombre era un naranja como imaginé. Al hombre apenas se le veían los pantalones y estaba a nada de mostrar más de lo adecuado. La mano del hombre se dirigía hacia el botón de los míos. El detalle aun más alarmante era que el hombre tenía tatuada una manzana mordida entre los dedos pulgar e índice.
 
Este tipo es un violador.
 
No pasó ni un segundo de haberlo visto cuando ya le había lanzado una patada directo a su entrepierna que lo tiró al suelo y me dio la oportunidad de correr hasta la puerta, donde me detuve al no lograr abrirla lo suficiente. Por alguna razón, cuando llegaba a cierto punto se trancaba y no abría más, lo poco que lo hacía no era suficiente ni para que la persona más delgada del universo saliera. Esa puerta siempre había funcionado a la perfección, apenas rechinaba, ¡¿justo cuando la necesitaba en esas condiciones se iba a dañar?!
 
Había dejado al hombre agonizando, la patada que le di fue bastante fuerte. Tendría algo de tiempo para aflojar la puerta y huir. Le daba golpes y sólo cedía unos milímetros, era demasiado lento, no me servía ese método. Abrí y cerré rápidamente en un intento de destrabarla, era igual de lento y hasta más trabajoso. La empujaba y nada cambiaba.
 
Empecé a entrar en pánico. Si se recuperaba del golpe antes de que escapara, mi lista de traumas iba a estar peor y no sólo graciosa como algunos la consideran. Repetía cada paso alternadamente en busca de aflojar las bisagras, que fue lo que creí que la tenía así. De vez en cuando volteaba a ver al hombre para comprobar si me quedaba tiempo. Mi patada fue más fuerte de lo que pensaba.
 
¡Devuélvete a darle otra para que tarde más!
 
¡¿Y si me agarra la pierna y me hala al suelo con él?!
 
Buen punto.
 
Extraña ocasión en la que mi forma de ser real le ganó a la impredecible.
 
Quise poner a prueba mi patada en la puerta, capaz y la tumbaba como en televisión. Me eché para atrás, me preparé y lo intenté. Sólo me dolió el pie porque la hermosa puerta seguía terca.  Cómo deseé tener un celular a la mano para llamar a Marc y preguntarle cómo tumbarla. Me estaba comenzando a molestar. ¡¿Por qué mi suerte era así?!
 
Hora del siguiente paso: usar todo el peso de mi cuerpo contra ella. Sabiendo que igual me iba a doler, tomaba impulso y chocaba de lado contra ella para empujarla con mayor intensidad. Me funcionó un poco, ya estaba aceptablemente abierta pero no me iba a conformar con eso, seguía siendo un espacio muy estrecho y no me iba a arriesgar a quedarme atascado porque habría sido peor. El problema era que ya no soportaba muchas más embestidas.
 
—¡Ya verás! —Me alarmó la voz aún algo adolorida del tipo mientras yo retrocedía por ya había perdido la cuenta de veces. ¡Se había recuperado lo suficiente como para levantarse poco a poco!
 
Escucharlo sólo activó mi velocidad, haciéndome correr antes de tiempo y chocar estrepitosamente con la madera. Miré atrás, él estaba acomodándose los pantalones. En cinco segundos estaría perdido o tendría que patearlo otra vez, cosa que no era muy factible porque no me acomodaría en un período tan corto. Sólo por no dejar eché un vistazo al suelo y agradezco haberlo hecho: la causante de todo era una trenza de zapato con un nudo colocada en el espacio entre la puerta y el piso que impedía que se abriera más de cierto punto.
 
Ni siquiera pensé, sujeté la trenza y la halé hasta liberarla, acto seguido por mi huida que simuló un clavado porque ni me paré, sólo salté al lado de afuera y caí acostado, luego cerré la puerta con los pies y finalmente regresé el cordón anudado donde estaba para evitar su salida. Justo a tiempo, el del tatuaje golpeó la puerta en ese momento gritando barbaridades. Me quedé en el suelo viéndolo con los ojos bien abiertos hasta que me percaté de que era recomendable salir corriendo de ahí por si él escapaba.
 

¿Qué acababa de pasar? Simple: el tipo me quería usar para ya saben qué, sólo que tuve mucha suerte de despertar antes de que siquiera me preparara... Qué incómodo es decir eso.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Lun 26 Ene 2015, 7:22 pm

Capítulo #31.
 
Sorpresas que te da la vida: ataques de hambre y sed mortíferos.
 
No se imaginan lo horrible que es sentir que morirás de hambre en un lugar donde la comida es malísima y no merece ser considerada como tal. No soy muy hambriento, pero hay días en los que mi apetito es tan enorme que nada lo satisface. Por mala suerte, me sucedió una vez allá.
 
La hora del desayuno fue normal, la cosa arrancó al mediodía. Era como si estuviese totalmente vacío, no aguantaba mucho más. Sabía que un almuerzo como el que solía servirme no iba a bastar, por lo que llené la bandeja más de lo acostumbrado sin importar qué tan insípida o rara recordaba que tal cosa era. ¡Si hasta casi coloqué un poco de ensalada! Menos mal que entré en razón, de seguro me hubiese dado náuseas.
 
No comí, tragué todo prácticamente porque no soportaba más el hambre y quería llenarme rápido. No saboreé —menos mal— la mayor parte. Richard me miró raro por eso, no me interesó porque lo que sí era obtener un poco de lo que le faltaba a su bandeja.
 
—¿Qué tanto ves? —preguntó incomodado.
 
—¿Puedo comer parte de tu pollo? —No aparté la mirada de él.
 
—¡No voy a sacrificar lo que mejor sabe! —se negó apurándose en darle un mordisco.
 
—¡Por favor!
 
—¡No! Hubieses agarrado más pollo. —Mordió otra vez.
 
—¡Tengo hambre!
 
—¿Todavía? Prácticamente comiste todo el menú.
 
—¡Pero sigo hambriento! —No paraba de ver su comida.
 
—¡¿Puedes dejar de velarme?!
 
—¡¿Puedes darme aunque sea un poco?!
 
—¡Ah, creo que terminaré en otra mesa! —se quejó amagando a levantarse.
 
—¡No! —Se lo impedí—. Empeoraré si me haces ver la comida de los demás.
 
—Tampoco quiero comer delante del pobre. ¿Qué hago?
 
—Hay muchos comiendo alrededor del pobre, no serías el único, no te sientas culpable por eso —suavicé la situación, siendo yo “el pobre”.
 
—Pero es malo presumir delante de los que no tienen —simuló inocencia.
 
—Ni que me estuvieses presumiendo libertad.
 
—Buen punto. —Sonrió en afirmación—. Supongo que no te molestará que deguste con calma…
 
—¡Simplemente come y no me tortures! —interrumpí ya dolido y no sólo por mi estómago.
 
—¿Qué te ha pasado hoy? ¿Existe un brote de hambre?
 
—No, ¿el hambre es una emoción?
 
—Buena pregunta. No me imagino cómo sería el hambre de ser un brote.
 
—Terrible, creo que sentirías como si te fueras a morir desnutrido. —Mi estómago rugió—. ¿Podríamos dejar de hablar de comida?
 
—Sí, pero no creo que ayude mucho que estés rodeado de ella. —Elevó los hombros, era cierto.
 
Era prohibido hacer doble ronda. Una vez te sentabas en la mesa a alimentarte, no había vuelta atrás. Nada de recarga a la bebida ni nada de pedir una porción más, a quedarse con lo recolectado y conformarse con eso. No tenía a más nadie a quien intentar quitarle algo de lo suyo, me la tendría que calar hasta la cena.
 
Era horrible, no tenía manera de detener los gruñidos en mi interior ni de calmar mi falta de comida. Había momentos en los que me dolía tanto que hasta era como si mi estómago estuviese empezando a comerse. No recordaba alguna otra ocasión así.
 
Traté de engañar a mi estómago tomando mucha agua del gimnasio para darle la sensación de estar lleno, sólo sirvió para ir al baño más veces de lo adecuado durante la tarde y para estar tan pesado que ni ganas de caminar tenía.
 
Todo fue distinto en la noche cuando salimos para cenar.
 
Mi cuerpo ya no pedía comida, pedía agua. Era como si se hubiese acostumbrado a ser un barril a punto de explotar y que ahora que ya estaba más o menos vaciado, urgía de ser colmado nuevamente.
 
Ese día cené una naranja y un vaso de agua grande con sólo unos pocos tragos abundantes de líquido tan descuidados al principio que algunos chorros escaparon y recorrieron mi cuello antes de que los secara.
 
—¿Qué te pasa ahora? —Richard seguramente estaba cansado de mi locura insaciable.
 
—¿Tienes sed? —Me apuré en agarrar su vaso antes de que me lo prohibiera.
 
—¡Sí, dame eso! —Me detuvo, derramando un poco sobre la mesa.
 
—¡Oye, no la desperdicies!
 
—¡Devuélvemela, tú ya hasta bañaste tu cuello!
 
—¡De acuerdo! —Solté el vaso con molestia—. ¿Al menos me guardas un sorbo?
 
—En serio, ¿qué te sucede, amigo? Estás más raro hoy.
 
—Brote de sed.
 
—¡¿Existe?! —¿Realmente te la crees?
 
—Es una metáfora para “muero de sed” —expliqué seco, literalmente.
 
—¿No era de hambre? —Achicó sus ojos, cosa que hacía al confundirse.
 
—Digamos que mi cuerpo decidió cambiar de planes y ahora moriré de sed en vez de morir de hambre.
 
—No puedes morir de sed después de haber bebido medio recipiente en el gimnasio.
 
—Sí puedo, soy un desierto al que se le acaba de secar su único oasis justo ahora.
 
—¿Cuántas metáforas piensas aplicar? —aparentemente no quería jugar a eso.
 
—Hasta que llueva en el desierto. —Sonreí sin mostrar los dientes.
 
—Y dime, ¿cuántas veces llovió en el baño de tu celda esta tarde por tu inundación? —Terminó uniéndose.
 
—¿A dónde quieres llegar con eso?
 
—A que si sigues así, entonces en la noche también habrá lluvias y no te dejarán dormir.
 
—No habrá ninguna lluvia porque no hay agua para que las nubes se formen. Necesito aunque sea un poco para al menos crear vapor.
 
—Con esa actitud, creo que terminarás muriendo por exceso de agua que por deshidratación.
 
—No puedo morir de hiperhidratación si no he tomado absolutamente nada. —Crucé los brazos porque se atrevió a beber la mitad de su vaso en mi cara.
 
—¡Tomaste como dos litros en el receso anterior! —exageró.
 
—Dos litros es lo que se recomienda beber por día, un poco más no me va a intoxicar.
 
—Más temprano no tenías sed y bebiste como camello, no quiero saber cuánto beberías ahora.
 
—No tanto como para matarme, eso te lo aseguro.
 
—No me reclames cuando empieces a sentirte mal. —Ingirió lo que restaba en el vaso y se puso de pie—. Vamos al gimnasio a comprobar mi teoría.
 
—¿No te sentirás mal si de verdad me muero? —bromeé, habría que cometer una enorme exageración para eso.
 
—No serías mi primer asesinato, ya estoy en la cárcel… No me pasaría mucho.
 
—¡Te estás pasando de despreocupado! —Me hice el ofendido, sabía que me había seguido el juego. Él sólo estuvo a punto de reírse.
 
Caminamos hasta el gimnasio lentamente porque la sequedad me daba la sensación de que me iba a quedar sin energía si me esforzaba demasiado. Me había llevado el vaso del agua de la cena. Lo llené hasta algo más abajo del borde y comencé a tomar. Técnicamente nunca acabé, perdí todas mis fuerzas en ese instante y caí al suelo.
 
—¡No me digas que de verdad te moriste! —fue lo último que oí antes de desmayarme por completo. De seguro le habría respondido un “no seas idiota”, pero la verdad es que ni tan lejos estaba.
 
Según lo que él me contó, corrió a buscar a cualquier vigilante porque a esa hora era difícil toparse con uno en ese pasillo ya que se suponía que en la hora de la cena no se andaba por ahí, era cenar y volver a la celda. No entendió cuando me trasladaron al hospital y no me ingresaron en la enfermería simplemente. Nunca le conté de mi enfermedad, por eso sólo sabía que si me encontraba inconsciente en algún momento, debía encontrar a cualquier trabajador lo antes posible en vez de quedarse a hacer algo para despertarme, pero jamás supo el porqué.
 
El hambre y sed que tuve durante toda una tarde fueron sólo avisos de que el cardioma iba a atacar. ¿Qué iba a saber yo? No creía que algo tan común podía ser una advertencia, aunque luego de haber tenido un ataque de hipo por eso, cualquier cosa podría serlo. No sé cómo es que no vivo asustado de cualquier síntoma ni cómo es que no me he vuelto hipocondríaco.
 

Una vez más, el cardioma demostró que puede llegar a ser tan impredecible como yo.


Última edición por Angelacpm el Sáb 20 Jun 2015, 10:29 am, editado 1 vez
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Jue 19 Feb 2015, 10:22 am

Capítulo #32.

Cuando las cosas se vuelven sospechosas durante muchos días, siempre llegará el último en el que todo se desata explosivamente y todas las preguntas hallan sus respuestas.
 
Hubo un tiempo más o menos largo, no sé cuándo me di cuenta, en el que algo extraño parecía estarse tramando en un grupo de presos condenados a cadena perpetua. Se les podía hallar cuchicheando o hablando en clave porque no se le encontraba el sentido a lo que decían, seguramente era un código inventado por ellos el que empleaban en sus discusiones. El punto es que poco después de la primera vez que los vi reunidos, noté cierta actividad extraña en las rejas de la zona sin techar.
 
Ignoré los hechos por un par de semanas, pero cuando ya era más frecuente cacharlos agachados frente a la rejilla mientras ningún vigilante los observaba, las cosas me fueron muy sospechosas como para no comentarlo. Por supuesto, a Richard no le pareció la gran cosa. Sí se había percatado de eso, sólo no le paraba porque nada tenía que ver con él. Por una vez, decidí seguir su pensar. Si yo no estaba involucrado, ¿para qué preocuparme? Claro que no duró, una semana más pasó para que todo fuese contestado.
 
Todo comenzó en la hora del almuerzo. La rutina no había cambiado, cada uno recogía su bandeja y se servía de lo que quería para luego sentarse a comerlo. El detalle estuvo en la cantidad de alimento que ocupaba cada una.
 
—¿No crees que la mayoría va a comer muy poco? —Richard opinó, extrañado de las elecciones del mayor grupo.
 
—Finalmente te has fijado en algo primero que yo —resalté, era una verdad difícil de creer—. Es cierto, jamás me llenaría con eso.
 
—Es como si se hubiesen puesto de acuerdo para almorzar muy poco, ¿no crees?
 
—Sí. ¿Por qué lo habrán hecho? Dudo que sea una casualidad.
 
—Ni idea. ¿Para pasar más tiempo afuera?
 
Ninguna idea encajaba del todo y ninguna teoría fue la correcta.
 
Todo parecía ir en calma hasta que se escucharon ruidos provenientes del pasillo principal, el de las celdas, los cuales eran similares a los de una disputa. La minoría que quedábamos almorzando nos preguntábamos qué ocurría. Yo detuve el masticar para oír bien los gritos lejanos, ninguno totalmente entendible.
 
—¿Eso es lo que creo? —Richard se levantó a botar a la basura los residuos de su comida.
 
—Si te refieres a una pelea, también lo creo.
 
—¡Hay que ir a ver! —exclamó con las cejas alzadas y con los puños en el centro de su pecho.
 
—¡¿Qué?! —Mi ceja izquierda se elevó por el fruncimiento de la derecha—. ¡No! ¡Con nuestro historial de peleas, definitivamente esta es una malísima idea!
 
—¿Por qué? Sólo iremos a curiosear, luego nos devolvemos acá a salvo.
 
—No te apoyo, arriésgate tú solo. —Crucé los brazos. Ni loco iba a exponerme así.
 
—De acuerdo, iré yo solo.
 
Se marchó tan tranquilamente como lo dijo. ¿Debería preocuparme? Tomé el trago de agua que restaba en el vaso y me volví a sentar a esperarlo.
 
—¡El impredecible!  —Ese anuncio sobresalió, seguido de un alboroto incomprensible. Lo único que supe fue que probablemente él estaba en problemas.
 
Corrí siguiendo las voces hasta divisar un tumulto naranja a unos diez metros. Mis piernas frenaron con sólo eso, como si hubiesen sabido que avanzar más iba a ser peligroso. Apenas era posible diferenciar una persona con la otra, ¡era como toda la población de la cárcel junta en un pequeño espacio de cuatro por cuatro!
 
Las personas retrocedieron simultáneamente, se vieron como una onda expansiva alrededor de un centro indistinguible. Yo también di unos cuantos pasos atrás. Ovaciones y gritos, nada preciso. Estaba confundido, no encontraría a Richard en un grupo tan enorme. Antes de convertirme en parte de ese enredo, di la vuelta y quise reproducir mi recorrido en reversa, sólo que más hombres se aproximaron y como si hubiese estado obligado, me empujaron al revoltijo.
 
¡Era casi imposible ubicarse entre tantos cuerpos, no había espacio personal, para nada! ¿Qué se suponía que estaba pasando? Sólo captaba los avances y los retrocesos, el alboroto y la quietud fluctuante.
 
—¡¿Estás por ahí?! —vociferé por ver si al menos él estaba cerca.
 
—¡No me sueltan! —Alcancé a escuchar varios metros a mi derecha. Bien, al menos quizás lo hallaría.
 
Me abrí paso con los brazos y las piernas entre los reos, tropezando con la gran mayoría, golpes entre empujones y patadas, muy pocos se apartaban.
 
—¡Ahora! —avisó alguien.
 
Enseguida, las ondas expansivas se repitieron, esa vez acompañadas de sonidos de caídas. Por la separación originada por ello, tuve el chance de ir rápido hasta casi el frente. No llegué a la primera fila por el asombro de identificar sangre en las manos de un flacuchento de cara sádica en el medio del círculo, mucho menos al también reconocer el cuchillo improvisado con un cepillo de dientes del cual goteaba el líquido rojo que recorría sus dedos. Sí, sabía que no era real, pero igual el brote fue inevitable.
 
Lo próximo, sólo veía pies. Mis ojos estaban muy cerca del suelo, sin embargo, mi cuerpo estaba elevado de él. Ahí me di cuenta de que me habían tirado también, porque muchos estaban en las mismas en el área central.
 
—¡Deja de temblar y quítate de encima! —Se deslizó quien tenía abajo. Ah, con razón estaba más incómodo de lo que estaría acostado en el piso. Eso sí, como tiempo no me dio para reaccionar, choqué con el suelo cuando se libró de mí.
 
Por segundos había olvidado lo que me hacía temblar, mi inmovilidad retornó al detallar una gota roja en la superficie, luego otra y otra descendiendo muy cerca de la primera, lo cual me hizo elevar la mirada para redescubrir su fuente: el cepillo de dientes afilado.
 
¡Muévete!
 
No entendía nada, fue como si todo y nada existiera a la vez. Estaba ahí, pero a la vez no me sentía ahí. Una película proyectándose frente a mis ojos en tres dimensiones, exactamente así lo percibía.
 
¡Leonardo, es contigo! ¡Muévete! —La mención de mi nombre en su forma completa me hizo regresar a la realidad. El armado se acercaba lentamente con una sonrisa espeluznante en su rostro a mí.
 
—¿Qué es lo que te tiene pálido, ah? —Ojalá nunca hubiese hablado. Tenía ese tipo de voz que te preguntas cómo puedes borrar la sección de tu memoria donde se alojó—. ¿Espero a que seas traslúcido o hago ver de una vez lo que tienes dentro?
 
En serio, ¿alguien sabe cómo borrar una sección de memoria? En este momento estoy entrando en pánico de sólo recordar su chueca sonrisa y lo mínimos que sus ojos se ponían cuando se burlaba —de seguro eso era lo que hacía— internamente de mí.
 
Tranquilo, Leonardo. Sólo no te preguntes de dónde salió la sangre.
 
Muchas gracias por el consejo, me ha servido perfectamente para analizar de dónde ha salido la sangre.
 
—¡¿No te vas a mover?! —Richard se impacientó y arremetió contra el posible desquiciado, tumbándolo de un solo puñetazo—. ¡¿Querías morir?! —Se agachó frente a mí para sacudirme.
 
—¡¿No le viste el cuchillo?! —Aún no apartaba mis ojos del tipo, en cualquier momento podía recuperarse y contraatacar.
 
—¡Es una navaja de afeitar en un cepillo de dientes! —respondió como si fuese poco.
 
—¡Pero es un cuchillo! —No era capaz de pensar en orden—. ¡Se está levantando! —Señalé antes de intentar huir gateando entre las piernas del público.
 
—Ustedes no van a huir —aseguró Jason, atravesándose con su hermano.
 
¡¿Cuándo llegaron ellos aquí?!
 
—¿Olvidaste cómo ponerte de pie? —bromeó Joseph. Yo me paré de inmediato.
 
—¡No! —Aún temblaba, las piernas querían actuar por sí solas infinidad de acciones que no se realizaron.
 
—¿Qué opinas de ese de ahí? —preguntó por un naranja inerte en el suelo que, al fijarme bien, tenía una puñalada en la pierna con mucho rojo alrededor.
 
—¿Está muerto? —susurré, no llamaría la atención.
 
—Qué bueno que te diste cuenta, porque así acabarán muchos hoy aquí mismo.
 
¿Eso fue un puño en mi cara? ¿Por qué no me caí? ¿Qué estoy haciendo pateándoles el estómago? ¿Por qué recibo aclamaciones de los demás? ¿Por qué estoy tan asustado y exaltado a la vez?
 
¿Me estoy dejando llevar por la energía de este lugar?
 
Un grito gutural frenó todo en su duración e instantes siguientes. Al segundo caído le perforaron el estómago con el arma improvisada. La pausa finalizó a la par con su último suspiro.
 
¿Qué está pasando aquí?
 
Entonces se oyeron pasos apresurados hacia nuestra dirección y hacia la contraria. No supe de quiénes fueron los segundos, pero los primeros eran los vigilantes que al fin se hacían presentes. Aun así, la pelea se hizo más catastrófica. Perdí la cuenta de cuántos yacían en el suelo sin razón alguna, de cuántos golpes recibí y esquivé, de cuántos infligí a pesar de saber que debía detenerme antes de que un azul oscuro se me adelantara.
 
Cuando estaban a punto de llegar a donde yo estaba, por algún motivo casi todos los oficiales corrieron hacia el patio. Por curiosos, dos tercios del combate se disiparon y los siguieron, incluido yo. Al ser saludados por los intensos rayos del sol, la imagen que lo explicó todo fue una reja destrozada en su parte inferior, vigilantes halando a un preso que se había quedado a mitad del camino entre el encierro y la libertad y otros naranjas consiguiendo sus sueños de reintegrarse a la sociedad que había descansado de ellos.
 
—¿Así que todo esto fue un escape? —inquirí cuando sentí que Richard también observaba la  escena.
 
—Vaya acto de distracción el que montaron.
 
Algo más de una docena se fugaron, algo menos de media docena fueron asesinados en el espectáculo de engaño y muchas docenas resultaron heridas. Entre los fugados estaban todos los que había visto conversando en clave las semanas anteriores.
 
El acceso al patio fue restringido mientras se reforzaba la reja. Se interrogó a una buena parte de los presos por el plan, sobre todo a los que se les notaban señales de haber peleado. A mí me llegaron a preguntar, pero lo único que sabía era que eso fue planeado por los que se escaparon.
 
Fue cuando una vez se me ocurrió preguntarle a Marc en una de sus visitas si conocía algo del tema que todo cobró sentido.
 
Durante las semanas previas, la actividad extraña en las rejas que yo había notado eran ellos aflojándolas y rompiéndolas para abrir un túnel entre el suelo y el metal, así lograrían deslizarse entre ellos y reencontrarse con el exterior. El día de la escapada habían acordado y regado la noticia de almorzar lo menos posible porque habían descubierto que el cambio de turno de los vigilantes se daba a los diez minutos del timbre, así que debían estar ya listos para ese momento. Por eso fue que la contienda duró tanto, la iniciaron con ausencia de los otros uniformados. La idea fue que, al apenas entrar ellos toparse con tal desorden, todos estuviesen tan enfocados en disolverlo que los de más atrás, quienes formularon todo, pudiesen escabullirse sin ser vistos hasta el patio y luego la ciudad. Esos fueron los pasos que no identifiqué al momento. Les funcionó hasta que un vigilante sospechó que algo tan grande debía ser una distracción.
 

Actualmente, casi un año después, seis de los victoriosos continúan siendo buscados.


Última edición por Angelacpm el Sáb 20 Jun 2015, 10:28 am, editado 1 vez
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Lun 13 Abr 2015, 12:47 pm

Capítulo #33.
 
Creo que es hora de explicar cuál es el problema entre mi padre y yo. Para arrancar, este es otro de los secretos de la familia Molander que por nada del mundo deben llegar a las manos equivocadas, pues sería una mancha para la reputación de mi padre. Sí, otro problemita que me involucra, pero este sí puedo decir que no es culpa mía.
 
Como ya debe suponerse por todo lo que he contado anteriormente, el hijo favorito es Marc. Es algo que siempre supe, sólo que durante mis primeros casi once años creí que la razón tras eso era mucho más sencilla.
 
Desde pequeño notaba que mi hermano obtenía mayor atención de él que yo, la diferencia era muy clara, el problema es que no se me ocurría un motivo lógico para que fuese así. Como niño, pensaba en algo como “porque es el mayor” o “porque es el que se parece más a él”, ya que otros como “por ser el de mejor comportamiento” o “por ser el de mejor rendimiento” no lo eran. En fin, no le daba mucha importancia, aunque a veces me afectaba sentir como si me estuviese ignorando y que siempre eligiera a Marc para todo.
 
¿Por qué lo quería mucho más a él? ¿Qué había hecho diferente como para tanta diferencia? ¿Por qué no era algo mutuo entre mamá y papá, que habría tenido más sentido? ¿Por qué sólo era él quien me apartaba? ¿Por qué el resto de la familia me adoraba? ¿Por qué incluso en ocasiones era como si le tuviera más cariño a Cristian, su ahijado, que a mí, su propio hijo?
 
Crecí creyendo que todo el afecto que me regalaban los demás familiares era por ser el consentido, consecuencia de ser el menor de todos. Una particularidad de los Molander —y lo que explica que seamos tan pocos— es que no ha habido ninguno que sea tío si no es políticamente. En palabras sencillas, antes de nosotros nunca existieron hermanos. Sabiendo que yo era el primer segundo hijo de toda la familia, también llegué a creer que parte del cariño que me tenían era por ser especial de cierto modo, porque de haber continuado esa secuencia, yo no habría nacido. Fui alguien inesperado, una sorpresa agradable para la mayoría, pero justamente de ahí deriva la problemática.
 
Mi padre, como un hombre con el Molander bien marcado, no planeaba romper con la racha. Al tener a su primogénito, no visualizó la posibilidad de que alguien más se le uniera; él sería el único y así se aseguró de acordar con mi mamá. A pesar de no estar muy de acuerdo, ella no se negó y cedió a su deseo. ¿Qué sucedió? Algún desliz en el que yo resulté. ¿Qué causó? Cierta frustración en él y una gran alegría en ella. Claro, en ningún momento pensó en dejarme, sólo que le molestó la venida de un segundo cuando estaba confiado de que no lo habría, como si hubiese sido un plan fallido.
 
De haber sido sólo una pequeña rabia por no haber seguido sus planes de vida, quizás no molestaría tanto porque se le habría pasado, mas el asunto se extendió por años sin pretexto razonable alguno. Fue tanto así que, en una discusión con mi madre, quedó en encargarse mayoritariamente de Marc y que a mí sólo me cuidaría lo básico ya que yo sería responsabilidad de ella. ¿Por qué? Berrinche suyo.
 
La idea era que nadie se enterara de ese trato, sin embargo, yo mismo descubrí la información por curiosear uno de sus debates sin que se percataran de mí.
 
Entonces se puede imaginar a un niño de diez años enlazando cada hecho. Los mayores halagos y felicitaciones a él, la mayor atención que él recibía, por qué siempre iba con él a sus actividades, por qué me excluía en muchas, por qué era más estricto conmigo y a Marc le pasaba cosas que a mí no, el afecto que mi tía y mis abuelos me tenían quizás era sólo un modo de expresar el apoyo que estaría ausente sin el debido contacto con mi padre o de darme el amor que no obtendría de su parte, su poca preocupación cuando algo me sucedía, mucho cobró sentido.
 
A partir de esa noche, comencé a ver todo lo que hacía y no hacía desde otra perspectiva. Concluía que los momentos en los que fuimos más cercanos fueron algo forzados, al menos para él; que yo no le importaba. Nunca le dije a nadie de mi descubrimiento, lo callé para no causar alborotos. No obstante, tengo el presentimiento de que mi mamá se dio cuenta de que yo mínimo sospechaba algo, porque se volvió aun más protectora y le reclamaba más a papá cuando no me hacía caso.
 
¿Por qué me dolió de más la partida de mi madre? Una de tantas razones fue porque sentía que ya no iba a contar con más apoyo parental, que iba a quedar solo en ese sentido. No estuve tan lejos de la realidad, mi padre apenas me preguntaba cómo me sentía y Marc era el que tenía que brindarme su apoyo.
 
Por eso fue que cuando entré en prisión era capaz de jurar que si no me odiaba ya, lo haría a partir de ese día, no por el simple hecho de estar encarcelado, sino por la mala reputación que daría. Por eso es que soy tan crítico con él, cualquier cosa que diga la interpreto de muchas maneras y ahora más con la impredecibilidad. Es la persona que más rápido me causa brotes, uno de ellos ha sido el más fuerte de todos.
 
Hace poco le dio un ataque de preguntar si era un buen padre o no, parece ser que está entrando en consciencia. ¿Después de casi veintiún años fue que se dio cuenta? Aproveché su curiosidad para enfrentarlo con ayuda de Marc ya que se lo terminé contando a él también. Ahora él alega quererme, estar arrepentido, ¿por qué cuando ya no me hace falta? Estamos más peleados que nunca, no sé por qué se me hace imposible perdonarlo, al menos tan fácilmente, cuando no soy rencoroso.
 

¿Será el niño decepcionado en mí el que no me permite aceptar sus disculpas?
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Sáb 16 Mayo 2015, 5:20 pm

Capítulo #34.
 
Estaba corriendo. Corría por un lugar sin dimensiones, imposible descifrar su ancho, longitud o altura. Blanco, todo lo que veía era un blanco interminable. Una línea recta, no había cruces, o quizás sí y no los identificaba por la ausencia de profundidad. Era como tener una pared de vidrio en frente, nunca sabría qué tan cerca estaría de ella hasta no chocar.
 
Una distancia aparentemente infinita, no sabía cómo había terminado ahí, sin entrada ni salida. Tampoco sabía por qué corría, no sentía estar huyendo de algo, sino un apuro por llegar a alguna parte en un sitio sin variantes.
 
Me cansé y frené, todo seguía igual. Era como haber estado corriendo en el mismo punto, sin avanzar ni retroceder, como en una caminadora, sin embargo, sí estaba más adelante de donde empecé. Miré atrás, el panorama era idéntico a su opuesto. Al recuperar el aliento, quise continuar, pero cuando estiré los brazos, ambos se toparon con algo duro que no diferenciaba del resto del fondo. Giré noventa grados y repetí la acción, de nuevo toqué algo. ¿Había llegado a una esquina? No, estaba encerrado. ¿Cómo?
 
Atrapado en una caja de mimo, así parecía. Sin escapatoria, dentro de cuatro paredes imperceptibles a la vista. Intentaba pedir ayuda, preguntar por alguien cerca, mi voz no salía. Por más que me sintiera elevar mis gritos, eran inaudibles. El sonido existía ahí, podía oír mis pisadas y mi respiración agitada, tampoco me había quedado sordo. Mis cuerdas vocales eran las que fallaban.
 
Me senté recostándome de una de las paredes invisibles, rindiéndome después de un silencio que ha debido ser la mayor de las vociferaciones. ¿Qué camino afuera había? Me sentí resbalar e ir abajo. El suelo donde reposaba se desplomó, haciéndome deslizar por un enorme tobogán que tampoco divisaba correctamente. ¿Iría así por siempre?
 
La blancura se fue ensuciando muy despacio. El cambio no era obvio en primera instancia, sino a cuarta. Para el momento en el que conocí una superficie plana, la inmensidad era grisácea. Era igual al de más arriba, sólo se diferenciaba por su ambiente un poco más oscuro. Sin explicación, mis piernas aceleraron otra vez.
 
¿A dónde quería llegar con tanta prisa? Todo lo que tenía al frente era más y más gris, cada vez más intenso. Mis ganas de escapar aumentaban con cada tonalidad que pasaba. Trazaba una línea recta directo a la plena oscuridad. Al final de mi carrera sólo me esperaba la ausencia de luz. Abrir o cerrar los ojos daba igual, me encontraba en la nada como yo la imaginaba. Traté de liberar mi voz de nuevo, pero permaneció encerrada en mí.
 
Una idea, retroceder para regresar a lo más claro. No había corrido mucho luego de haber alcanzado a lo negro, no podía demorar. Un plan fallido, ese último lugar se tragó a los demás. Aunque estaba seguro de no haber durado más de treinta segundos ahí antes de ir atrás, ya iba para dos minutos trotando y no había señales del gris anterior. Me detuve, no había caso.
 
Era lo contrario y a la vez el idéntico del sitio blanco, su negativo. Allá era capaz de ver una enorme extensión muy clara y a mí mismo en ropas naranjas; ahí no distinguía nada, ni a mi propio cuerpo. No se diferenciaba ni el inicio ni el final en ambos, no había salida obvia. El sonido era lo único presente, mi respiración y mis pasos continuaban su notoriedad.
 
Reposé e iba a andar a ciegas. Iba, porque quedé inmovilizado de piernas. No podía caminar, sólo hacer el intento y quedar trancado en el mismo punto. Algo sostenía mis tobillos, sentía la presión allí. Cierta luminosidad o mi vista adaptada a las sombras me permitieron observar lo cercano a mí, dándome cuenta de que mis pies estaban atados a grilletes.
 
Quise exclamar mi urgencia por liberarme, por que alguien me auxiliara. Mi voz no se desbloqueaba. Sin desplazamiento, sin manera de hacerme notar y casi sin posibilidad de ver, mis oportunidades de salir de ahí eran casi nulas.
 
Una luz resplandeció a pocos metros de mí e iluminó el alrededor que igual seguía negro. Una figura humana atravesaba la claridad. Con sólo unos pasos reconocí mi ayuda, mi salida de ese indefinido espacio.
 
—¿Qué haces ahí atrapado? —La silueta de Marc resplandecía, lo que me facilitó identificar sus movimientos como haberse agachado para librarme.
 
Ni siquiera me preocupé en contestar, sabía que no me oiría. Un peso fue removido y elevé las piernas al ser libres de moverse, comprobando que ya me largaría de esa pesadilla.
 
—Por aquí —indicó al percatarse de mis ojos expectantes.
 
El recorrido hacia la luz fue breve, ¿tan cerca estaba la salida? Atravesé una especie de puerta incorpórea, del otro lado había la ciudad en un día de escasas nubes y viento fresco. Me llené de la anhelada libertad con sólo inhalar el oxígeno del exterior.
 
—¿Por qué estás tan callado si hace un rato gritabas por auxilio? —inquirió irónico.
 
¡Pero si mi voz no salía!
 
—No pongas esa cara de espanto que yo te escuché todo este tiempo. No me puedes mentir.
 
—¿Tú me escuchas? —Levanté muy bien las cejas. ¿Cuándo la recuperé?
 
—Sí, eso fue lo que dije. ¿Tú no?
 
—Ahora sí. Gracias. —No profundizaría, sería muy complicado.
 
—De nada. —Comenzó a adelantarse.
 
—Sólo una cosa —resalté—. ¿Cómo voy a andar así?
 
—¿Así cómo? —Volteó y regresó a mí con los dedos entre su cabello.
 
—Con el uniforme. —Señalé a mi ropa.
 
—¿Qué uniforme? Estás como siempre.
 
—¿Cuándo siempre? —¿Primero me oía y segundo me veía vestido diferente?
 
—Como lo que usas normalmente. No hay nada raro en ti, camina tranquilo que nadie va a juzgarte.
 
Eché un vistazo a mi vestimenta no fuera a ser como pasó con mi voz, que se manifestó de la nada. Ningún cambio, definitivamente vestía la ropa de la prisión. Siendo improbable ganar una discusión acerca de ello, lo perseguí hasta quedar caminando a su lado.
 
La caminata fue amena hasta la parada en el parque al que ya extrañaba ir. Aún recordaba perfectamente la ubicación de cada árbol y cada banco, los lugares preferidos de los visitantes para sus días de picnic, por dónde no cruzar si en las intenciones no figuraba observar parejas jurando estar en una dimensión paralela a solas y los lugares idóneos para relajarse. Tampoco es que no hubiese dado una vuelta por ahí en años, pero siendo una plaza muy frecuentada por mí, una desaparición de varios meses era una eternidad.
 
En medio de mi nostalgia, Marc fijó sus pies a un punto. Tardé unos segundos en darme cuenta y girar para quedar frente a él. No me gustaba esa expresión. Cuando miraba por encima de mi hombro en vez de directamente a mi cara, sólo podía significar que estaba buscando la manera de comunicar algo sin que me chocara. También cabía la opción de que algo le llamase la atención, mas no había nada singular hacia esa dirección que yo antes encaraba, tampoco hubiese puesto su rostro pensativo por algo llamativo.
 
—Suéltalo —ordené al impacientarme su mudez.
 
—Vas a tener que buscar qué hacer a partir de aquí. —Tomó el valor para apuntar con sus ojos a los míos.
 
—¿No puedo ir a casa?
 
—No ahora mismo. Había quedado con Paula en la casa hace unas horas, no puedo cancelar a estas alturas. —Agachó momentáneamente la cabeza, asimilaba estar avergonzado—. Tendrás que andar por ahí mientras ella está, ya sabes cómo es.
 
—¿Cuánto tiempo será? —Bueno, la idea de recorrer la ciudad lo que durase esa cita, por así decirle, no era tan desagradable. Claro, mientras los demás me vieran como Marc y no como yo, sino rebosaría de miradas despreciables.
 
—Te avisaré. —O sea, no sabía—. ¡Nos vemos!
 
Apenas en el instante en el que se alejó fue que reparé en que su vestimenta era blanca, una rareza por ser uno de los colores que menos poseía en ropa por no gustarle. ¿Significaría algo?
 
Avancé hacia el centro del parque, era bastante extenso por lo que podría distraerme por un buen rato sólo recorriéndolo. Todo seguía igual que siempre, excepto por un detalle extraño que me costó captar al inicio: por donde pasaba, el área se iba vaciando. Era entendible, no iba a estar mirando atrás, pero fue la sensación de ser observado y de inmediato no tener a nadie a mis espaldas la que me hizo percibirlo.
 
¿Están alejándose de mí disimuladamente?
 
Era increíble cómo el ambiente era exactamente como lo recordaba, nada fuera de sitio ni nada nuevo. No me aburría que así fuera, me encantaba estar en un lugar conocido aunque no hubiese nadie del que pudiese decir lo mismo. Bueno, pensé eso muy temprano, porque cerca del área central me topé de frente con dos hombres totalmente de negro y armados con pistolas que apuntaban directo a mí.
 
—¡Miren quién está aquí! —exclamó como solía hacerlo.
 
—¡Si es Leonardo! —Le siguió su hermano, también como acostumbraba.
 
—¿Por qué esa cara de disgusto, ah? A que no te esperabas vernos aquí —Jason se burló girando un poco la muñeca de la mano que sostenía el arma de fuego.
 
—Nunca usaron de esas. —Mi visión se dirigía hacia esos objetos. Si ellos de por sí ya daban terror, con algo tan fatal entre sus dedos eran un millón de veces más temibles.
 
—Queremos innovar, no se nos ocurrió nada mejor que esto.
 
—¿Y sabes? Es genial, mejor de lo que creímos. Dan cierta sensación de autoridad y poder, ¿no lo crees?
 
—¡Por supuesto que sí!  —Fui dejado a un lado de la conversación por unos segundos—. Apuesto a que no te atreves a acercarte más a nosotros.
 
No, pero me atrevo a acercarme a ustedes primero con esas pistolas que con cuchillos. ¡Ahí ya sí que ni habría señales de mi presencia en el parque!
 
—¿Qué piensan hacer con ellas? —No debí preguntar.
 
—¿Qué más? —Sus índices apretaban los gatillos.
 
—Matarte. —Dos ruidos fuertes casi al unísono acompañaron a sus cínicas sonrisas. Lo siguiente fue una caída de espalda que me obligó a ver al cielo.
 
Si recibí una bala en la frente y otra en el pecho, ¿qué explicación tenía que aún pudiese admirar las casi nulas nubes? ¿Qué sentido había en no sentir dolor?
 
—¡Tú! —¿Y por qué aún escuchaba todo a mi alrededor?
 
La lógica no existía para un escenario en el que básicamente había sido ejecutado. ¿Y la sangre? ¿Por qué respiraba? ¿Por qué me movía? ¿Mi cuerpo se negaba a morir?
 
—¡No te metas! —¿A quién se referían?
 
Si no era un cuerpo inerte, comprobaría por qué no lo era. Con una mano sobre cada punto que presumía herido, palpé con suavidad al estar seguro de que me iba a doler, mas fue un simple tacto más con mi piel y la tela que me cubría. Confundido, coloqué mis manos a unos centímetros de mi cara. Estaban impecables, ni una mancha en ellas, lo que demostraba que estaba ileso. ¿Cómo?
 
—¡Leo, levántate! —Y ahí estaba con una vestimenta gris, aunque la verdad es que se asemejaba más a un blanco sucio que a un gris como tal.
 
—¡Richard! —Apenas me dio tiempo de erguirme cuando él se volteó, haciéndome ver su extraña pose. Sus manos estaban cerradas en puños, una en la frente y la otra en el pecho, luego las abrió y me impacté al divisar una bala caer de cada una.
 
—Yo me encargo, estaré bien. —Los enfrentó, listo para atacar de algún modo—. No me matarán tan fácilmente. —Sacó una espada de ni idea dónde de sus pantalones, advirtiéndome que me debía retirar.
 
—Ten cuidado —recomendé justo antes de huir. Lo último que supe de ellos fue que arrancaron un combate bastante agitado.
 
Por algo dicen que no mires atrás al correr. Ni siquiera había notado la existencia de aquel agujero hasta que mi pie izquierdo se hundió en él, doblándose y tumbándome a la tierra. ¡Eso sí que me dolió! Fui incapaz de pararme por varios minutos. Retomé la carrera tan pronto como me recuperé, sólo que cojeando. Era un dolor demasiado fuerte, exagerado para lo que lo provocaba. Me vi forzado a brincar en un pie.
 
El esfuerzo era muy grande, mi cuerpo no lo podía aguantar, mi energía se iba debilitando a cada elevación, mi respiración se dificultaba y mi pulso se irregularizaba. Sólo bastó con rozar mi pie lastimado con el terreno para perder, me desmayé sin más que hacer.
 
El despertar, agonizante. La vegetación y el aire libre del parque desaparecieron, todo lo que quedaba era el límite, ahora eterno, de la nada. Un gris oscuro permanente, a donde quiera que me fijase no daría con más que ese color. Sin profundidad, sin fin, sin inicio, sin salida, sin movimiento, solo.
 

Mi voz nuevamente se había fugado, abandonándome en el peor de los destinos.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Sáb 20 Jun 2015, 10:27 am

Capítulo #35.
 
Las visitas estando en prisión son un regalo. Puede que entristezcan por recordarte la vida que estás perdiendo afuera, pero el gesto que es ir a gastar unos minutos por alguien más en un lugar al que no gusta ni pasar cerca es muy significativo. Por eso apreciaba a cada persona que se molestaba en verme, incluso si era mi padre —aunque la primera vez que fue lo hizo porque Marc lo llevó— porque era al que menos esperaba. Quizás, que fuera para mí era como un avance en su acercamiento voluntario o en mi teoría de acercamiento por lástima.
 
Cuando la visita era Marc, el motivo y lo provocado era muy variable. Iba desde algo casual y por reencuentro hasta por la mayor de las urgencias con un riesgo elevado de muerte, como en los ataques de los JJ o de cardioma. Fuese por lo que fuese, me traía algo de tranquilidad, entre tantas cosas, por ser quizás uno de los pocos o el único aspecto de mi vida que iba a permanecer como lo era y que se hiciera presente tan seguido me confiaba que así lo sería. Me brindaba la estabilidad que me faltaba. Sí, su novia me daba miedo con su gran odio hacia los naranjas que le podía contagiar a mi hermano, pero yo me convencía de que él no caería en algo así, primero le terminaría.
 
Cuando la visita era Daniela, una muy poco frecuente, era gratificante. Considerando que ella venía de Nueva York una vez al mes si le era posible con su ajetreada agenda de residente, de verdad me parecía un gran sacrificio de su parte desperdiciar una porción de sus valiosos y escasos días en Miami en mí pudiendo disfrutarlos junto a los suyos, que era la razón por la que conseguía esos descansos. De repente me deprimía al mencionar sus ganas de avanzar en el camino de hallar la cura del cardioma y hasta encontrar su meta, no podía culparla si no le había contado que yo era uno de los afectados en la lista de espera por morir.
 
Cuando la visita era Diana, recuerdo muy bien que las primeras veces fueron incómodas por su presunta atracción hacia mí, la cual fue desmentida con brevedad y las sospechas no eran más que la expresión de su manera algo mayor de la habitual de afecto. Ella tampoco acudía demasiado, más que todo iba acompañada, pero también me hacía sonreír.
 
Cuando la visita era Cristian, oh, vaya, Cristian y su imprudencia accidental lo metió en más de un lío que lo obligó a llamar a Marc para el rescate, así que nunca fue solo luego de darse cuenta del episodio tan repetido. Verlo me ponía a pensar en cuál brote me arrancaría esa vez. Era estresante en el momento, pero al ser relatado después se convertía en algo extrañamente divertido por la torpeza de mi amigo y la desesperación que le entraba por ponerme así.
 
Cuando la visita era mi padre era para preocuparme, ya fuera por la sensación de que tenía malas noticias o por la sensación de que me iba a irritar. La segunda frecuentaba, mi impredecibilidad actuaba de inmediato —y todavía, sólo que he aprendido a serenarme— con saber que estaba en el mismo lugar que yo. Creo que la única vez que no me transmitió negatividad fue aquella en la que los JJ me habían dejado noqueado y él los descubrió, salvándome de lo siguiente.
 
En fin, las visitas no eran algo malo si se trataba de la persona correcta, así que me costaba entender cómo era que Richard, siendo impredecible para rematar, soportaba jamás recibir alguna. ¿Quizás ninguna persona era correcta y por eso era conveniente que no lo visitaran? Lo dudaba, si algo de lo que se habla sobre nosotros es cierto, es que no servimos para estar solos. De acuerdo, yo era su amigo ahí así que no estaba del todo solo, pero ¿no habría sido bonito saber que alguien del exterior se preocupaba por él?
 
Lo atribuía a lo poco que conocía de su historia familiar. Sus padres eran una pesadilla por lo que tenía entendido —y bueno, si fueron los culpables de su impredecibilidad, no es una exageración—, no supo de ellos desde que se rebeló y eso había sucedido hacía cuatro años ya. No tenía hermanos, nunca fue cercano a nadie de su sangre, en realidad. El régimen estricto de los Clay lo sofocaba y prefería matar el tiempo con amigos, sólo que después incluso sus libertades para salir y divertirse con otros fueron arrebatadas. ¿Sería que todos sus amigos fueron apartados por sus padres?
 
Bien, era una buena teoría, sin embargo, ¿dónde quedaban los que hizo los cuatro años siguientes?
 
Ahora que lo pensaba, ¿alguna vez me habló de algún buen amigo del escuadrón? Todo lo que recordaba era que le guardaban cierta distancia por sus episodios de rabia repentinos y que algunos no lo aceptaban completamente en el grupo. Creo que se lo preguntaré.
 
—¿Cómo te llevabas con tus compañeros en el trabajo? —No aguardé más de cinco minutos desde la salida al receso del mediodía para aclarar mis dudas.
 
—La mayoría me caía bien. Ahora, que la cosa fuese bilateral, eso es otro asunto —respondió sin problemas.
 
—¿Quieres decir que no sabes si a ellos les caías bien?
 
—Estoy seguro de que a varios les molestaba mi actitud despreocupada, me lo llegaron a confesar en la cara. Creían que sería igual ante una emergencia, pero estaban equivocados porque ahí sí iba en serio.
 
—Ya quiero yo verte preocupándote por algo —comenté automáticamente, eso habría sido una novedad.
 
—Sí hubo un grupo con el que me integré mejor, sólo que de todos modos no lo sentía tan propio. Percibía el miedo que me tenían. —Expulsó aire por la gracia que le causaba—. Nunca he captado cómo pueden temerle más a un hombre que, incluso siendo impredecible, se puede predecir de cierta manera y es más sencillo de controlar que al fuego que a veces es mucho más sorpresivo con lo que hace y provoca.
 
—¿El fuego te atacará una vez y el hombre más de una si te agarró rabia? —inventé.
 
—Oye, ese punto es válido. A lo que iba, si de por sí ya les daba miedo, ahora que he dejado morir a un compañero pues dudo que deseen cruzarse conmigo.
 
Esa fue la oración que dio en el blanco: los amigos que pudo formar en esos cuatro años se esfumaron por el episodio que lo llevó al encarcelamiento.
 
—¿Por qué preguntas? —Le picó la curiosidad.
 
—Porque nadie te visita y eso me preocupa.
 
—¿Eso? —Ondeó la mano como si nada—. No, ya estoy acostumbrado a que no quieran saber de mí. No me hagas pensar mucho en eso, después me da el brote.
 
—Eso no sería estar acostumbrado.
 
—¡No empieces! —Mi corrección lo alertó—. Si de verdad no tuviera a nadie más con quien hablar, ahí sí que me afectaría que no me visiten, pero con un amigo ya no me hace falta.
 
—¿No sientes la necesidad de reencontrarte con alguien de tu mundo exterior a veces?
 
—No del todo. Si la mitad me teme y la otra mitad me odia, prefiero quedarme así.
 
Discusión finalizada. Tenía razón, una visita estando la persona externa en esas condiciones no era para nada conveniente, sólo empeoraría la situación.
 
A pesar de conocer su caso, nunca me dejó de parecer triste el asunto de que no contase con nadie. Le pregunté más tarde qué pensaba hacer al salir, respondiendo tan calmado como siempre que como yo iba a regresar a la ciudad bastante antes, de seguro hallaría la manera de ayudarlo para cuando fuese su turno, refiriéndose obviamente a conseguirle un trabajo que podía ser el mismo mío ya que estábamos casi iguales.
 
Quisiera poder saber cómo sería trabajar con él, así lo habría visto tomándose algo verdaderamente en serio.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Miér 08 Jul 2015, 1:18 pm

Capítulo #36.
 
Personalmente, puede que no me agraden los tatuajes, pero eso no me quita la pizca de curiosidad que me dan por conocer el significado detrás de cada diseño. A veces se encuentran unas cosas tan interesantes que hacen que me gusten por un momento y otros que me hacen admirar a quien los dibujó, porque algo que debo admitir es que existen unos artistas demasiado buenos.
 
Los tatuajes son muy populares últimamente, eso es algo en común tanto afuera como en la cárcel, donde incluso se realizan sólo por aparentar o a la fuerza. No importa si es ilegal, de todos modos están ahí por no haberles importado incumplir alguna ley. Cada uno tiene su significado particular que puede llegar a ser muy distinto a su razón de ser en las calles, como es el caso de las arañas que en el mundo de las rejas representan a la drogadicción.
 
Algo que nunca voy a entender es por qué se tatúan si se nota demasiado que se hace en condiciones muy antihigiénicas. Qué interesa que sea ilegal, creo que primero iría la salud en ese caso. Se sabe de personas que contrajeron enfermedades graves por tatuarse en la cárcel, ¿aun así continúan rayándose la piel? Ahí una de las razones por las que no me agradan, demasiado riesgo.
 
Otra razón: si los significados de varios ya son conocidos por los oficiales, ¿hacerse alguno de esos diseños no sería algo así como delatarse? Quiero decir, hay unos que dan la indirecta a “no moriré sin antes matar a un policía”, ¿eso no es demasiado comprometedor? El poco pensamiento lógico de algunos me sorprende.
 
Entonces me topé con dos personas con las que tuve frecuentes altercados que contaban con al menos cinco ejemplares cada uno: los JJ. Lo he dicho antes, desde la primera vez que los vi, sus tatuajes no me dieron una buena imagen: de inmediato me hicieron imaginar que eran de los que se debían evitar.
 
Está bien, el ave que tenía Joseph en el brazo derecho no era tan malo, pero lo que eran la telaraña, la cuerda, la cadena y el puñal no me daban buena espina, tampoco la calavera pirata. ¿Y qué decir de esas iniciales prendidas en fuego? Me llenaban de intriga, ¿qué escondían tras esas letras?
 
De los que podía adivinar sin rebuscar, suponía que la soga de Jason era símbolo de su estilo para asesinar: el ahorcamiento. No lo había captado hasta el día que casi me mataron así, ahí fue cuando comencé a temerles más a los tatuados, quién iría a saber qué cosas de ellos revelaban sin que uno se percatara con esos dibujos.
 
De no haber sido porque teníamos la mejor de las relaciones —sí, sarcasmo—, quizás les habría preguntado qué significaban sus tatuajes. Me hubiese servido de ventaja, probablemente, si supiese con anterioridad que el puñal de Jason era disponibilidad para matar a alguien si se lo encargaban, por ejemplo. Lo admito, no pude evitar investigar los que me dejaron con más interrogantes cuando salí, por eso es que ahora sé varios de ellos.
 
Y en serio, es una buena idea ser consciente de lo que los tatuajes comunican, porque por eso puedes evadir situaciones o identificar de una vez a alguien, como es el caso de la manzana mordida de los violadores que alguna vez me permitió confirmar mis sospechas sobre un casi atacador aprovechado.
 
Pero no fui el único salvado por los conocimientos previos, Richard me contó que Harold le advirtió sobre los puñales al enterarse de que era alguien que se dejaba llevar por los impulsos y se enojaba más que nada porque eso podría hacerlo un blanco fácil para ellos. Resultó que en la pelea masiva del plan de fuga aquellos que mataron a otros naranjas fueron los que lucían esas marcas. A Richard, quien fue atrapado al curiosear lo que ocurría, originalmente lo había sostenido uno de esos tipos, sólo que al detallarle los brazos halló cómo zafarse antes de convertirse él en una víctima.
 
Otros típicos son los tatuajes de las pandillas, una insignia repetida en varios integrantes. Más de una vez salvé a Richard de altercados con ellos, que lo provocaban a propósito. Luego se quejaba de por qué lo frenaba, agradecido al explicarle que había detallado que todo el grupo tenía algún tatuaje en común por lo que seguramente eran alguna pandilla y si algo se debe evitar cueste lo que cueste, es enemistarse con una.
 
—Leo, ya que tú tienes más imaginación que yo, ¿cómo crees que sería el tatuaje para marcar a los impredecibles?
 
—¿De dónde has sacado esa pregunta? ¿Así de aburrido estás?
 
—Es que creo que la comida me cayó mal y necesito dejar de pensar en eso. —Bueno, eso hacía que estar acostado en los bancos laterales de la cafetería tuviese sentido.
 
—Debo admitir que viendo lo mucho que somos fastidiados, es extraño que no tengan un diseño para nosotros.
 
—Exacto, así nos detectarían aun más rápido y tendrían más entretenimiento.
 
—Aunque así mejor, no es que nos haga falta más gente encima. —Bajé el tono de voz, lo menos querido era que alguien escuchara mis ideas, no les fuera a dar alguna y adiós a poder pasar desapercibidos—. Yo haría un camaleón.
 
—¿Eso no es muy complicado de dibujar?
 
—Como si lo fueran a hacer tan seguido, de todos modos. Un camaleón es cambiante, su color varía según las circunstancias, no sólo por camuflaje. ¿Los impredecibles no cambiamos según lo que nos pongan enfrente?
 
—¡Oye! —La exclamación le dio la energía para sentarse—. Quizás sea muy literal para ser un tatuaje, pero no está mal.
 
—Dudo que muchos asocien a un camaleón con las emociones. La mayoría los asocia con saber adaptarse a las situaciones, digo yo.
 
—No te pongas a defenderte, tu camaleón le da tres patadas a mi remolino.
 
—¡Oye, pero un remolino tampoco está mal! —Se nos olvidó por un momento que teníamos que hablar susurrando, qué suerte que no había nadie alrededor—. Son un desastre, digamos que la cabeza de un impredecible no es del todo ordenada cuando el brote quiere atacar.
 
—Sí, pero creo que mi remolino es hasta más literal que tu camaleón.
 
—No, yo podría pensar que un remolino significa que eres una persona muy energética y arrasadora.
 
—Lo acabas de inventar para convencerme, ¿cierto? —Se volvió a acostar.
 
—Sí, pero lo logré inventar por algo: porque lo podría llegar a creer de veras. —No le estaba mintiendo, no tuve que detenerme mucho para tener ese análisis.
 
—Sí, ya te creo. Tú porque eres el que piensa todo de más es que se te puede ocurrir algo así.
 
—De acuerdo, creí que ibas a aceptar que al fin no te llevara la contraria en algo.
 
—Me estás llevando la contraria, en realidad. —Se removió.
 
—El remolino es mucho más fácil de dibujar, en eso me has ganado.
 
—Más práctico, sería el que harían, creo, pero si por mí fuera, escogería el camaleón.
 
Fue una discusión un tanto extensa, lo único que la detuvo fueron las náuseas de Richard que lo obligaron a correr al baño, aunque nunca evacuó nada. Ese mismo día juró jamás volver a comer carne molida. El ganador fue nulo, el empate no se eliminó. Lo que puedo asegurar es que estoy muy agradecido de que a nadie más se le haya pasado por la mente marcar a los impredecibles.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Lun 10 Ago 2015, 1:50 pm

Capítulo #37.
 
De todas las ocurrencias de Richard, una que espero haya sido efecto de algún brote —aunque no tengo ni idea de qué brote sería ese y ni siquiera parecía impredecibilidad— fue la de tatuarse. Sí, tatuarse. No sé cómo le empezó la euforia por rayarse ni cuándo perdió el sentido común, simplemente un día lo hallé dibujando algo en su brazo izquierdo con un bolígrafo que consiguió tirado en el suelo durante el receso anterior.
 
—¿Así que por eso es que te estás escondiendo de mí? —Ah, sí, lo que me llevó a buscarlo fue su lejanía luego de comer—. No me importa que juegues con el bolígrafo, es un buen pasatiempo que no disfrutas todos los días.
 
—Ya casi hasta olvidaba cómo agarrarlo. —A pesar de intentar disimularlo, noté que se había sobresaltado al oírme, primero porque casi lo soltó al instante.
 
—Imagínate mi letra si yo llevo siete meses acá —continué el juego, de todos modos.
 
—¡Tendremos que volver a aprender a escribir al salir de aquí!
 
—Eso tenlo por seguro. —Richard reanudó el dibujo—. ¿Y qué estás haciendo en tu brazo?
 
—Probando cómo se verían unas llamas en él. —No apartó su vista de lo que hacía.
 
—¿Probando? Espera, ¿por qué eso me sonó sospechoso?
 
—Porque es exactamente lo que parece —confirmó mi teoría sin preocuparse, en contraste a como me recibió antes.
 
—¡¿Qué?! ¡¿Desde cuándo quieres un tatuaje?!
 
—Es una idea que he tenido desde bastante antes de ser arrestado. A mí sí me gustan los tatuajes y tenía ganas de hacerme uno en negro y gris, sólo que me parecía algo costoso, por eso nunca lo hice. —Bueno, al menos quería uno sin colores. Los coloridos son peores—. Pero ahora que puedo hacerme uno gratis, ¿por qué no aprovechar la oportunidad? —concluyó con más emoción.
 
—Si gratis para ti es acabar con VIH, sí, es muy gratis.
 
—De vuelta al extremismo. —Giró los ojos—. Leo, ¿has visto a alguien enfermo aquí?
 
—No, ¡porque los enfermos van a otro pabellón!
 
Un pequeño paréntesis antes de que me pregunten: yo no estaba en el pabellón de los enfermos porque ese es para los que tengan que seguir alguna clase de tratamiento constante. El cardioma, por ser de cura desconocida, no cuenta en la lista de enfermedades válidas para estar ahí.
 
—No puedes ir por la vida preocupándote por todo —se quejó, aún dibujando.
 
—¡No puedo no preocuparme por algo que te puede matar!
 
—¿Cuántas cosas que hacemos nos pueden matar y uno no se anda preocupando por eso? Vamos, hay más posibilidades de morir cruzando la calle.
 
En serio, ¿existen los brotes de relajo? Porque creo que debería cambiar la clasificación de Richard a esa y no la impulsiva que le diagnosticaron.
 
—Cruzar la calle es un riesgo necesario, rayarse por gusto en una prisión no lo vale.
 
—¿No estarías convenciéndome de declinar si me fuera a tatuar en un local?
 
—No comprendería por qué querrías marcarte, pero no te pondría peros —dejé mi punto claro un poco sorprendido. ¿Tan rápido iba a acabar?
 
—Igual no necesito tu permiso. —Elevó los hombros e ignoró mi reacción.
 
—¡¿Qué clase de…?! —Ni siquiera se me ocurrió cómo continuar la pregunta.
 
Me quedé pensando, debía detenerlo de cometer la tremenda estupidez de no esperar a salir para tatuarse. Estábamos a finales de abril, su condena finalizaba en noviembre, podía esperar algo más de medio año.
 
—Tatuarse aquí es ilegal, ¿sabes? —Puse en marcha el siguiente plan.
 
—Si algo se me ha contagiado acá, es la indiferencia a incumplir las reglas mientras esté adentro. El máximo tiempo permitido para un impredecible es de un año, así que a mí no me pueden alargar la condena. ¿Cuál sería mi castigo, entonces? Ninguno, la celda de aislamiento sería una exageración por algo que no tiene que ver con violencia.
 
—¿Y si te mandan a pagar una multa muy alta?
 
—Siempre existe la opción del trabajo comunitario. —Rayos, iba demasiado en serio—. Entiendo, tú tienes dos meses en juego si te portas mal, así que asumes sin darte cuenta que los demás también.
 
—Ya te olvidaste de mi principal preocupación —protesté—. Es verdad, quizás no te hagan la gran cosa, el problema es que las consecuencias a largo plazo son a mayor escala.
 
—Sólo si tengo mala suerte.
 
—¿Y te vas a arriesgar a que ese día sea el de tu mala suerte?
 
—Averiguaré quién es el más seguro aquí.
 
—¡Como si hubiese alguien seguro aquí! —¿Qué rumbo debía tomar para que aguardara a la libertad?—. Me estás haciendo considerar ir a contarle a Harold para que te dé el buen sermón de por qué no deberías hacértelo en prisión, a ver si a él le crees.
 
—Adelante, búscalo. —Agitó su mano hacia la dirección del pasillo, indiferente.
 
¡De verdad estaba en su fase de rebeldía!
 
—No, porque yo te quiero iluminar la cabeza sin meterte en problemas.
 
—¿Entonces? No te entiendo.
 
—¿Quieres donar sangre? —Vine con lo primero que se me cruzó.
 
—Eso es un mito, sí puedes donar cuando tienes tatuajes, ¿sabes? Conozco a varios. De todos modos, por el simple hecho de haber estado preso ya quedo descartado, así que daba igual.
 
¿Saben ese sentimiento cuando estás muy seguro de algo y de repente alguien te revela que viviste engañado? Esa es mi descripción para mí en ese instante.
 
—Dejarte callado es un lujo que no disfruto todos los días —cantó, divertido.
 
—¡Seré yo quien cante al final!
 
—¿No es “reír”?
 
—Eso da lo mismo. Ahora me diste curiosidad, ¿cuánto cuesta un tatuaje que dices que es costoso? —Me desvié de mi objetivo mientras recargaba mis municiones.
 
—Con un buen artista, al menos cuatrocientos dólares. Considerando el tamaño y el sitio, quizás el mío valdría algo más.
 
—Creí que ibas a decir algo como dos mil dólares, no menos de quinientos. —Me miró con ojos malos por esa respuesta.
 
—No todos somos Molander, Leonardo. Para ti será poco, para mí es caro.
 
—Oye, tranquilo. No estaba presumiendo ni nada. —Sucede más seguido de lo que querría, digo algo sobre algún precio sin intenciones de ofender y la gente se siente atacada—. ¿Y cómo es tu umbral del dolor? ¿Lo soportarías ahí?
 
—Claro, soy bastante resistente y el antebrazo es uno de los sitios donde menos duele.
 
—Ahorita dijiste el precio de un buen artista, ¿eso quiere decir que existen más baratos? —Hallé un punto débil entre sus respuestas, con ese no debía fallar.
 
—Hasta en sesenta dólares, pero esos son demasiado malos, no lo haría.
 
—Imagínate cómo sería uno hecho aquí si son gratis. —No creía del todo que no se pagaran, aún tengo una teoría de que el pago es por favores.
 
—Muchos de los que se ven por aquí son muy buenos. El efecto de fuego de las iniciales que tienen Jason y Joseph es excelente.
 
—Sí, pero a que sería muchísimo mejor de haberse hecho con un artista.
 
—Creo que ya sé a dónde quieres llegar —bufó.
 
—Es mejor esperar por uno profesional que hacerlo ahora por uno amateur.
 
—Ahora sí te doy la razón. —Suspiró—. Igual terminaré de dibujar el boceto en mi brazo.
 
—¡Oh! —Nueva idea—. Eso serviría mucho como una prueba.
 
—¿A qué te refieres?
 
—No pierdas el bolígrafo para hacer retoques si se te borra. Vas a mantener el diseño en tu piel por el mayor tiempo posible. Si te cansas de verlo, eso quiere decir que no estás hecho para tener un tatuaje.
 
—Cuando creí que no se te podía ocurrir algo más raro… De acuerdo, haré la prueba.
 

Esa idea final fue lo mejor que pudo aparecer en mi cabeza, pues se cansó durante los primeros días de mayo. Su excusa fue que los retoques eran muy fastidiosos, así que aún no se rendiría del todo en su plan, pero por lo menos lo logré frenar.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Jue 14 Ene 2016, 12:30 pm

¡PERDOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOON! Este capítulo estuvo listo desde hace como dos meses. Lo subí en Wattpad y asumí que lo había subido acá también porque suelo publicar aquí primero, resulta que no y me acabo de dar cuenta 


Capítulo #38.

Richard estaba siguiendo a Jason y a Joseph. Richard seguía a los JJ. Sí, Clay estaba tras los Conrad.
 
Esta debería ser otra ocurrencia añadida a su lista de: “¿Cómo te pasó siquiera por la cabeza que eso sería una buena idea?”. Ya he perdido la cuenta de qué tan larga es, uno de estos días tendré que escribirlas para enumerarlas, sé que será más extensa de lo que debería ser para el bienestar de cualquiera que estuviese de cierto modo enfrentado con sí mismo y unos asesinos seriales.
 
Pasó que esos dos nos dejaron quietos por demasiado tiempo como para ser verdad. Apenas y nos los encontrábamos por ahí durante los recesos, era que ni de cerca nos topábamos. ¡Era lo máximo! Era la tranquilidad —la que se podía tener estando entre otros cientos de criminales, claro— que tanto habíamos anhelado; llevaban semanas sin dirigirnos la palabra, lo que era igual a cero insultos o amenazas o burlas por días. ¡Estaba demasiado emocionado por eso! Mi lado paranoico estaba apagado por tanta calma, porque ahora mismo, con la cabeza más despejada, no entiendo cómo fue que no me imaginé algo para arruinarme la fiesta.
 
Se sentía como si se hubiesen olvidado de nosotros, como si hubiesen tirado la toalla y ya no tuviesen intención alguna de matarnos. ¿Qué más se podía pedir? Estaba muy contento, no quería que nada cambiara. No era mucho desear que las cosas se mantuvieran así hasta mi liberación en dos meses, ¿verdad?
 
Pero, como siempre, algo tiene que salirse del carril.
 
—¿No te parece sospechoso? —Richard inició.
 
—¿Sospechoso qué? Todo está bien.
 
—No, algo no anda bien. ¿Por qué llevan semanas sin acosarnos? —bajó la voz por si acaso.
 
—¿Te parece que eso está mal? —No sabía si reír o qué—. ¡Es lo mejor que ha pasado desde que entré aquí! Después de ocho meses estando alerta, creo que es buena hora de descansar, ¿no estás de acuerdo?
 
—Sí, pero mis ideas son reales, no sueños como los tuyos.
 
—¿Debo tomar eso como un insulto? —Su manera tan casual de decirlo me desconcertó.
 
—Un consejo, diría yo. En tu caso, si de verdad te odian por ser el hijo del fiscal que logró encerrarlos aquí, dudo que vayan a desistir y mucho menos cuando están a pocos meses de su tiempo límite para matarte. A mí me pueden dejar en segunda plana porque aún tendrán otros cuatro meses cuando te vayas tú, a ti no porque el tiempo ya está bastante corto.
 
—¿Así que tu teoría es que ahora se fijarán sólo en mí?
 
—Sí, y eso es lo que quiero comprobar.
 
—No es muy alentador, muchísimas gracias. —Entrecerré los ojos, aunque no duré mucho así al percatarme de un detalle—. ¡¿Cómo que lo quieres comprobar?!
 
—Quiero experimentar, estoy aburrido —admitió reclinándose más en el banco y con las manos detrás de la cabeza.
 
—¿Acaso los JJ son algo con lo que se pueda experimentar así porque sí? ¡El precio de ese experimento podría ser alguna o las dos de nuestras vidas!
 
—Todo experimento tiene sus riesgos, y como todo elemento riesgoso, también tiene sus precauciones. —Se acomodó aun más en su lugar.
 
—Ay, no. Vas totalmente en serio. —A esas alturas, mi única opción era escuchar su locura para ir armando la estrategia de demolición antes de que fuera muy tarde.
 
—Claro que voy en serio —reafirmó—. Esos dos se traen una grande, está prohibido bajar la guardia. Eso es lo que quieren, que nos distraigamos para atacar en el momento más inesperado; por supuesto, nosotros impediremos que eso suceda. Es algo que sólo lograremos si vigilamos sus acciones.
 
—¿Vigilar? ¿Qué tipo de vigilancia? —Muchas ideas corrían en mis pensamientos.
 
—La literal. Jamás perderlos, mas nunca ser notados. Seremos mejores que los espías de la CIA —comparó con cierta emoción.
 
—¿Tantas ganas tienes de llenar tu sangre de adrenalina?
 
—Un poco de acción no le hace daño a nadie —argumentó muy tranquilo.
 
—Hace daño cuando la acción involucra a dos asesinos —refuté. A veces pienso que Richard no conocía el miedo.
 
—Eso es lo que le da emoción —insistió.
 
—Deberías considerar especializarte en algún deporte extremo cuando salgas de aquí, creo que te iría de maravilla con tus nervios de acero —recomendé en broma, a ver si lograba desviarlo del tema.
 
—Bueno, siempre me ha llamado la atención el aladeltismo y el rapel.
 
¡¿Es en serio?! ¡De verdad respondió!
 
—No sé qué estaba esperando. —Di una palmada con ambas manos a la vez a la mesa, echándome para atrás en el banco.
 
—¿Que me quedara callado? —Intentó adivinar.
 
—Eso o que dijeras uno más común como el BMX, qué sé yo.
 
—No me gustan mucho las bicicletas. Entonces, ¿ponemos en marcha el espionaje?
 
—Veo que no tengo alternativa. —Me rendí. Cuando tenía una idea clavada en la cabeza, era imposible llevarle la contraria por completo.
 
—Qué bueno que lo reconociste temprano. —Sonrió satisfecho y se enderezó—. Como te noto tenso, yo seré el de la primera ronda para que aprendas cuál va a ser el procedimiento.
 
Y así fue como comenzó una semana de locura voluntaria.
 
Sólo durante los recesos para cenar había descanso, pues era en el que apenas daba tiempo de comer. Varias veces traté de hacerlo entrar en razón, mas no había modo de que se percatara del inmenso riesgo en el que se estaba metiendo, no de la manera grave que era necesaria para detenerse. ¡Este hombre de verdad está en el equipo extremo!
 
Yo me mantenía apartado, no deseaba verme envuelto en tal insensatez. Claro, siendo mi suerte como siempre lo ha sido, era imposible cumplir con eso por mucho. Pronto se alargaron mis sesiones como la cabeza del dúo y los descuidos se asomaron. Poco a poco, los vigilados se estaban dando cuenta de su condición como tales. No es de asombrarse decir que en una de esas decidieron tomar las riendas, ¿cierto?
 
Ni siquiera estábamos en la labor de ir tras ellos, estábamos entreteniéndonos en el gimnasio. A Richard le dio sed y como no había vasos al lado del dispensador de agua, salió a buscar una botella olvidada en alguna parte. Yo me quedé adentro inventando con unas pesas, quería probar si ya estaba lo suficientemente entrenado para levantar algo más pesado. Tenía días con la idea, pero no la realizaba por la regla de no esforzarme así si el cardioma había atacado hacía poco, pues no le haría bien a mi corazón; sin embargo, ya contaba unas tres semanas sin síntomas, así que la oportunidad me parecía perfecta.
 
Podría admitir que me distraje demasiado, sí. Mis ganas de evaluar mi fuerza me cegaron de la amenaza que era estar solo en el gimnasio.
 
Confiado en que Richard no demoraría en regresar, al abrirse la puerta si acaso un minuto más tarde ni siquiera me molesté en voltear a comprobar quién era. Asumir que era él el que había ingresado fue el borrador de todas mis opciones de escape, porque cuando escuché bien que eran dos pares de pies los que oía pisar, la puerta ya había cerrado y los caminos estaban bloqueados.
 
—¿Qué tal se ve esto, Joseph? —Jason preguntó con un tono burlesco, de una vez cruzando los brazos y sonriendo como todo un sádico.
 
—Como una hormiga intentando cargar un camión —comparó con la misma voz e imagen.
 
—Las hormigas pueden levantar muchas veces su peso, ¿saben? —solté el dato para arruinar el chiste. Si en algo les podía ganar sin muchos inconvenientes, era en lo verbal.
 
—No vengas de inteligente, Molander —Jason resaltó mi apellido a propósito, sabía muy bien cuánto me desagradaba ser llamado por él en ese lugar.
 
—Entonces cuenten una mejor broma, ¿les parece? —condicioné bastante casual. Aprendí que un buen método de atrasar sus acciones era aparentando tranquilidad, pues tendían a agredir al percibir pánico.
 
Sin responder, el par tomó asiento sobre la tabla de la mesa sin descruzar los brazos. Después de ponerse cómodos, intercambiaron miradas cómplices antes de dirigirlas a mí con cierto brillo que no me gustó mucho.
 
—Hey, ¿recuerdas esa vez que ni pudiste con unas mancuernas? —mofó Joseph.
 
—¿Cómo olvidar una experiencia cercana a la muerte? —contesté con sorna, aún sin inmutarme.
 
—¿No te parece esta una ocasión paralela? —continuó el otro.
 
—Yo no diría “paralela”, pero sí, podría decirse. Ahora soy yo el que voluntariamente quiere levantar unas pesas, ni siquiera unas simples mancuernas —indiqué las diferencias. El prolongamiento iba de maravilla.
 
—¿Qué esperas? Demuéstranos que no has malgastado tu tiempo aquí. —La expresión de Joseph al retarme me provocó un respingo interno.
 
¡No! No puedo permitirme perder la calma o arremeterán en mi contra. Debo conservar la inactividad hasta que vuelva Richard. Con él aquí sí podría pelear. Mientras esté solo, lo recomendable es conversar. No te asustes, aprovecha que la balanza está a tu favor ahora mismo.
 
—No sé, pero estar aquí de por sí ya es una pérdida de tiempo —opiné. No me atrevería a tantear por primera vez con ellos ahí. No tenía idea si iba a tener éxito, estaba casi cien por ciento seguro de que fallar significaría una catástrofe.
 
—Estoy de acuerdo —participó Jason—. No sabes cuánto me encantaría estar gastando mi tiempo afuera, con una cantidad y variedad de posibles víctimas deleitable.
 
¡No! ¡No, no, no! ¡Eso definitivamente lo dijo adrede! ¡No te lo tomes a pecho! ¡Quiere aterrorizarte! ¡Está hallando el modo de voltear las cartas! ¡No le hagas caso! ¡Vamos, crea un buen contraataque!
 
—Pero es magnífico que muchos estén perdiendo su tiempo aquí —completé el enunciado anterior con una sonrisa que no separaba los labios.
 
—Vaya, te has vuelto muy bueno en esto. —Por la manera en la que arqueó las cejas de inmediato, no fue ninguna mentira para darme la sensación de enaltecimiento; fue una confesión honesta.
 
—No has perdido tanto tu tiempo, después de todo —prosiguió el tema—. Al menos has aprendido a templarte.
 
—Y eso es algo muy admirable viniendo de un impredecible.
 
—Vaya, recibir alabanzas de ustedes dos debe ser todo un orgullo. —No sabía cómo sentirme respecto a eso. Si bien era una novedad satisfactoria, debo admitir, era sospechosa también. Para no causarme líos, simulaba normalidad.
 
—Tú lo has dicho —concordaron.
 
—Deberíamos presionar más a ver qué tanto soporta su fortaleza ahora —sugirió el mayor tronando sus dedos.
 
Ay, no. Sigan hablando, está perfecto así.
 
¿Qué tanto tardaba Richard? ¡No había tantas mesas como para desaparecer por tantos minutos registrándolas!
 
—¿No les parece más interesante un examen a la paciencia? —Aceleré mis pensamientos. Si no trabajaba rápido, la situación se descarrilaría.
 
—¿Cómo funciona eso?
 
¡Bien, no entendieron! Unos segundos extra explicando, esto debería regalarme el chance que requiero.
 
—Ustedes siempre me ponen a prueba a mí. Hoy quiero ser yo quien los ponga a prueba a ustedes, así sería correcto usar la palabra “paralela” para describir este día a comparación del otro —aclaré todo detalle que se me ocurrió. La clave estaba en retrasar el movimiento.
 
—¿Y cómo planeas poner a prueba nuestra paciencia?
 
Lento, me senté sobre el tubo de las pesas. Yo también debía estar cómodo.
 
—Es lo que estoy haciendo. —Entrelacé mis dedos.
 
—¿De veras?
 
—¿Estamos siendo sometidos a prueba sin saberlo? —interrogaron casi simultáneos.
 
—Así es. —Mantener bajo control una situación que suele humillarte es lo máximo, lo recomiendo para la autoestima.
 
—¿Nos estás domando?
 
—Tampoco diría “domar”…
 
—¿Dices que nuestro vocabulario es incorrecto? —interrumpió—. Digo, ya es la segunda vez que aplicas esa.
 
—No es que sea incorrecto…
 
—¡Tercera! —reclamaron al unísono.
 
—Esa ni siquiera fue una corrección —clarifiqué.
 
—¡Cuarta!
 
Bien, ¿qué clase de juego idearon ahora?
 
—De acuerdo —detuve el rumbo, no iba a funcionar—. Pueden considerar esto como un experimento doble. Ustedes evalúan mi templanza; yo, su paciencia.
 
—Así que de eso se trata.
 
—Yo quiero considerarlo una competencia —Jason informó—. El primero en romper el trato pierde.
 
—¿Y cuál sería el premio o castigo?
 
—Y yo he decidido perder. —Me ignoró por completo.
 
Ni siquiera tuve tiempo de captar lo que sucedía. Un segundo se había puesto de pie, al otro segundo yo rodé hacia atrás y caí, un dolor expandiéndose en mi frente.
 
—¿Qué…?
 
—¿Crees que sólo hemos aguardado estos minutos de charla? —El otro también se irguió, ambos me rodearon. La vista desde abajo era intimidante.
 
—Por si no se percataron, porque esto incluye al otro tipejo, hace semanas los hemos dejado ser en paz. —Jason se agachó un poco.
 
—¿No te parece más que suficiente tiempo siendo pacientes?
 
—¡Hemos exagerado, más bien! ¿Cuándo, estando en todas las facultades, hemos permanecido dormidos por tanto?
 
—La carga sobrepasó su límite soportado, es hora de vaciarla.
 
—La hormiga sostuvo al camión por demasiado tiempo, en algún momento debía ser aplastada por él. —En eso, como si el guion hubiese sido practicado, Joseph pisó mi pecho para inmovilizarme justo cuando estaba por despertar de la confusión. Su hermano se levantó y observó unos pasos más alejado.
 
—Hacen falta algunas modificaciones. —Su mano bajo la barbilla para hacerse el interesante. Se acercó de nuevo, ahora hacia mis piernas que estaban al aire. Las pesas las apartaban del suelo. Él posicionó las pesas para que atraparan mis piernas ya contra el piso—. Y para estar seguros… —Sacó otras y las colocó al sentido opuesto de las primeras, formando una equis que limitaba mi desplazamiento—. Así me gusta, inutilizado.
 
¿Cómo cambiaron el curso tan de repente? ¿Cómo se aventajaron? ¿Qué hice mal? Apenas procesaba la información, me blanqueé cuando de la nada estaba en aprietos. ¡¿Dónde se metían Richard y los vigilantes cuando los necesitaba?!
 
—Es una pena que te haya abandonado, habría sido mucho más fácil para ti.
 
—Ahora estás indefenso. En tu posición, las palabras ya no bastan. ¿Ves cómo apenas respiras? —Señaló el pie presionando mi pecho—. Pronto no tendrás que preocuparte más por eso, será innecesario.
 
La única idea que no gritaba “¡Fracaso!” era la de empujar esa pierna a otro lado. Mis brazos estaban libres, de alguna manera los usaría. Sin embargo, apenas notó la flexión en mis codos, la punción en mi esternón fue insoportable.
 
—Cero manos. Te aplastaré en serio si te atreves a utilizarlas —amenazó sonriente.
 
Eso no era bueno. Por fuera de que estuviera rodeado, tanta presión tan cerca de mi corazón no era nada favorecedor. Qué importaba la probable paliza, ¡mi mortificación era entrar en paro! Si llegaba a desmayarme con ellos ahí, simplemente me ignorarían y saldrían del gimnasio porque la diversión habría acabado. ¡Sí, habría acabado, pero porque me habría muerto sin que se dieran cuenta! Nadie pasaría para pedir ayuda, con suerte Richard aparecería, sólo que él no tenía idea de lo urgentes que eran esos casos como para apurarse lo suficiente o dar las indicaciones correctas.
 
Mi angustia se multiplicaba al punto de que iba a hiperventilar si no la dividía. Con lo sencillo que se me estaba haciendo respirar, hiperventilar sería pan comido, sobre todo. Era increíble, no hacían nada más, sólo eso hacía falta para ponerme mal.
 
Patético.
 
—Perdón por la tardanza. No conseguí ninguna botella, así que se me ocurrió improvisar un vaso con los platos desechables que… —La voz calmada de Clay calló por unos segundos—. ¡¿Qué es esto?! —explotó en total desconcierto.
 
—¡Excelente hora! —felicité con todo mi sarcasmo.
 
—Con que en eso estabas. —Jason se desvió hacia él—. ¿Sirve? —Apuntó al cono de cartón, o al menos era similar a uno.
 
—Si te soy sincero, creo que desperdicié mi esfuerzo en esta basura —reconoció sin perder ni una pizca de su actitud relajada. Vi cómo manipulaba su invento para agudizar la punta, caminando a un paso lento—. Debería botarla para que esté donde pertenece —agregó cuando se daban la espalda, lo cual aprovechó para dar una estocada directa a su zona media con el intento de cono.
 
—¡¿Qué mier…?! —La exclamación no fue completada al serle propinado otro golpe, ahora en la espalda, derribándolo.
 
—¡Tienes ganas de luchar, ¿ah?! —Joseph se quitó de encima —gracias a todo lo que se le agradezca—, determinado a enfrentar a Richard.
 
—Ni alcanzarás a calentarte cuando ya estés besando el polvo del suelo. —Y sin más preámbulos, pateó a la misma zona y estampó su gancho derecho en su rostro—. ¿Y bien? ¿Qué te parece? —Frotó sus manos.
 
—¡La próxima vez recuerda que es pecado capital plantar a uno en el gimnasio! —regañé cuando al fin escapé de la trampa.
 
—Lo siento, me distraje por completo. Sirvió, a final de cuentas. Te veo sano.
 
—Por pura suerte, aunque estoy mareado —gruñí, mareo y dolor son una pésima mezcla—. Iré a la enfermería.
 
Agarrándome la cabeza, a duras penas anduve por los pasillos hasta allá. Nada grave me pasó, a diferencia de lo que temí. Incluso había mandado a llamar a Marc para que estuviera preparado para ir al hospital. Igual, con el aviso de que fue una falsa alarma, me visitó. Era imposible frenarlo si tenía el más mínimo motivo para dudar de mi bienestar, ver para creer era su lema.
 
—¿No te cansas de estar en una camilla todo el tiempo? —Fue como me recibió esa vez, bromista para aligerar el ambiente.
 
—Es fastidioso. —No había modo de negar eso—. Lo que me tiene cansado es que siempre intenten matarme. Me salvé porque llegó Richard antes de que lograran hacerme algo más —resumí, no me sentía aún con muchas ganas de hablar.
 
—Al menos no han logrado su objetivo.
 
—Sí, eso es lo bueno. —Tampoco había modo de no aprobar eso.
 
—¿Cuántas veces te han atacado ya?
 
—Ni lo preguntes, perdí la cuenta el año pasado. —Reímos.
 
—Ya sólo faltan dos meses —recordó con un aire contento.
 
—Dos meses. —Suspiré. En dos meses me reencontraría con la libertad. Dos meses para recuperar mi vida. Dos meses para conocer un nuevo estilo de cotidianidad.
 
Dos meses más de encierro para marcar el punto final de la miseria.
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Re: Memorias de una vida miserable |Terminada|

Mensaje por Spencer el Lun 13 Feb 2017, 11:54 am

Bueno, ¿realmente puedo decir algo? Este abandono de más de un año no tiene ninguna excusa. Esta novela la finalicé el 25 de mayo del año pasado, y aun así no he subido nada acá. Creo que la inactividad de parte de mis lectores aquí me hizo olvidar publicar en el foro y me dediqué a subir otras de mis historias. Como solo faltan unas cinco partes para el final, iré publicando una por día a partir de hoy.

Capítulo #39.
 
Los simulacros también se dan en prisión, sólo que en vez de ser para lo que se acostumbra, son especialmente para poner en práctica a los vigilantes. Me explico: más de una vez me di cuenta de que había mucho movimiento del personal en los pasillos y por ahí en las horas que pasaba encerrado en la celda, cosa que no entendía porque no había manera de que algo estuviese sucediendo a esas horas, a menos que alguno lograse escapar de la nada y ese no era el caso nunca. Las veces que ocurría aumentaron después de la fuga masiva del otro día.
 
Descubrí de qué se trataban en un receso que Harold se acercó a mí y le pregunté por la curiosidad que me daba. Resultaron ser ensayos para probar las nuevas estrategias de seguridad en diversos casos, ya fuesen altercados u otro intento de escape. No entró en detalles, así que no sé cómo funcionan en realidad. Fue por eso que la siguiente vez que oí a la distancia una versión mucho más baja de la alarma, presté más atención para ver si descubría qué hacían con exactitud.
 
Por supuesto, no sé qué estaba pensando. Era obvio que por más que agudizara mi oído, no me enteraría del todo del procedimiento. Entonces, se me ocurrió un nuevo plan de entretenimiento para esa tarde: imaginar cómo me convertiría en prófugo. Sí, lo que acaban de leer. No enloquecí ni nada; no era algo en serio, era algo con el único propósito de distraer mi mente del gris que me rodeaba casi las veinticuatro horas del día. No tendría nada de malo fantasear un poco sobre un reintegro no tan convencional a la sociedad, ¿qué ganaba escapando de verdad faltando sólo seis semanas para despedirme del uniforme naranja?
 
Debo admitir que fue una idea inútil durante los primeros minutos, me había quedado en blanco. Hasta canté una canción en silencio de lo seco que estaba. Sin embargo, cuando el bandido interior surgió —vamos, creo que todos tenemos a uno oculto y que por eso es que a veces nos pasamos con nuestras bromas—, mi imaginación voló hacia todas las direcciones.
 
Algunas fugas eran exitosas gracias al trabajo en equipo, ya fuese entre reos o entre el encarcelado y alguien del exterior. Así que, con esa primera premisa, apareció la opción de ponerme de acuerdo y escapar en equipo con Richard. ¿Cómo lo haría? Ahí fue cuando tuve que reconocer el ingenio de los que lo lograban, porque volví a caer en un espacio vacío donde no existían respuestas.
 
Para idear un buen plan había que conocer demasiado bien las instalaciones de la cárcel, así sabrías dónde acabarías luego de pasar por un sitio y si ese nuevo destino era seguro para continuar sin ser descubierto por un vigilante. Ahora entiendo por qué muchos optan por distraer con grandes peleas, de verdad se necesita apartarlos del camino. Yo sólo conocía los sitios por los que caminaba en los recesos. Más allá de los pasillos, la cancha y la cafetería era terrero desconocido. De los nervios que tenía cuando ingresé, no recordaba nada de cómo era la entrada ni nada por el estilo.
 
Mi plan de entretenimiento fracasó, lo único que se me ocurría era lo que hicieron los que escaparon hacía unas semanas y eso no era para nada válido por ser algo que había presenciado, no inventado por mi cuenta. Contarle a Richard no era buena idea porque capaz se lo tomaba en serio y hacía un escándalo por mi locura, o hablaría sin cautela y no sería muy conveniente que nos cacharan en ese tipo de conversación. Casi podía escucharlo diciendo que pensaba demasiado todo. ¿Qué idearía él?
 
Mi imaginación volvió a funcionar al ponerse en el lugar de alguien más. Siendo el imprudente que era, Richard de seguro fingiría sentirse mal para ser llevado a la enfermería. Una vez ahí, habría algún momento donde bajarían la guardia por creerlo enfermo que aprovecharía para dejar inconsciente al doctor —ya había demostrado que podía hacerlo sin mucho esfuerzo—, intercambiar la ropa y salir como si nada. Recreé la escena en mi mente con el doctor antipático como su víctima para mayor diversión, casi me dio risa cómo se veía de naranja y no de bata blanca.
 
Hey, calma. Estás comenzando a ser malévolo.
 
Con esa primera manera de huir logré crear una especialmente diseñada para mí. Sólo tenía que esperar a que el cardioma me atacara para ir al hospital, aunque existía el inconveniente de que la mayor parte del tiempo me mantenían esposado a la camilla justo para evitar lo que se me había ocurrido. Además, Marc no se separaba de mí en esos casos, por lo que no había modo de huir bajo esas circunstancias incluso si no me colocaban las esposas. Requería de demasiada suerte salir airoso de ese plan. Si Marc supiera que pensé esto, su reacción sería épica. Menos mal que no hay manera de que lea esto y me descubra.
 
Otra alternativa era aliarse con alguien de afuera que te ayudara, aunque pienso que eso requiere de demasiada coordinación porque no sé cómo sabrías qué está haciendo el otro o en dónde está exactamente para que todo salga sin problemas. Demasiados comandos para mi gusto. También habría que depositar muchísima confianza en la parte exterior del plan, no fuera a ser que te falle y termines peor de lo que empezaste. Y en mi caso, en cuanto a remordimiento se trataba, éste sería el de mayor carga sobre mi conciencia por involucrar a más personas en el acto. Mis ideas se acabaron después de esa.
 
Me preguntaba cómo se hacía siendo prófugo. Podría parecer genial eso de reincorporarse a la sociedad antes de lo estipulado, pero debía ser triste eso de vivir en una fuga constante, pues te estarían buscando por todas partes y tendrías que hacer lo posible por no dejar huella en ningún lugar. Si fuese a tener una vida de paranoia las veinticuatro horas del día por las cosas que hacía o dejaba de hacer, prefería aguantar el tiempo que fuese necesario encerrado para poder ser libre después. Claro, si la condena no era perpetua; ahí sí que estaba de más preguntar.
 
Lo más triste debe ser que, luego de haber huido y pasado un tiempo en libertad, un día cometas un error y te atrapen de nuevo. No sólo era el hecho de ser encerrado una vez más, sino que entonces el castigo sería peor por haber agregado un cargo más a tu expediente. Definitivamente era mejor ser paciente con posibilidades de salir antes por buena conducta que salir antes cometiendo otro crimen para llenarse de restricciones donde se supone que puedes desenvolverte como te plazca en el momento.
 

Cuando me condenaron a diez meses, los dos restantes del máximo para un impredecible que me habían eliminado me parecían una inutilidad porque no era demasiada la diferencia. Retiré todo lo dicho al respecto durante esas últimas semanas, de verdad eran una bendición. No puedo imaginarme pasando ocho semanas más preso, mucho menos regresando a ese sitio, razón por la que mis planes de fuga serían por siempre un instrumento de ocio cuando no sabía qué más hacer en el confinamiento.
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